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Una revelación - Mary E. Braddon (Parte 1)

 I

—Y esta determinación suya de marcharse a Inglaterra ¿no es un poco repentina?

—Lo es —contestó el coronel Desborough—. Y son tantos los años que llevo en la India que es probable que en mi propio país no consiga sentirme tan en casa como aquí. Y llevo tantos años en la India que quizá la sienta más hogar que mi propio país. Pero un viaje por mar me vendrá bien, eso dicen los médicos. De un tiempo a esta parte no me encuentro nada bien.

—Es cierto que le he visto desmejorado, y que también parecía muy deprimido. ¿Le sucede algo? Y disculpe la pregunta.

—Mi estimado Breakspear, nuestra amistad justifica una pregunta tan natural. En efecto, sí que me sucede algo, y no es bueno, nada bueno. Salvo a mis dos médicos, no he mencionado a nadie la causa de mi mala salud y de mi abatimiento; pero, como el Jumna parte la semana que viene y quizá no volvamos a vernos nunca más, se la confiaré a usted.

—Ahí está ese pesimismo de nuevo. Por supuesto que nos volveremos a ver, y espero que tenga esposa para entonces. Debiera usted casarse, Desborough; lleva solo demasiado tiempo.

—No —contestó el coronel—. Estoy a punto de cumplir los cuarenta y, en mi opinión, es difícil que a esas alturas de la vida pueda uno cambiar ya de costumbres o de ideas. Una esposa de mi edad se encontraría en la misma situación… chocaríamos. Y una más joven me importunaría. Pero dejemos lo del matrimonio, es una cuestión sobre la que no merece la pena discutir.

—Bien, pues entonces volvamos a la causa de su afección.

—¿Recuerda nuestra expedición a las montañas y la cacería del tigre?

—Sí, claro, hace solo cinco meses; estaba usted muy bien por entonces… Con el ánimo por las nubes, lo recuerdo.

—Y esa fue la última vez que lo estuve —replicó Desborough apesadumbrado—. Como sabe, le seguimos el rastro a nuestra pieza hasta lo más profundo de la jungla, y allí lo matamos. Al regresar, había una luna llena que lo iluminaba todo como si fuera de día. Yo iba a la cabeza mientras avanzábamos en fila india por la angosta senda. Por delante todo aparecía despejado; solitario, de hecho. De repente, divisé a escasos pasos de donde me encontraba la figura de un viejo amigo a quien no había visto y en quien no había vuelto a pensar en muchos años; y, sin embargo, allí estaba, de pie en medio del sendero. Levantó un brazo e hizo un gesto para que me acercase.

—Por fuerza tuvo que ser una sombra —observó prudente el mayor Breakspear, advirtiendo la palidez y el nerviosismo que se habían ido apoderando de Desborough mientras hablaba.

—Lo mismo pensé yo entonces, estaba convencido de que la visión no era más que una jugarreta de la memoria. Pues bien, deseché de mi cabeza el asunto; pero —y bajó la voz—, una noche o dos después, mientras me miraba en el espejo del tocador, lo vi justo a mi espalda, de pie en mitad de la habitación. Volvió a hacerme un gesto, invitándome a que lo siguiera. Lo más extraño de todo es que, aunque lo reconocí a la perfección, ya no era un hombre joven, como cuando lo vi por última vez, sino que tenía el pelo y la barba grises como el acero, y su aspecto era el que indudablemente tendría si hubieran pasado quince años.

—Pura imaginación —dijo el mayor—. ¿Y ha experimentado alguna otra reaparición de este… fenómeno?

—¡¿Alguna reaparición, dice usted?! Ojalá pudiera decir que no. Le veo con frecuencia y en los momentos más inesperados…, y no siempre por la noche, aunque sí que generalmente plantado entre las sombras, como en esa hornacina de ahí, por ejemplo. —Y lanzó una mirada nerviosa hacia el hueco mientras hablaba—. No soy supersticioso, y nunca he creído en las manifestaciones espectrales. He luchado en batallas y he sido testigo de los horrores de un asedio prolongado, pero he de confesar que no hay nada que me haya sobrecogido tanto como esta aparición.

