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Dilvish, El Maldito - Roger Zelazny (Parte 1)

Dilvish había salido hacía tres días de Golgrinn, donde había trabajado dos semanas con el equipo que reparaba los muros de la ciudad, dañados durante el infructuoso cerco de una banda de proscritos. 

Había sido una tarea dura y polvorienta, pero los trabajadores disfrutaban de buena comida, y él había ganado suficientes monedas para llenar la bolsa después de casi duplicar el importe de sus pagas jugando en la taberna. 

Con provisiones en sus alforjas, Dilvish se dirigía hacia el sur en un soleado atardecer, recorriendo un territorio montañoso y arbolado en dirección a las montañas Kannai. 

Siempre hacia las Kannai a partir de entonces. Dilvish había planeado ese rumbo hacía un mes, cuando el poeta y adivino ciego, Olgric, le dijo que encontraría allí lo que buscaba. En un viejo castillo que algunos llamaban Eterno...

Cabalgando sin dejar de pensar en ello, Dilvish pasó un recodo y vio su camino obstruido por un hombre que blandía una espada.

—¡Viajero, ten las riendas! —gritó el desconocido—. ¡Voy a quedarme con tu bolsa!

Dilvish miró rápidamente a ambos lados del camino. El hombre parecía no tener compañeros.

—¡Eso ya lo veremos! —dijo acto seguido, y desenvainó su espada.

Su enorme montura negra no aflojó el paso, sino que se dirigió directamente hacia el desconocido. Cuando la mirada de este se posó en el pulido costado de Black, el asaltante se apartó de un brinco y lanzó un tajo a Dilvish.

Dilvish paró el golpe pero no lo devolvió.

—Un aficionado. No te detengas —dijo a Black—. Que derroche su sangre con otro.

Detrás, el salteador lanzó el arma al suelo.

—¡Mierda! —exclamó—. ¿Por qué no has atacado?

—Detente, Black —dijo Dilvish.

Black se detuvo, y Dilvish se volvió y miró hacia atrás.

—Perdóname. Pero has despertado mi curiosidad —dijo—. ¿Querías que te diera un tajo?

—¡Cualquier viajero decente me habría atacado!

Dilvish meneó la cabeza.

—Creo que precisas más instrucción en los principios del latrocinio armado —dijo—. La idea es enriquecerse a expensas de otros sin sufrir daños personales. Si tiene que haber daños, debe sufrirlos el otro bando.

—Eso ya lo veremos —dijo el desconocido. Un fulgor de astucia apareció en sus ojos. Después se agachó rápidamente y recogió la espada. Se abalanzó hacia Dilvish, blandiendo en alto el arma.

Sin haber envainado su espada, Dilvish se limitó a esperar. Cuando el otro atacó, dio un fuerte golpe. La espada voló de la mano del salteador y cayó en el camino a varios pasos de distancia.

Dilvish desmontó de inmediato y corrió. Puso un pie sobre el arma antes de que el otro pudiera recogerla.

—¡Has vuelto a hacerlo! ¡Maldita sea! ¡Has vuelto a hacerlo! —Los ojos del hombre se habían humedecido—. ¿Por qué no has respondido?

De pronto se abalanzó hacia adelante y trató de empalarse en la hoja de Dilvish.

Dilvish apartó la punta y cogió por el hombro al desconocido. Era un hombrecillo con una barba oscura y estrecha y ojos negros, y llevaba un aro de plata en la oreja izquierda. Visto de cerca era más viejo que al principio, con una red de arrugas alrededor de los ojos.

—Si necesitas algunas monedas o un trozo de pan —dijo Dilvish— yo te lo daré. No me gusta ver tanta desesperación... y además estúpida, la verdad sea dicha.

—¡No me interesa! —exclamó el otro.

Dilvish apretó su presa, ya que el desconocido había empezado a debatirse.

—Bien, ¿qué es lo que pretendes, pues?

—¡Quería que me mataras!

Dilvish suspiró.

