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El Lago robado

Un joven soldado, muy valiente y osado, por cierto, cortejaba en vano a una de las hijas de su jefe, cuyos cuarteles se encontraban situados cerca de las riberas del Loch Ennel (Lago Ennel), en la región occidental de Meath, donde el mítico río Boyne desagua en el mar de Irlanda.

Pero la damisela era bastante altanera y pagada de sí misma, y le dijo claramente que de ninguna manera aceptaría poseer su griannan de ama de casa mientras no pudiera ver desde su ventana un paisaje tan hermoso, con un lago tan azul como el que se divisaba desde la casa de su padre.

Para el joven guerrero, profundamente enamorado de la casquivana joven, el asunto pasó a ser sumamente engorroso. Como oficial de las tropas reales, tenía un buen pasar, ciertamente, pero en su modesta vivienda, si bien estaba situada en un valle hermoso y verde como pocos, las laderas de las colinas que lo rodeaban estaban salpicadas por las casas de otros aldeanos, lo que afeaba su vista a los ojos de su dama y, lo que es peor, el pequeño arroyo que surcaba serpenteante por el fondo de la cañada tardaría muchísimo en formar siquiera una lagunita, y mucho menos un lago tal y como la princesa pretendía.

Desolado, el muchacho pensó en construir un dique, pero pronto comprendió que aquello llevaría al menos diez años, y otros tantos —si no más aún— deberían transcurrir hasta que la represa se llenara al punto de formar un lago. 

Tan preocupado se encon
traba con su problema que el asunto llamó la atención de su madre adoptiva, una anciana hechicera que, al verlo mesarse los cabellos desesperadamente, lo indujo a desahogarse, y le sugirió que aguardara hasta el día siguiente, a ver si ella podía ayudarlo.

Accedió el joven y la anciana, sin pérdida de tiempo, recurrió esa noche al medio usual de transporte de las brujas y se dirigió a hacer una consulta con otra anciana firbolg, hermana en el arte de la hechicería, cuya choza se encontraba en la margen occidental del río Erne, en el condado de Connaught. 

La cabaña de esta última se hallaba sólidamente emplazada en la cima de un risco que dominaba un hermoso lago, frente al cual ambas mujeres se sentaron a disfrutar de su charla.

Después de un sencillo refrigerio, la visitante reveló finalmente el motivo de su viaje, y le suplicó a su docta amiga que le prestara su lago hasta el próximo esbat (plenilunio), día en que se lo devolvería sin haber derramado una sola gota de sus aguas. 

Sin embargo, la artera bruja, tomando sus precauc
iones, musitó entre dientes, sin que su amiga la oyera: «Sí, pero después de la próxima eternidad», una fórmula que le aseguraba la impunidad para el caso de que no quisiera devolverlo jamás.

La amiga, a pesar de no haber oído aquellas palabras, dudó unos instantes, pero finalmente accedió a prestárselo, y la anciana lo guardó alegremente debajo de su capa y lo llevó al valle de Meath, donde lo depositó en una hondonada que quedaba, precisamente, frente a la casa de su hijo adoptivo. 

Demás está decir la alegría del muchacho cuando despertó, esa noche, por el ruido de mil cascadas que parecían verterse repentinamente frente a sus ventanas.

Asustados, los vecinos de las casas aledañas huyeron despavoridos, alojándose en los edificios de más arriba, y al amanecer del día siguiente miles de asombrados ojos contemplaron la plácida sábana de agua que cubría las moradas que los habían alojado hasta la noche anterior.

Y esa fue la forma en que la altanera y casquivana novia fue conquistada; pero el asunto no terminaría allí. La anciana bruja del Connaught, sintiéndose engañada por su amiga, esperó hasta la segunda luna, irritadísima ante el enorme cuenco de barro en que se había transformado su lago y, al comprender que existían muy escasas probabilidades de que este le fuera devuelto, decidió tomar cartas en el asunto. 

Hasta una bruja paciente y sabia puede perder la paciencia, y esta voló pres
urosamente a la casa de su engañosa colega y, ante la fingida amabilidad con que fue recibida, la increpó con dureza:

—No he venido aquí a escuchar cumplidos falsos, comadre —le dijo—. Ya pasó el siguiente día de esbat y hasta el subsiguiente también, y por mi ventana solo puedo ver barro, piedras y pescados muertos, así que creo que ya es hora de que me devuelvas mi lago.

—Pero, mi querida hermana, parece que el enojo te ha hecho olvidar lo que hablamos. Prometí devolverte tu preciado pedazo de agua al día siguiente de la luna llena… pero de la semana después de la eternidad; ni un minuto antes ni un minuto después. ¡Así que tendrás que volver a reclamarlo cuando venza el plazo!

La furia de la bruja traicionada no reconocía límites, pero sabía que no podía hacer nada a causa de la precaución tomada por su falsa colega, que la había engañado con todas las de la ley. 

Así que no le quedó más remedio que volverse a su condado de Connaught, masticando
su rabia, y conformarse con mirar la barrosa hondonada en que se había convertido su hermoso lago. Y la presencia del Lough Derravaragh en las verdes planicies del Westmeath se convirtió en una incorporación definitiva.

Perdido en la pirámide - Louisa May Alcott

I

—¿Y esto qué es, Paul? —preguntó Evelyn tras abrir una caja de oro deslucido y examinar su contenido con curiosidad.
 
—Semillas de una planta egipcia desconocida —respondió Forsyth, y una repentina sombra le cubrió el rostro mientras miraba los tres granos escarlata que había en la palma extendida de la muchacha.
 
—¿De dónde las sacaste? —preguntó ella.
 
—Es una historia muy extraña, y sólo serviría para que te asustaras si te la cuento —dijo Forsyth con una expresión distraída que despertó aún más la curiosidad de la chica.
 
—Por favor, cuéntamela, me gustan las historias extrañas, y ya casi no me asustan. Ah, por favor cuéntamela; tus historias son siempre tan interesantes —exclamó levantando la mirada con una mezcla tan atractiva de súplica y orden en su encantador rostro que oponerse resultaba imposible.

—Terminarás lamentándolo, y quizás también yo; te advierto que estas misteriosas semillas traen mala suerte a quien las posee —dijo Forsyth, sonriente, incluso cuando frunció las negras cejas y miró a la radiante criatura que tenía ante él con una expresión enamorada pero al mismo tiempo severa.

—Cuéntamela, no me asustan estas pequeñas semillas —respondió ella con ademán imperioso.

—Tus deseos son órdenes para mí. Permíteme que exponga los hechos y luego comenzaré —respondió Forsyth, y se puso a pasear de un lado para otro con la mirada ausente del que pasa las páginas hacia el pasado.

Evelyn lo observó durante unos instantes y después volvió a concentrarse en su bordado, o en la tarea en la que estaba ocupada; una actividad que parecía ajustarse a la perfección a la vital criatura, medio niña, medio mujer.

—Durante mi estancia en Egipto —comenzó Forsyth con calma—, salí un día con mi guía y con el catedrático Niles a explorar las Pirámides de Keops. Niles sentía verdadera obsesión por las antigüedades y se olvidaba del tiempo, del peligro y la fatiga en el fragor de su búsqueda. Hurgaba en todos los recovecos de los estrechos pasajes, medio ahogado por el polvo y el aire cerrado; leía inscripciones en las paredes, tropezaba con sarcófagos rotos, o se quedaba observando los ojos de algún espécimen marchito colgado como un trasgo en los pequeños estantes en los que se apilaba a los muertos durante años. 

