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Servicio de caballeros - Mercedes Abad

Cójase una tercera parte de dry martini y dos terceras partes de azar; añádase a esta mezcla unas gotitas de orina: quien se beba el cóctel resultante se estará untando el gaznate con todo lo que contribuyó a cambiar la vida del señor G.

El señor G. era un tipo insignificante, uno de esos entes irrelevantes en quienes nadie repara. Su tendencia a pasar inadvertido era a menudo causa de amarga mortificación, pero aquel día, mientras se escabullía por el enorme e impresionante vestíbulo como un gorrión asustado, el señor G. estuvo a punto de felicitarse por la insignificancia que lo hacía invisible, convirtiéndolo en la mera sombra de una entidad humana, apenas un esbozo que no llegaba a materializarse en las retinas de sus congéneres, habituadas a registrar entidades de mayor enjundia, y que, por lo tanto, lo ponía fuera del alcance de la mirada de los conserjes, que, de haber reparado en su furtiva figura, sin duda se habrían precipitado a recordarle con aspereza que las instalaciones sanitarias del hotel están reservadas para el uso exclusivo de su selecta clientela. 

Aunque, en rigor, tenía tanto derecho como cualquier otro a utilizar el servicio de caballeros de aquel imponente hotel de cinco estrellas, ya que había consumido un par de dry martinis en el bar. Por supuesto, G. jamás habría entrado solo en un lugar así. Y, a decir verdad, tampoco el dry martini estaba en sus costumbres; ninguna bebida alcohólica lo estaba. Pero, cuando el importante cliente que había insistido en entrar en el bar del hotel pidió un dry martini, G. no tuvo el valor de tomarse un refresco, por más que eso fuera lo que realmente le apetecía.

El gorrión asustado suspiró con profundo alivio al llegar sin percances al servicio de caballeros. Contento de hallarse solo (todavía no había logrado superar el embarazo que lo embargaba al sacarse la pilila en presencia de otros hombres), meó los dry martinis con placer intensificado por el aura de clandestinidad y transgresión que rodeaba su aventura. Ya estaba sacudiéndose las últimas gotitas e infundiéndose valor para volver a cruzar el fastuoso vestíbulo sembrado de peligros en forma de conserjes celosos de su deber cuando oyó un ruido a sus espaldas.

El señor G. se giró de forma instintiva mientras se guardaba la pilila. Cuál no sería su asombro al ver que el hombre que acababa de entrar era el ministro del Interior, quien, presa de una viva e incontenible agitación, se acercó a él y lo agarró con ademán perentorio y desesperado por los hombros.

—Escúcheme bien —dijo el ministro, con la voz ahogada por la emoción—; me queda muy poco tiempo, van a matarme. Usted es seguramente el último hombre que me verá vivo.

—Se equivoca —apuntó G. con aplastante lógica—; el último que lo verá vivo será su asesino.

—No me interrumpa, no hay tiempo —dijo el ministro con una mueca de profundo fastidio—. Tengo que confiarle un secreto que hará crujir y tambalear los cimientos del Estado. Sé que van a matarme, pero usted se encargará de que el secreto mejor guardado hasta ahora vea la luz pública.

Tras estas palabras, el ministro le reveló a G. una odiosa trama criminal que involucraba a varios miembros del Gobierno y al presidente, al tiempo que indicaba dónde y cómo podían hallarse las pruebas irrefutables para inculparlos. Lo repitió todo dos veces y luego interrogó a G. para asegurarse de que este recordaba todos los detalles con exactitud. Volvió a rogarle a G. que difundiera la información y lo exhortó a que abandonara rápidamente el lugar si no quería complicarse la vida.

Apenas tres horas más tarde, G. escuchaba por la radio la noticia del asesinato del ministro del Interior, cuyo cadáver había sido encontrado en los lavabos de un conocido hotel de cinco estrellas. Por primera vez en su vida, pensó que le apetecía un dry martini. O tal vez dos.

