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La llamada de Cthulhu - H. P. Lovecraft (Parte 2)

II. El relato del inspector Legrasse

Los casos anteriores que movieron a mi tío a dar tanta importancia al sueño y el bajorrelieve del escultor constituían el tema de la segunda parte de su largo manuscrito. Al parecer, el profesor Angell había visto anteriormente la infernal silueta de la anónima monstruosidad, había estudiado los desconocidos jeroglíficos y había oído los siniestros vocablos que podrían traducirse por la palabra Cthulhu, encontrándolo todo tan horriblemente relacionado que no es extraño que acosara al joven Wilcox con preguntas y precisiones de fechas.

Esta experiencia anterior había tenido lugar diecisiete años antes, en 1908, cuando la Sociedad Americana de Arqueología celebró su congreso anual en Saint Louis. El profesor Angell, debido a su autoridad y sus méritos, había desempeñado un destacado papel en todas las deliberaciones, viéndose abordado por varios extranjeros que aprovecharon su ofrecimiento para aclarar las preguntas y problemas que le quisieran formular.

El jefe de este grupo de extranjeros, que se convirtió pronto en centro de atención de todo el congreso, era un hombre de aspecto ordinario y edad mediana, que había venido de Nueva Orleans en busca de cierta información que no había podido conseguir de fuentes locales. Se llamaba John Raymond Legrasse, y era inspector de policía. Con él traía el objeto motivo de su viaje: una estatuilla de piedra, de aspecto grotesco y repulsivo, aparentemente muy antigua, cuyo origen no acertaba a determinar.

Esto no significa que el inspector Legrasse tuviera el más mínimo interés por la arqueología. Al contrario, su deseo de saber se debía a consideraciones puramente profesionales. La estatuilla, ídolo, fetiche o lo que fuera, había sido confiscada unos meses antes en los pantanos boscosos del sur de Nueva Orleans, durante una incursión para disolver una supuesta sesión de vudú; y tan extraños y horribles eran los ritos relacionados con ella, que la policía no pudo por menos de comprender que acababan de dar con un oscuro culto totalmente desconocido para ellos e infinitamente más diabólico que los más tenebrosos ritos de los círculos de vudú africanos. 

No pudieron averiguar nada sobre su origen,
aparte de las disparatadas e increíbles historias arrancadas por la fuerza a los miembros capturados; de ahí los deseos de la policía de acudir a algún arqueólogo que pudiese ayudarles a identificar el espantoso símbolo, y por él seguir la pista del culto hasta su fuente.

El inspector Legrasse no se esperaba la impresión que su ofrecimiento causó. La aparición del objeto bastó para provocar en los científicos una tensa excitación, e inmediatamente se congregaron en torno a la estatuilla para contemplar la pequeña figura cuya rareza y auténticamente abismal antigüedad hacían vislumbrar perspectivas insospechadas y arcaicas. 

No aparentaba pertenecer este objeto terrible a ninguna escuela escultórica conocida,
aunque parecían haberse inscrito los siglos y hasta los milenios en la oscura y verdosa superficie de su piedra.

La figura, que finalmente pasó de mano en mano para ser examinada cuidadosa y detenidamente, tenía unos veinte centímetros de altura, y estaba artísticamente labrada. Representaba un monstruo de contornos vagamente antropomorfos, aunque con cabeza de octópodo, y cuyo rostro era una masa de palpos, un cuerpo de aspecto gomoso y cubierto de escamas, garras prodigiosas en las extremidades traseras y delanteras, y unas alas estrechas en la espalda. 

Este ser, que parecía dotado de una perversidad espantosa y antinatural, evidenciaba una pesada corpulencia, y descansaba sobre un bloque rectangular o pedestal, cubierto de caracteres indescifra
bles. Las puntas de las alas rozaban el borde posterior del bloque, la figura ocupaba el centro, mientras que las largas y curvadas garras de las cuatro patas plegadas llegaban al borde delantero y colgaban una cuarta de la altura del pedestal. 

