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La renta espectral - Henry James (Parte 3 y última)

No voy a negar a estas alturas que en aquel momento mi corazón brincaba locamente dentro del pecho. Y sin embargo, no puedo dejar de reconocer que el anciano se dirigió a abrirme la puerta con toda tranquilidad, no exenta de cierto aire solemne. Hasta llegué a pensar, dada la extraña concesión del anciano, que este también era un fantasma. 

Pensé que una vez que preparase mi ánimo para enfrentarme a un ser misterioso, un espectro, o lo que fuera, lo demás ya no podría causarme ningún pavor. Todo esto fue lo que pasó por mi mente antes de penetrar en aquella oscura y misteriosa mansión. 

El capitán Diamond metió la llave en la cerradura, dio la vuelta y abrió, mientras me decía en voz baja que ya podía pasar. Quedé envuelto en la oscuridad y oí cómo la puerta se cerraba detrás de mí. Durante unos instantes no me atreví a mover ni un solo dedo de la mano ni de los pies; permanecí inmóvil, valientemente, en aquellas espantosas tinieblas. 

Como no veía ni oía nada, me decidí a encender un fósforo. En la mesa, tal como me había dicho el anciano, había dos antiguos candelabros con sendos cirios. Los encendí e inicié mi visita de exploración.

Ante mí se elevaba una escalera con una balaustrada, de estilo muy antiguo, cuya madera estaba grabada a la usanza de las viejas casas de New England. Desistí momentáneamente de subir por ella, y me dirigí hacia la habitación situada a mi derecha. 

Se trataba de un salón parcamente amueblado y con esa atmósfera típica de las estancias donde nunca ha habido vida humana. Levanté aún más los candelabros y solo pude ver unas cuantas sillas y los muros desnudos. A continuación estaba la habitación desde cuya ventana baja había espiado en dos ocasiones, y que se comunicaba con la sala, tal como imaginé, mediante una puerta plegable. Aquí tampoco encontré la amenaza de ningún espectro. 

Volví a cruzar el salón y recorrí las habitaciones situadas al otro lado; un gran comedor, donde podría haber escrito mi nombre en la mesa situada en el centro, dada la gran cantidad de polvo que la cubría; una ruinosa cocina provista de cacerolas y sartenes siempre frías, ya que el sol jamás penetró en aquella húmeda y helada estancia; y otras dos habitaciones desprovistas de todo mobiliario. 

Todo esto me pareció extraño, pero no sorprendente. Regresé al vestíbulo y me dirigí al pie de las escaleras, sosteniendo en alto los candelabros. El subir por ellas exigía gran cuidado ya que, a pesar de la débil luz que arrojaban los dos cirios, la oscuridad era profunda. 

De repente tuve la extraña sensación de que las tinieblas tenían vida, que estaban animadas por algo que no veía ni oía; parecía que la oscuridad y la «cosa» dentro de ella se movían al unísono, una junto a la otra.

Lentamente —digo lentamente porque en aquel momento los segundos me parecieron siglos— «aquello» adoptó la forma de una sombra alargada, puntiaguda y definida, que avanzó hacia la parte alta de la escalera. 

Debo admitir que en aquel instante era consciente de que me hallaba dominado por una sensación a la que, en honor a la verdad, debo aplicar el nombre de miedo. Podía exagerar y especificar que lo que yo sentía era Espanto (sí, con mayúscula); mas para no confundir al lector, me limitaré a decir que experimenté eso que puede hacer perder el conocimiento a un hombre hecho y derecho. 

Observé cómo aumentaba de tamaño aquella sombra macabra, y sentí un miedo irresistible dentro de todo mi cuerpo, ya que crecía de una forma tan misteriosa que parecía confundirse con la oscuridad que nos rodeaba. Reflexioné durante unos instantes, pues gracias a Dios, aún podía razonar, y me dije a mí mismo: «Siempre pensé que los fantasmas eran blancos y transparentes; esto debe ser un juego de luces y de sombras densas y opacas». 

Me esforcé en convencerme a mí mismo de que aquello era un efecto óptico momentáneo y que no debía dejarme llevar por los nervios y sentir miedo, pues entonces todo se habría perdido. De modo que empecé a bajar de espaldas la escalera, escalón por escalón, con lentitud y sumo cuidado, y los ojos fijos en la misteriosa figura negra que permanecía allá arriba. 

Evidentemente hubo un momento, muy breve por cierto, durante el cual pensé que debía subir la escalera con resolución y enfrentarme cara a cara con aquella misteriosa sombra movible y negra, pero las suelas de mis zapatos me parecieron de puro y pesado plomo. Había conseguido lo que me había propuesto, ver al fantasma; ya no tenía nada que hacer allí. 


Entonces decidí observar aquella extraña «cosa» desde otro ángulo, con el fin de poder luego recordarla con el mayor número de detalles posible, y, sobre todo, convencerme a mí mismo de que no era fruto de mi imaginación. Incluso me pregunté cuánto tiempo tendría que estar allí, clavado al suelo, contemplando fijamente al espectro, para que mi retirada no pudiera ser considerada como huida a causa del miedo, lo que habría mermado mi dignidad de hombre sensato y valiente.

Todo esto, desde luego, pasó por mi mente con extremada rapidez, lo que comprobé al observar un movimiento del espectro. En aquella horrible oscuridad aparecieron de repente dos manos blancas, elevándose hacia una altura que deduje debía ser a nivel de su cabeza. Allí se juntaron, frente a lo que debía ser su rostro, y luego se separaron, dejando al descubierto el semblante. Este era confuso, blanco, extraño; en una palabra, espectral. 

Durante unos instantes me estuvo mirando, después de lo cual volvió a elevar una de las manos, lenta y suavemente, hacia atrás y hacia delante. Era un movimiento bastante raro, confuso; parecía denotar resentimiento y, al mismo tiempo, indicar que me marchase. Sin embargo, también era un movimiento trivial, familiar. Familiaridad que no había entrado en mis cálculos, y que, por añadidura, no me agradó lo más mínimo, máxime viniendo de parte de la Presencia Espectral. 

Ahora comprendía lo que el capitán Diamond quería decirme al comentar que aquel fantasma era «infernalmente desagradable». De improviso sentí un impulso incontenible de salir corriendo lo antes posible de aquella misteriosa mansión embrujada, pero, por dejar en buen lugar mi dignidad, decidí hacerlo en forma galante, sin denotar pavor alguno, dado que se trataba de un espectro femenino. 

Y lo único galante que se me ocurrió fue apagar los cirios. De modo que me volví y los apagué. Acto seguido me dirigí hacia la puerta, me detuve ante ella y la abrí. La luz exterior, rayana en la oscuridad, entró en la vieja mansión, iluminó su atmósfera oscura y me hizo ver con más nitidez aquella horrible y sólida sombra.

Al salir, encontré al capitán Diamond sentado sobre la hierba y apoyado en su bastón, bajo el parpadeo de las primeras estrellas de la noche. Me contempló fijamente durante unos instantes, pero no me hizo ninguna pregunta; luego se dirigió a cerrar la puerta. 

Cumplida esta formalidad, llevó a cabo la otra, es decir, aquellas inclinaciones que solía hacer ante la vieja mansión. Luego, sin tomarse siquiera la molestia de avisarme, echó a andar por el mismo camino que ambos habíamos tomado, e instantes después, desapareció de mi vista.

Al cabo de pocos días suspendí mis estudios y me marché fuera para pasar mis vacaciones de verano. Estuve ausente durante varias semanas, en las cuales tuve tiempo suficiente para analizar todas mis experiencias acerca de los fenómenos sobrenaturales. 

Estuve orgulloso de mí mismo al recordar que no sentí miedo alguno en la mansión encantada del viejo Diamond; ni tuve escalofríos, ni temblé, ni eché a correr como un galgo asustado. De todas formas, fue un gran alivio verme a treinta millas de distancia de la escena de mi primer encuentro con el espectro; tanto, que durante mucho tiempo preferí la luz del día a la oscuridad de la noche. 

Mis nervios habían sufrido una gran excitación, y aquella estancia junto al mar durante mis vacaciones acabó por calmarlos del todo. Una vez tranquilizado, me dispuse a estudiar en detalle todas las experiencias sobrenaturales que había sentido en mi espíritu y comprobado en mi cuerpo. 

Cierto que había visto algo —aquello no fue fruto de mi imaginación, no—, pero ¿qué había visto yo? Entonces lamenté no haberme acercado más aún a aquel espectro. Pero es muy fácil hablar; cualquier otro hombre en mis circunstancias habría hecho exactamente lo mismo que yo; en realidad, subir por la escalera hasta llegar junto al fantasma era una auténtica imposibilidad física. 

¿Acaso no fue esta paralización de mis facultades una influencia sobrenatural? Quizá no en forma necesaria, ya que un fantasma falso o fingido puede causar el mismo terror que uno auténtico. ¿Pero cómo pude haber visto al fantasma levantar sus manos? ¿Cómo podía explicarse el que me impresionara tanto? Sin duda alguna, auténtico o falso, se trataba de un fantasma muy inteligente. 

A decir verdad, prefería que fuese un fantasma real, ya que me habría avergonzado el haberme dejado impresionar por uno falso; por otro lado, el haber visto un fantasma auténtico era algo que, tal como estaban las cosas, podría compararse a una pluma en el sombrero de un hombre. Así pues, dejé que mis pensamientos se apaciguaran, cesando de atormentarme con mil conjeturas. 

Pero por más esfuerzos que hacía, de vez en cuando volvían a mi mente, haciendo brotar una y mil preguntas. Debía dejar por descontado que aquel espectro era la hija del capitán Diamond; y si era ella, entonces aquello era su espíritu. ¿Pero no sería su espíritu y algo más? Este era el problema que me trastornaba la mente.

A mediados de septiembre volví a la Facultad de Teología, una vez pasadas las vacaciones, pero no me apresuré a visitar la casa encantada.

Se aproximaba el final del mes, es decir, el último día del trimestre, en que el capitán Diamond, como siempre, debería recoger la renta del espectro. Pero esta vez no me sentí en condiciones de trastornar el peregrinaje del anciano militar; aunque también he de confesar que sentí mucha compasión al imaginarme al anciano capitán avanzando en la oscuridad por aquel solitario, polvoriento y siniestro camino, apoyándose penosamente en su vetusto bastón. 

