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El hombre que amó a una Faioli - Roger Zelazny

     Ésta es la historia de John Auden y la faioli, que nadie conoce mejor que yo. Escúchenla...

Sucedió una noche, cuando él estaba paseando (pues no había motivos para no pasear) por sus sitios favoritos de todo el mundo, cuando vio a la faioli, cerca del Cañón de la Muerte, sentada sobre una roca, mientras que sus alas de luz revoloteaban, revoloteaban, revoloteaban hasta desvanecerse, apareciendo entonces sentada allí una muchacha humana, vestida completamente de blanco y llorando, con largas trenzas negras enrolladas a la cintura.

Se aproximó a ella ante la cegadora luz que despedía el moribundo sol, cuando los ojos humanos no podían distinguir distancias ni calcular perspectivas adecuadamente (pero los suyos sí), y apoyando su mano derecha en el hombro de ella y la dijo unas palabras de salutación y consuelo.

Fue, sin embargo, como si él no existiera. Continuó su llanto, regando de plata sus mejillas de color de nieve o de hueso. Sus ojos almendrados miraban en la distancia, como si pudieran ver a través de él, y sus largas uñas se clavaban en la carne de sus palmas, de las que no brotaba sangre.

Entonces él creyó lo que se decía de las faiolies: que sólo pueden ver a los seres vivientes y no a los muertos, y que están sacadas de las mujeres más adorables de todo el universo. Al estar muerto, John Auden, reflexionaba sobre las consecuencias de recobrar la vida nuevamente, por algún tiempo.

Era sabido que la faioli acudía al hombre un mes antes de su muerte (a aquellos raros hombres que aún morían) para vivir con él durante el mes final de su existencia, proporcionándole todos los placeres que puede conocer un ser humano, de forma tal que el día en que la muerte envía su beso, llevándose la vida que queda dentro de su cuerpo el hombre le acepta... ¡no, le busca!, con deseo y galantería. Porqué es tal el poder de la faioli entre todas las criaturas, que no hay nada más deseado después de conocerla.

John Auden consideró su vida y su muerte, las condiciones del mundo en que estaba la naturaleza de su servidumbre, su maldición, y la faioli (que era la criatura más adorable que había visto en todos sus cuatrocientos mil días de existencia), y se palpó el lugar que tenía debajo de la axila izquierda, que activaba el mecanismo necesario para hacerle vivir de nuevo.

La criatura se sobresaltó al recibir su contacto porque, de repente, el roce de él era de carne, y de carne cálida y femenina era lo que ella ofrecía, ahora que las sensaciones de la vida habían retornado a él. Sabía que su contacto se había convertido nuevamente en el contacto de un hombre.

- Hola, ¿por qué lloras? - dijo él, y la voz de la faioli fue como las brisas olvidadas soplando sobre los olvidados árboles, con su rocío, sus aromas y colores que evocaba su memoria.

- ¿De dónde vienes, hombre? No estabas aquí hace un momento.

- Del Cañón de la Muerte - respondió él.

- Deja que te toque el rostro.

Él se dejó y ella lo tocó.

- Es extraño que no advirtiera tu llegada.

- Este es un mundo extraño - repuso él.

- Es cierto - dijo ella -. Tú eres el único ser viviente que lo habita.

- ¿Cómo te llamas? - preguntó él.

- Llámame Synthia - respondió ella.

Y así la llamó.

- Mi nombre es John - le dijo -; John Auden.

- He venido para estar contigo, para darte regocijo y placeres - añadió ella, y entonces supo él que el ritual había comenzado.

- ¿Por qué estabas llorando cuando te encontré? - preguntó.

- Porque creí que no había nadie en este mundo y porque estaba cansada de mi largo viaje - contestó ella -. ¿Vives cerca de aquí?

- No muy lejos - añadió él -. No del todo lejos.

- ¿Me llevarás allí? ¿Al lugar donde vives?

Y ella se alzó y le fue siguiendo hasta el Cañón de la Muerte, donde él tenía su morada.

Continuaron descendiendo y descendiendo interminablemente, y todo lo que les rodeaba eran despojos de gentes que antes habían vivido. Ella, sin embargo, no parecía ver tales cosas, pues mantenía los ojos clavados en el rostro de John y la mano asida a su brazo.

- ¿Por qué llamas a este lugar el Cañón de la Muerte? - le preguntó ella.

- Porque todo lo que nos rodea son muertos - repuso él.

- Yo no veo nada.

- Lo sé.

Cruzaron el Valle de las Calaveras, donde millones de muertos de muchas razas y mundos yacían apilados unos sobre otros, pero ella tampoco los vio. Y a pesar de encontrarse en el cementerio de todos los mundos, no se apercibía de ello. Había encontrado a su custodio, a su cuidador, aunque no sabía quién era este hombre que se tambaleaba a su lado como un beodo.

John Auden la llevó hasta su casa. No era realmente el lugar donde vivió, pero lo sería en lo sucesivo. Activó los viejos circuitos del edificio que había dentro de la montaña. En respuesta la luz apareció de las paredes, una luz que antes no había necesitado, pero que ahora iba a necesitar.

La puerta se cerró tras ellos y la temperatura adquirió un calor normal. El aire puro comenzó a circular. Él lo aspiró hasta llenar su pecho, agradeciendo las antiguas y olvidadas sensaciones. El corazón, ese órgano rojo y caliente que le recordaba el dolor y los placeres, empezó a latir fuerte con el nuevo aire. Por primera vez en los siglos, preparaba una comida e iba a buscar una botella de vino a las profundas y herméticas alacenas. ¿Cuántos otros más pudieron haber hecho lo que él?

Nadie, tal vez.

Ella cenó con él, jugueteando con los alimentos, catando un poquito de cada cosa, comiendo muy poco. Él, por su parte, se atiborró hasta la saciedad, y los dos bebieron vino y fueron dichosos.

- Este lugar es muy extraño - dijo ella -. ¿Qué es lo que te impulsa, John Auden? Tú no eres como los demás hombres que viven y mueren. Tú te tomas la vida casi igual que una faioli. Tratas de sacar de ella cuanto puedes y te conduces a un ritmo que denota un sentido del tiempo ajeno al hombre. ¿Quién eres?

- Soy uno que conoce que los días del hombre están contados - respondió él - y que ansía aprovecharlos antes de que se le acaben.

- Eres extraño - dijo Synthia.

- Más que nada en el mundo - respondió él.

Desayunaron y aquel día estuvieron caminando por el Valle de las Calaveras. Él no podía distinguir distancias ni obtener perspectivas adecuadas, y ella no veía nada de lo que había sido vida y ahora era desolación. Y mientras estaban sentados sobre una roca plana, con el brazo sobre los hombros de ella, señaló hacia el cohete que acababa de venir del lejano espacio y ella miraba de través ante las gesticulaciones de John. 

Indicaba hacia los robots que habían comenzado a descargar del interior de la nave los despojos pertenecientes a los muertos de muchos mundos, pero ella estiraba la cabeza hacia un lado y miraba adelante y no veía nada de lo que él decía.

Incluso cuando uno de los robots avanzó pesadamente hasta él y le mostró la carpeta conteniendo los recibos y el documento que debía firmar por los cuerpos recibidos, ella no veía ni comprendía lo que estaba sucediendo.

En los días que siguieron, su vida fue como un sueño, llena de los placeres de Synthia y salpicada de ciertos e inevitables momentos de dolor. A menudo, le veía pesaroso y ella le preguntaba por su expresión de melancolía.

Y él siempre se echaba a reír y contestaba diciendo que «los placeres y el dolor están muy cerca el uno del otro», o algo por el estilo.

Y, durante el correr de los días, ella aprendió a prepararle las comidas, y a frotarle la espalda, y a mezclar sus bebidas, y a recitarle ciertos fragmentos poéticos que él había amado en un tiempo.

Un mes, sólo un mes. No lo olvidaba. Llegaría el fin. Sabían siempre que la muerte del hombre estaba cerca.

John Auden sabía que ninguna faioli del universo entero había encontrado jamás un hombre como él

Synthia era como una madreperla. Su boca parecía una fina llama, que encendía todo lo que tocaba, sus dientes se asemejaban agujas y su lengua era como el corazón de una flor. Y así es como llegó a amar a una faioli llamada Synthia.

