INICIO

Mostrando entradas con la etiqueta abadía. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta abadía. Mostrar todas las entradas

Un cadáver de más - Ellis Peters

Antes del amanecer de aquel lunes de agosto, los oficiales del rey desplegaron pequeñas partidas cerrando todos los caminos de salida de Shrewsbury. Dentro de las murallas de la ciudad, otros grupos de hombres armados aguardaban dispuestos a recorrer metódicamente todas las calles y registrar todas las casas. Tenían órdenes de hacer algo más que requisar caballos y víveres, aunque eso se haría sobre la marcha, y muy exhaustivamente, por cierto.

—Todo indica que la moza tiene que estar escondida por aquí cerca —dijo Prestcote, presentando su informe al rey—. El caballo que encontramos pertenece a los establos de FitzAlan y el joven que perseguimos hasta el Severn tenía sin duda un compañero que todavía no hemos localizado. Estando sola, la muchacha no puede haber llegado muy lejos. Todos vuestros consejeros coinciden en que Vuestra Alteza no puede dejar pasar la ocasión de apresarla. Adeney regresaría sin duda para rescatarla, ya que es su única hija. Es posible que incluso pudiéramos forzar el regreso de FitzAlan, que no querrá enfrentar la ignominia de dejarla morir.

—¿Morir? —repitió el rey, erizándose con cólera siniestra—. ¿Acaso es probable que yo le quite la vida a la muchacha? ¿Quién ha hablado de su muerte?

—Vistas las cosas desde aquí —replicó secamente Prestcote—, parece absurdo, pero, para un padre que espera ansioso buenas noticias, todo es posible. Vos no le causaríais el menor daño a la joven, naturalmente. Tampoco sería necesario causar daño a su padre y ni siquiera a FitzAlan, si les echarais el guante a los dos. Pero Vuestra Alteza debe hacer todo lo posible por impedir que se pongan al servicio de la emperatriz. Ya no es cuestión de vengarse por lo de Shrewsbury sino de tomar una medida acertada para preservar vuestras fuerzas y debilitar las del enemigo.

—Eso es muy cierto —reconoció Esteban sin excesivo entusiasmo. Su cólera y su odio habían dejado sitio a su natural bondad, por no decir pereza—. Aunque no estoy muy seguro acerca de usar a la muchacha para esos fines.

Recordó que prácticamente le había ordenado al joven Berengario que localizara a su prometida a cambio del favor real. Y que el joven, a pesar de haberle presentado respetuosa y esporádicamente sus respetos, jamás había mostrado excesivo celo en la búsqueda. Tal vez, pensó el rey, porque supo leer mis pensamientos mejor que yo mismo.

—No sería necesario causarle daño, y Vuestra Alteza evitaría tener que enfrentarse con las fuerzas leales a su padre, y tal vez incluso a las de su señor. Si podéis arrebatarle todas esas fuerzas al enemigo, os ahorraréis muchas dificultades y muchos de vuestros hombres os deberán la vida. No podéis permitiros el lujo de dejar pasar esta oportunidad.

El consejo era muy sensato, y el rey lo sabía. Las armas están donde uno las encuentra, y Adeney podría impacientarse todo lo que quisiera en su dorado encierro, una vez lo hubieran capturado.

—¡Muy bien! —dijo Esteban—. Realizad una búsqueda exhaustiva.

Los preparativos fueron ciertamente muy minuciosos. Adam Courcelle descendió sobre la puerta principal de la abadía con una compañía de flamencos. Guillermo Ten Heyt estableció un puesto de guardia en San Gil para interrogar a todos los jinetes y registrar todos los carros que intentaran abandonar la ciudad; su lugarteniente colocó centinelas en todos los caminos y los posibles puntos de cruce del río. 

Courcelle tomó posesión, con gran cortesía no exenta de firmeza, de la caseta de vigilancia de la abadía y ordenó que cerraran las puertas a todos los que intentaran entrar o salir. Faltaban unos veinte minutos para prima y ya era de día. Apenas hubo ruido, pero el prior Roberto vio desde el dormitorio una insólita agitación en la caseta de vigilancia, a la cual daba la ventana de su celda, y bajó presuroso para ver qué ocurría.

Courcelle le hizo una reverencia que no engañó a nadie y pidió respetuosamente unos privilegios que ya estaba autorizado a tomarse, tal como todo el mundo sabía. Pese a ello, su amabilidad sirvió para aplacar en parte la indignación del prior.

—Mi señor, Su Alteza el rey Esteban, me ordena exigir libre entrada a todos los lugares de vuestra casa, un diezmo de vuestras provisiones para las necesidades de Su Alteza y todos los caballos que todavía no estén en poder de su ejército. También he recibido el encargo de registrar y hacer interrogatorios en todas partes, en busca de la doncella llamada Godith, hija del traidor Fulke Adeney, la cual se cree que permanece todavía oculta en Shrewsbury.

El prior Roberto arqueó una fina ceja plateada y deslizó la mirada por una larga nariz aristocrática.

—No esperaréis encontrar a semejante persona dentro del recinto de nuestra abadía, supongo. Os aseguro que no hay nadie de tales características en la hospedería, que es el único lugar donde se la podría encontrar sin desdoro.

—Será una mera formalidad, os lo garantizo —dijo Courcelle—, pero cumplo órdenes y no puedo tratar más favorablemente una casa que otra.

Unos hermanos legos y un par de muchachos de mirada soñolienta y asustada contemplaban la escena desde cierta distancia. El maestro de novicios acudió para acompañarlos de nuevo a sus cuartos, pero, una vez allí, se quedó a escuchar con ellos.

—El abad debe ser informado de inmediato —dijo el prior Roberto con admirable aplomo, dirigiéndose hacia los aposentos del abad Heriberto.

A su espalda, los flamencos cerraron las puertas y montaron guardia antes de dirigir su atención a los establos y los graneros.

Fray Cadfael, que durante dos noches seguidas se había perdido las primeras horas de sueño, permaneció durmiendo durante el revuelo inicial de la invasión y solo se despertó cuando la campana tocó llamando a prima, demasiado tarde para hacer otra cosa que no fuera vestirse a toda prisa y bajar a la iglesia con el resto de los hermanos. 

Únicamente cuando oyó los susurros que pasaban de uno a otro y vio las puertas cerradas, observó a los flamencos montando guardia y a los novicios con los ojos abiertos como platos. El rumor de cascos de caballos en los establos le indicó que, por una vez, los acontecimientos se le habían adelantado, arrebatándole la iniciativa de las manos. 

Entre los asustados y nerviosos novicios congregados en la iglesia no vio el menor rastro de Godith. Tan pronto como terminó el rezo de prima, Cadfael corrió a la cabaña del herbario. La puerta no tenía la aldaba corrida y estaba abierta; las hierbas secas, los morteros y las redomas se encontraban en perfecto orden, las mantas se habían retirado del banco que servía de cama, y un cestillo de lavanda recién cortada y uno o dos frascos de medicamentos aparecían inocentemente colocados junto a él. 

Godith no estaba en la cabaña ni en el huerto ni en los campos de guisantes a la orilla del arroyo, donde los tallos secos amontonados, tan pálidos como el lino, aguardaban ser trasladados a los graneros para mezclarse con el heno. 

Tampoco se veía la menor traza del gran fardo envuelto en sacos y ahora probablemente húmedo, que seguramente habría pasado la noche debajo del montón de tallos secos, ni tampoco de la pequeña embarcación cuidadosamente cubierta, que hubiera debido estar volcada encima de él. El bote, el tesoro de FitzAlan y Godith habían desaparecido como por ensalmo.

