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Las ratas - Francisco Espínola

Me veo, siendo muy niño, siguiendo una mañana hacia el fondo de la casona familiar a una criada que, entre aspavientos, portaba una gran caldera de agua hirviente. 

El fondo era extenso. A un lado, estaba la caballeriza y el altillo para los forrajes, largos de varios metros. Al frente, las habitaciones de la servidumbre y de los recogidos. 

Cuando la criada se detuvo frente a una trampa de alambre que encerraba dos ratas, el espanto estrujó mi corazón. Al vernos, ellas se debatieron contra las paredes de la jaula, arañando los alambres. Luego, se echaron con las cabecitas pegadas al suelo, jadeantes. Sus ojillos abiertos no querían mirar.

De pronto, profiriendo a gritos:
-¡Destrocen, ahora! ¡Traigan pestes, ahora! - la mujer alzó la caldera.

Un chorro quemante, un solo, breve chorro, cayó sobre las ratas, cuyos lomos humearon, despeinándose, y se encogieron entre ahogados chillidos. La maldita jaula se estremeció, se dio vuelta, rodó, saltó, despidiendo un pegajoso tufo a carne recocida. Como ositos se paraban en dos patas las infortunadas, rascando con las uñas los fatales alambres. Y caían. Y en botes de epilepsia se destrozaban los hocicos buscando salida. 

Inexorable, la criada dejó caer un nuevo chorro; esta vez prolongado, perseguidor. Sin voz de horror, yo permanecía inmóvil, con los ojos secos, vueltos vidrio. Entre el clamor ya desvaneciéndose,  la jaula daba tumbos, crujía a influjo de las pequeñas garras urgidas. Y aparecían los dientecillos en las crispaciones del martirio.

-¡Destrocen, ahora! ¡Traigan pestes, ahora!

Hasta que una cayó encogiéndose en brusca crispatura y se estiró luego, imperceptiblemente. Entonces, enloquecida, la otra quiso guarecer la cabeza bajo el cuerpo inerte. Pero alcanzada otra vez por el agua, tocó el techo, de un brinco, rodó también, temblando, y quedó quieta.

Cayó todavía más agua, acabando con la tersura de aquellas pieles grises. La mujer se alejó sin mirarme. Yo... yo no había recibido todavía el golpe de saber que las oraciones aprendidas eran sólo para los humanos; que lo demás, las plantas, las bestias, la tierra toda quedaban fuera, en horroroso desamparo. 

Cuando pude salir de mi anonadamiento, me arrodillé, pues. Y elevé mis preces a Dios por las almas de las dos bestezuelas quemadas.

Momentáneamente, una dulce paz se posesionó de mí. Volví al patio. Entré en el cuarto donde mi madre yacía en cama, enferma. No sé por qué, guardé el secreto de la escena que acababa de presenciar. Ella extendió el brazo, y acarició mis mejillas. Estaba ojerosa y pálida. Bella como la que, allí mismo, rodeada de flores, me contemplaba desde su nicho, a la luz permeante de una veladora.

Mi madre me cantaba siempre la canción de un viejo arpista muy pobre, con varios niñitos, a quienes tenía muy poco que darles de comer. Una noche de lobos en que llegó sin nada, al oír "¡Danos pan! ¡Tenemos hambre!", desesperado, se puso a tañer el arpa. Ellos danzaban. Danzaban hasta caer, dormidos, a sus pies, para no abrir ya nunca más los ojos.

Bajo la mano de mi madre, él reciente martirio y la idea de los roedores que todavía vivían en sus cuevas del fondo volvieron a turbar mi corazón. Asocié la canción del viejo arpista con sus niños hambrientos.
-Mamá -dije, trepándome a la cama-, cántame lo de los niños.

Ella sonrió, melancólica. Me situó de manera que yo no tocara su vientre, y accedió con su cara junto a la mía. Pero su acento, ahora, evocaba para mí más que niños danzando hasta morir bajo los sones del arpa. Yo veía también ratas, muchas ratas, extenuándose hasta caer inanimadas...

De pronto, algo cálido cayó sobre mi mejilla. Alcé la cabeza. Estaba llorando mi madre. Evocaba por su parte, sin duda, ahora lo comprendo, algo más que los hijos del arpista. Y derramaba lágrimas por dos niños, yo y el que iba a nacerle, que nos hundiríamos pronto en el incierto, hosco porvenir. 

