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Las campanas de Shoredan - Roger Zelazny

Ningún ser viviente habitaba en el territorio de Rahoringhast.

Desde una era antes de esta era estaba el muerto dominio vacío de sonido, aparte del restallar de los truenos y el espit-espit-espit de las gotas de lluvia al rebotar en la piedra de los edificios y en las rocas. 

Las torres de la Ciudadela de Rahoring seguían en pie; el gran arco, al que le habían arrancado las puertas, continuaba abierto, como una boca paralizada en un aullido de dolor y sorpresa de muerte; el campo que rodeaba el lugar se asemejaba al estéril paisaje de la luna.

El jinete siguió el Camino de los Ejércitos, que terminaba en el arco de entrada y se adentraba en la Ciudadela. Tras él quedaba una sinuosa senda que descendía y descendía y retrocedía hacia el sur y hacia el oeste. Atravesaba frígidas siluetas de niebla matutina que se aferraban, entumecidas, al oscuro terreno lleno de agujeros, igual que escuadrones de gigantescas sanguijuelas. 

La senda se curvaba en torno a las viejas torres, que seguían en pie únicamente en virtud de los encantamientos que pesaban sobre ellas desde tiempos pasados. Negras e impresionantes, muy elevadas y perfiladas en la claridad de una pesadilla, las torres y la Ciudadela eran las últimas prolongaciones visibles del carácter de su fallecido constructor: Ho-horga, Rey del Mundo.

El jinete, el jinete de las botas verdes que no dejaba huellas al andar, debió sentir parte del siniestro poder que aún quedaba en el lugar, porque se detuvo y permaneció en silencio, contemplando largo rato las rotas puertas y las altas almenas. Luego dijo una palabra a la negra criatura parecida a un caballo que era su montura, y avanzó lentamente.

Al acercarse, vio que algo se movía en las sombras del arco de entrada.

Él sabía que ningún ser viviente habitaba en el territorio de Rahoringhast...

La batalla había ido bien, teniendo en cuenta el número de defensores.

El primer día, los emisarios de Lylish se acercaron a los muros de Dilfar, solicitaron parlamento, pidieron la rendición de la ciudad y obtuvieron una negativa. Siguió una breve tregua para permitir el combate entre Lance, el Segundo de Lylish, y Dilvish, llamado el Maldito, Coronel del Oriente, Libertador de Portaroy, vástago de la Casa Elfa de Selar y de la Casa Humana eliminada.

La lid duró menos de un cuarto de hora, hasta que Dilvish, cuya herida en la pierna provocó su caída, arremetió con la punta de su espada sin dejar de protegerse con el escudo. La armadura de Lance, considerada invencible, cedió entonces, porque el arma de Dilvish golpeó uno de los dos dibujos del peto, los que tenían forma de hendidas marcas de casco. 

Los soldados murmuraron que esas marcas no estaban allí anteriormente e intentaron hacer prisionero al coronel. Pero el caballo de Dilvish, que permanecía apartado cual estatua de acero, fue en su auxilio de nuevo y lo condujo a la seguridad de la ciudad.

El asalto se inició entonces, pero los defensores estaban preparados y defendieron bien los muros. Dilfar estaba perfectamente fortificada y provista. Combatiendo en posición de fuerza, los defensores lanzaron enorme destrucción sobre los hombres del Occidente.

Al cabo de cuatro horas, el ejército de Lylish se retiró con los enormes arietes que no había podido usar. Los soldados del Occidente iniciaron la construcción de plataformas de asalto mientras aguardaban la llegada de catapultas de Bildesh.

En los muros de Dilfar, en lo alto del Torreón de las Águilas, dos hombres observaban.

—No irá bien, lord Dilvish —dijo el rey, que se llamaba Malacar el Poderoso, aunque su estatura era escasa y sus años abundantes—. Si completan las torres que caminan y traen catapultas, nos atacarán desde lejos. No podremos defendernos de eso. Luego las torres se pondrán en marcha, cuando estemos debilitados tras el bombardeo.

—Es cierto —dijo Dilvish.

—Dilfar no debe caer.

—No.

—Hemos pedido refuerzos, pero se hallan a muchas leguas de distancia. Nadie estaba preparado para el asalto de lord Lylish, y pasará mucho tiempo antes de que se reúnan tropas suficientes y acudan a la batalla.

—Eso también es cierto, y por entonces podría ser demasiado tarde.

—Afirman algunos que sois el mismo lord Dilvish que liberó Portaroy hace largo tiempo.

—Soy ese Dilvish.

—Si es así, aquel Dilvish era de la Casa de Selar de la Espada Invencible.

—Sí.

—¿También es cierto, pues, lo que se dice de la Casa de Selar y de las campanas de Shoredan en Rahoringhast?

Malacar desvió la mirada mientras lo preguntaba.

—Eso no lo sé —dijo Dilvish—. Jamás he intentado despertar a las legiones malditas de Shoredan. Mi abuela me explicó que sólo dos veces en todas las épocas del Tiempo se ha hecho eso. También lo he leído en los Libros Verdes del Tiempo del alcázar de Mirata. Pero no lo sé.

—Sólo a un miembro de la Casa de Selar responderán las campanas. De lo contrario oscilan sin hacer ruido, se dice.

—Eso se dice.

—Rahoringhast se halla lejos, al norte y al este, y penoso es el camino. Pero con una montura como la vuestra se puede hacer el recorrido, conseguir que suenen las campanas, convocar a las legiones malditas. Se dice que esas legiones acompañarán a la batalla a un miembro de Selar.

—Cierto, también yo he pensado en ello.

—¿Podéis intentarlo?

—Sí, señor. Esta noche. Ya estoy preparado.

—Arrodillaos pues y recibid mi bendición, Dilvish de Selar. Supe que erais él en cuanto os vi en el campo ante estos muros.

Y Dilvish se arrodilló y recibió la bendición de Malacar, llamado el Poderoso, Señor del Dominio Oriental, cuyo reino abarcaba Dilfar, Bildesh, Maestar, Mycar, Portaroy, Princeaton y Poind.

El camino era difícil, pero el transcurso de leguas y horas se asemejaba al movimiento de las nubes. La puerta occidental de Dilfar tenía en la parte interior una salida más pequeña, una puerta que permitía el paso de un hombre, claveteada y con ranuras para disparar flechas.

Cual postigo al viento, esa puerta se abrió y se cerró. Agazapado, a lomos de un fragmento de la noche, el coronel cruzó la abertura y corrió por la llanura, entrando un instante en los lindes del campamento enemigo.

Hubo un grito mientras Dilvish pasaba, y resonaron armas en la oscuridad.

Brotaron chispas de desherrados cascos de acero.

—¡Toda la velocidad a tu disposición, Black, mi montura!

Cruzó el lugar del campamento y se alejó antes de que la primera flecha estuviera dispuesta en su arco.

En lo alto de la colina, hacia el este, una pequeña hoguera tremolaba al viento. Estandartes, montados en altos palos, aleteaban en la noche; estaba demasiado oscuro para que Dilvish leyera los emblemas, pero sabía que se hallaban ante las tiendas de Lylish, Coronel del Occidente.

Dilvish pronunció las palabras en el lenguaje de los malditos, y al pronunciarlas los ojos de su montura brillaron como ascuas en la noche. La pequeña hoguera de la cumbre de la colina, una gran fronda de llamas, se alzó hasta la altura de cuatro hombres. Pero no alcanzó la tienda. Y después no hubo ninguna hoguera, sólo las brasas de todos los leños consumidos en un instante.

Dilvish siguió cabalgando, y los cascos de Black produjeron iluminación en la ladera.

Persiguieron a Dilvish solamente un rato. Después el coronel se alejó solitario.

Toda esa noche cabalgó cruzando parajes de roca. Siluetas se alzaron y cayeron ante él, igual que tambaleantes gigantes sorprendidos en plena borrachera. Dilvish se notó lanzado, en innumerables ocasiones, por vacuo aire, y al mirar hacia abajo en tales momentos, sólo vio vacuo aire.

Con la mañana llegó la nivelación del camino, y el distante borde de la Llanura Oriental quedó primero ante Dilvish, luego bajo él. Comenzó a dolerle la pierna debajo de la ropa, pero él había vivido en las Casas de Dolor diez veces más que las vidas de los hombres, y apartó la sensación de sus pensamientos.

Cuando el sol se alzó sobre el irregular horizonte a su espalda, Dilvish hizo un alto para comer y beber, para estirar las piernas.

Luego vio en el cielo las siluetas de nueve palomas negras que debían circundar el mundo eternamente, sin posarse jamás, para ver todas las cosas del mar y la tierra pasando sobre ellas.

—Un augurio —dijo Dilvish—. ¿Es un buen augurio?

—No lo sé —replicó la criatura de acero.

—Entonces apresurémonos a saberlo.

Dilvish montó de nuevo.

Durante cuatro días atravesó la llanura, hasta que las onduladas hierbas amarillas y verdes quedaron atrás y el terreno se extendió arenoso ante el jinete.

Los vientos del desierto le hirieron los ojos. Dispuso su pañuelo a modo de embozo, pero no pudo frenar la totalidad del asalto. Para toser y escupir tenía que bajar el pañuelo, y la arena penetraba nuevamente. Parpadeó y sintió arder su cara, y maldijo, pero ningún hechizo conocido podía dejar el desierto entero como un tapiz amarillo, liso y sin arrugas bajo él. Black era un viento contrapuesto, y los vientos del territorio se apresuraron a combatir su paso.

El tercer día en el desierto, un loco ser voló invisible y disparatado detrás de Dilvish. Ni siquiera Black logró dejarlo atrás, y la criatura hizo caso omiso de las más inmundas imprecaciones en mabrahoring, el lenguaje de demonios y malditos.

Al día siguiente, más criaturas se unieron a la primera. No cruzaron el círculo protector donde Dilvish reposaba, pero llenaron de chillidos sus sueños —fragmentos sin sentido en una decena de idiomas— y perturbaron su descanso.

El jinete los dejó atrás al dejar el desierto. Los dejó atrás al entrar en el territorio de piedra, rebordes, guijos, oscuros estanques y siniestras aberturas en la tierra donde brotaban los vahos de los infiernos.

Dilvish había llegado a la frontera de Rahoringhast.

Un territorio húmedo y gris, por todas partes.