El día treinta de septiembre, mientras me hallaba estudiando, oí de repente un suave golpear en mi puerta. Me dirigí a ella y la abrí. Delante de mí se presentó una anciana negra, con un turbante rojo envolviendo sus cabellos y parte de su frente, y un gran pañuelo blanco cubriéndole el pecho. La mujer me miró en silencio; tenía aquel aire de gravedad y decencia que suelen tener las personas entradas en años de su raza. 

Yo permanecí inmóvil, en una postura interrogativa, y la pobre negra introdujo una de sus manos en el amplio bolsillo de su delantal y extrajo un librito. Era aquel ejemplar de los Pensamientos, de Pascal, que yo había regalado a su amo.

—Perdone usted, señor —me dijo con voz tenue—. ¿Conoce este libro?

—Lo conozco perfectamente —contesté—, mi nombre está escrito en la contraportada.

—¿Este nombre es el suyo? Quiero decir si no es el de otra persona que se llame igual que usted.

—Si lo duda, puedo escribir mi nombre al lado de este y lo podrá comparar.

La negra permaneció callada durante unos instantes. Luego dijo con tono solemne:

—No serviría para nada la prueba que me propone, pues no sé leer. Pero si me da su palabra de honor, ello me bastará. Vengo de parte del caballero a quien le dio este libro. Me dijo que se lo trajera a usted como prueba... bueno, creo que esa fue la palabra que empleó, para que no dudara usted de que era él quien me enviaba. Está muy enfermo y desea verlo.

—¿El capitán Diamond está enfermo? —contesté—. ¿Es grave su enfermedad?

—Está enfermo, muy enfermo —contestó sollozando la pobre negra—. Yo no entiendo de enfermedades, pero creo que de esta no sale mi amo.

Inmediatamente dije a la mujer que iría a verle en el acto, siempre que tuviese la bondad de esperarme para indicar el camino. La negra asintió con un gesto de cabeza, y momentos después ambos caminábamos por aquellas soleadas calles, yo detrás de ella, como un personaje de Las mil y una noches, conducido por un esclavo a una misteriosa mansión. 

Mi guía me llevó hasta la orilla del río, a una casita pintada de amarillo situada en una calle costera. Abrió la puerta con rapidez y me dejó entrar, y me encontré frente a mi viejo y buen amigo. Estaba en la cama, en una habitación oscura, y, evidentemente, en muy mal estado. 

Se hallaba recostado sobre una almohada, con sus tiesos cabellos más erectos que nunca, y los brillantes ojos de siempre dominados por la fiebre. El piso estaba limpio como una patena, lo que me hizo comprobar cuán excelente ama de casa era la anciana negra. 

El capitán Diamond, pálido y rígido sobre aquellas sábanas tan blancas, parecía una de esas figuras grabadas en la losa sepulcral de una tumba gótica. Me miró en silencio, y la anciana sirvienta se marchó, dejándonos solos.

—Sí, es usted —me dijo, haciendo un esfuerzo—; ya veo que es usted. Al fin ha venido. Es un excelente muchacho. Sí, un buen muchacho. ¿Verdad que no me equivoco al decir que es bueno?

—Espero que no —contesté, mientras le dirigía una mirada bondadosa—. Siempre he creído que era un buen muchacho. Pero dejemos esto ahora y hablemos de usted. Observo que se encuentra muy enfermo, bastante enfermo. ¿Qué podría hacer yo por su persona?

—Me encuentro muy mal, gravemente enfermo —repuso mientras hacía un esfuerzo para volverse y dirigir su rostro hacia donde yo me hallaba—. ¡Me duelen tanto mis viejos y pobres huesos!

Le pregunté sobre la naturaleza de su enfermedad, y el tiempo que llevaba postrado en cama, pero pareció no oírme o no querer hacerlo; estaba impaciente por hablarme de algo. Me cogió por la manga, me atrajo hacia sí, y luego dijo casi en un susurro:

—Ha llegado mi hora.

—Oh, desde luego que no —le dije para animarle—. Estoy convencido de que pronto, muy pronto, volveré a verlo andar sobre sus piernas, y tomaremos el sol en aquel romántico banco rodeado de flores, escuchando su siempre amena conversación.

—¡Eso solo Dios lo sabe! —respondió—. Pero no he querido decir que me estoy muriendo; no, todavía no, por ahora. Lo que pretendo decirle es que ha llegado la hora de ir a la vieja mansión y recoger la renta del espectro. Hoy es el día en que debo ir.

—Ah, sí, es cierto —le contesté—. Pero no puede ir hallándose enfermo.

—No, no puedo ir, es verdad. Perderé mi dinero. Es horrible. Aunque me estuviera muriendo, desearía ir por ese dinero, pues durante toda mi vida he sido un hombre honorable, y deseo esa renta espectral para pagar al médico todo lo que le debo, y para ser enterrado como un hombre respetable.

—¿Era esta tarde?

—Sí, a la hora del crepúsculo, en punto.

Luego se recostó de nuevo sobre la almohada y se quedó mirándome con insistencia. Entonces comprendí por qué me había mandado llamar. Moralmente, según mi forma de pensar, no debía oponerme a la última voluntad de un moribundo. Pero, por lo visto, en mi rostro se reflejó lo que yo pensaba, pues el anciano continuó lamentándose de su triste suerte en el mismo tono.

—No puedo perder mi dinero —repitió una y otra vez—. Lo necesito. Alguien debe ir. Se lo he pedido a Belinda, pero ella no quiere ir porque le da mucho miedo, como a todas las mujeres.

—¿Cree que el espectro no tendrá ningún inconveniente en pagarle a otra persona que no sea usted? ¿Está seguro de ello? —insinué.

—Al menos podemos intentarlo. Nunca me ha ocurrido el verme en esta situación, y por ello no puedo asegurarle nada. Pero si le dijera al espectro que estoy gravemente enfermo, que mis viejos huesos me duelen horriblemente, que me estoy muriendo, entonces, quizá se fíe de usted. Creo conocer a mi hija, y no pienso que deje morir a su padre de esta manera.

—¿Quiere que vaya en su lugar?

—Usted ya ha estado allí una vez; sabe lo que es. ¿Es que le da miedo?

Dudé en contestar a su pregunta.

—Denme tres minutos para que lo piense —repuse— y le daré mi respuesta.

Me puse a meditar, mientras dirigía mi mirada por todos los rincones de la estancia, fijándome en los objetos testigos de la decente pobreza de su ocupante. Parecía respirar una atmósfera de súplica en aquella habitación, y hasta me pareció oír una voz rogándome que fuera. Al fin, pensé acceder a la petición del capitán.

—Estoy seguro de que le ha agradado a mi hija como a mí, ya que es un excelente muchacho —continuó hablando el capitán Diamond, sin hacer caso de que yo estaba entregado a mis meditaciones—. Sí, ella confiará en usted lo mismo que lo he hecho yo. Le gustará su rostro, y comprobará que es incapaz de hacer daño a nadie. Son ciento treinta y tres dólares. Procure ponerlos en lugar seguro.

—Sí, iré, tranquilícese —le respondí al capitán Diamond—. Y puede estar seguro de que haré todo lo que esté en mis manos para que tenga su dinero, la renta del espectro. Estaré de regreso alrededor de las nueve de la noche.

Mis palabras hicieron brillar de gozo las pupilas del anciano. Me cogió la mano y la apretó gentilmente, con suma delicadeza, mientras unas lágrimas se deslizaban por sus mejillas.

Momentos después me marché. Durante el resto del día intenté olvidar la labor que me esperaba a la hora del crepúsculo, pero fue en vano, ya que esta idea acudía a mi mente como atraída por un poderoso imán. No voy a negar que estaba muy nervioso, pues, en realidad, me dominaba una gran excitación. 

Pero si por un lado confiaba en que todo sucediera de la manera más inofensiva para mi seguridad personal, por el otro también temía que todo no fuera tan tremendo, y resultase algo de lo más trivial. Las horas pasaron con lentitud, pero cuando las primeras sombras del crepúsculo empezaron a caer, emprendí inmediatamente mi misión. 

De camino me detuve en la casita del capitán, no solo para interesarme por su salud, sino por si tenía que darme algunas instrucciones que antes hubiera olvidado. La vieja negra me abrió la puerta. Su aspecto era grave y la expresión de su rostro era inescrutable. Me dejó entrar en la casa, y, como respuesta a mis preguntas sobre el estado del enfermo, se limitó a contestarme que el capitán Diamond estaba peor que por la mañana.

—Tiene usted que ser muy astuto y rápido —me dijo— si pretende ir a la mansión del espectro y retornar antes de que él esté ya muerto.

Me bastó una mirada para percibir que la negra sirvienta estaba al corriente de lo que yo haría aquella noche, aunque no vi ninguna muestra que traicionara lo que pensaba en sus negras pupilas.

—¿Por qué se va a morir el capitán Diamond? —pregunté—. Ya sé que se encuentra muy débil y enfermo, pero no como para asegurar que va a morirse. ¿Qué grave enfermedad cree que tiene nuestro excelente amigo?

—Su enfermedad se llama vejez.

—Pero no es tan viejo, mi buena mujer. A lo sumo tendrá sesenta y siete o sesenta y ocho años.

La negra permaneció silenciosa. Luego contestó con voz solemne y grave:

—El capitán Diamond ha llegado al fin; está gastado; no durará mucho.

—¿Puedo verle un instante?

La anciana Belinda asintió con un gesto y me condujo a la habitación de mi amigo.

Este seguía en la misma posición en que le había dejado al marcharme horas antes, exceptuando que ahora tenía los ojos cerrados. Pero me di cuenta que estaba más grave. Le tomé el pulso y comprobé que era muy lento. A pesar de todo, la anciana negra me dijo que el médico había venido a visitarle horas antes aquella tarde y no consideró grave su estado.

—Este médico es un ignorante —dijo ella—, y no ha visto nunca a un moribundo.