Godith despertó poco antes de prima, consciente de la enorme responsabilidad que ahora pesaba sobre ella, y salió sin excesivo temor para ver qué ocurría en la caseta de vigilancia. Aunque todo se hizo en silencio y con la mayor discreción, su mente se inquietó un poco ante el insólito sonido de aquellas voces, carentes de la decorosa serenidad propia de los monjes benedictinos. 

Estaba a punto de salir del huerto cerrado cuando vio a los flamencos desmontando y cerrando las puertas, y a Courcelle acercándose al prior. Se quedó helada al escuchar pronunciar su propio nombre con tanta frialdad. Si hicieran un registro exhaustivo, la encontrarían. Interrogada junto con los novicios, bajo todas aquellas miradas hostiles, no podría interpretar su papel. 

Y, si la encontraran a ella, tal vez ampliarían la búsqueda y localizarían también lo que tenía a su cargo. Además, tenía que proteger a fray Cadfael y a Toroldo. Éste había regresado fielmente al molino tras acompañarla a casa con el tesoro. La víspera, sintió deseos de quedarse con él, pero ahora se alegraba de que el Gaye le separara de aquella alarma matutina y de que el joven tuviera un tupido bosque a su espalda y unos rápidos sentidos que le permitirían captar en seguida las señales de alarma, induciéndole a escapar sin la menor dilación.

La víspera fue como un alegre y atrevido sueño de inenarrable dulzura, durante el cual contuvieron la respiración mientras Cadfael se alejaba del puente, seguido por su sombra, y soltaron la amarra de la pequeña embarcación, izaron las alforjas que chorreaban agua, las envolvieron en sacos secos para que se parecieran al fardo de Cadfael, tomaron con sus manos la cadena y la apartaron del embarcadero de piedra para que no se oyera el menor ruido. 

Después remaron corriente arriba hasta rodear los campos de guisantes. «Esconded también la barca», les dijo Cadfael, «porque la necesitaremos mañana por la noche si se nos presenta la ocasión». La aventura de la víspera fue un sueño, pero aquella mañana era el despertar, y en aquel momento ella necesitaba la barca.

No tenía la menor posibilidad de reunirse con fray Cadfael para recibir órdenes, tenía que sacar inmediatamente de allí lo que guardaba y no podía salir por las puertas. Nadie podía indicarle lo que tenía que hacer, y la responsabilidad era exclusivamente suya. Por suerte, no era probable que los flamencos saquearan los huertos antes de registrar los establos, los graneros y las despensas. Todavía le quedaba un poco de tiempo.

La muchacha regresó rápidamente a la cabaña. Dobló las mantas y las escondió debajo del banco detrás de una hilera de redomas y morteros, deshizo la cama convirtiéndola en un simple estante donde colocar frascos y dejó la puerta abierta de par en par para que penetrara la inocente luz del día. 

Después se dirigío hacia el montón de tallos secos, sacó la embarcación de su escondrijo junto con el fardo y, gracias a que la suave pendiente del campo estaba cubierta de tallos y a que la barca era muy ligera, consiguió empujarla sin dificultad hacia el arroyo. La dejó varada, regresó por el tesoro, lo arrastró hacia la orilla y lo izó a bordo.

Hasta la víspera, nunca había estado en una embarcación semejante, pero Toroldo le enseñó a utilizar el remo y la suave corriente del arroyo le facilitó la labor.

Ya sabía lo que tenía que hacer. No tendría ninguna posibilidad de escape en caso de que bajara corriente abajo hacia el Severn; habría hombres vigilando en el camino principal, el puente e incluso a lo largo de las orillas. Sin embargo, a escasa distancia de donde ella se encontraba, había, un poco a la derecha, un ancho canal que llegaba hasta el estanque del principal molino de la abadía, cuyo canal, tras pasar por el estanque de la abadía y los estanques de los peces, hacía girar la rueda y se vaciaba de nuevo en el estanque para regresar al riachuelo y acompañarlo hasta el río. 

Más allá del molino, se encontraban alineadas las tres casas para huéspedes con sus jardincitos que llegaban hasta la orilla, mientras que otras tres semejantes protegían el estanque de la vista desde el otro lado. La casa al lado del molino era la que ocupaba Aline Siward. Courcelle había dicho que buscaría a la fugitiva por todas partes, pero si en el recinto monacal había algún lugar que no recibiría de él más que una visita de cumplido, ése sería donde se alojaba Aline.

«¿Qué importa que pertenezcamos a bandos contrarios?», pensó Godith, remando torpe pero obstinadamente para rodear la curva y adentrarse en el ancho canal. «No es posible que me arroje a los lobos con esa cara tan angelical que tiene. Pero ¿de veras pertenecemos a bandos contrarios? ¿No estaremos las dos en ambos bandos? Mi padre se juega la vida y las tierras por la emperatriz, pero no creo que a ella le importe lo más mínimo lo que le suceda a él o a los suyos, siempre y cuando consiga salirse con la suya. Estoy segura de que su hermano era para Aline mucho más importante de lo que jamás pueda ser el rey Esteban, y yo me preocupo más por mi padre y por Toroldo que por la emperatriz Matilde. Ojalá el hijo del viejo rey no se hubiera ahogado durante el horrible naufragio de aquel barco, ya que, en tal caso, ahora no habría discusiones sobre derechos hereditarios y tanto Esteban como Matilde se hubieran quedado en sus respectivos castillos y nos hubieran dejado a todos en paz».

El molino se levantaba a la derecha, pero su rueda no giraba y el agua del canal fluía libremente hacia el estanque para regresar al arroyo junto con las lentas contracorrientes de la otra orilla. En aquel punto la orilla tenía una altura de unos tres palmos para ofrecer la mayor cantidad de terreno posible a los pequeños huertos. 

Sin embargo, si primero conseguía izar el fardo hasta la orilla, Godith estaba segura de que después podría arrastrar la barca a tierra. Se agarró a la raíz de un sauce llorón que sobresalía del agua y amarró a ella la embarcación antes de intentar levantar el tesoro hasta la herbosa orilla. El fardo era muy pesado para ella, pero la joven lo tomó al través y lo sujetó con los brazos. 

A duras penas consiguió alcanzar el nivel de la orilla sin inclinar demasiado la embarcación. El fardo permaneció estable y, mientras lo sujetaba con ambos brazos, la joven sintió que las lágrimas asomaban por primera vez a sus ojos y le bajaban por las mejillas.

«¿Por qué», se preguntó en un súbitamente acceso de rebeldía, «me tomo tantas molestias por esta basura, si lo único que me importa es mi padre y Toroldo? ¡Y también fray Cadfael! Lo decepcionaría si dejara caer este peso al fondo del estanque después de lo mucho que se ha esforzado. Debo seguir adelante. Toroldo está empeñado en cumplir la tarea que le encomendaron. Eso vale más que el oro. ¡Este fardo no es lo más importante!».

La muchacha se pasó una mano impaciente y mugrienta por las mejillas y los ojos, e intentó encaramarse a la orilla, lo cual no era nada fácil porque la embarcación tendía a desplazarse bajo sus pies a lo largo de la cuerda de amarre. 

Cuando, al final, consiguió subir a la orilla, soltando maldiciones en lugar de llorar, no pudo tirar de la barca hacia arriba y temió agujerearla con las raíces melladas. La tendría que dejar allí. Se tendió boca abajo, acortó el amarre e hizo un fuerte nudo. Después arrastró la detestada pesadilla hasta la casa y aporreó la puerta.

