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Una revelación - Mary E. Braddon (Parte 2)

 II

—¿Quién es el coronel Desborough? —preguntó lady Chalvington, tomando la tarjeta que acababan de entregarle y examinándola con sus anteojos de oro—. ¿Lo conozco?

Non lo so, Excellenza. Es cierto que primero preguntó por el señor, y après pour Madame.

El hombre que contestó con este galimatías era un personaje muy relevante en el séquito de nuestra dama. Ella a veces lo calificaba como su homme d’affaires, otras como su maggiordomo. Era un individuo de tez oscura y aire extranjero, con el pelo negro muy brillante y bastante largo, bigote negro, ojillos inquietos y nariz aguileña. Iba muy bien vestido de traje negro, y exhibía una rutilante leontina, además de numerosos anillos en unos dedos largos y huesudos. 

Jamás hablaba en una única lengua correctamente; más bien recurría a las primeras palabras que se le pasaban por la mente y sin atender nunca a las normas gramaticales. Al contestar a lady Chalvington, la miró directamente a los ojos, y ella le devolvió la mirada, aunque con expresión interrogante.

—¿Te resulta familiar el apellido, Mary? —preguntó, dirigiéndose a su hijastra.

La señorita Chalvington levantó la vista de su labor de bordado y se quedó pensativa unos instantes.

—Me parece que sí. Guardo un vago recuerdo de un tal coronel Desborough que vino a pasar unos días con nosotros en Methwold cuando yo era pequeña —dijo—. Se portó muy bien conmigo.

—¿Crees que debería recibirle, o no? Sí; hágale subir, Texere.

El intérprete hizo una pronunciada reverencia, abandonó la sala y al cabo de un minuto anunció al coronel Desborough y lo hizo pasar a la sala. Su aspecto había mejorado considerablemente después del viaje, pero todavía conservaba un rictus de ansiedad en el rostro. Sin embargo, no había visto nada que lo alterase durante la travesía, y por lo tanto había dormido bien. 

El descanso, combinado con el aire del mar, lo habían restablecido. Tan pronto entró en la estancia, lady Chalvington pensó que jamás había visto un hombre tan atractivo. Él, por su parte, quedó apabullado por el soberbio aspecto de la dama, que se adelantó a saludarlo.

Aparentaba unos veintisiete años; una mujer hermosa, de belleza selvática, si es que podía describirse así; en su cara, los enormes ojos negros, con largas pestañas, aparecían acentuados por unas cejas negras muy marcadas; la tez era de una delicada textura y de un tono aceitunado muy pálido; la nariz, de orificios redondeados, parecía más bien africana; la boca de labios carnosos la llevaba pintada de exquisito carmín. 

Era de estatura mediana, con un cuerpo robusto, bien proporcionado. El vestido era de terciopelo carmesí ribeteado de encaje amarillo antiguo; llevaba su ondulado pelo negro recogido en la coronilla y unos diamantes lanzaban destellos en sus orejas.

—Gracias por recibirme, lady Chalvington —dijo el coronel—. Soy amigo de juventud de sir Henry, acabo de llegar de la India. Pasé por su residencia de Brook Street y me enteré de que estaba usted aquí, en Brighton. Me dicen que sir Henry está en el extranjero, aquejado de problemas de salud. No será nada serio, ¿verdad?

—¡Ah! —suspiró la dama que, con un pequeño gesto de una mano blanquísima y repleta de joyas, lo invitó a sentarse en un sofá mientras ella misma tomaba asiento, con estudiada elegancia, en una silla que había al lado—. Está muy delicado de salud, le cuesta respirar en los inviernos fríos. Inglaterra es demasiado neblinosa y húmeda para él.

—Vaya, cuánto lo siento. Y ¿regresará para primavera?

—Me temo que permanecerá ausente durante un periodo indefinido de tiempo.

—¡No me diga! —contestó el coronel asombrado—. Pero, y disculpe la pregunta, ¿cómo es que no está usted con él?

—Ese ha sido su deseo, puesto que de hacerlo no podría yo atender mis compromisos sociales.

—¿Me dará usted su dirección? Me gustaría escribirle una carta.

—Yo se la remitiré encantada en su nombre. Lo hacemos así con toda la correspondencia por deseo expreso de sir Henry.

El rostro del coronel adoptó una expresión de inusitada sorpresa. Desvió casualmente la mirada hacia la joven que estaba sentada al fondo de la estancia, detrás de lady Chalvington, y vio que esta lo miraba y negaba con la cabeza. 

