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Dulces para esa dulzura - Robert Bloch

Irma no tenía figura de bruja.

Tenía unos rasgos menudos, regulares, un cutis melocotón y crema, ojos azules, y cabello rubio, casi ceniciento. Además, era una niñita de ocho años.

—¿Por qué la fastidia así? —sollozaba miss Pall—. De este modo le vino la idea, al principio: porque él la llama brujita.

Sam Steever acomodó nuevamente la voluminosa barriga en el crujiente sillón giratorio y plegó las gordas manos sobre el regazo. Su adiposa máscara de abogado permanecía impasible; pero estaba bastante afligido.

Las mujeres como miss Pall no deberían sollozar nunca. Las gafas les resbalan, la delgada nariz se les encoge, los arrugados párpados se les enrojecen y el lacio cabello se les desordena.

—Por favor, domínese —invitaba Sam Steever—. Quizá si discutiéramos ese asunto, desde el principio hasta el fin, de una manera sensata...

—¡No me importa! —miss Pall se sorbía las lágrimas—. Yo no vuelvo allá. No lo soporto. Y a fin de cuentas, tampoco puedo hacer nada. Aquel hombre es su hermano, y ella es la hija de su hermano. La responsabilidad no pesa sobre mí. Yo hice cuanto pude...

—Claro que hizo cuanto pudo —Sam Steever sonrió benignamente, como si miss Pall fuese la presidente de un jurado—. Lo comprendo perfectamente. A pesar de lo cual, no comprendo por qué se ha trastornado usted tanto, querida señorita.

Miss Pall se quitó las gafas y se secó los ojos con un pañuelo estampado de flores. Luego depositó la mojada pelota de tela en el bolso, apretó el cierre, se puso los lentes de nuevo y se irguió en la silla.

—Muy bien, míster Steever —dijo—. Voy a esforzarme lo mejor que sepa para enterarle bien de los motivos que me inducen a dejar de ser una empleada de su hermano.

La buena mujer reprimió un sorbetón tardío, y continuó:

—Me presenté a John Steever hace dos años, como usted sabe ya, respondiendo a un anuncio en que se solicitaba un ama de llaves. Cuando descubrí que había de actuar de gobernanta de una niña de seis años, huérfana de madre, me descorazoné. Ignoro por completo el arte de cuidar niños.

—Los seis primeros años John contrató una niñera profesional —dijo, asintiendo Sam Steever—. Ya sabe usted que la madre de Irma murió al dar a luz.

—Sí, estoy al corriente del caso —contestó miss Pall, en tono remilgado—. Naturalmente, una niña solitaria, abandonada, enternece el corazón de cualquiera. ¡Y aquella niña estaba tan terriblemente sola...! Ah, míster Steever, si usted la hubiera visto, refugiándose cabizbaja por los rincones de aquella casona tan antigua y fea...

—Sí, la vi, la vi —asintió prestamente Sam Steever con el deseo de evitar otro arranque—. Y sé cuanto ha hecho usted por Irma. Mi hermano es bastante irreflexivo, y hasta un poco egoísta, a veces. No comprende.

—Es cruel —declaró miss Pall con súbita vehemencia—. Cruel y perverso. Aunque sea su hermano, yo afirmo que no sirve para padre de ningún niño. Cuando yo llegué allí, la pequeña tenía los bracitos negros y morados de golpes. El padre solía coger un cinturón...

—Lo sé. A veces pienso que John no se ha recobrado nunca del choque que sufrió al morir su esposa. Por eso estuve tan contento cuando vino usted, querida dama. Pensé que lograría mejorar la situación.

—Lo intenté —gimoteó miss Pall—. Usted sabe que lo intenté. En dos años, nunca levanté la mano contra la niña, aunque su hermano me ha dicho muchísimas veces que la castigara. «Déle una paliza a la brujita —solía recomendarme—. Es lo único que le hace falta: una buena azotaina.» Y entonces la pequeña se escondía detrás de mí y me pedía en un susurro que la protegiese. Pero no lloraba, míster Steever. ¿Sabe usted que nunca la he visto llorar?

Sam Steever se sentía vagamente irritado y un tanto aburrido. Deseaba que la madura clueca siguiera con su polluelo. Por ello sonrió y rezumó meladura.

—Pero ¿qué problema se le plantea, exactamente, querida señora?

—Cuando llegué, todo marchaba estupendamente. Nos aveníamos muy bien. Empecé a enseñar las primeras letras a Irma... y me llevé la sorpresa de ver que ya leía a la perfección. Su hermano negó que él le hubiera enseñado; pero la niña se pasaba horas acurrucada en el sofá, con un libro en las manos. «Muy propio de ella —solía decir el padre—. Una brujita antinatural. No juega con las otras niñas. Es una brujita.» Así se expresaba siempre, míster Steever. Como si la pequeña fuese una especie de... no sé qué. ¡Y en cambio, es tan dulce, sosegada y bonita!

»¿Tan raro es que leyese? Yo misma era como ella, de niña; porque..., pero no importa.

»De todos modos, tuve una sorpresa mayúscula el día que la vi manejar la Enciclopedia Británica. "¿Qué estás leyendo, Irma?", le pregunté: Ella me lo enseñó. Era el artículo sobre brujería.

»¿Ve usted cuán mórbidos pensamientos ha inculcado su hermano en aquella pobre cabecita?

»Yo hice cuanto pude. Salí a comprarle juguetes. Ya sabe usted que no tenía ninguno en absoluto; ni una triste muñeca. ¡Ni siquiera sabía jugar! Probé de hacerle tomar afición a otras niñas de la vecindad; pero fue inútil. Las otras no la entendían a ella, y ella no comprendía a las otras. Hubo escenas desagradables. Los pequeños son crueles; no reflexionan. Y su padre no la dejaba asistir a la escuela pública. Tenía que instruirla yo...

«Entonces le traje la arcilla de escultor. Le gustó. Se pasaba horas haciendo caras de arcilla. Para una niña de seis años, Irma demostraba verdadero talento.

»Hacíamos muñecas y yo les cortaba y cosía vestidos. El primer año fue un año de dicha, míster Steever. Sobre todo durante los meses aquellos que su hermano pasó en América del Sur. Pero este año, a su regreso..., ¡no sabría ni comentarlo siquiera!

—Por favor —dijo Sam Steever—. Debe comprenderlo. John no es feliz. La pérdida de la esposa, el declive de su negocio de importación, y la bebida... Pero, en fin, usted ya está enterada de todo eso.

