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El otro modelo de Pickman - Caitlín R. Kiernan

Nunca he tenido demasiada afición al cine, prefiero entretenerme con el teatro; siempre me han gustado más los actores en carne y hueso que esos parpadeantes y estridentes fantasmas agigantados y proyectados en las paredes de salas oscuras y llenas de humo, a veinticuatro fotogramas por segundo. 

Nunca he sido capaz de olvidar que el movimiento aparente es tan solo una ilusión óptica, una hábil sucesión de imágenes fijas que pasan por mis ojos a tal velocidad que solo percibo movimiento donde realmente no lo hay. Pero en los meses previos a mi primer encuentro con Vera Endecott, me sentía cada vez más atraído por las salas de cine de Boston, a pesar de esta reticencia tan arraigada en mí.

Había quedado profundamente conmocionado por el suicidio de Thurber, aunque, con la inútil clarividencia del que examina las cosas a toro pasado, no cabe duda de que debería haber tenido la suficiente fortaleza mental para haberlo visto venir. Thurber fue soldado de infantería durante la guerra… La Guerre pour la Civilisation, como solía llamarla. Estuvo en la batalla de Saint-Mihiel cuando Pershing fracasó en su campaña para arrebatar Metz a los alemanes, y apenas dos semanas más tarde sobrevivió para ser testigo de las atrocidades cometidas en el bosque de Argonne. 

Cuando abandonó Francia y regresó a su hogar a principios de 1919, Thurber era apenas una sombra, un eco nervioso del hombre que había conocido durante nuestros años de universidad en la Escuela de Diseño de Rhode Island, y en aquellas ocasiones —cada vez más escasas— en las que nos encontrábamos y hablábamos, nuestras conversaciones derivaban con frecuencia de la pintura, la escultura y cuestiones de estética a cosas que había visto en las trincheras embarradas y las ciudades en ruinas de Europa.

Y entonces comenzó aquella obstinada fascinación por el cabrón degenerado de Richard Upton Pickman, una obsesión que pronto se transformó en lo que diagnostiqué como una fijación neurótica por aquel hombre y por las blasfemias que plasmaba en sus lienzos. 

Cuando Pickman desapareció hace dos años de su mugroso «estudio» en el North End, y no se le volvió a ver, esta fijación no hizo más que empeorar, hasta que Thurber finalmente me contó una historia increíble y pesadillesca que por aquel entonces solo pude considerar como el producto de una mente inestable, debido al baño de sangre y la locura y los innumerables horrores de la guerra que había presenciado a orillas del Mosa, y más tarde en la frondosidad del bosque de Argonne.

Aquella noche, sentados juntos en una sórdida taberna cerca de Faneuil Hall (no recuerdo el nombre del local, porque no era uno de mis locales favoritos), reparé en que yo tampoco era el hombre que fui entonces. Al tiempo que William Thurber había cambiado por la Guerra y por lo que hubiera podido experimentar junto a Pickman, yo también había cambiado. 

Y he cambiado profundamente, primero por el repentino suicidio de Thurber, y luego por una actriz de cine llamada Vera Endecott. Creo estar todavía en posesión de mis facultades mentales y, si me lo pidiesen, podría atestiguar ante un juez que mi mente se encuentra en buen estado, aunque un tanto magullada. 

Pero no puedo ver el mundo a mi alrededor como lo veía antes, porque, después de haber contemplado ciertas cosas, no hay forma de dar marcha atrás y regresar al estado de inocencia o gracia no profanada que prevalecía antes de haber experimentado tales visiones. 

No hay camino de retorno hacia la sagrada cuna del Edén, porque las puertas están custodiadas por las espadas flamígeras de querubines, y la mente —a excepción de algunos casos piadosos de conmoción o amnesia histérica— no puede simplemente olvidar las extrañas y desalentadoras revelaciones padecidas por los hombres y mujeres que deciden formular preguntas prohibidas. 

Y estaría mintiendo si afirmase que no atisbé o sospeché que la tarea que me había impuesto cuando comencé mi investigación siguiendo las informaciones de Thurber tras su funeral, me llevaría a donde ahora me encuentro. Lo sé, o lo sabía con la suficiente certeza. Todavía no he sobrepasado ese nivel de degradación necesario para dejar de asumir la responsabilidad de mis propios actos y las consecuencias que se derivan de ellos.

Thurber y yo solíamos discutir sobre la validez de la narración en primera persona y su eficacia como recurso literario; él la defendía y yo cuestionaba la credibilidad de tales historias, y dudaba tanto de las motivaciones de sus autores ficticios como de la capacidad de esos narradores-personajes para evocar con una claridad tan perfecta y detallada conversaciones concretas y otros sucesos durante momentos de gran tensión e incluso peligro personal. 

Esto probablemente no se diferencie mucho de mi dificultad para disfrutar las imágenes en movimiento de las películas, porque soy consciente de que, de hecho, no son imágenes en movimiento. Sospecho que se debe a algún tipo de rechazo consciente o incapacidad inconsciente, por mi parte, de activar lo que Coleridge definió como la «suspensión de la incredulidad». 

Y ahora yo me siento para escribir mi propio relato, aunque doy fe de que no hay ni una sola palabra de ficción intencional en él, y ciertamente no tengo ningún plan de publicarlo. Sin embargo, sin duda estará lleno de inexactitudes que se derivan de las objeciones a una narración en primera persona que ya he explicado más arriba. Lo que estoy plasmando aquí es mi mejor intento de evocar los sucesos previos que envuelven el asesinato de Vera Endecott, y debería ser leído como tal.

Es mi historia, presentada con la escasa documentación que la corrobore de la que dispongo. Es una pequeña parte de la historia de Vera Endecott, también, y por ella sobrevuelan los fantasmas de Pickman y Thurber. Honestamente, ya comienzo a dudar de que al dejarlo escrito logre obtener el remedio que tan desesperadamente ansío: la disolución del maldito recuerdo, la disminución del impacto de esos recuerdos en mí, y, con mucha suerte, la posibilidad de dormir en habitaciones oscuras de nuevo y acabar de una vez con el sinfín de fobias que me llevan acosando desde hace tanto tiempo. 

Demasiado tarde he comprendido los miedos macabros del pobre Thurber a los sótanos y túneles subterráneos, y a ellos ahora puedo añadir mis propios miedos, ya sean racionales o no. «Supongo que no te preguntarás ya por qué tengo que mantenerme alejado de subterráneos y sótanos», me dijo ese día en la taberna. Por supuesto, yo sí me lo preguntaba, y también dudaba de la cordura de un querido y leal amigo. Pero, al menos en esta cuestión, hace ya tiempo que he dejado de dudarlo.

La primera vez que vi a Vera Endecott en la «gran pantalla» tan solo era actriz de reparto en la película Una mujer del mar, de Josef von Sternberg, que proyectaban en el Exeter Street Theater. Pero esa no fue la primera vez que vi a Vera Endecott.

Me topé por primera vez con el nombre y el rostro de la actriz mientras ordenaba los documentos de William, tarea que me pidió que realizara el único miembro vivo de su familia más cercana, Ellen Thurber, su hermana mayor. Me vi enfrentado a una tarea que no era ni mucho menos pequeña o simple. 

En la habitación cerrada y medio desvencijada que había alquilado Thurber en Hope Street, Providence, tras abandonar Boston, el suelo estaba totalmente cubierto de correspondencia, hojas mecanografiadas, revistas y ensayos inacabados, incluyendo el monográfico sobre arte extraño que había jugado un papel tan importante en el inicio de su relación con Richard Pickman tres años atrás. 

Tan solo me sorprendió encontrar, en medio de aquel desbarajuste, una serie de dibujos de Pickman, todos realizados a carboncillo o a tinta y pluma. Su presencia entre las pertenencias de Thurber me pareció bastante incongruente, teniendo en cuenta lo aterrado que decía haber llegado a estar de aquel hombre. Y, lo que es más, teniendo en cuenta la afirmación que realizó de haber destrozado la única prueba que apoyaba la increíble historia que aseguraba haber oído, visto y recogido del sótano-estudio de Pickman.

Era un día caluroso, hacia finales de julio o principios de agosto. Cuando encontré los siete dibujos guardados dentro de una carpeta de dibujo, crucé el cuarto con ellos bajo el brazo y los extendí sobre la estrecha y hundida cama que ocupaba uno de los rincones. Yo conocía bastante bien la obra del pintor, y debo confesar que lo que vi no me afectó tan profundamente como le había afectado a Thurber. 

Sí, sin duda alguna, Pickman poseía un extraordinario y singular talento, y supongo que alguien no acostumbrado a las imágenes de lo diabólico, lo extraño o lo monstruoso podría encontrar sus cuadros inquietantes o poco gratos de contemplar. 

Siempre atribuí que su capacidad de capturar lo extraño se debía en gran medida a la yuxtaposición intencionada de un argumento fantasmagórico con un estilo descarnado y concienzudamente realista. Thurber también advirtió esto y, de hecho, dedicó casi un capítulo entero de su monográfico inacabado al examen de la técnica de Pickman.

Me senté en la cama para examinar los dibujos, y los muelles del colchón gimieron ruidosamente bajo mi peso, lo cual hizo que volviera a preguntarme por qué mi amigo había alquilado un alojamiento tan miserable cuando sin duda podía permitirse algo mejor. 

En cualquier caso, tras echar un vistazo a los dibujos, no encontré en su mayor parte nada particularmente sorprendente, y supuse que eran regalos de Pickman, o que Thurber tal vez le había pagado alguna pequeña cantidad de dinero por ellos. 

Identifiqué dos de ellos como bocetos de uno de los cuadros mencionados ese día en la taberna de Chatham Street, el titulado La lección, en el cual el pintor había representado a un número de demonios necrófagos subhumanos con apariencia de perros instruyendo a un niño (un niño sustituto, supuso Thurber) en la práctica de la necrofagia. 

Otro era un boceto apresurado de lo que le parecieron algunos de los monumentos más señoriales del cementerio de Copp’s Hill, y había también un par de dibujos chapuceros de criaturas en cuclillas semejantes a gárgolas.

Pero fueron los dos últimos dibujos de la carpeta los que atraparon y retuvieron mi atención. Ambos eran desnudos muy bien ejecutados, más perfectamente acabados que cualquiera de los otros dibujos, y dado el tema de ambos, jamás habría creído que habían salido de los dedos de Pickman de no haber estado rubricados con su firma en el extremo inferior. 

No había ningún elemento en ellos que pudiera ser considerado pornográfico y, teniendo en cuenta su procedencia, esto también me sorprendió. En la oeuvre de Richard Pickman que yo mismo había podido contemplar, jamás encontré ni un solo atisbo de interés por las formas femeninas, e incluso se había rumoreado en el Club de Arte que era homosexual. 

Pero corrían tantos rumores sobre él en los días anteriores a su desaparición, muchos de ellos totalmente falsos, que nunca les presté mayor atención. Fuera cual fuese su inclinación sexual, estos dos dibujos estaban imbuidos de tal admiración y familiaridad con el cuerpo de una mujer que parecía poco probable que hubieran sido pintados como meros ejercicios académicos o que fueran plagios de obras de otros pintores menos excéntricos.

