—El Primitivo es un
mal hombre —decían en
el pueblo las viejas y los arrieros
Había tenido que irse de Jitotol desde aquella noche en que mató a su
mujer, la Eugenia. Desde entonces fue que ya no pudo quedarse más. Por eso prendió
fuego a su casa y rompió todas sus pertenencias.
Eugenia Martínez se llamaba la Eugenia. Era bonita y fuerte. Hasta la
cintura le llegaban sus largas trenzas negras. Primitivo, desde que la vio,
sólo en ella estaba pensando. No descansó hasta no verla trepada en la manzana
de su montura, pasando a galope los últimos jacales del pueblo. Aquella noche
empezó la desgracia del Primitivo.
Primitivo Barragán la vio por primera vez una tarde en que regresaba de
la milpa. Estaba la Eugenia lavando ropa en las piedras del río; aquellas
piedrotas que parecían grandes tortugas blancas.
—Hasta que jallé al venao —se dijo Primitivo.
Quiso hablarle allí mismo. Que desde ese momento supiera por qué a
Primitivo Barragán le decían el Caguamo. Quiso llevársela de una vez para su
casa.
La vio largamente. Sus pechos desnudos, fuertes como naranjas. Sus
brazos, hechos para el trabajo y la caricia. Sus gruesas piernas bajo la falda
mojada. Así la estuvo viendo hasta que se decidió a hablarle.
Cuando ella le vio venir, se cubrió los pechos con el huipil colorado
que había puesto sobre un matorral cercano; uno de esos matorrales que se han
cambiado a la orilla del río porque ya conocen la época de secas.
—Qué pasó, Eugenia. Ya me habían dicho que así es como te llamás. No
había pierde: ojo color de zacate bueno, tiene la Eugenia, me dijeron en la
tienda de Joaquín. Y por aquí vos sos la única ansina.
La muchacha no contestó nada; ni le vio a la cara siquiera. Continuó
lavando.
—Quería decirte que si querés jalar pa mi milpa y pa mi casa, pues de
una vez vámonos encaminando. Hay que ser aprevenidos pal tiempo de aguas que es
cuando se enfría la madrugada. Y luego no hay nadie pa estar platicando. Vos me
gustás mucho y quero que te vengás conmigo. ¿Qué decís?
Eugenia recogió la ropa y corrió hacia el pueblo sin contestar. No dijo
una palabra. Cuando dobló la vereda, por el palo de alcanfor, volteó la cabeza
y sonrió. Pero no se detuvo ni dijo nada.
—Ansina ta mejor. Caballo que se deja montar a la primera es bestia que
no tiene brío. Cuanti más si es potranca. A ésta hay que acostumbrarla antes de
echarle la pierna. Ta mejor ansina.
Primitivo Barragán pensó en mujer toda la noche. Amaneció con la boca
seca. Bebió café y ensilló a Sombreado, el caballo negro. Paso a paso se
dirigió a la milpa. Siempre había querido tener la mejor parcela de los
alrededores. Su tata le había enseñado el cariño a la tierra y a las grandes
hojas del maíz —Machetón sin filo ni maldad—, decía, y esto es cosa que no se
olvida ni después de muchas secas.
El tata había muerto hacía ya dos años. Lo
mató Ramiro Zozaya; pero antes de boquear el tata le cerrajó un tiro en la
frente con el “30”, ese mismo "30" que el Caguamo aceitaba todos los
sábados después de regresar de la cacería. Dicen los que vieron caer a Ramiro Zozaya (Primitivo no
estaba en el pueblo) que murió con la frente abierta como por un machetazo.
El
tata era bueno para manejar la carabina y no era cosa de dejarse matar así
nomás. Tanto que había aprendido en la bola sobre cómo matar gente, no podía
olvidársele de un jalón. Esto pasó hace dos años, y Primitivo no olvidó nunca a
su padre, no olvidó nunca el buen sudor, oloroso a abono, que corre por la
espalda con el esfuerzo de la tierra, y trabajaba más que ninguno en Jitotol.
Pero aquel día no quiso hacer nada. Llegó a la parcela y ni siquiera
agarró la coa. Aquel día no quiso lo sin hacer nada. Se quitó la camisa y la
arrojó, junto con el machete, a un lado. Se acostó a la sombra de un guanacaste
y se acarició perezosamente el pecho.