Recién terminaba una guerra. El padre, herido, todavía no había llegado: en los fogones revolucionarios las brasas ardían, aún... Pero siguió con un acento triste como nunca, como jamás había cantado, mientras mi alma se iba sintiendo presa de un oscuro y poderoso infortunio que me fue estrechando cada vez más a ella, hasta que, de pronto, lanzó un gemido mi madre. Y una anciana negra, arrojando su cigarro a medio fumar, entró en el cuarto y me llevó afuera a pesar de las protestas.

En el patio, junto al pasillo de la puerta de calle, sobre una pequeña mesa, había siempre una bandeja con monedas para los mendigos que acudían diariamente. Al pasar junto a ella me asaltó una súbita idea que quise rechazar lleno de susto; pero que lenta y seguramente fue ganando mi voluntad. 

Se disimulaba entre otras, aparecía en parte, se desnudaba y se ocultaba en seguida, conducía mi imaginación hacia los estantes del vecino almacén y la tornaba presto, con sabrosas adquisiciones, hacia las negras cuevas de las ratas.

Desde ese momento, muchas veces me dirigía a la caballeriza, subía por la escalera hasta el vasto altillo, me tumbaba entre los fardos de pasto, y allí acariciaba la ensoñación, conmovido... ¡Ah! Era de noche, imaginaba yo, era de noche en una inmensa planicie solitaria. 

Me veía, a la luz de una luna pálida, con las manos desbordantes de exquisitas confituras. Y de todos los puntos del horizonte irrumpían, entonces, las ratas. Silencioso, sin sorpresa, multiplicándose en las sombras, avanzaba el pardo tendal como tibia marea de lava. 

Mis manos se abrían inagotables. Y los míseros roedores devoraban, junto con los dulces dones, mi ternura irresistible y desbordada. Lejos las trampas traidoras, las criadas crueles, los humeantes calderos. En la vasta planicie ellas y yo. Y la luna pálida. Y mi pasión, cuyo ardiente conjuro incorporaba en el vago horizonte más y más acercantes animalillos. 

Saltaban éstos entre mis piernas. Cogían en el aire los trozos de pan, de queso, de chauchas de algarrobo. Y en amplios movimientos mis brazos arrojábanlos en derredor a los lejanos. Luego, calladamente, bajo la luna pálida, íbanse retirando hacia detrás del confín. Y quedaba yo solo en la vasta planicie. 

Solo, grave y amoroso como un dios. Protegiendo el sueño de la confiada multitud maldita.

Pero pronto la realidad volvía. Y me asaltaba la desolación. Deambulaba  sin  sombra  por la  enorme casa; Yo, niño, entre las campanadas de las altas torres que me envolvían y envolvían el pueblo y seguían hacia los campos, desfallecía de angustioso amor. 

¿Malditas las que roban, destrozan, contagian las pestes? ¿Trampas para ellas? ¿Muerte?... ¡Ah, Dios mío! Y me escurría entre las patas de los caballos, y trepaba al altillo a resonar con la planicie bajo la luna pálida.

Hasta que, para mantenerse, el ensueño empezó a exigir algo, aunque fuese un poco, de verdad. Se me aparecía de nuevo, insistente, la bandeja con monedas del patio. Y el almacén vecino, de sabrosas provisiones. Entonces, me ahogaba la congoja. 

Y la sensación del mundo subterráneo y desdichado de las ratas, infundiéndome infinita piedad, no era bastante para mover mi mano. Llegaba de abajo, de la cuadra, el sordo mascar de los caballos. Este rumor oscuro, paciente, se fundía al oscuro y paciente infortunio de las cuevas. 

Mi alma, que después sabría de las cuevas desdichadas y oscuras y pacientes de los hombres, se agitaba en un desesperado delirio. El miedo a robar me rodeaba con barrotes de jaula. Hundía la cara entre el pasto seco, cuyo perfume traía también sus peculiares sensaciones de oscura resignación, de mansedumbre. Y lloraba. 

Cierta imagen desolada aparecía fatalmente. La de un hombre de piernas atadas por debajo del vientre de su cabalgadura, de manos atadas a la espalda, llevando en pos a una pareja de policías emponchados, que atravesó el pueblo cierta tarde de lluvia. Tan abatida iba su cabeza, que la hundía casi entre las negras barbas. 

Me veía atado yo, tan pequeño, a un enorme caballo, bajo la lluvia. Yo, en un peregrinaje sin descanso ni retorno, atadas las manos, atadas las piernas por debajo del vientre del caballo, seguido de patibularios emponchados, cada vez más lejos, más lejos de mi madre...

