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La muerte de Marko Kralievitch - Marguerite Yourcenar

Las campanas tocaban a muerto en el cielo casi insoportablemente azul. Parecían más fuertes y más estridentes que en cualquier otro sitio, como si en aquel país, situado en la linde de las regiones infieles, hubiesen querido afirmar muy alto que quienes las tocaban eran cristianos, y cristiano asimismo el muerto que acababan de enterrar. 

Pero allá abajo, en el pueblo blanco de patios estrechos, donde los hombres se sentaban en el lado de la sombra, su sonido llegaba mezclado con gritos, llamadas, balidos de corderos, relinchar de caballos y rebuznos de asnos, así como, en ocasiones, unido al ulular y las oraciones de las mujeres por el alma que acababa de partir, o a la risa de un idiota a quien aquel duelo público no interesaba en absoluto. 

En el barrio de los estañadores el alboroto de los martillos cubría su sonido. El anciano Stevan, que remataba delicadamente, a golpecitos secos, el cuello de una jarra, vio que alguien apartaba la cortina que tapaba la entrada. Un poco más de calor y de sol -que ya empezaba a ponerse en aquella tarde que iba tocando a su fin- invadió la oscura tienda. Su amigo Andrev entró como si estuviera en su propia casa y se sentó en una alfombra con las piernas cruzadas.

-¿Te has enterado de que Marko ha muerto? Yo estaba allí cuando ocurrió -dijo.
-Unos clientes me dijeron que murió -replicó el viejo sin soltar el martillo-. Como veo que tienes ganas de contármelo todo, cuéntamelo mientras trabajo.
-Tengo un amigo que trabaja en las cocinas de Marko. Los días de fiesta me deja servir la mesa: siempre cae algún buen bocado.
-Hoy no es día de fiesta -dijo el viejo acariciando el pitorro de cobre.
-No, pero en casa de Marko siempre se ha comido bien, hasta los días de diario, incluso cuando es vigilia. Y siempre acude mucha gente a su mesa; los lisiados viejos en primer lugar, ésos no hacen más que hablar de sus hazañas cuando estuvieron en Kossovo. Aunque de éstos cada año iban viniendo menos, incluso disminuían cada temporada. 

Y hoy Marko había invitado también a unos ricos comerciantes, a unos notables y jefes de poblados de los que viven en las montañas, tan cerca de los turcos que pueden disparar flechas de una orilla a otra del torrente que corre entre las rocas, y cuando en verano falta el agua, entonces lo que corre es la sangre. 

La comida se celebraba con motivo de la expedición que estaban preparando, como todos los años, para traer caballos y ganado turcos. Servían unos platos muy abundantes en los que no habían escatimado las especias: eran muy pesados y resbaladizos a causa de la grasa. Marko comió y bebió como diez, habló aún más que comió; se reía y daba puñetazos en la mesa; y de cuando en cuando intervenía, cuando dos se peleaban pensando en el futuro botín. 

Y cuando nosotros, los criados, acabamos de verter el agua sobre todas las manos y de limpiar todos los dedos, salió al patio grande que estaba lleno de gente. En la ciudad es sabido que distribuye los restos de la comida a quien los quiera, y los restos de los restos van a parar a los perros. La mayoría de la gente suele traerse un puchero, o una escudilla, o al menos una canasta. 

Marko los conocía a casi todos. No hay nadie que recuerde tan bien como él las caras y los nombres, ni que conozca el nombre que corresponde a cada una de esas caras. A uno de ellos, un hombre impedido que llevaba muletas, le hablaba de cuando combatieron juntos al rey Constantino; a un ciego que tocaba la cítara le canturreaba el primer verso de una balada que el hombre había compuesto en su honor cuando era joven; a una vieja muy fea le cogía la barbilla y le recordaba que habían dormido juntos en sus buenos tiempos. 

Y había veces en que él mismo cogía de un plato la cuarta parte de un cordero y se lo daba a alguien diciendo: "¡Come!". En fin, que estaba igual que siempre.

Y, de repente, se paró ante un viejecillo sentado en un banco, con los pies colgando.
-Y tú -le dijo-, ¿por qué no te has traído una escudilla? No recuerdo tu nombre.
-Unos me llaman de una manera y otros de otra -dijo el viejo-. No tiene importancia.
-Tampoco recuerdo tu cara -dijo Marko-. Tal vez sea porque no te pareces a nadie. No me gustan los desconocidos, ni los mendigos que no piden limosna. ¿Y si por casualidad fueras un espía de los turcos?
-Hay quien dice que no hago más que espiar continuamente -repuso el viejo- pero se equivocan: dejo que la gente haga lo que quiera.
-¡Y a mí también me gusta hacer lo que quiero! -aulló Marko-. Tu cara no me agrada. ¡Sal de aquí!
Y le puso la zancadilla para hacerlo caer, pero se hubiera dicho que el viejecillo era de piedra. Y el caso es que no parecía más fuerte que cualquier otro; sus pies, calzados con alpargatas, colgaban del banco, pero no daba la impresión de que Marko lo hubiera tocado siquiera.
Y cuando Marko lo agarró por los hombros para obligarle a levantarse, pasó lo mismo. El viejo movió la cabeza.
-¡Levántate y lucha como un hombre! -gritó Marko con la cara toda colorada.

El viejecillo se levantó. La verdad es que era muy bajito: ni siquiera le llegaba al hombro a Marko. Se quedó allí parado, sin decir nada. Marko se le tiró encima, peleando a brazo partido; pero se hubiera dicho que sus golpes no alcanzaban al hombrecillo y, sin embargo, los puños de Marko estaban ensangrentados.

-¡Vosotros no os mezcléis en esto! -gritó Marko a los de su escolta-. Sólo me concierne a mí esta vez...
Pero se iba quedando sin aliento. De súbito tropezó y cayó como una masa. Te juro que el viejo ni se había movido.
-Mala caída has tenido, Marko -le dijo-. No volverás a levantarte. Creo que tú ya lo sabías antes de empezar.
-No obstante, me queda por hacer esa expedición contra los turcos... La tenía ya preparada... Puede decirse que el asunto estaba resuelto... -dijo trabajosamente el hombre tendido en el suelo-. Pero si las cosas tienen que ser así, así serán.
-¿Contra los turcos o a su favor? -preguntó el viejecillo-. La verdad es que te pasabas fácilmente de un lado a otro.
-A una muchacha a quien yo cortejaba, le corté el brazo derecho por decirme eso -dijo el moribundo-. Y también recuerdo a unos prisioneros a quienes mandé degollar, a pesar de haberles prometido... Pero no sólo hice cosas malas, después de todo. También les di dinero a los popes... y a los pobres...

-No empieces ahora a repasar tus cuentas -dijo el viejo-. Siempre es demasiado pronto o demasiado tarde, y no sirve de nada. Deja más bien que te ponga mi chaqueta debajo de la cabeza para que estés más cómodo en el suelo.
Se quitó la chaqueta, como había dicho. Todos estaban tan estupefactos que a nadie se le ocurrió apresarlo. Y además, pensándolo bien, no había hecho nada. 

Se encaminó hacia la puerta, que estaba abierta de par en par. Con la espalda un poco encorvada, parecía más que nunca un mendigo, pero un mendigo que nada pedía. Había dos perros en la entrada, atados con una cadena; él le puso la mano en la cabeza al Gran Negro, que es muy fiero, y el Gran Negro no le enseñó los dientes. 

