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Las aventuras de Thibaud De La Jacquiére - Charles Nodier

Un rico comerciante de Lyon llamado Jacques de la Jacquiére fue elegido preboste de la ciudad a causa de su probidad y de los grandes bienes que había adquirido sin manchar su honor y reputación. Era caritativo con los pobres y bienhechor de todos los necesitados.

Thibaud de la Jacquiére, su hijo único, tenía un carácter completamente diferente. Era un muchacho muy guapo, pero un pillo redomado que había aprendido a destrozar los cristales de todas las casas, a seducir a las mozas y a jurar y blasfemar con los hombres de armas del rey, en cuyo ejército servía como oficial de estandarte. 

Tanto en París, en Fontainebleau como en las otras ciudades por donde pasaba el rey, todo el mundo hablaba de las maldades cometidas por Thibaud. Un día, este rey, que era Francisco I, escandalizado por la conducta del joven Thibaud, lo envió de vuelta a Lyon, a casa de sus padres, con el fin de que se reformara.

El buen preboste vivía entonces en la plaza de Bellecour. Thibaud fue recibido en la casa paterna con suma alegría. Con motivo de su llegada, se dio un gran banquete a los parientes y amigos. Todos bebieron a su salud, haciendo votos para que el joven Thibaud se convirtiera en un muchacho prudente, sensato y buen cristiano. Pero aquellos votos tan caritativos no le hicieron mella; por el contrario, le disgustaron. Cogió de la mesa una copa de oro, la llenó de vino y dijo:

—¡Sagrada muerte del gran diablo!, quiero ofrecerle, en este vino, mi sangre y mi alma si algún día llego a ser más hombre de bien de lo que soy actualmente.

Estas palabras hicieron poner los pelos de punta a todos los convidados al banquete. Se santiguaron, y algunos se levantaron de la mesa y abandonaron la casa del preboste. Thibaud también se levantó y fue a tomar el fresco a la plaza de Bellecour, donde se encontró con dos de sus antiguos camaradas, tan malos sujetos como él. Thibaud los abrazó de un modo efusivo, los hizo entrar a su casa y los invitó a beber.

A partir de aquel día empezó a llevar una vida pecaminosa que destrozó el corazón de su pobre padre. Este se encomendó a san Jaime, su patrón, y llevó ante su imagen un cirio de diez libras adornado con dos abrazaderas de oro, cada una de un peso de cinco marcos. Pero al querer colocar el cirio sobre el altar, se le cayó de las manos y derribó al suelo una lámpara de plata que ardía ante el santo. Interpretó este doble accidente como un mal presagio, y regresó triste y deprimido a su casa.

Aquel mismo día, Thibaud volvió a invitar a sus amigos; y cuando empezó a anochecer, salieron a tomar aire a la plaza de Bellecour y a pasearse por las calles de la ciudad, confiando encontrar algo que les divirtiese. Pero la noche era tan espesa que no encontraron muchacha ni mujer alguna. Thibaud, impaciente por este fracaso y molesto por no poder conseguir compañía femenina, exclamó, gritando como un energúmeno enfurecido y rabioso:

—¡Sagrada muerte del gran diablo!, prometo que le entregaré mi alma y toda mi sangre si la gran diablesa, su hija, acude a este lugar y acepta mi amor.

Estas sacrílegas palabras disgustaron profundamente a sus amigos, ya que estos no eran tan pecadores como Thibaud, y uno de ellos le dijo:

—Mi querido amigo, piensa que el demonio, por ser enemigo de los hombres, ya les hace bastante daño sin necesidad de que lo llamen invocando su nombre.

Mas el incorregible Thibaud respondió:

—Pues a pesar de todo, cumpliré mi palabra y haré lo que he dicho.

Momentos después, vieron salir de una calle vecina a una joven dama con el rostro cubierto por un espeso velo, que no impedía adivinar su encanto y hermosura. Un negrito la seguía. Este dio un traspié, se cayó al suelo y rompió la linterna. 

La joven dama pareció asustarse muchísimo y, como no sabía qué hacer, Thibaud se apresuró a acercarse a ella, del modo más correcto que pudo, y le ofreció su brazo para conducirla a su casa. Después de unos momentos de vacilación, la desconocida aceptó, y Thibaud, volviéndose hacia sus amigos, les dijo en voz baja:

—Como habéis visto, aquel a quien he invocado no me ha hecho esperar mucho... Buenas noches, amigos míos.

Los dos camaradas comprendieron lo que aquel quería decirles y se marcharon riéndose.

Thibaud ofreció su brazo a la dama y ambos se pusieron en marcha. El negrito iba delante de ellos, aunque llevaba apagada la linterna. La hermosa joven parecía estar tan nerviosa y asustada que apenas podía seguir a su joven acompañante, pero poco a poco se fue tranquilizando y se apoyó con más energía en el brazo de Thibaud. 

De vez en cuando daba un falso paso y se agarraba con más fuerza a su joven caballero. Entonces Thibaud, tratando de retenerla por todos los medios, le puso la mano sobre el corazón, aunque con mucha discreción para no asustarla.