Pero triunfó mi piedad. Y atravesé el patio. Y robé. Y compré. Y repartí entre mis invisibles amigos, echándoles dentro de las cuevas el botín de mis robos.

Pasaron los años. Dejé el pueblo por Montevideo. Pero me ahogaba. Regresé. Y mi corazón me fue arrastrando hacia las míseras cuevas de quienes suelen destrozar, llevar las pestes. Ahora, éstos eran hombres. ¡Ay, Dios mío!

El flautista de Hamelin

 Había una vez...
...Una pequeña ciudad al norte de Alemania, llamada Hamelin.   Su paisaje era placentero y su belleza era exaltada por las riberas de un río ancho y profundo que surcaba por allí. Y sus habitantes se enorgullecían de vivir en un lugar tan apacible y pintoresco.
 
Pero... un día, la ciudad se vio atacada por una terrible plaga: ¡Hamelin estaba lleno de ratas!
 
Había tantas y tantas que se atrevían a desafiar a los perros, perseguían a los gatos, sus enemigos de toda la vida; se subían a las cunas para morder a los niños allí dormidos y hasta robaban enteros los quesos de las despensas para luego comérselos, sin dejar una miguita. ¡Ah!, y además... Metían los hocicos en todas las comidas, husmeaban en los cucharones de los guisos que estaban preparando los cocineros, roían las ropas domingueras de la gente, practicaban agujeros en los costales de harina y en los barriles de sardinas saladas,  y hasta pretendían trepas por las anchas faldas de las charlatanas mujeres reunidas en la plaza, ahogando las voces de las pobres asustadas con sus agudos y desafinados chillidos.
 
¡La vida en Hamelin se estaba tornando insoportable!
 
...Pero llegó un día en que el pueblo se hartó de esta situación. Y todos, en masa,  fueron a congregarse frente al Ayuntamiento.
 
¡Qué exaltados estaban todos!
 
No hubo manera de calmar los ánimos de los allí reunidos.
 
-¡Abajo el alcalde! - gritaban unos. 
 
-¡Ese hombre es un pelele! - decían otros.
 
-¡Que  los del Ayuntamiento nos den una solución! - exigían los de más allá.
 
 Con las mujeres la cosa era peor.
 
- Pero, ¿qué se creen? - vociferaban -. ¡Busquen el modo de librarnos de la plaga de las ratas! ¡O  hallan el remedio de terminar con esta situación o los arrastraremos por las calles! ¡Así lo haremos, como hay Dios!
 
Al oír tales amenazas, el alcalde y los concejales quedaron consternados y temblando de miedo.
 
¿Qué hacer?
 
Una larga hora estuvieron sentados en el salón de la alcaldía discurriendo en la forma de lograr atacar a las ratas. Se sentían tan preocupados, que no encontraban ideas para lograr una buena solución contra la plaga.
 
Por fin, el alcalde se puso de pie para exclamar:
 
-¡Lo que yo daría por una buena ratonera!
 
Apenas se hubo extinguido el eco de la última palabra, cuando todos los reunidos oyeron algo inesperado. En la puerta del Concejo Municipal sonaba un ligero repiqueteo.
 
-¡Dios nos ampare! - gritó el alcalde, lleno de pánico -. Parece que se oye el roer de una rata. ¿Me habrán oído?
 
Los ediles no respondieron, pero el repiqueteo siguió oyéndose.
 
-¡Pase adelante el que llama! - vociferó el alcalde, con voz temblorosa y dominando su terror.
 
Y entonces entró en la sala el más extraño personaje que se puedan imaginar.
 
Llevaba una rara capa que le cubría del cuello a los pies y que estaba formada por recuadros negros, rojos y amarillos. Su portador era un hombre alto, delgado y con agudos ojos azules, pequeños como cabezas de alfiler. El pelo le caía lacio y era de un amarillo claro, en contraste con la piel del rostro que aparecía tostada, ennegrecida por las inclemencias del tiempo. Su cara era lisa, sin bigotes ni barbas; sus labios se contraían en una sonrisa que dirigía a unos y otros, como si se hallara entre grandes amigos.
 
Alcalde y concejales le contemplaron boquiabiertos, pasmados ante su alta figura y cautivados, a la vez, por su estrambótico atractivo.
 
