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La cólera de García Leguineche - Mercedes Abad

García Leguineche, calificado repetidas veces en el pasado reciente por la crítica como «sin duda el escritor más brillante de su generación», está furioso. Más furioso de lo que recuerda haberlo estado jamás. Tan furioso que probablemente alguien que solo lo conociera por las fotos que aparecen en la prensa o por las de las solapas de sus libros, donde siempre procura lucir media sonrisa traviesa e irónica, no lo reconocería. Con el ceño fruncido, chispas en los ojos, los labios apretados en un rictus belicoso que le tuerce la boca y las aletas de la nariz dilatadas como las de un toro a punto de embestir, parece bastante menos atractivo que en las fotos.

La anciana que pasa junto a él mientras busca histéricamente en los bolsillos de su chaqueta de cuero no solo no ha reconocido «al valor más indiscutible e indiscutido del panorama de las letras actuales» (y por lo tanto no va a saludarlo con efusiva y perruna devoción y arrastrarlo hasta la librería más próxima para comprar un libro suyo y rogarle que se lo dedique), sino que incluso aprieta el paso, diciéndose para sus adentros que los jóvenes de hoy en día tienen cada vez peor catadura. Es obvio que la buena mujer no vio ayer a García Leguineche en el informativo de la tele que se emite en una franja horaria de máxima audiencia.

—Me cago en la leche —dice en voz bajita el escritor sin duda más brillante de su generación después de sacar su móvil, marcar un número y descubrir que su editora comunica.

Mientras espera a que su editora esté en condiciones de ponerse al teléfono, García Leguineche, conocido del uno al otro confín por su prosa vigorosa y vivaz, su estilo punzante, musculoso y mordaz, se encamina a grandes zancadas hacia una librería situada dos calles más allá.

A poco que se tomase la molestia de levantar la cabeza, la cajera de la librería, la séptima que García Leguineche visita esta mañana, reconocería al autor de Una patada en el culo, la obra sin duda más celebrada y mejor acogida de los últimos dos años. Pero está demasiado ocupada garabateando con febril concentración Dios sabe qué en un cuaderno de espiral para registrar algo de lo que la realidad produce incesantemente a su alrededor. Mientras la joven sigue inmersa en sus absorbentes asuntos, García Leguineche recorre la librería de cabo a rabo, buscando con cierto frenesí entre los expositores donde se hallan las últimas novedades.

—Me cago en la leche, me cago en la leche, me cago en la leche, me va a oír esa zorra —murmura entre dientes cada vez más cabreado el insigne ganador del Premio de la Crítica 2002, cuyo jurado alabó el estilo directo y sin concesiones de Una patada en el culo, así como la ambición de una novela descamada que «ofrece una lúcida mirada panorámica sobre la sociedad contemporánea».

—Venga, joder, ponte al teléfono de una puta vez —no se recata de soltar García Leguineche en voz más o menos baja mientras tamborilea con los dedos sobre una pila de libros cuyo ejemplar superior ha vuelto boca abajo para impedir que proclame su título y el nombre de su autor. En vista de que la editora sigue comunicando, la gran esperanza blanca de la literatura se dirige hacia la cajera, que sigue inmersa en lo que escribe.

—Perdona, ¿podrías decirme dónde puedo encontrar ejemplares de Pútridas patrias? —pregunta el escritor sin duda más brillante de su generación en un tono que alarmaría a cualquiera que no estuviera tan absorto como lo está la joven cajera escribiendo lo que tanto podría ser la lista de la compra como un brote creativo, un poema, un diario personal, una novela tal vez.

—¿Eeeh? —La expresión con que la muchacha acompaña el rebuzno es la de quien regresa de mala gana de los remotos confines de una lejana galaxia.

—Perdona que te moleste, pero supongo que te pagan para atender a pelmazos como yo —mientras García Leguineche habla, la cajera abre desmesuradamente los ojos, única señal de que sigue con vida—, así que lo mejor será que muevas tu celulítico culo lleno de granos y me enseñes dónde están los ejemplares de Pútridas patrias.

—¿Putriqué? —pregunta ella como si de verdad se hubiera propuesto pisotear el ego del laureado escritor que no conoce rival entre las apretadas filas de su generación.

