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Terror en el espacio (Capítulo 3) - Leigh Brackett

Capítulo 3
 

A Lundy no le sorprendió oír aquella voz telepática. La comunicación mental abundaba más que la oral y era mucho más sencilla que ésta, en muchos lugares de los mundos habitados. La Policía Espacial daba lecciones de telepatía a sus hombres.
–Sí, vivo gracias a vosotras.

Había algo en la cualidad de aquel cerebro que sondeó que lo desconcertaba. Era distinto de todo cuanto había conocido. Se puso en pie, no muy firme.
–Habéis llegado a tiempo. ¿Cómo supisteis que estaba aquí?
–Nos llegaron tus pensamientos de temor. Sabemos lo que es tener miedo. Entonces, vinimos.
–No os puedo decir otra cosa sino «gracias».
–Nos alegramos mucho de haberte salvado. ¿Por qué no había de ser así? Por ello, no es necesario que nos des las gracias.

Lundy miró las flores que brillaban con apagado resplandor en las tinieblas.
–¿Cómo conseguís que os obedezcan? ¿Por qué no os...?
–¡Ellas no son caníbales! No son como... las otras.
Este último pensamiento expresaba un terror cerval.
–Caníbales...

Lundy miró a la nube de delicadas figurillas femeninas de color azul grisáceo. Sintió que se le ponía la carne de gallina.
Aquellos seres le miraron benévolamente con sus suaves ojos dorados, y le pareció como si sonriesen.
–Sí, somos diferentes de ti, ya lo sabemos. Del mismo modo como somos diferentes de los peces. ¿Qué piensas? En las algas... las algas brillantes que crecen... sí, son parientes nuestras.

Parientes, se dijo Lundy. En efecto. Como nosotros somos parientes de los animales. Eran plantas. Las plantas vivientes no eran nada nuevo en Venus. ¿Por qué no admitir la existencia de plantas pensantes, de plantas que se desplazaban en sus raíces, y miraban con tristes ojos suaves?
–Vámonos de aquí –dijo Lundy.

Salieron del obscuro túnel y prosiguieron por la carretera, mientras las flores abrían sus bocas como canes hambrientos tratando de morder a Lundy, pero sin conseguir alcanzarlo.

Él empezó a atravesar la estrecha llanura, con las plantas femeninas nadando lánguidamente como una nube a su alrededor.

Eran algas. Pequeños fragmentos de algas con los que se podía conversar telepáticamente. Lundy se hallaba pasmado ante lo increíble de la situación.

La ciudad no hizo más que aumentar su pasmo. Estaba sumida en las sombras cuando la vio desde la llanura, débilmente iluminada por el resplandor procedente de la arena, semejante al claro de luna. Era una gran ciudad, que se extendía a lo lejos, rodeada de sus murallas. Era grande, silenciosa y antiquísima. Parecía esperar al final de la carretera.

En aquella luz mortecina, por curioso que fuese, parecía más real. Lundy se olvidó por un momento de la existencia del agua. Le parecía caminar hacia una ciudad dormida, bañada por la pálida claridad lunar, sintiendo su fuerza secreta y débilmente hostil domeñada y retenida hasta el alba...

Aunque jamás habría un alba para aquella ciudad. Nunca jamás.

Lundy deseó de pronto emprender la huida.
–No temas. Nosotros vivimos aquí. Es un lugar seguro.

Lundy movió la cabeza con irritación. De pronto la luz brillante centelleó de nuevo por tres veces consecutivas. Parecía venir de algún lugar a la derecha, más allá de la cordillera submarina. Lundy notó un débil temblor en la arena. Una hendidura volcánica, probablemente, que se abrió al hundirse la arena.

La luz dorada hizo cambiar de nuevo el aspecto de la ciudad, que volvió a parecer una ciudad de cuento de hadas al atardecer... un lugar de los que se ven en sueños.

Cuando atravesó las puertas se sentía intimidado, pero no experimentaba temor. Y entonces, mientras permanecía en el centro de la plaza contemplando los grandes y borrosos edificios que se alzaban a su alrededor le alcanzó un pensamiento procedente de la nube de pequeñas criaturas femeninas.
–Era un lugar seguro y dichoso... antes de que ella viniese.
Tras una larga pausa, Lundy dijo:
–¿Ella?
–No la hemos visto. Pero nuestros compañeros si la vieron. Ella vino no hace mucho y recorrió las calles, y todos nuestros compañeros nos dejaron para irse en su seguimiento. Decían, al irse, que su belleza es incomparable, muy superior a la de cualquiera de nosotras y que...
–...Y que tiene los ojos velados y que ellos desean verlos. Si no le ven los ojos enloquecerán, y por esto la siguen.

La triste nubecilla azul grisácea se agitó entre las aguas obscuras. Varios pares de ojos dorados le miraron.
Lundy respiró profundamente. Tenía las palmas de las manos húmedas.
–Si. Sí, yo también la seguí.
–Comprendemos tu pensamiento...

Descendieron hacia él, rodeándole, mientras sus delicadas membranas aleteaban como las transparentes alas de los elfos. Sus grandes ojos dorados tenían una expresión cariñosa y suplicante.
–¿Puedes prestarnos tu ayuda? ¿Puedes hacer que vuelvan nuestros compañeros, sanos y salvos? Lo han olvidado todo. Si los otros viniesen...
–¿Los otros?

La mente de Lundy se sumió en un espantoso temor. Se representó las más terribles imágenes. Vio engendros de pesadilla...
–Vienen siguiendo las corrientes que unen las cálidas grietas de las montañas y las frías profundidades. Son voraces. Lo aniquilan todo.

Las delicadas figurillas vagamente femeninas se echaron a temblar como hojas agitadas por el viento.
–Nos escondemos de ellas en las casas. Así los tenemos a raya, evitando que lleguen hasta nuestras semillas y nuestros vástagos. Pero nuestros compañeros lo han echado todo al olvido. Si los otros vienen mientras ellos la siguen, los encontrarán inermes y desamparados y los matarán a todos. 

Entonces nosotras nos quedaremos solas, sin simiente y sin descendencia.

Se apretujaron a su alrededor, tocándole con sus pequeñas aletas delanteras de color azul grisáceo.
–¿Puedes prestarnos tu ayuda? ¿Verdad que nos ayudarás?
Lundy cerró los ojos. Cerró fuertemente las mandíbulas. Cuando abrió los ojos de nuevo, éstos eran duros como ágatas.
–Os ayudaré o moriré en la demanda.

Reinaba la obscuridad en la enorme plaza. Por las puertas abiertas se filtraba el débil resplandor procedente de la arena. Por un momento los pequeños seres azul grisáceos se apiñaron a su alrededor, inmóviles, oscilando únicamente bajo la acción del lento ritmo del océano.

De pronto todas se apartaron de él, arrebatadas por una loca esperanza... y Lundy se quedó mirándolas, boquiabierto.