Tenía la cabeza de cefalópodo inclinada hacia adelante,
de suerte que los extremos de los tentáculos faciales rozaban el dorso de las enormes zarpas posadas sobre las rodillas levantadas. La impresión general que producía era de vida anormal y del más penetrante pavor, dado su origen absolutamente desconocido. 

Su inmensa, espantosa e incalculable edad era innegable; sin emb
argo, no parecía tener relación con ningún tipo conocido de arte perteneciente a los albores de la civilización… ni, desde luego, con ningún otro tiempo.

Totalmente diverso e ignorado, su mismo material era un misterio; aquella piedra jabonosa, verdinegra, con sus doradas o iridiscentes manchas y estrías, resultaba desconocida para la geología y la mineralogía. 

Los caracteres de la base eran igualmente desconcertantes,
y ninguno de los miembros del congreso, a pesar de que constituían una representación de expertos de medio mundo y cada uno era una autoridad en este campo, pudo aportar la más ligera idea del parentesco lingüístico. 

Tanto la figurilla como el material pertenecían a algo tremendamente remoto y distinto de la humanidad tal como la conocemos; a algo que sugería de manera estremecedora viejos e impíos ciclos de vida,
en los que no participaban nuestro mundo y nuestras concepciones.

Y sin embargo, mientras algunos de los miembros movían la cabeza y confesaban su impotencia ante el problema del inspector, un hombre de la reunión confesó que tanto la monstruosa figura como la escritura le resultaban vagamente familiares, y a continuación contó con cierta timidez un extraño incidente que conocía. Esta persona era el fallecido William Channing Webb, profesor de antropología de una universidad de Princeton y explorador de no poca reputación.

El profesor Webb había participado, cuarenta y ocho años antes, en una expedición a Groenlandia e Islandia, en busca de inscripciones rúnicas que no pudo descubrir; y estando en la costa occidental de Groenlandia, se habían tropezado con una extraña y degenerada tribu de esquimales cuya religión, una rara forma de culto al diablo, les había hecho estremecer por sus deliberadas ansias de sangre y su repulsión. 

Era una fe poco conocida por los demás esquimales,
a la que aludían con un escalofrío, y decían que provenía de edades inconcebiblemente remotas, aun anteriores a los comienzos del mundo. Además de los ritos innominados y los sacrificios humanos, había ciertos rituales transmitidos hereditariamente que se dirigían a un demonio supremo y más antiguo o tornasuk; el profesor Webb había tomado cuidadosa nota de la expresión fonética de un anciano angekok o sacerdote-hechicero, y transcribió los sonidos lo mejor que pudo en caracteres latinos. 

Pero ahora lo más importante era el fetiche que adoraba ese culto,
alrededor del cual danzaban sus adeptos cuando la aurora boreal se derramaba por encima de los acantilados de hielo. Era, declaró el profesor, un bajorrelieve de piedra, formado por una figura horrenda y una especie de escritura críptica. Y por lo que él podía decir, guardaba un rudimentario paralelo con los rasgos esenciales de la bestial criatura que ahora constituía el centro de atención de toda la asamblea.

Estos datos, acogidos con asombro y duda por los miembros allí reunidos, parecieron excitar al inspector Legrasse, quien empezó inmediatamente a asediar al profesor con preguntas. Dado que había copiado una invocación ritual de los adoradores de los pantanos que sus hombres habían arrestado, suplicó al profesor que tratase de recordar lo mejor que pudiese las palabras de los esquimales diabolistas. 

A continuación siguió una exhaustiva comparación de detalles,
y un silencio espantoso cuando el detective y el científico coincidieron en la virtual identidad de frases en dos rituales demoníacos separados por una distancia de tantos mundos. 