Y él era quizás el único hombre del universo, capaz de engañarla. Era un perfecto derecho de defensa que tenía contra la vida y la muerte. Y ahora que era un ser humano viviente, a menudo lloraba cuando se detenía a considerarlo.

Tenía más de un mes por vivir. Quizá fueran tres o cuatro. Este mes, por consiguiente, representaba un precio que él pagaría de buen grado.

Hay una cosa llamada enfermedad que se nutre de los organismos vivientes, y él lo había conocido más allá del alcance de todos los hombres vivos. Ella, un ser femenino, que sólo conoció su propia vida, no podía comprenderlo.

Por eso, él no trató de explicárselo jamás.

Pero el día tenía que llegar, y llegó.

Había perdido, y lo sabía. Como los días se habían desvanecido ante él, se encontraba debilitado. Apenas era capaz de estampar su firma sobre los recibos que le había traído el robot, tambaleándose hasta llegar a él, espachurrando costillas y aplastando cráneos a su terrible paso. Por un momento envidió al robot. Desapasionado, entregado totalmente a su deber. Antes de despedirlo le preguntó:

- ¿Qué hubieras hecho tú si te hallaras en posesión de una cosa deseada que te proporcionara todo lo que puedes ansiar en este mundo?

- Trataría... de quedarme con ella - respondió el robot, oscilando las luces rojas de su cúpula antes de irse tambaleando sobre el Gran Cementerio.

- Sí - dijo John Auden -, pero eso no puede ser.

Synthia no le comprendió, y en aquel trigésimo primer día volvieron al lugar donde había vivido durante un mes, y él sintió que le estaba invadiendo el terror indescriptible de la muerte.

Ella fue más exquisita que nunca, pero él temía este encuentro final.

- Te amo - dijo por último, pues era una palabra que no la había dicho antes, y ella le besó.

- Lo sé - le dijo ella -, John Auden, dime una cosa. ¿Qué es lo que te esclarece de los demás? ¿Por qué sabes de las cosas ajenas a la vida más de lo que el hombre mortal debe saber? ¿Cómo fue posible que llegaras hasta mí aquella primera noche sin yo apercibirme de ello?

- Porque mi ser está ya muerto - le dijo -. ¿No te das cuenta de ello cuando me miras a los ojos?

- No lo comprendo - respondió ella.

- Bésame y olvídalo - dijo él -. Es mejor así.

Pero ella sentía curiosidad y le preguntó:

- ¿Cómo consigues entonces guardar el equilibrio entre la vida y lo que no es vida, eso que mantiene consciente a tu ser muerto?

- Porque existen unos controles dentro de este cuerpo que, desgraciadamente, ocupo. Si tocas debajo de mi axila izquierda, mis pulmones cesarán de respirar y mi corazón dejará de latir. Ello pondría en funcionamiento un sistema electromecánico aquí instalado (invisible para ti, lo sé) semejante al que llevan mis robots. En esto consiste mi vida estando muerto. Yo mismo lo pedí porque temía el olvido. Yo mismo me ofrecí voluntario como sepulturero del universo, porque aquí no hay nadie que pueda verme y se horrorice de mi aspecto cadavérico. Por eso soy quien soy. Bésame y acaba.

Pero habiendo tomado la forma de mujer, o tal vez siéndolo, la faioli llamada Synthia sintió curiosidad y dijo:

- ¿En este sitio?

Y le tocó debajo de la axila izquierda.

Hecho esto, él se desvaneció de la vista y con ello, también, supo una vez más la fría lógica existente fuera de las emociones. A causa de ello, también, no tuvo necesidad de tocarse el punto crítico.

En vez de ello, él se quedó contemplando cómo ella le buscaba por el lugar que antes había estado vivo.

La faioli escrutó los lugares más recónditos y al ver que no podía encontrar a ningún hombre viviente sollozó horriblemente, una vez más, como hiciera aquella noche en que él la encontró.

Luego, sus alas comenzaron a revolotear débilmente, una y otra vez, recobrando su anterior existencia. Su rostro se disolvió y su cuerpo se fue fundiendo lentamente. Más tarde, la torre de chispas que había junto a él se fue disipando, y pasada la insensata noche en que le fue posible distinguir distancias y calcular perspectivas nuevamente, él empezó a buscarla.

Y ésta es la historia de John Auden, el único hombre que pudo amar a una faioli y logró vivir (si así se le puede llamar) para contarlo. Nadie conoce la historia mejor que yo.

Jamás ha podido encontrar un remedio. Y yo sé que John Auden pasea por el Cañón de la Muerte, meditando sobre los esqueletos y, a veces, se para junto a la roca donde la encontró, busca algo jugoso que ya no está allí y desea hallar una explicación.

Es que es así, y la moral puede que consista en que la vida (y quizás también el amor) sea más fuerte que su continente, pero nunca más fuerte que su contenido. Mas es solamente la faioli quien podría asegurarlo, y ésta ya no volverá.

Vivo sin ella - Sivela Tanit

El mundo está lleno de corazones rotos, los sentimientos fueron lastimados a diferente nivel e intensidad. Lo que me lleva a preguntarme ¿El fallecimiento de la propia madre crea un corazón roto? Dos respuestas: si o no (si es que no me encuentro con alguna mente que le gusta complicarse la vida y decir: tal vez), esa decisión se lo dejo a mi amable lector.

Cuando recibí la noticia del deceso de mi madre, el mundo que estaba a mi alrededor dejó de girar, sentí una regresión a cuando era pequeña y me tapaba con la cobija para alejar los miedos de la noche. Sólo que ahora esa cobija, por más que intenté ponérmela, no evitó su ausencia.

La llamada de su fallecimiento me tomó por sorpresa, ella se estaba restableciendo de una operación de cadera, se le dio de alta y su recuperación era positiva. Yo ya no vivía con mi mamá, recuerdo que la visité un lunes y “la llamada” fue el jueves. Es un sentimiento aterrador, mis pensamientos se paralizaron, actuaba por instinto, todo lo hice cómo autónoma.

Mi esposo me ayudó a llegar a mi casa, me ha acompañado todo el proceso. En casa pude ver a mi madre y despedirme de ella. Cuando regresé al departamento de mi esposo, nos acostamos a dormir por horas. Me sentía cansada. Entonces ocurrió que negué el dolor, me concentré en mis estudios porque no quería perder mi beca por promedio. La pesadilla llegó cuando me gradué.

Allí me di cuenta que todo lo había hecho mal, vivía la muerte de mi madre cada día, pero evité el dolor. Y cuando ya no tuve en qué entretenerme… cayó dentro de mi cuerpo y mente todo un bloque de demencia, me sentí desolada y desamparada.

Estudios de tanatología mencionan que no hay un tiempo límite para regresar a un equilibrio emocional después de una pérdida. Sin embargo, si hacen mención de situaciones que pueden ser más sanas que otras.

Conocí a una persona que negó la existencia de su madre: tiró, arrinconó, regaló todas las cosas que pertenecían a ella, todo durante los primeros diez días de la muerte. Hay otra persona que tiene todas las cosas de su madre y no puede tomarlas, usarlas o verlas sin llorar, aún después de cuatro años.

Sólo un experto tanatólogo puede aconsejar sobre las reacciones de cada uno. Yo sólo soy una mujer que perdió a su madre. No obstante, busco llenar esa sensación de desamparo con amor y confianza en mi persona: escribo, medito e ilumino, busco espacios para consentirme en cuerpo y mente, para irme reconstruyendo. Considero que ese es mi proceso de sanación.

La extraño, mi madre daba buenos consejos;  tenía muy buena sazón, echo de menos su comida, ese sabor es irremplazable; me gustaba escuchar sus historias de niña y la relación con su mamá; también tenía la habilidad casi mágica de hacer que el gasto le durara y podía ahorrar pese a la escases económica; pero lo que más admiraba de ella es que siempre tenía las palabras certeras para el momento preciso, eso es lo que hoy, más le envidio.

La extraño, pero el dolor por ella no es tan profundo ni agudo comparado a la noticia de su muerte. No siento que haya llegado al equilibrio emocional, y no me apresuro a llegar, porque cada día de mi vida es una (cruel) lección donde tengo que aprender a vivir sin mi madre.