Ya no eran de color azul grisáceo. De pronto brillaron y sus alas y sus delicados y flexibles cuerpecillos adquirieron un cálido tono verde que latía con la vibrante palpitación de la vida.

Sus largos y esbeltos pétalos vivientes debían de estar contraídos, mientras llevaban su color azul grisáceo de luto. De pronto estallaron como corolas llameantes en torno a sus cabecitas.

Eran de color azul, escarlata y dorado, rojas como amapolas violetas y de color de fuego, de color blanco plateado y rosado como una nube matinal, tiñendo las negras aguas con pinceladas de color. Surgían de los cuerpecitos verdes que hacían cabriolas y ascendían a gran altura junto a los obscuros y ceñudos edificios, semejantes a las mariposas que habían revoloteado ante ellos cuando la luz del sol aún no había desaparecido para siempre.

Tan repentinamente como habían empezado esta danza, la terminaron. Se dejaron arrastrar inmóviles por las aguas y sus colores palidecieron. Lundy les preguntó:
–¿Dónde están?
–En lo más profundo de la ciudad, más allá de estas casas donde moramos... en las calles que sólo visitan los jóvenes curiosos. ¡Haz que vuelvan, por favor! ¡Te lo suplicamos, tráelos de nuevo junto a nosotras! 

Dejándolas sobre la gran plaza obscura, penetró en la ciudad.
Recorrió anchas calles pavimentadas marcadas por profundas roderas y desgastadas por generaciones de pies calzados por sandalias. Las grandes construcciones corroídas por el agua se alzaban a ambos lados, dominadas por el resplandor intermitente de la lejana fisura volcánica.

Las ventanas, de forma típicamente venusiana, estaban cerradas por celosías de mármol y de piedra semipreciosa, delicadamente labrada hasta parecer una joya complicadísima. Las grandes puertas doradas permanecían abiertas sobre sus goznes no atacados por la corrosión. Por aquellas puertas Lundy tuvo un atisbo de la vida de aquel pequeño pueblo vegetal.

La planta baja de algunas de las casas se hallaba recubierta de una capa de arena. Sobre ella se cernían con gesto protector aquellas plantas femeninas, alisando la arena cuando el movimiento del agua la alteraba. Lundy conjeturó que allí estaban plantadas las semillas.

En otros lugares vio colonias enteras de diminutos seres que parecían flores plantados en la arena; brillaban en la semiobscuridad con un pálido resplandor verde y primaveral. Permanecían en tranquilas hileras moviendo sus pequeñas corolas infantiles de color rosado y jugando solemnemente con pedacitos de alga de alegres colores y piedras abigarradas. 

Las pequeñas flores estaban atendidas y cuidadas solícitamente por plantas adultas.

Varias veces Lundy pudo ver a grupos de jóvenes retoños, que ya se habían desprendido de la arena, aprendiendo a nadar bajo la égida de las plantas femeninas, agitándose en las negras aguas como pétalos de vivos colores bajo el viento de la primavera.

Todas las plantas femeninas mostraban el mismo color gris azulado de luto con sus flores ocultas.

Así seguirían a menos que Lundy pudiese dar cima a la tarea que le había encomendado la Policía Espacial. Hasta aquel momento no había demostrado hallarse a la altura de aquella misión.

El pobre Farrell, casi desollado vivo y sin sentirlo porque sólo era capaz de pensar en ella. Jackie Smith, ahogado en una esclusa estanca porque ella quería ser libre y él tuvo que ayudarla a conseguir su propósito.

¿Sería superior él, Lundy, a Farrell y a Smith y a todos cuantos ella había hecho enloquecer? ¿Sería capaz de apresar a aquella diabólica vampiresa en una red y mantenerla a buen recaudo en ella, sin perder antes la razón?

Lundy no se sentía capaz de ello. Aquella misión era superior a sus fuerzas.

Recordaba la primera vez que consiguió apresar a aquel ser en su red. Recordaba también los últimos minutos antes de estrellarse, cuando lo oyó gritar desde el interior del cofre, pidiéndole que le pusiese en libertad. Recordó la cara de Jackie Smith cuando entró en la cabina empujado por el agua que inundaba la esclusa, y la pregunta que entonces se hizo él mismo... Dios mío, ¿qué vio antes de ahogarse?

Notó de nuevo que se le hacia un nudo frío en el estómago, pero esta vez aquel nudo tenía espinas que se clavaban en su carne.

Dejó atrás la colonia de plantas y penetró en calles desiertas iluminadas por el intermitente centelleo de la fisura volcánica. Empezó a encontrar ruinas a su paso. Pavimentos agrietados y removidos, torres hundidas, las celosías de piedra esculpida caídas de las ventanas. Paredes enteras habíanse desmoronado en algunos sitios, y la mayoría de las puertas doradas estaban rotas, abiertas violentamente o faltaban por completo.

Era una ciudad muerta. Tan muerta y silenciosa que en ella no se podía respirar, y tan antigua que amedrentaba el ánimo más templado.

Buen sitio para volverse loco en seguimiento de un ensueño.

Al cabo de mucho tiempo, Lundy los vio... vio a los compañeros de las pequeñas algas femeninas. Formaban una larga hilera... dijérase una bandada de aves migratorias, que serpenteaba entre las obscuras torres en ruinas.

Se parecían a sus compañeras. Quizá eran algo mayores, un poco más robustos, de cuerpos verdinegros fuertes y recios y brillantes colores. Sus ojos dorados permanecían fijos en algo que Lundy no podía ver, y hubiérase dicho que eran los ojos de Lucifer suplicando que le franqueasen la entrada en el Cielo.

Lundy empezó a avanzar contra la corriente, cruzando en diagonal una amplia plaza para avanzar a la cabeza de la procesión. Entre tanto descolgó la red de su cintura con manos semejantes a dos peces muertos.

De pronto se tambaleó, perdió pie y cayó de bruces. Le parecía que alguien le había empujado de un fuerte empellón. Trató de levantarse, pero algo le empujó de nuevo. El áureo resplandor procedente de la fisura brillaba ahora ininterrumpidamente, y era cegador.

La hilera de figurillas vagamente masculinas se dobló de pronto como bajo los efectos de un latigazo y Lundy comprendió lo que ocurría.

Se alzaba una corriente en la ciudad. Era una corriente que surgía como los vientos cálidos que antes la barrían, procedentes del mar, y que traían las lluvias.
«Vienen siguiendo las corrientes que unen las cálidas grietas de las montañas y las frías profundidades. Son voraces. Lo aniquilan todo.»
Eran los otros... los otros, caníbales...
Ella conducía el brillante cortejo de algas masculinas entre los torreones, mientras en las calles se alzaba la corriente...

