La primera vez que Kenny
Wilcox oyó hablar a su esposa del increíble Cinturón de Venus, ambos se estaban
vistiendo para salir por la noche.
Estaba
en pie ante la cómoda, los tirantes sosteniendo los pantalones de noche, los
hombros delineados bajo la blanca camiseta, las manos sosteniendo un cepillo
militar. Lanzaba maldiciones por lo bajo, pero con profundo sentimiento,
mientras intentaba fútilmente suavizar las ondulaciones de su rizado cabello
negro.
Baby
estaba ante el tocador, ignorando la forma habitual de su boca al tratar de
pintarla de manera distinta, obscena y provocativa, delineándola
caprichosamente con espesa y roja crema.
—Hoy
compré un cinturón —dijo Baby al mismo tiempo que se pasaba el lápiz de labios.
De modo que sonó «ho ompré un urón». Llevaban ya tres meses casados, lo
bastante para que Kenny supiera traducirlo.
—¿De
veras? —dijo él ausente—. ¿Piensas pasar contrabando a Newcastle?
Era
una broma, y bastante fina, pensó él, pues contenía implícitamente una alusión
a la perfecta silueta de Baby. Sin embargo, a Baby no le sentó bien, pues su
ebúrnea frente se frunció suavemente, y sus ojos buscaron el reflejo que le
devolvía el espejo del tocador.
—No
sé de qué estás hablando —dijo—. El caso es que compré este cinturón a un
viejecito que me asaltó en Michigan Boulevard mientras miraba un escaparate. Le
di diez dólares por él. ¿No es magnífico?
Por
el rabillo del ojo, Kenny captó un relámpago de fuego rojo, verde y blanco.
Juró lo que se entiende por un buen y rotundo juramento, y colgó el cepillo
militar. No era la clase de cinturón que él creía adecuado para ella. Era un
estrecho cinturón adornado con malla dorada, incrustado de brillantes gemas que
lo hacían muy pesado.
Lo
suficiente para sacarte un ojo de un golpe.
—¡Por
el amor de Dios! —exclamó Kenny—. Esas piedras parecen auténticas.
—Bueno,
¡es que lo son! —Baby estaba indignada—. Lo llevé después al Barham y me
dijeron que los diamantes, rubíes y esmeraldas eran auténticos, tal como me
había imaginado. No creerás que iba a gastar diez dólares...
—¡Pero
fíjate! —dijo Kenny—. ¡Diez dólares! Entonces son peligrosas. Las han robado.
Esta
observación sólo consiguió poner a Baby más nerviosa.
—¿Acaso
soy un policía? ¿Es que también tenía que haberle preguntado un montón de cosas
insidiosas que no son de mi incumbencia? Además, me dijo que el cinturón
era suyo, y que tenía perfecto derecho a venderlo. ¡Chúpate ésa, mangas verdes!
Cuando
Baby llegaba a este estado, lo más recomendable era intentar aplacarle el
genio. Baby era hermosa, pero no muy inteligente. Sin embargo, Kenny sabía por
experiencia que, siguiendo la extraña lógica que ella adoptaba, resultaba más
lista de lo que parecía, una auténtica maravilla, a su manera.
Así,
teniendo esto en cuenta, Kenny procuró ser muy, muy amable.
—Escucha,
Baby —dijo—. ¿Por qué ese viejo iba a venderte por diez dólares lo que valdría
una pequeña fortuna?
Baby
resopló.
—Él
me explicó todo eso. Me dijo que diez dólares era sólo un... un pago simbólico.
Dijo que realmente lo estaba vendiendo con espíritu de malicia. Y dijo que
apaciguaría su mente vendiéndoselo a la primera mujer hermosa que apareciera
por la avenida. Y obviamente, fui yo.
Satisfecha
de su explicación, Baby cogió un vestido de noche negro y se lo pasó por su
brillante y rubia cabeza.
—¿Espíritu
de malicia? —dijo Kenny pensativamente—. ¿Qué crees que quiso decir con eso?
Por
desgracia, iba a descubrirlo demasiado pronto. Aunque no exactamente entonces.
Y no por Baby, ni por el anciano, de quien nunca más se supo.