Permítaseme insistir en el hecho de que G. era un pobre diablo, un tipo desprovisto de rasgos que no fueran anodinos. Sus opiniones rara vez eran tenidas en cuenta, no porque fueran más mediocres o estúpidas que las de la mayoría, sino porque su físico y su actitud proclamaban tan a las claras su insignificancia y su incapacidad para resultar sorprendente o pintoresco por algún concepto que incluso a las personas de buena voluntad se les hacía difícil prestarle atención. 

Por lo general, la gente aprovechaba los momentos en los que G. expresaba alguna idea o relataba una anécdota para pensar en sus propios asuntos, ir al retrete, ajustarse el nudo de la corbata o retocarse el maquillaje. Y, de hecho, el mismo G. estaba hasta tal punto imbuido de la clara noción de su escasa relevancia que encajaba sin la menor queja esas minúsculas pero continuas afrentas. 

Nadie lo había hecho sentir importante o valioso. Su propia mujer, que se convirtió en su novia tras ser abandonada por el hombre a quien realmente quería, puso un notable empeño en darle a entender que si se casaba con él era porque temía no poder hacerlo con ningún otro.

Pero, sobre todo, nadie le había confiado jamás secreto alguno. Ni siquiera cuando era pequeño y en el colegio los niños traficaban con pequeños secretos para conseguir la amistad de algún otro niño o para hacerse un lugar en alguna pandilla le había confiado alguien algo remotamente equiparable a un secreto. Si hubiera sido invisible, sus compañeros de clase no lo habrían ignorado más de lo que lo hicieron.

Podría hacerse aquí una descripción pormenorizada de la conmoción que sacudió a G. al enterarse del asesinato del ministro del Interior. No obstante, para dar cuenta de sus sentimientos baste con decir que fueron análogos a los que tendría una cucaracha al descubrirse repentinamente convertida en un hombre en cuyas manos se hallara el destino de todo un país.

El primer impulso de G. fue contar de inmediato lo que sabía a su círculo más íntimo. Pero enseguida calculó que el golpe de efecto sería mucho más radical si primero se ponía en contacto con los medios, con lo que sus allegados se enterarían del asunto y del papel que G. había desempeñado en él a través de la prensa, la radio y la televisión. Tampoco fue ajena a su decisión la sospecha según la cual su círculo de conocidos no le concedería a su relato crédito alguno (en el supuesto de que alguien se dignara escucharlo) a menos que viniera refrendado por una autoridad externa a él.

De pronto, tenía una aguda conciencia de sus terminaciones nerviosas. Habitualmente sensato y morigerado hasta la náusea, su cuerpo era ahora un díscolo manojo de moléculas alborotadas. Por primera vez en su vida bullía de ideas disparatadas, como si el alma de un alegre chiflado se hubiera apoderado de él. Había algo tan vivificante en esa sobreexcitación nerviosa, relacionada de alguna forma con una sensación de poder hasta entonces desconocida, que G. decidió posponer hasta la mañana siguiente su entrevista con los medios.

Esa misma noche, mientras su mujer le servía la sopa con la misma desgana indiferente de todos los días, G. sintió crecer en él una especie de vértigo embriagador y unas ganas locas de echarse a reír. En lugar de eso, se atrevió a hacerle a su mujer un comentario burlón acerca del nuevo peinado que le habían hecho en la peluquería. Su mujer, asombrada, no encontró nada que replicar. Pero tal vez no fue ese comentario, sino la nueva actitud que se estaba fraguando en G., lo que la indujo a ponerle el abrigo a su marido, en lugar de rezongar como era habitual en ella, cuando él le anunció que se iba a pasar el resto de la velada en el club.

También en el club, los conocidos con quienes jugaba regularmente al mus (no había nadie a quien en puridad G. pudiera considerar su amigo) parecieron advertir el cambio de actitud que se estaba operando en él y, en consecuencia, le prestaron más atención que de costumbre.

Con todo, más que traducirse en hechos concretos, ese cambio se advertía en una textura, un tono, cierta audacia y cierto aplomo en su forma de enfrentarse al mundo: la disposición anímica del hombre que sabe más de lo que dice, del hombre que sabe algo que los demás ignoran y que, sabiéndose dueño de ocultarlo o de revelarlo, adquiere paulatinamente la noción de su propia importancia. 