Al ver que sus ojos permanecían repentinamente fijos en algún objeto, lady Chalvington se dio la vuelta de golpe, aunque solo para hallar a su hijastra diligentemente ocupada en su labor.

El coronel Desborough supo aprovechar la ocasión y, levantándose con la mano tendida, avanzó hacia la hija de su amigo.

—¿Es posible que esta sea la pequeña Mary? —dijo.

—Ya no tan pequeña —contestó la señorita Chalvington con una dulce sonrisa, al mismo tiempo que dejaba reposar una mano pequeña y fina sobre la de él—. Pero sí que se acuerda del coronel Desborough, y de cómo solía ponerse a gatas y rugir, imitando a un león, para hacerla reír.

—Eso fue cuando era joven, hace quince años —dijo él—. Tú eras apenas una niña. Digo yo que rondarías los cuatro años.

—Ahora tengo diecinueve.

—¿Escribirás pronto a tu padre? —preguntó él.

La muchacha alzó la vista y lo miró de hito en hito con unos ojos grises muy serios. ¿Qué sentimiento anidaba en ellos? ¿Era súplica?, ¿temor?, ¿duda? Aquella mirada lo desconcertó.

—Eso espero —dijo ella lanzando una mirada furibunda a su madrastra.

Él retuvo la mano de la muchacha en la suya y escudriñó aquel rostro tan pálido y desmejorado. Un leve rubor se asomó a sus mejillas. Los ojos de la joven se llenaron de lágrimas. El coronel se sintió consternado y se atrevió a apretar aquella pequeña mano tan frágil que descansaba con absoluta confianza en la suya. Ante esta señal de amistad, ella regresó rápidamente a su silla y enterró la cara en su pañuelo, sollozando con gran pesar.

—Márchate a tu habitación, ¡ahora! —exclamó lady Chalvington, acercándose a ellos—. Deberías avergonzarte, ¡una jovencita de tu edad comportándose como una niña malcriada!

Mary se levantó apresuradamente y abandonó la estancia sin mediar palabra, enjugándose aún los ojos con el pañuelo. Desborough observó con interés cómo salía. Reparó en que era una chica muy alta y delgada, que caminaba muy erguida y que tenía el pelo rubio, el cual llevaba recogido en un moño en la parte posterior de una cabeza de rasgos clásicos. Llevaba un vestido gris, bastante sencillo, modesto como el de una cuáquera, lo que contrastaba de manera llamativa con el fastuoso atuendo de su madrastra.

—Parece una muchacha muy delicada —dijo él.

—Mary no es delicada. Lo aparenta por esa tez tan blanca que tiene, pero es arisca por naturaleza —replicó lady Chalvington ostensiblemente irritada por la escena que acababa de desarrollarse.

—Cuando escriba a sir Henry, menciónele mi nombre y dígale que quisiera verle cuanto antes.

—Así lo haré —contestó la dama, acercándose a la campanilla.

Consciente de que había demorado su visita hasta donde permitía la etiqueta, el coronel se retiró. En el vestíbulo encontró un lacayo y a Texere.

—¿Cuál es la dirección de sir Henry? —le preguntó abruptamente a este último, que lo saludó con una pronunciada reverencia.

Entschuldigen Sie, mein Herr; in verità non posso; je ne sais pas, Monsieur.

—¿Cuánto tiempo lleva enfermo sir Henry?

Depuis quand est-il malade… tres años. Tiene tisis.

—¿Quién se encarga de su correspondencia?

—La señora.

—¿Quién maneja sus asuntos?

—La señora.

El coronel se marchó.

—¿Qué he conseguido? —se preguntó tan pronto como se encontró en la acera de Eastern Terrace, nada más salir—. Nada. ¿Qué sucede ahí dentro? ¿De dónde se sacó a esa esposa que se maquilla la cara y los labios, y se oscurece todavía más sus ya negrísimos ojos? ¡Y esa pobre niña! ¡Con qué ojos tan implorantes me ha mirado! Hay algo en esa casa que no me acaba de encajar. Bueno, este viaje a Brighton ha resultado infructuoso. Iré a la finca familiar en Norfolk y hablaré con el administrador.

El coronel Desborough era un hombre de acción. Aquella misma noche ya estaba de regreso en Londres y tan solo un par de días después se encontraba en Norwich, desde donde partió sin demora hacia Methwold, sede de la Baronía de sir Henry Chalvington. 