—Es muy extraño, desde luego; y dice usted que ni siquiera había pensado en su amigo recientemente —observó el mayor Breakspear.

—Para nada. Es tres años mayor que yo; coincidimos en las academias de Rugby y de Sandhurst. A la muerte de su padre, heredó el título de baronet y se casó. Yo me vine a la India a los dieciocho años, y solo regresé a casa de permiso cumplidos los veinticuatro. Supe que mi viejo compañero de academia se había quedado viudo y que tenía una niña pequeña. Eso fue hace quince años. Mantuvimos alguna correspondencia, pero no he tenido noticias suyas ni he pensado en él durante los últimos diez. Bueno sí, hace dos o tres años leí en The Times que había contraído nupcias por segunda vez. Y ahora se diría que estoy poseído por él; cuando duermo sueño con él, y al despertar me lo encuentro ahí de pie, en mitad de la habitación. La cuestión es, Breakspear, ¿estoy loco?

El mayor Breakspear, notando el estado de extrema agitación en el que se encontraba su camarada, le apoyó una mano amiga sobre el hombro.

—No, no —dijo—, no lo piense ni por un instante; es un desequilibrio fisiológico, solo eso.

—En Demonología y brujería, sir Walter Scott se hace eco de la historia de un caballero, miembro de las más altas instancias de la administración de justicia, a quien rondaba de forma pertinaz una presencia imaginaria y que, de hecho, acabó consumiéndose y muriendo por tan terrible experiencia. Puede que a la larga yo corra la misma suerte. Mi raciocinio no está capacitado para combatir los efectos de lo que o bien es una realidad o bien un producto de una mente enferma.

El mayor Breakspear contempló a su amigo atentamente, reparando en lo mucho que se había consumido aquel cuerpo antaño fornido, y en cuán demacrada estaba su cara, antes apuesta y franca. Desborough había destacado como uno de los hombres con mejor planta del ejército, con su más de metro ochenta de estatura, un espléndido físico, ágil y activo, una pose elegante y erguida y la cabeza siempre firme y echada hacia atrás; tenía un fino rostro sajón, rasgos clásicos, una tez sana (muy bronceada por el sol), ojos azules y el pelo rubio oscuro. A sus treinta y ocho años era mucho más atractivo que un buen número de hombres más jóvenes que él.

—La travesía calmará sus nervios y le fortalecerá —acertó a decir Breakspear—. Le aconsejo que parta con la mayor premura posible.

Después de que el mayor se marchara, el coronel Desborough empezó a pasearse por la habitación, sumido en sus pensamientos.

—No, no —se dijo a sí mismo—, no estoy loco, pero estoy decidido a resolver este misterio. Iré a ver a Henry Chalvington. Si me marcho a Inglaterra no es solo por mi estado de salud. —Entonces hizo pasar a su edecán—. ¿Ha decidido ya si me acompañará o no, Blencoe?

Blencoe, un hombre atractivo de unos treinta años, le hizo el saludo militar.

—Iría con usted hasta el fin del mundo, coronel, pero… no a Inglaterra.

—Supongo que, al igual que me ocurre a mí, no le une a usted ningún lazo con nuestro país.

—Al contrario, señor, tengo uno y con ese me basta… ¡una esposa!

El coronel no pudo reprimir una carcajada.

—¡Me sorprende usted! —dijo—. No tenía ni idea de que fuera un hombre casado.

—Aquí nadie lo sabe, coronel; es más, si me alisté en el ejército fue para esconderme y huir de ella. Blencoe no es mi verdadero nombre. Llevo aquí seis años, un tiempo que dista mucho de ser suficiente para haber alterado mi aspecto físico. Si me cruzara con mi esposa, aún me reconocería.