—No
lo sé —Baby se encogió de hombros—. Pero eso es lo que dijo. Ah, y también que
era el Cinturón de Venus.
La
frase sonó melodiosa en la mente de Kenny, conjurando románticas imágenes.
—El
Cinturón de Venus —repitió suavemente.
—¡Aja!
Ya sabes, Venus, donde hay góndolas.
—¡No,
no, no, por el amor de Dios! ¡Eso es Venecia! —exclamó Kenny con desesperación, emergiendo de sus ensoñaciones—. Venus era la
diosa del Amor.
Aquello
impresionó a Baby, aunque no mucho.
—¡Oh!
Bueno, lo que sea. Él caso es que ahora yo tengo su cinturón.
Se
colocó el enjoyado cinturón en torno a su estrecha cintura y corrió a
contemplar con admiración el efecto que hacía ante el espejo.
Y
fue justo entonces cuando ocurrió lo más incomprensible.
Pero
antes de proceder con el relato del Cinturón de Venus, es necesario que
lancemos una mirada retrospectiva sobre Baby.
Cuando
la señora de Oren P. Nicolson se divorció del señor Oren P. Nicolson, percibió
para sobrevivir cien mil dólares de la fortuna de medio millón que poseía su
marido. Poco después, y más bien a la ligera, el señor Oren P. Nicolson se casó
con la señorita Baby Czwatka, la chica menudita y muy rubia que despachaba
tabaco en el vestíbulo del Edificio Nicolson.
Baby
se hizo cargo del resto.
Todo
el mundo quería a Baby, y todos le desearon suerte en su romance, con la
posible excepción, claro, de la primera señora de Oren P. Nicolson. Pero hasta
las fregonas del Edificio Nicolson le mostraron su afecto y buena voluntad. Una
delegación de las mismas, encabezada por una tal señora Tillie Kopek, sonriendo
de oreja a oreja, obsequió a Baby con un ramillete de flores la víspera de su
boda. Baby estaba bastante emocionada. Incluso derramó unas cuantas lágrimas. Y
prometió afectuosamente a la señora Tillie Kopek que nunca, nunca la olvidaría.
Y
así se casaron. El matrimonio duró siete meses... agitados meses aquéllos,
cuyos días y noches se sucedían con casi turbulenta actividad. A veces, el
señor Oren P. Nicolson se preguntaba cómo podían aguantarlo sus arterias.
Hasta
que, por fin, no aguantaron más.
La
mañana del catorce de agosto, al despertarse, Baby se encontró al señor Oren P.
Nicolson muerto por fallo cardíaco sobre su cama de madera pulimentada, pareja
con la suya propia.
Fue
todo muy trágico.
Baby,
que había cobrado afecto al hombrecito, se sintió desconsolada. Aunque no
inconsolable. A fin de cuentas, reflexionó, la viudez podía haber sido peor.
Ella era joven. De luto estaba para comérsela. Además era propietaria de un
cuarto de millón de dólares, un abrigo de visón, un «Lincoln Continental», y
deslumbrantes joyas.
Todo
eso, menos los veintisiete dólares con cincuenta que se había gastado en
procurar una placa al monumento de Oren P. Nicolson en el cementerio de
Evergreen.
Pero
es que era así de generosa.
—Así
soy yo —confiaba Baby a Kenny Wilcox un año después—. Soy la clase de persona
que daría a otra su última camisa. Dame cien dólares y no seré feliz hasta que
no haya encontrado a quién dárselos.
—Bueno,
en ese caso —sugirió Kenny, una repentina idea—, dame cien dólares.
—¡Por
aquí! —exclamó bruscamente Baby, furiosa. Entonces vio el destello de malicia
en los soñadores ojos azules de él, y dijo—: ¡Oh, tú y tus eternas tomaduras de
pelo!
Por
entonces estaba enamorada de él. Era tan guapo, alto y moreno, sus mejillas un
poco hundidas, la expresión indolente de sus ojos azules mantenían en lo más
profundo un destello divertido ante el boato efímero. Y ella pensó que era muy
inteligente, casi hasta dar asco.
—Porque
¡fíjate! —señaló ella, a modo de prueba—. Eres periodista en un periódico.
Ante
tal muestra de sagacidad, por parte de la chica, Kenny ni se atrevió a
replicar. Sólo podía asentir tolerante, modestamente.
