III. La locura del mar
Si alguna vez el cielo desea concederme un don, que sea el total olvido del descubrimiento que hice casualmente al fijarse mis ojos en determinado trozo de periódico que cubría un estante. Era un ejemplar atrasado del australiano Sydney Bulletin, del 18 de abril de 1925, y no tenía nada que llamase mi atención en mi rutina diaria. Incluso había escapado a la agencia de recortes que en esas fechas andaba recogiendo ávidamente material para mi tío.
Yo había abandonado casi por completo mis investigaciones sobre lo que el profesor Angell llamaba el «Culto de Cthulhu», y había ido a visitar a un científico amigo de Paterson, en Nueva Jersey, conservador de un museo local y mineralogista de renombre.
Al examinar un día los ejemplares de reserva, amontonados en desorden en los estantes de una estancia de la parte trasera del museo, me fijé en una extraña fotografía que traía una de las hojas de periódico extendidas debajo de las piedras.
Era el Sydney Bulletin al que me he referido, pues mi amigo estaba suscrito a la prensa de todos los países imaginables; era una fotografía en sepia de una espantosa imagen de piedra, casi idéntica a la que Legrasse había encontrado en el pantano.
Al examinar un día los ejemplares de reserva, amontonados en desorden en los estantes de una estancia de la parte trasera del museo, me fijé en una extraña fotografía que traía una de las hojas de periódico extendidas debajo de las piedras.
Era el Sydney Bulletin al que me he referido, pues mi amigo estaba suscrito a la prensa de todos los países imaginables; era una fotografía en sepia de una espantosa imagen de piedra, casi idéntica a la que Legrasse había encontrado en el pantano.
Despejé ansiosamente la hoja de su precioso contenido, leí el artículo con toda atención, y me sentí decepcionado ante su brevedad. Lo que sugería, sin embargo, era sumamente significativo para mi poco animada investigación; lo recorté con cuidado, dispuesto a ocuparme de él inmediatamente. Decía lo siguiente:
MISTERIOSO HALLAZGO DE UN BUQUE ABANDONADO EN ALTA MAR
El Vigilant llega a puerto remolcando un yate armado de Nueva Zelanda. Un superviviente y un muerto encontrados a bordo. Historia de una desesperada batalla con muertes en alta mar. El marinero rescatado se niega a dar detalles de tan extraña experiencia. Misterioso ídolo encontrado en su posesión. Se inician las investigaciones.
El carguero Vigilant de la compañía Morrison, procedente de Valparaíso, ha atracado esta mañana en los muelles de Darling Harbour trayendo a remolque, desmantelado y con graves averías, pero fuertemente armado, el yate de vapor Alert de Dunedin, N. Z., al que avistó el 12 de abril en 34º 21' latitud sur, 152º 17' longitud oeste, con un superviviente y un muerto a bordo.
El Vigilant había zarpado de Valparaíso el 25 de marzo, y el 2 de abril se vio obligado a desviarse considerablemente hacia el sur, debido a fuertes temporales que provocaban olas excepcionalmente grandes. El 12 de abril avistó el buque a la deriva; al principio parecía abandonado, pero luego descubrieron a bordo a un superviviente en estado de delirio y a un hombre que evidentemente llevaba muerto más de una semana.
El superviviente tenía apretado en sus manos un horrible ídolo de piedra de origen desconocido, de unos treinta centímetros de alto, cuya procedencia tiene confundidas a las autoridades de la Universidad de Sídney, de la Royal Society y del Museo de College Street, y que el superviviente declaró haber encontrado en la cabina del yate, en una pequeña hornacina.
Este hombre, tras recobrar el sentido, contó una historia de lo más extraña de piratería y de muertes. Se trata de un noruego llamado Gustaf Johansen, de cierta cultura, el cual iba de segundo piloto en la goleta de dos palos Emma de Auckland, que había zarpado con destino a El Callao el 20 de febrero, con una dotación de once hombres.
La Emma, dijo, se demoró y se desvió considerablemente hacia el sur en su rumbo por un gran temporal del 1 de marzo, y el 22 de ese mismo mes se cruzó con el Alert en 49º 51' latitud sur, 128º 34' longitud oeste, tripulado por un grupo de polinesios y mestizos mal encarados y extraños.
El capitán Collins se negó a obedecer la orden de virar en redondo, y la extraña tripulación abrió fuego contra la goleta sin previo aviso con un cañón enormemente pesado que formaba parte del armamento del yate.
El capitán Collins se negó a obedecer la orden de virar en redondo, y la extraña tripulación abrió fuego contra la goleta sin previo aviso con un cañón enormemente pesado que formaba parte del armamento del yate.
