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Una revelación - Mary E. Braddon (Parte 1)

 I

—Y esta determinación suya de marcharse a Inglaterra ¿no es un poco repentina?

—Lo es —contestó el coronel Desborough—. Y son tantos los años que llevo en la India que es probable que en mi propio país no consiga sentirme tan en casa como aquí. Y llevo tantos años en la India que quizá la sienta más hogar que mi propio país. Pero un viaje por mar me vendrá bien, eso dicen los médicos. De un tiempo a esta parte no me encuentro nada bien.

—Es cierto que le he visto desmejorado, y que también parecía muy deprimido. ¿Le sucede algo? Y disculpe la pregunta.

—Mi estimado Breakspear, nuestra amistad justifica una pregunta tan natural. En efecto, sí que me sucede algo, y no es bueno, nada bueno. Salvo a mis dos médicos, no he mencionado a nadie la causa de mi mala salud y de mi abatimiento; pero, como el Jumna parte la semana que viene y quizá no volvamos a vernos nunca más, se la confiaré a usted.

—Ahí está ese pesimismo de nuevo. Por supuesto que nos volveremos a ver, y espero que tenga esposa para entonces. Debiera usted casarse, Desborough; lleva solo demasiado tiempo.

—No —contestó el coronel—. Estoy a punto de cumplir los cuarenta y, en mi opinión, es difícil que a esas alturas de la vida pueda uno cambiar ya de costumbres o de ideas. Una esposa de mi edad se encontraría en la misma situación… chocaríamos. Y una más joven me importunaría. Pero dejemos lo del matrimonio, es una cuestión sobre la que no merece la pena discutir.

—Bien, pues entonces volvamos a la causa de su afección.

—¿Recuerda nuestra expedición a las montañas y la cacería del tigre?

—Sí, claro, hace solo cinco meses; estaba usted muy bien por entonces… Con el ánimo por las nubes, lo recuerdo.

—Y esa fue la última vez que lo estuve —replicó Desborough apesadumbrado—. Como sabe, le seguimos el rastro a nuestra pieza hasta lo más profundo de la jungla, y allí lo matamos. Al regresar, había una luna llena que lo iluminaba todo como si fuera de día. Yo iba a la cabeza mientras avanzábamos en fila india por la angosta senda. Por delante todo aparecía despejado; solitario, de hecho. De repente, divisé a escasos pasos de donde me encontraba la figura de un viejo amigo a quien no había visto y en quien no había vuelto a pensar en muchos años; y, sin embargo, allí estaba, de pie en medio del sendero. Levantó un brazo e hizo un gesto para que me acercase.

—Por fuerza tuvo que ser una sombra —observó prudente el mayor Breakspear, advirtiendo la palidez y el nerviosismo que se habían ido apoderando de Desborough mientras hablaba.

—Lo mismo pensé yo entonces, estaba convencido de que la visión no era más que una jugarreta de la memoria. Pues bien, deseché de mi cabeza el asunto; pero —y bajó la voz—, una noche o dos después, mientras me miraba en el espejo del tocador, lo vi justo a mi espalda, de pie en mitad de la habitación. Volvió a hacerme un gesto, invitándome a que lo siguiera. Lo más extraño de todo es que, aunque lo reconocí a la perfección, ya no era un hombre joven, como cuando lo vi por última vez, sino que tenía el pelo y la barba grises como el acero, y su aspecto era el que indudablemente tendría si hubieran pasado quince años.

—Pura imaginación —dijo el mayor—. ¿Y ha experimentado alguna otra reaparición de este… fenómeno?

—¡¿Alguna reaparición, dice usted?! Ojalá pudiera decir que no. Le veo con frecuencia y en los momentos más inesperados…, y no siempre por la noche, aunque sí que generalmente plantado entre las sombras, como en esa hornacina de ahí, por ejemplo. —Y lanzó una mirada nerviosa hacia el hueco mientras hablaba—. No soy supersticioso, y nunca he creído en las manifestaciones espectrales. He luchado en batallas y he sido testigo de los horrores de un asedio prolongado, pero he de confesar que no hay nada que me haya sobrecogido tanto como esta aparición.