»Yo me sentí desesperadamente cansado tras unas cuantas horas y le supliqué al catedrático que volviéramos. Pero él estaba empeñado en explorar ciertos lugares y no quería detenerse. Sólo teníamos un guía, así que me vi obligado a quedarme; pero Jumal, mi hombre, viendo lo agotado que estaba, sugirió que nos quedásemos descansando en uno de los corredores más espaciosos mientras él iba a por otro guía para Niles. 

»Accedimos a ello y, tras asegurarnos que estaríamos totalmente a salvo si no nos apartábamos de ese punto, Jumal se marchó prometiéndonos que regresaría pronto. El catedrático se sentó para tomar algunas notas sobre sus investigaciones, de modo que me tumbé sobre la blanda arena y me quedé dormido.

»Me despertó ese miedo indescriptible que de forma instintiva nos advierte del peligro y, poniéndome de pie de un salto, vi que estaba solo. Una antorcha ardía débilmente donde Jumal la había clavado, pero Niles y la otra antorcha habían desaparecido. Una terrible sensación de soledad me oprimió el pecho durante unos instantes; luego me tranquilicé y eché un vistazo a mi alrededor. Había un trozo de papel clavado en mi sombrero, y en la nota y con la letra del profesor se leían las siguientes palabras:

He retrocedido un poco para refrescarme la memoria sobre ciertos elementos. No me sigas hasta que regrese Jumal. Puedo volver hasta donde estás porque he dejado una pista. Duerme bien y sueña con la gloria de los Faraones. N. N.

»En un primer momento me reí del viejo fanático, pero luego comencé a sentirme nervioso y más tarde intranquilo. Finalmente decidí seguirle cuando descubrí una soga gruesa atada a una roca caída y comprendí que esa era la pista de la que hablaba Nigel. Dejé una nota a Jumal, tomé la antorcha y volví sobre mis pasos siguiendo la soga por el laberinto de pasillos. 

»Le llamaba a gritos a intervalos frecuentes, pero no recibí ninguna respuesta y seguí adelante esperando tras cada esquina encontrar al anciano escudriñando alguna reliquia mohosa. De repente la soga se terminó y a la luz de la antorcha pude ver que las huellas continuaban más allá. “Qué tipo más imprudente, acabará perdiéndose, con toda seguridad”, pensé, ahora ya bastante alarmado.

»Hice un alto en el camino y llegó a mis oídos una débil llamada, respondí, esperé, volví a gritar y una respuesta aún más débil volvió a mí.

»Evidentemente, Niles seguía avanzando, confundido por las reverberaciones de los corredores más profundos. No había tiempo que perder en esos momentos y, olvidándome de mí mismo, clavé profundamente la antorcha en la arena para que me guiase de regreso a la marca, y recorrí a toda prisa el camino que se abría ante mí, soltando alaridos como un demente mientras avanzaba. 

»No quería perder de vista la luz, pero en mi ansia por encontrar a Niles torcí desviándome del corredor principal y seguí corriendo guiándome por su voz. En breve su antorcha me alegró los ojos y pude ver la agonía que había experimentado por cómo se aferraron sus manos a mí.

»—Salgamos de este horrible lugar inmediatamente —dijo secándose los enormes goterones de la frente.

»—Ven, no estamos lejos de la soga. Llegaremos pronto allí y entonces estaremos a salvo —pero incluso mientras decía esto un escalofrío me atravesó el cuerpo: un laberinto perfecto de angostos corredores se extendía interminable frente a nosotros.

»Intentando guiarme por los accidentes del terreno que había podido retener durante mi apresurada carrera, seguí las huellas en la arena hasta que me pareció que debíamos estar cerca de mi antorcha. 

»Sin embargo, no se veía ninguna luz y, tras arrodillarme para examinar las huellas más de cerca, descubrí consternado que había estado siguiendo las huellas equivocadas, porque entre aquellas marcadas más profundamente con tacón de bota, había huellas de pies descalzos; no habíamos llegado allí con el guía, y Jumal llevaba sandalias.

»Me erguí y miré a Nile
s, con la desesperada palabra “¡Perdidos!” dibujada en los labios mientras señalaba la arena traicionera y luego la luz que menguaba rápidamente.

»Pensé que el anciano estaría totalmente asustado pero, para mi sorpresa, parecía bastante calmado y sereno, reflexionó durante unos instantes y luego dijo en voz baja:

»—Otros hombres han pasado antes que nosotros por aquí; sigamos sus pasos, porque, si no estoy equivocado, nos conducirán a corredores menos estrechos, donde podremos orientarnos con más facilidad.

»El profesor continuó la marcha con valentía, hasta que dio un mal paso y salió rodando violentamente por el suelo con una pierna rota y a punto de apagar la antorcha por completo. Era una situación terrible y abandoné toda esperanza mientras me sentaba junto al pobre hombre, el cual yacía exhausto por la fatiga, el remordimiento y el dolor; no iba a abandonarlo.

»—Paul —dijo de pronto—, si no quieres continuar tú solo, nos queda aún una última posibilidad. Recuerdo haber oído que un grupo perdido como nosotros se salvó encendiendo una hoguera. El humo llegó más lejos que el sonido o la luz, y el sagaz guía entendió el origen de la extraña niebla; la siguió y rescató al grupo. Haz un fuego y confía en Jumal.

»—¿Un fuego sin madera?… —comencé a objetar, pero el profesor señaló un estante a mis espaldas, el cual me había pasado totalmente desapercibido en la penumbra; sobre él vi un estrecho cajón de momia. Entonces comprendí: estas cajas secas, de las que hay a cientos en las pirámides, son usadas como leña cuando se necesita. Alargué los brazos y bajé la caja creyendo que estaba vacía; pero al caer se abrió de golpe y salió rodando una momia. 

»Estaba acostumbrado a ese tipo de visiones, pero en ese momento me sobresalté ligeramente porque el susto me había alterado los nervios. Aparté la pequeña y marrón crisálida y rompí el cajón, encendí los maderos con la antorcha y en breve una tenue nube de humo flotaba por los tres corredores que convergían en el espacio con forma de celda en el que nos habíamos detenido.

»Mientras andaba atareado con el fuego, Niles, haciendo caso omiso del dolor y el peligro, se acercó arrastrándose a la momia y la examinó con el interés de un hombre gobernado por una pasión que continuaba indeleble incluso frente a la muerte.

»—Ven y ayúdame a desenrollar esto. Siempre he deseado ser el primero en ver y conseguir los curiosos tesoros escondidos entre los pliegues de estos extraños vendajes. Esta es una mujer, y quizás encontremos algo único y valioso —dijo, y empezó a desplegar el vendaje exterior, que desprendía un extraño y aromático olor.

»Le obedecí de mala gana; sentía que había algo sagrado en los huesos de aquella mujer desconocida. Pero, a fin de pasar el rato y entretener al pobre hombre, le eché una mano. Mientras lo hacíamos me maravillaba que esta cosa oscura y repugnante pudiera haber sido en otros tiempos una bella egipcia de ojos dulces.

»De los pliegues fibrosos del vendaje cayeron piedras preciosas y especias que nos dejaron medio narcotizados por sus potentes efectos, monedas antiguas y una o dos joyas curiosas que Niles examinó durante largo rato.