—De lo único que estoy enterada es de que odia a su hija —atajó viva y repentinamente miss Pall—. La odia. Quiere que sea mala; para poderla azotar. «Si usted no vapulea a esta brujita, lo haré yo», suele decir. Y entonces se la lleva arriba y le da con el cinturón... Debe usted hacer algo, míster Steever, si no quiere que acuda a las autoridades yo misma.

Y la loca chismosa lo haría, sin duda, pensó Sam Steever. Remedio: otra dosis de meladura.

—Pero ¿y en cuanto a Irma...? —insistió él.

—Oh, también ha cambiado. Desde que su padre ha regresado, este año. Ya no quiere jugar conmigo, y apenas me mira. Es como si yo la hubiera defraudado, míster Steever, al no protegerla de aquel hombre. Además..., ella misma se cree bruja.

Una locura. Una locura total, increíble. Sam Steever hizo crujir el sillón, al ponerse erguido.

—Ah, no es preciso que me mire así, míster Steever. Se lo dirá ella misma... ¡si va usted un día de visita a la casa!

El hombre percibió el tono de reproche de la voz de la gobernanta y quiso apaciguarla con un movimiento de cabeza conciliador.

—Me lo dijo con todas las letras —prosiguió miss Pall—. Si su padre quiere que sea bruja, lo será. Y no quiere jugar conmigo, ni con nadie, porque las brujas no juegan. Esta víspera de Todos los Santos pasada quería que le diese una escoba. ¡Ah, si no fuese tan trágico, sería divertido! Esa niña está perdiendo el juicio.

»Hace unas semanas, creí que había cambiado. Fue cuando me pidió, un domingo, que la llevase al templo. "Quiero ver el bautismo", me dijo. Imagínese ¡una niña de ocho años interesada en bautismos! Lee demasiado; ahí está el mal.

»Pues bien, fuimos a la iglesia y estuvo tan dulce como ella sola sabe serlo con su vestidito azul nuevo, y cogida de mi mano. Yo estaba orgullosa de ella, míster Steever, realmente orgullosa.

»Pero después se encerró, una vez más, e inmediatamente, en su concha. Anda por la casa, leyendo, corre por el patio al atardecer y habla consigo misma.

»La causa quizá esté en que su hermano no quisiera traerle un gatito. Ella le importunaba pidiéndole un gato negro. El le preguntó para qué lo quería, y ella respondió: "Porque las brujas siempre tienen un gato negro." Entonces él se la llevó arriba.

»Yo no se lo puedo impedir, ya sabe usted. Volvió a pegarle la noche que nos quedamos sin electricidad y no supimos encontrar las velas. El dijo que ella las había robado. ¡Imagínese, acusar a una niña de ocho años de robar velas!

.«Aquello fue el principio del fin. Entonces hoy, cuando el padre ha encontrado a faltar el cepillo para el cabello...

—¿Dice usted que le pegaba con el cepillo para el cabello?

—Sí. Ella ha confesado que lo robó. Ha dicho que lo necesitaba para su muñeco.

—Pero ¿no ha dicho usted antes que no tiene muñecas ni muñecos?

—En efecto; pero se hizo uno. Al menos yo creo que se lo hizo. Nunca lo he visto... ya que nunca quiere enseñarnos nada; ni nos habla en la mesa. Es imposible gobernarla, simplemente.

»Aunque el muñeco ése que se hizo... es pequeño. Lo sé porque a veces lo lleva escondido bajo el brazo. Le habla y lo acaricia; pero no quiere enseñárnoslo, ni a mí ni a él. Cuando él le preguntó por el cepillo del cabello, ella respondió que lo había cogido para el muñeco.

«Entonces su hermano se ha dejado arrastrar por una cólera terrible... ¡Se había pasado toda la mañana en la habitación empinando el codo de nuevo! Oh, no crea que no lo sé. Pero ella se ha limitado a sonreír, y ha dicho que ahora ya podía volver a cogerlo. Y se ha ido a su mesita escritorio y se lo ha entregado. No lo había estropeado nada; me fijé en que el cepillo conservaba aún el cabello del padre.

»A pesar de lo cual, él se lo ha arrancado de la mano, y luego se ha puesto a golpearle los hombros con el cepillo, y le ha retorcido el brazo, y luego...

Miss Pall se acurrucó en la silla y extrajo unos tremendos y agitados sollozos del angosto pecho.

Sam Steever le dio unas palmaditas en el hombro, agitándose a su alrededor como un elefante sobre un canario herido.

—Eso es todo, míster Steever. He venido a verle, directamente. No quiero volver a la casa aquella ni para recoger mis cosas. No puedo soportarlo más... su manera de pegarle... y el ver cómo ella no lloraba, sino que únicamente se reía, y reía, y reía... A veces creo que, de verdad, es una bruja... que su padre la ha convertido en una bruja...

Sam Steever cogió el teléfono. El timbre había roto el alivio de silencio que quedara después de la precipitada marcha de miss Pall.

—Hola... ¿Eres tú, Sam?

Sam reconoció la voz de su hermano, algo maleada por la bebida.

—Sí, John.

—Supongo que la vieja murciélago ha ido corriendo a verte para dar rienda suelta a la lengua.

—Si te refieres a miss Pall, la he visto, en efecto.

—No le hagas caso. Yo te lo explicaré todo.

—¿Quieres que vaya a verte? Hace meses que no te visito.

—Pues enseguida no. Tengo hora con el médico esta tarde.

—¿Te encuentras mal?

—Me duele el brazo. Será reúma, o algo así. Me aplico un poco de diatermia. Pero mañana te llamaré y pondremos en claro todo ese enredo.

—De acuerdo.

Pero el día siguiente John Steever no llamó. Más o menos a la hora de cenar, Sam le llamó a él.

Cosa rara, respondió al teléfono Irma. Su vocecita delgada, estridente tenía un acento débil, en los oídos de Sam.

—Papá está arriba, durmiendo. Ha estado enfermo.

—Bueno, no le molestes. ¿De qué se trata? ¿Del brazo?

—De la espalda, ahora. Dentro de poco tendrá que volver al consultorio del médico.

—Dile que le llamaré mañana, pues. Eh..., ¿marcha bien todo, Irma? Quiero decir si no echas de menos a miss Pall,

—No. Me alegro de que se fuera. Es una tonta.

—Ah. Sí. Comprendo. Pero, si necesitas algo, telefonéame. Y espero que papá se restablezca.

—Sí. Yo también —respondió Irma. Y en seguida se puso a reír, y luego colgó.

La tarde siguiente, cuando John Steever telefoneó a Sam en la oficina de éste, no hubo risitas. Tenía la voz sobria, con la sobriedad aguda del dolor.

—Sam..., por el amor de Dios, ven. ¡A mí me pasa algo!

—¿Qué hay?