—Es muy extraño, desde luego; y dice usted que ni siquiera había pensado en su amigo recientemente —observó el mayor Breakspear.

—Para nada. Es tres años mayor que yo; coincidimos en las academias de Rugby y de Sandhurst. A la muerte de su padre, heredó el título de baronet y se casó. Yo me vine a la India a los dieciocho años, y solo regresé a casa de permiso cumplidos los veinticuatro. Supe que mi viejo compañero de academia se había quedado viudo y que tenía una niña pequeña. Eso fue hace quince años. Mantuvimos alguna correspondencia, pero no he tenido noticias suyas ni he pensado en él durante los últimos diez. Bueno sí, hace dos o tres años leí en The Times que había contraído nupcias por segunda vez. Y ahora se diría que estoy poseído por él; cuando duermo sueño con él, y al despertar me lo encuentro ahí de pie, en mitad de la habitación. La cuestión es, Breakspear, ¿estoy loco?

El mayor Breakspear, notando el estado de extrema agitación en el que se encontraba su camarada, le apoyó una mano amiga sobre el hombro.

—No, no —dijo—, no lo piense ni por un instante; es un desequilibrio fisiológico, solo eso.

—En Demonología y brujería, sir Walter Scott se hace eco de la historia de un caballero, miembro de las más altas instancias de la administración de justicia, a quien rondaba de forma pertinaz una presencia imaginaria y que, de hecho, acabó consumiéndose y muriendo por tan terrible experiencia. Puede que a la larga yo corra la misma suerte. Mi raciocinio no está capacitado para combatir los efectos de lo que o bien es una realidad o bien un producto de una mente enferma.

El mayor Breakspear contempló a su amigo atentamente, reparando en lo mucho que se había consumido aquel cuerpo antaño fornido, y en cuán demacrada estaba su cara, antes apuesta y franca. Desborough había destacado como uno de los hombres con mejor planta del ejército, con su más de metro ochenta de estatura, un espléndido físico, ágil y activo, una pose elegante y erguida y la cabeza siempre firme y echada hacia atrás; tenía un fino rostro sajón, rasgos clásicos, una tez sana (muy bronceada por el sol), ojos azules y el pelo rubio oscuro. A sus treinta y ocho años era mucho más atractivo que un buen número de hombres más jóvenes que él.

—La travesía calmará sus nervios y le fortalecerá —acertó a decir Breakspear—. Le aconsejo que parta con la mayor premura posible.

Después de que el mayor se marchara, el coronel Desborough empezó a pasearse por la habitación, sumido en sus pensamientos.

—No, no —se dijo a sí mismo—, no estoy loco, pero estoy decidido a resolver este misterio. Iré a ver a Henry Chalvington. Si me marcho a Inglaterra no es solo por mi estado de salud. —Entonces hizo pasar a su edecán—. ¿Ha decidido ya si me acompañará o no, Blencoe?

Blencoe, un hombre atractivo de unos treinta años, le hizo el saludo militar.

—Iría con usted hasta el fin del mundo, coronel, pero… no a Inglaterra.

—Supongo que, al igual que me ocurre a mí, no le une a usted ningún lazo con nuestro país.

—Al contrario, señor, tengo uno y con ese me basta… ¡una esposa!

El coronel no pudo reprimir una carcajada.

—¡Me sorprende usted! —dijo—. No tenía ni idea de que fuera un hombre casado.

—Aquí nadie lo sabe, coronel; es más, si me alisté en el ejército fue para esconderme y huir de ella. Blencoe no es mi verdadero nombre. Llevo aquí seis años, un tiempo que dista mucho de ser suficiente para haber alterado mi aspecto físico. Si me cruzara con mi esposa, aún me reconocería.