Lo que en definitiva habían entonado los hechiceros esquimales y los sacerdotes de los pantanos de Luisiana a sus ídolos era algo muy parecido a esto —deducidas las separaciones entre vocablos de las tradicionales pausas en la frase al cantar en voz alta—:

Ph’nglui mglw’nafh Cthulhu R’lyeh wgah’nagl fhtagn.

Legrasse había tenido más suerte que el profesor Webb, pues algunos de sus prisioneros le habían revelado la significación de esas palabras. La frase decía más o menos así:

«En su morada de R’lyeh, Cthulhu muerto aguarda soñando».

Y a continuación, respondiendo a una insistente petición general, relató lo más detalladamente que pudo su experiencia con los adoradores de los pantanos; y contó una historia a la que, ahora me doy cuenta, mi tío debió de conceder suma importancia. Tenía cierta semejanza con los sueños más absurdos y disparatados de los teósofos y mixtificadores, y revelaba un asombroso grado de imaginación cósmica, jamás sospechada en una sociedad de parias y de mestizos.

El 1 de noviembre de 1907, la policía de Nueva Orleans había recibido una llamada de los pantanos y la región situada al sur de la laguna. Los colonos, gentes primitivas en su mayoría, pero afables descendientes de los hombres de Lafitte, se sentían presa de un insuperable terror a causa de algo desconocido que les había sorprendido en la noche.

Al parecer era un rito vudú,
pero de una naturaleza más terrible que los conocidos hasta entonces por ellos. Y desde que empezó el incesante batir del tam-tam en el corazón de los negros bosques donde ningún habitante se aventuraba, habían desaparecido algunas mujeres y niños. Se oían gritos enloquecedores y alaridos demenciales, cánticos estremecedores e infernales llamas que crepitaban inquietas; y, añadió el aterrado mensajero, la gente no podía resistirlo más.

Así que, atardecido ya, había salido un cuerpo de policías en dos furgonetas y un automóvil, guiados por un colono tembloroso. Cuando el camino se hizo intransitable, dejaron los vehículos y avanzaron durante varios kilómetros chapoteando en silencio a través de los terribles bosques de cipreses donde nunca penetraba la luz del día. 

Las raíces retorcidas y el nudoso musgo español obstruían el paso,
y de cuando en cuando, algún montón de piedras húmedas o los fragmentos de un muro en ruinas hacían más intensa la opresiva sensación que cada árbol deformado y cada islote fangoso contribuía a crear. 

Finalmente,
surgió ante ellos el poblado de colonos, una miserable agrupación de cabañas; y los histéricos habitantes salieron presurosos y se apiñaron alrededor de las balanceantes linternas. El apagado batir de los tam-tams se oía ahora en la lejanía; y a intervalos prolongados se escuchaba un alarido aterrador, cuando el viento soplaba en dirección hacia ellos.

Un resplandor rojizo parecía filtrarse a través de la pálida maleza, más allá de las interminables avenidas de la negrura del bosque. A pesar de la repugnancia a quedarse solos otra vez, los colonos se negaron a dar un paso más hacia el escenario del impío culto, de modo que el inspector Legrasse y sus diecinueve hombres se sumergieron sin nadie que les guiase en las negras arcadas de horror que ninguno de ellos había hollado jamás.

La región en que ahora penetraba la policía tenía tradicionalmente una fama maligna, y en su mayor parte estaba inexplorada por el hombre blanco. Había leyendas sobre un lago secreto jamás contemplado por ojos humanos, en el que habitaba un inmenso ser informe, blancuzco, semejante a un pólipo y de ojos refulgentes; y decían los colonos en voz baja que había demonios con alas de murciélago que surgían volando de las cavernas para adorarlo a medianoche. 

Afirmaban que estaba allí antes que D’Iberville,
antes que La Salle, antes que los indios, y antes incluso que las saludables bestias y aves de los bosques. Era una pesadilla, y verlo significaba la muerte. Pero se aparecía en sueños a los hombres, y eso bastaba para mantenerles alejados. 