El Funeral de John Mortonson - Ambrose Bierce



John Mortonson se murió: su obituario había sido leído y él había dejado la escena.

El cuerpo descansaba en un fino ataúd de mahogany con una placa de cristal empotrada. Todos los ajustes para el funeral habían sido tan bien digitados que sin duda, si el difunto los hubiera sabido, de seguro que los hubiera aprobado. El rostro, como se podía ver a través del cristal, no tenía semblante de desagrado: perfilaba una tenue sonrisa, como si la muerte no le hubiera resultado dolorosa, no estando distorsionado más allá del poder reparador del funebrero. A las dos de la tarde los amigos fueron citados para rendir su último tributo de respeto a aquel quien no había tenido mayor necesidad de amigos y de respeto. Los miembros de su familia fueron pasando cada varios minutos a la capilla y lloraron sobre los restos plácidos bajo el cristal. Esto no fue bueno; no fue bueno para John Mortonson; pero en presencia de la muerte la razón y la filosofía permanecen mudas.

A medida que las horas iban pasando, los amigos iban llegando y ofrecían consuelo a los parientes dolidos, quienes, como las circunstancias de la ocasión requerían, estaban solemnemente sentados alrededor de la habitación con un importante conocimiento de su importancia en la pompa fúnebre. Luego vino el ministro, y en tal oscura presencia las más mínimas luces se eclipsaron. Su entrada fue seguida por la de la viuda, cuyas lamentaciones llenaron la estancia. Ella se acercó a la capilla y luego de inclinar su rostro contra el frío cristal por un momento, fue gentilmente conducida hacia un asiento cercano al de su hija. Lúgubremente y en tono bajo, el hombre de Dios comenzó su elogio de la muerte, y su dolorosa voz, mezclada con los sollozos cuya intención era para estimular al auditorio, pareció como el sonido del mar sombrío. El deprimente día se oscureció a medida que él hablaba; una cortina de nubes acechó el cielo y un par de gotas de lluvia se hicieron audibles. Pareció como si la naturaleza entera estuviera llorando por John Mortonson.

Cuando el ministro hubo terminado su elogio con una oración, se cantó un himno y los portadores del féretro tomaron su lugar detrás del mismo. Cuando las últimas notas del himno tocaron a su fin la viuda corrió hasta el ataúd, cayendo sobre el mismo y llorando histéricamente. Gradualmente fue cediendo a la disuasión y a comportarse; y el ministro trataba de alejar su vista de la muerte bajo el cristal. Ella extendió sus brazos y con un grito cayó insensible.

Los dolientes se acercaron al ataúd, los amigos los siguieron, y cuando el reloj sobre el mantel solemnemente daba las tres, todos miraron fijamente sobre el rostro del difunto John Mortonson.

Ellos retrocedieron, débilmente. Un hombre, tratando en su terror de escapar de la desagradable visión, tropezó contra el ataúd tan pesadamente como para golpeando uno de sus delicados soportes. El ataúd cayó al piso, el cristal estalló en miles de pedazos por el golpe.

Desde la abertura del cristal salió el gato de John Mortonson, que perezosamente brincó al piso, sentándose, limpiando tranquilamente su criminal hocico  con la pata delantera, para retirarse con dignidad de la estancia.

