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Dilvish, El Maldito - Roger Zelazny (Parte 2 y última)

Estaban cabalgando con el ocaso y la luz del sol poniente servía para enturbiar en parte, aunque no todas, las agitadas visiones que flotaban alrededor: los amenazadores árboles de apariencia consciente cuyas ramas oscilaban como huesudos dedos, con un tacto frío, flojo y molesto; las criaturas grisáceas que daban vueltas y que de vez en cuando se lanzaban hacia Dilvish y se apartaban de los tajos de su espada; los seres tentaculares que se deslizaban detrás de Black, con las extremidades extendidas pero incapaces de seguir el paso del animal metálico, y el viento helado que parecía más que viento, lleno de veloces escamas y franjas negras, con olor a sepultura... En cuanto a los ocasionales ruidos de animales que oía, Dilvish no supo de qué versión de la realidad procedían.

Conforme el sol descendía por el oeste y las sombras se alargaban, el otro mundo y su constante luz plateada iba predominando en el duelo por dominar los sentidos de Dilvish. Si acaso, el mundo fantasma parecía más brillante, aunque sus nieblas eran proporcionalmente más densas. 

Dilvish se sintió agobiado por la posibilidad de que los objetos de aquel plano pudieran cobrar densidad con respecto a él mientras el día decaía en su mundo.

Algo de elefantinas proporciones se aproximaba por la izquierda de forma amenazadora. Avanzaba con rapidez para su tamaño, pero no podía igualar el paso de Black y pronto quedó atrás y se perdió de vista. Dilvish suspiró y miró al frente. Zarcillos, sólo en parte palpables, fustigaron sus calzones y mangas.

Cuando Black aflojó el paso para doblar un recodo del camino, Dilvish notó un peso repentino en la espalda y garras que se clavaban en sus hombros.

Tras revolverse y extender las manos, agarró un cuello bajo una grotesca cabeza con pico que se proyectaba hacia la suya. La fuerza del impacto y los movimientos le forzaron a soltarse de la silla. 

Al caer del lomo de Black, el mundo fantasma se desvaneció. La criatura, similar a un ave y del tamaño de un perrillo, dejó escapar un grito agudo y gorjeante, agitó sus membranosas alas al tocar el suelo, pero Dilvish la agarró con fuerza y se revolvió para caer encima de ella.

El extraño animal dio la vuelta debajo de Dilvish nada más caer, trató de alejarse dando tirones y agitó las alas contra la cabeza del hombre. Tras liberar su cuello de otro tirón, dio un salto atrás y miró alocadamente en todas direcciones. A continuación se lanzó al aire y planeó hacia la derecha de la senda hasta desaparecer entre los árboles.

—¿Qué ha pasado? —preguntó Dilvish, acercándose a Black.

—Has logrado transportar a esa criatura del plano fantasma al nuestro —replicó Black—. La habías cogido cuando perdiste el contacto con el circuito del cinto, y la has tirado al suelo contigo. Felicidades. Tengo la impresión de que eso no ocurre muy a menudo.

—Vámonos de aquí antes de que vuelva —dijo Dilvish mientras montaba—. La sensación de éxito está bastante embarullada. ¿Qué hará ese animal en nuestro mundo, de todas formas?

—Probablemente seguirte para intentarlo otra vez —respondió Black—. Pero apuesto a que no durará demasiado. No sabe mucho de nuestro mundo y los predadores olerán la diferencia perfectamente. Algo acabará liquidándolo. —Black prosiguió la marcha—. Aunque será muy interesante —añadió en tono meditativo— si se topa con algún pollo.

—¿Por qué? —inquirió Dilvish.

—Conozco a ese animal por mis viajes en el otro plano, hace mucho tiempo —dijo Black—. Si uno de ellos llega aquí y encuentra gallinas, al poco tiempo hay nidadas de basiliscos. Les gusta comprobar con gallinas, y ese es el resultado normal. —El camino era recto y Black apretó de nuevo el paso—. Por fortuna, los basiliscos tampoco duran mucho en este plano.

—Es agradable saberlo —dijo Dilvish, agachándose bajo una rama fantasma, mientras su visión se adaptaba al otro plano.

La luz diurna huyó del mundo normal, y las formas de este se volvieron sombrías e inmateriales. El otro plano cobró mayor brillantez, más apariencia sólida. Para comprobarlo, Dilvish extendió la mano y arrancó una alargada hoja, aserrada y oscura, de un árbol que se agitó con el paso de Black. 

De inmediato la hoja se enrolló en la mano y sus puntas horadaron la piel con la sensación de una infinidad de picaduras de insecto. Dilvish maldijo mientras se la arrancaba y la tiraba.

—Curiosidad otra vez —observó Black—. No atormentes a las plantas. Son muy sensibles.

Dilvish replicó con una obscenidad y se frotó la mano.

Siguieron cabalgando varias horas, a velocidad mayor que la que cualquier caballo puede mantener. Dejaron atrás grandes y amenazadoras criaturas; otras más pequeñas y más rápidas las eludieron o se enzarzaron brevemente con ellas. Dilvish sufrió picaduras en el muslo izquierdo y en el brazo derecho.

—Eres muy afortunado, no se hallan entre los ejemplares venenosos —había comentado Black.

—¿Por qué no me siento afortunado? —había replicado Dilvish.

Finalmente llegaron a una elevación del terreno en el otro mundo, aunque el camino continuaba recto y llano. Hasta entonces habían encontrado declives y descensos en su plano, creando la impresión de cabalgar por el aire sobre el brillante paisaje, pero en ese momento Dilvish pensó por primera vez que iba a meterse en la ladera de la colina.

—¡Despacio, Black! ¡Despacio! —gritó Dilvish, en el mismo instante que una silueta humana salía de la grieta de una roca situada a la derecha para tomar posición en la senda ante ellos—. ¿Qué...?

—Lo veo —dijo Black—. He estado haciendo comprobaciones. Puedo mencionar que el paraje no es famoso por su habitación humana.

La figura, la de un viejo con una oscura capa, hizo un gesto con el bastón como si les rogara que se detuvieran.

—Paremos y veamos qué desea —dijo Dilvish.

Black se detuvo. El anciano sonrió.

—¿Qué desea? —preguntó Dilvish.

El viejo levantó una mano. Respiraba con dificultad.

—Un momento —dijo—. Debo recuperar el aliento. He estado proyectándome por todas partes, tratando de localizarlos. Duro trabajo.

—El cinto —dijo Dilvish.

El otro asintió.

—El cinto —convino—. Estás llevándolo en mala dirección.

—¿Sí?

—Sí. Por esto no recibirás nada de los kallusanos, ni siquiera las gracias. Son un pueblo bárbaro.

—Entiendo —dijo Dilvish—. Apuesto a que sois sacerdote de Salbacus, en Sulvar.

—¿Cómo podría negarlo? —preguntó el hombre—. Por desgracia, no poseo el poder de transportar un objeto como el cinto de un plano a otro ni de un lugar a otro. Por tanto, es precisa vuestra cooperación. Quiero asegurarles que serán bien recompensado por ello.

—¿Qué desea, exactamente, que haga yo?