—Entonces viajaré sin asistente y contrataré uno cuando llegue a Londres. De haber aceptado acompañarme, le aseguro que no habría sido en balde. Su formación es excelente. —De hecho, Blencoe ocupaba un puesto de ayudante en la oficina del tesorero—. Podría haberme leído, y escribir al dictado durante el viaje, puesto que no me encuentro con fuerzas para ello.

El joven lanzó una mirada apesadumbrada al coronel.

—Si pudiera estar seguro de que no fuera a encontrarme con ella. Verá, señor. Yo estaba empleado de pasante en un despacho de abogados y un mal día me casé con esa mujer. Mi padre, que era metodista y, por tanto, un hombre muy estricto, me echó de casa. Empecé a trasnochar y mi jefe me despidió. Probé en el teatro, pero descubrí que no sabía actuar. Corrí un tupido velo sobre las idas y venidas de mi amada esposa. Salí huyendo y aquí estoy.

—No podría haber sido más gráfico y sucinto. Ya veo que no tiene usted ningún aliciente para viajar a Inglaterra.

—Al contrario, coronel, hay dos alicientes de peso. El primero es su compañía, señor, puesto que es usted un caballero; ha sido generoso conmigo y en más de una ocasión ha tenido la enorme bondad de alabar mi formación, que posiblemente habría sido mejor de no haberme comportado como un cabeza loca. El otro aliciente —prosiguió Blencoe, que bajó la cabeza para ocultar un brillo delator en sus ojos— es volver a ver el rostro de mi madre, si es que vive. De modo que creo que me arriesgaré, señor, y le acompañaré.

No había un hombre más valiente al servicio de Su Majestad que el coronel Desborough. Era inteligente, y sentía tanta devoción por la vida militar que, a pesar de disponer de una importante fortuna, heredada tras la muerte de un hermano mayor, había permanecido en la India y, hasta el momento, vivido con la sencillez de un hombre de recursos muy modestos. 

No sabía determinar con exactitud si su deficiente estado de salud se debía a una estancia demasiado prolongada en aquel clima tan caluroso o si, por el contrario, debía achacarla a otras causas; él siempre se había mofado de los cuentos de fantasmas, pues consideraba impropio de un hombre sensato tomarlos en consideración y mucho menos creer en ellos. 

Por eso opinaba que las frecuentes e inesperadas apariciones de este viejo amigo solo podían ser producto de una imaginación enferma. No obstante, era tan mayúscula la impresión que estas le habían causado que ahora iba a embarcarse rumbo a Inglaterra con el fin de llegar al fondo de aquel extraño suceso.

—Se trata de una afección mental —se dijo con pesimismo—; una semana llevo harto entretenido con los preparativos para el viaje y las despedidas de mis amistades, y mi estado de ánimo ha experimentado una notable mejoría, he desviado mis pensamientos hacia otros derroteros y, por tanto, esta pesadilla de mi imaginación ha cesado; un cambio de aires la curará.

En total contradicción con esta teoría, coincidiendo con un momento en el que se encontraba más alegre que nunca, puesto que regresaba de compartir una cena con un puñado de amigos la víspera de su partida, sucedió que al abrir la puerta de su dormitorio vio con absoluta claridad a sir Henry Chalvington bajo la luz de un rayo de luna que se colaba por la galería. 

Mientras entraba, la figura pareció retroceder ante su presencia hasta que finalmente se esfumó a través de la ventana abierta. La siguió hasta la terraza de su bungaló, delante de la cual un centinela hacía su ronda.

—¿Ha pasado alguien por aquí? —preguntó el coronel.

—Ni un alma desde que estoy de servicio, señor —contestó el soldado, presentando armas.

(CONTINUARÁ....)

La aparición - María Consuelo Villarán

Agustín bebió apresurado la taza de café que Clorinda le había servido. Hay camote para el pan, le dijo, alargando un plato pequeño con unas cuantas tajadas.
El hombre cogió el camote con su recia mano velluda y lo introdujo al pan.