—Este dolor... ¡me está matando! Tengo que verte, pronto.

—Me espera un cliente en el despacho; pero me desembarazaré de él. Oye, espera un minuto. ¿Por qué no llamas al médico?

—Ese curandero no puede ayudarme. Me recetó diatermia para el brazo y ayer me la recetó para la espalda.

—¿No te remedió?

—El dolor desapareció, sí. Pero se ha renovado. Me siento... como aplastado. Tengo una opresión aquí, en el pecho. No puedo respirar.

—Por lo que dices, parece una pleuresía. ¿Por qué no lo llamas?

—No es pleuresía. Me examinó ya. Me dijo que estaba más sano que un dólar nuevo. No, orgánicamente no tengo nada anormal. Pero no pude explicarle la verdadera causa.

—¿La verdadera causa?

—Sí. Los alfileres. El alfiler que ese pequeño demonio está clavando en el muñeco que se hizo. En el brazo, en la espalda. Ahora me tiene cogido. No puedo bajar a impedírselo y apoderarme del muñeco. Y nadie más lo creería. Pero es el muñeco, no cabe duda; el que se hizo con cera y con el cabello de mi cepillo. Oh..., al hablar, sufro... ¡Ah, la brujita del diablo! Corre, Sam. Prométeme que harás algo..., lo que sea..., que le quitarás el muñeco..., que te apoderarás del muñeco...

Media hora después, a las cuatro y treinta, Sam Steever entraba en casa de su hermano.

Irma le abrió la puerta.

Sam tuvo un sobresalto al verla plantada allí, risueña e imperturbable, con el cabello rubio pálido peinado inmaculadamente para atrás, dejando al descubierto el rosado óvalo de la cara. Parecía una muñequita, exactamente. Una muñequita...

—Hola, tío Sam.

—Hola, Irma. Tu papá me ha telefoneado, ¿no te lo ha dicho? Decía que no se encontraba muy bien...

—Ya lo sé. Pero ahora está perfectamente. Duerme. Algo le sucedió a Sam Steever; una gota de agua glacial le bajó por el espinazo.

—¿Duerme? —repitió con voz ronca—. ¿Arriba?

Y antes de que la niña hubiese abierto la boca, subía los escalones a saltos hasta el segundo piso y recorría el pasillo a grandes zancadas, hasta el cuarto de John.

John yacía en la cama. Estaba dormido; solamente dormido. Sam Steever notaba el subir y bajar acompasado del pecho al respirar. Tenía la faz tranquila, sosegada.

Entonces la gota de agua fría se evaporó, y Sam tuvo fuerzas para murmurar:

—Tonterías —entre dientes, al mismo tiempo que se volvía.

Mientras bajaba, improvisaba planes apresuradamente. Unas vacaciones de seis meses, para su hermano... Se abstendrían de llamarlo una cura... Un orfanato para Irma; le darían ocasión de alejarse de aquella morbosa casona antigua, de tantos y tantos libros...

A mitad de las escaleras, se detuvo. Mirando por encima de la barandilla, vio a Irma en el sofá, acurrucadita como una bolita blanca. Hablaba a una cosa que tenía acunada en los brazos y que iba meciendo con el movimiento del cuerpo.

De modo que la muñeca (o el muñeco) existían, después de todo.

Sam Steever bajó de puntillas, silenciosamente y se acercó a Irma.

—Hola —dijo.

La niña dio un salto y levantó ambos brazos para cubrir por completo lo que fuere que estuviera mimando, y que ahora estrechaba contra sí.

A Sam Steever se le ocurrió la idea de una muñeca apretada por el pecho...

Irma levantaba los ojos hacia él, convertida en una máscara de inocencia. En aquella media luz, su cara parecía realmente una máscara. La máscara de una niña que escondía..., ¿qué?

—Papá está mejor ahora, ¿verdad que sí? —balbució Irma.

—Sí, mucho mejor.

Yo sabía que lo estaría.

—Pero me temo que tendrá que marcharse a gozar de un descanso. Un descanso muy largo.

Una sonrisa se filtró a través de la máscara.

—Perfecto —dijo la niña.

—Naturalmente —continuó Sam—, tú no podrías quedarte sola aquí. Me estaba preguntando..., quizá podríamos enviarte a una escuela, o a una especie de hogar de...

Irma se puso a reír.

—Ah, no debe preocuparse por mí —replicó. Y dejó sitio en el sofá mientras Sam se sentaba; pero en seguida se levantó de un salto, al verle acercarse a ella.

Con el movimiento, los brazos de Irma se apartaron algo del cuerpo, y Sam Steever vio un par de piernecitas delgadas colgando bajo el codo. Eran unas piernas vestidas con pantalones y que lucían unos trocitos de cuero por zapatos.

—¿Qué tienes ahí, Irma? —preguntó Sam—. ¿Es un muñeco?

Y pausadamente extendió la regordeta mano. Irma retrocedió.

—No puede verlo —dijo.

—Pues yo quiero verlo. Miss Pall me dijo que haces unos muñecos preciosos.

—Miss Pall es tonta. Y usted también. Vayase.

—Por favor, Irma. Déjame verlo.

Pero mientras estaba hablando, Sam Steever contemplaba ya la parte superior del muñeco, que quedó un momento al descubierto, al retroceder Irma. Era una cabeza perfecta, con mechones de cabello sobre una cara blanca. El crepúsculo disimulaba la fisonomía, pero a pesar de todo Sam reconoció los ojos, la nariz, la barbilla...

Y no pudo continuar fingiendo.

—¡Dame ese muñeco, Irma! —ordenó secamente—. Sé qué es. Sé quién es...

Por un instante, la máscara desapareció de la faz de Irma, y Sam tuvo ante su mirada la imagen del miedo descarnado.

La niña lo sabia. Sabía que él lo sabía.

Pero en seguida, con la misma presteza, la máscara volvió a su sitio.

Irma volvía a ser ni más ni menos que una chiquilla dulce, mimada y terca mientras movía la cabeza alegremente y le miraba con malicia de picaruela.

—¡Oh, tío Sam! —exclamó riendo—. ¡Qué tonto es usted! ¡Si esto no es ni siquiera un muñeco de verdad...!

—¿Qué es, entonces? —murmuró él. Irma se rió de nuevo, levantando la figura mientras contestaba:

—Pues... ¡es caramelo, únicamente!

—¿Caramelo?

Irma hizo un gesto afirmativo. Luego, con gesto rápido, se metió la cabecita de la imagen en la boca.

Y la cortó de un mordisco.

Arriba sonó un solo grito, desgarrador.

Mientras Sam Steever se volvía y subía las escaleras corriendo, la pequeña Irma, todavía mascando gravemente, salió por la puerta principal y se hundió en la noche.

