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El diablo y la bailarina - Roger Zelazny (Parte 2)

Dilvish centró de nuevo su atención en la cena. Una nueva pregunta de vez en cuando mantenía al marino hablando de sus viajes. Por el rabillo del ojo, Dilvish vio muestras de creciente exasperación por parte de Oele, pero ella parecía contenerse siempre que él la veía preparada para hacer callar al capitán. 

Luego Dilvish dedujo de la dirección de sus sonrisas que Reena parecía escucharle con creciente fascinación, incluso olvidando su cena; y las sonrisas del marino obtenían respuesta. Dilvish miró a Oele y ella enarcó una ceja. Dilvish se encogió de hombros.

De pronto todos los rasgos de Oele eran sumamente bellos y deseables. Mucho más que instantes antes. Dilvish reconoció la sensación, aunque el conocimiento no desmereció lo más mínimo la impresión. Hechizo. Él lo había experimentado años antes en su patria. Ella estaba realzando su atractivo natural mediante medios mágicos. Sin embargo, el hechizo solo duró un momento, se apagó y dejó a la mujer igual que antes. ¿Cuál era su propósito?, se preguntó Dilvish. ¿Una promesa? ¿Una invitación?

Cuando terminaron de cenar, Oele se puso en pie y clavó los ojos en Dilvish.

—Venid a bailar conmigo —dijo.

Dilvish se levantó y caminó junto a la mesa hacia la parte despejada en el extremo de la sala próxima a los músicos. Mientras andaba, vio que Reena y Reynar se ponían igualmente de pie.

Cogió a Oele de la mano y empezó a seguir el ritmo, majestuoso, lento. Era una variación de una música que había aprendido hacía tiempo, y rápidamente captó el ritmo. Oele se movía con enorme gracia, y siempre que le miraba, sonreía, y parecía estar un poco más cerca.

—Vuestra esposa es muy encantadora —dijo Oele.

—No es mi esposa —replicó Dilvish—. Estoy escoltándola hasta una ciudad del sur.

—¿Y después?

—Me dedicaré al asunto que he mencionado antes. No tengo deseo alguno de exponer a otra persona al peligro.

—Interesante —dijo Oele, alejándose otra vez. La siguiente vez que estuvo de cara a Dilvish, agregó—: Deduzco que no os gusta mucho hablar de estas cosas, pero ¿sois cazador de demonios? ¿Podéis dominarlos?

Dilvish escrutó el rostro femenino, pero no dedujo nada.

—Sí —dijo por fin—. Tengo cierta experiencia en ese campo.

Tras algunos compases más, Dilvish preguntó:

—¿Por qué?

—Si logriais vincular a vuestra voluntad a un demonio realmente fuerte —dijo ella—, ¿no os podría hacer un buen servicio en esta lucha contra vuestro mago?

—Posiblemente —replicó Dilvish, levantando y bajando la mano de su pareja.

Oele le rozó con el cuerpo.

—Sería preferible —prosiguió ella— dominar a ese demonio a que él os dominara a vos, darle órdenes sin tener que pagar antes... ¿No os parece?

Dilvish asintió.

—Lo mismo ocurre con la mayoría de siervos y servicios, ¿no lo creéis así? —dijo Dilvish.

—Naturalmente —convino Oele. Y añadió—: Tengo a un demonio de esas características...

—¿Aquí? ¿En el castillo? —Dilvish estuvo a punto de pararse.

Oele meneó la cabeza.

—Cerca.

—¿Y queréis que yo lo someta?

—Sí.

—¿Conocéis su nombre?

—No. ¿Es importante saberlo?

—Es esencial. Había supuesto que sabíais algo de estos asuntos...

—¿Por qué?

—Tenéis algo que revela cierta relación con fuerzas de esa naturaleza.

—Pago por mis poderes, pero no los comprendo. Estoy harta de pagar. Si averiguo el nombre, ¿dominaréis al diablo y os quedaréis conmigo?

—¿Y Reena?

—Habéis dicho que ella no es importante, que pronto os despediréis de ella...

—No he dicho que ella no sea importante. ¿Qué me decís de Reynar?

—Él no es importante.

Dilvish guardó silencio durante varios compases.

—Si solamente deseáis libraros de vuestro demonio, quizá pueda conseguirlo sin saber el nombre —dijo finalmente Dilvish.

—No deseo librarme de él. Deseo tener total control sobre él.

—No estoy muy seguro de que vuestro demonio sea tan beneficioso para mí, pero si supierais el nombre podríais convencerme para que me quede un poco más de tiempo y vea qué puedo hacer por vos.

Oele estuvo apretada a él un instante.

—Me encantará convenceros —dijo—. Quizá mañana mismo. 

Sus manos se alzaron y cayeron de nuevo. Dilvish miró a Reena y a Reynar. Parecían estar hablando, pero no consiguió oír lo que decían.

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Al incorporarse tras una reverencia siguiendo el compás, Reena observó la dirección de la mirada de su pareja y sonrió.

—¡Ah, señora! Estáis a punto de estallar en ese vestido —dijo él—. Es una pena que no estemos solos en alguna parte, donde el asunto podría proseguirse hasta su adecuada conclusión.

—¿Desde cuándo conocéis a Oele? —preguntó Reena, todavía sonriente.

—Desde hace algunas semanas.

—Los hombres raramente son modelos de lealtad —dijo Reena—. Pero aun así, es poco tiempo para apasionarse...

—Bien, la verdad es que... —La expresión de Reynar cobró seriedad. Apartó los ojos de los pechos de Reena y miró a Oele—. No tengo motivo para mentir a una desconocida. Ella es encantadora y vivaracha, pero me causa un poco de miedo. ¿Sabéis que es hechicera?

—Absurdo —dijo Reena—. Ella no ha respondido a ninguno de los signos de reconocimiento comunes en la profesión cuando los he hecho ante sus ojos.

—¿Vos? —dijo Reynar, con los ojos muy abiertos—. ¡No lo creo!

Reena hizo un gesto y la sala desapareció. Estaban bailando en fosforescentes cavernas, con impresionantes estalagmitas alzándose como columnas por todas partes. Momentos después estaban dando vueltas en blancas arenas del verde fondo de un océano, con brillantes corales y más brillantes peces en todos los rincones. 