Mientras examinaba los desnudos, pensando que al menos estas dos obras podrían reportar algunos dólares para ayudar a la hermana de Thurber a cubrir los gastos inesperados ocasionados por la muerte de su hermano, así como las deudas pendientes del fallecido, mis ojos se toparon con un fajo de recortes de revistas y periódicos que también habían sido guardados en la carpeta de dibujo. 

Había un número considerable de ellos y supuse entonces, y todavía lo pienso, que Thurber había contratado los servicios de un gabinete de documentalistas. Casi la mitad eran críticas de exposiciones en galerías que habían incluido obras de Pickman, la mayoría del periodo entre 1921 y 1925, antes de ser condenado al ostracismo y que las oportunidades de exponer públicamente su obra hubieran mermado. 

Pero el resto de recortes parecía proceder principalmente de tabloides, suplementos y revistas como Photoplay y New York Evening Graphic, y todos los artículos estaban dedicados o hacían mención a la actriz oriunda de Massachusetts Vera Marie Endecott. Había, entre estos recortes, una serie de fotografías de la actriz, y el parecido con la mujer que había posado para los dos desnudos de Pickman era incuestionable.

Había algo bastante característico en sus altos pómulos, en el ángulo de la nariz, una dureza innegable en su semblante a pesar de la belleza y el sex appeal de la estrella en ciernes que era. Más tarde llegué a reconocer cierta similitud entre su rostro y el de algunas «vampiresas» y femmes fatales como Theda Bara, Eva Galli, Musidora y, en particular, Pola Negri. 

Pero, por lo que puedo recordar ahora, mi primera impresión de Vera Endecott, no contaminada por su personalidad cinematográfica (aunque sin duda influenciada por la relación de los recortes con la obra de Richard Pickman, entre las pertenencias de un suicida), era la de una mujer cuyo encanto consistía tan solo en un halo de glamour que ocultaba un rostro más real y salvaje. 

Ciertamente, producía una impresión extraña, y permanecí allí sentado en la sofocante habitación de la casa de huéspedes mientras el sol se deslizaba lentamente hacia el crepúsculo, leyendo todos y cada uno de los artículos, e incluso leyendo algunos dos veces. Sospechaba que, sin duda, debían contener pruebas de que la mujer de los dibujos era, en efecto, la misma mujer que había iniciado su carrera en los estudios de cine de Long Island y New Jersey, antes de que la industria se trasladara al oeste, a California.

En su mayoría, los recortes no eran más que los típicos cotilleos, insinuaciones y sensacionalismo del mundo del cine. Pero, aquí y allá, alguien, supuestamente el propio Thurber, había subrayado varios pasajes con lápiz rojo y, si se leían seguidas esas líneas subrayadas, entresacadas del contexto de los artículos correspondientes, se revelaba un curioso patrón. 

Al menos, tal patrón podía ser imaginado por un lector que o bien lo buscase, y por lo tanto estuviera predispuesto a descubrirlo, existiera o no, o por alguien, como yo mismo, que había llegado a dar con esta colección de recortes de periodismo amarillista bajo tales circunstancias y tal atmósfera de terror que abocaran al lector a establecer paralelismos donde, objetivamente, no había ninguno. 

Llegué a la conclusión, aquella tarde de verano, de que la idée fixe de Thurber con Richard Pickman le había llevado a interpretar una serie de ideas absurdamente macabras con relación a esta mujer, y que yo, aun estando afligido por la pérdida de un buen amigo y rodeado como estaba por el desorden de su obra inacabada, tan solo había logrado descubrir otro de los delirios de Thurber.

La mujer conocida por los espectadores como Vera Endecott había nacido en una familia ciertamente peculiar de la región de la Costa Norte de Massachusetts y, sin duda alguna, se había esforzado en ocultar sus orígenes adoptando un nombre artístico poco después de llegar a Fort Lee en el mes de febrero de 1922. Se había inventado una nueva biografía y afirmaba que venía no del condado rural de Essex, sino de Beacon Hill en Boston. 

Sin embargo, apenas cumplidos los veinticuatro años, poco después de lograr su primer papel importante —una aparición en El cielo bajo el lago de los estudios Biograph—, un número de columnistas famosos comenzaron a reflejar en sus artículos ciertas sospechas acerca de los orígenes que la actriz aseguraba tener. No había ni rastro del banquero que se suponía que era su padre, y resultó bastante fácil averiguar que nunca había cursado estudios en la Winsor School para jovencitas. 

A los veinticinco, tras protagonizar The Horse Winter, de Robert G. Vignola, un reportero del New York Evening Graphic afirmó que el padre verdadero de Endecott era un hombre llamado Iscariot Howard Snow, propietario de varias canteras de granito en Cape Ann. Su esposa, Conciliadora, era de Salem o Marblehead, y murió en 1902, cuando daba a luz a su única hija, cuyo nombre no era Vera, sino Lillian Margaret. 

No había ninguna prueba entre los recortes de que la actriz hubiera negado o tan siquiera respondido a esas alegaciones, a pesar de que los Snow, e Iscariot Snow en particular, poseían una reputación de lo más despreciable en Ipswich y alrededores. 

A pesar de la riqueza y relevancia de la familia en el sector de los negocios locales, era un secreto a voces, y no faltaban conversaciones a puerta cerrada sobre hechicería y brujería, incesto e incluso canibalismo. En 1899, Conciliadora Snow también dio a luz a gemelos, Aldous y Edward, aunque Edward nació muerto.

Pero fue un recorte del Kidder’s Weekly Art News (27 de marzo de 1925), una publicación que yo conocía bastante bien, el que relacionaba por primera vez a la actriz con Pickman. Una tal «señorita Vera Endecott de Manhattan» estaba en una lista de asistentes a la inauguración de una exposición que incluía un par de dibujos más comedidos de Pickman, aunque no se hacía mención a la fama de la actriz. 

Thurber había rodeado su nombre con lápiz rojo y había escrito dos signos de exclamación detrás de él. Cuando di con la nota de prensa, el crepúsculo ya había descendido sobre Hope Street y tenía dificultades para leer. Consideré durante unos segundos encender el viejo quinqué de petróleo que había junto a la cama, pero entonces, mientras miraba la penumbra que se acumulaba entre el mobiliario destartalado y andrajoso del sórdido cuartito, me embargó una repentina y vaga inquietud… algo que, incluso ahora, me resisto a llamar miedo. 

Volví a guardar los recortes y los siete dibujos en la carpeta, la metí bajo el brazo y recogí rápidamente el sombrero de una mesa enterrada bajo una máquina de escribir, una pila de libretas y libros de la biblioteca, platos sucios y botellas de refresco vacías. Unos minutos más tarde me encontraba de nuevo fuera del edificio, bajo una farola, observando las dos ventanas oscuras que daban a la habitación donde, una semana antes, William Thurber se introdujo el cañón de un revólver en la boca y apretó el gatillo.

Acabo de despertarme de otra de mis pesadillas, que cada vez son más vívidas y habituales, e incluso más terribles, y que con frecuencia no me permiten dormir más de una o dos horas por la noche. Estoy sentado frente a mi escritorio, contemplando el cielo que comienza a tintarse del violeta grisáceo de un falso amanecer, y escucho el reloj que suena como un gigantesco insecto de cuerda posado sobre la rejilla de la chimenea. 

Pero mi mente retiene todavía con toda viveza el sueño de la enmohecida sala de proyecciones privadas cerca de Harvard Square, organizadas por un grupo de aficionados al cine grotesco, la sala donde por primera vez vi las imágenes «en movimiento» de la hija de Iscariot Snow.

Conocí la existencia del grupo a través de un colega del departamento de adquisiciones del Museo de Bellas Artes, quien me contó que se reunían a intervalos irregulares —pocas veces lo hacían más de una vez cada tres meses— para visionar y debatir material tan estrafalario y morboso como Häxan de Benjamin Christensen, El fantasma de la ópera de Rupert Julian, Nosferatu, eine Symphonie des Grauens de Murnau, y La casa del horror de Tod Browning. 

Todos esos títulos y nombres de directores significaban muy poco para mí, porque, como ya he explicado, nunca fui un gran aficionado al cine. Esto ocurrió en agosto, tan solo un par de semanas después de que partiera de Providence para regresar a Boston tras haber resuelto los asuntos de Thurber tan bien como pude. 

Todavía prefiero no pensar en qué desafortunado capricho del destino hizo coincidir mi descubrimiento de los dibujos de Vera Endecott pintados por Pickman y el interés de Thurber en ella con el visionado en aquella sala de la que, en mi opinión, no era más que una película vulgar y merecidamente desconocida. 

Realizada entre 1923 y 1924, averigüé que alcanzó una celebridad infame tras la muerte del director (otro suicidio). Todos los que financiaron la película permanecieron en el anonimato, y parece ser que la producción no avanzó más allá de la versión provisional que contemplé aquella noche.

Sin embargo, no me he sentado aquí para escribir un escueto relato de mi descubrimiento de esta película sin título e inacabada, sino para intentar capturar algo del sueño que ya se desgaja en brumosos jirones y retazos. Como Perseo, que tan solo se atrevió a mirar a los ojos de la gorgona Medusa de forma indirecta a través de un reflejo sobre su escudo de bronce, igualmente me sentía impelido y totalmente decidido a reflexionar sobre estos sucesos, e incluso sobre mis propias pesadillas tan indirectamente como pudiera. 

Siempre he detestado la cobardía y, sin embargo, echando la vista atrás al escribir estas páginas, me parece detectar algo en mi actitud innegablemente cobarde. Da igual que no tenga intención de que estas líneas sean leídas por nadie. A menos que escriba con honestidad, no hay apenas motivos para que sean escritas. Si esta es una historia de fantasmas (y eso es lo que me está pareciendo cada vez más), entonces permitamos que sea una historia de fantasmas en lugar de unos recuerdos inconexos.

En el sueño, estoy sentado en una silla plegable de madera en aquella sala oscura, iluminada únicamente por un rayo de luz que se filtra de la cabina del proyeccionista. Y las paredes frente a mí se han convertido en una ventana con vistas a otro mundo, un mundo carente de sonidos y casi de todo color; la gama se limita a un espectro de lúgubres negros y cegadores blancos e innumerables matices de gris. 

A mi alrededor, los otros que se han reunido para ver la película fuman puros y cigarrillos, y se susurran unos a otros. No llego a entender nada de lo que dicen, pero, de todas formas, tampoco les presto mucha atención. No puedo apartar la mirada de aquella escena silenciosa y color grisalla, y realmente poco más ocupa mi mente.

«Bueno, ¿lo entiendes?», pregunta Thurber sentado en la butaca junto a la mía, y tal vez yo asiento, y tal vez incluso susurro alguna u otra afirmación en voz baja. Pero no aparto los ojos de la pantalla lo suficiente como para echar una ojeada a su rostro. 

Pasan demasiadas cosas allí que podría perderme si osara apartar la mirada, tan siquiera un instante, y además no tengo ningún deseo de contemplar el rostro de un hombre muerto. Thurber no dice nada más durante un largo rato, aparentemente satisfecho de que yo haya llegado a aquel lugar para presenciar por mí mismo un pequeño fragmento de lo que finalmente le condujo a los confines de la locura.

Ella está allí en la pantalla, Vera Endecott, Lillian Margaret Snow, de pie al borde de una poza rodeada de rocas. Está tan desnuda como en los dibujos de Pickman, y al principio está situada de espaldas a la cámara. Las retorcidas raíces y ramas de lo que tal vez sean sauces milenarios inclinados sobre la poza rasgan la superficie del agua con sus ramas como látigos y oscilan elegantemente de un lado a otro, agitadas por la misma brisa que hace ondear el pelo corto de la actriz. 

