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El poder de los nombres - Úrsula K. Le Guin

El señor Bajocolina salió de debajo de su colina, sonriendo y respirando con dificultad. Cada resoplido salía disparado por las ventanas de su nariz como una doble bocanada de vapor, blanca nieve bajo el sol matinal. El señor Bajocolina contempló el cielo brillante de diciembre y sonrió más ampliamente que nunca,
mostrando unos dientes blancos como la nieve. Luego se dirigió al pueblo.
—Día, señor Bajocolina —le decían los aldeanos cuando se cruzaban con él por la calle angosta, entre casas de tejados cónicos y sobresalientes como los sombreretes rojos y gruesos de las setas venenosas.
—¡Día, día! —respondía él a todos. (Por supuesto que desear a cualquiera un buen día traía mala suerte; en un lugar tan afectado por Influencias como Sattins Island, donde un adjetivo descuidado puede cambiar el tiempo por una semana, era suficiente con decir sólo el momento del día.) 
Todos le hablaban, algunos con cariño, otros con cariñoso desdén. Era todo lo que la pequeña isla poseía a modo de mago, y por lo tanto merecía respeto..., ¿pero cómo se podía respetar a un hombrecillo regordete y cincuentón que se tambaleaba con los pies hacia adentro, sonriendo y exhalando vapor? En el trabajo tampoco era gran cosa. Se esmeraba medianamente en los fuegos artificiales, pero sus elixires eran ineficaces con frecuencia.
Las verrugas que hechizaba reaparecían a los tres días; los tomates que encantaba no llegaban a ser más grandes que los melones; y durante los contados días en que alguna nave extraña se detenía en el puerto de Sattins, el señor Bajocolina permanecía siempre debajo de su colina; por temor, explicaba, al mal de ojo.
En otras palabras, era un mago por la misma razón por la que el zarco Gan era un carpintero: por negligencia. Por esta generación los aldeanos se las apañaban con puertas mal colocadas y hechizos inútiles, y descargaban su irritación tratando al señor Bajocolina con bastante familiaridad, como un simple aldeano más. Hasta lo invitaban a cenar. Una vez él invitó a cenar a algunos de ellos, y sirvió una colación espléndida, con plata, cristal, albaricoque, ganso asado, un chispeante Andrades 639, y budín inglés con salsa fermentada; pero estuvo tan nervioso que quitó toda alegría a la comida, y además, todos volvieron a estar hambrientos media hora después. No le gustaba que nadie visitara su cueva, ni siquiera la antecámara, más allá de la cual en realidad no había llegado nadie. Cuando veía que se acercaba gente a la colina, salía trotando a recibirla. «¡Sentémonos aquí, bajo los pinos!», decía sonriendo y señalando hacia el bosquecillo de abetos; o si llovía: «Vayamos a tomar un trago a la taberna, ¿eh?», aunque todos sabían que él no bebía nada más fuerte que agua de pozo.
Algunos de los niños de la aldea, tentados por aquella cueva, curioseaban y escudriñaban y hacían incursiones cuando el señor Bajocolina salía; pero la puertecilla que conducía a la habitación interior estaba cerrada por medio de un encantamiento, y al parecer, por una vez, se trataba de un encantamiento eficaz.
Una vez que dos niños creían que el hechicero se encontraba en la Costa Oeste curando el burro enfermo de la señora Ruuna, llevaron allí una palanca y un hacha, pero al primer golpe surgió del interior un rugido de ira y una nube de vapor purpúreo. El señor Bajocolina había regresado temprano. Los niños huyeron. Él no salió, y los niños no sufrieron ningún daño, aunque dijeron que de no escucharlo, nadie podría creer que aquel hombrecillo regordete produjera ese horrible y enorme grito-bramido-aullido-silbido.
Aquel día tenía que comprar en el pueblo tres docenas de huevos frescos y cuatrocientos gramos de hígado; también debía pasar por la casita de Fogeno, el capitán, a renovar el hechizo de los ojos del anciano (bastante inútil aplicado a un caso de desprendimiento de retina, pero el señor Bajocolina continuaba intentándolo), y por último se detendría a charlar con la vieja Goody Guld, la viuda del fabricante de concertinas. La mayoría de los amigos del señor Bajocolina eran ancianos. Los hombres jóvenes y fuertes de la aldea le producían timidez, y las muchachas le tenían vergüenza.
—Me pone nerviosa, sonríe tanto... —decían haciendo mohines, retorciendo rizos sedosos alrededor de un dedo.
«Nerviosa» era una palabra de última moda, y todas las madres respondían adustas:
—Nerviosa un cuerno, lo que sois es tontas. ¡El señor Bajocolina es un hechicero muy respetable!
Después de despedirse de Goody Guld, el señor Bajocolina pasó por la escuela, que ese día se reunía fuera, en el baldío. Dado que no había nadie alfabetizado en Sattins Island, no existían libros en los cuales aprender a leer ni pupitres en los que grabar iniciales ni pizarras que borrar, y de hecho no existía un edificio escolar. En los días lluviosos los niños se reunían en el desván del Granero Común, y se ensuciaban los pantalones con heno; en días de sol, la maestra, Palani, los llevaba a donde tuviera ganas. Hoy, rodeada por treinta niños atentos menores de doce años y cuarenta ovejas distraídas menores de cinco, estaba enseñando un punto importante en el plan de estudios: las Reglas de los Nombres. El señor Bajocolina, sonriendo con timidez, se detuvo a mirar y escuchar. Palani, una muchacha rolliza y bonita de veinte años, hacía un cuadro encantador allí, bajo el sol invernal, con niños y ovejas a su alrededor, un roble sin hojas sobre la cabeza y las dunas y el mar y el cielo pálido y transparente detrás. Hablaba con seriedad, con el rostro enrojecido por el viento y las palabras.
—Ya habéis aprendido las Reglas de los Nombres, niños. Son dos, y son las mismas en todas las islas del mundo. ¿Cuál es una de ellas?
