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La suegra silenciosa - Patricia Highsmith

Esta suegra, Edna, ha oído todos los chistes sobre suegras y no tiene intención de ser el blanco de tales bromas, ni de caer en ninguna de las trampas tan abundantemente esparcidas en su camino. Lo primero de todo es que vive con su hija y su yerno, por lo que ha de ser doble o triplemente cuidadosa. Ni se le pasa por la cabeza criticar nada. 

Los jóvenes podrían volver a casa borrachos perdidos, y Edna nunca haría el menor comentario. Podrían fumar hierba (a veces lo hacen), pelearse y tirarse los trastos a la cabeza, y Edna no abriría la boca. Ha oído demasiadas cosas sobre las suegras que se entrometen, así que mantiene la boca cerrada. De hecho, lo más extraño de Edna es su silencio. Dice “Sí, gracias” cuando le ofrecen una segunda taza de café, y “Buenas noches, que durmáis bien”. pero nada más.

La segunda característica notable de Edna es su economía. No sospecha en absoluto que esto les da 100 patadas a Laura y a Brian, porque ellos también están intentando hacerlo lo mejor posible y tratando de ser amables, así que ni se les ocurriría decirle que su economía les da 100 patadas. Entre otras cosas, porque es evidente que Edna disfruta economizando. 

Exhibe una enorme bola de cordel usado como otras suegras enseñarían una colcha hecha por ellas. Pone hasta la última pepita de naranja en una bolsa de plástico destinada al montón de estiércol. A Laura y a Brian les costaría unos 300 dólares al mes mantener a Edna en un piso aparte. Edna tiene algún dinero, que aporta a la casa, pero si viviera sola, Laura y Brian tendrían que aportar más de lo que les cuesta ahora, así que dejan las cosas como están.

Edna tiene 55 años, es delgada y fuerte, con el pelo corto y rizado entremezclado de gris y negro. Debido a su costumbre de escurrirse por la casa haciendo cosas, tiene postura y andares de jorobada. Nunca está ociosa y raras veces se sienta. 

Cuando lo hace, generalmente es porque alguien se lo pide; entonces se arroja sobre una silla y cruza las manos con expresión atenta. Casi siempre tiene algo útil cociendo en el fuego, por ejemplo, puré de manzana, o ha empezado a limpiar el horno con algún producto químico, lo que significa que Laura no puede usar el horno durante por lo menos una hora.

Laura y Brian no tienen hijos todavía, porque son personas previsoras y en el fondo están intentando encontrar el modo de instalar a Edna airosa y cómodamente en algún sitio, aunque fuese a costa de ellos, y después pensarán en tener una familia. Todo esto causa tensión. Su casa es de dos plantas, en un barrio residencial a 25 minutos en coche de la ciudad donde Brian trabaja como ingeniero electrónico. Tiene buenas perspectivas de ascenso y estudia en casa en sus horas libres. 

Edna echa una mano en el jardín y corta el césped, así que Brian no tiene demasiado que hacer los fines de semana. Pero tiene la sensación de que Edna escucha a través de las paredes. La habitación de Edna es contigua a su dormitorio. Hay un desván sin calefacción, que a Brian y a Laura les gustaría hacer habitable, en donde Edna va guardando frascos de mermelada, cartones, cajones de madera, viejas cajas con adornos de Navidad, papeles de envolver y toda clase de cosas que pueden venir bien algún día. 

Brian ya no puede entrar por la puerta sin tirar algo al suelo. Quiere echar un vistazo al desván para ver si resultaría muy difícil aislarlo y todo eso. Pero, de alguna manera, el desván se ha convertido en propiedad de Edna.

—Si al menos dijera algo... aunque fuese de vez en cuando —le dijo Brian a Laura un día—. Es como vivir con un robot.

Laura lo sabía. Había adoptado una aptitud supersimpática y charlatana con su madre en la esperanza de hacerla hablar.

—Pondré esto aquí, mmm, y el cenicero puede quedar aquí —decía Laura rondando por la casa.

Edna asentía y sonreía, tensa, para mostrar su aprobación, y no decía nada, aunque siempre estaba dispuesta a ayudar.

El ambiente estaba destrozando los nervios de Brian. A menudo farfullaba maldiciones. Una noche, cuando estaban en una fiesta en una casa del barrio, a Brian se le ocurrió una idea. Le contó a Laura su plan y ella estuvo de acuerdo. Había tomado unas cuantas copas y Brian le hizo tomar otra.