—Lo siento, pero no te complaceré. Soy muy escrupuloso con la gente que mato. No me gusta que me fuercen a hacer esta clase de cosas.

—¡Suéltame, pues!

—No pienso seguir con este juego. Si estás tan ansioso de morir, ¿por qué no lo haces tú mismo?

—Soy cobarde para eso. He querido hacerlo varias veces, pero el valor me falla siempre.

—Tengo la impresión de que debería haber seguido cabalgando —dijo Dilvish.

Black, que se había aproximado y estaba examinando atentamente al hombrecillo, asintió.

—Sí —dijo en un siseo—. Déjalo sin sentido y sigamos nuestro camino. Hay algo extraño aquí. Un sentido que había olvidado poseer está empezando a funcionar.

—Habla... —dijo en voz baja el hombrecillo.

Dilvish alzó el puño, se detuvo después.

—No será nocivo escuchar su historia —dijo.

—Ha sido la curiosidad lo que te ha hecho detenerte —le recordó Black—. Triunfa sobre ella esta vez. Golpéalo y abandónalo al destino que se merezca.

Pero Dilvish vaciló ante el cenagal de una victoria moral. Meneó la cabeza.

—Quiero saber —afirmó.

—Maldita curiosidad de mono —dijo Black—. ¿De qué puede servirte ese conocimiento?

—Si es por eso, ¿qué daño puede causarme?

—Podría especular durante horas, pero no lo haré.

—Habla —repitió el hombrecillo.

—¿Por qué no haces tú lo mismo? —dijo Dilvish—. Explícame por qué estás tan ansioso de morir.

—Tengo un problema tan terrible que esa es la única salida.

—Tengo la sensación de que además es una larga historia —comentó Black.

—Moderadamente larga —dijo el hombrecillo.

—En ese caso, es hora de cenar —dijo Dilvish, y extendió la mano hacia una alforja. Aflojó su presa sobre el hombro del salteador—. ¿Me acompañas? —le preguntó.

—No tengo hambre.

—Es mejor morir con el estómago lleno, diría yo.

—Quizá tengas razón. Llámame Fly —dijo el hombrecillo.

—Curioso nombre.

—Escalo paredes. —Fly se frotó el hombro—. Entro en los lugares más infernales.

Dilvish envainó la espada y sacó carne, pan y una bota de vino de la alforja. Black se situó sobre la caída arma de Fly.

—Dilvish —dijo Black—, hay algo que no es normal en este lugar.

Dilvish avanzó hacia un pequeño claro junto al camino, llevando la comida. Miró a Fly.

—¿Puedes ilustrarnos al respecto? —inquirió.

Fly asintió.

—No hay problema —dijo—. Se han retirado. Están confundidos por ti y por eso... —señaló a Black—. Pero no puedo esquivarlos eternamente.

—¿Quiénes son?

Fly sacudió la cabeza y tomó asiento en el suelo.

—Será más comprensible si me dejas explicarlo tal como sucedió.

Dilvish cortó la comida con su daga, partiéndola. Abrió la bota.

—Prosigue.

—Robo cosas —empezó Fly—. Oh, no como lo he intentado contigo. Nunca a punta de espada. Voy a un sitio y averiguo qué objetos valiosos guardan allí. Pienso cómo conseguirlos. Me voy deprisa después y me desembarazo de las cosas a buena distancia de los lugares donde las conseguí. A veces me pagan para robar un objeto particular. Otras veces actúo por cuenta propia.

—Arriesgada forma de vida —comentó Black, acercándose—. Me sorprende que haya durado tanto.

Fly se encogió de hombros.

—Es un medio de vida —dijo.

Hubo un susurro en los árboles, como de un cuerpo enorme que recorría la maleza. Fly se puso en pie de un salto y miró en esa dirección. Permaneció observando un rato, pero el ruido no se repitió. Se alejó unos pasos después, metió la mano en...