—Desde este plano, observamos el hurto del cinto —respondió el anciano—. Previendo el robo, nuestro ejército ya estaba movilizado. Nuestros oficiales empezaban a trasladarlo en esta dirección cuando Fly se apoderó del cinto. Nuestro ejército prosigue su marcha, pero los kallusanos lo saben y se han movilizado. También los elfos vienen hacia aquí, desde el oeste.

—¿Pretende decir que estoy entre dos ejércitos movilizados?

—Exactamente. Bien, también tenemos destacadas fuerzas de ataque y grupos de exploración. Hay uno a menos de media hora en este camino. Lleva la estatua del templo de Salbacus. Sería más sencillo que diera media vuelta y fuera a su encuentro. Devolviera el cinto y el oficial del grupo le daría un salvoconducto para ir a Sulvar. Sería un héroe allí, y le pagarían bien. Por otra parte, también hay gente nuestra que pretende acabar con usted...

—Espere  un momento —dijo Dilvish—. Ser un héroe y recibir buen pago siempre es agradable, pero ¿qué me dice de este plano y de las bestias que veo ahora mismo y que se acercan de nuevo?

El sacerdote se echó a reír.

—El primer sacerdote de Salbacus que tenga ese cinto en sus manos anulará la maldición, no tema. ¿De acuerdo?

Dilvish no replicó.

—¿Qué opinas, Black? —musitó.

—Parece menos costoso matarte que recompensarte —respondió Black—. Por otro lado, los kallusanos se alegrarán de recuperar lo que les pertenece, y saben que tú no fuiste el primero en cogerlo porque conocen al ladrón.

—Cierto —dijo Dilvish.

—¿De acuerdo? —repitió el sacerdote.

—Creo que no —replicó Dilvish—. El cinturón es de los otros.

El sacerdote meneó la cabeza.

—No creo que alguien que cabalga por la campiña haga cosas como esta simplemente porque piensa que es correcto —dijo—. Es perversidad, eso es. Ese cinto ha sido robado y recuperado tantas veces que hemos perdido el rastro del principio de las cosas. No defienda espectrales nociones de honor, dando vueltas como un molino de viento y sin llegar a ninguna parte. Sea razonable.

—Lo lamento —dijo Dilvish—. Pero así va a ser.

—En ese caso —dijo el otro—, las tropas lo recogerán de sus restos.

Bajó su bastón de tal modo que la punta quedó extendida, como una lanza, hacia Dilvish. Al instante, Black se encabritó y el fuego danzó en sus ojos y el humo ondeó en su hocico.

En ese momento, un hombre bajito y regordete que vestía una capa marrón y también llevaba un bastón, salió de la grieta de la roca.

—Un momento, Izim —dijo, volviendo el bastón hacia el otro.

—¡Maldita sea! ¡Precisamente cuando acababa mi turno! —observó el sacerdote de Salbacus.

—Forastero, sigue cabalgando —dijo el recién llegado—. Soy sacerdote de Cabolus. Una fuerza de Kallusan se dirige hacia aquí, llevando la estatua de Cabolus. En cuanto el cinto ciña su cintura, las cosas se resolverán satisfactoriamente.

El sacerdote de Salbacus atacó con el bastón al segundo hombre, que paró el golpe, respondió y saltó a un lado. De inmediato, apuntó la punta de su bastón hacia el otro hombre y brotó una oleosa llama. El sacerdote llamado Izim bajó su báculo y de la punta salieron chorros de vapor que mojaron la llama del otro. Atacó de nuevo con el bastón y el otro paró el golpe.

—¡Se me ha ocurrido una duda! —gritó Dilvish— ¡Con respecto a la identificación! Con tantas tropas y dioses avanzando por la campiña, ¿cómo se distingue la estatua de Cabolus de la de Salbacus?

—¡Cabolus tiene la mano derecha levantada! —gritó el sacerdote bajito mientras golpeaba en el hombro al otro.

—¡Si cambia de opinión —exclamó Izim mientras hacía tropezar al otro—, Salbacus tiene la mano izquierda levantada!

El sacerdote de inferior estatura rodó en el suelo, se levantó y golpeó al otro en el estómago.

—Sigamos cabalgando —dijo Dilvish, y Black se adentró en la ladera y se hizo la oscuridad.

Dilvish perdió la noción del tiempo con la claustrofobia que siguió. Luego, vagamente, su mundo apareció como si lo viera a través de una nube de humo. Miró hacia atrás por encima del hombro y vio que había salido la luna.

—Espero que al menos hayas aprendido a no entablar conversación con personas que tratan de robarte —dijo Black.

—Bien, debes admitir que ese hombre tenía un relato interesante.

—Estoy seguro de que Jelerak dispone de fascinantes relatos, si de eso se trata.

Dilvish no respondió. Miró fijamente el lugar donde una lucecita había aparecido entre los árboles.

—¿Fuego de campamento? —dijo por fin.

—Yo diría que sí —replicó Black.

—Kallusanos o sulváreos, me pregunto...

—No creo que hayan puesto un letrero.

—Afloja el paso. Yo diría que se impone la clandestinidad.

Black obedeció y sus movimientos se hicieron silenciosos. Dilvish continuaba experimentando la sensación de estar bajo tierra, de que su mundo normal era un paraje en sombras alrededor de él mientras se desplazaban a un lado del camino, dejaban este y se adentran en el bosque. Black siguió hacia la izquierda y hacia adelante, describiendo una trayectoria circular en dirección al fuego. Dilvish esperaba no salir pronto de la colina fantasma, para no confundirse con imágenes dobles.

El bosque que recorrían parecía espectral; todos los sonidos se confundían y árboles y piedras tenían un rasgo apagado, como en un sueño. Las ráfagas de un apenas perceptible viento ponían en movimiento las ramas de los árboles que, como gestos en lo alto, se percibían a ambos lados. Dilvish creyó oír un aleteo detrás de él en un momento dado, se detuvo, aguardó, observó y no vio nada más. Nada surgió para desafiarle. Prosiguieron después por el oscurecido paisaje, hasta que Dilvish olió la hoguera y escuchó tenues sonidos de voces masculinas.

—Será mejor que continúe a pie —dijo Dilvish—. Las botas elfas son magníficas para acechar.

Black se detuvo.

—Me tomaré tiempo y te seguiré en silencio —dijo—. Si me necesitas de repente, estaré allí en seguida.

Dilvish desmontó. Al separarse de Black y del cinto de la alforja, la noche perdió en parte su característica espectral, como si el mundo se destapara poco a poco. El olor a moho y tierra mojada se hizo más intenso. El volumen de los sonidos nocturnos aumentó. Las voces del campamento también parecían más fuertes, el fuego más brillante.

Dilvish avanzó agachado entre los árboles protectores, y caminó a gatas e hizo más lentos todos sus movimientos al acercarse al borde del campamento. Finalmente se detuvo y observó. Al cabo de un rato Black llegó muy despacio junto a él y se quedó totalmente inmóvil.

Había allí una decena de hombres, recostados o yendo de un lado a otro del campamento, todos ellos portando armas y ataviados como para la guerra. Diversos caballos estaban atados contra el viento. La tierra estaba muy pisada y en algunos puntos parecía removida. 

