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La muchacha de oro - Ellis Peters

-Shakespeare... - dijo el sobrecargo, pensativo, mientras tomaba su segunda cerveza después de salir del teatro -. Desde luego, este año sólo se representa a Shakespeare. Sin embargo, él también plagió lo suyo. Eso de "mis ducados y mi hija"... Hubo otro tipo que escribió eso mucho mejor. Una vez la obra se llamaba El judío de Malta, y el autor era un tal Marlowe. "¡Oh, fortuna, oh, muchacha! ¡Oh, belleza! ¡Oh, mi dicha!" Esta noche, viendo El Mercader, me he acordado. Y de un caso real que conocí... sólo que ella no era su hija, ni mucho menos.

"Entonces era yo un jovenzuelo inexperto, y servía a las órdenes del viejo McLean, en el Áurea. De esto hará... bueno, unos diez años o así. Algunas veces sueño con ello, aunque ahora no me ocurre con tanta frecuencia. Ibamos a zarpar a Liverpool con destino a Bombay. Era mi tercera travesía. Aquella pareja llegó durante el bullicio anterior a la salida, y, no obstante, nadie dejó de fijarse en ellos a causa de la chica. 

"¡Era tan increíblemente bonita, con su cabello rubio como el oro y sus ojos azul claro! Además, ¡estaba tan enternecedoramente embarazada...! Ya saben, esos blusones sueltos, y luego los finísimos brazos colgando a ambos lados del abultado cuerpo. Y el cuidadoso y levemente desmañado andar, equilibrando el peso. Subió lentamente las escalerillas, aferrándose a la baranda. Uno podía notar que todos los hombres que había alrededor se contenían para no correr a ayudarla.

"La pareja se dirigía a Bombay, donde, probablemente, el marido iba a hacerse cargo de algún delicado empleo. El hombre tendría unos cuarenta años, contra los veintidós o así de ella. Sin embargo, en él también había algo. Al cabo de una hora de zarpar, todas las mujeres tenían los ojos fijos en él. Era un tipo alto y atractivo, moreno, silencioso y con aspecto experimentado. Mostraba hacia su mujer una actitud tan solícita que el resto de las esposas de a bordo se pusieron verdes de envidia. 

"Inmediatamente supusieron que se trataba de un vividor reformado. Un donjuán que había encontrado su chica. ¡Que intentasen apartarle de ella! Antes de que terminase el viaje hubo muchas que trataron de hacerlo. Pero no. Por lo que a él respectaba, en el barco no había otra mujer que su esposa. Durante los diecisiete días de la travesía no se apartó de su lado, y siempre con aquella ansiosa expresión en la cara.
 
"A los dos días de navegación realizamos un simulacro de naufragio. Siempre lo hacíamos, aunque nunca esperábamos que colaborasen más de la mitad de los pasajeros, sobre todo en aquella época del año y con el mar tan calmado como suele mostrarse a veces. Yo era el oficial a cargo del bote salvavidas que correspondía a la pareja, y cuando sonó la primera sirena me cuidé de pasar cerca de su camarote. 

"El hombre no estaba, había ido a la biblioteca, a buscar unos libros para su esposa. Tuve el placer de ayudarla a colocarse el chaleco salvavidas. Como la mayor parte de las mujeres, no tenía ni idea de cómo ponérselo, con instrucciones o sin ellas.

"Bajo la amplia túnica, el cuerpo de la muchacha parecía menos abultado. Sólo un poco más grueso de lo que debía de ser en circunstancias normales. Al menos, eso me pareció. Por la forma que la joven tuvo de darme las gracias hubiera estado yo dispuesto a saltar por la borda, si eso fuese a complacerla. 

"Sí, se encontraba bien. Sí, subiría al puente y colaboraría, como los demás. Y lo hizo. Era como una niña entregada a un juego, la más alegre de todos los falsos náufragos. Su marido llegó pronto al rescate, ansioso de aislarla de nosotros y de cuidar de ella él mismo. No hubo un solo hombre que no envidiara sus derechos.

