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No importa - Michael Ende

No hace mucho, al cabo de una dura jornada de trabajo, estaba yo tranquilamente sentado en un mesón con intención de cenar. Tenía mucha hambre y pedí una gran salchicha con muchas patatas crujientes y también una jarra de cerveza fría.

Mientras esperaba a que me trajeran la comida, pensé que no estaría mal saber qué novedades había habido por el mundo. Así que me levanté, crucé rápidamente la calle, compré un periódico y regresé de inmediato al mesón. Pero ¿qué es lo que entonces vi? Pues vi que alguien, entretanto, se había sentado en mi sitio. Para ser más exactos, se trataba de un niño.

Desde siempre he sido de la opinión de que hay que ser amable con los desconocidos, y, por supuesto, también con los niños desconocidos. Me dije que, probablemente, el que ahora estaba sentado en mi sitio no sabía en absoluto que se había sentado en mi sitio, y que seguro que no lo había hecho con mala intención. Así que me dirigí a él, le di un suave toquecito con mi dedo en el hombro y le dije, todo lo amablemente que pude:

—Perdone, mi querido y joven amigo.

Lo traté de usted porque, aunque por su aspecto no debía de pasar de los siete u ocho años, era terriblemente grande.

—Siento tener que molestarle —dije—, pero casualmente está usted sentado en mi sitio.

Aquel niño enorme me miró sorprendido y contestó:

—No importa.

Admito que aquella respuesta me dejó desconcertado. En realidad tenía razón: no importaba en absoluto, pues podía perfectamente sentarme en otro sitio. Con los niños no debe uno ponerse muy severo a la primera de cambio, así que me senté en la silla que había a su lado y murmuré:

—Espero que no le moleste si me siento a su lado.

—No importa —replicó el niño asintiendo con la cabeza; luego cogió mi periódico de la mesa y se puso a leerlo.

Bueno, pensé, después de todo, ¿cómo iba a saber él que yo no había leído aún mi periódico y que me hubiera gustado leerlo precisamente en ese momento? Aparte de que yo, como escritor, soy naturalmente partidario de que todo el mundo se ejercite en la lectura, sobre todo aquellos que todavía no saben leer muy bien, como, por ejemplo, aquel gigantesco niño. 

Para leer de verdad —como enseguida se demostró— aún era demasiado pequeño… Quiero decir… demasiado joven. La prueba más evidente era que pasaba su gordo dedito por las líneas de izquierda a derecha y de arriba abajo, arrugando y estrujando el periódico de tal manera que pronto empecé a dudar si me dejaría algo legible. Como, por otra parte, no quería ofender al niño, le dije con toda amabilidad:

—Lo lamento profundamente, querido amigo… Luego le dejaré con mucho gusto el periódico para que haga lo que quiera con él, pero ahora me gustaría leerlo yo.

—No importa —murmuró el niño grande prosiguiendo con su actividad.

Si hubiera tenido la más mínima duda de que lo estaba haciendo con mala intención…, estoy casi por asegurar que me hubiera resistido al menos un poco. Pero lo dejé estar. Además, en ese momento llegó el camarero y puso en la mesa, delante de mí, mi cena y la jarra de cerveza. 

Aún no había acabado yo de desdoblar la servilleta, y el niño grande ya había empezado a comer. Ciertamente parecía tener todavía más hambre que yo, pues, en un abrir y cerrar de ojos, desaparecieron por su boca la salchicha y todas las patatas.

—La verdad es que esta cena la había pedido para mí… —le dije con cierto aire de reproche.

—No importa —me tranquilizó el niño engullendo el último trocito de salchicha.

Sólo un desalmado le quitaría la comida a un niño hambriento, ¿no es cierto? Y en este caso, además, era un verdadero gozo ver el apetito con que comía. Aparte de que, entretanto, yo iba a tener ocasión de echarle rápidamente un vistazo a mi maltrecho periódico. 

Lo alisé y, enfrascado en mis pensamientos, fui a coger mi jarra de cerveza…, pero de nuevo hube de comprobar cómo mi joven amigo se la había llevado ya a los labios y se la había bebido toda… ¡de un trago y sin respirar! Aunque debo admitir que aquella capacidad suya me asombró, esta vez sí que me creí con derecho a regañarlo de alguna manera; no por mí, sino por una simple cuestión de salud. ¡Estoy seguro de que la cerveza en tanta cantidad no es saludable para niños de tan tierna edad! De modo que le dije, un poco más severo que antes:

—Me temo, querido niño, que eso no le va a sentar nada bien.