—No es buena educación preguntarle a nadie cuál es su nombre —gritó un niño gordo y veloz, que fue interrumpido por una niña pequeña que chillaba:
—¡Nunca podrás decir tu propio nombre a nadie, dice mi mamá!
—Sí, Suba. Sí, querida Popi, no chilles. Tenéis razón. Nunca preguntaréis a nadie su nombre. Nunca diréis el vuestro. Ahora pensad en ello un minuto y decidme por qué llamamos a nuestro hechicero señor Bajocolina —sonrió al señor Bajocolina por encima de las cabezas ensortijadas y los lomos lanudos, y él se
puso radiante y aferró nervioso su bolsa de huevos.
—¡Porque vive debajo de una colina! —gritó media clase.
—¿Pero es ése su verdadero nombre?
—¡No! —dijo el niño gordo, y el chillido de la pequeña Popi le hizo eco:
—¡No!—¿Cómo sabéis que no lo es?
—Porque llegó aquí solo y entonces no había nadie que supiera su verdadero nombre y por eso no nos lo podían decir, y él no podía...
—Muy bien, Suba. Popi, no grites. Tienes razón. Ni siquiera un mago puede decir su verdadero nombre. Cuando vosotros, los niños, hayáis dejado la escuela y estéis atravesando el Pasaje, dejaréis atrás vuestros nombres de niños y conservaréis solamente vuestros nombres verdaderos, los que nunca deberéis preguntar ni entregar. ¿Por qué existe esta regla?
Los niños permanecieron en silencio. Las ovejas balaron con dulzura. El señor Bajocolina contestó la pregunta:
—Porque el nombre es la cosa —dijo con voz suave, tímida, ronca—, y el verdadero nombre es la verdadera cosa. Conocer el nombre significa controlar la cosa. ¿No es así, señorita maestra?
Ella le sonrió e hizo una reverencia, evidentemente un poco desconcertada por su intervención. Y él se fue a su colina al trote, aferrando los huevos contra el pecho. Por alguna razón, el momento que había pasado contemplando a Palani y a los niños le había abierto el apetito. Al pasar, cerró la puerta interior con un encantamiento apresurado; debió de haber dejado uno o dos escapes en el hechizo pues la antecámara vacía pronto estuvo llena del olor de los huevos fritos y el hígado tostado.
Ese día el viento era fresco y ligero y venía del oeste. Al mediodía había traído un pequeño bote que llegó al puerto de Sattins peinando las olas brillantes. Cuando irrumpió en el horizonte, un chico de vista aguda lo notó y, conocedor como todos los niños de cada vela y cada mástil de los cuarenta botes de la flota pesquera, corrió por la calle gritando: «¡Un barco extranjero, un barco extranjero!». La solitaria isla muy rara vez era visitada por algún barco de otra isla igualmente solitaria de la Bordada Este, o por un mercader aventurero del Archipiélago. Cuando el barco llegó al embarcadero, media aldea ya estaba allí para saludarlo, y los pescadores se sumaron luego desde sus hogares, y manadas de vacas y buscadores de almejas y cazadores de hierbas jadeaban por las rocosas colinas en dirección al puerto.
Pero la puerta del señor Bajocolina permaneció cerrada.
Solamente había un hombre a bordo del barco. Cuando se lo contaron al anciano capitán Fogeno, un cardumen de cejas blancas descendió hasta sus ojos sin vista.
—Hay una sola clase de hombres que naveguen a solas por la Bordada Externa. Un brujo, un hechicero o un Mago...
Así que los aldeanos quedaron sin aliento ante la posibilidad de ver por una vez en sus vidas a un Mago, uno de los poderosos Magos Blancos de las islas interiores del Archipiélago, ricas, pobladas, llenas de torres. Se decepcionaron, pues el viajero era bastante joven, un sujeto guapo, de barba negra, que los
saludó alegremente desde su barco y saltó a tierra como cualquier marinero que llega contento a puerto. Se presentó de inmediato como un buhonero de mar. Pero cuando le contaron al capitán Fogeno que llevaba consigo un bastón de roble, el anciano movió la cabeza y dijo:—¡Malo! Dos hechiceros en una aldea... —su boca se cerró con un chasquido.
Como el extranjero no podía decir su nombre, inmediatamente le dieron uno: Barbanegra. Y le prestaron mucha atención. Tenía un pequeño y revuelto hato de ropas y sandalias y plumas de piswi para adornar capas e incienso barato y piedras ligeras y delicadas hierbas y grandes cuentas de cristal de Venway..., el lote habitual de un buhonero. Todo Sattins Island fue a mirar, a charlar con él, y quizás a comprar algo.
—¡Imposible de olvidar! —cacareaba Goody Guld, quien al igual que todas las mujeres y todas las muchachas de la aldea, estaba conmovida por la audaz hermosura de Barbanegra. Los chicos también le rondaban, para que les contara sus viajes a lejanas y extrañas islas de la Bordada o les describiera las grandes y ricas islas del Archipiélago, las Rutas Internas, los fondeaderos blancos de naves, y los tejados dorados de Havnor. Los hombres escuchaban sus relatos con gusto, pero algunos de ellos se preguntaban por qué un mercader viajaría solo, y contemplaban pensativamente su vara de roble.
Durante todo este tiempo el señor Bajocolina permaneció debajo de su colina.
—Es la primera isla sin mago que veo —dijo un día Barbanegra a Goody Guld, que en la ocasión había invitado a su sobrino y a Palani a tomar una taza de té de junco con el viajero—. ¿Qué hacéis cuando os duele un diente o una vaca se seca?
—Bueno..., ¡sí tenemos al señor Bajocolina! —dijo la anciana.
—Para lo que sirve... —murmuró Birt, el joven sobrino de Goody Guld, y luego se ruborizó hasta el color púrpura y se le derramó el té; estaba enamorado de la maestra de escuela, pero lo más que había hecho hasta ese momento para demostrarle su amor había sido regalar canastas de caballas frescas a la cocinera de su padre.
—Oh, ¿tenéis un hechicero? —preguntó Barbanegra—. ¿Es invisible?