La actual orgía vudú se desarrollaba,
efectivamente, en los límites de esta zona execrable, pero aun así el paraje era bastante malo, y quizá fuera eso, más que los espantosos gritos e incidentes, lo que había aterrorizado a los colonos.

Sólo la poesía o la locura podían hacer justicia a los ruidos que oyeron los hombres de Legrasse al abrirse paso a través de las negras ciénagas hacia el rojo resplandor y los apagados sones del tam-tam. Hay calidades vocales que son propias de los hombres y calidades vocales características de los animales; y nada hay más terrible que oír una de ellas cuando su fuente se halla en la otra. 

La furia animal y la licencia orgiástica se elevaban a unas alturas demoníacas con aullidos y graznidos extáticos que se desgarraban y reverberaban a través de esos bosques tenebrosos como tempestades de pestilencia surgidas de los abismos del infierno.
De cuando en cuando cesaban los gritos incoherentes y se elevaba un coro de voces entonando la horrenda fórmula ritual:

Ph’nglui mglw’nafh Cthulhu R’lyeh wgah’nagl fhtagn.

Finalmente, los hombres llegaron a un lugar donde los árboles eran más raros, y vieron de repente ante sí el espectáculo. Cuatro de ellos se tambalearon, uno se desmayó y dos prorrumpieron en gritos frenéticos que afortunadamente apagó la demente cacofonía. Legrasse roció con agua el rostro del hombre desmayado; luego se quedaron todos contemplando el espectáculo hipnotizados de horror.

En un claro natural del pantano había una isla cubierta de hierba de quizá un acre de extensión, vacía de árboles y relativamente seca. En ella saltaba y se contorsionaba la más indescriptible horda de humana deformidad que nadie, a no ser un Sime o un Angarola, sería capaz de plasmar. 

Despojados de toda indumentaria,
aquella horda híbrida bramaba, rugía y se contorsionaba alrededor de una hoguera monstruosa de forma circular; en su centro, al rasgarse de cuando en cuando la cortina de las llamas, se veía un gran monolito de granito de unos dos metros y medio de altura; en la parte superior, desproporcionadamente pequeña, descansaba la maléfica estatuilla. 

En diez cadalsos erigidos en espacios regulares formando círculo en torno a las llamas,
colgaban, cabeza abajo, los cuerpos desfigurados de los desdichados colonos que habían desaparecido. Dentro de este círculo, los adoradores saltaban y rugían, girando en masa de izquierda a derecha en una interminable bacanal, entre el círculo de cuerpos y el círculo de fuego. 

Puede que fuera sólo producto de la imaginación,
y puede que fuese sólo el eco lo que indujo a uno de los hombres, un español excitable, a creer que había oído respuestas antifonales del ritual desde algún punto lejano, no iluminado, más al interior del bosque de antigua leyenda y horror. 

Este hombre,
José D. Gálvez, a quien fui a ver e interrogar más tarde, era exageradamente imaginativo. Efectivamente, llegó incluso a insinuar que había oído el batir de unas alas enormes, y que vio el brillo de unos ojos fulgurantes y un bulto blancuzco y montañoso, más allá de los lejanos árboles… pero supongo que habría oído demasiados rumores supersticiosos de los nativos.

De hecho, la horrorizada pausa de los hombres fue de corta duración. El deber era ante todo; y aunque debía de haber cerca de un centenar de celebrantes mestizos, los policías sacaron sus armas y se internaron decididamente en la repulsiva baraúnda. Durante cinco minutos, el tumulto que se produjo fue indescriptible. 

Hubo golpes,
disparos y carreras; pero al final Legrasse pudo contar unos cuarenta y siete prisioneros, a los que obligó a vestirse apresuradamente y formar fila entre sus policías. Cinco de los celebrantes murieron, y otros dos, heridos de gravedad, fueron transportados en improvisadas parihuelas por sus camaradas prisioneros. La imagen del monolito, naturalmente, fue retirada cuidadosamente y confiscada por Legrasse.

