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El hada del diente - Harvey Jacobs

Cuando Roger Ploom perdió el primer diente su madre armó un revuelo enorme. Y le dijo al pequeño que pusiera el diente bajo la almohada. Ahí fue a parar, pues, el diente caído, y Roger se durmió. Cuando se despertó, encontró un dólar en el lugar donde había estado el diente.

—El hada de los dientes ha venido durante la noche —le dijo su madre.

Cuando empezó a bailarle otro diente, Roger reventaba de gozo. Naturalmente, cuando Roger Ploom mordió un caramelo, el diente se cayó. Bajo la almohada fue también éste, y por la mañana halló en su puesto un dólar.

La tercera vez que a Roger Ploom le cayó un diente probó de mantenerse despierto para ver al hada de los dientes. ¿Qué aspecto tendría aquella criatura que cambiaba dólares por dientes viejos? ¿Vestiría como los dentistas? ¿Qué hacía de los dientes? ¿Tenían algún valor en alguna otra parte? 

El padre de Roger Ploom era dueño de una tienda. Compraba cosas a un precio y las vendía a otro, superior. ¿Se dedicaba el hada de los dientes a una actividad parecida, sacando un beneficio? Había de haber algo que explicase el motivo de lo que sucedía bajo su almohada en el corazón de la noche. 

Roger Ploom se quedó dormido antes de que viniera el hada de los dientes. Se despertó al amanecer, y allí estaba su tercer dólar, terso y verde como la lechuga, esperando su regordeta mano.

—El hada de los dientes, ¿siempre deja un dólar a cambio de un diente? —le pregunto Roger Ploom a su madre.

—Para los chicos buenos, sí —respondió la madre—. Para los malos, no.

De modo que los niños malos, y es de presumir que sucediera igual con las niñas malas, no obtenían nada a cambio de los dientes que se les caían. ¿Por qué? ¿Tendrían algo aquellos dientes que no permitiera aprovecharlos? ¿O, simplemente, sería el hada una criatura que sólo querría tratar con unos cuantos individuos que le merecieran confianza? 

El tema en conjunto interesaba profundamente a Roger Ploom. También le interesaba el dinero. El problema lo constituía el transcurso de tiempo que necesitaban sus dientes para empezar a movérsele, bailar y caer. 

En el cuarto diente, Roger se esforzó en colaborar en este proceso, y acelerarlo. Con la lengua, movía el diente adelante y atrás. Lo cual le producía una sensación deliciosa de placer y dolor. Le daba pena ver cómo el diente cedía y caía lo mismo que una hoja. Pero disfrutaba al conseguir otro dólar.

—Eres un chico afortunado —dijo su padre cuando Roger Ploom le enseñó la última recompensa—. Sin duda ganas más que trabajando.

El padre acababa de corroborar lo que Roger Ploom sospechaba. Había encontrado una veta riquísima. Eso de los dientes caídos era un negocio que andaba parejo con la lámpara de Aladino y el vellocino de oro.

Roger Ploom consideró que este asunto era un non sequitur, pero aceptó un diente de Bettey, que iba a su misma clase. Roger le dio una moneda de cinco centavos. Y Bettey los aceptó. Bettey era una chica mala en todos los conceptos, una arma–camorras. No cabía duda, a ella nunca le daban ni un centavo por sus dientes. 

Roger Ploom la eligió para la primera transacción por dos motivos. Quería ver si se podía engañar al hada de los dientes. Y quería saber si los dientes de niña se pagaban al mismo precio que los suyos.

—Me ha caído otro diente —le dijo a su madre. Le enseñó el incisivo de Bettey y luego lo puso bajo la almohada.

—¡Canastos, y cómo creces! —exclamó la madre.

Aquella mañana tentó cuidadosamente bajo la almohada. Era una prueba vital. Si el hada de los dientes andaba distraída y aceptaba el de Bettey, él habría hallado una mina de oro. En cambio, si el hada era una de esas criaturas que lo saben todo, Roger quizá ya no cosechara ni un penique más, ni siquiera por sus propias gemas blancas, perlinas.

Bajo la almohada había un dólar, lo mismo que las otras veces. De modo que, o el hada era una tonta, o necesitaba dientes, y los necesitaba con urgencia. Roger Ploom, muchacho práctico, se inclinó por la segunda probabilidad. Sus padres le habían dicho muchísimas veces que nadie da un dólar a cambio de nada. Y el dicho tenía lógica. 

Aquel hada necesitaba dientes y los pagaría a buen precio. La procedencia no importaba. Lo que importaba era quien llevara el negocio y el ritual de la almohada. Roger Ploom, niño bueno, podía actuar de agente con impunidad total. 

Evidentemente, su dormitorio resultaba un terreno perfecto, un lugar adecuado para que el hada lo visitase. En la ciudad abundaban los niños malos. En su propio jardín de la infancia había cuatro y cada uno representaba un criadero potencial de dientes.

Pero, también ahora, el problema lo constituía el tiempo. Los dientes llegaban a manos de Roger Ploom de tarde en tarde y en poca cantidad. Durante los dos meses siguientes sólo pudo comprar dos.

El primero le valió un dólar, como esperaba. El segundo lo tuvo que comprar a cincuenta centavos. El niño que se lo vendió, Billy Latik, era un regateador duro. Dado que el diente le costaba tan caro, Roger Ploom decidió que también había de venderlo a un precio mayor. ¿Cómo podría comunicárselo al hada de los dientes?

Roger Ploom sospechaba que su madre sabía la manera de ponerse en contacto con la desconocida criatura. Cada vez que tenía un diente se lo decía a su madre, y la información iba a parar a su destino. ¿Cómo podría comunicar él directamente, dejando a su madre fuera del negocio? En fin de cuentas, ella no tenía nada que ver.

De modo que habló con miss Bromph, la maestra, y le dijo que necesitaba su ayuda. Le explicó que quería radactar un cuento y le pidió que le escribiese unas palabras en un papel. Miss Bromph sonrió satisfechísima. De buena gana escribió lo que en realidad era una petición dirigida al hada, exigiéndole más dinero, y dijo que se trataba de un cuento muy lindo. Roger Ploom no veía nada lindo en aquellas líneas, pero las tenía.