»Todos los vendajes, excepto uno, fueron finalmente retirados y emergió una cabeza pequeña, redonda, de la que aún pendían enormes trenzas de lo que en otro tiempo fuera una cabellera exuberante. Las manos marchitas estaban cruzadas sobre el pecho sujetando esa caja dorada.

—¡Ah! —gritó Evelyn, dando un respingo y dejando caer la caja de su rosada palma.

—No, no rechaces el tesoro de la pobre momia. Nunca me he perdonado por robarla, o por quemar su cuerpo —dijo Forsyth, dibujando con mayor rapidez, como si el recuerdo de aquella experiencia le transmitiera energía a la mano.

—¡La quemaste! Oh, Paul, ¿qué quieres decir? —preguntó la chica, enderezándose en su asiento con expresión de profunda excitación.

—Te lo contaré. Mientras andábamos atareados con Madame la Momia, nuestro fuego fue debilitándose porque la madera de los ca
jones secos ardía tan rápido como la yesca. Un sonido débil y lejano encogió nuestros corazones y Niles gritó:

»—Apila los maderos. Jumal nos está buscando;
¡no permitas que el humo nos falle ahora o estamos perdidos!

»—Ya no hay más madera; el cajón era muy pequeño y ya no queda nada —respondió desprendiéndome de todas las prendas de mi vestimenta que pudieran arder con rapidez y apilándolas sobre las brasas.

»Niles hizo lo mismo, pero las telas ligeras se consumían rápidamente y no levantaban humo.

»—¡Quema eso! —me ordenó el profesor, señalando a la momia. Dudé unos segundos. De nuevo me llegó el débil eco de un cuerno. Amaba demasiado la vida. Un puñado de huesos secos podría salvarnos y le obedecí en silencio.

»Una columna humeante brotó de la momia en llamas, formando volutas y flotando por los corredores más alejados, amenazando con ahogarnos con su fragante bruma. Mi cabeza comenzó a dar vueltas y bailaban luces ante mis ojos, extraños fantasmas parecían poblar el aire y, cuando fui a preguntar a Niles por qué jadeaba y estaba tan pálido, caí inconsciente.

Evelyn dejó escapar una profunda exhalación y apartó los regalos aromáticos de su regazo, como si su olor le abrumara.

El rostro moreno de Forsyth brillaba entusiasmado al relatar la historia, y sus ojos negros brillaron cuando añadió tras una breve carcajada:

—Eso es todo; Jumal nos encontró y nos sacó, y ambos renunciamos a las pirámides por el resto de nuestros días.

—Pero ¿y la caja?, ¿cómo es que la conservaste? —preguntó Evelyn, mirando la caja con recelo, mientras esta reflejaba un rayo de sol.

—Oh, te la traje de recuerdo, y Niles se guardó las otras joyas.

—Pero tú dijiste que algún mal recaería sobre el poseedor de esas semillas escarlata —insistió la chica; el relato había estimulado su imaginación y sospechaba que aún no había sido desvelado todo.

—Entre su botín Niles encontró un trozo de pergamino. Descifró la inscripción y esta afirmaba que la momia que habíamos quemado tan ruinmente era la de una famosa hechicera que maldeciría a cualquiera que perturbara su descanso eterno. Por supuesto no creo que esa maldición tenga nada que ver con ello, pero es un hecho que Niles nunca levantó cabeza desde aquel día. 

»Él dice que es porque nunca se recuperó de esa caída y del miedo que sintió, y yo me atrevo a asegurar que así es; pero en ocasiones me pregunto si yo también compartiré esa maldición, porque me invaden ciertas supersticiones, y esa pobre y diminuta momia aún me asalta en sueños.

Un largo silencio siguió a estas palabras. Paul siguió pintando de forma mecánica y Evelyn posaba mirándole con expresión pensativa. Pero la tristeza era tan ajena a su naturaleza como las sombras al mediodía; finalmente dejó escapar una alegre risa y dijo mientras volvía a coger la caja:

—¿Por qué no las plantas? Así verás qué maravillosa flor brota de ellas.

—Dudo que brote nada de ellas después de haber estado en las manos de una momia durante siglos —replicó Forsyth con voz grave.

—Déjame que las plante y lo intente. Sabes que se encontró trigo que había brotado y crecido en el ataúd de una momia; ¿por qué no iban a crecer estas hermosas semillas? Me encantaría verlas crecer... ¿me dejas, Paul?

—No, prefiero no probar ese experimento. Tengo un extraño presentimiento sobre este tema y no quiero verme a mí o a alguien a quien aprecio involucrado en todo este asunto de las semillas. Podría tratarse de un terrible veneno, o poseer algún tipo de poder maligno; la hechicera evidentemente las tenía en gran estima al aferrarse a ellas incluso en su tumba.

—Ahora te estás comportando como un tonto supersticioso, y me río de ti. Sé generoso; dame sólo una semilla, sólo para ver cómo crece. Mira, te pagaré por ella —y Evelyn, que se había levantado y estaba junto a él, le besó en la frente mientras le suplicaba de manera sumamente persuasiva.

Pero Forsyth no cedió. Sonrió y le devolvió el abrazo con amorosa calidez; luego lanzó las semillas al fuego y le devolvió la caja dorada susurrándole con ternura:

—Querida, te la llenaré con diamantes o bombones, si así lo deseas, pero no permitiré que juegues con los hechizos de esa bruja. Con los tuyos ya tienes suficiente, así que olvídate de las «hermosas semillas» y observa en qué magnífica Luz del Harén te he convertido en el cuadro.

Evelyn frunció el ceño, luego sonrió y finalmente los amantes salieron al sol primaveral para disfrutar de sus felices esperanzas sin que les perturbara temor alguno.

II

—Tengo una pequeña sorpresa para ti, amor —dijo Forsyth al saludar a su prima tres meses más tarde, la mañana del mismo día de su boda.

—Y yo tengo otra para ti —respondió ella, sonriendo levemente.

—¡Qué pálida estás, y qué delgada se te ve! Todo este lío nupcial ha sido demasiado para ti, Evelyn —dijo él con profunda preocupación, observando la extraña palidez en su rostro y presionando la pequeña y demacrada mano.

—Estoy tan cansada —dijo ella, y apoyó la cabeza exhausta sobre el pecho de su amado—. Ni el sueño ni la comida ni el aire fresco me dan fuerza, y en ocasiones una extraña bruma inunda mi mente. Mamá dice que es el calor, pero tiemblo incluso bajo el sol, mientras que de noche me quema la fiebre. Paul, cariño, me alegro que me lleves a otro lugar para vivir una vida feliz y tranquila contigo, pero me temo que será una vida muy corta.

—¡Mi fantasiosa mujercita! Estás cansada y nerviosa por todas estas preocupaciones, pero unas pocas semanas de descanso en el campo nos traerán de regreso a nuestra radiante Eve. ¿No tienes curiosidad por saber cuál es mi sorpresa? —preguntó él para desviar sus pensamientos.

La mirada perdida en el rostro de la chica dio paso a una de interés, pero mientras le escuchaba parecía necesitar hacer un enorme esfuerzo por retener en su mente las palabras de su amado.

—¿Recuerdas el día que estuvimos revolviendo en el viejo armario?

—Sí —y durante unos segundos una sonrisa se dibujó en sus labios.

—¿Y cuánto deseabas plantar aquellas extrañas semillas que le robé a la momia?

—Lo recuerdo —sus ojos centellearon con un fuego repentino.