Laura y Brian volvieron a casa después de la fiesta, se desnudaron en el coche, caminaron hasta la puerta principal y llamaron al timbre. Una larga espera. Se reían nerviosamente. Eran más de las 2 de la mañana y Edna estaba en la cama. Finalmente, Edna llegó y abrió la puerta.

—¡Hola, hola, Edna! —dijo Brian, entrando a ritmo de vals.

—Buenas noches, mamá —dijo Laura.

Sofocada y horrorizada, Edna parpadeó, pero pronto se recobró lo suficiente para reír y sonreír cortésmente.

—Bueno, ¿no estás sorprendida? ¡Di algo! —gritó Brian, pero como ya no estaba tan borracho como Laura, cogió un almohadón del sofá y se lo puso delante para tapar su desnudez, odiándose a sí mismo al hacerlo, porque era como si hubiese perdido el valor.

Laura estaba ejecutando un solo de ballet, completamente desinhibida.

Edna había desaparecido en la cocina. Brian la siguió y vio que estaba preparando café instantáneo.

—¡Escucha, Edna! —gritó—. Podrías hablarnos por lo menos, ¿no? Es bien sencillo, ¿no? Por favor, por amor de Dios, ¡dinos algo!

Continuaba apretando el almohadón contra su cuerpo, pero gesticulaba con la otra mano.

—¡Es verdad, mamá! —dijo Laura desde la puerta. Tenía los ojos llenos de lágrimas. Su convicción la ponía histérica—. ¡Háblanos!

—Me parece vergonzoso, puesto que queréis que diga algo —dijo Edna, la frase más larga que había pronunciado desde hacía años—. ¡Borrachos y, encima, desnudos! ¡Estoy avergonzada de vosotros! Laura, coge un impermeable del recibidor, ¡coge cualquier cosa! Y tú..., ¡mi yerno! —Edna estaba chillando.

El agua de la cafetera estaba hirviendo. Edna pasó corriendo junto a Brian y subió a su habitación.

Ni Brian ni Laura recordaron bien las horas que siguieron. Si esperaban haber roto el silencio de Edna definitivamente, pronto descubrieron que estaban equivocados. A la mañana siguiente, domingo, Edna estaba tan silenciosa como siempre, aunque sonreía un poco, casi como si no hubiese pasado nada.

El lunes Brian fue a trabajar, como de costumbre, y al volver a casa, Laura le dijo que Edna había estado desacostumbradamente atareada todo el día. También había estado silenciosa.

—Creo que está avergonzada de sí misma —dijo Laura—. Ni siquiera quiso comer conmigo.

Brian averiguó que Edna había estado apilando leña, limpiando la barbacoa, pelando manzanas verdes, cosiendo, sacando brillo a los metales, buscando en un gran cubo de basura Dios sabe qué.

—¿Qué está haciendo ahora? —preguntó Brian, ligeramente alarmado.

En ese mismo momento lo supo, Edna estaba en el desván. Algún que otro crujido de las maderas les llegaba desde arriba, o un clank cuando dejaba en el suelo una caja con frascos de cristal o algo así.

—Deberíamos dejarla en paz de momento —dijo Brian, sintiéndose muy varonil y sensato.

Laura estuvo de acuerdo.

No vieron a Edna a la hora de la cena. Ellos se fueron a la cama. Al parecer, Edna trabajó durante toda la noche, a juzgar por los ruidos que se oían en las escaleras y en el desván. 

Cerca del amanecer, sonó un terrible estrépito, contra el cual Brian había advertido alguna vez a Laura: el suelo del desván estaba hecho de listones, simplemente clavados a las vigas, realmente. 

Edna cayó por el agujero del suelo, junto con frascos de mermelada, cajones de embalaje, conservas de frambuesa, mecedoras, un sofá viejo, un baúl y una máquina de coser. ¡Crash, bang, tink!

Brian y Laura, que habían estado encogidos en su cama, saltaron de inmediato para rescatar a Edna del derrumbamiento, pero antes de que la tocaran ya sabían que todo había terminado. 

 

La pobre Edna estaba muerta. Quizá no había muerto a causa de la caída tan siquiera, pero estaba muerta. Ese fue el ruidoso fin de la silenciosa suegra de Brian. 