Había ramas diseminadas por todas partes, tal vez para alimentar la hoguera. Más allá de esta y hacia la izquierda había una litera de plataforma. Asegurado y atado encima de ella había algo similar a una estatua, por lo que Dilvish pudo ver. Su visión estaba obstruida en parte por los dos hombres que se encontraban conversando ante la estatua.

—¡Muévanse, maldita sea! —dijo en voz baja Dilvish.

Pero transcurrieron varios minutos antes de que ello sucediera. Cuando los hombres se apartaron por fin, empero, Dilvish suspiró.

—Muy bien —musitó a Black—. El brazo derecho está levantado. Puedo devolver el cinto a la banda de Cabolus y quedar fuera del juego.

Se levantó, retrocedió, abrió la alforja y sacó el cinto.

—Aguardaré aquí —dijo Black—, preparado.

—Perfectamente —dijo Dilvish, y avanzó.

Se abrió paso por una pantalla de ramas y se quedó inmóvil. Jamás era buena práctica entrar corriendo sin previo aviso en un campamento militar, decidió. Un instante después el hombre, al que había considerado oficial, se volvió hacia él. Varios soldados próximos a la hoguera repararon también en su presencia y se levantaron con las manos extendidas hacia sus armas. Dilvish alzó su vacía mano derecha.

—¿Han recibido un mensaje —preguntó— relacionado con el cinto?

El hombre que había supuesto estaba al mando del grupo permaneció inmóvil un instante y luego asintió. Avanzó.

—Sí —dijo—. ¿Lo tiene?

Dilvish levantó la mano izquierda y dejó que el cinto se desenrollara como una impetuosa cascada.

—Lo cogí al hombre que lo robó —afirmó—. Él murió.

Avanzó, extendiendo el cinto.

—Tómenlo —dijo—. Lo aguardábamos desde la última visita de nuestro sacerdote. Nosotros...

Dilvish se detuvo; había notado debajo del pie algo blanco de un matorral de altas hierbas. Se agachó de pronto, cogió un objeto y lo levantó.

Lo que sostenía era una mano de hombre.

—¿Qué es esto? —exclamó mientras la soltaba.

Saltó hacia un lado y sacó la espada. Hundió la punta del arma en un lugar donde la tierra estaba removida. Era una tumba poco profunda. Un movimiento de barrido dejó al descubierto un fragmento enterrado de pierna.

El oficial se abalanzó hacia él con el rostro contorsionado, pero Dilvish agitó la espada en posición de guardia. El otro se detuvo al instante y levantó una mano para detener a sus hombres, que avanzaban hacia ellos.

—Una patrulla de sulváreos nos atacó aquí antes —explicó—. Los superamos y les ofreció un entierro decente... más de lo que ellos habrían hecho por nosotros, estoy convencido.

—Y luego actuaron para eliminar cualquier indicio del conflicto...

—¿A quién le gustarían semejantes recuerdos siniestros alrededor del campamento?

—En tal caso, ¿por qué taparlos donde cayeron, estorbando? ¿Por qué no trasladarlos a cierta distancia? Hay algo extraño aquí...

—Estábamos cansados —dijo el oficial— después de marchar durante un día entero. Déjalo así, forastero. Entrégueme el cinto ahora y se librará de su carga.

Extendió una mano y dio un paso al frente.

—A menos que...

El soldado dio otro paso y el arma de Dilvish se agitó hacia él.

—Un momento —dijo Dilvish—. Se me acaba de ocurrir otra explicación.

—¿Qué sería...? —preguntó el oficial, deteniéndose de nuevo.

—Supongamos que son los sulváreos. Supongamos que hubieran caído sobre este destacamento de kallusanos, que los hubieran matado a todos... y luego, tras haber recibido el mensaje de que yo venía hacia aquí, se apresuraron a limpiar todo esto y esperaron para reclamar el cinto...

—Eso es mucho suponer —dijo el oficial—, y al igual que muchas historias descabelladas, no sé ninguna forma de refutarla.

—Bien, tal como yo lo entiendo, el bando del dios que luce el cinto es el que tiende a ganar estos conflictos. —Dilvish dio un paso hacia la izquierda, se puso de lado, sin dejar de mantenerse en guardia y retrocedió hacia la estatua—. Por tanto, voy a devolver el cinto a Cabolus y seguiré mi camino.

—¡Alto! —exclamó el oficial mientras desenvainaba su espada—. ¡Sería sacrílego que sus manos no sagradas realizaran ese acto! 

—Lo he llevado encima muchas horas —dijo—, y por lo tanto el daño ya debe estar hecho... y aquí no veo a nadie que tenga un aspecto particularmente sacerdotal... Correré el riesgo.

—¡No!

El oficial se lanzó hacia él, con la espada en alto. Dilvish paró el golpe y contraatacó. Oyó ruido de cascos, y una silueta negra con apariencia de caballo salió del bosque y cayó sobre los otros hombres que corrían hacia Dilvish.

Black aplastó a varios soldados con su ímpetu inicial. Después dio media vuelta, se empinó y atacó con los cascos... y Dilvish supo que el fuego estaba ardiendo en su montura.

Dilvish se deshizo de su rival con un tajo en el cuello y continuó retrocediendo ante el ataque de otros tres hombres.

Dilvish cayó apoyado en una rodilla y acometió con la espada una maniobra que el soldado más cercano no había previsto. Pero los otros dos se separaron y trataron de cercarle.

Al otro lado del claro, brotaron las llamas de Black, y Dilvish oyó los gritos de los que caían ante ellas.

Dilvish esquivó al soldado que estaba a su derecha y se abalanzó sobre el otro, y trabó combate con él. En cuanto las espadas chocaron, no obstante, comprendió que había cometido un error. 

El hombre era rápido, en cuanto a destreza, por encima de la media. No parecía haber forma de acabar con él rápidamente o hacerlo retroceder para enfrentarse con el otro, que en ese mismo momento debía estar preparándose a saltar sobre Dilvish. 

Este, casi frenéticamente, empezó a dar vueltas, con la esperanza de colocar a su adversario entre él y el segundo soldado. Sin embargo, su rival se opuso a la maniobra, haciendo más lento su retroceso en diagonal. Y por el rabillo del ojo Dilvish vio que Black estaba demasiado lejos para acudir a tiempo en su ayuda.

Escuchó de nuevo el silbido, y el batir de alas. Reconoció a su némesis del plano fantasma, que volaba hacia él entre los árboles.

Dilvish paró el golpe de su adversario, saltó hacia atrás y se lanzó agachado ante el segundo soldado, con la espada en alto, en posición de guardia.

La deslizante sombra había virado hacia él mientras saltaba. Ya muy cerca, la criatura abrió las alas pero no logró detenerse a tiempo. Chocó con la espalda del segundo soldado, que cayó entre Dilvish y el otro. El caído se revolvió y atacó a la bestia con su espada. El animal saltó por debajo de la hoja, le hirió en el hombro y le buscó la cara con las garras.

Todavía agachado, Dilvish atacó la corva del otro hombre, que chilló ante el impacto. Tras levantarse, vio la oportunidad de asestar un golpe definitivo y lo ejecutó.

Al volverse, Dilvish vio que el ave fantasma acababa de perforar con su pico el cuello del hombre caído y estaba apartándose de la roja fuente que allí brotaba, con sus oscuros ojos fijos en él. Batió con fuerza las alas y saltó hacia Dilvish.