Y el papelito pasó a ocupar el puesto indicado bajo la almohada; pero el diente caro no. Primero quería saber la respuesta. Aquella noche sonó el teléfono, y Roger oyó que su madre hablaba con alguien. 

Por la manera de hablar de su madre, a Roger Ploom se le antojó que en el otro extremo del hilo estaba miss Bromph. Mas, ¿para qué llamaría una maestra a su casa? No tenía sentido. Lo importante del caso es que al día siguiente encontró un dólar y medio bajo la almohada, y por la noche dejó el diente en su puesto.

Aquel día, en el colegio, Roger Ploom estaba demasiado inquieto incluso para jugar. Si el hada de los dientes los pagaba a un dólar cincuenta cada uno era que tenía muchas ganas de comprar. ¿Podía darse el caso de que hubiera gran escasez de dientes, una verdadera crisis de dientes, allá donde viviera el hada? ¿Y cuánto duraría? 

Roger Ploom sabía que él no era el único proveedor. Una niña buena, Leslie Vine, también obtuvo un dólar por un diente, la semana pasada. ¿Y si millares de niños buenos se extraían de pronto millones de dientes y la bolsa del hada se cerraba por completo? Era el momento de dar el golpe.

Aquella noche, en la cama, Roger Ploom deseaba tener un hermano, o una hermana, o mejor todavía, muchos hermanos y hermanas, como las familias que veía en la televisión. Pero en pura realidad sólo contaba consigo mismo y con sus padres. Tendría que arreglárselas con estos elementos.

Su padre y su madre vieron el Ultimo Programa y se pasaron horas —le pareció a Roger— hablando. Por fin, se fueron a la cama. Roger permaneció inmóvil hasta que oyó la respiración aquélla, indicadora de que se habían dormido. Luego se levantó en silencio y fue a buscar la caja de los instrumentos. 

El contacto de las tenazas en la boca era frío, y cuando apretaba los brazos de las mismas sentía un vivo dolor. No, el plan que se había trazado no servía. No podía arrancarse sus propios dientes.

Roger Ploom oía los ronquidos de su padre. Era un hombre que dormía como un tronco; su madre lo decía siempre. Nada lograba despertarle, ni siquiera el despertador. Además, tenía dientes que no utilizaría nunca, dos hileras. Se vanagloriaba de que tendría una dentadura perfecta hasta el día de su muerte. Le venía de familia. Unos dientes como aquéllos podían valer muy bien dos dólares cada uno, y hasta diez. Acaso cien.

Roger Ploom entró de puntillas en el dormitorio de sus padres. Su madre dormía acurrucada de cara a la pared. Su padre estaba cerca de la puerta, fácilmente accesible. Y, cosa todavía mejor, tenía la boca abierta de par en par. Era una persona excelente su padre, así con la boca bien abierta y una sonrisa en la cara. Sin duda estaba soñando algo agradable.

Roger Ploom cogió las tenazas y probó que tal apretaban. Se le escapó una risita en la oscuridad. Mañana, sin duda alguna, tendría lo suficiente para comprarse un triciclo. O quizá dos.

El secreto de Lena - Michael Ende

 La puerta estaba allí así, sola, y en el dintel aparecía un gran número 7 pintado de color negro. Debajo había una placa de latón con la siguiente inscripción:

A la segunda consulta,
Si lo tienes a bien.


La puerta se abrió por sí sola y una ráfaga de viento empujó a Lena dentro. Bajó a trompicones unos cuantos escalones que conducían al sótano, y cuando llegó abajo, a punto estuvo de resbalar, pues se encontró con una capa de hielo lisa como un espejo.

El lago, que ya conocía de la primera visita, también estaba allí esta vez, pero ahora helado. La barca también aparecía, pero ahora inmovilizada. Allí era invierno, y los alrededores conformaban un paisaje nevado.

Esta vez Lena tuvo que recorrer a pie el largo camino hasta la isla, y además con mucho cuidado, paso a paso, no sólo por lo resbaladizo que era, sino también porque no sabía si el hielo sería capaz de resistir su peso en todos los sitios; de vez en cuando crujía y restallaba de la manera más sospechosa.

Cuando, por fin, ya medio congelada, puso el pie en la isla, se volvió a encontrar de repente sobre la alfombra de la habitación del hada, con Francisca Interrogaciones sentada ante su mesita redonda de tres patas. Ahora, curiosamente, entraba por la ventana un sol de mediodía, y el cuco que con tanto ímpetu salía del reloj de pared esta vez sí que era un cuco de verdad: cantó doce veces: “¡Cucú!”

Todos los números del reloj eran, también en esta ocasión, doces.
 
La segunda consulta –dijo sin preámbulos Francisca Interrogaciones– tiene lugar siempre y por principio a las doce del mediodía. Así debe ser.

Lena se abstuvo de preguntar por qué razón o motivo era así.
 
Ahora tienes que decidirte –prosiguió el hada–. ¿Cómo quieres que evolucione el asunto? El tiempo en el que aún se puede dar marcha atrás a los acontecimientos se va a acabar enseguida. Lo comprendes ¿no?
 
No del todo –admitió Lena.
 
¿Te lo has pasado bien, hija mía? –preguntó el hada.
 
Sí… –dijo, titubeante, Lena–, por lo menos al principio.
 
Bueno, pues si tú quieres –declaró el hada–, de ahora en adelante seguirá siendo siempre así. Tus padres se irán haciendo cada vez más y más pequeños. Podría, por ejemplo, hacer que vivieran en una caja de cerillas. Más tarde, probablemente, ya sólo podrías verlos a través de un cristal de aumento, o con un microscopio. Todo muy divertido, ¿no te parece?

Lena, desconcertada, no dijo nada y se encogió de hombros.
 