—¿La tierra fantasma? —preguntó Dilvish mientras una extraña depresión brotaba en la tierra al otro lado de los árboles, triangular y con pequeños agujeros a lo largo de la base—. ¿Qué es eso de la tierra fantasma?

Fly comió más deprisa, masticó y tragó, se atiborró.

—Otro plano de existencia —logró decir con la boca llena de pan— contiguo a este, eso dicen. Se entrelaza con el nuestro en diversos puntos. Fluctúa un poco. Es el reino de Cabolus, en cierto sentido. Lo atraviesa cuando hace recados para otros. Lleno de asquerosas presencias, aunque dejan en paz a los sacerdotes... incluso aceptan órdenes de estos, con cierta persuasión, eso dicen. Los sonámbulos se introducen en esa tierra y aprenden muchas cosas. Y pueden ver nuestro mundo desde allí. Deben haberme localizado de esa forma...

Dilvish vio formarse otra huella, aparte de la primera.

—Los seres de ese plano ¿pueden manifestarse en este? —preguntó.

Fly asintió.

—El viejo sacerdote Inrigen lo hizo. Apareció ante mí en el camino y me ordenó devolver el cinto.

—¿Y...?

—Yo sabía que me matarían si lo hacía, y él dijo que enviarían a las bestias fantasmas en mi busca si no lo hacía. En cualquier caso, yo perdía.

—Por eso decidiste que era mejor desaparecer rápidamente.

—No al principio. Pensé que podía huir. Mira, fueron los sacerdotes de Salbacus los que me pagaron para conseguir el cinto, para dar predominio a su dios. De haber podido llegar hasta ellos, me habrían protegido. En cuanto hubieran tenido el cinto, habrían emprendido la guerra con Kallusan. Hay partidas que se dirigen hacia aquí para encontrarme y luego continuar hacia Kallusan en cuanto Salbacus se ponga el cinto. Pero aún no han llegado y las bestias me han alcanzado. Sé que ahora no puedo conseguirlo, y que van a matarme de una forma horrible.

—¿Cómo sabes que te han localizado si son seres inmateriales?

—El poseedor del cinto ve en ese plano.

—En ese caso sugiero que mires hacia allí —dijo Dilvish, señalando el lugar del suelo donde acababan de aparecer otras dos peculiares huellas— y me digas si ves algo especial.

Fly dio media vuelta bruscamente. Casi al momento alzó el cinto como si fuera un escudo.

—¡Atrás! —gritó—. ¡En nombre de Cabolus! ¡Os lo ordeno!

Se formó otra huella, más cerca.

—¿Y si renunciaras al cinto? —preguntó Dilvish, disponiendo la espada en su mano—. ¿Y si lo tiraras?

—De nada serviría —respondió Fly—. Les han ordenado que busquen también al poseedor del cinto.

Apareció otra huella, más cerca.

Fly volvió la cabeza de pronto y miró fijamente a Dilvish. Se humedeció los labios, miró otra vez hacia las huellas.

—¡Mirad! —gritó súbitamente—. ¡Entrego el cinto a este hombre! ¡Se lo entrego! ¡Es suyo ahora!

Lo lanzó a Dilvish y el cinto cayó en el hombro de este. De inmediato creyó estar contemplando el mundo a través de una neblina crepuscular. Y luego, en el centro de la arboleda...

Ruidosamente, la forma de Black se interpuso entre Dilvish y la visión. Dilvish oyó los espantosos chillidos de Fly junto a ruidos de trituración, masticación y sonidos de movimiento.

Tras levantarse, tiró el cinto al suelo y miró por encima del cuerpo de Black. Fly yacía en tierra, y le faltaba el brazo izquierdo. Mientras Dilvish miraba, el brazo derecho, el hombro y una porción del pecho se esfumaron tras otro ruido de masticación; la sangre oscureció la tierra entre unos nuevos sonidos repugnantes.

—¡Pongamos pies en polvorosa! —dijo Black—. ¡Esa criatura es enorme!

—¿La ves?