En aquel instante mi viejo amigo se movió en su lecho, abrió los ojos, miró alrededor suyo y al cabo de cierto tiempo me reconoció.

—En este momento me disponía a marchar —le dije—. Voy por su dinero. ¿Tiene algo más que decirme antes de que me vaya?

El viejo capitán se incorporó en la cama, apoyándose en la almohada después de hacer un gran esfuerzo con sus huesudos y flácidos brazos. Pareció no oírme o no haber entendido mi pregunta, por lo que insistí:

—Le estoy hablando de la casa, mi querido amigo, de su hija, ¿me comprende?

El capitán Diamond se frotó la frente durante un buen rato, y, al fin, me contestó:

—¡Ah, sí! Confío en usted... ciento treinta y tres dólares en monedas antiguas, todo en monedas antiguas —al llegar a este punto enmudeció por unos instantes, para luego proseguir—. Sea muy respetuoso, muy gentil, si no... —y calló otra vez.

—Oh, no se preocupe, mi buen amigo, seré muy respetuoso y gentil con el espectro de su hija —repuse sonriendo forzadamente—. Pero..., ¿qué me ha querido decir con eso de «si no»?

—¡Si no, me enteraré de ello! —respondió con suma gravedad. Al decir esto, volvió a cerrar sus ojos, y se desvaneció sobre la almohada.

Salí de la casa de mi amigo y me encaminé resueltamente a cumplir mi misterioso encargo. Cuando me hallé frente a la vieja casa, me detuve ante la puerta e hice las reverencias que había visto hacer al capitán. Había calculado mis pasos en forma que pudiera llegar a la mansión a la hora indicada. 

La noche acababa de caer. Saqué la llave, abrí la puerta y la cerré una vez dentro del edificio. Encendí un fósforo y apliqué su llama a los cirios de los dos candelabros que había sobre la mesa. Luego cogí cada uno en cada mano y penetré en el vestíbulo. Estaba vacío, no había nadie, y aunque esperé cierto tiempo, siguió tan vacío como al principio. 

Entonces me dirigí a otra habitación de la planta baja, pero tampoco apareció ninguna sombra negra a detener mis pasos. Al fin me dirigí al gran salón, me detuve al pie de la escalera, y me pregunté si debía o no subirla, con la mirada fija en la parte alta y mi mano apoyada en la barandilla. 

La ansiedad y la angustia me agarrotaban la mente, y tenía motivos para ello; aquella sombra negra que ya había visto antes apareció en las profundas tinieblas del piso superior. No era ninguna ilusión; se trataba de una figura, la misma que viera la primera vez que entré en aquella siniestra mansión. 

Permanecí inmóvil, confiando en que la sombra se perfilaría aún más, mientras mis ojos comprobaban que estaba tan quieta como yo, mirándome desde la escalera con su rostro oculto. Entonces me decidí, desaté la ligadura con que el temor había sujetado mi lengua y hablé.

—He venido en nombre del capitán Diamond. Está muy enfermo, y es incapaz de abandonar su lecho. Me rogó que viniera a recoger su dinero, el cual le llevaré de inmediato, apenas salga de aquí.

Aquella sombra negra no hizo la menor señal, permaneciendo completamente inmóvil. Por ello creí oportuno volver a insistir.

—El capitán Diamond se encuentra muy enfermo. Habría venido de hallarse en condiciones de hacerlo, pero apenas puede moverse de la cama.

Al oír mis últimas palabras, aquella figura retiró el velo que cubría su rostro con lentitud y me mostró una máscara blanca y opaca. Luego empezó a descender la escalera. El espanto se apoderó de mí. Instintivamente, di unos pasos hacia atrás, y me dirigí hacia una salita de estar situada frente a mí. Con los ojos fijos en aquella siniestra figura, anduve de espaldas en dirección a la puerta. Me detuve en el centro de la estancia y puse los cirios en el suelo. 

La figura seguía avanzando hacia mí; parecía corresponder a una mujer de elevada estatura, vestida con extrañas gasas negras. Cuando estuvo cerca de mí comprobé que tenía un rostro perfectamente humano, aunque pálido y triste en extremo. Nos quedamos mirándonos el uno al otro; mi temor había desaparecido; en aquel instante solo estaba muy intrigado.

—¿Está gravemente enfermo mi padre? —preguntó la misteriosa aparición.

Al oír aquella voz tan gentil, temblorosa y humana, anduve unos pasos hacia atrás, me puse a temblar, cogí aliento y di una especie de grito. Lo que tenía delante no era un espíritu ni un fantasma, sino una hermosa mujer, una excelente actriz que se había estado riendo de mi credulidad infantil. 

Instintivamente, sin poder contenerme, le arranqué el velo que cubría su cabeza, enfurecido. Entonces me di cuenta de quién era aquella persona. Su largo vestido negro, su rostro apesadumbrado, pintado en forma que pareciera más pálido aún, sus ojos agudos y penetrantes —del mismo color que los de su padre—, todo me lo confirmaba. Incluso aquel gesto ofendido cuando le arranqué el velo corroboraba todo.

—Supongo que mi padre no le ha enviado aquí para que me insulte —gritó.

Acto sucedido se volvió con rapidez, cogió uno de los cirios y se encaminó hacia la puerta. Al llegar allí se detuvo, me volvió a mirar, dudó un instante, y luego, sacó una bolsa llena de monedas, que arrojó al suelo.

—Ahí tiene usted el dinero —me dijo majestuosamente.

Permanecí inmóvil, entre avergonzado y confuso, viendo cómo ella cruzaba el vestíbulo. Cogí la bolsa de las monedas. En ese instante oí un ruido misterioso, y al poco rato vi aparecer de nuevo a aquella hermosa dama, mas sin llevar el cirio en la mano.

—¡Mi padre...! ¡mi padre! —gritó, mientras le temblaban los labios; sus ojos estaban desorbitados y sus gestos eran los de una persona dominada por un espantoso pavor.

—¿Su padre? ¿Dónde está? —pregunté.

—En el vestíbulo, al pie de la escalera.

Hice el gesto de dirigirme hacia aquel sitio, pero ella me retuvo del brazo.

—Está vestido de blanco —gritó la hermosa dama—, en camisa. ¡No es él!

—Pero, ¿qué dice usted? Su padre está en su casa, en su cama, muy enfermo.

Me miró fijamente, con ojos inquisidores.

—¿Agonizando?

—Espero que no —murmuré.

De pronto, dio un profundo suspiro y se cubrió el rostro con las manos.

—¡Oh, cielos! —gritó profundamente aterrorizada—, entonces he visto su espíritu.

Aún seguía sujetándome el brazo, espantada, incapaz de soltarse de él, como si temiera que algo grave le sucedería de un momento a otro.

—¡El espíritu de su padre! —exclamé intrigado y confuso, sin comprender lo que quería decirme.

—Este es el castigo que merezco por haber cometido aquella locura —continuó hablando.

—¡Ah! —exclamé—. ¡Este es el castigo por mi indiscreción, por mi violencia!

—Lléveme lejos de aquí, lléveme lejos de aquí —me repetía, gritándome al oído—. No, en esa dirección, no —añadió al ver que la conducía hacia la puerta del vestíbulo—. ¡En esa dirección, no! ¡Se lo suplico, por Dios! Huyamos por aquí, por la puerta posterior.

Cogió el otro candelabro y me condujo por una habitación hasta la parte oscura de la mansión. Aquí había una puerta, en una especie de fregadero que daba al huerto. Descorrí el mohoso cerrojo que la tenía cerrada y la atravesamos. Acto seguido nos encontramos respirando aire fresco, bajo una bóveda plagada de estrellas. 

La hermosa dama cogió una capa negra que llevaba y se envolvió en ella, permaneciendo dubitativa durante unos instantes. Yo estaba aturrullado, infinitamente confundido, pero la curiosidad que ella despertó en mí era mucho mayor. Agitada, pálida, pintoresca, con gráciles encantos femeninos, me pareció, bajo la luz de las estrellas, más hermosa que antes.

—Ya veo que ha estado desempeñando un bonito papel durante estos últimos años —le dije, algo ofendido ya—. Un juego extraordinario.

Ella me miró sombríamente, sin intención de contestar.

—Sin embargo, yo me presté a este juego con toda mi buena fe —proseguí—. La última vez que vine, hace unos tres meses, como recordará muy bien, me asustó en grado sumo; sí, muchísimo. ¿Se acuerda, verdad?

—Desde luego que se trataba de un juego extraordinario —contestó al fin la hermosa dama—. Pero era el único remedio que había.

—¿No la perdonó él?

—Mientras creyó que estaba muerta, sí —respondió la extraña dama—. Hubo cosas en mi vida que él no podía perdonar.

Durante unos instantes estuve dudando qué preguntarle; es decir, quería hacer una pregunta importante, pero no sabía cómo. Al final me decidí.

—¿Y dónde está su esposo?

—No tengo marido... —repuso—. Nunca he tenido marido.

Hizo un gesto como indicándome que no le hiciera más preguntas, y echó a caminar con rapidez. Yo salí corriendo detrás de ella, rodeamos la casa y al fin salimos a la carretera. Ella no dejaba de murmurar aterrorizada: «Era él..., era él». Una vez en el camino, se detuvo y me preguntó qué senda iba a tomar yo. Yo le indiqué la ruta por la que había venido.

—Entonces, yo cogeré el otro camino —contestó—. ¿Piensa usted dirigirse a la casa de mi padre?

—Directamente —respondí.

—¿Sería tan amable de decirme mañana cómo lo encontró?

—Con mucho gusto. Pero, ¿cómo me comunicaré con usted?

—Escriba unas cuantas palabras en un papel, y deposítelo bajo esa piedra —repuso, indicándome una de las muchas que bordeaban el viejo pozo del huerto.

Le di mi palabra de que así lo haría, y se dispuso a marcharse.

—Sé lo que debo hacer y conozco el camino —dijo—. Todo está arreglado. Es una historia muy antigua.

