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Terror en el espacio (Capítulo 3) - Leigh Brackett

Capítulo 3   A Lundy no le sorprendió oír aquella voz telepática. La comunicación mental abundaba más que la oral y era mucho más sencilla que ésta, en muchos lugares de los mundos habitados. La Policía Espacial daba lecciones de telepatía a sus hombres. –Sí, vivo gracias a vosotras. Había algo en la cualidad de aquel cerebro que sondeó que lo desconcertaba. Era distinto de todo cuanto había conocido. Se puso en pie, no muy firme. –Habéis llegado a tiempo. ¿Cómo supisteis que estaba aquí? –Nos llegaron tus pensamientos de temor. Sabemos lo que es tener miedo. Entonces, vinimos. –No os puedo decir otra cosa sino «gracias». –Nos alegramos mucho de haberte salvado. ¿Por qué no había de ser así? Por ello, no es necesario que nos des las gracias. Lundy miró las flores que brillaban con apagado resplandor en las tinieblas. –¿Cómo conseguís que os obedezcan? ¿Por qué no os...? –¡Ellas no son caníbales! No son como... las otras. Este último pensamiento expresaba un terror cerval. –C...

Terror en el espacio (Capítulo 2) - Leigh Brackett

Capítulo 2 La primera sensación que tuvo Lundy fue la de silencio e inmovilidad. Una sensación mortal, como si todos los seres creados hubiesen dejado de respirar. Lo segunda que notó fue la presencia de su cuerpo. Le dolía espantosamente, tenía calor y además le repugnaba el aire espeso y viciado que respiraba. Lundy se sentó penosamente y trató de hacer funcionar su cerebro. Esto era muy difícil, porque alguien le había abierto la cabeza con cuatro hachazos. No era del todo obscuro en la cabina. Una temblorosa claridad plateada semejante al claro de luna penetraba por las portillas. Lundy podía ver bastante bien. Distinguió el cuerpo de Farrell exánime sobre el suelo, y un conjunto de cables y hierros retorcidos, que habían sido los mandos. Vio también el cofre. Lo miró larga rato, aunque no había mucho que ver. No era más que un cofre abierto y vacío, junto al que había un pedazo de tela negra. –¡Dios mío! –susurró Lundy–. ¡Oh, Dios mío! Entonces lo comprendió todo de...

Octavio, el invasor - Ana María Shua

  Estaba preparado para la violencia aterradora de la luz y el sonido, pero no para la presión, la brutal presión de la atmósfera sumada a la gravedad terrestre, ejerciéndose sobre ese cuerpo tan distinto del suyo, cuyas reacciones no había aprendido todavía a controlar. Un cuerpo desconocido en un mundo desconocido. Ahora, cuando después del dolor y de la angustia del pasaje, esperaba encontrar alguna forma de alivio, todo el horror de la situación se le hacía presente. Sólo las penosas sensaciones de la transmigración podían compararse a lo que acababa de pasar, pero después de aquella experiencia había tenido unos meses de descanso, casi podría decirse de convalecencia, en una oscuridad cálida adonde los sonidos y la luz llegan muy amortiguados y el líquido en el que flotaba atenuaba la gravedad del planeta. Sintió frío, sintió un malestar profundo, se sintió transportado de un lado a otro, sintió que su cuerpo necesitaba desesperadamente oxígeno, pero ¿cómo y dónde obtenerlo?...