La prueba - H. G. Ewers

Toby Warwick tenía miedo. Dos horas antes se había separado disimuladamente de sus compañeros de clase, porque con su alboroto ahuyentaban a los animales del bosque, que a él tanto le gustaba obser­var. Ahora, en cambio, añoraba la presencia de sus ruidosos amigos. Pero eso no tenía remedio. Toby se había extraviado. 

Sin duda la señora Barlett, su profesora, habría observado ya su desaparición. Toby se imaginó durante unos momentos cómo le llama­ban todos. Algo absurdo, porque era sordo de naci­miento. No era la primera vez, en sus trece años de vida, que Toby se daba cuenta de lo que le dife­renciaba de los demás, pero nunca había sentido tan profundamente su desgracia como ahora.

Dentro de su mala fortuna, sin embargo, Toby podía considerarse dichoso. La gran suerte del mu­chacho se llamaba Gardner Warwick y era su pa­dre, que con inagotable paciencia había ido ense­ñando al niño el difícil arte de leer en los labios, de modo que Toby podía asistir a la misma escuela que los chicos normales y con harta frecuencia lle­gaba a olvidar su incapacidad de oír.

Toby siguió un estrecho sendero. No sabía si avanzaba en la dirección acertada. Sólo estaba se­guro de hallarse en los bosques casi vírgenes de las Colinas Negras y que, en alguna parte, en diez kilómetros a la redonda, corría la carretera que con­ducía de Lead a Newcastle. Y allí, en un estaciona­miento situado a cuatro kilómetros de Lead, aguar­daba el autobús escolar que había trasladado los niños desde Newcastle hasta los bosques.

Toby tenía conciencia que no todos los cami­nos llevaban a la carretera salvadora. Si tomaba la dirección contraria, le tocaría andar por lo menos diecisiete kilómetros para salir a la de Moorcroft-Spearfish. Y también podía equivocarse e ir a parar al triángulo de bosques que se extendía al sudoeste. Eso significaría tener que recorrer ochenta kilóme­tros de selva virgen sombría, montañosa y en buena parte llena de pantanos, y en realidad la distancia sería aún mayor, ya que le resultaría imposible avan­zar siempre en línea recta. Por si fuera poco, dos horas más tarde anochecería.

Si Toby hubiera sabido que en aquellos instantes la señora Barlett iniciaba su búsqueda desde la ca­rretera, ayudada por casi cincuenta muchachos, pro­bablemente habría permanecido donde estaba. Pero, dadas las circunstancias, hizo todo lo contrario. Los animales del bosque, por los cuales se había apar­tado de sus compañeros, eran ahora para él la en­carnación del temor y del abandono. 

Al no poder oír cómo se acercaban, su presencia le sorprendía cada vez de nuevo y hacía que, pese a su carácter inofensivo, le pareciesen malos espíritus. Su fantasía infantil poblaba el silencioso bosque de todos los personajes imaginables y Toby aceleró el paso más y más hasta que, por fin, quedó agotado.

Llegó como pudo hasta un pequeño calvero, y allí se dejó caer, jadeante, entre poas y sellos de Salomón, cubriéndose la cara con las manos, como si con ello apartara de sí el peligro. Pasado un rato, se fue calmando. Echó la cabeza hacia atrás y con­templó el cielo. Allí arriba refulgía solitaria una estrella..., tan solitaria como él. Pero la estrella tendría pronto compañía, mientras que él permane­cería incomunicado.

De súbito, los ojos del muchacho se abrieron des­mesuradamente. En línea, diagonal descendente se deslizaba, por el cielo, un pálido resplandor que ad­quirió después un brillo azulado y pareció posarse detrás de las cercanas copas de los árboles. Perma­neció allí un rato cual silenciosa columna de fuego para adquirir poco a poco la forma de una flecha indicadora que destacaba refulgente contra el fondo gris del crepúsculo y disolverse de arriba abajo como una exhalación.

Toby respiraba con angustia. ¿Qué habría sido eso? ¿Una estrella fugaz? Nunca había visto un cuer­po luminoso tan claro, y mucho menos en pleno anochecer. Entonces recordó que, con frecuencia, los equipos de localización empleaban bengalas para anunciar su presencia a las personas extraviadas, y Toby quedó convencido que todo Lead y al me­nos la mitad de los habitantes de Newcastle le an­daba buscando. Con aquel cohete querían indicarle el camino. La esperanza dio nuevas fuerzas al niño, que echó a correr al encuentro de la ansiada sal­vación.

Una hora más tarde, Toby no había descubierto todavía a ningún miembro del equipo de salvamento y el abatimiento volvió a apoderarse de él. Lenta­mente se abrió paso entre la espesura. Cada vez le costaba más luchar contra el creciente cansancio. De pronto se movieron las ramas que tenía delante. Du­rante unos segundos se hizo visible la borrosa si­lueta de un ser humano.

—¡Aquí estoy! —chilló el muchacho, temeroso de no ser visto.

Los arbustos se entreabrieron. Primero asomó el doble cañón de una escopeta de caza, y a conti­nuación surgió de la semioscuridad la forma de algo que hacía ya mucho tiempo que no merecía el nom­bre de sombrero. Debajo de eso apareció otra cosa extraña, semejante a una maraña de estopa. Toby necesitó unos momentos para comprender que aque­llo era una barba mal cuidada. 

El aspecto del indi­viduo hizo que se arrepintiera de haber delatado su presencia. La gente de Newcastle hablaba mucho de delincuentes que tenían su escondrijo en las Colinas Negras, y la idea que Toby se había formado de uno de esos bandidos correspondía exactamente al tipo del desconocido.

Entretanto, el hombre se aproximaba al niño. El olor a aguardiente y tabaco de mascar que des­pedía no contribuyó, ciertamente, a inspirarle más confianza.

—¿Qué haces aquí? —rugió una voz procedente del negro agujero que se abría entre la pelambre que cubría la parte inferior de la cara, desde la nariz de ave de rapiña.

Toby tuvo dificultad para leer las palabras en aquellos labios.

—Yo..., yo busco... —tartamudeó, aunque se corrigió en seguida—: La gente de Lead y Newcastle me buscan. Seguramente llegarán de un momento a otro. No hace mucho, vi la bengala...

El muchachito confiaba en que el hombre se asus­tara y pusiera pies en polvorosa, pero no fue así.

—¡Ah...! —dijo el desconocido, a la par que ba­jaba el arma—. Conque te buscan, ¿eh? ¿Te has escapado? —añadió, alargando las palabras.