Ahora que se sabía que Marko había muerto, todos se volvían a mirar al viejecillo que se marchaba. Afuera, como sabes, el camino se estira, muy recto entre dos colinas, tan pronto subiendo como bajando para luego subir otra vez. El viejo ya estaba lejos. Aún se divisaba su figura caminando entre el polvo y arrastrando un poco los pies, con unos pantalones muy anchos que le golpeaban las piernas y la camisa al viento. Iba muy deprisa para ser tan viejo. Y por encima de su cabeza, en el cielo completamente vacío, volaba una bandada de patos salvajes...

En la peluquería - Kjell Askildsen

 Hace muchos años que dejé de ir al peluquero; el más cercano se encuentra a cinco manzanas de aquí, lo que me resultaba bastante lejos incluso antes de romperse la barandilla de la escalera. El poco pelo que me crece puedo cortármelo yo mismo, y eso hago, quiero poder mirarme en el espejo sin deprimirme demasiado, también me corto siempre los pelos largos de la nariz.

Pero en una ocasión, hace menos de un año, y por razones en las que no quiero entrar aquí, me sentía aún más solo que de costumbre, y se me ocurrió la idea de ir a cortarme el pelo, aunque no lo tenía nada largo. La verdad es que intenté convencerme de no ir, está demasiado lejos, me dije, tus piernas ya no valen para eso, te va a costar al menos tres cuartos de hora ir, y otro tanto volver. Pero de nada sirvió. ¿Y qué?, me contesté, tengo tiempo de sobra, es lo único que me sobra.

De modo que me vestí y salí a la calle. No había exagerado, tardé mucho; jamás he oído hablar de nadie que ande tan despacio como yo, es una lata, habría preferido ser sordomudo. Porque ¿qué hay que merezca ser escuchado?, y ¿por qué hablar?, ¿quién escucha? y ¿hay algo más que decir? Sí, hay más que decir, pero ¿quién escucha?

Por fin llegué. Abrí la puerta y entré. Ay, el mundo cambia. En la peluquería todo está cambiado. Sólo el peluquero era el mismo. Lo saludé, pero no me reconoció. Me llevé una decepción, aunque, por supuesto, hice como si nada. No había ningún sitio libre. A tres personas las estaban afeitando o cortando el pelo, otras cuatro esperaban, y no quedaba ningún asiento libre. Estaba muy cansado, pero nadie se levantó, los que estaban esperando eran demasiado jóvenes, no sabían lo que es la vejez. De manera que me volví hacia la ventana y me puse a mirar la calle, haciendo como si fuera eso lo que quería, porque nadie debía sentir lástima por mí. Acepto la cortesía, pero la compasión pueden guardársela para los animales. A menudo, demasiado a menudo, bien es verdad que ya hace tiempo, aunque el mundo no se ha vuelto más humano, ¿no?, solía fijarme en que algunos jóvenes pasaban indiferentes por encima de personas desplomadas en la acera, mientras que cuando veían a un gato o un perro herido, sus corazones desbordaban compasión. "Pobre perrito", decían o "Gatito, pobrecito, ¿está herido?" ¡Ay, sí, hay muchos amantes de los animales!

Por suerte, no tuve que estar de pie más de cinco minutos, y fue un alivio poder sentarme. Pero nadie hablaba. Antes, en otros tiempos, el mundo, tanto el lejano como el cercano, se llevaba hasta el interior de la peluquería. Ahora reinaba el silencio, me había dado el paseo en vano, no había ya ningún mundo del que se deseara hablar. Así que al cabo de un rato me levanté y me marché. No tenía ningún sentido seguir allí. Mi pelo estaba lo suficientemente corto. Y así me ahorré unas coronas, seguro que me habría costado bastante. Y eché a andar los muchos miles de pasitos hasta casa. Ay, el mundo cambia, pensé. Y se extiende el silencio. Es hora ya de morirse.

El niño travieso - Hans Christian Andersen

 Érase una vez un anciano poeta, muy bueno y muy viejo. Un atardecer, cuando estaba en casa, el tiempo se puso muy malo; fuera llovía a cántaros, pero el anciano se encontraba muy a gusto en su cuarto, sentado junto a la estufa, en la que ardía un buen fuego y se asaban manzanas.

- Ni un pelo de la ropa les quedará seco a los infelices que este temporal haya pillado fuera de casa -dijo, pues era un poeta de muy buenos sentimientos.

- ¡Ábrame! ¡Tengo frío y estoy empapado! -gritó un niño desde fuera. Y llamaba a la puerta llorando, mientras la lluvia caía furiosa, y el viento hacía temblar todas las ventanas.

- ¡Pobrecillo! -dijo el viejo, abriendo la puerta. Estaba ante ella un rapazuelo completamente desnudo; el agua le chorreaba de los largos rizos rubios. Tiritaba de frío; de no hallar refugio, seguramente habría sucumbido, víctima de la inclemencia del tiempo.

- ¡Pobre pequeño! -exclamó el compasivo poeta, cogiéndolo de la mano-. ¡Ven conmigo, que te calentaré! Voy a darte vino y una manzana, porque eres tan precioso.

Y lo era, en efecto. Sus ojos parecían dos límpidas estrellas, y sus largos y ensortijados bucles eran como de oro puro, aun estando empapados. Era un verdadero angelito, pero estaba pálido de frío y tirítaba con todo su cuerpo. Sostenía en la mano un arco magnifico, pero estropeado por la lluvia; con la humedad, los colores de sus flechas se habían borrado y mezclado unos con otros.

El poeta se sentó junto a la estufa, puso al chiquillo en su regazo, escurrióle el agua del cabello, le calentó las manitas en las suyas y le preparó vino dulce. El pequeño no tardó en rehacerse: el color volvió a sus mejillas, y, saltando al suelo, se puso a bailar alrededor del anciano poeta.

- ¡Eres un rapaz alegre! -dijo el viejo-. ¿Cómo te llamas?

- Me llamo Amor -respondió el pequeño-. ¿No me conoces? Ahí está mi arco, con el que disparo, puedes creerme. Mira, ya ha vuelto el buen tiempo, y la luna brilla.

- Pero tienes el arco estropeado -observó el anciano.

- ¡Mala cosa sería! -exclamó el chiquillo, y, recogiéndolo del suelo, lo examinó con atención-. ¡Bah!, ya se ha secado; no le ha pasado nada; la cuerda está bien tensa. ¡Voy a probarlo! -. Tensó el arco, púsole una flecha y, apuntando, disparó certero, atravesando el corazón del buen poeta.- ¡Ya ves que mi arco no está estropeado! -dijo, y, con una carcajada, se marchó. ¡Habíase visto un chiquillo más malo! ¡Disparar así contra el viejo poeta, que lo había acogido en la caliente habitación, se había mostrado tan bueno con él y le había dado tan exquisito vino y sus mejores manzanas!

El buen señor yacía en el suelo, llorando; realmente le habían herido en el corazón.

-¡Oh, qué niño tan pérfido es ese Amor! Se lo contaré a todos los chiquillos buenos, para que estén precavidos y no jueguen con él, pues procurará causarles algún daño.