Abrió Constanza. Godith se percató de que apenas eran las ocho de la mañana. Aline tenía por costumbre asistir a misa de diez y tal vez aún no estaría levantada. Pero, al parecer, el revuelo que reinaba en la abadía había llegado hasta aquel apartado rincón porque Aline ya estaba levantada y vestida y salió inmediatamente a ver qué sucedía.

—¿Qué ocurre, Constanza? —al ver a Godith tan sucia, desgreñada y sin aliento, apoyada en un gran fardo que había dejado en el suelo, se acercó con inocente solicitud—. ¡Godric! ¿Qué te pasa? ¿Te ha enviado fray Cadfael? ¿Ocurre algo malo?

—¿Conocéis a este mozo, señora? —le preguntó Constanza, sorprendida.

—Le conozco, es el ayudante de fray Cadfael, hemos hablado algunas veces —Aline estudió a Godith de pies a cabeza, vio las huellas de las lágrimas y la agitación de su pecho, y apartó rápidamente a su doncella en cuanto distinguió los signos de la desesperación, aunque éstos no fueran muy patentes—. ¡Entra, por favor! Deja que te ayude a llevar tus cosas. ¡Cierra la puerta, Constanza!

Ya estaban a salvo en el interior de aquella casa de paredes de madera, a través de una de cuyas ventanas abiertas penetraba a raudales la luz del sol matutino.

Ambas jóvenes se miraron, Aline con un precioso vestido azul y el cabello dorado enmarcándole el rostro como una nube, y Godith con una arrugada chaqueta parda que le estaba demasiado grande y unos calzones que le sentaban muy mal, el corto cabello desgreñado y el rostro desencajado y sucio de tierra, hierbas y sudor.

—He venido para pediros refugio —dijo Godith con toda naturalidad—. Me buscan los soldados del rey. Valdré mucho para ellos, si me encuentran. No soy Godric sino Godith. Godith Adeney, la hija de Fulke Adeney.

Aline contempló conmovida el bello rostro ovalado y las raídas prendas que cubrían las delicadas extremidades. Después miró de nuevo el desafiante rostro y se le iluminaron los ojos.

—Será mejor que os ocultéis en mi dormitorio —dijo, dando un vistazo a la ventana abierta—. Allí nadie os molestará… y podremos hablar libremente. Sí, traed vuestras pertenencias, os ayudaré a llevarlas.

El tesoro de FitzAlan fue trasladado por manos femeninas a la estancia interior donde ni siquiera Courcelle, y tanto menos otro hombre, se atrevería a entrar. Aline cerró suavemente la puerta mientras Godith se sentaba en un escabel junto a la cama, sintiendo por primera vez que todas sus inquietudes empezaban a desvanecerse. Después, apoyó la cabeza en la pared y miró a Aline.

—¿Os dais cuenta, señora, de que se me considera enemiga del rey? No quisiera poneros en peligro. Tal vez os sintáis en la obligación de entregarme.

—Sois muy honrada —dijo Aline— y tened la certeza de que no me pondréis en peligro. Ni siquiera estoy muy segura de que el rey me lo agradeciera, aunque sí estoy segura de que Dios no. Además, sé que nunca podría tener la conciencia tranquila. Podéis descansar tranquilamente aquí. Constanza y yo nos encargaremos de que nadie se acerque a vos.

Fray Cadfael se mostró muy tranquilo durante el rezo de prima, la primera misa conventual y la abreviada reunión del capítulo. Pero en realidad se estaba devanando los sesos y se mordía los nudillos, pensando en la inexplicable necedad que le había llevado a quedarse dormido mientras las fuerzas hostiles se cerraban a su alrededor. 

Las puertas estaban cerradas y no había modo de salir de allí. No podía pasar, y estaba seguro de que Godith tampoco habría pasado por allí. No había visto soldados en la otra orilla del río, aunque no cabía duda de que estaría vigilada. En caso de que Godith hubiera tomado la embarcación, ¿adónde habría ido? Corriente arriba, no, porque el arroyo resultaba visible durante un buen trecho y, más adelante, el lecho era demasiado pedregoso e irregular para surcarlo con aquella barca. 

Estaba esperando de un momento a otro el grito que anunciara su captura, pero cada minuto que transcurría sin que se escuchara semejante grito era un bálsamo de alivio para él. La joven no era tonta y, al parecer, había escapado, pero cualquiera sabía adónde, cargada con el tesoro que intentaban conservar y enviar a su destino.

En el capítulo, el abad Heriberto pronunció unas breves y desilusionadas palabras para explicar la invasión de la abadía, aconsejando a los monjes que obedecieran las órdenes de los soldados del rey con dignidad y fortaleza y que procuraran cumplir con sus obligaciones cotidianas con toda la fidelidad posible. 

Ser privados de los bienes de este mundo no debería ser más que una agradable disciplina para aquellos que aspiraban a los bienes del más allá. Por lo que respectaba a su propia cosecha, fray Cadfael podía estar tranquilo dado que no era muy probable que el rey le exigiera el diezmo de sus hierbas y remedios, aunque tal vez agradeciera una o dos garrafas de vino. El abad los despidió, rogándoles encarecidamente que se dedicaran a sus respectivas tareas hasta la misa mayor de las diez.

Fray Cadfael regresó a los huertos y se entretuvo en pequeñas labores que le permitieran pensar en otra cosa. Godith tal vez había vadeado el arroyo en pleno día para esconderse en el bosque. Sin embargo, no era posible que se hubiera llevado el fardo del tesoro porque pesaba demasiado para ella. Seguramente se habría alejado con el tesoro y la embarcación para que no hubiera ninguna prueba de actividades irregulares.

Cadfael estaba seguro de que no había llegado hasta la confluencia del río, pues en tal caso la hubieran capturado antes. Cada momento que transcurría sin que se recibieran malas noticias era un nuevo rayo de esperanza. Dondequiera que estuviera, la joven necesitaría ayuda.

Además, no podía olvidar a Toroldo, oculto más allá de los campos de labor en aquel molino abandonado. ¿Se habría percatado a tiempo del significado de aquellas señales y habría conseguido esconderse en el bosque? Cadfael lo deseaba con toda su alma. Entretanto, no podía hacer otra cosa que esperar. 

En caso de que cesara la persecución antes de que finalizara el día y al anochecer él pudiera encontrar a los dos jóvenes, procuraría por todos los medios que emprendieran viaje hacia el oeste aquella misma noche. 

Tal vez las circunstancias fueran favorables dado que el recinto de la abadía ya habría sido registrado concienzudamente, los soldados estarían cansados y deseosos de olvidar su vigilancia, la comunidad se hallaría totalmente entregada a la tarea de comparar notas para establecer lo que los soldados les habían arrebatado y los monjes estarían rezando fervientes oraciones de acción de gracias por el término de aquella prueba.

Cadfael se encaminó hacia el patio para asistir a misa. Los carros del ejército estaban siendo cargados de sacos de cereales procedentes del granero, y los flamencos entraban y salían constantemente de los establos. 

Los apurados huéspedes, que se quedarían a mitad de viaje sin caballos, suplicaban en vano que no se llevaran sus monturas, pero todo era inútil salvo en los casos en que alguien pudiera demostrar que ya estaba al servicio del rey. Solo los pobres jamelgos corrieron mejor suerte. Los soldados también requisaron uno de los carros de la abadía con sus mulos correspondientes, y lo cargaron de trigo.

Cadfael observó que algo extraño ocurría en las puertas. Las grandes puertas destinadas a los carruajes estaban cerradas y vigiladas, pero alguien había tenido la serena osadía de llamar al portillo, pidiendo entrar. 

Puesto que podía tratarse de alguien de los suyos, un correo del puesto de guardia de San Gil o bien del campamento real, el portillo se abrió y, en el estrecho espacio, apareció la recatada figura de Aline Siward, con el devocionario en la mano y el cabello dorado modestamente cubierto por la toca y el velo blanco de luto.