Había niebla en algunos puntos, y el agua rezumaba de las rocas, surgía del suelo.

No había árboles, arbustos, flores, hierba... Ningún pájaro cantaba, ningún insecto zumbaba... Ningún ser viviente habitaba en el territorio de Rahoringhast.

Dilvish siguió cabalgando y atravesó las quebradas fauces de la ciudad.

El interior era sombras y ruina.

El jinete prosiguió por la Senda de los Ejércitos.

En silencio estaba Rahoringhast, una ciudad de los muertos.

El lo percibió, no como el silencio de la nada, sino como el silencio de una paralizada presencia.

Sólo las hendidas patas de acero sonaban en la ciudad.

No había ecos.

Sonido... Nada. Sonido... Nada. Sonido...

Fue como si algo invisible se desplazara para absorber cualquier evidencia de vida en cuanto se manifestaba mediante el ruido.

Rojo era el palacio, igual que ladrillos recién sacados del horno y enrojecidos por el temple de su fabricación. Pero los muros eran uniformes. Ninguna juntura, ninguna división en la capa de rojo. Una construcción sólida, imponderable, de amplia base, y con sus trece torres alcanzaba más altura que cualquier edificio visto por Dilvish, aunque él había morado en el mismo torreón de Mirata, donde los Señores de la Ilusión dominaban, retorciendo el espacio a su voluntad.

Dilvish desmontó y contempló la enorme escalera que se alzaba ante él.

—Nos orientaremos dentro de eso.

Black inclinó la cabeza y tocó el primer escalón con su casco. Brotó fuego de la piedra. El caballo de acero retiró la pata y el humo formó rizos en ella. No quedó señal en la escalera indicativa del punto de contacto.

—Temo no poder entrar en este lugar y conservar mi forma —afirmó Black—. Como mínimo, mi forma.

—¿Qué te lo impide?

—Un antiguo encantamiento para defender este lugar del asalto de cualquiera como yo.

—¿Puede deshacerse?

—No por ninguna criatura que ande en este mundo o vuele sobre él o se retuerza bajo él, o yo soy un caballo. Aunque un día los mares suban y cubran la tierra, este lugar existirá en el fondo. Fue arrancado del Caos por el Orden en los tiempos en que estas normas dominaban el territorio pelado, al otro lado e las montañas. Quienquiera que fuera el causante, fue uno de los Primeros, y poderoso incluso desde el punto de vista del Poderoso.

—En ese caso debo continuar solo.

—Tal vez no. Se acerca alguien ahora mismo al que será mejor que aguardes y escuches.

Dilvish aguardó, y un solitario jinete salió de una distante calle y avanzó hacia los recién llegados.

—Saludos —dijo el jinete con la mano derecha levantada, abierta.

—Saludos. —Dilvish hizo el mismo gesto.

El jinete desmontó. Su vestimenta era de color violeta oscuro, la capucha echada hacia atrás, la capa tapándole por completo. No llevaba armas visibles.

—¿Qué hacéis aquí ante la Ciudadela de Rahoring? —preguntó.

—¿Qué hacéis vos preguntándome, sacerdote de Babrigore? —dijo Dilvish, y no apremiantemente.

—Paso el tiempo de una luna en este lugar de muerte, para extenderme en los hábitos del mal. Es para prepararme como superior de mi templo.

—Sois joven para ser rector de un templo.

El sacerdote se encogió de hombros y sonrió.

—Pocos vienen a Rahoringhast —observó.

—No es muy extraño —replicó Dilvish—. Confío en no quedarme mucho tiempo.

—¿Pensabais entrar en este... lugar? —El sacerdote señaló el palacio.

—Pensaba, y pienso.

El hombre era media cabeza más bajo que Dilvish, y era imposible conjeturar su silueta bajo la ropa que lucía. Sus ojos eran azules y su tez morena. Un lunar en su párpado izquierdo danzaba cuando pestañeaba.

—Permitidme rogaros que reconsideréis esta acción —dijo—. Sería imprudente entrar en este edificio.

—¿Por qué?

—Se dice que el interior continúa vigilado por los antiguos guardianes de su señor.

—¿Habéis estado dentro alguna vez?

—Sí.

—¿Os causó molestias algún antiguo guardián?

—No, pero al ser sacerdote de Babrigore me hallo bajo la protección de... de... Jelerak.

Dilvish escupió.

—Ojalá le arranquen la carne de los huesos y conserve la vida.

El sacerdote bajó los ojos.

—Aunque él luchó contra la criatura que habitaba en este lugar —dijo Dilvish—, después se volvió tan inmundo como ella.

—Muchos de sus actos son igual que manchas en la tierra —repuso el sacerdote—, pero él no fue siempre así. Era un auténtico mago que opuso sus poderes a los del Siniestro, en una época en que el mundo era joven. No estaba bastante capacitado. Cayó. El Maléfico lo usó como siervo. Durante siglos soportó ese cautiverio, hasta que la esclavitud lo transformó, tal como debía ser. También él alcanzó la gloria con métodos siniestros. Pero después, cuando Selar el de la Espada Invencible compró la vida de Hohorga con la suya, Jel... él cayó como si estuviera muerto y así permaneció durante una semana. Próximo al delirio, al despertar, recurrió a un contraencantamiento en un último acto de revocación: liberar a las legiones malditas de Shoredan. Lo probó. Lo hizo. Permaneció en esta misma escalera durante dos días y dos noches, hasta que la sangre se mezcló con el sudor de su frente, pero no consiguió romper el influjo de Hohorga. Aun estando muerto, la siniestra fuerza era tremenda para él. Luego vagó enloquecido por el territorio, hasta que fue recogido y atendido por los sacerdotes de Babrigore. Después volvió a los hábitos que había aprendido, pero siempre ha mostrado una amable disposición hacia la Orden que lo atendió. Jamás nos ha pedido nada. Nos ha enviado alimentos en tiempos de hambre. No habléis mal de él en mi presencia.

Dilvish escupió de nuevo.

—Ojalá se pudra en la oscuridad de las oscuridades por los siglos de los siglos y ojalá su nombre sea maldito por siempre. El sacerdote apartó la mirada del repentino fulgor en los ojos de Dilvish.

—¿Qué pretendéis hacer en Rahoring? —preguntó por fin. —Entrar... y hacer algo. Si debéis hacerlo, os acompañaré. Tal vez mi protección se extienda también a vos.

—No he solicitado vuestra protección, sacerdote.

—No es preciso solicitarla.

—Perfectamente. Venid conmigo en ese caso.

Empezó a subir la escalera.

—¿Qué es eso que montáis? —inquirió el sacerdote mientras señalaba hacia atrás—. Igual que un caballo por su forma, pero ahora es una estatua.

Dilvish se echó a reír.

—También yo sé algo de los métodos siniestros, pero mis relaciones son particulares.

—Ningún hombre puede tener relaciones especiales con lo siniestro.

—Podéis decir eso a un morador de las Casas de la Llanura, sacerdote. A una estatua. ¡A alguien que pertenezca totalmente a la raza de los hombres! Pero no a mí.

—¿Cómo os llamáis?

—Dilvish. ¿Y vos?

—Korel. No os hablaré más de lo siniestro, Dilvish, pero a pesar de todo entraré con vos en Rahoring.

—En ese caso no sigáis hablando. —Dilvish se volvió y continuó subiendo.

Korel le siguió.

A medio camino, la luz que les rodeaba empezó a apagarse. Dilvish miró hacia atrás. Sólo pudo ver la escalera que bajaba y bajaba. No había nada en el mundo aparte de escalones. Un paso más hacia arriba, y la oscuridad aumentó.

—¿Ocurrió esto cuando entrasteis aquí la última vez? —preguntó Dilvish.

—No —dijo Korel.

Llegaron a lo alto de la escalera y vieron el nebuloso portal. Por entonces parecía como si la noche cubriera la tierra.

Entraron.

Un sonido, como de música, llegaba de muy lejos, y en el interior había una luz fluctuante. Dilvish puso la mano en el pomo de su espada.

—No os servirá de nada —musitó el sacerdote.

Recorrieron el pasadizo y llegaron por fin a una vacía sala. Varios braseros vertían llamas en los elevados huecos de las paredes. El techo se perdía en la penumbra y el humo.

Cruzaron esa sala hasta el punto donde una amplia escalera conducía a una llamarada de luz y sonido.

Korel miró atrás.

—Empieza con la luz —dijo el sacerdote—, toda esta novedad. —Señaló—. El pasillo exterior sólo contenía escombros y... polvo...

—¿Y cuál es el problema aparte de eso? —Dilvish volvió también la cabeza.

Sólo una hilera de pisadas recorría el polvo hacia la sala. Dilvish se echó a reír.

—Camino con suavidad —dijo.

Korel le contempló. Luego parpadeó y su lunar se agitó sobre el ojo.

—Cuando entré aquí anteriormente —dijo el sacerdote—, no había sonidos, ninguna antorcha. Todo estaba vacío y silencioso, destrozado. ¿Sabéis qué ocurre?

—Sí —repuso Dilvish—, porque lo leí en los Libros Verdes del Tiempo y en el torreón de Mirata. Debéis saber, oh sacerdote de Babrigore, que en la sala superior los fantasmas juegan a ser fantasmas. Debéis saber, igualmente, que Hohorga muere una y otra vez mientras yo estoy aquí dentro.

Al pronunciar el nombre Hohorga, se oyó un fuerte grito en la elevada sala. Dilvish corrió escaleras arriba, con el sacerdote detrás.

De entre los muros de Rahoring brotaba un potente gemido.

Se detuvieron al final de la escalera, Dilvish como una estatua, con la espada medio desenvainada, Korel con las manos metidas en las mangas, rezando según la norma de su orden.

Los restos de un gran festín se hallaban dispersos por toda la sala. La luz procedía de arriba, de unos globos de colores que daban vueltas como planetas bajo la gran pintura celeste del abovedado techo. 

El trono que ocupaba el estrado junto a la pared más alejada estaba vacío. Ese trono era demasiado grande para que alguien de la época lo ocupara. Las paredes estaban totalmente cubiertas de antiguos emblemas, muy extraños, sobre losas de mármol donde alternaban el blanco y el anaranjado. 

En las columnas de la pared había gemas del tamaño de puños cerrados, de ardiente amarillo y esmeralda, infrarrubí y ultra-azul que despedían un ígneo brillo, transparente e iluminador hasta los escalones del trono. 