Todos los niños y niñas buenos a quienes contó lo sucedido se pusieron en guardia contra las tretas de Amor, pero éste continuó haciendo de las suyas, pues realmente es de la piel del diablo. Cuando los estudiantes salen de sus clases, él marcha a su lado, con un libro debajo del brazo y vestido con levita negra. No lo reconocen y lo cogen del brazo, creyendo que es también un estudiante, y entonces él les clava una flecha en el pecho. Cuando las muchachas vienen de escuchar al señor cura y han recibido ya la confirmación él las sigue también. Sí, siempre va detrás de la gente. En el teatro se sienta en la gran araña, y echa llamas para que las personas crean que es una lámpara, pero ¡quiá!; demasiado tarde descubren ellas su error. Corre por los jardines y en torno a las murallas. Sí, un día hirió en el corazón a tu padre y a tu madre. Pregúntaselo, verás lo que te dicen. Créeme, es un chiquillo muy travieso este Amor; nunca quieras tratos con él; acecha a todo el mundo. Piensa que un día disparó, una flecha hasta a tu anciana abuela; pero de eso hace mucho tiempo. Ya pasó, pero ella no lo olvida. ¡Caramba con este diablillo de Amor! Pero ahora ya lo conoces y sabes lo malo que es.

La señorita Winters y el viento - Christine Noble Govan

Mientras permanecía en la esquina, aferrando con fuerza su billete de vuelta de autobús, la señorita Winters sentía un intenso odio hacia el viento. Durante los años que llevaba en aquella espantosa y desagradable ciudad, entre la mujer y el viento se había mantenido un constante estado de guerra. El aire parecía haberla elegido a ella —una solitaria y desamparada figura— para desahogar sus deseos de venganza. Le ladeaba el viejo sombrero de fieltro, le echaba sobre el rostro el revuelto cabello y le subía indecentemente las faldas, dejando a la vista sus negras medias de algodón. Una vez, cuando regresaba a casa desde el trabajo, el viento le arrebató de las manos el billete de vuelta y lo arrojó bajo el autobús que pasaba. Cuando el vehículo hubo desaparecido, la señorita Winters miró entre el polvo y buscó por todas partes; pero el trocito de amarillo papel parecía eludirla. La gente que se arremolinaba a su alrededor casi la empujó bajo un camión y manifestó impacientemente su disgusto contra ella. La cosa había sucedido el día antes de cobrar, cuando la mujer sólo disponía del dinero para pagarse el autobús de la mañana siguiente. Tuvo que hacer a pie el resto del camino a casa; cinco kilómetros, y todos con el viento en contra. Cuando era niña y vivía en el Sur, el viento era una cosa agradable. Las montañas lo mantenían adecuadamente dominado, domándole como se doma a un brioso potro. El aire chocaba contra las cumbres y era troceado en minúsculas partículas por los árboles, que susurraban con un sonido similar al del océano. En los campos, las flores silvestres se mecían con suavidad, formando hermosos mares color rojo dorado. En la escuela, cuando la señorita Winters leía Hiawatha, su delgado rostro se iluminaba momentáneamente ante estas líneas: Como bajo el sol brillan los rizos que el frío viento forma en los ríos. Pero entonces la señorita Winters no sabía realmente lo que era un viento frío. Ahora sí lo sabía. Era algo que se introducía por todos los resquicios y entumecía los pies de la señorita Winters, pese al fuego que tan asiduamente cuidaba. Por las noches, el helado viento se metía con ella en la cama, de forma que hasta su atigrado gato, que permanecía bajo las mantas, se estremecía y durante horas de oscuridad, no paraba de moverse tratando de calentar sus doloridos huesos. El aire se metía bajo el usado abrigo de la mujer, penetrando por el agujero que había hecho en sus pantalones el alambre del tejado en que los tendía. También atravesaba sus remendados guantes, entumeciéndole los dedos hasta que le quemaban en una agonía de frío. Su madre procedía de una agradable región del Sur. Y después de la muerte del padre de la señorita Winters, la anciana señora anheló con todas sus fuerzas volver a su tierra natal. Pero el viento había podido con ella, recordó la señorita Winters, con amargura: tras aguantarlo durante dos temporadas, la pobre murió de pleuresía. Por entonces, la señorita Winters poseía un negocio que funcionaba satisfactoriamente. Se dedicaba a Cos-tura Selecta y Elegante, Precios Razonables. La mujer se había convertido en una solterona de pecho plano, cuyas juveniles ilusiones se redujeron a cenizas años atrás. Confeccionaba ropitas para bebés, con diminutos canesúes bordados; trajes de novia, y bonitos delantales para niñas. La enfermedad y la muerte de su madre representaron grandes gastos. Luego vino la depresión. La señorita Winters se trasladó a barrios peores, barrios que, por lo visto, gustaban mucho al viento, ya que los azotaba constantemente. La mujer se sentía sola, inquieta y, a veces, asustada. El miedo le atenazaba la garganta como si fuese una verdadera mano, haciéndole difícil tragar. Más tarde, la Administración de Proyectos Obreros le facilitó costura. La señorita Winters hizo gruesas chaquetas y pesadas prendas de trabajo. La dura tarea envaró y despellejó sus dedos. No dejaba de pensar en las damas a quienes había vestido de seda y crepé de China y en los bellos trajes que realizara durante su juventud. El peor de los golpes lo recibió al concluir el proyecto obrero. Las mujeres llevaban pantalones, laboraban en las fábricas y compraban ropa hecha. No tenían tiempo para probarse las meticulosas prendas cosidas por la señorita Winters. Las viejas clientes de ésta murieron o se marcharon a Florida, donde el viento era menos cruel. El miedo iba cerniéndose sobre la mujer como una creciente marea. Las manos, que en tiempos bordaron ramilletes de lilas sobre la batista y la estopilla, se habían vuelto artríticas a causa del frío y del tosco trabajo. Todo lo que ahora podía hacer eran zurcidos y, de vez en cuando, algún encargo para una tienda de ropas usadas. El autobús llegó atestado, y la señorita Winters tuvo que ir de pie. En la calle en que vivía, el frío había ma-tado incluso el olor a ajo y a repollo. Pero el viento seguía allí, haciendo volar los papeles, echándole a la cara humo y polvo, y tirando de su sombrero hasta que los ojos de la mujer se llenaron de lágrimas de impotencia. Para llegar a su cuarto tuvo que subir dos tramos de escalera. El gato esperaba, hecho un ovillo, en medio de la cama. El animal saltó al suelo, estiró su flaco y listado cuerpo y se encaminó hacia su dueña. Era la única criatura que aún la recibía como a una amiga. Gracias al gato, la señorita Winters podía olvidar algunas veces su miedo atenazador. La confianza del animal en ella le daba un poquito de valor y determinación. Sin embargo, también temía por él. Había demasiadas personas que eran malas con los gatos, especialmente si éstos no eran de raza. —¿Estaba solito el minino de mamá? — dijo, con sus agrietados labios —. Mamá va a encender fuego y luego dará de comer a su gatito. El bicho, como apreciando tan patética devoción, se frotó, runruneando, contra la falda de la mujer. La señorita Winters, aún con guantes, puso en la cocina unas astillas y unos preciosos trocitos de carbón y les colocó debajo una cerilla. El maldito viento llegó por la chimenea y apagó la llama, sembrando de cenizas el suelo y manchando los limpios zapatos de la mujer. La señorita Winters consiguió al fin encender un débil fuego. Sobre el fogón colocó un recipiente para preparar el té. Mientras el agua se calentaba, la mujer se sentó en la mecedora de abombado asiento que había frente al fuego, con las piernas cómodamente