El desconocido avanzó con gran simpatía y dijo:
 
- Perdonen, señores, que me haya atrevido a interrumpir su importante reunión, pero es que he venido a ayudarlos. Yo soy capaz, mediante un encanto secreto que poseo, de atraer hacia mi persona a todos los seres que viven bajo el sol. Lo mismo da si se arrastran sobre el suelo que si nadan en el agua, que si vuelan por el aire o corran sobre la tierra. Todos ellos me siguen, como ustedes no pueden imaginárselo. Principalmente, uso de mi poder mágico con los animales que más daño hacen en los pueblos, ya sean topos o sapos, víboras o lagartijas. Las gentes me conocen como el Flautista Mágico.
 
En tanto lo escuchaban, el alcalde y los concejales se dieron cuenta que en torno al cuello lucía una corbata roja con rayas amarillas, de la que pendía una flauta. También observaron que los dedos del extraño visitante se movían inquietos, al compás de sus palabras, como si sintieran impaciencia por alcanzar y tañer el instrumento que colgaba sobre sus raras vestiduras.
 
El flautista continuó hablando así: - Tengan en cuenta, sin embargo, que soy hombre pobre. Por eso cobro por mi trabajo. El año pasado libré a los habitantes de una aldea inglesa, de una monstruosa invasión de murciélagos, y a una ciudad asiática le saqué una plaga de mosquitos que los mantenía a todos enloquecidos por las picaduras. Ahora bien,  si los libro de la preocupación que los molesta, ¿me darían un millar de florines?
 
-¿Un millar de florines? ¡Cincuenta millares!- respondieron a una el asombrado alcalde y el concejo entero.
 
Poco después bajaba el flautista por la calle principal de Hamelin. Llevaba una fina sonrisa en sus labios, pues estaba seguro del gran poder que dormía en el alma de su mágico instrumento.
 
De pronto se paró. Tomó la flauta y se puso a soplarla, al mismo tiempo que guiñaba sus ojos de color azul verdoso. Chispeaban como cuando se espolvorea sal sobre una llama.
 
Arrancó tres vivísimas notas de la flauta.
 
Al momento se oyó un rumor. Pareció a todas las gentes de Hamelin como si lo hubiese producido todo un ejército que despertase a un tiempo. Luego el murmullo se transformó en ruido y, finalmente, éste creció hasta convertirse en algo estruendoso.
 
¿Y saben lo que pasaba? Pues que de todas las casas empezaron a salir ratas. Salían a torrentes. Lo mismo las ratas grandes que los ratones chiquitos; igual los roedores flacuchos que los gordinflones. Padres, madres, tías y primos ratoniles, con sus tiesas colas y sus punzantes bigotes. Familias enteras de tales bichos se lanzaron en pos del flautista, sin reparar en charcos ni hoyos.
 
Y el flautista seguía tocando sin cesar, mientras recorría calle tras calle. Y en pos iba todo el ejército ratonil danzando sin poder contenerse. Y así bailando, bailando llegaron las ratas al río, en donde fueron cayendo todas, ahogándose por completo.
 
Sólo una rata logró escapar. Era una rata muy fuerte que nadó contra la corriente y pudo llegar a la otra orilla. Corriendo sin parar fue a llevar la triste nueva de lo sucedido a su país natal, Ratilandia.
 
Una vez allí contó lo que había sucedido.
 
- Igual les hubiera sucedido a todas ustedes. En cuanto llegaron a mis oídos las primeras notas de aquella flauta no pude resistir el deseo de seguir su música. Era como si ofreciesen todas las golosinas que encandilan a una rata. Imaginaba tener al alcance todos los mejores bocados; me parecía una voz que me invitaba a comer a dos carrillos, a roer cuanto quería, a pasarme noche y día en eterno banquete, y que me incitaba dulcemente, diciéndome: "¡Anda, atrévete!" Cuando recuperé la noción de la realidad estaba en el río y a punto de ahogarme como las demás. ¡Gracias a mi fortaleza me he salvado!
 
Esto asustó mucho a las ratas que se apresuraron a esconderse en sus agujeros. Y, desde luego, no volvieron más a Hamelin.
 
¡Había que ver a las gentes de Hamelin!
 
Cuando comprobaron que se habían librado de la plaga que tanto les había molestado, echaron al vuelo las campanas de todas las iglesias, hasta el punto de hacer retemblar los campanarios.
 
El alcalde, que ya no temía que le arrastraran, parecía un jefe dando órdenes a los vecinos:
 
-¡Vamos! ¡Busquen palos y ramas! ¡Hurguen en los nidos de las ratas y cierren luego las entradas! ¡Llamen a carpinteros y albañiles y procuren entre todos que no quede el menor rastro de las ratas!
 
