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Tango - Luisa Valenzuela

Me dijeron:

En este salón te tenés que sentar cerca del mostrador, a la izquierda, no lejos de la caja registradora; tomate un vinito, no pidás algo más fuerte porque no se estila en las mujeres, no tomés cerveza porque la cerveza da ganas de hacer pis y el pis no es cosa de damas, se sabe del muchacho de este barrio que abandonó a su novia al verla salir del baño. 
 
Yo creí que ella era puro espíritu, un hada, parece que alegó el muchacho. La novia quedó para vestir santos, frase que en este barrio todavía tiene connotaciones de soledad y soltería, algo muy mal visto. En la mujer, se entiende. 
 
Me dijeron.
 
Yo ando sola y el resto de la semana no me importa pero los sábados me gusta estar acompañada y que me aprieten fuerte. Por eso bailo el tango. 

Aprendí con gran dedicación y esfuerzo, con zapatos de taco alto y pollera ajustada, de tajo. Ahora hasta ando con los clásicos elásticos en la cartera, el equivalente a llevar siempre conmigo la raqueta si fuera tenista, pero menos molesto. 
 
Llevo los elásticos en la cartera y a veces en la cola de un banco o frente a la ventanilla cuando me hacen esperar por algún trámite, los acaricio al descuido, sin pensarlo, y quizá, no sé, me consuelo con la idea de que en ese mismo momento podría estar bailando el tango en vez de esperar que un empleaducho desconsiderado se digne atenderme.
 
Sé que en algún lugar de la ciudad, cualquiera sea la hora, habrá un salón donde se esté bailando en la penumbra. Allí no puede saberse si es de noche o de día, a nadie le importa si es de noche o de día, y los elásticos sirven para sostener alrededor del empeine los zapatos de calle, estirados como están de tanto trajinar en busca de trabajo.
 
El sábado por la noche una busca cualquier cosa menos trabajo. Y sentada a una mesa cerca del mostrador, como me recomendaron, espero. En este salón el sitio clave es el mostrador, me insistieron, así pueden ficharte los hombres que pasan hacia el baño. Ellos sí pueden permitirse el lujo. Empujan la puerta vaivén con toda la carga a cuestas, una ráfaga amoniacal nos golpea, y vuelven a salir aligerados dispuestos a retomar la danza. 

Ahora sé cuándo me toca a mí bailar con uno de ellos. Y con cuál. Detecto ese muy leve movimiento de cabeza que me indica que soy la elegida, reconozco la invitación y cuando quiero aceptarla sonrío muy quietamente. 
 
Es decir que acepto y no me muevo; él vendrá hacia mí, me tenderá la mano, nos pararemos enfrentados al borde de la pista y dejaremos que se tense el hilo, que el bandoneón crezca hasta que ya estemos a punto de estallar y entonces, en algún insospechado acorde, él me pondrá el brazo alrededor de la cintura y zarparemos.
 
Con las velas infladas bogamos a pleno viento si es milonga, al tango lo escoramos. Y los pies no se nos enredan porque él es sabio en señalarme las maniobras tecleteando mi espalda. Hay algún corte nuevo, figuras que desconozco e improviso y a veces hasta salgo airosa. Dejo volar un pie, me escoro a estribor, no separo las piernas más de lo estrictamente necesario, él pone los pies con elegancia y yo lo sigo. A veces me detengo, cuando con el dedo medio él me hace una leve presión en la columna. Pongo la mujer en punto muerto, me decía el maestro y una debía quedar congelada en medio del paso para que él pudiera hacer sus firuletes.
 
Lo aprendí de veras, lo mamé a fondo como quien dice. Todo un ponerse, por parte de los hombres, que alude a otra cosa. Eso es el tango. Y es tan bello que se acaba aceptando.
 
Me llamo Sandra pero en estos lugares me gusta que me digan Sonia, como para perdurar más allá de la vigilia. Pocos son sin embargo los que acá preguntan o dan nombres, pocos hablan. Algunos eso sí se sonríen para sus adentros, escuchando esa música interior a la que están bailando y que no siempre está hecha de nostalgia. 
 
Nosotras también reímos, sonreímos. Yo río cuando me sacan a bailar seguido (y permanecemos callados y a veces sonrientes en medio de la pista esperando la próxima entrega), río porque esta música de tango rezuma del piso y se nos cuela por la planta de los pies y nos vibra y nos arrastra.
 
Lo amo. Al tango. Y por ende a quien, transmitiéndome con los dedos las claves del movimiento, me baila.
 
