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El misterioso señor Brown - Agatha Christie

Capítulo XXV

La historia de Jane Finn

 
Sin soltar el brazo de Jane, Tuppence llegó jadeante a la estación y su oído captó el rumor del tren que se aproximaba.

—Deprisa o lo perderemos.

Salieron al andén en el preciso momento en que se detenía. Tuppence abrió la puerta de un compartimiento de primera clase que estaba vacío y las dos muchachas se dejaron caer sobre los mullidos asientos, extenuadas y sin aliento.

Un hombre asomó la cabeza y luego pasó al coche siguiente. Jane se sobresaltó y sus pupilas se dilataron por el terror cuando miró a Tuppence inquisitivamente.

—¿Crees que será uno de ellos?

Tuppence meneó la cabeza.

—No, no. No te preocupes. —Cogió la mano de Jane—. Tommy no nos hubiera obligado a hacer esto si no estuviera seguro de que saldría bien.

—¡Pero él no los conoce tan bien como yo! —La joven se estremeció—. Tú no puedes comprenderlo. ¡Cinco años! ¡Cinco largos años! Algunas veces creí que iba a volverme loca.

—No pienses en eso. Ahora ya ha pasado todo.

—¿Tú crees?

El tren comenzaba a moverse; poco a poco adquirió velocidad. De pronto Jane se sobresaltó.

—¿Qué ha sido eso? Me ha parecido ver una cara que miraba por aquella ventanilla.

—No, no hay nadie. Mira. —Tuppence fue hasta la ventanilla y bajó el cristal.

—¿Estás segura?

—Segurísima.

Jane se vio obligada a dar una explicación.

—Creo que me estoy comportando como una tonta, pero no puedo evitarlo. Si me cogieran ahora… —Sus ojos se abrieron desmesuradamente.

—¡No! —suplicó Tuppence—. Acuéstate y no pienses. Puedes tener la seguridad de que Tommy no nos hubiera dicho que estaríamos a salvo si no fuera verdad.

—Mi primo no opinaba lo mismo. Él no quería que viniéramos.

—Es verdad —repuso Tuppence un poco turbada.

—¿En qué estás pensando? —preguntó Jane.

—¿Por qué?

—¡Tu voz ha sonado tan extraña!

—Sí, pensaba en algo —confesó Tuppence—. Pero no quiero decírtelo ahora. Quizá esté equivocada, aunque no lo creo. Es una idea que se me metió en la cabeza hace mucho tiempo. A Tommy le ha ocurrido lo mismo. Estoy casi segura. Pero no te preocupes, ya habrá tiempo para eso después. ¡O tal vez no lo haya en absoluto! De modo que haz lo que te digo: acuéstate ahora y no pienses en nada.

—Lo intentaré —dijo. Cerró los ojos.

Tuppence, por su parte, continuó sentada en actitud parecida a la de un terrier en guardia. A pesar suyo estaba nerviosa y sus ojos iban continuamente de una ventanilla a otra. Le hubiera sido difícil decir lo que temía; sin embargo, en su interior estaba muy lejos de sentir la confianza que puso en sus palabras. No es que desconfiara de Tommy, pero de vez en cuando le asaltaba la duda de que alguien tan sencillo y bueno como él fuera capaz de desenmascarar al criminal más malvado de aquellos tiempos.

En cuanto se reunieran con sir James todo iría bien. Pero ¿conseguirían llegar? ¿No se estarían organizando las silenciosas fuerzas del señor Brown contra ellas? Incluso el hecho de ver a Tommy revólver en mano la desalentaba. Tal vez ahora estuviese ya en manos de sus enemigos. Tuppence trazó un plan de campaña.

Cuando el tren se detuvo al fin en Charing Cross, Jane se incorporó, sobresaltada.

—¿Hemos llegado? ¡No creí que lo consiguiéramos!

—Oh, hasta aquí era de esperar que no ocurriera nada. Si tiene que haber problemas, empezarán ahora. Bajemos deprisa, tomaremos un taxi en cuanto podamos.

Al minuto siguiente cruzaban la salida y subían a un taxi.

—King’s Cross —ordenó Tuppence y acto seguido pegó un respingo. Un hombre había mirado por la ventanilla en el momento en que el coche se ponía en marcha y estaba casi segura de que era el mismo que ocupó el compartimiento contiguo al suyo. Tuvo la horrible sensación de que el cerco se estrechaba por todos lados.

—¿Comprendes? —le explicó a Jane—. Si creen que vamos a ver a sir James, esto les despistará. Ahora creerán que vamos a casa del señor Carter, que vive en las afueras, al norte de Londres.

En Holborn había un atasco y el taxi tuvo que detenerse. Aquello era lo que Tuppence había estado esperando.

—Deprisa —susurró—. ¡Abre la portezuela de la derecha!

Las dos jóvenes se apearon y se confundieron entre el tránsito y poco después se hallaban en otro taxi en dirección contraria, esta vez para ir directamente a Carlton House Terrace.

—Vaya —dijo Tuppence con gran satisfacción—, esto les despistará. ¡Tengo que reconocer que soy bastante inteligente! ¡Cómo se enfadará el otro taxista! Pero he tomado su número y mañana le enviaré un giro postal para que no pierda nada, si es que era realmente un taxista. ¿Qué es eso? ¡Oh!

Hubo un gran ruido y una terrible sacudida. Habían chocado con otro taxi.

Como un relámpago, Tuppence saltó a la acera. Se aproximaba un policía, pero antes de que llegara, Tuppence había entregado cinco chelines al taxista y se perdía entre la multitud en compañía de Jane.