Y aunque parece que no hay nada en absoluto que pueda ser considerado siniestro en esta escena, en mí inspira inmediatamente la misma clase de pavor e inquietud que los grabados de Doré para Orlando furioso y la Divina comedia. Hay en el cuadro una sensación de intenso presagio y premonición, y me pregunto qué pistas sutiles e ingeniosas han sido dejadas para que esta escena aparentemente idílica pueda ser interpretada con tan sombrías expectativas.

Y entonces me doy cuenta de que la actriz sostiene en la mano derecha una especie de vial y lo inclina lo suficiente para derramar en la poza su contenido, un líquido denso y alquitranado. Unas ondas se expandieron lentamente por la superficie del agua, demasiado lentamente, estoy seguro, para haber sido originadas por algún proceso físico natural, y por lo tanto me da la impresión de que se trata de algún simple truco fotográfico; cuando el vial está vacío, o, al menos, cuando ha dejado de contaminar la poza (y estoy bastante seguro de que ha quedado contaminada), la mujer se arrodilla sobre el barro y las hierbas al borde del agua. 

Desde algún lugar indeterminado allá arriba, allí en la sala en la que me encuentro, me llega el sonido de alas de palomas sorprendidas alzando el vuelo, y la actriz se gira a medias hacia la audiencia, como si ella también hubiera escuchado el revuelo. El barullo de alas rápidamente se acalla y de nuevo tan solo se escucha el sonido metálico del proyector y el susurro de los hombres y mujeres apiñados en la sala mohosa. 

En la pantalla, la actriz se vuelve de espaldas a la poza, pero antes de ello ya tengo la total certeza de que su rostro es el mismo que el de los recortes que encontré en la habitación de Thurber, el mismo que el de los dibujos realizados por la mano de Richard Upton Pickman. El vial se resbala de sus dedos, cae al agua, y en esta ocasión no se producen ondas. Ni salpicaduras. Nada.

En ese instante, la imagen salta y luego se funde en un blanco cegador y durante unos instantes creo que la cinta de la película, gracias a Dios, ha saltado del carrete o algo parecido, y así, tal vez, no tenga que ver el resto. Pero entonces ella vuelve, la mujer y la poza y los sauces, sucediéndose un fotograma tras otro y otro más. 

Ella se arrodilla al borde de la poza y entonces pienso en Narciso languideciendo por Eco, o su gemelo perdido, pienso en Circe envenenando el manantial donde Escila se bañaba, y pienso en la maldita Shalott de Tennyson y, de nuevo, pienso en Perseo y Medusa. No veo la cosa en sí misma, sino tan solo una equivalencia tenue y engañosa, y mi mente rebusca analogías y significados y puntos de referencia.

En la pantalla, Vera Endecott, o Lillian Margaret Snow —la una o la otra, las dos que siempre eran solo una—, se inclina hacia delante y sumerge la mano en la poza. Y, de nuevo, no se produce ninguna onda que surque la tersa superficie de obsidiana. 

La mujer de la película habla ahora, mueve los labios exageradamente, sin emitir ningún sonido, y no alcanzo a escuchar nada a excepción del murmullo en la sala llena de humo y el chisporroteo del proyector. Y es entonces cuando me doy cuenta de que los sauces no son precisamente sauces, y que aquellos troncos y ramas y raíces retorcidas en realidad son cuerpos humanos de ambos sexos entrelazados, y sus pieles imitan perfectamente la escamosa corteza de un sauce. 

Comprendo entonces que no son ninfas del bosque, ni hijas de Hamadríades y Óxilo. Son prisioneros, o almas condenadas y sometidas eternamente por sus pecados, y durante un tiempo tan solo soy capaz de contemplar fijamente los brazos y piernas, las caderas y pechos y rostros marcados por incontables siglos de la agonía constante de aquella contorsión y transformación. Quiero girarme y preguntar a otros si ven lo que yo veo, y cómo puede haberse logrado tal efecto, porque sin duda estas personas saben más de la prosaica magia del cine que yo.

Y lo peor de todo es que los cuerpos no estaban totalmente inertes, sino que se retorcían muy levemente, ayudando así al viento a sacudir las largas y frondosas ramas primero hacia un lado y después hacia otro. Luego mis ojos son atraídos de nuevo hacia la poza, la cual ha comenzado a echar humo, una niebla gris blancuzca que se eleva lánguidamente de la superficie del agua (si es que todavía es agua).

La actriz se inclina un poco más sobre la laguna durmiente y en ese momento noto unos deseos irrefrenables de apartar la mirada. Sea cual sea la cámara que la haya captado en el acto de invocación o apaciguamiento, no quiero ver, ni quiero conocer su demoníaca fisionomía. Sus labios continúan moviéndose y sus manos remueven el agua que permanece tan lisa como el cristal, sin mostrar ningún rastro de estar siendo agitada.

Ella llega a Rhegium; se enfrenta al océano,
y pisa con pies secos las olas hirvientes…


Pero el deseo no es suficiente, ni la excitación, y no aparto la mirada, ya sea porque he sido embrujado al igual que los demás que han venido a verla, o porque alguna faceta más profunda, más inquisitiva de mi propio ser me ha dominado y está dispuesta a condenarse eternamente al ahondar en este misterio.

«Es solo una película», me recuerda Thurber desde su asiento junto al mío. «Da igual lo que ella pueda decir, jamás debes olvidar que es solo un sueño».

Y yo quiero replicar: «¿Es eso lo que te ha ocurrido a ti, querido William? ¿Te olvidaste quizás de que no fue nada más que un sueño siempre y te viste incapaz de despertar a la lucidez y la vida?». Pero no digo ni una sola palabra, y Thurber no dice nada más.

Sin embargo, ella no sabe a quién teme;
en vano se ofrece a correr,
y arrastra a su alrededor lo que se empeña en ocultar.


«Genial», susurra una mujer en la oscuridad a mis espaldas, y «Sublime», murmura lo que suena a un hombre muy anciano. Mis ojos no se separan de la pantalla. La actriz ha dejado de remover la superficie de la poza, ha retirado la mano del agua, pero permanece allí arrodillada, contemplando la mancha negruzca sobre los dedos y la palma y la muñeca. 

Tal vez, pienso, sea eso para lo que vino, para ser marcada, para ser reconocida, aunque mi mente soñadora no aspira a adivinar qué o quién la hubiera reconocido gracias a la mancha. Ella estira el brazo y lo mete entre los juncos y el musgo y saca de allí una daga con el mango negro, luego la sujeta en alto por encima de su cabeza, como si estuviera haciendo un ofrecimiento a dioses invisibles, y a continuación usa la hoja reluciente para hacerse un corte en la mano que previamente había ofrecido a las aguas. 

Y creo que, tal vez, por fin lo comprendo, y que el vial y la agitación del agua de la poza han sido solo rituales de brujería preparatorios antes de realizar este ofrecimiento o expiación. Cuando las gotas de sangre impactan y ruedan sobre la superficie de la poza como gotas de mercurio golpeando la superficie sólida de una mesa, algo ha comenzado a tomar forma, algo que se nutre de aquellas profundidades ocultas, y aunque no hay sonido alguno, está lo suficientemente claro que los sauces han comenzado a aullar y a balancearse como si fueran agitados por un viento huracanado. 

Creo que tal vez sea una boca, o algo similar, fusionándose ante la figura postrada de Vera Endecott o Lillian Margaret Snow, una boca o una vagina, o un ojo ciego y sin párpado, o algún otro órgano que pudiera hacer todas las funciones de los tres anteriores. Sopeso cada una de estas posibilidades, una tras otra.

Hace unos cinco minutos he dejado mi pluma a un lado y he acabado de releer en voz alta lo que he escrito, mientras el falso amanecer ha dado paso a la salida del sol y a las primeras luces desapacibles de un nuevo día de octubre. 

Pero antes de que reconduzca este relato a la carpeta que contenía los dibujos de Pickman y los recortes de Thurber y avance en los asuntos que la mañana me depara, querría confesar que lo que he soñado y lo que he documentado aquí no es lo que vi aquella tarde en la sala de proyecciones junto a Harvard Square. 

Tampoco es totalmente cierta la pesadilla que me despertó e hizo que me precipitara a trompicones hacia mi escritorio. La mayor parte del sueño se esfumó de mi mente, a pesar de que me apresuré a anotarlo todo, y los sueños nunca son exactamente, y en ocasiones ni siquiera remotamente, como lo que se ve proyectado en aquella pared, aquella engañosa sucesión de imágenes fijas que conspiran unas con otras para fingir animación. 

Este es otro de los asuntos que siempre intentaba explicarle a Thurber y que él nunca admitía: el hecho de la inevitabilidad de narradores poco fiables. No he mentido; no diría tanto. Pero nada de esto se acerca a la verdad más que cualquier otro cuento de hadas.

Tras los días que pasé en la casa de huéspedes de Providence, intentando aportar una apariencia de orden al caos de la vida interrumpida de Thurber, comencé a reunir mis propios documentos sobre Vera Endecott y pasé varios días del mes de agosto consultando los fondos del Ateneo y la Biblioteca Pública de Boston, y de la Widener Library de Harvard. 

No era difícil dar sentido a la historia del ascenso de la actriz al estrellato y el escándalo que provocó su caída a la oscuridad y al alcoholismo a finales de 1927, no mucho antes de que Thurber me abordara con su extravagante relato acerca de Pickman y los demonios necrófagos subterráneos. 

Lo que resultaba más difícil de rastrear era su paso por ciertas sociedades teosóficas y secretas, desde Manhattan hasta Los Ángeles, círculos en los cuales el propio Richard Upton Pickman no era un desconocido.

En enero de 1927, tras haber firmado un contrato con Paramount Pictures en primavera, y durante el rodaje de una adaptación cinematográfica de la novela de Margaret Kennedy, La ninfa fiel, comenzaron a filtrarse rumores a los tabloides de que Vera Endecott tenía problemas con la bebida y que probablemente consumía heroína. 

Sin embargo, estas acusaciones no parecieron causar mayor alarma ni dañar más su carrera cinematográfica que el hecho de que se descubriera anteriormente que en realidad era Lillian Snow, o que se aireasen públicamente sus orígenes poco respetables de North Shore. Más tarde, el 3 de mayo, fue arrestada en lo que, en un principio, se creyó que era una simple redada en un bar clandestino de Durand Drive, en una de las casas de las empinadas colinas llenas de maleza que dominan la ciudad de Los Ángeles, no muy lejos de Lake Hollywood Reservoir y Mulholland Highway. 

Unos días más tarde, tras la puesta en libertad de Endecott bajo fianza, comenzaron a surgir relatos más extraños acerca de los sucesos de aquella noche, y hacia el día 7, los artículos del Van Nuys Call, Los Angeles Times, y el Herald-Express describían el tipo de reuniones que se realizaban en Durand Drive, no como una fiesta clandestina, sino como cualquier otra cosa, desde un «sabbat de brujas» hasta «un rito sacrílego, decadente y orgiástico de hechicería y homosexualidad».

