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Un día perfecto para el pez plátano - J. D. Salinger

En el hotel había noventa y siete agentes de publicidad neoyorquinos. Como monopolizaban las líneas telefónicas de larga distancia, la chica del 507 tuvo que esperar su llamada desde el mediodía hasta las dos y media de la tarde. Pero no perdió el tiempo. 

En una revista femenina leyó un artículo titulado «El sexo es divertido o infernal». Lavó su peine y su cepillo. Quitó una mancha de la falda de su traje beige. Corrió un poco el botón de la blusa de Saks. Se arrancó los dos pelos que acababan de salirle en el lunar. Cuando, por fin, la operadora la llamó, estaba sentada en el alféizar de la ventana y casi había terminado de pintarse las uñas de la mano izquierda.
 
No era una chica a la que una llamada telefónica le produjera gran efecto. Se comportaba como si el teléfono hubiera estado sonando constantemente desde que alcanzó la pubertad.
 
Mientras sonaba el teléfono, con el pincelito del esmalte se repasó una uña del dedo meñique, acentuando el borde de la lúnula. Tapó el frasco y, poniéndose de pie, abanicó en el aire su mano pintada, la izquierda. 

Con la mano seca, tomó del alféizar un cenicero repleto y lo llevó hasta la mesita de noche, donde estaba el teléfono. Se sentó en una de las dos camas gemelas ya hecha y —ya era la cuarta o quinta llamada —levantó el auricular del teléfono.
 
 —Diga —dijo, manteniendo extendidos los dedos de la mano izquierda lejos de la bata de seda blanca, que era lo único que llevaba puesto, junto con las chinelas: los anillos estaban en el cuarto de baño.
 
 —Su llamada a Nueva York, señora Glass —dijo la operadora.
 
 —Gracias —contestó la chica, e hizo sitio en la mesita de noche para el cenicero.
 
A través del auricular llegó una voz de mujer:
 
 —¿Muriel? ¿Eres tú?
 
La chica alejó un poco el auricular del oído.
 
 —Sí, mamá. ¿Cómo estás? —dijo.
 
 —He estado preocupadísima por ti. ¿Por qué no has llamado? ¿Estás bien?
 
 —Traté de telefonear anoche y anteanoche. Los teléfonos aquí han...
 
 —¿Estás bien, Muriel?
 
La chica separó un poco más el auricular de su oreja.
 
 —Estoy perfectamente. Hace mucho calor. Este es el día más caluroso que ha habido en Florida desde...
 
 —¿Por qué no has llamado antes? He estado tan preocupada...
 
 —Mamá, querida, no me grites. Te oigo perfectamente  —dijo la chica —. Anoche te llamé dos veces. Una vez justo después...
 
 —Le dije a tu padre que seguramente llamarías anoche. Pero no, él tenía que... ¿estás bien, Muriel? Dime la verdad.
 
 —Estoy perfectamente. Por favor, no me preguntes siempre lo mismo.
 
 —¿Cuándo llegasteis?
 
 —No sé... el miércoles, de madrugada.
 
 —¿Quién condujo?
 
 —Él —dijo la chica —. Y no te asustes. Condujo bien. Yo misma estaba asombrada.
 
 —¿Condujo él? Muriel, me diste tu palabra de que...
 
 —Mamá —interrumpió la chica —, acabo de decírtelo. Condujo perfectamente. No pasamos de ochenta en todo el trayecto, ésa es la verdad.
 
 —¿No trató de hacer el tonto otra vez con los árboles?
 
 —Vuelvo a repetirte que condujo muy bien, mamá. Vamos, por favor. Le pedí que se mantuviera cerca de la línea blanca del centro, y todo lo demás, y entendió perfectamente, y lo hizo. Hasta se esforzaba por no mirar los árboles... se notaba. Por cierto, ¿papá ha hecho arreglar el coche?
 
 —Todavía no. Es que piden cuatrocientos dólares, sólo para...
 
 —Mamá, Seymour le dijo a papá que pagaría él. Así que no hay motivo para...
 
 —Bueno, ya veremos. ¿Cómo se portó? Digo, en el coche y demás...
 
 —Muy bien —dijo la chica.
 
 —¿Sigue llamándote con ese horroroso...?
 
 —No. Ahora tiene uno nuevo
 
 —¿Cuál?
 
 —Mamá... ¿qué importancia tiene?
 
 —Muriel, insisto en saberlo. Tu padre...
 
 —Está bien, está bien. Me llama Miss Buscona Espiritual 1948 —dijo la chica, con una risita.
 
 —No tiene nada de gracioso, Muriel. Nada de gracioso. Es horrible. Realmente, es triste. Cuando pienso cómo...
 
 —Mamá —interrumpió la chica —, escúchame. ¿Te acuerdas de aquel libro que me mandó de Alemania? Unos poemas en alemán. ¿Qué hice con él? Me he estado rompiendo la cabeza...
 
 —Lo tienes tú.
 
 —¿Estás segura? —dijo la chica.
 
 —Por supuesto. Es decir, lo tengo yo. Está en el cuarto de Freddy. Lo dejaste aquí y no había sitio en la... ¿Por qué? ¿Te lo ha pedido él?
 
 —No. Simplemente me preguntó por él, cuando veníamos en el coche. Me preguntó si lo había leído.
 
 —¡Pero está en alemán!
 
 —Sí, mamita. Ese detalle no tiene importancia —dijo la chica, cruzando las piernas —. Dijo que casualmente los poemas habían sido escritos por el único gran poeta de este siglo. Me dijo que debería haber comprado una traducción o algo así. O aprendido el idioma... nada menos.. .
 
 —Espantoso. Espantoso. Es realmente triste... Ya decía tu padre anoche...
 
 —Un segundo, mamá —dijo la chica. Se acercó hasta el alféizar en busca de cigarrillos, encendió uno y volvió a sentarse en la cama —. ¿Mamá? —dijo, echando una bocanada de humo.
 
 —Muriel, mira, escúchame.
 
 —Te estoy escuchando.
 
 —Tu padre habló con el doctor Sivetski.
 
 —¿Sí? —dijo la chica.
 
 —Le contó todo. Por lo menos, eso me dijo, ya sabes cómo es tu padre. Los árboles. Ese asunto de la ventana. Las cosas horribles que le dijo a la abuela acerca de sus proyectos sobre la muerte. Lo que hizo con esas fotos tan bonitas de las Bermudas... ¡Todo!
 
 —¿Y...? —dijo la chica.
 
 —En primer lugar, dijo que era un verdadero crimen que el ejército lo hubiera dado de alta del hospital. Palabra. En definitiva, dijo a tu padre que hay una posibilidad, una posibilidad muy grande, dijo, de que Seymour pierda por completo la razón. Te lo juro.
 
 —Aquí, en el hotel, hay un psiquiatra  —dijo la chica.
 
 —¿Quién? ¿Cómo se llama?
 
 —No sé. Rieser o algo así. Dicen que es un psiquiatra muy bueno.
 
 —Nunca lo he oído nombrar.
 
 —De todos modos, dicen que es muy bueno.
 
 —Muriel, por favor, no seas inconsciente. Estamos muy preocupados por ti. Lo cierto es que... anoche tu padre estuvo a punto de enviarte un telegrama para que volvieras inmediatamente a casa...
 