Lundy se incorporó Después de equilibrarse para resistir el empuje de la corriente, echó a correr en seguimiento de la procesión. Resultaba muy difícil correr en aquel medio líquido y con sus botas de suela de plomo. Se esforzó por calcular dónde debía de hallarse aquello –o ella– a juzgar por el lugar hacia donde miraban los hombrecillos-plantas.

La luz cegadora brillaba ininterrumpidamente, y aún parecía hacerse más rutilante. El agua frenaba su avance, tirando de él con mil manos. Miró una vez hacia atrás, pero no pudo ver nada en las sombras que se extendían entre los torreones. 

Sintió miedo.

Cuando extendió la red, el miedo le dominaba. 

Aquello –o ella– no le vio, aunque esto pueda parecer raro. Tampoco notó la proximidad de su mente, a pesar de que él alzó barreras protectoras a su alrededor. Pero Lundy quedaba muy empequeñecido bajo las sombras que proyectaban los gigantescos muros y el esfuerzo de crear una ilusión para tantas mentes debía tener muy ocupado al espantoso ser del espacio.

La suerte estaba nuevamente de su lado como cuando consiguió alcanzar a Farrell. Rogó al Cielo que la suerte no le desamparase.
 

Lo consiguió.
 

La corriente empujó a la procesión hacia el lugar donde se hallaba agazapado Lundy. Éste observó los ojos de las algas. Ella aun conducía a los diminutos seres. Ella tenía un cuerpo físico, aunque él no pudiese verlo, y notaría el influjo de la corriente, por pequeño que fuese.

Tiró la red con rapidez.

La red se hinchó en las aguas negras y entonces él tiró de ella. 

Había apresado algo. Algo pequeño, cilíndrico y que se debatía. Algo vivo.

Apretó el lazo que cerraba la red, temblando y sudando de excitación nerviosa. Y entonces los hombrecillos vegetales le atacaron.

Cayeron sobre él, como una nube resplandeciente. Sus ojos dorados resplandecían de furor. Habían perdido el juicio. Sus mentes chillaban en un solo clamor de ira... y de temor por ella.

Le pegaron con sus pequeñas aletas verdes. Sus corolas echaban chispas, cálidas manchas de color, llamaradas que brillaban en las aguas obscuras. Tiraron de la red, la sacudieron, agitando sus membranas como alas en su esfuerzo por luchar contra la corriente.

Lundy era un sujeto rechoncho, fuerte y musculoso. Lanzando verdaderos rugidos, luchó para defender la red como hubiera hecho un lobo al que intentasen arrebatar un tierno corderillo. Sin embargo, la perdió. Cayó de bruces bajo un montón de hombrecillos vegetales, jadeando afanosamente bajo su peso, y dando gracias a Dios de que su sólida escafandra le salvase de morir aplastado.

Vio como ellos se apoderaban de la red. Se apiñaron a su alrededor como un enjambre de abejas, danzando en las aguas movedizas. Sus ojos dorados tenían una terrible expresión de dolor.

No podían abrir la red. Lundy la había asegurado con un fuerte nudo, y aquellos seres no tenían dedos. La golpeaban y acariciaban con sus aletas, pero eran incapaces de abrirla para que ella escapase.

Lundy se puso a gatas. La corriente se hacía más violenta. Rugía entre las torres desmoronadas como un negro vendaval y se llevó con ella el enjambre de hombrecillos verdes, que seguían aferrando la red.

Y entonces llegaron los otros.

(CONTINUARA...) 

Terror en el espacio (Capítulo 2) - Leigh Brackett


Capítulo 2

La primera sensación que tuvo Lundy fue la de silencio e inmovilidad. Una sensación mortal, como si todos los seres creados hubiesen dejado de respirar.

Lo segunda que notó fue la presencia de su cuerpo. Le dolía espantosamente, tenía calor y además le repugnaba el aire espeso y viciado que respiraba. Lundy se sentó penosamente y trató de hacer funcionar su cerebro. Esto era muy difícil, porque alguien le había abierto la cabeza con cuatro hachazos.

No era del todo obscuro en la cabina. Una temblorosa claridad plateada semejante al claro de luna penetraba por las portillas. Lundy podía ver bastante bien. Distinguió el cuerpo de Farrell exánime sobre el suelo, y un conjunto de cables y hierros retorcidos, que habían sido los mandos.
Vio también el cofre.

Lo miró larga rato, aunque no había mucho que ver. No era más que un cofre abierto y vacío, junto al que había un pedazo de tela negra.

–¡Dios mío! –susurró Lundy–. ¡Oh, Dios mío! Entonces lo comprendió todo de pronto. Su cuerpo no contenía apenas nada con excepción de su estómago, y éste hallábase sujeto. Sin embargo, quiso salirse por su boca. Las náuseas cesaron de pronto, y entonces fue cuando Lundy oyó que alguien llamaba a la puerta.

Era una llamada muy suave. Su ritmo era lento y espaciado, como si el que llamaba dispusiese de mucho tiempo y no tuviese prisa por entrar. La llamada procedía de la escotilla que comunicaba con la esclusa de salida.

Lundy se levantó lentamente, más frío que el vientre de un sapo y blanco como éste. Contrajo involuntariamente los labios y permaneció de pie, helado de espanto.

Las llamadas continuaban con un ritmo somnoliento. Quienquiera que fuese que llamaba, no tenía prisa por entrar. Sabía que tarde o temprano aquella puerta cerrada se abriría, y a él no le importaba esperar. No tenía prisa. Nunca tendría prisa.

Lundy paseó la mirada por la cabina, en silencio. Dirigió una mirada de soslayo a la portilla. Al otro lado de ella vio agua. La negra agua de mar de Venus, clara y negra, como una noche profunda.

La nave se había posado sobre una llanura arenosa. La luz plateada era reflejada por la arena. Era una luz fosforescente, tan brillante como el claro de luna y de un débil tinte verdoso.
Negras aguas marinas. Arenas plateadas. El misterioso visitante seguía llamando a la puerta, despaciosamente. Con paciencia. Uno... dos. Uno... dos. Al compás del corazón de Lundy.

Este pasó a la cabina interior, andando ya con paso firme. Miró cuidadosamente a su alrededor antes de regresar y detenerse ante la esclusa.
–Muy bien Jackie –murmuró–. Espera un minuto. Sólo un minuto, muchacho.

Entonces se volvió para dirigirse rápidamente hacia el armario de babor y sacó de él una botella de litro, que levantó después de sacarla de su soporte antichoque. Tuvo que hacerlo con ambas manos.

Al poco rato bajó la botella y se inmovilizó, sin mirar a ninguna parte, hasta que dejó de temblar. Descolgó a continuación su escafandra espacial del gancho donde estaba pendida y se la puso. Tenía la cara cenicienta e inexpresiva.