El hombre avanzó y Toby retrocedió temeroso. Pero el otro fue más rápido y le agarró por el cuello de la camisa.

—¡Eh! —exclamó—. ¡Nada de escabullirte, amiguito! ¿Crees que los vecinos de Lead y Newcastle no tienen otras cosas que hacer que correr detrás de ti?

El viejo sonrió de pronto, y Toby sintió casi cier­ta simpatía por él, lo que le hizo suspirar de alivio.

El hombre guiñó los ojos en una pícara mueca.

—De modo que tenías miedo de mí... ¡Ja, ja, ja! Desde luego, el viejo Lister no está muy presentable. Pero eso sería mucho pedir de un guardabosques, ¿no te parece?

Toby experimentó un sentimiento de alivio. ¡Era Lister, el guarda! En Newcastle ya había oído hablar de él. Propiamente era el mismo Lister quien se había nombrado guardabosques, ya que no existía designación oficial alguna, pero como el hombre no pedía dinero a cambio ni causaba daño, se le tole­raba de manera tácita. Y lo cierto era que más de un caminante solitario que se había perdido le de­bía la vida.

Toby observaba atento su boca, para no perderse ni una sola palabra. Pero de pronto, su mirada se desvió. Detrás del viejo Lister acababa de percibir otro movimiento. El guardabosques demostró ser hombre de ojo avizor, porque observó en seguida el cambio de expresión en el rostro de Toby. 

Se volvió con brusquedad y quedó aterrado al ver la extraña aparición que oscilaba ligeramente en la os­curidad y destacaba pálida contra la negrura de la maleza. Toby había oído hablar mucho de fantas­mas, aunque no creía en ellos. Ahora, sin embargo, las viejas historias de miedo de Mammy Rahel pa­recían haber adquirido vida.

Lo que allí permanecía inmóvil, no era hombre ni animal. Toby tuvo la impresión que era un capullo de gusano de seda que flotaba a poca dis­tancia del suelo, compuesto de hilos indescriptible­mente finos, blancos y además fluorescentes... Sólo que se trataba de un capullo de dimensiones gigan­tescas, ya que al menos medía un metro de largo y veinticinco centímetros de ancho.

Estaban tan asustados que ni el chico ni el an­ciano guardabosques se atrevían a moverse. Final­mente, cuando del centro de la sedosa cubierta sur­gieron poco a poco tres largos tentáculos o tubos, del grueso de un dedo, que se movían de un lado a otro como si el viento los meciese, Lister salió de su estupor. Con gesto decidido alzó la escopeta y apuntó contra la misteriosa figura. Pero no apretó el gatillo. Por lo visto, no sabía en qué categoría de espíritus incluir aquella aparición.

Pero también el fantasma vaciló. De momento volvió a introducir sus miembros, o lo que fueran, en el capullo, y en su lugar asomó una masa rosada y pulsante. Toby observó, con mirada desorbitada, cómo la reluciente masa iba adquiriendo forma de boca casi humana. Los «labios» se movieron, pero el muchacho estaba demasiado sorprendido para leer algo en ellos. Tampoco Lister reaccionó. Enton­ces, la aparición debió perder la paciencia, porque comenzó a acercarse al anciano con boca súbitamente inmóvil. Lister no supo ya qué hacer y dis­paró.

Toby vio el fogonazo y el humo producido por la pólvora. Comprobó asimismo que la figura se tam­baleaba, aunque con asombrosa rapidez volvía a re­cobrar el equilibrio. Y de nuevo se movieron los labios, de forma que el niño pudo descifrar al fin una palabra.

—¡Tatvamahsi!

Toby no entendió el significado de aquella expre­sión. Absorto, siguió con los ojos clavados en la extraña boca. Dos veces repitió la misma palabra. ¿Qué pretendía con ello aquel extraño ser? El mu­chachito buscó al viejo con la mirada..., y quedó horrorizado. Dio un grito ahogado, y cayó sin sen­tido.

Aun así, la terrible visión le acompañó en su in­consciencia.

¡La imagen de un hombre que se transformaba en un convulso bolo gelatinoso!

Cuando Toby Warwick despertó, estaba bañado en sudor. Notó que su cuerpo temblaba y supo en seguida que tenía miedo de algo espantoso. Sin em­bargo, no logró recordar de qué se trataba. ¿Le ha­bía martirizado alguna pesadilla? El muchacho buscó a tientas la lamparita de la mesa de noche, pero no la encontró. En cambio, sus dedos chocaron contra una cosa fría que se escurrió al momento.

De súbito se encendió una luz. Cegado por ella, Toby no se dio cuenta que se aproximaba una figura blanca. La vio sólo cuando estaba ya junto a su cama. Instintivamente, Toby se estremeció. Aque­lla figura le había traído un recuerdo confuso. Sus ojos se deslizaron hacia arriba por la blanca super­ficie. El rostro rosado de una enfermera le miraba sonriente.

—¿Qué, por fin despertaste, pequeño fugitivo? —leyó Toby en sus labios.

El niño arrugó la frente. ¿Fugitivo él? No acaba­ba de comprenderlo...

—¿Dónde..., dónde estoy? —musitó.

—En el hospital, Toby. Pero no temas, que no tienes nada de particular. Únicamente estás todavía un poco agotado, lo que no es de extrañar, después de tanto correr de un lado a otro.

—¿Yo de un lado a otro...?

—Ahora debes descansar, muchacho.

La enfermera barrió en silencio los fragmentos de un vaso roto. Él lo habría tirado al suelo sin darse cuenta. Poco después, la enfermera se acercó a la cama con un nuevo vaso de agua en el que echó unos polvos blancos, y se lo ofreció a Toby:

—Bebe esto, pequeño, y verás cómo sientes ali­vio.

El chico obedeció y vació el vaso de un solo trago, pues de pronto sentía una sed abrasadora. La enfermera dijo entonces:

—Ahora sé bueno y vuelve a echarte, ¿eh? Yo no tardaré en estar otra vez contigo.

Toby hizo un mohín de disgusto. Aquella enfer­mera le resultaba empalagosa. ¡Al fin y al cabo tenía ya trece años! Se recostó en la almohada y cerró los ojos, dispuesto a no abrirlos cuando regresara la mujer. Pero no necesitó llevar a cabo ese propó­sito porque, mucho antes que volviera la enfer­mera, Toby dormía profundamente.

De momento, el chico no supo qué le había des­pertado. Un rostro delgado y enérgico, con gafas de concha, se inclinaba sobre él.

—¿Me entiendes, Toby? —pronunciaron los labios.

El muchacho asintió, todavía un poco amodo­rrado.

La cara desapareció para retornar a los pocos instantes.

—¿Quién es usted? —preguntó Toby.