La espada centelleó y la cabeza de la criatura voló hacia la derecha mientras el cuerpo continuaba avanzando, despidiendo un fluido azul claro por el muñón del cuello. Dilvish se apartó y el cuerpo pasó junto a él y siguió corriendo sin rumbo después de tocar el suelo.

Dilvish comprobó que no había atacantes lanzándose hacia él; Black continuaba pateando cuerpos. Envainó la espada y desandó el camino de la lucha en busca del cinto, que había caído durante la pelea. Se agachó por fin y lo recogió cerca del cadáver del primer atacante. Lo limpió de tierra y se volvió hacia la estatua.

—Aquí está, Cabolus —anunció mientras avanzaba—. Voy a devolverte el cinto. Apreciaría mucho que despidieras a las bestias del plano fantasma y anularas mi visión del lugar. Lamento que mis manos no estén limpias, pero han tenido que pasar por ahí.

Se arrodilló y colocó el cinto alrededor de la cintura de la estatua. De inmediato notó que se suavizaba la luz en las proximidades, y las facciones toscamente talladas que tenía ante él le parecieron más naturales aunque menos humanas. Retrocedió acto seguido mientras brotaba luz de las cuencas oculares y en la mano alzada.

—¡Muy bien! ¡Oh, muy bien! —sonó una voz detrás.

Dilvish dio media vuelta y se encontró ante la figura poco menos que sólida del grueso sacerdote que había conocido con anterioridad. El ojo izquierdo del recién llegado estaba cerrado por la hinchazón y en la frente tenía una herida. Se apoyaba con fuerza en su bastón.

—Los combates astrales parecen tan duros como los normales —observó Dilvish.

—Tendría  que ver al otro sacerdote —dijo el visitante—. Ha hecho un buen trabajo, forastero —y en ese instante el sacerdote señaló el campamento—, con un excelente sacrificio de sangre para calentar el corazón del viejo Cabolus.

—La razón ha sido un poco más temporal que espiritual —observó Dilvish.

—No importa, no importa... —musitó el sacerdote—. Se ha granjeado la buena voluntad de Cabolus. Puesto que el equilibrio ha vuelto a romperse, pronto celebraremos un festín en Sulvar, y habrá ejecuciones, incendios y excelente botín. Será recompensado por vuestra colaboración.

—Ya que habéis recuperado el cinto, ¿por qué no limitarse a dar por concluido el asunto y volver al hogar?

El sacerdote enarcó una ceja.

—Está  bromeando —dijo—. Ellos empezaron. Necesitaban una lección. De todos modos es nuestro turno. Ellos han hecho lo mismo con nosotros en vida mía. Y además, las tropas ya están en marcha. Imposible hacerlas regresar en este momento sin alguna acción, habría problemas. No, esa es la esencia del asunto. En realidad, algunos soldados llegarán aquí dentro de poco. Puede unirse a nuestro bando. Será un honor combatir por Cabolus... y tendrá una parte del botín.

Mientras tanto, Black se había acercado en silencio y estaba escuchando.

—Me pregunto —dijo por fin la negra montura— si habrá encontrado alguna gallina mientras estaba por aquí... —Estaba contemplando la cabeza caída del ave fantasma.

—Gracias por vuestra amable oferta —dijo Dilvish a la imagen del sacerdote—. Pero me espera un largo viaje y no deseo demorarme. Renuncio a mi parte del botín. —Montó a Black—. Buenas noches, sacerdote.

—En tal caso, el templo reclamará vuestra parte —dijo el sacerdote, sonriente—. Buenas noches pues, y que la bendición de Cabolus lo acompañe.

Dilvish se estremeció antes de saludar con una inclinación de cabeza.

—Pongamos pies en polvorosa —dijo Black—, y evitemos cualquier campo de batalla.

Black se volvió hacia el sur y se adentró en el bosque, dejando en el claro manchado de sangre la reluciente estatua del brazo levantado y al nebuloso sacerdote del ojo hinchado. La descabezada ave fantasma fue dando tumbos por el claro una vez más, y cayó después, agitando las alas y derramando fluido, cerca de un cadáver y de la hoguera. 

En lontananza sonaban las vibraciones de una tropa de caballería en pleno avance. La luna flotaba más alta, pero las sombras eran claras y vacuas. Black bajó la cabeza y todo desapareció dando vueltas.

La tarde siguiente, en otro camino que serpenteaba hacia el sur a través del bosque, una mujer joven salió corriendo de los árboles y se acercó a los viajeros.

—¡Buen caballero! —gritó a Dilvish—. ¡Mi amado yace herido en lo alto de esta colina! ¡Unos salteadores nos atacaron hace poco! ¡Por favor, vengan y ayúdenlo!

—Alto, Black —dijo Dilvish.

—Claro —dijo Black en un siseo casi inaudible—. Es uno de los juegos más viejos del libro. Tú la sigues y un par de hombres armados te tienden una emboscada. Los derrotas y la mujer te dará una cuchillada en la espalda. Incluso hay baladas con este tema. ¿No aprendiste nada ayer?

Dilvish contempló los hinchados ojos de la joven, observó cómo retorcía sus manos.

—Ella podría estar diciendo la verdad, compréndelo —dijo en voz baja.

—¡Por favor, caballero! ¡Por favor! ¡Venga en seguida! —gritó la mujer.

—Aquel primer sacerdote tenía bastante razón, diría yo —observó Black.

Dilvish le dio una palmada en el cuello y hubo un tenue sonido metálico.

—Maldito si lo dices, maldito si no lo dices —comentó Dilvish mientras desmontaba.

Ejércitos - Eduardo Vaquerizo

 Se levantó del barro luchando contra la viscosidad, temblándole las rodillas, resbalando una y otra vez sobre la arcilla empapada de una pequeña ladera rodeada de pinos. Se miró el cuerpo. Estaba cubierto por una complicada cota de cuero curtido y remachado en hierro. La suciedad opacaba el metal de los clavos. Hacia calor. La luz de lo alto,  en el cielo grisáceo, le dañaba los ojos haciéndole parpadear.

No tenía idea ninguna en su mente, solo remolinos de emociones apenas formuladas qué giraban caóticamente sin lograr asirse a nada. Notó un tirón en el pelo y se tocó una enorme costra de sangre semicoagulada en una sien. Nada mas hacerlo fue consciente del intenso latido de dolor que le sacudía todo ese costado de la cabeza.  Estaba herido.

A su lado había un largo objeto de metal. Sin saber porque, lo cogió y comenzó a andar. El cielo le deslumbraba con su intensa palidez lechosa. Debía ser poco más de mediodía. Los pinos goteaban agua y de vez en cuando alguna ráfaga de aire removía olores a tierra mojada, a aliaga y a algo mas que no conseguía identificar. 

Caminó entre los árboles aún con paso inseguro. Un poco mas abajo había robles, cerca cantaba un arrollo. Se aproximó al agua y metió la cabeza dentro intentando matar el latido de dolor que le torturaba. El agua estaba fría, sintió el golpe helado en el rostro subir hasta la nuca. El tirón de la corriente jugaba con su pelo, le acariciaba las mejillas como con dedos de acero afilado. Sacó la cabeza del agua notando como la sangre le acudía a la piel para calentarla y descubrió que tenía la boca pastosa, como anegada de polvo. Bebió largamente, directamente de la corriente.