—Tengo permiso —dijo la joven con dulzura— para entrar en la iglesia —al ver que los guardias no entendían el inglés, repitió amablemente la frase en francés.

Los soldados no querían franquearle la entrada y estaban dispuestos a cerrarle la puerta en las narices cuando uno de los oficiales observó la discusión y se acercó a toda prisa.

—Tengo permiso de mi señor Courcelle para asistir a misa —repitió pacientemente Aline—. Me llamo Aline Siward. Si lo dudáis, preguntádselo, y él mismo os lo dirá.

Al final, consiguió hacer valer su privilegio y, tras un rápido intercambio de palabras, se abrió el portillo de par en par y los soldados se apartaron para franquearle la entrada. La joven cruzó el gran patio como si allí no ocurriera nada y se encaminó hacia el claustro y la puerta sur de la iglesia. 

Pero aminoró la marcha al ver que fray Cadfael se abría paso entre los soldados y los viajeros que protestaban, para cruzarse en su camino junto al porche. Aline le saludó modestamente delante de todo el mundo, pero, en el momento en que ambos estaban más cerca, le susurró:

—Tranquilizaos, Godric está a salvo en mi casa.

—¡Gracias a Dios y también a vos! —contestó Cadfael, suspirando—. Cuando oscurezca, iré por ella —aunque Aline había utilizado el nombre masculino, el monje adivinó por su leve sonrisa que la referencia femenina no constituía ninguna sorpresa para ella—. ¿Y la embarcación? —preguntó en un susurro.

—Preparada al final de mi jardín.

La joven entró en la iglesia y Cadfael, con el corazón súbitamente aliviado, se fue decorosamente a ocupar su lugar en la procesión de monjes.

Sentado en la rama de un árbol en el lindero del bosque situado al este del castillo de Shrewsbury, comiéndose los restos de pan que llevaba y un par de manzanas verdes robadas de un árbol de la abadía, Toroldo miró hacia el oeste al otro lado del río y no solo vio la gran roca de las murallas y torres del castillo sino también, un poco más a la derecha, apenas visibles por encima de las copas de los árboles, las tiendas del campamento real. A juzgar por la cantidad de gente que había en el monasterio y la ciudad, en aquellos momentos el campamento debía de estar casi vacío.

El cuerpo de Toroldo había soportado muy bien aquel repentino ajetreo, para su gran satisfacción y también, ¿por qué no decirlo?, para su sorpresa. Su mente, en cambio, se resentía bastante. 

Aunque no había caminado mucho ni hecho demasiado ejercicio, aparte encaramarse al frondoso árbol, estaba muy complacido por la respuesta de sus dañados músculos y la cicatrización de la herida del muslo, que apenas le dolía, y la del hombro, que no estaba roto ni le impedía el uso del brazo. Su mente, por el contrario, estaba inquieta y preocupada por Godith, el hermanito súbitamente transformado en una criatura medio hermana y medio otra cosa. 

Confiaba en fray Cadfael, por supuesto, pero no podía cargar todo el peso de la responsabilidad sobre unos hombros enclaustrados, por muy anchos y fuertes que fueran. Aunque estaba furioso y angustiado, Toroldo siguió comiendo las manzanas robadas. Tendría que estar bien alimentado para resistir el esfuerzo.

Una compañía de vigilancia recorría metódicamente la orilla del Severn. Él no se atrevía a moverse hasta tanto no se retiraran hacia la abadía y el puente. Aún no sabía qué rodeo tendría que dar por las afueras de la ciudad para eludir el cerco real.

Le despertaron unos inequívocos sonidos desde el puente, lo bastante fuertes como para interrumpir su sueño. Muchos, muchísimos hombres a pie y a caballo, anunciaban su presencia y su paso por un arco de piedra sobre el agua. Los ecos combinados fueron transportados por la corriente, desde la madera del molino y los canales de agua que lo alimentaban, hasta sus inquietos oídos. 

El sobresalto le indujo a vestirse instintivamente, y antes de asomarse a mirar recogió todo lo que hubiera podido delatar su presencia. Vio cómo las compañías se desplegaban en abanico al final del puente y ya no quiso ver nada más porque comprendió que la situación era muy peligrosa. 

Eliminó todas las huellas de su estancia en el molino, arrojando al agua lo que no pudo llevar consigo. Cruzó los límites de las tierras de la abadía y se alejó de la compañía que avanzaba a lo largo de la orilla del río, hasta alcanzar el lindero del bosque que se extendía al otro lado del castillo.

No sabía para quién o para qué se había decretado aquella batida, pero sabía muy bien quién podía quedar atrapado en ella, por lo que su único propósito en aquel momento era reunirse con Godith dondequiera que estuviera, interponerse entre ella y el peligro. Y, a ser posible, llevársela desde allí a Normandía, donde estaría a salvo.

A lo largo de la orilla, los hombres se separaron para batir el terreno a través de los arbustos donde Godith le había encontrado. Ya habían registrado el molino abandonado en el que, gracias a Dios, no habían hallado ninguna huella. Ahora que ya casi los había perdido de vista, Toroldo bajó del árbol para adentrarse más profundamente en el bosque. 

Desde el puente hasta San Gil, el camino real que conducía a Londres estaba flanqueado por tiendas y casas a las que no debía acercarse. ¿Sería mejor seguir hacia el este y cruzar el camino más allá de San Gil, o bien esperar y regresar por donde había venido, una vez cesara el tumulto? Lo malo era que no sabía cuándo iba a ocurrir tal cosa y la angustia que sentía por Godith era casi insoportable. 

Seguramente tendría que seguir hasta más allá de San Gil antes de atreverse a cruzar el camino; aunque allí el arroyo ya no sería un obstáculo, cuando se acercara al lugar situado enfrente en los huertos de la abadía, correría un grave peligro. 

Podría esperar en el escondrijo más cercano que encontrara, pasar a los campos de guisantes a la primera ocasión que se le presentara y, desde allí, si todo estaba tranquilo, dirigirse al herbario, que no conocía, y a la cabaña donde Godith había dormido las últimas siete noches. 

Sí, mejor seguir adelante y dar un rodeo. Si retrocediera, tendría que atravesar el puente, donde habría soldados hasta el atardecer y probablemente durante toda la noche.

A pesar de su impaciencia, el joven tuvo que actuar con mucha precaución. El repentino asalto había asustado e indignado a la población, y Toroldo tenía que procurar que no le vieran puesto que era un joven desconocido en un lugar donde todos los vecinos eran como de la familia y cualquier forastero suscitaba actitudes desafiantes nacidas del temor. Varias veces tuvo que esconderse hasta que pasara el peligro.

Quienes vivían cerca del camino y habían sufrido los primeros sobresaltos se escondían donde podían. Quienes cuidaban diariamente del ganado o cultivaban las tierras lejos del camino oyeron el tumulto y se acercaron para averiguar qué ocurría. 

Atrapado entre esas dos mareas, Toroldo pasó un día terrible, pero, al final, consiguió superar el inflexible y brutal puesto de guardia de Guillermo Ten Heyt que, para entonces, ya había requisado una considerable cantidad de bienes y una docena de magníficos caballos. 

Allí terminaban las últimas casas de la ciudad y empezaban los campos y las aldeas. Más allá del puesto de guardia, el tráfico era muy escaso. Toroldo cruzó el camino y se ocultó una vez más entre los arbustos que crecían por encima del arroyo. Desde allí, analizó el terreno.