—Vagamente, ahora que funciono en el nivel adecuado. ¡Monta!

Dilvish obedeció. Mientras lo hacía, la cabeza, el cuello y el resto del pecho de Fly desaparecieron.

Black dio media vuelta, en el mismo instante que cuatro hombres a caballo y con las espadas desenvainadas entraban en la arboleda para impedirle el paso.

—¡Por Salbacus! —gritó el primero, embistiendo a Dilvish con el arma en alto.

—¡El cinto! —exclamó otro, siguiéndole.

Los otros dos se dispusieron a tomar posiciones laterales. Black cargó contra el primer jinete y Dilvish hizo una finta y atacó, alcanzándolo en el vientre. Al segundo jinete lo hirió en el cuello con la punta de su espada.

Black se encabritó después, y sus cascos metálicos golpearon al tercer jinete. Dilvish oyó caer a jinete y caballo mientras se volvía para parar un golpe del restante caballero. Su ataque fue parado. Atacó de nuevo con el mismo resultado.

—Entregadme el cinto y salvaréis la vida —dijo el jinete.

—No lo tengo. Está en el suelo. Más atrás —respondió Dilvish.

El desconocido volvió la cabeza y Dilvish se la arrancó de los hombros. Black dio media vuelta y se empinó, lanzando fuego por la boca y el hocico.

Una enorme flor de fuego se desplegó ante él. Se produjo un siseo que creció hasta convertirse en un silbido y estalló en una serie de pitidos que cesaron después, como si algo retrocediera en el bosque.

Cuando las llamas y sus imágenes consecutivas desaparecieron, Dilvish vio que sólo quedaba el pie derecho de Fly en el lugar empapado de sangre donde había caído, que gran número de marcas triangulares estaban impresas alrededor del charco y que un rastro de esas marcas se perdía entre los árboles.

Dilvish oyó una risa en el suelo. El hombre al que había herido en el vientre estaba sentado, encogido, agarrándose las entrañas. Pero sus ojos estaban alzados y en su semblante aparecía una tensa mueca.

—¡Oh, fantástico, fantástico! —dijo—. Arrojar fuego para ahuyentarlos. Matarnos a todos.

Después movió la pierna y bajó la mano para coger algo. Un objeto centelleó, y el moribundo alzó la mano. Dilvish vio que el herido había estado sentado encima del cinto, que en ese momento aferraba con fuerza y sostenía ante él, con la cara empapada de sudor.

—¡Pero los míos vendrán a por él! ¡Los sacerdotes de Salbacus están atentos! ¡Huid! ¡Las bestias volverán, os seguirán aunque el día decaiga! Coged el cinto de la mano de un muerto si os atrevéis... ¡Y os ganaréis mi maldición! ¡Será nuestro a pesar de todo! Mis compañeros celebrarán un festín en Kallusan dentro de poco, ¡y harán arder la ciudad antes de terminar! ¡Huid, maldito seáis! ¡Que Salbacus os maldiga y que se me lleve ahora!

El desconocido se desplomó, con el brazo extendido ante él.

—No ha sido un mal discurso de despedida —observó—. Contiene todos los elementos clásicos: la amenaza, la maldición, la correspondiente bravata, la invocación de la deidad...

—Magnífico —reconoció Dilvish—. Pero si guardas la crítica literaria para más tarde, me gustaría saber algo más práctico: ¿acabas de hacer retroceder a una criatura invisible de solidez suficiente para devorar a Fly?

—Lo ha devorado casi por completo.

—¿Volverá?

—Probablemente.

—¿Para buscarme, o para coger el cinto?

—Para buscarte, sí. No creo que su naturaleza le permita coger el cinto. Ese cinto parece coexistir aquí y en el plano fantasma, y creo que su contacto sería doloroso, si no fatal, para los habitantes de ese lugar. Se trata de un nexo de peculiares energías.

—En ese caso yo estaría en mejores condiciones cogiendo el cinto que abandonándolo. Podría ofrecerme un poco de protección.