El caso –añadió el hada– es que te tienes que decidir ya, pues, a partir de un determinado momento, habrá transcurrido demasiado tiempo como para poder volver al principio. El que ha llegado demasiado lejos tiene que seguir adelante. Eso es lo que ocurre a menudo en la vida. Lo comprendes, ¿no? Pero ¿te gustaría realmente seguir adelante? Eso eres tú la única que tiene que decidirlo, hija.

Lena miró indecisa al hada.
 
¡Oh! Yo, de verdad, no quiero influir sobre ti, querida mía –aseguró Francisca Interrogaciones–. Debes decidir única y exclusivamente en virtud de lo que tú consideres oportuno. Yo sólo quería decir, ateniéndome a la verdad, lo que se derivaría de ello. Lo comprendes, ¿no?
 
Sí –contestó Lena, y tragó saliva– ¿Y cuál sería la otra posibilidad?
 
La otra posibilidad –repuso el hada arrastrando las palabras y mirando misteriosamente a la niña– me temo que no te va a gustar. Es muy desagradable…, por lo menos para ti. No creo que te interese en absoluto.
 
Aún así, dígamelo –le rogó Lena.
 
Bien; yo ahora –le explicó el hada– aún podría darle marcha atrás al tiempo transcurrido desde nuestra primera consulta…, o sea, para ser más exactos, hasta el instante justo antes de que les echaras a tus padres los terrones de azúcar en sus tazas. Entonces, para todos los demás, sería como si entre tanto no hubiera ocurrido absolutamente nada. Tampoco hubieras hecho jamás la foto, naturalmente, no habría absolutamente ninguna prueba de toda esta historia. Sólo tú sabrías lo que ha ocurrido…, o más bien lo que iba a ocurrir, pues en ese instante también para ti misma volvería a ser todo futuro. Lo comprendes ¿no? Entonces, naturalmente, tú podrías tomar la decisión contraria y no echar los terrones de azúcar en el té. 

¿De verdad? –preguntó Lena–. ¿Sería posible?
 
Segurísimo –contestó el hada–, pero la cosa tiene su pequeño intríngulis; claro que en estas historias de magia no cabe esperar que sea de otra manera. Ya te dije desde el principio que la segunda consulta te iba a resultar cara…, hagas lo que hagas.

Francisca Interrogaciones tamborileó, expectante, con sus doce dedos en el tablero de la mesa.
 
¿Y cuál es el intríngulis? –quiso saber Lena.
 
Bueno, pues… –dijo el hada arqueando significativamente las cejas–, tendrías que tomarte tú misma los terrones de azúcar y además en el acto. Ésa sería la única posibilidad.
 
¿No podría sencillamente tirarlos?
 
No, desgraciadamente no, hija mía. No serviría de nada. Volverían a ir a parar siempre a aquél al que estaban destinados. Incluso si los tiraran al mar a cien mil kilómetros de distancia, en el mismo momento de tirarlos estarían ya otra vez en la taza de té de tus padres. ¡Es que no son terrones de azúcar vulgares y corrientes! Lo comprendes, ¿no?
 
Sí, pe… pero… –balbuceó Lena–, si me los trago, entonces me pasará lo mismo que a papá y a mamá. Entonces sería yo quien me iría haciendo cada vez más y más pequeña.
 
Irremediablemente –contestó el hada–, a no ser que…
 
A no ser que… ¿qué?
 
A no ser –repitió Francisca Interrogaciones– que tú jamás les llevaras la contraria. 

Entonces, naturalmente, tampoco te pasaría nada. Así de sencillo.
 
¡Ah, vaya…! –dijo Lena.

Se quedó callada durante un rato, lo mismo que el hada.

Por fin Lena sacudió la cabeza y dijo:
 
Imposible. Eso, sencillamente, es demasiado difícil para mí.
 
Ya me lo figuraba yo –observó el hada–. Bueno, pues entonces dejémoslo todo como está. A mí, al fin y al cabo, me da exactamente igual. No pretendo convencerte de nada.

Miró el reloj y añadió:
 
Justo en este momento quedan todavía diez segundos. Después, ya estará todo decidido y será demasiado tarde.

Lena libraba una terrible batalla consigo misma.
 
¡Por favor! –gritó de repente– ¡De marcha atrás al tiempo! ¡Por favor, hágalo! ¡Ahora mismo!

Francisca Interrogaciones se levantó de un salto, y estirando el dedo, comenzó a girar hacia atrás las manecillas del reloj. Eso fue lo último que Lena le vio hacer.

Oyó de nuevo aquel extraño ruido –“¡flop!”–, como cuando se saca el tapón de una botella, y después se encontró de nuevo en el cuarto de estar de su casa, justo en el momento en que su madre se había ido a la cocina por las pastas, y su padre al dormitorio a ponerse su cómodo batín.

En su mano tenía los dos terrones de azúcar que le demostraban que todo había sido realidad. Se los metió en la boca, los masticó bien y se los tragó.
 
Lena –dijo su madre, entrando en ese momento–, no comas tanta azúcar, que eso te daña los dientes.
 
Sí, mamá –contestó Lena.
 
Me gustaría ver las noticias. ¿Tiene alguien algo en contra? –preguntó su padre sentándose en el sillón.
 
No, papá –dijo Lena.

Sus padres intercambiaron una mirada de asombro.
 
¿Qué te pasa, Lena? –preguntó su padre–. ¿Estás enferma?

Ella sacudió la cabeza.
 
Ven, tómate una taza de té con nosotros –propuso su madre–. Te sentará bien.
 
Sí, gracias –dijo Lena.

Y a partir de entonces todo siguió así. De allí en adelante la vida para los padres resultó mucho más fácil, claro. “La niña poco a poco se está volviendo razonable”, decían.

Pero cuál era el verdadero motivo nunca lo supieron: eso seguía siendo el secreto de Lena. O, al menos, lo siguió siendo durante una temporada increíblemente larga… para ser más exactos, hasta el viernes siguiente.

Aquel día dijo su padre: 
 
Hija, no puedes seguir así.
 
Sí, papá –contestó obediente Lena.
 