—Solo tengo unos minutos para desayunar —comentó— ahorita tocan el pito de la fábrica.

Clorinda se quitó el mandil que ceñía su figura.

—Todavía tienes tiempo, toma tranquilo tu desayuno, yo te voy a envolver unas yucas fritas con queso para tu almuerzo.

El hombre suspiró mirando a su mujer envolviendo apurada su merienda en un papel plástico.
Él cogió el paquete y lo cubrió con un periódico.

—Voy a trabajar de corrido —dijo, haciéndole una seña de despedida.
Clorinda lo despidió con un ademán de mano. Se dirigió al dormitorio y vio a los niños que dormían, miró el reloj, ya era hora de que se levantaran para ir a la escuela.

Suavemente los despertó y los comenzó a vestir, ante las quejas y protestas de los chicos que querían seguir durmiendo. Marita era la menor y la más quejumbrosa.

Después del desayuno les preparó su lonchera y los dejó en la escuela.

De regreso buscó las llaves en el bolsillo de su chompa. Siempre tenía dificultad en abrir la puerta, al fin lo logró y entró. Las ventanas estaban cerradas y había poca iluminación en el interior.

Distraídamente pasó revista a la salita y al mirar el sillón del fondo lanzó una exclamación de sorpresa.

Una señora muy anciana estaba sentada en un sillón.

—¿Quién es usted? —gritó sobresaltada—, ¿qué hace en mi casa?

La mujer no contestó, fijó la mirada. 

— ¿Cómo ha podido entrar si las puertas estaban con llave?

—Dame un pan —dijo la anciana estirando la mano.

Clorinda entró a la cocina llamando a su marido, aunque sabía que él no estaba.

Por fin regresó a la sala y, ante su sorpresa, la mujer había desaparecido.

Sin explicarse lo que le había sucedido, preparó el almuerzo y fue en busca de sus hijos.

De regreso los sentó a la mesa y les sirvió un plato de sopa y yucas fritas.

Marita se bajó de la silla y miró hacia la sala.

—¡Mami, mami! —dijo volteando la cara—, hay una abuelita en la sala.

Pepe volteó a mirar.

—Mentirosa —dijo— no hay nadie.

Clorinda se estremeció.

—No hay nadie, hijita, te ha parecido —murmuró.

La niña siguió almorzando, de rato en rato miraba hacia la sala.

—Pepe, mira, ahí está la abuela, me está llamando —le dijo despacio.

El chico le jaló el cabello, llevándose la cuchara a la boca.

—¡Mamá, el Pepe me está pegando porque le digo que la abuela me llama!
Clorinda no se atrevía a mirar a la sala. Esperó que terminaran de almorzar y se llevó a sus hijos al dormitorio, allí se pusieron a realizar las tareas. Ella se fue a lavar la ropa. Luego de la cena acostó a los niños y se sentó al lado de su cama. Pepe prontamente se durmió.

Marita, en cambio, estaba recostada contra su mamá.

—¿Mami, por qué la abuela no se va?

—¿Por qué dices eso, hijita? Aquí no hay nadie.

Clorinda abrigaba a su niña y le temblaban las manos.

—Sí, mami, si vamos a la sala vas a ver.

—Por favor, nena, duerme, no quiero oírte hablar tonterías, me crispas los nervios— Clorinda trataba de tranquilizar a su hija y sosegarse ella también.

La niña guardó silencio.

Clorinda sabía que su hijita no mentía. ¿Acaso no la había visto ella también?
Al llegar su esposo, la mujer lo llamó aparte y le contó lo sucedido.

—Tonterías —dijo el hombre—, mejor sería que te ocupes de algo más serio.

—Tú nunca crees en nada —dijo nerviosa y colérica la mujer.

¿Y si le hiciera algo a Marita? —pensó horrorizada—. La acostaré conmigo.

Su marido tenía turno de noche en la fábrica de tejidos. Clorinda se quedó sola.