Los hombres de la Emma opusieron resistencia, dijo el superviviente, y aunque la goleta comenzó a hundirse al ser alcanzada por los disparos por debajo de la línea de flotación, se las arreglaron para acercarse al enemigo para abordarlo, entablando lucha en la cubierta del yate, viéndose obligados a matar a todos sus tripulantes, pese a su número ligeramente superior, por su repugnante aunque torpe manera de luchar.
Tres hombres de la Emma, incluidos el capitán Collins y el primer piloto Green, murieron; los ocho restantes, bajo el mando del segundo piloto Johansen, siguieron navegando en el yate capturado, reanudando su rumbo original para ver si había alguna razón por la que les habían ordenado virar en redondo.
Al día siguiente desembarcaron en un islote, aunque éste no figuraba en sus cartas; allí murieron seis de los hombres, aunque Johansen se muestra extrañamente reservado acerca de esta parte del relato; sólo dice que se cayeron por una quebrada.
Más tarde, él y un compañero subieron a bordo del yate y trataron de gobernarlo, pero el temporal les barloventeó el 2 de abril.
Desde ese día hasta el 12 de abril en que fue rescatado, recuerda poco, y ni siquiera sabe cuándo murió William Briden, su compañero. La muerte de Briden no revela otra causa aparente que la excitación o las privaciones.
Los cables recibidos de Dunedin informan que el Alert era muy conocido allí como barco mercante, y que tenía mala fama. Su tripulación la componía un extraño grupo de mestizos cuyas frecuentes reuniones y excursiones nocturnas a los bosques habían despertado no poca curiosidad; tras la tormenta y los temblores de tierra del 1 de marzo, se echó a la mar apresuradamente.
Nuestro corresponsal en Auckland afirma que la Emma y su tripulación gozaban de una excelente reputación, y describe a Johansen como un hombre serio y digno de toda estima.
El Almirantazgo iniciará una investigación sobre todo este asunto, y presionará a Johansen para que sea más explícito de lo que ha sido hasta ahora.
Esto era todo, además de la fotografía de la infernal imagen; pero ¡qué cantidad de ideas suscitó en mi mente! Aquí tenía datos preciosísimos sobre el culto de Cthulhu que probaban que contaba con extraños seguidores tanto en el mar como en tierra. ¿Qué motivo impulsaría a la híbrida tripulación a ordenar a la Emma que diese media vuelta, mientras ellos navegaban con su ídolo espantoso? ¿Cuál era la desconocida isla en la que murieron seis de los tripulantes de la Emma, y sobre la que tan reservado se mostraba el piloto Johansen? ¿Qué habría averiguado ya el Almirantazgo, y qué se sabía del repulsivo culto en Dunedin? Y lo más sorprendente, ¿qué profunda y natural relación de datos era ésta, que daba una maligna y ya innegable significación a los diversos sucesos meticulosamente consignados por mi tío?
El 1 de marzo —28 de febrero, según el huso horario internacional—, tuvieron lugar el temporal y el terremoto. El Alert y su repulsiva tripulación habían zarpado precipitadamente de Dunedin como si hubiesen sido llamados imperiosamente, y en otra parte de la Tierra, los poetas y los artistas habían empezado a soñar una extraña ciudad ciclópea, mientras un joven escultor modelaba en sueños la forma terrible de Cthulhu.
El 23 de marzo, la tripulación de la goleta Emma desembarcó en una isla desconocida, dejando en ella seis hombres muertos; y en esa misma fecha, los sueños de los hombres de acusada sensibilidad adquirieron una mayor intensidad y se vieron atormentados por el temor de la malévola persecución de un monstruo gigantesco, al tiempo que un arquitecto enloquecía y un escultor era presa del delirio.
¿Y qué pensar de esta tormenta del 2 de abril, fecha en que todos los sueños sobre la húmeda ciudad cesaron, y Wilcox quedó libre de la esclavitud de la extraña fiebre? ¿Qué, de aquellas alusiones del viejo Castro sobre los sumergidos, estelares Primordiales, y sobre su reino venidero, su culto fiel y su dominio de los sueños? ¿Acaso vacilaba yo en el borde de un abismo de horrores cósmicos, insoportables para las fuerzas humanas? Si era así, entonces se trataba de horrores mentales tan sólo, pues de algún modo, el 2 de abril quedó paralizada la monstruosa amenaza que había empezado a asediar el espíritu de los hombres.