A finales de noviembre el paisaje ya resultaba lo suficientemente deprimente, y el cometido al que se había encomendado le pesaba en el ánimo. ¿Dónde estaba su amigo? Sin pensárselo puso rumbo a la casa del administrador de la finca, la que recordaba situada a la entrada del parque. Por fortuna, lo encontró en casa, pero el hombre al que él buscaba había fallecido hacía mucho tiempo. El actual administrador era otro y más joven.

—Recibimos cartas de sir Henry de vez en cuando —le informó este respondiendo a las preguntas del coronel—, y siempre por medio de la señora, que es una avezada mujer de negocios. Los cheques llegan con regularidad. Pero en lo que se refiere al paradero de sir Henry, nadie lo conoce; las cartas no llevan remite alguno. El señor desea mantener en secreto su lugar de residencia.

—¿Y no le parece eso muy extraño?

—Así nos lo parece a todos por aquí, pero ¿qué le vamos a hacer?

—Hábleme de lady Chalvington —dijo el coronel—, ¿quién es exactamente? ¿A qué se dedica? Yo conocí a su primera esposa…

—Sobre quién es la dama, solo puedo decirle que era condesa de Acluna; viuda, medio extranjera y de origen sudamericano, que yo sepa. Sir Henry se casó con ella hace tres o cuatro años, en París. Es una mujer de una elegancia exquisita. Y en cuanto a qué se dedica, puedo asegurarle que da las mejores fiestas de Londres, y que sin duda es la mujer de moda.

—Pero ¿realmente asiste la gente a sus recepciones?

—Suplican para conseguir una invitación. Pero yo sé que a sir Henry no le gustaba estar en compañía. Hay quien piensa que esa es la razón por la que prefiere vivir retirado en el extranjero.

—¿Y qué me dice de la señorita Chalvington? —preguntó Desborough.

—Ella y la señora no se llevan demasiado bien. A la señorita Chalvington le encanta alojarse aquí. La señora, sin embargo, detesta la campiña.

El coronel Desborough lo miró con el semblante muy serio.

—¿Cuánto hace que sir Henry se marchó de Inglaterra?

—Ocho meses. La señora y él viajaron juntos a Engadine, y parece ser que el señor no consideró conveniente regresar. ¿Le gustaría pasarse por la casa, señor?

—Sí, me encantaría volver a echarle un vistazo a esas viejas habitaciones. Pero recuerdo a la perfección un atajo hasta allí a través del parque. No hace falta que se moleste en acompañarme.

Methwold era un viejo caserón isabelino rodeado de árboles y más allá de cuyo parque se extendía una zona boscosa. Era el elemento central de una extensa propiedad. ¡Y qué familiar le resultaba! El ama de llaves recibió al coronel con sumo placer y le enseñó la mansión. 

¡Qué bien la recordaba! Y, sin embargo, se le antojó más oscura y pequeña que cuando era joven. ¿Qué había sido de aquellos dos muchachos vehementes que corrían por sus pasillos? ¿Qué de los dos cadetes recién licenciados en Sandhurst? ¡Ay! Uno de ellos era ahora un hombre serio tostado por el sol de la India y el otro…, ¿dónde estaba el otro?

El coronel entró por último a la galería de retratos, que ocupaba un ala que corría todo a lo largo del edificio. Colgada en la pared estaba la imagen de sir Henry cuando era un agraciado niño de siete años, pintada por Harlstone. Y también otro retrato suyo, ya de joven y vestido de uniforme, obra de Richmond. 

Entristecido por los recuerdos del pasado, Desborough les dio la espalda y, al punto, quedó paralizado. Su amigo estaba allí de pie, a unos pasos de donde él se encontraba. Lo vio con absoluta claridad, parecía muy serio y entristecido, y en el pelo se le adivinaban ya algunas canas. Esta vez la impresión fue demasiado fuerte para el coronel, que se dejó caer en un sillón, completamente superado por la escena.

—Usted no está bien, señor —exclamó el ama de llaves—. Ver este viejo lugar otra vez le ha afectado.

Se marchó a toda prisa y regresó con un poco de agua y una pequeña licorera de brandy. Una vez recompuesto, el coronel no se marchó de Methwold sin someter antes al ama de llaves a un breve interrogatorio.