También esta escena se esfumó en un instante, siendo sustituida por la oscuridad salpicada de estrellas del espacio exterior, lejos de cualquier habitación humana. Igual que gigantes, igual que dioses, Reena y el marino recorrieron las constelaciones, en silencio, siguiendo los omnipresentes compases del baile. 

La mano de la mujer pasó como un lento y fulgurante cometa ante los ojos de Reynar. Habían vuelto a la sala iluminada por el fuego del hogar y las velas; seguían bailando sin haber perdido el ritmo un solo instante.

—Afirmo que vuestra esposa no es una hechicera —dijo Reena—. Yo lo habría sabido.

—Entonces, ¿qué es? —preguntó el marino—. Sé que ella dispone de ciertos poderes. Ha dejado sin sentido a varios hombres con un solo gesto. Ha llenado mis puños de oro cuando no había oro en ningún sitio.

—Ese oro se convertirá en piedras y polvo —dijo Reena.

—En ese caso me alegra haberlo gastado rápidamente —replicó Reynar—. Será mejor que eluda a ciertas personas la próxima vez que pase por allí. Pero si eso no es magia, ¿qué es?

—La magia —replicó Reena— es un arte. Requiere considerable estudio y disciplina. En general hay que esforzarse un período bastante largo incluso para obtener el nivel relativamente modesto que yo poseo. Pero hay otras rutas para alcanzar el poder mágico. Una persona puede nacer con aptitudes naturales y crear muchos efectos sin instrucción. Pero esto es brujería muy sencilla, y tarde o temprano, a menos que se tenga mucha fortuna o se muestre gran cuidado, esa persona se encuentra en dificultades por falta de conocimientos de las leyes propias de los fenómenos. Pero no creo que este sea el caso de vuestra esposa. Un mago suele llevar una señal identificadora visible para otros compañeros de profesión.

—¿Cuál, pues, es su secreto?

—Quizás extraiga su poder directamente de un ser mágico al que ella domina o sirve.

Los ojos de Reynar se abrieron desmesuradamente y miraron de nuevo a Oele. El marino se humedeció los labios y asintió.

—Creo que es eso —dijo. Y agregó—: Decidme, ¿es transferible ese poder? ¿Puede compartirse?

—Sí, por supuesto —respondió Reena—. Es posible. El otro también sería un siervo... o compartiría el dominio, esas son las posibilidades.

—¿Hay algún riesgo en ello?

—Bien... tal vez. Hay tantos detalles que no entiendo en esa situación... Pero ¿por qué querría ella compartir su poder? Yo no lo haría.

Reynar desvió la mirada.

—Tal vez tenga una opinión demasiado elevada sobre mí mismo —dijo por fin—. ¿Cuánto tiempo estaréis aquí?

—Nos iremos por la mañana.

—¿A dónde os dirigís?

—Hacia el sur.

—¿Es vuestra misión de venganza?

Reena hizo un gesto negativo con la cabeza.

—No es mi misión. Es la de él. Yo iniciaré una nueva vida, quizás en Tooma. Él continuará. No creo que pueda convencerlo para que no lo haga... o de lo contrario lo haría.

—En otras palabras, ¿seguiréis vuestro propio camino dentro de poco?

La comisura derecha de los labios de Reena se estrechó.

—Así parece.

—Supongamos —dijo Reynar—, supongamos que los dos abandonamos a nuestra pareja y huimos juntos. Tengo un barco, y me dirigiría hacia el sur si partiera de repente. Hay muchos puertos extraños e interesantes. Habría excitación, nuevas comidas, baile... y por supuesto mi estupenda compañía.

Reena se sorprendió al notar que se ruborizaba.

—Pero si acabamos de conocernos —dijo—. Apenas os conozco. Yo...

—Los dos estamos en el mismo caso, y admito que soy un diablo impulsivo. Pero siempre me he portado bien con mis mujeres, mientras hemos estado juntos.

Reena se echó a reír.

—Es un poco repentino, pero gracias de todas formas. Además —dijo Reena—, me asusta bastante el mar.

Reynar meneó la cabeza.

—Tenía que intentarlo, ya que sois lo más encantador que he visto en mi vida. Si cambiáis de opinión mientras todavía estéis en situación de hacer algo al respecto, recordad que estoy titubeando aquí debido a mi miedo. Vuestra decisión será la mía.

—Me siento halagada —dijo Reena—, y eso podría ser divertido durante algún tiempo, pero no. Tendréis que tomar vuestra decisión solo.

—En ese caso, pretendo dejar seguir las cosas —dijo Reynar— y ver qué pasa. Las ganancias podrían ser grandes pese a todo.

—Puedo imaginar esas cosas —contestó Reena— y os deseo suerte. ¿Cuándo?

Reynar miró hacia la ventana, donde era visible un pálido fulgor.

—La luna está saliendo —replicó.

—Lo sospechaba.

—¿Cómo?

—Por vuestros actos, vuestras emociones.

—Bien, ¿hay algún consejo que podáis ofrecerme, ya que estáis familiarizada con estos asuntos?

Reena le miró a los ojos.

—Marchaos —le dijo—. Volved a vuestro barco, al mar. Olvidad esto.

—He llegado muy lejos —respondió el marino.

Reena extendió la mano y rozó con las puntas de los dedos la frente de Reynar mientras la música acercaba a ambos.

—La marca de la muerte empieza a asomar ya en vuestra frente. Haced lo que os digo.

Reynar sonrió maliciosamente.

—Sois una dama encantadora, y quizás un poco celosa de vuestros poderes... o teméis que yo pueda obtener algunos. Como he dicho, he llegado muy lejos, y tengo un buen viento a favor. Es la disposición de las velas lo que más preocupa.

—En ese caso —replicó Reena—, solo puedo ofreceros un consejo general: recelad de lo que os ofrezcan de comer o de beber.

—¿Eso es todo?

—Sí.

Reynar sonrió de nuevo.

—Después de una cena como esta, eso no será problema. Os recordaré, y tal vez nos unamos pese a todo.

Reena se sonrojó por segunda vez y desvió la mirada.

Más tarde, cuando la música cesó, Reynar la cogió de la mano y la llevó a la mesa para una dulce y última ronda de vino.