Pero el suceso definitivo e incriminatorio llegó cuando los reporteros descubrieron que una de las muchas mujeres que se encontraban aquella noche en compañía de Vera Endecott, una prostituta mexicana llamada Ariadna Delgado, había tenido que ser trasladada inmediatamente al hospital Queen of Angels Hollywood Presbyterian, en coma y con múltiples puñaladas en el torso, los pechos y el rostro. 

Delgado murió la mañana del día 4 de mayo sin haber recobrado la conciencia. Una segunda «víctima» o «participante» (dependiendo del periódico), un guionista joven y fracasado al que se referían simplemente como Joseph E. Chapman, fue internado en el ala de psicopatías del Hospital General del Condado de Los Ángeles tras los arrestos.

Aunque se habló de que hubo intentos de mantener el incidente oculto tanto por parte de los abogados de los estudios de cine como por parte de miembros del Departamento de Policía de Los Ángeles, Endecott fue arrestada por segunda vez el 10 de mayo y fue acusada de los delitos de violación, sodomía, asesinato en segundo grado, secuestro y prostitución. 

La enumeración de los distintos cargos contra ella varía de una fuente a otra, pero en cualquier caso a Endecott se le concedió por segunda vez la libertad bajo fianza el 11 de mayo, y cuatro días más tarde, el departamento del fiscal de distrito de Los Ángeles, Asa Keyes, repentinamente y de forma bastante inexplicable solicitó que se retirasen todos los cargos contra la actriz, una petición aceptada por una igualmente inexplicable resolución del Tribunal Superior de California en el condado de Los Ángeles (conviene hacer mención, por supuesto, de que el propio fiscal del distrito Keyes fue poco después acusado de prevaricación y está a la espera de ser juzgado en la actualidad). Así pues, tras ocho días de arresto domiciliario en la residencia de Durand Drive, Vera Endecott volvía a ser una mujer libre, y a finales de mayo ya había regresado a Manhattan, después de que la Paramount le rescindiese el contrato.

Salpicados aquí y allá en la cobertura informativa de los periódicos y tabloides se encuentran numerosos detalles que adquieren una mayor relevancia a la luz de la conexión de la actriz con Richard Pickman. 

Por ejemplo, algunos reporteros mencionaron que en la escena del crimen se encontró «un ídolo obsceno» o «una repulsiva estatuilla tallada en un material similar a esteatita verdosa», una estatua de la que se dice que uno de los agentes que llevaron a cabo los arrestos describió como una «bestia perruna acuclillada». 

En un artículo se informaba de que el objeto había sido examinado por un arqueólogo local (del cual se omite el nombre), que supuestamente se quedó perplejo al examinar su origen y filiaciones culturales. La casa en Durand Drive era, y podría seguir siéndolo, propiedad de un hombre llamado Beauchamp, quien a su vez había frecuentado la compañía de Aleister Crowley durante los cuatro años que duró su visita a los Estados Unidos (1914-1918), y que además tenía contacto con una serie de organizaciones herméticas y teúrgicas. 

Finalmente, el guionista Joseph Chapman se ahogó en el Pacífico en algún punto de la costa cercano a Malibú hace tan solo unos meses, poco después de que fuera dado de alta en el hospital. La única nota breve que logré encontrar sobre su muerte hacía mención a su participación en el «célebre incidente de Durand Drive» e incluía un fragmento que se suponía que procedía de su nota de suicidio. Parte de la misma es como sigue:

> Oh, Dios, ¿cómo puede un hombre olvidar, deliberada y completamente y para siempre las visiones que yo he tenido la desgracia de contemplar? Las cosas terribles que hicimos y permitimos que fueran hechas aquella noche, los sucesos que desencadenamos, ¿cómo puedo olvidarme de mi culpabilidad? En verdad, no puedo ni soy ya capaz de luchar día tras día intentándolo. La Endecotte [sic] ha regresado a algún lugar del este, o eso he oído, y espero con todas mis fuerzas que reciba su merecido. He quemado el abominable dibujo que me dio, pero no me siento más limpio, ni menos idiota, después de haberlo hecho. No queda nada de mí, tan solo la putrefacción que nosotros mismos invocamos. Ya no puedo seguir haciendo esto.

¿Estoy en lo cierto, pues, al suponer que Vera Endecott regaló uno de los dibujos de Pickman al desafortunado Joseph Chapman, y que este dibujo tuvo algo que ver con la locura y muerte del guionista? Y si es así, ¿cuántos recibieron tales regalos de ella y cuántos de esos lienzos todavía sobreviven a miles de kilómetros del frío y húmedo sótano-estudio cerca de Battery Street donde Pickman los creó? No es algo a lo que me guste darle vueltas.

Tras el regreso de Endecott a Manhattan, no logré dar con ninguna referencia impresa del paradero o de la vida de la actriz hasta el mes de octubre de ese mismo año, poco después de la desaparición de Pickman y mi encuentro con Thurber en la taberna de Faneuil Hall. 

Se trata tan solo de una fugaz mención en una columna de sociedad en el New York Herald Tribune, acerca de la presencia de «la actriz Vera Endecott» entre los asistentes a la inauguración de una exposición de antigüedades sumerias, hititas y babilónicas en el Metropolitan Museum of Art.

¿Qué es lo que estoy intentando conseguir con toda esta colección de fechas, muertes e infortunios, de desgracias y crímenes? Entre los libros de Thurber encontré un ejemplar de El libro de los condenados de Charles Hoyt Fort (Nueva York, Boni & Liveright, 1 de diciembre de 1919). 

Ni siquiera estoy seguro de por qué me lo llevé de allí y, tras leerlo, los escritos de este hombre me parecen de una beligerancia que raya en el histerismo y tienden constantemente a la ofuscación y desorientación intencionadas. Oh, seguro que a ese cabrón cejijunto le encantaría tener un encuentro amoroso con «los condenados». 

Lo que intento decir es que me veo forzado a reconocer que estas últimas páginas que he escrito presentan una marcada e irritante similitud con la mayor parte del primer libro de Fort (no he leído su segunda obra, Nuevos territorios, ni tengo intención de hacerlo jamás). Fort escribió sobre su intención de recopilar una serie de datos que habían quedado excluidos de la ciencia (id est, «condenados»):

> Desfilarán batallones de malditos, capitaneados por datos desvaídos que he desenterrado. O los leen… o ellos desfilarán. Algunos lívidos, otros feroces y otros putrefactos.
> Algunos de ellos son cadáveres, esqueletos, momias, sacudiéndose, trotando, vivificados por compañeros que han sido condenados en vida. Por allí pasarán gigantes, a pesar de estar profundamente dormidos. Habrá teoremas y habrá harapos: marcharán como Euclides, cogidos del brazo del espíritu de la anarquía. Aquí y allá revolotearán pequeñas rameras. Muchos son payasos. Pero gran parte de ellos son de familias muy respetables. Algunos son asesinos. Hay sutiles hedores y sombrías supersticiones y meras sombras y bulliciosas malicias: caprichos y cordialidades. Ingenuos y pedantes y extravagantes y grotescos y sinceros y falsos, profundos y pueriles.

Y creo que no he logrado nada más que esto en mi relato de la ascensión y caída de Endecott, prestando atención a algunas de las partes más melodramáticas y vulgares de una historia que no es, en su conjunto, más extraordinaria que la mayoría de los numerosos escándalos de Hollywood. 

Pero también Fort se habría reído de mis propios «datos desvaídos», estoy seguro, mi patética búsqueda a ciegas, como si pudiera hacer que todo pareciera perfectamente razonable al citar selectivamente artículos de periódicos e informes policiales, esforzándome por preservar la frágil infraestructura de mi mente racional. 

Es hora de desechar estos dudosos y chapuceros intentos de erudición. Ya hay suficientes Forts en el mundo, suficientes bromistas y provocadores y herejes intelectuales para que también me una yo a sus filas. Los documentos que he logrado reunir serán adjuntados a este escrito, todos mis «batallones de los malditos», y si alguien en alguna ocasión tiene algún motivo para leer estas líneas, puede hacer con esos apéndices lo que buenamente quiera. Es hora de decir la verdad, tan bien como sea capaz, y terminar con todo esto.

Es cierto que asistí al pase de una película protagonizada por Vera Endecott, en una húmeda, fría y pequeña sala cerca de Harvard Square. Y que sigue todavía acosándome en sueños. Pero como he precisado anteriormente, los sueños que experimento raras veces son una reproducción exacta de lo que vi aquella noche. No había una poza negra, no había sauces formados por remiendos de cuerpos humanos, ni se derramaba un vial lleno de veneno en el agua. Esos son adornos de mi mente soñadora y subconsciente. Podría llenar varios diarios con tales pesadillas.

Lo que sí vi, hace tan solo dos meses, y un mes antes de que por fin conociera en persona a la mujer, no fue más que una escena macabra, aunque extrañamente mundana. Puede que se tratase simplemente de un metraje de prueba, o quizás alrededor de unos 17 000 fotogramas, unos doce minutos aproximadamente extraídos de una película más larga. 

En términos generales, no era mucho más que un pastiche descaradamente pornográfico de las instantáneas publicitarias que circularon ampliamente en 1918 de Theda Bara tumbada en arriesgadas poses con un esqueleto humano (para la Salomé de J. Edward Gordon). 

La imagen era de muy mala calidad y el operador del proyector tuvo que parar en dos ocasiones para empalmar la película tras haberse roto. La hija de Iscariot Snow, conocida por el resto del mundo como Vera Endecott, yacía desnuda sobre un suelo de piedra con un esqueleto. Sin embargo, el cráneo humano había sido sustituido por lo que me pareció entonces (y me sigue pareciendo ahora) un «cráneo» de yeso o papel maché más parecido al cráneo de un perro deforme o macrocefálico. 

La pared o fondo a sus espaldas era de un austero gris mate y daba la impresión de que la escena había sido rodada a propósito con poca luz para aportar una mayor atmósfera a una producción de bajo presupuesto. El esqueleto (y su cráneo de imitación) estaban unidos con alambre y Endecott acariciaba todos los ángulos óseos de los brazos y piernas y prodigaba besos sobre la boca sin labios de la calavera, para luego masturbarse, primero con los huesos de la mano derecha del esqueleto, y luego frotándose contra el pico de la cresta del hueso pélvico.

Las reacciones de los otros espectadores que habían asistido al pase de la película aquella noche oscilaron desde un silencio aburrido hasta una atención embelesada o risas. Mi propia reacción fue, durante la mayor parte del tiempo, de simple repulsión y vergüenza por encontrarme entre la audiencia. 

Cuando encendieron las luces, escuché a alguien decir que la lata que contenía el rollo de película iba marcada con dos títulos: La necrófila y La hija del perro. También se indicaban dos fechas: 1923 y 1924. Más tarde, de boca de alguien que mantuvo una breve amistad con Richard Pickman, me llegó el rumor de que el pintor había estado trabajando en la realización de los decorados para un director de cine, posiblemente Bernard Natan, el célebre director franco-rumano de «películas porno», que recientemente había comprado los estudios Pathé y los había fusionado con sus propios estudios, Rapid Film. No puedo confirmar ni negar este punto, pero sin duda imagino que lo que vi aquella noche habría hecho las delicias de Pickman.