—Bueno, las lancé al fuego, o eso pensé, y te devolví la caja vacía. Pero cuando regresé para cubrir el cuadro encontré una de aquellas semillas sobre la alfombra; un repentino deseo de complacerte hizo que se la enviara a Niles y le pidiera que la plantase y me informase de su progreso. 

»Hoy he recibido noticias suyas por primera vez, y me dice que la semilla ha brotado y que ha florecido maravillosamente, y ahora tiene la intención de cortar el primer capullo, si florece a tiempo, para mostrarlo en un congreso científico, después me enviará el verdadero nombre y la propia planta. Por su descripción, debe de tratarse de un ejemplar muy curioso y estoy impaciente por verlo.

—No te hace falta esperar; puedo mostrarte la planta ya florecida —y Evelyn le hizo una seña con una sonrisa méchante, tan ajena a sus labios en otros tiempos.

Sumamente sorprendido, Forsyth la siguió hasta su pequeño tocador, y allí, bajo los rayos del sol, estaba la desconocida planta.

Casi exuberante en su abundancia, lucía unas hojas de un verde intenso y unos tallos delgados y morados; en el centro se alzaba una flor de un blanco fantasmal, con forma de cabeza de serpiente encapuchada y estambres rojos como lenguas bífidas, y sobre sus pétalos se observaban unas manchas brillantes, como si fueran gotas de rocío.

—¡Qué flor más extraña y misteriosa! ¿Desprende algún aroma? —preguntó Forsyth mientras se inclinaba para observarla de cerca, tan intrigado por la planta que olvidó preguntar cómo había llegado hasta allí.

—Ninguno, y eso me ha decepcionado; me gustan tanto los perfumes… —respondió la joven acariciando las verdes hojas, que temblaron bajo sus dedos, mientras que los tallos adquirieron un color morado más oscuro.

—Ahora cuéntame cómo ha llegado aquí —dijo Forsyth tras permanecer en silencio durante unos minutos.

—Yo entré en la estancia antes que tú y me guardé una de las semillas, porque fueron dos las que cayeron sobre la alfombra. La planté bajo una campana de cristal en la tierra más fértil que encontré, la regué fervorosamente y me sorprendió la rapidez con la que creció desde el momento en que brotó de la tierra. 

»No se lo dije a nadie porque quería darte una sorpresa; pero le ha llevado tanto tiempo florecer al capullo que tuve que esperar. Es un buen presagio que haya florecido justamente hoy, y como ya está casi totalmente blanca tengo intención de llevarla puesta para la boda; le he cogido bastante apego después de haberla cuidado durante tanto tiempo.

—Yo no me la pondría… a pesar de su color inocente tiene un aspecto maligno, con esa lengua de víbora y ese extraño rocío. Espera a que Niles nos diga qué es y luego sigue cuidándola si es inofensiva. Quizás mi hechicera le tenía tanto aprecio simplemente por su belleza simbólica… esos antiguos egipcios creían en todo tipo de fantasías. 

»Fuiste muy astuta y te adelantaste a mí. Pero te perdono porque dentro de unas pocas horas encadenaré esta misteriosa mano a la mía para siempre. ¡Qué fría está! Sal al jardín y toma un poco de sol y color para esta noche, amor mío.

Pero cuando llegó la noche nadie pudo reprochar palidez alguna a la joven: tenía el rubor de una flor de granado, sus ojos centelleaban con un fuego intenso, sus labios estaban encarnados y toda su antigua vitalidad parecía haber retornado a su cuerpo. 

Nunca jamás hubo novia más radiante bajo un velo nupcial, y cuando su amado la vio quedó totalmente anonadado por la belleza casi sobrenatural que había transformado a la pálida y lánguida criatura de la mañana en aquella mujer resplandeciente.

Se desposaron y, si el amor, la infinidad de parabienes y lujosos regalos que llovieron sobre ellos podía hacerles felices, entonces esta joven pareja resultó tremendamente bendecida. Pero incluso en el éxtasis del momento en que la desposaba, Forsyth notó la frialdad de la mano que sostenía, notó el febril rubor oscuro de las suaves mejillas que besó, y el extraño fuego que ardía en los tiernos ojos que le miraban enamorados.

Alegre y bella como un espíritu, la sonriente novia cumplió su papel en todas las festividades de aquella larga velada, y cuando finalmente la luz, la vida y el color comenzaron a desvanecerse de su cuerpo, los amorosos ojos que la observaban lo achacaron al cansancio de las altas horas. 

Cuando los últimos invitados partieron, un sirviente se acercó a Forsyth y le entregó una carta marcada con «Urgente». La abrió y leyó las siguientes líneas escritas por un amigo del profesor:

ESTIMADO SEÑOR… el pobre Niles murió repentinamente hace dos días mientras se encontraba en el Club Científico, y sus últimas palabras fueron: «Adviertan a Paul Forsyth que se proteja de la Maldición de la Momia, porque esa flor letal me ha arrebatado la vida». Las circunstancias de su muerte fueron tan extrañas que he añadido la narración de las mismas a este mensaje. 

Durante varios meses, como nos había informado el profesor, tuvo bajo observación una planta desconocida, y esa tarde nos trajo la flor para que la examináramos. Otras cuestiones de interés nos absorbieron hasta bien entrada la noche y nos olvidamos de la planta. 

El profesor la llevaba en el ojal de su chaqueta… era una flor blanca extraña y con forma de cabeza de serpiente, con puntos claros brillantes que lentamente cambiaron a un tono rojo brillante, como si las hojas estuvieran salpicadas de sangre. 

Se observó que, en lugar de la palidez y debilidad que había estado padeciendo últimamente, el profesor se mostró esa tarde inusualmente animado y parecía hallarse en un estado sobrenatural de excitación. 

Pero casi al final de la reunión, en medio de una animada discusión, se derrumbó como si sufriera un ataque de apoplejía. Se le trasladó a su casa inconsciente y, tras un breve intervalo de lucidez en el que me dio el mensaje que he citado más arriba, murió entre enormes dolores, delirando sobre momias, pirámides, serpientes y alguna maldición mortal que había recaído sobre él. 

Tras su muerte, aparecieron sobre su piel unas manchas de color escarlata amoratado, como las de los pétalos de la flor, y se consumió como una hoja marchita. Siguiendo mis órdenes, la misteriosa planta fue examinada y una de las voces más autorizadas en la materia certificó que la muerte había sido causada por uno de los venenos más potentes conocidos por las hechiceras egipcias. 

La planta absorbe lentamente la vitalidad de la persona que la cultiva y, si se lleva puesta la flor durante dos o tres horas, sobreviene en el sujeto o la locura o la muerte. 

El papel cayó de la mano de Forsyth; no siguió leyendo y regresó corriendo al cuarto en el que había dejado a su joven esposa. Se la veía totalmente exhausta sobre el sillón y dormitaba allí inmóvil con el rostro medio tapado por los finos pliegues del velo.

—¡Evelyn, mi amor! Despierta y respóndeme. ¿Te pusiste esa extraña flor hoy? —susurró Forsyth apartando el etéreo velo.

No hizo falta que respondiera, porque allí, reluciendo espectralmente sobre su pecho, estaba la flor maligna, sus pétalos blancos estaban ahora salpicados de puntos escarlata, tan vivos como gotas de sangre recién derramada.