"Y así durante toda la travesía. En nuestras proyecciones cinematográficas, los dos se sentaban en un tranquilo rincón, con las manos juntas. Las mujeres suponían que no llevaban mucho tiempo casados. Sin duda él aún no se había repuesto del feliz shock de conseguirla, y casi no podía creer en su suerte.


"Casi la mitad de los pasajeros descendieron en Karachi. Como de costumbre, seguimos hacia Bombay rodeados de un ambiente más tranquilo y apagado. Y aquella noche, alrededor de las doce, estalló el fuego.


"Se estaba celebrando un baile. Para suavizar el efecto de las separaciones, siempre programamos algo divertido. Debido a la fiesta no conseguimos averiguar cómo empezó la cosa. Lo único que sé es que, de pronto, comenzaron a sonar alarmas bajo los puentes e, inexplicablemente, ninguna arriba, en los salones y bares. 

"La música prosiguió, y en la cubierta de botes la gente continuaba en la piscina mucho después de que, abajo, casi reinase el pánico. Las comunicaciones se hicieron imposibles, ya que el sistema de altavoces se desbarató. Antes de que hubiera transcurrido el tiempo necesario para decir «amén», todo estaba lleno de humo. 

"Diez minutos más tarde aquello era ya un caos. Nadie podía transmitir órdenes más allá del alcance de su voz. Y una vez a la gente le hubo entrado el miedo, ese alcance no abarcaba mucho.

"En realidad, no se trató de pánico. Los pasajeros formaban un conjunto bastante consciente, y se hubieran portado de maravilla si hubiese habido alguna forma de indicarles lo que debían hacer. Pero no la había, porque no disponíamos de suficientes oficiales para andar de grupo en grupo. Algunas veces la confusión y el desconcierto pueden producir los mismos resultados que el pánico. 

"
Los pasajeros más capaces y conscientes, que siempre están dispuestos a ayudar, por falta de instrucciones, hacen las peores cosas. Y los otros no lograban más que estorbarlos a ellos y a nosotros. ¿Qué medidas podían tomarse? Gracias a Dios, el mar estaba en completa calma y dos o tres barcos habían recibido nuestras llamadas de auxilio y acudían al rescate.

"Las cosas tenían que suceder como ocurrieron. El fuego se extendió a velocidad prodigiosa y el barco empezó a escorar. Empujamos a todo el mundo a cubierta, les hicimos poner los chalecos salvavidas y comenzamos a arriar los botes. Nunca olvidaré el escándalo que reinaba. Nadie se puso histérico, pero todos gritaban.


"Comencé a recorrer, entre el humo, el puente B., abriendo las puertas de los camarotes para recoger a los rezagados. Con una mano agarraba a una mujer y, a mi espalda, un camarero de Goa arrastraba a dos más. Abrí la puerta de la cabina cincuenta y seis. Allí estaba la muchacha de oro, aferrada a su marido. Sus grandes ojos parecían enormes lagos grises en los que se reflejaba un asombrado terror. 

"Los dos estaban lidiando desmañadamente con el chaleco salvavidas de ella. El del hombre se encontraba en la litera baja. Le grité, furiosamente, que se diera prisa en ponerle a su mujer el chaleco. Luego, tan pronto como concluyó, aferré a la muchacha con mi mano libre. La chica, dando traspiés, me siguió por las escalerillas. 

"Su paso era tan lento y dificultoso como el de una anciana. Incluso tuve tiempo de sangrar un poco interiormente ante la sola idea de que estaba maltratándola. Pero, ¡caramba!, teníamos prisa. Bajo nuestros pies, el Áurea se inclinaba cada vez más, hundiéndose en el tranquilo océano. El barco no iba a durar mucho.