Examinados en el cuartel de la policía, tras un viaje agotador, todos los prisioneros resultaron ser de muy baja condición, mestizos y mentalmente trastornados. La mayoría eran marineros, entre ellos negros y mulatos, casi todos originarios de las Antillas, o portugueses procedentes de las islas de Cabo Verde, que daban cierto matiz vudú a este culto heterogéneo. 

Pero,
tras las primeras preguntas, se puso de manifiesto que dicho culto era infinitamente más antiguo que el fetichismo negro. A pesar de ser ignorantes y degradadas, estas criaturas sostenían con sorprendente coherencia la idea central de su repugnante culto.

Adoraban, dijeron, a los Grandes Primordiales, que eran muy anteriores a la aparición del hombre y habían llegado al joven mundo desde el cielo. Estos Primordiales se habían retirado ahora al interior de la tierra y bajo el mar, pero sus cuerpos muertos revelaron secretos al primer hombre mediante sueños, y este instauró un culto que jamás había muerto. 

Éste era ese culto,
y los prisioneros dijeron que siempre había existido y siempre existiría, ocultándose en alejados yermos y parajes retirados de todo el mundo hasta el tiempo en que el gran sacerdote Cthulhu saliese de su tenebrosa morada en la poderosa ciudad sumergida de R’lyeh y sometiese a la Tierra una vez más a su poder. Algún día vendría, cuando los astros fueran favorables; y el culto secreto estaría siempre allí, dispuesto a liberarlo.

Entretanto, nada más podían decir. Se trataba de un secreto que ni aun la tortura les podría arrancar. La humanidad no era la única clase de seres con conciencia sobre la Tierra, pues había formas que surgían de las tinieblas para visitar a los pocos fieles. Pero éstas no eran los Grandes Primordiales. Ningún ser humano había visto jamás a los Primordiales. 

El ídolo esculpido representaba al gran Cthulhu,
aunque nadie podía decir si los demás eran o no semejantes a él. Nadie era capaz de descifrar ahora la antigua escritura, si bien se transmitían cosas oralmente. El cántico ritual no era el secreto; éste no se expresaba jamás en voz alta. El cántico significaba sólo esto: «En su morada de R’lyeh, Cthulhu muerto aguarda soñando».

Sólo dos de los prisioneros fueron declarados mentalmente sanos y se les ahorcó; los demás fueron trasladados a diversas instituciones. Todos negaron haber participado en los homicidios rituales, y afirmaron que las muertes habían sido perpetradas por los Alas-Negras, que habían venido desde su inmemorial refugio en el bosque encantado. 

Pero no hubo manera de sacar en claro una descripción coherente de estos misteriosos aliados.
Lo que la policía pudo averiguar se debió mayormente a un mestizo casi centenario llamado Castro, el cual pretendía haber tocado extraños puertos en sus viajes y haber hablado con los inmortales dirigentes del culto en las montañas de China.

El viejo Castro recordaba fragmentos de una espantosa leyenda que haría palidecer las lucubraciones de los teósofos y presentaban al hombre y el mundo como algo reciente y efímero. Hubo milenios en que la Tierra estuvo gobernada por otros seres que habitaron en inmensas ciudades. Sus vestigios, le habían contado los chinos inmortales, se encontraban aún en forma de piedras ciclópeas en las islas del Pacífico. 

Habían muerto miles y miles de años antes de la aparición del hombre en la Tierra,
pero había artes que podían hacerlos revivir cuando los astros volvieran a la correcta posición en el ciclo de la eternidad. Habían venido, efectivamente, de las estrellas, y habían traído sus imágenes con ellos.