El 23 de marzo, la tripulación de la goleta Emma desembarcó en una isla desconocida, dejando en ella seis hombres muertos; y en esa misma fecha, los sueños de los hombres de acusada sensibilidad adquirieron una mayor intensidad y se vieron atormentados por el temor de la malévola persecución de un monstruo gigantesco, al tiempo que un arquitecto enloquecía y un escultor era presa del delirio.
¿Y qué pensar de esta tormenta del 2 de abril, fecha en que todos los sueños sobre la húmeda ciudad cesaron, y Wilcox quedó libre de la esclavitud de la extraña fiebre? ¿Qué, de aquellas alusiones del viejo Castro sobre los sumergidos, estelares Primordiales, y sobre su reino venidero, su culto fiel y su dominio de los sueños? ¿Acaso vacilaba yo en el borde de un abismo de horrores cósmicos, insoportables para las fuerzas humanas? Si era así, entonces se trataba de horrores mentales tan sólo, pues de algún modo, el 2 de abril quedó paralizada la monstruosa amenaza que había empezado a asediar el espíritu de los hombres.
Aquella noche, tras un día de enviar precipitados cablegramas y de hacer preparativos, me despedí de mi anfitrión y cogí el tren para San Francisco. Menos de un mes después estaba en Dunedin, donde, no obstante, me encontré con que se sabía bien poco de los extraños miembros del culto que habían vivido en las viejas tabernas portuarias.
La escoria es demasiado frecuente en los barrios marineros para mencionarla especialmente; pero corría el rumor de que estos mestizos por los que yo preguntaba habían realizado una incursión hacia el interior, durante la cual se había escuchado el lejano percutir de unos tambores y se había visto un resplandor rojo en las lejanas colinas.
La escoria es demasiado frecuente en los barrios marineros para mencionarla especialmente; pero corría el rumor de que estos mestizos por los que yo preguntaba habían realizado una incursión hacia el interior, durante la cual se había escuchado el lejano percutir de unos tambores y se había visto un resplandor rojo en las lejanas colinas.
En Auckland me enteré de que Johansen había regresado de Sídney con el pelo blanco, tras un interrogatorio poco convincente, y que poco después vendió la casa que tenía en West Street y embarcó con su esposa regresando a su vieja casa en Oslo. De su tremenda experiencia no contó a sus amigos más que lo que ya había dicho a los oficiales del Almirantazgo, y todo lo que ellos pudieron hacer fue facilitarme su dirección en Oslo.
Después de eso fui a Sídney y hablé infructuosamente con los marineros y los miembros del tribunal del Vicealmirantazgo. Vi el Alert en el Circular Quay de la bahía de Sídney, pero su casco no me dijo nada. La imagen acurrucada con su cabeza de pulpo, cuerpo de dragón, alas escamosas y jeroglíficos en el pedestal, se conservaba en el Museo de Hyde Park; y yo la examiné larga y minuciosamente, y me pareció un objeto exquisitamente labrado, con el mismo profundo misterio, la misma terrible antigüedad y la misma rareza de material que había observado en el pequeño ejemplar de Legrasse.
Los geólogos, me dijo el conservador, la consideraban un enigma monstruoso, y juraban que no existía en el mundo roca parecida. Entonces recordé con un escalofrío lo que el viejo Castro le había contado a Legrasse sobre los Primordiales: «Vinieron de las estrellas, y trajeron sus imágenes con Ellos».
Los geólogos, me dijo el conservador, la consideraban un enigma monstruoso, y juraban que no existía en el mundo roca parecida. Entonces recordé con un escalofrío lo que el viejo Castro le había contado a Legrasse sobre los Primordiales: «Vinieron de las estrellas, y trajeron sus imágenes con Ellos».
Profundamente turbado ante un impacto de esta naturaleza, decidí visitar al piloto Johansen en Oslo. Embarqué para Londres, y a continuación volví a embarcar rumbo a la capital noruega; y un día de otoño pisé tierra en los cuidados muelles al cobijo del Egeberg.
La casa de Johansen, descubrí, se hallaba situada en la Ciudad Vieja del rey Harald Hardråde, que conservó el nombre de Oslo durante los siglos en que la ciudad más grande se disfrazara con el nombre de Cristianía. Hice un breve viaje en taxi, y llamé, con el corazón palpitante, a la puerta de un cuidado y antiguo edificio de enjalbegada fachada. Una mujer de rostro triste y vestida de negro respondió a mi llamada, y me informó en un inglés vacilante que Gustaf Johansen había fallecido.
No había sobrevivido mucho tiempo a su regreso, dijo su esposa, pues su experiencia en el mar en 1925 le había quebrantado. No le había confiado a ella más que lo que había dicho públicamente, pero había dejado un largo manuscrito —sobre «asuntos técnicos», decía él—, escrito en inglés, evidentemente con el propósito de salvaguardarla del peligro de una lectura casual.