A ti… –opinó la madre–, a ti te pasa algo. Estás muy rara. Ya no pareces nuestra Lena.
 
Cualquier niño normal lleva la contraria de vez en cuanto –continuo su padre–. ¿Es que ya no tienes ninguna opinión propia?
 
No, papá.
 
¡Estamos preocupados! –exclamó su madre–. ¿no podrías llevar la contraria un poco, al menos de vez en cuando? Simplemente por darnos la alegría de tener una hija normal…

Ahora Lena ya no sabía qué decir. Si decía que no, les llevaba la contraria y las consecuencias serían inevitables, y si decía que sí, estaba admitiendo que les iba a llevar la contraria, lo cual conducía exactamente a lo mismo. En lugar de responder, rompió a llorar. 
 
¡Cielo Santo! –exclamaron sus padres–, ¿Tan malo es? Si hay algo que te preocupe, habla, hija. A nosotros puedes contárnoslo todo. 

Y entonces Lena les explicó, entre sollozos, lo que sucedía con los terrones de azúcar y todo lo demás.
 
¡Eso es inaudito! –exclamó su madre–. ¡Esa hada es una persona repulsiva!
 
Sí –corroboró su padre–, habría que prohibir su oficio por ley.
 
¡Pobrecita niña mía! –la consoló su madre cogiendo a Lena en brazos–; tú no te preocupes, que tu padre que es muy listo, seguro que encuentra una solución. ¿No es verdad, Kurt, querido? La vas a encontrar, ¿a qué sí?

¡Por supuesto! –contestó su padre carraspeando–. Pero primero vamos a pensarlo.

Caminó por la habitación arriba y abajo, mientras su mujer y su hija lo seguían con la vista.
 
¡Ya lo tengo! –dijo al dar la vuelta por quinta vez–. En el fondo la cosa es muy sencilla… el cuerpo consume el azúcar igual que el motor de un coche consume gasolina. Eso está científicamente demostrado, los terrones de azúcar sólo pueden hacer efecto mientras están en tu cuerpo. Al azúcar los músculos lo consumen muy deprisa. Así que hace ya mucho que no lo tienes dentro…

Lena dejó de llorar y se limpió la nariz.
 
¿Lo crees de verdad?
 
¡Claro! –aseguró su padre–. Llévame la contraria. Merece la pena intentarlo.
 
Sí, papá –dijo obediente Lena–, pero ¿y si sale mal? 

No –dijo su madre–tienes que llevarnos la contraria de verdad. No sólo a medias…
 
Pues entonces primero tienen que ordenarme algo de verdad– dijo Lena sorbiéndose los mocos.

Su padre se puso tieso y adoptó una cara severa.
 
Está bien; entonces te ordeno que des ahora mismo una voltereta.
 
No –dijo vacilante Lena–, no quiero. No tengo ninguna gana de dar volteretas.

Los tres esperaron expectantes… y no ocurrió nada. Entonces se abrazaron entre gritos de alegría. Su padre tenía razón.

Realmente era un hombre muy listo.

Así se daba por concluido tan azaroso asunto. Peo al final todo aquello sí que había servido para una cosa, a partir de entonces, Lena sólo les llevaba la contraria a sus padres, y sus padres se la llevaban a Lena, cuando era verdaderamente necesario, y no como antes, sin ton ni son. 

Y por eso de allí en adelante la familia vivió en perfecta armonía, y recordando, a pesar de todo, al hada Francisca Interrogaciones con cierta gratitud.

¡Ah, por cierto! Lena dio después muchas volteretas, unas veces ordenándoselo y otras sin que se lo ordenaran. 

La bella durmiente del bosque - Charles Perrault

Había una vez un rey y una reina que estaban tan afligidos por no tener hijos, tan afligidos que no hay palabras para expresarlo. Fueron a todas las aguas termales del mundo; votos, peregrinaciones, pequeñas devociones, todo se ensayó sin resultado.

Al fin, sin embargo, la reina quedó encinta y dio a luz una hija. Se hizo un hermoso bautizo; fueron madrinas de la princesita todas las hadas que pudieron encontrarse en la región (eran siete) para que cada una de ellas, al concederle un don, como era la costumbre de las hadas en aquel tiempo, colmara a la princesa de todas las perfecciones imaginables.

Después de las ceremonias del bautizo, todos los invitados volvieron al palacio del rey, donde había un gran festín para las hadas. Delante de cada una de ellas habían colocado un magnífico juego de cubiertos en un estuche de oro macizo, donde había una cuchara, un tenedor y un cuchillo de oro fino, adornado con diamantes y rubíes. Cuando cada cual se estaba sentando a la mesa, vieron entrar a una hada muy vieja que no había sido invitada porque hacia más de cincuenta años que no salía de una torre y la creían muerta o hechizada.

El rey le hizo poner un cubierto, pero no había forma de darle un estuche de oro macizo como a las otras, pues sólo se habían mandado a hacer siete, para las siete hadas. La vieja creyó que la despreciaban y murmuró entre dientes algunas amenazas. Una de las hadas jóvenes que se hallaba cerca la escuchó y pensando que pudiera hacerle algún don enojoso a la princesita, fue, apenas se levantaron de la mesa, a esconderse tras la cortina, a fin de hablar la última y poder así reparar en lo posible el mal que la vieja hubiese hecho.

Entretanto, las hadas comenzaron a conceder sus dones a la princesita. La primera le otorgó el don de ser la persona más bella del mundo, la siguiente el de tener el alma de un ángel, la tercera el de poseer una gracia admirable en todo lo que hiciera, la cuarta el de bailar a las mil maravillas, la quinta el de cantar como un ruiseñor, y la sexta el de tocar toda clase de instrumentos musicales a la perfección. Llegado el turno de la vieja hada, ésta dijo, meneando la cabeza, más por despecho que por vejez, que la princesa se pincharía la mano con un huso, lo que le causaría la muerte.