Estos Primordiales, prosiguió Castro, no estaban hechos de carne y hueso. Tenían forma —¿no lo probaba acaso esta imagen de silueta estrellada?—, pero esta forma no era material. Cuando los astros se hallaban en la posición correcta, ellos podían precipitarse de mundo en mundo a través del firmamento; pero cuando los astros estaban en posición adversa, no podían vivir. 

Pero aunque ya no viviesen,
tampoco morían definitivamente. Reposaban en las moradas de piedra de la gran ciudad de R’lyeh, protegidos por los sortilegios del poderoso Cthulhu, y aguardaban una gloriosa resurrección, el día en que los astros y la tierra estuviesen una vez más preparados para ellos. Pero aun entonces, alguna fuerza del exterior debía ayudarles a liberar sus cuerpos. 

Los encantamientos que les conservaban intactos les impedían asimismo realizar el movimiento inicial,
y sólo podían reposar despiertos en la oscuridad y pensar, mientras transcurrían incontables millones de años. Todos ellos sabían qué ocurría entretanto en el universo, pues su lenguaje era telepático. Aun ahora hablaban en sus tumbas. 

Cuando,
después de infinitos caos, aparecieron los primeros hombres, los Grandes Primordiales hablaron a los más sensibles modulando sus sueños; pues sólo así podía llegar su lenguaje a las mentes orgánicas de los mamíferos.

Luego, prosiguió Castro en voz baja, esos primeros hombres instituyeron un culto en torno a pequeños ídolos que los Primordiales les mostraron: ídolos traídos en edades lejanas desde las oscuras estrellas. Ese culto no moriría jamás, hasta que las estrellas volvieran a su correcta posición y los sacerdotes secretos sacaran al gran Cthulhu de su tumba para revivir a sus vasallos y recobrar su dominio sobre la Tierra. 

Sería fácil conocer la llegada de ese momento,
pues entonces la humanidad se parecería a los Primordiales: será libre y salvaje y estará más allá del bien y del mal, arrojará a un lado las leyes y la moral, y todos los hombres gritarán y matarán y se refocilarán jubilosos. 

Entonces los Primordiales liberados les enseñarán nuevas formas de gritar y matar y refocilarse y regocijarse,
y toda la Tierra arderá en el holocausto del éxtasis y la libertad. Entretanto, el culto, ejecutado mediante ritos apropiados, debe mantener vivo el recuerdo de esas antiguas formas y evocar la profecía de su retorno.

En otros tiempos, algunos escogidos habían hablado en sueños con los Primordiales que descansaban en sus tumbas; pero luego algo había ocurrido. La gran ciudad de piedra de R’lyeh, con sus monolitos y sepulcros, se había hundido bajo las olas; y las aguas profundas, henchidas de un misterio primitivo, impenetrable incluso para el pensamiento, habían interrumpido la espectral comunicación. 

Pero no había muerto el recuerdo,
y los altos sacerdotes decían que la ciudad surgiría otra vez cuando los astros fuesen favorables. Entonces saldrían los negros espíritus de la tierra, mohosos y sombríos, y propagarían los rumores recogidos en las cavernas de los olvidados fondos de los mares. Pero de esto último no se atrevió a hablar mucho el viejo Castro. Calló repentinamente, y no hubo medio de persuasión ni de astucia que lograra sonsacarle nada más al respecto. También se negó a dar detalles sobre el tamaño de los Primordiales. 

En cuanto al culto,
dijo que creía que su centro se encontraba en la inexplorada región central de los desiertos de Arabia, donde Irem, la Ciudad de los Pilares, sueña oculta e intacta. No tenía relación alguna con el culto de las brujas en Europa, y era prácticamente desconocido fuera del círculo de sus adeptos. 

Ningún libro aludía realmente a él,
aunque los chinos inmortales decían que en el Necronomicón del árabe loco Abdul Alhazred subyacía un sentido oculto que los iniciados podían interpretar a su criterio, especialmente el discutidísimo dístico:

Que no está muerto lo que puede yacer eternamente,
Y con los evos extraños aún la muerte puede morir.