Se alejó de mí con extraordinaria rapidez, y mientras desaparecía en la oscuridad, con sus velos negros flotando en el viento, aquellos tules fantasmagóricos con los que iba envuelta la primera vez que la vi, acudió de nuevo a mi mente la impresionante aparición de una oscura noche de invierno en esa tenebrosa mansión solitaria. Me alejé de allí y regresé al pueblo, dirigiéndose directamente a la casita pintada de amarillo junto al río.

Sin pensarlo, me tomé la libertad de entrar en la casa del capitán Diamond sin llamar a la puerta. Una vez dentro, al comprobar que no había nadie en el vestíbulo, me dirigí con resolución al dormitorio de mi anciano amigo. Junto a la puerta, sobre una silla baja se hallaba sentada Belinda, con los brazos cruzados.

—¿Cómo se encuentra el enfermo?

—Se ha ido al cielo.

—¿Muerto? —pregunté.

Se levantó, con una especie de risa trágica en los labios.

—¡Ahora ya es un fantasma tan importante como cualquiera de ellos! —exclamó la negra sirvienta.

Entré en la habitación y encontró al viejo capitán extendido en la cama, rígido e inmóvil. Esa misma tarde escribí unas cuantas líneas en un papel, pensando colocarlo a la mañana siguiente bajo la piedra del viejo pozo de Diamond; pero el destino no quiso que yo llevase a cabo mi misión. Aquella noche, debido a las emociones del día, me fue imposible dormir. 

Me levanté de la cama y me puse a pasear por mi habitación. Mientras lo hacía vi, al pasar junto a la ventana, un gigantesco resplandor rojo en el cielo, al noroeste. Alguna casa se incendiaba en el campo, y ardía con evidente rapidez. Estaba en la misma dirección que el escenario de mis aventuras de la tarde precedente. Mientras contemplaba el encendido horizonte, una idea terrible me vino a la mente. 

Yo apagué el cirio que nos había alumbrado, a mí y a mi compañera, cuando nos dirigíamos hacia la puerta por la que escapamos. No había contado con el otro cirio que se había llevado al vestíbulo, el cual había arrojado Dios sabe dónde al huir presa de espanto por ver el espíritu de su padre.

Al día siguiente, cogí la nota que había escrito y me dirigí a aquel cruce de caminos ya tan familiar para mí. La casa embrujada era un montón de restos calcinados y ardientes cenizas; la tapadera del pozo había sido arrancada para sacar agua por los pocos vecinos que habían acudido a apagar aquella gigantesca hoguera, la cual, lógicamente, debían haber considerado como una venganza del diablo. Las piedras del pozo se hallaban dispersas por el huerto, y la tierra estaba inundada de charcos.

El hombre de arena - E. T. A. Hoffmann (parte 5)

 

Lotario apareció en el cenador y Clara tuvo que contarle lo que había sucedido; como amaba a su hermana con toda su alma, cada una de sus quejas caía como una chispa en su interior de tal modo que el disgusto que llevaba en su corazón desde hacía tiempo contra el visionario Nataniel se transformó en una cólera terrible. 

Corrió tras él y le reprochó con tan duras palabras su loca conducta para con su querida hermana, que el fogoso Nataniel contestó de igual manera. Los insultos de fatuo, insensato y loco, fueron contestados por los de desgraciado y vulgar. El duelo era inevitable.

Decidieron batirse a la mañana siguiente detrás del jardín y conforme a las reglas académicas, con afilados floretes. Se separaron sombríos y silenciosos. Clara había oído la violenta discusión, y al ver que el padrino traía los floretes al atardecer, presintió lo que iba a ocurrir.

Llegados al lugar del desafío se quitaron las levitas en medio de un hondo silencio, e iban a abalanzarse uno sobre otro con los ojos relampagueantes de ardor sangriento cuando apareció Clara en la puerta del jardín. Separándolos, exclamó entre sollozos:
—¡Locos, salvajes, tendrán que matarme a mí antes que uno de ustedes caiga! ¿Cómo podría seguir viviendo en este mundo si mi amado matara a mi hermano o mi hermano a mi amado?

Lotario dejó caer el arma y bajó los ojos en silencio; pero Nataniel sintió renacer dentro de sí toda la fuerza de su amor hacia Clara de la misma manera que lo había sentido en los hermosos días de la juventud. El arma homicida cayó de sus manos y se arrojó a los pies de Clara diciendo:
—¿Podrás perdonarme alguna vez tú, mi querida Clara, mi único amor? ¿Podrás perdonarme, querido hermano Lotario?

Lotario se conmovió al ver el profundo dolor de su amigo. Derramando abundantes lágrimas se abrazaron los tres y se juraron permanecer unidos por el amor y la fidelidad.

A Nataniel le pareció haberse librado de una pesada carga que lo oprimía, como si se hubiera liberado de un oscuro poder que amenazaba todo su ser. Permaneció aún durante tres felices días junto a sus bienamados hasta que regresó a G., donde debía permanecer un año más antes de volver para siempre a su ciudad natal.

A la madre de Nataniel se le ocultó todo lo referente a Coppelius, pues sabían que no podía pensar sin horror en aquel hombre a quien, al igual que Nataniel, culpaba de la muerte de su esposo.

¡Cuál no sería la sorpresa de Nataniel cuando, al llegar a su casa en G., vio que esta había ardido entera, y que sólo quedaban de ella los muros y un montón de escombros! El fuego había comenzado en el laboratorio del químico, situado en el piso bajo. 

Varios amigos que vivían cerca de la casa incendiada habían conseguido entrar valientemente en la habitación de Nataniel, situada en el último piso, y salvar sus libros, manuscritos e instrumentos, que trasladaron a otra casa donde alquilaron una habitación en la que Nataniel se instaló. 

No se dio cuenta al principio de que el profesor Spalanzani vivía enfrente, y no llamó especialmente su atención observar que desde su ventana podía ver el interior de la habitación donde Olimpia estaba sentada a solas. Podía reconocer su silueta claramente, aunque los rasgos de su cara continuaban borrosos. 

Pero acabó por extrañarse de que Olimpia permaneciera en la misma posición, igual que la había descubierto la primera vez a través de la puerta de cristal, sin ninguna ocupación, sentada junto a la mesita, con la mirada fija, invariablemente dirigida hacia él; tuvo que confesarse que no había visto nunca una belleza como la suya, pero la imagen de Clara seguía instalada en su corazón, y la inmóvil Olimpia le fue indiferente, y sólo de vez en cuando dirigía una mirada furtiva por encima de su libro hacia la hermosa estatua, eso era todo.

Un día estaba escribiendo a Clara cuando llamaron suavemente a la puerta. Al abrirla, vio el repugnante rostro de Coppola. Nataniel se estremeció; pero recordando lo que Spalanzani le había dicho de su compatriota Coppola y lo que le había prometido a su amada en relación con el Hombre de Arena, se avergonzó de su miedo infantil y reunió todas sus fuerzas para decir con la mayor tranquilidad posible:
—No compro barómetros, amigo, así que ¡váyase!

Pero Coppola, entrando en la habitación, le dijo con voz ronca, mientras su boca se contraía en una odiosa sonrisa y sus pequeños ojos brillaban bajo unas largas pestañas grises:
—¡Eh, no barómetros, no barómetros! ¡También tengo bellos ojos…, bellos ojos!

Nataniel, espantado, exclamó:
—¡Maldito loco! ¡Cómo puedes tú tener ojos! ¡Ojos!… ¡Ojos!…

Al instante puso Coppola a un lado los barómetros y empezó a sacar del inmenso bolsillo de su levita lentes y gafas que iba dejando sobre la mesa.
—Gafas para poner sobre la nariz. Esos son mis ojos, ¡bellos ojos! —y, mientras hablaba, seguía sacando más y más gafas, tantas que empezaron a brillar y a lanzar destellos sobre la mesa.

Miles de ojos centelleaban y miraban fijamente a Nataniel, pero él no podía apartar su mirada de la mesa, y Coppola continuaba sacando cada vez más gafas y cada vez eran más terribles las encendidas miradas que disparaban sus rayos sangrientos en el pecho de Nataniel.

Este, sobrecogido de terror, gritó:
—¡Detente, hombre maldito! —cogiéndolo del brazo en el momento en que Coppola hundía de nuevo su mano en el bolsillo para sacar más lentes, por más que la mesa estuviera ya cubierta de ellas.

Coppola se separó de él suavemente con una sonrisa forzada, diciendo:
—¡Ah, no son para usted, pero aquí tengo bellos prismáticos! —y recogiendo los lentes empezó a sacar del inmenso bolsillo prismáticos de todos los tamaños.

En cuanto todas las gafas estuvieron guardadas Nataniel se tranquilizó, y acordándose de Clara se dio cuenta de que el horrible fantasma sólo estaba en su interior, ya que Coppola era un gran mecánico y óptico, y en modo alguno el doble del maldito Coppelius. 

Por otra parte, las lentes que
Coppola había extendido sobre la mesa no tenían nada de particular, y menos de fantasmagórico, por lo que Nataniel decidió, para reparar su extraño comportamiento, comprarle alguna cosa. Escogió unos pequeños prismáticos muy bien trabajados, y, para probarlos, miró a través de la ventana. 

Nunca en su vida había utilizado unos prismáticos con los que pudieran verse los objetos con tanta claridad y pureza. Involuntariamente miró hacia la estancia de Spalanzani. Olimpia estaba sentada, como de costumbre, ante la mesita, con los brazos apoyados y las manos cruzadas.

Por primera vez podía Nataniel contemplar la belleza de su rostro. Sólo los ojos le parecieron algo fijos, muertos. Sin embargo, a medida que miraba más y más a través de los prismáticos le parecía que los ojos de Olimpia irradiaban húmedos rayos de luna. Creyó que ella veía por primera vez y que sus miradas eran cada vez más vivas y brillantes. Nataniel permanecía como hechizado junto a la ventana, absorto en la contemplación de la belleza celestial de Olimpia…

Un ligero carraspeo lo despertó como de un profundo sueño. Coppola estaba detrás de él:
—Tre Zechini. Tres ducados.

Nataniel, que había olvidado al óptico por completo, se apresuró a pagarle:
—¿No es verdad? ¡Buenos prismáticos, buenos prismáticos! —decía Coppola con su repugnante voz y su odiosa sonrisa.
—Sí, sí —respondió Nataniel contrariado—. Adiós, querido amigo. 