Él
era periodista de salón de un periódico matutino, y su trabajo se desarrollaba
por la noche, en los clubs. Por cierto, había conocido a Baby en una de sus
rondas, en el bar Bami-Bami. Y le pareció una chica muy divertida. Desde
entonces le acompañaba siempre. Todo era gratis y, además, los lugares que él
visitaba estaban, según frase de Baby, emporcados de mujeres guapas. Uno se
tropezaba con ellas por todas partes. Obviamente, él necesitaba una mano que lo
contuviera, y hasta con Baby a su lado...
—¡La
leche! —diría Kenny con pasión, echando el ojo a una danseuse de cabaret
de cabello anaranjado, generosamente ataviada con tres pedazos de seda
estratégicamente situados y media docena de diamantes de bisutería—. Escucha
eso, ¿quieres?
Baby
escucharía y comenzaría a pinchar.
—Su
silueta no es ni pizca mejor que la mía —diría ella a la defensiva—. Lo que
pasa es que ves más de lo que hay.
Kenny
se apresuraba a admitir la justicia de la observación.
—Cierto
—acordaría él, y Baby volvería a respirar otra vez.
Así
las cosas, quizá no extrañe a nadie que fuera Baby la primera en pensar que el
matrimonio podía ser una buena idea. Y sin avisar, una noche, en el Golden
Pumpkin, se lo propuso a Kenny, al que cogió con la guardia baja, y que, al
escucharla, se quedó con la boca abierta.
—Ya
sé —asintió ella, advirtiendo su asombro—. Sin duda piensas que estoy loca, al
querer casarme contigo...
Pues
no. Él no se hubiera atrevido a afirmar tal cosa.
—...teniendo
yo tanto dinero y todo lo demás —prosiguió Baby, sin escucharle—. Pero, a fin
de cuentas, el dinero no lo es todo. Y de cualquier modo, todo quedará a mi
nombre.
—Oh
—dijo muy débilmente.
—¿Así
que lo comprendes? —dijo Baby—. Entonces todo está arreglado.
—Pero
—atajó él, con tanta delicadeza como le fue posible—, yo no estoy enamorado de
ti.
—¡Lo
estarás! —exclamó Baby, y él pensó que su confianza era realmente espeluznante.
—Pero
yo no quiero casarme —dijo esta vez en tono hostil.
—¿Y
qué importa? —Baby alzó un dedo admonitorio—. Yo sé lo que te conviene.
Naturalmente,
él no tenía la menor intención de casarse con la chica. Por supuesto que no,
¡por todos los dioses! Tan seguro estaba de su decisión que sin duda no sabría
explicar a nadie cómo pudo ser posible que tres semanas más tarde se casara.
Dios sabe que ha intentado racionalizar su demencia desde entonces. Quizá el
parloteo de Baby lo llevó hasta un estado semicomatoso, dejándole indefenso.
Realmente no lo sabe. Queda a la estimación personal de cada uno.
Esto
nos conduce a la noche en que Baby se puso el Cinturón de Venus y en la que
ocurrió lo más incomprensible.
Pues
una extraña metamorfosis tomó cuerpo en Kenny. Descubrió, repentinamente, que
no quería salir. No quería ir a trabajar. No quería hacer nada sino quedarse en
casa y hacer el amor con Baby.
Sin
duda se había vuelto loco. Idiotas como eran sus corazonadas, aún le quedaba el
suficiente sentido común como para darse cuenta de lo excéntrica que era su
conducta. No la había amado cuando se casó con ella, y en tres meses, que él
supiera, no habían cambiado sus sentimientos.
Pero
ahora... ahora la miraba con ojos de carnero degollado, mientras el corazón se
le ablandaba. Nunca se le había aparecido tan hermosa, tan deseable. En torno a
ella se derramaba un aura que irradiaba la cualidad de la luz. A la mierda con
el trabajo. Comenzaría por trabajarla a ella, con los brazos extendidos, y los
ojos brillantes como los de un lobo.
Baby
necesitó un momento para reaccionar.
—¡Por
Dios! —exclamó, casi estrangulada por el abrazo y los besos de él—. ¿Qué mosca
te ha picado?