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Cuando terminaron y se retiraron, Dilvish notó un tirón en la manga mientras seguía a los otros fuera del comedor. Al volverse vio que era el viejo que había estado sentado junto al fuego.

—Buenas noches —dijo Dilvish.

—Buenas noches, caballero. Decidme, ¿vais a partir ahora?

Dilvish respondió negativamente con la cabeza.

—Pasaremos la noche aquí y partiremos por la mañana. ¿Deseabais viajar con nosotros?

—No, simplemente repetir mi advertencia.

—¿Qué sabéis que yo no sepa? —preguntó Dilvish.

—No soy filósofo para responder a esa pregunta —afirmó el anciano. Cogió su bastón, dio media vuelta y salió renqueando hacia la cocina.

... Allí estaba Jelerak, inclinado sobre el sacrificio. Dilvish avanzó hacia él, espada en mano, dando patadas a artilugios mágicos, maldiciendo, corriendo en socorro de la víctima. Pero ya no estaba corriendo. Notó que sus extremidades se hacían más pesadas, y sus movimientos más lentos. Al mirar los ojos llenos de odio de la sombría silueta que se cernía ante él, vio su propio puño cerrado, de un blanco anormal, convertido en algo similar a piedra en respuesta a las secas palabras que habían invocado las fuerzas que caían sobre él como un torrente, constriñendo sus entrañas, disminuyendo los latidos de su corazón... Dilvish se tambaleó, se detuvo y quedó totalmente entumecido... con excepción de su columna vertebral, que parecía estar en llamas. Algo estaba retorciendo su conciencia, y una suave voz parloteante le llegó a la cabeza entre un sonido igual que el del viento enfurecido. Era como si estuvieran arrancándole de su cuerpo...

Estaban sacudiéndole. Dilvish alzó las manos y las bajó otra vez. El pánico comenzó a ceder cuando comprendió que se hallaba en la cama.

—No pasa nada —estaba diciendo Reena—. Un sueño, un mal sueño... No pasa nada.

—Sí —dijo por fin Dilvish, frotándose los ojos—. Sí...

Bajó las manos y dio una palmada en el muslo de Reena.

—Gracias —dijo—. Siento haberte despertado.

—Vuelve a dormir —respondió la joven.

—¿Qué es eso?

—¿Qué?

—A la derecha —dijo Dilvish en voz baja—. Mira la puerta.

Hubo una larga pausa.

—No la veo...

—Yo tampoco.

Dilvish bajó los pies al suelo, se levantó y cruzó la habitación. Se detuvo cerca del lugar donde debía estar la puerta. Extendió la mano, tocó la pared y la apretó. Pasó las puntas de los dedos por la piedra. Fue de un rincón al otro.

—No es una ilusión de la oscuridad —dijo—. No hay puerta.

—¿Magia? —dijo Reena—. ¿Obra de albañilería?

—No puedo saberlo, y no tiene importancia —replicó Dilvish—. De todos modos, estamos prisioneros. Levántate y vístete. Prepara tus cosas.

—¿Por qué?

—¿Por qué? Voy a intentar salir de aquí.

Cruzó la habitación hacia la estrecha ventana.

—¡Espera! ¿Estás seguro de que eso sería prudente, aunque descubras una forma?

—Sí —replicó él—. Cuando alguien me hace su prisionero, estoy seguro de que es preferible no seguir siéndolo.

—Pero nadie ha intentado causarnos daño...

—Todavía no —dijo Dilvish—. No comprendo tus intenciones.

—Podría ser más peligroso salir que estar aquí.

—¿Por qué dices eso?

—Algo está pasando afuera esta noche. Algo peligroso, lo deduzco de... mi conversación con Reynar. Me siento segura aquí. ¿Por qué no aguardamos... hasta que amanezca?

—Nadie va a controlarme —afirmó Dilvish— si puedo hacer algo al respecto.

Asomó la cabeza por la estrecha ventana.

—¡Black! —gritó—. ¡Te necesito! ¡Estamos encerrados en esta habitación! ¡Acércate!

Hubo movimiento en el pozo de sombra situado abajo, a la derecha. Con la luz de la luna convirtiendo sus ojos en fuego, la oscura silueta de caballo dio varios pasos y se detuvo. De pronto echó hacia atrás la cabeza y emitió un gemido que obligó a Dilvish a alejarse de la abertura.

—¡Black! ¿Qué ocurre? ¿Cuál es el problema? —gritó.

—Me he quemado —sonó la réplica—. Alguien me ha rodeado. ¿Puedes librarme de eso desde allí?

—No lo creo. Espera un momento.

Dilvish volvió la cabeza hacia la cama.

—Alguien ha cercado a Black... —empezó a decir.

—Lo he oído —repuso Reena—. Yo no puedo liberarlo desde aquí.

—Perfectamente.

Dilvish encontró su ropa y comenzó a vestirse.

—¿Qué piensas hacer?

—Va a ser un buen estrujón, pero creo que podré salir por esa ventana.

—Hay losas ahí abajo.

Dilvish cogió una manta y la anudó al pilar más próximo de la cama.

—Disponemos de suficientes sábanas para llegar bastante abajo y saltar. Coge la palangana y mójalas todas. Así serán más resistentes. Pero no creo que la cama pueda moverse... No, no puede moverse.

Terminó de atar las sábanas y se echó al hombro el cinto con la espada. Levantó la mojada cuerda y la lanzó por la ventana.

—Bien. Me voy ahora —dijo. De una patada acercó una banqueta a la ventana y se subió encima—. Prepárate. Volveré pronto a buscarte.

—¿Pero cómo...?

—Hazlo.

Dilvish ya estaba introduciéndose poco a poco por la ventana. Tuvo que detenerse para quitarse la espada del hombro. Sostuvo el arma en una mano y la cuerda de sábanas en la otra. Se detuvo de nuevo, sacó aire de sus pulmones y siguió impeliéndose hacia la izquierda, poco a poco, notando el roce de la piedra en su espina dorsal. 

Tras expeler más aire, continuó deslizándose hacia un lado y su esternón también rozó muy despacio la parte más estrecha de la ventana. Un frío viento nocturno acometió su cara cuando salió y volvió a ponerse la espada al hombro. Cogió la cuerda con ambas manos e inició el descenso.