Si sigo sin probar la Eugenia me voy a fregar. No me da ansia de hacer
trabajo ni de cuidar las milpitas questán saliendo apenas. Sólo quero a la
Eugenia. Pa qué voy a estar sobre la tierra si no puedo estar con ella. Me
tiene como caballo reventado; puro suspiro sin jalar macizo.
Cuando el sol ya no se vio sino por encima de las últimas ramas del
guanacaste, Primitivo montó en Sombreado. Tomó el rumbo del pueblo procurando
pasar por el recodo del río donde la Eugenia había estado el día anterior. Allí
estaba nuevamente. Ahora ya no tenía los pechos al aire; llevaba un hermoso
huipil bordado y se había peinado sus grandes trenzas con uno de esos listones
amarillos que vende don Joaquín.
—Ahora es cuando —pensó Primitivo.
Se acercó sin desmontar, hasta donde estaba la muchacha. Le vio a los
ojos y ella sonrió. Así se estuvieron sin decir palabra hasta que las voces de
otras mujeres se acercaron por la cañada.
—Mejor es que te vayás, Primitivo. Entre la gente que viene está mi
nana. Si te ve se lo dice a mi tata y ya ves como es de bravo. Capaz que te
reclame.
—Ah, qué la Eugenia. Hasta que te oyí de hablar. Y ya que es la
oportunidad, te digo que anoche no pude dormir pensando en vos. Ya era muy
noche cuando quedé. Recordé con el aviso del gallo y entoavía te sentía. Y de una
vez, pa que lo sepás, estoy pensando que lo mejor es que te lleve pa la casa.
Si no, solo voy a estar como torcaza, piensa y piensa, y no voy a atender las
siembras ni los animales. Y si el viejo Martínez es tan bravo como decís, pos
que se enoje de una vez por algo bueno.
Eugenia se levantó y sonrió con aquellos sus dientes que parecían
granitos de arroz alineado.
Cuando aparecieron las mujeres que venían a lavar, Primitivo se perdió
en el camino. Eugenia le vio irse con la sangre abultada.
El Caguamo Barragán era hombre estimado. Se le reconocía su empeño en
las labores, su hombría y su gran honradez. Recordaban cómo había recobrado las
vacas que los abajeños quisieron robarle el año pasado a doña Matilde.
El las
encontró por allá, por el rumbo de Tapilula, y desde ese lugar se trajo
amarrados a los dos ladrones y al ganado completo. Hombre honrado era Primitivo
y en Jitotol y las riberas era conocido y respetado.
Primitivo Barragán no
había matado gente, ni había robado, ni siquiera peleaba en la cantina, ni
rompía botellas a balazos. No tenía enemigos. Primitivo Barragán era hombre
cabal; eso sí: todo mundo sabía que el olor de mujer lo encabritaba y que luego
luego agarraba camino para buscarlas. Por eso es que, por mal nombre, le decían
el Caguamo.
Llegó al pueblo en la tardecita, a la hora de la última contada del
ganado. Las muchachas estaban entrando a la iglesia y allí iba la Eugenia. Se
cruzaron la vista y Primitivo hizo bailar a Sombreado enfrentito del atrio.
A esa hora ya las moscas están buscando acomodo. Ya no molestan con su
manía de pararse en la cara de la gente. Los que hacen enojar son los zancudos,
y en la tienda de don Joaquín es peor; la lámpara de gasolina los llama y se
están vuela que vuela y picando a los que están por allí.
Primitivo entró a la tienda de don Joaquín y pidió un trago. Le gustaba
sentir cómo el comiteco le rebotaba adentro como si fuera el agua de una
cascadita.
No quiso hablar con nadie. Ni siquiera con don Jacinto. Se le vio
espantar los zancudos nada más; y la garganta que le subía y le bajaba en cada
toma de aguardiente.
El viejo reloj de campana, que don Joaquín luce orgulloso al lado de los
pomos de brillantina, marcó las siete. Primitivo pagó con un billete húmedo y
viejo.
Dijo adiós tocándose el ala del sombrero con su mano derecha.
Eugenia salió de la iglesia; al verlo, desvió el rumbo por la casa de
doña Asunción. Primitivo alcanzó a ver los nervios de la muchacha al pasar por
el quinqué de don Epitacio.
El Caguamo echó a trotar su caballo por la calle. Los cascos sacaban
luces del empedrado: mazorca de la calle graneada de lajas.
