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El flautista de Hamelín - James Finn Garner

El pintoresco pueblecito de Hamelín poseía todo cuanto una comunidad puede desear: industrias no contaminantes, un tráfico ordenado y una amplia y equilibrada diversidad etnorreligiosa. De hecho, sus autoridades habían logrado ilegalizar o proscribir todos aquellos elementos que podrían haber impedido a sus ciudadanos el desarrollo de una existencia gratificante y confortable. Todos, esto es, menos el depósito de caravanas y remolques.

El depósito de caravanas emplazado en las lindes de Hamelín era una vergüenza para la comunidad. No solo constituía un espectáculo horroroso, con sus camionetas enmohecidas y sus patios llenos de montones de chatarra, sino que albergaba a algunos de los ciudadanos más irreformables e irrecuperables que cabe imaginar: asesinos de animales silvestres, antiguos huéspedes del sistema correccional y conductores de motocicletas todoterreno. Sus adornos de plástico para el jardín, el ensordecedor volumen de su música y las alcoholizadas disputas que libraban cada fin de semana bastaban para estremecer a cualquier ciudadano respetable.

Un día, como consecuencia de un rally especialmente escandaloso, las autoridades del poblado celebraron una asamblea. Tras un acalorado debate, decidieron que, de un modo u otro, tenían que erradicar la presencia de aquella lacra. 

Sin embargo, a nadie se le ocurría el modo de lograrlo sin violar ni infringir los derechos de las personas que allí habitaban. Finalmente, tras interminables sesiones de oratoria, y considerando que bastante ocupados estaban ya con cuestiones de mayor importancia —tales como la depreciación de la propiedad inmobiliaria—, decidieron descargar aquella tarea en terceras personas. En consecuencia, optaron por anunciarse públicamente para reclamar ayuda externa a la solución de sus problemas.

Apenas hubieron publicado su anuncio, llegó al poblado un forastero. Se trataba de un individuo verticalmente privilegiado y de peso inferior a la media correspondiente a su estatura. Su vestimenta se componía de prendas combinadas de un modo jamás visto o imaginado anteriormente, y tanto sus modales como el agudo tono de su voz resultaban decididamente únicos. 

Si bien parecía provenir de algún mundo ajeno (pero no demasiado diferente) al nuestro, no tardó en ganarse la confianza de los desesperados líderes de la población. —Me comprometo a librar al pueblo de los habitantes del depósito de caravanas —dijo aquel forastero tan notablemente peculiar—, pero debéis prometer que me recompensaréis con cien monedas de oro.

Las autoridades del pueblo no veían el momento de solucionar tan desagradable asunto, por lo que aceptaron de buen grado. Cuanto antes desapareciera el depósito de caravanas, antes podrían todos volver a concentrar la atención en sus propias, abiertas y progresistas conciencias.

Y así, aquel sujeto de tan inhabituales características puso manos a la obra. De su ajada mochila extrajo una pequeña grabadora de avanzadas posibilidades. Cuantos le rodeaban le observaron atentamente mientras insertaba unas cuantas cintas magnetofónicas, ajustaba los diales y comprobaba los niveles de sonido. A continuación, comenzó a mascullar algo frente al micrófono incorporado al aparato. 

Nadie alcanzó a oír con exactitud sus palabras, pero todos creyeron percibir cierta falta de coherencia en ellas. Súbitamente, cesó en sus murmullos, se puso en pie y comunicó a las altas jerarquías del poblado que necesitaría un camión equipado con un sistema de comunicación pública.

Las autoridades se apresuraron a satisfacer aquella extraña exigencia. Lograron localizar un camión de las características necesarias en el Departamento de Biodiversidad Pública y le entregaron las llaves a aquel hombre de tan singular naturaleza. Este subió al vehículo, insertó la cinta magnetofónica en el equipo de sonido, puso el motor en marcha y se encaminó al depósito de remolques seguido por todos los presentes.