Sus botas elfas encontraron puntos de apoyo en lugares donde otro calzado habría resbalado. Muy inclinado, con los brazos en tensión, se apoyó en la pared mientras bajaba. Se detuvo para enjugarse las manos una a una, ya que su peso arrancaba humedad de la tirante ropa. Miró hacia arriba una vez y hacia abajo en varias ocasiones. La luna, que ascendía hacia el centro del cielo, creaba una lechosa película en el silencioso patio y en el granuloso muro que estaba descendiendo.

Su intención al llegar al extremo de la cuerda era quedar suspendido con los brazos estirados antes de soltarse para saltar el resto de la distancia. No obstante, sus manos resbalaron antes de poder llegar a esa posición. Al caer de espaldas, notó un tirón que enderezaba su cuerpo, cambiando su posición respecto al suelo; sus botas encantadas recurrieron a las fuerzas necesarias para asegurar una caída de pie.

Dilvish dobló las rodillas. Se lanzó hacia adelante para dar vueltas en cuanto se produjo el contacto, pero aun así sus tobillos sufrieron un fuerte estremecimiento al tocar la dura superficie.

Se levantó rápidamente y se colocó el cinto de la espada de una forma más tradicional. Miró alrededor, atento durante unos instantes a cualquier indicación de inminente peligro. Aparte del viento y de su jadeante respiración, empero, no oyó nada. Como tampoco vio nada extraordinario. Atravesó el patio raudamente y se detuvo ante Black.

—¿Quién lo ha hecho? —preguntó.

—No lo sé. Ni siquiera me di cuenta de que estaba inmovilizado hasta que traté de moverme. De haber sabido lo que pasaba, no habría aguardado a que ellos completaran la trampa. Puedo refrescarte la memoria si no recuerdas el procedimiento de liberación...

—Precisa demasiado tiempo —dijo Dilvish—. Dado que yo puedo hacer algunas cosas que tú no puedes, me limitaré a romper el círculo y sacarte de ahí.

—Será doloroso. Es muy fuerte.

Dilvish se echó a reír en voz baja.

—Pase lo que pase, me he sentido peor otras veces.

Dilvish avanzó, sintiendo primero un cosquilleo, luego un fuerte dolor al acercarse a su montura. Se detuvo un momento y el dolor alcanzó un angustioso máximo, como si todo su cuerpo ardiera por dentro y por fuera, y la cabeza le dio vueltas. Después, la angustia comenzó a ceder. Dilvish extendió los brazos y tocó a Black con ambas manos.

—He disipado la peor parte —dijo, y montó—. ¡Vamos!

Black empezó a moverse. Hubo una sensación de cosquilleo, y después se encontraron cruzando el patio, en dirección a la entrada principal. Momentos más tarde la habían atravesado.

—¡Sube esa escalera! —dijo Dilvish, y Black se lanzó hacia adelante, haciendo resonar sus cascos—. Cuando llegues arriba, a la derecha. Luego subes por la otra escalera.

Grandes candelabros flamearon al pasar Black, los tapices se agitaron, las armas colgadas resonaron en las paredes de piedra.

—Gira a la derecha aquí... en lo alto de la segunda escalera. Gira otra vez... a la derecha. Despacio ahora... Cerca del centro del corredor. ¡Para!

Dilvish desmontó y se acercó a la pared. Apoyó las palmas en ella.

—Era aquí —dijo—. Justo aquí... la puerta. ¡Reena!

—Sí —dijo alguien, débilmente, al otro lado de la pared.

—No sé qué han hecho con la puerta —dijo Dilvish—. Pero necesitamos otra.

—Tengo la impresión —dijo lentamente Black— de que la original continúa aquí, en alguna parte... que estabais atrapados por una ilusión. Pero solo es una impresión, y ahora no puedo detectarla. De modo que partiremos de la nada, por así decirlo.

Black se encabritó, formando una sombra gigantesca. Al hacerlo, se produjo el primer silencio desde la entrada en el edificio. En medio del silencio, más allá de él, Dilvish creyó oír voces y pasos en las cercanías de la escalera. Pero no se veía a nadie, y momentos más tarde el silencio más cercano quedó roto: las patas de Black descendieron para golpear la pared.

Dilvish se apartó, ya que fragmentos de piedra salieron volando por el pasillo. Black estaba ya empinándose otra vez. Su segundo golpe arrancó chispas de la piedra. La tercera vez que arremetió contra la pared apareció una grieta.

Un grupo de criados, con bastones en las manos, entró en el pasillo. Se detuvieron mientras Black se erguía y golpeaba de nuevo. La mujer, Andra, se adelantó y habló con Dilvish.

—¡Dijisteis que el animal metálico no se movería! —exclamó.

—...Y hablaba en serio... hasta que fui hecho prisionero —respondió Dilvish.

Black se lanzó de nuevo contra la pared. La piedra se destrozó y cayó. Apareció un agujero del tamaño de una cabeza.

Al cabo de unos instantes de vacilación, los sirvientes, cuatro hombres y dos mujeres, siguieron acercándose. Dilvish sacó la espada. El siguiente asalto de Black a la pared triplicó el tamaño de la brecha.

Dilvish avanzó hacia los criados. Bajó la punta de la espada y la arrastró por el suelo.

—Haré pedazos a la primera persona que cruce esta línea —afirmó.

Detrás de él hubo otro estruendo y el ruido de más piedras que caían. Los que avanzaban dudaron, se detuvieron. El siguiente golpe de Black pareció hacer temblar el castillo entero.

—He acabado —dijo lacónicamente Black, apartándose del boquete.

—¿Reena? —inquirió Dilvish, sin apartar los ojos de sus murmurantes adversarios.

—Sí. —La voz de la mujer era clara y próxima.

—Monta —dijo Dilvish—. Nos vamos de aquí.

—Sí.

Dilvish oyó los movimientos detrás de él. Luego la sombra de Black se deslizó hacia adelante. Dilvish volvió la cabeza y montó rápidamente detrás de Reena.

—¡Será mejor que os apartéis de nuestro camino! —anunció—. ¡Vamos a pasar por en medio!

Blandió la espada.

—Llévanos fuera —dijo a Black, y el caballo metálico avanzó.