extendidas y los brazos doblados contra el cuerpo para darse calor. El gato saltó a su regazo, dándole suaves cabezazos en la barbilla. La solterona, agradecida, le abrazó. El animal ponía una nota de vida en el desnudo cuarto. Era algo que le hacía olvidar un poco la creciente marea de su miedo: el alquiler, que se llevaba todo lo que ganaba en la tienda, los treinta y siete centavos que debía al lechero, las suelas de sus zapatos... El miedo siempre estaba allí. Atormentada por él, la anciana había estropeado una prenda en la ropavejería y casi perdido su día de trabajo. Al recordarlo, le invadía un frío que no era debido al viento, precisamente. El gato, sobre su falda, frotaba la suave nariz contra el rostro de la señorita Winters, a la vez que emitía un sonido que era, a un tiempo, ronroneo y maullido. En un repentino arranque de ternura, la señorita lo atrajo hacia sí, y el animal la miró con aire presuntuoso. Sus ojos eran como pálidas lunas verdes con misteriosas manchas doradas. La solterona se levantó y preparó el té. Luego echó un poco de leche y parte del agua caliente en una fuentecita, para el gato. De su bolso extrajo un hueso de chuleta que había conseguido le diera una de sus compañeras de trabajo. El hueso aún tenía una tira de carne y de ella emanaba un fuerte olor a pimienta y a frito. La mujer arrancó la carne, mirando, avergonzada, el desnudo cuarto. Luego comió lentamente, mientras lágrimas de autocompasión le llenaban los ojos. Después se agachó y colocó el hueso, al que aún estaba adherida la grasa, en la fuentecilla del gato. El animal dejó la leche y comenzó a roer el sebo mientras movía el rabo como muestra de satisfacción. La señorita Winters se quitó el sombrero y comenzó a beber el té. Tomó asiento y fue dando pequeños sorbos a la infusión, mientras contemplaba al gato, deleitándose con los graciosos movimientos del animal y con la maravilla de sus verdes y profundos ojos. Cada vez hacía más viento. A medida que la oscuridad aumentaba, la habitación se enfriaba más y más. La señorita Winters se quitó la ropa de salir a la calle, fue a buscar su bata de franela y la puso a caldear junto al fuego. Calentó más agua y llenó con ella una botella para meterla entre las frías sábanas. En seguida, armada con el gato y la botella, y tras remover los carbones para que el fuego durase el mayor tiempo posible, se introdujo en la cama. La bombilla que había junto al mueble apenas daba la luz suficiente para leer la sensacional revista de historias amorosas que cada noche ayudaba a la solterona a olvidar sus problemas. Horas más tarde se despertó. El viento, no contentándose con atormentarla de día, convirtiendo cada una de las horas de luz en un suplicio, tenía que desvelarla por la noche con el fin de devolverla a la miseria de que los sueños la libraban brevemente. El aire rugía en torno a la chimenea y golpeaba las ventanas hasta hacerlas temblar en sus marcos. La que la señorita Winters había pegado con un gran trozo de papel de goma parecía abombarse como si en cualquier momento fuera a reventar, llenando la habitación de cristales. En el tejado algo se soltó y quedó allí, batiendo y saltando, haciendo imposible el sueño. El frío parecía algo tangible, que recorría la columna vertebral de la anciana, mordía su rostro y punzaba sus pies, donde la ya helada botella se burlaba de cualquier idea de comodidad. La mujer dio la luz, como si eso pudiera calentarla. El gato se rebulló y comenzó a moverse nerviosamente por la cama. De pronto se produjo una ráfaga de viento más fuerte que las demás. Se oyó un fuerte ulular y la ventana rota saltó. El cristal penetró en la habitación como si fuera metralla. El gato brincó al suelo y, en medio del salto, fue alcanzado por una arista de vidrio. El animal lanzó un último maullido y cayó inerte. Sobre la amarilla alfombrilla, las manchas de sangre parecieron pétalos de rosa. La señorita Winters se levantó de entre las gruesas mantas. Tenía frío, pero el de ahora estaba producido por una insensata furia. Pasó entre los fragmentos de cristal y recogió el inerte cuerpo del animalito. Los maravillosos ojos verdes aparecían vidriados, y la sangre caía en cálidas gotas sobre los pies, enfundados en medias, de la mujer. La señorita Winters permaneció allí, inmóvil, durante mucho, mucho tiempo. Al fin dejó al gato en el suelo y dijo, con expresión ausente: —Esto ya ha ido demasiado lejos. Al menos, ahora ya sabía lo que debía hacer y, por consecuencia, se sentía tranquila. Se acercó a la cama, apartó las mantas, el abrigo que llevaba durante el día, la colcha que confeccionara con los retales del terciope-lo y la seda de sus días más felices. Tomó la sábana, inmensa y llena de remiendos, y se quedó mirándola pensativamente. Todo era tan claro, tan sencillo, que la señorita Winters se preguntó cómo no se le había ocurrido antes.
Debía atrapar el viento y encerrarlo herméticamente dentro de algo, de forma que nunca pudiera escaparse, para asustar y dejar ateridas a pobres ancianas, manteniéndolas despiertas y conscientes de su miseria, matando sus gatos... La mujer se puso los zapatos y, sin dirigir una sola mirada al animal muerto, abrió la puerta y comenzó a bajar resueltamente las escaleras. "¿Quién ha visto al viento?", cantó, con la atiplada voz de su niñez, mientras el aire la zarandeaba y trataba de arrebatarle la sábana. —¡Ja, ja! —rió la señorita, entre dientes, aferrando con más fuerza el enorme trozo de tela—. ¡Esta vez, no, querido amigo! ¡Esta vez, no! "¿Quién ha visto al viento? ¿Adonde se va el aire? ¡Arriba, arriba, arriba! ¡Hasta llegar al cielo! Miró hacia el campanario de la iglesia. Era el edificio más alto que había a la vista. Incluso en aquella noche brillaba como una arista reluciente. A su gato le había matado una arista. Ella mataría al viento. —R.I.P. —dijo sonriendo la mujer. A la torre de la iglesia se llegaba a través de una puertecita que había en la parte trasera. Tal como la señorita Winters esperaba, no estaba cerrada. Sin un momento de vacilación, la solterona comenzó su decidido ascenso. Cada vez más arriba, dando vueltas y vueltas, tropezando con la sábana, pisándose el borde del abrigo, dando traspiés, riéndose y volviendo a ascender. En el interior de la torre no había viento; pero aquello no la disuadió de su idea. El aire la estaba aguardando allá arriba... ¡y ella le aguardaría a él! Al fin llegó al pequeño cuarto donde se encontraban las campanas, una habitación cuadrada, con arcos góti-cos y una terraza abierta por un lado. El viento estaba allí, tal como la anciana había esperado, rugiendo como un león. Pero la señorita Winters ya no le tenía miedo. —¡Ahora veremos! —gritó, feliz—. ¡Ahora veremos! Sacudió la sábana. Como es lógico, el viento trató de arrebatársela; pero ella, diestramente, agarró las cuatro esquinas y salió a la pequeña terraza abierta. Allá abajo, las luces de la ciudad brillaban y parpadeaban. La señorita Winters las miró plácidamente, como diciendo: —¡Contémplenme! ¡Estoy dándole su merecido, de una vez para siempre, a este asqueroso viento! Fue precisamente entonces cuando una ráfaga de aire la fustigó. Sopló furiosamente y ella la atrapó en la sábana, que se hinchó como una inmensa hogaza de pan en el horno. La anciana tuvo que dar unos pasos para apoderarse del viento; pero al fin lo tenía allí. ¡Se sentía tan feliz, que le pareció caminar por el aire! Miró hacia abajo y pudo ver que las luces se precipitaban hacia ella. Antes de morir, la señorita Winters pasó por un momento aterrador... Un momento durante el que se dio cuenta de que el viento había ganado.