"Bueno, pese al pandemonio que reinaba en cubierta, conseguí llevar a la pareja hasta su lancha. Para entonces, cerca de nuestro buque había ya un petrolero que lanzaba sus botes para acudir al rescate. Sobre las oscuras aguas brillaban las luces de los faros de búsqueda. En aquel momento el puente comenzó a ladearse, tomando una posición casi vertical que nos lanzó hacia la barandilla. 

"Las mujeres gritaron, colgándose de lo primero que les vino a mano. Pensé que todo había acabado; pero el Áurea volvió a enderezarse en parte. Sin embargo, el bote se escurrió, deslizándose hacia popa, donde quedó trabado. Comprendí que ya no podríamos utilizarlo. Algunos de los otros estaban ya en el agua, a cierta distancia, seguros y esperando la oportunidad de ayudarnos en lo que pudieran cuando zozobrásemos. 

"En la oscuridad, más barcos se acercaban al petrolero, dispuestos también a colaborar. Uno se había aproximado más que los restantes, y desde él nos llamaban. Les respondí a gritos, y el vapor se acercó aún más. Aferré por el brazo a la muchacha de oro. Tenía en mi mano dos vidas... ya saben lo que es eso.


"El marido de la chica, hecho una furia, lanzó un alarido y agarró con todas sus fuerzas a su mujer, gritando algo que, a causa del barullo general, no comprendí. No había tiempo de convencer a nadie de nada, así que, para apartarle, le puse la mano contra la barbilla y le di un fuerte empujón. A la fuerza, soltó a su esposa. 

"Luego tomé en brazos a la chica, la alcé sobre la baranda y, con mucho cuidado y delicadeza, la dejé caer en el sitio donde estaría más segura: el mar, a pocos metros de los botes que habían sido arriados del barco que se encontraba más próximo. El oficial a quien yo había saludado se inclinaba ya para recoger a la muchacha.


"Entonces ocurrieron dos cosas con las que aún sueño a veces, cuando me encuentro indispuesto. Su esposo lanzó un grito digno de un alma en pena, un sonido que nunca olvidaré, y, aullando, fue hasta la baranda y saltó sobre ella. Y la muchacha, la chica de oro... ¡Dios mío...! Al caer al agua se hundió como una piedra.


"Su rostro estuvo un segundo vuelto hacia arriba, demudado, mirándome con aquellos ojos perdidos y aterrados hasta que las aguas se cerraron sobre él. La muchacha se hundió y no volvió a reaparecer.


"Me costó un minuto entero darme cuenta de lo que había ocurrido. Pueden imaginárselo. Luego me tiré al agua y me sumergí en busca de la mujer, bajando, bajando cada vez más; una y otra vez, hasta que, a la fuerza, me izaron a un bote. No pude encontrada. No obstante hubo un momento en que me pareció veda, hundiéndose mucho más abajo de donde me hallaba. 

"Creo recordada con los cabellos erizados, de ojos llenos de horror... Su boca daba la impresión de emitir un silencioso alarido. ¿Cuál era su nombre? Sería agradable pensar que sólo imaginé todo aquello. Y, mejor aún, olvidado. El caso es que no logro hacer ninguna de las dos cosas.


"Para aquellos instantes, del marido tampoco quedaba nada, excepto el chaleco salvavidas, que flotaba mansamente en el lugar donde se lo había arrancado para bucear en busca de la joven. Si el vórtice que produjo el Áurea al hundirse no hubiera revuelto el fondo y hecho subir a la superficie cuanto había hundido, nunca hubiéramos encontrado a ninguno de los dos. 

"El petrolero aún tenía unos cuantos botes en el agua. Uno de ellos recogió el cuerpo de la chica, aprovechando su momentánea. salida a la superficie. Al hombre nunca lo hallamos.


"Fue el encontrarla a ella y lo que llevaba sobre el cuerpo, lo que hizo intervenir en el asunto a la Interpol.