 —Por ahora no pienso volver, mamá. Así que tómalo con calma
 
 —Muriel, te doy mi palabra. El doctor Sivetski ha dicho que Seymour podía perder por completo la...
 
 —Mamá, acabo de llegar. Hace años que no me tomo vacaciones, y no pienso meter todo en la maleta y volver a casa porque sí —dijo la chica —. Por otra parte, ahora no podría viajar. Estoy tan quemada por el sol que ni me puedo mover.
 
 —¿Te has quemado mucho? ¿No has usado ese bronceador que te puse en la maleta? Está...
 
 —Lo usé. Pero me quemé lo mismo.
 
 —¡Qué horror! ¿Dónde te has quemado?
 
 —Me he quemado toda, mamá, toda.
 
 —¡Qué horror!
 
 —No me voy a morir.
 
 —Dime, ¿has hablado con ese psiquiatra?
 
 —Bueno... sí... más o menos... —dijo la chica.
 
 —¿Qué dijo? ¿Dónde estaba Seymour cuando le hablaste?
 
 —En la Sala Océano, tocando el piano. Ha tocado el piano las dos noches que hemos pasado aquí.
 
 —Bueno, ¿qué dijo?
 
 —¡Oh, no mucho! ¡Él fue el primero en hablar. Yo estaba sentada anoche a su lado, jugando al bingo, y me preguntó si el que tocaba el piano en la otra sala era mi marido. Le dije que sí, y me preguntó si Seymour había estado enfermo o algo por el estilo. Entonces yo le dije...
 
 —¿Por que te hizo esa pregunta?
 
 —No sé, mamá. Tal vez porque lo vio tan pálido, y yo qué sé —dijo la chica —. La cuestión es que, después de jugar al bingo, él y su mujer me invitaron a tomar una copa. Y yo acepté. La mujer es espantosa. ¿Te acuerdas de aquel vestido de noche tan horrible que vimos en el escaparate de Bonwit? Aquel vestido que tú dijiste que para llevarlo había que tener un pequeño, pequeñísimo...
 
 —¿El verde?
 
 —Lo llevaba puesto. ¡Con unas cadenas...! Se pasó el rato preguntándome si Seymour era pariente de esa Suzanne Glass que tiene una tienda en la avenida Madison... la mercería...
 
 —Pero ¿qué dijo él? El médico.
 
 —Ah, sí... Bueno... en realidad, no dijo mucho. Sabes, estábamos en el bar. Había mucho barullo.
 
 —Sí, pero... ¿le... le dijiste lo que trató de hacer con el sillón de la abuela?
 
 —No, mamá. No entré en detalles —dijo la chica —. Seguramente podré hablar con él de nuevo. Se pasa todo el día en el bar.
 
 —¿No dijo si había alguna posibilidad de que pudiera ponerse... ya sabes, raro, o algo así...? ¿De que pudiera hacerte algo...?
 
 —En realidad, no —dijo la chica —. Necesita conocer más detalles, mamá. Tienen que saber todo sobre la infancia de uno... todas esas cosas. Ya te digo, había tanto ruido que apenas podíamos hablar.
 
 —En fin. ¿Y tu abrigo azul?
 
 —Bien. Le subí un poco las hombreras.
 
 —¿Cómo es la ropa este año?
 
 —Terrible. Pero preciosa. Con lentejuelas por todos lados.
 
 —¿Y tu habitación?
 
 —Está bien. Pero nada más que eso. No pudimos conseguir la habitación que nos daban antes de la guerra —dijo la chica —. Este año la gente es espantosa. Tendrías que ver a los que se sientan al lado nuestro en el comedor. Parece que hubieran venido en un camión.
 
 —Bueno, en todas partes es igual. ¿Y tu vestido de baile?
 
 —Demasiado largo. Te dije que era demasiado largo.
 
 —Muriel, te lo voy a preguntar una vez más... ¿En serio, va todo bien?
 
 —Sí, mamá —dijo la chica —. Por enésima vez.
 
 —¿Y no quieres volver a casa?
 
 —No, mamá.
 
 —Tu padre dijo anoche que estaría encantado de pagarte el viaje si quisieras irte sola a algún lado y pensarlo bien. Podrías hacer un hermoso crucero. Los dos pensamos...
 
 —No, gracias —dijo la chica, y descruzó las piernas —.
 
 —Mamá, esta llamada va a costar una for...
 
 —Cuando pienso cómo estuviste esperando a ese muchacho durante toda la guerra... quiero decir, cuando una piensa en esas esposas alocadas que...
 
 —Mamá —dijo la chica —. Colguemos. Seymour puede llegar en cualquier momento.
 
 —¿Dónde está?
 
 —En la playa.
 
 —¿En la playa? ¿Solo? ¿Se porta bien en la playa?
 
 —Mamá —dijo la chica —. Hablas de él como si fuera un loco furioso.
 
 —No he dicho nada de eso, Muriel.
 
 —Bueno, ésa es la impresión que das. Mira, todo lo que hace es estar tendido en la arena. Ni siquiera se quita el albornoz.
 
 —¿Que no se quita el albornoz? ¿Por qué no?
 
 —No lo sé. Tal vez porque tiene la piel tan blanca.
 
 —Dios mío, necesita tomar sol. ¿Por qué no lo obligas?
 
 —Lo conoces muy bien —dijo la chica, y volvió a cruzar las piernas —. Dice que no quiere tener un montón de imbéciles alrededor mirándole el tatuaje.
 
 —¡Si no tiene ningún tatuaje! ¿O acaso se hizo tatuar cuando estaba en la guerra?
 
 —No, mamá. No, querida —dijo la chica, y se puso de pie —. Escúchame, a lo mejor te llamo otra vez mañana.
 
 —Muriel, hazme caso.
 
 —Sí, mamá —dijo la chica, cargando su peso sobre la pierna derecha.
 
 —Llámame en cuanto haga, o diga, algo raro..., ya me entiendes. ¿Me oyes?
 
 —Mamá, no le tengo miedo a Seymour.
 
 —Muriel, quiero que me lo prometas.
 
 —Bueno, te lo prometo. Adiós, mamá —dijo la chica —. Besos a papá —y colgó.
 
 —Ver más vidrio —dijo Sybil Carpenter, que estaba alojada en el hotel con su madre —. ¿Has visto más vidrio?
 
 —Cariño, por favor, no sigas repitiendo eso. Vas a volver loca a mamaíta. Estáte quieta, por favor.
 
La señora Carpenter untaba la espalda de Sybil con bronceador, repartiéndolo sobre sus omóplatos, delicados como alas. Sybil estaba precariamente sentada sobre una enorme y tensa pelota de playa, mirando el océano. Llevaba un traje de baño de color amarillo canario, de dos piezas, una de las cuales en realidad no necesitaría hasta dentro de nueve o diez años.
 
 —No era más que un simple pañuelo de seda... una podía darse cuenta cuando se acercaba a mirarlo —dijo la mujer sentada en la hamaca contigua a la de la señora Carpenter —. Ojalá supiera cómo lo anudó. Era una preciosidad.
 
 —Por lo que dice, debía de ser precioso —asintió la señora Carpenter.
 
 —Estáte quieta, Sybil, cariño...
 