Las seis figuras se apretaron a la pared para dejar pasar a Black. Tenían sus armas dispuestas, pero no hicieron tentativa alguna de usarlas. Todos tenían un semblante inexpresivo y contemplaban el pasillo lleno de polvo. Dilvish también miró atrás cuando Black hizo el primer giro hacia la escalera. La puerta había reaparecido, medio metro más allá de la nueva abertura en la pared.

Momentos más tarde estaban bajando la escalera. Nada obstruía su camino. Salieron de la fortaleza y encontraron el patio vacío. Al cruzarlo, vieron que el rastrillo estaba levantado.

—Qué extraño... —observó Dilvish, señalando la entrada.

—Tal vez —dijo Reena mientras Black apretaba el paso para atravesar la entrada—. He traído tu capa...

—Quédatela hasta que estemos más lejos. Black, cuando llegues a la senda de ayer, gira a la izquierda.

—Los caballos... —dijo Reena—. Las demás cosas...

—No pienso volver a por ellas.

Black inició el ascenso bajo la luna llena. Los fríos vientos azotaron al grupo, y muy lejos una criatura ladró, aulló y guardó silencio. Reena volvió la cabeza hacia el castillo una sola vez, se estremeció y reposó en el círculo de los brazos de Dilvish.

—Vas a morir, ¿sabes? —dijo—. Él te matará. No tienes ninguna posibilidad.

—¿Quién? —dijo Dilvish.

—Jelerak. Es imposible que puedas destruir a alguien como él.

—Seguramente —dijo Dilvish—. Pero he de intentarlo.

—¿Por qué?

—Él ha hecho mucho daño y hará más a menos que alguien lo detenga.

Llegaron a la senda y Black fue hacia la izquierda, todavía subiendo.

—Siempre ha existido mal en el mundo y siempre existirá. ¿Por qué has de ser tú quien lo purgue?

—Porque he visto la malicia de él mucho más cerca que cualquier ser viviente.

—Y yo también. Pero sé que no se puede hacer nada.

—Diferimos —replicó Dilvish.

—No creo que te impulse el deseo de que el mundo sufra un buen cambio. Es odio y venganza.

—También es eso.

—Solo eso, creo yo.

Dilvish guardó silencio unos instantes.

—Tal vez tengas razón —dijo por fin—. Me gusta creer que hay algo más que eso. Pero supongo que podrías tener razón.

—Eso te pervertirá y te destrozará, suponiendo que él no acabe contigo. Quizá lo ha hecho ya.

—De momento necesito eso. Me sirve. Es un estímulo. Cuando la finalidad desaparezca, ese impulso desaparecerá también.

—Mientras tanto, tienes pocas oportunidades de cualquier otra cosa... Como amor.

Dilvish se irguió ligeramente.

—Tengo oportunidades de experimentar otras sensaciones, pero de momento debo subordinarlas a lo principal.

—Si te pidiera que te quedaras conmigo, ¿lo harías?

—Algún tiempo, supongo.

—¿Pero solo algún tiempo?

—Eso es lo único que cualquier persona puede prometer.

—Supongamos que te pido que me lleves contigo.

—Diría que no.

—¿Por qué? Podrías ser de cierta ayuda.

—No te pondría en peligro. Como he dicho, puedo experimentar otras sensaciones.

Reena apoyó la cabeza un momento en el bíceps de Dilvish.

—Aquí tienes la capa —dijo por fin—. Hace frío. Debemos estar muy lejos...

—Para, Black. Para un momento.

Black aflojó el paso.

Había visto danzar a Oele ante el Diablo con una creciente sensación de pánico, allí ante el oscuro montón de piedras con la daga de plata en lo alto, con la copa aferrada en su mano, observando el brillante dibujo que aparecía en el suelo alrededor de la bailarina, sintiendo el frío viento.

—Bébelo todo —le había dicho ella—. Es parte del ritual.

 

 

(CONTINUARÁ...) 

 

 


¿Amigas? - Roberta Ghidalia

—Aquí, aquí, gatita, aquí minina; ven, ven, por favor —llamaba en tono de súplica una vocecita.

Hacía semanas que Dorrie observaba a la gata propiedad de la vieja vecina. Dorrie se fijaba en que parecía más flaca cada día que pasaba, y se preguntaba la causa. Aquella tarde guardó un trozo del pescado que le habían dado para comer, y ahora estiraba la mano, con el pescado, y empezaba de nuevo:

—Gatita; aquí, gatita bonita, aquí —llamaba.

La gata permanecía indiferente, ignorando por completo las zalamerías de la niña. La chiquilla miró a su alrededor, y cuando estuvo segura de que su madre no podía oírla, gritó un poco más fuerte:

—Aquí, gatita, gatita, minina preciosa... ¿No quieres venir?

Su madre la regañaba con frecuencia por aquel capricho suyo de querer mimar animales extraviados que encontraba por la calle. Pero aquella gata no andaba extraviada. Pertenecía a la viejecita mistress Stubbs, que vivía en la desvencijada casa de al lado. Aunque flaca y sucia, la lamentable criatura conservaba sus aires arrogantes y sus gentiles actitudes.

Pero mientras se preparaba desdeñosamente a asumir una nueva postura y continuar ignorando las súplicas de la niña, volvió la cabeza y echó una mirada en dirección a Dorrie. Esto obró el milagro. La gata percibió el delicioso aroma del pescado, y su aire de indiferencia se desvaneció al momento. La gata se puso a cruzar el patio en dirección a la pequeña Dorrie, aunque despacio, siempre muy despacio.

Por su parte, la niña continuaba con sus exhortaciones, sintiéndose más y más excitada a medida que el animalito se le iba acercando.

«¡Vaya niñita preciosa! —pensaba Sassy, la gata—. Es raro que no me hubiese fijado nunca en ella; aunque lo cierto es que hasta este momento nunca me han interesado demasiado los niños».

La gata continuaba acercándose a la niña con cautela, como recelando alguna treta.

«¡Oh, qué hermosa es! —pensaba Dorrie, en cuya opinión influía bastante el sentimiento—. ¡Qué graciosa y arrogante! ¡Ojalá mi madre comprendiera lo que me inspiran los animales! Bueno —musitó la niña—, quizá algún día lo comprenda».