Pero el infeliz novio apenas pudo mirarla, porque más arriba el rostro lo dejó profundamente conmocionado por su total vacuidad. Demacrado y pálido, como si hubiera sido consumido por alguna enfermedad, el joven rostro que fuera tan bello tan sólo unas horas antes, ahora se le mostraba envejecido y marchitado por la siniestra influencia de la planta que se bebió su vida. 

No se veía ningún destello de reconocimien
to en sus ojos, ni sonaba palabra alguna en sus labios, no hizo ademán alguno con su mano… tan sólo una respiración débil, un pulso tembloroso y unos ojos totalmente abiertos indicaban que aún estaba con vida.

¡Ay de la pobre y joven esposa! El miedo supersticioso del que antes se había reído terminó probando ser cierto: la maldición que hab
ía estado esperando su oportunidad durante años fue al fin cumplida, y con su propia mano destruyó su felicidad para siempre. 

La muerte en vid
a fue su destino, y durante años Forsyth se recluyó para profesar una patética devoción al pálido fantasma, el cual nunca, ni con una palabra ni una mirada, pudo agradecerle el amor que sobrevivió incluso a un destino como este.

El diablo y la bailarina - Roger Zelazny (Parte 2)

Dilvish centró de nuevo su atención en la cena. Una nueva pregunta de vez en cuando mantenía al marino hablando de sus viajes. Por el rabillo del ojo, Dilvish vio muestras de creciente exasperación por parte de Oele, pero ella parecía contenerse siempre que él la veía preparada para hacer callar al capitán. 

Luego Dilvish dedujo de la dirección de sus sonrisas que Reena parecía escucharle con creciente fascinación, incluso olvidando su cena; y las sonrisas del marino obtenían respuesta. Dilvish miró a Oele y ella enarcó una ceja. Dilvish se encogió de hombros.

De pronto todos los rasgos de Oele eran sumamente bellos y deseables. Mucho más que instantes antes. Dilvish reconoció la sensación, aunque el conocimiento no desmereció lo más mínimo la impresión. Hechizo. Él lo había experimentado años antes en su patria. Ella estaba realzando su atractivo natural mediante medios mágicos. Sin embargo, el hechizo solo duró un momento, se apagó y dejó a la mujer igual que antes. ¿Cuál era su propósito?, se preguntó Dilvish. ¿Una promesa? ¿Una invitación?

Cuando terminaron de cenar, Oele se puso en pie y clavó los ojos en Dilvish.

—Venid a bailar conmigo —dijo.

Dilvish se levantó y caminó junto a la mesa hacia la parte despejada en el extremo de la sala próxima a los músicos. Mientras andaba, vio que Reena y Reynar se ponían igualmente de pie.

Cogió a Oele de la mano y empezó a seguir el ritmo, majestuoso, lento. Era una variación de una música que había aprendido hacía tiempo, y rápidamente captó el ritmo. Oele se movía con enorme gracia, y siempre que le miraba, sonreía, y parecía estar un poco más cerca.

—Vuestra esposa es muy encantadora —dijo Oele.

—No es mi esposa —replicó Dilvish—. Estoy escoltándola hasta una ciudad del sur.

—¿Y después?

—Me dedicaré al asunto que he mencionado antes. No tengo deseo alguno de exponer a otra persona al peligro.

—Interesante —dijo Oele, alejándose otra vez. La siguiente vez que estuvo de cara a Dilvish, agregó—: Deduzco que no os gusta mucho hablar de estas cosas, pero ¿sois cazador de demonios? ¿Podéis dominarlos?

Dilvish escrutó el rostro femenino, pero no dedujo nada.

—Sí —dijo por fin—. Tengo cierta experiencia en ese campo.

Tras algunos compases más, Dilvish preguntó:

—¿Por qué?

—Si logriais vincular a vuestra voluntad a un demonio realmente fuerte —dijo ella—, ¿no os podría hacer un buen servicio en esta lucha contra vuestro mago?

—Posiblemente —replicó Dilvish, levantando y bajando la mano de su pareja.

Oele le rozó con el cuerpo.

—Sería preferible —prosiguió ella— dominar a ese demonio a que él os dominara a vos, darle órdenes sin tener que pagar antes... ¿No os parece?

Dilvish asintió.

—Lo mismo ocurre con la mayoría de siervos y servicios, ¿no lo creéis así? —dijo Dilvish.

—Naturalmente —convino Oele. Y añadió—: Tengo a un demonio de esas características...

—¿Aquí? ¿En el castillo? —Dilvish estuvo a punto de pararse.

Oele meneó la cabeza.

—Cerca.

—¿Y queréis que yo lo someta?

—Sí.

—¿Conocéis su nombre?

—No. ¿Es importante saberlo?

—Es esencial. Había supuesto que sabíais algo de estos asuntos...

—¿Por qué?

—Tenéis algo que revela cierta relación con fuerzas de esa naturaleza.

—Pago por mis poderes, pero no los comprendo. Estoy harta de pagar. Si averiguo el nombre, ¿dominaréis al diablo y os quedaréis conmigo?

—¿Y Reena?

—Habéis dicho que ella no es importante, que pronto os despediréis de ella...

—No he dicho que ella no sea importante. ¿Qué me decís de Reynar?

—Él no es importante.

Dilvish guardó silencio durante varios compases.

—Si solamente deseáis libraros de vuestro demonio, quizá pueda conseguirlo sin saber el nombre —dijo finalmente Dilvish.

—No deseo librarme de él. Deseo tener total control sobre él.

—No estoy muy seguro de que vuestro demonio sea tan beneficioso para mí, pero si supierais el nombre podríais convencerme para que me quede un poco más de tiempo y vea qué puedo hacer por vos.

Oele estuvo apretada a él un instante.

—Me encantará convenceros —dijo—. Quizá mañana mismo. 

Sus manos se alzaron y cayeron de nuevo. Dilvish miró a Reena y a Reynar. Parecían estar hablando, pero no consiguió oír lo que decían.

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Al incorporarse tras una reverencia siguiendo el compás, Reena observó la dirección de la mirada de su pareja y sonrió.

—¡Ah, señora! Estáis a punto de estallar en ese vestido —dijo él—. Es una pena que no estemos solos en alguna parte, donde el asunto podría proseguirse hasta su adecuada conclusión.

—¿Desde cuándo conocéis a Oele? —preguntó Reena, todavía sonriente.

—Desde hace algunas semanas.

—Los hombres raramente son modelos de lealtad —dijo Reena—. Pero aun así, es poco tiempo para apasionarse...

—Bien, la verdad es que... —La expresión de Reynar cobró seriedad. Apartó los ojos de los pechos de Reena y miró a Oele—. No tengo motivo para mentir a una desconocida. Ella es encantadora y vivaracha, pero me causa un poco de miedo. ¿Sabéis que es hechicera?

—Absurdo —dijo Reena—. Ella no ha respondido a ninguno de los signos de reconocimiento comunes en la profesión cuando los he hecho ante sus ojos.

—¿Vos? —dijo Reynar, con los ojos muy abiertos—. ¡No lo creo!

Reena hizo un gesto y la sala desapareció. Estaban bailando en fosforescentes cavernas, con impresionantes estalagmitas alzándose como columnas por todas partes. Momentos después estaban dando vueltas en blancas arenas del verde fondo de un océano, con brillantes corales y más brillantes peces en todos los rincones. 

También esta escena se esfumó en un instante, siendo sustituida por la oscuridad salpicada de estrellas del espacio exterior, lejos de cualquier habitación humana. Igual que gigantes, igual que dioses, Reena y el marino recorrieron las constelaciones, en silencio, siguiendo los omnipresentes compases del baile. 