La noche del perro - Francisco Tario

Mi amo se está muriendo. Se está muriendo solo, sobre su catre duro, en esta helada buhardilla, adonde penetra la nieve.
Mi amo es un poeta enfermo, joven, muy triste, y tan pálido como un cirio.
Se muere así, como vivió desde que lo conozco: silenciosamente, dulcemente, sin un grito ni una protesta, temblando de frío entre las sábanas rotas. Y lo veo morir y no puedo impedirlo porque soy un perro. Si fuera un hombre, me lanzaría ahora mismo al arroyo, asaltaría al primer transeúnte que pasara, le robaría la cartera e iría corriendo a buscar a un médico. Pero soy perro, y, aunque nuestra alma es infinita, no puedo sino arrimarme al amo, mover la cola o las orejas, y mirarlo con mis ojos estúpidos, repletos de lágrimas.
Quisiera al menos hablarle, consolarle, pues sé que aunque es muy desgraciado, ama la vida, las cosas bellas y claras, el agua, los árboles...
Está tísico y morirá irremediablemente. Yo también lo estoy, pero ello importa poco. Él es un poeta, y yo un perro de la calle. Un perro —como hay tantos— a quien el poeta mantiene y cuida a costa de tremendos sacrificios; un perro que, una cruda noche de invierno, lo asaltó a la puerta de un tugurio, medio muerto de hambre y de fiebre. Me tomó entonces consigo, me condujo a su casa, encendió la estufa y se asomó a mis ojos intranquilamente. Adiviné al punto sus propósitos. Me dijo:
—¿Quieres ser mi amigo?
Aquella noche —y otras muchas— me cedió su leche, su pan duro, sus mantas viejas. Sin embargo, no logré conciliar el sueño, agobiado por la melancolía más terrible.
"¿Qué podría yo hacer para ayudar a este hombre?" —me preguntaba continuamente.
Y esta alma buena que llevamos todos los perros dentro me aconsejó al instante:
"Seguirlo siempre a donde vaya."
Así lo he hecho. No me he apartado de él un segundo. Conozco, pues, todas sus penurias, sus íntimas alegrías, sus versos; conozco su enfermedad, sus pensamientos, sus dudas y todas sus zozobras. Mientras escribe, me acurruco entre sus pies y no oso respirar; mientras duerme, yo duermo; cuando no come, no como yo tampoco; cuando sale a pasear, lo acompaño siempre; vamos muy juntos —él delante, yo detrás— a la orilla del río solitario, durante los atardeceres del estío. Cuando entra a alguna taberna lo aguardo en la puerta y, si sale borracho, lo guío, lo guío a través de los callejones obscuros, tortuosos.
Desdichadamente, el alcohol produce en su organismo desastrosos efectos. En vez de tumbarse a dormir, según acostumbran a hacer otros hombres que conozco, se exaspera, se enfurece. Escribe y rasga luego los papeles; golpea los muebles con sus puños; se asoma a la ventana y gime; desgarra las sábanas y lo destroza todo. Yo escapo hacia cualquier refugio, pero él me busca y, al encontrarme, se quita el cinto, lo sacude en el aire y, con las fuerzas de que es capaz, comienza a golpearme bárbaramente, despiadadamente, hasta hacerme sangrar por la boca.
—¡Bestia! ¡Bestia! —me grita.
Y yo callo sin moverme, soportando los golpes. Veo chorrear mi sangre y me bebo las lágrimas. No protesto. Ni un gruñido impertinente, ni una sola actitud de rebeldía. Pienso en su rostro tan pálido, en sus pulmones enfermos, en su mirada tan honda, y me digo:
"Amalo, ámalo aunque te duelan los golpes."
Y lo amo. ¡Cómo no he de amarlo! Lo amo como a mi propia vida.
Más tarde, sofocado, febril, castañeteando los dientes, se deja caer sobre el catre. Yo salto a su lado y, él, acogiéndome entre sus brazos frágiles, rompe a llorar desesperadamente. —Mi Teddy, mi pobre Teddy... —me dice. Entonces moja en agua su pañuelo sucio y me va limpiando, una a una, las heridas. A continuación, quita las mantas del lecho, cubriéndome con ellas.
—¡Duerme! —prorrumpe sollozando—. No soy sino un malvado borracho. ¿Me perdonas?
Por complacerlo únicamente finjo dormir; pero escucho, escucho los poemas que él me ha escrito y que repite a gritos por la buhardilla, secándose las lágrimas con la manga.
Mi amo se está muriendo, y, como soy un perro, no acierto a impedirlo. No puedo secar el sudor de su frente; no puedo espantar la fiebre que lo consume; no puedo aliviar su respiración ahogada; no puedo ofrecerle ni un vaso de agua. ¡Qué silencio más horrendo el de esta noche de diciembre! ¡Qué quietud y qué nieve más espantosas! ¡Qué infamia la vida! Y yo, un perro, un triste ser inútil, incapaz de algo importante.
Si supiera hablar, le diría:
"Perdóname por haber nacido perro. Perdóname por no poder hacer otra cosa que verte morir. Perdóname. Pero te amo, te amo con un amor como no hay otro sobre la Tierra; como es incapaz de comprender el hombre... el hombre, salvo tú, mi amo. ¡Si supieras las lágrimas que he derramado, viendo el pan duro y la leche agria que almuerzas! ¡Si supieras qué noches de insomnio he pasado bajo tu catre oyéndote toser, toser implacablemente, con esa tos seca y breve que me duele más que todos los golpes sufridos! ¡Si supieras —cuando escapaba de tu lado— cuántas calles he recorrido en busca de un mendrugo, con la esperanza de no quitarte a ti una sola migaja de tu alimento! ¡Si supieras qué enfermo me siento y qué triste! Yo también estoy tísico. Yo también moriré pronto; y si tú mueres, me alegro de hacerlo juntos... ¡Ay! Si tuvieras hijos, mi amo, ellos serían jóvenes y tendrían, a pesar de tu muerte, regocijos mayores que su pesadumbre. Si tuvieras mujer, te olvidaría pronto por otro hombre. Si tuvieras padres, pensarían en sus otros hijos. Si tuvieras amigos, tendrían ellos otros amigos...Tu perro, en cambio, no tiene a nadie sino a ti. Ningunos ojos lo miran, que los tuyos; nadie le sonríe, sino tú; sólo tu calor le alivia; a nadie sigue, sino a ti. Morirás, y él no comerá más, no dormirá más; se entregará a su dolor. ¡Si supieras cómo te amo, te amo!"
Pero no sé hablar. Sólo sé menear la cola y llorar con mis lágrimas estériles. ¿Me permites acariciarte?
Como de costumbre, mi dueño me comprende. Y con esa sensibilidad prodigiosa de poeta y tísico, penetra hasta mis más tenues reflexiones. Me pide ahora, con una voz que escasamente distingo:
—Súbete, Teddy.
Salto y me enrosco junto a él, a sabiendas de que no le inspiro ningún asco. Me espantan, en cambio, sus ojos.
"Es la muerte" —adivino.
Y lo es.
¡Los perros nunca erramos a este respecto! Nuestra mirada ahonda más allá que la de los hombres. Nuestro olfato es más sutil. Tenemos, por otra parte, un don espléndido: la adivinación. Y así es que descubrimos a la muerte, por mucho que ella se esconda: la presentimos en las tinieblas, encaramada sobre las cercas, bajo los puentes, durante las ferias, en la niebla...
Él me dice:
—Tengo frío, Teddy.
Me contraigo aún más y, disimuladamente, esforzándome por no preocuparlo demasiado, le suministro calor con mi aliento. Noto sus manos heladas, flácidas, inmóviles, y evoco esos jardines tan risueños que existen al pie de los palacios y en cuyos macizos crecen altos y frescos los lirios. ¡Pobres manos de poeta! ¡Pobres flores! Pronto, pronto, se cerrarán para siempre.
—Me estoy muriendo —gimes
Respira, con el rostro en alto, y agrega:
—Te quedarás, pues, tan sólito...
Señala con gran trabajo la ventana negra. Me oprime el lomo.
—¿Nos volveremos a ver en algún sitio?
Callamos. Cae sobre el tejado la nieve, silba el viento doloridamente, y yo pienso con angustia en todos los perros del universo: en mis camaradas buenos, la mayoría tan melancólicos, abrumados por esta alma nuestra que nos han dado, demasiado grande por cierto para unos miserables seres que no hablan ni escriben.
—Tengo frío —repite el amo—. Es un frío terrible, créeme.
Y luego:
—Cuenta, mi pobre amigo, qué vas a hacer cuando yo esté en el pozo. Dime con quién te irás, en quién piensas ir dejando esa bondad admirable que no te cabe dentro del pecho... Dime a quién vas a mirar con tus ojos verdes, vivos. Dime quién va a ser tu compañero entonces...
Yo lloro, sin reprimirme.
—¿Te irás, quizá, con algún borracho de esos que maltratan a los animales?
—Callo.
—¿Te irás, di, y me olvidarás? ¿Te olvidarás de este pobre poeta muerto?
Se endereza y vuelve a caer. Tose, tose y solloza, con sus negros ojos extáticos, perdidos en la última noche. Me aprisiona contra él. Hunde sus uñas en mí. Me hiere. Ya no sabe acariciarme. Ya no comprende el placer, la ternura, el dolor. No comprende nada de lo que comprendía tan bien antes. Va olvidándolo todo, trastornándolo todo, todo menos mi nombre.
—Teddy... Teddy... Teddy...
Y se muere.
Nadie podrá creerme, pero es tan inmensa mi soledad y mi horror en estos momentos ¡que para qué mentir ya!
Yo le cerré los ojos cuidadosamente, sin arañarlo, como si tocara una hostia. Yo le cerré la boca y lo cubrí todo entero con las sábanas. Después, tomando entre mis dientes un haz de flores secas y de versos, se los regué encima así, esparcidos por el catre, igual que una bendita nevada. Hecho esto, huí hacia el rincón más cercano —donde duermo a veces— y rompí a aullar, a aullar con el cuello tieso y el alma hecha pedazos, consumiendo las últimas fuerzas de que dispongo.
Cuando los perros aullan, sé que los hombres se asustan: no, no hay nada qué temer. Los perros aullamos del mismo modo que los hombres lloran y hacen otras cosas. Es un hecho sin importancia, enteramente natural, y que a nadie atañe, sino a nosotros mismos. Por ejemplo, yo aúllo ahora porque me encuentro solo, porque siento frío aquí dentro y porque me voy a morir muy pronto. En cuanto lleve a mi amo al camposanto.
Nadie, sino yo, asistió al entierro. Nadie, sino yo, lo vio bajar al pozo, desaparecer bajo la tierra suelta...Y lo he dejado allí, metido en un cajón negro, solo, sin una luz ni una manta. Solo, como no debiera dejarse ni a un perro.
"¡Qué ignominia es la vida! —pienso mientras camino. Y el cementerio queda atrás, coronado por la niebla—. ¡Qué cosa más frágil y cruel! ¡Qué soledad tan pavorosa la de los que se mueren! ¡Qué soledad y negrura las de mi amo! ¡Y cómo amaba la luz, el río, las hojas verdes y luminosas! ¡Cómo temía a la muerte!"
Cierta vez me dijo:
—Quisiera morir en mitad del mar, ahogado de luz y agua.
Como estaba tísico, le horrorizaba esa cosa apretada y dura que es la fosa.
—¿Quién podrá respirar allí, mi buen Teddy?
Pues allí está. Allí, donde lo han echado ahora. Donde la humedad penetra y el sol no. Y sus blancas manos de poeta —sus manos llenas de lágrimas y versos— pronto serán unas impuras raíces, retorcidas como dos culebras. Igual, igual que si jamás hubieran vivido. ¡Qué abandono el mío también! ¡Qué oprobio!
Súbitamente, cuando más abstraído caminaba bajo las hojas que caían, pierdo la noción de las cosas y ruedo largo trecho sobre las piedras. No acierto a descifrar nada, ni escucho otra cosa que el batir anhelante de mi corazón contra el pecho: es sólo por esto último que comprendo que no he muerto. Pero, ¿y esa gente? ¿Y esta lluvia que me duele tanto?
Voy abriendo poco a poco los ojos, notando que sólo uno de ellos me sirve; con el otro distingo apenas un manchón rojo y difuso que palpita o gira, formando círculos luminosos... Siento el vientre como una inmensa boca abierta. Veo pies de hombres, de mujeres, de niños descalzos. Una chimenea alta y negra que humea sobre el cielo gris de la tarde. Un carruaje... otro...
Percibo, demasiado remoto:
—Iba por ahí y lo mató aquel carro.
Descubro al asesino, saltando sobre los charcos. Oigo claxons, claxons, claxons. Y, de pronto, un policía que llega, bestial como un gigante, aparta al grupo de curiosos.
—¿Qué ocurre? —indaga muy fríamente.
—Un perro —contesta alguien.
Y el policía, con su bota de tachuelas, me arroja de tres puntapiés a la cuneta.
Como estoy tísico, muero de frío al amanecer.