Sin embargo, lo que quedó grabado en mi mente con tanta fuerza aquella noche, y lo que creo que fue la causa de aquellas pesadillas en las que aparecía Endecott en una interminable sucesión de películas de terror inexistentes, se reveló en los segundos finales de la película. En efecto, apareció y desapareció tan rápidamente que varios asistentes pidieron al operador que rebobinase y volviera a reproducir el final más de cuatro veces, con el fin de averiguar si habíamos visto realmente lo que creíamos haber visto.

Tras haber saciado aparentemente su lujuria, la actriz permaneció tumbada junto a su amante esquelético con un brazo rodeando la caja torácica vacía, tras lo cual cerró los ojos tiznados de rímel. Y en ese último instante, antes de que finalizase la película, apareció una sombra, algo que pasaba lentamente entre el plato y la fuente de luz de la cámara. 

Incluso después de cinco visionados, solo puedo describir aquella sombra como algo que me recordó a una especie de figura corpulenta, alguna criatura bastante más abajo de la cadena evolutiva que el hombre de Piltdown o de Java. Y hubo un acuerdo general entre todos los presentes en aquella cerrada y mohosa sala en que la sombra poseía una extraña especie de hocico o morro que se asemejaba a la mandíbula prognata y el rostro del falso cráneo unido con alambre al esqueleto.

Y ya está. Eso fue todo lo que realmente vi aquella noche, todo cuanto soy capaz de recordar. Tras lo cual tan solo me queda por relatar un último fragmento suelto de esta historia: la noche en la que por fin conocí a la mujer que se hacía llamar Vera Endecott.

—¿Decepcionado? ¿No ha sido lo que esperaba? —preguntó ella, ofreciéndome una sonrisa desabrida e irónica, y creo que le respondí asintiendo con la cabeza.

Ella aparentaba tener al menos diez años más de los veintisiete años que tenía, como una mujer que ya hubiera sobrevivido a una vida bastante turbulenta y que quizás había vuelto a comenzar una segunda. Se distinguían finas líneas en las comisuras de sus labios y sus ojos, los semicírculos morados bajo los ojos delataban un insomnio crónico y consumo excesivo de drogas y, si no me equivoco, un atisbo prematuro de cabellos plateados en su cabello negro y corto. 

¿Qué es lo que había esperado? Es difícil decirlo ahora, a toro pasado, pero me sorprendió su altura, y el iris de sus ojos, que era de un sorprendente tono gris. De inmediato me recordaron al mar, a niebla y rompeolas y a cantos de granito perfectamente pulidos por los siglos de espuma. Los griegos decían que la diosa Atenea tenía ojos «gris-mar», y me pregunto qué habrían pensado de los ojos de Lillian Snow.

—No he estado bien —le confió ella, haciendo que la confidencia sonara casi como un mea culpa, y aquellos ojos pétreos se dirigieron hacia una silla del vestíbulo de mi apartamento. La conduje al sofá Davenport en la diminuta salita junto a mi estudio, y ella me lo agradeció. Me pidió whisky o ginebra, y luego se rio de mí cuando le dije que era abstemio. Cuando le ofrecí té, ella lo rechazó.

—¿Un pintor que no bebe? —preguntó—. No me extraña que jamás haya oído hablar de usted.

Creo que farfullé algo en ese momento sobre la Decimoctava Enmienda y la Ley Volstead, lo cual provocó en ella una mueca en la que se entremezclaban la incredulidad y el desprecio. Me respondió que ese era el segundo strike y que si resultaba que tampoco fumaba se marcharía, ya que quedaría probado que mi afirmación de que era pintor era una patraña, y sabría que la había atraído a mi apartamento mediante falsedades. 

Pero entonces le ofrecí un cigarrillo, uno de los Gitanes brun a los que me aficioné por primera vez en la universidad, y ese gesto pareció relajarla ligeramente. Encendí su cigarrillo y se recostó sobre el sofá, todavía con aquella sonrisa irónica en los labios, observándome con sus ojos gris-mar y el delgado rostro envuelto en velos diáfanos de humo. Llevaba un sombrero de campana de fieltro amarillo que no combinaba muy bien con la camisa de seda bermellón, y vi que había una carrera en la media de la pierna izquierda.

—Usted conoció a Upton Pickman —dije torpemente, lanzándome demasiado rápido al grano e, inmediatamente, su expresión se volvió un tanto recelosa. No dijo nada durante casi un minuto entero, se limitó a permanecer sentada devolviéndome la mirada, y en silencio maldije mi impaciencia y falta de tacto. Pero entonces regresó la sonrisa, se rio suavemente y asintió.

—Vaya —dijo—. Ese nombre no lo había escuchado desde hacía mucho tiempo. Pero sí, claro, conocí al hijo de puta. Así que, ¿qué es usted? ¿Otro de sus protegidos, o tal vez solo uno de esos afeminados que le gustaba tener a mano?

—¿Entonces es cierto que Pickman era de la acera de enfrente? —pregunté.

Ella se volvió a reír, y en esta ocasión detecté en su voz un inconfundible eco a burla. Dio otra larga calada al cigarrillo, exhaló el humo y me miró a través de este con los ojos entornados.

—Señor, todavía tengo que encontrar la criatura, ya sea macho, hembra, o cualquier cosa entre medias, que ese jodido degenerado no se follaría si tuviera la más mínima oportunidad —se calló unos segundos mientras tiraba la ceniza al suelo—. Así que, si usted no es un marica, entonces ¿qué es usted? ¿Un judío, quizás? Tiene pinta de judío.

—No —repliqué—. No soy judío. Mis padres eran católicos, pero yo no soy muy de nada, me temo, tan solo un pintor del que nunca ha oído hablar.

—¿En serio lo está?

—¿En serio estoy qué, señorita Endecott?

—Asustado —dijo, dejando escapar el humo por la nariz—. Y no se atreva a llamarme «señorita Endecott». Me hace parecer una maldita maestra o algo igual de miserable.

—¿Así que, últimamente, prefiere que la llamen Vera? —pregunté, tentando a mi suerte—. ¿O Lillian?

—¿Qué tal Lily? —dijo sonriendo, completamente desconcertada, por lo que pude observar, como si declamara líneas de algún guión que había estado ensayando durante toda la semana.

—Muy bien, Lily —dije mientras le arrimaba el cenicero sobre la mesa. Lo observó frunciendo el ceño, como si le estuviese ofreciendo un surtido de alimentos absolutamente repugnantes y esperase que se lo comiera; no obstante, dejó de tirar la ceniza al suelo.

—¿Por qué estoy aquí? —preguntó, demandando una respuesta sin alzar la voz—. ¿Por qué se ha tomado tantas molestias para verme?

—No ha sido tan difícil —contesté.

Todavía no estaba preparado para responderle y quería alargar este encuentro un poco más, comprendiendo, o más bien esperando, que probablemente se marchase en cuanto tuviera lo que tenía que darle. En realidad, sí me había tomado muchas molestias; empecé telefoneando a su anterior agente, y luego continué con una media docena de contactos cada vez de peor reputación y menos dispuestos a cooperar. 

Tuve que sobornar a dos, y obligar a otro con una serie de amenazas vacías que incluían contactos inexistentes en el Departamento de la Policía de Boston. Pero tras hacer y decirlo todo, mis esfuerzos se vieron recompensados, porque aquí estaba sentada frente a mí, los dos, solos, solo yo y la mujer que había sido una estrella de cine y que había jugado algún papel en la crisis nerviosa de Thurber, y que había posado para Pickman y casi con toda seguridad había cometido un asesinato una noche de primavera en Hollywood. 

Ahí estaba la mujer que podía responder a las preguntas que yo no me atrevía a formular, y que sabía qué clase de ser había arrojado la sombra que vi en aquella sórdida película pornográfica. O, al menos, ahí estaba lo que quedaba de ella.

—No quedan muchas personas vivas que se hubieran tomado la molestia —dijo, bajando al mismo tiempo la mirada hacia la brasa humeante de su Gitane.

—Bueno, siempre he sido un tipo bastante obstinado —le dije, y ella sonrió de nuevo.

Era una sonrisa extrañamente salvaje, que me recordó a una de las primeras imágenes que tuve de ella… aquel sofocante día de verano, ahora hace ya más de dos meses, mientras examinaba un fajo de viejos recortes en la casa de huéspedes de Hope Street. El hecho de que su rostro no fuera nada más que una máscara de glamour de cuento de hadas ayudaba a esconder su verdad al mundo.

—¿Cómo lo conoció? —pregunté, y ella aplastó el cigarrillo en el cenicero.

—¿A quién? ¿Cómo conocí a quién? —frunció el ceño y desvió la mirada nerviosamente hacia la ventana del vestíbulo, que está orientado hacia el este, hacia el puerto.

—Lo siento —contesté—. Pickman. ¿Cómo llegó a conocer a Richard Pickman?

—Algunas personas opinarían que tiene unos intereses poco saludables, señor Blackman —replicó al tiempo que su sonrisa peculiarmente carnívora se borraba rápidamente, llevándose con ella cualquier atisbo de amenaza. En su lugar, tan solo quedaba una cáscara desamparada y acabada de mujer.

—Y, sin duda, también han dicho lo mismo de usted muchas, muchas veces, Lily. Leí todo lo ocurrido sobre Durand Drive y la tal Delgado.

—Sin duda lo ha hecho —dijo suspirando y sin apartar la mirada de la ventana—. No habría esperado menos de un tipo tan obstinado como usted.

—¿Cómo conoció a Richard Pickman? —le pregunté por tercera vez.

—¿Importa mucho? Eso ocurrió hace mucho tiempo. Hace muchos, muchos años. Él está muerto…

—No se encontró su cuerpo.

Y en ese instante, apartó la mirada de la ventana y me miró, y todas aquellas inesperadas líneas en su rostro parecieron hacerse más profundas súbitamente; puede que tuviera veintisiete años biológicamente, pero nadie se habría extrañado si hubiera afirmado que tenía cuarenta.

—El hombre está muerto —dijo con voz inexpresiva—. Y si por alguna casualidad no lo está, bueno, todos deberíamos ser lo suficientemente afortunados para conseguir lo que nuestro corazón anhela, sea lo que sea.

A continuación, volvió a mirar a la ventana y, durante un minuto o dos, ninguno de los dos habló.

—Usted me dijo que tiene los dibujos —dijo ella, finalmente—. ¿Era una mentira para que subiera aquí?

—No, los tengo. Bueno, dos de ellos —alargué el brazo para agarrar la carpeta apoyada junto a mi silla y desaté el cordel que la mantenía cerrada—. Por supuesto, no sé en cuántos otros dibujos de Pickman habrá posado usted. ¿Hay más?

—Más de dos —contestó ella, ahora casi susurrando.

—Lily, todavía no ha contestado mi pregunta.

—Y usted es un tipo obstinado.

—Sí —le aseguré, mientras sacaba los dos desnudos de la carpeta y los sostenía en alto para que los viera, pero aún sin dejarle tocarlos.

Ella los examinó durante unos segundos y su semblante permaneció relajado e imperturbable, como si la visión de aquellos dibujos no provocara en ella ningún recuerdo en absoluto.

—Necesitaba una modelo —explicó, girándose de nuevo hacia la ventana y al cielo azul de octubre—. Yo acababa de llegar de Nueva York y estaba alojada con una amiga que lo conoció en una galería o en una conferencia o algo similar. Mi amiga sabía que andaba buscando modelos, y yo necesitaba el dinero.