—Soy el doctor Berull, hijo. ¿Crees tener sufi­ciente fuerza para levantarte?

—¡Quiero volver a casa, con papá! —declaró el niño, enérgico.

El rostro se movió de arriba abajo, en un gesto afirmativo.

—Claro que sí, Toby. Puedes irte en seguida. Sólo que... —evidentemente, el médico buscaba las pala­bras adecuadas—, hay unos señores, muy amables por cierto, que desean hablarte antes. ¿Harás el fa­vor de atenderles?

Toby asintió de nuevo. Conocía de sobra a los mayores para saber que una negativa no iba a ser­virle de nada. Se vistió con prisa, una vez que el doctor le hubo ayudado a salir de la cama. El mu­chacho tenía prisa por salvar el último obstáculo que le separaba de su padre, porque lentamente, y de modo incompleto, volvían a su memoria los su­cesos de las Colinas Negras.

Cuando el doctor Berull le hizo cruzar una puer­ta que daba a un despacho, Toby experimentó un desengaño. No se había hecho una idea concreta de esos «amables señores» que le aguardaban, pero sí confiaba en que su aspecto fuese un poco extraordi­nario. 

Pero nada de eso. Se trataba de tres señores de cierta edad y cara bondadosa que, en primer lu­gar, se interesaban por las revistas que tenían exten­didas delante. El muchacho permaneció cosa de un segundo en la habitación sin que le hicieran caso, y se sintió pequeño e insignificante.

Por fin, el mayor y más grueso de los tres dejó la lectura y miró a Toby con sus ojos claros, de mirada franca.

—¡Ah, ya tenemos aquí a nuestro fugitivo! —ex­clamó, a la vez que alargaba la mano para asir a Toby y hacerle sentar en un cuarto sillón.

También los otros dos señores dejaron sus revis­tas y sonrieron al niño con benevolencia, aunque de manera un poco enigmática.

—Ante todo, vamos a presentarnos —dijo el más viejo—. Yo soy Ray. Ray Stinson. Tío Ray para ti, y estos señores —añadió, señalando con un ligero gesto de la mano a sus acompañantes, que hasta entonces no habían abierto la boca— son Joe Welsh y Rex Hine. Y tú eres Toby Warwick...

Lo último fue más una constatación que una pre­gunta. No obstante, Toby contestó con un vacilante «sí, señor».

—¡Tío Ray! —le corrigió el hombre grueso, que se reclinó comodón en su butaca, hizo salir azulados aros de humo del cigarro y volvió a enmudecer. Toby, nervioso, se escurría de un lado a otro de su asiento. Ansiaba poder relatar lo vivido en el bosque.

—Pues bien... —el tío Ray reanudó la conversa­ción—. Cuéntanos ahora todo lo que ocurrió desde que te extraviaste. Pero procura hacerlo de forma ordenada.

Por vez primera apareció una chispa de interés en los ojos de sus compañeros. Pero Toby estaba demasiado excitado para fijarse en ello. Empezó a explicar sus aventuras. Al principio, con inseguridad y naciendo muchas pausas. Luego, las palabras bro­taron de sus labios como un torrente. Sus oyentes demostraban atención y paciencia. Sólo cuando, al término de su relato, volvió a tartamudear un poco, intervino el tío Ray con un carraspeo:

—Está bien, muchacho... Conque el señor Lister disparó con su escopeta contra el..., el espíritu. ¿Sa­bes si le dio?

Toby hizo un gesto de afirmación, pensativo.

—Creo que sí. El fantasma o lo que fuera se tambaleó unos instantes, pero el tiro no pareció haberle hecho daño.

—¡Claro, a un espíritu poco puede importarle que le suelten un balazo o toda una andanada de perdi­gones! —rió uno de los hombres.

—¡Cállese, Joel —le increpó Ray Stinson—. Con­tinúa, muchacho. ¿Qué más sucedió?

—Pues... —prosiguió Toby con voz temblorosa—. Entonces gritó algo..., y, de pronto, el..., el guarda­bosques desapareció.

—¡Ah! ¿Adónde se fue el viejo Lister? —inquirió Ray, inclinándose hacia el muchacho.

Toby sacudió la cabeza.

—No se marchó. Eso puedo jurarlo. La maleza era tan espesa, que le hubiera costado trabajo abrirse camino. Desapareció, simplemente. Pero allí donde él había estado, quedó una..., una...

—Una masa gelatinosa de color verde —le ayudó el tío Ray.

El chico miró a Stinson con reproche.

—No era una masa, sino un bolo, un bolo de un metro de altura, más o menos, y el cañón de la escopeta asomaba un trozo de esa forma rara...

—¡Exactamente lo que nosotros encontramos! —intervino el hombre llamado Joe—. ¡Pero un ser humano no puede convertirse así como así en un bolo de gelatina! ¿Estás seguro que ese «espí­ritu» no llevaba un arma en la mano?

—¡Sí no tenía manos! —repuso Toby, molesto.

Joe lanzó un suspiro.

—Está bien... Quizá carecía de manos, como tú afirmas. Sin embargo, algo tuvo que hacer...

—Sólo dijo una palabra. Nada más. Lo leí clara­mente en su boca.

—¿Y qué dijo?

Tres pares de ojos se clavaron en el muchacho.

—A ver... Ta..., ta... No, no era eso. Takamah... ¡Ya lo tengo! La palabra era tatvamahsi.

Mientras intentaba recordar tan extraña expre­sión, Toby había cerrado los ojos para concentrar­se mejor. Después, cuando los abrió, creyó morir de espanto. Los tres hombres habían desaparecido. En su lugar, los sillones estaban ocupados por tres bolos de una gelatina verdosa.

El muchacho fue incapaz de mover ni un dedo. En cambio, chilló. Chillaba todavía cuando el mé­dico se presentó en compañía de dos enfermeras. También éstas empezaron a gritar. El doctor fue el único que, aun con visible esfuerzo, logró dominarse y agarrar el teléfono.

 —¡Habla de una vez! ¿Qué ocurrió en el despa­cho del hospital? ¿Qué les hiciste a mis tres hom­bres?

La voz del desconocido era dura y amenazadora. Todo lo contrario de la del desdichado tío Ray. Pero Toby no era capaz de distinguirlo, aunque por el rostro congestionado del inspector comprendió que estaba fuera de sí. No había duda: echaban la culpa a Toby de los misteriosos sucesos. La presencia de seis policías armados hasta los dientes era suficien­temente elocuente.

Toby se echó a llorar. Ni siquiera recordaba con claridad cómo le habían transportado desde el hos­pital. ¡Pero él era inocente! ¿Sí...? ¿Lo era en rea­lidad? Poco a poco, Toby fue comprendiendo la si­tuación, lo que le hizo aún más obstinado.