No me importa caminar las treintipico de cuadras de vuelta hasta mi casa. Algunos sábados hasta me gasto en la milonga la plata del colectivo y no me importa. Algunos sábados un sonido de trompetas digamos celestiales traspasa los bandoneones y yo me elevo. Vuelo. Algunos sábados estoy en mis zapatos sin necesidad de elásticos, por puro derecho propio. Vale la pena. 
 
El resto de la semana transcurre banalmente y escucho los idiotas piropos callejeros, esas frases directas tan mezquinas si se las compara con la lateralidad del tango.
 
Entonces yo, en el aquí y ahora, casi pegada al mostrador para dominar la escena, me fijo un poco detenidamente en algún galán maduro y le sonrío. Son los que mejor bailan. A ver cuál se decide. El cabeceo me llega de aquel que está a la izquierda, un poco escondido detrás de la columna. Un tan delicado cabeceo que es como si estuviera apenas, levemente, poniéndole la oreja al propio hombro, escuchándolo. Me gusta. El hombre me gusta. 
 
Le sonrío con franqueza y sólo entonces él se pone de pie y se acerca. No se puede pedir un exceso de arrojo. Ninguno aquí presente arriesgaría el rechazo cara a cara, ninguno está dispuesto a volver a su asiento despechado, bajo la mirada burlona de los otros. Éste sabe que me tiene y se me va arrimando, al tranco, y ya no me gusta tanto de cerca, con sus años y con esa displicencia. 

La ética imperante no me permite hacerme la desentendida. Me pongo de pie, él me conduce a un ángulo de la pista un poco retirado y ahí ¡me habla! Y no como aquél, tiempo atrás, que sólo habló para disculparse de no volver a dirigirme la palabra, porque yo acá vengo a bailar y no a dar charla, me dijo, y fue la última vez que abrió la boca. 
 
No. Éste me hace un comentario general, es conmovedor. Me dice: Vio doña, cómo está la crisis, y yo digo que sí, que vi, la pucha que vi aunque no lo digo con estas palabras, me hago la fina, la Sonia: Sí señor, qué espanto, digo, pero él no me deja elaborar la idea porque ya me está agarrando fuerte para salir a bailar al siguiente compás. Éste no me va a dejar ahogar, me consuelo, entregada, enmudecida.
 
Resulta un tango de la pura concentración, del entendimiento cósmico. Puedo hacer los ganchos como le vi hacer a la del vestido de crochet, la gordita que disfruta tanto, la que revolea tan bien sus bien torneadas pantorrillas que una olvida todo el resto de su opulenta anatomía. 
 
Bailo pensando en la gorda, en su vestido de crochet verde color esperanza, dicen en su satisfacción al bailar, réplica o quizá reflejo de la satisfacción que habrá sentido al tejer; un vestido vasto para su vasto cuerpo y la felicidad de soñar con el momento en que ha de lucirlo, bailando. Yo no tejo, ni bailo tan bien como la gorda, aunque en este momento sí porque se dio el milagro.
 
Y cuando la pieza acaba y mi compañero me vuelve a comentar cómo está la crisis, yo lo escucho con unción, no contesto, le dejo espacio para añadir:
¿Y vio el precio al que se fue el telo? Yo soy viudo y vivo con mis dos hijos. Antes podía pagarle a una dama el restaurante, y llevarla después al hotel. Ahora sólo puedo preguntarle a la dama si posee departamento, y en zona céntrica. Porque a mí para un pollito y una botella de vino me alcanza.
 
Me acuerdo de esos pies que volaron los míos de esas filigranas. Pienso en la gorda tan feliz con su hombre feliz, hasta se me despierta una sincera vocación por el tejido.
 
Departamento no tengo expliqué pero tengo una pieza en una pensión muy bien ubicada, limpia. Y tengo platos, cubiertos, y dos copas verdes de cristal, de esas bien altas.
 
¿Verdes? Son para vino blanco.
Blanco, sí.
Lo siento, pero yo al vino blanco no se lo toco.
Y sin hacer ni una vuelta más, nos separamos.
 

El espectro de la bruja

 Hace unos treinta años, en el mes de mayo, despertaron a medianoche a un clérigo católico que vivía en Rathdowney, en Queen’s County, para que atendiese a un moribundo en una zona remota de la parroquia. El sacerdote obedeció sin rechistar, y, una vez administrada la extremaunción al pecador moribundo, lo vio abandonar este mundo antes salir de la cabaña. Como todavía era de noche, el hombre que había ido a llamar al sacerdote se ofreció ahora a acompañarlo a su casa, pero este rechazó el ofrecimiento y emprendió el viaje solo. La luz grisácea del alba empezó a asomar por encima de las montañas. El buen sacerdote estaba profundamente cautivado por la belleza de la escena, y siguió avanzando con su caballo, observando ahora con atención todo lo que lo rodeaba y soltando latigazos a los murciélagos y a las bonitas moscas nocturnas que se cruzaban revoloteando de vez en cuando en su solitario camino. Enfrascado en esta distracción prosiguió su viaje lentamente, hasta que el amanecer cada vez más próximo empezó a permitirle distinguir los objetos perfectamente, y entonces se apeó de su caballo, soltó las riendas, sacó el breviario de su bolsillo y se puso a leer su «oficio matutino» mientras caminaba sin prisa.