—Entonces viajaré sin asistente y contrataré uno cuando llegue a Londres. De haber aceptado acompañarme, le aseguro que no habría sido en balde. Su formación es excelente. —De hecho, Blencoe ocupaba un puesto de ayudante en la oficina del tesorero—. Podría haberme leído, y escribir al dictado durante el viaje, puesto que no me encuentro con fuerzas para ello.

El joven lanzó una mirada apesadumbrada al coronel.

—Si pudiera estar seguro de que no fuera a encontrarme con ella. Verá, señor. Yo estaba empleado de pasante en un despacho de abogados y un mal día me casé con esa mujer. Mi padre, que era metodista y, por tanto, un hombre muy estricto, me echó de casa. Empecé a trasnochar y mi jefe me despidió. Probé en el teatro, pero descubrí que no sabía actuar. Corrí un tupido velo sobre las idas y venidas de mi amada esposa. Salí huyendo y aquí estoy.

—No podría haber sido más gráfico y sucinto. Ya veo que no tiene usted ningún aliciente para viajar a Inglaterra.

—Al contrario, coronel, hay dos alicientes de peso. El primero es su compañía, señor, puesto que es usted un caballero; ha sido generoso conmigo y en más de una ocasión ha tenido la enorme bondad de alabar mi formación, que posiblemente habría sido mejor de no haberme comportado como un cabeza loca. El otro aliciente —prosiguió Blencoe, que bajó la cabeza para ocultar un brillo delator en sus ojos— es volver a ver el rostro de mi madre, si es que vive. De modo que creo que me arriesgaré, señor, y le acompañaré.

No había un hombre más valiente al servicio de Su Majestad que el coronel Desborough. Era inteligente, y sentía tanta devoción por la vida militar que, a pesar de disponer de una importante fortuna, heredada tras la muerte de un hermano mayor, había permanecido en la India y, hasta el momento, vivido con la sencillez de un hombre de recursos muy modestos. 

No sabía determinar con exactitud si su deficiente estado de salud se debía a una estancia demasiado prolongada en aquel clima tan caluroso o si, por el contrario, debía achacarla a otras causas; él siempre se había mofado de los cuentos de fantasmas, pues consideraba impropio de un hombre sensato tomarlos en consideración y mucho menos creer en ellos. 

Por eso opinaba que las frecuentes e inesperadas apariciones de este viejo amigo solo podían ser producto de una imaginación enferma. No obstante, era tan mayúscula la impresión que estas le habían causado que ahora iba a embarcarse rumbo a Inglaterra con el fin de llegar al fondo de aquel extraño suceso.

—Se trata de una afección mental —se dijo con pesimismo—; una semana llevo harto entretenido con los preparativos para el viaje y las despedidas de mis amistades, y mi estado de ánimo ha experimentado una notable mejoría, he desviado mis pensamientos hacia otros derroteros y, por tanto, esta pesadilla de mi imaginación ha cesado; un cambio de aires la curará.

En total contradicción con esta teoría, coincidiendo con un momento en el que se encontraba más alegre que nunca, puesto que regresaba de compartir una cena con un puñado de amigos la víspera de su partida, sucedió que al abrir la puerta de su dormitorio vio con absoluta claridad a sir Henry Chalvington bajo la luz de un rayo de luna que se colaba por la galería. 

Mientras entraba, la figura pareció retroceder ante su presencia hasta que finalmente se esfumó a través de la ventana abierta. La siguió hasta la terraza de su bungaló, delante de la cual un centinela hacía su ronda.

—¿Ha pasado alguien por aquí? —preguntó el coronel.

—Ni un alma desde que estoy de servicio, señor —contestó el soldado, presentando armas.

(CONTINUARÁ....)

Dilvish, El Maldito - Roger Zelazny (Parte 1)

Dilvish había salido hacía tres días de Golgrinn, donde había trabajado dos semanas con el equipo que reparaba los muros de la ciudad, dañados durante el infructuoso cerco de una banda de proscritos. 