Coppola abandonó la habitación, no sin antes lanzar una mirada de reojo sobre Nataniel, que lo oyó reír a carcajadas al bajar la escalera.
—Sin duda —pensó Nataniel— se ríe de mí porque he pagado los prismáticos más caros de lo que valen.

Mientras decía estas palabras en voz baja le pareció oír en la habitación un profundo suspiro que le hizo contener la respiración sobrecogido de espanto. Se dio cuenta de que era él mismo quien había suspirado así.

«Clara tenía razón —se dijo a sí mismo— al considerarme un visionario, pero lo absurdo, más que absurdo, es que la idea de haber pagado a Coppola los prismáticos más caros de lo que valen me produzca tal terror, y no encuentro cuál puede ser el motivo».

Se sentó de nuevo para terminar la carta a Clara, pero una mirada hacia la ventana le hizo ver que Olimpia aún estaba allí sentada, y al instante, empujado por una fuerza irresistible, cogió los prismáticos de Coppola y ya no pudo apartarse de la seductora mirada de Olimpia hasta que vino a buscarlo su amigo Segismundo para asistir a clase del profesor Spalanzani.

A partir de aquel día la cortina de la puerta de cristal estuvo totalmente echada, por lo que no pudo ver a Olimpia, y los dos días siguientes tampoco la encontró en la habitación, si bien apenas se apartó de la ventana mirando a través de los prismáticos. Al tercer día estaba la ventana cerrada. Lleno de desesperación y poseído de delirio y ardiente deseo, salió de la ciudad. 

La imagen de Olimpia flotaba ante él en el aire, aparecía en cada arbusto y lo miraba con ojos radiantes desde el claro riachuelo. El recuerdo de Clara se había borrado, sólo pensaba en Olimpia y gemía y sollozaba:
—Estrella de mi amor, ¿por qué te has alzado para desaparecer súbitamente y dejarme en una noche oscura y desesperada?

Cuando Nataniel volvió a su casa observó una gran agitación en la de Spalanzani. Las puertas estaban abiertas, y unos hombres metían muebles; las ventanas del primer piso estaban abiertas también, y unas atareadas criadas iban y venían mientras carpinteros y tapiceros daban golpes y martilleaban por toda la casa. 

Nataniel, asombrado, se detuvo en mitad de la calle. Segismundo se le acercó sonriente y le dijo:
—¿Qué me dices de nuestro viejo amigo Spalanzani?
Nataniel aseguró que no podía decir nada, puesto que nada sabía de él, y que le sorprendía bastante que aquella casa silenciosa y sombría se viera envuelta en tan gran tumulto y actividad. 

Segismundo le dijo entonces que al día siguiente daba Spalanzani una gran fiesta con concierto y baile a la que estaba invitada media universidad. Se rumoreaba que Spalanzani iba a presentar por primera vez a su hija Olimpia, que hasta entonces había mantenido oculta, con extremo cuidado, a las miradas de todos. 

Nataniel encontró una invitación, y, con el corazón palpitante, se encaminó a la hora fijada a casa del profesor, cuando empezaban a llegar los carruajes y resplandecían las luces de los adornados salones. La reunión era numerosa y brillante. Olimpia apareció ricamente vestida, con un gusto exquisito. Todos admiraron la perfección de su rostro y de su talle. 

La ligera inclinación de sus hombros parecía estar causada por la oprimida esbeltez de su cintura de avispa. Su forma de andar tenía algo de medido y de rígido. Causó mala impresión a muchos, y fue atribuida a la turbación que le causaba tanta gente.

El concierto empezó. Olimpia tocaba el piano con una habilidad extrema, e interpretó un aria con voz tan clara y penetrante que parecía el sonido de una campana de cristal. Nataniel estaba fascinado; se encontraba en una de las últimas filas y el resplandor de los candelabros le impedía apreciar los rasgos de Olimpia. Sin ser visto, sacó los lentes de Coppola y miró a la hermosa Olimpia. 

¡Ah!… entonces sintió las miradas anhelantes que ella le dirigía, y que a cada nota le acompañaba una mirada de amor que lo atravesaba ardientemente. Las brillantes notas le parecían a Nataniel el lamento celestial de un corazón enamorado, y cuando finalmente la cadencia del largo trino resonó en la sala, le pareció que un brazo ardiente lo ceñía; extasiado, no pudo contenerse y exclamó en voz alta:
—¡Olimpia!

Todos los ojos se volvieron hacia él. Algunos rieron. El organista de la catedral adoptó un aire sombrío y dijo simplemente:
—Bueno, bueno.
El concierto había terminado y el baile comenzó. «¡Bailar con ella…, bailar con ella!», era ahora su máximo deseo, su máxima aspiración, pero ¿cómo tener el valor de invitarla a ella, la reina de la fiesta?

Sin saber ni él mismo cómo, se encontró junto a Olimpia, a quien nadie había sacado aún; cuando comenzaba el baile, y después de intentar balbucir algunas palabras, tomó su mano. La mano de Olimpia estaba helada y él se sintió atravesado por un frío mortal. La miró fijamente a los ojos, que irradiaban amor y deseo, y al instante le pareció que el pulso empezaba a latir en su fría mano y que una sangre ardiente corría por sus venas. 

También Nataniel sentía en su interior una ardorosa voluptuosidad. Rodeó la cintura de la hermosa Olimpia y cruzó con ella la multitud de invitados. Creía haber bailado acompasadamente, pero la rítmica regularidad con que Olimpia bailaba y que algunas veces lo obligaba a detenerse, le hizo observar enseguida que no seguía los compases. 

No quiso bailar con ninguna otra mujer, y hubiera matado a cualquiera que se hubiese acercado a Olimpia para solicitar un baile. Si Nataniel hubiera sido capaz de ver algo más que a Olimpia, no habría podido evitar alguna pelea, pues murmullos burlones y risas apenas sofocadas se escapaban de entre los grupos de jóvenes, cuyas curiosas miradas se dirigían a Olimpia sin que se pudiera saber por qué.

Excitado por la danza y por el vino, había perdido su natural timidez. Sentado junto a Olimpia y con su mano entre las suyas, le hablaba de su amor exaltado e inspirado con palabras que nadie, ni él ni Olimpia, habría podido comprender. O quizá Olimpia sí, pues lo miraba fijamente a los ojos y de vez en cuando suspiraba:
—¡Ah…, ah…, ah…!
A lo que Nataniel respondía:
—¡Oh, mujer celestial, divina criatura, luz que se nos promete en la otra vida, alma profunda donde todo mi ser se mira…! —y cosas parecidas.

Pero Olimpia suspiraba y contestaba sólo:

—¡Ah…, ah…!

El profesor Spalanzani pasó varias veces junto a los felices enamorados y les sonrió con satisfacción. Aunque Nataniel se encontraba en un mundo distinto, le pareció como si de pronto oscureciera en casa del profesor Spalanzani. Miró a su alrededor y observó espantado que las dos últimas velas se consumían y estaban a punto de apagarse. Hacía tiempo que el baile y la música habían cesado.

El Caguamo - Eraclio Zepeda

—El Primitivo es un mal hombre —decían en el pueblo las viejas y los arrieros

Había tenido que irse de Jitotol desde aquella noche en que mató a su mujer, la Eugenia. Desde entonces fue que ya no pudo quedarse más. Por eso prendió fuego a su casa y rompió todas sus pertenencias.

Eugenia Martínez se llamaba la Eugenia. Era bonita y fuerte. Hasta la cintura le llegaban sus largas trenzas negras. Primitivo, desde que la vio, sólo en ella estaba pensando. No descansó hasta no verla trepada en la manzana de su montura, pasando a galope los últimos jacales del pueblo. Aquella noche empezó la desgracia del Primitivo.

Primitivo Barragán la vio por primera vez una tarde en que regresaba de la milpa. Estaba la Eugenia lavando ropa en las piedras del río; aquellas piedrotas que parecían grandes tortugas blancas.

—Hasta que jallé al venao —se dijo Primitivo.

Quiso hablarle allí mismo. Que desde ese momento supiera por qué a Primitivo Barragán le decían el Caguamo. Quiso llevársela de una vez para su casa.

La vio largamente. Sus pechos desnudos, fuertes como naranjas. Sus brazos, hechos para el trabajo y la caricia. Sus gruesas piernas bajo la falda mojada. Así la estuvo viendo hasta que se decidió a hablarle.

Cuando ella le vio venir, se cubrió los pechos con el huipil colorado que había puesto sobre un matorral cercano; uno de esos matorrales que se han cambiado a la orilla del río porque ya conocen la época de secas.

—Qué pasó, Eugenia. Ya me habían dicho que así es como te llamás. No había pierde: ojo color de zacate bueno, tiene la Eugenia, me dijeron en la tienda de Joaquín. Y por aquí vos sos la única ansina.

La muchacha no contestó nada; ni le vio a la cara siquiera. Continuó lavando.

—Quería decirte que si querés jalar pa mi milpa y pa mi casa, pues de una vez vámonos encaminando. Hay que ser aprevenidos pal tiempo de aguas que es cuando se enfría la madrugada. Y luego no hay nadie pa estar platicando. Vos me gustás mucho y quero que te vengás conmigo. ¿Qué decís?

Eugenia recogió la ropa y corrió hacia el pueblo sin contestar. No dijo una palabra. Cuando dobló la vereda, por el palo de alcanfor, volteó la cabeza y sonrió. Pero no se detuvo ni dijo nada.

—Ansina ta mejor. Caballo que se deja montar a la primera es bestia que no tiene brío. Cuanti más si es potranca. A ésta hay que acostumbrarla antes de echarle la pierna. Ta mejor ansina.

Primitivo Barragán pensó en mujer toda la noche. Amaneció con la boca seca. Bebió café y ensilló a Sombreado, el caballo negro. Paso a paso se dirigió a la milpa. Siempre había querido tener la mejor parcela de los alrededores. Su tata le había enseñado el cariño a la tierra y a las grandes hojas del maíz —Machetón sin filo ni maldad—, decía, y esto es cosa que no se olvida ni después de muchas secas. 