Ella
no estaba exactamente sorprendida. Pero él nunca se había comportado así antes.
En ocasiones anteriores, ella era siempre la primera en meter mano y sus
afectuosos abrazos le eran invariablemente devueltos por él con lo que ella
pensaba todo el ardor de un bacalao muerto.
Su
confusión actual, en tal caso, era perdonable.
—¿Qué
te pasa? —dijo ella.
—No
lo sé —respondió él acremente, como farfullando para sí mismo—. Lo único que sé
es que te amo. No salgamos. Quedémonos y...
—No
seas enfermizo —avisó Baby, ruborizándose un poco. Se acercó a él. Aquello era
tan gratificante como misterioso. Tenía que tener tiempo para pensar—. Claro
que vamos a salir.
Él
estaba prácticamente en manos de ella, lo cual era, en verdad, una situación
nueva.
—Muy
bien —dijo él—. Saldremos. Haremos lo que quieras.
Y
le sonrió alegremente.
Ante
tal canina devoción, su asombro no hizo sino aumentar. Kenny jamás había sido
así. No sabía qué hacer con la sumisión. Pero se puso sobre los hombros el
abrigo de visón, y los dos salieron del apartamento.
Eso
y meterse en líos fue todo uno.
El
mozo del ascensor, vestido con una chaqueta raída y unos pantalones de un color
muy chillón, no alzó la mirada del tebeo que leía cuando ambos entraron.
Mecánicamente, condujo el ascensor hacia abajo; pero al llegar a la planta
baja, alzó la mirada, quizá por costumbre, esperando una propina.
Entonces
fue cuando se fijó en Baby. Parpadeó una vez, dos veces. Su boca se abrió y se
cerró como la de un pez fuera del agua. Y una expresión de lo más beatífica se
extendió lentamente sobre su pecoso rostro.
Al
parecer, Baby no se percató de la existencia del joven. Pero Kenny sí, y se
sintió molesto. Mientras abandonaban el ascensor y caminaban por el vestíbulo,
desierto a tan temprana hora, el mozo les siguió un corto trecho con los ojos
hipnotizados y fijos en Baby.
Kenny
se dio cuenta de este acecho silencioso. Normalmente era el más amable de los
hombres, pero su reciente comportamiento arriba, en el apartamento, le había
dejado algo trastornado. Como no podía evitar sus reacciones anteriores, se
posesionó, en cambio, del poder de interrogarlas. No le gustó el sentimiento
que había experimentado no hacía mucho y que, por alguna extraña razón, se
había enseñoreado de sus emociones.
Así,
con los nervios ya excitados, comprobó que la conducta del mozo del ascensor no
había servido sino para acercarle más al borde del precipicio.
—Tranquilo,
muchacho —avisó por encima del hombro, intentando controlar el deje irritado de
su voz.
—Pero
si no hago nada —respondió el otro—. Me limito a mirarla. No puedo evitarlo.
Está tan... tan...
Evidentemente,
la deleitable contemplación de Baby era lo que impedía completar la
descripción.
Baby,
dándose cuenta por fin de la curiosa conducta del mozo, miró intrigada a Kenny.
—Pero
¿qué...?
Kenny
se encogió de hombros. Su posesivo apretón en el codo de Baby la hizo
apresurarse.
—¡Largo!
—exclamó Kenny por encima del hombro.
Pero
el mozo no le hizo caso. Tampoco las siguientes advertencias hicieron decrecer
su admiración.
Kenny,
por último, se vio obligado a pararse. Se volvió. Extendió la mano y la plantó
sobre la cara del muchacho, empujándole al mismo tiempo. El chico cayó al suelo
sobre sus pantalones chillones, y un sonido de amenaza cruzó el aire.
Pero
no había resentimiento en el rostro del joven por haber recibido aquel trato.
Por el contrario seguía mirando a Baby con expresión fascinada, casi con ojos
de carnero degollado.
Kenny,
murmurando con ira, empujó a Baby hacia la puerta giratoria. Aunque los
problemas no habían hecho más que comenzar.
Se
puso delante de Baby e hizo una seña al portero para que parase un taxi. Cuando
éste se detuvo junto al bordillo, Kenny se hizo a un lado y ayudó a Baby a
entrar.