La mano de la mujer pasó como un lento y fulgurante cometa ante los ojos de Reynar. Habían vuelto a la sala iluminada por el fuego del hogar y las velas; seguían bailando sin haber perdido el ritmo un solo instante.

—Afirmo que vuestra esposa no es una hechicera —dijo Reena—. Yo lo habría sabido.

—Entonces, ¿qué es? —preguntó el marino—. Sé que ella dispone de ciertos poderes. Ha dejado sin sentido a varios hombres con un solo gesto. Ha llenado mis puños de oro cuando no había oro en ningún sitio.

—Ese oro se convertirá en piedras y polvo —dijo Reena.

—En ese caso me alegra haberlo gastado rápidamente —replicó Reynar—. Será mejor que eluda a ciertas personas la próxima vez que pase por allí. Pero si eso no es magia, ¿qué es?

—La magia —replicó Reena— es un arte. Requiere considerable estudio y disciplina. En general hay que esforzarse un período bastante largo incluso para obtener el nivel relativamente modesto que yo poseo. Pero hay otras rutas para alcanzar el poder mágico. Una persona puede nacer con aptitudes naturales y crear muchos efectos sin instrucción. Pero esto es brujería muy sencilla, y tarde o temprano, a menos que se tenga mucha fortuna o se muestre gran cuidado, esa persona se encuentra en dificultades por falta de conocimientos de las leyes propias de los fenómenos. Pero no creo que este sea el caso de vuestra esposa. Un mago suele llevar una señal identificadora visible para otros compañeros de profesión.

—¿Cuál, pues, es su secreto?

—Quizás extraiga su poder directamente de un ser mágico al que ella domina o sirve.

Los ojos de Reynar se abrieron desmesuradamente y miraron de nuevo a Oele. El marino se humedeció los labios y asintió.

—Creo que es eso —dijo. Y agregó—: Decidme, ¿es transferible ese poder? ¿Puede compartirse?

—Sí, por supuesto —respondió Reena—. Es posible. El otro también sería un siervo... o compartiría el dominio, esas son las posibilidades.

—¿Hay algún riesgo en ello?

—Bien... tal vez. Hay tantos detalles que no entiendo en esa situación... Pero ¿por qué querría ella compartir su poder? Yo no lo haría.

Reynar desvió la mirada.

—Tal vez tenga una opinión demasiado elevada sobre mí mismo —dijo por fin—. ¿Cuánto tiempo estaréis aquí?

—Nos iremos por la mañana.

—¿A dónde os dirigís?

—Hacia el sur.

—¿Es vuestra misión de venganza?

Reena hizo un gesto negativo con la cabeza.

—No es mi misión. Es la de él. Yo iniciaré una nueva vida, quizás en Tooma. Él continuará. No creo que pueda convencerlo para que no lo haga... o de lo contrario lo haría.

—En otras palabras, ¿seguiréis vuestro propio camino dentro de poco?

La comisura derecha de los labios de Reena se estrechó.

—Así parece.

—Supongamos —dijo Reynar—, supongamos que los dos abandonamos a nuestra pareja y huimos juntos. Tengo un barco, y me dirigiría hacia el sur si partiera de repente. Hay muchos puertos extraños e interesantes. Habría excitación, nuevas comidas, baile... y por supuesto mi estupenda compañía.

Reena se sorprendió al notar que se ruborizaba.

—Pero si acabamos de conocernos —dijo—. Apenas os conozco. Yo...

—Los dos estamos en el mismo caso, y admito que soy un diablo impulsivo. Pero siempre me he portado bien con mis mujeres, mientras hemos estado juntos.

Reena se echó a reír.

—Es un poco repentino, pero gracias de todas formas. Además —dijo Reena—, me asusta bastante el mar.

Reynar meneó la cabeza.

—Tenía que intentarlo, ya que sois lo más encantador que he visto en mi vida. Si cambiáis de opinión mientras todavía estéis en situación de hacer algo al respecto, recordad que estoy titubeando aquí debido a mi miedo. Vuestra decisión será la mía.

—Me siento halagada —dijo Reena—, y eso podría ser divertido durante algún tiempo, pero no. Tendréis que tomar vuestra decisión solo.

—En ese caso, pretendo dejar seguir las cosas —dijo Reynar— y ver qué pasa. Las ganancias podrían ser grandes pese a todo.

—Puedo imaginar esas cosas —contestó Reena— y os deseo suerte. ¿Cuándo?

Reynar miró hacia la ventana, donde era visible un pálido fulgor.

—La luna está saliendo —replicó.

—Lo sospechaba.

—¿Cómo?

—Por vuestros actos, vuestras emociones.

—Bien, ¿hay algún consejo que podáis ofrecerme, ya que estáis familiarizada con estos asuntos?

Reena le miró a los ojos.

—Marchaos —le dijo—. Volved a vuestro barco, al mar. Olvidad esto.

—He llegado muy lejos —respondió el marino.

Reena extendió la mano y rozó con las puntas de los dedos la frente de Reynar mientras la música acercaba a ambos.

—La marca de la muerte empieza a asomar ya en vuestra frente. Haced lo que os digo.

Reynar sonrió maliciosamente.

—Sois una dama encantadora, y quizás un poco celosa de vuestros poderes... o teméis que yo pueda obtener algunos. Como he dicho, he llegado muy lejos, y tengo un buen viento a favor. Es la disposición de las velas lo que más preocupa.

—En ese caso —replicó Reena—, solo puedo ofreceros un consejo general: recelad de lo que os ofrezcan de comer o de beber.

—¿Eso es todo?

—Sí.

Reynar sonrió de nuevo.

—Después de una cena como esta, eso no será problema. Os recordaré, y tal vez nos unamos pese a todo.

Reena se sonrojó por segunda vez y desvió la mirada.

Más tarde, cuando la música cesó, Reynar la cogió de la mano y la llevó a la mesa para una dulce y última ronda de vino.

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Cuando terminaron y se retiraron, Dilvish notó un tirón en la manga mientras seguía a los otros fuera del comedor. Al volverse vio que era el viejo que había estado sentado junto al fuego.

—Buenas noches —dijo Dilvish.

—Buenas noches, caballero. Decidme, ¿vais a partir ahora?

Dilvish respondió negativamente con la cabeza.

—Pasaremos la noche aquí y partiremos por la mañana. ¿Deseabais viajar con nosotros?

—No, simplemente repetir mi advertencia.

—¿Qué sabéis que yo no sepa? —preguntó Dilvish.

—No soy filósofo para responder a esa pregunta —afirmó el anciano. Cogió su bastón, dio media vuelta y salió renqueando hacia la cocina.

... Allí estaba Jelerak, inclinado sobre el sacrificio. Dilvish avanzó hacia él, espada en mano, dando patadas a artilugios mágicos, maldiciendo, corriendo en socorro de la víctima. Pero ya no estaba corriendo. Notó que sus extremidades se hacían más pesadas, y sus movimientos más lentos. Al mirar los ojos llenos de odio de la sombría silueta que se cernía ante él, vio su propio puño cerrado, de un blanco anormal, convertido en algo similar a piedra en respuesta a las secas palabras que habían invocado las fuerzas que caían sobre él como un torrente, constriñendo sus entrañas, disminuyendo los latidos de su corazón... Dilvish se tambaleó, se detuvo y quedó totalmente entumecido... con excepción de su columna vertebral, que parecía estar en llamas. Algo estaba retorciendo su conciencia, y una suave voz parloteante le llegó a la cabeza entre un sonido igual que el del viento enfurecido. Era como si estuvieran arrancándole de su cuerpo...