Cargó con todas las botellas de oxígeno que podía llevar, junto con raciones de socorro y toda la bencedrina que contenía el botiquín. Mezcló la dosis más fuerte posible de este estimulante con el coñac antes de cerrar el casco. Hizo caso omiso de la pistola hipodérmica, y en lugar de ella tomó las dos pistolas desintegradoras de reglamento... la suya y la de Smith. Entre tanto, los suaves golpecitos no cesaban.

Miró por un momento el cofre vacío y la tela negra caída a su lado. Una expresión cruel asomó a su rostro. Sus facciones se endurecieron, antes de cubrirse de una terrible expresión de paciencia.

El hecho de hallarse bajo la superficie del agua no molestaría en lo más mínimo a un ser del espacio interplanetario. Descolgó de su gancho la red de apretadas mallas metálicas y se la aseguró al cinto. Luego se dirigió resueltamente hacia la escotilla para abrirla.

Las aguas negras irrumpieran en negros remolinos en torno a sus botas lustradas. Luego la escotilla se abrió de par en par y Jackie Smith entró.

Había estado esperando en la esclusa inundada, golpeando con sus botas la escotilla interior, con el lento vaivén del mar. Entró con los pies por delante y el agua que penetraba a presión lo levantó. Con lo que pareció que andaba por su pie y miraba a Lundy al pasar. Era un hombre rubio y corpulento de ojos verdes con vendas blancas que asomaban por su guerrera negra entreabierta, mientras miraba a Lundy. No por mucho tiempo. Solamente por un segundo. Pero fue bastante.

Lundy se contuvo después del tercer grito de terror. Tenía que contenerse, porque sabía que si seguía gritando ya no podría dejar de hacerlo. Las negras aguas ya se habían llevado a Jackie Smith hasta la pared apuesta, cubriendo piadosamente su cara.
–¡Dios mío! –susurró Lundy–. ¡Dios mío...! ¿Qué debió de ver antes de ahogarse?

Nadie le respondió. Las negras aguas empujaban a Lundy, mientras se alzaban a su alrededor, tratando de llevarlo hacia donde estaba Jackie Smith. La boca de Lundy se contrajo en un rictus amargo.

Se mordió el labio inferior con fuerza. Echó a correr torpemente, tratando de vencer la resistencia que le oponía el agua, hasta que por último se detuvo. Entonces empezó a andar, sin mirar hacia atrás, por la compuerta inundada. La escotilla se cerró tras él, automáticamente.

Pisó la compacta arena de un color entre verde y plateado, mientras tragaba la sangre que le llenaba la boca y le ahogaba.

Andaba sin apresurarse. Su caminata por el fondo del océano sería probablemente larguísima. A juzgar por la posición de la nave cuando se hundió, calculaba aproximadamente hacia donde se hallaría la costa... a menos que aquello hubiese influido en su mente, haciéndole ver en las esferas unas cifras que no existían.

Comprobó su nimbo, ajustó la presión que reinaba en el interior de su escafandra, y siguió avanzando por aquel sobrenatural paisaje submarino, que parecía bañado por un fantasmal claro de luna. La marcha no era difícil. Si no encontraba a su paso una profunda fosa oceánica, una escarpadura imposible de franquear, o se convertía en la presa de alguna especie de voraz alga venusiana, conseguiría sobrevivir para presentarse ante su jefe en el cuartel general, y comunicarle que dos hombres habían muerto, la nave se había perdido y la misión que se le había encomendado había terminado en el más estrepitoso fracaso.

Aquel mundo submarino que le rodeaba era bellísimo. Parecía el ensueño que provocan las drogas o el delirio. La fosforescencia se elevaba en las negras aguas, para danzar en temblorosas espirales de fuego frío. Los peces, aquellos extraños seres policromados que parecían minúsculas joyas vivas con ojos de rubí, pasaban como centellas junto a Lundy, como ráfagas de color, o nadaban sobre las grandes extensiones de algas que parecían selvas en miniatura, y que manchaban las negras aguas y el brillo fosforescente de la arena con enormes y ardientes manchas azules, violetas, verdes y plateadas.

También había flores. Una vez, Lundy se acercó demasiado a algunas de ellas. Estas se tendieron hacia él, abriendo unas bocas redondas llenas de espinas, que denotaban una increíble voracidad. Los peces se mantenían a saludable distancia de ellas. Desde entonces, Lundy les imitó.

Apenas hacía media hora que andaba, cuando descubrió la carretera.

Era una carretera perfecta, que avanzaba en línea recta a través de la arena. Presentaba algunas grietas y resquebrajaduras, y algunas de las enormes losas que la formaban estaban alzadas o caídas a un lado, pero en general estaba perfectamente conservada y era evidente que se dirigía a alguna parte.

Lundy la miró mientras un escalofrío recorría su espinazo. Había oído hablar de cosas parecidas. Venus aun era un mundo casi desconocido. Era un planeta joven, bravío, desconcertante, que daría más de una sorpresa a los sesudos hombres de ciencia.

Mas incluso los jóvenes planetas tienen un largo pasado, lleno de leyendas y mitos. Todo el mundo estaba de acuerdo en que gran parte de la superficie de Venus que hoy se hallaba sumergida no lo estuvo en otros tiempos, y viceversa. La bella diosa cambió varias veces de maquillaje antes de adoptar su semblante definitivo.

Ello quería decir que, en épocas remotas, aquella carretera cruzó una llanura bajo un cálido cielo gris perla. Por ella venían probablemente las caravanas de la costa. Aquella carretera debió de ver el tráfico formado por los fardos de especias y seda de araña, junto con las ánforas de vakhi procedentes de los cañaverales de Nahali, y las esclavas de cabellos de plata que venían de las tierras altas donde moraba el Pueblo de las Nubes, avanzando bajo el calor bochornoso, apenas resguardadas por los verdes árboles liha, para terminar vendidas en el mercado.

A la sazón la carretera seguía conduciendo a alguna parte.
Lundy iba en aquella misma dirección. Era probable que la carretera se hubiese desviado un poco antes, la cual explicaba que él la hubiese encontrado. Lundy se pasó la lengua par las labios cubiertos de frío sudor y empezó a seguirla.
Andaba lenta y cuidadosamente, como el que penetra a solas en la nave de un templo vacío.

Siguió la carretera durante largo rato. Las algas formaban una espesura a ambas lados de ella. Parecía atravesar un denso bosque de algas que se perdía en la distancia por ambos lados, hasta allá donde alcanzaba la vista de Lundy. Este se alegró de haber encontrado la carretera, ya que ésta era muy ancha y si se mantenía en el centro las flores no podían llegar hasta él.

La luminosidad disminuyó, debido a las algas que cubrían la arena. Fuera cual fuese la causa de la fosforescencia, aquel apiñamiento de algas la hacía disminuir notablemente, y pronto estuvo tan obscuro que Lundy tuvo que encender el proyector de su casco. A las bordes de su haz luminoso podía ver las frondas de algas moviéndose perezosamente en un lento vaivén, al compás del mar de fondo.