Los
ojos del portero cayeron sobre ella por vez primera, la enfocaron y se
agrandaron. Les siguió a lo largo de la acera, pegado a los talones de Kenny.
Incluso intentó meterse en el coche con ellos.
Kenny
se detuvo. Su puño derecho le golpeó con furia en el costado.
—Pero
¿no hay más que locos en esta casa? —murmuró.
Kenny
no se molestó en argumentar. De nuevo extendió la mano, dando el empujón de
rigor. Y el portero, sin resentimiento, se quedó allí, sentado en la acera,
rodeado de pedazos de mica, no más brillantes, sin embargo, que la mirada que
mantenía fija sobre Baby.
Kenny
sacudió la cabeza y se dispuso a entrar en el taxi para reunirse con Baby. Lo
hizo a tiempo de descubrir al taxista bajando el vidrio de separación y
saltando al asiento trasero.
Por
entonces, Kenny ya estaba empezando a darse cuenta de que algo no iba del todo
bien.
—¡Por
todos los diablos! —exclamó irritado—. ¿Qué narcótico te has puesto? —Y al
taxista—. ¡Vuelva junto al volante, antes de que le rompa los dientes!
Baby
se rió ahogadamente. El taxista hizo caso omiso del empujón que, por cierto, no
fue suave, y de repente el renacuajo y gordito conductor se encontró clavado
sobre la separación. Pero no parecía importarle. No podía dejar de mirar a
Baby.
—Por
favor —dijo Baby suavemente—, vuelva tras el volante. Queremos ir al Club
Carioca.
—Por
usted, señorita —susurró el taxista—, haría cualquier cosa.
Y
obedeció, sonriendo con cara de bobo. E incluso mientras conducía, Kenny
advirtió que no dejaba de mirar a Baby por el espejo retrovisor.
Había
una peculiar expresión en el rostro de Baby. Una mezcla de desconcierto,
iluminación, esperanza, y autosatisfacción. En verdad era un estudio de
emociones.
—No
entiendo nada —dijo Kenny.
La
rubia cabeza de Baby asentía.
—Creo
que sé dónde está la causa.
—Bueno,
¿qué es lo que hace que todo sea tan extraño?
—El
Cinturón de Venus —susurró Baby.
—¿El
Cinturón de Venus?
.
—¡Ajá! Creo que me convierte en una mujer irresistible. —La miró como si se
hubiera vuelto como una cabra y entonces ella añadió—: ¡Oh, Kenny, piensa en
ello! Debo estar muy cerca de la diosa del Amor.
—Quizá
seas una góndola —soltó Kenny. Era cierto que aquella noche ejercía alguna
extraña influencia sobre los hombres, pero su localización del poder era
completamente fantástica. La abrazó y la estrechó contra sí—. No digas
sandeces.
El
caso es que, tal como siguió la cosa, Baby demostró estar muy sana...
Todavía
hablan de aquella noche en el Club Carioca.
El
negocio se fue al traste.
Nada
más entrar Baby, un hombre le echó una mirada frívola, que pronto se quedó
fija. Otros, advirtiendo la dirección del mesmérico ensimismamiento y la
expresión más bien de imbécil que había en su cara, se volvieron para mirar
también.
Sus
miradas también se quedaron fijas en ella.
La
autoseguridad de Baby, mientras se dirigía con Kenny a una mesa bien delante,
era sorprendente. Apenas se instaló en la mesa elegida por ella (el maître
estaba demasiado atareado para atenderles, como suele ocurrir con todos los maître)
cuando todos los hombres del lugar dejaron sus sillas para formar una especie
de círculo encantado en torno a ella.
No
avanzaron. No hicieron nada ofensivo, Únicamente permanecían quietos, mirándola
como se mira a un ídolo de oro.
Esto
fue suficiente para Kenny, que sintió un repentino escalofrío.
Todas
las mujeres que habían quedado abandonadas miraban a Baby con ojos como
puñales. Y muchos silbidos de protesta se adivinaban detrás de las manos
alzadas. Una mujer, más decidida que el resto, se levantó, se acercó a su
compañero y le cogió de una oreja, pero él se limitó a encogerse de hombros.