El inspector golpeó la mesa con una regla. Luego dio media vuelta bruscamente y agarró a Toby por el cuello de la camisa.

—Amigo —comenzó—, voy a decirte una cosa. ¡O bien me explicas en seguida todo lo ocurrido, sin pérdida de tiempo, o te encerraremos en nuestra celda más oscura!

El inspector Thorcraft no era el monstruo por el que Toby le tomaba. Pero el hombre había lle­gado al límite de su resistencia. Lo que acababa de pasar le parecía tan horrible, tan escalofriante, que no por ser policía estaba menos impresionado que los demás.

—¿Qué me respondes? —insistió en tono amena­zador.

Toby tragó saliva. En su martirizado cerebro ha­bía nacido una idea salvadora...

—Deme lápiz y papel, por favor, y entonces es­cribiré la palabra. Temo que, si la pronuncio...

El inspector levantó una ceja, pero sin más co­mentarios se volvió de cara a la mesa y entregó al muchacho lo que había pedido. Toby dio las gra­cias con un gesto de cabeza y, con grandes y torpes letras, se puso a escribir la misteriosa palabra TATVAMAHSI.

—Tome, señor —dijo con voz insegura—, pero le ruego que no lea eso en voz alta. La desgracia podría repetirse...

Thorcraft estudió ceñudo la hoja de papel.

—Hum... De acuerdo, Toby. Espero que no nos hayas ocultado nada y que ésta sea realmente la palabra, aunque no me explico cómo...

—No les engaño, señor. ¿Puedo irme ahora a casa?

—Todavía no, hijo. Antes tenemos que compro­bar la veracidad de tu declaración, ¿entiendes? —contestó el inspector, pese a que no tenía aún la menor idea de cómo demostrar el efecto de aquel vocablo fatal. Si Toby no había mentido, era total­mente imposible hacerlo.

—De momento regresa a tu habitación —prosi­guió—. Nada debes temer si dijiste la verdad.

Hizo una señal a los dos agentes uniformados, que flanquearon a Toby y se lo llevaron.

Sólo entonces entró en escena el delgado cien­tífico de cabellos grises que mientras tanto había permanecido silencioso en un rincón. Thorcraft le miró muy serio.

—¿Qué opina de esta historia, profesor Prayer?

—¡Que es fantástica! —susurró el sabio—. Tengo la impresión, sin embargo, que el chico no mien­te. Claro que será muy difícil probarlo. ¿Qué no­ticias han llegado de las Colinas Negras, inspector?

—Nada nuevo —replicó Thorcraft, a la vez que encendía un pitillo—. Los equipos de investigación no han encontrado nada, por ahora, ninguna huella de la extraña aparición. Se diría que se la ha tragado el suelo, si no existió solamente en la imaginación de ese chiquillo.

—Sí, claro, también hay que admitir tal posibi­lidad —admitió Prayer de mala gana—. Pero con­tamos con testigos cada vez más numerosos que, aquel anochecer, se produjo un fenómeno celeste muy raro... Todos coinciden en que una columna de fuego descendió poco a poco sobre la Tierra y desa­pareció en la misma parte de bosque donde luego fue encontrado Toby.

Thorcraft movió la cabeza.

—Un meteorito. ¿Qué iba a ser, si no? ¿Relaciona usted acaso los dos sucesos?

—Naturalmente, inspector, y usted debiera ha­cer lo mismo. Porque ese fenómeno celeste no fue un aerolito, según el informe del observatorio de Yerkes, en la bahía de Williams.

—¿Y qué relación ven los astrónomos entre una cosa y otra?

—Ninguna, inspector. ¿Supone que hablé a esos señores de nuestro problema? Por ahora no debe correr la voz, pero nosotros debemos reflexionar muy en serio sobre el asunto. ¿Qué sería más fan­tástico: la aparición de un auténtico fantasma o..., el aterrizaje de un ser no terrestre?

—¿De un... extraterrestre?

Thorcraft saltó de su asiento, pero luego movió la cabeza en sentido negativo.

—Perdone, profesor, pero no puedo aceptar tal cosa. ¿Qué iba a buscar aquí uno de esos seres?

—Trate de adivinarlo, inspector —contestó Pra­yer, y con estas palabras dejó solo al policía.

Thorcraft le siguió con la mirada, caviloso, y apretó los labios.

—Empiezo a dudar de mi cordura —murmuró—, pero..., ¡diantre! Sea como fuere, tengo que redac­tar el informe para el gobernador.

Al cabo de media hora, el inspector firmó el do­cumento estrictamente confidencial y lo mandó por medio de un correo. Había pensado en todo, pues, en lo referente a su trabajo, Thorcraft era hombre exacto hasta la pedantería. Tampoco omitía la adver­tencia de Toby. Al final del informe aparecía sub­rayada con tres líneas rojas.

Pero, ¿quién lee un escrito de abajo arriba?

 El gobernador se hallaba todavía en su despacho de Cheyenne, capital del estado de Wyoming, cuan­do le llegó el informe del inspector. Ordenó al por­tador, un robusto sargento, que aguardara la posible respuesta y se dejó caer con un suspiro de fatiga en el sillón situado detrás de su enorme mesa de trabajo. Sus pensamientos nada tenían de amables. 

El dudoso suceso se había producido en una zona donde se unían las fronteras de Wyoming y Dakota del Sur. De haber ocurrido la cosa trescientos me­tros más al este, sería su colega de Pierre quien ten­dría que enfrentarse con el engorroso problema.

«...Debo comunicarle, muy a pesar mío, que los equipos encargados de la búsqueda no han descubierto aún huella alguna del misterioso ser. Sin embargo, dado el peligro a que se extienda el pánico, me permito recomendar que el asunto se mantenga en el más absoluto se­creto...»

—¡En el más absoluto secreto! —gruñó el gober­nador entre dientes, al mismo tiempo que por su tosca pipa hecha con una mazorca de maíz echaba volutas de humo azulado—. ¡Ese Thorcraft se ha creído que es más listo que yo!

Con cara de pocos amigos prosiguió la lectura... Según declaraba el testigo Toby Warwick, la trans­formación se presentaba siempre como efecto de una palabra al parecer sin sentido, la palabra tatvamahsi.

Y repitió en voz baja:

Tatvamahsi...

Allí, a media frase, terminó la existencia de lo que había sido el gobernador del estado federal de Wyoming. Un aro de humo brotó de la pipa, que permaneció todavía un instante pegada a un bolo de gelatina verdosa y luego cayó al suelo.