Las flores se habían hecho más bellas y de colores más vivos. Pendían como lámparas en las negras aguas, irradiando una luz que parecía surgir de ellas mismas. Sus colores eran rojos sombríos y amarillos violentos, junto con azules pálidos y desvaídos.
Su vista resultaba inquietante para Lundy.

Las algas cada vez eran más espesas y juntas. Sus raíces asomaban sobre el borde de las losas de piedra. Las flores abrían sus brillantes bocas voraces en dirección a Lundy.
Trataban de alcanzarle, sin conseguirlo. De momento.

Él estaba cansado. El efecto producido por el coñac con bencedrina empezaba a amortiguarse Cambió la botella de oxígeno por otra. Aquello le reanimó pero no mucho. Bebió otra sorbo de la mezcla estimulante, pero tampoco quería abusar de ella para no fatigar a su corazón. Tenía las piernas entumecidas.

No había dormido desde hacía muchas horas. Seguir la pista de Farrell no fue ningún juego de niños, y apoderarse de él –y de aquello– constituyó una verdadera hazaña, arriesgada y peligrosísima. Hay que tener en cuenta que Lundy no era más que un ser humano. Por lo tanto era natural que se hallase cansado. Molido. Deshecho y agotado.

Se sentó para descansar un rato, apagando la lámpara para ahorrar las pilas. Las flores le acechaban, brillando en la obscuridad. Él cerró los ojos pero seguía notando su presencia, como animales de presa, agazapadas a su alrededor.
Después de un par de minutos se levantó para proseguir la marcha.
Las algas se hicieron más espesas y altas. Estaban cargadas de flores.

Tomó más bencedrina, sin pensar en lo que le podría ocurrir al corazón. La luz del casco abría un túnel blanco y frío a través de las tinieblas. Guiado por esta luz, él avanzaba, andando todo lo de prisa que le permitía la densidad del agua. Las frondas de algas se unían y se entretejían a gran altura sobre su cabeza, encerrándole en un inquietante túnel. Las flores pendían sobre él. Sus pétalos casi le rozaban. Eran unas pétalos carnosos, voraces y vivientes.

Echó a correr, sobre los surcos abiertos por las ruedas en la piedra y las desgastadas losas de la carretera que aún llevaba a alguna parte, en el fondo de aquel negro océano.

Lundy corrió torpemente durante largo rato entre la obscuras paredes cada vez más próximas. Las flores casi le tocaban. Una vez se acercaron tanto a él, que le sujetaron nuevamente cuando se escapaba. Empezó a hacer uso de la pistola desintegradora.

De esta manera redujo a cenizas un gran número de algas. Esto no parecía gustarles. Empezaron a balancearse coléricas sobre sus raíces, asestándole golpes desde ambos lados y desde el techo entrelazado que lo cubría. Lundy corría penosamente, sollozando pero sin derramar lágrimas.

Fue la carretera quien le condujo hasta allí. Se cruzo con él de pronto, sin previo aviso. Luego avanzó suavemente bajo el túnel de algas, hasta terminar en una masa caótica de enormes losas y bloques, esparcidos sin orden ni concierto como si el hijo de un gigante se hubiese cansado de jugar con ellos.
Y las algas crecían entre aquellos bloques dispersos.

Lundy tropezó y cayó, dándose de cabeza contra la parte posterior del casco. Por un momento vio una luz cegadora. Luego reinaron las tinieblas y comprendió que se había producido un falso contacto, pues su luz se había apagado.
Se arrastró por encima de un gran bloque inclinado. Las flores brillaban en la obscuridad, muy cerca de él. Demasiado cerca. Lundy abrió la boca, pero sólo salió de ella un ronco gemido animal. Aún empuñaba su pistola. La disparó un par de veces y por último se encontró en lo alto del bloque, tendido de bruces.

Sabía que no podía seguir avanzando. La carretera terminaba allí.

Las brillantes flores descendieron hacia él, surgiendo de las tinieblas. Lundy, tendido sobre la piedra, las observaba con rostro inexpresivo. En sus ojos brillaba un odio terco y concentrado, pero nada más.

Vio como las flores se adherían a su escafandra y empezaban a actuar. Entonces, allá en lo alto, a través del negro túnel de algas, vio brillar la luz.

Brilló de pronto, como un relámpago. Una sábana de oro cálido y brillante que restallaba como un estandarte, iluminando el final de la carretera.

Iluminando también la ciudad y la pequeña procesión que salía de ella.

Lundy no quería dar crédito a sus ojos. Estaba ya medio muerto, con su espíritu flotando libre de su cuerpo y envuelto a medias en negras nubes. Contempló sin curiosidad lo que veía.
La luz áurea es extinguió, para brillar dos veces al final del túnel, cruzando una pequeña llanura, después de la cual se alzaba la ciudad.

Lundy veía sólo una parte de ella, a causa de las algas. Pero parecía ser una gran ciudad. La rodeaba una muralla, de mármol verde veteado de rosa sombrío, y con sus bordes desgastados por siglos de erosión marina. En la muralla se abrían amplias puertas de oro puro, no empañado por el paso de los siglos, y que giraban sobre bisagras igualmente de oro. Por las puertas abiertas se distinguía una gran plaza pavimentada con cuarzo de color gris neblina, y alrededor de la plaza se alzaban unas construcciones que recordaban a Lundy los castillos de la Tierra que había visto en su infancia, bajo las nubes rosadas del atardecer.

Esto es lo que aquel lugar parecía bajo los destellos de luz dorada: un país de cuento de hadas al atardecer. Remoto, de una belleza soñadora, cubierto por las negras aguas, como por un velo... algo indestructible, porque era inexistente.

Los seres que salieron por las puertas doradas y que venían por la carretera parecían diminutos jirones de niebla desgajados por una brisa fría y errante y apartados de la luz.

Se acercaron flotando a Lundy. A pesar de que su avance parecía lento, probablemente no lo era, porque de pronto se hallaron entre las algas. Eran muchos; tal vez cuarenta o cincuenta. No tenían más de un metro o un metro veinte de altura, y todos mostraban el mismo color mortecino, azul grisáceo. Lundy no podía ver qué eran. Su forma era vagamente humana, aunque tenían algo de pez, y algo que no alcanzaba a expresar qué era, a pesar de que intuía su naturaleza.

De pronto, todo aquello dejó de importarle. La sombría cortina negra que cubría su mente se rasgó, y el temor penetró gritando por la hendidura. Notaba como las flores mordían y tiraban de su escafandra como si fuese de su propia piel.
Un frío sudor cubría su cuerpo. Antes de un minuto agujerearían su traje y el agua de mar lo inundaría, y entonces...