Alcanzó a la Martínez por allá, por la cerca que tiene un palo de
tamarindo. Allí le habló. Sólo don Magín González, que había salido a darle
agua a sus bestias fue testigo. Vio cómo la Eugenia se reía de las cosas que le
decía el Caguamo. Vio cómo él bailaba su caballo. Vio cómo la Eugenia se le fue
acercando y cómo el Primitivo la tomó de la cintura con su brazo izquierdo
(aquel brazo izquierdo al que tata Barragán enseñó a manejar la pistola igual
que el derecho).
Vio también cómo la alzaba hasta la manzana de la silla.
También vio cómo le ponía la mano sobre los pechos cuando empezó el galope.
Sólo don Magín González vio todo esto. Hasta que se perdieron por las últimas
casas, lo estuvo viendo. Y él mismo se encargó de avisarle al viejo Martínez
que la Eugenia había agarrado camino con el Caguamo.
Y allí empezó todo lo malo para Primitivo. Allí empezó a ser lo que
ahora es. Allí empezó a irse por el camino chueco. Allí empezó a matar.
Primero fue al viejo Martínez.
El viejo Martínez le puso una emboscada. Estaba echando espuma por la
boca desde que supo que el Primitivo se había llevado a su hija. No comía sólo
de pensar que el Primitivo dormía con la Eugenia.
Al principio, realmente, el viejo no se enrabió tanto. Era una molestia
que la Eugenia se hubiera ido así nada más, sin avisar, como si fuera una
gallina que ya le anda por hallar al gallo. Era cosa muy de ver que la Eugenia
quería hombre. Su natural se lo exigía. Ya estaba reventándose. Pero pudo
haberle avisado a sus tatas para que arreglaran todo. Y aun así, la cosa estaba
bien; pase esto.
El Primitivo era un buen hombre; trabajador y honrado. Hasta
en fuerza estaba bueno. Todo se hubiera compuesto y la gente se hubiera olvidado
de que el Caguamo se la llevó sin dar aviso. Todo se hubiera arreglado.
¡Palabra que todo hubiera salido derecho!
Pero luego empezaron las habladas. La gente inventó cosas que dizque
decía el Primitivo: que la Eugenia no era hija del viejo Martínez. Que él había
visto el lunar que es marca de la familia de don Alfonso, el arriero; el mismo
lunar que aquél lleva en la barriga, ella lo tiene, sólo que un poco más por
abajo. Eso decían que el Caguamo andaba contando.
Luego dijeron que el Primitivo hacía caminar desnuda, por el camino, a
la Eugenia, para que todos vieran el lunar.
Luego le fueron con el chisme, de que el Caguamo decía que no solo con
don Alfonso había tenido que ver la nana Martínez. Que también con don
Crescencio el de la finca "El Suspiro", y que con don Rodrigo Yáñez
el juez de Tapilula se había ido a pasar unas noches, para arreglar no se qué
asunto pendiente del viejo Martínez. Y que hasta con el cura de Ixhuatán había
vacilado.
El viejo ya no se aguantó. Toda la gente decía los chismes. Le empezó a
dar rabia. Ya no soportaba que la Eugenia viviera con el Primitivo Barragán.
Empezó a contar que el Primitivo era hijo de una vieja alegre de Tapachula. Que
le quedaba muy bien el apellido porque Barragán quiere decir hijo de querida. Y
también contó que lo iba a matar. Que lo iba a venadear. Tanto lo dijo, que ya
no pudo echarse para atrás.
Se escondió detrás de unas piedras al lado del camino. Allí esperó el
paso del Primitivo. Era la única vereda de la milpa a la casa del Caguamo. A
fuerzas tenía que llegar. En ese lugar estuvo esperando el viejo Martínez.
Acariciaba, nervioso, la escopeta de chispa que le había prestado su
compadre Herminio, el del rancho "La Buena Fe". Buena escopeta era
esa. Ya antes la había usado para matar a Gregorio López, aquel arribeño que
quería quitarle una mujer que tenía en Pueblo Nuevo. También la había usado
para tirar venados en las cacerías.
Todo el día había estado
preparando la carga para la escopeta. Pura posta grande había escogido, y
pólvora bien fina, alemana, de paquetito verde, para que no fuera a salir con
su domingo siete. Para que de una vez quedara muerto el Caguamo. Para que se lo llevara el diablo de un jalón. El Primitivo era muy hombre, muy
valiente, y si quedaba herido podía rebotarle la suerte.