Miré una vez más los dos dibujos al carboncillo, la curva de aquellas amplias caderas, los redondos y firmes glúteos, y la cola… un apéndice doblado y deforme que sobresalía de la base del coxis y llegaba hasta la articulación de las rodillas de la modelo. Como ya he dicho antes, Pickman estaba fascinado por el realismo y su ojo para la anatomía humana era casi tan extraño como los necrófagos y demonios que pintaba. Señalé uno de los dibujos, a la cola.

—Eso no es una licencia artística, ¿verdad?

Ella no volvió a mirar los dibujos, se limitó a negar lentamente con la cabeza.

—Me operaron en Jersey, en 1921 —dijo ella.

—¿Por qué esperó tanto tiempo, Lily? Tengo entendido que ese tipo de deformaciones son corregidas habitualmente durante el parto, o poco después.

Y estuvo a punto de volver a sonreír con aquella sonrisa hambrienta y salvaje, pero esta murió, incompleta, en sus labios.

—Mi padre tiene sus propias ideas sobre tales cosas —dijo en voz baja—. Mire, siempre se enorgulleció de que el cuerpo de su hija hubiera sido bendecido con la prueba de su herencia. Le hacía sentir muy feliz.

—Su herencia… —comencé a decir, pero entonces Lily Snow levantó la mano izquierda, haciéndome callar.

—Creo, señor, que ya le he respondido suficientes preguntas para una sola tarde. Especialmente, teniendo en cuenta que usted tan solo tiene ese par de dibujos, y que no me dijo que ese fuera el caso cuando hablamos.

Asentí de mala gana y le entregué los dos dibujos. Ella los cogió, me dio las gracias y se puso en pie, limpiándose una pelusa o una mota de polvo de su camisa bermellón. Le dije que lamentaba no tener los otros dibujos en mi posesión, que no se me había ocurrido pensar que hubiera posado para otros aparte de aquellos dos. Esta última parte era mentira, por supuesto, porque sabía que Pickman sin duda habría realizado tantos bocetos como hubiera podido al contemplar un cuerpo tan inusual.

—No hace falta que me acompañe a la salida —me informó cuando me disponía a levantarme de la silla—. Y no volverá a molestarme más, nunca más.

—No —accedí—. Nunca más. Tiene mi palabra.

—Sois unos mentirosos hijos de puta, todos vosotros —dijo ella, tras lo cual el fantasma viviente de Vera Endecott se volvió y se dirigió al vestíbulo.

Unos segundos más tarde escuché cómo se abría la puerta y a continuación cómo se cerraba de un portazo, y me quedé sentado allí, en la pálida luz del día moribundo, mirando los sombríos rastros que permanecían en la carpeta de Thurber.

24 de octubre de 1929


Esto es el final. Tan solo unas cuantas palabras más y habré acabado. Ahora sé que al haber intentado capturar estos terribles sucesos, no he logrado hacerlo en absoluto, sino que simplemente les he aportado una nueva perspectiva más clara.

Hace cuatro días, la mañana del 20 de octubre, fue descubierto un cuerpo suspendido del tronco de un roble que se yergue cerca del centro del camposanto de King’s Chapel. 

Según informaban los periódicos, el cuerpo pendía a cinco metros del suelo, atado por la cintura y el pecho con tramos entrelazados de soga de yute y alambre de embalaje. La mujer fue identificada como la que en otro tiempo fuera la actriz Vera Endecott, Lillian Margaret Snow de soltera, y se abundaba en su fama y el infructuoso intento de ocultar su relación con los Snow de Ipswich, Massachusetts, una familia adinerada, pero también hermética y de pésima reputación. 

Su cuerpo estaba totalmente desnudo, había sido destripada y su lengua aparecía cercenada. Los labios habían sido cosidos con puntadas de hilo de sutura. Alrededor del cuello colgaba un letrero en el que había escrita una palabra con lo que se cree que era la sangre de la propia mujer: apóstata.

Esta mañana estuve a punto de quemar la carpeta de Thurber, junto a todos mis archivos. Incluso llegué a transportarlo todo al fogón, pero luego me falló la fuerza de voluntad, y simplemente me quedé sentado en el suelo, mirando los recortes y los bocetos de Pickman. 

No sé qué fue lo que detuvo mi mano, más allá de la sospecha de que la destrucción de aquellos papeles no iba a salvarme la vida. Si me quieren muerto, entonces moriré. Ya he avanzado demasiado por este camino para poder librarme intentando destruir las pruebas físicas de mi investigación.

Depositaré este manuscrito y todos los documentos relacionados que he reunido en mi caja fuerte de depósito, y luego intentaré retomar la vida que tenía antes de la muerte de Thurber. Pero no puedo olvidar una de las frases de la nota de suicidio del guionista, Joseph Chapman… ¿cómo puede un hombre olvidar, deliberada y completamente y para siempre las visiones que yo he tenido la desgracia de contemplar? 

Cómo, en efecto. Y tampoco puedo olvidar los ojos de la mujer, aquella tonalidad pétrea del gris de un mar revuelto. O aquella deforme sombra fugazmente vista en los últimos segundos de una película que podría haber sido rodada en 1923 o 1924, y que podría haber sido titulada La hija del perro o La necrófila.

Sé que las pesadillas no van a abandonarme, ni ahora ni en un tiempo futuro; tan solo ruego tener la suerte de que esta haya sido la última vez que contemplo despierto aquellas visiones aterradoras que invocó mi mente estúpida y entrometida.

Retrato de Emma en el jardín Técnica mixta - Mercedes Abad

Puede que aquel día las cosas no fueran perfectas (de hecho, estoy segura de que no lo eran), pero al menos tenían el detalle de parecerlo. El cielo era de un azul profundo, el vendaval del día anterior había limpiado la atmósfera y el mundo estaba tan resplandeciente como si acabaran de vendérnoslo y la emoción de estrenarlo nos impidiera pensar en lo caros que iban a salirnos los plazos. 

Todas las cosas, de las mayores a las más chicas, daban la impresión de hallarse en estado de gracia. Incluso mi humor, que en los últimos días había atravesado zonas borrascosas, era radiante. Aunque, si he de ser sincera (pero ¿quién coño me obliga a ello, eh, acaso algún sensible lector piensa forzarme a ello pistola en mano?), en la trastienda de mi alma reinaba secretamente, como un monarca clandestino en un país republicano, cierta inquietud. 

Era una inquietud de tamaño más que modesto, una microinquietud infinitesimal en edad protoescolar, pura calderilla a la que las inquietudes gordas miraban por encima del hombro, muy bien, pero allí estaba. Podía ser abolida, eliminada, expulsada del sistema, pero, por supuesto, también podía crecer lo suficiente para mirarme desde la imponente magnitud de una inquietud colosal.

Aun así, yo estaba ferozmente decidida a salvar cualquier obstáculo con tal de que por una vez las cosas salieran no bien, sino superlativamente bien, bestialmente bien, cuasi_obscenamente bien. Abría a menudo la nevera porque examinarla y hacer el recuento de los tesoros que contiene siempre me infunde tranquilidad. 

Lo mejor que produce este podrido mundo estaba en mi nevera: la pasta fresca más exquisita que podía encontrarse en bastantes kilómetros a la redonda, el mejor foie gras, los ingredientes más apetitosos y caros para hacer las ensaladas más sabrosas, los quesos, embutidos y fiambres de mayor calidad, los mariscos y pescados más frescos, así como los vinos más adecuados para acompañar cada cosa, todo estaba allí, y me tranquilizaba verlo y pensar que era mío, que podía hacer con ello lo que me pasara por las narices, incluso tirarlo a la basura si me daba la gana. 

En una ocasión compré montones de comida, aguardé a que se fuera pudriendo, fotografié y filmé el proceso, aceché la aparición de gusanos y moscas, clasifiqué meticulosamente los bichos obtenidos, volví a filmarlos y luego los utilicé en una instalación interactiva titulada Vida después de la muerte, donde, mediante un procedimiento de grabaciones y proyecciones, el público podía asistir virtualmente a su propia muerte y verse a sí mismo enterrado en la tumba (la ilusión era casi perfecta) mientras hordas de distintos insectos devoraban su cuerpo. Cuando se expuso, la instalación provocó cierta alarma social así como el colapso de los servicios de incineración hasta que fue retirada.

El precio de las cosas que se apilaban en mi nevera no importaba, podía permitírmelo. Había vendido unas cuantas piezas, y la penuria, la angustia ante el futuro y la falta de perspectivas eran ya sólo un pálido recuerdo de un pasado extinguido y arqueológicamente observable y clasificable (o tal vez barrido a toda prisa debajo de la alfombra). Una de las piezas que acababa de vender (Mi nevera, mi alma) consistía precisamente en una serie de neveras abiertas y más o menos rebosantes de distintas vituallas, cada una de las cuales componía un retrato bastante preciso de sus propietarios. 

Le puse un precio desorbitado, y esta sencilla estratagema atrajo a un comprador ambicioso, alguien que en cualquier caso no retrocedió ante el complejo mantenimiento que exigía la pieza. Cuanto más irrazonablemente caro es algo, más atractivo resulta para ciertos individuos, yo la primera. De hecho, es casi una verdad de Perogrullo: la dificultad de obtener algo le confiere un atractivo irresistible. Si el foie gras, el caviar, el jamón de Jabugo y los vinos exquisitos no fueran tan caros no tendrían la mitad de interés. 

Lo mismo puede decirse del arte contemporáneo: si no fuera relativamente inaccesible, si uno no tuviera que iniciarse primero en sus misterios para ser capaz de disfrutarlo, perdería buena parte de su poder de fascinación. Vivir en sociedad entraña medirse con los otros, y el arte, los vinos, el sexo y la gastronomía son algunas de las cosas que marcan la diferencia. No digo que no proporcionen placer por sí mismos, pero es obvio que además se erigen en símbolos de otra cosa y que esa función simbólica es a veces la más gratificante.

Cerré la nevera después de inspeccionarla por enésima vez y miré a mi alrededor. Lo que vi no pudo por menos de arrancarme una sonrisa. Había que ser un tarado o tener la sensibilidad en el culo para no darse cuenta de que aquella casa era una obra de arte. 

La había comprado a un precio ridículo cuando sólo era una ruina hincada en lo alto de un promontorio y sepultada bajo toneladas de mugre y telarañas, y ahora todo en ella era singular, todo llevaba mi sello, el peso de mi ego y mi gusto por la provocación, todo estaba milimétricamente pensado para producir asombro, admiración, disgusto, asco, rechinar de dientes, rechazo pacato, algo. 

Como la cena ya estaba casi preparada, excepto en algún detalle nimio de última hora, me serví una copa de vino blanco muy frío y salí al porche a esperar a Emma contemplando la larga y centelleante estela que dibujaba en el mar un sol cada vez más bajo.

No podía decirse que hubiera sido desleal con Emma, aunque no por falta de ganas. Desde que ella se largó tres años atrás a Sídney, Australia, en pleno periodo de enfriamiento de nuestra amistad (o de sobrecarga de los motores por recalentamiento), dejando vacante el puesto de mejor amiga que había ocupado durante una secuencia ininterrumpida de dieciocho años, menos poner un anuncio en la prensa, yo había hecho de todo para sustituirla. El problema es que ninguna de las candidatas examinadas con decreciente entusiasmo dio la talla. 