En ese lugar el arroyo tenía dos brazos porque el canal del molino recibía sus aguas a través de una esclusa construida algo más arriba. Las dos cintas plateadas brillaban ahora bajo un sol que estaba empezando a declinar hacia el oeste. Ya casi debía ser la hora de vísperas. ¿Habría terminado el rey Esteban de registrar la abadía y saquear todo Shrewsbury?

Aquella parte del valle era angosta y empinada, por lo que nadie había construido en ella ningún edificio, prefiriendo dejar la hierba para las ovejas. Toroldo se deslizó hacia la bifurcación, superó fácilmente de un salto el canal del molino y se acercó al arroyo, saltando de piedra en piedra. 

Después echó a andar orilla abajo, pasando de un escondrijo a otro, hasta que, hacia la hora de vísperas, llegó a los suaves prados que se extendían al otro lado de los campos de guisantes de fray Cadfael. Allí el terreno era demasiado abierto y el joven tuvo que apartarse del arroyo y buscar entre los matorrales un escondrijo desde donde examinar el panorama. 

Distinguió los tejados de los edificios de la abadía por encima de los muros del huerto, y el tejado y el alto campanario de la iglesia, pero no vio nada de lo que ocurría en el recinto del monasterio. Todo parecía muy tranquilo, los pálidos campos de la ladera ya despojados de sus cosechas, el montón de rastrojos donde Godith ocultó la barca y el tesoro diecinueve horas antes, el muro rojizo del huerto más allá del tejado inclinado del granero. 

Tendría que esperar a que anocheciera, o bien correr el riesgo de cruzar el arroyo hasta el montón de paja del otro lado a la primera oportunidad que se le presentara. Por allí pasaba de vez en cuando alguna persona dedicada a sus quehaceres, un pastor dirigiendo su rebaño a los pastizales, una mujer que volvía a casa tras recoger setas en el bosque, dos niños con unas ocas. 

Hubiera podido cruzarse con ellos y saludarles sin que nadie le hiciera el menor caso, pero no hubiera podido cruzar el vado y entrar en los huertos de la abadía sin despertar sospechas. Eso hubiera llamado la atención. Además, desde el otro lado de los huertos, aún se oían rumores insólitos, gritos, órdenes y chirridos de carros y arneses. 

Por si fuera poco, un hombre a caballo recorría los prados algo más abajo como si vigilara la única salida no amurallada de la abadía. Parecía tomarse su misión con bastante calma. Un solo hombre, pero era más que suficiente. Le hubiera bastado con gritar o silbar para que inmediatamente se acercara una docena de flamencos.

Toroldo se agachó entre los arbustos y le vio acercarse. El caballo era grande y musculoso, pero no muy bonito, con manchas entre crema y gris oscuro. El jinete era un joven de cabello negro y tez aceitunada, con el rostro enjuto y un porte extremadamente arrogante. 

Fue precisamente su gesto altanero y el curioso color de su caballo lo que llamó la atención de Toroldo. Era la misma montura que había visto al amanecer, encabezando la compañía de soldados junto a la orilla del río; y aquel hombre fue el que primero desmontó para registrar el molino abandonado donde Toroldo se ocultaba. 

Después aparecieron unos seis hombres a pie para colaborar en la tarea de búsqueda, pero él se alejó al trote y los dejó rezagados. Toroldo estaba seguro de su identidad y tenía sobradas razones para extremar la cautela. Temía que, a pesar de todas sus precauciones, los soldados hubieran descubierto algún detalle que despertara sus sospechas. 

Eran el mismo caballo y el mismo hombre. Ahora el jinete cabalgaba corriente arriba con aparente negligencia, pero Toroldo no se fiaba. Aquel hombre lo veía todo, a pesar de su mirada displicente y lánguida.

Sin embargo, en aquellos momentos se encontraba de espaldas y no había nadie en los campos. Si se alejara un poco más, Toroldo intentaría cruzar el arroyo. Aunque se equivocara en el cálculo y se mojara, no podría ahogarse en tan poca agua, y la noche sería muy templada. Tenía que intentarlo y llegar hasta la cabaña de Godith para asegurarse de que nada le había ocurrido.

El oficial del rey siguió adelante hasta el límite del terreno llano sin volver la cabeza ni una sola vez. Ninguna criatura se movió. Toroldo se levantó, atravesó de carrerilla la franja de prado, cruzó el arroyo tanteando instintivamente con los pies, y emergió a los pálidos campos del otro lado. 

Después se escondió en el montón de rastrojos como un topo oculto en la tierra. En medio de la agitación de aquel día, no le sorprendió que la barca y el fardo hubieran desaparecido, y tampoco tuvo tiempo de pararse a pensar si aquello era un buen o un mal presagio. 

Extendió los tallos secos a su alrededor como si fueran una rígida sábana de color marfil entretejida de sol y calor, y se tendió temblando sin dejar de atisbar, a través de los rastrojos, el sereno paso de su enemigo al otro lado del arroyo.

De pronto, el hombre se detuvo con su caballo y miró corriente abajo, como si un escozor en los pulgares le hubiera advertido de algún peligro. Permaneció inmóvil unos minutos y después inició el camino de vuelta con tanta suavidad como el de ida.

Toroldo contuvo la respiración y le vio acercarse. No se daba prisa sino que cabalgaba con ociosa inocencia como si no tuviera nada mejor que hacer, aparte del repetido paseo arriba y abajo para pasar el rato. Sin embargo, al llegar a la altura de los campos de guisantes, se detuvo y miró hacia el otro lado del arroyo, clavando los ojos en el montón de tallos secos. 

A Toroldo le pareció ver una leve sonrisa en su rostro moreno e incluso un pequeño movimiento de la mano semejante a un saludo. ¡Debían ser figuraciones suyas! El jinete reanudó su paseo corriente abajo, contemplando el canal del molino y su confluencia con el río. No volvió la mirada hacia atrás ni una sola vez.

Toroldo permaneció tendido bajo la ingrávida manta de paja, hundió su cabeza cansada entre los brazos, y las caderas en la suave tierra. Se quedó dormido de puro agotamiento. Cuando despertó, ya estaba oscureciendo y todo seguía tranquilo. 

El joven prestó atención un buen rato y después se movió a rastras y subió furtivamente por la pálida ladera hasta los huertos de la abadía, avanzando en solitario entre la miríada de soleadas fragancias de las hierbas de Cadfael. Localizó la cabaña con la puerta hospitalariamente abierta de par en par y atisbó casi con temor el tibio silencio y la luz del interior.

—¡Loado sea Dios! —exclamó fray Cadfael, levantándose del banco para saludarle—. Pensé que vendríais y cada media hora más o menos he estado saliendo a mirar. Finalmente, os tengo aquí. Sentaos y desahogad vuestro corazón, ¡hemos salido bastante bien librados!

En tono apremiante, Toroldo hizo la única pregunta que le importaba:

—¿Dónde está Godith?

John Uskglass y el Carbonero Cumbrio - Susanna Clarke

Hace muchos veranos, en el claro de un bosque de la región de Cumbria, vivía un carbonero. Era muy, muy pobre. Tenía la ropa hecha harapos, por lo general manchada de hollín, sucia. No tenía esposa ni hijos, y su única compañía era un cerdo pequeño llamado Blakeman. 
 
La mayor parte del tiempo lo pasaba en el claro, donde había dos cosas: una pila de ardiente carbón cubierta de tierra y una choza construida con palos y restos de turba. Pero a pesar de todo poseía un alma alegre, pues alegre había sido siempre, a menos que se obcecase por alguna razón.