—No, sir Henry no estaba fuerte… tenía algo del corazón —dijo—. Había abandonado la caza y le molestaba recibir tantas visitas, que era lo que más le gustaba a mi señora, puesto que cantaba de maravilla y actuaba en pequeñas obras de teatro particulares. El mes de marzo pasado dejaron aquí a la señorita Chalvington y viajaron al continente. 

Ella regresó sola, con ese intérprete suyo, que aquí no cayó nada bien; es más, el señor Groves, nuestro mayordomo, se despidió al instante. ¿Me pregunta qué aspecto tenía el amo cuando se marchó, señor? Pues, le diré que aparentaba más edad de la que tenía, estaba flaquísimo y, ¡caramba!, el pelo se le había cubierto todo de canas.

Oído esto, el coronel Desborough se despidió. ¿Qué podía hacer? Regresar a Londres. Esta vez para visitar al abogado de la familia en su despacho de Bedford Row.

A la mañana siguiente se presentó en el despacho de dicho caballero. Sí, el señor Bruce lo recibiría cinco minutos, si se trataba de un asunto privado.

—Muy señor mío —dijo el abogado—, sé tanto sobre el paradero de sir Henry Chalvington como usted. Supongo que esta rara ventolera de ocultarse no es más que una excentricidad. Y yo acepto las cosas como me vienen dadas. Remito las cuentas a lady Chalvington, y ella, a su vez, me hace llegar las minutas y los cheques de sir Henry debidamente firmados por él. Está todo perfectamente correcto, pero aun así ¡desearía que regresara a casa!

—Debo tener noticias directas de él y las tendré —dijo el coronel—; para mí es de extrema importancia. Pienso ofrecer una recompensa a cambio de cualquier información acerca de su paradero actual o a quien pueda darme noticias suyas.

—Vamos, vamos, señor mío, ¿sinceramente cree necesario llegar a esos extremos? Espere y ya verá cómo sir Henry sale de su escondrijo por voluntad propia.

—No puedo esperar. Ofreceré una recompensa de quinientas libras.

Antes de llevar a efecto su propósito, se trasladó rápidamente a Brighton una vez más con la esperanza de entrevistarse de nuevo con lady Chalvington, pero en esta ocasión le fue denegado el acceso, ya que la dama se encontraba atendiendo otro compromiso.

Y a la señorita Chalvington, ¿podía verla a ella? No, la joven no recibía visitas. Pero el coronel no se dio por vencido. Ya avanzada la tarde volvió a presentarse en la casa de Eastern Terrace. Esta vez lady Chalvington había salido, cosa que era verdad.

Escribió un breve mensaje en su tarjeta de visita dirigido a la señorita Chalvington: «Le ruego que me reciba».

La depositó, junto con una libra de oro, en la mano del sorprendido Thomas, puesto que Texere estaba fuera con el carruaje.

—Subiré su tarjeta, señor —dijo el lacayo—, pero mi señora no permite a la señorita Chalvington recibir visitas jamás.

—Inténtelo de todos modos, mi querido amigo.

Thomas vaciló, pero finalmente hizo pasar al coronel a una pequeña estancia donde se guardaban sombreros, paraguas y mantas de carruaje, y cerró la puerta cautelosamente tras de él.

Al cabo de un rato, unos pasos ligeros y rápidos bajaron las escaleras y la señorita Chalvington entró en el cuartito. Parecía asustada y nerviosa.

—No debe entretenerme demasiado tiempo —dijo en voz baja—. Lady Chalvington podría regresar en cualquier momento; se pondrá furiosa.

—¡La temes!

—Es mi carcelera. ¡Soy su prisionera a todos los efectos!

—¿Y tu padre?

—¡Oh, coronel Desborough! Encuéntrelo, se lo imploro; por su vieja amistad, ¡tiene que dar con él! Nunca me escribe a mí, solo a ella. ¡Hace ocho meses que no lo veo! ¡Y me quería como el mejor de los padres!

—¿Acaso ella se queda con tus cartas?

A la joven le temblaba todo el cuerpo y miraba con nerviosismo hacia la puerta.

—¿Por qué querría interceptar tu correspondencia? ¿Por qué te tiene encerrada? —preguntó él.

—Porque me odia. Oh, coronel Desborough, estoy tan preocupada por mi padre… No sé qué pensar.