 —¿Viste más vidrio? —dijo Sybil.
 
La señora Carpenter suspiró.
 
 —Muy bien —dijo. Tapó el frasco de bronceador —. Ahora vete a jugar, cariño. Mamaíta va a ir al hotel a tomar un martini con la señora Hubbel. Te traeré la aceituna.
 
Cuando estuvo libre, Sybil echó a correr inmediatamente por el borde firme de la playa hacia el Pabellón de los Pescadores. Se detuvo únicamente para hundir un pie en un castillo de arena inundado y derruido, y en seguida dejó atrás la zona reservada a los clientes del hotel.
 
Caminó cerca de medio kilómetro y de pronto echó a correr oblicuamente, alejándose del agua hacia la arena blanda. Se detuvo al llegar junto a un hombre joven que estaba echado de espaldas.
 
 —¿Vas a ir al agua, ver más vidrio? —dijo.
 
El joven se sobresaltó, llevándose instintivamente la mano derecha a las solapas del albornoz. Se volvió boca abajo, dejando caer una toalla enrollada como una salchicha que tenía sobre los ojos, y miró de reojo a Sybil.
 
 —¡Ah!, hola, Sybil.
 
 —¿Vas a ir al agua?
 
 —Te esperaba —dijo el joven —. ¿Qué hay de nuevo?
 
 —¿Qué? —dijo Sybil.
 
 —¿Qué hay de nuevo? ¿Qué programa tenemos?
 
 —Mi papá llega mañana en un avión —dijo Sybil, tirándole arena con el pie.
 
 —No me tires arena a la cara, niña —dijo el joven, cogiendo con una mano el tobillo de Sybil —. Bueno, ya era hora de que tu papi llegara. Lo he estado esperando horas. Horas.
 
 —¿Dónde está la señora? —dijo Sybil.
 
 —¿La señora? —el joven hizo un movimiento, sacudiéndose la arena del pelo ralo —. Es difícil saberlo, Sybil. Puede estar en miles de lugares. En la peluquería. Tiñiéndose el pelo de color visón. O en su habitación, haciendo muñecos para los niños pobres.
 
Se puso boca abajo, cerró los dos puños, apoyó uno encima del otro y acomodó el mentón sobre el de arriba.
 
 —Pregúntame algo más, Sybil —dijo —. Llevas un bañador muy bonito. Si hay algo que me gusta, es un bañador azul.
 
Sybil lo miró asombrada y después contempló su prominente barriga.
 
 —Es amarillo —dijo —. Es amarillo.
 
 —¿En serio? Acércate un poco más.
 
Sybil dio un paso adelante.
 
 —Tienes toda la razón del mundo. Qué tonto soy.
 
 —¿Vas a ir al agua? —dijo Sybil.
 
 —Lo estoy considerando seriamente, Sybil. Lo estoy pensando muy en serio.
 
Sybil hundió los dedos en el flotador de goma que el joven usaba a veces como almohadón.
 
 —Necesita aire —dijo.
 
 —Es verdad. Necesita más aire del que estoy dispuesto a admitir —retiró los puños y dejó que el mentón descansara en la arena —. Sybil —dijo —, estás muy guapa. Da gusto verte. Cuéntame algo de ti —estiró los brazos hacia delante y tomó en sus manos los dos tobillos de Sybil —. Yo soy capricornio. ¿Cuál es tu signo?
 
 —Sharon Lipschutz dijo que la dejaste sentarse a tu lado en el taburete del piano —dijo Sybil.
 
 —¿Sharon Lipschutz dijo eso?
 
Sybil asintió enérgicamente. Le soltó los tobillos, encogió los brazos y apoyó la mejilla en el antebrazo derecho.
 
 —Bueno  —dijo —. Tú sabes cómo son estas cosas, Sybil. Yo estaba sentado ahí, tocando. Y tú te habías perdido de vista totalmente y vino Sharon Lipschutz y se sentó a mi lado. No podía echarla de un empujón, ¿no es cierto?
 
 —Sí que podías.
 
 —Ah, no. No era posible. Pero ¿sabes lo que hice?
 
 —¿Qué?
 
 —Me imaginé que eras tú.
 
Sybil se agachó y empezó a cavar en la arena.
 
 —Vayamos al agua —dijo.
 
 —Bueno —replicó el joven —. Creo que puedo hacerlo.
 
 —La próxima vez, échala de un empujón  —dijo Sybil.
 
 —¿Que eche a quién?
 
 —A Sharon Lipschutz.
 
 —Ah, Sharon Lipschutz  —dijo él —. ¡Siempre ese nombre! Mezcla de recuerdos y deseos. —De repente se puso de pie y miró el mar —. Sybil —dijo —, ya sé lo que podemos hacer. Intentaremos pescar un pez plátano.
 
 —¿Un qué?
 
 —Un pez plátano —dijo, y desanudó el cinturón de su albornoz.
 
Se lo quitó. Tenía los hombros blancos y estrechos. El traje de baño era azul eléctrico. Plegó el albornoz, primero a lo largo y después en tres dobleces. Desenrolló la toalla que se había puesto sobre los ojos, la tendió sobre la arena y puso encima el albornoz plegado. Se agachó, recogió el flotador y se lo puso bajo el brazo derecho. Luego, con la mano izquierda, tomó la de Sybil.
 
Los dos echaron a andar hacia el mar.
 
 —Me imagino que ya habrás visto unos cuantos peces plátano —dijo el joven.
 
Sybil negó con la cabeza.
 
 —¿En serio que no? Pero, ¿dónde vives, entonces?
 
 —No sé —dijo Sybil.
 
 —Claro que lo sabes. Tienes que saberlo. Sharon Lipschutz sabe dónde vive, y sólo tiene tres años y medio.
 
Sybil se detuvo y de un tirón soltó su mano de la de él. Recogió una concha y la observó con estudiado interés. Luego la tiró.
 
 —Whirly Wood, Connecticut —dijo, y echó nuevamente a andar, sacando la barriga.
 
 —Whirly Wood, Connecticut —dijo el joven —. ¿Eso, por casualidad, no está cerca de Whirly Wood, Connecticut?
 
Sybil lo miró:
 
 —Ahí es donde vivo —dijo con impaciencia —. Vivo en Whirly Wood, Connecticut.
 
Se adelantó unos pasos, se cogió el pie izquierdo con la mano izquierda y dio dos o tres saltos.
 
 —No puedes imaginarte cómo lo aclara todo eso  —dijo él.
 
Sybil soltó el pie:
 
 —¿Has leído El negrito Sambo? —dijo.
 
 —Es gracioso que me preguntes eso —dijo él —. Da la casualidad que acabé de leerlo anoche. —Se inclinó y volvió a tomar la mano de Sybil —. ¿Qué te pareció?
 
 —¿Te acuerdas de los tigres que corrían todos alrededor de ese árbol?
 
 —Creí que nunca iban a parar. Jamás vi tantos tigres.
 
 —No eran más que seis —dijo Sybil.
 
 —¡Nada más que seis!  —dijo el joven —. ¿Y dices «nada más»?
 
 —¿Te gusta la cera? —preguntó Sybil.
 
 —¿Si me gusta qué?
 
 —La cera.
 
 —Mucho. ¿A ti no?
 