Se sentó en una peña y poco a poco el remolino que era su mente empezó a dar señales de querer parar. Y casi fue peor, pues cuando las hilachas de incoherencia dejaron de moverse descubrió que no había nada detrás de ellas, no recordaba quién era, como se llamaba, donde estaba y porque. 

Todavía tenía aquella pieza de hierro agarrada en la mano, sujeta por un mango cubierto de algo blando y de fácil agarre. "Espada" era su nombre. La blandió un par de veces en un gesto que su cuerpo reconocía como habitual. Recorrió la hoja buscando inscripciones. No tenía ninguna. Era una delgada lámina de acero muy afilado, anónima y letal. Se tocó la sien herida, aturdido, mientras un pájaro carpintero repiqueteaba en la lejanía. 

Tras un rato de reposo, comenzó a andar  siguiendo el arroyuelo, sin ninguna idea fija, con la mirada todavía errabunda sobre aquel paisaje que no recordaba. En un par de kilómetros el arroyo dejó atrás peñas y abruptas pendientes y se fue engrosando hasta terminar en una presa artificial, un remanso de agua rodeado de pinos y rocas sobre el que volaban las aves rozando con sus picos las aguas. Rodeó aquella masa acuática sintiendo que conocía aquello, pero sin poder recordar nada más. Se paralizó cuando escuchó un rebufo detrás de unas rocas. Se acercó lentamente, intentando no hacer ruido, hasta asomar la cabeza por encima de la peña.

Se extendía entre rocas y árboles un claro cubierto de hierba rala. El caballo piafaba mascando la hierba que crecía entre los cadáveres. Había cientos de ellos, ensartados en lanzas, cubiertos de sangre, con miembros, ojos y tripas arrancadas, despojos teñidos de rojo. Algunos tordos y cornejas volaban de aquí para allá pellizcando carne de donde podían.

Se sentó sobre la peña mirando aquella escabechina, tocándose la sien que ya no sangraba, intentando hacer acudir a su cabeza palabras que explicasen aquello.

Bajó de la peña y camino por el pequeño calvero espantando a los pájaros y al caballo. Los cadáveres descansaban en las mismas posturas en que habían caído. Ni uno solo de ellos estaba libre de terribles heridas, cabezas aplastadas, pechos hendidos, chuzos clavados en ojos. 

Había dos uniformes diferentes entre los caídos, uno de los cuales era igual a las ropas que vestía. Los otros estaban construidos mezclando cuero sin teñir y terciopelo rojo. No vio pendones, ni insignias en los pechos. ¿Tendría que haberlos?

Se detuvo delante de una de aquellas caras estragadas. Casi era como un dolor físico. Se sujeto la cabeza acariciando la herida en la  sien con dedos nerviosos. Aquel rostro... era algo conocido, movimiento, gritos, dolor... recordaba apenas un trazo luminoso, un rostro inidentificable y luego la oscuridad. 

Aquella cara, por otro lado vulgar, le producía malestar físico. A pesar de él se obligó a mirarla, intentando descifrar en el jeroglífico de sus rasgos la razón de su turbación. El rostro ancho de mandíbulas, con una sombra de espesa barba, de nariz corta, los pómulos elevados y las cejas pobladas, le devolvía su ensangrentada y silenciosa mirada sin poder responder a sus preguntas.

Un sonido como un trueno lejano, muy tenue aún, le extrajo de su concentración. Miró al cielo sin saber porque. Sintió miedo y corrió al bosque a esconderse en la espesura. Al poco un gran objeto de metal y cristal resoplando y manteniéndose en el aire sin ayuda de nada visible, se detuvo sobre el claro.   

Intentaba recordar pero no conseguía adivinar que era aquello, solo tenía la sensación de que no era peligroso, sin embargo permaneció oculto. El objeto bajo hasta el suelo y se poso sobre unas patas flexibles. Enseguida se abrieron unas puertas y de ellas salieron cuatro cilindros pintados de blanco moviéndose sobre largas patas metálicas como de araña. En el centro del cuerpo tenían estarcida una gran cruz roja.

Las patas delanteras de las arañas terminaban en garras. Usándolas extrajeron cajas de metal de la parte de atrás de la máquina y metódicamente introdujeron en ellas toda la carne que se pudría en el calvero, cada caja para un hombre, algunas veces procurando que no se olvidase en el terreno ningún miembro.

Cuando acabaron, las cuatro arañas blancas se internaron en el bosque moviéndose rápidamente con sus ocho patas articuladas apenas haciendo ruido sobre la pinaza. Una de ellas avanzó en su dirección. No era miedo, ya no, sino urgencia lo que le hizo subirse al pino. La araña pasó a su lado, evidentemente buscando mas cadáveres. Al rato volvieron arrastrando un par mas de cuerpos, que metieron en cajas. 

Sin transición ninguna, las arañas, el aparato y su estruendo desaparecieron dejando el claro vacío, extraño sin el ruido atronador y el aire levantado. Camino por el desierto prado sin meta clara. Quedaban apenas jirones de tela, charcos oscuros, armas corroídas. Levanto del suelo un puñal teñido de orín. Hubiera jurado que poco antes aquel acero relucía.

Caminó sin rumbo a través del bosque, intentando no pensar. Si lo hacía, el dolor de la sien volvía.  Las luces del mediodía oscilaban desde el tamiz de las hojas. Algunas chicharras cantaban desde peñascos recalentados y se cruzo con un lagarto que le hizo dar un respingo.

Pronto advirtió que estaba  siguiendo inconscientemente el curso del río cuya agua fluyó más calma, apenas rompiendo en espuma. Algún que otro marjal anunciaba agua estancada. Repentinamente los árboles desaparecieron y el valle se abrió a una ancha zona de praderas y matorrales. 

Al lado del rio se erguía una casa de piedra. Caminó con mas cautela. No se veía a nadie. La casa tenía grandes ventanales de madera y una terraza que daba a las montañas. Estaba construida de grandes bloques superpuestos sin necesidad de argamasa. Se acerco lentamente — La puerta de la terraza parecía abierta — conteniendo la respiración... nada, no se escuchaba nada.

— ¡UHHHH!

Alguien le había puesto la mano en el hombro. Automáticamente su cuerpo desenvainó el acero y lanzó un tajo hacia atrás. Noto como algo grande se movía deprisa esquivándole.

— Ehhh, que no es para tanto. Tanto, tanto, tanto.. . tanto tiempo perdido, lejos, ayer vi una mariposa y la mariposa a mí. Que terror, que pánico, ¿qué mariposa si no existen mas que ellas?

Detrás de él le miraba una extraña parodia de ser humano. Unos ojillos negros y brillantes perdidos en una mata de pelo, una maraña donde se confundían cejas, bigote, barba y melena. El inmenso pecho lo tenía ceñido de borrego sujeto por hebillas de madera, y un tabardo cubriéndole las piernas, anchas como columnas.

— Soy Iogo y me has cortado. Quizás tendría que matarte. JA, JA, JA, JA, JA. Que chiste, que me muero de risa. JA, JA

Se estaba poniendo colorado por el esfuerzo. Cayó al suelo sujetándose las tripas, con la mandíbula excesivamente distendida mostrando una perfecta y amenazadora dentadura. Tenía un corte no muy profundo en un brazo, pero que sangraba profusamente regando el suelo al ritmo de sus espasmos de risa. 

