INICIO

Mostrando entradas con la etiqueta hechicera. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta hechicera. Mostrar todas las entradas

¿Amigas? - Roberta Ghidalia

—Aquí, aquí, gatita, aquí minina; ven, ven, por favor —llamaba en tono de súplica una vocecita.

Hacía semanas que Dorrie observaba a la gata propiedad de la vieja vecina. Dorrie se fijaba en que parecía más flaca cada día que pasaba, y se preguntaba la causa. Aquella tarde guardó un trozo del pescado que le habían dado para comer, y ahora estiraba la mano, con el pescado, y empezaba de nuevo:

—Gatita; aquí, gatita bonita, aquí —llamaba.

La gata permanecía indiferente, ignorando por completo las zalamerías de la niña. La chiquilla miró a su alrededor, y cuando estuvo segura de que su madre no podía oírla, gritó un poco más fuerte:

—Aquí, gatita, gatita, minina preciosa... ¿No quieres venir?

Su madre la regañaba con frecuencia por aquel capricho suyo de querer mimar animales extraviados que encontraba por la calle. Pero aquella gata no andaba extraviada. Pertenecía a la viejecita mistress Stubbs, que vivía en la desvencijada casa de al lado. Aunque flaca y sucia, la lamentable criatura conservaba sus aires arrogantes y sus gentiles actitudes.

Pero mientras se preparaba desdeñosamente a asumir una nueva postura y continuar ignorando las súplicas de la niña, volvió la cabeza y echó una mirada en dirección a Dorrie. Esto obró el milagro. La gata percibió el delicioso aroma del pescado, y su aire de indiferencia se desvaneció al momento. La gata se puso a cruzar el patio en dirección a la pequeña Dorrie, aunque despacio, siempre muy despacio.

Por su parte, la niña continuaba con sus exhortaciones, sintiéndose más y más excitada a medida que el animalito se le iba acercando.

«¡Vaya niñita preciosa! —pensaba Sassy, la gata—. Es raro que no me hubiese fijado nunca en ella; aunque lo cierto es que hasta este momento nunca me han interesado demasiado los niños».

La gata continuaba acercándose a la niña con cautela, como recelando alguna treta.

«¡Oh, qué hermosa es! —pensaba Dorrie, en cuya opinión influía bastante el sentimiento—. ¡Qué graciosa y arrogante! ¡Ojalá mi madre comprendiera lo que me inspiran los animales! Bueno —musitó la niña—, quizá algún día lo comprenda».

Entretanto, la gata se acercaba más y más, y pronto estuvo a los pies de la silla de Dorrie, levantando hacia la niña una mirada inquisitiva. A Dorrie le costaba un esfuerzo enorme el no ponerse a gritar de alegría; pero como este proceder solo habría servido para que su madre acudiese corriendo, además de que, seguramente, habría asustado a la gata, permaneció callada. Y esta paciencia recibió una generosa recompensa, según su modo de ver.

De un solo brinco, Sassy se le subió al regazo, haciendo pasar la mirada de sus verdes ojos de la faz de la niña al pedazo de pescado. La niña adelantó pausadamente la mano, mientras la gata evaluaba la situación. Dos olisqueadas, un estirón del cuello, y el pescado desapareció. Pero la gata no. Se quedó sentada allí, mirando a la niña, su bienhechora, con ojos de adoración.

Dorrie permanecía muy quieta para no molestar al animal. Titubeando, levantó una mano y se puso a acariciarle la cabeza. ¿Qué era aquel ruido que oía? Un ronroneo lento y que aumentaba poco a poco, salido de la garganta de la gata. Sí, sea cual fuere el equivalente humano del ronroneo, Dorrie compartía el placer del animalito. Niña y gata se miraban de hito en hito, amorosamente, y ninguna de ambas recordaba haberse sentido tan a gusto en toda la vida.

Hasta entonces, Sassy nunca había sido objeto del cariño de un ser humano, ni Dorrie había recibido el de un animal. Así pues, ambas pasaron unos momentos como suspendidas en el tiempo. Cada una se empapaba de la maravilla de la nueva relación establecida entre ambas.