Así estaba hablando el alcalde, muy ufano y satisfecho. Hasta que, de pronto, al volver la cabeza, se encontró cara a cara con el flautista mágico, cuya arrogante y extraña figura se destacaba en la plaza-mercado de Hamelin.
 
El flautista interrumpió sus órdenes al decirle:
 
- Creo, señor alcalde, que ha llegado el momento de darme mis mil florines.
 
¡Mil florines! ¡Qué se pensaba! ¡Mil florines!
 
El alcalde miró hoscamente al tipo extravagante que se los pedía. Y lo mismo hicieron sus compañeros de corporación, que le habían estado rodeando mientras mandoteaba.
 
¿Quién pensaba en pagar a semejante vagabundo de la capa coloreada?
 
-¿Mil florines... ?- dijo el alcalde -. ¿Por qué?
 
- Por haber ahogado las ratas - respondió el flautista.
 
-¿Que tú has ahogado las ratas? - exclamó con fingido asombro la primera autoridad de Hamelin, haciendo un guiño a sus concejales -. Ten muy en cuenta que nosotros trabajamos siempre a la orilla del río, y allí hemos visto, con nuestros propios ojos, cómo se ahogaba aquella plaga. Y, según creo, lo que está bien muerto no vuelve a la vida. No vamos a regatearte un trago de vino para celebrar lo ocurrido y también te daremos algún dinero para rellenar tu bolsa. Pero eso de los mil florines, como te puedes figurar, lo dijimos en broma. Además, con la plaga hemos sufrido muchas pérdidas... ¡Mil florines! ¡Vamos, vamos...! Toma cincuenta.
 
El flautista, a medida que iba escuchando las palabras del alcalde, iba poniendo un rostro muy serio. No le gustaba que lo engañaran con palabras más o menos melosas y menos con que se cambiase el sentido de las cosas.
 
-¡No diga más tonterías, alcalde! – exclamó -. No me gusta discutir. Hizo un pacto conmigo, ¡cúmplalo!
 
-¿Yo? ¿Yo, un pacto contigo? - dijo el alcalde, fingiendo sorpresa y actuando sin ningún remordimiento pese a que había engañado y estafado al flautista.
 
Sus compañeros de corporación declararon también que tal cosa no era cierta.
 
El flautista advirtió muy serio:
 
-¡Cuidado! No sigan excitando mi cólera porque darán lugar a que toque mi flauta de modo muy diferente.
 
 Tales palabras enfurecieron al alcalde.
 
-¿Cómo se entiende? – bramó -. ¿Piensas que voy a tolerar tus amenazas? ¿Que voy a consentir en ser tratado peor que un cocinero? ¿Te olvidas que soy el alcalde de Hamelin? ¿Qué te has creído?
 
El hombre quería ocultar su falta de formalidad a fuerza de gritos, como siempre ocurre con los que obran de este modo.
 
Así que siguió vociferando:
 
-¡A mí no me insulta ningún vago como tú, aunque tenga una flauta mágica y unos ropajes como los que tú luces!
 
-¡Se arrepentirán!
 
-¿Aun sigues amenazando, pícaro vagabundo?- aulló el alcalde, mostrando el puño a su interlocutor -. ¡Haz lo que te parezca, y sopla la flauta hasta que revientes!
 
El flautista dio media vuelta y se marchó de la plaza.
 
Empezó a andar por una calle abajo y entonces se llevó a los labios la larga y bruñida caña de su instrumento, del que sacó tres notas. Tres notas tan dulces, tan melodiosas, como jamás músico alguno, ni el más hábil, había conseguido hacer sonar. Eran arrebatadoras, encandilaban al que las oía.
 
Se despertó un murmullo en Hamelin. Un susurro que pronto pareció un alboroto y que era producido por alegres grupos que se precipitaban hacia el flautista, atropellándose en su apresuramiento.
 
       Numerosos piececitos corrían batiendo el suelo, menudos zuecos repiqueteaban sobre las losas, muchas manitas palmoteaban y el bullicio iba en aumento. Y como pollos en un gran gallinero, cuando ven llegar al que les trae su ración de cebada, así salieron corriendo de casas y palacios, todos los niños, todos los muchachos y las jovencitas que los habitaban, con sus rosadas mejillas y sus rizos de oro, sus chispeantes ojitos y sus dientecitos semejantes a perlas. Iban tropezando y saltando, corriendo gozosamente tras del maravilloso músico, al que acompañaban con su vocerío y sus carcajadas.
 