Una espléndida mañana de verano un ciervo irrumpió a la carrera en el claro. Tras el ciervo llegó una gran manada de perros de caza, y detrás de los perros el tropel de jinetes armados con arcos y flechas. Por unos instantes nada pudo verse más allá de la confusión a la que dio pie la barahúnda de los perros, los cuernos de caza y el estruendo de los cascos de las monturas. Después, tan pronto como había llegado, la partida de caza desapareció entre los árboles que se alzaban en el extremo opuesto del claro. Todos a excepción de un hombre.

El carbonero miró a su alrededor. La hierba había quedado cubierta de fango y no sobrevivía en pie un solo palo de la choza. La pulcra pila de carbón estaba medio deshecha, y los restos provocaban pequeños incendios aquí y allá. Empujado por un arranque de ira se volvió hacia el único cazador que había permanecido allí, sobre quien vertió hasta el último insulto que había oído en su vida.

Pero el cazador tenía sus propios problemas. El motivo de que no se hubiese alejado a caballo con los demás era que Blakeman corría, de un lado a otro, bajo los cascos de su caballo, chillando como el cerdo que era. Por mucho que lo intentara, el jinete no podía librarse de él. 
 
El cazador vestía con elegancia de negro, calzaba botas de negro cuero blando, y el arnés estaba enjoyado. Era, de hecho, John Uskglass (también conocido como el Rey Cuervo), rey de Inglaterra del Norte y de parte de Tierra de Duendes, así como el mayor mago que había existido jamás. Cosa que el carbonero (cuyo conocimiento de los sucesos que acontecían más allá de aquel claro era, cuando menos, imperfecto) ni siquiera sospechaba. Solo sabía que el hombre no respondía a sus insultos, lo cual no hizo sino enervarlo más.

—¡Pero diga algo! —protestó.

Un arroyuelo discurría a través del claro. John Uskglass lo miró, luego volvió la vista hacia Blakeman, que seguía correteando entre los cascos del caballo. Hizo un gesto con la mano y Blakeman se convirtió en un salmón. El salmón dio un brinco a través del aire hasta caer en el agua con un chapoteo y alejarse a nado. Después John Uskglass se fue al trote.

El carbonero se lo quedó mirando mientras se alejaba.

—Bueno, ¿y ahora qué voy a hacer? —se preguntó en voz alta.

Apagó los fuegos que se habían producido en el claro, y recompuso la pila de carbón tan bien como pudo. Pero una pila de carbón que ha sido pisoteada por lebreles y caballos no puede tener el mismo aspecto que una que no ha sido objeto de tales desmanes, por mucho empeño que se ponga en reconstruirla, y al carbonero le bastaba con verla así de maltrecha para que le dolieran los ojos.

Se acercó a Furness Abbey para pedir a los monjes que le dieran algo de cenar, porque su propia cena también había acabado pisoteada. Cuando llegó a la abadía, se dirigió al limosnero, cuya tarea consistía en distribuir a los pobres alimentos y ropa. El limosnero lo saludó con afabilidad y le dio un espléndido queso redondo y una gruesa manta, mientras le preguntaba a qué venía esa cara tan larga y triste.

Así que el carbonero se lo contó. Pero éste no tenía mucha práctica en el arte de relatar con claridad sucesos complejos. Por ejemplo, habló largo y tendido acerca del cazador que se había rezagado, pero no hizo mención alguna a la ropa elegante del jinete, ni a los anillos con joyas engarzadas que le adornaban los dedos, así que el limosnero ni siquiera sospechó que podía tratarse del Rey. De hecho, el carbonero lo llamó «un hombre negro», así que el limosnero supuso que se refería a un hombre sucio, es decir, a otro carbonero, por poner un ejemplo. El limosnero era todo simpatía.

—Así que Blakeman se ha convertido en un salmón, ¿eh? —comentó—. Yo en su lugar, tendría unas palabras con san Mungo. Estoy seguro de que podrá ayudarle. No hay nada que no sepa acerca de los salmones.

—San Mungo, ¿dice usted? ¿Y dónde podría yo encontrar a alguien tan útil? —preguntó el carbonero, realmente interesado.

—Tiene una iglesia en Grizedale. Debería usted tomar el camino que discurre por allí.

Y así fue como el carbonero se dirigió andando a Grizedale, y cuando llegó a la iglesia, entró y golpeó las paredes y aulló el nombre de san Mungo, hasta que el propio santo agachó la vista desde el cielo y preguntó qué se le ofrecía al carbonero.

De inmediato el hombre emprendió una larga e indignada diatriba en la que describía las injurias que había sufrido, en particular las relativas al solitario cazador.

—Bueno —dijo san Mungo, alegre—. Déjame ver qué puede hacerse. Los santos como yo siempre tendríamos que prestar oídos a las súplicas de la gente pobre, sucia y zarrapastrosa como tú. Por ofensivo que sea el modo en que se dirigen a nosotros. Sois nuestra preocupación especial.

—¿Y ya está? —preguntó el carbonero, que se sintió halagado al oír eso.

Entonces san Mungo extendió el brazo desde el cielo, llevó la mano a la fuente de la iglesia y sacó de ella un salmón. Le bastó con sacudirlo un poco para que en un abrir y cerrar de ojos este se convirtiera en Blakeman, tan sucio y vivaz como siempre.

El carbonero rió entre aplausos. Quiso abrazar al cerdo, pero Blakeman se fue a correr, chillando como el cerdo que era, con la energía que lo caracterizaba.

—Ahí lo tienes —dijo san Mungo, contemplando la agradable escena con cierto goce—. Me alegro de haber podido responder a tu plegaria.

—Bueno, ¡en realidad no lo ha hecho! —le acusó el carbonero—. ¡Tiene que castigar a mi malvado enemigo!

Entonces san Mungo arrugó un poco el entrecejo y le explicó que se suponía que uno debía perdonar a sus enemigos. Pero el carbonero nunca había puesto en práctica el perdón de los cristianos, y no estaba de humor para empezar a hacerlo en ese momento.

—¡Que Blencathra caiga sobre su cabeza! —gritó con fuego en los ojos, los puños en alto. (Blencathra es una colina elevada que se alza a unas millas al norte de Grizedale.)

—Bueno, verás —dijo, muy diplomático, san Mungo—. En realidad no puedo hacer eso. Pero ¿creo haberte oído decir que ese hombre era cazador? Quizá haber perdido a su presa le enseñe a tratar con mayor respeto a sus vecinos.

En cuanto san Mungo pronunció estas palabras, John Uskglass (que seguía de caza) cayó de su caballo y fue a parar a una grieta que había entre las rocas. Quiso salir de la grieta, pero descubrió que un misterioso poder se lo impedía. Quiso practicar magia para contrarrestarlo, pero la magia no sirvió. Las rocas y la tierra de Inglaterra amaban a John Uskglass. Siempre le habían ayudado, pero aquel poder, fuera lo que fuese, era algo que aún respetaban más.

Pasó todo el día con su noche en la grieta rocosa, hasta que lo cubrió el rocío y se sintió muy desdichado. Al alba el poder desconocido le liberó de pronto, a saber el porqué. Salió de la grieta, encontró su caballo y cabalgó de vuelta a su castillo en Carlisle.

—¿Dónde habéis estado? —preguntó William de Lanchester—. Os esperábamos ayer.

Pero John Uskglass no quería que nadie supiera que existía en Inglaterra un mago más poderoso que él. Así que consideró la respuesta un instante.

—En Francia —dijo.

—¡En Francia! —William de Lanchester se mostró sorprendido—. ¿Y habéis visto al Rey? ¿Qué os ha dicho? ¿Planean nuevas guerras?