Al cabo de un minuto pareció calmarse. Le miró con los ojos muy abiertos y después entró a la casa. Tardo apenas un instante en volver con dos taburetes y un atado que desplegó mostrando un queso, pan  y una bota de vino. Se sentó en uno de los taburetes apoyando la espalda en la casa y comenzó a comer a la sombra mirando hacia las montañas y bebiendo vino con generosidad.

Se sentó en el otro taburete y solo después descubrió que estaba realmente cansado y hambriento. La situación le pareció irreal, pero por otra parte todo se lo parecía, así que decidió dejar de preguntarse cosas y comer.

Cuando el queso iba promediado el barbudo habló

— Esta noche lloverá. Tus amigos no podrán jugar. Quédate conmigo, en mi casa, que es de todos.

— ¿Mis amigos?

— Negro eres, negro llevas en el cuerpo, los rojos te buscaran, los negros te vengaran, los rojos te buscaran, los negros te vengaran, los rojos te buscaran, los negros te vengaran, los rojos te buscaran, los negros te vengaran. Y así hasta el final.

Transcurrió un rato de deglutir en silencio. La larga cicatriz en el brazo del hombre tenía un aspecto rojo oscuro, cubierta de coágulos grandes y ya duros. Le pareció fascinante mirarla, ver como seguía el contorno de los músculos de debajo de la piel.

 

— Yo... no te envidió, todo el día por ahí, a caballo, o sin caballo, esperando una flecha o una espada, o una maza, o una roca en la cabeza. Aburrido. Sin embargo yo aquí, lejos de la ciudad,  de sus médicos hurgamentes. Feliz. JE, JE, JE.

Entro los dos acabaron con el queso y el vino. Aquel hombretón volvió a desaparecer dentro de la casa y a aparecer con dos hamacas. Sin esperar a nadie, se tendió sobre una e inmediatamente estaba durmiendo profundamente.

Lo miró, aquel corpachón henchido de queso y vino, oscilando con profundas respiraciones. Y porque no. También se tumbó.

Oscuridad, un destello de hielo, un golpe, la necesidad de agarrarse, el suelo que venía corriendo y al final se abría en millones de flores microscópicas, una blanda cama de abrazos, de pieles rozadas, relámpagos sedosos que se deshacían en  olas nerviosas, ondulaciones carnosas que nacían de sus nervios y dominaban el paisaje de su cuerpo. ¿Esto es la muerte? Que dulce. ¿Pero es la gran muerte, o solo una mas, una vulgar, de esas producidas en serie en las micrococinas de los muchos dioses?

Volvió nadando del océano desconocido, pero en el fondo, junto a las algas, los sentimientos de muchos brazos y las conchas rellenas de negritud, también se quedaron las palabras.

 Se despertó con la agradable sensación de que todo estaba en su sitio. Abrió los ojos y vio una techumbre de madera, un nido de golondrinas en un rincón del tejadillo. Afuera el sol calentaba todavía con furia, el aire era un fluido de brillo resplandeciente, la brisa de la montaña refrescaba su cuerpo y las chicharras cantaban. 

Para confirmar su sensación placentera buscó las palabras, el sitio, el tiempo, su nombre. No había nada, sólo angustia, mudez. Se irguió de golpe. El hombretón no estaba. Un golpe sordo y un salpicar monstruoso le hicieron volver la vista. Iogo estaba bañándose desnudo en una piscina formada por un remanso del río.

Recordó su anterior experiencia con el agua del río y su mano fue automáticamente  a la sien. No había ya herida, solo suciedad pegajosa, ninguna cicatriz ni abultamiento. Algo le recordó su sueño El océano de vida

Hacia calor, mucho, y la pesada cota le estorbaba. Se la quitó, también las botas y los pantalones de piel. Al dejar en el suelo la espada miro al brazo de Iogo. No tenía ya vestigio ninguno de la herida.

El agua estaba meramente fría, no helada. Se sumergió y dio un par de brazadas para entrar en calor. Sin transición, como si siempre hubiesen estado allí, emergió del agua y contemplo a aquellos hombres a caballo que lo miraban desde la orilla. Vestían  uniformes rojos, y miraban impasibles desde lo alto de sus monturas. Pensó rápidamente en su ropa, estaba entre unas matas, oculta a su vista.

— Buen baño. — Hablaba el mas alto de ellos, sin sonreír ni lo más mínimo.

— Buen baño, año, paño.— respondió Iogo entre grandes risotadas y un gran aspaviento de agua y espuma.

— No nos importaría refrescarnos, pero de momento solo pararemos unos instantes. ¿quiénes sois?

  Turistas de ciudad, gente del campo, eremitas, nadie.

Como sin darles importancia Iogo salió del agua, y se tendió en una peña a secarse. No supo que hacer, solo miraba los uniformes rojos, los tabardos tendidos sobre las pieles de los bayos y las grandes espadas, los arcos. Nadie hablaba, parecían cansados, aburridos. 

Solo el hombre que había hablado conservaba una determinación oculta, una mirada penetrante constantemente sobre él. Se dio cuenta en ese momento que no le había quitado ojo desde que llegaran. Quizás sospechasen. Sospechar, ¿el que?, ¿Quién era? ¿Los negros eran los suyos? ¿Lo matarían solo como precaución?  ¿Le valdrían sus explicaciones de que no recordaba nada? Una furia fría,  un fluido medio congelado que se derramaba de su corazón, le inundo. Apretó los puños y la mandíbula sin saber muy bien contra qué dirigir su rabia.

Al final salió del agua el también y se tendió en la piedra caliente, con la cara al sol. Le costo cerrar los ojos, esperaba en cada momento el sonido de una espada cortando el aire. Al final solo escuchó los cascos hendiendo las piedras. 

En ese momento de silencio, antes de escuchar la retirada, había logrado focalizar un movimiento, gritos, el recuerdo de un golpe, una honda invasión de dolor dentro de su cabeza y .... la nada. Se incorporó luchando contra el resplandor del sol, intentando reconocer la zona. Solo una rama tronchada y algunas bostas indicaban por donde se habían marchado. Se vistió y siguió ese camino. Iogo ni siquiera había despertado de su segunda siesta. 

 Reía por dentro mientras descendía por una torrentera, procurando no erguirse y no hacer mucho ruido. Se sentía bien físicamente, perfectamente capaz de moverse ágilmente por entre jaras y zarzas, siguiendo a distancia a los hombres a caballo. No sabía porque los seguía, no recordaba motivos, palabras que le justificasen. Pero lo que si reconocía era el placer de la caza, el ansía con la que sostenía el pomo de la  espada.

Aquellos hombres se detuvieron al anochecer, en un calvero en el que había una gran peña en el centro y una fuente a su vera. Los contó, veinte. Muchos para él solo. Desde lejos observó como desmontaban y se tendían a descansar. De las mochilas y bolsillos sacaron unas pequeñas cajas marrones y verdes. Algunos las colocaron cuidadosamente sobre el suelo y las activaron. Un resplandor tenue y azul salía de las cajas y se extendía por el suelo como un breve niebla a un palmo del terreno. 