Sassy, la gata, espíritu independiente que había de pagar con creces lo poco que recibía de su dueña. Dorrie, la niña, completamente dependiente, aprisionada en una silla de ruedas, y habiendo de confiar en su madre para todo. A pesar de lo ilógico e improbable que era, aquellos dos seres se sentían recíprocamente atraídos, como por una fuerza magnética.

Dorrie dejó unos momentos de acariciar la cabeza de la gata, y esta se puso a lamerle la cara. ¡Qué sensación tan deliciosamente rara la de aquella lengüecita rasposa correspondiendo a su gesto de afecto! La gata se interrumpió bruscamente y levantó una mirada conmovedora hacia la niña.

—¿Amigas? —preguntó Dorrie, casi tartamudeando, a la gata.

—Meurr —respondió la gata.

—¡Dorrie! —la madre salía de casa precipitadamente, gritando—. ¿Qué haces con esa gata?

—Oh, madre, por favor, no la eches. Déjame tenerla. La vieja bruja de la casa de al lado no la quiere, en realidad. Mírala qué flaca está. Por favor, por favor, déjame que me la quede, y... y te prometo que en adelante siempre seré muy buena —suplicaba la pequeña.

Una larga mirada se cruzó entre Sassy, que atisbaba desde debajo de la silla de Dorrie, donde se había refugiado, y la madre de la niña. De súbito, la revulsión inicial que la madre había sentido a la vista de la sucia bestezuela se convirtió en compasión.

«¡Vaya, si la pobrecilla no es más que piel y huesos! —pensó la mujer—. Parece más muerta que viva. Toda persona capaz de tratar así a un animal ha de ser realmente una bruja».

—Dorrie, no sé qué decirte; he de consultar a mistress Stubbs primero —se sorprendió diciendo la buena mujer.

«¿Qué me ha pasado? —se preguntaba la mujer—. Hasta hoy, los animales no me habían inspirado ningún sentimiento, y de súbito me consumo de piedad por esta gata».

Revolviéndose entre muy confusos sentimientos, la madre dejó a las amigas recientes en el porche y cruzó el patio en dirección a la casa vecina.

«¡Qué desorden! —pensó para sus adentros, al atravesar vivamente la maraña de hierbas y hierbajos excesivamente crecidos del patio de la vecina y acercarse a la destartalada casa vieja—. Vaya, si en cierto modo hasta parece la casa de una bruja».

—Mistress Stubbs —gritó, dando unos golpecitos leves en la puerta, que colgaba desmañadamente de los goznes.

—¡Eh! ¿Quién hay? —preguntó una voz desde dentro.

—Su vecina; abra, por favor. Quisiera hablar con usted en relación a su gata.

La puerta se abrió una rendija, dejando a la vista solamente la cabeza de la anciana.

—Bueno, ¿qué ha hecho ahora esa diabólica criatura? —preguntó la vieja, frunciendo el ceño grotescamente.

—No, no es eso. Lo único que ha hecho, que yo sepa, ha sido cautivar por completo a mi hija, hasta el punto de que nos gustaría quedarnos la gata, si usted lo permite.

—Je-je-je-je-je —cacareó la vieja—. De modo que la preciosa invalidita de su hija quiere mi gata, ¿no es cierto? Pues, bueno, quédensela, y que les vaya bien. Es un mal bicho, se lo aseguro. Fíjese en lo que le digo. Esa gata es el demonio. Traerá la desgracia a cualquier parte que vaya; no falla, ha de traerla.

—Gracias, mistress Stubbs, la cuidaremos bien.

—Mejor será, si no quieren verse en conflictos. Y otra cosa todavía; cuiden de que en lo sucesivo no aparezca por aquí. Si la cojo por aquí de nuevo, la mataré —chilló la vieja hechicera, cerrando la puerta tras esta advertencia.

«Bruja vieja y tonta —pensó la madre de Dorrie—. Imagínate, ¡atribuir poderes diabólicos a la gata! Cuentos de viejas, he ahí el resumen de sus estupideces».

Después de lo cual, Sassy recibió, efectivamente, excelentes cuidados de Dorrie y de su madre. Y se convirtió en la hermosa criatura que la niña había imaginado desde el principio. El demacrado cuerpo se le llenó, y su pelaje brillaba a la luz del sol.