—Estamos solo a unos cuantos pasos —dijo Tuppence sin aliento. El accidente se había producido en Trafalgar Square.

—¿Tú crees que hemos chocado por casualidad o fue deliberado?

—No lo sé. Puede ser cualquiera de las dos cosas.

Las dos muchachas corrieron velozmente cogidas de la mano.

—Puede que sean imaginaciones mías —dijo Tuppence de pronto—, pero tengo la desagradable sensación de que alguien nos sigue.

—¡Corre! —murmuró Jane—. ¡Oh, corre!

Estaba llegando a la esquina de Carlton House Terrace y sus temores se disiparon. De pronto un hombre alto y al parecer beodo les bloqueó el paso.

—Buenas noches, señoritas —dijo entre hipos—. ¿Adónde van tan deprisa?

—Déjenos pasar, por favor —dijo Tuppence en tono imperioso.

—Solo quiero intercambiar unas palabras con su hermosa amiguita.

Alargó un brazo inseguro y asió a Jane de un hombro. Tuppence escuchó unos pasos a sus espaldas y no se entretuvo a averiguar si se trataba de sus amigos o de los de él. Bajando la cabeza puso en práctica un truco de sus días escolares y golpeó con ella al agresor en pleno estómago. 

El hombre cayó sentado bruscamente sobre la acera y las dos aprovecharon aquella oportunidad para poner pies en polvorosa. La casa que buscaban estaba un poco más abajo. Otros pasos resonaron tras ellas y apenas podían respirar cuando llegaron a la puerta de sir James. Tuppence pulsó el timbre y Jane golpeó el picaporte.

El hombre que las había detenido llegaba en aquel momento al pie de la escalinata. Estuvo dudando unos instantes y en ese instante se abrió la puerta. Las dos se precipitaron al mismo tiempo dentro del recibidor. Sir James salió de la biblioteca.

—¡Hola! ¿Qué es esto?

Se adelantó para sostener a Jane, que parecía a punto de desmayarse. La llevaron a la biblioteca y la tendieron sobre el sofá de cuero. Sirvió un poco de coñac en un vaso y la obligó a beber. Jane se sentó, todavía con los ojos muy abiertos por el miedo.

—Todo está bien. No tiene por qué temer, pequeña. Ahora está a salvo.

Su respiración se hizo más acompasada y el color volvió a sus mejillas. Sir James miraba a Tuppence fijamente.

—De modo que no ha muerto, señorita Tuppence. ¡Está tan viva como su amigo Tommy!

—Los Jóvenes Aventureros no se dejan matar así como así.

—Eso parece —manifestó sir James secamente—. Estoy en lo cierto al pensar que su aventura ha terminado con éxito y que esta señorita es… —se volvió hacia la muchacha sentada en el sofá—… ¿la señorita Jane Finn?

—Sí. Yo soy Jane Finn. Y tengo muchas cosas que contarle.

—Cuando se sienta con fuerzas.

Jane se sentó en una de las enormes butacas y comenzó su historia:

—Me embarqué en el Lusitania, pues iba a incorporarme a mi nuevo empleo en París. Me preocupaba muchísimo la guerra y me moría de ganas de ayudar de alguna manera. Había estudiado francés y mi profesora me dijo que necesitaban ayuda en un hospital de París, de modo que escribí ofreciendo mis servicios y me aceptaron. No tenía ningún pariente, así que me fue fácil arreglarlo todo.

»Cuando el Lusitania fue torpedeado, un hombre se acercó a mí. Había reparado en él en más de una ocasión y siempre me dio la sensación de tener miedo de algo o de alguien. Me preguntó si era norteamericana y patriota, y me dijo que era portador de unos papeles que eran cuestión de vida o muerte para los aliados. Me pidió que me hiciera cargo de ellos. Yo debía esperar que apareciera un anuncio en The Times y, si no aparecía, entregarlos al embajador norteamericano.

»Lo que pasó después todavía me parece una pesadilla. Algunas veces vuelvo a verlo en sueños. Lo contaré muy por encima. Danvers me dijo que estuviera alerta, que posiblemente lo habían seguido desde Nueva York, aunque no estaba seguro. Al principio no tenía sospechas, pero una vez en el bote salvavidas camino de Holyhead empecé a sentirme intranquila. 

»Había una mujer que se ocupaba mucho de mí y siempre hablaba conmigo. Una tal señora Vandemeyer. Al principio le estaba agradecida por sus atenciones; no obstante, había algo en ella que me desagradaba y en el barco irlandés que nos recogió la vi hablando con un hombre de extraño aspecto y, por el modo de mirarme, comprendí que hablaban de mí. 

»Recordé que ella estaba cerca cuando Danvers me entregó el envoltorio impermeable en el Lusitania y que, antes de eso, había tratado de hablar con él un par de veces. Empecé a asustarme, pero no sabía qué hacer.

»Me asaltó la idea de detenerme en Holyhead y no continuar hasta Londres aquel día, pero no tardé en comprender que era una gran estupidez. Lo único que cabía hacer era comportarme como si no sospechara nada y esperar acontecimientos. Tomé una sola precaución: abrí el envoltorio impermeable y sustituí el documento por un papel en blanco. De modo que si alguien me lo robaba no importase.

»Lo que me preocupó en extremo era dónde esconder el auténtico. Al fin lo desdoblé, constaba solo de dos folios, y los introduje entre las páginas de una revista. Pegué los bordes con la goma de un sobre y la llevé siempre en el bolsillo de mi chaqueta.