—Mi querida muchacha —dijo el coronel acariciándole el pelo del mismo modo que lo hiciera cuando ella no era más que una niña—, por supuesto que daré con tu padre, te lo prometo solemnemente. Pero ¿quién es esta mujer?

La señorita Chalvington se estremeció con un escalofrío.

—Es una mujer temible, una mujer cuya compañía debe uno rehuir a toda costa. Una mujer sin escrúpulos…, un lobo con piel de cordero. Y ahora, ¡márchese, por el amor de Dios, márchese!

—Sí —dijo el coronel con amargura—. Pronto regresaré para liberarte. ¡Pero antes pienso resolver este misterio!


(CONTINUARÁ...)

La cólera de García Leguineche - Mercedes Abad

García Leguineche, calificado repetidas veces en el pasado reciente por la crítica como «sin duda el escritor más brillante de su generación», está furioso. Más furioso de lo que recuerda haberlo estado jamás. Tan furioso que probablemente alguien que solo lo conociera por las fotos que aparecen en la prensa o por las de las solapas de sus libros, donde siempre procura lucir media sonrisa traviesa e irónica, no lo reconocería. Con el ceño fruncido, chispas en los ojos, los labios apretados en un rictus belicoso que le tuerce la boca y las aletas de la nariz dilatadas como las de un toro a punto de embestir, parece bastante menos atractivo que en las fotos.

La anciana que pasa junto a él mientras busca histéricamente en los bolsillos de su chaqueta de cuero no solo no ha reconocido «al valor más indiscutible e indiscutido del panorama de las letras actuales» (y por lo tanto no va a saludarlo con efusiva y perruna devoción y arrastrarlo hasta la librería más próxima para comprar un libro suyo y rogarle que se lo dedique), sino que incluso aprieta el paso, diciéndose para sus adentros que los jóvenes de hoy en día tienen cada vez peor catadura. Es obvio que la buena mujer no vio ayer a García Leguineche en el informativo de la tele que se emite en una franja horaria de máxima audiencia.

—Me cago en la leche —dice en voz bajita el escritor sin duda más brillante de su generación después de sacar su móvil, marcar un número y descubrir que su editora comunica.

Mientras espera a que su editora esté en condiciones de ponerse al teléfono, García Leguineche, conocido del uno al otro confín por su prosa vigorosa y vivaz, su estilo punzante, musculoso y mordaz, se encamina a grandes zancadas hacia una librería situada dos calles más allá.

A poco que se tomase la molestia de levantar la cabeza, la cajera de la librería, la séptima que García Leguineche visita esta mañana, reconocería al autor de Una patada en el culo, la obra sin duda más celebrada y mejor acogida de los últimos dos años. Pero está demasiado ocupada garabateando con febril concentración Dios sabe qué en un cuaderno de espiral para registrar algo de lo que la realidad produce incesantemente a su alrededor. Mientras la joven sigue inmersa en sus absorbentes asuntos, García Leguineche recorre la librería de cabo a rabo, buscando con cierto frenesí entre los expositores donde se hallan las últimas novedades.

—Me cago en la leche, me cago en la leche, me cago en la leche, me va a oír esa zorra —murmura entre dientes cada vez más cabreado el insigne ganador del Premio de la Crítica 2002, cuyo jurado alabó el estilo directo y sin concesiones de Una patada en el culo, así como la ambición de una novela descamada que «ofrece una lúcida mirada panorámica sobre la sociedad contemporánea».

—Venga, joder, ponte al teléfono de una puta vez —no se recata de soltar García Leguineche en voz más o menos baja mientras tamborilea con los dedos sobre una pila de libros cuyo ejemplar superior ha vuelto boca abajo para impedir que proclame su título y el nombre de su autor. En vista de que la editora sigue comunicando, la gran esperanza blanca de la literatura se dirige hacia la cajera, que sigue inmersa en lo que escribe.

—Perdona, ¿podrías decirme dónde puedo encontrar ejemplares de Pútridas patrias? —pregunta el escritor sin duda más brillante de su generación en un tono que alarmaría a cualquiera que no estuviera tan absorto como lo está la joven cajera escribiendo lo que tanto podría ser la lista de la compra como un brote creativo, un poema, un diario personal, una novela tal vez.

—¿Eeeh? —La expresión con que la muchacha acompaña el rebuzno es la de quien regresa de mala gana de los remotos confines de una lejana galaxia.