—Sí, eso es cierto. Pero también te convertiría en objeto de caza para las tropas sulváreas.

—¿Cuánto tenemos que huir para librarnos de las bestias fantasmas?

—No sabría decirlo. Tal vez puedan perseguirte prácticamente a cualquier parte.

—Eso no me deja mucha elección, entonces.

—Creo que no.

Dilvish suspiró y desmontó.

—De acuerdo. Llevaremos esto a Kallusan, explicaremos lo sucedido y lo entregaremos a los sacerdotes de Cabolus. Esperando que nos den oportunidad de explicarlo, claro está.

Recogió el cinto fantasma.

—Qué demonios —dijo, se lo puso a la cintura y lo ató.

Miró hacia arriba y se tambaleó. Extendió una mano.

—¿Qué ocurre? —preguntó Black.

El mundo estaba lleno de una luz plateada que se filtraba a través de una nebulosa calina. Y no tenía los mismos rasgos que hasta entonces. Dilvish seguía viendo la arboleda, los cadáveres, a Black y los árboles del borde del claro. 

Pero también había árboles donde él no recordaba haber visto ninguno: ejemplares delgados y oscuros, uno de ellos alzado entre Black y él. El terreno parecía más elevado, aparte de eso, con su visión doble, como si él se hallara hundido hasta la rodilla en un montecillo gris. 

El horizonte estaba oculto por las brumas. Había una roca negra a la izquierda. Detrás de ella formas como dibujadas al carbón parecían agitarse en la penumbra. Dilvish extendió el brazo hacia el árbol fantasma que había a su derecha. Lo notó, pero su mano lo atravesó, como si fuera agua en movimiento y sin salpicaduras. Estaba frío.

Black repitió su pregunta.

—Estoy viendo doble... nuestro mundo, y supongo que ese otro plano mencionado por Fly —replicó Dilvish.

Desató el cinto y se lo quitó. Nada cambió.

—No desaparece —dijo.

—Todavía sostienes el cinto. Mételo en la alforja y monta. Será mejor que nos movamos.

Dilvish obedeció.

—Todo igual —dijo.

—La proximidad, en ese caso —replicó Black.

—¿Te afecta a ti, ahora que lo llevas encima?

—Así sería si yo lo permitiera. No obstante, estoy bloqueando ese plano. No puedo permitirme el riesgo de correr con una visión doble. Pero mientras continuamos echaré un vistazo de vez en cuando.

Black empezó a moverse en la dirección donde según Fly se hallaba Kallusan, y se adentró en una parte del bosque sin caminos.

—Será mejor que consultes tu mapa para ir a Kallusan —dijo—. Busca la ruta preferible.

Dilvish apartó la mirada de la vertiginosa escena y sacó el mapa de un bolsillo de la otra alforja.

—Ve en línea recta —dijo— hasta que llegues al camino por donde vinimos, más allá del recodo. Será más fácil si retrocedemos un poco. Llegaremos a una parte de campiña más despejada.

—De acuerdo.

Black dio media vuelta. Al poco rato encontraron el camino. En ese momento Dilvish pensó que estaba lejos e iluminado a media luz. Se dio cuenta de que se agachaba para evitar ramas que no eran más que brisas en su cara. 

Cada vez era más difícil mantener separados los dos mundos. Trató de cerrar los ojos un rato, pero en seguida le asqueó el vértigo que ello producía.

—No hay ninguna forma de que tapes la visión para mí, ¿me equivoco? —dijo mientras atravesaban al galope lo que parecía un sólido peñasco, con sensaciones idénticas a las de cruzar un túnel de hielo.

—Lo siento —respondió Black—. Esa habilidad no parece ser transferible.

Dilvish maldijo y continuó agachado. Al cabo de un rato, llegaron a una bifurcación del camino que habían pasado con anterioridad y siguieron por la senda de la izquierda: bien señalada, bastante llana y descendiendo ligeramente. 

 

(CONTINUARÁ...)