El pabellón del trono era amplio y de oro blanco, trabajado a la manera de sirenas y arpías, delfines y serpientes con cabeza de cabra; estaba sostenido por dragones alados, grifos y pegasos sentados y erguidos. Pertenecía al ser que agonizaba en el suelo.

Con forma de hombre, aunque media talla más alto, Hohorga yacía en las baldosas de su palacio y sus intestinos llenaban su regazo. Lo atendían tres miembros de su guardia, mientras el resto se ocupaba del asesino. Se decía en los Libros del Tiempo que Hohorga el Maléfico era indescifrable. Dilvish comprobó que ello era cierto y falso al mismo tiempo.

Hohorga era hermoso y noble de facciones; pero tan cegadoramente hermoso era que todos los ojos se apartaban de aquel semblante arrugado entonces por el dolor. Un tenue halo azulado decrecía alrededor de sus hombros. Incluso con el dolor de la muerte Hohorga era tan frío y perfecto como una piedra preciosa tallada, dispuesta sobre el cojín verdirrojo de su sangre; la suya era la hipnótica perfección de una serpiente multicolor. 

Se dice que los ojos no tienen expresión propia, y que nadie puede meter la mano en un barril de ojos y separar los de un hombre encolerizado o los de un ser querido. Los ojos de Hohorga eran los de un dios arruinado: infinitamente tristes, tan altivos como un océano de leones.

Una sola mirada y Dilvish comprobó ese detalle, aunque no logró adivinar el color de los ojos.

Hohorga era de la sangre del Primero.

Los guardias habían arrinconado al asesino. El combatía, al parecer con las manos vacías, pero parando y asestando golpes como si aferrara una espada. Cuando su mano se movía, había heridas.

El asesino esgrimía la única arma capaz de herir al Rey del Mundo, que no toleraba armas en su presencia, salvo a su guardia.

Llevaba la Espada Invisible.

Era Selar, primero de la casa elfa de ese nombre, finado gran señor de Dilvish, que en ese momento gritó su nombre.

Dilvish sacó la espada y cruzó corriendo la sala. Arremetió contra los atacantes, pero su hoja los atravesó como si fueran de humo.

Superaron la posición de guardia de Selar. Un potente golpe lanzó despedido algo invisible que resonó en la sala. Luego despedazaron al vencido, poco a poco, a Selar de Shoredan, mientras Dilvish lloraba y observaba.

Y entonces habló Hohorga, con una voz firme aunque suave, sin inflexión, igual que el constante batido de la marea o cascos de caballos.

—He sobrevivido al que presumía de haberme vencido, como debe ser. Sabed que está escrito que jamás ojo alguno vería la espada capaz de herirme. Los poderes tienen sus bromas. Mucho de lo que he hecho permanecerá siempre así, oh hijos de los Hombres, Elfos y Salamandras. Me llevo de este mundo, al silencio, mucho más de lo que sabéis. Habéis vencido a lo que era más grande que vosotros mismos, pero no os enorgullezcáis. Eso ha dejado de importarme. Nada me importa. Mis maldiciones para vosotros.

Aquellos ojos se cerraron y hubo el estampido del trueno.

Dilvish y Korel estaban solos en las ensombrecidas ruinas de una gran sala.

—¿Por qué apareció hoy esto? — preguntó el sacerdote.

—Cuando uno de la sangre de Selar entra aquí — dijo Dilvish — la escena vuelve a realizarse.

—¿Para qué habéis venido aquí, Dilvish, hijo de Selar?

—Para tocar las campanas de Shoredan.

—Imposible.

—Si debo salvar Dilfar y liberar de nuevo Portaroy, ha de hacerse.

«Voy a buscar las campanas ahora mismo. »

Atravesó la casi negrura de noche sin estrellas, porque sus ojos no eran los ojos de los Hombres, y estaba acostumbrado a mucha oscuridad.

Oyó que el sacerdote le seguía.

Pasaron por detrás de la destrozada mole del trono del Señor de la Tierra. De haber habido suficiente luz, habrían visto que los puntos oscuros del suelo se convertían en manchas, luego adoptaban el tono tostado de la arena y un color verdirrojo de sangre al acercarse Dilvish, para esfumarse de nuevo al alejarse.

Detrás del estrado estaba la puerta de la torre central. Fevera Mirata, Reina de la Ilusión, había mostrado una vez esta sala a Dilvish en un espejo del tamaño de seis jinetes en línea, un espejo bordeado por un marco de atrompetados narcisos de oro que ocultaron sus cabezas hasta que no hubo más reflejo que el de ellos mismos.

Dilvish abrió la puerta y se detuvo. Ondulante humo le envolvió. Sufrió un ataque de tos, pero se mantuvo en guardia.

—¡Es el Guardián de las Campanas! — exclamó Korel — . ¡Que Jelerak nos libre!

—¡Maldito Jelerak! — dijo Dilvish — . Me basto para librarme.

Pero al hablar, la nube formó un remolino y dando vueltas se transformó en una reluciente torre que guardaba la entrada, iluminando el trono y los puntos próximos. Dos ojos rojos centelleaban en el humo.

Dilvish pasó su espada una y otra vez a través de la nube, sin encontrar resistencia.

—Si continúas incorpóreo, pasaré a través de ti —anunció Dilvish—. Si adoptas una forma, te haré pedazos. Elige—y dijo todo ello en mabrahoring, el lenguaje que se habla en el Infierno.

—Libertador, Libertador, Libertador —silbó la nube—, mi predilecto, Dilvish, criaturilla de garfios y cadenas. ¿No conoces a tu amo? ¿Tan corta es tu memoria?

Y la nube se deshizo y se convirtió en una criatura con cabeza de ave, las patas traseras de un león y dos serpientes brotando de los hombros que se retorcían y reaparecían en la alta cresta de llameantes plumas.

—¡Cal-den!

—Sí, tu antiguo atormentador, hombre Elfo. Te he echado de menos, pocos abandonan mis cuidados. Era hora de que volvieras.

—Esta vez —dijo Dilvish— no estoy encadenado ni desarmado, y nos encontramos en mi mundo. —Y arremetió con su espada, arrancando la cabeza de serpiente del hombro izquierdo de Cal-den.

Un penetrante chillido de pájaro llenó la sala y Cal-den atacó.

Dilvish le golpeó el pecho, pero la hoja rebotó y sólo dejó un minúsculo corte del que fluyó un claro licor.

Cal-den lanzó a Dilvish contra el estrado, agarró la espada con su negra zarpa, la partió y levantó el otro brazo para derribarle. Dilvish atacó con lo que quedaba del arma, veinte centímetros de mellada hoja.

La punta alcanzó a Cal-den bajo la quijada, penetró y quedó allí, con la empuñadura arrancada de la mano de Dilvish mientras el torturador agitaba la cabeza y rugía.

Después Dilvish fue cogido por la cintura, de tal forma que sus huesos se afligieron y crujieron. Se sintió levantado en el aire, y la serpiente desgarró su oreja y las garras pincharon sus costados. El rostro de Cal-den se alzó hacia la víctima, con la empuñadura de la espada igual que una barba de acero.

Acto seguido lanzó a Dilvish al otro lado del estrado, como si quisiera aplastarlo contra las baldosas del suelo.

Pero el portador de las verdes botas de la Tierra Elfa no podía ser lanzado al suelo o caer de otra forma que no fuera de pie.

Dilvish se recobró, pero el choque de la caída le produjo dolor en la herida del muslo. Su pierna cedió, de modo que tuvo que apoyarse en una mano.

Cal-den saltó sobre él y le golpeó dolorosamente en la cabeza y los hombros. Desde alguna parte, Korel lanzó una piedra que alcanzó la cresta del demonio.

Dilvish retrocedió tambaleante, hasta que su mano topó con un objeto entre los escombros, un objeto que hacía sangrar.

Una espada.

Dilvish asió el puño y lo alzó del suelo asestando un golpe de costado que alcanzó a Cal-den en la espalda, dejándolo paralizado en un aullido capaz de reventar los tímpanos a cualquiera que lo oyera. Brotó humo de la herida.

Dilvish se levantó y vio que no tenía nada en la mano.

Entonces supo que la espada de su antepasado, el arma que ojo alguno podía ver, le había llegado de entre las ruinas, donde había permanecido siglos, para ayudarle como vástago de la Casa de Selar en ese momento de apuro.

Dilvish la dirigió hacia el pecho de Cal-den.

—Conejo mío, estás desarmado y sin embargo me has herido —dijo la criatura—. Ahora volveremos a las Casas del Dolor.

Ambos se lanzaron hacia delante.

—Siempre supe —dijo Cal-den— que mi pequeño Dilvish era un poco especial —y cayó al suelo con enorme estrépito y el humo brotó de su cuerpo.

Dilvish puso el pie en el cadáver y arrancó la espada, perfilada por humeante licor.

—A ti, Selar, te debo esta victoria —dijo, y alzó un trozo de humeante nada a modo de saludo. Después envainó la espada.

Korel estaba junto a él. Vio que la criatura que estaba a sus pies se esfumaba como ascuas y hielo, dejando un hedor sumamente repugnante.

Dilvish condujo de nuevo al sacerdote a la puerta de la torre y ambos entraron, Korel siempre junto al Maldito.

El roto tirador estaba a los pies de Dilvish. Se convirtió en polvo en cuanto lo tocó con la punta del pie.

—Se dice —explicó a Korel— que el tirador de las campanas se rompió en las manos del último que lo usó, hace media eternidad.

Alzó los ojos, y sólo había oscuridad en lo alto.

—Las legiones de Shoredan partieron para asaltar la Ciudadela de Rahoring —dijo el sacerdote, como si leyera en un viejo pergamino— y la noticia de su movimiento no tardó en llegar al Rey del Mundo, que realizó un encantamiento con tres campanas fundidas en Shoredan. Al tañer estas campanas, una gran niebla surgió en el territorio y envolvió a las columnas de marchantes y jinetes. La niebla se dispersó con el segundo tañido de las campanas, y el territorio apareció vacío de tropas. Más tarde, Merde, Mago Rojo del Sur, escribió que estos marchantes y jinetes todavía avanzan en alguna parte, atravesando regiones de eterna niebla. 