—No, solamente muy tímido —dijo Palani—. Apenas lleva una semana aquí, ¿no?, y vemos tan pocos extranjeros... —también se ruborizó un poco, pero no derramó su té.
Barbanegra le sonrió.
—Es un buen sattinsano entonces, ¿verdad?
—No —dijo Goody Guld—, no mejor que tú. ¿Más té, sobrino? Manténlo en la taza esta vez... No, mi querido; llegó en un pequeño barco..., ¿hace cuatro años? Fue un día después que concluyó la arribada del sábalo porque estaba recogiendo las redes en la Ensenada Este, y Pondi Cowherd se rompió la pierna aquella misma mañana..., hará cinco años. No, cuatro. No, son cinco, fue el año en que el ajo no se dio.
Entonces llega navegando en una pequeña chalupa cargada hasta el tope de grandes cofres y cajas y le dice al capitán Fogeno, que entonces no estaba ciego, aunque sabe Dios que estaba tan viejo como para haberse quedado ciego dos veces: «Oigo contar —le dice— que no tienen un brujo o hechicero... ¿No
están deseando uno?». «¡Ya lo creo, si la magia es blanca!» dice el capitán, y antes de decir «pulpo» el señor Bajocolina se había instalado debajo de la colina y estaba hechizando la sarna del gato de Goody Beltow. Aunque la piel creció gris, y era un gato naranja. Tenía un aspecto bien raro después de eso.
Murió el invierno pasado, durante el encantamiento del frío. Goody Beltow se tomó la muerte de su gato, pobre criatura, peor que cuando su marido se ahogó en las Orillas Largas, el día de la arribada prolongada de los arenques, cuando mi sobrino Birt aquí presente no era más que un bebé en pañales. —El sobrino de
la señora Goody Guld volvió a derramar el té y Barbanegra hizo una mueca, pero la anciana prosiguió sin desfallecer, y habló hasta que cayó la noche.
Al día siguiente, Barbanegra se hallaba en el muelle trabajando en la tabla arrancada de su barco, a cuya reparación parecía dedicarle mucho tiempo, y como de costumbre, hacía hablar a los taciturnos sattinsanos.
—¿Cuál de estas naves es la de vuestro hechicero? ¿O tiene una de esas que los Magos pliegan dentro de cáscaras de nuez cuando no las usan?
—No —dijo un imperturbable pescador—. Está allá arriba en su cueva, debajo de la colina.
—¿Llevó hasta su cueva el barco que lo trajo?
—Sí. Hasta arriba del todo. Yo lo ayudé. Llena hasta el tope de grandes cajas llenas hasta el tope de libros con encantamientos, dice él. Era pesada como el plomo. —Y el imperturbable pescador le volvió la espalda, suspirando imperturbablemente. El sobrino de Goody Guld, que arreglaba una red allí cerca,
levantó la vista de su trabajo y preguntó con igual imperturbabilidad—: ¿Verdad que te gustaría conocer al señor Bajocolina?
Barbanegra le devolvió la mirada. Por un momento, unos ojos negros y listos se encontraron con unos ojos azules e inocentes; luego Barbanegra sonrió y dijo:
—Sí. ¿Me llevarás a la colina, Birt?
—Sí, cuando haya terminado con esto —dijo el pescador. Y cuando hubo terminado de remendar la red, él y el del Archipiélago partieron por la calle de la aldea hacia la alta colina verde. Pero mientras cruzaban el baldío, Barbanegra le dijo:
—Espera un momento, amigo Birt. Tengo una historia para contarte antes que visitemos a tu hechicero.
—Cuéntala —dijo Birt, sentándose bajo la sombra de una encina perenne.
—Es una historia que empezó hace cien años, y que todavía no ha terminado... Aunque pronto terminará, muy pronto... En el mismo corazón del Archipiélago, donde las islas se apiñan densas como moscas en la miel, hay una pequeña ínsula llamada Pendor. Los señores de Pendor eran hombres poderosos en los viejos días de guerra anteriores a la Liga. Botines y rescates y tributos diluviaban sobre Pendor, y allí se reunió un gran tesoro, hace mucho tiempo. En aquel entonces, de algún lejano lugar en la Bordada Oeste, donde los dragones se crían en las islas de lava, llegó un dragón muy poderoso. No era uno de esos lagartos hiperdesarrollados que la mayoría de vosotros los habitantes de la Bordada Externa llamáis dragones, sino un monstruo grande, negro, alado, sabio, astuto, lleno de fuerza y artificios, y que como todos los dragones, amaba el oro y las piedras preciosas por sobre todas las cosas. Mató al Señor del Mar y a sus soldados, y los habitantes de Pendor huyeron de noche en sus naves. Huyeron todos, y dejaron al dragón enroscado dentro de las Torres de Pendor. Y allí permaneció durante cien años, arrastrando su barriga escamosa sobre esmeraldas y zafiros y monedas de oro, apareciendo solamente una vez cada uno o dos años, cuando debía comer. Invadía islas cercanas en busca de alimento. ¿Sabes lo que comen los dragones?
Birt cabeceó y dijo en un susurro:
—Doncellas.
—Así es —dijo Barbanegra—. Bueno, esto no se podía soportar eternamente, ni tampoco el saber que estaba sentado sobre todo ese tesoro. Así que cuando la Liga se fortaleció, y el Archipiélago no estuvo tan preocupado por guerras y piratería, se decidió atacar Pendor, expulsar al dragón y recuperar el oro y las
joyas para el tesoro de la Liga. Ellos siempre están deseando dinero. Por lo tanto se reunió una enorme flota de cincuenta islas, y en las proas de las siete naves más fuertes colocaron siete Magos, y navegaron hacia Pendor... Llegaron. Desembarcaron. Nada se movió. Todas las casas estaban vacías, los platos
sobre las mesas llenos del polvo de cien años. Los huesos del viejo Señor del Mar y de sus hombres yacían en los patios del castillo y en las escaleras. Y las habitaciones de la torre apestaban a dragón. Pero no había ningún dragón. Tampoco ningún tesoro, ni un diamante del tamaño de una semilla de amapola, ni una simple cuenta de plata... Al saber que no habría podido resistirse a siete Magos, el dragón se había ido. Lo rastrearon, y descubrieron que había volado a una isla desierta en el norte llamada Udrath; le siguieron la pista hasta allí, ¿y qué encontraron? Huesos de nuevo. Sus huesos, los del dragón. Pero ningún tesoro. Un hechicero, algún hechicero desconocido de otro lugar, debió de haberlo encontrado indefenso y lo derrotó... Y después se fue con el tesoro, ¡delante de las mismas narices de la Liga!