—No importa —aseguró amistosamente y soltándome, satisfecho, a la cara un eructo que retumbó como si hubiera salido de la barriga de un hipopótamo.

No quisiera que nadie pensara que sentí animadversión alguna contra aquel niño, pues era evidente que no lo había hecho con mala intención. Lo único malo es que yo cada vez tenía más hambre, pues sólo con mirar cómo comen los demás, la verdad, no se sacia uno… 

Lamentablemente, tampoco llevaba dinero suficiente para pedir una segunda ración y otra jarra de cerveza. Me acordé entonces de que en casa aún me quedaba pan y leche. Por esta vez me tendría que conformar con eso. Así que pagué la consumición al camarero, me volví hacia el niño grande y le dije disculpándome:

—Ahora, mi joven amigo, me tengo que ir…

Me quedé parado, pues, por la cara de decepción que puso, vi que de alguna manera aquello le entristecía. ¡Y eso, como todo el mundo sabe, es algo que no se le debe hacer a un niño! Así que rápidamente añadí:

—En otra ocasión tendré muchísimo gusto en invitarle a mi casa; es que hoy, desgraciadamente, no tengo absolutamente nada que pueda ofrecerle…

—No importa —dijo el niño recobrando la alegría y levantándose para acompañarme.

Fuera, ya todo estaba oscuro. Mientras íbamos caminando calle abajo, en silencio, el uno al lado del otro, comencé a sentirme preocupado por mi joven acompañante. Levanté la vista (me sacaba por lo menos la cabeza) y lo escudriñé con la mirada a fin de averiguar, por la expresión de su cara, qué era lo que pretendía. Pero la expresión de su cara seguía siendo amable; a lo sumo, algo soñolienta.

—Mi querido y joven amigo —rompí el hielo al cabo de un rato—, ciertamente es muy amable por su parte querer acompañarme un trecho más, pero creo que sería más razonable que le llevase cuanto antes a su casa. Ya es muy tarde para una persona tan joven como usted, y además, por lo que veo, está usted cansado y tiene sueño.

—No importa —contestó el niño bostezando.

Seguro que todo el mundo coincidirá conmigo en que, si un niño le quiere hacer a uno un favor, no lo debe rechazar. Él lo hacía con tan buena intención que hubiera tenido que avergonzarse de rechazar fríamente su amabilidad. Así que ya no dije nada más.

Vivo completamente solo en las afueras de la ciudad, en una pequeña casita rodeada por un precioso jardín de flores. Quizá mejor debería decir que vivía allí, aunque desde entonces no hayan pasado más que unos pocos días. Pero contaré las cosas por su orden.

Cuando llegamos a la puerta de mi casa, me decidí por una mentira piadosa. Ya sé que una mentira es una cosa muy fea en cualquier caso, pero pensé que si le decía a mi joven amigo que, en mi opinión, un niño de su edad no debería jamás y bajo ningún concepto ir así, por las buenas, con desconocidos, y menos aún a aquellas horas, lo mismo se pensaba que abrigaba sentimientos de enemistad contra él. Al final, una cosa así podría decepcionarle. Por eso exclamé con fingida sorpresa:

—¡Vaya por Dios! Ahora resulta que he perdido las llaves de casa y no puedo abrir la puerta.

—No importa —dijo el niño grande retrocediendo unos pasos.

Me sentí aliviado, e iba a ofrecerme a llevarlo a casa de sus padres, cuando vi que sólo había retrocedido para tomar carrerilla. Se lanzó corriendo contra la puerta de mi casa y la echó abajo de una patada. 

He de confesar que en ese momento me asaltó la duda de si no sería mejor prohibirle a un niño que hiciera una cosa así, sin tener en cuenta para nada si eso le ofendería o no. Pero se veía claramente que mi joven amigo tampoco esta vez lo había hecho con mala intención. Así que me limité a reprocharle con suavidad:

—La verdad es que la puerta de mi casa aún estaba bastante bien…

—No importa —me dijo el niño grande a modo de consuelo, y entró.

Hube de quedarme aún un par de minutos fuera para respirar hondo y secarme el sudor de la frente. Lo cual, evidentemente, fue un fallo por mi parte, pues jamás debe uno dejar de vigilar a un niño… y menos en una casa que no conoce y en la que no puede encontrar la llave de la luz. El caso es que, de pronto, oí dentro de la casa un terrible batacazo, ruido de cristales rotos y un grito de dolor que me puso los pelos de punta.

Entré a la carrera, encendí la luz y vi al enorme niño sentado en el suelo, en medio de los añicos de mi bonito acuario, completamente empapado de agua y cubierto de algas, con mis pececillos pegando saltos en el suelo, a su alrededor.