»En Holyhead traté de ocupar un compartimiento entre personas de aspecto normal. Pero siempre me encontraba con gente que me empujaba en dirección contraria a la que yo quería ir. Era algo aterrador. Al fin me vi en el vagón en que iba la señora Vandemeyer. Salí al pasillo, pero los demás compartimientos estaban llenos y tuve que volver a mi sitio. 
 
»Me consolé pensando que había otras personas: un hombre de aspecto agradable y su esposa iban sentados delante de nosotros. Recliné la cabeza y cerré los ojos. Imagino que me creyeron dormida, pero mis ojos no estaban cerrados del todo y de pronto vi que el hombre de aspecto agradable sacaba algo de su maleta y se lo entregaba a la señora Vandemeyer al tiempo que le guiñaba un ojo…

»No puedo explicarles lo que pasó por mi mente. Mi único pensamiento era salir al pasillo tan pronto me fuera posible. Me levanté tratando de parecer natural y tranquila. Tal vez notaron algo, no estoy segura, pero de pronto la señora Vandemeyer dijo: “Ahora”, y algo cubrió mi nariz y boca cuando quise gritar. En aquel mismo instante sentí un golpe terrible en la parte de atrás de la cabeza.

Se estremeció y sir James le dirigió unas palabras de consuelo. Luego Jane continuó:

—Ignoro cuánto tiempo tardé en recobrar el conocimiento. Me sentía muy mareada y enferma. Estaba tendida en una cama sucia tras un biombo y oí a dos personas que hablaban. La señora Vandemeyer era una de ellas. Luego empecé a comprender de qué se trataba y me horroricé. Aún no sé cómo logré contenerme y no gritar.

»Habían encontrado los papeles: el envoltorio impermeable con las dos hojas en blanco. ¡Estaban furiosos! No sabían si yo había cambiado los papeles o si Danvers era portador de un señuelo para despistar, mientras el verdadero mensaje era enviado por otro conducto. Hablaron de… —cerró los ojos—… ¡torturarme hasta que lo averiguaran!

»Hasta entonces no había conocido aquel miedo aterrador. Una vez se acercaron a mirarme. Yo cerré los ojos simulando seguir sin conocimiento, pero temía que oyeran los latidos de mi corazón. Sin embargo, volvieron a marcharse. Empecé a pensar y pensar. ¿Qué podía hacer? Sabía que era incapaz de soportar cualquier tipo de tormento.

»De pronto, algo me hizo pensar en la pérdida de memoria. Era un tema que siempre me había interesado y había leído muchísimo sobre él y lo dominaba. Si conseguía ponerlo en práctica con éxito tal vez lograra salvarme. Recé y luego, abriendo los ojos, comencé a balbucear en francés.

»La señora Vandemeyer dio vuelta al biombo en el acto. Su rostro tenía una expresión tan perversa que casi me muero, pero le sonreí, preguntándole en francés dónde me encontraba.

»Comprendí que estaba desconcertada y llamó al hombre con el que había estado hablando. Este permaneció junto al biombo con el rostro en la penumbra y empezó a hablarme en francés. Su voz era vulgar y tranquila; sin embargo, sin saber por qué, me asustó aún más que ella. Me daba la impresión de que podía leer en mi interior, pero continué con mi farsa. 
 
»Volví a preguntar dónde me encontraba y luego dije que debía recordar algo… algo… pero que de momento no me acordaba de nada. Procuré mostrarme cada vez más preocupada. Me preguntó cómo me llamaba. Yo dije que no lo sabía, que no conseguía recordar nada.

»De pronto me cogió una mano y empezó a retorcerme el brazo. Me hacía mucho daño y grité. Continuó retorciéndomelo y yo grité y grité, pero procurando lanzar exclamaciones en francés. Ignoro cuánto tiempo hubiera continuado así, pero por suerte me desmayé. Lo último que oí fue una voz que decía: “¡No finge! Una chica de su edad no sabe tanto francés si no es francesa”. Me figuro que olvidaron que las muchachas norteamericanas son más adultas que las inglesas, aunque tengan la misma edad, y se interesan más por los temas científicos.

»Cuando recobré el conocimiento, la señora Vandemeyer se mostró dulce como la miel. Me figuré que había recibido órdenes. Me habló en francés diciéndome que había sufrido una conmoción y que había estado muy enferma, pero que no tardaría en recuperarme. Fingí estar bastante aturdida y que el “doctor” me había hecho daño en la muñeca. Ella pareció aliviada al oírlo.

»Luego se marchó de la habitación. Yo seguía atenta y no me moví durante algún tiempo. No obstante, al fin me levanté y examiné la estancia. Pensé que, aunque me estuvieran observando, parecería natural, dadas las circunstancias. Era un lugar sucio y destartalado. No tenía ventanas, cosa que me llamó la atención. Imaginé que la puerta estaría cerrada, pero no lo comprobé. En las paredes había algunos cuadros descoloridos representando escenas de Fausto.

Los dos oyentes de Jane lanzaron un «¡Ah!» al unísono y la joven asintió.

—Sí, estaba en la casa del Soho donde encerraron al señor Beresford. Claro que entonces ni siquiera sabía que estaba en Londres. Una cosa me preocupaba, pero mi corazón saltó de gozo al ver mi chaquetón sobre el respaldo de una silla. ¡La revista sigue estando en el bolsillo!

»¡Si pudiera estar segura de que no me observaban! Revisé las paredes con suma atención. No parecía haber ninguna mirilla. Sin embargo, estaba segura de que debía haberla. De pronto, me senté sobre la mesa y, escondiendo el rostro entre las manos, comencé a sollozar, exclamando: ¡Mon Dieu! ¡Mon Dieu! Tengo un oído muy fino y alcancé a oír el rumor de una falda y un crujido ligero. Eso fue suficiente para mí. ¡Me vigilaban!