"La muchacha no estaba casada con el hombre, desde luego. Era una modelo profesional y actriz de pequeños papeles que el tipo había recogido en algún club nocturno. Tampoco estaba embarazada. Lo único que, a mi entender, no era falso, era la solícita actitud del hombre hacia su compañera. 

"Nunca la había empleado antes. Todos los cargamentos anteriores los había pasado por aire, mediante otros portadores. El último debía haber sido un trabajo fácil, un crucero de placer con una hermosa recompensa al final. Se trataba de un negocio muy provechoso. Creo que no pensaban repetirlo.


"Una vez acabado el primer simulacro de naufragio, el material que ella había subido a bordo metido en una bolsa oculta por su ancho traje de embarazada, pasó a quedar escondido en el chaleco salvavidas de la muchacha. ¿Un lugar absurdo? Bien, les diré una cosa: nadie cree nunca que va a necesitar imperiosamente ese maldito chaleco. Nadie. Así que, a fin de cuentas, no era un lugar tan estúpido. 

"De esa forma, la chica podía disfrutar de comodidad hasta volver a recoger su carga, al llegar a Bombay. Una vez allí la transportaría tiernamente a tierra por entre los empleados de la aduana. La pareja dejó para la última noche el trabajo de trasladar el "paquete" a su escondite original, y el incendio les pescó desprevenidos.


"Desde luego, el hombre podía haberse quedado con el chaleco pesado y dar el suyo a la muchacha. Quizá lo hubiera hecho, de no haber intervenido yo. O puede que no. Después de todo, la chica no era más que una profesional que realizaba un trabajo para él. Una vez en el bote, se hubiera encontrado segura. 

"Y, siguiera lo que siguiese, era ella, con su pasmosa belleza y su desarmante estado, la que hubiera recibido el mejor trato y la que hubiese tenido más posibilidades de volver a esconder la carga y de meterla en la India sin apenas arriesgarse.


"Aún me pregunto cuál fue la verdadera causa que hizo que aquel hombre se arrojara al agua, si la muchacha, o los quince kilos de oro que había en el interior del chaleco salvavidas.