«Si estas campanas vuelven a ser tocadas por una mano de la misma Casa del ejecutor del encantamiento, esas legiones saldrán de la niebla para servirle durante algún tiempo en batalla. Pero cuando hayan cumplido, desaparecerán de nuevo en los parajes de lobreguez, donde continuarán su marcha en un Rahoringhast que ya no existe. ¿Es posible liberarlas para que descansen? No lo sabemos. Alguien más poderoso que yo lo ha probado y ha fracasado.»

Dilvish inclinó la cabeza un momento y después palpó las paredes. No eran como las exteriores. Estaban formadas por bloques del mismo material, y entre dichos bloques había exiguas grietas para proporcionar punto de apoyo a los dedos.

Dilvish dio un salto e inició el ascenso. Las blandas botas verdes encontraron soportes en cualquier lugar que tocaban.

El ambiente era caluroso y viciado. Rociadas de polvo caían sobre Dilvish en cuanto levantaba el brazo por encima de la cabeza.

Continuó subiendo, hasta contar cien movimientos, y se rompió las uñas de las manos. Luego se aferró a la pared como una lagartija, para descansar, y notó los dolores de su último combate, ardientes como soles en su interior.

Dilvish respiró el fétido aire y la cabeza le dio vueltas. Pensó en la Portaroy que había liberado en otra época, hacía mucho tiempo, la ciudad amistosa, el lugar donde le habían festejado, el territorio que le había necesitado con tanta fuerza como para librarle de las Casas del Dolor y romper la presa de piedra que agobiaba su cuerpo. Y pensó en la Portaroy en manos del Coronel del Occidente, y pensó en Dilfar que se resistía a Lylish, capaz de llevarse por delante los bastiones del Oriente.

Dilvish siguió subiendo.

Su cabeza tocó el borde metálico de una campana.

Se puso encima, apoyándose en los travesaños que acababa de ver.

Había tres campanas suspendidas de un mismo eje.

Dilvish apoyó la espalda en la pared y se agarró a los travesaños para poner los pies en la campana central.

Empujó, poniendo en tensión las piernas.

El eje protestó, crujió al frotar sus puntos de apoyo.

Pero la campana se movió, despacio. No retrocedió, empero, si no que permaneció en la misma posición después del empujón.

Tras lanzar una maldición, Dilvish cruzó trabajosamente los travesaños hasta el lado opuesto del campanario.

Movió el eje, y éste dio una vuelta y quedó fijo. Pero todas las campanas se desplazaron con el eje.

Nueve veces más pasó de un lado a otro, en la oscuridad, para empujar las campanas.

Por fin los movimientos fueron más suaves.

Poco a poco las campanas fueron retrocediendo al dejar de hacer fuerza con las piernas. Dilvish dio otro empujón y las campanas retrocedieron de nuevo. Siguió empujando, sin cesar.

Hubo un ligero ruido en una de las campanas cuando el badajo tocó el metal. Luego otro. Y por fin una campana sonó.

Dilvish dio patadas cada vez más fuertes, y las campanas oscilaron libremente y llenaron la torre con un repiqueteo que hizo vibrar las raíces de los dientes del Maldito e inundaron de dolor sus oídos. Una tormenta de polvo cayó sobre él y los ojos se le llenaron de lágrimas. Tosió y cerró los párpados. Esperó a que las campanas se pararan.

Creyó oír a muchísima distancia el tenue sonido de un cuerno.

Inició el descenso.

—Lord Dilvish —dijo Korel en cuanto el Maldito llegó al suelo—, he oído sonido de cuernos.

—Sí —dijo Dilvish.

—Llevo conmigo una bota de vino. Bebed.

Dilvish se limpió los labios, escupió y dio tres generosos tragos.

—Gracias, sacerdote. Salgamos de aquí.

Atravesaron la sala de nuevo y bajaron las escaleras interiores. La sala menos espaciosa carecía de iluminación en ese momento y estaba en ruinas. Salieron, sin que Dilvish dejara huellas indicativas de adonde había ido. Y mientras bajaban los escalones la oscuridad abandonó a la pareja.

A través del grisáceo día que se aferraba al suelo, Dilvish contempló la Senda de los Ejércitos. Una intensa niebla llenaba el ambiente hasta mucho más allá de los destrozados portalones, y de la niebla brotaban las notas del cuerno y el ruido de movimiento de tropas. Dilvish casi distinguió los perfiles de las columnas de marchantes y jinetes, moviéndose sin cesar pero sin avanzar.

—Mis tropas me aguardan —dijo Dilvish en la escalera—. Gracias, Korel, por acompañarme.

—Gracias a vos, lord Dilvish. Vine a este lugar para investigar los métodos del mal. Me habéis mostrado muchas cosas que debo meditar.

Bajaron los últimos escalones. Dilvish se quitó el polvo de su ropa y montó a Black.

—Una cosa más, Korel, sacerdote de Babrigore —dijo—. Si alguna vez os encontráis con vuestro protector, que os proporcionará mucho más mal para vuestras meditaciones que el que habéis visto aquí, decidle que en cuanto todas las batallas hayan sido libradas, su estatua vendrá para matarlo.

El lunar se agitó cuando Korel parpadeó ante Dilvish.

—Recordad —replicó— que él llevó en tiempos un manto de luz.

Dilvish se echó a reír, y los ojos de su montura relucieron rojamente en la penumbra.

—¡Mirad! —dijo mientras señalaba—. ¡Ahí está vuestra señal de la bondad y la luz de él!

Nueve palomas negras daban vueltas en el cielo.

Korel bajó la cabeza y no respondió.

—Me voy ahora para ponerme al frente de mis legiones.

Black se encabritó sobre sus cascos de acero y rió al mismo tiempo que su jinete.

Y se fueron, por la Senda de los Ejércitos, dejando tras de ellos en las sombras a la Ciudadela de Rahoring y al sacerdote de Babrigore.

Los elfos - Ludwig Tieck

–¿Dónde está nuestra pequeña María?

–Está jugando en el prado con el hijo de nuestro vecino contestó la mujer.

–No vayan a perderse –dijo el padre, preocupado–, son tan atolondrados.

La madre echó un vistazo a los pequeños y les llevó su merienda a la mesa.

–¡Qué calor hace! –dijo el muchacho mientras la niña se abalanzaba sobre las rojas cerezas.

–Tengan cuidado, niños –dijo la madre–, no vayan muy lejos de casa ni se adentren en el bosque; su papá y yo vamos al campo.

El joven Andrés contestó:

–¡Oh, no hay por qué preocuparse! El bosque nos asusta y vamos a quedarnos sentados cerca de la casa, donde hay gente.

Al momento, la mujer se retiró y salió acompañada de su esposo. Cerraron ambos la puerta de la casa y se dirigieron al campo y los prados para inspeccionar a los peones y, al mismo tiempo, la cosecha de heno. 

La casa se situaba en una pequeña y verde loma, rodeada por un declive con empalizadas que abarcaban también los huertos y los invernaderos; un poco más abajo, se extendía el pueblo, y a lo lejos se elevaba el palacio ducal. 

Martín arrendaba la propiedad señorial y vivía con su esposa y su única hija, contento porque cada año ahorraba con la perspectiva de hacerse, a costa de su trabajo, un hombre rico ya que la tierra era fértil y el señor conde más bien benévolo.

Al caminar junto a su mujer en dirección de los campos, miró con alegría en torno suyo y dijo:

–Qué distinta es esta región de la otra en que vivíamos, Brígida. Aquí todo es tan verde, el pueblo es abundante en frutos, la tierra derrocha pastos y hermosas flores, todas las casas son alegres y limpias, y los habitantes, ricos. Hasta pienso que los bosques son aquí más hermosos y el cielo más azul; hasta donde alcanza la vista, puede verse el gozo y la alegría ante la generosidad de la Naturaleza.

–En cuanto se está más allá del río –dijo Brígida–, se encuentra uno como en otra Tierra, todo tan triste y raquítico. Cuanto forastero viene, afirma que nuestro pueblo es el más bello de la región.

–Con excepción del valle de abetos –contestó él–. Mira hacia allá, qué negro y triste se ve ese apartado lugar dentro de toda la alegría que lo circunda. Detrás de los obscuros abetos están la humeante casita, los cobertizos derruidos, el hilo de agua que pasa de largo con aire triste. 

–Es cierto –dijo la mujer, mientras permanecían de pie–. Al acercarse a ese lugar, se vuelve uno triste y temeroso sin saber la razón de ello. ¿Quiénes serán en realidad esos que viven allí y por qué se mantienen alejados de toda comunidad como si no tuvieran la conciencia tranquila?

–Pobre chusma –contestó el joven arrendatario–. Parecen gitanos que roban y engañan en lo apartado, y quizá allí sea su escondite. Lo único que me asombra es que el muy benévolo señorío los tolere.

–Podría también ser gente pobre –dijo la mujer, compasivamente– que se avergüenza de su pobreza, aunque uno no tiene realmente razón al culparlos de nada; lo único que da en qué pensar es que no muestran devoción hacia la iglesia. Y no se sabe de qué viven pues el jardincillo, que parece estar completamente abandonado, no los puede ni siquiera alimentar, ni tampoco poseen sus propios campos.

–Sólo Dios sabe en qué se ocupen –continuó Martín, mientras reanudaba sus pasos–, pues ningún ser humano pasa junto a ellos, y el lugar que habitan está apartado y embrujado, de manera que ni los muchachos más traviesos se atreven a acercarse.

Continuaron conversando mientras se encaminaban al campo. Aquella obscura región de la que hablaban estaba situada fuera del pueblo. En una pendiente rodeada de abetos se veía una casita y diversas construcciones pertenecientes a varias granjas casi del todo destruidas. Muy de vez en cuando llegaba a apreciarse el humo de las chimeneas, y más rara todavía era la presencia de gente. 

En una sola ocasión, un curioso que se había atrevido a acercarse advirtió en un banco, delante de la casita, unas horribles mujeruchas vestidas con harapientas ropas acompañadas de unos niños igualmente feos y sucios que se revolcaban entre sus faldas; algunos perros de obscuro pelaje corrían cerca de ellos; al caer la noche, un individuo misterioso que nadie conocía cruzó el camino a la altura del arroyo y entró en la casita; más tarde, a lo lejos, podían verse entre la obscuridad diversas siluetas que se movían como sombras alrededor de una fogata campestre. 