Entretanto, la gata se acercaba más y más, y pronto estuvo a los pies de la silla de Dorrie, levantando hacia la niña una mirada inquisitiva. A Dorrie le costaba un esfuerzo enorme el no ponerse a gritar de alegría; pero como este proceder solo habría servido para que su madre acudiese corriendo, además de que, seguramente, habría asustado a la gata, permaneció callada. Y esta paciencia recibió una generosa recompensa, según su modo de ver.

De un solo brinco, Sassy se le subió al regazo, haciendo pasar la mirada de sus verdes ojos de la faz de la niña al pedazo de pescado. La niña adelantó pausadamente la mano, mientras la gata evaluaba la situación. Dos olisqueadas, un estirón del cuello, y el pescado desapareció. Pero la gata no. Se quedó sentada allí, mirando a la niña, su bienhechora, con ojos de adoración.

Dorrie permanecía muy quieta para no molestar al animal. Titubeando, levantó una mano y se puso a acariciarle la cabeza. ¿Qué era aquel ruido que oía? Un ronroneo lento y que aumentaba poco a poco, salido de la garganta de la gata. Sí, sea cual fuere el equivalente humano del ronroneo, Dorrie compartía el placer del animalito. Niña y gata se miraban de hito en hito, amorosamente, y ninguna de ambas recordaba haberse sentido tan a gusto en toda la vida.

Hasta entonces, Sassy nunca había sido objeto del cariño de un ser humano, ni Dorrie había recibido el de un animal. Así pues, ambas pasaron unos momentos como suspendidas en el tiempo. Cada una se empapaba de la maravilla de la nueva relación establecida entre ambas.

Sassy, la gata, espíritu independiente que había de pagar con creces lo poco que recibía de su dueña. Dorrie, la niña, completamente dependiente, aprisionada en una silla de ruedas, y habiendo de confiar en su madre para todo. A pesar de lo ilógico e improbable que era, aquellos dos seres se sentían recíprocamente atraídos, como por una fuerza magnética.

Dorrie dejó unos momentos de acariciar la cabeza de la gata, y esta se puso a lamerle la cara. ¡Qué sensación tan deliciosamente rara la de aquella lengüecita rasposa correspondiendo a su gesto de afecto! La gata se interrumpió bruscamente y levantó una mirada conmovedora hacia la niña.

—¿Amigas? —preguntó Dorrie, casi tartamudeando, a la gata.

—Meurr —respondió la gata.

—¡Dorrie! —la madre salía de casa precipitadamente, gritando—. ¿Qué haces con esa gata?

—Oh, madre, por favor, no la eches. Déjame tenerla. La vieja bruja de la casa de al lado no la quiere, en realidad. Mírala qué flaca está. Por favor, por favor, déjame que me la quede, y... y te prometo que en adelante siempre seré muy buena —suplicaba la pequeña.

Una larga mirada se cruzó entre Sassy, que atisbaba desde debajo de la silla de Dorrie, donde se había refugiado, y la madre de la niña. De súbito, la revulsión inicial que la madre había sentido a la vista de la sucia bestezuela se convirtió en compasión.

«¡Vaya, si la pobrecilla no es más que piel y huesos! —pensó la mujer—. Parece más muerta que viva. Toda persona capaz de tratar así a un animal ha de ser realmente una bruja».

—Dorrie, no sé qué decirte; he de consultar a mistress Stubbs primero —se sorprendió diciendo la buena mujer.

«¿Qué me ha pasado? —se preguntaba la mujer—. Hasta hoy, los animales no me habían inspirado ningún sentimiento, y de súbito me consumo de piedad por esta gata».

Revolviéndose entre muy confusos sentimientos, la madre dejó a las amigas recientes en el porche y cruzó el patio en dirección a la casa vecina.

«¡Qué desorden! —pensó para sus adentros, al atravesar vivamente la maraña de hierbas y hierbajos excesivamente crecidos del patio de la vecina y acercarse a la destartalada casa vieja—. Vaya, si en cierto modo hasta parece la casa de una bruja».

—Mistress Stubbs —gritó, dando unos golpecitos leves en la puerta, que colgaba desmañadamente de los goznes.

—¡Eh! ¿Quién hay? —preguntó una voz desde dentro.

—Su vecina; abra, por favor. Quisiera hablar con usted en relación a su gata.

La puerta se abrió una rendija, dejando a la vista solamente la cabeza de la anciana.

—Bueno, ¿qué ha hecho ahora esa diabólica criatura? —preguntó la vieja, frunciendo el ceño grotescamente.

—No, no es eso. Lo único que ha hecho, que yo sepa, ha sido cautivar por completo a mi hija, hasta el punto de que nos gustaría quedarnos la gata, si usted lo permite.

—Je-je-je-je-je —cacareó la vieja—. De modo que la preciosa invalidita de su hija quiere mi gata, ¿no es cierto? Pues, bueno, quédensela, y que les vaya bien. Es un mal bicho, se lo aseguro. Fíjese en lo que le digo. Esa gata es el demonio. Traerá la desgracia a cualquier parte que vaya; no falla, ha de traerla.

—Gracias, mistress Stubbs, la cuidaremos bien.

—Mejor será, si no quieren verse en conflictos. Y otra cosa todavía; cuiden de que en lo sucesivo no aparezca por aquí. Si la cojo por aquí de nuevo, la mataré —chilló la vieja hechicera, cerrando la puerta tras esta advertencia.

«Bruja vieja y tonta —pensó la madre de Dorrie—. Imagínate, ¡atribuir poderes diabólicos a la gata! Cuentos de viejas, he ahí el resumen de sus estupideces».

Después de lo cual, Sassy recibió, efectivamente, excelentes cuidados de Dorrie y de su madre. Y se convirtió en la hermosa criatura que la niña había imaginado desde el principio. El demacrado cuerpo se le llenó, y su pelaje brillaba a la luz del sol.

Dorrie se quedó pasmada por el súbito cambio de sentimientos de su madre; pero estaba demasiado ocupada sintiéndose feliz con el animalito querido que había anhelado durante tanto tiempo para enfrascarse demasiado en aquella transformación. Una y otra vez, niña y gata celebraban el ritual del primer día.