»Volví a tenderme en la cama y, al cabo de un rato, la señora Vandemeyer me trajo algo para comer. Seguía mostrándose muy amable. Supongo que sus instrucciones eran que se ganara mi confianza. De pronto y sin dejar de observarme un instante, me enseñó un envoltorio impermeable preguntándome si lo reconocía.

»Lo cogí entre mis manos y estuve mirándolo con aire intrigado. Luego meneé la cabeza. Sin embargo, dije que tenía la vaga impresión de recordar algo relacionado con él, pero que cuando iba a acudir a mi memoria volvía a alejarse. Entonces me dijo que yo era su sobrina y que la llamara tía Rita. Obedecí y agregó que no me preocupara, que no tardaría en recobrar la memoria.

»Fue una noche terrible. Tracé un plan antes de que volvieran. Los papeles habían estado seguros hasta entonces, pero dejarlos ahí por más tiempo representaba un gran riesgo. Podían tirar la revista en cualquier momento. Permanecí despierta hasta lo que yo calculé que debían ser las dos de la mañana. 

»Entonces me levanté sin hacer ruido y fui palpando la pared hasta dar con uno de los cuadros, que descolgué: el de Margarita con su joyero. Saqué la revista de mi chaquetón y un par de sobres que había puesto en ella. Entonces fui hasta el lavabo y humedecí el papel marrón de la parte posterior del cuadro, hasta que logré separarlo. Previamente había arrancado las dos páginas de la revista con las dos preciosas hojas del documento y las deslicé entre el lienzo y el papel marrón. Con un poco de goma de los sobres conseguí pegarlo de nuevo. Nadie sospecharía. Volví a colgarlo en la pared, puse la revista de nuevo en el chaquetón y volví a acostarme. Estaba satisfecha del escondite. Nunca se les ocurriría mirar en sus propios cuadros. Esperaba que llegasen a la conclusión de que Danvers llevaba consigo un documento falso y que al fin me dejarían en libertad.

»A decir verdad, creo que esto debieron pensar al principio y, en cierto modo, entrañaba un serio peligro para mí. En realidad, nunca hubo muchas posibilidades de que me dejaran libre. Después supe que estuvieron a punto de deshacerse de mí, pero el primer hombre, que era el jefe, prefirió mantenerme con vida por si acaso los hubiera escondido y pudiera decirles dónde estaban cuando recobrase la memoria. 

»Durante semanas me vigilaron a sol y a sombra. Algunas veces me interrogaban. Supongo que no ignoraban nada acerca del tercer grado, pero conseguí no traicionarme. Aunque aquella tensión fue terrible.

»Volvieron a llevarme a Irlanda y vigilaron todos mis pasos por si había escondido algo en route. La señora Vandemeyer y otra mujer no me dejaron ni un momento. Decían que era pariente de la señora Vandemeyer y que había perdido la memoria debido al hundimiento del Lusitania. 

»No tenía nadie a quien acudir sin que me descubrieran y si me arriesgaba y fracasaba, la señora Vandemeyer iba tan bien vestida y era tan hermosa que estaba segura de que todos habrían de creerle a ella cuando les dijera que yo sufría manía persecutoria. Comprendí que los horrores de mi aislamiento serían mucho más terribles si llegasen a enterarse de que había estado fingiendo.

Sir James asintió comprensivamente.

—La señora Vandemeyer era una mujer de gran personalidad. Por su posición social le habría resultado fácil que la creyeran. Las acusaciones contra ella no se hubieran tenido en cuenta, por más sensacionales que fueran.

—Eso es lo que pensé. Terminaron por enviarme a un sanatorio en Bournemouth. Al principio no sabía si era falso o auténtico. Una enfermera se encargó de mí. Yo era una enferma especial. Me pareció tan simpática y normal que al fin decidí confiar en ella. La Providencia me salvó a tiempo de caer en aquella trampa. Por casualidad mi puerta estaba entreabierta y la oí hablar con alguien en el pasillo. ¡Era una de ellos! Aún imaginaban que pudiera estar fingiendo y era la persona encargada de asegurarse. Después de esto ya no me atreví a confiar en nadie.

»Creo que casi me hipnoticé yo misma. Al cabo de un tiempo, apenas recordaba que era Jane Finn. Estaba tan acostumbrada a representar el papel de Janet Vandemeyer que mis nervios empezaron a fallarme. Estuve enferma de verdad varios meses y caí en una especie de atontamiento. 
 
»Tenía el convencimiento de que iba a morir pronto y nada me importaba ya. Dicen que una persona cuerda puede llegar a perder la razón encerrada en un manicomio. Creo que eso es lo que me sucedió. Representar aquel papel se había convertido para mí en una segunda naturaleza. Al final, ni siquiera me sentía desgraciada, solo práctica. Todo me daba igual y los años fueron transcurriendo.

»De repente, las cosas cambiaron. La señora Vandemeyer regresó a Londres. Ella y el médico me estuvieron haciendo preguntas y probaron diversos tratamientos. Se habló de enviarme a un especialista de París. Al final, no se arriesgaron. Oí algo que parecía demostrar que otras personas amigas me buscaban. Más tarde supe que la enfermera que me cuidaba había ido a París para consultar al especialista simulando ser yo. 
 
»La sometió a algunas pruebas que demostraron que su pérdida de memoria era fingida, pero había tomado nota de sus métodos y me sometieron a ellos. Confieso que no hubiera logrado engañar a un especialista dedicado a estudiar casos semejantes. Pero me las arreglé para salir airosa de sus artimañas. El hecho de que ya no pensara como Jane Finn me ayudó mucho.