Como
pasó a la mera hora.
Todo el día estuvo pues el viejo Martínez arreglando la muerte del
Barragán. Asoleó bien la pólvora para que estuviera bien seca y lista para el
chispazo. Pesó bien la carga. Taponeó con ixtle escarmenado el cañón de la
escopeta para hacer el primer taco de pólvora.
Puso las postas revisándolas
cuidadosamente, como si estuviera comprando cuentecitas de vidrio en la feria,
para que ninguna estuviera defectuosa. Hasta le puso un huesito de muerto que
diera la buena suerte. Todo lo hizo con esmero. Que nada quedara a la mano de
Dios. Así fue que preparó la muerte del Caguamo.
De pronto le empezaron a temblar las piernas. Primero muy poco y después
muy fuerte. Un sudor frío le corrió la frente y se le fue a meter por todo el
cuerpo. Cualquier ruido lo hacía saltar. Ese estar esperando al Caguamo era
interminable.
—Cuándo pasará el maldecido para que ya todo acabe de un tirón.
El viejo sintió que le faltaba el ánimo. Este muerto no sería como el de
Pueblo Nuevo. Entonces estaba más joven y además había amigos cerca. Y era de
noche y aquél venía borracho. Ahora el Caguamo era el del turno, y era fuerte
el condenado. Tenía que romperle la cabeza o el pecho para que cayera bien; si
no, podía salir perdiendo, como sucedió al fin de cuentas.
—Si tan sólo estuviera ya encañonado... galán va a dar la machincuepa
desde el caballo.
Echó saliva en el grano de puntería.
Sentía un peso en la boca del estómago que le subía hasta el pecho.
Creyó que no podría mover las manos. Probó y vio que le sudaban y estaban
gomosas. Ya no sentía los testículos. Se limpió el sudor de la frente para que
no le cayera en los ojos.
—Que ya venga el Caguamo; que asome de un jalón.
El cuero del dorso se le pegaba a las costillas y le oprimía los
pulmones. Tenía fría la nariz y los dedos. Quiso hacer una necesidad pero tuvo
miedo de que el Primitivo asomara en ese momento. No se movió.
—Maldecido Caguamo. ¿Cómo habrá averiguado lo de don Alfonso? Si no
fuera por eso le perdonaba el tiro. Que ya pase de una vez...
El viejo volvió a revisar la escopeta. Tuvo un sobresalto por el brinco
que dio, en el matorral, un zanate. Casi dispara a lo loco. Trató de calmarse.
Quiso fumar pero no tenía tabaco y el papel solo no sirve. El peso del
estómago aumentó y le empezó a doler la cabeza.
Nervioso estaba el viejo Martínez cuando oyó los cascos de Sombreado. Se
puso a temblar; tenía miedo. Y eso fue lo que le perdió. No tuvo calma a la
mera hora.
Apareció por el camino el Primitivo Barragán; venía silbando y
acariciaba el cuello de su caballo. El Sombreado estaba como presintiendo algo
porque bufaba de pura nerviosidad. El Caguamo creyó que habría tigre cerca y
sacó el "30".
Primitivo no se dio cuenta de cómo fue. De repente oyó el bramido de la
mechera. Sintió un ardor en el brazo derecho. El Sombreado pegó un respingo y
cayó de lado. Movía las patas de un modo terrible. Primitivo rodó hasta unas
matas de chaya que se le encajaron hasta el alma; pero él ni siquiera sintió el
ardor. Desde allí vio cómo el viejo Martínez se acercaba con el machete en alto
para rematarlo. Sintió que el brazo le dolía. Vio a Sombreado muerto.
El viejo
se acercaba decidido al golpe. El Caguamo tomó el "30" que había
rodado junto con él; fue más rápido que el viejo. Disparó el rifle y el tata
Martínez dio una voltereta. Todavía, ya en el suelo, el Primitivo le disparó
dos veces más. Pero ya no era necesario. Al viejo se le había abierto la frente
desde el primer disparo. Ni siquiera se movió cuando cayó.