El tata había muerto hacía ya dos años. Lo mató Ramiro Zozaya; pero antes de boquear el tata le cerrajó un tiro en la frente con el “30”, ese mismo "30" que el Caguamo aceitaba todos los sábados después de regresar de la cacería. Dicen los que  vieron caer a Ramiro Zozaya (Primitivo no estaba en el pueblo) que murió con la frente abierta como por un machetazo. 

El tata era bueno para manejar la carabina y no era cosa de dejarse matar así nomás. Tanto que había aprendido en la bola sobre cómo matar gente, no podía olvidársele de un jalón. Esto pasó hace dos años, y Primitivo no olvidó nunca a su padre, no olvidó nunca el buen sudor, oloroso a abono, que corre por la espalda con el esfuerzo de la tierra, y trabajaba más que ninguno en Jitotol.

Pero aquel día no quiso hacer nada. Llegó a la parcela y ni siquiera agarró la coa. Aquel día no quiso lo sin hacer nada. Se quitó la camisa y la arrojó, junto con el machete, a un lado. Se acostó a la sombra de un guanacaste y se acarició perezosamente el pecho.

Si sigo sin probar la Eugenia me voy a fregar. No me da ansia de hacer trabajo ni de cuidar las milpitas questán saliendo apenas. Sólo quero a la Eugenia. Pa qué voy a estar sobre la tierra si no puedo estar con ella. Me tiene como caballo reventado; puro suspiro sin jalar macizo.

Cuando el sol ya no se vio sino por encima de las últimas ramas del guanacaste, Primitivo montó en Sombreado. Tomó el rumbo del pueblo procurando pasar por el recodo del río donde la Eugenia había estado el día anterior. Allí estaba nuevamente. Ahora ya no tenía los pechos al aire; llevaba un hermoso huipil bordado y se había peinado sus grandes trenzas con uno de esos listones amarillos que vende don Joaquín.

—Ahora es cuando —pensó Primitivo.

Se acercó sin desmontar, hasta donde estaba la muchacha. Le vio a los ojos y ella sonrió. Así se estuvieron sin decir palabra hasta que las voces de otras mujeres se acercaron por la cañada.

—Mejor es que te vayás, Primitivo. Entre la gente que viene está mi nana. Si te ve se lo dice a mi tata y ya ves como es de bravo. Capaz que te reclame.

—Ah, qué la Eugenia. Hasta que te oyí de hablar. Y ya que es la oportunidad, te digo que anoche no pude dormir pensando en vos. Ya era muy noche cuando quedé. Recordé con el aviso del gallo y entoavía te sentía. Y de una vez, pa que lo sepás, estoy pensando que lo mejor es que te lleve pa la casa. Si no, solo voy a estar como torcaza, piensa y piensa, y no voy a atender las siembras ni los animales. Y si el viejo Martínez es tan bravo como decís, pos que se enoje de una vez por algo bueno.

Eugenia se levantó y sonrió con aquellos sus dientes que parecían granitos de arroz alineado.

Cuando aparecieron las mujeres que venían a lavar, Primitivo se perdió en el camino. Eugenia le vio irse con la sangre abultada.

El Caguamo Barragán era hombre estimado. Se le reconocía su empeño en las labores, su hombría y su gran honradez. Recordaban cómo había recobrado las vacas que los abajeños quisieron robarle el año pasado a doña Matilde. 

El las encontró por allá, por el rumbo de Tapilula, y desde ese lugar se trajo amarrados a los dos ladrones y al ganado completo. Hombre honrado era Primitivo y en Jitotol y las riberas era conocido y respetado. 

Primitivo Barragán no había matado gente, ni había robado, ni siquiera peleaba en la cantina, ni rompía botellas a balazos. No tenía enemigos. Primitivo Barragán era hombre cabal; eso sí: todo mundo sabía que el olor de mujer lo encabritaba y que luego luego agarraba camino para buscarlas. Por eso es que, por mal nombre, le decían el Caguamo.

Llegó al pueblo en la tardecita, a la hora de la última contada del ganado. Las muchachas estaban entrando a la iglesia y allí iba la Eugenia. Se cruzaron la vista y Primitivo hizo bailar a Sombreado enfrentito del atrio.

A esa hora ya las moscas están buscando acomodo. Ya no molestan con su manía de pararse en la cara de la gente. Los que hacen enojar son los zancudos, y en la tienda de don Joaquín es peor; la lámpara de gasolina los llama y se están vuela que vuela y picando a los que están por allí.

Primitivo entró a la tienda de don Joaquín y pidió un trago. Le gustaba sentir cómo el comiteco le rebotaba adentro como si fuera el agua de una cascadita.

No quiso hablar con nadie. Ni siquiera con don Jacinto. Se le vio espantar los zancudos nada más; y la garganta que le subía y le bajaba en cada toma de aguardiente.

El viejo reloj de campana, que don Joaquín luce orgulloso al lado de los pomos de brillantina, marcó las siete. Primitivo pagó con un billete húmedo y viejo.

Dijo adiós tocándose el ala del sombrero con su mano derecha.

Eugenia salió de la iglesia; al verlo, desvió el rumbo por la casa de doña Asunción. Primitivo alcanzó a ver los nervios de la muchacha al pasar por el quinqué de don Epitacio.

El Caguamo echó a trotar su caballo por la calle. Los cascos sacaban luces del empedrado: mazorca de la calle graneada de lajas.

Alcanzó a la Martínez por allá, por la cerca que tiene un palo de tamarindo. Allí le habló. Sólo don Magín González, que había salido a darle agua a sus bestias fue testigo. Vio cómo la Eugenia se reía de las cosas que le decía el Caguamo. Vio cómo él bailaba su caballo. Vio cómo la Eugenia se le fue acercando y cómo el Primitivo la tomó de la cintura con su brazo izquierdo (aquel brazo izquierdo al que tata Barragán enseñó a manejar la pistola igual que el derecho). 

Vio también cómo la alzaba hasta la manzana de la silla. También vio cómo le ponía la mano sobre los pechos cuando empezó el galope. Sólo don Magín González vio todo esto. Hasta que se perdieron por las últimas casas, lo estuvo viendo. Y él mismo se encargó de avisarle al viejo Martínez que la Eugenia había agarrado camino con el Caguamo.

Y allí empezó todo lo malo para Primitivo. Allí empezó a ser lo que ahora es. Allí empezó a irse por el camino chueco. Allí empezó a matar.

Primero fue al viejo Martínez.

El viejo Martínez le puso una emboscada. Estaba echando espuma por la boca desde que supo que el Primitivo se había llevado a su hija. No comía sólo de pensar que el Primitivo dormía con la Eugenia.

Al principio, realmente, el viejo no se enrabió tanto. Era una molestia que la Eugenia se hubiera ido así nada más, sin avisar, como si fuera una gallina que ya le anda por hallar al gallo. Era cosa muy de ver que la Eugenia quería hombre. Su natural se lo exigía. Ya estaba reventándose. Pero pudo haberle avisado a sus tatas para que arreglaran todo. Y aun así, la cosa estaba bien; pase esto. 

El Primitivo era un buen hombre; trabajador y honrado. Hasta en fuerza estaba bueno. Todo se hubiera compuesto y la gente se hubiera olvidado de que el Caguamo se la llevó sin dar aviso. Todo se hubiera arreglado. ¡Palabra que todo hubiera salido derecho!

Pero luego empezaron las habladas. La gente inventó cosas que dizque decía el Primitivo: que la Eugenia no era hija del viejo Martínez. Que él había visto el lunar que es marca de la familia de don Alfonso, el arriero; el mismo lunar que aquél lleva en la barriga, ella lo tiene, sólo que un poco más por abajo. Eso decían que el Caguamo andaba contando.

Luego dijeron que el Primitivo hacía caminar desnuda, por el camino, a la Eugenia, para que todos vieran el lunar.

Luego le fueron con el chisme, de que el Caguamo decía que no solo con don Alfonso había tenido que ver la nana Martínez. Que también con don Crescencio el de la finca "El Suspiro", y que con don Rodrigo Yáñez el juez de Tapilula se había ido a pasar unas noches, para arreglar no se qué asunto pendiente del viejo Martínez. Y que hasta con el cura de Ixhuatán había vacilado.

El viejo ya no se aguantó. Toda la gente decía los chismes. Le empezó a dar rabia. Ya no soportaba que la Eugenia viviera con el Primitivo Barragán. Empezó a contar que el Primitivo era hijo de una vieja alegre de Tapachula. Que le quedaba muy bien el apellido porque Barragán quiere decir hijo de querida. Y también contó que lo iba a matar. Que lo iba a venadear. Tanto lo dijo, que ya no pudo echarse para atrás.

Se escondió detrás de unas piedras al lado del camino. Allí esperó el paso del Primitivo. Era la única vereda de la milpa a la casa del Caguamo. A fuerzas tenía que llegar. En ese lugar estuvo esperando el viejo Martínez.

Acariciaba, nervioso, la escopeta de chispa que le había prestado su compadre Herminio, el del rancho "La Buena Fe". Buena escopeta era esa. Ya antes la había usado para matar a Gregorio López, aquel arribeño que quería quitarle una mujer que tenía en Pueblo Nuevo. También la había usado para tirar venados en las cacerías.

Todo el día había estado preparando la carga para la escopeta. Pura posta grande había escogido, y pólvora bien fina, alemana, de paquetito verde, para que no fuera a salir con su domingo siete. Para que de una vez quedara muerto el Caguamo. Para que se lo llevara el diablo de un jalón. El Primitivo era muy hombre, muy valiente, y si quedaba herido podía rebotarle la suerte.

Como pasó a la mera hora.

Todo el día estuvo pues el viejo Martínez arreglando la muerte del Barragán. Asoleó bien la pólvora para que estuviera bien seca y lista para el chispazo. Pesó bien la carga. Taponeó con ixtle escarmenado el cañón de la escopeta para hacer el primer taco de pólvora. 