Este don terrible hizo temblar a todos los asistentes y no hubo nadie que no llorara. En ese momento, el hada joven salió de su escondite y en voz alta pronunció estas palabras:

—Tranquilizaos, rey y reina, vuestra hija no morirá; es verdad que no tengo poder suficiente para deshacer por completo lo que mi antecesora ha hecho. La princesa se clavará la mano con un huso; pero en vez de morir, sólo caerá en un sueño profundo que durará cien años, al cabo de los cuales el hijo de un rey llegará a despertarla.

Para tratar de evitar la desgracia anunciada por la anciana, el rey hizo publicar de inmediato un edicto, mediante el cual bajo pena de muerte, prohibía a toda persona hilar con huso y conservar husos en casa.

Pasaron quince o dieciséis años. Un día en que el rey y la reina habían ido a una de sus mansiones de recreo, sucedió que la joven princesa, correteando por el castillo, subiendo de cuarto en cuarto, llegó a lo alto de un torreón, a una pequeña buhardilla donde una anciana estaba sola hilando su copo. Esta buena mujer no había oído hablar de las prohibiciones del rey para hilar en huso.

—¿Qué hacéis aquí, buena mujer? —dijo la princesa. Estoy hilando, mi bella niña, le respondió la anciana, que no la conocía.

—¡Ah! qué lindo es, replicó la princesa, ¿cómo lo hacéis? Dadme, a ver si yo también puedo.

No hizo más que coger el huso, y siendo muy viva y un poco atolondrada, aparte de que la decisión de las hadas así lo habían dispuesto, cuando se clavó la mano con él y cayó desmayada.

La buena anciana, muy confundida, clama socorro. Llegan de todos lados, echan agua al rostro de la princesa, la desabrochan, le golpean las manos, le frotan las sienes con agua de la reina de Hungría; pero nada la reanima.

Entonces el rey, que acababa de regresar al palacio y había subido al sentir el alboroto, se acordó de la predicción de las hadas, y pensando que esto tenía que suceder ya que ellas lo habían dicho, hizo poner a la princesa en el aposento más hermoso del palacio, sobre una cama bordada en oro y plata. Se veía tan bella que parecía un ángel, pues el desmayo no le había quitado sus vivos colores: sus mejillas eran encarnadas y sus labios como el coral; sólo tenía los ojos cerrados, pero se la oía respirar suavemente, lo que demostraba que no estaba muerta. El rey ordenó que la dejaran dormir en reposo, hasta que llegase su hora de despertar.

El hada buena que le había salvado la vida, al hacer que durmiera cien años, se hallaba en el reino de Mataquin, a doce mil leguas de allí, cuando ocurrió el accidente de la princesa; pero en un instante recibió la noticia traída por un enanito que tenía botas de siete leguas (eran unas botas que recorrían siete leguas en cada paso). El hada partió de inmediato, y al cabo de una hora la vieron llegar en un carro de fuego tirado por dragones.

El rey la fue a recibir dándole la mano a la bajada del carro. Ella aprobó todo lo que él había hecho; pero como era muy previsora, pensó que cuando la princesa llegara a despertar, se sentiría muy confundida al verse sola en este viejo palacio.

Hizo lo siguiente: tocó con su varita todo lo que había en el castillo (salvo al rey y a la reina), ayas, damas de honor, mucamas, gentilhombres, oficiales, mayordomos, cocineros, tocó también todos los caballos que estaban en las caballerizas, con los palafreneros, los grandes perros de gallinero, y la pequeña Puf, la perrita de la princesa que estaba junto a ella sobre el lecho. Junto con tocarlos, se durmieron todos, para que despertaran al mismo tiempo que su ama, a fin de que estuviesen todos listos para atenderla llegado el momento; hasta los asadores, que estaban al fuego con perdices y faisanes, se durmieron, y también el fuego. Todo esto se hizo en un instante: las hadas no tardaban en realizar su tarea.

Entonces el rey y la reina luego de besar a su querida hija, sin que ella despertara, salieron del castillo e hicieron publicar prohibiciones de acercarse a él a quienquiera que fuese en todo el mundo. Estas prohibiciones no eran necesarias, pues en un cuarto de hora creció alrededor del parque tal cantidad de árboles grandes y pequeños, de zarzas y espinas entrelazadas unas con otras, que ni hombre ni bestia habría podido pasar; de modo que ya no se divisaba, sino lo alto de las torres del castillo y esto sólo de muy lejos. Nadie dudó de que esto fuese también obra del hada para que la princesa, mientras durmiera, no tuviera nada que temer de los curiosos.

Al cabo de cien años, el hijo de un rey que gobernaba en ese momento y que no era de la familia de la princesa dormida, andando de caza por esos lados, preguntó qué eran esas torres que divisaba por encima de un gran bosque muy espeso; cada cual le respondió según lo que había oído hablar. Unos decían que era un viejo castillo poblado de fantasmas; otros, que todos los brujos de la región celebraban allí sus reuniones. La opinión más corriente era que en ese lugar vivía un ogro y llevaba allí a cuanto niño podía atrapar, para comérselo a gusto y sin que pudieran seguirlo, teniendo él solamente el poder para hacerse un camino a través del bosque. El príncipe no sabía qué creer, hasta que un viejo campesino tomó la palabra y le dijo:

—Príncipe, hace más de cincuenta años le oí decir a mi padre que había en ese castillo una princesa, la más bella del mundo; que dormiría durante cien años y sería despertada por el hijo de un rey a quien ella estaba destinada.

Al escuchar este discurso, el joven príncipe se sintió enardecido; creyó sin vacilar que él pondría fin a tan hermosa aventura; e impulsado por el amor y la gloria, resolvió investigar al instante de qué se trataba.

Apenas avanzó hacia el bosque, esos enormes árboles, aquellas zarzas y espinas se apartaron solos para dejarlo pasar: caminó hacia el castillo que veía al final de una gran avenida adonde penetró, pero, ante su extrañeza, vio que ninguna de esas gentes había podido seguirlo porque los árboles se habían cerrado tras él. Continuó sin embargo su camino: un príncipe joven y enamorado es siempre valiente.