La bella durmiente del bosque - Charles Perrault

Había una vez un rey y una reina que estaban tan afligidos por no tener hijos, tan afligidos que no hay palabras para expresarlo. Fueron a todas las aguas termales del mundo; votos, peregrinaciones, pequeñas devociones, todo se ensayó sin resultado.

Al fin, sin embargo, la reina quedó encinta y dio a luz una hija. Se hizo un hermoso bautizo; fueron madrinas de la princesita todas las hadas que pudieron encontrarse en la región (eran siete) para que cada una de ellas, al concederle un don, como era la costumbre de las hadas en aquel tiempo, colmara a la princesa de todas las perfecciones imaginables.

Después de las ceremonias del bautizo, todos los invitados volvieron al palacio del rey, donde había un gran festín para las hadas. Delante de cada una de ellas habían colocado un magnífico juego de cubiertos en un estuche de oro macizo, donde había una cuchara, un tenedor y un cuchillo de oro fino, adornado con diamantes y rubíes. Cuando cada cual se estaba sentando a la mesa, vieron entrar a una hada muy vieja que no había sido invitada porque hacia más de cincuenta años que no salía de una torre y la creían muerta o hechizada.

El rey le hizo poner un cubierto, pero no había forma de darle un estuche de oro macizo como a las otras, pues sólo se habían mandado a hacer siete, para las siete hadas. La vieja creyó que la despreciaban y murmuró entre dientes algunas amenazas. Una de las hadas jóvenes que se hallaba cerca la escuchó y pensando que pudiera hacerle algún don enojoso a la princesita, fue, apenas se levantaron de la mesa, a esconderse tras la cortina, a fin de hablar la última y poder así reparar en lo posible el mal que la vieja hubiese hecho.

Entretanto, las hadas comenzaron a conceder sus dones a la princesita. La primera le otorgó el don de ser la persona más bella del mundo, la siguiente el de tener el alma de un ángel, la tercera el de poseer una gracia admirable en todo lo que hiciera, la cuarta el de bailar a las mil maravillas, la quinta el de cantar como un ruiseñor, y la sexta el de tocar toda clase de instrumentos musicales a la perfección. Llegado el turno de la vieja hada, ésta dijo, meneando la cabeza, más por despecho que por vejez, que la princesa se pincharía la mano con un huso, lo que le causaría la muerte.

Este don terrible hizo temblar a todos los asistentes y no hubo nadie que no llorara. En ese momento, el hada joven salió de su escondite y en voz alta pronunció estas palabras:

—Tranquilizaos, rey y reina, vuestra hija no morirá; es verdad que no tengo poder suficiente para deshacer por completo lo que mi antecesora ha hecho. La princesa se clavará la mano con un huso; pero en vez de morir, sólo caerá en un sueño profundo que durará cien años, al cabo de los cuales el hijo de un rey llegará a despertarla.

Para tratar de evitar la desgracia anunciada por la anciana, el rey hizo publicar de inmediato un edicto, mediante el cual bajo pena de muerte, prohibía a toda persona hilar con huso y conservar husos en casa.

Pasaron quince o dieciséis años. Un día en que el rey y la reina habían ido a una de sus mansiones de recreo, sucedió que la joven princesa, correteando por el castillo, subiendo de cuarto en cuarto, llegó a lo alto de un torreón, a una pequeña buhardilla donde una anciana estaba sola hilando su copo. Esta buena mujer no había oído hablar de las prohibiciones del rey para hilar en huso.

—¿Qué hacéis aquí, buena mujer? —dijo la princesa. Estoy hilando, mi bella niña, le respondió la anciana, que no la conocía.

—¡Ah! qué lindo es, replicó la princesa, ¿cómo lo hacéis? Dadme, a ver si yo también puedo.

No hizo más que coger el huso, y siendo muy viva y un poco atolondrada, aparte de que la decisión de las hadas así lo habían dispuesto, cuando se clavó la mano con él y cayó desmayada.

La buena anciana, muy confundida, clama socorro. Llegan de todos lados, echan agua al rostro de la princesa, la desabrochan, le golpean las manos, le frotan las sienes con agua de la reina de Hungría; pero nada la reanima.

Entonces el rey, que acababa de regresar al palacio y había subido al sentir el alboroto, se acordó de la predicción de las hadas, y pensando que esto tenía que suceder ya que ellas lo habían dicho, hizo poner a la princesa en el aposento más hermoso del palacio, sobre una cama bordada en oro y plata. Se veía tan bella que parecía un ángel, pues el desmayo no le había quitado sus vivos colores: sus mejillas eran encarnadas y sus labios como el coral; sólo tenía los ojos cerrados, pero se la oía respirar suavemente, lo que demostraba que no estaba muerta. El rey ordenó que la dejaran dormir en reposo, hasta que llegase su hora de despertar.