»Una noche, sin previo aviso, me llevaron a Londres y me devolvieron a la casa del Soho. Una vez fuera del sanatorio me empecé a sentir distinta, como si en mí hubiera habido algo enterrado durante mucho tiempo que empezaba a despertar de nuevo.

»Me ordenaron atender al señor Beresford. Claro que entonces desconocía su nombre. Tuve miedo. Pensé que era otra trampa, pero tenía una cara tan simpática que me resistía a creerlo. Sin embargo, tuve gran cuidado con mis palabras porque podían oírnos. Hay un agujero pequeño en lo alto de la pared.

»El domingo por la noche llegó un mensaje a la casa; todos parecieron preocupados y sin que se dieran cuenta les estuve escuchando. Habían recibido la orden de matarme. No es preciso que les cuente lo que siguió, porque ya lo saben. Creí que tendría tiempo de subir para sacar los papeles de su escondite, pero me atraparon y, en ese momento, se me ocurrió gritar que el prisionero se escapaba y que yo deseaba volver con Marguerite. Grité el nombre tres veces, con todas mis fuerzas, para que creyeran que llamaba a la señora Vandemeyer, pero con la esperanza de que al señor Beresford se le ocurriera pensar en el cuadro. Lo había descolgado el primer día y eso fue lo que me impidió confiar en él.

Hizo una pausa.

—Entonces el documento —dijo sir James— sigue estando en la parte de atrás de uno de los cuadros de esa habitación.

—Sí.

La joven volvió a tenderse en el sofá, extenuada por la tensión de rememorar aquella historia. Sir James se puso en pie y miró su reloj.

—Vamos —dijo—, tenemos que ir enseguida.

—¿Esta noche? —preguntó Tuppence, sorprendida.

—Mañana quizá sea demasiado tarde —replicó sir James en tono grave—. Además, si vamos esta noche tenemos la oportunidad de capturar al gran hombre y supercriminal: ¡al señor Brown!

Hubo un silencio y sir James continuó:

—Las han seguido hasta aquí, de eso no hay duda. Cuando salgamos de esta casa volverán a seguirnos, pero no nos molestarán, porque el señor Brown quiere que lo guiemos. La casa del Soho está vigilada por la policía y por varios hombres del gobierno día y noche. Cuando entremos en ella, el señor Brown no retrocederá. Lo arriesgará todo con tal de conseguir la chispa que haga estallar la bomba. ¡Y él imagina que el riesgo no será grande, puesto que entrará conmigo!

Tuppence enrojeció, abriendo la boca impulsivamente.

—Pero hay algo que usted ignora, ya que no se lo he dicho.

Miró a Jane perpleja.

—¿De qué se trata? —preguntó sir James impaciente—. No hay que vacilar, señorita Tuppence. Tenemos que estar seguros de todo.

Sin embargo, Tuppence, por primera vez, parecía tener la lengua paralizada.

—Es tan difícil: comprenda, si me equivoco. Oh, sería terrible. —Hizo una mueca indicando a Jane—. Nunca me lo perdonaría —observó.

—¿Quiere que la ayude, verdad?

—Sí, por favor. Usted sabe quién es el señor Brown, ¿no es cierto?

—Sí —replicó sir James—. Al fin lo sé.

—¿Al fin? —preguntó vacilando—. Oh, pero yo pensaba… —Se detuvo.

—Pensaba acertadamente, señorita Tuppence. He tenido la certeza moral de su identidad desde hace algún tiempo, desde la noche de la misteriosa muerte de la señora Vandemeyer.

—¡Ah! —exclamó Tuppence.

—Porque iba contra la lógica de los hechos. Existían solo dos soluciones: tomó el cloral por su propia mano, cosa que rechazo plenamente, o de otro modo…

—¿Sí?

—Le fue administrado en el coñac que usted le dio a beber. Solo tres personas tocaron ese coñac: usted, la señorita Tuppence, yo mismo y una tercera: ¡Julius Hersheimmer! Sí. ¡Ese es nuestro hombre, seguro!

Jane Finn volvió a sentarse, mirando al abogado con ojos de asombro.

—Al principio me parecía imposible. El señor Hersheimmer, como hijo de un millonario prominente, es una figura muy conocida en Estados Unidos. Parecía imposible que él y el señor Brown fueran la misma persona. Pero no se puede escapar a la lógica de los hechos. Puesto que era así, debía aceptarse. Recuerde la repentina e inexplicable agitación de la señora Vandemeyer. Otra prueba más, si es que era necesaria.

»Me tomé la libertad de dejárselo entrever. Por algunas palabras que dijo Hersheimmer en Manchester, me figuré que usted lo había comprendido y actuaba de acuerdo con ello. Entonces me telefoneó y me dijo lo que yo ya sospechaba, que la fotografía de la señorita Finn no había dejado de estar nunca en posesión del señor Hersheimmer.

Jane se levantó de un salto.

—¿Qué quiere usted decir? ¿Qué trata de insinuar? ¡Que Julius es el señor Brown! ¡Julius, mi propio primo!

—No, señorita Finn —dijo sir James inesperadamente—. No es su primo. El hombre que se hace llamar Julius Hersheimmer no tiene ningún parentesco con usted.

Terror en el espacio (Capítulo 3) - Leigh Brackett

Capítulo 3
 

A Lundy no le sorprendió oír aquella voz telepática. La comunicación mental abundaba más que la oral y era mucho más sencilla que ésta, en muchos lugares de los mundos habitados. La Policía Espacial daba lecciones de telepatía a sus hombres.
–Sí, vivo gracias a vosotras.