Sybil asintió con la cabeza:
 
 —¿Te gustan las aceitunas? —preguntó.
 
 —¿Las aceitunas?... Sí. Las aceitunas y la cera. Nunca voy a ningún lado sin ellas.
 
 —¿Te gusta Sharon Lipschutz? —preguntó Sybil.
 
 —Sí. Sí me gusta. Lo que más me gusta de ella es que nunca hace cosas feas a los perritos en la sala del hotel. Por ejemplo, a ese bulldog enano de la señora canadiense. Te resultará difícil creerlo, pero hay algunas niñas que se divierten mucho pinchándolo con los palitos de los globos. Pero Sharon, jamás. Nunca es mala ni grosera. Por eso la quiero tanto.
 
Sybil no dijo nada.
 
 —Me gusta masticar velas —dijo ella por último.
 
 —Ah, ¿y a quién no? —dijo el joven mojándose los pies —. ¡Diablos, qué fría está! —Dejó caer el flotador en el agua —. No, espera un segundo, Sybil. Espera a que estemos un poquito más adentro.
 
Avanzaron hasta que el agua llegó a la cintura de Sybil. Entonces el joven la levantó y la puso boca abajo en el flotador.
 
 —¿Nunca usas gorro de baño ni nada de eso? —preguntó él.
 
 —No me sueltes —dijo Sybil —. Sujétame, ¿quieres?
 
 —Señorita Carpenter, por favor. Yo sé lo que estoy haciendo —dijo el joven —. Ocúpate sólo de ver si aparece un pez plátano. Hoy es un día perfecto para los peces plátano.
 
 —No veo ninguno —dijo Sybil.
 
 —Es muy posible. Sus costumbres son muy curiosas. Muy curiosas.
 
Siguió empuiando el flotador. El agua le llegaba al pecho.
 
 —Llevan una vida triste —dijo —. ¿Sabes lo que hacen, Sybil?
 
Ella negó con la cabeza.
 
 —Bueno, te lo explicaré. Entran en un pozo que está lleno de plátanos. Cuando entran, parecen peces como todos los demás. Pero, una vez dentro, se portan como cerdos, ¿sabes? He oído hablar de peces plátano que han entrado nadando en pozos de plátanos y llegaron a comer setenta y ocho plátanos —empujó al flotador y a su pasajera treinta centímetros más hacia el horizonte —. Claro, después de eso engordan tanto que ya no pueden salir. No pasan por la puerta.
 
 —No vayamos tan lejos —dijo Sybil —. ¿Y qué pasa después con ellos?
 
 —¿Qué pasa con quiénes?
 
 —Con los peces plátano.
 
 —Bueno, ¿te refieres a después de comer tantos plátanos que no pueden salir del pozo?
 
 —Sí —dijo Sybil.
 
 —Mira, lamento decírtelo, Sybil. Se mueren.
 
 —¿Por qué? —preguntó Sybil.
 
 —Contraen fiebre platanífera. Una enfermedad terrible.
 
 —Ahí viene una ola —dijo Sybil nerviosa.
 
 —No le haremos caso. La mataremos con la indiferencia —dijo el joven —, como dos engreídos.
 
Tomó los tobillos de Sybil con ambas manos y empujó hacia delante. El flotador levantó la proa por encima de la ola. El agua empapó los cabellos rubios de Sybil, pero sus gritos eran de puro placer.
 
Cuando el flotador estuvo nuevamente inmóvil, se apartó de los ojos un mechón de pelo pegado, húmedo, y comentó:
 
 —Acabo de ver uno.
 
 —¿Un qué, amor mío?
 
 —Un pez plátano.
 
 —¡No, por Dios! —dijo el joven —. ¿Tenía algún plátano en la boca?
 
 —Sí —dijo Sybil —. Seis.
 
De pronto, el joven tomó uno de los mojados pies de Sybil que colgaban por el borde del flotador y le besó la planta.
 
 —¡Eh! —dijo la propietaria del pie, volviéndose.
 
 —¿Cómo, eh? Ahora volvamos. ¿Ya te has divertido bastante?
 
 —¡No!
 
 —Lo siento —dijo, y empujó el flotador hacia la playa hasta que Sybil descendió. El resto del camino lo llevó bajo el brazo.
 
 —Adiós  —dijo Sybil, y salió corriendo hacia el hotel.
 
El joven se puso el albornoz, cruzó bien las solapas y metió la toalla en el bolsillo. Recogió el flotador mojado y resbaladizo y se lo acomodó bajo el brazo. Caminó solo, trabajosamente, por la arena caliente, blanda, hasta el hotel.
 
En el primer nivel de la planta baja del hotel —que los bañistas debían usar según instrucciones de la gerencia — entró con él en el ascensor una mujer con la nariz cubierta de pomada.
 
 —Veo que me está mirando los pies —dijo él, cuando el ascensor se puso en marcha.
 
 —¿Cómo dice? —dijo la mujer.
 
 —Dije que veo que me está mirando los pies.
 
 —Perdone, pero casualmente estaba mirando el suelo  —dijo la muier, y se volvió hacia las puertas del ascensor.
 
 —Si quiere mirarme los pies, dígalo —dijo el joven —. Pero, maldita sea, no trate de hacerlo con tanto disimulo.
 
 —Déjeme salir, por favor —dijo rápidamente la mujer a la ascensorista.
 
Cuando se abrieron las puertas, la mujer salió sin mirar hacia atrás.
 
 —Tengo los pies completamente normales y no veo por qué demonios tienen que mirármelos —dijo el joven —. Quinto piso, por favor.
 
Sacó la llave de la habitación del bolsillo de su albornoz.
 
Bajó en el quinto piso, caminó por el pasillo y abrió la puerta del 507. La habitación olía a maletas nuevas de piel de ternera y a quitaesmalte de uñas.
 
Echó una ojeada a la chica que dormía en una de las camas gemelas. Después fue hasta una de las maletas, la abrió y extrajo una automática de debajo de un montón de calzoncillos y camisetas, una Ortgies calibre 7,65. Sacó el cargador, lo examinó y volvió a colocarlo. Quitó el seguro. Después se sentó en la cama desocupada, miró a la chica, apuntó con la pistola y se disparó un tiro en la sien derecha.

Talento - Robert Bloch

 Quizá sea una lástima que no se supiera nada de los padres de Andrew Benson.

Las mismas razones que los condujeron a abandonarlo en la escalera de entrada del Orfelinato de San Andrews, constituyeron asimismo la causa de su discreto anonimato. El hecho ocurrió en la mañana del 3 de marzo de 1943 -en plena guerra, como cualquiera puede recordar-, de modo que el niño podía ser muy bien tomado como un producto de los avatares bélicos. Sucesos similares ocultaban la singularidad de cualquier caso, incluso en Pasadena, que era donde el Orfelinato estaba ubicado.

Tras las usuales tentativas y las infructuosas pesquisas, las buenas hermanas lo tomaron. Allí adquirió su primer nombre, del patrón y patronímico santificado que bautizaba el establecimiento. El «Benson» le fue añadido unos años más tarde, por una pareja que lo adoptó ocasionalmente.