El hada buena que le había salvado la vida, al hacer que durmiera cien años, se hallaba en el reino de Mataquin, a doce mil leguas de allí, cuando ocurrió el accidente de la princesa; pero en un instante recibió la noticia traída por un enanito que tenía botas de siete leguas (eran unas botas que recorrían siete leguas en cada paso). El hada partió de inmediato, y al cabo de una hora la vieron llegar en un carro de fuego tirado por dragones.

El rey la fue a recibir dándole la mano a la bajada del carro. Ella aprobó todo lo que él había hecho; pero como era muy previsora, pensó que cuando la princesa llegara a despertar, se sentiría muy confundida al verse sola en este viejo palacio.

Hizo lo siguiente: tocó con su varita todo lo que había en el castillo (salvo al rey y a la reina), ayas, damas de honor, mucamas, gentilhombres, oficiales, mayordomos, cocineros, tocó también todos los caballos que estaban en las caballerizas, con los palafreneros, los grandes perros de gallinero, y la pequeña Puf, la perrita de la princesa que estaba junto a ella sobre el lecho. Junto con tocarlos, se durmieron todos, para que despertaran al mismo tiempo que su ama, a fin de que estuviesen todos listos para atenderla llegado el momento; hasta los asadores, que estaban al fuego con perdices y faisanes, se durmieron, y también el fuego. Todo esto se hizo en un instante: las hadas no tardaban en realizar su tarea.

Entonces el rey y la reina luego de besar a su querida hija, sin que ella despertara, salieron del castillo e hicieron publicar prohibiciones de acercarse a él a quienquiera que fuese en todo el mundo. Estas prohibiciones no eran necesarias, pues en un cuarto de hora creció alrededor del parque tal cantidad de árboles grandes y pequeños, de zarzas y espinas entrelazadas unas con otras, que ni hombre ni bestia habría podido pasar; de modo que ya no se divisaba, sino lo alto de las torres del castillo y esto sólo de muy lejos. Nadie dudó de que esto fuese también obra del hada para que la princesa, mientras durmiera, no tuviera nada que temer de los curiosos.

Al cabo de cien años, el hijo de un rey que gobernaba en ese momento y que no era de la familia de la princesa dormida, andando de caza por esos lados, preguntó qué eran esas torres que divisaba por encima de un gran bosque muy espeso; cada cual le respondió según lo que había oído hablar. Unos decían que era un viejo castillo poblado de fantasmas; otros, que todos los brujos de la región celebraban allí sus reuniones. La opinión más corriente era que en ese lugar vivía un ogro y llevaba allí a cuanto niño podía atrapar, para comérselo a gusto y sin que pudieran seguirlo, teniendo él solamente el poder para hacerse un camino a través del bosque. El príncipe no sabía qué creer, hasta que un viejo campesino tomó la palabra y le dijo:

—Príncipe, hace más de cincuenta años le oí decir a mi padre que había en ese castillo una princesa, la más bella del mundo; que dormiría durante cien años y sería despertada por el hijo de un rey a quien ella estaba destinada.

Al escuchar este discurso, el joven príncipe se sintió enardecido; creyó sin vacilar que él pondría fin a tan hermosa aventura; e impulsado por el amor y la gloria, resolvió investigar al instante de qué se trataba.

Apenas avanzó hacia el bosque, esos enormes árboles, aquellas zarzas y espinas se apartaron solos para dejarlo pasar: caminó hacia el castillo que veía al final de una gran avenida adonde penetró, pero, ante su extrañeza, vio que ninguna de esas gentes había podido seguirlo porque los árboles se habían cerrado tras él. Continuó sin embargo su camino: un príncipe joven y enamorado es siempre valiente.

Llegó a un gran patio de entrada donde todo lo que apareció ante su vista era para helarlo de temor. Reinaba un silencio espantoso, por todas partes se presentaba la imagen de la muerte, era una de cuerpos tendidos de hombres y animales, que parecían muertos. Pero se dio cuenta, por la nariz granujienta y la cara rubicunda de los guardias, que sólo estaban dormidos, y sus jarras, donde aún quedaban unas gotas de vino, mostraban a las claras que se habían dormido bebiendo.