Cuando paseaba por un callejón próximo a la dársena de Gotemburgo, le cayó encima un paquete de viejos periódicos desde la ventana de un ático y le derribó. Dos marineros indios le ayudaron inmediatamente a ponerse de pie, pero antes de que pudiese llegar la ambulancia había muerto. Los médicos no encontraron una causa adecuada que justificase su muerte, y la atribuyeron a una deficiencia del corazón y a su debilidad.
Cuando paseaba por un callejón próximo a la dársena de Gotemburgo, le cayó encima un paquete de viejos periódicos desde la ventana de un ático y le derribó. Dos marineros indios le ayudaron inmediatamente a ponerse de pie, pero antes de que pudiese llegar la ambulancia había muerto. Los médicos no encontraron una causa adecuada que justificase su muerte, y la atribuyeron a una deficiencia del corazón y a su debilidad.
Entonces sentí en mis entrañas la mordedura de ese terror tenebroso que ya nunca me abandonará hasta que muera yo también, «accidentalmente» o como sea. Tras convencer a la viuda de que mi relación con los «asuntos técnicos» de su marido era suficiente como para autorizarme el acceso a su manuscrito, me llevé el documento y comencé a leerlo en el barco que me llevaba de regreso a Londres.
Era una historia simple, desordenada; un diario redactado de memoria en el que trataba de consignar día a día aquel viaje espantoso. No me es posible transcribirlo textualmente, a causa de su oscuridad y sus redundancias, pero haré un resumen para mostrar por qué el sonido del agua contra los costados del barco se me hizo tan insoportable hasta el punto de tener que taponarme los oídos con algodones.
Johansen, gracias a Dios, no lo sabía todo, aun cuando había visto la ciudad y el monstruo, pero yo no volveré a dormir en paz mientras recuerde los horrores que acechan constantemente detrás de la vida, en el tiempo y el espacio, y las impías blasfemias venidas de las más antiguas estrellas, que sueñan bajo el mar, conocidas y favorecidas por un culto de pesadilla, deseoso de liberarlas sobre nuestro planeta tan pronto como un temblor de tierra haga surgir nuevamente su monstruosa ciudad de piedra al sol y a la luz.
El viaje de Johansen había empezado exactamente como había declarado él al Vicealmirantazgo. La goleta Emma había zarpado de Auckland con lastre el 20 de febrero, y había sentido toda la fuerza del temporal originado por el terremoto que debió de sacar del fondo del mar los horrores que invadieron los sueños de los hombres.
Recuperado el gobierno, el barco proseguía con normalidad, cuando le salió al encuentro el Alert el 22 de marzo, y comprendí el sentimiento del piloto cuando tuvo que describir el bombardeo y hundimiento de su nave. Hablaba de los atezados adoradores del demonio que tripulaban el Alert con significativo horror.
Había en ellos algo abominable que hacía que su exterminio pareciese casi un deber, y Johansen manifiesta una auténtica sorpresa ante la acusación de crueldad lanzada contra su grupo durante el curso de la encuesta judicial.
Luego, llenos de curiosidad, una vez el yate capturado bajo el mando de Johansen, los hombres vieron un gran pilar que surgía del mar, y en 47º 9' latitud sur, 126º 43' longitud oeste, avistaron una costa, mezcla de negro barro, légamo, y ciclópea albañilería cubierta de algas que no podía ser sino la materialización del supremo terror del mundo: la pesadillesca ciudad-cadáver de R’lyeh, construida hace innumerables eones antes del comienzo de la historia por las inmensas y horrendas entidades que descendieron de las oscuras estrellas.
Allí yacían el gran Cthulhu y sus hordas, ocultos en criptas verdosas y cubiertas de légamo, desde donde enviaban, después de un número incalculable de ciclos, los pensamientos que infundían miedo a los sueños de quienes poseían una naturaleza sensible, y llamaban imperiosamente a sus fieles para que acudiesen en peregrinaje de liberación y restauración. Johansen no llegó a sospechar todo esto, ¡pero bien sabe Dios que había visto bastante!
Recuperado el gobierno, el barco proseguía con normalidad, cuando le salió al encuentro el Alert el 22 de marzo, y comprendí el sentimiento del piloto cuando tuvo que describir el bombardeo y hundimiento de su nave. Hablaba de los atezados adoradores del demonio que tripulaban el Alert con significativo horror.