El pescador escuchaba, atento e inexpresivo.
—Por supuesto que habrá sido un hechicero poderoso e inteligente para primero matar al dragón, y segundo escaparse sin dejar rastro. Los Señores y Magos del Archipiélago no pudieron seguirle el rastro en absoluto... Ni sospechas siquiera de dónde había venido o hacia dónde había ido. Estuvieron a punto de abandonar. Esto sucedió la primavera pasada; yo había estado ausente, viajando por la Bordada Norte durante tres años, y regresé en aquellos días. Y me pidieron que les ayudara a encontrar al hechicero desconocido. Esto fue un rasgo de inteligencia de parte de ellos. Porque no soy solamente un hechicero yo mismo, como creo que lo adivinaron algunos de los zoquetes de aquí, sino que soy un descendiente de los Señores de Pendor. Ese tesoro es mío. Es mío, y sabe que es mío. Esos idiotas de la Liga no pudieron encontrarlo porque no es de ellos. Pertenece a la casa de Pendor, y la gran esmeralda, la estrella del tesoro, Inalkil la Piedraverde, conoce a su dueño. ¡Observa! —Barbanegra levantó su bastón de roble y gritó—: ¡Inalkil! —La punta de la vara empezó a brillar, verde, un encendido resplandor verde, una niebla deslumbrante del color de la hierba de abril, y al mismo tiempo la vara se inclinó en la mano del hechicero hasta señalar en línea recta el costado de la colina que se levantaba sobre sus cabezas.
—En el lejano Havnor el resplandor no era tan potente —murmuró Barbanegra—, pero la varilla señalaba en la dirección correcta. Inalkil respondió cuando la llamé. La joya conoce a su dueño. Y yo conozco al ladrón, y lo someteré. Es un hechicero agraciado, que pudo con un dragón. Pero yo soy más poderoso. ¿Quieres saber por qué, zoquete? ¡Porque conozco su nombre!
A medida que el tono de Barbanegra se hacía más arrogante, el rostro de Birt aparecía más y más obtuso, más y más inexpresivo; pero al oír decir a Barbanegra que conocía el verdadero nombre del señor Bajocolina, se sacudió, cerró la boca y contempló al del Archipiélago.—¿Cómo... lo aprendiste? —dijo muy lentamente.
Barbanegra hizo una mueca y no le contestó.
—¿Magia negra? —insistió Birt.
—¿Cómo, si no...?
Birt palideció y no dijo nada.
—¡Soy el Señor del Mar de Pendor, zoquete, y poseeré el oro que mis padres ganaron, y las joyas que mis madres usaron, y la Piedraverde! Porque son míos. Bueno, ahora podrás contar toda la historia a tus gaznápiros de aldea, una vez derrotado ese hechicero y que yo me haya ido. Espera aquí. O puedes venir y
mirar, si no tienes miedo. Nunca volverás a tener la oportunidad de observar a un hechicero en todo su poder. —Barbanegra se volvió, y sin mirar atrás subió a grandes trancos la colina, hacia la entrada de la cueva.
Muy lentamente, Birt lo siguió. Se detuvo a una buena distancia, se sentó bajo un espino y miró. El del Archipiélago se había detenido; era una figura oscura y envarada, sola en la verde ondulación de la colina, de pie y absolutamente inmóvil ante la boca bostezante de la caverna. Repentinamente movió el bastón
sobre su cabeza; el resplandor esmeralda invadió el ámbito mientras gritaba:
—¡Ladrón, ladrón del Tesoro de Pendor, sal a la vista!
Se oyó un estruendo como de loza rota dentro de la cueva, de la que salió despedida una cantidad de polvo. Asustado, Birt se agachó. Cuando volvió a mirar, vio a Barbanegra aún inmóvil, y en la boca de la cueva, polvoriento y desgreñado, estaba el señor Bajocolina. Parecía pequeño y enternecedor, con los pies torcidos hacia adentro como de costumbre, y con las piernecillas arqueadas cubiertas por calzas negras, y sin varilla..., nunca había tenido una, reparó Birt. El señor Bajocolina preguntó con su vocecilla ronca:
—¿Quién es usted?
—Soy el Señor del Mar de Pendor, ladrón, y he venido a reclamar mi tesoro.
Ante esto, el señor Bajocolina se fue poniendo rosado lentamente, como sucedía siempre que la gente era grosera con él. Se puso amarillo, el cabello se convirtió en cerdas, emitió un rugido parecido a una tos, y se convirtió en un león amarillo que saltó por la colina hacia Barbanegra, los colmillos blancos destellando.
Pero Barbanegra se había esfumado. Un tigre gigantesco, del color de la noche y el relámpago, brincaba al encuentro del león... que había desaparecido. De pronto, bajo la cueva se alzaba un bosquecillo alto, negro bajo el sol invernal. El tigre, conteniéndose en pleno salto justo antes de caer bajo la sombra de los
árboles, se encendió en el aire, transformado en una lengua de fuego que azotaba las ramas secas y negras.
Pero donde se habían alzado los árboles, una repentina catarata empezó a caer desde la ladera de la colina, un arco de agua plateada y estruendosa que tronaba sobre el fuego. Sobre el sitio ocupado antes por el fuego... que había desaparecido.Por un instante, ante los ojos fijos del pescador se levantaban dos colinas: la verde que ya conocía y una nueva, una loma parda y pelada, lista para beberse la torrencial catarata. Esto sucedió con tanta rapidez que Birt parpadeó, y después de parpadear parpadeó de nuevo pues lo que estaba viendo era mucho peor. Allí donde había estado la catarata revoloteaba un dragón. Alas negras oscurecían toda la colina, garras de acero se extendían, tanteando, y de los labios oscuros, escamosos, entreabiertos, brotaba fuego y vapor.