Atraviesa un gran patio pavimentado de mármol, sube por la escalera, llega a la sala de los guardias que estaban formados en hilera, la carabina al hombro, roncando a más y mejor. Atraviesa varias cámaras llenas de caballeros y damas, todos durmiendo, unos de pie, otros sentados; entra en un cuarto todo dorado, donde ve sobre una cama cuyas cortinas estaban abiertas, el más bello espectáculo que jamás imaginara: una princesa que parecía tener quince o dieciséis años cuyo brillo resplandeciente tenía algo luminoso y divino.

Se acercó temblando y en actitud de admiración se arrodilló junto a ella. Entonces, como había llegado el término del hechizo, la princesa despertó; y mirándolo con ojos más tiernos de lo que una primera vista parecía permitir:

—¿Sois vos, príncipe mío? —le dijo ella— bastante os habéis hecho esperar.

El príncipe, atraído por estas palabras y más aún por la forma en que habían sido dichas, no sabía cómo demostrarle su alegría y gratitud; le aseguró que la amaba más que a sí mismo. Sus discursos fueron inhábiles; por ello gustaron más; poca elocuencia, mucho amor, con eso se llega lejos. Estaba más confundido que ella, y no era para menos; la princesa había tenido tiempo de soñar con lo que le diría, pues parece (aunque la historia no lo dice) que el hada buena, durante tan prolongado letargo, le había procurado el placer de tener sueños agradables. En fin, hacía cuatro horas que hablaban y no habían conversado ni de la mitad de las cosas que tenían que decirse.

Entretanto, el palacio entero se había despertado junto con la princesa; todos se disponían a cumplir con su tarea, y como no todos estaban enamorados, ya se morían de hambre; la dama de honor, apremiada como los demás, le anunció a la princesa que la cena estaba servida. El príncipe ayudó a la princesa a levantarse y vio que estaba toda vestida, y con gran magnificencia; pero se abstuvo de decirle que sus ropas eran de otra época y que todavía usaba gorguera; no por eso se veía menos hermosa.

Pasaron a un salón de espejos y allí cenaron, atendido por los servidores de la princesa; violines y oboes interpretaron piezas antiguas pero excelentes, que ya no se tocaban desde hacía casi cien años; y después de la cena, sin pérdida de tiempo, el capellán los casó en la capilla del castillo, y la dama de honor les cerró las cortinas: durmieron poco, la princesa no lo necesitaba mucho, y el príncipe la dejó por la mañana temprano para regresar a la ciudad, donde su padre debía estar preocupado por él.

El príncipe le dijo que estando de caza se había perdido en el bosque y que había pasado la noche en la choza de un carbonero quien le había dado de comer queso y pan negro. El rey: su padre, que era un buen hombre, le creyó pero su madre no quedó muy convencida, y al ver que iba casi todos los días a cazar y que siempre tenía una excusa a mano cuando pasaba dos o tres noches afuera, ya no dudó que se trataba de algún amorío; pues vivió más de dos años enteros con la princesa y tuvieron dos hijos siendo la mayor una niña cuyo nombre era Aurora, y el segundo un varón a quien llamaron el Día porque parecía aún más bello que su hermana.

La reina le dijo una y otra vez a su hijo para hacerlo confesar, que había que darse gusto en la vida, pero él no se atrevió nunca a confiarle su secreto; aunque la quería, le temía, pues era de la raza de los ogros, y el rey se había casado con ella por sus riquezas; en la corte se rumoreaba incluso que tenía inclinaciones de ogro, y que al ver pasar niños, le costaba un mundo dominarse para no abalanzarse sobre ellos; de modo que el príncipe nunca quiso decirle nada.

Mas, cuando murió el rey, al cabo de dos años, y él se sintió el amo, declaró públicamente su matrimonio y con gran ceremonia fue a buscar a su mujer al castillo. Se le hizo un recibimiento magnífico en la capital a donde ella entró acompañada de sus dos hijos.

Algún tiempo después, el rey fue a hacer la guerra contra el emperador Cantalabutte, su vecino. Encargó la regencia del reino a su madre, recomendándole mucho que cuidara a su mujer y a sus hijos. Debía estar en la guerra durante todo el verano, y apenas partió, la reina madre envió a su nuera y sus hijos a una casa de campo en el bosque para poder satisfacer más fácilmente sus horribles deseos. Fue allí algunos días más tarde y le dijo una noche a su mayordomo.