Había algo en la cualidad de aquel cerebro que sondeó que lo desconcertaba. Era distinto de todo cuanto había conocido. Se puso en pie, no muy firme.
–Habéis llegado a tiempo. ¿Cómo supisteis que estaba aquí?
–Nos llegaron tus pensamientos de temor. Sabemos lo que es tener miedo. Entonces, vinimos.
–No os puedo decir otra cosa sino «gracias».
–Nos alegramos mucho de haberte salvado. ¿Por qué no había de ser así? Por ello, no es necesario que nos des las gracias.

Lundy miró las flores que brillaban con apagado resplandor en las tinieblas.
–¿Cómo conseguís que os obedezcan? ¿Por qué no os...?
–¡Ellas no son caníbales! No son como... las otras.
Este último pensamiento expresaba un terror cerval.
–Caníbales...

Lundy miró a la nube de delicadas figurillas femeninas de color azul grisáceo. Sintió que se le ponía la carne de gallina.
Aquellos seres le miraron benévolamente con sus suaves ojos dorados, y le pareció como si sonriesen.
–Sí, somos diferentes de ti, ya lo sabemos. Del mismo modo como somos diferentes de los peces. ¿Qué piensas? En las algas... las algas brillantes que crecen... sí, son parientes nuestras.

Parientes, se dijo Lundy. En efecto. Como nosotros somos parientes de los animales. Eran plantas. Las plantas vivientes no eran nada nuevo en Venus. ¿Por qué no admitir la existencia de plantas pensantes, de plantas que se desplazaban en sus raíces, y miraban con tristes ojos suaves?
–Vámonos de aquí –dijo Lundy.

Salieron del obscuro túnel y prosiguieron por la carretera, mientras las flores abrían sus bocas como canes hambrientos tratando de morder a Lundy, pero sin conseguir alcanzarlo.

Él empezó a atravesar la estrecha llanura, con las plantas femeninas nadando lánguidamente como una nube a su alrededor.

Eran algas. Pequeños fragmentos de algas con los que se podía conversar telepáticamente. Lundy se hallaba pasmado ante lo increíble de la situación.

La ciudad no hizo más que aumentar su pasmo. Estaba sumida en las sombras cuando la vio desde la llanura, débilmente iluminada por el resplandor procedente de la arena, semejante al claro de luna. Era una gran ciudad, que se extendía a lo lejos, rodeada de sus murallas. Era grande, silenciosa y antiquísima. Parecía esperar al final de la carretera.

En aquella luz mortecina, por curioso que fuese, parecía más real. Lundy se olvidó por un momento de la existencia del agua. Le parecía caminar hacia una ciudad dormida, bañada por la pálida claridad lunar, sintiendo su fuerza secreta y débilmente hostil domeñada y retenida hasta el alba...

Aunque jamás habría un alba para aquella ciudad. Nunca jamás.

Lundy deseó de pronto emprender la huida.
–No temas. Nosotros vivimos aquí. Es un lugar seguro.

Lundy movió la cabeza con irritación. De pronto la luz brillante centelleó de nuevo por tres veces consecutivas. Parecía venir de algún lugar a la derecha, más allá de la cordillera submarina. Lundy notó un débil temblor en la arena. Una hendidura volcánica, probablemente, que se abrió al hundirse la arena.

La luz dorada hizo cambiar de nuevo el aspecto de la ciudad, que volvió a parecer una ciudad de cuento de hadas al atardecer... un lugar de los que se ven en sueños.

Cuando atravesó las puertas se sentía intimidado, pero no experimentaba temor. Y entonces, mientras permanecía en el centro de la plaza contemplando los grandes y borrosos edificios que se alzaban a su alrededor le alcanzó un pensamiento procedente de la nube de pequeñas criaturas femeninas.
–Era un lugar seguro y dichoso... antes de que ella viniese.
Tras una larga pausa, Lundy dijo:
–¿Ella?
–No la hemos visto. Pero nuestros compañeros si la vieron. Ella vino no hace mucho y recorrió las calles, y todos nuestros compañeros nos dejaron para irse en su seguimiento. Decían, al irse, que su belleza es incomparable, muy superior a la de cualquiera de nosotras y que...
–...Y que tiene los ojos velados y que ellos desean verlos. Si no le ven los ojos enloquecerán, y por esto la siguen.

La triste nubecilla azul grisácea se agitó entre las aguas obscuras. Varios pares de ojos dorados le miraron.
Lundy respiró profundamente. Tenía las palmas de las manos húmedas.
–Si. Sí, yo también la seguí.
–Comprendemos tu pensamiento...

Descendieron hacia él, rodeándole, mientras sus delicadas membranas aleteaban como las transparentes alas de los elfos. Sus grandes ojos dorados tenían una expresión cariñosa y suplicante.
–¿Puedes prestarnos tu ayuda? ¿Puedes hacer que vuelvan nuestros compañeros, sanos y salvos? Lo han olvidado todo. Si los otros viniesen...
–¿Los otros?

La mente de Lundy se sumió en un espantoso temor. Se representó las más terribles imágenes. Vio engendros de pesadilla...
–Vienen siguiendo las corrientes que unen las cálidas grietas de las montañas y las frías profundidades. Son voraces. Lo aniquilan todo.

Las delicadas figurillas vagamente femeninas se echaron a temblar como hojas agitadas por el viento.
–Nos escondemos de ellas en las casas. Así los tenemos a raya, evitando que lleguen hasta nuestras semillas y nuestros vástagos. Pero nuestros compañeros lo han echado todo al olvido. Si los otros vienen mientras ellos la siguen, los encontrarán inermes y desamparados y los matarán a todos. 