—Perdona que te moleste, pero supongo que te pagan para atender a pelmazos como yo —mientras García Leguineche habla, la cajera abre desmesuradamente los ojos, única señal de que sigue con vida—, así que lo mejor será que muevas tu celulítico culo lleno de granos y me enseñes dónde están los ejemplares de Pútridas patrias.

—¿Putriqué? —pregunta ella como si de verdad se hubiera propuesto pisotear el ego del laureado escritor que no conoce rival entre las apretadas filas de su generación.

Pútridas patrias. Pútridas patrias. ¿Necesitas que te lo repita un par de veces más para que tu velocísimo y eficaz cerebro procese la información?

—No. Pero el libro que usted dice aún no nos ha llegado. —De algún modo, la cajera se las ha ingeniado para que la andanada sarcástica de García Leguineche le resbale.

—¿Pútridas patrias no os ha llegado?

—No, ya se lo he dicho —la muchacha sigue hablando como si él fuera transparente.

—¿Estás segura?

—Más segura imposible.

A García Leguineche le parece que la cajera parodia adrede un anuncio televisivo de compresas por el mero placer de irritarlo y, por un momento, da la impresión de estar a punto de abalanzarse sobre ella para abofetearla, una posibilidad que a ella sigue sin afectarle en absoluto. Como mínimo, la estampa que ofrece al mundo es la de una displicencia sin fisuras.

El autor cuya primera novela fue saludada por los críticos con todo tipo de alharacas dos años atrás sale de la librería a paso ligero mientras hace una nueva tentativa por hablar con su editora, esta vez con éxito.

—¿Sí?

¿Por qué tiene García Leguineche la impresión de que también ella anda con la cabeza en las nubes?

—Lucy, soy García Leguineche. ¿Se puede saber por qué mi novela no está en las librerías?

—¿Cómo dices?

—Mi no-ve-la, Lucy, no es-tá en las li-bre-rí-as —García Leguineche espera a que esta compleja información se abra paso entre las células grises de su editora.

—¿Tu novela? ¿Tu novela no está en las librerías? —Se produce un silencio durante el que el escritor sin duda más ambicioso y brillante de su generación se dice que tal vez Lucy haya pasado una noche turbulenta—. ¿Por qué lo dices?

—Porque esta mañana ya me he metido en siete librerías y mi novela no estaba en ninguna, ni en las grandes superficies ni en las modestas librerías independientes. ¿Me oyes? Pútridas patrias no está en las putas librerías.

—¡Imposible! El… eee…, ¿cómo se llama?, el… No encuentro la palabra. ¡Dios mío! Eee… ¡Ya lo tengo! El distribuidor, eso, el distribuidor me garantizó que ayer estaría en todas partes.

—Pues no está. ¿Me quieres decir para qué coño pierdo el tiempo saliendo en la tele, en un programa de máxima audiencia y toda la mandanga, si la puta novela no está en las librerías?

—No te preocupes.

De nuevo García Leguineche tiene la sensación de que ella está como ausente, con los pensamientos puestos quién sabe dónde.

—¿Que no me preocupe? ¿Sabes cuántas ventas estamos perdiendo?

—Oye, ahora mismo llamo al distribuidor y enseguida te digo algo. Si es verdad lo que cuentas, se le va a caer el pelo.

Cuando la comunicación se corta, el tipo cuyo primer libro fue saludado como «el debut espectacular de un escritor de raza» decide que necesita tomarse una copa. Algo fuerte y capaz de subirle el ánimo de un patadón. Un whisky, dos. Por suerte, en esa mierda de ciudad hay infinidad de bares. Cuanto mayor es la densidad de gente desgraciada por metro cuadrado, más bares suele haber. «Salen a tu encuentro, te tienden los brazos», piensa García Leguineche en un arrebato lírico.

Sin embargo, no se puede decir que el bar que García Leguineche elige estuviera reclamando ardientemente su presencia. Por algún motivo inexplicable, ver al camarero, que escribe acodado en la barra completamente ajeno a la llegada del escritor cuyo primer libro fue recibido por algunos como «sin duda el mayor acontecimiento literario del año», le resulta muy deprimente. Su propia reacción se le antoja a García Leguineche desmesurada y grotesca, pero para entonces ya ha dado media vuelta y salido del bar. ¿Qué sentido tiene deprimirse al ver a un tipo enfrascado escribiendo algo, sin duda la lista de pedidos a los proveedores? Ninguno. Desde luego, no piensa contárselo a nadie, aunque ese es el tipo de experiencia que luego utiliza como material de inspiración.