Me entretuve contándolas y llegué hasta diecisiete. Algunas (como era el caso de Jeanine, Susanna y Pina) valían para el puesto de amiga común y corriente, pero eran poca cosa para calzarse la corona, blandir el cetro de mejor amiga y asentar las posaderas en ese noble trono. Confieso que incluso llegué a encumbrar a Jeanine hasta el trono, pero su reinado no duró más de quince días.

Emma, Em… ma, Eeee… mmmaaaaa. Me dejé cegar por los destellos del agua, que tanto me ayudan a combatir la ansiedad, seguramente porque ralentizan mis pensamientos hasta llevarlos a la epifanía del encefalograma plano, la idílica mente en blanco que persiguen los budistas. 

La luz del crepúsculo me había convertido en algo apenas más humano e intelectualmente competente que uno de los líquenes de color ocre que lamían las piedras del jardín, cuando el ruido de un motor sembró la alarma en mi adormilado sistema.

En cuanto abrí los ojos, todas mis células se estremecieron con asombrosa unanimidad. Emma bajaba del coche y, tras cerrar enérgicamente la portezuela y cruzar la cancela, venía hacia mí de forma tan resuelta e inexorable que era obvio que llegaría. De hecho, pisaba tan fuerte como si supiera perfectamente que diecisiete aspirantes a sustituirla habían sido rechazadas una tras otra. Volví a estremecerme, si es que había dejado de hacerlo en algún momento. 

Es curioso: me había pasado los últimos días esperando con impaciente excitación su llegada y ahora que por fin estaba allí, me sorprendí a mí misma deseando con todas mis fuerzas que no llegara nunca, que tardara diez años en cruzar el jardín, que se quedara ahí un rato, donde estaba, en la entrada de mis dominios, petrificada, de modo que yo tuviera un margen de tiempo para superar mi ataque de cobardía. O para salir corriendo.

Entonces, cuando se hallaba a no más de dos o tres zancadas del centro del jardín, cerca del estanque donde flotaba, con el cuerpo asquerosamente hinchado, mi propia versión de Ofelia, Emma, tras una brusca sacudida que resultó un tanto cómica, como si unas riendas invisibles tirasen con repentina fuerza de ella, se quedó extrañamente inmóvil. Ya sé que es difícil de creer, pero lo primero que sentí fue irritación. 

Estaba convencida de que Emma se las había ingeniado para adivinar lo que pasaba por mi cabeza y cumplía mi deseo de verla petrificada con la clara intención de burlarse de mí, de decir la última palabra y ser más que yo. Siempre había tratado de ser más que yo, de ser más que nadie, de encaramarse por encima de los demás, de hacerse notar siempre y en cualquier circunstancia. 

Pero ¿por qué coño tenía que obsesionarme eso a mí? ¿No tenía yo tanta culpa como ella? Al fin y al cabo, tal vez no era sólo la tendencia de Emma a pisotear un poco al resto del mundo sin darse cuenta siquiera, sino también mi mareada proclividad a competir con cualquier bicho viviente y acabar indefectiblemente sintiéndome menos que nadie por el grandioso placer de autofustigarme. 

¿O es que yo también quería pisar a mis congéneres (aunque, a diferencia de Emma, yo sí me daría cuenta) y me fastidiaba que ella fuera la campeona imbatible en esa especialidad? De nuevo, como solía sucederse años atrás, mi propia irritación me irritó a muerte. Por lo visto, hay cosas que nunca cambian, y Emma siempre había tenido la extraña virtud de conseguir que acabara odiándome a mí misma.

Pero, aún cegada por la irritación, caí enseguida en la cuenta de que ocurría algo extraño. La actitud en la que Emma había quedado inmovilizada era sospechosamente dinámica, con el pie de atrás flexionado sin casi tocar el suelo y el cuerpo muy echado hacia delante, de modo que a una persona que no tuviera notables habilidades de mimo o de estatua viviente (y Emma era más bien torpe desde un punto de vista estrictamente psicomotriz) le sería imposible mantenerse en equilibrio y sin moverse más de siete segundos. Me levanté de la tumbona, todavía un poco embotada, y me acerqué a Emma, que seguía congelada en aquella pose absurda, con una sonrisa de oreja a oreja y la mirada chispeante y llena de ironía que constituía su rasgo más característico.

Otro de sus rasgos característicos consistía en prolongar los chistes mucho más allá de lo razonable, lo que les quitaba toda la gracia.

—Venga, tía, déjalo ya —solté casi involuntariamente—. Ya está bien, ¿no?

La sonrisa de oreja a oreja, el pie flexionado y el cuerpo muy echado hacia delante no registraron el menor movimiento ni dieron señal alguna de que su propietaria hubiera oído mis palabras. Espié su pecho, supeditando que la respiración por fuerza había de agitarlo tarde o temprano, pero me equivocaba. La inmovilidad de Emma era tan absoluta que mi irritación dio paso a un pasmo sideral, y el pasmo sideral al pánico.

En arte, la originalidad es el primer mandamiento, así que los artistas tenemos no sólo licencia sino casi la obligación de ahondar en nuestra singularidad. Se supone que trabajamos con eso y que ofrecemos al mundo miradas y puntos de vista insólitos sobre las cosas. Algunos llevan el asunto hasta el extremo de cultivar descaradamente la excentricidad, de modo que a menudo los límites entre extravagancia y locura resultan difusos. 

Por eso uno siempre tiene cierta impresión de cortejar de algún modo la locura, de bordearla y jugar con fuego. Yo siempre he sentido cierto temor a acabar cruzando la frontera. De ahí que ese día mi forma de zafarme del miedo de haberme vuelto completamente loca consistiera en negar la evidencia, puesto que, por otra parte, para mí la evidencia no existe: tiendo a considerar la realidad como un producto de mi imaginación, como una cuestión de perspectiva. 

Por consiguiente, no es de extrañar que diera media vuelta, cruzara la cancela para salir del jardín y me fuera a caminar, dominada a la vez por una considerable confusión mental y una fe ciega en que, a mi regreso, tanto Emma como su coche se habrían desvanecido sin dejar rastro alguno sobre la faz de la tierra. De hecho, durante mi paseo estuve dándole vueltas a la forma de utilizar aquella alucinación como punto de partida para alguna pieza impactante.

No sé si tardé una hora o tardé dos, pero cuando volví el coche de Emma seguía allí, blanco y bastante mugriento, pues ella no es la clase de persona que se preocupa por lavarlo. No me hizo falta mirar al jardín para saber que también Emma seguía en su sitio, plantada en medio del jardín. 

Mientras me acercaba lentamente deseé con todas mis fuerzas que Emma se descongelara, que arrancara a andar, que se moviera, que dijera cualquier estupidez, que se cayera de bruces al suelo. Pero, por lo visto, las Instancias Superiores ya habían dado por terminado su trabajo conmigo. Después de concederme el primer deseo, debían de haberse sentido tan magnánimas que decidieron cerrar la barraca por una temporada.

Cuando llegué junto a ella, decidí recuperar la serenidad y la sensatez. ¿Qué eran esas tonterías de pedir cosas a unas Instancias Superiores en las que ni siquiera creía? Sencillamente, uno no puede creer ciertas cosas, de modo que me dije que por fuerza tenía que haber un truco. 

Un truco endiabladamente ingenioso que planteaba complejos desafíos técnicos, es cierto, pero habida cuenta de que Emma es ingeniera de telecomunicaciones y que además pertenece al tipo de personas capaces de no retroceder ante nada con tal de conseguir lo que quieren, cabían varias explicaciones racionales, todas más o menos fantásticas al mismo tiempo. 

Después de todo, si yo misma había podido crear en un puñado de personas la ilusión casi perfecta de estar metidas en un ataúd bajo tierra mientras los gusanos se afanaban sobre sus restos mortales, ¿por qué no iba Emma a ser capaz de producir un espejismo? Podía, por ejemplo, haberme engatusado con una serie de proyecciones holográficas realizadas desde algún vehículo en marcha y mientras esas imágenes virtuales me distraían a modo de señuelo, varios individuos, ocultos tras esa pantalla virtual, podían muy bien haber colocado aquella escultura hiperrealista en mi jardín. Era una hipótesis plausible. Y el hecho de que yo estuviera medio dormida debió de concurrir a favor de los autores del ingenioso fraude.

Aplaudí no sin ironía gestual, convencida de que Emma estaría escondida en alguna parte, saboreando el éxito de su performance, y de que no tardaría en hacer acto de presencia. Mientras examinaba la escultura, admirada ante su pasmoso realismo (me gustaba particularmente el bolso de mano de plástico transparente de color rosa chicle en el que se veían las llaves del coche, un paquete de Marlboro Light, un monedero, un plumier, varios papeles más o menos manoseados y una edición de bolsillo de Historia universal de la infamia), un coche se detuvo frente a mi casa, se oyó el ruido de la portezuela al abrirse y cerrarse, el gruñido de la cancela y el crujir de la tierra bajo unos pasos. Esperé a mi visitante sin apartar la vista de la escultura.

—¡Joder! Se parece a ella como si la hubieran clonado —exclamó Agus al llegar a mi lado—. La mismísima Emma con su mismísima sonrisa y enseñando tres dedos de su mismísima barriga. ¡Qué fuerte! ¡Es ab-so-lu-ta-men-te i-dén-ti-ca! Qué mal rollito da, ¿no? ¡Eres un monstruo, una alimaña, un crack! ¡Si hasta parece que la sangre le corra por las venas! ¿La has hecho de memoria o a partir de una foto?

Me quedé mirando a Agus atónita, incapaz de pronunciar palabra durante unos instantes. La expresión de mi rostro debía de contradecir mi alto coeficiente intelectual y mi capacidad de réplica fulminante y por lo general ingeniosa y mordaz, porque Agus me preguntó varias veces qué me pasaba.

—Yo no he hecho nada —logré al fin articular.

—¿Ah, no?

—No tengo nada que ver con esto, te lo juro por mis muertos.

—Lo dices como si fuera un delito sucio y repugnante.

Me sudaba el bigote y la palma de las manos.

—¿Andá, y cómo aterrizó aquí, si puede saberse? —siguió embistiendo Agus.

—Apareció… Sin más, así, de repente —me defendí encogiéndome de hombros.

—¿De repente? Ya…

—Oye —interrumpí con notable brusquedad—. No tengo ganas de hablar de esto. Ningunas ganas, ¿vale?

—No sé qué cojones te pasa, pero cada día estás más chiflada.

A juzgar por su actitud, Agus era inocente. Si alguien me estaba tomando el pelo, él estaba fuera de la conspiración.

No tuve noticias de Emma ni ese día ni los siguientes. Su coche, o esa réplica exacta de su viejo coche blanco y mugriento, permaneció donde estaba, aparcado delante del muro de mi casa, como un recordatorio burlón de aquel desconcertante enigma. 

Cada vez que miraba el mar desde el porche, cada vez que regaba el jardín, cada vez que me sentaba a mirar el crepúsculo, el viejo Seat de Emma se colaba en mi campo visual, por si la estampa de su dueña, petrificada en aquella absurda actitud dinámica, no bastara para sabotear con lenta e insidiosa eficacia mi salud mental. 