Entonces nosotras nos quedaremos solas, sin simiente y sin descendencia.

Se apretujaron a su alrededor, tocándole con sus pequeñas aletas delanteras de color azul grisáceo.
–¿Puedes prestarnos tu ayuda? ¿Verdad que nos ayudarás?
Lundy cerró los ojos. Cerró fuertemente las mandíbulas. Cuando abrió los ojos de nuevo, éstos eran duros como ágatas.
–Os ayudaré o moriré en la demanda.

Reinaba la obscuridad en la enorme plaza. Por las puertas abiertas se filtraba el débil resplandor procedente de la arena. Por un momento los pequeños seres azul grisáceos se apiñaron a su alrededor, inmóviles, oscilando únicamente bajo la acción del lento ritmo del océano.

De pronto todas se apartaron de él, arrebatadas por una loca esperanza... y Lundy se quedó mirándolas, boquiabierto.

Ya no eran de color azul grisáceo. De pronto brillaron y sus alas y sus delicados y flexibles cuerpecillos adquirieron un cálido tono verde que latía con la vibrante palpitación de la vida.

Sus largos y esbeltos pétalos vivientes debían de estar contraídos, mientras llevaban su color azul grisáceo de luto. De pronto estallaron como corolas llameantes en torno a sus cabecitas.

Eran de color azul, escarlata y dorado, rojas como amapolas violetas y de color de fuego, de color blanco plateado y rosado como una nube matinal, tiñendo las negras aguas con pinceladas de color. Surgían de los cuerpecitos verdes que hacían cabriolas y ascendían a gran altura junto a los obscuros y ceñudos edificios, semejantes a las mariposas que habían revoloteado ante ellos cuando la luz del sol aún no había desaparecido para siempre.

Tan repentinamente como habían empezado esta danza, la terminaron. Se dejaron arrastrar inmóviles por las aguas y sus colores palidecieron. Lundy les preguntó:
–¿Dónde están?
–En lo más profundo de la ciudad, más allá de estas casas donde moramos... en las calles que sólo visitan los jóvenes curiosos. ¡Haz que vuelvan, por favor! ¡Te lo suplicamos, tráelos de nuevo junto a nosotras! 

Dejándolas sobre la gran plaza obscura, penetró en la ciudad.
Recorrió anchas calles pavimentadas marcadas por profundas roderas y desgastadas por generaciones de pies calzados por sandalias. Las grandes construcciones corroídas por el agua se alzaban a ambos lados, dominadas por el resplandor intermitente de la lejana fisura volcánica.

Las ventanas, de forma típicamente venusiana, estaban cerradas por celosías de mármol y de piedra semipreciosa, delicadamente labrada hasta parecer una joya complicadísima. Las grandes puertas doradas permanecían abiertas sobre sus goznes no atacados por la corrosión. Por aquellas puertas Lundy tuvo un atisbo de la vida de aquel pequeño pueblo vegetal.

La planta baja de algunas de las casas se hallaba recubierta de una capa de arena. Sobre ella se cernían con gesto protector aquellas plantas femeninas, alisando la arena cuando el movimiento del agua la alteraba. Lundy conjeturó que allí estaban plantadas las semillas.

En otros lugares vio colonias enteras de diminutos seres que parecían flores plantados en la arena; brillaban en la semiobscuridad con un pálido resplandor verde y primaveral. Permanecían en tranquilas hileras moviendo sus pequeñas corolas infantiles de color rosado y jugando solemnemente con pedacitos de alga de alegres colores y piedras abigarradas. 

Las pequeñas flores estaban atendidas y cuidadas solícitamente por plantas adultas.

Varias veces Lundy pudo ver a grupos de jóvenes retoños, que ya se habían desprendido de la arena, aprendiendo a nadar bajo la égida de las plantas femeninas, agitándose en las negras aguas como pétalos de vivos colores bajo el viento de la primavera.

Todas las plantas femeninas mostraban el mismo color gris azulado de luto con sus flores ocultas.

Así seguirían a menos que Lundy pudiese dar cima a la tarea que le había encomendado la Policía Espacial. Hasta aquel momento no había demostrado hallarse a la altura de aquella misión.

El pobre Farrell, casi desollado vivo y sin sentirlo porque sólo era capaz de pensar en ella. Jackie Smith, ahogado en una esclusa estanca porque ella quería ser libre y él tuvo que ayudarla a conseguir su propósito.

¿Sería superior él, Lundy, a Farrell y a Smith y a todos cuantos ella había hecho enloquecer? ¿Sería capaz de apresar a aquella diabólica vampiresa en una red y mantenerla a buen recaudo en ella, sin perder antes la razón?

Lundy no se sentía capaz de ello. Aquella misión era superior a sus fuerzas.

Recordaba la primera vez que consiguió apresar a aquel ser en su red. Recordaba también los últimos minutos antes de estrellarse, cuando lo oyó gritar desde el interior del cofre, pidiéndole que le pusiese en libertad. Recordó la cara de Jackie Smith cuando entró en la cabina empujado por el agua que inundaba la esclusa, y la pregunta que entonces se hizo él mismo... Dios mío, ¿qué vio antes de ahogarse?

Notó de nuevo que se le hacia un nudo frío en el estómago, pero esta vez aquel nudo tenía espinas que se clavaban en su carne.