Pútridas patrias. Pútridas patrias. ¿Necesitas que te lo repita un par de veces más para que tu velocísimo y eficaz cerebro procese la información?

—No. Pero el libro que usted dice aún no nos ha llegado. —De algún modo, la cajera se las ha ingeniado para que la andanada sarcástica de García Leguineche le resbale.

—¿Pútridas patrias no os ha llegado?

—No, ya se lo he dicho —la muchacha sigue hablando como si él fuera transparente.

—¿Estás segura?

—Más segura imposible.

A García Leguineche le parece que la cajera parodia adrede un anuncio televisivo de compresas por el mero placer de irritarlo y, por un momento, da la impresión de estar a punto de abalanzarse sobre ella para abofetearla, una posibilidad que a ella sigue sin afectarle en absoluto. Como mínimo, la estampa que ofrece al mundo es la de una displicencia sin fisuras.

El autor cuya primera novela fue saludada por los críticos con todo tipo de alharacas dos años atrás sale de la librería a paso ligero mientras hace una nueva tentativa por hablar con su editora, esta vez con éxito.

—¿Sí?

¿Por qué tiene García Leguineche la impresión de que también ella anda con la cabeza en las nubes?

—Lucy, soy García Leguineche. ¿Se puede saber por qué mi novela no está en las librerías?

—¿Cómo dices?

—Mi no-ve-la, Lucy, no es-tá en las li-bre-rí-as —García Leguineche espera a que esta compleja información se abra paso entre las células grises de su editora.

—¿Tu novela? ¿Tu novela no está en las librerías? —Se produce un silencio durante el que el escritor sin duda más ambicioso y brillante de su generación se dice que tal vez Lucy haya pasado una noche turbulenta—. ¿Por qué lo dices?

—Porque esta mañana ya me he metido en siete librerías y mi novela no estaba en ninguna, ni en las grandes superficies ni en las modestas librerías independientes. ¿Me oyes? Pútridas patrias no está en las putas librerías.

—¡Imposible! El… eee…, ¿cómo se llama?, el… No encuentro la palabra. ¡Dios mío! Eee… ¡Ya lo tengo! El distribuidor, eso, el distribuidor me garantizó que ayer estaría en todas partes.

—Pues no está. ¿Me quieres decir para qué coño pierdo el tiempo saliendo en la tele, en un programa de máxima audiencia y toda la mandanga, si la puta novela no está en las librerías?

—No te preocupes.

De nuevo García Leguineche tiene la sensación de que ella está como ausente, con los pensamientos puestos quién sabe dónde.

—¿Que no me preocupe? ¿Sabes cuántas ventas estamos perdiendo?

—Oye, ahora mismo llamo al distribuidor y enseguida te digo algo. Si es verdad lo que cuentas, se le va a caer el pelo.

Cuando la comunicación se corta, el tipo cuyo primer libro fue saludado como «el debut espectacular de un escritor de raza» decide que necesita tomarse una copa. Algo fuerte y capaz de subirle el ánimo de un patadón. Un whisky, dos. Por suerte, en esa mierda de ciudad hay infinidad de bares. Cuanto mayor es la densidad de gente desgraciada por metro cuadrado, más bares suele haber. «Salen a tu encuentro, te tienden los brazos», piensa García Leguineche en un arrebato lírico.

Sin embargo, no se puede decir que el bar que García Leguineche elige estuviera reclamando ardientemente su presencia. Por algún motivo inexplicable, ver al camarero, que escribe acodado en la barra completamente ajeno a la llegada del escritor cuyo primer libro fue recibido por algunos como «sin duda el mayor acontecimiento literario del año», le resulta muy deprimente. Su propia reacción se le antoja a García Leguineche desmesurada y grotesca, pero para entonces ya ha dado media vuelta y salido del bar. ¿Qué sentido tiene deprimirse al ver a un tipo enfrascado escribiendo algo, sin duda la lista de pedidos a los proveedores? Ninguno. Desde luego, no piensa contárselo a nadie, aunque ese es el tipo de experiencia que luego utiliza como material de inspiración.