Llegó a un gran patio de entrada donde todo lo que apareció ante su vista era para helarlo de temor. Reinaba un silencio espantoso, por todas partes se presentaba la imagen de la muerte, era una de cuerpos tendidos de hombres y animales, que parecían muertos. Pero se dio cuenta, por la nariz granujienta y la cara rubicunda de los guardias, que sólo estaban dormidos, y sus jarras, donde aún quedaban unas gotas de vino, mostraban a las claras que se habían dormido bebiendo.

Atraviesa un gran patio pavimentado de mármol, sube por la escalera, llega a la sala de los guardias que estaban formados en hilera, la carabina al hombro, roncando a más y mejor. Atraviesa varias cámaras llenas de caballeros y damas, todos durmiendo, unos de pie, otros sentados; entra en un cuarto todo dorado, donde ve sobre una cama cuyas cortinas estaban abiertas, el más bello espectáculo que jamás imaginara: una princesa que parecía tener quince o dieciséis años cuyo brillo resplandeciente tenía algo luminoso y divino.

Se acercó temblando y en actitud de admiración se arrodilló junto a ella. Entonces, como había llegado el término del hechizo, la princesa despertó; y mirándolo con ojos más tiernos de lo que una primera vista parecía permitir:

—¿Sois vos, príncipe mío? —le dijo ella— bastante os habéis hecho esperar.

El príncipe, atraído por estas palabras y más aún por la forma en que habían sido dichas, no sabía cómo demostrarle su alegría y gratitud; le aseguró que la amaba más que a sí mismo. Sus discursos fueron inhábiles; por ello gustaron más; poca elocuencia, mucho amor, con eso se llega lejos. Estaba más confundido que ella, y no era para menos; la princesa había tenido tiempo de soñar con lo que le diría, pues parece (aunque la historia no lo dice) que el hada buena, durante tan prolongado letargo, le había procurado el placer de tener sueños agradables. En fin, hacía cuatro horas que hablaban y no habían conversado ni de la mitad de las cosas que tenían que decirse.

Entretanto, el palacio entero se había despertado junto con la princesa; todos se disponían a cumplir con su tarea, y como no todos estaban enamorados, ya se morían de hambre; la dama de honor, apremiada como los demás, le anunció a la princesa que la cena estaba servida. El príncipe ayudó a la princesa a levantarse y vio que estaba toda vestida, y con gran magnificencia; pero se abstuvo de decirle que sus ropas eran de otra época y que todavía usaba gorguera; no por eso se veía menos hermosa.

Pasaron a un salón de espejos y allí cenaron, atendido por los servidores de la princesa; violines y oboes interpretaron piezas antiguas pero excelentes, que ya no se tocaban desde hacía casi cien años; y después de la cena, sin pérdida de tiempo, el capellán los casó en la capilla del castillo, y la dama de honor les cerró las cortinas: durmieron poco, la princesa no lo necesitaba mucho, y el príncipe la dejó por la mañana temprano para regresar a la ciudad, donde su padre debía estar preocupado por él.

El príncipe le dijo que estando de caza se había perdido en el bosque y que había pasado la noche en la choza de un carbonero quien le había dado de comer queso y pan negro. El rey: su padre, que era un buen hombre, le creyó pero su madre no quedó muy convencida, y al ver que iba casi todos los días a cazar y que siempre tenía una excusa a mano cuando pasaba dos o tres noches afuera, ya no dudó que se trataba de algún amorío; pues vivió más de dos años enteros con la princesa y tuvieron dos hijos siendo la mayor una niña cuyo nombre era Aurora, y el segundo un varón a quien llamaron el Día porque parecía aún más bello que su hermana.

La reina le dijo una y otra vez a su hijo para hacerlo confesar, que había que darse gusto en la vida, pero él no se atrevió nunca a confiarle su secreto; aunque la quería, le temía, pues era de la raza de los ogros, y el rey se había casado con ella por sus riquezas; en la corte se rumoreaba incluso que tenía inclinaciones de ogro, y que al ver pasar niños, le costaba un mundo dominarse para no abalanzarse sobre ellos; de modo que el príncipe nunca quiso decirle nada.

Mas, cuando murió el rey, al cabo de dos años, y él se sintió el amo, declaró públicamente su matrimonio y con gran ceremonia fue a buscar a su mujer al castillo. Se le hizo un recibimiento magnífico en la capital a donde ella entró acompañada de sus dos hijos.

Algún tiempo después, el rey fue a hacer la guerra contra el emperador Cantalabutte, su vecino. Encargó la regencia del reino a su madre, recomendándole mucho que cuidara a su mujer y a sus hijos. Debía estar en la guerra durante todo el verano, y apenas partió, la reina madre envió a su nuera y sus hijos a una casa de campo en el bosque para poder satisfacer más fácilmente sus horribles deseos. Fue allí algunos días más tarde y le dijo una noche a su mayordomo.

—Mañana para la cena quiero comerme a la pequeña Aurora.

—¡Ay! señora, dijo el mayordomo.

—¡Lo quiero!, dijo la reina (y lo dijo en un tono de ogresa que desea comer carne fresca), y deseo comérmela con salsa, Robert.

El pobre hombre, sabiendo que no podía burlarse de una ogresa, tomó su enorme cuchillo y subió al cuarto de la pequeña Aurora; ella tenía entonces cuatro años y saltando y corriendo se echó a su cuello pidiéndole caramelos. El se puso a llorar, el cuchillo se le cayó de las manos, y se fue al corral a degollar un corderito, cocinándolo con una salsa tan buena que su ama le aseguró que nunca había comido algo tan sabroso. Al mismo tiempo llevó a la pequeña Aurora donde su mujer para que la escondiera en una pieza que ella tenía al fondo del corral.

Ocho días después, la malvada reina le dijo a su mayordomo:

—Para cenar quiero al pequeño Día.