La noche del perro - Francisco Tario

Mi amo se está muriendo. Se está muriendo solo, sobre su catre duro, en esta helada buhardilla, adonde penetra la nieve.
Mi amo es un poeta enfermo, joven, muy triste, y tan pálido como un cirio.
Se muere así, como vivió desde que lo conozco: silenciosamente, dulcemente, sin un grito ni una protesta, temblando de frío entre las sábanas rotas. Y lo veo morir y no puedo impedirlo porque soy un perro. Si fuera un hombre, me lanzaría ahora mismo al arroyo, asaltaría al primer transeúnte que pasara, le robaría la cartera e iría corriendo a buscar a un médico. Pero soy perro, y, aunque nuestra alma es infinita, no puedo sino arrimarme al amo, mover la cola o las orejas, y mirarlo con mis ojos estúpidos, repletos de lágrimas.
Quisiera al menos hablarle, consolarle, pues sé que aunque es muy desgraciado, ama la vida, las cosas bellas y claras, el agua, los árboles...
Está tísico y morirá irremediablemente. Yo también lo estoy, pero ello importa poco. Él es un poeta, y yo un perro de la calle. Un perro —como hay tantos— a quien el poeta mantiene y cuida a costa de tremendos sacrificios; un perro que, una cruda noche de invierno, lo asaltó a la puerta de un tugurio, medio muerto de hambre y de fiebre. Me tomó entonces consigo, me condujo a su casa, encendió la estufa y se asomó a mis ojos intranquilamente. Adiviné al punto sus propósitos. Me dijo:
—¿Quieres ser mi amigo?
Aquella noche —y otras muchas— me cedió su leche, su pan duro, sus mantas viejas. Sin embargo, no logré conciliar el sueño, agobiado por la melancolía más terrible.
"¿Qué podría yo hacer para ayudar a este hombre?" —me preguntaba continuamente.
Y esta alma buena que llevamos todos los perros dentro me aconsejó al instante:
"Seguirlo siempre a donde vaya."
Así lo he hecho. No me he apartado de él un segundo. Conozco, pues, todas sus penurias, sus íntimas alegrías, sus versos; conozco su enfermedad, sus pensamientos, sus dudas y todas sus zozobras. Mientras escribe, me acurruco entre sus pies y no oso respirar; mientras duerme, yo duermo; cuando no come, no como yo tampoco; cuando sale a pasear, lo acompaño siempre; vamos muy juntos —él delante, yo detrás— a la orilla del río solitario, durante los atardeceres del estío. Cuando entra a alguna taberna lo aguardo en la puerta y, si sale borracho, lo guío, lo guío a través de los callejones obscuros, tortuosos.
Desdichadamente, el alcohol produce en su organismo desastrosos efectos. En vez de tumbarse a dormir, según acostumbran a hacer otros hombres que conozco, se exaspera, se enfurece. Escribe y rasga luego los papeles; golpea los muebles con sus puños; se asoma a la ventana y gime; desgarra las sábanas y lo destroza todo. Yo escapo hacia cualquier refugio, pero él me busca y, al encontrarme, se quita el cinto, lo sacude en el aire y, con las fuerzas de que es capaz, comienza a golpearme bárbaramente, despiadadamente, hasta hacerme sangrar por la boca.
—¡Bestia! ¡Bestia! —me grita.
Y yo callo sin moverme, soportando los golpes. Veo chorrear mi sangre y me bebo las lágrimas. No protesto. Ni un gruñido impertinente, ni una sola actitud de rebeldía. Pienso en su rostro tan pálido, en sus pulmones enfermos, en su mirada tan honda, y me digo:
"Amalo, ámalo aunque te duelan los golpes."
Y lo amo. ¡Cómo no he de amarlo! Lo amo como a mi propia vida.
Más tarde, sofocado, febril, castañeteando los dientes, se deja caer sobre el catre. Yo salto a su lado y, él, acogiéndome entre sus brazos frágiles, rompe a llorar desesperadamente. —Mi Teddy, mi pobre Teddy... —me dice. Entonces moja en agua su pañuelo sucio y me va limpiando, una a una, las heridas. A continuación, quita las mantas del lecho, cubriéndome con ellas.
—¡Duerme! —prorrumpe sollozando—. No soy sino un malvado borracho. ¿Me perdonas?
Por complacerlo únicamente finjo dormir; pero escucho, escucho los poemas que él me ha escrito y que repite a gritos por la buhardilla, secándose las lágrimas con la manga.