Dorrie se quedó pasmada por el súbito cambio de sentimientos de su madre; pero estaba demasiado ocupada sintiéndose feliz con el animalito querido que había anhelado durante tanto tiempo para enfrascarse demasiado en aquella transformación. Una y otra vez, niña y gata celebraban el ritual del primer día.

—¿Amigas? —le decía la niña a la gata.

—Meurr —contestaba la gata, como para reafirmar el lazo que existía entre ellas.

Cada vez que la madre de Dorrie encontraba a mistress Stubbs, la vieja regañona reiteraba el consejo acerca de la maldad de la gata y de que la tuvieran alejada de su casa, la casa de su antigua dueña, bajo amenaza de matar al querido animalito.

Dorrie y Sassy eran inseparables. El ser humano y el ser animal intimaban más y más. La madre pensaba alguna vez en aquellas relaciones; pero desterraba las cavilaciones de la mente al ver cuán lozana se ponía la niña y que parecía más sana y dichosa que antes.

—Nunca entenderé los prejuicios y el odio de aquella vieja bruja contra una gata inofensiva como Sassy —murmuraba.

Una noche, a los tres meses, aproximadamente, de haber venido Sassy a vivir con Dorrie, ocurrió un hecho curioso. La puerta trasera de la casa de Dorrie se abrió cuando ya hubiera debido hacer mucho rato que todo el mundo estuviera durmiendo. Y salió Sassy. Siguiéndola de cerca por la rampa, a la luz de la luna llena, iba Dorrie en su silla de ruedas. Con gran cuidado y con una falta de dificultades sorprendente, se encaminaron hacia la vieja casa vecina.

Llegadas a su destino, Sassy saltó, ligera, al alféizar de una ventana abierta y penetró en el edificio. Habiendo vivido tanto tiempo allí, había aprendido tiempo atrás la manera de saltar a la puerta y soltar el cerrojo; cosa que hizo prestamente para dar paso a Dorrie. Sorprendieron a mistress Stubbs en el dormitorio del primer piso, donde Sassy sabía que dormía.

La anciana saltó de la cama y se puso a correr por el cuarto, gritando:

—¿Por qué estáis aquí? ¿Qué queréis?

La anciana se detuvo en el centro de la habitación para recobrar el aliento. Dorrie emprendió la carrera, como tomando el mando, e hizo rodar la silla, con toda su fuerza, contra la anciana. Mistress Stubbs, cogida de sorpresa por la fuerza casi sobrenatural del empujón, se tambaleó y cayó, dando de cabeza contra el hogar de piedra. Y permaneció inmóvil en el suelo. Tenía la muerte pintada en la cara.

Más tarde, en el cuarto de Dorrie, Sassy se había sentado una vez más en el regazo de la niña, y ambas celebraban el viejo ritual. En este se había introducido un entendimiento nuevo y extraño, una transferencia de almas.

—¿Amigas? —preguntaba Sassy.

—Meurr —respondía la niña.


El Zarevich Cabrito

     Eran un zar y una zarina que tenían un hijo y una hija. El hijo se llamaba Ivanuchka y la hija Alenuchka.

Cuando el zar y la zarina murieron, los hijos, como no tenían ningún pariente, se quedaron solos y decidieron irse a recorrer el mundo.

Se pusieron en camino y anduvieron hasta que el sol subió en el cielo a su mayor altura y sus rayos les quemaban implacablemente, haciéndoles ahogarse de calor sin ver a su alrededor vivienda alguna que les sirviera de refugio, ni árbol a la sombra del cual pudieran acogerse.

En la extensa llanura percibieron un estanque, al lado del cual pastaba un rebaño de vacas.

-Tengo sed -dijo Ivanuchka.

-No bebas, hermanito, porque si bebes te transformarás en un ternero -le advirtió Alenuchka.

Ivanuchka obedeció y ambos siguieron su camino.

Anduvieron un buen rato y llegaron a un río, a la orilla del cual pacía una manada de caballos.

-¡Oh, hermanita! ¡Si supieras qué sed tengo! -dijo otra vez Ivanuchka.

-No bebas, hermanito, porque te transformarás en un potro.

Ivanuchka obedeció y continuaron andando; después de andar mucho tiempo vieron un lago, al lado del cual pacía un rebaño de ovejas.

-¡Oh, hermanita! ¡Quiero beber!