Los
músicos hacía rato que habían abandonado sus instrumentos para ir a engrosar el
corro. La cohorte de adoradores aumentó el nerviosismo de Kenny. No es que
nadie le estuviera mirando a él, pero el hecho de brillar a costa de la
gloria ajena le hacía sentirse molesto.
—Diles
que se vayan —pidió a Baby.
—¡De
acuerdo! —dijo Baby, aunque su satisfacción era obvia—. En realidad, la
situación es bastante embarazosa. —Movió la mano con actitud de reina—.
Caballeros, pueden marcharse ya.
Los
caballeros obedecieron y se alejaron, aunque con cierta resistencia localizada
en las persistentes miradas que lanzaban al marcharse reculando.
—¿Ves?
—dijo Baby, no pudiendo reprimir una risa tonta de excitación. Aquello era lo
que todas las mujeres soñaban: convertirse en irresistibles para todos los
hombres. Era suficiente para desquiciar una cabeza más sabia que la de Baby.
Kenny
comenzó a bramar. ¡Santo Dios! ¿Qué había ocurrido ante sus propias barbas?
¿Qué extraño poder había adquirido Baby sobre los hombres? Entonces, mirando de
reojo, localizó a un hombre que no había obedecido la petición de Baby. Un
hombrecillo, estrecho de pecho y barrigón, en forma de quemador de incienso.
El
personajillo se acercó a la mesa y, sin ser invitado, se sentó junto a ellos.
—¡Jamás
vi cosa igual! —dijo a Kenny, sin dejar de mirar a Baby—. ¡Qué atractivo
erótico! Es como Dorothy Lamour, sólo que más... más así. No puedo resistirme a
ella.
—¿Y
quién es usted? —preguntó fríamente Kenny.
Aquello
pareció herir los sentimientos del hombrecillo. Se levantó, no muy raudo, y
dijo con empressement:
—Soy
Serge Ratkov, presidente de los estudios de la Twentieth Century Ratkov,
Hollywood, Estados Unidos.
—Perfecto,
ya puede largarse —dijo Kenny fastidiado—. ¡Señor, qué noche!
El
señor Ratkov se quedó mirando a Baby.
—¿Bromea?
—dijo señalando a Kenny.
—Claro
que sí —Baby miró a Kenny. ¿Quién podía ser tan violento con un magnate del
cine?—. ¿Qué puedo hacer por usted, querido señor Ratkov?
El
señor Ratkov puso el índice sobre la mesa.
—Quiero
que firme un contrato para actuar en el cine.
Sonrió
alegremente. Era evidente que esperaba que Baby se desmayara. Y quizá debiera
haberlo hecho (¿qué mujer puede resistirse a la tentación de Hollywood?) de no
haber soltado Kenny un puñetazo sobre la mesa. Aquello era demasiado.
—¡Ella
no quiere firmar ningún contrato! ¡No quiere ir a Hollywood! —gritó—. ¡Está
casada conmigo! Y se va a quedar aquí, ¿entiende?
El
señor Ratkov lo ignoró y se dedicó a Baby.
—¡Vamos!
¿Va a quedarse aquí cuando podría encontrarse en cualquier parte con Errol
Flynn y Tyrone Power?
—Oh,
Kenny —dijo Baby—. ¡Errol Flynn y Tyrone Power! ¡Piénsalo!
Kenny,
enormemente deprimido, lo pensó.
El
señor Ratkov estaba dejando su tarjeta en la mano de Baby.
—En
mi oficina. A las diez en punto, mañana por la mañana —dijo—. ¡Firmaremos
nuestro contrato!
Parecía
que ya nada más tenían que hacer allí, salvo marcharse. Cualquier otra cosa
habría sido anticlimática. Así, pues, se dirigieron hacia la salida, aunque
todos los hombres del lugar pretendieron seguirles.
Baby
tuvo que volverse en la puerta y decirles que permanecieran en el interior.
Obedecieron, aunque su resistencia era visible.
Después
de llegar a casa se entabló una pequeña batalla entre los dos. Ni que decir
tiene que hubo otros altercados menores por el camino, cuando otro taxista, el
portero, el mozo del ascensor y varios caballeros desconocidos del vestíbulo
intentaron seguirles hasta el apartamento.