Debajo de la criatura monstruosa, Barbanegra se reía.
—¡Toma cualquier forma que te guste, pequeño señor Bajocolina! —se burló—. Puedo enfrentarte.
Pero el juego se vuelve aburrido. Quiero contemplar mi tesoro, Inalkil. Ahora, gran dragón, pequeño hechicero, recobra tu forma real. ¡Te lo ordeno por el poder de tu verdadero nombre: Yevaud!
Birt estaba petrificado, ni siquiera podía parpadear. Se agachó, indeciso entre hacerlo o no; veía al dragón suspendido en el aire sobre Barbanegra, el fuego que llameaba a la manera de muchas lenguas desde la boca escamosa, el humo que salía en chorros de las rojas ventanas de la nariz. Vio cómo el rostro
de Barbanegra se volvía blanco como la tiza, y cómo le temblaban los labios orlados de barba.
—¡Tu nombre es Yevaud!
—Sí —dijo un vozarrón ronco y silbante—. Mi verdadero nombre es Yevaud, y mi verdadera forma es esta.
—Pero el dragón había muerto... Encontraron sus huesos en la isla de Udrath.
—Ése era otro dragón —intervino el dragón, y luego caló como un halcón, con las garras extendidas.
Birt cerró los ojos. Cuando los abrió, el cielo estaba despejado, la colina vacía, excepto una mancha pisoteada de color negro rojizo, y unas pocas huellas de garras en la hierba.
Birt el pescador se puso en pie y corrió. Atravesó el baldío a la carrera, dispersando las ovejas a izquierda y derecha, y bajó por la calle de la aldea hasta la casa del padre de Palani. La joven estaba en el jardín desmalezando las capuchinas.
—¡Ven conmigo! —jadeó Birt; ella lo miró fijamente, él la aferró de la muñeca y la arrastró consigo. Palani chilló un poco, pero no se resistió.
Ambos corrieron recto hacia el muelle; Birt empujó a Palani dentro del Queenie, la chalupa pesquera. El muchacho desató las amarras, asió los remos y partió, remando como un demonio. Lo último que Sattins Island vio de él y de Palani fue la vela del Queenie desvaneciéndose en dirección de la isla más cercana en
el oeste.
Los aldeanos creyeron que nunca dejarían de comentar cómo Birt, el sobrino de Goody Guld, se había vuelto loco y había escapado en un bote con la maestra el mismo día que el buhonero Barbanegra desapareció sin dejar rastro, abandonando todas sus plumas y cuentas. Pero tres días más tarde dejaron de
comentarlo pues tuvieron otras cosas que comentar, cuando el señor Bajocolina salió por fin de su cueva. El señor Bajocolina había resuelto que ya que su verdadero nombre no era más un secreto, bien podía abandonar su disfraz. Caminar era mucho más difícil que volar, y además hacía mucho, mucho tiempo que no comía una verdadera comida.

La muchacha de oro - Ellis Peters

-Shakespeare... - dijo el sobrecargo, pensativo, mientras tomaba su segunda cerveza después de salir del teatro -. Desde luego, este año sólo se representa a Shakespeare. Sin embargo, él también plagió lo suyo. Eso de "mis ducados y mi hija"... Hubo otro tipo que escribió eso mucho mejor. Una vez la obra se llamaba El judío de Malta, y el autor era un tal Marlowe. "¡Oh, fortuna, oh, muchacha! ¡Oh, belleza! ¡Oh, mi dicha!" Esta noche, viendo El Mercader, me he acordado. Y de un caso real que conocí... sólo que ella no era su hija, ni mucho menos.
"Entonces era yo un jovenzuelo inexperto, y servía a las órdenes del viejo McLean, en el Áurea. De esto hará... bueno, unos diez años o así. Algunas veces sueño con ello, aunque ahora no me ocurre con tanta frecuencia. Ibamos a zarpar a Liverpool con destino a Bombay. Era mi tercera travesía. Aquella pareja llegó durante el bullicio anterior a la salida, y, no obstante, nadie dejó de fijarse en ellos a causa de la chica. ¡Era tan increíblemente bonita, con su cabello rubio como el oro y sus ojos azul claro! Además, ¡estaba tan enternecedoramente embarazada...! Ya saben, esos blusones sueltos, y luego los finísimos brazos colgando a ambos lados del abultado cuerpo. Y el cuidadoso y levemente desmañado andar, equilibrando el peso. Subió lentamente las escalerillas, aferrándose a la baranda. Uno podía notar que todos los hombres que había alrededor se contenían para no correr a ayudarla.
"La pareja se dirigía a Bombay, donde, probablemente, el marido iba a hacerse cargo de algún delicado empleo. El hombre tendría unos cuarenta años, contra los veintidós o así de ella. Sin embargo, en él también había algo. Al cabo de una hora de zarpar, todas las mujeres tenían los ojos fijos en él. Era un tipo alto y atractivo, moreno, silencioso y con aspecto experimentado. Mostraba hacia su mujer una actitud tan solícita que el resto de las esposas de a bordo se pusieron verdes de envidia. Inmediatamente supusieron que se trataba de un vividor reformado. Un donjuán que había encontrado su chica. ¡Que intentasen apartarle de ella! Antes de que terminase el viaje hubo muchas que trataron de hacerlo. Pero no. Por lo que a él respectaba, en el barco no había otra mujer que su esposa. Durante los diecisiete días de la travesía no se apartó de su lado, y siempre con aquella ansiosa expresión en la cara.