Y, como quien se siente importante no puede evitar comunicarle esta sensación a su entorno mediante un código muy preciso de señales (de la misma forma que alguien íntimamente convencido de su insignificancia no puede evitar comunicarle al mundo su nimiedad), G. empezó a emitir destellos de su importancia sin haber revelado aún la fuente de este don tan preciado. El ex gorrión asustado empezaba a darse cuenta de que estar en su pellejo podía resultar interesante.

Tanto es así que, cuando a la mañana siguiente se disponía a revelar su secreto a los medios, una sospecha incómoda lo hizo estremecerse. En cuanto contara lo que sabía, no cabía la menor duda de que los medios lo convertirían en una especie de héroe nacional. Durante un tiempo, su estrella brillaría con deslumbrante intensidad en lo alto del firmamento. Gozaría de las mieles de la fama; sería el invitado predilecto de todas las tertulias radiofónicas y televisivas, la gente lo pararía por la calle para cubrirlo de elogios y de efusiones. 

Todo ese alpiste sería un justo tributo para una vanidad que había padecido tantas privaciones y tantas afrentas. Pero pasado un tiempo el tumulto cesaría y su hazaña ya no daría beneficios. Aunque escribiera un libro para inmortalizar su gesta, este, tras arrasar el mercado y batir récords de ventas, empezaría a languidecer en los expositores y las estanterías, sería saldado en un lote junto con multitud de otros hermanos en el olvido y finalmente conocería la humillación de ser descatalogado. 

El proceso podía tardar años en culminar, pero tarde o temprano volvería a ser un tipo sin secretos, un tipo que un día tuvo un secreto y que hizo temblar al país entero al contarlo, pero que ahora ya no sabía nada que los demás no supieran. Volvería a ser una partícula irrelevante de polvo galáctico, un tipo ínfimo en perpetua lucha, no ya para alcanzar un lugar en el mundo, sino para ser simplemente advertido por las miradas indiferentes que lo atravesaban sin verlo. 

Su vida volvería a ser tan nimia que tal vez algún día llegaría a preguntarse si lo sucedido no había sido solo un sueño, el sueño de un pobre tipo que creía haber hecho al fin algo importante. Así que, en lugar de dirigir sus pasos a una agencia de prensa tal y como lo había previsto, G. se encaminó al imponente hotel de cinco estrellas donde el ministro le había entregado su secreto, cruzó el vestíbulo muy seguro de sí mismo, advirtió la leve reverencia que le hizo un conserje, se tomó un par de dry martinis en el bar, visitó los servicios y decidió concederse una prórroga razonable para gozar de su reciente conquista.

Al principio fue una semana, luego un mes y después otro más. G. siempre encontraba nuevos motivos para darse un poco más de tiempo; primero hubo un inesperado ascenso a un puesto de responsabilidad en la empresa donde había trabajado durante más de veinte años sin que los jefes lograsen recordar su nombre. 

Después vendría una relación con una rubia despampanante que lo encontraba irresistible y que, en lugar de establecer sus citas por teléfono o fax, le enviaba por mensajero un par de bragas con el lugar y la hora de la cita garabateados en la suave tela. A G. la rubia le parecía demasiado vulgar, artificiosa y llamativa para su gusto, pero correspondía con la imagen que se había formado de la amante que debe tener un tipo poderoso. Amén de eso, su esposa lo trataba con una consideración que no por tardía dejaba de ser agradable. 

En conjunto, tenía la sensación de haber recibido una fabulosa herencia, pero en lugar de dilapidarla de una sola vez había sido lo bastante cauto como para depositarla a plazo fijo en un banco, de forma que, si los administraba bien, los réditos podían cubrirlo de por vida.

Además, tenía amigos. Ya no se trataba de simples conocidos que condescendían a jugar al mus con él porque de otro modo no habrían alcanzado el número indispensable de jugadores, sino verdaderos amigos que, atraídos por su nueva textura anímica, ponían un gran empeño en ganarse su estima.