Kenny
cogió al último de ellos en el pasillo, justo frente a su puerta, y lo aplanó
contra la pared. Cuando pudo cerrar la puerta a sus espaldas, quedándose solo
con Baby, boqueaba pesadamente.
No
derrochó tiempo en diplomacias. Dijo llanamente:
—¡Ya
estás quitándote ese jodido Cinturón de Venus!
—Pues
a mí no me da la gana.
—Pero
¿no te das cuenta? —dijo Kenny desesperadamente—. Es la causa de todo este lío.
Puede ser, mejor dicho. Nunca, hasta hoy, has causado tanta conmoción entre los
hombres.
—Mira,
yo no llamaría lío a un contrato cinematográfico.
—Pero
tú no vas a firmar ese contrato, ¿verdad que no?
—Por
supuesto que sí. ¿Quién dice que no?
Kenny
paseó por el piso.
—Pues
yo no voy a Hollywood. Mi trabajo está aquí. ¿Qué iba a hacer yo allí?
—Pero,
Kenny, querido. Seguramente ganaré una fortuna. No necesitarás hacer nada.
Detuvo
su paseo irritado y se la quedó mirando.
—¿Acaso
es eso lo que piensas de mí? ¿Que me voy a contentar con ser sólo el marido de
una estrella de cine? ¡Pues no! ¡Ya te estás quitando esa sucia idea de la
cabeza!
—Tú
eres el único que se está comportando sucia e irrazonablemente, y ya estoy
cansada de discutir sobre el asunto. —Se levantó y se dirigió al dormitorio—.
Ya no te haré más caso.
Pero
cuando desaparecía, había una pensativa expresión en su rostro. Una vez que
ella cerró la puerta a sus espaldas, Kenny se dejó caer en una silla y escondió
la cabeza entre las manos. ¡Si pudiera al menos hacerla comprender! Si ella se
iba a Hollywood, todo terminaría entre ellos. Habían sido felices aquellos
últimos meses. Sí, él lo había sido. Más aún: él... él amaba a Baby.
—¡Dios
mío! —dijo en voz alta, con temor, cuando esta consideración se le hizo
patente.
Pero
era cierto. La amaba.
Cuando
salió del dormitorio, se había puesto una bata. Kenny se sentía muy
desgraciado, demasiado agobiado por el reciente descubrimiento de que realmente
la amaba como para darse cuenta del brillo extraño que había en los ojos de
ella. Si lo hubiera visto, se habría entristecido más. Se habría preguntado
para qué se había levantado ahora.
Fue
ella la que cogió el hilo de la conversación, reanudándola donde la habían
dejado.
—No
veo por qué tienes que preocuparte por lo que yo hago —dijo ella. Él se sentía
excesivamente preocupado como para advertir la oculta expresión que ella
adoptaba—. Deberías alegrarte de deshacerte de mí. Nunca me amaste. Al
principio, no querías casarte. Prácticamente, te forcé a ello. De modo que si
firmo el contrato, tú serás libre.
Ella
quería reconciliarse. Se notaba.
De
modo que él dijo:
—De
acuerdo. Pero recuerda esto. Ahora te quiero. Y siempre te querré.
Ella
permaneció inmóvil, mirándole con la boca abierta. Evidentemente, no podía pronunciar
palabra. Lo único que hizo fue volverse y caminar hacia el dormitorio.
Kenny
suspiró y la siguió desapasionadamente.
Todo
giraba en torno a ese Cinturón de Venus. Si ella no se lo pusiera por la
mañana, Serge Ratkov se preguntaría qué había visto en ella la noche anterior.
Ella sería incapaz de secundar la sensación ya creada. Serge creería que la
reacción de los hombres del Carioca la pasada noche no había sido más que una
broma.
¡Si
Baby no tuviera el cinturón!
Kenny
se incorporó en la cama, para reflexionar mejor en ello. No era hora para
deshacerse de él. Esperaría a la mañana. Siempre se levantaba antes que Baby.
Cogería el Cinturón de Venus y lo vendería al precio que fuera.
En
cierto modo, pensó lleno de remordimientos, seria una sucia maniobra. Pero todo
era lícito en el amor y la guerra. La pérdida del cinturón podría matarla.
Hasta podría llegar a odiarle. Pero él la apaciguaría. Derramaría tanto amor
sobre ella, que no podría resistirse.