Es difícil, después de tanto tiempo, calibrar la clase de muchacho que fue Andrew; el orfanato posee archivos, pero meramente contienen fichas, y la hermana Rosemarie, que trabajaba como supervisora del dormitorio masculino, hace tiempo que murió. La hermana Albertine, calificadora de los estudios en la Escuela del Orfelinato, se encuentra ahora -por decirlo de la manera más delicada posible- en su senilidad, y su testimonio aparece necesariamente coloreado por el asalto de sucesos secundarios.

Parece empero increíble que Andrew no aprendiera a hablar hasta encontrarse en el umbral de sus siete años; la forzada gregariedad y la conspicua falta de atención a las características individuales, propia de los orfelinatos, la habría acelerado como si la facultad del habla fuera necesaria para la absoluta supervivencia, desde la más remota infancia, dado el entorno. Apenas es más creíble la teoría de la hermana Albertine de que Andrew sabía hablar pero que sencillamente se negó a hacerlo hasta no haber llegado a su séptimo año de vida.

Pero, lo que agrava las cosas, ella lo recuerda ahora como un muchachito desacostumbradamente precoz, que parecía poseer una inteligencia y un entendimiento que iban más allá de sus años. En lugar de valerse del habla, no obstante, adoptaba la pantomina, arte al que era tan brillante adepto (si hemos de creer a la hermana Albertine) que su continuo silencio era apenas notable.

-Podía imitar a cualquiera -declara la hermana-. A los otros niños, a las hermanas, incluso a la Madre Superiora. Claro, yo tenía que reprenderlo por eso. Pero era admirable la facilidad con que asimilaba las mínimas maneras y las expresiones faciales de cualquier otra persona, y de una sola mirada. Pues eso es lo que hacía Andrew: lanzar una sola mirada y captarlo todo.

»El día de las visitas era el domingo. Naturalmente, Andrew nunca tenía visitas, pero le gustaba haraganear por el pasillo y ver cómo entraban. Luego, por la noche, ya en los dormitorios, llevaba a cabo una función para los otros chicos. Podía encarnar cada hombre, mujer o niño, que entraba en el Orfelinato ese día, individualmente: la forma de andar, de moverse, todos sus actos y gestos. Incluso a pesar de no decir jamás una palabra, a nadie se le ocurrió pensar que Andrew fuera un deficiente mental. Durante un tiempo el Dr. Clement llegó a pensar que Andrew podía ser mudo.

El Dr Clement es una de las pocas personas capaces de suministrar datos objetivos sobre los primeros años de la vida de Andrew Benson. Desgraciadamente, falleció en 1954, víctima de un incendio que también destruyó su casa y sus archivos.

Fue el Dr. Clement quien atendió a Andrew la noche en que éste vio la primera película.

El año era 1949, y el día algún sabado por la tarde de finales de la citada fecha. El Orfelinato recibía y exhibía una película a la semana y solo se permitía su visualizacion a los niños en edad escolar. La inhabilidad -o negligencia- de Andrew para hablar le causó algunos problemas cuando entró en el grado primario el último septiembre, y aún pasaron algunos meses antes de que le fuera permitido reunirse con sus compañeros de clase en el auditorio para las sesiones cinematográficas del sábado por la noche. Aunque se sabe que ocasionalmente lo hizo.

La película era la última (y probablemente la menor) de las de los Hermanos Marx. Su titulo era Love Happy y si es recordada por el público medio de hoy se debe al hecho de la brevísima aparición de la entonces desconocida rubia, llamada Marilyn Monroe.

Pero la audiencia del Orfelinato tuvo otros motivos para recordarla como memorable. Porque Love Happy fue la película que puso en trance a Andrew Benson.

Después de que las luces fueran de nuevo encendidas, el niño se quedó allí sentado, inmóvil, los ojos fijos y sin vida en la blanca y vacía pantalla. Cuando sus compañeros lo advirtieron y le instaron a levantarse, él no respondió; una de las hermanas (probablemente la hermana Rosemarie) lo zarandeó, y él cayó en un colapso con apariencia de muerte. El Dr. Clement fue llamado y atendió al paciente. Andrew Benson no recobró el conocimiento hasta la mañana siguiente.

Fue entonces cuando habló.

Habló inmediata, perfecta y copiosamente: pero no de la forma que podía hacerlo un niño de seis años. La voz que surgió de sus labios era la de un hombre de mediana edad. Era nasal, crujiente y, aunque sin los guiños y expresiones faciales, fue instantáneamente reconocida e indiscutiblemente identificada como la voz de Groucho Marx.

Andrew Benson imitó el papel de Groucho como Sam Grunion a la perfeccion, palabra por palabra. Luego «hizo» de Chico Marx. Después volvió nuevamente al silencio y se pensó que otra vez había entrado en su fase muda. Pero pronto su silencio se hizo elocuente y en seguida se advirtio que estaba imitando a Harpo. En rápida sucesión, Andrew creó identificables retratos vocales y visuales de Raymond Burr, Melville Cooper, Eric Blore y los demás actores que interpretaban papeles menores en la película. Sus encarnaciones parecieron siniestras a sus compañeros y las hermanas no dejaron de notarlo.

-Pero si hasta se parece a Groucho -insistió la hermana Albertine.

Ignorando el problema de como un crío de seis años podía parecerse físicamente a Groucho Marx sin el beneficio (o detrimento) del maquillaje, el caso fue que Andrew Benson cobró repentina celebridad como mímico dentro de los reducidos límites del Orfelinato.

Y desde aquel momento en adelante, habló con regularidad si no libremente. Es decir, respondió a las preguntas directas, recitó sus lecciones en clase, y contestó con las estereotipadas formas de educación requeridas por la disciplina del Orfelinato. Pero nunca fue locuaz, ni siquiera comunicativo, en el sentido ordinario del término. La única ocasión en que espontáneamente articulaba palabras era la que seguía a la proyección de la película semanal.

No se repitió el ataque primero, pero cada noche sabática la proyección traía al final una completa y dramática recapitulación a cargo del dotado muchacho. Durante la agonía del año 49 y el invierno del 50, Andrew Benson vio muchas películas. Sorrowful Jones, con Bob Hope; Tarzan's Magic Fountain; The Fighting O'Flynn; The Life of Riley; Little Women, y muchas más, tanto antiguas como contemporáneas. Naturalmente, las películas eran supervisadas antes por las hermanas, y las películas que incidían en la violencia, descrita o superlativizada, no eran aceptadas. No obstante, llegaron algunos westerns a la pantalla del Orfelinato y es significativo que Andrew Benson reaccionara como lo que llegó a ser una forma característica.

-Divertido y curioso -declara Albert Domínguez, que estaba en el Orfelinato durante el mismo período que Andrew Benson y que es una de las pocas personas localizadas que lo admite y rehuye toda discusión sobre el hecho-. Al principio Andy imitaba a todo el mundo: a todos los hombres, claro. Nunca imitó a ninguna mujer. Pero después de empezar a ver westerns pareció querer escoger. Imitaba sólo a los malos. No me refiero a lo que hacemos cuando de críos jugamos a vaqueros, ya sabe, cuando uno es sheriff y el otro pistolero. Quiero decir que él imitaba a los malos todo el tiempo. Podía hablar como ellos, hasta parecerse a ellos. Solíamos chotearnos de él, ¿sabe?