Había en ellos algo abominable que hacía que su exterminio pareciese casi un deber, y Johansen manifiesta una auténtica sorpresa ante la acusación de crueldad lanzada contra su grupo durante el curso de la encuesta judicial.
Luego, llenos de curiosidad, una vez el yate capturado bajo el mando de Johansen, los hombres vieron un gran pilar que surgía del mar, y en 47º 9' latitud sur, 126º 43' longitud oeste, avistaron una costa, mezcla de negro barro, légamo, y ciclópea albañilería cubierta de algas que no podía ser sino la materialización del supremo terror del mundo: la pesadillesca ciudad-cadáver de R’lyeh, construida hace innumerables eones antes del comienzo de la historia por las inmensas y horrendas entidades que descendieron de las oscuras estrellas.
Allí yacían el gran Cthulhu y sus hordas, ocultos en criptas verdosas y cubiertas de légamo, desde donde enviaban, después de un número incalculable de ciclos, los pensamientos que infundían miedo a los sueños de quienes poseían una naturaleza sensible, y llamaban imperiosamente a sus fieles para que acudiesen en peregrinaje de liberación y restauración. Johansen no llegó a sospechar todo esto, ¡pero bien sabe Dios que había visto bastante!
Creo que sólo emergió de las aguas una simple cima de montaña, la horrenda ciudadela que corona el monolito en donde está enterrado el gran Cthulhu. Cuando pienso en las dimensiones de lo que puede estar latente allí abajo, casi me dan ganas de quitarme inmediatamente la vida.
Johansen y sus hombres estaban aterrados ante el poder cósmico de esta chorreante Babilonia habitada por demonios, y debieron de adivinar que no pertenecía a un planeta normal.
El terror ante las increíbles proporciones de los bloques de verdosa piedra, ante la vertiginosa altura del gran monolito labrado y ante la turbadora identidad de las colosales estatuas y bajorrelieves con la extraña imagen encontrada en la hornacina del Alert, se hace patéticamente visible en cada línea de la aterrada descripción del piloto.
Johansen y sus hombres estaban aterrados ante el poder cósmico de esta chorreante Babilonia habitada por demonios, y debieron de adivinar que no pertenecía a un planeta normal.
El terror ante las increíbles proporciones de los bloques de verdosa piedra, ante la vertiginosa altura del gran monolito labrado y ante la turbadora identidad de las colosales estatuas y bajorrelieves con la extraña imagen encontrada en la hornacina del Alert, se hace patéticamente visible en cada línea de la aterrada descripción del piloto.
Sin tener idea de futurismo, Johansen llevó a cabo algo muy semejante al hablar de la ciudad; pues en lugar de describir una construcción concreta o un edificio cualquiera, hace hincapié sólo en las impresiones generales de inmensos ángulos y superficies de piedra… superficies demasiado grandes para que puedan corresponder a seres normales o propios de esta tierra, e impíos con sus horribles imágenes y jeroglíficos.
Menciono su referencia a los ángulos porque sugieren algo que Wilcox me había contado de sus horribles sueños. Había dicho que la geometría del lugar soñado por él era anormal, no euclidiana, y de repugnantes esferas y dimensiones distintas de las nuestras. Ahora, un marinero profano sentía lo mismo al contemplar la terrible realidad.
Menciono su referencia a los ángulos porque sugieren algo que Wilcox me había contado de sus horribles sueños. Había dicho que la geometría del lugar soñado por él era anormal, no euclidiana, y de repugnantes esferas y dimensiones distintas de las nuestras. Ahora, un marinero profano sentía lo mismo al contemplar la terrible realidad.
Johansen y sus hombres desembarcaron en un plano sesgado y cubierto de limo de esta monstruosa acrópolis, y subieron gateando por la resbaladiza superficie de los titánicos bloques que de ningún modo podían haber sido una escalera para hombres mortales.
El mismo sol del cielo parecía deformado al atravesar los polarizadores miasmas que emanaban de esta perversión empapada de mar, y trenzaba la amenaza y la incertidumbre que acechaban de soslayo en aquellos ángulos locamente esquivos de roca tallada, en los que una segunda mirada descubría una concavidad donde antes había visto una convexidad.
El mismo sol del cielo parecía deformado al atravesar los polarizadores miasmas que emanaban de esta perversión empapada de mar, y trenzaba la amenaza y la incertidumbre que acechaban de soslayo en aquellos ángulos locamente esquivos de roca tallada, en los que una segunda mirada descubría una concavidad donde antes había visto una convexidad.