—¡Por todos los santos! —grité completamente asustado y fuera de mí, pues vi que el niño grande se iba a echar a llorar—. No te habrás hecho daño, ¿verdad?

Con los nervios, me olvidé de tratarlo de usted, tal y como hasta entonces había hecho. Pero no se tomó a mal mi familiaridad. Reprimió valientemente las lágrimas y aseguró sonriente:

—No importa.

De aquí en adelante mis recuerdos ya son algo confusos, porque los acontecimientos se fueron sucediendo vertiginosamente. Me acuerdo, no obstante, de que salí corriendo a la cocina para coger un cubo lleno de agua, pues quería salvar mis peces. 

Cuando volví a la habitación con el cubo, vi que el enorme niño había abierto mi guardarropa, había desgarrado trajes y camisas y estaba secando con ellos el suelo. Inmediatamente comprendí que, por supuesto, no lo hacía con mala intención, sino que lo único que quería era reparar de algún modo el daño causado.

Mientras recogía los peces y los echaba dentro del cubo de agua, le expliqué sutilmente al niño que los trajes y las camisas no son apropiados para secar el suelo, porque se manchan y se estropean.

—No importa —contestó alegremente, para demostrarme que no se tomaba tan a pecho aquel pequeño error.

Corrí a la cocina con el cubo en el que ahora nadaban los peces y busqué un recipiente apropiado en el que poder alojar provisionalmente a mis queridos animalitos, ya que el cubo lo necesitaba para secar el suelo. Mientras lo seguía buscando, oí en el cuarto de estar unos ruidos extraños. 

Pero como a los ruidos no los acompañó en esta ocasión ningún grito de dolor, no me preocupé mayormente, pues yo sé muy bien que a los niños no les gusta que les estén siempre diciendo lo que deben hacer y lo que no. 

Cuando finalmente volví a la habitación, mi joven invitado había tendido una cuerda de un extremo a otro, tirando y rompiendo de paso un valioso espejo y dos cuadros, y había colgado de ella mis trajes y camisas chorreantes para que se secaran. 

Tanta y tanta buena voluntad me emocionó; sólo que, por desgracia, el niño —seguramente para que la ropa se secara antes— había encendido sobre la alfombra, en medio de la habitación, un gran fuego con todos los papeles que había encontrado encima de mi escritorio.

Naturalmente, el niño lo había hecho con buena intención. No podía imaginarse, claro, que aquel montón de hojas era el nuevo libro que yo acababa de escribir. Pegué un salto y arranqué de las llamas las hojas que aún no se habían quemado totalmente, a fin de salvar por lo menos algo.

Mi joven invitado, al verme, siguió inmediatamente mi ejemplo, tomándolo al parecer por un divertido juego, pues esparció por toda la casa los trozos de papel en llamas.

—¡Alto! —grité—. ¡No hagas eso, que vas a incendiar toda la casa!

—No importa —contestó el niño grande.

A partir de ahí todo fue muy deprisa. Aún pude, en el último momento, llamar por teléfono a los bomberos; luego cogí al niño —que se reía complacido y al parecer no comprendía el peligro que corríamos—, y lo arrastré escaleras arriba, pues el pasillo que conducía a la puerta de la casa ya estaba bloqueado por crepitantes llamas. Finalmente conseguimos alcanzar el tejado saliendo por una trampilla del desván.

—Escucha —le dije jadeando en medio de la espesa humareda que nos rodeaba—, ahora tienes que portarte como es debido y procurar hacerlo todo bien. Tenemos que saltar desde aquí.

—No importa —dijo el niño.

Y saltamos. A él, afortunadamente, no le pasó nada, pues cayó encima de mí, o sea, relativamente en blando, mientras que yo me partí un brazo y una pierna.

Lo último que recuerdo con claridad, cuando llegaron finalmente los bomberos y me sacaron de allí en una camilla, es al enorme niño. Estaba de pie, en medio del fulgor de la casa en llamas… diciéndome cariñosamente adiós con la mano. No había ninguna duda de que todo aquello no lo había hecho con mala intención.

Llevo ya catorce días en el hospital con un brazo y una pierna escayolados. Tendrá que pasar aún una buena temporada hasta que me dejen salir de aquí. Entonces habré de buscarme una casa nueva. Naturalmente, también me tendré que comprar ropa nueva, y empezar mi libro otra vez desde el principio. No he vuelto a ver al enorme niño. Aunque, para ser sincero, tampoco me enfadaría si no lo volviera a ver.