Las horas pasaban y ella no podía dormir, tenía a su hijita abrazada contra su pecho.
Recordaba las palabras de la niña y se llenaba de miedo y de angustia. La pequeña habitación estaba cubierta por una oscuridad asfixiante.

Quiso pasar la mano por la cabecita de su niña y un grito de espanto brotó de sus labios, despertando a los niños que lloraron asustados.

Al acariciar a la nena había tocado una mano rugosa encima de la cabeza de la criatura.

—¡Pepe, hijo, enciende la luz! —exclamó.

El niño corrió y apretó el interruptor. Ella no vio nada. ¿Sería sugestión? No, había tocado una mano arrugada, fría y venosa.

La luz quedó encendida.

—¿Por qué gritaste, mamá? —preguntó el niño.

—Casi me caigo y me asusté —respondió. No tardaron los niños en quedarse dormidos nuevamente.

Al día siguiente su marido no tenía guardia, la mujer sabía que no le prestaría atención; sin embargo, llegando la noche, le contó lo sucedido al acostarse.

El hombre la escuchó distraído.

—Tengo sueño —dijo y se acomodó para dormir.

Clorinda, desconsolada, trataba de mantenerse despierta, pero al fin el sueño la rindió.
Al poco rato un ruido la despertó, de un salto encendió la luz.

Marita se había levantado y arrastrando sus zapatitos se dirigía hacia la sala. Ella me está llamando.

Clorinda gritó y corrió tras la niña deteniéndola. 

—¿Por qué te has levantado? —le preguntó asombrada.

—Déjame, mamá, no me agarres, yo quiero ir a la sala. Ella me está llamando.

—¿Pero para qué? Anda, ven, acuéstate.

—No, mami, yo quiero ir, la abuelita quiere que vaya.

—Tus abuelitos están en Piura, esa mujer es mala, no debes ir, si te vuelves a levantar le cuento a tu papá y te va a pegar.

La pequeña se puso a llorar.

—No seas mala, mamá, yo quiero ir.

—¿Van a dejar dormir o no? —rugió el marido.

—¡Ya ves, tu papá está molesto!

Marita volvió a la cama sollozando.

Clorinda apagó la luz y encendió la lamparita para vigilar a la niña. Marita fingía dormir, más de una vez Clorinda vio que su hija la observaba y luego cerraba los ojos.
La madre, al fin cansada, se quedó dormida.

Clorinda soñaba intranquila cuando, de pronto, abrió los ojos y vio a su hija que se iba nuevamente a la sala. Aterrada se levantó de la cama.

—¡Marita!, ven acá —le gritó.

La niña no contestó, se detuvo, pero luego siguió avanzando.

La mujer saltó de la cama y corriendo alcanzó a su hija, la cargó y abrazándola fuerte la llevó consigo.

—¿Estás loca? ¿Adónde quieres ir?

—Mamá —contestó llorando la niña—, yo no quiero ir, pero siento como si me jalaran.

Clorinda despertó a su marido. El hombre, al ver a su hija y a su mujer llorando, se levantó y furioso fue directo a la sala.

—¡Aquí no hay nadie! —dijo molesto, regresando a la cama—. ¡Ya déjenme dormir! ¡Mañana tengo que madrugar!

En vano Clorinda intentó retenerlo despierto, el hombre se acostó y a los pocos minutos se volvió a dormir.

La madre se acostó en la cama de Marita, sujetando fuertemente a su pequeña.

—¡Ahí está, mamá! —gritó la niña.

La madre la vio. En efecto, estaba la anciana estaba a los pies de la cama tendiendo las manos hacia la niña.

—¡Jesús, esta mujer es el demonio! —gritó la mujer.

—Jesús —repitió la niña llorando.

La anciana abrió la boca como sonriendo, pero su sonrisa era una mueca. Les mostró entonces unos colmillos que no eran humanos.

Mirando a Clorinda le dijo:

—Dame un pan —y señaló a la niña