Vio como alguno de ellos se sentaba encima y como la niebla cedía y se acomodaba a su cuerpo. No se sorprendió, podía imaginarse encima de uno de aquellos artefactos e incluso evocar su mullidez. Sin embargo no sabía su nombre. 

Encendieron algo parecido a un fuego, una llama amarilla y amplia que salía de otra de aquellas cajitas. Aquella llama rompió la penumbra del anochecer y el relente húmedo del bosque, aunque no llegó hasta donde él estaba. Contempló como colocaban centinelas y empezó a sentirse incomodo y frío sobre la rama en que estaba encaramado.

Su ánimo también se había enfriado. Había muchas preguntas rondándole la cabeza y ese impulso que le hubiera llevado a atacar a aquellos hombres de los que nada sabía, se estaba desvaneciendo con rapidez. Justo cuando estaba empezando a desplazarse para buscar un buen sitio donde pasar la noche, bruscamente  un cono de luz blanca iluminó el claro. Era el ruido que ya conocía, ese trueno continuo y el aire desplazado y removiendo la quietud del bosque. 

El vehículo se poso con delicadeza en el escaso sitio que le quedaba libre entre los petates. De él salieron varios hombres con vestiduras rojas que fueron recibidos con calurosos abrazos y risas.

No vio a las  arañas por ningún sitio, y tras ver que los saludos y las conversaciones en voz alta disminuían y que los centinelas empezaban a ejercer su función, decidió buscarse un lecho nocturno. Se hizo una cama de brezos debajo de una peña, un sitio recogido y a resguardo de miradas y posibles lluvias. 

Dentro de su refugio la cabeza era de nuevo un remolino, sabía que dentro de él estaban todavía las piezas, solo tenía que encontrarlas, fácil sino le rehuyesen corriendo por laberintos de ideas y sensaciones. Cuanto más ímpetu ponía en encontrarlas más difícil era. Pronto las espirales de significados que se perseguían dejaron de importarle y con el sueño se hicieron difusas, lejanas.

La oscuridad le recubría. Él era la oscuridad, negritud de noes invadiendo el espacio, comiéndoselo para construir infinitas parcelas de nada, concentrados universos de ceros tan grandes como galaxias. Y en ese instante enorme apareció un movimiento peristáltico, el terciopelo negro de la nada se ondulaba, torcía su materia creando pliegues que lo extraían de su esencia, lo devolvían... ¿a dónde? ¿Al ruido de metal, al grito, al relámpago de dolor?

Era de noche aún. La luna estaba alta entre las ramas. Se arrebujó aún más en su cota mientras sentía como su cuerpo temblaba un poco. El silencio del bosque no era total. Ululaba alguna ave lejana, y un ábrego desagradable enfriaba a la par que removía las hojas de robles y brezos. Y había algo más. Moviéndose como pedazos de niebla, lentos y silenciosos, hombres anónimos resbalaban por la noche, pálidos brillos de acero traspasaban como lanzazos de luz el tejido de la oscuridad del bosque. 

Se levantó cautelosamente oteando alrededor. No vió a nadie, pero los sentía, apenas un susurro allí, un roce mas allá. Sin pensarlo comenzó a avanzar semiagachado como alguien acostumbrado al acecho, sumergido en sombras tan densas como la nada y esquivando pozos de delatora claridad  lunar.

Eran una docena, no mas, y caminaban delante de él apenas pisando la hojarasca, las caras y las armas oscurecidas de barro. De nuevo se adueñó  de él un goce profundo incapaz de ser opacado por pensamientos; acechaba a los acechantes y hasta la última fibra de su cuerpo disfrutaba con el juego del ocultarse, del silencio y los amagos de luz y sombra.

Sin previo aviso la silueta del un hombre se interpuso en su camino. Su puño cerrado  y sosteniendo la espada se quedó elevado, tenso para descargar una tremenda fuerza. En la oscuridad plateada del bosque le apuntaba una ballesta de hoja ancha, con el cranequín tensado al máximo. Se detuvo, al igual que lo hizo el otro hombre, ambos boquiabiertos, detenidos en la tensión previa a la violencia del golpe y el disparo. 

Recordaba esas facciones, esa cara llana, excesivamente lampiña, la nariz grande y los ojos muy juntos. No podía bajar el puño y al parecer él tampoco podía disparar. El otro rompió la inmovilidad a la vez que una ancha sonrisa le iluminaba el rostro. Soltó la ballesta y después lanzó sobre él unos brazos enormes, fuertes, que le estrujaron con cariño. 

Sin saber porque se sintió bien, muy bien, como si estuviese regresando a su casa, una casa que no recordaba en un mundo que no comprendía. El otro —que ahora veía era rubio— bajo la capucha e intentó hablarle con tan poco volumen que casi no le entendió.

— Cuanto tiempo, cuanto tiempo... menudo golpe te dieron, tardaste mucho en volver. Creíamos que lo habías dejado, y la verdad, nos haces falta, ya sabes, después de la última batalla somos menos, menos que nunca. Es el mejor momento, ahora podemos igualar el tanteo.

Con un gesto de simpatía e ímpetu le indicó que siguieran avanzando. Se sentía tan feliz que asintió en silencio y continuó moviéndose en medio del laberinto de ramas, oscuridad y esquiva luz lunar. Se acercaban al sitio donde los hombres vestidos de rojo habían acampado y dormían en sus extrañas camas. El rubio le hizo un gesto para que se detuviese, y luego señalo hacia arriba. Le costó trabajo al principio, pero al rato distinguió la silueta  de un hombre subido en una alta rama. Era un centinela.

—Toma, dispara tú, que siempre has tenido mejor puntería.

En un primer momento no supo que hacer con la ballesta, luego sus dedos encontraron el lugar apropiado, la madera y el metal se amoldaban a sus manos. Cargo el cranequín apoyando el pie en el estribo y tirando de la cuerda. Después colocó el dardo y apunto cuidadosamente a la silueta. Sabía que apenas tendría parábola y que el viento no influiría. Aún así se fijó bien en que dirección se movían las ramas. 

Cuando sintió estabilizada la ballesta, tensó lentamente el dedo índice esperando que el gatillo saltase el resorte. Como una exhalación el dardo cruzó el silencio del bosque y la silueta cayó al suelo apenas sin ruido. Continuaron avanzando en silencio. Podía ver a los otros, manchas negras en medio del suave resplandor lunar. Avistaron el campamento enseguida. 

Todo estaba en silencio, el  pequeño fuego, desgastado ya, apenas iluminaba con un resplandor rojizo los cuerpos tendidos, bultos informes que agitaban los pechos en la profundidad del sueño. Notaba como le sudaban las palmas y se las secaba continuamente para conseguir un mejor agarre de la espada. 

Esperaron unos instantes interminables. Miro a su amigo, el rubio del que no se acordaba ni del nombre y este le devolvió la mirada, y había excitación en ella. Semiagachado sus hombros estaban encorvados por la tensión. En esos momentos, mirando al claro, de nuevo cruzó por su visión una espesa línea de movimiento, un cegador resplandor y luego la nada. Había sido un golpe lo que le derribase, un golpe en la cabeza. Él pertenecía a aquella hueste de soldados, solo que no lo recordaba, no recordaba nada.