Había sido una tarea dura y polvorienta, pero los trabajadores disfrutaban de buena comida, y él había ganado suficientes monedas para llenar la bolsa después de casi duplicar el importe de sus pagas jugando en la taberna. 

Con provisiones en sus alforjas, Dilvish se dirigía hacia el sur en un soleado atardecer, recorriendo un territorio montañoso y arbolado en dirección a las montañas Kannai. 

Siempre hacia las Kannai a partir de entonces. Dilvish había planeado ese rumbo hacía un mes, cuando el poeta y adivino ciego, Olgric, le dijo que encontraría allí lo que buscaba. En un viejo castillo que algunos llamaban Eterno...

Cabalgando sin dejar de pensar en ello, Dilvish pasó un recodo y vio su camino obstruido por un hombre que blandía una espada.

—¡Viajero, ten las riendas! —gritó el desconocido—. ¡Voy a quedarme con tu bolsa!

Dilvish miró rápidamente a ambos lados del camino. El hombre parecía no tener compañeros.

—¡Eso ya lo veremos! —dijo acto seguido, y desenvainó su espada.

Su enorme montura negra no aflojó el paso, sino que se dirigió directamente hacia el desconocido. Cuando la mirada de este se posó en el pulido costado de Black, el asaltante se apartó de un brinco y lanzó un tajo a Dilvish.

Dilvish paró el golpe pero no lo devolvió.

—Un aficionado. No te detengas —dijo a Black—. Que derroche su sangre con otro.

Detrás, el salteador lanzó el arma al suelo.

—¡Mierda! —exclamó—. ¿Por qué no has atacado?

—Detente, Black —dijo Dilvish.

Black se detuvo, y Dilvish se volvió y miró hacia atrás.

—Perdóname. Pero has despertado mi curiosidad —dijo—. ¿Querías que te diera un tajo?

—¡Cualquier viajero decente me habría atacado!

Dilvish meneó la cabeza.

—Creo que precisas más instrucción en los principios del latrocinio armado —dijo—. La idea es enriquecerse a expensas de otros sin sufrir daños personales. Si tiene que haber daños, debe sufrirlos el otro bando.

—Eso ya lo veremos —dijo el desconocido. Un fulgor de astucia apareció en sus ojos. Después se agachó rápidamente y recogió la espada. Se abalanzó hacia Dilvish, blandiendo en alto el arma.

Sin haber envainado su espada, Dilvish se limitó a esperar. Cuando el otro atacó, dio un fuerte golpe. La espada voló de la mano del salteador y cayó en el camino a varios pasos de distancia.

Dilvish desmontó de inmediato y corrió. Puso un pie sobre el arma antes de que el otro pudiera recogerla.

—¡Has vuelto a hacerlo! ¡Maldita sea! ¡Has vuelto a hacerlo! —Los ojos del hombre se habían humedecido—. ¿Por qué no has respondido?

De pronto se abalanzó hacia adelante y trató de empalarse en la hoja de Dilvish.

Dilvish apartó la punta y cogió por el hombro al desconocido. Era un hombrecillo con una barba oscura y estrecha y ojos negros, y llevaba un aro de plata en la oreja izquierda. Visto de cerca era más viejo que al principio, con una red de arrugas alrededor de los ojos.

—Si necesitas algunas monedas o un trozo de pan —dijo Dilvish— yo te lo daré. No me gusta ver tanta desesperación... y además estúpida, la verdad sea dicha.

—¡No me interesa! —exclamó el otro.

Dilvish apretó su presa, ya que el desconocido había empezado a debatirse.

—Bien, ¿qué es lo que pretendes, pues?

—¡Quería que me mataras!

Dilvish suspiró.

—Lo siento, pero no te complaceré. Soy muy escrupuloso con la gente que mato. No me gusta que me fuercen a hacer esta clase de cosas.