La pendiente, los abetos y la casita derruida daban en verdad una extrañísima impresión dentro del verde y alegre paisaje, en comparación con las blancas casitas del pueblo y el reluciente y magnífico palacio.

Los niños se habían comido la fruta; sintieron deseos de correr, y la pequeña y ágil María le ganó en todas las ocasiones al lento Andrés.

–¡Eso no tiene ninguna gracia! –exclamó finalmente Andrés–. ¡Vamos a hacerlo ahora más lejos, entonces si veremos quién gana!

–Como quieras –dijo la pequeña–. Sólo que no podemos correr hacia donde está el río.

–No –contestó Andrés–. Pero allá, en la colina, donde está el gran peral, a un cuarto de hora de aquí. Yo corro dando vuelta a la izquierda, por la pendiente de los abetos, y tú, que puedes hacerlo, corres por el lado derecho del campo, y los dos llegamos a la misma meta. Entonces veremos quién es el que corre mejor.

–Bueno. Así no nos estorbaremos en el camino; además, mi papá dice que es la misma distancia en dirección de la colina yendo de este lado o más allá de la casa de los gitanos –dijo María, y en seguida comenzó a correr.

Andrés se apresuró tan velozmente que María, al tomar por la derecha, ya no lo alcanzó a ver mas.

–Es realmente un tonto –se dijo–, pues me será suficiente un poco de valor para cruzar el pequeño puente, pasar cerca de la casita y salir del solar hacia el otro lado; así llegaré mucho antes que Andrés.

Ya estaba delante del arroyo, al pie de la colina de abetos.

–¿Cruzo el puente? ¡Qué miedo! –se dijo.

Un falderillo blanco ladraba allí cerca con todo su ímpetu. Al asustarse, el animal le pareció a María como un monstruo y retrocedió inopinadamente.

–¡Ay! –dijo–. Andresito está ahora muy adelantado y yo sigo aquí, como una estatua, pensándolo todavía.

El perro ladraba sin parar; al mirarlo con más detenimiento no le pareció tan horrible sino, por el contrario, muy gracioso: tenía un collar rojo del que colgaba un reluciente cascabel, y toda vez que levantaba la cabeza meneándose al ladrar, el cascabel se dejaba oír encantadoramente.

–¡Eh, sólo tengo que decidirme! –exclamó la pequeña María–. Corro lo más que pueda y ¡rápido, rápido! salgo otra vez al camino. ¡Este animalillo no me ha de devorar tan rápidamente!

Al decir esto, la resuelta y vivaz niña se lanzó hacia el puentecillo y pasó a toda carrera junto al perro, que sin ladrar más le hizo fiestas alrededor. De pronto estaba en la pendiente, de manera que los negros abetos le impedían la vista hacia los contornos de la casa paterna y el resto del paisaje.

Vaya que estaba sorprendida. La rodeaba el jardín de flores más vistoso y alegre, sembrado de tulipanes, rosas y azucenas de incomparables y bellos colores; mariposas azul y púrpura se mecían en los pétalos, aves multicolores se colgaban de los emparrados en las jaulas de lustrosas rejas mientras cantaban hermosas melodías, y algunos niños, en albeantes y cortos vestiditos, de pelo rubio y rizado y de ojos claros, saltaban alrededor. 

Unos jugaban con corderitos, otros daban de comer a los pájaros o bien recolectaban flores que se regalaban mutuamente. Otros más comían cerezas, uvas y albaricoques rojizos. No podía verse ninguna casita. En cambio, una amplia y hermosa casa, con puerta de hierro en artístico y noble talle, lucía en medio de ese espacio. 

María estaba absorta y maravillada, y ni siquiera supo orientarse; pero, como no era nada tonta, en pocos instantes se acercó al primer niño que vio y le tendió la mano para saludarlo.

–¡Qué sorpresa que vengas a visitarnos! –dijo la deslumbrante niña a la que había saludado–. Te he visto correr y saltar allá afuera, pero te has asustado con nuestro perrito.

–¿Entonces no son ustedes ningunos gitanos bribones, como dice Andrés? ¡Vaya! Pero si es un tonto, y ¡el día entero habla sin ton ni son!

–Quédate con nosotros –dijo la maravillosa niña–, te gustará.

–Pero es que estamos corriendo.

–Regresarás a tiempo. ¡Toma y come! 

María comió y encontró la fruta tan dulce como nunca había saboreado ninguna, y Andrés, la carrera y la advertencia de sus padres se borraron por completo de su mente.

Una mujer muy alta, vestida con lujo deslumbrante, se acercó y preguntó por la niña extranjera.

–Hermosa mujer –le dijo María–, vine corriendo hasta aquí y ella me invitó a quedarme.

–Tú sabes, Zerina –dijo la hermosa mujer–, que ella sólo tiene permiso por poco tiempo y, además, tenías que haberme preguntado antes que todo.

–Pensé –dijo la deslumbrante niña– que si la habían dejado cruzar el puente podía entonces quedarse; ya la hemos visto correr a menudo por el campo y tú misma te has deleitado con su carácter alegre y vivaz; al fin y al cabo, tendrá que abandonarnos muy pronto.

–No, yo quiero quedarme aquí –dijo María–. Esto es muy bonito; además, aquí están las cosas más agradables que he visto, sobre todo las fresas y las cerezas. Allá afuera no es tan espléndido como aquí.

La mujer, vestida con sus prendas doradas, se alejó sonriendo y muchos de los niños saltaron entonces alrededor de la alegre María bromeando con ella y animándola a bailar; otros le llevaron corderitos y juguetes maravillosos; unos más tocaron sus instrumentos y cantaron. 

Pero se mantuvo especialmente junto a la compañera que conoció desde su llegada pues era la más amable y simpática de todos. La pequeña María exclamaba una y otra vez:

–Quiero quedarme siempre con ustedes para que sean mis hermanos.

Ante ello, todos los niños se reían abrazándola.

–Ahora vamos a hacer un bonito juego –dijo Zerina.

Corrió velozmente al interior del palacio y volvió con una diminuta caja dorada que guardaba un brillante polen. Tomó un poco de él con sus deditos y esparció algunos granos en el verde suelo. De pronto, se vio crujir el césped en forma de olas y, luego de breves momentos, surgieron de inmediato rosales que crecieron y se desarrollaron al instante, invadiendo el espacio con el más dulce aroma. 

María tomó también un poco de polvo y, cuando lo hubo esparcido, aparecieron blancas azucenas y multicolores claveles. A un movimiento de Zerina, desaparecieron las flores apareciendo otras en su lugar.

–Ahora –dijo Zerina–, prepárate para algo mejor.

Puso entonces dos piñones en el suelo, los pisoteó enérgicamente hasta hundirlos en la tierra y, al momento, dos verdes arbustos comenzaron a erguirse ante los niños.

–Cógete fuerte de mí –le dijo Zerina.

María puso sus brazos alrededor de su tierno cuerpo. Sin pensarlo, se sintió elevada, los arbolillos crecieron debajo de las niñas con asombrosa rapidez hasta que los altos pinos se arqueaban y las niñas tuvieron que mantenerse abrazadas entre las rojas nubes del atardecer, balanceándose de uno a otro lado en medio de besos. 
 
Los otros pequeños subían y bajaban con suma agilidad por entre las ramas de los árboles; se hacían bromas y daban empujones con muchas risas al encontrarse en el camino. Uno de los niños cayó a causa del amontonamiento de los otros y voló entonces por los aires, si bien bajó lenta y seguramente a tierra. 
 
Por último, María sintió miedo, la otra pequeña entonó algunas canciones con voz muy clara y los árboles descendieron tan rápidamente como se habían elevado hasta las nubes.

Entraron por la puerta de hierro hacia el palacio. Sentadas allí, hermosas mujeres, tanto ancianas como jóvenes, se deleitaban dentro de la sala circular comiendo agradables frutas. Entre tanto, podía escucharse una hermosa y sutil melodía. 

En la bóveda había palmeras pintadas, flores y follajes entre los que subían y bajaban, haciendo gráciles movimientos, varias figuras infantiles. 

Las imágenes variaban y centelleaban en los más encendidos colores, de acuerdo con la música; al momento, el verde y el azul se encendían como una diáfana luz y, con tonos de flama dorada y púrpura, el color se opacaba hasta languidecer; entonces los niños, desnudos entre los follajes de flores, parecían avivarse y tomar aliento a través de sus labios rojos de rubí de manera que podía verse el fulgor de los dientecillos y de los ojos azul celeste.

Desde la estancia, una escalera de hierro conducía a un gran hipogeo. Allí, entre una gran cantidad de oro, plata y piedras preciosas, refulgían gemas de infinitos colores; había en las paredes hermosos vasos que parecían rebosantes de magníficos tesoros, y oro trabajado en varias maneras que brillaba con un familiar tono rojizo. 

Incontables enanitos se hallaban ocupados en seleccionar las piezas a fin de ponerlas en los vasos. Otros, jorobados y contrahechos, de largas y enrojecidas narices, traían con muchos trabajos, jadeantes casi hasta inclinar la frente contra el piso, como los molineros bajo su carga de trigo, unos sacos de los que caían al suelo granos de oro. 

En seguida saltaban torpemente de un lado a otro y tomaban las piedrecillas rodantes que iban escapándose; no era raro que, en medio de su inquietud, uno golpeara al otro de manera que caían al suelo, atolondrados bajo su propio peso. Ponían caras hoscas y desdeñosas cuando ella reía ante sus gestos de fealdad. 

Encogido, sentado hasta el fondo, estaba un diminuto anciano a quien Zerina saludó ceremoniosamente en tanto que él agradecía con una severa inclinación de su cabeza. Tenía en la mano un cetro y puesta en la cabeza una corona; todos los demás enanos parecían reconocerlo como su señor y obedecían sus indicaciones.

–¿Qué pasa ahora? –preguntó, malhumorado, cuando las niñas se le acercaron un poco más.

María guardó silencio, temerosa, pero su compañera contestó que sólo habían ido a echar un vistazo a los sótanos.

–¡Las niñerías de siempre! –exclamó el viejo–. ¿No terminará nunca el ocio? –y tras esto, volvió a sus ocupaciones haciendo pesar y seleccionar diversas piezas de oro; envió a otros enanos afuera, y a uno más lo regañó.

–¿Quién es ese señor? –preguntó María.