Así fue como G. descubrió el incesante tráfico de secretos con que las personas tratan de seducirse las unas a las otras. Mientras bebían un dry martini tras otro, su amante le contaba secretos sobre sí misma o sobre terceras personas con ánimo de conquistar la estima de G. y a fin de demostrarle que sabía y hacía cosas que los demás ignoraban. 

La mercancía secreta, en un proceso parecido al que enaltece las cosas prohibidas, no siempre tenía interés por sí misma, pero el hecho de ser secreta multiplicaba su valor. Por otra parte, siempre hay algo adulador en el hecho de confiarle a alguien una información secreta: hace que la persona a quien se cuenta el secreto se sienta automáticamente importante, por mucho que el secreto sea una tontería, una nimiedad que no tendría interés alguno de no ser porque es secreta y, por lo tanto, objeto de un tráfico casi infinito.

Huelga decir que, comparados con el fabuloso secreto de G., los secretos que su amante y sus nuevos amigos le contaban le hacían sonreír, alimentando en él un creciente sentimiento de superioridad. Pero no era solo la calidad de la mercancía que él ocultaba lo que lo hacía sentirse muy por encima de los demás, sino también el mismo hecho de saber callar, a diferencia de lo que les sucedía a esos individuos, débiles e incontinentes, que sin cesar esparcían a los cuatro vientos sus anémicos secretitos. 

Empezó a ver a sus semejantes como perrillos rastreros incapaces de reprimir sus ridículos deseos de gustar. Sin haber aprendido a amarlos siquiera, pasó a despreciar a quienes antes tanto había envidiado y a quienes tanto había anhelado parecerse. Y cuanto más crecía su desprecio tanto mayor era la sensación de su propia grandeza y tanto mayor también el respeto que le tributaba el mundo.

Con el tiempo, todo aquello hizo de él un ser monstruosamente feliz y autosatisfecho; ni siquiera se veía ya tentado de revelar su secreto. Si en algún momento había albergado la intención de cambiar el mundo para mejor, ahora se decía que el mundo, en su lamentable estado, era exactamente lo que se merecían sus estúpidos habitantes. ¿Para qué revelar su secreto y restablecer así cierta noción de justicia? En lugar de eso, se sirvió de la información recibida para extorsionar y chantajear a los responsables de la trama criminal; con el dinero obtenido creó lucrativos negocios que lo hicieron inmensamente rico y poderoso y le permitieron costearse un ejército de guardaespaldas que lo defendieran de las víctimas de sus extorsiones.

Entre otras múltiples propiedades, verticales u horizontales, G. se compró el prestigioso hotel de cinco estrellas a través de cuyo enorme e impresionante vestíbulo se había escabullido un día como un gorrión asustado en pos de los servicios de caballeros.

Fue en ese hotel donde G. quiso celebrar con una cena por todo lo alto el décimo aniversario del día en que, gracias a un par de dry martinis y una oportuna meada, su suerte cambió de signo. Huelga decir que el centenar de invitados ignoraba lo que su anfitrión celebraba. Los camareros acababan de servir dry martinis y canapés cuando, de pronto, G. se subió a la mesa y, en lugar de hacer el discurso explicativo que todos esperaban, se sacó la polla y orinó haciendo puntería en las copas de sus invitados.

Fue una buena muerte, sin duda. Mientras los invitados levantaban las copas y le dedicaban un brindis, un formidable ataque de risa fulminó a G. Su corazón había reventado de placer.

Su tumba era un panteón fabuloso, de tamaño muy superior al de la mayoría de las casas donde se hacinan los seres irrelevantes que no cuentan para nada en este mundo. Claro está que, habida cuenta del enorme secreto que G. se había llevado consigo a su último domicilio, el panteón podía incluso resultar pequeño. 

En cualquier caso, era el mayor y también el más caro de aquel pequeño y selecto cementerio situado en una zona residencial. El ostentoso lujo del panteón de G. concitaba la envidia y el resentimiento de los guardas, entes irrelevantes todos ellos que vivían en lugares más pequeños que el panteón de G. y que, para mostrar el desdén infinito que sentían por aquel muerto en particular, iban a mearse allí junto con los perros que los acompañaban en su tarea de vigilancia.