Primitivo se acercó al muerto. Le vio la cabeza. Allí estaba la marca;
el mismo blanco que hizo el tata Barragán en el Ramiro Zozaya. El tata Barragán
había enseñado todo a su hijo; hasta a matar, sin que él se propusiera
enseñárselo. El brazo le dolía más. Sintió miedo por lo que había hecho. Le
repugnaba pensar que había matado a un hombre, a un cristiano, al viejo
Martínez tata de la Eugenia. Había sido hombre de orden el Primitivo y ahora ya
debía una muerte. Sintió un escalofrío pero sonrió al ver al viejo todo sucio
por el polvo del camino y con los pantalones mojados por el último susto.
Sombreado estaba muerto también. Primitivo hubiera llorado si no fuera
por la rabia. Quiso quitarle la montura pero le fue imposible por la herida del
brazo. Si no fuera porque su tata le había enseñado a usar la zurda igual que
la derecha ahora estaría muerto. Fue con la izquierda con la que apuntó la boca
de la carabina a la cabeza del Martínez.
Llegó a su casa todo sudado. El brazo sangraba y le dolía. La Eugenia le
curó sin preguntarle nada.
En el pueblo se dijo que el Caguamo había matado al viejo Martínez. Lo
había venadeado. Lo quiso matar para que el rancho del viejo pasara a propiedad
de la Eugenia y él fuera el dueño. Por eso lo había matado dijeron en el
pueblo. El viejo todavía pudo disparar y mató al caballo del Caguamo, pero éste
lo remató con un tiro en la frente. Ese fue el mortal. Así dijeron en el
pueblo.
Ya nadie se acordó del Primitivo Barragán que había traído presos a los
abajeños ladrones de ganado; ya nadie se acordó del Primitivo Barragán
trabajador. El Caguamo es un asesino. El Caguamo es un mal hombre. Así fue como
se dijo en Jitotol.
Así empezó la desgracia del Primitivo Barragán.
Nada de esto supo la Eugenia sino hasta aquella noche, dos días después
de la muerte del viejo Martínez, en la que quisieron apresar al Primitivo. Ya
estaban acostados, clarito oyeron el ladrido del Catrín, luego, más quedito, un
moverse de pies sobre la tierra del corral.
Primitivo se levantó de un salto. Sintió el olor de la muerte que se le
metía por las narices, igualito que si le sonaran una patada en la cara. Agarró
el "30" y espió por la ventana. Vio a los tres policías del pueblo
que se acercaban con las carabinas listas; los vio cómo se ponían a cubierto,
dos atrás de la canoa de sal para la vaca y el otro en el bramadero. Oyó una
voz, la de Lorenzo Méndez cabo de policía, que le gritaba:
—Date preso, Caguamo. Te venimos a agarrar por la muerte del viejo
Martínez.
La Eugenia pegó un respingo y empezó a dar de gritos. Y fue de un jalón
que lo averiguó la Eugenia.
El Caguamo, el que le había dado el hijo que ahora llevaba madurándole
la sangre, fue el que venadeó a su tata.
El Primitivo le dio un golpe para que se callara, pero ella gritó más.
Tuvo que pegarle fuerte para que quedara en silencio. Cuando volvió a la
ventana se dio cuenta que sólo el Lorenzo Méndez, cabo de policía, estaba en el
mismo lugar, en el bramadero; a otro que asomó la cabeza, lo descubrió más
oculto en la canoa. Pero al tercero no pudo encontrarlo.
Lo vio de pronto ya muy cerca. Allí nada más por el palo de cupapé que
el tata Barragán sembró para darle fresco al corredor. Vio también cómo
levantaba la carabina y de pronto, el disparo ronco y seco. La bala rompió una
esquina de la ventana en donde estaba Primitivo.
Supo que iban a matarle. No podría convencerlos de la verdad. Supo que
no había más remedio; había que defenderse. El del palo de cupapé volvió a
disparar; el plomo pegó adentro de la casa e hizo pedazos el jarro del café.
Vio que el Lorenzo Méndez también disparaba y tuvo que decidirse. Le disparó
primero al Lorenzo, cabo de policía, que desde el bramadero gritaba que tiraran
a dar, y fue el primero que cayó.
El del palo de cupapé quiso regresarse a la canoa pero la muerte lo
agarró por la espalda y quedó boca abajo, antes de llegar.
El otro salió huyendo. El fue el que dio parte en el pueblo de la muerte
del cabo Lorenzo Méndez y del policía Remigio Pérez.