Cuando la secretaria llamó tímidamente a la puer­ta media hora más tarde, no obtuvo respuesta. Va­ciló todavía algunos segundos y, por fin, abrió con decisión. El sargento que esperaba en la habitación contigua llegó a tiempo de sujetarla entre sus bra­zos cuando la mujer, dando un grito terrible, se derrumbó desmayada. El suboficial Hawkins la acos­tó cuidadosamente en una butaca y penetró en el despacho.

Lo único que logró decir al descubrir el gelati­noso bolo verde, fueron estas duras palabras:

—¡Qué tipo más idiota! Ahora los problemas serán para mí...

Se dirigió furioso al teléfono y pidió inmediata comunicación con el inspector Thorcraft.

La indiscreción de los periodistas es tan prover­bial, que no hace falta destacarla de nuevo. Malo sería el reportero que no averiguara hasta los más ocultos secretos de estado.

Roland Denoyer, responsable de los programas de los recién inaugurados estudios de televisión de Kaycee, no sintió remordimientos de conciencia cuan­do entregó al locutor de turno el informe especial, redactado con el máximo esmero. Denoyer consideró un deber patriótico poner a sus conciudadanos so­bre aviso respecto del peligro que corrían a causa de su desprevención.

Quizá se habría evitado más de una desgracia si Ernest Hobble, llamado por sus colegas «el bello Ernest» no hubiera tenido la mala costumbre de prescindir del reglamento que ordenaba leer al me­nos dos veces cada texto, en silencio, antes de la emisión. Estaba seguro de su talento como locutor, y lo lucía.

Los estudios de Kaycee eran algo aún descono­cido para los habitantes del estado de Wyoming. Para remediar pronto tal situación, Denoyer se ha­bía ocupado de incluir en el programa algunos es­pacios sensacionalistas y, en efecto, mucha gente se apresuró a buscar en sus aparatos el nuevo canal.

También la familia Haggadey lo hizo. En la semioscuridad de la sala de estar se oía un gorgoteo. El señor Haggadey bebía cerveza, aunque sin apartar ni por un segundo los ojos del televisor. A su lado crujieron papeles. La señora Haggadey se dedicaba a abrir una caja de bombones, a despecho del con­sejo del médico y de la circunferencia de su propio abdomen. 

Los oídos de la mujer captaban entusias­mados la música para transmitirla a su alma, mientras que el marido se interesaba más por las bien formadas piernas de las bailarinas.

En consecuencia, y aunque por distinta causa, los dos se mostraron disgustados cuando la pan­talla se oscureció tras resplandecer brevemente. De cualquier forma no llegaron a protestar abiertamen­te, ya que la pantalla volvió a iluminarse y en ella apareció, cual deslumbrante cometa, el elegante Ernest Hobble. 

A la señora Haggadey se le atragantó el bombón de licor que tenía en la boca, y no se le pasó la tos hasta que el esposo le hubo dado unos cuantos golpecitos en la espalda. Ella le apartó de un empujón, al fin, y así pudieron, entender los dos las palabras del locutor:

 «... Resulta incomprensible que la policía y el gobernador silencien tan graves sucesos. En nuestra opinión, el pueblo tiene derecho a ser protegido de un destino espantoso mediante rá­pida información...»

—¡Debe andar suelto algún maníaco sexual! —ex­clamó indignada la señora Haggadey.

—¡Silencio! —bramó el marido, a la vez que abría ruidosamente una lata de cerveza. La cuarta.

 «... by Warwick. Éste fue testigo de los ho­rribles sucesos y es, además, el único supervi­viente. En círculos bien informados se habla del aterrizaje de una nave espacial marciana. Numerosos habitantes de Lead presenciaron la caída de una especie de cabellera de fuego que, sin duda, procede del ingenio que tomó tierra en las Colinas Negras. Habla también en favor de una invasión marciana el método de ataque del monstruo. 

Según Warwick con­siste en una palabra evidentemente mágica ca­paz de producir la transformación de las per­sonas en una especie de bolos de gelatina ver­dosa. Y como quiera que tal palabra surte igualmente efecto si una persona la pronuncia, ad­vertimos a todos los telespectadores que la pa­labra tatvamahsi...»

La voz del locutor se interrumpió bruscamente. Pero nadie tuvo tiempo de extrañarse, porque los miles y miles de bolos gelatinosos sentados ante los ahora mudos televisores eran ya incapaces de ha­blar. Los últimos ruidos que hubo en casa de los Haggadey consistieron en el sordo choque contra el suelo de una lata de cerveza a medio vaciar, y en otro, más suave, que produjo la caja de bombones al resbalar sobre la alfombra.

Y todo ello era consecuencia de un error. De un pequeñísimo error. Ernest Hobble había leído dema­siado tarde la observación, subrayada con una grue­sa raya roja, que decía: «¡Proyectar la palabra sin pronunciarla

Aquella estancia envuelta en la luz de un cre­púsculo azulado no se hallaba en la Tierra, sino en la proa de una nave cilíndrica que volaba alrededor del tercer planeta solar. Los blanquecinos seres en forma de gigantesco capullo de gusano de seda, que flotaban silenciosos en torno a las paredes violáceas de un cerebro mecánico, parecían fruto de una pe­sadilla. Sin embargo, es de suponer que a un hu­mano le hubiera impresionado más el fantasmal si­lencio que la enigmática existencia de los enormes capullos.

Pero el silencio era sólo aparente. Los seres esta­ban enzarzados en una viva discusión que no nece­sitaba de la palabra hablada, ya que sus pensamien­tos saltaban invisibles e inaudibles de un cerebro a otro.

—¿Qué revela la última evaluación, Anshagom? —preguntó el comandante de la nave espacial al psicólogo especializado en razas extrañas.

—Nada bueno, Huhbarum. Cuatro quintas partes de la comunidad de seres ha sido víctima del tatvamahsi. Sospecho que volvimos a presentarnos de­masiado pronto.

—O sea que el resultado es negativo, como la úl­tima vez. No podemos hacer nada. Anota esto para el fichero, Anshagom: la segunda visita a la Tierra ha demostrado que el comienzo está hecho. La Tie­rra posee una vida rica, pero todavía no cuenta con una especie que predomine por completo. 

Sin em­bargo, ciertos seres convivientes prometen una evo­lución favorable, si bien su actual reacción a la pa­labra clave no indica suficiente inteligencia. Se pro­pone, por lo tanto, reducir los intervalos entre las inspecciones a un millón de años.

—Listo, Huhbarum. ¿Suspendo los efectos del tatvamahsi?

—Sí. No les asustemos innecesariamente. Conecta el revertidor. ¡La prueba de inteligencia ha termi­nado!