Dejó atrás la colonia de plantas y penetró en calles desiertas iluminadas por el intermitente centelleo de la fisura volcánica. Empezó a encontrar ruinas a su paso. Pavimentos agrietados y removidos, torres hundidas, las celosías de piedra esculpida caídas de las ventanas. Paredes enteras habíanse desmoronado en algunos sitios, y la mayoría de las puertas doradas estaban rotas, abiertas violentamente o faltaban por completo.

Era una ciudad muerta. Tan muerta y silenciosa que en ella no se podía respirar, y tan antigua que amedrentaba el ánimo más templado.

Buen sitio para volverse loco en seguimiento de un ensueño.

Al cabo de mucho tiempo, Lundy los vio... vio a los compañeros de las pequeñas algas femeninas. Formaban una larga hilera... dijérase una bandada de aves migratorias, que serpenteaba entre las obscuras torres en ruinas.

Se parecían a sus compañeras. Quizá eran algo mayores, un poco más robustos, de cuerpos verdinegros fuertes y recios y brillantes colores. Sus ojos dorados permanecían fijos en algo que Lundy no podía ver, y hubiérase dicho que eran los ojos de Lucifer suplicando que le franqueasen la entrada en el Cielo.

Lundy empezó a avanzar contra la corriente, cruzando en diagonal una amplia plaza para avanzar a la cabeza de la procesión. Entre tanto descolgó la red de su cintura con manos semejantes a dos peces muertos.

De pronto se tambaleó, perdió pie y cayó de bruces. Le parecía que alguien le había empujado de un fuerte empellón. Trató de levantarse, pero algo le empujó de nuevo. El áureo resplandor procedente de la fisura brillaba ahora ininterrumpidamente, y era cegador.

La hilera de figurillas vagamente masculinas se dobló de pronto como bajo los efectos de un latigazo y Lundy comprendió lo que ocurría.

Se alzaba una corriente en la ciudad. Era una corriente que surgía como los vientos cálidos que antes la barrían, procedentes del mar, y que traían las lluvias.
«Vienen siguiendo las corrientes que unen las cálidas grietas de las montañas y las frías profundidades. Son voraces. Lo aniquilan todo.»
Eran los otros... los otros, caníbales...
Ella conducía el brillante cortejo de algas masculinas entre los torreones, mientras en las calles se alzaba la corriente...

Lundy se incorporó Después de equilibrarse para resistir el empuje de la corriente, echó a correr en seguimiento de la procesión. Resultaba muy difícil correr en aquel medio líquido y con sus botas de suela de plomo. Se esforzó por calcular dónde debía de hallarse aquello –o ella– a juzgar por el lugar hacia donde miraban los hombrecillos-plantas.

La luz cegadora brillaba ininterrumpidamente, y aún parecía hacerse más rutilante. El agua frenaba su avance, tirando de él con mil manos. Miró una vez hacia atrás, pero no pudo ver nada en las sombras que se extendían entre los torreones. 

Sintió miedo.

Cuando extendió la red, el miedo le dominaba. 

Aquello –o ella– no le vio, aunque esto pueda parecer raro. Tampoco notó la proximidad de su mente, a pesar de que él alzó barreras protectoras a su alrededor. Pero Lundy quedaba muy empequeñecido bajo las sombras que proyectaban los gigantescos muros y el esfuerzo de crear una ilusión para tantas mentes debía tener muy ocupado al espantoso ser del espacio.

La suerte estaba nuevamente de su lado como cuando consiguió alcanzar a Farrell. Rogó al Cielo que la suerte no le desamparase.
 

Lo consiguió.
 

La corriente empujó a la procesión hacia el lugar donde se hallaba agazapado Lundy. Éste observó los ojos de las algas. Ella aun conducía a los diminutos seres. Ella tenía un cuerpo físico, aunque él no pudiese verlo, y notaría el influjo de la corriente, por pequeño que fuese.

Tiró la red con rapidez.

La red se hinchó en las aguas negras y entonces él tiró de ella. 

Había apresado algo. Algo pequeño, cilíndrico y que se debatía. Algo vivo.

Apretó el lazo que cerraba la red, temblando y sudando de excitación nerviosa. Y entonces los hombrecillos vegetales le atacaron.

Cayeron sobre él, como una nube resplandeciente. Sus ojos dorados resplandecían de furor. Habían perdido el juicio. Sus mentes chillaban en un solo clamor de ira... y de temor por ella.

Le pegaron con sus pequeñas aletas verdes. Sus corolas echaban chispas, cálidas manchas de color, llamaradas que brillaban en las aguas obscuras. Tiraron de la red, la sacudieron, agitando sus membranas como alas en su esfuerzo por luchar contra la corriente.

Lundy era un sujeto rechoncho, fuerte y musculoso. Lanzando verdaderos rugidos, luchó para defender la red como hubiera hecho un lobo al que intentasen arrebatar un tierno corderillo. Sin embargo, la perdió. Cayó de bruces bajo un montón de hombrecillos vegetales, jadeando afanosamente bajo su peso, y dando gracias a Dios de que su sólida escafandra le salvase de morir aplastado.

Vio como ellos se apoderaban de la red. Se apiñaron a su alrededor como un enjambre de abejas, danzando en las aguas movedizas. Sus ojos dorados tenían una terrible expresión de dolor.

No podían abrir la red. Lundy la había asegurado con un fuerte nudo, y aquellos seres no tenían dedos. La golpeaban y acariciaban con sus aletas, pero eran incapaces de abrirla para que ella escapase.

Lundy se puso a gatas. La corriente se hacía más violenta. Rugía entre las torres desmoronadas como un negro vendaval y se llevó con ella el enjambre de hombrecillos verdes, que seguían aferrando la red.

Y entonces llegaron los otros.

(CONTINUARA...)