Mi amo se está muriendo, y, como soy un perro, no acierto a impedirlo. No puedo secar el sudor de su frente; no puedo espantar la fiebre que lo consume; no puedo aliviar su respiración ahogada; no puedo ofrecerle ni un vaso de agua. ¡Qué silencio más horrendo el de esta noche de diciembre! ¡Qué quietud y qué nieve más espantosas! ¡Qué infamia la vida! Y yo, un perro, un triste ser inútil, incapaz de algo importante.
Si supiera hablar, le diría:
"Perdóname por haber nacido perro. Perdóname por no poder hacer otra cosa que verte morir. Perdóname. Pero te amo, te amo con un amor como no hay otro sobre la Tierra; como es incapaz de comprender el hombre... el hombre, salvo tú, mi amo. ¡Si supieras las lágrimas que he derramado, viendo el pan duro y la leche agria que almuerzas! ¡Si supieras qué noches de insomnio he pasado bajo tu catre oyéndote toser, toser implacablemente, con esa tos seca y breve que me duele más que todos los golpes sufridos! ¡Si supieras —cuando escapaba de tu lado— cuántas calles he recorrido en busca de un mendrugo, con la esperanza de no quitarte a ti una sola migaja de tu alimento! ¡Si supieras qué enfermo me siento y qué triste! Yo también estoy tísico. Yo también moriré pronto; y si tú mueres, me alegro de hacerlo juntos... ¡Ay! Si tuvieras hijos, mi amo, ellos serían jóvenes y tendrían, a pesar de tu muerte, regocijos mayores que su pesadumbre. Si tuvieras mujer, te olvidaría pronto por otro hombre. Si tuvieras padres, pensarían en sus otros hijos. Si tuvieras amigos, tendrían ellos otros amigos...Tu perro, en cambio, no tiene a nadie sino a ti. Ningunos ojos lo miran, que los tuyos; nadie le sonríe, sino tú; sólo tu calor le alivia; a nadie sigue, sino a ti. Morirás, y él no comerá más, no dormirá más; se entregará a su dolor. ¡Si supieras cómo te amo, te amo!"
Pero no sé hablar. Sólo sé menear la cola y llorar con mis lágrimas estériles. ¿Me permites acariciarte?
Como de costumbre, mi dueño me comprende. Y con esa sensibilidad prodigiosa de poeta y tísico, penetra hasta mis más tenues reflexiones. Me pide ahora, con una voz que escasamente distingo:
—Súbete, Teddy.
Salto y me enrosco junto a él, a sabiendas de que no le inspiro ningún asco. Me espantan, en cambio, sus ojos.
"Es la muerte" —adivino.
Y lo es.
¡Los perros nunca erramos a este respecto! Nuestra mirada ahonda más allá que la de los hombres. Nuestro olfato es más sutil. Tenemos, por otra parte, un don espléndido: la adivinación. Y así es que descubrimos a la muerte, por mucho que ella se esconda: la presentimos en las tinieblas, encaramada sobre las cercas, bajo los puentes, durante las ferias, en la niebla...
Él me dice:
—Tengo frío, Teddy.
Me contraigo aún más y, disimuladamente, esforzándome por no preocuparlo demasiado, le suministro calor con mi aliento. Noto sus manos heladas, flácidas, inmóviles, y evoco esos jardines tan risueños que existen al pie de los palacios y en cuyos macizos crecen altos y frescos los lirios. ¡Pobres manos de poeta! ¡Pobres flores! Pronto, pronto, se cerrarán para siempre.
—Me estoy muriendo —gimes
Respira, con el rostro en alto, y agrega:
—Te quedarás, pues, tan sólito...
Señala con gran trabajo la ventana negra. Me oprime el lomo.
—¿Nos volveremos a ver en algún sitio?
Callamos. Cae sobre el tejado la nieve, silba el viento doloridamente, y yo pienso con angustia en todos los perros del universo: en mis camaradas buenos, la mayoría tan melancólicos, abrumados por esta alma nuestra que nos han dado, demasiado grande por cierto para unos miserables seres que no hablan ni escriben.
—Tengo frío —repite el amo—. Es un frío terrible, créeme.
Y luego:
—Cuenta, mi pobre amigo, qué vas a hacer cuando yo esté en el pozo. Dime con quién te irás, en quién piensas ir dejando esa bondad admirable que no te cabe dentro del pecho... Dime a quién vas a mirar con tus ojos verdes, vivos. Dime quién va a ser tu compañero entonces...