—¡Suéltame, pues!

—No pienso seguir con este juego. Si estás tan ansioso de morir, ¿por qué no lo haces tú mismo?

—Soy cobarde para eso. He querido hacerlo varias veces, pero el valor me falla siempre.

—Tengo la impresión de que debería haber seguido cabalgando —dijo Dilvish.

Black, que se había aproximado y estaba examinando atentamente al hombrecillo, asintió.

—Sí —dijo en un siseo—. Déjalo sin sentido y sigamos nuestro camino. Hay algo extraño aquí. Un sentido que había olvidado poseer está empezando a funcionar.

—Habla... —dijo en voz baja el hombrecillo.

Dilvish alzó el puño, se detuvo después.

—No será nocivo escuchar su historia —dijo.

—Ha sido la curiosidad lo que te ha hecho detenerte —le recordó Black—. Triunfa sobre ella esta vez. Golpéalo y abandónalo al destino que se merezca.

Pero Dilvish vaciló ante el cenagal de una victoria moral. Meneó la cabeza.

—Quiero saber —afirmó.

—Maldita curiosidad de mono —dijo Black—. ¿De qué puede servirte ese conocimiento?

—Si es por eso, ¿qué daño puede causarme?

—Podría especular durante horas, pero no lo haré.

—Habla —repitió el hombrecillo.

—¿Por qué no haces tú lo mismo? —dijo Dilvish—. Explícame por qué estás tan ansioso de morir.

—Tengo un problema tan terrible que esa es la única salida.

—Tengo la sensación de que además es una larga historia —comentó Black.

—Moderadamente larga —dijo el hombrecillo.

—En ese caso, es hora de cenar —dijo Dilvish, y extendió la mano hacia una alforja. Aflojó su presa sobre el hombro del salteador—. ¿Me acompañas? —le preguntó.

—No tengo hambre.

—Es mejor morir con el estómago lleno, diría yo.

—Quizá tengas razón. Llámame Fly —dijo el hombrecillo.

—Curioso nombre.

—Escalo paredes. —Fly se frotó el hombro—. Entro en los lugares más infernales.

Dilvish envainó la espada y sacó carne, pan y una bota de vino de la alforja. Black se situó sobre la caída arma de Fly.

—Dilvish —dijo Black—, hay algo que no es normal en este lugar.

Dilvish avanzó hacia un pequeño claro junto al camino, llevando la comida. Miró a Fly.

—¿Puedes ilustrarnos al respecto? —inquirió.

Fly asintió.

—No hay problema —dijo—. Se han retirado. Están confundidos por ti y por eso... —señaló a Black—. Pero no puedo esquivarlos eternamente.

—¿Quiénes son?

Fly sacudió la cabeza y tomó asiento en el suelo.

—Será más comprensible si me dejas explicarlo tal como sucedió.

Dilvish cortó la comida con su daga, partiéndola. Abrió la bota.

—Prosigue.

—Robo cosas —empezó Fly—. Oh, no como lo he intentado contigo. Nunca a punta de espada. Voy a un sitio y averiguo qué objetos valiosos guardan allí. Pienso cómo conseguirlos. Me voy deprisa después y me desembarazo de las cosas a buena distancia de los lugares donde las conseguí. A veces me pagan para robar un objeto particular. Otras veces actúo por cuenta propia.

—Arriesgada forma de vida —comentó Black, acercándose—. Me sorprende que haya durado tanto.

Fly se encogió de hombros.

—Es un medio de vida —dijo.

Hubo un susurro en los árboles, como de un cuerpo enorme que recorría la maleza. Fly se puso en pie de un salto y miró en esa dirección. Permaneció observando un rato, pero el ruido no se repitió. Se alejó unos pasos después, metió la mano en...

—¿La tierra fantasma? —preguntó Dilvish mientras una extraña depresión brotaba en la tierra al otro lado de los árboles, triangular y con pequeños agujeros a lo largo de la base—. ¿Qué es eso de la tierra fantasma?