La jarra - Ray Bradbury

    Era una de esas cosas que guardan dentro de jarras, en las tiendas de las ferias en las afueras de un pueblito somnoliento. Una de esas cosas pálidas que flotan en plasma de alcohol, y sueñan y dan vueltas y vueltas, de ojos despellejados y muertos que te miran y nunca te ven. De algún modo, son parte del silencio de las últimas horas de la noche, cuando sólo se oye el chirrido de los grillos y las ranas que sollozan en las tierras húmedas. Una de esas cosas que se guardan en jarrones y te revuelven el estómago, como cuando ves un brazo conservado en una vasija de laboratorio.

Charlie le devolvió la mirada un largo rato.

Un largo rato, las manazas rudas y de dedos velludos apretaron la cuerda que retenía a la gente curiosa. Charlie había pagado y ahora miraba.

Se hacia tarde. El tiovivo se adormecía cayendo en un perezoso tintineo mecánico. Los vendedores de entradas fumaban detrás de una tienda y maldecían jugando al poker. Las luces se apagaban y sobre la feria había un resplandor de verano. La gente volvía a las casas en hileras y grupos. En alguna parte atronaba una radio, que se apagaba en seguida, y el cielo de Louisiana se abría en estrellas silenciosas.

No había nada en el mundo para Charlie excepto aquella cosa pálida encerrada en un universo seroso. Boquiabierto, mostrando los dientes, miraba con ojos curiosos, admirados, asombrados.

Alguien caminaba en las sombras, detrás, pequeño, comparado con la estatura desgarbada de Charlie.

—Oh —dijo la sombra, saliendo al resplandor de la luz eléctrica—. ¿Está usted ahí todavía?

—Sí —dijo Charlie como un hombre que habla en sueños.

El dueño de la tienda apreciaba la curiosidad de Charlie. Señaló con un movimiento de cabeza al viejo conocido de la jarra.

—Le gusta a todo el mundo, de un cierto modo, quiero decir.

Charlie se acarició la larga mandíbula huesuda.

—Usted... este... ¿nunca pensó en venderla?

El dueño abrió los ojos, y los cerró en seguida. Gruñó.

—No. Trae clientes. Les gusta ver cosas así. Seguro.

Charlie emitió un "oh" decepcionado.

—Bueno —reflexionó el dueño—, si un hombre tiene dinero, quizá...

—¿Cuánto dinero?

—Si un hombre tiene. .. —El dueño calculó, mirando a Charlie mientras extendía un dedo tras otro.— Si un hombre tuviera tres, cuatro, digamos, quizá siete, ocho...

Charlie asentía cada vez que aparecía un dedo expectante. El dueño elevó entonces el total.

— ...quizá diez dólares, o quizá quince...

Charlie frunció el ceño, preocupado.

El dueño se retractó.

—Digamos que un hombre tuviera doce dólares. —Charlie sonrió.— Bueno, yo podría venderle esa cosa de la jarra —concluyó, el dueño.

—Qué coincidencia —dijo Charlie—. Tengo justo doce dólares en el bolsillo. Y he estado pensando qué pasaría si me llevara algo así, si me llevara a mi casa algo como esto y lo pusiera en el estante, junto a la mesa. La gente iría a verme, estoy seguro.

—Bueno, pues mire usted... —dijo el dueño.

La venta se completó poniendo la jarra en el asiento trasero del carro de Charlie. El caballo sacudió los cascos cuando vio la jarra, y lloriqueó.

El dueño de la tienda abrió los ojos, aliviado, casi.

—Ya estaba cansado de verla, de todos modos. No me dé las gracias. En este último tiempo me venían ideas raras a la cabeza... pero, no me haga caso, soy un fulano charlatán. ¡Adiós, granjero!

Charlie se alejó. Las lámparas desnudas y azules se retiraron como estrellas moribundas; la noche campesina y oscura de Louisiana se extendió alrededor del carro y el caballo. No había nadie excepto Charlie, el caballo que movía acompasadamente los cascos grises, y los grillos.

Y la jarra detrás del asiento alto.

Un chapoteo, adelante y atrás, adelante y atrás. Un movimiento húmedo. Y la cosa gris y fría, que golpeaba el vidrio, somnolienta, y miraba y miraba y no veía nada, nada.

Charlie se inclinó hacia atrás y tocó la tapa. La mano volvió oliendo a un licor raro, cambiada y fría, y temblorosa, excitada. Si, señor, pensó Charlie. ¡Sí, señor!

Un chapoteo, un chapoteo.

En el valle, unos faroles verdes como la hierba y rojos como la sangre echaban una luz polvorienta sobre unos hombres que murmuraban y escupían, sentados en el almacén de ramos generales.

Conocían los crujidos chirriantes del carro de Charlie, y cuando oyeron que se detenía, no movieron los cráneos toscos y de pelo pardo. Los cigarros de los hombres eran luciérnagas, las voces eran murmullos de ranas en una noche de verano.

Charlie se volvió hacia adelante, ansiosamente.

—¡Hola, Clem! ¡Hola. Mult!

—Hola, Charlie. Hola —murmuraron los hombres.

El conflicto político continuó. Charlie lo cortó en seco.

—Tengo algo aquí. ¡Tengo algo que todos ustedes querrán ver!

Los ojos de Tom Carmody centellearon, verdes a la luz de la lámpara, en el porche del almacén. Le parecía a Charlie que Tom Carmody se pasaba la vida a la sombra de los porches, o a la sombra de los árboles, o en los extremos más lejanos de los cuartos, mirándolo a uno con ojos brillantes desde la oscuridad. Uno nunca sabía que cara tenía en ese momento, y los ojos estaban siempre burlándose de uno. Y cada vez que lo miraban a uno se veían de un modo diferente.

-No tienes nada que queramos ver, compadre.

Charlie cerró un puño y lo miró.

—Algo en una jarra —dijo—. Parece un cerebro, parece una medusa de mar en conserva, parece... bueno, ¡vean ustedes mismos!

Alguien quebró un cigarro en una lluvia de cenizas rosadas y fue a mirar. Charlie alió solemnemente la jarra, y a la luz incierta del farol la cara del hombre cambió de pronto.

—Eh, pero . . . ¿qué demonios es eso?

El primer deshielo de la noche. Otros hombres se movieron perezosamente, poniéndose de pie; se inclinaron hacia adelante, y caminaron impulsados por la atracción de la gravedad. No hacían ningún esfuerzo, excepto el de poner un zapato delante de otro para no caer de bruces sobre las caras insólitas. Se amontonaron alrededor de la jarra. Y Charlie, por primera vez en la vida, concibió una oculta estrategia y guardó la jarra.

—¿Quieren ver más? ¡Vayan a mi casal Estará allí —declaró generosamente.

Tom Carmody escupió desde la cueva del porche.

- ¡Ja!

—¡Déjame ver otra vez! —gritó el abuelo Medknowe— . ¿Es un octópodo?

Charlie sacudió la» riendas. El caballo se movió tropezando.

—¡Vengan todos! ¡Serán bienvenidos!

—¿Qué dirá tu mujer?

—¡Nos echará a escobazos!

Pero Charlie y el carro ya estaban del otro lado de la loma. Los hombres, todos, se quedaron de pie, mordiéndose las lenguas, entornando los ojos, vueltos hacia el camino oscuro. Tom Carmody juró entre dientes desde el porche . . .

Charlie subió los escalones de la cabaña y llevó la jarra al trono del vestíbulo, pensando que de ahora en adelante la casucha sería un palacio, con un emperador. ¡Esta era la palabra! Un emperador todo frío y blanco y silencioso que nadaba en una piscina privada, alto en el trono del estante, por encima de la mesa rústica.

La jarra, mientras Charlie miraba, quemó la niebla fría que flotaba sobre la casa, a orillas del pantano.

—¿Qué tienes ahí?

La voz de soprano de Thedy sacó a Charlie de aquel largo ensimismamiento. Thedy, malhumorada, miraba desde la puerta del dormitorio. Tenía el pelo recogido en una trenza detrás de las orejas rojas, y un batón de color azul desvaído le cubría el cuerpo delgado. Los ojos eran también desvaídos, como el batón.

—Bueno —repitió—. ¿Qué es eso?

—¿Qué te parece a ti, Thedy?