Confieso que, aunque el coche estaba cerrado y con todos los seguros echados, hurgué en las cerraduras con una horquilla a modo de ganzúa y no descansé hasta que conseguí abrir una puerta. No sé qué coño esperaba encontrar allí, tal vez algún mensaje o un indicio que me permitiera arrancarle una brizna de sentido al sinsentido, pero todo fue en vano. En cualquier caso, en el interior enrarecido y recalentado por el sol todavía flotaba un intenso, casi putrefacto olor a Excess, el perfume que solía llevar Emma.

Al igual que le había sucedido a Agus, todos los amigos, parientes, marchantes, galeristas, comisarios, colegas, periodistas y demás animales semirracionales que desfilaron por mi casa se deshicieron en alabanzas hacia la Emma petrificada que tomaban por la última de mis instalaciones. Yo estaba que trinaba, con los nervios de punta, más ansiosa que nunca. 

Era como si el mundo entero y sus desorganizados moradores se hubieran puesto de acuerdo por una vez para meterme el dedo en la llaga. Un imbécil, no recuerdo ya quién, llegó incluso a asegurar en pleno delito de clamorosa estulticia que se trataba de mi mejor trabajo hasta entonces. Era inútil repetir una y otra vez, como ya le había dicho a Agus, que aquella estúpida estatua de mierda había aparecido allí un buen día sin que yo tuviera nada que ver en el asunto. 

Decir la pura verdad sin trampa ni maquillaje y que nadie te crea ya es una experiencia desasosegante. Pero decir la pura verdad sin adornos y que todos crean que no es más que la caprichosa ocurrencia de una artista con ganas de llamar la atención o de hacerse la original es un hueso aún más difícil de roer. Claro que cualquiera que repase mi historial de declaraciones a la prensa dirá que me lo he merecido.

El día en que mi marchante vino a decirme que había vendido la pieza de Emma a un conocido coleccionista británico por una cantidad realmente astronómica, perdí los estribos y, tras decirle a gritos que aquello no era una pieza, que no la había hecho yo y que de todos modos no estaba a la venta, lo despaché con cajas destempladas (hecho que probablemente él interpretó como la enésima humorada de una artista temperamental). Mi propia reputación se convertía en una trampa mortal en la que me revolvía inútilmente tratando de escapar.

Poco después de esa escena, me obsesioné con la idea de que Emma me vigilaba en secreto (y se regodeaba en mis tribulaciones) desde la casa vecina a la mía, que de algún modo se las había ingeniado para alquilarla o meterse allí de matute y me espiaba día y noche desde las ventanas. Me resultaba cada vez más difícil hurtarme a la sensación de ser continuamente observada por la mirada irónica de Emma, de modo que, cuando me hallaba en el porche o en el jardín, me volvía bruscamente para descubrirla mirándome, y en alguna ocasión la exhorté a mostrarse increpándola a alaridos. 

En tres ocasiones alcancé incluso a vislumbrar la inconfundible silueta de un cuerpo apartándose con rápidos reflejos de alguna ventana. Hasta que una noche me decidí a entrar en la casa. No habría dado ni diez pasos en el jardín, cuando algún sensor detectó mi presencia y puso en marcha la alarma (lo que, analizado a posteriori, apunta con irrefutable claridad a que la casa estaba vacía). 

Cuando, pasados unos minutos, la policía apareció por allí envuelta en su estrépito habitual de sirenas y chirridos de frenos (la alarma estaba conectada con el cuartelillo más cercano), por fortuna yo ya estaba de vuelta en mi casa. Al día siguiente, después de pasar una de las noches más pesadillescas de toda mi vida, llamé a una agencia inmobiliaria para poner mi casa en alquiler, perder así de vista a Emma y su coche y tratar de frenar de algún modo mi paranoia galopante.

El hecho de que nadie entendiera mi decisión de cambiarme de casa me traía sin cuidado. Yo incluso diría que la incomprensión general me envalentonó y me dio alas y pista de despegue. A medida que pasa el tiempo, soporto mejor la incomprensión, y a veces incluso la encuentro reconfortante y casi deseable. 

Que lo entiendan a uno es algo que sólo los débiles necesitan y, por otra parte, corre el peligro de reblandecer el cerebro, sobre todo cuando esa comprensión viene envuelta en elogios. No es bueno darse excesivas facilidades. La incomprensión, por el contrario, mantiene la musculatura cerebral en tensión y el espíritu alerta, belicoso, en estado permanente de sublevación, a salvo de la pereza mental, uno de los mayores peligros que se ciernen sobre los seres humanos en general y los artistas en particular.

Al principio de estar instalada en mi nuevo dúplex del centro de la ciudad, el trajín de la mudanza y de la organización de la nueva vivienda y el nuevo taller me tuvieron lo bastante ocupada como para estar a salvo de ciertos pensamientos. Pero no es tan fácil dar el esquinazo a una obsesión. Por un lado, luchaba por olvidar lo que había visto y no pensar en ello, pero por otro me devanaba los sesos tratando desesperadamente de sacar algo en limpio. 

A veces me sorprendía reflexionando acerca de los medios técnicos que me habían permitido ver con toda claridad a Emma atravesando el jardín. Tomaba notas, hacía bocetos, me despertaba sobresaltada en mitad de la noche y garabateaba febriles hipótesis, me despeñaba en conjeturas, verosímiles algunas, descabelladas las más. Con todo, lo que arrojaba sobre mí el mayor saldo de inquietud era que después de tres meses Emma siguiera sin dar señales de vida. Ni una carta, ni un correo electrónico, ni una llamada telefónica, nada. 

Aquello olía raro porque ni la paciencia ni el silencio después de una hazaña correspondían a su estilo, más bien proclive al exhibicionismo narcisista y a un desmedido afán de protagonismo. Pese a que me había propuesto no dar señales de estar perdiendo el control (pues estaba segura de que Emma jugaba conmigo, que se mantenía al acecho en alguna parte, espiando mis reacciones para reaparecer cuando le diera la gana, reírse de mí y ganarme una vez más la partida), empecé a hacer ciertas pesquisas. Lo que averigüé no era muy alentador. 

En Sídney, Australia, nadie sabía dónde estaba o, mejor dicho, nadie se preguntaba dónde se había metido. Lo único que sabían era que dejó su apartamento tres meses atrás para regresar a su país. Y allí suponían todos que estaba. Nadie daba la impresión de estar inquieto, ni parecía que Emma hubiera dejado tras de sí algún novio ni alguna mejor amiga de nuevo cuño con quien se comunicara con cierta frecuencia desde su partida, de modo que su rastro se perdía por completo.

El azar vino en mi ayuda en forma de una oportuna exposición en Nueva York para cuya realización tenía que pasar más de dos meses allí. Pensé que poner el océano Atlántico de por medio me vendría bien, y así fue. Volví con los pensamientos ventilados y con la cuenta corriente tan obscenamente hinchada como la ubre de una vaca antes de ordeñarla. 

Por primera vez en bastante tiempo, tenía la sensación de ser casi feliz, es decir, lo máximo a lo que, en mi opinión, puede aspirar uno en este mundo. Casi feliz como era, dos días después de mi regreso, en la inauguración de una nueva galería me precipité en brazos de un tipo (también lo habría hecho de ser muy desgraciada). Él no quiso que fuéramos a mi casa. A mí me pareció bien dejarme arrastrar a la suya, porque siempre he creído que una se compromete menos si la obra se desarrolla en casas ajenas. 

Tuve un presentimiento cuando el tipo dejó la autovía y enfiló cierta carretera que yo conocía casi de memoria, curvas y socavones incluidos. Supongo que en ese preciso instante podía haberle pedido que fuéramos a un hotel. Podía haber fingido un súbito capricho, podía haber disfrazado el asunto de juego, me sobra imaginación para eso. 

Sin embargo, una extraña y morbosa curiosidad me impelía a dejarme llevar, a tragarme las circunstancias tal como vinieran, sin intervenir, sin tratar de impedir nada, tan pasiva como un florero chino, pero mucho menos decorativa. Me limitaba a escudriñar mis sentimientos, que eran tan turbulentos como los de una asesina que, después de evitar cuidadosamente volver a la casa donde cometió el crimen, se lía sin saberlo con el nuevo propietario.

¿Era una coincidencia perversa que el primer hombre con quien me disponía a acostarme después de mi regreso viviera precisamente en mi casa y me devolviera a aquello de lo que había huido? Bien pensado, no dejaba de ser lógico que quien alquilase una casa como aquella estuviera relacionado de un modo u otro con el mundo del arte. 

Y, si estaba relacionado con el mundo del arte, tampoco era tan descabellado que hubiéramos coincidido en una inauguración, pero aun así se trataba de la coincidencia más insidiosa de todas las insidiosas coincidencias que el Diablo y sus secuaces llevaban toda la vida sembrando en mi camino. 

Sea como fuere, lo primero que hice cuando el tipo estacionó el coche detrás del Seat cada vez más mugriento de Emma, fue buscar la escultura con la vista. Si el azar me trae de vuelta, pensé, aquí estoy, sacando pecho. Sin embargo, aunque aquélla era mi casa, no había ni rastro de la escultura de Emma. Creo que no tardé ni tres segundos en perder los estribos.

—¿Qué coño has hecho con ella?

El tipo se limitó a mirarme sin entender todavía por qué se había disipado el clima de complicidad erótica ni cómo era posible que aquella tormenta se le hubiera echado encima sin un solo presagio de borrasca inminente.

—La escultura del jardín —me apresuré a aclarar—. ¿Podrías decirme qué coño has hecho con mi escultura?

—¿La escultura? ¿Eres la dueña de…? Yo no sabía…

—¿Se la has vendido a alguien? ¿Qué coño has hecho con ella?

—Tranquilízate, por favor. Hace tres minutos estábamos tan tranquilos, riéndonos…

—Me importa un rábano lo que hiciéramos hace tres minutos, pero ahora vas a decirme qué has hecho con mi escultura.

—Está en el vertedero.

—¿Qué dices?

—Olía. Tranquilízate, por favor… —Por un momento, pensé que el olor al que aquel tipo se refería era el perfume que Emma solía utilizar con profusión—. No sé cuándo empezó a oler, sería hace un par o tres de semanas, pero cada vez apestaba más. Venían moscas, era asqueroso. Si lo hubieras visto y, si, sobre todo, lo hubieras olido, no me lo reprocharías.

—Llévame al vertedero. Ahora —me sentí obligada a puntualizar tras unos instantes de silencio al ver la expresión del tipo.

Tres días después volvía a estar instalada en la casa del acantilado y Emma presidía de nuevo el jardín y, por extensión, la casa entera. Un taxidermista, a quien le conté que aquélla era mi particular versión de El retrato de Dorian Gray, me ayudó a tratarla para frenar el proceso de descomposición, y una vez tratada la encerré en un cubículo de vidrio rodeado de cuatro aspersores, uno en cada esquina, que vaporizan Excess mientras por unos pequeños altavoces acoplados al cubículo se oye cantar a Lou Reed muy bajito She’s my best friend, she understands me when I am feeling down, down, down, down, down, down. Como corresponde a una mejor amiga absorbente como ella, a quien se halla en mi casa le resulta casi imposible sustraerse a su influjo, tanto visual como olfativo.

Entre una cosa y otra, ha pasado el tiempo. La verdad es que la escultura de Emma, con la que cada día hablo más, me hace mucha compañía. A veces tengo incluso la impresión de que estoy más cerca que nunca de mi amiga. Aunque, por supuesto, aún espero que Emma aparezca el día menos pensado y se lleve su mugriento coche al desguace.