Fly comió más deprisa, masticó y tragó, se atiborró.

—Otro plano de existencia —logró decir con la boca llena de pan— contiguo a este, eso dicen. Se entrelaza con el nuestro en diversos puntos. Fluctúa un poco. Es el reino de Cabolus, en cierto sentido. Lo atraviesa cuando hace recados para otros. Lleno de asquerosas presencias, aunque dejan en paz a los sacerdotes... incluso aceptan órdenes de estos, con cierta persuasión, eso dicen. Los sonámbulos se introducen en esa tierra y aprenden muchas cosas. Y pueden ver nuestro mundo desde allí. Deben haberme localizado de esa forma...

Dilvish vio formarse otra huella, aparte de la primera.

—Los seres de ese plano ¿pueden manifestarse en este? —preguntó.

Fly asintió.

—El viejo sacerdote Inrigen lo hizo. Apareció ante mí en el camino y me ordenó devolver el cinto.

—¿Y...?

—Yo sabía que me matarían si lo hacía, y él dijo que enviarían a las bestias fantasmas en mi busca si no lo hacía. En cualquier caso, yo perdía.

—Por eso decidiste que era mejor desaparecer rápidamente.

—No al principio. Pensé que podía huir. Mira, fueron los sacerdotes de Salbacus los que me pagaron para conseguir el cinto, para dar predominio a su dios. De haber podido llegar hasta ellos, me habrían protegido. En cuanto hubieran tenido el cinto, habrían emprendido la guerra con Kallusan. Hay partidas que se dirigen hacia aquí para encontrarme y luego continuar hacia Kallusan en cuanto Salbacus se ponga el cinto. Pero aún no han llegado y las bestias me han alcanzado. Sé que ahora no puedo conseguirlo, y que van a matarme de una forma horrible.

—¿Cómo sabes que te han localizado si son seres inmateriales?

—El poseedor del cinto ve en ese plano.

—En ese caso sugiero que mires hacia allí —dijo Dilvish, señalando el lugar del suelo donde acababan de aparecer otras dos peculiares huellas— y me digas si ves algo especial.

Fly dio media vuelta bruscamente. Casi al momento alzó el cinto como si fuera un escudo.

—¡Atrás! —gritó—. ¡En nombre de Cabolus! ¡Os lo ordeno!

Se formó otra huella, más cerca.

—¿Y si renunciaras al cinto? —preguntó Dilvish, disponiendo la espada en su mano—. ¿Y si lo tiraras?

—De nada serviría —respondió Fly—. Les han ordenado que busquen también al poseedor del cinto.

Apareció otra huella, más cerca.

Fly volvió la cabeza de pronto y miró fijamente a Dilvish. Se humedeció los labios, miró otra vez hacia las huellas.

—¡Mirad! —gritó súbitamente—. ¡Entrego el cinto a este hombre! ¡Se lo entrego! ¡Es suyo ahora!

Lo lanzó a Dilvish y el cinto cayó en el hombro de este. De inmediato creyó estar contemplando el mundo a través de una neblina crepuscular. Y luego, en el centro de la arboleda...

Ruidosamente, la forma de Black se interpuso entre Dilvish y la visión. Dilvish oyó los espantosos chillidos de Fly junto a ruidos de trituración, masticación y sonidos de movimiento.

Tras levantarse, tiró el cinto al suelo y miró por encima del cuerpo de Black. Fly yacía en tierra, y le faltaba el brazo izquierdo. Mientras Dilvish miraba, el brazo derecho, el hombro y una porción del pecho se esfumaron tras otro ruido de masticación; la sangre oscureció la tierra entre unos nuevos sonidos repugnantes.

—¡Pongamos pies en polvorosa! —dijo Black—. ¡Esa criatura es enorme!

—¿La ves?

—Vagamente, ahora que funciono en el nivel adecuado. ¡Monta!