Un excelente comienzo - Mercedes Abad

El azar es uno de los más poderosos agentes con que cuenta el desorden para mantenerse en el candelero, por mucho que algunas almas románticas se obstinen en ver en ciertas cadenas particularmente perversas de coincidencias la señal de un orden, de un destino, de un principio rector. 

En cuanto a mí, debo confesar que el azar me ha brindado siempre mis mejores respuestas y las más ingeniosas salidas a situaciones de crisis que no tenían escapatoria. Sin el azar, por ejemplo, mi sempiterna torpeza me habría constreñido sin duda alguna a estropear mi primera cita con Raymond Star.

De Raymond Star yo sabía que le gustaban las mujeres decididas y fuertes, capaces de no arredrarse ante la adversidad y de emprenderla a dentelladas con la vida a fin de conseguir sus propósitos. 

También me habían contado que, como gran gourmet que era, establecía una sólida relación entre aquello que comemos y los aspectos más profundos de nuestra personalidad, y que su perspicacia a este respecto podía ser abrumadora. 

Por último, sabía que desde que lo había conocido mis neuronas se negaban a trabajar en cuestiones que no guardasen una estrecha relación con el extraordinario atractivo de Raymond Star.

Sobre mí misma sé bastantes más cosas que sobre Raymond Star, hecho que, lejos de reconfortarme, apunta casi siempre a una premonición bastante fiable de desastre. Sé, por ejemplo, que de vez en cuando puedo parecer decidida y fuerte y que incluso soy capaz de serlo un par de veces al año, en momentos culminantes a los que, por su extrema rareza, tengo en gran aprecio. 

Ahora bien, ignoro por completo cuáles son las circunstancias externas que propician en mí tales arrebatos de fortaleza y determinación —si es que hay circunstancias externas que los propicien, como el paso de algún cometa por la órbita de la Tierra, alguna inusual configuración de los astros en ese momento o cualquier fenómeno atmosférico perturbador—, y por lo tanto, provocarlos de forma deliberada es algo que escapa por completo a mis facultades.

Sea como fuere, Raymond Star me había invitado a comer en un restaurante que él mismo había elegido. El lugar era una antigua mansión señorial situada en el campo, aunque no muy lejos de la costa, donde Raymond me había dicho que podían comerse deliciosos platos de marisco y pescado. 

Sin embargo, cuando llegamos al caserón, rodeado de un frondoso bosque con letreros que revelaban la existencia de un coto privado de caza, lo primero que vi fue un corral donde se criaban espléndidos ejemplares de faisanes, ocas, pulardas y pintadas. Un letrero que, junto a la puerta de entrada, glosaba las especialidades de la casa (carne de caza y aves) acabó de sembrar en mí la confusión. 

Huelga decir que, con ánimo de mostrarme como una mujer desenvuelta y difícil de desconcertar, oculté como pude mi perplejidad. Estaba dispuesta a todo con tal de parecerme como una gota de agua a la mujer ideal de Raymond Star, aunque, como ya he dicho, mi perfil no encajaba del todo con las informaciones que mi prójimo me había suministrado, hecho que hacía indispensable darle unos cuantos retoques al material de base.

Tras deshacerme en elogios acerca del encanto del lugar elegido por Raymond para nuestra primera cita, pasamos a la mesa donde segundos después un camarero ceremonioso me enfrentó a una carta terrible. ¡Qué carta, Dios mío! Había por lo menos veinte entrantes y una larguísima lista de platos de resistencia donde los pescados y los mariscos competían en pie de igualdad con las carnes de ave y de caza. 

Bajo el influjo de mi absoluta desesperación, mis ojos erraban a trompicones por aquella inextricable maraña de platos sin saber a qué aferrarse ni a qué patrón de los indecisos encomendarse. Imaginé el tropel de cosas horrendas acerca de mi psique profunda que Raymond podía deducir si yo hacía una elección poco acertada y noté cómo el corazón se me encabritaba con estruendo. Hacía años que no me sentía tan incómoda, torpe e indecisa.