Legrasse, hondamente impresionado y no poco confundido, había tratado sin éxito de averiguar la filiación histórica del culto. Parecía ser que Castro había dicho la verdad al afirmar que era totalmente secreto. Las autoridades de la Universidad de Tulane no pudieron arrojar ninguna luz sobre dicho culto ni sobre la imagen, y ahora el detective había acudido a las personalidades más competentes del país, y se encontraba nada menos que con la historia de Groenlandia del profesor Webb.

El febril interés que despertó en la asamblea la historia de Legrasse, corroborada por la estatuilla, tuvo algún eco en la correspondencia que luego intercambiaron los congresistas; en la publicación oficial de la sociedad, en cambio, se citó meramente de pasada. La prudencia es el primer cuidado de quienes están acostumbrados a enfrentarse con el charlatanismo y la impostura. 

Legrasse dejó la imagen durante un tiempo al profesor Webb,
pero a la muerte de éste volvió a sus manos, y sigue en su posesión, donde la he visto no hace mucho. Es algo verdaderamente terrible, y se parece de manera inequívoca a la escultura que modeló en sueños el joven Wilcox.

No me cabía la menor duda de que mi tío se excitó ante la historia del escultor; ¿qué pensamientos debieron venirle, sabiendo lo que Legrasse había averiguado de ese culto, al contarle un joven sensible que había soñado no sólo la figura y los exactos jeroglíficos de la imagen encontrada en el pantano y de la tableta de Groenlandia, sino que además había oído en sus sueños tres palabras de la fórmula que pronunciaban tanto los diabolistas esquimales como los mestizos de Luisiana? 

Evidentemente,
era natural que el profesor Angell iniciara una investigación minuciosa; aunque yo sospechaba, personalmente, que el joven Wilcox había oído hablar del culto y había inventado una serie de sueños para acrecentar el misterio a costa de mi tío. 

Los relatos de los demás sueños y los recortes coleccionados por el profesor constituían una sólida corroboración de la historia del joven; pero mi acendrado racionalismo y la extravagancia de todo este asunto me llevaron a adoptar lo que me pareció la conclusión más palmaria.
 

Así que,
después de estudiar con atención el manuscrito y cotejar las notas teosóficas y antropológicas con el informe de Legrasse, hice un viaje a Providence para ver al escultor y decirle lo que pensaba de él por haber embaucado tan descaradamente a un sabio de tan avanzada edad.

Wilcox vivía aún solo en la Residencia Fleur-de-lys de Thomas Street, horrenda imitación victoriana de la arquitectura bretona del siglo XVII, con su fachada de estuco en medio de amables casas coloniales y a la sombra del más fino campanario georgiano que pudiera verse en América. 

Le encontré trabajando en sus habitaciones,
e inmediatamente descubrí, por las obras que tenía allí, que su genio era profundo y auténtico. Creo que dentro de un tiempo figurará entre los grandes decadentes, pues ha logrado plasmar en barro y en mármol esas pesadillas y fantasías que Arthur Machen evoca en su prosa y Clark Ashton Smith ha hecho visibles en verso y en pintura.

Moreno, endeble y de aspecto algo descuidado, se volvió lánguidamente al llamar yo y me preguntó qué deseaba sin levantarse de su silla. Cuando le dije quién era, manifestó cierto interés; pues mi tío había despertado su curiosidad al estudiar sus extraños sueños, aunque nunca había explicado la razón de su estudio. Yo no le aclaré demasiado el asunto, y traté de sonsacarle con tacto.

Me bastó poco tiempo para convencerme de su absoluta sinceridad, pues me habló de los sueños de un modo que nadie podría tergiversar. Tanto los sueños como su residuo subconsciente habían influido en su arte hondamente, y me enseñó una morbosa escultura cuyos contornos casi me hicieron estremecer por su oscura potencia sugestiva. 