Un terror indeterminado se apoderó de todos los exploradores, antes de llegar a ver otra cosa que rocas y limo y algas. Por sí mismo, cada uno habría echado a correr, de no haber temido la burla de los demás; así que, muy poco convencidos, buscaron —en vano, como quedó demostrado— algún recuerdo que llevarse.
El portugués Rodríguez trepó hasta el pie del monolito y gritó que había encontrado algo. Los demás le siguieron, y miraron curiosos la inmensa puerta labrada con el ahora familiar bajorrelieve del dragón-cefalópodo.
Era, dice Johansen, como una gran puerta de granero; y les pareció puerta por los adornos del dintel, umbral y jambas, aunque no pudieron determinar si estaba horizontal como una trampa o inclinada como la puerta exterior de una bodega.
Como Wilcox había dicho, la geometría de este lugar era totalmente errónea. Uno no podía estar seguro de que el mar y el suelo fuesen horizontales, de aquí que la relativa posición de todo lo demás pareciese fantasmalmente variable.
Era, dice Johansen, como una gran puerta de granero; y les pareció puerta por los adornos del dintel, umbral y jambas, aunque no pudieron determinar si estaba horizontal como una trampa o inclinada como la puerta exterior de una bodega.
Como Wilcox había dicho, la geometría de este lugar era totalmente errónea. Uno no podía estar seguro de que el mar y el suelo fuesen horizontales, de aquí que la relativa posición de todo lo demás pareciese fantasmalmente variable.
Briden empujó la piedra en varios lugares sin resultado. Luego Donovan la palpó delicadamente en los bordes, presionando cada punto separadamente. Subió muy despacio por la grotesca piedra esculpida —o sea, puede decirse que subía si es que la piedra no estaba, en definitiva, horizontal—, y los hombres se preguntaban cómo una puerta, por grande que fuese, podía serlo tanto. En ese momento, el descomunal panel empezó a ceder hacia el interior, girando sobre el quicio de arriba, y vieron que la piedra estaba contrapesada.
Donovan se deslizó o subió de algún modo hacia abajo o a lo largo de la jamba y se unió a sus compañeros, y todos contemplaron el extraño retroceso de la monstruosa puerta esculpida. En esta fantasía de distorsión prismática, la piedra se movía de manera anormal, diagonalmente, de modo que parecía transgredir todas las leyes de la materia y la perspectiva.
La abertura dejó ver una oscuridad casi material. Esta negrura era efectivamente una cualidad positiva, pues oscurecía la parte de las paredes interiores que debían ser visibles, y de hecho, brotó como el humo liberado de su milenario encierro, oscureciendo visiblemente el sol al esparcirse en aleteos membranosos por el contraído y curvado cielo.
El hedor que se elevó de las recién abiertas profundidades se hizo intolerable; por último, a Hawkins le pareció oír un ruido nauseabundo, cenagoso, en el interior. Prestaron todos atención, y aún escuchaban, cuando surgió la monstruosidad, baboseando y tanteando, constriñó su verde inmensidad gelatinosa en la entrada, y se irguió en el aire mefítico de esa ciudad de locura.
El hedor que se elevó de las recién abiertas profundidades se hizo intolerable; por último, a Hawkins le pareció oír un ruido nauseabundo, cenagoso, en el interior. Prestaron todos atención, y aún escuchaban, cuando surgió la monstruosidad, baboseando y tanteando, constriñó su verde inmensidad gelatinosa en la entrada, y se irguió en el aire mefítico de esa ciudad de locura.
La letra del pobre Johansen se vuelve nerviosa al hablar de esto. De los seis hombres que no llegaron jamás al barco, cree que dos perecieron de miedo en ese instante fatal. No es posible describir a ese Ser; no hay lenguaje que pueda transcribir semejante abismo de locura inmemorial, semejante transgresión de las leyes de la materia, la fuerza y el orden cósmico. Era una montaña lo que caminaba bamboleante. ¡Dios! ¿Qué tiene de extraño que en la Tierra se volviese loco un gran arquitecto, y que el pobre Wilcox delirase de fiebre en aquel instante telepático?
La Entidad de los ídolos, la viscosa criatura de las estrellas, había despertado para reclamar lo que era suyo. Las estrellas estaban en conjunción otra vez, y lo que un culto intemporal no había conseguido intencionalmente, un grupo de inocentes marineros lo había hecho por casualidad. Después de millones de años, el gran Cthulhu era libre otra vez, y estaba sediento de goce.
Tres hombres fueron barridos por las blandas zarpas antes de que nadie tuviese tiempo de volverse. Dios les dé eterno descanso, si es que hay descanso en el universo. Eran Donovan, Guerrero y Angstrom.