Habitación con vistas - Hal Dresner

Con el frágil cuerpo cubierto por edredones y descansando contra seis de las más espesas almohadas que el dinero podía comprar, Jacob Bauman observó con disgusto a su mayordomo, que colocaba ante él la bandeja del desayuno y descorría las cortinas, dando entrada en la habitación a la luz del dia.

-¿Desea que abra las ventanas, señor? – preguntó Charles.

-¿Quieres que pille un resfriado?

-No, señor. ¿Necesita algo más el señor?

Jacob meneó la cabeza, introduciendo una punta de la servilleta entre el pijama y su escuálido pecho. Se echó para delante y destapó la fuente del desayuno. Luego volvió a enderezarse y miró a Charles, que permanecía, como un centinela, junto a la ventana.

-¿Esperas una propina? - preguntó Jacob, ásperamente.

-No, señor. Espero a la señorita Nevins. El doctor Holmes dijo que no debía quedarse usted a solas ni un momento, señor.

-¡Lárgate, lárgate! -dijo Jacob-. Si decido morirme en los próximos cinco minutos, te llamaré. No te perderás nada.

Vio salir al mayordomo, esperó a que la puerta se cerrase y entonces destapó la fuente de plata en la que un único huevo escalfado, que parecía un ojo en su órbita, reposaba sobre una tostada. Una miserable cantidad de mermelada y una taza de pálido té completaban el menú.

¡Ajj! Jacob miró con desagrado la comida y se volvió hacia la ventana. En el exterior, el día era espléndido. El gran prado de la mansión Bauman aparecía, verde y liso como el tapete de una mesa de billar, cortado por el camino en forma de herradura y punteado aquí y allá con pequeñas estatuas de bronce: una insinuante diosa rodeada de querubines, un mensajero con alas en los pies y una leona en compañía de sus cachorros. Todo horrible; pero muy caro. En el extremo izquierdo de la herradura, junto a la casa del guarda, Jacob vio a su jardinero, el señor Coveny, arrodillado frente a un macizo de azaleas; a la derecha, ante la verja de hierro, las puertas del garaje de dos pisos estaban abiertas y Jacob pudo ver a su chófer puliendo los cromados del convertible azul de la señora Bauman, mientras hablaba con la señorita Nevins, la joven enfermera del turno de día de Jacob. Tras la verja, el prado exterior se prolongaba ininterrumpidamente hasta la carretera, una distancia tan grande que ni siquiera la aguda vista de Jacob podía distinguir los autos que pasaban.

"¡Pobre Jacob Bauman!", se dijo Jacob. Para él, todas las cosas buenas de la vida habían llegado excesivamente tarde. Al fin era dueño de una impresionante finca; pero se hallaba demasiado enfermo para disfrutar de ella; al fin estaba casado con una joven que era lo bastante joven para hacer volver la cabeza a cualquier hombre; pero él era demasiado viejo para apreciarla de¬bidamente. Al fin había conseguido una aguda penetración en los misterios de la naturaleza humana; pero postrado en la cama y sin más compañía que la de sus sirvientes, eso no le servía para nada. ¡Pobre del rico Jacob Bauman! Pese a toda su fortuna, suerte e inteIigencia, su mundo se encontraba limitado por la anchura de su colchon, el trozo de sendero que abarcaba su vista y la profundidad mental de la señorita Nevins.

¿Y dónde estaba ella? Se volvió hacia el reloj de la mesilla de noche, rodeado de botellas, píldoras y ampollas. Eran las nueve y seis minutos. Atisbando otra vez por la ventana, vio a la muchacha de uniforme blanco mirar con desaliento su reloj, mandar un beso al chófer y ponerse a andar, a toda prisa, hacia la casa. Era una chica rubia y robusta, que andaba con alegre contoneo y moviendo los brazos en una exuberancia de energía que a Jacob le fatigaba con sólo verla. Sin embargo, siguió observándola hasta que desapareció bajo el tejado del porche. Luego volvió a su desayuno. La señorita Nevins se detendría a dar los buenos días al cocinero y la doncella, calculó Jacob, y eso significaba que cuando ella llamase a la puerta, él estaría acabando el huevo y la tostada.

Masticaba el último bocado cuando la llamada se produjo. Jacob dijo: "Adelante", y entró la enfermera, sonriendo.

-Buenos días, señor Bee - dijo, animadamente. Puso su novela barata sobre la cómoda y miró, sin mucho interés, la novela gráfica dejada por la enfermera de noche.

-¿Cómo se encuentra hoy? -preguntó.

-Vivo - replicó Jacob.

-¿No le parece el de hoy un día maravilloso? - comentó la muchacha, yendo hacia la ventana -. Hace un momento, ahí afuera, hablando con Vic, tuve la impresión de que estábamos en primavera. ¿Quiere que abra las ventanas?

-No. Su amigo el doctor me previno contra los catarros.

-¡Ah, sí! Me había olvidado. Supongo que, en realidad, no soy muy buena enfermera, ¿verdad? - preguntó, sonriendo.

-Es usted una buena enfermera - replicó Jacob-. Es mejor que las que nunca me dejan en paz.

-Tiene razón. Me doy cuenta de que no estoy lo bastante consagrada a mi trabajo.

-¿Consagrada al trabajo? Es usted una jovencita preciosa y, por tanto, tiene otros intereses. Lo comprendo. Se dijo usted a sí misma: "Haré de enfermera durante una temporada. El trabajo es fácil y la comida buena. Así ahorraré algún dinero para cuando me case".

La chica pareció sorprendida.

-¡Caramba! Eso es exactamente lo que me dije cuando el doctor Holmes me ofreció este empleo. ¿Sabe que es usted muy listo, señor Bee?

-Gracias -replicó Jacob, secamente-. Cuanto más viejo, más listo. - Bebió un sorbo de té y puso cara de desagrado -. ¡Aj! Asqueroso. Llévese esto.

-Debería usted terminárselo - murmuró la chica.

-¡Quítemelo de aquí! - exigió Jacob, impaciente.

-A veces se porta como un niño.

-Bueno, yo soy un niño y usted una muchachita. Pero será mejor que hablemos de usted. - Comenzó a arreglarse las almohadas; pero se detuvo cuando la chica acudió a ayudarle -. Dígame, Frances - empezó, con el rostro muy cerca del de la joven -, ¿ha elegido ya esposo?