-No bebas, Ivanuchka, que te transformarás en un corderito.

Obedeció el niño otra vez; siguieron adelante y llegaron a un arroyo, junto al cual los pastores vigilaban a una piara de cerdos.

-¡Oh, hermanita! ¡Ya no puedo más, tengo una sed abrasadora! -exclamó Ivanuchka.

-No bebas, hermanito, porque te transformarás en un lechoncito.

Otra vez obedeció Ivanuchka, y ambos siguieron adelante. Anduvieron, anduvieron; el sol estaba todavía alto en el cielo y quemaba como antes; el sudor les corría por todo el cuerpo y todavía no habían podido encontrar ninguna vivienda. Al fin vieron un rebaño de cabras que pacía cerca de una laguna.

-¡Oh, hermanita! ¡Ahora sí que beberé!

-¡Por Dios, hermanito, no bebas, porque te transformarás en un cabrito!

Pero esta vez Ivanuchka no pudo soportar más la sed y, no haciendo caso del aviso de su hermana, bebió agua de la laguna, y en seguida se transformó en un Cabrito que daba saltos y brincos delante de su hermana y balaba:

-¡Beee! ¡beee!, ¡beee!

La desconsolada Alenuchka le ató al cuello un cordón de seda y se lo llevó consigo llorando amargamente.

Un día, el Cabrito, que iba suelto y corría y saltaba alrededor de su hermana, penetró en el jardín del palacio de un zar.

La servidumbre los vio y uno de los criados anunció al zar:

-Majestad, en el jardín de tu palacio hay una joven que lleva un cabrito atado con un cordón de seda; es tan hermosa que no se puede describir su belleza.

El zar ordenó que se enterasen de quién era tal joven.

Los servidores le preguntaron quién era y de dónde venía, y ella les contó su historia, diciéndoles:

-Mi hermano era zarevich y yo zarevna. Al morir nuestros padres y quedar huérfanos nos fuimos de casa para conocer el mundo, y el zarevich, no pudiendo soportar la sed que tenía, bebió agua de una laguna encantada y se transformó en un cabrito.

Los servidores refirieron al zar todo lo que habían oído y éste hizo llamar a Alenuchka, para enterarse detalladamente de su vida.

El zar quedó tan encantado de Alenuchka que quiso casarse con ella, y al poco tiempo celebraron la boda, y vivían felices y contentos. El Cabrito, que estaba siempre con ellos, paseaba durante el día por el jardín, por la noche dormía en una habitación de palacio y para comer se sentaba a la mesa con el zar y la zarina.

Llegó un día en que el zar se fue de caza, y mientras tanto, una hechicera, por medio de sus artes de magia, hizo enfermar a la zarina, y la pobre Alenuchka adelgazó y se puso pálida como la cera. En el palacio y en el jardín todo tomó un aspecto triste; las flores se marchitaron, las hojas de los árboles se secaron y las hierbas se agostaron.

El zar, al volver de caza y ver a su mujer tan cambiada, le preguntó:

-¿Qué te pasa? ¿Estás enferma?

-Sí; no estoy bien -contestó ella.

Al día siguiente el zar se fue otra vez de caza mientras que Alenuchka guardaba cama. Vino a verla la hechicera y le dijo:

-¿Quieres curarte? Pues ve a la orilla del mar y bebe su agua al amanecer y al anochecer durante siete días.

La zarina hizo caso del consejo, y al llegar el crepúsculo se dirigió a la orilla del mar, donde aguardaba ya la hechicera, la cual la cogió, le ató al cuello una piedra y la echó al mar; Alenuchka se sumergió en seguida. El Cabrito, presintiendo la desdicha, corrió hacia el mar, y al ver desaparecer a su hermana prorrumpió en un llanto amarguísimo.

Entretanto, la hechicera se vistió como la zarina, se presentó en palacio y empezó a gobernar.

Llegó el zar de caza y, sin notar el engaño, se alegró mucho al ver que la zarina había recobrado la salud. Sirvieron la cena y se pusieron a cenar.

-¿Dónde está el Cabrito? -preguntó el zar.

-Estamos mejor sin él -contestó la hechicera-; he ordenado que no lo dejen entrar, porque me molesta su olor a cabrío.