–Nuestro príncipe del Metal –dijo la pequeña, mientras seguían caminando.

Parecían estar nuevamente afuera; se encontraban en la orilla de un lago. Sin embargo, no había Sol ni podían ver el cielo. Una barquita las recibió y Zerina remó incansablemente. Fue veloz la travesía. En medio del lago, María vio miles de carrizos, canales y afluentes ramificándose desde su centro en todas direcciones.

–Estas aguas corren bajo nuestro jardín hacia el lado derecho –dijo la deslumbrante niña–. Por ello, todo florece tan fresco. Desde aquí puede bajarse a la gran corriente del río. 

De pronto, desde todos los canales, apareció una multitud de niños, y todos se acercaban nadando; muchos llevaban guirnaldas de juncos y lirios; otros, puntas de coral, y otros más iban tocados con retorcidas conchas. 

Un confuso barullo resonaba alegremente desde las obscuras riberas; entre los pequeños era posible apreciar los movimientos de las más hermosas mujeres, y muchos niños a la vez saltaban sin cesar y se colgaban de ellas besándolas en el cuello y los hombros. 

Todas saludaron a la extranjera mientras ésta cruzó el lago en medio de ese alboroto, hasta internarse en un afluente del río, cada vez más estrecho. Por último, la barca se detuvo. Se despidieron de ella y Zerina tocó una roca que se abrió como una puerta y una roja figura femenina las condujo hacia abajo.

–¿Se están divirtiendo? –preguntó Zerina.

–Están tan agitados y contentos como uno los puede ver –contestó la mujer–, y el calor es extremadamente agradable.

Subieron por una escalera circular y, de pronto, María se vio en una sala tan iluminada que, al entrar, sus ojos quedaron deslumbrados. Tapices de un rojo intenso nutrían con una brasa púrpura los muros, y cuando la mirada de María se hubo adaptado vio, para su sorpresa, cómo ciertas figuras saltaban y danzaban sobre los tapices en medio de la mayor alegría y con tan grácil constitución y proporción, que no podía imaginarse otra cosa más cautivante. 

Sus cuerpos semejaban al bermejo metal, y parecía como si la inquieta sangre pulsara visiblemente dentro de ellos. Mostraban su risa ante la niña extranjera saludando con repetidas inclinaciones, pero cuando María intentó acercarse, Zerina la retuvo de pronto con fuerza, gritándole:

–¡Vas a quemarte, María, todo eso es fuego!

María sintió el calor:

–¿Por qué estas figuras tan tiernas no salen y juegan con nosotros? –preguntó a su amiga.

–Porque así como tú vives en el aire, ellas tienen que permanecer en el fuego; de otro modo, morirían. Mira qué bien se sientan, cómo ríen y gritan; allí, bajo tierra, los ríos de fuego se expanden en todas direcciones. Por su causa, crecen ahora las flores, las frutas y los sarmientos; los rojos ríos corren al lado de los riachuelos, y así estos seres de cambiantes llamas se mantienen siempre activos y alegres. Pero es ya demasiado fuego para ti. Vamos otra vez al jardín.

En el jardín, el escenario era distinto. El brillo de la Luna reposaba en cada pétalo, los pájaros permanecían en silencio y los niños dormían, en variados grupos, entre el verde follaje. Pero María y su amiguita no sentían ningún cansancio; en medio de largas conversaciones, paseaban bajo la cálida noche de verano.

Al amanecer, se refrescaron con frutas y leche. María dijo:

–Cambiemos de ambiente y salgamos al abetal para ver de cerca los abetos.

–Con mucho gusto –dijo Zerina–. Así podrás visitar a nuestros guardias, que seguramente van a gustarte. Están en lo alto del terraplén, entre los árboles.

Caminaron entre multicolores jardines, cruzando florestas repletas de ruiseñores; luego ascendieron por colinas rebosantes de parras y, después de seguir el intrincado curso de un claro hilo de agua, llegaron por fin al abetal y al declive que limitaba la región.

–¿Cómo es posible –preguntó María– que adentro tengamos que caminar tanto y afuera la distancia sea tan corta?

–No sé cómo sucede, pero así es –contestó la amiga.

Ascendieron hasta el sombrío abetal y un viento frío venía a acariciarlas desde el exterior; el paisaje parecía cubrirse por completo de niebla. En lo alto, extrañas figuras, cuyos rostros parecían cubiertos de polvo harinoso, estaban de pie, semejantes a las repugnantes cabezas de las lechuzas blancas. 

Se hallaban cubiertas con rugosos abrigos de gruesa y burda lana, y sostenían, abiertos, unos paraguas de extraña piel; soplaban y abanicaban sin parar con alas de murciélago que incidentalmente miraban, absortos, a través de los pliegues.

–Quisiera reír y siento miedo –dijo María.

–Ésos son nuestros buenos y laboriosos guardianes –replicó la pequeña compañera de juegos–. Aquí permanecen produciendo aire a fin de que todo extranjero que quiera acercarse experimente un extraño temor. Están cubiertos de esa manera por la lluvia y el frío pues no soportan ninguna de las dos cosas. Aquí abajo nunca llega nieve ni viento, ni hay frío; aquí es el eterno verano y la eterna primavera, pero si no se relevaran en sus puestos, morirían completamente.

–Pues, ¿quiénes son ustedes? –preguntó María cuando descendían de nuevo entre aromas florales–. ¿O no tienen un nombre con el que uno les pueda reconocer?

–Nos llamamos elfos –dijo la amable niña–. Según he podido escuchar, así nos nombran en el Mundo.

Escucharon un tumulto que surgía del prado más cercano.

–¡Llegó la hermosa ave! –les gritaron los niños, a la distancia.

Todos se agitaban dentro de la estancia. Entre tanto, vieron cómo jóvenes y viejos se apresuraban a cruzar el umbral y cómo se regocijaban; dentro resonaba una música plena de júbilo. 

Al entrar, vieron la circular estancia repleta de las más variadas figuras; todos miraban por encima en dirección de la enorme ave que, con su lujoso plumaje, describía lentamente múltiples círculos. La música se escuchaba más alegre que nunca, y colores y luces cambiaban con increíble rapidez. 

Finalmente, la música se detuvo y el ave se lanzó estrepitosamente por encima de una refulgente corona que flotaba bajo un elevado ventanal, iluminando desde lo alto la bóveda. Su plumaje era de colores verde y púrpura, y a través de él corrían las más brillantes líneas doradas; en su cabeza se movía una diadema de pequeñas plumas, tan claras y luminosas que relampagueaban como si fueran gemas. El pico era rojo y las patas de un azul intenso. 

A cada movimiento del ave, todos los colores lucían entreverados y todas las miradas, embelesadas, se prendían de él. Sus dimensiones eran las de un águila. Al abrir su luminoso pico, una dulce melodía escapó de su agitado pecho en tonos más hermosos aun que los del apasionado ruiseñor; el canto cobraba fuerza y se esparcía como una masa de rayos de luz, de manera que todos, incluso los más pequeñuelos, no podían contener las lágrimas de alegría y entusiasmo. 

Cuando terminó, todos se inclinaron delante del ave, que de nuevo voló en círculos bajo la bóveda, disparándose a través de la puerta y lanzándose hacia el despejado cielo, donde pronto pareció tan sólo un punto rojo, tan rápidamente que, al instante, desapareció en las alturas.

–¿Por qué están todos tan contentos? –preguntó María, inclinándose hacia la hermosa niña, que en ese instante le pareció más pequeña que el día anterior.

–¡Viene el rey! –dijo la pequeña–. Muchos de nosotros todavía no lo hemos visto, y adonde quiera que se dirige hay fortuna y alegría. Mucho tiempo lo hemos esperado, más ansiosamente que ustedes esperan la primavera después de un largo invierno; y ahora anunció su venida con este hermoso mensajero. 

Esta agradable e inteligente ave, que nos ha sido enviada en el servicio del rey, se llama Fénix. Vive en tierras lejanas, en Arabia, en la copa de un árbol del cual sólo hay uno en el Mundo, así como no existe un segundo Fénix. Cuando se siente viejo, fabrica un nido a partir de bálsamos e inciensos, lo enciende y se prende fuego a sí mismo, de modo que muere cantando; de las aromáticas cenizas se levanta otra vez el rejuvenecido Fénix con renovada hermosura. 

Muy raro es que emprenda el vuelo, así que aquellos que llegan a verlo –siendo que tal cosa sucede una vez en siglos– lo inscriben en sus memorias y esperan de ello acontecimientos maravillosos. Pero ahora, amiga mía, tienes también que partir pues no te está concedida la presencia del rey.

Entonces la hermosa mujer del vestido de oro se aproximó entre el tumulto, le hizo señas a María y se alejó con ella bajo una solitaria alameda.

–Tienes ahora que abandonarnos, mi querida niña –le dijo–. El rey quiere mantener su corte en este lugar durante los próximos veinte años o incluso más; se esparcirán fertilidad y bendiciones por todo el país y especialmente aquí. 

Los manantiales y los ríos serán más abundantes, todos los campos y los jardines, más ricos, y más noble el vino, más pródigo el prado y más fresco y verde el bosque; correrán más suaves vientos, ningún granizo perjudicará las cosechas ni inundación alguna amenazará a los hogares. 

Toma este anillo y piensa en nosotros, pero cuídate de hablarle a alguien acerca de nosotros pues si lo haces nos veremos obligados a abandonar esta tierra, y toda la gente de los alrededores, como también tú, carecerán de la fortuna y de las bendiciones que nuestra cercanía les otorga. Besa por última vez a tu compañera y adiós.

Al salir, Zerina lloraba; mientras tanto, María se inclinó para abrazarla y se separaron. Estando ya en el estrecho puente, el aire frío sopló sobre su espalda, desde el abetal, y el falderillo la saludó con sus ladridos dejando oír su cascabel; se volvió para echar una mirada y se apresuró a salir; la densidad de los abetos, la obscuridad de las casitas derruidas y las brumosas siluetas le inspiraron un angustioso temor.

–¡Cómo se habrán preocupado esta noche mis padres por mí! –se dijo, al encontrarse de nuevo en el campo–. Y no les puedo decir dónde estuve ni lo que he visto. Además, nunca lo creerían.

Dos hombres pasaron a su lado, la saludaron, y ella les escuchó decir:

–¡Qué chica más guapa! ¿De dónde será?