-Señor Bee, esa es una pregunta muy personal para hacérsela a una chica.

-De acuerdo. Es una pregunta personal. Si no me la contesta a mí, ¿a quién iba a hacerlo? ¿Cree que voy a contárselo a alguien? ¿Es que hay alguien a quien se lo pueda decir? El médico ni siquiera me permite tener un teléfono junto a la cama para llamar de vez en cuando a mi corredor de bolsa. Opina que el hecho de enterarme de que había perdido unos cuantos miles de dólares constituiría una impresión demasiado grande. ¿Es que no sabe que con sólo leer los periódicos puedo decir al céntimo lo que gano o pierdo? - Sonrió confidencialmente-. Así que, dígame: ¿qué aspecto tiene su amante?

-¡Señor Bee! Un futuro marido es una cosa, pero un amante... - mullió la última almohada y fue hacia la silla que había junto al ventanal-. No sé qué opinión tiene usted de mí.

Jacob se encogió de hombros.

-Opino que es muy bonita. Pero las chicas de hoy son un poco distintas de las de hace cincuenta años. No digo que sean mejores ni peores. Sólo que son distintas. Comprendo esas cosas. Después de todo, es usted sólo unos pocos años más joven que mi esposa. Sé que a los hombres les gusta mirarla a ella, así que supongo que también les gusta mirarla a usted.

-¡Oh, pero su mujer es muy guapa! De veras. Creo que es la mujer más vistosa que conozco.

-Mejor para ella -dijo Jacob-. Ahora hábleme de su amante.

-Bueno... - comenzó la chica, evidentemente como placida -. En realidad, aún no es nada definitivo. Quiero decir que no hemos fijado la fecha ni nada.

-Sí que lo han hecho. No quiere decírmelo porque teme que la despida antes de que a usted le venga bien.

-No, de veras, señor Bauman...

-Entonces será que aún no han fijado el día de la semana. Pero el mes ya lo han decidido, ¿no es así? - Esperó un momento la contradicción-. Bien... Créame cuando le digo que comprendo esas cosas. ¿Qué mes han escogido? ¿Junio?

-Julio - corrigió la chica, sonriente.

-¡Vaya! ¡Me equivoqué por un mes! No me molestaré en preguntarle si él es atractivo. Sé que lo es. Y también fuerte.

-Sí.

-Pero tierno.

La muchacha asintió, radiante.

-Eso es bueno -dijo Jacob-. Es muy importante casarse con un hombre tierno... que no lo sea demasia¬do. Los que son excesivamente suaves permiten que se abuse de ellos. Créame, sé de qué hablo. Yo mismo era un hombre muy tierno y... ¿Quiere que le diga adónde me llevó la ternura? A ningún sitio. Por eso cambié. Y no es que, de vez en cuando, no cometa errores, pero cada vez que me ocurre me cuesta caro... Un mal matrimonio puede ser un enorme error. Tal vez el más grande de todos. Ha de saber uno a qué clase de persona se liga. Pero usted lo sabe, ¿no es así?

-Sí. Se trata de un hombre maravilloso. De veras. Usted no lo comprende, señor Bauman, porque en realidad no le conoce, pero si alguna vez charlase con él. - La joven se cortó, mordiéndose el labio inferior-. Bueno, no quiero decir con eso...

-Así que es alguien que yo conozco - comentó Jacob -. Eso es interesantísimo. Nunca lo hubiera supues¬to. ¿Quizá un amigo mío?

-No, de veras, no pretendía decir... Me ha interpre¬tado mal. No es nadie...

-¿El doctor Holmes? - quiso saber Jacob.

-¡Oh, no!

-¿Tal vez alguien que trabaje para mí? – preguntó Jacob, astutamente -. ¿Charles? No, no... No puede ser él. A usted no le gusta mucho Charles, ¿verdad, Frances? Cree que él la mira por encima del hombro. ¿A que si?

-Si - replicó ella, repentinamente indignada -. Me hace sentirme como una especie de... de no sé qué y sólo porque se cree muy... elegante. Si me lo pregunta, le diré que es un cursi.

Jacob rió.

-Tiene usted toda la razón. Charles es un cursi. Un cursi inaguantable... Pero, entonces, ¿de quién puede tratarse? El señor Coveny es demasiado viejo para usted, asi que sólo queda... - Hizo una pausa. Sus ojos brillaban, irónicos. Apartó la mirada de la chica y la dirigió al ventanal. Al fin dijo -: No, no acierto. Deme una pista. ¿En qué asuntos interviene...? ¿Bolsisticos? ¿Petroleros? ¿Textiles? - Levantó la voz -. ¿Transporte?

-Se burla usted de mí -dijo la muchacha-. Ya sabe que es Vic. Apuesto que lo ha sabido durante todo el rato. Espero que no esté usted enfadado. En realidad, debi decírselo antes, pero...

Una llamada a la puerta la interrumpió.

-Adelante - dijo Jacob.

En el cuarto entró la señora Bauman, una aparatosísima pelirroja con aspecto de estar más cerca de los veinte que de los treinta. Llevaba un suéter amarillo y unos pantalones provocativamente ajustados.

-Buenos días a todos. No, siéntese, querida -le dijo a Frances-. ¿Cómo está nuestro paciente esta mañana?

-Fatal - dijo Jacob.

Su mujer rió falsamente y le dio una palmadita en la mejilla.

-¿Has dormido bien?

-No.

-¿No es espantoso? -preguntó la señora Bauman a Frances -. No sé cómo puede usted aguantarle.

-Lo hace por dinero. Igual que tú.

La señora Bauman emitió una risita forzada.

-Es como un niño, ¿verdad? ¿Ha tomado ya su pastilla naranja?

-Sí - dijo Jacob.

-No - corrigió Frances -. ¿Son ya las nueve y cuarto? ¡Cómo lo sien...!

-Me temo que son casi y veinte - dijo la señora Bauman, con frialdad -. Deje, yo se la daré. - Destapó uno de los tubitos de encima de la mesilla, y de una plateada jarra, sirvió un vaso de agua -. Ahora abre la boca.

Jacob apartó la cabeza.

-Aún puedo con una pastillita y un vaso de agua- dijo -. Ni siquiera tienes aspecto de enfermera -. Se metió la píldora en la boca y tragó un sorbo de agua-. ¿Adónde vas vestida como una estudiante?

-Sólo a la ciudad, a hacer unas compras.

-Vic ya tiene listo su coche - anunció Frances -. Lo ha limpiado esta mañana y parece nuevo.

-Estoy segura de que sí, querida.

-Si no brilla bastante, compra otro - dijo Jacob.

-Precisamente eso había pensado yo - contestó su mujer -. Pero luego se me ocurrió que era mejor esperar a que te pusieras bueno. Entonces adquiriremos uno de esos pequeños autos deportivos que sólo tienen dos asientos y en él daremos largos paseos juntos, sólo tú y yo.

-No puedo esperar tanto - dijo Jacob.

-¡Cariño! - exclamó la señora Bauman -. ¿No te parece que es un día espléndido? ¿Por qué no has ordenado que Charles abra las ventanas?

-Porque no quiero coger un catarro y morirme - replicó Jacob -. Pero gracias por sugerido.