"A los dos días de navegación realizamos un simulacro de naufragio. Siempre lo hacíamos, aunque nunca esperábamos que colaborasen más de la mitad de los pasajeros, sobre todo en aquella época del año y con el mar tan calmado como suele mostrarse a veces. Yo era el oficial a cargo del bote salvavidas que correspondía a la pareja, y cuando sonó la primera sirena me cuidé de pasar cerca de su camarote. El hombre no estaba, había ido a la biblioteca, a buscar unos libros para su esposa. Tuve el placer de ayudarla a colocarse el chaleco salvavidas. Como la mayor parte de las mujeres, no tenía ni idea de cómo ponérselo, con instrucciones o sin ellas.
"Bajo la amplia túnica, el cuerpo de la muchacha parecía menos abultado. Sólo un poco más grueso de lo que debía de ser en circunstancias normales. Al menos, eso me pareció. Por la forma que la joven tuvo de darme las gracias hubiera estado yo dispuesto a saltar por la borda, si eso fuese a complacerla. Sí, se encontraba bien. Sí, subiría al puente y colaboraría, como los demás. Y lo hizo. Era como una niña entregada a un juego, la más alegre de todos los falsos náufragos. Su marido llegó pronto al rescate, ansioso de aislarla de nosotros y de cuidar de ella él mismo. No hubo un solo hombre que no envidiara sus derechos.
"Y así durante toda la travesía. En nuestras proyecciones cinematográficas, los dos se sentaban en un tranquilo rincón, con las manos juntas. Las mujeres suponían que no llevaban mucho tiempo casados. Sin duda él aún no se había repuesto del feliz shock de conseguirla, y casi no podía creer en su suerte.
"Casi la mitad de los pasajeros descendieron en Karachi. Como de costumbre, seguimos hacia Bombay rodeados de un ambiente más tranquilo y apagado. Y aquella noche, alrededor de las doce, estalló el fuego.
"Se estaba celebrando un baile. Para suavizar el efecto de las separaciones, siempre programamos algo divertido. Debido a la fiesta no conseguimos averiguar cómo empezó la cosa. Lo único que sé es que, de pronto, comenzaron a sonar alarmas bajo los puentes e, inexplicablemente, ninguna arriba, en los salones y bares. La música prosiguió, y en la cubierta de botes la gente continuaba en la piscina mucho después de que, abajo, casi reinase el pánico. Las comunicaciones se hicieron imposibles, ya que el sistema de altavoces se desbarató. Antes de que hubiera transcurrido el tiempo necesario para decir «amén», todo estaba lleno de humo. Diez minutos más tarde aquello era ya un caos. Nadie podía transmitir órdenes más allá del alcance de su voz. Y una vez a la gente le hubo entrado el miedo, ese alcance no abarcaba mucho.
"En realidad, no se trató de pánico. Los pasajeros formaban un conjunto bastante consciente, y se hubieran portado de maravilla si hubiese habido alguna forma de indicarles lo que debían hacer. Pero no la había, porque no disponíamos de suficientes oficiales para andar de grupo en grupo. Algunas veces la confusión y el desconcierto pueden producir los mismos resultados que el pánico. Los pasajeros más capaces y conscientes, que siempre están dispuestos a ayudar, por falta de instrucciones, hacen las peores cosas. Y los otros no lograban más que estorbarlos a ellos y a nosotros. ¿Qué medidas podían tomarse? Gracias a Dios, el mar estaba en completa calma y dos o tres barcos habían recibido nuestras llamadas de auxilio y acudían al rescate.
"Las cosas tenían que suceder como ocurrieron. El fuego se extendió a velocidad prodigiosa y el barco empezó a escorar. Empujamos a todo el mundo a cubierta, les hicimos poner los chalecos salvavidas y comenzamos a arriar los botes. Nunca olvidaré el escándalo que reinaba. Nadie se puso histérico, pero todos gritaban.
"Comencé a recorrer, entre el humo, el puente B., abriendo las puertas de los camarotes para recoger a los rezagados. Con una mano agarraba a una mujer y, a mi espalda, un camarero de Goa arrastraba a dos más. Abrí la puerta de la cabina cincuenta y seis. Allí estaba la muchacha de oro, aferrada a su marido. Sus grandes ojos parecían enormes lagos grises en los que se reflejaba un asombrado terror. Los dos estaban lidiando desmañadamente con el chaleco salvavidas de ella. El del hombre se encontraba en la litera baja. Le grité, furiosamente, que se diera prisa en ponerle a su mujer el chaleco. Luego, tan pronto como concluyó, aferré a la muchacha con mi mano libre. La chica, dando traspiés, me siguió por las escalerillas. Su paso era tan lento y dificultoso como el de una anciana. Incluso tuve tiempo de sangrar un poco interiormente ante la sola idea de que estaba maltratándola. Pero, ¡caramba!, teníamos prisa. Bajo nuestros pies, el Áurea se inclinaba cada vez más, hundiéndose en el tranquilo océano. El barco no iba a durar mucho.
"Bueno, pese al pandemonio que reinaba en cubierta, conseguí llevar a la pareja hasta su lancha. Para entonces, cerca de nuestro buque había ya un petrolero que lanzaba sus botes para acudir al rescate. Sobre las oscuras aguas brillaban las luces de los faros de búsqueda. En aquel momento el puente comenzó a ladearse, tomando una posición casi vertical que nos lanzó hacia la barandilla. Las mujeres gritaron, colgándose de lo primero que les vino a mano. Pensé que todo había acabado; pero el Áurea volvió a enderezarse en parte. Sin embargo, el bote se escurrió, deslizándose hacia popa, donde quedó trabado. Comprendí que ya no podríamos utilizarlo. Algunos de los otros estaban ya en el agua, a cierta distancia, seguros y esperando la oportunidad de ayudarnos en lo que pudieran cuando zozobrásemos. En la oscuridad, más barcos se acercaban al petrolero, dispuestos también a colaborar. Uno se había aproximado más que los restantes, y desde él nos llamaban. Les respondí a gritos, y el vapor se acercó aún más. Aferré por el brazo a la muchacha de oro. Tenía en mi mano dos vidas... ya saben lo que es eso.