Al llegar a casa, le sorprende ver el coche de su mujer, que a esas horas tendría que estar en el trabajo. «¿Se habrá puesto enferma?», piensa con una punzada de culpabilidad el hombre cuya primera novela ha sido calificada como «sin duda un libro de lectura indispensable para estar al tanto de las últimas corrientes de la literatura actual». Quizá le haya contagiado parte de su propia ansiedad ante la publicación de Pútridas patrias, piensa García Leguineche.

Pero Olivia no está en la habitación, sino en su estudio. Inclinada sobre su mesa de trabajo, escribe a mano en un cuaderno con expresión de profundo ensimismamiento. Tan enfrascada se halla en lo que escribe que García Leguineche tiene que carraspear para anunciar su presencia. Ella se pone roja como la grana y se apresura a meter el cuaderno en un cajón del escritorio, como una chiquilla a quien acabaran de pillar en falta.

«Decididamente», se dice García Leguineche mientras besa a su mujer, «este es un día extraño. ¿Qué coño está pasando aquí?».

El pitido del móvil interrumpe el curso de sus pensamientos. Es Lucy, su editora.

—Lo siento, tenías razón. Tu libro aún no ha llegado a las librerías —dice ella en un tono que le parece a García Leguineche estudiadamente contrito y poco sincero.

—¿Desde cuándo te dedicas a constatar la evidencia?

—Oye, tranquilízate. La distribución se hará hoy mismo. Gumucio me lo ha prometido. Le he insistido en que es el libro más esperado de la temporada.

—¿De la temporada? ¡Hace dos años que todo el mundo espera otro libro mío! ¡Los críticos se están mordiendo las uñas de impaciencia en sus despachos, Lucy! Los lectores se relamen de antemano…

—Claro, por supuesto.

—Y ¿se puede saber por qué Gumucio no distribuyó el libro cuando tenía que hacerlo?

—Un rapto de inspiración, ya sabes que a veces es una dueña despótica.

—¿De qué coño hablas?

—Está escribiendo una novela.

—¿El distribuidor?

—Sí, pensaba que te lo había comentado. Y parece que está ya a un puñado de páginas del final, de modo que sería cruel por nuestra parte tratarlo con demasiada dureza. Nosotros no podemos dejar de entender lo que le ocurre, ¿no te parece?

—Vaya…

—Oye, tengo que dejarte. Tu madre llegará de un momento a otro.

—¿Mi madre? ¿Quieres decir mi madre? ¿La mujer que me trajo al mundo?

—Tu madre, sí. La misma que viste y calza.

El uso de esa expresión le pareció a García Leguineche particularmente desafortunado, en parte porque, después de oírla, su imaginación se obstinó en desnudar y volver a vestir rápidamente a su madre, a pesar de lo cual entrevió sus pechos caídos, que provocaron en él una honda tristeza.

—Y ¿qué tiene que ver mi madre contigo?

—¿Que qué tiene que ver? ¿No lo sabes?

—¿Saber qué?

—¡No me lo puedo creer! ¡No sabes nada! ¿No sabes que tu madre nos trajo hace unos meses el manuscrito de una novela magnífica? ¿No te lo dijo ella? Deberías ir a verla más a menudo, hijo descastado.

—¿No estarás tú también escribiendo una novela? —preguntó después de un largo y embarazoso silencio el escritor más ensalzado por la crítica en los últimos dos años.

—¿Yo? ¡No! ¿Qué te lo hace pensar?

—Nada. Olvídalo, era una tontería.

—¿Así que no sabías lo de tu madre? ¡Es increíble! ¡Y pensar que estuvimos a punto de acelerar la publicación para que la novela de tu madre coincidiera con la tuya y poder promocionarlas juntas!

Al colgar el teléfono, durante unos instantes García Leguineche tiene una súbita y nítida visión apocalíptica del mundo como un lugar donde de pronto todo se detiene (centrales eléctricas, nucleares, compañías de gas y de comunicaciones, cementeras, laboratorios farmacéuticos, aeropuertos, comisarías, parques de bomberos, parlamentos, administraciones, hospitales, edificios en construcción, escuelas, medios de comunicación), porque todos, unos tecleando a mayor o menor velocidad, otros garabateando en hojas de papel, escriben ensimismados algo que muy bien podría convertirse de forma inminente en el «debut más impresionante de esta temporada».