Para empeorar mi ya dramático forcejeo con la carta, Raymond me preguntó de pronto: «¿Te gusta la carne?». Acompañó su pregunta con una mirada intensa y llena de significado, la clase de mirada que, desde hacía años, yo solo había visto en versión celuloide. Tal vez no fuera una mirada significativa. Es incluso probable que no lo fuera. Pero en aquellos momentos mi percepción de la realidad estaba tan alterada que me pareció una mirada llena de significado. 

Mantuve mis ojos fijos en los suyos mientras hacía un vano intento de recomponerme interiormente y de no dejar traslucir el espléndido caos que alborotaba mis células. Me pregunté también si Raymond no sería uno de esos vegetarianos fundamentalistas, aunque, lamentablemente, el tono con que había hablado no permitía deducciones en un sentido u otro. 

A mí me encanta la carne, pero abandonaría sin vacilar un instante mis relaciones con el cerdo, el cordero, el buey, la ternera y las aves por un hombre como Raymond Star. Su mirada seguía pareciéndome pavorosamente significativa, pero que me aspen si sabía de qué.

Fue entonces cuando el azar, agente ciego y sordo (aunque a veces parezca gozar de una vista y un oído muy finos), tomó el mando de la situación. El suelo empezó a moverse bajo nuestros pies y la mesa se tambaleó visiblemente, así como los restantes muebles de la sala. Había una especie de rugido de fondo al que muy pronto se sumó el tintineo de vasos y copas, el estallido de unos cuantos jarrones de cristal al estrellarse contra el suelo, el ruido de platos rotos y los gritos de desconcierto y pánico. Supongo que no fue un terremoto de los que marcan altas cotas en la escala de Richter. 

Desde luego, no fue ni la mitad de intenso que el tumulto que había rugido en mi interior apenas unos segundos antes, de forma que yo me sentía casi cómoda en medio de aquel alboroto; como mínimo, tenía tiempo para pensar una respuesta adecuada a la pregunta de Raymond Star.

Sin embargo, el seísmo causó una gran conmoción en aquel apacible restaurante rural aun después de cesar por completo. Por lo pronto, el comedor quedó súbitamente invadido por un puñado de aves que se las habían ingeniado para huir del corral y que corrían enloquecidas en todas las direcciones, golpeándose con los muebles, embistiendo a los comensales y cubriéndolo todo de plumas. 

De pronto, Raymond exhaló un alarido; vi que una oca le estaba dando violentos picotazos en la pierna. Raymond debió de darle un manotazo en defensa propia; no puedo decir con absoluta precisión lo que ocurrió; en cualquier caso, dos segundos después la oca se abalanzó sobre mí con malas intenciones. 

En un movimiento puramente instintivo, adelanté la mano derecha, que acertó a rodear el cuello del infeliz animal. En cuanto me percaté de ello, aumenté la presión de mis dedos sobre el pescuezo del bicho. Era obvio que la oca se ahogaba. Apreté aún más y me levanté, oca en ristre, para que Raymond no se perdiera un solo detalle de tan heroica gesta, rezando al mismo tiempo para mis adentros por que no fuera miembro de alguna sociedad protectora de animales. 

Y mientras sostenía el bicho en lo alto, consciente de que aunque viviera cien años no volvería a ofrecer jamás tal imagen de fortaleza y decisión, le dirigí a Raymond Star una mirada significativa que duró tanto tiempo como tardó la oca en morirse. Cuando el animal pasó a mejor vida, deposité su cuerpo en el plato de Raymond al tiempo que le decía, resuelto al fin el dilema:

—Comeremos oca. Espero que no tengas nada contra estos bichos una vez muertos y convertidos en confit.

Raymond Star asintió, todavía sin aliento, con la sorpresa y la admiración significativamente reflejadas en sus hermosos ojos y la imagen de una diosa cazadora impresa de forma indeleble en su retina, en su memoria y probablemente también en su código genético. Por indecisa, torpe y débil que me mostrara en lo sucesivo, acababa de acumular un crédito considerable para afrontar el futuro con cierta dosis de razonable confianza.