El no contestó, habiendo resuelto engañarla como la primera vez. Fue a buscar al niño y lo encontró, florete en la mano, practicando esgrima con un mono muy grande, aunque sólo tenía tres años. Lo llevó donde su mujer, quien lo escondió junto con Aurora, y en vez del pequeño Día, sirvió un cabrito muy tierno que la ogresa encontró delicioso.

Hasta aquí la cosa había marchado bien; pero una tarde, esta reina perversa le dijo al mayordomo:

—Quiero comerme a la reina con la misma salsa que sus hijos.

Esta vez el pobre mayordomo perdió la esperanza de poder engañarla nuevamente. La joven reina tenía más de 20 años, sin contar los cien que había dormido: aunque hermosa y blanca su piel era algo dura; ¿y cómo encontrar en el corral un animal tan duro? Decidió entonces, para salvar su vida, degollar a la reina, y subió a sus aposentos con la intención de terminar de una vez. Tratando de sentir furor y con el puñal en la mano, entró a la habitación de la reina. Sin embargo no quiso sorprendería y en forma respetuosa le comunicó la orden que había recibido de la reina madre.

—Cumplid con vuestro deber, le dijo ella, tendiendo su cuello; ejecutad la orden que os han dado; iré a reunirme con mis hijos, mis pobres hijos tan queridos (pues ella los creía muertos desde que los había sacado de su lado sin decirle nada).

—No, no, señora, le respondió el pobre mayordomo, enternecido, no moriréis, y tampoco dejaréis de reuniros con vuestros queridos hijos, pero será en mi casa donde los tengo escondidos, y otra vez engañaré a la reina, haciéndole comer una cierva en lugar vuestro.

La llevó en seguida al cuarto de su mujer y dejando que la reina abrazara a sus hijos y llorara con ellos, fue a preparar una cierva que la reina comió para la cena, con el mismo apetito que si hubiera sido la joven reina. Se sentía muy satisfecha con su crueldad, preparándose para contarle al rey, a su regreso, que los lobos rabiosos se habían comido a la reina su mujer y a sus dos hijos.

Una noche en que como de costumbre rondaba por los patios y corrales del castillo para olfatear alguna carne fresca, oyó en una sala de la planta baja al pequeño Día que lloraba porque su madre quería pegarle por portarse mal, y escuchó también a la pequeña Aurora que pedía perdón por su hermano.

La ogresa reconoció la voz de la reina y de sus hijos, y furiosa por haber sido engañada, a primera hora de la mañana siguiente, ordenó con una voz espantosa que hacía temblar a todo el mundo, que pusieran al medio del patio una gran cuba haciéndola llenar con sapos, víboras, culebras y serpientes, para echar en ella a la reina y sus niños, al mayordomo, su mujer y su criado; había dado la orden de traerlos con las manos atadas a la espalda.

Ahí estaban, y los verdugos se preparaban para echarlos a la cuba, cuando el rey, a quien no esperaban tan pronto, entró a caballo en el patio; había viajado por la posta, y preguntó atónito qué significaba ese horrible espectáculo. Nadie se atrevía a decírselo, cuando de pronto la ogresa, enfurecida al mirar lo que veía, se tiró de cabeza dentro de la cuba y en un instante fue devorada por las viles bestias que ella había mandado poner.

El rey no dejó de afligirse: era su madre, pero se consoló muy pronto con su bella esposa y sus queridos hijos.

El hada del Sáuco - Hans Christian Andersen

Érase una vez un chiquillo que se había resfriado. Cuando estaba fuera de casa se había mojado los pies, nadie sabía cómo, pues el tiempo era completamente seco. Su madre lo desnudó y acostó, y, pidiendo la tetera, se dispuso a prepararle una taza de té de saúco, pues esto calienta. En esto vino aquel viejo señor tan divertido que vivía solo en el último piso de la casa. No tenía mujer ni hijos pero quería a los niños, y sabía tantos cuentos e historias que daba gusto oírlo.

- Ahora vas a tomarte el té -dijo la madre al pequeño- y a lo mejor te contarán un cuento, además.

- Lo haría si supiese alguno nuevo -dijo el viejo con un gesto amistoso-. Pero, ¿cómo se ha mojado los pies este rapaz? -preguntó.

- ¡Eso digo yo! -contestó la madre-. ¡Cualquiera lo entiende!

- ¿Me contarás un cuento? -pidió el niño.

- ¿Puedes decirme exactamente - pues debes saberlo - qué profundidad tiene el arroyo del callejón por donde vas a la escuela?

- Me llega justo a la caña de las botas -respondió el pequeño-, pero sólo si me meto en el agujero hondo.

- Conque así te mojaste los pies, ¿eh? -dijo el viejo-. Bueno, ahora tendría que contarte un cuento, pero el caso es que ya no sé más.

- Pues invéntese uno nuevo -replicó el chiquillo-. Dice mi madre que de todo lo que observa saca usted un cuento, y de todo lo que toca, una historia.

- Sí, pero esos cuentos e historias no sirven. Los de verdad, vienen por sí solos, llaman a la frente y dicen: ¡aquí estoy!

- ¿Llamarán pronto? -preguntó el pequeño. La madre se echó a reír, puso té de saúco en la tetera y le vertió agua hirviendo.

- ¡Cuente, cuente!

- Lo haré, si el cuento quiere venir por sí solo, pero son muy remilgados. Sólo se presentan cuando les viene en gana. ¡Espera! -añadió-. ¡Ya lo tenemos! Escucha, hay uno en la tetera.

El pequeño dirigió la mirada a la tetera; la tapa se levantaba, y las flores de saúco salían del cacharro, tiernas y blancas; proyectaron grandes ramas largas, y hasta del pitorro salían, esparciéndose en todas direcciones y creciendo sin cesar.

Era un espléndido saúco, un verdadero árbol, que llegó hasta la cama, apartando las cortinas. Era todo él un cuajo de flores olorosas, y en el centro había una anciana de bondadoso aspecto, extrañamente vestida. Todo su ropaje era verde, como las hojas del saúco, lleno de grandes flores blancas. A primera vista no se distinguía si aquello era tela o verdor y flores vivas.