María apuró sus pasos al dirigirse a la casa paterna. Los árboles, apenas ayer rebosantes de frutos, se veían ahora raquíticos y sin follaje. La casa estaba pintada de otro color y un nuevo granero se levantaba a su lado. María se sorprendió tanto que creía estar en un sueño. Bajo tal turbación, abrió la puerta de la casa, su padre se hallaba sentado a la mesa, entre una mujer desconocida y un joven extranjero.

–¡Dios mío, padre! –exclamó–. ¿Dónde está mi madre?

–¿Tu madre? –dijo la mujer, presintiendo algo; precipitadamente, dio un paso hacia adelante–. ¡Vaya! ¿No serás...? ¡Pero claro, claro! Eres María, mi perdida que creían muerta, la única, querida María.

La había reconocido por un pequeño lunar debajo del mentón, por sus ojos y por su figura. Todos la abrazaron, todos estaban alegremente emocionados y los padres se enjugaban las abundantes lágrimas. María se sorprendió al notar que casi igualaba en estatura a su padre, y no alcanzaba a comprender que su madre hubiese cambiado y envejecido tanto. Preguntó por el nombre del joven.

–Es Andrés, el hijo de nuestro vecino –dijo Martín–. ¿Cómo es que vuelves tan inesperadamente después de siete largos años? ¿Dónde has estado? ¿Por qué no nos has enviado noticias tuyas?

–¿Siete años? –preguntó María al no poder orientarse en sus ideas y recuerdos–. ¿Siete años enteros?

–Sí, sí –dijo Andrés, riéndose y tomándole cordialmente la mano–. Te gané, María, llegué hace siete años al peral y he vuelto; y tú, lenta, ¿apenas vas llegando?

Le preguntaron una y otra vez, le insistieron, pero ella, recordando la advertencia, no pudo dar ninguna respuesta. Casi le impusieron el cuento de que se había perdido al subirse a un carro que pasaba; que se había ido a un lugar extraño donde no supo indicar a la gente cuál era su hogar paterno; cómo había ido a parar a una ciudad lejana, donde unas buenas gentes la habían educado y amado; cómo éstas habían muerto y ella se había acordado de su lugar de origen y había decidido hacer el viaje de regreso.

–Dejémoslo así –dijo la madre––. Ya es suficiente con tenerte otra vez a nuestro lado. ¡Mi hijita, mi única, mi todo!

Andrés se quedó a cenar; María aún estuvo desorientada. La casa le parecía pequeña y obscura, le sorprendía su traje, limpio y sencillo, pero le resultaba totalmente ajeno; observó el anillo en su dedo, su oro brillaba a raudales y una piedra de un rojo refulgente resaltaba todavía más. A la pregunta de su padre, contestó que el anillo era un regalo de sus benefactores.

Anhelaba el momento de irse a dormir y, finalmente, se retiró. A la mañana siguiente se sentía serena, había ordenado mejor sus ideas y fue capaz de responder a la gente del pueblo que acudió a saludarla. 

Andrés, que había ido muy temprano, se mostraba afable y alegre, así como dispuesto a servirla. La muchacha, de quince años cumplidos, le había causado gran impresión, e incluso la noche anterior no había podido dormir. La mandaron llamar del palacio, adonde fue y tuvo que contar su historia, que ya había aprendido bien. 

El anciano señor y su mujer admiraron su buen comportamiento, pues era modesta sin ser tímida, respondía cortésmente y con buenas palabras a todas las preguntas que se le hacían; la timidez ante los nobles y ante aquellos de que se rodeaban había desaparecido, pues al comparar estas salas y sus adornos con los prodigios y la elevada belleza que había visto en la estancia secreta de los elfos, este lujo terrenal le parecía opaco, y la presencia de la gente, insignificante. Los jóvenes estaban sumamente encantados con su belleza.

Era febrero. Los árboles se cubrieron mucho antes de lo habitual con su frondosidad. El ruiseñor nunca había aparecido tan pronto. La primavera se presentó en el país con un mayor esplendor, tanto como no podían recordarlo los ancianos mayores. 
 
De todas partes brotaron manantiales que surtían de agua en abundancia a prados y vergeles. Las colinas parecían haber crecido, las regiones donde las parras de uva maduraban se elevaron notablemente, los frutales florecieron como nunca, y una bendición plena de aromas se expandía sobre el paisaje en forma de nubes y de pétalos. 
 
Todo se daba asombrosamente bien, no hubo día en que faltara el agua ni tempestad alguna que dañara las cosechas, el vino brotaba enrojecido de inmensos racimos y los habitantes del pueblo se admiraban sobrecogidos como en mitad de un dulce sueño. El año siguiente fue igual, si bien la gente ya se había acostumbrado a lo maravilloso. En otoño, María cedió a los ruegos de Andrés y de sus propios padres: se hizo su novia y en invierno se casó con él.

Muchas veces recordaba con honda nostalgia su viaje a la región oculta de los abetos; permanecía callada y seria. A pesar de lo hermoso que era todo cuanto la rodeaba, conocía algo todavía más hermoso; por ello, una ligera melancolía transformaba su ser con serena tristeza. 

Le dolía escuchar a su padre o a su marido hablar de los gitanos y bribones que se suponía vivían en la obscura pendiente; muchas veces quiso defenderlos, sobre todo ante Andrés, quien parecía encontrar cierto placer al hablar mal de ellos, pues ella sabía que eran los benefactores de la región. 

No obstante, reprimía siempre sus palabras. Así vivió durante un año, y al siguiente se puso la mar de contenta ante la llegada de una hija, a la cual le dio el nombre de Elfriede, seguramente en recuerdo de los elfos.

La joven pareja vivía con Martín y Brígida en la misma casa, que era suficientemente amplia, y ayudaba a los viejos en los quehaceres domésticos. 

La pequeña Elfriede mostró pronto capacidades y talentos especiales: caminó prematuramente y pudo hablar todo cuando aún no cumplía los primeros doce meses; más aún, después de varios años era tan lista y sensata y de tan extraordinaria belleza que todos la veían con admiración, en tanto su madre no podía dejar de pensar en su semejanza con los relucientes niños que habitaban en la pendiente de los abetos. 

A Elfriede no le agradaba estar con los demás niños; por el contrario, evitaba, hasta el punto de parecer tímida, sus entusiastas juegos, y prefería más que nada estar a solas. Entonces se apartaba en un rincón y leía o trabajaba con ahínco en su delicada costura. 

Muchas veces se le veía profundamente ensimismada o bien caminar de un lado a otro, hablando excitadamente consigo misma. Gustosos, sus padres la dejaban pues era una niña sana y alegre. Pero las respuestas y comentarios extrañamente inteligentes los hacía sentirse preocupados.

–Niños tan listos –dijo la abuela Brígida– a menudo no llegan a mayores, no están hechos para este Mundo. Además, la niña es extraordinariamente hermosa y no se hallará a gusto en este Mundo.

La pequeña tenía la particularidad de disgustarse mucho cuando era ayudada en sus quehaceres; quería siempre hacerlo todo por sí misma. Casi a diario era la primera en levantarse, se aseaba con mucho esmero y se vestía ella sola. 

Era muy cuidadosa por las noches; al guardar sus ropas y vestidos, absolutamente nadie, incluida su madre, tenía permitido acercarse a sus cosas. Su madre la miraba hacer en medio de tales caprichos; aún no sospechaba nada. 

Pero no salió de su asombro cuando, un día de fiesta en que iban de visita al castillo, al mudarle la ropa entre forcejeos, gritos y llantos de la niña descubrió en su pecho, colgada de una cadenita, una extraña medalla de oro; en ella reconoció de inmediato una de las tantas que había visto en la bóveda subterránea. 

La pequeña se asustó mucho, confesó haberla encontrado en el jardín y, al gustarle tanto, la guardó celosamente. Le rogó con tanta insistencia y ternura que le permitiera quedársela, que María se la sujetó de nuevo al cuello y, pensativa y silenciosamente, se encaminó con ella hacia el castillo.

A un costado de la casa había una troje y una construcción donde guardaban los aperos de labranza. Detrás, se hallaba un pequeño prado con un viejo cobertizo que nadie visitaba debido a que después de la nueva disposición de los edificios quedaba muy lejos del jardín. 
 
Era en esa soledad donde Elfriede prefería permanecer; allí nadie la perturbaba, de manera que sus padres no la veían durante gran parte del día. Una tarde, cuando María estaba en las viejas construcciones tratando de poner orden y de hallar alguna cosa, notó que a través de una grieta del muro un rayo de luz caía dentro de la habitación. 
 
Se le ocurrió mirar a través de la grieta para observar a su hija, hallándose con que le fue posible apartar un ladrillo flojo y, de esta manera, ver directamente hacia el cobertizo. Elfriede estaba sentada junto a su banquito y, a su lado, la muy conocida Zerina; ambas jugaban y se divertían en medio de una graciosa armonía. La elfa abrazó a la hermosa niña y, un tanto triste, le dijo:

–¡Mi adorada criatura! Así como contigo, jugué con tu madre cuando siendo pequeña nos visitó. Pero ustedes los humanos crecen demasiado rápido y se convierten rápidamente en gente adulta y razonable. Eso me pone completamente triste. ¡Ah, si permanecieran niños al igual que yo!

–Me gustaría tanto complacerte –dijo Elfriede–, pero todos los míos piensan que muy pronto entraré en razón y que no jugaré más, pues doy claras muestras de ser una niña precoz. ¡Ay! ¡Por si fuera poco, no te volveré a ver a ti, querida Zerinita! Pasa como con las flores de los árboles: ¡qué magnífico el floreciente manzano con sus rojizos y henchidos botones! El árbol crece y se ensancha tanto que cada hombre que camina a su vera piensa también que será algo especial; después llega el Sol, el florecimiento de sus ramas deviene tan felizmente con el duro núcleo en sus entrañas que más tarde excreta el colorido adorno y lo arroja al suelo. Entonces ya no puede ayudársele más en su triste desarrollo, y ha de volver a dar sus frutos hasta el otoño. Ciertamente, una manzana es también placentera y agradable pero insignificante al lado de este florecimiento primaveral. Así ocurre también con la gente; no puedo alegrarme por el hecho de llegar a ser un adulto. ¡Ay, si pudiera visitaros una sola vez!