Lundy empezó a debatirse desesperadamente. Contrajo los labios pero no gimió ni gritó. Únicamente oía su pesado resollar. Trató de luchar contra las flores, utilizando indistintamente la pistola y la fuerza bruta. Luchaba sin arte ni método. Era la última lucha ciega de un animal que no se resignaba a morir.

Las flores le sujetaban firmemente. Le aplastaban y le oprimían, envolviéndole en mortíferos y encantadores pétalos de colores ardientes. Él consiguió quemar a algunas de ellas, pero cuantas más quemaba más aparecían. Lundy no siguió luchando por mucho tiempo.

Por último permaneció postrado, con las rodillas algo dobladas hacía su rígido estómago atenazado por un nudo, cubierto de sudor y con el corazón latiéndole en desorden. Permanecía helado y tenso... esperando.

Hasta que las flores empezaron a apartarse.

Se apartaban a la fuerza, a regañadientes, retirándose airadas como gatos despojadas de un opíparo ratón, haciendo débiles y rápidos intentos para atacarle nuevamente. Mas terminaban por retirarse. 

Lundy estuvo a punto de desfallecer para siempre. Se sentía al límite extremo de sus fuerzas. Su corazón dejó de palpitar; su cuerpo se contrajo espasmódicamente. Entonces, a través de una niebla formada por su sudor y sus lágrimas, al borde del Más Allá, vio las pequeñas criaturas azul grisáceas inclinándose sobre él para mirarlo.

Se cernían en una nube sobre él, sosteniéndose gracias a sus aleteantes membranas, tan delicadas como el trino de un pájaro en un día de viento. Estas membranas unían sus extremidades superiores e inferiores, las cuales estaban provistas de unas pequeñas aletas natatorias planas en su extremidad. Aquellos miembros estaban dotados de ventosas, situadas en el lugar que hubiera correspondido a los talones si aquellos seres hubiesen tenido pies.

Sus cuerpos eran gráciles y esbeltos, y de aspecto marcadamente femenino, a pesar de que no poseían características humanas muy especiales. Eran unas hermosas criaturas, distintas a todo cuanto Lundy había visto o había soñado.

Tenían caras. Pequeñas caritas de hadas sin nariz. Es decir: tenían una diminuta naricilla redonda, pero los ojos eran su rasgo dominante. 

Eran unas enormes ojos redondos y dorados con pupilas de un pardo obscuro. Unas ojos suaves, curiosos, inquisitivos, que dieron ganas de llorar a Lundy y le asustaron tanto que casi estuvo a punto de enloquecer.

Entretanto, las flores se mantenían a cierta distancia, esperando el momento de volver al ataque. Pero cuando una se acercaba demasiado a Lundy, uno de los pequeños seres le daba un golpecillo cariñoso, como hacemos nosotros con un perro inoportuno, y la ahuyentaba.
–¿Vives?

(CONTINUARA...) 

Octavio, el invasor - Ana María Shua

 Estaba preparado para la violencia aterradora de la luz y el sonido, pero no para la presión, la brutal presión de la atmósfera sumada a la gravedad terrestre, ejerciéndose sobre ese cuerpo tan distinto del suyo, cuyas reacciones no había aprendido todavía a controlar. Un cuerpo desconocido en un mundo desconocido. Ahora, cuando después del dolor y de la angustia del pasaje, esperaba encontrar alguna forma de alivio, todo el horror de la situación se le hacía presente.

Sólo las penosas sensaciones de la transmigración podían compararse a lo que acababa de pasar, pero después de aquella experiencia había tenido unos meses de descanso, casi podría decirse de convalecencia, en una oscuridad cálida adonde los sonidos y la luz llegan muy amortiguados y el líquido en el que flotaba atenuaba la gravedad del planeta. Sintió frío, sintió un malestar profundo, se sintió transportado de un lado a otro, sintió que su cuerpo necesitaba desesperadamente oxígeno, pero ¿cómo y dónde obtenerlo? Un alarido se le escapó de la boca, y supo que algo se expandía en su interior, un ingenioso mecanismo automático que le permitiría utilizar el oxígeno del aire para sobrevivir.

- Varón - dijo la partera -. Un varoncito sano y hermoso, señora.

- ¿Cómo lo va a llamar? - dijo el obstetra.

- Octavio - contestó la mujer, agotada por el esfuerzo y colmada de esa pura felicidad física que sólo puede proporcionar la interrupción brusca del dolor.

Octavio descubrió, como una circunstancia más del horror en el que se encontraba inmerso, que era incapaz de organizar en percepción sus sensaciones: debía haber voces humanas, pero no podía distinguirlas en la masa indiferenciada de sonidos que lo asfixiaba, otra vez se sintió transportado, algo o alguien lo tocaba y movía partes de su cuerpo, la luz lo dañaba. De pronto lo alzaron por el aire para depositarlo sobre algo tibio y blando. 

Dejó de aullar: desde el interior de ese lugar cálido provenía, amortiguado, el ritmo acompasado, tranquilizador, que había oído durante su convaleciente espera. El terror disminuyó. Comenzó a sentirse inexplicablemente seguro, en paz. Allí estaba por fin, formando parte de las avanzadas, en este nuevo intento de invasión que, esta vez, no fracasaría. Tenía el deber de sentirse orgulloso, pero el cansancio luchó contra el orgullo hasta vencerlo: sobre el pecho de la hembra terrestre que creía ser su madre se quedó, por primera vez en este mundo, profundamente dormido.

Despertó un tiempo después. Se sentía más lúcido y comprendía que ninguna preparación previa podría haber sido suficiente para responder coherentemente a las brutales exigencias de ese cuerpo que habitaba y que sólo ahora, a partir del nacimiento, se imponían en toda su crudeza. Era Iógico que la transmigración no se hubiera intentado en especímenes adultos: el brusco cambio de conducta, la repentina torpeza en el manejo de su cuerpo, hubieran sido inmediatamente detectados por el enemigo.

Octavio había aprendido, antes de partir, el idioma que se hablaba en esa zona de la Tierra. O, al menos, sus principales rasgos. Porque recién ahora se daba cuenta de la diferencia entre la adquisición de una lengua en abstracto y su integración con los hechos biológicos y culturales en los que esa lengua se había constituido. 

La palabra «cabeza», por ejemplo, había comenzado a cobrar su verdadero sentido (o, al menos, uno de ellos), cuando la fuerza gigantesca que lo empujara hacia adelante lo había obligado a utilizar esa parte de su cuerpo, que latía aún dolorosamente, como ariete para abrirse paso por un conducto demasiado estrecho.