Caminaron durante tanto tiempo que al final Thibaud llegó a suponer que se habían extraviado por las calles de Lyon. Pero este detalle más bien le agradó, ya que así, pensó, tendría más tiempo para conquistar a aquella bella y desconocida dama. No obstante, como sentía una gran curiosidad por saber quién era la hermosa joven, le rogó que tomara asiento en un banco de piedra para que descansase. 

Ella consintió, y nuestro joven amigo se sentó a su lado, cogió su mano con un gesto galante y le rogó, con delicada educación, que contara quién era. La hermosa dama pareció sorprendida en un principio, pero luego, ya más tranquilizada, dijo:

—Me llamo Orlandine; al menos así me llamaban las personas que convivían conmigo en el castillo de Sombre, en los Pirineos. En aquel lugar sólo vi a mi ama de compañía, que era sorda, a una criada tan tartamuda que hubiera sido mejor que fuese muda del todo, y un viejo portero que era ciego. Este portero no tenía mucho trabajo que hacer, pues sólo abría la puerta una vez al año, y eso a un caballero que venía sólo a cogerme la barbilla y hablar con mi dueña; conversaciones de las que no me enteraba de nada, ya que se desarrollaban en lengua vasca, idioma que no domino. Gracias a Dios que sabía hablar cuando me encerraron en el castillo de Sombre, pues de lo contrario jamás lo habría conseguido, dadas las personas que me habían puesto como acompañantes o vigilantes... en mi prisión. En cuanto al portero, sólo lo veía cuando nos pasaba la comida a través de la reja de la única ventana que teníamos. A decir verdad, mi ama de llaves me gritaba al oído extrañas lecciones de moral; pero me enteraba tan poco como si hubiese sido tan sorda como ella, pues me hablaba de los deberes del matrimonio, pero no me decía qué era el matrimonio. A menudo, mi sirvienta se empeñaba en contarme historias y aseguraba que eran muy interesantes, pero como no podía seguir más allá de la segunda frase, se veía forzada a renunciar y se retiraba mientras se disculpaba tartamudeando.

»Ya le he dicho que había un señor que venía a verme una vez al año. Cuando cumplí los quince años, aquel caballero me hizo subir a una carroza, junto con mi ama de compañía. En ella estuvimos viajando durante tres días consecutivos y, al llegar la tercera noche, o quizá el crepúsculo, salimos de la carroza. Recuerdo perfectamente que un hombre abrió la portezuela y nos dijo:

»—En este instante están ustedes en la plaza de Bellecour; y aquella es la mansión del preboste, Jacques de la Jacquiére. ¿Dónde desean que las conduzca?

»—Entre usted en la primera puerta cochera después de la del preboste —repuso mi ama de llaves.

Al oír estas palabras, el joven Thibaud puso mucha atención, ya que era su vecino, un gentilhombre llamado señor de Sombre, quien vivía en aquella mansión y quien, por añadidura, era sumamente celoso.

—De modo que entramos en la puerta cochera —continuó Orlandine—, y allí, subiendo por una escalera de mármol, me condujeron a unas inmensas y hermosas cámaras; luego, caminamos por un pasadizo oscuro, al final del cual había una escalera de caracol. Subimos por ella hasta llegar a una torre muy alta, cuyas ventanas estaban tapadas con gruesas cortinas verdes. Por lo demás, la torre estaba bastante iluminada. Mi dueña, después de hacerme sentar en un hermoso butacón tapizado de terciopelo negro, me entregó su rosario para que ocupara mi tiempo en actos piadosos, y se marchó cerrando la puerta con dos vueltas de llave.

»Cuando me vi sola, tiré el rosario, saqué unas tijeras que había ocultado en mi corsé e hice una abertura en la cortina verde que ocultaba la ventana de la torre. Entonces vi, a través de otra ventana de una mansión vecina, una habitación muy iluminada en la que cenaban tres jóvenes caballeros y tres señoritas. Cantaban, bebían, reían y se abrazaban...

Orlandine dio otros detalles más sobre aquella escena que presenció; detalles que estuvieron a punto de hacer reír a mandíbula batiente al joven Thibaud, pues se trataba de una cena que él había dado a sus dos amigos y a tres señoritas de la ciudad.

—Estaba yo atenta a todo lo que allí pasaba —continuó Orlandine—, cuando de repente oí que se abría la puerta. Cogí el rosario de inmediato, me senté en el sillón y vi entrar a mi ama. Esta me tomó de la mano, sin decirme una sola palabra, me llevó de nuevo a la carroza y me hizo subir a ella. Se puso en marcha y, después de un largo trayecto, llegamos a la última casa de la barriada. En realidad se trataba de una cabaña, aunque por dentro estaba dotada de todas las comodidades. Su aspecto es magnífico; cosa que podrá usted comprobar dentro de un momento, si el negrito encuentra el camino, ya que veo que al fin ha conseguido volver a encender la linterna.

—¡Oh, bella extraviada! —interrumpió Thibaud, mientras le besaba galantemente la mano—. Le agradecería muchísimo que me diga si vive sola en esa casita.