—Mañana para la cena quiero comerme a la pequeña Aurora.

—¡Ay! señora, dijo el mayordomo.

—¡Lo quiero!, dijo la reina (y lo dijo en un tono de ogresa que desea comer carne fresca), y deseo comérmela con salsa, Robert.

El pobre hombre, sabiendo que no podía burlarse de una ogresa, tomó su enorme cuchillo y subió al cuarto de la pequeña Aurora; ella tenía entonces cuatro años y saltando y corriendo se echó a su cuello pidiéndole caramelos. El se puso a llorar, el cuchillo se le cayó de las manos, y se fue al corral a degollar un corderito, cocinándolo con una salsa tan buena que su ama le aseguró que nunca había comido algo tan sabroso. Al mismo tiempo llevó a la pequeña Aurora donde su mujer para que la escondiera en una pieza que ella tenía al fondo del corral.

Ocho días después, la malvada reina le dijo a su mayordomo:

—Para cenar quiero al pequeño Día.

El no contestó, habiendo resuelto engañarla como la primera vez. Fue a buscar al niño y lo encontró, florete en la mano, practicando esgrima con un mono muy grande, aunque sólo tenía tres años. Lo llevó donde su mujer, quien lo escondió junto con Aurora, y en vez del pequeño Día, sirvió un cabrito muy tierno que la ogresa encontró delicioso.

Hasta aquí la cosa había marchado bien; pero una tarde, esta reina perversa le dijo al mayordomo:

—Quiero comerme a la reina con la misma salsa que sus hijos.

Esta vez el pobre mayordomo perdió la esperanza de poder engañarla nuevamente. La joven reina tenía más de 20 años, sin contar los cien que había dormido: aunque hermosa y blanca su piel era algo dura; ¿y cómo encontrar en el corral un animal tan duro? Decidió entonces, para salvar su vida, degollar a la reina, y subió a sus aposentos con la intención de terminar de una vez. Tratando de sentir furor y con el puñal en la mano, entró a la habitación de la reina. Sin embargo no quiso sorprendería y en forma respetuosa le comunicó la orden que había recibido de la reina madre.

—Cumplid con vuestro deber, le dijo ella, tendiendo su cuello; ejecutad la orden que os han dado; iré a reunirme con mis hijos, mis pobres hijos tan queridos (pues ella los creía muertos desde que los había sacado de su lado sin decirle nada).

—No, no, señora, le respondió el pobre mayordomo, enternecido, no moriréis, y tampoco dejaréis de reuniros con vuestros queridos hijos, pero será en mi casa donde los tengo escondidos, y otra vez engañaré a la reina, haciéndole comer una cierva en lugar vuestro.

La llevó en seguida al cuarto de su mujer y dejando que la reina abrazara a sus hijos y llorara con ellos, fue a preparar una cierva que la reina comió para la cena, con el mismo apetito que si hubiera sido la joven reina. Se sentía muy satisfecha con su crueldad, preparándose para contarle al rey, a su regreso, que los lobos rabiosos se habían comido a la reina su mujer y a sus dos hijos.

Una noche en que como de costumbre rondaba por los patios y corrales del castillo para olfatear alguna carne fresca, oyó en una sala de la planta baja al pequeño Día que lloraba porque su madre quería pegarle por portarse mal, y escuchó también a la pequeña Aurora que pedía perdón por su hermano.

La ogresa reconoció la voz de la reina y de sus hijos, y furiosa por haber sido engañada, a primera hora de la mañana siguiente, ordenó con una voz espantosa que hacía temblar a todo el mundo, que pusieran al medio del patio una gran cuba haciéndola llenar con sapos, víboras, culebras y serpientes, para echar en ella a la reina y sus niños, al mayordomo, su mujer y su criado; había dado la orden de traerlos con las manos atadas a la espalda.

Ahí estaban, y los verdugos se preparaban para echarlos a la cuba, cuando el rey, a quien no esperaban tan pronto, entró a caballo en el patio; había viajado por la posta, y preguntó atónito qué significaba ese horrible espectáculo. Nadie se atrevía a decírselo, cuando de pronto la ogresa, enfurecida al mirar lo que veía, se tiró de cabeza dentro de la cuba y en un instante fue devorada por las viles bestias que ella había mandado poner.

El rey no dejó de afligirse: era su madre, pero se consoló muy pronto con su bella esposa y sus queridos hijos.