"El marido de la chica, hecho una furia, lanzó un alarido y agarró con todas sus fuerzas a su mujer, gritando algo que, a causa del barullo general, no comprendí. No había tiempo de convencer a nadie de nada, así que, para apartarle, le puse la mano contra la barbilla y le di un fuerte empujón. A la fuerza, soltó a su esposa. Luego tomé en brazos a la chica, la alcé sobre la baranda y, con mucho cuidado y delicadeza, la dejé caer en el sitio donde estaría más segura: el mar, a pocos metros de los botes que habían sido arriados del barco que se encontraba más próximo. El oficial a quien yo había saludado se inclinaba ya para recoger a la muchacha.
"Entonces ocurrieron dos cosas con las que aún sueño a veces, cuando me encuentro indispuesto. Su esposo lanzó un grito digno de un alma en pena, un sonido que nunca olvidaré, y, aullando, fue hasta la baranda y saltó sobre ella. Y la muchacha, la chica de oro... ¡Dios mío...! Al caer al agua se hundió como una piedra.
"Su rostro estuvo un segundo vuelto hacia arriba, demudado, mirándome con aquellos ojos perdidos y aterrados hasta que las aguas se cerraron sobre él. La muchacha se hundió y no volvió a reaparecer.
"Me costó un minuto entero darme cuenta de lo que había ocurrido. Pueden imaginárselo. Luego me tiré al agua y me sumergí en busca de la mujer, bajando, bajando cada vez más; una y otra vez, hasta que, a la fuerza, me izaron a un bote. No pude encontrada. No obstante hubo un momento en que me pareció veda, hundiéndose mucho más abajo de donde me hallaba. Creo recordada con los cabellos erizados, de ojos llenos de horror... Su boca daba la impresión de emitir un silencioso alarido. ¿Cuál era su nombre? Sería agradable pensar que sólo imaginé todo aquello. Y, mejor aún, olvidado. El caso es que no logro hacer ninguna de las dos cosas.
"Para aquellos instantes, del marido tampoco quedaba nada, excepto el chaleco salvavidas, que flotaba mansamente en el lugar donde se lo había arrancado para bucear en busca de la joven. Si el vórtice que produjo el Áurea al hundirse no hubiera revuelto el fondo y hecho subir a la superficie cuanto había hundido, nunca hubiéramos encontrado a ninguno de los dos. El petrolero aún tenía unos cuantos botes en el agua. Uno de ellos recogió el cuerpo de la chica, aprovechando su momentánea. salida a la superficie. Al hombre nunca lo hallamos.
"Fue el encontrarla a ella y lo que llevaba sobre el cuerpo, lo que hizo intervenir en el asunto a la Interpol.
"La muchacha no estaba casada con el hombre, desde luego. Era una modelo profesional y actriz de pequeños papeles que el tipo había recogido en algún club nocturno. Tampoco estaba embarazada. Lo único que, a mi en¬tender, no era falso, era la solícita actitud del hombre hacia su compañera. Nunca la había empleado antes. Todos los cargamentos anteriores los había pasado por aire, mediante otros portadores. El último debía haber sido un trabajo fácil, un crucero de placer con una her¬mosa recompensa al final. Se trataba de un negocio muy provechoso. Creo que no pensaban repetirlo.
"Una vez acabado el primer simulacro de naufragio, el material que ella había subido a bordo metido en una bolsa oculta por su ancho traje de embarazada, pasó a quedar escondido en el chaleco salvavidas de la muchacha. ¿Un lugar absurdo? Bien, les diré una cosa: nadie cree nunca que va a necesitar imperiosamente ese maldito chaleco. Nadie. Así que, a fin de cuentas, no era un lugar tan estúpido. De esa forma, la chica podía disfrutar de comodidad hasta volver a recoger su carga, al llegar a Bombay. Una vez allí la transportaría tiernamente a tierra por entre los empleados de la aduana. La pareja dejó para la última noche el trabajo de trasladar el "paquete" a su escondite original, y el incendio les pescó desprevenidos.
"Desde luego, el hombre podía haberse quedado con el chaleco pesado y dar el suyo a la muchacha. Quizá lo hubiera hecho, de no haber intervenido yo. O puede que no. Después de todo, la chica no era más que una profesional que realizaba un trabajo para él. Una vez en el bote, se hubiera encontrado segura. Y, siguiera lo que siguiese, era ella, con su pasmosa belleza y su desarmante estado, la que hubiera recibido el mejor trato y la que hubiese tenido más posibilidades de volver a esconder la carga y de meterla en la India sin apenas arriesgarse.
"Aún me pregunto cuál fue la verdadera causa que hizo que aquel hombre se arrojara al agua, si la muchacha, o los quince kilos de oro que había en el interior del chaleco salvavidas.

Los Brown no tienen baño - Margot Bennet

Antes de que el agente de bienes raíces tuviera tiempo de parpadear, se encontró con que había alquilado la casa a la señora Brown. Esta la aceptó, sin verla, y firmó un contrato de arrendamiento por diez años. Mientras regresaba al cuarto sótano en el que ella y su marido vivían en aquellos momentos, la mujer depositó una libra en el sombrero de un artista que pintaba en la acera. Para la señora Brown, aquella libra marcaba el final de un año de esfuerzos por ocultar su furiosa desesperación tras una fachada de despreocupada y casi aristocrática serenidad. Ahora, al fin, había encontrado un hogar.
Al abrir la puerta delantera de su nueva casa, la mujer se sintió como Robinson Crusoe echando el primer vistazo a los que iban a ser sus dominios. El sol habría dado de lleno sobre el feo mosaico del vestíbulo de no ser por los turbios y policromos cristales de la galería. El suelo de ésta era de ladrillos, lo cual permitía que en ella se pudieran poner macetas.
-Una preciosa casita –dijo Charles, con leve tono dubitativo.
El cerebro de la señora Brown trabajaba afanosamente.
-Si compramos una alfombra de segunda mano, desde luego, podremos cubrir esas baldosas.
-¿Y cómo taparemos la vía del tren que pasa bajo la ventana del dormitorio? - preguntó Charles.