—¿Amigas? —le decía la niña a la gata.

—Meurr —contestaba la gata, como para reafirmar el lazo que existía entre ellas.

Cada vez que la madre de Dorrie encontraba a mistress Stubbs, la vieja regañona reiteraba el consejo acerca de la maldad de la gata y de que la tuvieran alejada de su casa, la casa de su antigua dueña, bajo amenaza de matar al querido animalito.

Dorrie y Sassy eran inseparables. El ser humano y el ser animal intimaban más y más. La madre pensaba alguna vez en aquellas relaciones; pero desterraba las cavilaciones de la mente al ver cuán lozana se ponía la niña y que parecía más sana y dichosa que antes.

—Nunca entenderé los prejuicios y el odio de aquella vieja bruja contra una gata inofensiva como Sassy —murmuraba.

Una noche, a los tres meses, aproximadamente, de haber venido Sassy a vivir con Dorrie, ocurrió un hecho curioso. La puerta trasera de la casa de Dorrie se abrió cuando ya hubiera debido hacer mucho rato que todo el mundo estuviera durmiendo. Y salió Sassy. Siguiéndola de cerca por la rampa, a la luz de la luna llena, iba Dorrie en su silla de ruedas. Con gran cuidado y con una falta de dificultades sorprendente, se encaminaron hacia la vieja casa vecina.

Llegadas a su destino, Sassy saltó, ligera, al alféizar de una ventana abierta y penetró en el edificio. Habiendo vivido tanto tiempo allí, había aprendido tiempo atrás la manera de saltar a la puerta y soltar el cerrojo; cosa que hizo prestamente para dar paso a Dorrie. Sorprendieron a mistress Stubbs en el dormitorio del primer piso, donde Sassy sabía que dormía.

La anciana saltó de la cama y se puso a correr por el cuarto, gritando:

—¿Por qué estáis aquí? ¿Qué queréis?

La anciana se detuvo en el centro de la habitación para recobrar el aliento. Dorrie emprendió la carrera, como tomando el mando, e hizo rodar la silla, con toda su fuerza, contra la anciana. Mistress Stubbs, cogida de sorpresa por la fuerza casi sobrenatural del empujón, se tambaleó y cayó, dando de cabeza contra el hogar de piedra. Y permaneció inmóvil en el suelo. Tenía la muerte pintada en la cara.

Más tarde, en el cuarto de Dorrie, Sassy se había sentado una vez más en el regazo de la niña, y ambas celebraban el viejo ritual. En este se había introducido un entendimiento nuevo y extraño, una transferencia de almas.

—¿Amigas? —preguntaba Sassy.

—Meurr —respondía la niña.


El Zarevich Cabrito

     Eran un zar y una zarina que tenían un hijo y una hija. El hijo se llamaba Ivanuchka y la hija Alenuchka.

Cuando el zar y la zarina murieron, los hijos, como no tenían ningún pariente, se quedaron solos y decidieron irse a recorrer el mundo.

Se pusieron en camino y anduvieron hasta que el sol subió en el cielo a su mayor altura y sus rayos les quemaban implacablemente, haciéndoles ahogarse de calor sin ver a su alrededor vivienda alguna que les sirviera de refugio, ni árbol a la sombra del cual pudieran acogerse.

En la extensa llanura percibieron un estanque, al lado del cual pastaba un rebaño de vacas.

-Tengo sed -dijo Ivanuchka.

-No bebas, hermanito, porque si bebes te transformarás en un ternero -le advirtió Alenuchka.

Ivanuchka obedeció y ambos siguieron su camino.

Anduvieron un buen rato y llegaron a un río, a la orilla del cual pacía una manada de caballos.

-¡Oh, hermanita! ¡Si supieras qué sed tengo! -dijo otra vez Ivanuchka.

-No bebas, hermanito, porque te transformarás en un potro.

Ivanuchka obedeció y continuaron andando; después de andar mucho tiempo vieron un lago, al lado del cual pacía un rebaño de ovejas.

-¡Oh, hermanita! ¡Quiero beber!

-No bebas, Ivanuchka, que te transformarás en un corderito.

Obedeció el niño otra vez; siguieron adelante y llegaron a un arroyo, junto al cual los pastores vigilaban a una piara de cerdos.

-¡Oh, hermanita! ¡Ya no puedo más, tengo una sed abrasadora! -exclamó Ivanuchka.

-No bebas, hermanito, porque te transformarás en un lechoncito.

Otra vez obedeció Ivanuchka, y ambos siguieron adelante. Anduvieron, anduvieron; el sol estaba todavía alto en el cielo y quemaba como antes; el sudor les corría por todo el cuerpo y todavía no habían podido encontrar ninguna vivienda. Al fin vieron un rebaño de cabras que pacía cerca de una laguna.

-¡Oh, hermanita! ¡Ahora sí que beberé!

-¡Por Dios, hermanito, no bebas, porque te transformarás en un cabrito!

Pero esta vez Ivanuchka no pudo soportar más la sed y, no haciendo caso del aviso de su hermana, bebió agua de la laguna, y en seguida se transformó en un Cabrito que daba saltos y brincos delante de su hermana y balaba:

-¡Beee! ¡beee!, ¡beee!

La desconsolada Alenuchka le ató al cuello un cordón de seda y se lo llevó consigo llorando amargamente.

Un día, el Cabrito, que iba suelto y corría y saltaba alrededor de su hermana, penetró en el jardín del palacio de un zar.

La servidumbre los vio y uno de los criados anunció al zar:

-Majestad, en el jardín de tu palacio hay una joven que lleva un cabrito atado con un cordón de seda; es tan hermosa que no se puede describir su belleza.

El zar ordenó que se enterasen de quién era tal joven.

Los servidores le preguntaron quién era y de dónde venía, y ella les contó su historia, diciéndoles:

-Mi hermano era zarevich y yo zarevna. Al morir nuestros padres y quedar huérfanos nos fuimos de casa para conocer el mundo, y el zarevich, no pudiendo soportar la sed que tenía, bebió agua de una laguna encantada y se transformó en un cabrito.

Los servidores refirieron al zar todo lo que habían oído y éste hizo llamar a Alenuchka, para enterarse detalladamente de su vida.