Al llegar a casa, le sorprende ver el coche de su mujer, que a esas horas tendría que estar en el trabajo. «¿Se habrá puesto enferma?», piensa con una punzada de culpabilidad el hombre cuya primera novela ha sido calificada como «sin duda un libro de lectura indispensable para estar al tanto de las últimas corrientes de la literatura actual». Quizá le haya contagiado parte de su propia ansiedad ante la publicación de Pútridas patrias, piensa García Leguineche.

Pero Olivia no está en la habitación, sino en su estudio. Inclinada sobre su mesa de trabajo, escribe a mano en un cuaderno con expresión de profundo ensimismamiento. Tan enfrascada se halla en lo que escribe que García Leguineche tiene que carraspear para anunciar su presencia. Ella se pone roja como la grana y se apresura a meter el cuaderno en un cajón del escritorio, como una chiquilla a quien acabaran de pillar en falta.

«Decididamente», se dice García Leguineche mientras besa a su mujer, «este es un día extraño. ¿Qué coño está pasando aquí?».

El pitido del móvil interrumpe el curso de sus pensamientos. Es Lucy, su editora.

—Lo siento, tenías razón. Tu libro aún no ha llegado a las librerías —dice ella en un tono que le parece a García Leguineche estudiadamente contrito y poco sincero.

—¿Desde cuándo te dedicas a constatar la evidencia?

—Oye, tranquilízate. La distribución se hará hoy mismo. Gumucio me lo ha prometido. Le he insistido en que es el libro más esperado de la temporada.

—¿De la temporada? ¡Hace dos años que todo el mundo espera otro libro mío! ¡Los críticos se están mordiendo las uñas de impaciencia en sus despachos, Lucy! Los lectores se relamen de antemano…

—Claro, por supuesto.

—Y ¿se puede saber por qué Gumucio no distribuyó el libro cuando tenía que hacerlo?

—Un rapto de inspiración, ya sabes que a veces es una dueña despótica.

—¿De qué coño hablas?

—Está escribiendo una novela.

—¿El distribuidor?

—Sí, pensaba que te lo había comentado. Y parece que está ya a un puñado de páginas del final, de modo que sería cruel por nuestra parte tratarlo con demasiada dureza. Nosotros no podemos dejar de entender lo que le ocurre, ¿no te parece?

—Vaya…

—Oye, tengo que dejarte. Tu madre llegará de un momento a otro.

—¿Mi madre? ¿Quieres decir mi madre? ¿La mujer que me trajo al mundo?

—Tu madre, sí. La misma que viste y calza.

El uso de esa expresión le pareció a García Leguineche particularmente desafortunado, en parte porque, después de oírla, su imaginación se obstinó en desnudar y volver a vestir rápidamente a su madre, a pesar de lo cual entrevió sus pechos caídos, que provocaron en él una honda tristeza.

—Y ¿qué tiene que ver mi madre contigo?

—¿Que qué tiene que ver? ¿No lo sabes?

—¿Saber qué?

—¡No me lo puedo creer! ¡No sabes nada! ¿No sabes que tu madre nos trajo hace unos meses el manuscrito de una novela magnífica? ¿No te lo dijo ella? Deberías ir a verla más a menudo, hijo descastado.

—¿No estarás tú también escribiendo una novela? —preguntó después de un largo y embarazoso silencio el escritor más ensalzado por la crítica en los últimos dos años.

—¿Yo? ¡No! ¿Qué te lo hace pensar?

—Nada. Olvídalo, era una tontería.

—¿Así que no sabías lo de tu madre? ¡Es increíble! ¡Y pensar que estuvimos a punto de acelerar la publicación para que la novela de tu madre coincidiera con la tuya y poder promocionarlas juntas!

Al colgar el teléfono, durante unos instantes García Leguineche tiene una súbita y nítida visión apocalíptica del mundo como un lugar donde de pronto todo se detiene (centrales eléctricas, nucleares, compañías de gas y de comunicaciones, cementeras, laboratorios farmacéuticos, aeropuertos, comisarías, parques de bomberos, parlamentos, administraciones, hospitales, edificios en construcción, escuelas, medios de comunicación), porque todos, unos tecleando a mayor o menor velocidad, otros garabateando en hojas de papel, escriben ensimismados algo que muy bien podría convertirse de forma inminente en el «debut más impresionante de esta temporada».