John Uskglass dio una respuesta vaga, de naturaleza mística y mágica. Luego fue a sus habitaciones y se sentó en el suelo, junto a su cuenco de plata lleno de agua. Entonces se dirigió a las Personas de Gran Importancia (tales como el Viento de Poniente o las Estrellas) y les pidió que le revelaran quién había provocado su caída en la grieta rocosa. En el plato se formó la imagen del carbonero.

John Uskglass pidió a voces que le prepararan el caballo y los perros, y cabalgó hacia el claro del bosque.

Entretanto, el carbonero probaba el queso que le había obsequiado el limosnero. Luego fue a visitar a Blakeman, porque había pocas cosas en el mundo que a Blakeman le gustasen más que una tostada con queso fundido.

Mientras estuvo fuera llegó John Uskglass con sus perros. Miró en derredor del claro, en busca de alguna pista acerca de lo sucedido. Se preguntó por qué razón un mago poderoso y peligroso escogería vivir en un bosque y ganarse el jornal trabajando de carbonero. Entonces reparó en el queso fundido.

Resulta que el queso fundido supone una tentación que pocos hombres son capaces de resistir, sean carboneros o reyes. John Uskglass llevó a cabo el siguiente razonamiento: toda Cumbria le pertenecía, por tanto el bosque también, por tanto aquellas tostadas con queso fundido también eran suyas. Así que se sentó a comer, y al terminar dejó que sus perros le lamieran los dedos.

Ese fue el momento que escogió el carbonero para volver al claro. Miró a John Uskglass y las verdes hojas vacías donde había dejado las tostadas con queso fundido.

—¡Usted! —exclamó—. ¡Usted otra vez! ¡Acaba de comerse mi plato! —Aferró a John Uskglass y lo sacudió con fuerza—. ¿Por qué? ¿Por qué hace estas cosas?

John Uskglass no pronunció una palabra. (En ese momento no supo qué decir que pudiera ponerle en una situación ventajosa.) Se libró de las manos del carbonero, montó en su caballo y se alejó al trote del claro.

El carbonero acudió de nuevo a Furness Abbey.

—¡Ese hombre malvado ha vuelto y se ha comido mi queso fundido! —se quejó al limosnero.

El limosnero negó con la cabeza, entristecido por aquella demostración de que vivía en un mundo lleno de pecadores.

—Tenga un poco más de queso —le ofreció—. ¿Qué le parece si le doy un poco de pan para acompañarlo?

—¿Qué santo se encarga de cuidar de los quesos? —preguntó el carbonero, con tono exigente.

El limosnero meditó unos instantes la respuesta.

—Santa Brígida —dijo.

—¿Y dónde puedo encontrar a su señoría? —preguntó el carbonero, ansioso.

—Tiene una iglesia en Beckermet —respondió el limosnero, que señaló el camino que debía tomar el carbonero.

Y así fue como el carbonero anduvo hasta Beckermet. Cuando llegó a la iglesia, golpeó las bandejas del altar, rugió y armó una barahúnda tremenda hasta que santa Brígida agachó inquieta la mirada desde el cielo y preguntó si había algo que pudiera hacer por él.

El carbonero hizo una exhaustiva descripción de los atropellos que había sufrido a manos de su mudo enemigo.

Santa Brígida dijo que lamentaba oír aquello.

—Pero no creo que sea la persona más apropiada para ayudarte. Yo cuido de lecheras y lecheros. Animo a la mantequilla a cuajar y vigilo la maduración de los quesos. No es de mi incumbencia que la persona equivocada se haya comido una tostada con queso. San Nicolás se ocupa de los ladrones y de la propiedad robada. Tal vez san Alejandro de Comana sienta amor por los carboneros —añadió, esperanzada—, y sean ellos a quienes deberías elevar una plegaria.

El carbonero se negó a interesarse lo más mínimo por las personas que ella acababa de mencionar.

—¡La gente pobre, sucia y zarrapastrosa como yo somos su preocupación especial! —protestó—. ¡Obre un milagro!

—Aunque también pienso que es posible que ese hombre no pretenda ofenderte con su silencio —conjeturó santa Brígida—. ¿Has considerado la posibilidad de que sea mudo?

—¡Ay, no! Le vi hablar a sus perros. Movieron la cola, encantados de oír su voz. ¡Haga algo, santa! ¡Que Blencathra le caiga en la cabeza!

Santa Brígida suspiró.

—No, no, no podemos hacer nada parecido, aunque es verdad que obró mal al robarte el almuerzo. Quizá convendría darle una lección. Una leccioncilla.

En ese momento, John Uskglass y su corte se disponían a salir de caza. Una vaca vagabundeó hacia el patio que había frente al establo, hasta alcanzar el lugar donde John Uskglass se hallaba montado en su caballo, para pronunciar a continuación un sermón en latín acerca del pecado de robar. Después el caballo volvió la cabeza y le dijo, muy solemne, que estaba de acuerdo con las palabras de la vaca y que debía prestar atención a lo que decía el rumiante.

Todos los cortesanos y sirvientes que había en el patio guardaron silencio, atentos al desarrollo de la escena. Nunca había sucedido algo parecido.

—¡Esto es cosa de magia! —aseguró William de Lanchester—. Pero, ¿quién osa...?

—Ha sido cosa mía —se apresuró a decir John Uskglass.

—¿De veras? —preguntó William—. Pero ¿por qué?

Hubo una pausa.

—Para ayudarme a considerar mis errores y pecados —dijo finalmente John Uskglass—, tal como todo cristiano tendría que hacer de vez en cuando.

—¡Pero robar no es un pecado que hayáis cometido! Entonces, ¿por qué...?

—¡Santo Dios, William! —protestó John Uskglass—. ¿A qué viene tanta pregunta? ¡Hoy no saldré de caza!

Se alejó a paso vivo hacia el jardín de las rosas, para dejar atrás al caballo y la vaca. Pero las rosas volvieron hacia él sus rostros rojos y blancos y hablaron al cabo acerca de las responsabilidades que el Rey tenía con los pobres; y algunas de las flores más maliciosas sisearon: «¡Ladrón! ¡Ladrón!» 
 
John Uskglass cerró los ojos y se llevó las manos a las orejas, pero acudieron los perros, le encontraron y, acercando los hocicos a su rostro, le dijeron lo decepcionados, lo terriblemente decepcionados que se sentían. Así que fue a esconderse en un cuarto minúsculo y vacío, situado en lo alto del castillo. Pero durante todo ese día las piedras de las paredes debatieron en voz alta varios pasajes de la Biblia que condenaban el robo.

Esa vez, John Uskglass no tuvo necesidad de preguntar quién había sido el responsable de aquello (la vaca, el caballo, los perros, las piedras y las rosas habían mencionado, todos sin excepción, las tostadas con queso), y estaba decidido a descubrir quién era aquel mago estrafalario y cuáles eran sus intenciones. Decidió recurrir a la más mágica de todas las criaturas: el cuervo. 
 
Al cabo de una hora, envió aproximadamente un millar de cuervos que dieron forma a una bandada tan densa que fue como si una montaña negra surcara el cielo veraniego. Cuando llegaron al claro del carbonero, lo llenaron hasta el último rincón con el negro tumulto de su batir de alas. Los árboles perdieron sus hojas, y el carbonero y Blakeman cayeron al suelo, incapaces de levantarse. 
 
Los cuervos ahondaron en los recuerdos y los sueños del carbonero en busca de pruebas de sus prácticas mágicas. Y para asegurarse, también profundizaron en los recuerdos y los sueños de Blakeman. Los cuervos comprobaron qué pensamientos habían concebido hombre y cerdo estando aún en el vientre de sus madres; y luego indagaron qué harían ambos cuando, al cabo, llegasen al cielo. No encontraron ni un resquicio de magia por ninguna parte.