Thedy se adelantó apenas, moviendo lentamente, perezosamente el péndulo de las caderas, con los ojos fijos, y los labios entreabiertos mostrando unos felinos dientes de leche.

La cosa pálida y muerta flotaba en el- suero.

Thedy le echó a Charlie una mirada de color azul apagado, luego miró la jarra y otra vez a Charlie, y de nuevo la jarra, y al fin dio una rápida media vuelta.

—Se... se parece... ¡se parece a ti, Charlie! —gritó.

La puerta del dormitorio se cerró de golpe.

La reverberación no perturbó los contenidos de la jarra. Pero Charlie se quedó allí, inmóvil, sintiendo que el corazón le latía frenéticamente. Mucho después, ya tranquilo, le habló a la cosa en la jarra.

—Trabajo la tierra hasta pelarme los huesos todos los años, y Thedy toma el dinero y corre a visitar a sus padres, y se queda allá nueve semanas seguidas. No puedo con ella. Thedy y los hombres del almacén me toman el pelo. No sé cómo dominarla, y sin embargo... ¡trataré!

Filosóficamente, los contenidos de la jarra no aconsejaron nada.

-¿Charlie?

Alguien estaba en la puerta del patio de enfrente.

Charlie se volvió, sorprendido, y rompió en una sonrisa.

Eran algunos de los hombres del almacén.

—Eh... Charlie... nosotros... pensamos... bueno. .. vinimos a echarle una ojeada a... lo que tienes ahí en la jarra esa...

Julio pasó con su calor, y llegó agosto.

Por primera vez en años, Charlie se sentía feliz como una espiga que crece luego de una sequía. Era bueno oír a la noche las botas que aplastaban los pastos, el ruido de los hombres que escupían en la zanja antes de poner los pies en el porche, el ruido de los cuerpos pesados y el crujido de las tablas, y el quejido de la casa cuando aún otro hombro se apoyaba en el marco de la puerta y otra voz decía mientras una muñeca velluda limpiaba unos labios:

—¿Se puede entrar?

En una estudiada indiferencia, Charlie invitaba a los recién llegados. Había sillas, o cajones para todos, o por lo menos alfombras para sentarse en cuclillas. Y cuando los grillos se rascaban las patas con un zumbido de verano, y las ranas hinchaban las gargantas corno señoras con paperas que gritan en la noche, la gente del valle colmaba la sala.

AI principio nadie abría la boca. En esas noches, la primera media hora, mientras la gente entraba y se instalaba, todos se entretenían en armar cigarrillos. Ponían cuidadosamente el tabaco en la hojita de papel, la enroscaban, la golpeaban, como enroscaban y golpeaban los pensamientos y temores y asombros de la noche. Eso les daba tiempo para pensar. Uno podía verles los cerebros que funcionaban detrás de los ojos mientras preparaban los cigarrillos.

Parecían un grupo de fieles en una iglesia pobre. Sentados, en cuclillas, apoyados en las paredes de yeso, se volvían uno a uno, y con una angustia reverente, hacia la jarra del estante.

No clavaban en seguida los ojos. No, volvían la cabeza lentamente, como si miraran alrededor del cuarto, dejando que los ojos se pasearan- por cualquier objeto viejo que se revelase al foco de la conciencia.

Y —sólo por accidente, claro está— los ojos se detenían siempre en el mismo sitio. Al cabo de un rato todos los ojos del cuarto estaban fijos en la jarra como alfileres clavados en un alfiletero increíble. Y sólo se oía un sonido: el de alguien que chupaba una espiga de maíz. O los pies desnudos de los niños que se escurrían por las tablas del porche. Quizá una voz de mujer decía entonces: "Ustedes los niños afuera. ¡Vamos!" Se oía una risita, como un agua suave y rápida, y los pies desnudos corrían a asustar a los sapos.

Charlie estaba delante de todos, naturalmente, en su silla mecedora, con una almohada de tartán bajo el trasero huesudo, meciéndose lentamente, disfrutando de la jarra y las miradas fijas que se había ganado, junto con la jarra.

Thedy había sido vista en un extremo del cuarto entre las otras mujeres, todas grises y calladas, apartadas de los hombres.

Thedy parecía a punto de estallar en un chillido de celos. Pero no decía nada, y miraba a los hombres que se atropellaban en el cuarto y se sentaban a los pies de Charlie, vueltos hacia aquello que parecía el Santo Grial, y apretaba los labios fríos y no hablaba con nadie.

Luego de un período de apropiado silencio, alguien, quizá el viejo abuelo Medknowe de Crick Road, carraspeaba, aclarándose las flemas en alguna caverna profunda, se inclinaba hacia delante, parpadeaba, se humedecía los labios, quizá, y un temblor raro le sacudía los dedos callosos.

Esto era para todos la señal de empezar a hablar. Las orejas se alzaban. La gente se instalaba como cerdos en el barro húmedo, luego de una lluvia.

El abuelo miraba largo rato, se medía los labios con una lengua de lagartija, y luego se echaba hacia atrás y decía como siempre, con voz atenorada de viejo:

—¿Sabe alguien qué es? ¿Sabe alguien si es macho o hembra, o una criatura neutra? Me despierto de noche, me vuelvo en mi jergón, y pienso en la jarra, aquí, en la larga oscuridad. Pienso en esa cosa que flota en un líquido, pacífica y pálida, como una ostra. A veces despierto a Maw, y los dos pensamos...

Mientras hablaba, el abuelo movía los dedos en una estremecida pantomima. Todos miraban el grueso pulgar que tejía en el aire, y los otros dedos ondulantes de uñas anchas.

—… los dos pensamos, acostados. Y sentimos un escalofrío. La noche es sofocante quizá, y los árboles sudan y hace tanto calor que ni siquiera vuelan los mosquitos, pero nosotros sentimos ese escalofrío, de cualquier modo, y damos vueltas en la cama, tratando de dormir…

El abuelo volvía al silencio, como si ese discurso fuera más que suficiente, y dejaba que otra voz expresara el asombro, la angustia, el extrañamiento.

Juke Marmer, de Willow Sump, se enjugaba en las rodillas el sudor de las manos y decía suavemente:

—Recuerdo cuando yo era mocoso. Había una gata en casa que se pasaba el tiempo teniendo cría. Dios todopoderoso, la tenía cada vez que daba un salto y se subía a una cerca... —Juke hablaba con una especial dulzura beatífica, benevolente.— Bueno, regalábamos los gatitos, pero cuando apareció esta camada particular, todos los vecinos tenían ya uno o dos gatitos, de regalo.

"De modo que Ma salió al porche, con una jarra de dos litros, llena de agua hasta el borde. Me dijo: "Juke, ¡tú ahogarás los gatitos!" Me recuerdo aún en el porche, de pie: los gatitos maullaban, moviéndose en círculo, ciegos, pequeños, desamparados, y graciosos. .. empezaban a abrir los ojos. Miré a Ma, y dije: "¡Yo no, Ma! ¡Tú!" Pero Ma se puso pálida y dijo que no había otro remedio, y yo era el único a mano. Y entró a batir una salsa y preparar un pollo. Yo... recogí uno... un gatito. Lo sostuve en las manos. Era tibio. Maullaba apenas, y yo tuve ganas de echar a correr, y no volver más. —Juke asentía con movimientos de cabeza, los ojos brillantes, jóvenes, vueltos hacia el pasado, resucitándolo, modelándolo con palabras, alisándolo con la lengua.— Eché el gatito al agua. El gatito cerró los ojos, abrió la boca, buscando aire. Recuerdo cómo estiraba las uñitas, y sacaba la lengua rosada, y las burbujas subían en fila a la superficie.

"No he olvidado aún cómo flotaba el gatito, cuando todo había terminado, dando vueltas, lentamente y sin preocuparse, mirándome, sin acusarme por lo que yo le había hecho. Pero no me quería tampoco, no. Ahhh...

Los corazones se sobresaltaban. Los ojos iban de Juke a la jarra en el estante, y bajaban, y se alzaban de nuevo, aprensivamente.

Una pausa.

Jadhoo, el negro de Heron Swamp, echaba hacia atrás las órbitas de marfil, como un juglar oscuro. Los nudillos morenos se doblaban y estiraban: langostas vivas.