Recordó que otros como él habían sido destinados a las mismas coordenadas témporoespaciales. Se preguntó si algunos de sus poderes habrían sobrevivido a la transmigración y si serían capaces de utilizarlos. Consiguió enviar algunas débiles ondas telepáticas que obtuvieron respuesta inmediata: eran nueve y estaban allí, muy cerca de él y, como él, llenos de miedo, de dolor y de pena. Sería necesario esperar antes de empezar a organizarse para proseguir con sus planes. Su cuerpo volvió a agitarse y a temblar incontroladamente y Octavio lanzó un largo aullido al que sus compañeros respondieron: así, en ese lugar desconocido y terrible, lloraron juntos la nostalgia del planeta natal.

Dos enfermeras entraron en la nursery.

- Qué cosa - dijo la más joven. - Se larga a llorar uno y parece que los otros se contagian, en seguida se arma el coro.

- Vamos, apurate que hay que bañarlos a todos y llevarlos a las habitaciones - dijo la otra, que consideraba su trabajo monótono y mal pago y estaba harta de oír siempre los mismos comentarios.

Fue la más joven de las enfermeras la que llevó a Octavio, limpio y cambiado, hasta la habitación donde lo esperaba su madre.

- Toc toc, ¡buenos días, mamita! - dijo la enfermera, que era naturalmente simpática y cariñosa y sabía hacer valer sus cualidades a la hora de ganarse la propina.

Aunque sus sensaciones seguían constituyendo una masa informe y caótica, Octavio ya era capaz de reconocer aquéllas que se repetían y supo, entonces, que la mujer lo recibía en sus brazos. Pudo, incluso, desglosar el sonido de su voz de los demás ruidos ambientales. De acuerdo a sus instrucciones, Octavio debía lograr que se lo alimentara artificialmente: era preferible reducir a su mínima expresión el contacto físico con el enemigo.

- Miralo al muy vagoneta, no se quiere prender al pecho.

- Acordate que con Ale al principio pasó lo mismo, hay que tener paciencia. Avisá a la nursery que te lo dejen en la pieza. Si no, te lo llenan de suero glucosado y cuando lo traen ya no tiene hambre - dijo la abuela de Octavio.

En el sanatorio no aprobaban la práctica del rooming-in, que consistía en permitir que los bebés permanecieran con sus madres en lugar de ser remitidos a la nursery después de cada mamada. Hubo un pequeño forcejeo con la jefa de nurses hasta que se comprobó que existía la autorización expresa del pediatra. Octavio no estaba todavía en condiciones de enterarse de estos detalles y sólo supo que lo mantenían ahora muy lejos de sus compañeros, de los que le llegaba a veces, alguna remota vibración.

Cuando la dolorosa sensación que provenía del interior de su cuerpo se hizo intolerable, Octavio comenzó a gritar otra vez. Fue alzado por el aire hasta ese lugar cálido y mullido del que, a pesar de sus instrucciones, odiaba separarse. Y cuando algo le acarició la mejilla, no pudo evitar que su cabeza girara y sus labios se entreabrieran, desesperado, empezó a buscar frenéticamente alivio para la sensación quemante que le desgarraba las entrañas. Antes de darse cuenta de lo que hacía Octavio estaba succionando con avidez el pezón de su «madre». Odiándose a sí mismo, comprendió que toda su voluntad no lograría desprenderlo de la fuente de alivio, el cuerpo mismo de un ser humano. 

Las palabras «dulce» y «tibio» que, aprendidas en relación con los órganos que en su mundo organizaban la experiencia, le habían parecido términos simbólicos, se llenaban ahora de significado concreto. Tratando de persuadirse de que esa pequeña concesión en nada afectaría su misión, Octavio volvió a quedarse dormido.

Unos días después Octavio había logrado, mediante una penosa ejercitación, permanecer despierto algunas horas. Ya podía levantar la cabeza y enfocar durante algunos segundos la mirada, aunque los movimientos de sus apéndices eran todavía totalmente incoordinados. Mamaba regularmente cada tres horas. Reconocía las voces humanas y distinguía las palabras, aunque estaba lejos de haber aprehendido suficientes elementos de la cultura en la que estaba inmerso como para llegar a una comprensión cabal. Esperaba ansiosamente el momento en que sería capaz de una comunicación racional con esa raza inferior a la que debía informar de sus planes de dominio, hacerles sentir su poder. Fue entonces cuando recibió el primer ataque.

Lo esperaba. Ya había intentado comunicarse telepáticamente con él, sin obtener respuesta. Aparentemente el traidor había perdido parte de sus poderes o se negaba a utilizarlos. Como una descarga eléctrica, había sentido el contacto con esa masa roja de odio en movimiento. Lo llamaban Ale y también Alejandro, chiquito, nene, tesoro. Había formado parte de una de las tantas invasiones que fracasaron, hacía ya dos años, perdiéndose todo contacto con los que intervinieron en ella. Ale era un traidor a su mundo y a su causa: era lógico prever que trataría de librarse de él por cualquier medio.

Mientras la mujer estaba en el baño, Ale se apoyó en el moisés con toda la fuerza de su cuerpecito hasta volcarlo. Octavio fue despedido por el aire y golpeó con fuerza contra el piso, aullando de dolor. La mujer corrió hacia la habitación, gritando. Ale miraba espantado los magros resultados de su acción, que podía tener, en cambio, terribles consecuencias para su propia persona. 

Sin hacer caso dé él, la mujer alzó a Octavio y lo apretó suavemente contra su pecho, canturreando para calmarlo. Avergonzándose de sí mismo, Octavio respiró el olor de la mujer y lloró y lloró hasta lograr que le pusieran el pezón en la boca. Aunque no tenía hambre, mamó con ganas mientras el dolor desaparecía poco a poco. Para no volverse loco, Octavio trató de pensar en el momento en el que por fin llegaría a dominar la palabra, la palabra liberadora, el lenguaje que, fingiendo comunicarlo, serviría en cambio para establecer la necesaria distancia entre su cuerpo y ese otro en cuyo calor se complacía.

Frustrado en su intento de agresión directa y estrechamente vigilado por la mujer, el traidor tuvo que contentarse con expresar su hostilidad en forma más disimulada, con besos que se transformaban en mordiscos y caricias en las que se hacían sentir las uñas. Sus abrazos le produjeron en dos oportunidades un principio de asfixia. La segunda vez volvió a rescatarlo la intervención de la mujer: Alejandro se había acostado sobre él y con su pecho le aplastaba la boca y la nariz, impidiendo el paso del aire.

De algún modo, Octavio logró sobrevivir. Había aprendido mucho. Cuando entendió que se esperaba de él una respuesta a ciertos gestos, empezó a devolver las sonrisas, estirando la boca en una mueca vacía que los humanos festejaban como si estuviera colmada de sentido. La mujer lo sacaba a pasear en el cochecito y él levantaba la cabeza todo lo posible, apoyándose en los antebrazos, para observar el movimiento de las calles. Algo en su mirada debía llamar la atención, porque la gente se detenía para mirarlo y hacer comentarios.