Parker resbaló mientras los otros tres echaban a correr frenéticamente por el interminable paisaje de roca verdosa en dirección al barco, y Johansen jura que se sintió absorbido hacia arriba por un ángulo rocoso que no debía haber estado allí, un ángulo que era agudo, pero que se comportó como si fuese obtuso.
Así que sólo Briden y Johansen llegaron al bote, y bogaron desesperadamente hasta el Alert, mientras la montañosa monstruosidad se dejaba deslizar por el limo de las piedras y vacilaba en el borde del agua.
Parker resbaló mientras los otros tres echaban a correr frenéticamente por el interminable paisaje de roca verdosa en dirección al barco, y Johansen jura que se sintió absorbido hacia arriba por un ángulo rocoso que no debía haber estado allí, un ángulo que era agudo, pero que se comportó como si fuese obtuso.
Así que sólo Briden y Johansen llegaron al bote, y bogaron desesperadamente hasta el Alert, mientras la montañosa monstruosidad se dejaba deslizar por el limo de las piedras y vacilaba en el borde del agua.
La caldera no había perdido presión, a pesar de que todos los hombres habían saltado a tierra, y tras unos momentos de afanoso correr entre engranajes y mecanismos, pusieron al Alert en movimiento.
Lentamente, en medio de los horrores distorsionados de aquel escenario indescriptible, comenzó el barco a agitar sus aguas letales; entretanto, sobre las rocas de esa costa sepulcral, ajena a este mundo, el titánico Ser de las estrellas baboseaba y farfullaba como Polifemo maldiciendo el barco fugitivo de Ulises.
Luego, más audaz que los cíclopes, el gran Cthulhu se deslizó vigorosamente en el agua y comenzó a perseguirlo dando enormes zarpazos de cósmica potencia que levantaban grandes olas. Briden miró hacia atrás y enloqueció, y no paró de soltar carcajadas, hasta que la muerte le sorprendió en el camarote, mientras Johansen deambulaba delirando por la cubierta.
Lentamente, en medio de los horrores distorsionados de aquel escenario indescriptible, comenzó el barco a agitar sus aguas letales; entretanto, sobre las rocas de esa costa sepulcral, ajena a este mundo, el titánico Ser de las estrellas baboseaba y farfullaba como Polifemo maldiciendo el barco fugitivo de Ulises.
Luego, más audaz que los cíclopes, el gran Cthulhu se deslizó vigorosamente en el agua y comenzó a perseguirlo dando enormes zarpazos de cósmica potencia que levantaban grandes olas. Briden miró hacia atrás y enloqueció, y no paró de soltar carcajadas, hasta que la muerte le sorprendió en el camarote, mientras Johansen deambulaba delirando por la cubierta.
Pero Johansen no se había rendido todavía. Sabiendo que el monstruo alcanzaría indefectiblemente al Alert antes de que la caldera tuviese toda la presión, decidió probar una posibilidad desesperada; dio toda la potencia a la máquina, subió veloz a cubierta y giró la rueda del timón todo lo que daba de sí.
Se produjo un fuerte remolino en las pestilentes aguas y, mientras aumentaba la presión, el valeroso noruego enfiló la proa de su embarcación contra el gelatinoso Ser que le perseguía, y que se elevaba por encima de la turbia espuma como la popa de un galeón diabólico. Su espantosa cabeza de cefalópodo de tentáculos contorsionantes llegaba casi hasta el bauprés del porfiado yate, pero Johansen siguió implacablemente.
Se produjo un fuerte remolino en las pestilentes aguas y, mientras aumentaba la presión, el valeroso noruego enfiló la proa de su embarcación contra el gelatinoso Ser que le perseguía, y que se elevaba por encima de la turbia espuma como la popa de un galeón diabólico. Su espantosa cabeza de cefalópodo de tentáculos contorsionantes llegaba casi hasta el bauprés del porfiado yate, pero Johansen siguió implacablemente.
Hubo un estallido como si se reventase una vejiga, manó una fangosa suciedad como cuando se rasga el cuerpo de un proemio, un hedor equivalente a un millar de tumbas abiertas, y se oyó un rugido que el cronista no tuvo el valor de consignar en un manuscrito.
Por un instante, el barco quedó envuelto en una nube verdosa, acre, cegadora, y luego sólo hubo una ponzoñosa efervescencia a popa, donde —¡Dios del cielo!— la dispersa plasticidad de aquella abominable criatura estelar se recomponía nebulosamente y recobraba su horrenda forma original, mientras se agrandaba la distancia, a medida que el Alert ganaba velocidad al aumentar la presión.