Dilvish obedeció. Mientras lo hacía, la cabeza, el cuello y el resto del pecho de Fly desaparecieron.

Black dio media vuelta, en el mismo instante que cuatro hombres a caballo y con las espadas desenvainadas entraban en la arboleda para impedirle el paso.

—¡Por Salbacus! —gritó el primero, embistiendo a Dilvish con el arma en alto.

—¡El cinto! —exclamó otro, siguiéndole.

Los otros dos se dispusieron a tomar posiciones laterales. Black cargó contra el primer jinete y Dilvish hizo una finta y atacó, alcanzándolo en el vientre. Al segundo jinete lo hirió en el cuello con la punta de su espada.

Black se encabritó después, y sus cascos metálicos golpearon al tercer jinete. Dilvish oyó caer a jinete y caballo mientras se volvía para parar un golpe del restante caballero. Su ataque fue parado. Atacó de nuevo con el mismo resultado.

—Entregadme el cinto y salvaréis la vida —dijo el jinete.

—No lo tengo. Está en el suelo. Más atrás —respondió Dilvish.

El desconocido volvió la cabeza y Dilvish se la arrancó de los hombros. Black dio media vuelta y se empinó, lanzando fuego por la boca y el hocico.

Una enorme flor de fuego se desplegó ante él. Se produjo un siseo que creció hasta convertirse en un silbido y estalló en una serie de pitidos que cesaron después, como si algo retrocediera en el bosque.

Cuando las llamas y sus imágenes consecutivas desaparecieron, Dilvish vio que sólo quedaba el pie derecho de Fly en el lugar empapado de sangre donde había caído, que gran número de marcas triangulares estaban impresas alrededor del charco y que un rastro de esas marcas se perdía entre los árboles.

Dilvish oyó una risa en el suelo. El hombre al que había herido en el vientre estaba sentado, encogido, agarrándose las entrañas. Pero sus ojos estaban alzados y en su semblante aparecía una tensa mueca.

—¡Oh, fantástico, fantástico! —dijo—. Arrojar fuego para ahuyentarlos. Matarnos a todos.

Después movió la pierna y bajó la mano para coger algo. Un objeto centelleó, y el moribundo alzó la mano. Dilvish vio que el herido había estado sentado encima del cinto, que en ese momento aferraba con fuerza y sostenía ante él, con la cara empapada de sudor.

—¡Pero los míos vendrán a por él! ¡Los sacerdotes de Salbacus están atentos! ¡Huid! ¡Las bestias volverán, os seguirán aunque el día decaiga! Coged el cinto de la mano de un muerto si os atrevéis... ¡Y os ganaréis mi maldición! ¡Será nuestro a pesar de todo! Mis compañeros celebrarán un festín en Kallusan dentro de poco, ¡y harán arder la ciudad antes de terminar! ¡Huid, maldito seáis! ¡Que Salbacus os maldiga y que se me lleve ahora!

El desconocido se desplomó, con el brazo extendido ante él.

—No ha sido un mal discurso de despedida —observó—. Contiene todos los elementos clásicos: la amenaza, la maldición, la correspondiente bravata, la invocación de la deidad...

—Magnífico —reconoció Dilvish—. Pero si guardas la crítica literaria para más tarde, me gustaría saber algo más práctico: ¿acabas de hacer retroceder a una criatura invisible de solidez suficiente para devorar a Fly?

—Lo ha devorado casi por completo.

—¿Volverá?

—Probablemente.

—¿Para buscarme, o para coger el cinto?

—Para buscarte, sí. No creo que su naturaleza le permita coger el cinto. Ese cinto parece coexistir aquí y en el plano fantasma, y creo que su contacto sería doloroso, si no fatal, para los habitantes de ese lugar. Se trata de un nexo de peculiares energías.

—En ese caso yo estaría en mejores condiciones cogiendo el cinto que abandonándolo. Podría ofrecerme un poco de protección.