Alguien gritó y todos se abalanzaron sobre el claro. Las espadas y mazas bajaron inmisericordes destrozando huesos, cortando carne.  Algunos de los de bermellón lograron despertar y blandir sus armas, y se debatían estupefactos, recién salidos del sueño. Perdió al rubio, y desde ese momento, abandonado a sus propios recursos, fue su cuerpo el que tomo las riendas, manejando la espada, esquivando golpes, tajando a diestra y siniestra.

Al poco el combate se encarnizó. El grueso del campamento estaba unos metros mas allá, lejos del primer ataque. Alguien había calculado mal la posición y el grueso del enemigo se estaba recuperando de la sorpresa y contraatacando. Los hombres combatían en la oscuridad, se escuchaban gritos, sonaban los metales al chocar y las cuerdas de las ballestas al soltar los dardos.

En un momento dado se vio frente a un contendiente mas bajo que él pero armado de un pesado espadón que manejaba con imposible habilidad. Repelía sus golpes haciéndolos resbalar sobre el metal y lanzaba amplias circunferencias de muerte que era muy difícil escapar, y mucho menos parar dada la inercia de aquella enorme espada. 

Una vez mas le pareció que aquella situación no era nueva, solo cambiaban las circunstancias. El ardor de la lucha sacó de su cabeza toda pregunta y se aplicó en buscar huecos donde hender con rapidez aprovechando la agilidad de su arma. Resoplaban los dos, revolviéndose entre penachos de vaho que salían de sus gargantas, cambiando mandobles, ataques y fintas que parecían puñados de luz plateada. 

Estuvo apunto de resultar alcanzado por dos o tres molinetes de su contrincante antes que lograse al fin meter el montante en una estocada terrible, directa al pecho, que entró traspasando el pulmón y saliendo por la espalda.

Escucho el sonido agónico del otro mientras caía de rodillas y desensartaba la espada. Repentinamente un resplandor amarillento se extendió como por el bosque oscurecido. Se protegió los ojos como pudo. La luz cambió la escena brutalmente. 

La sangre que teñía su espada ya no era negra sino roja, así como la que goteaba de la boca de su enemigo que se negaba tercamente a caer al suelo a pesar que no podía respirar por tener el pulmón perforado. Pero lo que le paralizó fue la cara del otro. Recordaba esos rasgos, la mandíbula ancha, la nariz pequeña, las cejas espesas. 

Era la misma cara del cadáver que había visto tendido en el campo, con la garganta abierta hasta casi cercenarle el cuello, y era el mismo rostro, el resplandor borroso, lo último que vió antes de que la oscuridad le atrapase con sus fauces de negrura.

Por fin aquel hombre cayo de bruces, todavía removiéndose un poco y pudo levantar la cara, llena de extrañeza, para mirar el nuevo bosque que había nacido del resplandor.  Los hombres habían dejado caer flácidas sus armas al costado y se movían acercándose a la fuente de aquel resplandor. Escuchó el sonido de aire removido, el zumbido, esta vez mas leve. 

Los hombres ya no luchaban, solo sostenían sus armas colgando de los brazos y miraban hacia una plataforma elevada que se mecía suavemente. Las luces provenían de ella. Subido a la plataforma y sujeto a la barandilla había un hombre vestido de negro, sin armas, con unas ropas del todo distintas a las que llevaban los demás. Cuando habló lo hizo con una voz que tronaba entre los árboles.

— Se interrumpe aquí el partido. Hay una alegación comprobada sobre el uso de técnicas prohibidas.

Se elevó un murmullo de desaprobación entre los hombres. La lucha había cesado, quedaron esparcidos por el suelo multitud de cadáveres de ambos bandos. Todavía estaba bajo el efecto del shock, del resucitado vuelto a morir, de ese flash, el rostro borroso, la espada describiendo un arco de acero hacía él. 

La desorientación iba mas allá de algo mental, la sentía como algo físico,  una cadena que ataba su mente impidiéndole comprender aquello. Como en una consecuencia lógica, la furia llegó después, arrasadora, arrastrando tras ella los últimos intentos de comprender. Se abalanzó sobre el primero que paso cerca de él y le corto el estómago con un rápido movimiento del arma. 

El hombre se fue al suelo sujetándose las tripas. Siguió atacando, fintando, corriendo, matando con velocidad porque los hombres no respondían a sus ataques, hasta que un pequeño dardo que zumbaba como una abeja se abalanzó sobre su cuello y una vez mas la realidad se espeso en grumos negrura a su alrededor.

 

Nada, se la escucha rugir como en una tormenta marina, nada. Negrura infinita, sin sueños, vacío. ¿Qué queda? Algunos pedazos sueltos, imágenes, tactos, sonidos, olores, azulejos rotos y flotando en el mar de esta noche interior.

Salió del sueño flotando en posición horizontal. Estaba en una habitación de suaves formas, pliegues de blancura y de azul pastel que se movían como agitados por un viento inexistente. No había líneas rectas en aquella sala, toda la geometría variaba como a impulsos de extrañas ondas líquidas. Un ventanal aproximadamente ovalado daba a un jardín exterior iluminado por el sol.

No vio al hombre hasta que se fijo muy bien. Vestía de un color claro que se confundía con las paredes. Además su cara, su actitud, todo era muy habitual, le daba tanta confianza que costaba percibirlo.

— Buenos días

— Buee.. ¿Dónde estoy?¿quién es usted?

—Todo a su tiempo. Le informo rápidamente: ha sufrido un accidente jugando a Gesta del que su fauna de bioprotección no le ha logrado sacar con el cerebro completo. Si mantuviese esa parte de la memoria sabría que ahora es un desmemo.

— Como ha podido ocurrir eso.

El hombre se levantó con exquisitos ademanes y cruzó hasta la ventana que daba al jardín.

— Ocurre con frecuencia en ese juego. Una fractura de cráneo, el cerebro queda expuesto y se pierde sobre el terreno, o se lo come algún animal... pueden suceder muchas cosas.

El enfermo se levantó sacudiendo la cabeza, intentando comprender.

Le contaré como suponemos que sucedió. Usted cayó muerto por un golpe del otro equipo y quedo tendido lejos del área donde estaba la mayor parte de los muertos. A los otros los recogieron las unidades medicas y se recuperaron bajo condiciones controladas. A usted lo revivió su fauna de bioprotección,  ya sin memoria claro.

— ¿Qué es eso de la fauna de bioprotección?

 

— Sus nanoreparadores que constantemente están chequeando el funcionamiento de sus células.

Sentado en la cama, mirando hacia aquel hombre, intentaba asimilar sus palabras. Muerto, vuelto a revivir, el juego de gesta...

— Será duro volver a aprender tantas cosas de nuevo, pero piense que ha tenido suerte, hay casos de personas recuperadas que no saben ni andar. Volveré luego para seguir charlando.

Observó como aquel hombre salía de la habitación por una puerta que más parecía un pliegue de tela.

Se levantó caminando descalzo por el suelo elástico hasta pararse en la ventana que daba al jardín. Afuera crecían las plantas, se movían los transportes, edificios, inmensas torres que rivalizaban en tamaño y altura con las mismas nubes, se alzaban como los árboles de un bosque megalítico.

¡Tanto que aprender!