El zar quedó tan encantado de Alenuchka que quiso casarse con ella, y al poco tiempo celebraron la boda, y vivían felices y contentos. El Cabrito, que estaba siempre con ellos, paseaba durante el día por el jardín, por la noche dormía en una habitación de palacio y para comer se sentaba a la mesa con el zar y la zarina.

Llegó un día en que el zar se fue de caza, y mientras tanto, una hechicera, por medio de sus artes de magia, hizo enfermar a la zarina, y la pobre Alenuchka adelgazó y se puso pálida como la cera. En el palacio y en el jardín todo tomó un aspecto triste; las flores se marchitaron, las hojas de los árboles se secaron y las hierbas se agostaron.

El zar, al volver de caza y ver a su mujer tan cambiada, le preguntó:

-¿Qué te pasa? ¿Estás enferma?

-Sí; no estoy bien -contestó ella.

Al día siguiente el zar se fue otra vez de caza mientras que Alenuchka guardaba cama. Vino a verla la hechicera y le dijo:

-¿Quieres curarte? Pues ve a la orilla del mar y bebe su agua al amanecer y al anochecer durante siete días.

La zarina hizo caso del consejo, y al llegar el crepúsculo se dirigió a la orilla del mar, donde aguardaba ya la hechicera, la cual la cogió, le ató al cuello una piedra y la echó al mar; Alenuchka se sumergió en seguida. El Cabrito, presintiendo la desdicha, corrió hacia el mar, y al ver desaparecer a su hermana prorrumpió en un llanto amarguísimo.

Entretanto, la hechicera se vistió como la zarina, se presentó en palacio y empezó a gobernar.

Llegó el zar de caza y, sin notar el engaño, se alegró mucho al ver que la zarina había recobrado la salud. Sirvieron la cena y se pusieron a cenar.

-¿Dónde está el Cabrito? -preguntó el zar.

-Estamos mejor sin él -contestó la hechicera-; he ordenado que no lo dejen entrar, porque me molesta su olor a cabrío.

Al día siguiente, apenas el zar se fue de caza, la hechicera se puso a pegar al pobre Cabrito, y mientras lo apaleaba, le decía:

-¡Aguarda, que en cuanto vuelva el zar le pediré que te maten!

Apenas el zar regresó, la hechicera empezó a convencerlo a fuerza de súplicas:

-¡Da orden de que maten al Cabrito! Me ha fastidiado de tal modo, que no quiero verlo más.

Al zar le dio lástima, pero no pudo defenderlo porque la zarina le suplicaba con tanta tenacidad que no tuvo más remedio que consentir que lo matasen.

Pocas horas después, el Cabrito, viendo que ya estaban afilando los cuchillos para cortarle la cabeza, corrió al zar y le rogó:

-¡Señor! Permíteme ir a la orilla del mar para beber allí agua y limpiar mis entrañas.

El zar le dio permiso y el Cabrito corrió a toda prisa hacia el mar. Se paró en la orilla y exclamó con voz lastimera:

-¡Alenuchka, hermanita mía, sal a la orilla! ¡Han encendido ya las hogueras, las calderas están llenas de agua hirviente, están afilando los cuchillos de acero para matarme! ¡Pobre de mí!

Alenuchka le contestó:

-¡Ivanuchka, hermanito mío, la piedra que está atada a mi cuello pesa demasiado; las algas sedosas se enredaron a mis pies; la arena amarilla se amontonó sobre mi pecho; la feroz serpiente ha chupado toda la sangre de mi corazón.

El pobre Cabrito se echó a llorar y se volvió a palacio.

A mediodía vino otra vez a pedir permiso al zar, diciéndole:

-¡Señor! Permíteme ir a la orilla del mar para beber agua y limpiar mis entrañas.

El zar volvió a darle permiso y el Cabrito corrió a todo correr hacia el mar, se paró en la orilla y exclamó:

-¡Alenuchka, hermanita mía, sal a la orilla! ¡Han encendido ya las hogueras, las calderas están llenas de agua hirviente, están afilando los cuchillos de acero para matarme! ¡Pobre de mí!

Alenuchka le contestó:

-¡Ivanuchka, hermanito mío, la piedra que está atada a mi cuello pesa demasiado; las algas sedosas se enredaron a mis pies; la arena amarilla se amontonó sobre mi pecho; la feroz serpiente ha chupado toda la sangre de mi corazón!

El pobre Cabrito se echó a llorar y volvió otra vez a palacio. Entonces el zar pensó:

«¿Por qué el Cabrito quiere ir siempre a la orilla del mar?».

Y cuando vino por tercera vez a pedirle permiso diciéndole: «¡Señor! Déjeme ir a la orilla del mar para beber agua y lavar mis entrañas», lo dejó ir y se fue tras él.

Llegados a la orilla, oyó al Cabrito, que llamaba a su hermana.

-¡Alenuchka, hermanita mía, sal a la orilla! ¡Han encendido ya las hogueras, las calderas están llenas de agua hirviente, están afilando los cuchillos de acero para matarme! ¡Pobre de mí!

Alenuchka le contestó:

-¡Ivanuchka, hermanito mío, la piedra que está atada a mi cuello pesa demasiado; las algas sedosas se enredaron a mis pies; la arena amarilla se amontonó sobre mi pecho; la feroz serpiente ha chupado toda la sangre de mi corazón!

Pero el Cabrito empezó a suplicar, llamándola con voz ternísima, y entonces Alenuchka, haciendo un gran esfuerzo, subió de las profundidades del mar y apareció en la superficie. El zar la cogió, desató la piedra que tenía atada al cuello, la sacó a la orilla y le preguntó lleno de asombro:

-¿Cómo te ha sucedido tal desgracia?

Ella le contó todo, el zar se alegró muchísimo y el Cabrito también, manifestando su alegría con grandes saltos. Los árboles del jardín de palacio reverdecieron, las plantas florecieron y todo alrededor de palacio se llenó de risa y júbilo.

En cuanto a la hechicera, el zar dio orden de ejecutarla. En el centro del patio encendieron una gran hoguera y en ella quemaron a la bruja.

Después de haber hecho justicia, el zar, su mujer y el Cabrito vivieron felices y en paz, aumentando sus bienes y sin separarse nunca.