El camión avanzaba lentamente. Al poco rato, comenzó a surgir música de sus altavoces. Se trataba fundamentalmente de tonadas al estilo country, alternadas con algunos clásicos tales como La balada de los boinas verdes y Los jinetes fantasmas del cielo

Las autoridades del poblado no pudieron por menos de sentirse extrañadas, hasta que advirtieron que los habitantes del depósito comenzaban a abandonar sus remolques, cobertizos y tabernas con expresión vidriosa y echaban a andar con paso incierto y expresión vidriosa sin dejar de hablar entre ellos.

—Voy a ver si consigo un empleo —decía uno de ellos—. Tengo entendido que en la feria necesitan gente. —Yo intentaré ingresar en el círculo de tractoristas profesionales —dijo otro. —¿Creéis que podría ganarme la vida ofreciéndome como voluntario para experimentos médicos? —inquirió un tercero.

Los residentes del depósito de remolques continuaron su camino en pos del camión a medida que este avanzaba lentamente hacia las afueras del pueblo. Al poco rato, la comitiva desapareció sobre el horizonte, y todas las autoridades prorrumpieron en vítores.

Al cabo de una hora aproximadamente, regresó el camión, ya en solitario. 

—Los he conducido a todos hasta la autopista —declaró el forastero de sobresaliente peculiaridad mientras descendía del vehículo—. Allí están, intentando que alguien les lleve a cualquier sitio que no sea Hamelín. Pueden considerar el depósito a su disposición para cualquier cosa que deseen hacer con él. 

—¡Magnífico! —dijo una de las personalidades de la población en calidad de portavoz—. Ahora que se han marchado, podemos implementar nuestros planes para el establecimiento de un Centro de Reorientación de Refugiados del Tercer Mundo. Gracias, gracias. 

—Y ahora, si son tan amables de abonarme las cien monedas de oro acordadas, seguiré mi camino. 

—Bien... esto... el caso es que Hamelín es una ciudad que apuesta por el establecimiento de una economía basada en el capital humano y no en la mera explotación de los recursos físicos. En consecuencia, querríamos sugerirle que aceptara esta cartilla de cupones, que le permitirán beneficiarse en Hamelín de servicios tales como masajes gratuitos y cursillos encaminados a la liberación de su inconsciente infantil.

El hombre de peculiares características aguzó la mirada. —Prometieron pagarme cien monedas de oro —dijo, gradual y visiblemente irritado—. Páguenme lo acordado o habrán de sufrir las consecuencias. 

—Si prefiere renunciar a su parte de responsabilidad a la hora de convertir el mundo en un lugar más igualitario —gorjeó el portavoz—, así sea. Se le hará entrega de un pagaré oficial de Hamelín, intercambiable por una significativa porción de su valor nominal en numerosas oficinas de cambio y tiendas de licores de las poblaciones circundantes.

El hombre de singular naturaleza vaciló y, por fin, dejó escapar una risita enigmática y volvió a encaramarse al camión. Antes de que nadie pudiera detenerle, recorrió uno por uno todos los barrios de Hamelín. A medida que avanzaba, los altavoces iban entonando una música extraña y aguda que nadie alcanzó a reconocer. Inmediatamente, los niños de Hamelín comenzaron a abandonar sus hogares y sus terrenos de juego. 

Con mirada vidriosa, se agruparon en las calles intercambiando solemnes comentarios que no escaparon a los oídos de las autoridades del poblado. —El mercado libre es el único medio seguro para proporcionar a la gente incentivos personales encaminados a la construcción de una sociedad mejor —comentaba un niño. —Debemos respetar el derecho de los ciudadanos a preservar la pureza étnica de sus vecindarios —afirmaba otro. —Nuestra única obligación como sociedad es asegurarnos de que todos sus componentes cuentan con igualdad de oportunidades —declaró un tercero.

A medida que los pequeños iban formando asociaciones de desobediencia fiscal y grupos de milicias armadas, las autoridades del pueblo fueron advirtiendo con pesar que todos sus años de cuidadosa planificación social no tardarían en convertirse en humo. Al día siguiente, descubrieron el camión de propaganda estacionado en las afueras de la población, pero no hallaron rastro alguno del misterioso individuo al que habían intentado estafar.