—Sí, eso es cierto. Pero también te convertiría en objeto de caza para las tropas sulváreas.

—¿Cuánto tenemos que huir para librarnos de las bestias fantasmas?

—No sabría decirlo. Tal vez puedan perseguirte prácticamente a cualquier parte.

—Eso no me deja mucha elección, entonces.

—Creo que no.

Dilvish suspiró y desmontó.

—De acuerdo. Llevaremos esto a Kallusan, explicaremos lo sucedido y lo entregaremos a los sacerdotes de Cabolus. Esperando que nos den oportunidad de explicarlo, claro está.

Recogió el cinto fantasma.

—Qué demonios —dijo, se lo puso a la cintura y lo ató.

Miró hacia arriba y se tambaleó. Extendió una mano.

—¿Qué ocurre? —preguntó Black.

El mundo estaba lleno de una luz plateada que se filtraba a través de una nebulosa calina. Y no tenía los mismos rasgos que hasta entonces. Dilvish seguía viendo la arboleda, los cadáveres, a Black y los árboles del borde del claro. 

Pero también había árboles donde él no recordaba haber visto ninguno: ejemplares delgados y oscuros, uno de ellos alzado entre Black y él. El terreno parecía más elevado, aparte de eso, con su visión doble, como si él se hallara hundido hasta la rodilla en un montecillo gris. 

El horizonte estaba oculto por las brumas. Había una roca negra a la izquierda. Detrás de ella formas como dibujadas al carbón parecían agitarse en la penumbra. Dilvish extendió el brazo hacia el árbol fantasma que había a su derecha. Lo notó, pero su mano lo atravesó, como si fuera agua en movimiento y sin salpicaduras. Estaba frío.

Black repitió su pregunta.

—Estoy viendo doble... nuestro mundo, y supongo que ese otro plano mencionado por Fly —replicó Dilvish.

Desató el cinto y se lo quitó. Nada cambió.

—No desaparece —dijo.

—Todavía sostienes el cinto. Mételo en la alforja y monta. Será mejor que nos movamos.

Dilvish obedeció.

—Todo igual —dijo.

—La proximidad, en ese caso —replicó Black.

—¿Te afecta a ti, ahora que lo llevas encima?

—Así sería si yo lo permitiera. No obstante, estoy bloqueando ese plano. No puedo permitirme el riesgo de correr con una visión doble. Pero mientras continuamos echaré un vistazo de vez en cuando.

Black empezó a moverse en la dirección donde según Fly se hallaba Kallusan, y se adentró en una parte del bosque sin caminos.

—Será mejor que consultes tu mapa para ir a Kallusan —dijo—. Busca la ruta preferible.

Dilvish apartó la mirada de la vertiginosa escena y sacó el mapa de un bolsillo de la otra alforja.

—Ve en línea recta —dijo— hasta que llegues al camino por donde vinimos, más allá del recodo. Será más fácil si retrocedemos un poco. Llegaremos a una parte de campiña más despejada.

—De acuerdo.

Black dio media vuelta. Al poco rato encontraron el camino. En ese momento Dilvish pensó que estaba lejos e iluminado a media luz. Se dio cuenta de que se agachaba para evitar ramas que no eran más que brisas en su cara. 

Cada vez era más difícil mantener separados los dos mundos. Trató de cerrar los ojos un rato, pero en seguida le asqueó el vértigo que ello producía.

—No hay ninguna forma de que tapes la visión para mí, ¿me equivoco? —dijo mientras atravesaban al galope lo que parecía un sólido peñasco, con sensaciones idénticas a las de cruzar un túnel de hielo.

—Lo siento —respondió Black—. Esa habilidad no parece ser transferible.

Dilvish maldijo y continuó agachado. Al cabo de un rato, llegaron a una bifurcación del camino que habían pasado con anterioridad y siguieron por la senda de la izquierda: bien señalada, bastante llana y descendiendo ligeramente. 

 

(CONTINUARÁ...)