Por un instante, el barco quedó envuelto en una nube verdosa, acre, cegadora, y luego sólo hubo una ponzoñosa efervescencia a popa, donde —¡Dios del cielo!— la dispersa plasticidad de aquella abominable criatura estelar se recomponía nebulosamente y recobraba su horrenda forma original, mientras se agrandaba la distancia, a medida que el Alert ganaba velocidad al aumentar la presión.
Eso fue todo. Después, Johansen se limitó a meditar sobre el ídolo de la cabina y a procurar un poco de alimento para sí y para el maníaco que tenía a su lado. No trató de gobernar la nave; pues después de su audaz maniobra, había perdido una parte de su alma.
Luego sobrevino la tormenta del 2 de abril, y un cúmulo de nubes ofuscaron aún más su conciencia. Se apoderó de él una sensación de vértigo espectral, de que giraba en un torbellino que descendía hacia líquidos abismos de infinitud, era arrastrado vertiginosamente por la cola de un cometa fugaz y sacudido histéricamente de los abismos marinos a la luna, y de la luna a los abismos marinos, azuzado por el coro de carcajadas de los antiguos dioses y de los verdosos y burlescos trasgos del Tártaro, de alas de murciélago.
Luego sobrevino la tormenta del 2 de abril, y un cúmulo de nubes ofuscaron aún más su conciencia. Se apoderó de él una sensación de vértigo espectral, de que giraba en un torbellino que descendía hacia líquidos abismos de infinitud, era arrastrado vertiginosamente por la cola de un cometa fugaz y sacudido histéricamente de los abismos marinos a la luna, y de la luna a los abismos marinos, azuzado por el coro de carcajadas de los antiguos dioses y de los verdosos y burlescos trasgos del Tártaro, de alas de murciélago.
De más allá del sueño le llegó el rescate: el Vigilant, el tribunal del Vicealmirantazgo, las calles de Dunedin y el largo viaje de regreso a su casa natal junto al Egeberg. Nada podía contar: todos pensarían que se había vuelto loco. Escribiría cuanto sabía antes de que le sobreviniese la muerte, pero su esposa no debía saber nada. La muerte sería una bendición que le borraría esos recuerdos.
Éste es el documento que leí, y ahora lo he guardado en la caja de hojalata junto al bajorrelieve y los papeles del profesor Angell. Guardaré también mi relato, esta prueba de mi propia cordura, en donde he unido lo que espero no se vuelva a unir jamás.
He considerado todo lo que en el universo puede haber de horroroso, y aun los cielos de la primavera y las flores del verano me parecerán ponzoñosos. Pero no creo que mi vida sea muy larga. Tal como desapareció mi tío, tal como ha desaparecido el pobre Johansen, así moriré yo. Sé demasiado, y el culto sigue vivo aún.
He considerado todo lo que en el universo puede haber de horroroso, y aun los cielos de la primavera y las flores del verano me parecerán ponzoñosos. Pero no creo que mi vida sea muy larga. Tal como desapareció mi tío, tal como ha desaparecido el pobre Johansen, así moriré yo. Sé demasiado, y el culto sigue vivo aún.
Cthulhu vive aún, también, supongo, en ese refugio de piedra que le ha protegido desde que el Sol era joven. Su ciudad maldita se ha sumergido otra vez, pues el Vigilant cruzó por su demarcación después de la tormenta de abril; pero sus ministros en la Tierra rugen y se contorsionan y matan en torno a los monolitos coronados por el ídolo, en los parajes solitarios.
Ha debido quedar encerrado en su trampa y hundirse en los negros abismos; si no, el mundo gritaría ahora de horror. ¿Quién conoce el final? Lo que ha emergido puede sumergirse, y lo que se hundió puede volver a emerger.
La abominación aguarda y sueña en las profundidades, y sobre las vacilantes ciudades de los hombres fluctúa la destrucción. Llegará un tiempo…, ¡pero no debo ni puedo pensarlo! Pido que, si no sobrevivo a este manuscrito, mis albaceas eviten cometer imprudencias, e impidan que caiga en manos de nadie.
Ha debido quedar encerrado en su trampa y hundirse en los negros abismos; si no, el mundo gritaría ahora de horror. ¿Quién conoce el final? Lo que ha emergido puede sumergirse, y lo que se hundió puede volver a emerger.
La abominación aguarda y sueña en las profundidades, y sobre las vacilantes ciudades de los hombres fluctúa la destrucción. Llegará un tiempo…, ¡pero no debo ni puedo pensarlo! Pido que, si no sobrevivo a este manuscrito, mis albaceas eviten cometer imprudencias, e impidan que caiga en manos de nadie.