Probablemente como resultado de este «choteo», Andrew Benson, durante la tarde del 17 de mayo de 1950, intentó cortarle la garganta a Frank Phillips con un cuchillo de mesa. Probablemente... a pesar de que Albert Domínguez asegura que el otro no le provocó y que Andrew Benson estaba duplicando con exactitud el papel de un asesino desesperado del lejano oeste en una vieja película de Charles Starrett.

El incidente fue aparenteniente silenciado y no se tomó ninguna medida; poseemos poca información sobre el crecimiento y desarrollo de Andrew Benson entre el verano de 1950 y el otoño de 1955. Domínguez abandonó el Orfelinato, nadie más se presta a declarar y la hermana Albertine se retiró a una casa de reposo. Como resultado, no hay nada digno de crédito en torno a lo que muy bien pudo haber sido el período crucial de Andrew, sus años de formación. Los escasos restos de trabajos escolares parecen bastante satisfactorios y nada hay que indique que fuera un problema de disciplina para con sus instructores. En junio de 1955, junto con el resto de sus compañeros de clase, fue fotografiado con ocasión de su graduación después del octavo curso. Su rostro es una mera mancha, un tizne casi inexistente en mitad de un mar de semblantes pre-adolescentes. Lo que pudiera parecer a esa edad es difícil de decir.

Los Benson pensaron que se parecía a su hijo David.

El pequeño David Benson había muerto a consecuencia de una infección de poliomielitis en 1953, y dos años después iban sus padres al Orfelinato de St. Andrews con la intención de adoptar un chico. Traían consigo un retrato de David y confesaron francamente que se sirvieron del parecido físico al realizar la elección.

¿Vio Andrew Benson aquella fotografía? ¿Vio -según han supuesto algunos tremendistas irresponsables- las películas caseras que los Benson tomaron de su hijo?

Por nuestra parte, debemos limitarnos a los hechos comprobados, y estos se resumen en que Mr. y Mrs. Louis Benson, de Pasadena, California, adoptaron legalmente a Andrew Benson, de 12 años de edad, el 9 de diciembre de 1955.

Y Andrew Benson fue a vivir con ellos, en calidad de hijo. Andrew entró en una escuela pública de enseñanza media. Llego a ser propietario de una bicicleta. Recibió honorarios semanales de un dolar. Y frecuentó el cine.

Andrew Benson frecuentaba los cines sin restricción. Sin ninguna restricción. Así fue durante varios meses, período en el que vio comedías, dramas, westerns, musicales, melodramas. Sin duda vio melodramas. ¿Hubo entre estos films alguno que, exhibido más o menos en 1956, mostrara como un gangster defenestraba a su víctima desde un segundo piso?

Por lo que hoy sabemos, no tenemos más remedio que sospechar la existencia de ese film. Por aquellos días, cuando tuvo lugar el incidente, Andrew Benson fue virtualmente exculpado. Él y otro muchacho habían estado «forcejeando» en un aula después de la clase y el otro muchacho había sufrido una «caída accidental». Al menos, ésta fue la version oficial del suceso. El otro muchacho -hoy coronel de Marines Raymond Schuyler- mantiene hoy día que Benson pretendió asesinarlo deliberadamente.

-Aquel crío era espeluznante -insiste Schuyler-. Ninguno de nosotros congenió realmente con él. Era como si no hubiera nada con lo que congeniar, ¿sabe usted? Quiero decir que él estaba siempre retraído y sujeto a cambios inexplicables. De un día para otro uno nunca sabía con qué iba a salir. Claro, nosotros sabíamos que él imitaba a los actores de cine (era sólo un novato pero había dado ya el golpe en el club dramático), pero nos daba la sensación que los imitaba en todo momento y lugar. Un minuto se estaba quieto y al siguiente, ¡ahí va! Usted conocerá esa historia, la de Jekyll y Hyde. ¿La conoce? Bueno, pues eso le pasaba a Andrew Benson. La tarde que me echó la zarpa habíamos estado incluso hablando amigablemente. Me condujo hasta la ventana y juro ante Dios que cambió ante mis ojos. Como si repentinamente se hubiera hecho un pie más alto y cincuenta libras más pesado, y su rostro era realmente salvaje. Me lanzó por la ventana sin pronunciar una palabra. Por supuesto, yo los tenía en la garganta y quizá pensara que había sufrido un cambio. Quiero decir que a nadie se le ocurriría hacer una cosa así.

Semejante incógnita, si afloró por aquel tiempo, se ha mantenido hasta ahora sin respuesta. Sabemos que Andrew Benson llamó la atención del Dr. Max Fahringer, psiquiatra infantil y consejero guía del colegio, y que su examen inicial no reveló anormalidades aparentes en la personalidad ni en los modelos de conducta. El doctor Fahringer, sin embargo, sostuvo largas charlas con los Benson y como resultado de las mismas se prohibió a Andrew la asistencia a proyecciones cinematográficas. Al año siguiente, el propio doctor Fahringer se ofreció voluntariamente a examinar al joven Andrew: indudablemente, su interés se había incrementado por las sorprendentes habilidades dramáticas que el muchacho mostraba en sus actividades extraescolares.

No tuvo lugar más que una entrevista y es de lamentar que el doctor Fahringer no trasladara sus descubrimientos al papel ni que los comunicara a los Benson antes de su repentina y violenta muerte a manos de un desconocido asaltante. Se creyó (o se lo creyó la policía, al menos, por entonces) que uno de sus primeros pacientes, internado en una institución en calidad de psicópata, podía haber sido el causante del crimen.

Todo cuanto sabemos es que ello ocurrió poco después de haber asistido a una reposición local de la película Man in the Attic, en la que Jack Palance hace el papel de Jack el Destripador.

Es interesante examinar hoy día algunas de las llamadas «películas de terror» de aquellos años, incluyendo las reposiciones de las primitivamente interpretadas por Boris Karloff, Bela Lugosi, Peter Lorre y tantos otros.

Obviamente, no podemos asegurar con certeza que Andrew Benson estaba violando los deseos de sus padres adoptivos y asistiendo furtivamente a proyecciones cinematográficas. Pero si lo hizo, es bastante probable que frecuentara algunos de los pequeños cines de la vecindad, muchos de los cuales eran de reestreno. Pues sabemos, a tenor de los comentarios de sus compañeros de clase durante aquellos años de enseñanza media, que «Andy» estaba familiarizado -de manera casi omnisciente, podría decirse- con los amaneramientos de tales reposiciones.

La evidencia es a menudo conflictiva. Joan Charters, por ejemplo, está dispuesta a «jurar sobre la Biblia» que Andrew Benson, a la edad de 15 años, era «el vivo retrato de Peter Lorre... los mismos ojos saltones y demás cosas». Mientras que Nick Dossinger, que asistió a las mismas clases que Benson un año más tarde, asegura que «se parecía a Boris Karloff talmente».

Aunque la adolescencia conlleve un considerable incremento de estatura en el corto tiempo de un año, es casi imposible de creer que un «vivo retrato de Peter Lorre» pueda metamorfosearse en un asténico tipo Karloff.