En Jitotol creció el odio a Primitivo. Todos hablaban de él. Todos le
maldecían. Dijeron que desde siempre fue malo. Que desde siempre fue un
asesino. Su tata también había sido malo; también había sido asesino. Dijeron
que desde chico ya Primitivo era de mala sangre: robaba en la iglesia, mataba
gallinas a pedradas, golpeaba a los perros con un leño.
Primitivo Barragán estaba amolado. Todo cambió de pronto. Primero la
muerte del viejo. Ahora la de los policías. Y él no había querido matar a
nadie. El quería seguir siendo como fue hasta el día en que se robó a la
Eugenia. Quería que le dejaran tranquilo en su milpa, en su casa y entre las piernas
de la Eugenia. Que no lo hicieran seguir pecando.
—Honrado soy y quero seguir así. Hombre de ley fui yo, y no quero
condenarme más. Nunca quise desgraciar cristianos. Me han buscado y tuve que
romperlos pa que me dejaran. No quero que me sigan buscando. Soy gente de
orden. Déjenme aquí tranquilo. Pronto va a parir la Eugenia, cuestión de que se
tapisque la cosecha y quero que mi hijo nazca bueno, que no le digan que seguí
matando.
Esto dijo Primitivo al hombre que llegó a su rancho a levantar a los muertos
ese mismo día.
—Decí en el pueblo lo que te he confiado –gritó todavía al que se
alejaba con los dos cadáveres atravesados en el lomo de una mula.
Nadie creyó sus palabras en Jitotol. Todos escupieron su nombre. Dijeron
que era un maldito y, para acabarla, un desgraciado mosca muerta. —Un
desvergonzado es el Caguamo.
Pero no hubo nadie que quisiera ir a apresarlo. Le tenían miedo. Ya su
nombre daba miedo. Primitivo Barragán, el hombre querido y estimado se
convirtió, en una semana, en el odiado y temido Caguamo Barragán. Pero nadie
quiso ir en su busca; esperaban que la escolta federal pasara su visita dentro
de un mes para que ellos le aprehendieran.
La Eugenia cambió todita. Ya no era la misma. Antes llegó a querer mucho
al Primitivo. Se le hacían cortas las noches cuando su hombre la besaba hasta
al amanecer. Se le había dado entera; como está escrito que sea. Enamorada
estaba la Eugenia. Pero desde aquella noche de los policías, la Martínez
cambió.
El recuerdo de la muerte del viejo le mordía los pezones. Y cuando
sentía los brazos del que lo había matado, se le enchinaba el cuerpo y le daba
rabia. Ya ni quería dormir con el Primitivo. Quiso quedarse en un rincón de la
casa. Allí la fue a buscar el Caguamo y no la dejó sino hasta la madrugada. La
Eugenia lloraba mucho.
Quiso irse varias veces, pero el Primitivo la encontró siempre a tiempo
para obligarla a volver. Ya no era vida la que llevaba la Eugenia Martínez. Y
el Caguamo, picado por sus desprecios, tampoco podía estarse quieto.
Muchas veces el Primitivo quiso explicarle cómo ocurrió la muerte del
viejo, pero ella nunca quiso creerle.
—Vos sos el que mató al tata, y yo no quero dormir contigo —eso era lo
único que le importaba.
—Oí, Eugenia: Yo no te traje a la juerza a mi casa. Los dos pensamos en
que te vinieras porque nos moríamos de las ansias. Te quero mucho; y más ahora
que tenés adentro mi hijo. Pero por la misma razón de que te quero y de que no
te traje a la juerza no voy a tenerte obligada. Si ya no querés estar conmigo,
te aseguro que en cuanto nazca el chiquitío te llevo pa tu casa.
Lo que me
interesa es el chiquitío. El me ayudará a ser bueno. En cuanto nazca, te llevo
pa Jitotol. Pero mi hijo se va a quedar conmigo. Al fin que vos no lo querés
porque lleva mi sangre, como me dijiste anoche. Hasta dijiste que es sangre
maldita. Palabra que me dio harto sentimiento y muina. Si no hubiera sido por
el que tenés adentro te hubiera matado y ahorita estaría yo más maldito
todavía. Vos sabés Eugenia que no soy malo. Ellos me han hecho matar. Empezando
por el viejo, tu tata. Vos no lo querés creer pero así es.
Esto le dijo una mañana el Primitivo a su mujer. Así fue como se lo
dijo.