Puso las postas revisándolas cuidadosamente, como si estuviera comprando cuentecitas de vidrio en la feria, para que ninguna estuviera defectuosa. Hasta le puso un huesito de muerto que diera la buena suerte. Todo lo hizo con esmero. Que nada quedara a la mano de Dios. Así fue que preparó la muerte del Caguamo.

De pronto le empezaron a temblar las piernas. Primero muy poco y después muy fuerte. Un sudor frío le corrió la frente y se le fue a meter por todo el cuerpo. Cualquier ruido lo hacía saltar. Ese estar esperando al Caguamo era interminable.

—Cuándo pasará el maldecido para que ya todo acabe de un tirón.

El viejo sintió que le faltaba el ánimo. Este muerto no sería como el de Pueblo Nuevo. Entonces estaba más joven y además había amigos cerca. Y era de noche y aquél venía borracho. Ahora el Caguamo era el del turno, y era fuerte el condenado. Tenía que romperle la cabeza o el pecho para que cayera bien; si no, podía salir perdiendo, como sucedió al fin de cuentas.

—Si tan sólo estuviera ya encañonado... galán va a dar la machincuepa desde el caballo.

Echó saliva en el grano de puntería.

Sentía un peso en la boca del estómago que le subía hasta el pecho. Creyó que no podría mover las manos. Probó y vio que le sudaban y estaban gomosas. Ya no sentía los testículos. Se limpió el sudor de la frente para que no le cayera en los ojos.

—Que ya venga el Caguamo; que asome de un jalón.

El cuero del dorso se le pegaba a las costillas y le oprimía los pulmones. Tenía fría la nariz y los dedos. Quiso hacer una necesidad pero tuvo miedo de que el Primitivo asomara en ese momento. No se movió.

—Maldecido Caguamo. ¿Cómo habrá averiguado lo de don Alfonso? Si no fuera por eso le perdonaba el tiro. Que ya pase de una vez...

El viejo volvió a revisar la escopeta. Tuvo un sobresalto por el brinco que dio, en el matorral, un zanate. Casi dispara a lo loco. Trató de calmarse.

Quiso fumar pero no tenía tabaco y el papel solo no sirve. El peso del estómago aumentó y le empezó a doler la cabeza.

Nervioso estaba el viejo Martínez cuando oyó los cascos de Sombreado. Se puso a temblar; tenía miedo. Y eso fue lo que le perdió. No tuvo calma a la mera hora.

Apareció por el camino el Primitivo Barragán; venía silbando y acariciaba el cuello de su caballo. El Sombreado estaba como presintiendo algo porque bufaba de pura nerviosidad. El Caguamo creyó que habría tigre cerca y sacó el "30".

Primitivo no se dio cuenta de cómo fue. De repente oyó el bramido de la mechera. Sintió un ardor en el brazo derecho. El Sombreado pegó un respingo y cayó de lado. Movía las patas de un modo terrible. Primitivo rodó hasta unas matas de chaya que se le encajaron hasta el alma; pero él ni siquiera sintió el ardor. Desde allí vio cómo el viejo Martínez se acercaba con el machete en alto para rematarlo. Sintió que el brazo le dolía. Vio a Sombreado muerto. 

El viejo se acercaba decidido al golpe. El Caguamo tomó el "30" que había rodado junto con él; fue más rápido que el viejo. Disparó el rifle y el tata Martínez dio una voltereta. Todavía, ya en el suelo, el Primitivo le disparó dos veces más. Pero ya no era necesario. Al viejo se le había abierto la frente desde el primer disparo. Ni siquiera se movió cuando cayó.

Primitivo se acercó al muerto. Le vio la cabeza. Allí estaba la marca; el mismo blanco que hizo el tata Barragán en el Ramiro Zozaya. El tata Barragán había enseñado todo a su hijo; hasta a matar, sin que él se propusiera enseñárselo. El brazo le dolía más. Sintió miedo por lo que había hecho. Le repugnaba pensar que había matado a un hombre, a un cristiano, al viejo Martínez tata de la Eugenia. Había sido hombre de orden el Primitivo y ahora ya debía una muerte. Sintió un escalofrío pero sonrió al ver al viejo todo sucio por el polvo del camino y con los pantalones mojados por el último susto.

Sombreado estaba muerto también. Primitivo hubiera llorado si no fuera por la rabia. Quiso quitarle la montura pero le fue imposible por la herida del brazo. Si no fuera porque su tata le había enseñado a usar la zurda igual que la derecha ahora estaría muerto. Fue con la izquierda con la que apuntó la boca de la carabina a la cabeza del Martínez.

Llegó a su casa todo sudado. El brazo sangraba y le dolía. La Eugenia le curó sin preguntarle nada.

En el pueblo se dijo que el Caguamo había matado al viejo Martínez. Lo había venadeado. Lo quiso matar para que el rancho del viejo pasara a propiedad de la Eugenia y él fuera el dueño. Por eso lo había matado dijeron en el pueblo. El viejo todavía pudo disparar y mató al caballo del Caguamo, pero éste lo remató con un tiro en la frente. Ese fue el mortal. Así dijeron en el pueblo.

Ya nadie se acordó del Primitivo Barragán que había traído presos a los abajeños ladrones de ganado; ya nadie se acordó del Primitivo Barragán trabajador. El Caguamo es un asesino. El Caguamo es un mal hombre. Así fue como se dijo en Jitotol.

Así empezó la desgracia del Primitivo Barragán.

Nada de esto supo la Eugenia sino hasta aquella noche, dos días después de la muerte del viejo Martínez, en la que quisieron apresar al Primitivo. Ya estaban acostados, clarito oyeron el ladrido del Catrín, luego, más quedito, un moverse de pies sobre la tierra del corral.

Primitivo se levantó de un salto. Sintió el olor de la muerte que se le metía por las narices, igualito que si le sonaran una patada en la cara. Agarró el "30" y espió por la ventana. Vio a los tres policías del pueblo que se acercaban con las carabinas listas; los vio cómo se ponían a cubierto, dos atrás de la canoa de sal para la vaca y el otro en el bramadero. Oyó una voz, la de Lorenzo Méndez cabo de policía, que le gritaba:

—Date preso, Caguamo. Te venimos a agarrar por la muerte del viejo Martínez.

La Eugenia pegó un respingo y empezó a dar de gritos. Y fue de un jalón que lo averiguó la Eugenia.

El Caguamo, el que le había dado el hijo que ahora llevaba madurándole la sangre, fue el que venadeó a su tata.

El Primitivo le dio un golpe para que se callara, pero ella gritó más. Tuvo que pegarle fuerte para que quedara en silencio. Cuando volvió a la ventana se dio cuenta que sólo el Lorenzo Méndez, cabo de policía, estaba en el mismo lugar, en el bramadero; a otro que asomó la cabeza, lo descubrió más oculto en la canoa. Pero al tercero no pudo encontrarlo.

Lo vio de pronto ya muy cerca. Allí nada más por el palo de cupapé que el tata Barragán sembró para darle fresco al corredor. Vio también cómo levantaba la carabina y de pronto, el disparo ronco y seco. La bala rompió una esquina de la ventana en donde estaba Primitivo.

Supo que iban a matarle. No podría convencerlos de la verdad. Supo que no había más remedio; había que defenderse. El del palo de cupapé volvió a disparar; el plomo pegó adentro de la casa e hizo pedazos el jarro del café. Vio que el Lorenzo Méndez también disparaba y tuvo que decidirse. Le disparó primero al Lorenzo, cabo de policía, que desde el bramadero gritaba que tiraran a dar, y fue el primero que cayó.

El del palo de cupapé quiso regresarse a la canoa pero la muerte lo agarró por la espalda y quedó boca abajo, antes de llegar.

El otro salió huyendo. El fue el que dio parte en el pueblo de la muerte del cabo Lorenzo Méndez y del policía Remigio Pérez.

En Jitotol creció el odio a Primitivo. Todos hablaban de él. Todos le maldecían. Dijeron que desde siempre fue malo. Que desde siempre fue un asesino. Su tata también había sido malo; también había sido asesino. Dijeron que desde chico ya Primitivo era de mala sangre: robaba en la iglesia, mataba gallinas a pedradas, golpeaba a los perros con un leño.

Primitivo Barragán estaba amolado. Todo cambió de pronto. Primero la muerte del viejo. Ahora la de los policías. Y él no había querido matar a nadie. El quería seguir siendo como fue hasta el día en que se robó a la Eugenia. Quería que le dejaran tranquilo en su milpa, en su casa y entre las piernas de la Eugenia. Que no lo hicieran seguir pecando.

—Honrado soy y quero seguir así. Hombre de ley fui yo, y no quero condenarme más. Nunca quise desgraciar cristianos. Me han buscado y tuve que romperlos pa que me dejaran. No quero que me sigan buscando. Soy gente de orden. Déjenme aquí tranquilo. Pronto va a parir la Eugenia, cuestión de que se tapisque la cosecha y quero que mi hijo nazca bueno, que no le digan que seguí matando.

Esto dijo Primitivo al hombre que llegó a su rancho a levantar a los muertos ese mismo día.

—Decí en el pueblo lo que te he confiado –gritó todavía al que se alejaba con los dos cadáveres atravesados en el lomo de una mula.

Nadie creyó sus palabras en Jitotol. Todos escupieron su nombre. Dijeron que era un maldito y, para acabarla, un desgraciado mosca muerta. —Un desvergonzado es el Caguamo.

Pero no hubo nadie que quisiera ir a apresarlo. Le tenían miedo. Ya su nombre daba miedo. Primitivo Barragán, el hombre querido y estimado se convirtió, en una semana, en el odiado y temido Caguamo Barragán. Pero nadie quiso ir en su busca; esperaban que la escolta federal pasara su visita dentro de un mes para que ellos le aprehendieran.

La Eugenia cambió todita. Ya no era la misma. Antes llegó a querer mucho al Primitivo. Se le hacían cortas las noches cuando su hombre la besaba hasta al amanecer. Se le había dado entera; como está escrito que sea. Enamorada estaba la Eugenia. Pero desde aquella noche de los policías, la Martínez cambió.