—Sí, vivo sola —respondió la dama—, acompañada de ese negrito y de mi ama de llaves. Mas no creo que ella pueda venir esta noche. El señor que me condujo la noche pasada a esta casita me envió decir, hace unas dos horas, que fuese a unirme con él en casa de una de sus hermanas; como no podía enviarme su carroza, ya que la había enviado a recoger a un sacerdote, decidí ir a pie. Cuando mi ama y yo íbamos por una de esas calles, un individuo me detuvo para decirme que era muy bella. Entonces ella, como es sorda, creyó que me estaba insultando, por lo que se puso a censurarle su vergonzosa conducta con agrias palabras. Luego acudieron otras personas que se unieron a la querella. Tuve miedo y huí; el negrito me siguió corriendo, pero tropezó y rompió la linterna. Fue entonces, caballero, cuando tuve el honor de encontrarme con usted.

Thibaud se disponía a prodigarle unas galanterías cuando el negrito apareció con la linterna encendida. Se pusieron en marcha de inmediato y, al cabo de cierto tiempo, llegaron a la casita aislada, cuya puerta abrió el negrito con una llave que llevaba atada a su cinturón.

El interior de la casa estaba magníficamente adornado y, entre aquellos muebles de nobles maderas, se veían unos butacones tapizados de terciopelo de Génova, con franjas rojas, y una cama cubierta de muaré de Venecia. Pero nada de aquella magnífica y soberbia ornamentación atraía la atención de Thibaud; sólo tenía ojos para Orlandine.

El negrito puso un mantel sobre la mesa y preparó la cena. Entonces, Thibaud se dio cuenta de que el negrito no era un niño, como había creído desde un principio, sino una especie de enano viejo, muy negro y con el rostro más feo del mundo. 

Este pequeño enano se presentó instantes después llevando una bandeja con cuatro apetitosas perdices y una botella de excelente vino. Se pusieron a la mesa. Apenas Thibaud hubo tomado unos bocados y unos cuantos sorbos de vino, sintió como una especie de fuego sobrenatural que circulaba por sus venas. 

Mientras, Orlandine seguía con tranquilidad comiendo, pero observaba con insistencia a su convidado, algunas veces con una mirada tierna y cándida, y otras con unos ojos tan llenos de malicia que el joven caballero ya no sabía qué hacer ni qué pensar.

Al fin, el negrito vino, quitó la comida y el mantel y se retiró de inmediato. Entonces, Orlandine cogió la mano de Thibaud y le dijo:

—Dígame, guapo caballero, ¿cómo quiere que pasemos la velada? Un momento; se me ocurre una idea; aquí hay un espejo. Pongámonos enfrente y juguemos a hacer pantomimas como solía hacer en el castillo de Sombre. Me divertía mucho al ver que mi ama de llaves era muy distinta a mí. Ahora quiero saber si usted es diferente de mí.

Orlandine puso dos sillas delante del espejo y luego aflojó el cuello de Thibaud, mientras decía:

—Su cuello es casi igual que el mío; las espaldas también. Pero en lo referente al pecho, ¡cuánta diferencia! El año pasado mi pecho era como el suyo, pero luego engordé y ya ni me reconozco. Quítese el cinturón, el jubón y todos esos cordones...

Thibaud, no pudiendo contenerse más, llevó a Orlandine a la cama cubierta con muaré de Venecia y se creyó el más feliz de los hombres. Pero aquella felicidad no duró mucho tiempo. El desgraciado joven sintió unas garras agudas que se le clavaban en la espalda. Empezó a gritar llamando a Orlandine, pero esta ya no estaba allí. En su lugar vio un horrible conjunto de formas repugnantes, siniestras y misteriosas...

—¡Yo no soy Orlandine! —dijo el monstruo con voz cavernosa—. ¡Soy Belcebú!

Thibaud quiso pronunciar el nombre de Jesús, pero el diablo, que adivinó su intención, le apretó la garganta con sus dientes, impidiéndole pronunciar el sagrado nombre.

Al día siguiente por la mañana, unos campesinos que se dirigían a vender sus legumbres al mercado de Lyon oyeron unos gemidos procedentes de una granja abandonada situada cerca del camino y que servía de vertedero. Entraron en ella y encontraron a Thibaud tumbado sobre una carroña medio podrida. 

Lo cogieron y lo transportaron a la casa de su padre, el preboste de Lyon. El desdichado caballero de la Jacquiére reconoció a su hijo. Luego colocaron al joven en una cama y pronto recobró el conocimiento. Entonces dijo con voz débil: «Abran la puerta a ese santo ermitaño».

Al principio nadie comprendió lo que quería decir; mas luego fueron y abrieron la puerta, y penetró por ella un venerable religioso que solicitó humildemente que lo dejaran a solas con Thibaud. 

Durante mucho tiempo se oyó la voz del ermitaño aconsejando al joven, exhortándolo, como asimismo los suspiros del desgraciado Thibaud. Cuando la voz dejó de oírse, todos entraron en la habitación. El ermitaño había desaparecido y sobre la cama yacía muerto el hijo del preboste, con un crucifijo entre las manos.