La Eugenia no contestó nada. Se quedó callada y empezó a llorar. Sólo
llorando estaba desde la noche en que se murieron el Lorenzo Méndez y el otro.
El Caguamo no quiso quedarse más tiempo allí. Se fue para la parcela sin
tomar café, sin esperar las tortillas, ni nada.
En la milpa trabajó todo el día. Desde que supo que la Eugenia y él
habían hecho un hijo trabajaba más. Quería que el muchachito tuviera de todo.
Que nada le hiciera falta. Por eso se estaba todo el día en la parcela cuidando
las matas de maíz y frijol.
Allá se estuvo hasta que el sol se metió en el cerro.
—Es una alcancía en que los ángeles meten todos sus ahorros del día —dijo
sonriendo Primitivo. Los pájaros buscaron ramas en los árboles y el Caguamo los
veía feliz. Estaba contento. Hizo planes para vender la milpa, después de la
cosecha, e irse por aquellos cerros donde la montaña es tupida. Allá la tierra
es mejor todavía. Es cosa de desmontar nada más. Y no hay peligro de que lo
obliguen a seguir matando. Podría tener el doble de tierra y entonces su hijo
sería rico. Así pensaba el Caguamo mientras veía sus tierras.
Cuando el sol se perdió, atrás del cerro, el cielo se puso rojo, y las
nubes se pusieron rojas, y la serranía de enfrente estaba como sangrando.
Primitivo tuvo un estremecimiento.
—Sólo sangre veo desde que troné al viejo Martínez, Que se pudra..., —escupió
el Caguamo, y tomó el regreso.
Ya no había caballo para él. Ya no había saludos para él. La gente se
escondía cuando él asomaba. Ya no había amigos ni compadres, Ya no había
aguardiente en la tienda de don Joaquín. Ya no había amor en los brazos de la
Eugenia. Ya no había nada. Sólo estaba el hijo; y era suficiente.
Cuando llegó a su casa llamó a su mujer: nadie contestó. Solo Catrín
estaba. La buscó por toda la casa y el corral, sin encontrarla, Sólo el Catrín
estaba.
Buscó por todos los alrededores gritándole a la Eugenia. Al fin, la divisó
entre unos matorrales a la orilla del arroyo. Le gritó pero no le contestó.
Corrió hasta donde ella estaba.
Sintió un chorrito frío que le bajaba de la espalda cuando llegó. Quiso
gritar pero no pudo.
La Eugenia estaba tirada en el matorral. No tenía la falda. Sus gruesas
piernas estaban manchadas de sangre; y allí sin moverse, ni hacer nada, como
muerta. No hablaba. sólo de vez en cuando, como que quería quejarse o llorar.
Primitivo sintió miedo. No sabía qué había pasado pero sintió miedo. Le
habló y nada contestó la Eugenia. Lavó sus piernas y su vientre con el agua del
arroyo y la llevó en brazos hasta la casa. Vio que tenía cerrada la mano
derecha. Se la abrió con cuidado y cayeron unas hojas ya marchitas.
Se estuvo cuidándola hasta que la Eugenia empezó como a querer revivir.
Le dio agua y secó el sudor de la frente.
Poco a poco la Eugenia se fue reponiendo. El no quiso preguntarle nada.
Sólo quería que descansara.
De pronto la Eugenia comenzó a reírse como una loca, y a gritar, y a
llorar, todo al mismo tiempo. Primitivo trató de calmarla.
Debe de haber sido por eso de las dos de la mañana porque ya los gallos
estaban cantando cuando pasó todo esto. La Eugenia habló:
—Me vengué Primitivo, me vengué...
La miró extrañado sin comprender nada.
—Me vengué Caguamo...
Eso fue como un chicotazo para Primitivo. Estaba bien que en el pueblo
le dijeran Caguamo, y él, a veces se decía así cariñosamente. Pero que lo
dijera su mujer, ya era otra cosa. Sin embargo, se estuvo quieto.
La cara de la Eugenia estaba toda sudada y se agarraba el vientre y
hacía muecas que Primitivo veía nervioso.
—Me vengué Caguamo... Vengué a mi tata. .. nada querías tanto en el
mundo como a tu hijo. Sólo por él me
tenías aquí. No me dejabas regresar a mi casa nomás por él. Por eso me comí hoy
la hierba para matarlo. Por eso lo saqué antes de tiempo. Me vengué Caguamo. ..
tiré a tu hijo al arroyo. Ahora debe de ir por casa del diablo... me vengué
Caguamo...