El recuerdo de la muerte del viejo le mordía los pezones. Y cuando sentía los brazos del que lo había matado, se le enchinaba el cuerpo y le daba rabia. Ya ni quería dormir con el Primitivo. Quiso quedarse en un rincón de la casa. Allí la fue a buscar el Caguamo y no la dejó sino hasta la madrugada. La Eugenia lloraba mucho.

Quiso irse varias veces, pero el Primitivo la encontró siempre a tiempo para obligarla a volver. Ya no era vida la que llevaba la Eugenia Martínez. Y el Caguamo, picado por sus desprecios, tampoco podía estarse quieto.

Muchas veces el Primitivo quiso explicarle cómo ocurrió la muerte del viejo, pero ella nunca quiso creerle.

—Vos sos el que mató al tata, y yo no quero dormir contigo —eso era lo único que le importaba.

—Oí, Eugenia: Yo no te traje a la juerza a mi casa. Los dos pensamos en que te vinieras porque nos moríamos de las ansias. Te quero mucho; y más ahora que tenés adentro mi hijo. Pero por la misma razón de que te quero y de que no te traje a la juerza no voy a tenerte obligada. Si ya no querés estar conmigo, te aseguro que en cuanto nazca el chiquitío te llevo pa tu casa. 

Lo que me interesa es el chiquitío. El me ayudará a ser bueno. En cuanto nazca, te llevo pa Jitotol. Pero mi hijo se va a quedar conmigo. Al fin que vos no lo querés porque lleva mi sangre, como me dijiste anoche. Hasta dijiste que es sangre maldita. Palabra que me dio harto sentimiento y muina. Si no hubiera sido por el que tenés adentro te hubiera matado y ahorita estaría yo más maldito todavía. Vos sabés Eugenia que no soy malo. Ellos me han hecho matar. Empezando por el viejo, tu tata. Vos no lo querés creer pero así es.

Esto le dijo una mañana el Primitivo a su mujer. Así fue como se lo dijo.

La Eugenia no contestó nada. Se quedó callada y empezó a llorar. Sólo llorando estaba desde la noche en que se murieron el Lorenzo Méndez y el otro.

El Caguamo no quiso quedarse más tiempo allí. Se fue para la parcela sin tomar café, sin esperar las tortillas, ni nada.

En la milpa trabajó todo el día. Desde que supo que la Eugenia y él habían hecho un hijo trabajaba más. Quería que el muchachito tuviera de todo. Que nada le hiciera falta. Por eso se estaba todo el día en la parcela cuidando las matas de maíz y frijol.

Allá se estuvo hasta que el sol se metió en el cerro.

—Es una alcancía en que los ángeles meten todos sus ahorros del día —dijo sonriendo Primitivo. Los pájaros buscaron ramas en los árboles y el Caguamo los veía feliz. Estaba contento. Hizo planes para vender la milpa, después de la cosecha, e irse por aquellos cerros donde la montaña es tupida. Allá la tierra es mejor todavía. Es cosa de desmontar nada más. Y no hay peligro de que lo obliguen a seguir matando. Podría tener el doble de tierra y entonces su hijo sería rico. Así pensaba el Caguamo mientras veía sus tierras.

Cuando el sol se perdió, atrás del cerro, el cielo se puso rojo, y las nubes se pusieron rojas, y la serranía de enfrente estaba como sangrando. Primitivo tuvo un estremecimiento.

—Sólo sangre veo desde que troné al viejo Martínez, Que se pudra..., —escupió el Caguamo, y tomó el regreso.

Ya no había caballo para él. Ya no había saludos para él. La gente se escondía cuando él asomaba. Ya no había amigos ni compadres, Ya no había aguardiente en la tienda de don Joaquín. Ya no había amor en los brazos de la Eugenia. Ya no había nada. Sólo estaba el hijo; y era suficiente.

Cuando llegó a su casa llamó a su mujer: nadie contestó. Solo Catrín estaba. La buscó por toda la casa y el corral, sin encontrarla, Sólo el Catrín estaba.

Buscó por todos los alrededores gritándole a la Eugenia. Al fin, la divisó entre unos matorrales a la orilla del arroyo. Le gritó pero no le contestó. Corrió hasta donde ella estaba.

Sintió un chorrito frío que le bajaba de la espalda cuando llegó. Quiso gritar pero no pudo.

La Eugenia estaba tirada en el matorral. No tenía la falda. Sus gruesas piernas estaban manchadas de sangre; y allí sin moverse, ni hacer nada, como muerta. No hablaba. sólo de vez en cuando, como que quería quejarse o llorar.

Primitivo sintió miedo. No sabía qué había pasado pero sintió miedo. Le habló y nada contestó la Eugenia. Lavó sus piernas y su vientre con el agua del arroyo y la llevó en brazos hasta la casa. Vio que tenía cerrada la mano derecha. Se la abrió con cuidado y cayeron unas hojas ya marchitas.

Se estuvo cuidándola hasta que la Eugenia empezó como a querer revivir. Le dio agua y secó el sudor de la frente.

Poco a poco la Eugenia se fue reponiendo. El no quiso preguntarle nada. Sólo quería que descansara.

De pronto la Eugenia comenzó a reírse como una loca, y a gritar, y a llorar, todo al mismo tiempo. Primitivo trató de calmarla.

Debe de haber sido por eso de las dos de la mañana porque ya los gallos estaban cantando cuando pasó todo esto. La Eugenia habló:

—Me vengué Primitivo, me vengué...

La miró extrañado sin comprender nada.

—Me vengué Caguamo...

Eso fue como un chicotazo para Primitivo. Estaba bien que en el pueblo le dijeran Caguamo, y él, a veces se decía así cariñosamente. Pero que lo dijera su mujer, ya era otra cosa. Sin embargo, se estuvo quieto.

La cara de la Eugenia estaba toda sudada y se agarraba el vientre y hacía muecas que Primitivo veía nervioso.

—Me vengué Caguamo... Vengué a mi tata. .. nada querías tanto en el mundo como a tu hijo. Sólo por él  me tenías aquí. No me dejabas regresar a mi casa nomás por él. Por eso me comí hoy la hierba para matarlo. Por eso lo saqué antes de tiempo. Me vengué Caguamo. .. tiré a tu hijo al arroyo. Ahora debe de ir por casa del diablo... me vengué Caguamo...

Así dijo la Martínez y se empezó a reír.

Primitivo sintió que le rompían el espinazo. Se quedó parado, como tonto, como venado cuando le echan la linterna.

De pronto se volvió loco. Se le echó encima a la Eugenia y la golpeó hasta que le sangraron las manos. No sabía lo que estaba haciendo. Tenía los ojos como los de los ahogados en el río. Después sacó el cuchillo que tenía para beneficiar los animales en las cacerías,  y con él se le fue otra vez encima a la Eugenia.

Dicen los que la encontraron, a los dos días, que no tenía nada sano en la barriga. El Caguamo la vació todita. ¡Quién sabe cuántas veces enterró el cuchillo y todavía se lo dejó adentro! Sepa el diablo cómo no se quemó la Eugenia, porque el Caguamo prendió fuego a la casa y rompió todo y mató al becerro que estaba en el corral y a la vaca que lamía la sal en la canoa.  Hasta a su perro el Catrín le pegó un machetazo; todavía lo hallaron agonizando. Como decía, quién sabe cómo no se quemó Eugenia: donde estaba el petate en que la encontraron fue lo único que respetó el fuego.

El Caguamo agarró camino para la montaña. Sólo muy pocos supieron en donde estaba, y no lo dijeron nunca. La tropa llegó y no pudo prenderlo.

Primitivo se fue a la selva. Se quedó en uno de los cerros más altos. Abrió un claro en la montaña y allí sembró maíz, lejos de todos los que le conocían. Trató de que nadie supiera nunca nada, ni lo que era ni lo que había hecho. Se portó como hombre de ley, que así le enseñó a ser el tata Barragán; y así hubiera sido hasta que se muriera si no es por el viejo Martínez. Pero aquí nadie sabía nada.

Primitivo Barragán vio volar los primeros pájaros. Tomó entre sus manos un puñado, oloroso de tierra y lo amasó largamente. Tierra conocida por sus ojos la que tenía jugueteándole los dedos.

Aquel fue un amanecer limpio y claro como el agua del vertiente. Primitivo vio, desde la puerta de su jacal, cómo la luz se abría, poco a poco, entre las ramas de la selva que le rodeaba.

Desde donde estaba podía dominar mucho terreno con la vista. Había escogido el cerro más alto para estar siempre listo y prevenido. Todo lo veía. El mismo vallecito de Jitotol era visible, y cuando había buen tiempo, como ahora, y forzaba tantito la vista, era capaz de ver su terreno abandonado y aun el manchón negro de su casa derribada por el fuego. Y esto lo ponía triste y un temblor de huesos le traía recuerdos malos.

Dos años tenía en esta nueva tierra y sus pocos vecinos lo estimaban; sobre todo el viejo Bruno Farrera. Nadie tenía noticias de lo que pasó en Jitotol; de lo que le cayó de pronto al Caguamo como un cuervo sobre los  hombros. Nadie sabía nada.

No quero volver a hacerlo. Ese sudor pegajoso y la sangre rebotando como piedras; ese susto que da el andar matando no quero volverlo a sentir. Que me dejen quieto. Que me dejen solo y seguiré siendo hombre bueno. Ellos me hicieron creminar y pueden volver a hacerlo, pensaba el Caguamo viendo hacia Jitotol.

El temor comenzó a llenarle los muslos todos los días. Vivía como asustado. Siempre con los ojos colorados como con calentura.

Todavía esperó la llegada del tiempo de cosechas. Levantó la tapisca y después rompió los jarros y los horcones de su choza y agarró camino rumbo a tierra caliente, para la costa.

Antes de irse dejó su cosecha y su "30" en la puerta del viejo Bruno Farrera; regalo de amigo a amigo que es el que agradece. Nadie le vio irse y todos sintieron pena cuando no lo encontraron.

El Caguamo tomó camino sin rifle y sin nada. Se fue huyendo de sus muertos. Se fue huyendo de su hijo, de la Eugenia, de Jitotol, de él mismo. El Caguamo —Primitivo Barragán—, se perdió de todas sus conocencias.