Sonriendo agriamente, la señora Bauman se besó la punta de los dedos y luego tocó con ellos la frente de su marido.

-Hoy ni siquiera mereces un beso así - declaró en tono juguetón. Y dirigiéndose a Frances -; Si continúa de tan mal humor, no le hable. Así aprenderá. - Con su sonrisa invitaba a la joven a una especie de conspiración femenina -. Volveré muy pronto - dijo a Jacob.

-Aquí te esperaré - replicó su marido.

-Adiós - se despidió la señora Bauman.

-Cierre la puerta - ordenó Jacob a Frances.

-¡Qué guapa estaba! ¿Verdad? - comentó Frances, haciendo lo que le pedían -. Me gustaría poder llevar pantalones así.

-Haga un favor a su marido y póngaselos antes de casarse.

-¡Oh! A Vic no le importaría. No tiene nada de celoso. Me ha dicho cientos de veces que le encanta que otros hombres me miren.

-¿Y a usted qué le parece que él mire a otras mujeres?

-Pues... no me importa. Quiero decir que, después de todo, es natural, ¿no? Además, Vic ha tenido... –La joven enrojeció levemente -. No entiendo cómo hemos vuelto a hablar de este asunto. Es usted de veras terrible, señor Bauman.

-Pocos placeres les quedan a los viejos, aparte del de hablar. De modo que Vic tiene gran experiencia con las mujeres, ¿no?

-A veces resulta verdaderamente turbador. Quiero, decir que hay mujeres que se echan en brazos de ciertos hombres. Así, tal como suena. Un miércoles, hace dos semanas, estuvimos en un club nocturno. Era la noche libre de Vic.

Jacob asintió con la cabeza y apartó la mirada de la chica, que comenzaba a hablar con mayor rapidez. La señora Bauman acababa de hacerse visible y caminaba, a través del césped, en dirección al garaje. Se movía de forma muy distinta a la de Frances, mucho más lenta, casi perezosa. Bajo los pantalones, sus caderas se contoneaban levemente, como el fiel de una balanza que buscase su equilibrio. Incluso en el lánguido bracear parecía existir un sutil ahorro de energía. La mujer no la derrochaba, como Frances, sino que parecía guardarla, almacenándola para movimientos más importantes.

-Aquella chica tenía un aspecto verdaderamente terrible... - decía Frances -. Cuando se acercó a nuestra mesa me quedé de piedra. Su cabello era negrísimo y parecía como si no lo hubieran peinado desde hacía semanas. Además, llevaba tanto lápiz labial que debió de gastar un tubo entero para maquillarse.

Jacob escuchaba, ausente, con la vista clavada en su mujer, que había llegado al convertible y permanecía apoyada contra la portezuela, charlando con Vic. Jacob pudo ver que su sonrisa se ampliaba al oír las palabras del hombre. Luego, echando la cabeza hacia atrás, lanzó una carcajada. A Jacob no le llegó el ruido de la risa; pero por el recuerdo de años atrás, sabía que era un sonido agudo y alegre. Verdaderamente estimulante. Vic, con un pie desdeñosamente apoyado sobre el paracho¬ques, sonrió a la señora Bauman.

-De veras creí que estaba borracha - dijo Frances, embebida en su historia -. Quiero decir que no me es posible imaginar que una mujer tenga la desfachatez de sentarse en las rodillas de un desconocido y besarle. ¡Y enfrente de su compañera! Porque yo podía haber sido la esposa de Vic.

-¿Y qué hizo él? -preguntó Jacob, apartando la vista de la ventana.

-Pues... nada. ¿Qué iba a hacer? Estábamos en un lugar público. Trató de portarse como si fuera una broma o algo por el estilo. Pero yo no pude tomárselo de esa forma. Quiero decir que traté de hacerlo; pero la chica no se movió y él no podía quitársela de encima a empujones. Todo el mundo nos observaba. Yo me sentía cada vez más furiosa y... Bueno, para ser sincera con usted, señor Bauman, le diré que a veces tengo un temperamento terrible. Sobre todo cuando se trata de cosas personales, como lo de Vic. Entonces no puedo controlarme.

-¿Como en el caso de Betty? -preguntó Jacob. Frances se mordió el labio inferior.

-No sabía que estuviera enterado de eso - dijo-. De veras lo sentí muchísimo, señor Bauman. Es que entré en la cocina en el momento en que ella abrazaba a Vic. Me parece que lo vi todo rojo.

-Eso oí - sonrió Jacob -. No vi a Betty antes de que se fuera; pero Charles me aseguró que ya no estaba tan guapa como de costumbre.

-Supongo que la arañé de un modo salvaje - murmuró Frances, bajando los ojos -. Lo siento muchísimo. Traté de disculparme; pero Betty no quiso escucharme. ¡Como si la culpa fuera sólo mía!

-¿Y qué hizo con la chica de ese club nocturno?

-La separé de Vic agarrándola por el pelo - admitió, de mala gana -. Y si él no me hubiera detenido, lo más probable es que hubiese intentado sacarle los ojos. Me volví verdaderamente loca. Fue mucho peor que con Betty, porque la del cabaret besaba de veras a Vic. Creo que, de haber tenido a mano un cuchillo o algo así, habría intentado matarla.

-¿De veras? - dijo Jacob. Apartó la mirada de la chica y volvió a dirigirla hacia la ventana. Ahora ni su mujer ni el chófer eran ya visibles. Sus ojos escrutaron todo el césped, observando las estatuas que brillaban levemente al sol, al señor Coveny, que seguía frente a las azaleas, y volviendo a fijarse en el brillante convertible. Sobre el capot del coche advirtió una extraña sombra y, forzando la mirada, acabó por definida como el trapo que había empleado Vic para limpiar el auto.

-¿Y cómo afectan esas pequeñas peleas sus sentimientos hacia Vic? -preguntó Jacob, sin darle importancia.

-No los afectan en absoluto. ¿Qué razón habría para que así fuera? No es culpa suya si las mujeres se le echan encima. El no hace nada por animarlas.

-¡Claro que no! - dijo Jacob. Entornó los párpados, esforzándose por enfocar la mirada en la oscura venta-na que había sobre el garaje. Creía haber visto allí un brillante destello amarillo. ¿O era únicamente el sol reflejándose en el cristal? No, porque la ventana estaba abierta. Allí estaba otra vez el destello, entre sombras que se movían. Una brillante mancha de color que aho¬ra se estrechaba e iba alzándose lentamente, como si fuese un trozo de tejido, una prenda de ropa -tal vez un suéter - que alguien se estuviera quitando. Luego el brillo desapareció y ya ni siquiera fueron perceptibles las cambiantes sombras que enmarcaba la ventana. Ja¬cob sonrió -. Estoy seguro de que Vic es por completo digno de confianza - dijo -. Toda la culpa es de las mujeres. Comprendo perfectamente sus celos, Frances. Son su derecho a luchar por lo que posee, aunque eso signifique destruir alguna otra parte de su vida.

Frances pareció desconcertada.

-¿Imagina que, por lo ocurrido, Vic me ama menos? El también dijo que me comprendía.

-Estoy seguro de que así es -aseguró Jacob-. Problemente la quiere aún más por demostrarle tan a las claras su devoción. A los hombres les gusta eso... No, antes hablaba por hablar. Cosas de viejos. Después de todo, ¿qué otra cosa puedo hacer?