- ¿Cómo se llama esta mujer? -preguntó el niño.

«Verás: los romanos y griegos -respondió el viejo- la llamaban Dríada, pero esta palabra no la entendemos nosotros. Allá en Nyboder le damos otro nombre mejor; la llamamos "mamita saúco", y has de fijarte en esto. Escucha y contempla el espléndido saúco. Hay uno como él, florido también, allá abajo; crecía en un ángulo de una era pequeña y humilde. Un mediodía dos ancianos se habían sentado al sol, bajo aquel árbol. Eran un marino muy viejo y su mujer, que no lo era menos. Tenían ya bisnietos, y pronto celebrarían las bodas de oro, aunque apenas se acordaban ya del día de su boda; el hada, desde el árbol, parecía tan satisfecha como esta de aquí.

- Yo sé cuándo son vuestras bodas de oro -dijo; pero los viejos no la oyeron; hablaban de tiempos pasados.

- ¿Te acuerdas? -decía el viejo marino-. ¿Te acuerdas de cuando éramos niños y corríamos y jugábamos en esta misma era? Plantábamos tallitos en el suelo y hacíamos un jardín.

- Sí -replicó la anciana-, lo recuerdo bien. Regábamos los tallos; uno e ellos era una rama de saúco, que echó raíces y sacó verdes brotes y se convirtió en un árbol grande y espléndido; este mismo bajo el cual estamos.

- Sí, esto es -dijo él-; y allí en la esquina había un gran barreño; en él flotaba mi barca. Yo mismo me la había tallado. ¡Qué bien navegaba! Pero pronto lo haría yo por otros mares.

- Sí, pero antes fuimos a la escuela y aprendimos unas cuantas cosas -prosiguió ella - Y luego nos prometieron. Los dos llorábamos, pero aquella tarde fuimos, cogidos de la mano, a la Torre Redonda, para ver el ancho mundo que se extiende más allá de Copenhague y del océano. Después nos fuimos a Frederiksberg, donde el Rey y la Reina paseaban por los canales en su embarcación de gala.

- Pero pronto me tocó a mí navegar por otros lugares, durante muchos años. Fui lejos, muy lejos, en el curso de largos viajes.

- Sí, ¡cuántas lágrimas me costaste! -dijo ella-. Creí que habías muerto; te veía en el fondo del mar, sepultado en el fango. ¡Cuántas noches me levanté para ver si la veleta giraba! Sí, giraba, pero tú no volvías. Me acuerdo de un día que estaba lloviendo a cántaros, el basurero se paró frente a la puerta de la casa donde yo servía. ¡Era un tiempo espantoso! Yo salí con el cubo de basura y me quedé en la puerta, y mientras aguardaba allí se me acercó el cartero y me dio una carta, una carta tuya. ¡Dios mío, lo que había viajado aquel sobre! Lo abrí y leí la carta, llorando y riendo a la vez. ¡Estaba tan contenta! Decía el papel que te hallabas en tierras cálidas, donde crecía el café. ¡Qué país más maravilloso debe ser! ¡Me contabas tantas cosas! Y yo las estaba viendo mientras la lluvia caía sin cesar, de pie yo con mi cubo de basura. Alguien me cogió por el talle...

- Pero tú le propinaste un buen bofetón, muy sonoro por cierto.

- No sabía que fueses tú. Habías llegado junto con la carta y ¡estabas tan guapo! - y todavía lo eres -. Llevabas en el bolsillo un largo pañuelo de seda amarillo, y un sombrero nuevo. ¡Qué elegante ibas! ¡Dios mío y qué tiempo hacía, y cómo estaba la calle!

- Entonces nos casamos -dijo él-, ¿te acuerdas? ¿Y de cuándo vino el primer hijo, y después María y Niels, y Pedro, y Juan, y Cristián?

- Sí, y todos crecieron y se hicieron personas como Dios manda, a quienes todo el mundo aprecia.

- Y sus hijos han tenido ya hijos a su vez -dijo el viejo-. Nuestros bisnietos; hay buena semilla. ¿No fue en este tiempo del año cuando nos casamos?

- Sí, justamente es hoy el día de vuestras bodas de oro -intervino el hada del sabucal, metiendo la cabeza entre los dos viejos, los cuales pensaron que era la vecina que les hacía señas. Miráronse a los ojos y se cogieron de las manos.

Al poco rato se presentaron los hijos y los nietos; todos sabían muy bien que eran las bodas de oro; ya los habían felicitado, pero los viejos se habían olvidado, mientras se acordaban muy bien de lo ocurrido tantos años antes. El saúco exhalaba un intenso aroma, y el sol, cerca ya de la puerta, daba a la cara de los abuelos. Los dos tenían rojas las caras, y el más pequeño de sus nietos bailaba a su alrededor, gritando, alegre, que habría cena de fiesta: comerían patatas calientes. Y el hada asentía desde el árbol y se sumaba a los hurras de los demás».

- Pero esto no es un cuento -observó el chiquillo, que escuchaba la narración.

- Tú lo sabrás mejor -replicó el viejo señor que contaba-. Lo preguntaremos al hada del saúco.

- No fue un cuento -dijo ésta-; el cuento viene ahora. Las más bellas leyendas surgen de la realidad; de otro modo, mi hermoso saúco no podría haber salido de la tetera -. Y, sacando de la cama al chiquillo, lo estrechó contra su pecho, y las ramas cuajadas de flores se cerraron en torno a los dos. Quedaron ellos rodeados de espesísimo follaje, y el hada se echó a volar por los aires. ¡Qué indecible hermosura!

El hada se había transformado en una linda muchachita, pero su vestido seguía siendo de la misma tela verde, salpicada de flores blancas, que llevaba en el saúco. En el pecho lucía una flor de saúco de verdad, y alrededor de su rubia cabellera ensortijada, una guirnalda de las mismas flores. Sus ojos eran grandes y azules, y era maravilloso mirarlos. Ella y el chiquillo se besaron, y entonces quedaron de igual edad, sintiendo las mismas alegrías.