Yo lloro, sin reprimirme.
—¿Te irás, quizá, con algún borracho de esos que maltratan a los animales?
—Callo.
—¿Te irás, di, y me olvidarás? ¿Te olvidarás de este pobre poeta muerto?
Se endereza y vuelve a caer. Tose, tose y solloza, con sus negros ojos extáticos, perdidos en la última noche. Me aprisiona contra él. Hunde sus uñas en mí. Me hiere. Ya no sabe acariciarme. Ya no comprende el placer, la ternura, el dolor. No comprende nada de lo que comprendía tan bien antes. Va olvidándolo todo, trastornándolo todo, todo menos mi nombre.
—Teddy... Teddy... Teddy...
Y se muere.
Nadie podrá creerme, pero es tan inmensa mi soledad y mi horror en estos momentos ¡que para qué mentir ya!
Yo le cerré los ojos cuidadosamente, sin arañarlo, como si tocara una hostia. Yo le cerré la boca y lo cubrí todo entero con las sábanas. Después, tomando entre mis dientes un haz de flores secas y de versos, se los regué encima así, esparcidos por el catre, igual que una bendita nevada. Hecho esto, huí hacia el rincón más cercano —donde duermo a veces— y rompí a aullar, a aullar con el cuello tieso y el alma hecha pedazos, consumiendo las últimas fuerzas de que dispongo.
Cuando los perros aullan, sé que los hombres se asustan: no, no hay nada qué temer. Los perros aullamos del mismo modo que los hombres lloran y hacen otras cosas. Es un hecho sin importancia, enteramente natural, y que a nadie atañe, sino a nosotros mismos. Por ejemplo, yo aúllo ahora porque me encuentro solo, porque siento frío aquí dentro y porque me voy a morir muy pronto. En cuanto lleve a mi amo al camposanto.
Nadie, sino yo, asistió al entierro. Nadie, sino yo, lo vio bajar al pozo, desaparecer bajo la tierra suelta...Y lo he dejado allí, metido en un cajón negro, solo, sin una luz ni una manta. Solo, como no debiera dejarse ni a un perro.
"¡Qué ignominia es la vida! —pienso mientras camino. Y el cementerio queda atrás, coronado por la niebla—. ¡Qué cosa más frágil y cruel! ¡Qué soledad tan pavorosa la de los que se mueren! ¡Qué soledad y negrura las de mi amo! ¡Y cómo amaba la luz, el río, las hojas verdes y luminosas! ¡Cómo temía a la muerte!"
Cierta vez me dijo:
—Quisiera morir en mitad del mar, ahogado de luz y agua.
Como estaba tísico, le horrorizaba esa cosa apretada y dura que es la fosa.
—¿Quién podrá respirar allí, mi buen Teddy?
Pues allí está. Allí, donde lo han echado ahora. Donde la humedad penetra y el sol no. Y sus blancas manos de poeta —sus manos llenas de lágrimas y versos— pronto serán unas impuras raíces, retorcidas como dos culebras. Igual, igual que si jamás hubieran vivido. ¡Qué abandono el mío también! ¡Qué oprobio!
Súbitamente, cuando más abstraído caminaba bajo las hojas que caían, pierdo la noción de las cosas y ruedo largo trecho sobre las piedras. No acierto a descifrar nada, ni escucho otra cosa que el batir anhelante de mi corazón contra el pecho: es sólo por esto último que comprendo que no he muerto. Pero, ¿y esa gente? ¿Y esta lluvia que me duele tanto?
Voy abriendo poco a poco los ojos, notando que sólo uno de ellos me sirve; con el otro distingo apenas un manchón rojo y difuso que palpita o gira, formando círculos luminosos... Siento el vientre como una inmensa boca abierta. Veo pies de hombres, de mujeres, de niños descalzos. Una chimenea alta y negra que humea sobre el cielo gris de la tarde. Un carruaje... otro...
Percibo, demasiado remoto:
—Iba por ahí y lo mató aquel carro.
Descubro al asesino, saltando sobre los charcos. Oigo claxons, claxons, claxons. Y, de pronto, un policía que llega, bestial como un gigante, aparta al grupo de curiosos.
—¿Qué ocurre? —indaga muy fríamente.
—Un perro —contesta alguien.
Y el policía, con su bota de tachuelas, me arroja de tres puntapiés a la cuneta.
Como estoy tísico, muero de frío al amanecer.