-Oh, pues... un montón de cosas. Es usted muy inteligente. Al menos, eso me parece a mi. Debería bus-carse un pasatiempo. Hacer crucigramas, o algo por el estilo. Apuesto a que se le darían de maravilla.

-Puede que alguna vez me decida a probar -dijo Jacob -. Pero ahora lo que me apetece es dormir un ratito.

-¡Buena idea! Hoy me he comprado una novela nue¬va. La empecé en el autobús. Algo estupendo de veras. Trata de aquella francesa que volvió locos a no sé cuan¬tos reyes.

-Parece muy interesante - comentó Jacob -. Sin embargo, antes de que reanude usted la lectura, le agradecería que me hiciese un pequeño favor. - Volviéndose, abrió el único cajón de su mesilla de noche -. Ahora no se asuste - advirtió, al tiempo que sacaba un peque¬ño revólver gris -. Tengo esto aquí en previsión de que alguna vez entren a robar. Pero hace tanto que no lo han limpiado, que no estoy seguro de que funcione aún. ¿Querría llevárselo a Vic para que le eche un vistazo?

-Desde luego - dijo la chica, levantándose y toman¬do el arma con mano indecisa -. ¡Qué ligero es! Siempre había pensado que los revólveres pesaban lo menos diez o doce kilos.

-Tengo entendido que esa es un arma de mujer - dijo Jacob -. Para mujeres Y ancianos. Ahora, sea cuidadosa, porque está cargado. Le sacaría las balas, pero mucho me temo que no entiendo demasiado de esas cosas.

-Tendré cuidado - aseguró Frances, probando a to¬mar el revólver por la culata -. Y usted pruebe a dormir un rato. ¿Le digo a Charles que suba a acompañar¬le mientras yo no estoy?

-No, no se moleste. Me encuentro bien. Y estése con su novio el tiempo que quiera. Hace poco le vi subir a su habitación.

-Estará durmiendo - dijo Frances.

-Entonces, ¿por qué no entra sin llamar y le sorprende? - sugirió Jacob -. Probablemente, a él le gustará eso.

-Bueno, si no es así, le explicaré que fue idea de usted.

-Sí. Dígale que todo fue idea mía.

Jacob sonrió, mirando cómo se iba la chica. Luego se hundió entre las almohadas y cerró los ojos. Reinaba un gran silencio y se sentía tan verdaderamente cansado que, contra su voluntad, había comenzado a dormitar cuando, en el otro extremo de la pradera, se oyó el primer tiro, seguido inmediatamente por el segundo y el tercero. El hombre consideró un instante la idea de incorporarse para observar por la ventana el ajetreo que iba a producirse, mas le pareció un esfuerzo demasiado grande.

Por otra parte, él, postrado en su lecho de dolor, no podía hacer absolutamente nada.

La futura difunta - Richard Matheson

El hombrecillo abrió la puerta y entró; fuera quedó la deslumbradora luz del sol. Aquel hombrecillo larguirucho, de aspecto simple y ralo cabello gris, rondaría los cincuenta años o poco más. Cerró la puerta sin hacer ruido y se quedó en el lóbrego vestíbulo, en espera de que los ojos se le acostumbraran al cambio de luz. Vestía un traje negro, camisa blanca y corbata negra. Su pálido rostro aparecía sin transpiración a pesar del calor. Cuando sus ojos se hubieron acostumbrado a la penumbra, se quitó el sombrero panamá y avanzó por el pasillo hasta el despacho: sus zapatos negros no hicieron ruido alguno al pisar sobre la alfombra. El empleado de la funeraria levantó la vista de su escritorio para saludarle.

-- Buenas tardes.

-- Buenas tardes --repuso el hombrecillo, que tenía una voz suave.

-- ¿Puedo ayudarle en algo?

-- Sí --respondió el hombrecillo.

Con un ademán, el empleado de la funeraria le indicó la butaca que había del otro lado de su escritorio y le dijo:

-- Por favor.

El hombrecillo se sentó en el borde de la butaca y dejó el panamá sobre su regazo. Observó que el empleado de la funeraria abría un cajón y sacaba un impreso. Después, retiró una estilográfica negra de su base de ónice, y preguntó:

-- ¿Quién es el difunto?

-- Mi esposa --dijo el hombrecillo.

El empleado de la funeraria emitió un cloqueo de condolencia.

-- Lo siento.

--Ya --replicó el hombrecillo con una mirada inexpresiva.

-- ¿Cómo se llamaba?

-- Marie Arnoid --respondió el hombrecillo en voz baja.

El de la funeraria escribió el nombre.

-- ¿Dirección?

El hombrecillo se la dio.

-- ¿Está ella allí ahora?

-- Si. está allí --respondió el hombrecillo.

El otro asintió.

-- Quiero que todo sea perfecto --dijo el hombrecillo--. Quiero lo mejor que haya.

-- Claro, claro, por supuesto.

-- No me importa lo que cueste --insistió el hombrecillo. Su garganta osciló cuando tragó saliva .

-- Ahora ya no me importa nada. Salvo esto.

-- Lo comprendo --dijo el de la funeraria.

-- Quiero lo mejor que tenga --volvió a insistir el hombrecillo--. Ella es preciosa. Debe tener lo mejor.

-- Lo comprendo.

-- Siempre tenía lo mejor. Yo me encargaba de ello.

-- Claro, claro.

-- Asistirá mucha gente --comentó el hombrecillo--. Todo el mundo la quería. Es tan hermosa..., tan joven... Tiene que darle lo mejor. ¿Me comprende?

-- A la perfección --le aseguró el de la funeraria--. Le garantizo que quedará más que satisfecho.

-- Es tan hermosa --repitió el hombrecillo--. Tan joven.

-- No lo dudo --asintió el de la funeraria.

El hombrecillo permaneció sentado, sin moverse, mientras el empleado de la funeraria le formulaba unas preguntas. El tono de voz del hombrecillo no varió mientras hablaba. Sus ojos parpadeaban tan de vez en cuando que el empleado no los vio moverse ni una sola vez. El hombrecillo firmó el impreso ya rellenado y se incorporó. El de la funeraria hizo lo propio y rodeó el escritorio.

-- Le garantizo que quedará usted satisfecho --dijo al tiempo que le tendía la mano.

El hombrecillo se la estrechó. La palma de su mano estaba seca y fría.

-- Dentro de una hora iremos a su casa --le indicó el agente funerario.

-- Perfecto --repuso el hombrecillo.

El empleado avanzó por el pasillo, al lado del cliente.

-- Para ella quiero que todo sea perfecto --dijo el hombrecillo--.Sólo lo mejor.

-- Todo saldrá tal como usted desea.

-- Se merece lo mejor. --El hombrecillo miró al frente con fijeza--. Es tan hermosa. Todo el mundo la quería. Todo el mundo. Es tan joven, y tan hermosa...

-- ¿Cuándo ha muerto? --preguntó entonces el de la funeraria.

El hombrecillo no pareció haberle oído. Abrió la puerta, salió a la luz del sol y se puso el panamá. Había recorrido ya la mitad de la distancia que lo separaba de su coche cuando, con una leve sonrisa en los labios, contestó:

-- En cuanto llegue a casa.