La mujer abrió una puerta de color amarillo y atisbó escaleras abajo.
-¡Charles! - dijo, excitada -. ¡Aquí hay un baño! Ambos examinaron el cuarto.
-No es muy práctico - admitió ella.
-No -dijo Charles-. Pero supongo que uno puede zambullirse desde el primer escalón de arriba y, al salir, secarse en el recibidor.
Greta corrió al piso de arriba.
-¡Mira! -llamó -. Aquí hay una habitación que, en realidad, no vale para nada. ¿No crees que podríamos trasladar el baño a este piso?
-No conseguiríamos que nadie nos lo hiciera hasta, por lo menos, dentro de seis meses.
-¡Qué tontería! Podemos hacerla nosotros mismos. Cortamos el agua, trasladamos el baño, telefoneamos a la compañía de agua y a la del gas y decimos que nuestro baño no está conectado. Entonces tendremos prioridad. Podemos hacer el trabajo con cuerdas.
-Empiezo a comprender el motivo de que esta casa estuviese por alquilar - refunfuñó Charles.
Greta dijo que había pensado explicarle el motivo de aquello. La casa perteneció a un hombre llamado Smith, cuya esposa le había dejado por otro. Al menos, eso decían los vecinos. Fuera como fuese, el caso es que la mujer había desaparecido y, siempre según decían los vecinos, su esposo quedó tan acongojado que no pudo soportar el vivir allí por más tiempo.
-Me sorprende que lo soportase alguna vez. ¿No te parece que esta casa tiene un olor muy raro?
-Probablemente, sólo son las ratas - dijo ella, con un chispazo de su viejo humor -. Mañana empezaré a fregar los suelos. Tenemos que comprar pintura para esas horribles paredes. Debes ponerte en contacto con los de los almacenes, y con los de la luz, el agua y la electricidad. También está lo de la oficina de suministros, y hemos de encontrar algún carbonero que nos acepte en su lista. ¿Crees que encontraremos a alguien que nos arregle esa ventana rota? Procura comer bien durante el día. Por las noches, sólo tendremos pan y margarina. Y no te olvides de comprar veneno para ratas. .
Durante los treinta días que siguieron, fue como si sus vidas hubieran sido guiadas por un loco. Dedicaban una parte del día a patéticas llamadas a los funcionarios de las compañías de gas, electricidad, teléfonos, suministros y combustibles; la otra parte la invertían en tratar de adquirir cosas que no había en existencia. Por las noches, fregaban los suelos, pintaban las paredes y comían pan con margarina. Todos sus amigos les decían que eran muy afortunados, y les preguntaban si podían arrendarles alguna habitación.
El desagradable olor que habían alquilado con la casa no disminuyó. Charles dijo que la señora Smith no había huido en busca de una aventura amorosa, sino para escapar de aquella pestilencia.
El señor Brown también descubrió que era imposible abrir los grifos del baño sin quitarse los zapatos y meterse dentro de la bañera. Y, cuando lo hubo hecho, se encontró con que el agua había sido desconectada. Estuvo de acuerdo con su mujer en que debían trasladar el baño al primer piso.
Tardaron cuatro horas en subir la bañera escaleras arriba; parte de ese tiempo lo invirtieron en darse consejos contrapuestos en cada recodo. De todas maneras, el trabajo fue lo bastante fatigoso como para hacer creer a Charles que su corazón se había resentido. Se sentó, tembloroso, en el borde de la bañera, mientras Greta iba a preparar té.
La mujer volvió al piso de arriba con las manos vacías, y permaneció callada tanto tiempo que su marido comenzó a sentirse nervioso.
-Creo que deberías echar un vistazo al cuarto de baño - dijo Greta, con un hilo de voz. Y aclaró -: No a éste, sino al de abajo.
Las latentes sospechas de Charles asomaron a la superficie mientras miraba a su mujer. Esta hizo un ademán de asentimiento:
-Ahora que hemos quitado la bañera, me he dado cuenta de que las baldosas que había debajo están sueltas. He levantado una... Lo mejor será que vayas a verlo.
Charles se dirigió a la planta baja. Su mujer le condujo hasta el sitio donde había estado la bañera. Efectivamente: las baldosas, en aquel lugar, habían sido levantadas y vueltas a poner. Se trataba de un trabajo bastante chapucero.
-Ese es el motivo de que los grifos estuvieran desconectados - dijo Greta, detrás de su marido -. La bañera había sido ya levantada con anterioridad y vuelta a colocar. Mira debajo de esa baldosa.
Charles lo hizo. Al enderezarse, su cara tenía un leve matiz verdoso. Acompañó de nuevo a su mujer al piso de arriba. Durante varios minutos, ninguno de los dos habló. Pensaban en agentes de bienes raíces, tiendas de muebles, empleados del gas y la electricidad, oficinas de suministros y combustibles, carpinteros, albañiles, botes de pintura, cantidades de pan y margarina. Recordaban la vida tranquila que habían llevado, sin perjudicar nunca a nadie. Meditaban sobre lo imposible que resultaría, tal como estaban las cosas, encontrar otra cosa en Londres.
Charles permanecía rígido y silencioso. Deseaba que no se le pidiese nunca que se levantara, que hablase, que hiciera algo. Por desagradable que fuera este momento, ansiaba que durase toda la vida, que no fuera seguido por ninguna clase de futuro.
-¿Crees que las tiendas estarán cerradas? - preguntó Greta -. Podríamos conseguir cemento. O algún material aislante que sea compacto. Creo que los trabajos como ése deben hacerse de forma adecuada. - Se alisó los cabellos y susurró -: Prepararé té mientras tú vas por el cemento.
Aquella noche, cuando acabaron con el resto del trabajo, volvieron a trasladar la bañera a la planta baja.
A los vecinos les intrigó el ruido, pero nunca se enteraron de la causa que lo había producido. Eso fue una suerte, ya que si a los oídos del señor Smith hubiera llegado algún rumor, se hubiera sentido enormemente inquieto.
La señora Smith, no. Ella estaba más allá de toda inquietud.