—¿Saben ustedes qué es esto? ¿No lo saben? Yo les diré. Eso es el centro de la vida, ¡sí, señor!

Sacudiéndose rítmicamente como un árbol, movido por un viento que nadie podía ver, oír o sentir, excepto él mismo, Jadhoo ponía otra vez los ojos en blanco, y parecía que se le iban a soltar en las órbitas. En seguida hablaba con una voz que tejía una trama oscura, tomando a todos por las orejas y metiéndolos en el dibujo.

—De ahí, asomaron una mano, y un pie, y una lengua, y un cuerno, mientras crecían. Una ameba pequeña quizá. Luego un sapo de cuello bolsudo. ¡Si! —Jadhoo se apretó los nudillos.— Se alzó sobre unos huesos blandos, ¡y fue un hombre! ¡El centro de la creación! Eso es la mamá Midbambú de donde nacimos todos, hace diez mil años, ¡créanme!

—¡Hace diez mil años! —murmuraba la abuela Garnation.

—Es vieja. ¡Mírenla! No se preocupa. Sabe lo que hace. Flota como una costilla de cerdo en una sartén. Tiene ojos para ver, pero no parpadean, no miran enojados, ¿no es cierto? No, señor. Sabe lo que hace. Sabe que nosotros venimos de ahí, y volvemos ahí.

—¿De qué color tiene los ojos?

—Grises.

—¡No, verdes!

-¿De qué color tiene el pelo? ¿Castaño?

—¡Negro!

—¡Rojo!

-iNo! ¡Gris!

Entonces Charlie daba su fatigada opinión. Algunas noches decía lo mismo que la noche antes. No importaba. Cuando uno dice lo mismo noche tras noche en pleno verano, siempre suena distinto. Los grillos lo cambian. Las ranas lo cambian: La cosa en la jarra lo cambia. Charlie decía:

—Un hombre se pierde en el pantano, o un muchacho quizá, y se pasa allí los años dando vueltas, entrando en los abismos de noche, y la piel se le pone pálida y se enfría y se encoge. Lejos del sol se marchita y reduce y al fin se queda ahí tendido, como una especie de nata, como una larva que duerme en el agua fangosa. Bien, ¡quizá esto sea alguien que conocemos! Alguien con quien hablamos una vez...

Un siseo entre las mujeres, en las sombras. Una mujer se ponía de pie, los ojos negros y brillantes, buscando palabras. Se llamaba señora Thidden y murmuraba:

—Muchos niñitos corren desnudos al pantano todos los años. Corren y no vuelven. Yo misma casi me pierdo un día. Yo... yo perdí así a mi niñito, Foley. No dirá usted... no dirá usted...

El aliento se quedaba en las narices, constreñido, apretado. Las bocas se doblaban en las comisuras, estiradas por músculos duros. Las cabezas se volvían sobre unos cuellos de tallos de apio, y los ojos leían el horror y la esperanza de la señora Thidden. El cuerpo de la señora Thidden, duro como el alambre, se apo¬yaba de espaldas en la pared, sosteniéndose con las puntas de los dedos.

—Mi nene —murmuraba, jadeando—. Mi nenito. Mi Foley. ¡Foley! ¡Foley! ¿eres tú? ¡Foley! Foley, dime, niñito, ¿eres tú?

Todos retenían el aliento, mirando la jarra.

La cosa de la jarra no decía nada. Se contentaba con mirar fijamente por encima de la multitud, y allá dentro, en los huesos, un jugo secreto de miedo corría como una rana de primavera, y la serenidad y la certidumbre resuelta y la humildad fácil eran mordidas y devoradas por ese jugo y se disolvían en un torrente. Alguien gritó.

—¡Se mueve!

—No, no. Te engañan los ojos.

—¡Es verdad! —gritó Juke—. Vi que se movía como un gatito muerto.

—Cálmate. Está muerta desde hace mucho. Quizá desde antes que nacieras.

—¡Me hizo una señal —chilló la señora Thidden—. ¡Es mi Foley! ¡Mi niñito! ¡Tenía tres años! ¡Mi niñito que se extravió y desapareció en el pantano!

Un sollozo quebrado.

—Vamos, señora Thidden. Vamos. Tranquilícese. Domínese. No es su niñito ni el mío. Vamos.

Una de las mujeres abrazó a la señora Thidden y los sollozos se apagaron y fueron una respiración convulsiva y un aleteo en los labios, y un temblor de mariposa: el roce temeroso del aliento.

Cuando todo estuvo tranquilo otra vez, la abuela Carnation, con una marchita flor rosada en el pelo gris que le caía sobre los hombros, chupó la pipa que tenía en la boca y habló alrededor de la boquilla sacudiendo la cabeza de modo que los cabellos le bailaban a la luz.

—Tanta charla y tanta palabrería. Como si fuésemos a averiguar alguna ve? qué es eso. Como si no fuese cierto que no queremos saberlo. Es como los trucos de los magos en las ferias. Una vez que se descubre la trampa, se acabó la diversión. ¿No venimos aquí cada diez noches, y charlamos todos, y siempre hay algo que decir? Pues si supiéramos que es esa cosa condenada, ¡no habría de qué hablar!

—¡Bueno, maldición! —rugió una voz de toro—. ¡No creo que sea nada! Tom Carmody.

Tom Carmody de pie, como siempre, en las sombras. Afuera en el porche, espiando el interior de la casa, con una sonrisa burlona en los labios. La risa de Carmody entró en Charlie como el aguijón de una avispa, Thedy había preparado la escena. Thedy estaba tratando de matar la vida nueva de Charlie, ¡si!

—Nada —repitió Carmody roncamente—. No hay nada en esa jarra. Sólo un pedazo de medusa de mar, ¡una extravagancia maloliente y podrida!

—No seas celoso, primo Carmody —dijo Charlie, lentamente.

—¡Ja! —gruñó Carmody—. He venido a ver cómo un montón de tontos charlan sobre nada. Habrán notado que nunca puse el pie adentro. Me voy para casa ahora. ¿Alguien viene conmigo?

Nadie le ofreció compañía a Carmody. Se rió otra vez, como si esto fuese un chiste más gracioso (a qué extremos podía llegar la gente), mientras Thedy se clavaba las uñas en las palmas de las manos allá en un rincón del cuarto. Charlie vio que a Thedy se le torcía la boca, una boca fría, y no podía hablar.

Carmody, todavía riéndose, taconeó en el porche, y se fue con el sonido de los grillos. La abuela Carnation clavó las encías en la pipa. —Como decía antes de la tormenta, esa cosa del estan¬te, ¿por qué no puede tener algo de... todas las cosas? Muchas cosas. Todas clases de vida... muerte... no sé. Lluvia y sol, y abono y jalea, todo eso junto. Hierbas y víboras y niños y niebla y todas las noches y días en el cañaveral muerto. ¿Por qué ha de ser una cosa? Quizá sea montones.

Y la charla transcurrió tranquilamente durante otra hora y Thedy se deslizó a la noche detrás de Tom Carmody, y Charlie empezó a sudar. Estaban metidos en algo, esos dos. Planeaban algo. Charlie sudó calor todo el resto de la noche...

La reunión terminó tarde, y Charlie se fue a la cama confundido. La reunión había estado bien, ¿pero qué pasaba con Thedy y Tom?

Luego, cuando ciertas bandadas de estrellas descendieron por el cielo señalando el tiempo que seguía a la medianoche, Charlie oyó el susurro de las hierbas altas apartadas por el péndulo de las caderas de Thedy. Los tacos puntearon en el porche, y luego en la casa, en el dormitorio.

Se tendió en silencio en la cama, mirando a Charlie con ojos de gato. Charlie no podía verlos, pero sentía la mirada.

—¿Charlie?

Charlie esperó.

Luego dijo:

—Estoy despierto.

Luego Thedy esperó.

-¿Charlie?

-¿Qué?

—Apuesto que no sabes dónde he estado. Apuesto que no lo sabes.

La voz de Thedy era como una canción irrisoria y débil en la noche.

Charlie esperaba.

Thedy esperó también, de nuevo. Sin embargo, no pudo esperar demasiado, y continuó:

—He estado en la feria de Cape City. Tom Carmody me llevó allá. Nosotros... hablamos con el dueño de la feria, Charlie, sí, ¡si!