Estaban sacudiéndole. Dilvish alzó las manos y las bajó otra vez. El pánico comenzó a ceder cuando comprendió que se hallaba en la cama.

—No pasa nada —estaba diciendo Reena—. Un sueño, un mal sueño... No pasa nada.

—Sí —dijo por fin Dilvish, frotándose los ojos—. Sí...

Bajó las manos y dio una palmada en el muslo de Reena.

—Gracias —dijo—. Siento haberte despertado.

—Vuelve a dormir —respondió la joven.

—¿Qué es eso?

—¿Qué?

—A la derecha —dijo Dilvish en voz baja—. Mira la puerta.

Hubo una larga pausa.

—No la veo...

—Yo tampoco.

Dilvish bajó los pies al suelo, se levantó y cruzó la habitación. Se detuvo cerca del lugar donde debía estar la puerta. Extendió la mano, tocó la pared y la apretó. Pasó las puntas de los dedos por la piedra. Fue de un rincón al otro.

—No es una ilusión de la oscuridad —dijo—. No hay puerta.

—¿Magia? —dijo Reena—. ¿Obra de albañilería?

—No puedo saberlo, y no tiene importancia —replicó Dilvish—. De todos modos, estamos prisioneros. Levántate y vístete. Prepara tus cosas.

—¿Por qué?

—¿Por qué? Voy a intentar salir de aquí.

Cruzó la habitación hacia la estrecha ventana.

—¡Espera! ¿Estás seguro de que eso sería prudente, aunque descubras una forma?

—Sí —replicó él—. Cuando alguien me hace su prisionero, estoy seguro de que es preferible no seguir siéndolo.

—Pero nadie ha intentado causarnos daño...

—Todavía no —dijo Dilvish—. No comprendo tus intenciones.

—Podría ser más peligroso salir que estar aquí.

—¿Por qué dices eso?

—Algo está pasando afuera esta noche. Algo peligroso, lo deduzco de... mi conversación con Reynar. Me siento segura aquí. ¿Por qué no aguardamos... hasta que amanezca?

—Nadie va a controlarme —afirmó Dilvish— si puedo hacer algo al respecto.

Asomó la cabeza por la estrecha ventana.

—¡Black! —gritó—. ¡Te necesito! ¡Estamos encerrados en esta habitación! ¡Acércate!

Hubo movimiento en el pozo de sombra situado abajo, a la derecha. Con la luz de la luna convirtiendo sus ojos en fuego, la oscura silueta de caballo dio varios pasos y se detuvo. De pronto echó hacia atrás la cabeza y emitió un gemido que obligó a Dilvish a alejarse de la abertura.

—¡Black! ¿Qué ocurre? ¿Cuál es el problema? —gritó.

—Me he quemado —sonó la réplica—. Alguien me ha rodeado. ¿Puedes librarme de eso desde allí?

—No lo creo. Espera un momento.

Dilvish volvió la cabeza hacia la cama.

—Alguien ha cercado a Black... —empezó a decir.

—Lo he oído —repuso Reena—. Yo no puedo liberarlo desde aquí.

—Perfectamente.

Dilvish encontró su ropa y comenzó a vestirse.

—¿Qué piensas hacer?

—Va a ser un buen estrujón, pero creo que podré salir por esa ventana.

—Hay losas ahí abajo.

Dilvish cogió una manta y la anudó al pilar más próximo de la cama.

—Disponemos de suficientes sábanas para llegar bastante abajo y saltar. Coge la palangana y mójalas todas. Así serán más resistentes. Pero no creo que la cama pueda moverse... No, no puede moverse.

Terminó de atar las sábanas y se echó al hombro el cinto con la espada. Levantó la mojada cuerda y la lanzó por la ventana.

—Bien. Me voy ahora —dijo. De una patada acercó una banqueta a la ventana y se subió encima—. Prepárate. Volveré pronto a buscarte.

—¿Pero cómo...?

—Hazlo.

Dilvish ya estaba introduciéndose poco a poco por la ventana. Tuvo que detenerse para quitarse la espada del hombro. Sostuvo el arma en una mano y la cuerda de sábanas en la otra. Se detuvo de nuevo, sacó aire de sus pulmones y siguió impeliéndose hacia la izquierda, poco a poco, notando el roce de la piedra en su espina dorsal. 

Tras expeler más aire, continuó deslizándose hacia un lado y su esternón también rozó muy despacio la parte más estrecha de la ventana. Un frío viento nocturno acometió su cara cuando salió y volvió a ponerse la espada al hombro. Cogió la cuerda con ambas manos e inició el descenso.

Sus botas elfas encontraron puntos de apoyo en lugares donde otro calzado habría resbalado. Muy inclinado, con los brazos en tensión, se apoyó en la pared mientras bajaba. Se detuvo para enjugarse las manos una a una, ya que su peso arrancaba humedad de la tirante ropa. Miró hacia arriba una vez y hacia abajo en varias ocasiones. La luna, que ascendía hacia el centro del cielo, creaba una lechosa película en el silencioso patio y en el granuloso muro que estaba descendiendo.

Su intención al llegar al extremo de la cuerda era quedar suspendido con los brazos estirados antes de soltarse para saltar el resto de la distancia. No obstante, sus manos resbalaron antes de poder llegar a esa posición. Al caer de espaldas, notó un tirón que enderezaba su cuerpo, cambiando su posición respecto al suelo; sus botas encantadas recurrieron a las fuerzas necesarias para asegurar una caída de pie.

Dilvish dobló las rodillas. Se lanzó hacia adelante para dar vueltas en cuanto se produjo el contacto, pero aun así sus tobillos sufrieron un fuerte estremecimiento al tocar la dura superficie.

Se levantó rápidamente y se colocó el cinto de la espada de una forma más tradicional. Miró alrededor, atento durante unos instantes a cualquier indicación de inminente peligro. Aparte del viento y de su jadeante respiración, empero, no oyó nada. Como tampoco vio nada extraordinario. Atravesó el patio raudamente y se detuvo ante Black.

—¿Quién lo ha hecho? —preguntó.

—No lo sé. Ni siquiera me di cuenta de que estaba inmovilizado hasta que traté de moverme. De haber sabido lo que pasaba, no habría aguardado a que ellos completaran la trampa. Puedo refrescarte la memoria si no recuerdas el procedimiento de liberación...

—Precisa demasiado tiempo —dijo Dilvish—. Dado que yo puedo hacer algunas cosas que tú no puedes, me limitaré a romper el círculo y sacarte de ahí.

—Será doloroso. Es muy fuerte.

Dilvish se echó a reír en voz baja.

—Pase lo que pase, me he sentido peor otras veces.

Dilvish avanzó, sintiendo primero un cosquilleo, luego un fuerte dolor al acercarse a su montura. Se detuvo un momento y el dolor alcanzó un angustioso máximo, como si todo su cuerpo ardiera por dentro y por fuera, y la cabeza le dio vueltas. Después, la angustia comenzó a ceder. Dilvish extendió los brazos y tocó a Black con ambas manos.

—He disipado la peor parte —dijo, y montó—. ¡Vamos!