No recordaba él si había visto el original de esta criatura,
a no ser en su propio bajorrelieve que modelara en sueños, pero sus perfiles habían surgido insensiblemente bajo sus manos. Era sin duda la forma gigantesca que tanto le atormentara en su delirio. 

Seguidamente,
aclaró que él no sabía en verdad nada del misterioso culto, aparte de lo que las incansables preguntas de mi tío le habían permitido inferir; y nuevamente me esforcé en averiguar de qué manera pudo haber recibido las horribles impresiones.

Habló de sus sueños de un modo extrañamente poético, haciéndome ver con terrible intensidad la húmeda ciudad ciclópea de piedras verdosas y cubiertas de limo, cuya geometría, dijo extrañamente, era totalmente errónea, y oír con aterrada expectación la incesante, semimental llamada que surgía de la tierra: Cthulhu fhtagn, Cthulhu fhtagn.

Estas palabras formaban parte de aquel espantoso ritual que hablaba del sueño vigil de Cthulhu muerto en la cripta de piedra de R’lyeh, y me sentí hondamente impresionado, a pesar de mis convicciones racionales. Wilcox, estoy seguro, había oído hablar del culto de alguna manera casual, y lo había debido olvidar poco después, en medio de la masa de sus igualmente inquietantes lecturas y figuraciones. 

Más tarde,
en virtud de su acusada impresionabilidad, debió de encontrar la expresión subconsciente en sus sueños, en el bajorrelieve y en la terrible estatua que ahora tenía yo delante; de modo que su impostura había sido involuntaria. 

El joven era a la vez un poco afectado y descortés,
la clase de carácter que nunca me ha gustado; pero ahora estaba dispuesto a admitir su genio y su honestidad. Me despedí amistosamente de él, y le deseé todos los éxitos a su prometedor talento.

El asunto del culto seguía fascinándome, y a veces me imaginaba a mí mismo alcanzando fama mundial al averiguar sus orígenes y relaciones. Visité Nueva Orleans, hablé con Legrasse y otros sobre aquella antigua redada, vi la espantosa imagen y hasta interrogué a los mestizos prisioneros que aún vivían. 

El viejo Castro,
desgraciadamente, había fallecido hacía unos años. Lo que escuché entonces de viva voz, aunque en realidad no fue más que una confirmación de lo que mi tío había escrito, excitó de nuevo mi interés; pues sentí la seguridad de que me hallaba sobre la pista de una auténtica, secreta y antigua religión cuyo descubrimiento me convertiría en un antropólogo de renombre. 

Mi actitud era todavía absolutamente materialista,
como aún quisiera que lo fuese, y deseché con la más inexplicable perversidad mental la coincidencia de las transcripciones de sueños con los extraños recortes coleccionados por el profesor Angell.

Una cosa empecé entonces a sospechar, y ahora temo saber, y es que la muerte de mi tío no fue ni mucho menos natural. Se cayó en un estrecho callejón que ascendía del barrio marinero donde pululan los mestizos extranjeros, tras un empujón sin importancia de un marinero negro. 

No olvidaba yo la mezcla de sangre y las ocupaciones marineras de los miembros del culto de Luisiana,
y no me hubiera sorprendido averiguar la existencia de métodos secretos y agujas envenenadas hace tiempo conocidas, y tan crueles como los misteriosos ritos. 

Legrasse y sus hombres,
es cierto, no han sido molestados; pero en Noruega ha muerto cierto marinero que había visto ciertas cosas. ¿No podría ser que hubiesen llegado a oídos siniestros las averiguaciones de mi tío, tras haber recogido la información del escultor? Creo que el profesor Angell murió porque sabía demasiado, o porque probablemente estaba a punto de sacar a la luz demasiadas cosas. Ahora falta ver si voy a correr yo esa misma suerte, pues he llegado demasiado lejos.
 
CONTINUARÁ...