Y Thedy se rió de algún modo, entre dientes, secre¬tamente. Charlie se sentía frío como el hielo. Se levantó apoyándose en un codo.

—Descubrimos qué es esa cosa que tienes en la jarra, Charlie —dijo Thedy, insinuante.

Charlie se derrumbó en la cama, llevándose las ma¬nos a las orejas.

—¡No quiero oír!

—Oh, pero tienes que oír, Charlie. Es un buen chiste. Oh, es divertido, Charlie —siseó Thedy.

—Vete —dijo Charlie.

— ¡Oh! No, no, señor Charlie. Cómo, no, Charlie...

querido. ¡No hasta que te lo diga!

— ¡Fuera!

—¡Un momento! Hablamos con el dueño, y él... él se quería morir de risa. Dijo que habla vendido la jarra y lo que había dentro a un... granjero... por doce dólares. ¡Y todo no vale más de dos dólares!

La risa floreció en la oscuridad, directamente de la boca de Thedy, una temible especie de risa.

Thedy concluyó, rápidamente.

—¡Es sólo basura, Charlie! ¡Goma, papel secante, seda, algodón, ácido bórico! ¡Nada más! ¡Un armazón de metal adentro! Nada más, Charlie. ¡Nada más! -chilló Thedy.

— ¡No, no!

Charlie se sentó rápidamente, desgarrando las sába¬nas con los dedazos, rugiendo, rugiendo:

— ¡No quiero oír! ¡No quiero oír!

—Espera a que los otros sepan cómo todo es un en¬gaño. ¡Como se reirán! Se desternillarán de risa.

Charlie la tomó por las muñecas.

—No les dirás nada.

—No querrás que sea una mentirosa, ¿eh, Charlie?

Charlie la empujó, apartándola.

—Déjame solo. ¡Fuera! Fuera, ¡malvada y celosa de todo lo que hago! Perdiste los estribos cuando traje la jarra. ¡No podías dormir si no arruinabas las cosas!

Thedy se rió.

—Entonces no se lo diré a nadie —dijo.

Charlie la miró fijamente.

—Estropeaste mi diversión. Eso es lo que cuenta. No importa si se lo dices o no a los otros. Yo lo sé. Y no me divertiré más. Tú y ese Tom Carmody. Cómo me gustaría ahogarle esa risa. ¡Se ha reído de mí durante años! Bueno, cuéntaselo a los otros, al resto... ¡diviértete tú también!

Charlie se apartó, colérico, tornó violentamente la jarra, de modo que el líquido se sacudió dentro, y ya iba a arrojarla afuera cuando se detuvo, temblando, y la depositó suavemente en la mesa alta. Se inclinó sobre la jarra, sollozando. Si perdía esto, perdía el mundo. Y estaba perdiendo a Thedy también. Cada mes que pasaba. Thedy bailaba un poco más lejos, burlándose de él, tomándole el pelo. Durante muchos años las caderas de Thedy habían sido el péndulo que le había marcado a Charlie el tiempo de la vida. Pero otros hombres —Tom Carmody, por ejemplo— estaban midiendo el tiempo con el mismo péndulo.

Thedy estaba esperando a que Charlie destrozara la jarra. Pero Charlie la acariciaba una y otra vez, hasta que al fin se tranquilizó. Pensó en las veladas largas y amables del último mes, esas animadas veladas de charla y amigos, que se movían por el cuarto. Esto por lo menos estaba bien, aunque no hubiera otra cosa.

Charlie se volvió lentamente hacia Thedy. La había perdido para siempre.

—Thedy, no fuiste a la feria.

-Sí, fui.

—Estás mintiendo —dijo Charlie, en calma.

—¡No, no miento!

—En... en esta jarra... tiene que haber algo. Algo además de esa basura que dices. Mucha gente piensa que hay algo ahí, Thedy. No puedes negarlo. Ese hombre de la feria miente, si es que hablaste con él. —Char¬lie tomó aliento, largamente, y dijo:— Ven, Thedy.

—¿Qué quieres? —preguntó Thedy, de mal humor.

—Ven aquí. —Charlie dio un paso hacia la mujer.— Ven aquí.

—No te acerques, Charlie.

—Sólo quiero mostrarte algo, Thedy. —La voz de Charlie era dulce, grave, insistente.— Aquí, gatito. Aquí, gatito, gatito, gatito... ¡Aquí, gatito!

Otra noche, una semana después. Llegaron el abuelo Medknowe y la abuela Carnation, seguidos por el joven Juke y la señora Thidden, y Jadhoo, el hombre de color. Seguidos por todos los otros, jóvenes y viejos, dulces y amargos, que se instalaban en las sillas, crujientes, todos con su idea, esperanza, miedo, y asombro. Y todos apartando los ojos del estante y diciéndole hola en voz baja a Charlie.

Esperaron a que llegaran los otros. En el brillo de los ojos uno podía ver que todos encontraban algo distinto en la jarra, algo de la vida pálida que sigue a la vida, y de la vida en la muerte y de la muerte en la vida, todos con su historia, su signo, su línea, familiar y vieja, pero nueva.

Charlie estaba solo.

—Hola, Charlie. —Alguien echó una mirada al dor¬mitorio vacío.— ¿Tu mujer otra vez visitando a sus padres?

—Sí, se ha ido a Tennessee. Volverá en un par de semanas. No se puede quedar en un sitio. Ya la conoces a Thedy.

—Siempre dando saltos por ahí, esa mujer.

Voces suaves que hablaban, serenas, y luego de pronto, caminando por el porche oscuro y mirando a la gente y con los ojos brillantes, llegó... Tom Garmody.

Torn Carmody se quedó de pie en el umbral, las rodillas débiles y temblorosas, los brazos colgando y temblando a los costados, los ojos claros. Tom Carmody no se atrevió a entrar. Tom Carmody, boquiabierto, pero sin sonreír. Los labios húmedos y tirantes, la cara pálida como tiza, como si hubiese estado enfermo mucho tiempo.

El abuelo alzó los ojos a la jarra, carraspeó y dijo:

—Caramba, nunca lo había visto tan claramente. Tiene los ojos azules.

—Siempre tuvo los ojos azules —dijo la abuela Carnation.

—No —lloriqueó el abuelo—. No, eran castaños la última vez que estuve aquí. —Parpadeó.— Y otra cosa... le crecieron unos pelos... castaños. ¡No tenía pelos castaños antes!

—Sí, sí, los tenía —suspiró la señora Thidden.

—¡No, no!

-¡Sí, sí!

Tom Carmody se estremeció en la noche de verano, mirando fijamente la jarra. Charlie, alzando los ojos hacia la jarra, todo paz y serenidad, seguro de su vida y de sus pensamientos. Tom Carmody, solo, viendo cosas en la jarra que nunca había visto antes. Todos veían lo que querían ver: todos los pensamientos se sucedían en una lluvia rápida.

Mi niñito, mi riiñito, pensaba la señora Thidden.

Un cerebro, pensaba el abuelo.

El hombre de color se apretaba los nudillos. ¡Mamá Midibambú!

Un pescador fruncía los labios. ¡Una medusa de mar! ¡Gatito! ¡Aquí! ¡gatito, gatito, gatito! Los pensamientos se ahogaban clavando las garras en los ojos de Juke. ¡Gatito!

¡Todo y nada!, chillaba el pensamiento de la abuela. ¡La noche, el pantano, la muerte, las cosas pálidas, las cosas húmedas del mar!

Silencio. Y luego el abuelo murmuraba:

—Me pregunto. Me pregunto si será macho o hembra o una criatura neutra.

Charlie alzaba los ojos, satisfecho, golpeando el cigarrillo, llevándoselo a la boca. Luego miraba a Tom Carmody, que ya nunca sonreía, en la puerta.

—Me parece que nunca lo sabremos. Sí, nunca lo sabremos.

Charlie sacudía la cabeza lentamente y se instalaba con sus huéspedes, mirando, mirando.

Era una de esas cosas que guardan dentro de jarras en las tiendas de las ferias en las afueras de un pueblito somnoliento. Una de esas cosas pálidas que flotan en plasma de alcohol, y sueñan y dan vueltas y vueltas, de ojos despellejados y muertos que te miran y nunca te ven.