Sonrió
en la oscuridad y sintió que se le quitaba un peso de encima. Por fin se sumió
en un sueño profundo y sin pesadillas.
Pero
por la mañana, cuando se despertó, Baby se había marchado ya.
Al
principio no podía creerlo. Realmente no lo creyó hasta que, al abrir el joyero
de ella, comprobó que también el Cinturón de Venus había desaparecido.
Era
demasiado tarde.
Lo
que más le hería era que ni siquiera hubiera dejado una nota. Se había ido sin
decirle adiós. Como si nunca le hubiera amado. No la insultó. Era culpa suya.
El amor no podía vivir del aire. Su indiferencia durante los pasados meses
podía haber matado cualquier amor que ella sintiese por él.
Se
maldijo a sí mismo abyectamente y paseó de un lado a otro de la habitación como
un alma en pena. Nunca pensó que la ausencia de Baby pudiera representar tal
diferencia. Nunca había pensado que pudiera preocuparse por ella tanto, y que
la vida le pareciera ahora tan vacía.
Cuando
llegó la tarde, todavía estaba sentado frente al fuego moribundo. Entonces oyó
un ruido a su espalda.
Baby.
Al
principio creyó que era una materialización de sus evocaciones. Pero era muy
real.
Se
puso en pie como un rayo, sin creerlo.
—¡Baby!
¡Has vuelto!
Estaba
ya entre sus brazos, vertiendo una lluvia de besos sobre ella.
Y
ella le susurraba palabras entrecortadas, ahogada por las lágrimas.
—¡Es
verdad! ¡Me amas! Y por mí misma y no por llevar el Cinturón de Venus. Lo
descubrí anoche. Cuando me dijiste que me amabas, yo no llevaba puesto el
ceñidor. ¡Me lo había dejado en el dormitorio!
—Y...
¿dónde está ahora?
—¿Importa
algo?
—No.
Kenny
la abrazó con más fuerza.
—¿Y
el contrato?
—Oh,
¿a quién le interesa Hollywood? —Una luz soñadora apareció en la mirada de
Baby—. Después de todo, el dinero no lo es todo, como siempre he dicho. Y de
cualquier manera —arrugó la frente—, ese Ratkov tuvo la osadía de ofrecerme
sólo cien dólares a la semana para empezar.
Baby
rehusó llanamente decir a Kenny lo que había hecho con el Cinturón de Venus. Y
quizás él nunca lo hubiera descubierto. Pero una noche llegó a casa muy tarde.
Había hecho cola durante varias horas para ver a la increíblemente sensacional
Gloria Gayle en la increíblemente sensacional película Corazones
despedazados.
Se
había tragado la película tres veces, con el resto de la audiencia masculina,
incapaz de abandonar la sala.
Había
abandonado el cine— ya de noche, cuando éste se cerró.
Se
lo confesó todo a Baby. Y ahora, mientras él se sentaba al borde de la cama,
con aire soñador y absorto, y se quitaba los calcetines, dijo suspirando:
—¡La
Gloria Gayle! ¡Es bestial! Deberías verla. Todo el mundo estaba hipnotizado.
Miró
a Baby, sentada sobre un almohadón, con la barbilla apoyada en una mano, y una
maliciosa sonrisa en los ojos.
—¿Sonríes?
—dijo él—. ¡Que te digo que la tía es bestial! Me pregunto de dónde la habrán
sacado.
Baby
se echó a reír.
—Kenny,
querido...
—¿Sí?
—¿Todavía
me amas a mí?
La
ausencia abandonó sus ojos y volvió a mirar a Baby como siempre... a Baby, que
lo había sacrificado todo por él.
—¡Claro
que sí! ¡No digas sandeces! —Con tan romántica declaración, le echó la zarpa y
de forma inimitable le demostró que estaba satisfecho de ella.
Vaya
que sí.
Cuando
la dejó respirar nuevamente, ella dijo tranquilamente:
—Entonces
te diré quién es Gloría Gayle. Su verdadero nombre es Tillie Kopek. Y se dice
que fue la mujer de la limpieza en el Edificio Nicolson. Pero, claro —añadió
maliciosamente—, esto puede ser una artimaña de una mujer celosa.