–Desde que el rey vive con nosotros –dijo Zerina– es absolutamente imposible, pero yo vengo a verte muchas veces sin que nadie me vea ni lo sepa, querida; soy invisible en el aire y vuelo como un pájaro. ¡Oh, vamos a estar juntas mucho tiempo, mientras sigas siendo una pequeña! Y ahora, ¿qué puedo hacer para complacerte?

–Debes quererme tanto como yo te guardo en el corazón; pero hagamos una rosa para nosotras.

Zerina tomó de su pecho su conocido cofrecillo, arrojó dos granos al suelo y, al momento, brotó de él un verde arbusto con un par de rosas de un rojo intenso y que parecían inclinarse y besarse entre sí. Sonrientes, cortaron las rosas y el arbusto desapareció.

–¡Oh, si tan sólo la vida de esta rosa no fuera tan breve! –dijo Elfriede–. Encendida criatura, milagro de la Tierra.

–¡Dame! –dijo la elfa, quien aspiró el capullo antes de besarlo tres veces–. Ahora –dijo al devolvérselo– se mantendrá fresco y floreciente hasta el invierno.

–Quiero guardar esta rosa como si fuera tu propia imagen –dijo Elfriede–; quiero guardarla en el rincón más secreto de mi habitación para besarla todas las noches y todos los días como si fueras tú misma.

–El Sol se está poniendo –dijo Zerina–; ya tengo que irme a casa.

Se abrazaron una vez más y Zerina desapareció.

Por la noche, María tomó a su niña, con una sensación de angustia y respeto, entre sus brazos. A partir de entonces, le dio a su muchachita mayor libertad que antes y, en ocasiones, tranquilizó a su marido cuando éste iba en busca de la niña, lo cual venía haciendo desde tiempo atrás pues no acababa de gustarle su excesivo retraimiento y temía que pudiera volverse una ingenua y poco avispada muchacha. 
 
Sigilosamente, la madre iba repetidas veces ante la grieta del muro y, con frecuencia, encontraba a la pequeña y deslumbrante elfa sentada al lado de su hija, ocupadas ambas en algún juego o en una muy seria conversación.

–¿Te gustaría volar? –preguntó en una ocasión Zerina a su amiguita.

–¡Cuánto me gustaría! –exclamó Elfriede.

De inmediato el hada abrazó a la niña y se elevó con ella de manera que ambas se mantuvieron a la altura del cobertizo. La madre, inquieta, olvidó toda precaución y asomó, asustada, la cabeza con objeto de no perderlas de vista; de pronto Zerina levantó su dedo y, sonriente, la amenazó; descendió con la niña, la estrechó contra su corazón y desapareció. A menudo María fue advertida por la maravillosa niña, quien meneaba la cabeza amenazándola si bien siempre con amables gestos.

María le había dicho muchas veces, en tono de riña, a su marido:

–¡Eres injusto con la gente que habita la casita!

Cuando Andrés insistía en que le explicara por qué estaba en contra de la opinión del pueblo e incluso de la del conde, creyéndose mejor entendida, ella se contenía y, desconcertada, guardaba silencio.

Un día, Andrés llegó a casa a la hora de la comida más impetuoso que otras veces; llegó a afirmar que era necesario desterrar a esa canalla en virtud de que era perniciosa para la región. Ella exclamó entonces, llena de indignación:

–¡Calla! Ellos son nuestros benefactores.

–¿Nuestros benefactores? –preguntó Andrés, sorprendido–. ¿Los vagabundos?

Un arranque de cólera incontenible la llevó a contarle a su marido la historia de su juventud bajo la promesa de guardar el más absoluto silencio, y como se mostrara mayormente incrédulo ante sus palabras y ladeaba la cabeza haciendo más patente su escepticismo, lo condujo a la habitación desde donde acostumbraba observar a su hija y, para su sorpresa, vio a la elfa en el cobertizo jugando con ella.

No supo qué decir. Dejó escapar una exclamación de asombro ante la cual Zerina alzó la vista. Al momento, ésta se puso pálida, tembló con cierta agitación y se mostró hosca sin poder contener su expresión alterada, todo lo cual la hizo comportarse en una actitud amenazante antes de decirle a Elfriede:

–Tú no tienes la culpa de esto, corazón mío, pero nunca conocerán la prudencia por más inteligentes que se crean.

Abrazó a la pequeña, sobresaltada y apuradamente, y voló en seguida como un cuervo, lanzando roncos graznidos, en dirección de los abetos, más allá del jardín.

Al anochecer, la pequeña se mantuvo en extremo callada y, llorando, besaba su rosa. María se sintió presa de angustia; Andrés apenas si dijo algo: se hizo la noche. De pronto susurraron los árboles, los pájaros volaron lanzando angustiosos garlidos, se escuchó el redoble de un trueno que sacudió la Tierra y asimismo quejumbrosas voces que el viento parecía acercar y alejar. 
 
María y Andrés no tenían valor ni para levantarse. Se envolvieron en sus mantas y aguardaron el día temblando de miedo. Por la mañana, la cosa fue tranquilizándose; todo se mantenía en silencio cuando el Sol penetraba con su luz en lo alto de los bosques.

Andrés se levantó y se vistió; al despertar, María se dio cuenta de que la piedra de su anillo se había opacado. Al abrir la puerta, el Sol brillaba ante ellos claramente pero casi no reconocieron el paisaje que había en torno suyo. La frescura del bosque había desaparecido, las colinas eran más bajas, los arroyos corrían cansinos y casi secos, el cielo estaba gris. 

Cuando dirigieron la mirada hacia el abetal, los abetos no les parecieron ni más obscuros ni más tristes que los otros árboles. No había en las casitas situadas detrás de ellos nada que pudiera inspirar ningún temor. Varios aldeanos llegaban y contaban los extraños sucesos de la noche anterior; algunos incluso fueron hasta los solares donde vivían los supuestos gitanos, quienes muy probablemente, según dijeron, se habían ido ya, pues las casitas estaban deshabitadas y su interior se apreciaba como siempre, semejante al de las casas de la gente pobre; incluso parte del mobiliario había sido abandonado.

Elfriede le dijo en secreto a su madre:

–Mamá, por la noche, cuando no podía conciliar el sueño por el miedo a los truenos y me puse a rezar fervientemente, se abrió de pronto la puerta y entró mi compañera de juegos para despedirse. Traía un veliz y tenía puesto un sombrero; traía también un cayado enorme para el camino. Estaba visiblemente enfadada contigo, pues ahora tendrá que soportar las peores y más dolorosas penas por tu causa. ¡Tanto te había amado siempre! De cualquier manera, según dijo ella, abandonarán contra su voluntad nuestra región.

María le prohibió hablar acerca del asunto. Entre tanto, el barquero llegó del otro lado del río; contó cosas extraordinarias. Al caer la noche, según dijo, un hombre de elevada estatura y de aspecto extraño llegó con él para alquilarle la embarcación hasta la hora del amanecer, pero a condición de que se quedara tranquilamente durmiendo en su casa o, al menos, no pasara de la puerta hacia afuera.

–Tenía miedo –continuó el anciano–, pero ese extraño asunto no me dejaba dormir. Me escurrí silenciosamente hacia la ventana y miré hacia afuera buscando con los ojos el río. Grandes y turbulentas nubes flotaban en el cielo y los bosques lejanos susurraban temiblemente. Mi cabaña parecía temblar, y lamentos y aullidos parecían irla cercando lentamente. Entonces miré de pronto una luz blanca que se extendía y se hacía más ancha, como miles y miles de astros caídos del cielo. Palpitando con mucho brillo, se agitó sobre la pendiente del abetal, avanzó a través del campo y se esparció a lo largo de las aguas del río. Entonces escuché por todos lados, como si alguien caminara torpemente, algo parecido a un tintineo y, luego, murmullos. Se dirigieron hacia mi barca y todos treparon a ella; grandes y pequeñas siluetas luminosas, hombres, mujeres y al parecer niños, así como un alto y extraño hombre que iba al frente de ellos hacia la otra orilla. Miles nadaban en las aguas del gran río, al lado de la embarcación, mientras en el aire flotaban luces y nubes blancas, y no había quién diera término a sus lamentos y quejas por tener que viajar tan lejos. El golpe de los remos sobre el agua producía un murmullo aislado de todo lo demás, y después, de pronto, surgió el silencio. Muchas veces atracaba la barca y volvía en todas las ocasiones con una nueva carga. Llevaban consigo muchos toneles de gran peso, que cargaban y hacían rodar unos asquerosos enanos que los acompañaban; parecían diablos o duendes, yo no lo se. Más tarde, en medio de un ondulante fulgor, llegó un engalanado séquito. Un anciano, que montaba un corcel blanco, parecía ser el centro en torno al cual todos se apretujaban; sólo pude apreciar la cabeza del caballo cubierto por completo con unos bellos y lustrosos mantos. El viejo llevaba sobre su cabeza una corona tan brillante que, cuando cruzó el río en dirección de la orilla opuesta, pensé que el Sol quería elevarse y la aurora flameaba frente a mí. Así transcurrió toda la noche; por último me dormí, a la vez alegre y temeroso. Por la mañana todo estaba tranquilo, pero el río casi desapareció, y es tanta su merma que tendré dificultades para gobernar mi embarcación.

En el transcurso de ese mismo año, cuanto abarca la vista iba decreciendo. Los bosques morían, los veneros se agotaban y la región –antaño la común alegría de los viajeros– estaba en el otoño tan asolada, diezmada y yerma por todas partes, que apenas si se mostraba un pequeño sitio, en medio del mar terroso, donde crecieran pálidos yerbajos. 

Los frutales habían desaparecido, las viñas se perdieron y el aspecto del paisaje era tan triste que al año siguiente el conde abandonó con su familia el castillo, que con el curso del tiempo quedó en ruinas.

Elfriede, sumida en la mayor tristeza, contemplaba noche y día su rosa. Recordaba a su compañera de juegos y, a medida que se doblaba y secaba la flor, también ella iba inclinando su cabecita, hasta consumirse antes de llegar la primavera. María iba a plantarse muchas veces enfrente de la casita e imploraba y lloraba por la dicha perdida. Se consumió al igual que su pequeña hija y murió al cabo de pocos años. Entonces el viejo Martín se fue a vivir con su yerno a la región donde antaño había vivido.