Black empezó a moverse. Hubo una sensación de cosquilleo, y después se encontraron cruzando el patio, en dirección a la entrada principal. Momentos más tarde la habían atravesado.

—¡Sube esa escalera! —dijo Dilvish, y Black se lanzó hacia adelante, haciendo resonar sus cascos—. Cuando llegues arriba, a la derecha. Luego subes por la otra escalera.

Grandes candelabros flamearon al pasar Black, los tapices se agitaron, las armas colgadas resonaron en las paredes de piedra.

—Gira a la derecha aquí... en lo alto de la segunda escalera. Gira otra vez... a la derecha. Despacio ahora... Cerca del centro del corredor. ¡Para!

Dilvish desmontó y se acercó a la pared. Apoyó las palmas en ella.

—Era aquí —dijo—. Justo aquí... la puerta. ¡Reena!

—Sí —dijo alguien, débilmente, al otro lado de la pared.

—No sé qué han hecho con la puerta —dijo Dilvish—. Pero necesitamos otra.

—Tengo la impresión —dijo lentamente Black— de que la original continúa aquí, en alguna parte... que estabais atrapados por una ilusión. Pero solo es una impresión, y ahora no puedo detectarla. De modo que partiremos de la nada, por así decirlo.

Black se encabritó, formando una sombra gigantesca. Al hacerlo, se produjo el primer silencio desde la entrada en el edificio. En medio del silencio, más allá de él, Dilvish creyó oír voces y pasos en las cercanías de la escalera. Pero no se veía a nadie, y momentos más tarde el silencio más cercano quedó roto: las patas de Black descendieron para golpear la pared.

Dilvish se apartó, ya que fragmentos de piedra salieron volando por el pasillo. Black estaba ya empinándose otra vez. Su segundo golpe arrancó chispas de la piedra. La tercera vez que arremetió contra la pared apareció una grieta.

Un grupo de criados, con bastones en las manos, entró en el pasillo. Se detuvieron mientras Black se erguía y golpeaba de nuevo. La mujer, Andra, se adelantó y habló con Dilvish.

—¡Dijisteis que el animal metálico no se movería! —exclamó.

—...Y hablaba en serio... hasta que fui hecho prisionero —respondió Dilvish.

Black se lanzó de nuevo contra la pared. La piedra se destrozó y cayó. Apareció un agujero del tamaño de una cabeza.

Al cabo de unos instantes de vacilación, los sirvientes, cuatro hombres y dos mujeres, siguieron acercándose. Dilvish sacó la espada. El siguiente asalto de Black a la pared triplicó el tamaño de la brecha.

Dilvish avanzó hacia los criados. Bajó la punta de la espada y la arrastró por el suelo.

—Haré pedazos a la primera persona que cruce esta línea —afirmó.

Detrás de él hubo otro estruendo y el ruido de más piedras que caían. Los que avanzaban dudaron, se detuvieron. El siguiente golpe de Black pareció hacer temblar el castillo entero.

—He acabado —dijo lacónicamente Black, apartándose del boquete.

—¿Reena? —inquirió Dilvish, sin apartar los ojos de sus murmurantes adversarios.

—Sí. —La voz de la mujer era clara y próxima.

—Monta —dijo Dilvish—. Nos vamos de aquí.

—Sí.

Dilvish oyó los movimientos detrás de él. Luego la sombra de Black se deslizó hacia adelante. Dilvish volvió la cabeza y montó rápidamente detrás de Reena.

—¡Será mejor que os apartéis de nuestro camino! —anunció—. ¡Vamos a pasar por en medio!

Blandió la espada.

—Llévanos fuera —dijo a Black, y el caballo metálico avanzó.

Las seis figuras se apretaron a la pared para dejar pasar a Black. Tenían sus armas dispuestas, pero no hicieron tentativa alguna de usarlas. Todos tenían un semblante inexpresivo y contemplaban el pasillo lleno de polvo. Dilvish también miró atrás cuando Black hizo el primer giro hacia la escalera. La puerta había reaparecido, medio metro más allá de la nueva abertura en la pared.

Momentos más tarde estaban bajando la escalera. Nada obstruía su camino. Salieron de la fortaleza y encontraron el patio vacío. Al cruzarlo, vieron que el rastrillo estaba levantado.

—Qué extraño... —observó Dilvish, señalando la entrada.

—Tal vez —dijo Reena mientras Black apretaba el paso para atravesar la entrada—. He traído tu capa...

—Quédatela hasta que estemos más lejos. Black, cuando llegues a la senda de ayer, gira a la izquierda.

—Los caballos... —dijo Reena—. Las demás cosas...

—No pienso volver a por ellas.

Black inició el ascenso bajo la luna llena. Los fríos vientos azotaron al grupo, y muy lejos una criatura ladró, aulló y guardó silencio. Reena volvió la cabeza hacia el castillo una sola vez, se estremeció y reposó en el círculo de los brazos de Dilvish.

—Vas a morir, ¿sabes? —dijo—. Él te matará. No tienes ninguna posibilidad.

—¿Quién? —dijo Dilvish.

—Jelerak. Es imposible que puedas destruir a alguien como él.

—Seguramente —dijo Dilvish—. Pero he de intentarlo.

—¿Por qué?

—Él ha hecho mucho daño y hará más a menos que alguien lo detenga.

Llegaron a la senda y Black fue hacia la izquierda, todavía subiendo.

—Siempre ha existido mal en el mundo y siempre existirá. ¿Por qué has de ser tú quien lo purgue?

—Porque he visto la malicia de él mucho más cerca que cualquier ser viviente.

—Y yo también. Pero sé que no se puede hacer nada.

—Diferimos —replicó Dilvish.

—No creo que te impulse el deseo de que el mundo sufra un buen cambio. Es odio y venganza.

—También es eso.

—Solo eso, creo yo.

Dilvish guardó silencio unos instantes.

—Tal vez tengas razón —dijo por fin—. Me gusta creer que hay algo más que eso. Pero supongo que podrías tener razón.

—Eso te pervertirá y te destrozará, suponiendo que él no acabe contigo. Quizá lo ha hecho ya.

—De momento necesito eso. Me sirve. Es un estímulo. Cuando la finalidad desaparezca, ese impulso desaparecerá también.

—Mientras tanto, tienes pocas oportunidades de cualquier otra cosa... Como amor.

Dilvish se irguió ligeramente.

—Tengo oportunidades de experimentar otras sensaciones, pero de momento debo subordinarlas a lo principal.

—Si te pidiera que te quedaras conmigo, ¿lo harías?

—Algún tiempo, supongo.

—¿Pero solo algún tiempo?

—Eso es lo único que cualquier persona puede prometer.

—Supongamos que te pido que me lleves contigo.

—Diría que no.

—¿Por qué? Podrías ser de cierta ayuda.

—No te pondría en peligro. Como he dicho, puedo experimentar otras sensaciones.

Reena apoyó la cabeza un momento en el bíceps de Dilvish.

—Aquí tienes la capa —dijo por fin—. Hace frío. Debemos estar muy lejos...

—Para, Black. Para un momento.

Black aflojó el paso.

Había visto danzar a Oele ante el Diablo con una creciente sensación de pánico, allí ante el oscuro montón de piedras con la daga de plata en lo alto, con la copa aferrada en su mano, observando el brillante dibujo que aparecía en el suelo alrededor de la bailarina, sintiendo el frío viento.

—Bébelo todo —le había dicho ella—. Es parte del ritual.

 

 

(CONTINUARÁ...)