Cuando se marcharon, John Uskglass accedió al claro con los brazos doblados a la altura del pecho. Caminaba ceñudo. El fracaso de los cuervos le había supuesto una profunda decepción.

El carbonero se levantó lentamente del suelo y miró a su alrededor, asombrado. Si un incendio hubiera barrido el bosque, la destrucción que habría dejado a su paso no podría haber sido más exhaustiva. Los árboles habían perdido las ramas, y todo lo alfombraba una capa gruesa, negra, de plumas de cuervo. Una especie de éxtasis de la indignación le empujó a exclamar:

—¡Dígame por qué me persigue!

Pero John Uskglass no dijo una palabra.

—¡No cejaré hasta que Blencathra le caiga en la cabeza! ¡No lo haré! ¡Sepa que no lo haré! —Y hundió el mugriento dedo en la cara de John Uskglass—. ¡Usted... sabe... de... qué... soy... capaz!

Al día siguiente, el carbonero se acercó a Furness Abbey antes de que asomara el sol. Encontró al limosnero, que iba de camino a prima.

—Ha regresado para destrozarme el bosque —le contó—. ¡Lo ha convertido en un lugar negro y sucio!

—¡Qué hombre tan terrible! —exclamó el limosnero, que simpatizaba con el carbonero.

—¿Qué santo mira por los cuervos? —preguntó el carbonero.

—¿Los cuervos? —preguntó el limosnero—. Ninguno que yo sepa. —Meditó el asunto unos instantes—. San Osvaldo tuvo un cuervo por mascota al que apreciaba mucho.

—¿Y dónde puedo encontrar a su santidad?

—Tiene una nueva iglesia en Grasmere.

Y así el carbonero anduvo hasta Grasmere, y cuando llegó allí gritó y golpeó las paredes, armado con uno de los candelabros del altar.

—¿Tienes que gritar tanto? —protestó san Osvaldo tras sacar la cabeza del cielo—. ¡Que no soy sordo! ¿Qué quieres? ¡Y deja en su sitio ese candelabro, que vale una fortuna! —Durante sus santas y benditas vidas, san Mungo y santa Brígida habían sido respectivamente monje y monja, y poseían toda la santa paciencia y la templanza del mundo. Pero san Osvaldo había sido rey y soldado, y pertenecía a una clase de personas muy distinta.

—El limosnero de Furness Abbey afirma que a usted le gustan los cuervos —explicó el carbonero.

—Decir que me gustan es un poco exagerado —dijo san Osvaldo—. Hubo un pájaro en el siglo siete que solía posarse en mi hombro. Me picoteaba las orejas y me hacía sangrar.

El carbonero le relató el ahínco con que le acosaba el hombre silencioso.

—No sé, ¿tal vez tenga un motivo para comportarse así? —aventuró san Osvaldo, sarcástico—. ¿Cabe la posibilidad, por decir algo, que hayas mellado de algún modo sus candelabros?

El carbonero negó, indignado, haber causado perjuicio alguno al hombre silencioso.

—Hum. —San Osvaldo meditó el asunto—. Solo los reyes dan caza a los ciervos, como sabrás.

A juzgar por su expresión, el carbonero no había atado cabos.

—Veamos —continuó san Osvaldo—. Un hombre que viste de negro, capaz de obrar magia poderosa, que manda a los cuervos y posee los derechos de caza de un rey. ¿De veras todo esto no te sugiere nada? No, por lo visto no. Bueno, resulta que creo conocer la identidad de la persona a la que te refieres. En verdad es muy arrogante y tal vez haya llegado el momento de darle una lección de humildad. Si entiendo bien lo que me dices, ¿estás enfadado porque no te dirige la palabra?

—Sí.

—Muy bien, pues. Creo que debería aflojarle un poco la lengua.

—¿Qué clase de castigo es ese? —preguntó el carbonero—. ¡Quiero que haga que Blencathra le caiga en la cabeza!

San Osvaldo protestó, irritado.

—¿Qué sabrás tú? —dijo—. Créeme, ¡sé mejor que tú cómo perjudicar a ese hombre!

Y mientras san Osvaldo hablaba, John Uskglass empezó a hablar de manera rápida y nerviosa. Aquello era inusual, pero al principio no se le antojó siniestro. Todos sus cortesanos y sirvientes atendieron con educación a sus palabras. Pero transcurridos unos minutos, y luego unas horas, se preguntaron por qué no había dejado de hablar en todo aquel rato. 
 
Habló durante la cena; habló durante la celebración de la misa; habló durante la noche. Pronunció profecías, recitó pasajes de la Biblia, contó historias de varios reyes de Tierra de Duendes, dio recetas de repostería. 
 
También reveló secretos políticos, secretos mágicos, secretos infernales, secretos divinos y secretos escandalosos, de resultas de lo cual el reino de Inglaterra del Norte se vio abocado a una plétora de crisis políticas y teológicas. Thomas de Dundale y William de Lanchester rogaron y amenazaron y suplicaron, pero nada de lo que dijeron bastó para que el Rey dejase de hablar. 
 
Al cabo de un tiempo se vieron obligados a encerrarlo en un cuarto vacío que había en lo alto del castillo, para que nadie pudiera oírlo. Entonces, puesto que era inconcebible que un rey hablase sin alguien que lo escuchara, se vieron forzados a hacerle compañía, día a día. Al cabo de tres días exactos por fin se calló.

Dos días después se acercó a lomos de su caballo al claro del carbonero. Estaba tan pálido y ojeroso que el carbonero albergó de pronto la esperanza de que san Osvaldo pudiera haberle arrojado Blencathra sobre la cabeza.

—¿Qué es lo que quieres de mí? —preguntó John Uskglass, cauteloso.

—¡Ajá! —exclamó el carbonero con expresión triunfal—. ¡Que me pida perdón por transformar a Blakeman en salmón!

Hubo un largo silencio.

Entonces, los dientes prietos, John Uskglass pidió perdón al carbonero.

—¿Se te ofrece alguna otra cosa? —preguntó.

—¡Que repare todos los perjuicios que me ha causado!

De inmediato reaparecieron la choza y la pila de carbón del carbonero, tal como siempre habían sido; los árboles volvieron a llenarse de hojas, verdes, espléndidas, que cubrieron sus ramas, y una alfombra de hierba suave se extendió por el claro.

—¿Algo más?

El carbonero cerró los ojos e hizo el esfuerzo de imaginar algo que supusiera una riqueza sin igual.

—¡Quiero otro cerdo! —pidió.

John Uskglass empezaba a sospechar que había un punto en que había cometido un error de cálculo, pero por su alma que no supo decir dónde. No obstante eso, sintió el aplomo necesario para decir:

—Te daré el cerdo, si me prometes no revelar a nadie quién te lo dio ni el porqué.

—¿Cómo iba a hacer tal cosa? —protestó el carbonero—. No sé ni quién es usted. ¿Por qué? —preguntó entonces, entornando los ojos—. ¿Quién es usted?

—Nadie —dijo apresuradamente John Uskglass.

Apareció otro cerdo, idéntico, gemelo de Blakeman, y mientras el carbonero se felicitaba por su buena fortuna, John Uskglass subió a lomos de su caballo y se alejó al trote sumido en la estupefacción más absoluta que quepa imaginarse.

Poco después regresó a su capital en Newcastle. A lo largo de los siguientes cincuenta o sesenta años, a menudo sus sirvientes y lores le recordaron las excelentes jornadas de caza que habían disfrutado en Cumbria, pero él se cuidó mucho de volver hasta haberse asegurado de que el carbonero había muerto.