Hay muchos testimonios dignos de crédito durante estos años de la vida de Andrew Benson, pero casi todos ellos inciden en destacar el fenomeno de su talento mímico y su irrebatible habilidad para las encarnaciones ad libitum de los actores de cine. Al parecer, había caracterizado a todos sus compañeros y contemporáneos de cabo a rabo.

-Decía que prefería imitar a los actores de cine porque eran más grandes -afirma Don Brady, que fue compañero suyo en el último año-. Le pregunté qué quería decir con «más grandes» y contestó que los actores de cine eran más grandes en la pantalla, a veces de veinte pies de punta a punta. Y dijo: «¿Por qué molestarse con las personas pequeñas cuando uno puede ser grande?» Oh, muchacho, era un carácter original del todo, un tipo único.

Las frases se repetían. «Extraño», «excéntrico» y «volado» son términos pintorescos pero altamente esclarecedores. Y parecía haber muy pocos recuerdos de Andrew Benson como un compañero de clase como los demás, en el papel ordinario de adolescente, o como un simple amigo. Lo único recordado es el imitador, generalmente con admiración y, con bastante frecuencia, con disgusto rayano en la aprensión.

-Era tan bueno que lo asustaba a uno. Claro, eso era cuando hacía sus caracterizaciones. El resto del tiempo apenas te percatabas de que estaba allí.

-¿Sus clases? Sí, creo que las acabó como todo el mundo. No estuve muy al tanto.

-Andrew era un estudiante normal. Podía responder cuando se le preguntaba, aunque nunca lo hacía voluntariamente. Sus notas fueron las corrientes. Tenía la impresión de que era más bien retraído.

-No, nunca tuvo muchas citas. Ahora que lo pienso, no recuerdo que saliera nunca con chicas. Nunca le presté mucha atención, excepto, claro está, cuando se ponía a actuar.

-No sé lo que quiere usted decir con acercarse a Andy. No sé de nadie que pareciera tener amistad con él. Fuera de sus reproducciones dramáticas estaba siempre tranquilo y quieto. Pero cuando las emprendía, era como si se tratase de una persona diferente... era realmente grande, ¿no cree? Siempre supusimos que acabaría en el Pasadena Playhouse.

Los recuerdos de sus contemporáneos son aptos frecuentemente para arribar a sucesos que no envolvieron directamente a Andrew Benson. Los años 1956 y 1957 son todavía recordados por los estudiantes de enseñanza media de la zona que nos ocupa como los años del toque de queda. Era un toque de queda voluntario, naturalmente, pero estrictamente observado, no obstante, por la mayoría de chicas estudiantes al tanto de lo que se llamaron «crímenes del hombre lobo»: una serie de crímenes salvajes y todavía sin resolver que aterrorizaron a la comunidad durante algo más de un año. Algunos aspectos canibalescos en el asesinato de cinco muchachas llevaron a la prensa sensacionalista a calificar al asesino como «hombre lobo». La serie del Wolf Man, producida por la Universal, había vuelto a llenar las pantallas por aquellos días y quizá esta circunstancia permitió tamaña asociación.

Pero regresemos a Andrew Benson; creció, fue a la universidad y vivía la vida propia de un hijastro. Si sus padres adoptivos fueron un tanto estrictos, él no hizo queja alguna. Si lo castigaron porque sospechaban que abandonaba su habitación por la noche, tampoco se quejó ni negó el hecho. Si se mostraron aprensivos porque temían que desobedecía la prohibición de ver películas, no manifestó ninguna abierta oposición.

El único choque conocido entre Andrew Benson y su familia se produjo como resultado de la llana negativa de sus padrastros a instalar un aparato de televisión en casa. Si estaban al tanto o no del posible fomento de la habilidad mímica de Andrew o si habían desarrollado una mera alergia hacia Lawrence Welk y su estirpe, es difícil de determinar. Como fuere, se resistieron a la adquisición de un aparato de televisión. Andrew rogó y suplicó, señalando que «necesitaba» la televisión como un complemento en su futura carrera dramática. Su argumento tenía alguna justificación, pues en su último curso Andrew había sido «reconocido» por el famoso Pasadena Playhouse, y hasta se había hablado de la posibilidad de una futura carrera profesional sin necesidad del aprendizaje normal.

Pero los Benson fueron inexorables en lo concerniente al televisor; por lo que podemos conjeturar, se mantuvieron inexorables hasta el día de su muerte.

Los infortunados sucesos tuvieron lugar en Balboa, Panamá, donde los Benson poseían una pequeña casa de campo y mantenían un yate de pequeñas proporciones. Los ancianos Benson y Andrew se adentraban por el Canal Catalina cuando el yate volcó en aguas agitadas. Andrew logró aferrarse al casco hasta que fue rescatado, pero sus padres adoptivos perecieron. Accidente bastante común; uno ha visto en el cine docenas de accidentes parecidos.

Andrew, poco después de cumplir los dieciocho, fue internado nuevamente en un orfanato, pero un orfanato con plenas características de agradable hogar y con la expectativa de convertirse en heredero cuando cumpliera los veintiuno. La propiedad de los Benson estaba administrada por el abogado de la familia, Justin L. Fowler, y concedió al joven Andrew unos honorarios semanales de cuarenta dolares, cantidad más que suficiente para cubrir los gastos de un recién graduado de enseñanza media, aunque no para permitirle vivir con derroche.

Es de temer que se sucedieron violentas escenas entre el joven y el abogado de la familia. No hay lugar aquí para traerlas a colación y detalle, ni para condenar a Fowler por lo que parecía ser -al menos superficialmente- el desarrollo de una fijacion.

Pero hasta la noche en que fue atropellado por un vehículo que se dio a la fuga, el abogado Fowler se mantuvo casi obsesionado por el deseo de probar que el joven Benson era legalmente incompetente, si no algo peor. Ciertamente, fue su investigación la que permitió el descubrimiento de los escasos hechos concernientes a la vida de Andrew Benson que hoy día pueden ser considerados dignos de crédito.

Hubo algunas hipótesis -uno duda si dignificarlas con el término «conclusiones» -, que extrapoló en apariencia a partir de sus magros descubrimientos o que fabricó sin fundamento alguno. A menos que, naturalmente, tuviera en su poder detalles hoy día fuera de control. Sin la base de tales detalles no hay forma de corroborar lo que no parecía sino una serie de fantásticas conjeturas.

Un ejemplo al azar, como recuerdo de las distintas conversaciones que Fowler sostuvo con las autoridades, será suficiente.

-No creo que el chico sea siquiera humano, al menos en lo que respecta a este asunto. Por el simple hecho de aparecer en las escaleras del orfanato se le llama expósito. Mutante puede ser un término más apropiado. Sí, ya sé que nadie cree en tales cosas. Y si uno habla de las formas vitales de otros planetas, se le ríen en la cara y le dicen a uno que se vaya a freír espárragos.

»¿Mutante? Probablemente sea éste un término más exacto de lo que su estrecho significado implica. Me refiero a la forma en que él se transforma cuando ve las películas. No, no es necesario que me crea a mí, pregunte a cualquiera que lo haya visto actuar desde siempre. Mejor aún, pregunte a aquellos que nunca lo han visto y que sólo lo han contemplado en sus imitaciones privadas de los actores de cine. Descubrirá usted que hay muchísimo más que una simple imitación. Él se convierte en el actor. Sí, quiero decir que sufre una transformacion física total. Camaleón. O alguna otra forma de vida. ¿Quién podría decirlo?