Así dijo la Martínez y se empezó a reír.
Primitivo sintió que le rompían el espinazo. Se quedó parado, como
tonto, como venado cuando le echan la linterna.
De pronto se volvió loco. Se le echó encima a la Eugenia y la golpeó
hasta que le sangraron las manos. No sabía lo que estaba haciendo. Tenía los
ojos como los de los ahogados en el río. Después sacó el cuchillo que tenía
para beneficiar los animales en las cacerías,
y con él se le fue otra vez encima a la Eugenia.
Dicen los que la encontraron, a los dos días, que no tenía nada sano en
la barriga. El Caguamo la vació todita. ¡Quién sabe cuántas veces enterró el
cuchillo y todavía se lo dejó adentro! Sepa el diablo cómo no se quemó la
Eugenia, porque el Caguamo prendió fuego a la casa y rompió todo y mató al
becerro que estaba en el corral y a la vaca que lamía la sal en la canoa. Hasta a su perro el Catrín le pegó un
machetazo; todavía lo hallaron agonizando. Como decía, quién sabe cómo no se
quemó Eugenia: donde estaba el petate en que la encontraron fue lo único que
respetó el fuego.
El Caguamo agarró camino para la montaña. Sólo muy pocos supieron en
donde estaba, y no lo dijeron nunca. La tropa llegó y no pudo prenderlo.
Primitivo se fue a la selva. Se quedó en uno de los cerros más altos.
Abrió un claro en la montaña y allí sembró maíz, lejos de todos los que le
conocían. Trató de que nadie supiera nunca nada, ni lo que era ni lo que había
hecho. Se portó como hombre de ley, que así le enseñó a ser el tata Barragán; y
así hubiera sido hasta que se muriera si no es por el viejo Martínez. Pero aquí
nadie sabía nada.
Primitivo Barragán vio volar los primeros pájaros. Tomó entre sus manos
un puñado, oloroso de tierra y lo amasó largamente. Tierra conocida por sus
ojos la que tenía jugueteándole los dedos.
Aquel fue un amanecer limpio y claro como el agua del vertiente.
Primitivo vio, desde la puerta de su jacal, cómo la luz se abría, poco a poco,
entre las ramas de la selva que le rodeaba.
Desde donde estaba podía dominar mucho terreno con la vista. Había
escogido el cerro más alto para estar siempre listo y prevenido. Todo lo veía.
El mismo vallecito de Jitotol era visible, y cuando había buen tiempo, como
ahora, y forzaba tantito la vista, era capaz de ver su terreno abandonado y aun
el manchón negro de su casa derribada por el fuego. Y esto lo ponía triste y un
temblor de huesos le traía recuerdos malos.
Dos años tenía en esta nueva tierra y sus pocos vecinos lo estimaban;
sobre todo el viejo Bruno Farrera. Nadie tenía noticias de lo que pasó en
Jitotol; de lo que le cayó de pronto al Caguamo como un cuervo sobre los hombros. Nadie sabía nada.
No quero volver a hacerlo. Ese sudor pegajoso y la sangre rebotando como
piedras; ese susto que da el andar matando no quero volverlo a sentir. Que me
dejen quieto. Que me dejen solo y seguiré siendo hombre bueno. Ellos me
hicieron creminar y pueden volver a hacerlo, pensaba el Caguamo viendo hacia
Jitotol.
El temor comenzó a llenarle los muslos todos los días. Vivía como
asustado. Siempre con los ojos colorados como con calentura.
Todavía esperó la llegada del tiempo de cosechas. Levantó la tapisca y
después rompió los jarros y los horcones de su choza y agarró camino rumbo a
tierra caliente, para la costa.
Antes de irse dejó su cosecha y su "30" en la puerta del viejo
Bruno Farrera; regalo de amigo a amigo que es el que agradece. Nadie le vio irse
y todos sintieron pena cuando no lo encontraron.
El Caguamo tomó camino sin rifle y sin nada. Se fue huyendo de sus
muertos. Se fue huyendo de su hijo, de la Eugenia, de Jitotol, de él mismo. El
Caguamo —Primitivo Barragán—, se perdió de todas sus conocencias.