Al día siguiente, apenas el zar se fue de caza, la hechicera se puso a pegar al pobre Cabrito, y mientras lo apaleaba, le decía:

-¡Aguarda, que en cuanto vuelva el zar le pediré que te maten!

Apenas el zar regresó, la hechicera empezó a convencerlo a fuerza de súplicas:

-¡Da orden de que maten al Cabrito! Me ha fastidiado de tal modo, que no quiero verlo más.

Al zar le dio lástima, pero no pudo defenderlo porque la zarina le suplicaba con tanta tenacidad que no tuvo más remedio que consentir que lo matasen.

Pocas horas después, el Cabrito, viendo que ya estaban afilando los cuchillos para cortarle la cabeza, corrió al zar y le rogó:

-¡Señor! Permíteme ir a la orilla del mar para beber allí agua y limpiar mis entrañas.

El zar le dio permiso y el Cabrito corrió a toda prisa hacia el mar. Se paró en la orilla y exclamó con voz lastimera:

-¡Alenuchka, hermanita mía, sal a la orilla! ¡Han encendido ya las hogueras, las calderas están llenas de agua hirviente, están afilando los cuchillos de acero para matarme! ¡Pobre de mí!

Alenuchka le contestó:

-¡Ivanuchka, hermanito mío, la piedra que está atada a mi cuello pesa demasiado; las algas sedosas se enredaron a mis pies; la arena amarilla se amontonó sobre mi pecho; la feroz serpiente ha chupado toda la sangre de mi corazón.

El pobre Cabrito se echó a llorar y se volvió a palacio.

A mediodía vino otra vez a pedir permiso al zar, diciéndole:

-¡Señor! Permíteme ir a la orilla del mar para beber agua y limpiar mis entrañas.

El zar volvió a darle permiso y el Cabrito corrió a todo correr hacia el mar, se paró en la orilla y exclamó:

-¡Alenuchka, hermanita mía, sal a la orilla! ¡Han encendido ya las hogueras, las calderas están llenas de agua hirviente, están afilando los cuchillos de acero para matarme! ¡Pobre de mí!

Alenuchka le contestó:

-¡Ivanuchka, hermanito mío, la piedra que está atada a mi cuello pesa demasiado; las algas sedosas se enredaron a mis pies; la arena amarilla se amontonó sobre mi pecho; la feroz serpiente ha chupado toda la sangre de mi corazón!

El pobre Cabrito se echó a llorar y volvió otra vez a palacio. Entonces el zar pensó:

«¿Por qué el Cabrito quiere ir siempre a la orilla del mar?».

Y cuando vino por tercera vez a pedirle permiso diciéndole: «¡Señor! Déjeme ir a la orilla del mar para beber agua y lavar mis entrañas», lo dejó ir y se fue tras él.

Llegados a la orilla, oyó al Cabrito, que llamaba a su hermana.

-¡Alenuchka, hermanita mía, sal a la orilla! ¡Han encendido ya las hogueras, las calderas están llenas de agua hirviente, están afilando los cuchillos de acero para matarme! ¡Pobre de mí!

Alenuchka le contestó:

-¡Ivanuchka, hermanito mío, la piedra que está atada a mi cuello pesa demasiado; las algas sedosas se enredaron a mis pies; la arena amarilla se amontonó sobre mi pecho; la feroz serpiente ha chupado toda la sangre de mi corazón!

Pero el Cabrito empezó a suplicar, llamándola con voz ternísima, y entonces Alenuchka, haciendo un gran esfuerzo, subió de las profundidades del mar y apareció en la superficie. El zar la cogió, desató la piedra que tenía atada al cuello, la sacó a la orilla y le preguntó lleno de asombro:

-¿Cómo te ha sucedido tal desgracia?

Ella le contó todo, el zar se alegró muchísimo y el Cabrito también, manifestando su alegría con grandes saltos. Los árboles del jardín de palacio reverdecieron, las plantas florecieron y todo alrededor de palacio se llenó de risa y júbilo.

En cuanto a la hechicera, el zar dio orden de ejecutarla. En el centro del patio encendieron una gran hoguera y en ella quemaron a la bruja.

Después de haber hecho justicia, el zar, su mujer y el Cabrito vivieron felices y en paz, aumentando sus bienes y sin separarse nunca.