»No, yo no pretendo entenderlo. Ya sé que no es "científico", según su forma de entender la ciencia. Pero eso no quiere decir que sea imposible. Hay muchas formas vitales en el universo y nosotros sólo podemos hacer cábalas sobre un reducido número de ellas. ¿Por qué no podría alguno poseer una sensibilidad anormal para la mímica?

»Usted sabe el efecto que el cine puede tener sobre los que llamamos "seres normales", aunque sea bajo ciertas condiciones. El espectador cinematográfico se queda bajo un estado hipnótico, y puede usted comprobarlo preguntando a los psicólogos. Oscuridad, concentración, sugestión... todos los elementos están presentes. Y existe también la sugestión posthipnótica. Nuevamente me respaldarían los psiquiatras en esto. Muchas personas tienden a identificarse con algunos de los personajes que aparecen en la pantalla. Aquí es donde interviene nuestro adorado héroe, y ésta es la razón por la que existen los aficionados a los westerns y a los films policíacos y toda la pesca. Se supone que la gente común sale del cine fantaseando sobre los héroes y heroínas que han visto en la pantalla; imitándolos también.

»Obviamente, esto es lo que Andrew Benson hace. ¿Y si suponemos que lo que hace es ir un poco más allá? ¿Y si suponemos que es capaz de ser lo que ve retratado? ¿Y que escoge exclusivamente los personajes malvados? Se lo digo, es necesario investigar los crímenes perpetrados desde hace unos años a esta parte. No sólo el asesinato de aquellas chicas, sino también el de los dos doctores que examinaron a Benson cuando este era un niño, y es más: la muerte incluso de sus padres adoptivos. No creo que esas cosas fueran accidentes. Creo que algunas personas se acercaron demasiado a su secreto y que Benson las quitó de en medio.

»¿Por qué? ¿Cómo podría yo saber el porqué? Ni siquiera se lo que busca cuando asiste al cine. Pues está buscando algo, eso se lo garantizo. ¿Quién podría saber lo que tal forma vital se propone hacer o cuáles son sus propósitos respecto de sus poderes? Todo cuanto puedo hacer, es advertirle.

Es fácil desechar que el abogado Fowler fuera un tipo paranoide aunque no que resultara tal vez injusto, a la hora de evaluar las razones de su arrebato. Que sabía (o creía saber) algo, es evidente de por sí. Como prueba, en la noche de su muerte estaba parecer a punto de confeccionar un informe con sus descubrimientos.

Deplorablemente, cuanto quedó no fue sino un preámbulo, en forma de cita de Erie Voegelin, relativas a las rígidas y pragmaticas actitudes del «cientifismo», por llamarlo así:

«(1> está supuesto que la ciencia matematizada de los fenómenos naturales es un modelo científico al que todas las otras ciencias deben adaptarse; (2) que todos los reinos de los seres son accesibles según los métodos de las ciencias de los fenómenos; y (3) que toda realidad que no tenga acceso a las ciencias de los fenómenos o es irrelevante o, en la forma más radical del dogma, ilusoria.»

Pero el abogado Fowler está muerto y nosotros no podemos tratar sino con la vida, con Max Schick, por ejemplo, el agente de películas de cine y televisión que visitó a Andrew Benson en su casa poco después de la muerte de los ancianos Benson y le ofreció un contrato inmediato.

-Usted es un genio nato -le dijo Schick-. Deje de preocuparse por lo del Pasadena Playhouse. A nadie le interesa esto. Puedo demostrárselo ya, créame. Con lo que usted es capaz de hacer, borraremos a Marlon Brando del mapa. Claro, empezaremos por cosas menores, pero yo sé dónde está el chollo. Lo principal es que pueda introducirse entre los grandes por donde sea. Nada de musicales adocenados, ¿me sigue? Los estudios no se reparten de buenas a primeras y aunque usted cayera en uno, acabaría en las filas de los don nadie. No, el trato es conseguir para usted un primer puesto y un cartel más allá de las eventualidades. Y, como le dije, yo se dónde está el meollo.

»Iremos a un pequeño productor independiente, ¿me capta? Debe haber como una docena operando ahora, y haciendo todos lo mismo. Sólo hay una clase de películas que combine el bajo costo con los grandes beneficios y esa clase es la de la ciencia-ficción.

»Sí, como me oye, una película de ciencia-ficción. ¿Qué me dice, que nunca ha visto una? ¿Está usted majara? ¿Cómo es posible? ¿Quiere decir que jamás vio ninguna película de ciencia-ficción?

»Ah, su familia, ¿eh? ¿Se lo tenían prohibido? ¿Y sólo se exhibían en los cines del centro?

»Bien mirado, muchacho, le digo que ya es hora, eso es lo que le digo. ¡Ya es hora! Mire, para que sepa usted de lo que estamos hablando, lo mejor es que vaya a ver una ahora mismo. Estoy seguro. tienen que estar poniendo alguna en algún cine del centro. ¿Por qué no va esta misma tarde? Tengo un trabajo que terminar en mi oficina: lo llevo en mi coche y se va a ver la película y luego acude a mi oficina, al salir.

»Claro que puedo dejarle mi coche. Es usted mi invitado.

Así fue como Andrew Benson vio su primera película de ciencia-ficción. Fue y volvió en el coche de Max Schick (como excesiva coincidencia hay que señalar que fue, al caer la tarde de aquel día, cuando el abogado Fowler devino víctima del atropello) y Schick tuvo buenas razones para recordar la aparición de Andrew Benson en su oficina justo después del crepúsculo.

-Tenía una expresion en su rostro que no era de este mundo -declara Schick.

»-¿Qué tal la película? -le pregunté.

»-Maravillosa -me dijo-. Justo lo que había estado buscando todos estos años. Y pensar que no conocía esas cosas.

»-¿Qué no conocía qué? -pregunté. Pero dejó de dirigirse a mí. Dese cuenta. Hablaba consigo mismo.

»-Sabía que tenía que haber algo así -decía-. Algo mejor que Drácula, que el monstruo del Dr. Frankenstein y todo eso. Algo más grande, más poderoso. Algo que podía convertirse en realidad. Y ahora lo he conocido. Y ahora voy a hacerlo.

Max Schick es incapaz de mantener la coherencia a partir de este punto. Pero su informe directo no es necesario. Desgraciadamente, todos nosotros sabemos lo que ocurrió a continuación.

Max Schick estaba sentado en su sillón y observó el cambio de Andrew Benson.

Lo vio crecer. Vio aumentar sus ojos, sus antenas, sus retorcidos tentáculos. Lo vio retorcerse e hincharse, llenando la habitación hasta que, reventando las paredes, no hubo sino aquel verde y gigantesco horror, aquella monstruosidad de sesenta pies de altura que quizá nacido del cerebro de un guionista de cine, tal vez engendrado más allá de las estrellas, pero con certeza existente y sin duda alimentado en los lejanos reinos, allende el mundo tridimensional y allende los tridimensionales conceptos de la salud mental.

Max Schick nunca olvidará aquella noche, como tampoco, claro está, la olvidará ningún otro.

Aquella fue la noche en que el monstruo destruyó Los Ángeles...