- ¡Qué divino! - decían casi todos, y la palabra «divino», que hacía referencia a una fuerza desconocida y suprema, te parecía a Octavio peligrosamente reveladora: tal vez se estuviera descuidando en la ocultación de sus poderes.

- ¡Qué divino! - Insistía la gente.

- ¡Cómo levanta la cabecita! - Y cuando Octavio sonreía, añadían complacidos. - ¡Éste sí que no tiene problemas! - Octavio conocía ya las costumbres de la casa y la repetición de ciertos hábitos le daba una sensación de seguridad. Los ruidos violentos, en cambio, volvían a sumirlo en un terror descontrolado, retrotrayéndolo al dolor de la transmigración. 

Relegando sus intenciones ascéticas, Octavio no temía ya a entregarse a los placeres animales que le proponía su nuevo cuerpo. Le gustaba que lo introdujeran en agua tibia, que lo cambiaran, dejando al aire las zonas de su piel escaldadas por la orina, le gustaba mas que nada el contacto con la piel de la mujer. Poco a poco se hacía dueño de sus movimientos. Pero a pesar de sus esfuerzos por mantenerla viva, la feroz energía destructiva con la que había llegado a este mundo iba atenuándose junto con los recuerdos del planeta de origen.

Octavio se preguntaba si subsistían en toda su fuerza los poderes con que debía iniciar la conquista y que todavía no había llegado el momento de probar. Ale, era evidente, ya no los tenía: desde allí, y a causa de su traición, debían haberlo despojado de ellos. En varias oportunidades se encontró por la calle con otros invasores y se alegró de comprobar que aún eran capaces de responder a sus ondas telepáticas. No siempre, sin embargo, obtenía contestación, y una tarde de sol se encontró con un bebé de mayor tamaño, de sexo femenino, que rechazó con fuerza su aproximación mental.

En la casa había también un hombre, pero afortunadamente Octavio no se sentía físicamente atraído hacia él, como le sucedía con la mujer. El hombre permanecía menos tiempo en la casa y aunque lo sostenía frecuentemente en sus brazos, Octavio percibía un halo de hostilidad que emanaba de él y que por momentos se le hacía intolerable. Entonces lloraba con fuerza hasta que la mujer iba a buscarlo, enojada.

- ¡Cómo puede ser que a esta altura todavía no sepas tener a un bebe en brazos!

Un día, cuándo Octavio ya había logrado darse vuelta boca arriba a voluntad y asir algunos objetos con las manos torpemente, él y el hombre quedaron solos en la casa por primera vez, el hombre quiso cambiarlo, y Octavio consiguió emitir en el momento preciso un chorro de orina que mojó la cara de su padre.

El hombre trabajaba en una especie de depósito donde se almacenaban en grandes cantidades los papeles que los humanos utilizaban como medio de intercambio. Octavio comprobó que estos papeles eran también motivo de discusión entre el hombre y la mujer y, sin saber muy bien de qué se trataba, tomó el partido de ella. 

Ya había decidido que, cuando se completaran los Planes de invasión, la mujer, que tanto y tan estrechamente había colaborado con el invasor, merecería gozar de algún tipo de privilegio. No habría, en cambio, perdón para los traidores. A Octavio comenzaba a molestarle que la mujer alzara en brazos o alimentara a Alejandro y hubiera querido prevenirla contra él: un traidor es siempre peligroso, aún para el enemigo que lo ha aceptado entre sus huestes.

El pediatra estaba muy satisfecho con los progresos de Octavio, que había engordado y crecido razonablemente y ya podía permanecer unos segundos sentado sin apoyo.

- ¿Viste qué mirada tiene? A veces me parece que entiende todo - decía la mujer, que tenía mucha confianza con el médico y lo tuteaba.

- Estos bichos entienden más de lo que uno se imagina - contestaba el doctor, riendo. Y Octavio devolvía una sonrisa que ya no era sólo una mueca vacía.

Mamá destetó a Octavio a los siete meses y medio. Aunque ya tenía dos dientes y podía mascullar unas pocas sílabas sin sentido para los demás, Octavio seguía usando cada vez con más oportunidad y precisión su recurso preferido: el llanto. El destete no fue fácil porque el bebé parecía rechazar la comida sólida y no mostraba entusiasmo por el biberón. 

Octavio sabía que debía sentirse satisfecho de que un objeto de metal cargado de comida o una tetina de goma se interpusieran entre su cuerpo y el de la mujer, pero no encontraba en su interior ninguna fuente de alegría. Ahora podía permanecer mucho tiempo sentado y arrastrarse por el piso: pronto llegaría el gran momento en que lograría pronunciar su primera palabra, y se contentaba con soñar en el brusco viraje que se produciría entonces en sus relaciones con los humanos. Sin embargo, sus planes se le aparecían confusos, lejanos, y a veces su vida anterior le resultaba tan difícil de recordar como un sueño.

Aunque la presencia de la mujer no le era ahora imprescindible, ya que su alimentación no dependía de ella, su ausencia se le hacía cada vez más intolerable. Verla desaparecer detrás de una puerta sin saber cuándo volvería, le provocaba un dolor casi físico que se expresaba en gritos agudos. A veces ella jugaba a las escondidas, tapándose la cara con un trapo y gritando, absurdamente: «¡No tá mamá, no tá!». Se destapaba después y volvía a gritar: «¡Acá tá mamá!». Octavio disimulaba con risas la angustia que le provocaba la desaparición de ese rostro que sabía, embargo, tan próximo.

Inesperadamente, al mismo tiempo que adquiría mayor dominio sobre su cuerpo, Octavio comenzó a padecer una secuela psíquica del Gran Viaje: los rostros humanos desconocidos lo asustaban. Trató de racionalizar su terror diciéndose que cada persona nueva que veía podía ser un enemigo al tanto de sus planes. 

Ese temor a los desconocidos produjo un cambio en sus relaciones con su familia terrestre. Ya no sentía la vieja y tranquilizadora mezcla de odio y desprecio por el Traidor, que a su vez parecía percibir la diferencia y lo besaba o lo acariciaba a veces sin utilizar sus muestras de cariño para un ataque. Octavio no quería confesarse hasta qué punto lo comprendía ahora, qué próximo se sentía a él. Cuando la mujer, que había empezado a trabajar fuera de la casa, salía por algunas horas dejándolos al cuidado de otra persona, Ale y Octavio se sentían extrañamente solidarios en su pena. 

Octavio había llegado al extremo de aceptar con placer que el hombre lo tuviera en sus brazos, pronunciando extraños sonidos que no pertenecían a ningún idioma terrestre, como si buscara algún lenguaje que pudiera aproximarlos.

Y por fin, llegó la palabra. La primera palabra, la utilizó con éxito para llamar a su lado a la mujer que estaba en la cocina, Octavio había dicho «Mamá» y ya era para entonces completamente humano, una vez más, la milenaria, la infinita invasión, había fracasado.