El alcalde enmudeció de asombro y los concejales también.
 
Quedaron inmóviles como tarugos, sin saber qué hacer ante lo que estaban viendo. Es más, se sentían incapaces de dar un solo paso ni de lanzar el menor grito que impidiese aquella escapatoria de los niños.
 
No se les ocurrió otra cosa que seguir con la mirada, es decir, contemplar con muda estupidez, la gozosa multitud que se iba en pos del flautista.
 
Sin embargo, el alcalde salió de su pasmo y lo mismo les pasó a los concejales cuando vieron que el mágico músico se internaba por la calle Alta camino del río.
 
¡Precisamente por la calle donde vivían sus propios hijos e hijas!
 
Por fortuna, el flautista no parecía querer ahogar a los niños. En vez de ir hacia el río, se encaminó hacia el sur, dirigiendo sus pasos hacia la alta montaña, que se alzaba próxima. Tras él siguió, cada vez más presurosa, la menuda tropa.
 
Semejante ruta hizo que la esperanza levantara los oprimidos pechos de los padres.
 
-¡Nunca podrá cruzar esa intrincada cumbre! - se dijeron las personas mayores -. Además, el cansancio le hará soltar la flauta y nuestros hijos dejarán de seguirlo.
 
Mas he aquí que, apenas empezó el flautista a subir la falda de la montaña, las tierras se agrietaron y se abrió un ancho y maravilloso portalón. Pareció como si alguna potente y misteriosa mano hubiese excavado repentinamente una enorme gruta.
 
Por allí penetró el flautista, seguido de la turba de chiquillos. Y así que el último de ellos hubo entrado, la fantástica puerta desapareció en un abrir y cerrar de ojos, quedando la montaña igual que como estaba.
 
Sólo quedó fuera uno de los niños. Era cojo y no pudo acompañar a los otros en sus bailes y corridas.
 
A él acudieron el alcalde, los concejales y los vecinos, cuando se les pasó el susto ante lo ocurrido.
 
Y lo hallaron triste y cariacontecido.
 
Como le reprocharon que no se sintiera contento por haberse salvado de la suerte de sus compañeros, replicó:
 
-¿Contento? ¡Al contrario! Me he perdido todas las cosas bonitas con que ahora se estarán recreando. También a mí me las prometió el flautista con su música, si le seguía; pero no pude.
 
-¿Y qué les prometía? - preguntó su padre, curioso.
 
- Dijo que nos llevaría a todos a una tierra feliz, cerca de esta ciudad donde abundan los manantiales cristalinos y se multiplican los árboles frutales, donde las flores se colorean con matices más bellos, y todo es extraño y nunca visto. Allí los gorriones brillan con colores más hermosos que los de nuestros pavos reales; los perros corren más que los gamos de por aquí. Y las abejas no tienen aguijón, por lo que no hay miedo que nos hieran al arrebatarles la miel. Hasta los caballos son extraordinarios: nacen con alas de águila.
 
- Entonces, si tanto te cautivaba, ¿por qué no lo seguiste?
 
- No pude, por mi pierna enferma- se dolió el niño -. Cesó la música y me quedé inmóvil. Cuando me di cuenta que esto me pasaba, vi que los demás habían desaparecido por la colina, dejándome solo contra mi deseo.
 
¡Pobre ciudad de Hamelin! ¡Cara pagaba su avaricia!
 
El alcalde mandó gentes a todas partes con orden de ofrecer al flautista plata y oro con qué rellenar sus bolsillos, a cambio de que volviese trayendo los niños.
 
Cuando se convencieron de que perdían el tiempo y de que el flautista y los niños habían partido para siempre, ¡cuánto dolor experimentaron las gentes! ¡Cuántas lamentaciones y lágrimas! ¡Y todo por no cumplir con el pacto establecido!
 
Para que todos recordasen lo sucedido, el lugar donde vieron desaparecer a los niños lo titularon Calle del Flautista Mágico. Además, el alcalde ordenó que todo aquel que se atreviese a tocar en Hamelin una flauta o un tamboril, perdiera su ocupación para siempre. Prohibió, también, a cualquier hostería o mesón que en tal calle se instalase, profanar con fiestas o algazaras la solemnidad del sitio.
 
Luego fue grabada la historia en una columna y la pintaron también en el gran ventanal de la iglesia para que todo el mundo la conociese y recordasen cómo se habían perdido aquellos niños de Hamelin.