No había avanzado mucho cuando advirtió que su caballo, un animal muy brioso, parecía querer detenerse en mitad del camino y miraba fijamente un campo en el que pastaban tres o cuatro vacas. No obstante, él no prestó demasiada atención a esta circunstancia y siguió caminando un poco más, cuando el caballo de pronto corcoveó violentamente y trató de soltarse. El sacerdote logró dominarlo con gran dificultad y, al observarlo más de cerca, se dio cuenta de que temblaba y sudaba copiosamente. El animal se tranquilizó entonces, pero se negó a moverse de donde estaba, y ni las amenazas ni las súplicas pudieron inducirlo a continuar. El sacerdote no salía de su asombro, pero, como recordaba haber oído a menudo que una forma de obligar a un caballo asustado a seguir trabajando era vendarle los ojos, sacó su pañuelo y se lo ató en la cabeza. A continuación se montó y, pegándole con suavidad, el caballo prosiguió su camino sin oponer resistencia, pero aún sudando y temblando incontrolablemente. No habían avanzado mucho cuando llegaron a un estrecho camino de herradura, flanqueado por setos altos y tupidos, que comunicaba el camino principal con el campo en el que pastaban las vacas. El sacerdote miró por casualidad al sendero y vio un espectáculo que le heló la sangre. Las piernas de un hombre, sin tronco ni cabeza, venían trotando hacia ellos. El buen sacerdote se asustó mucho, pero, siendo un hombre de gran coraje, decidió que, pasase lo que pasase, esperaría y haría frente a aquel singular espectro. Así pues, se quedó parado, y lo mismo hizo la acéfala aparición, como si le diera miedo acercarse a él. El sacerdote, al ver esto, reculó un poco, alejándose de la entrada al sendero, y el fantasma se puso en marcha de nuevo. No tardó en llegar al camino, y el sacerdote tuvo entonces la oportunidad de observarlo minuciosamente. Iba con unos bombachos de gamuza amarillos, bien sujetos a la altura de las rodillas con unas cintas verdes, pero no llevaba ni zapatos ni calcetines, y sus piernas estaban cubiertas de pelo largo y rojo, y empapadas de agua, sangre y barro, resultado, al parecer, del roce con los espinosos setos. El sacerdote, aunque muy asustado, sintió deseos de estudiar al fantasma, y con este propósito echó mano de todo su aplomo para atreverse a hablarle. El fantasma iba ahora un poco adelantado, siguiendo su marcha con el mismo trote ligero, así que el sacerdote espoleó a su caballo hasta que lo alcanzó, y entonces le dijo:

—¡Hola, amigo! ¿Quién eres, y adónde vas tan temprano?

El horrible espectro no respondió, pero lanzó un gruñido feroz y sobrehumano, algo así como «Ja».

—Una mañana estupenda para que los fantasmas salgan a pasear —insistió el sacerdote.

Otro «Ja» por respuesta.

—¿Por qué no dices nada?

—Ja.

—No pareces muy inclinado a hablar hoy.

—Ja —otra vez.

El buen hombre empezó a irritarse ante el obstinado silencio de su misterioso acompañante, y le dijo, un tanto enfadado:

—Por todos los santos, te ordeno que me respondas: ¿quién eres, y a dónde te diriges?

Por toda respuesta, obtuvo un «Ja» más alto y furioso que los anteriores.

—Tal vez —dijo el sacerdote— probar mi látigo te vuelva más comunicativo. —Y acto seguido le asestó un fuerte golpe en el trasero.

El fantasma lanzó un grito salvaje y sobrenatural y cayó hacia delante, y cuál no sería la sorpresa del sacerdote al percatarse de que el suelo se había cubierto de leche. Se quedó mudo de asombro; el fantasma, tumbado en tierra, siguió soltando grandes cantidades de leche por todas partes; al sacerdote le daba vueltas la cabeza y se le nubló la vista; se sumió en un estupor que duró varios minutos y, cuando se recuperó, el aterrador espectro había desaparecido, y en su lugar vio tirado en el camino, y medio sumergido en leche, el cuerpo de Sarah Kennedy, una anciana del vecindario conocida desde hacía mucho tiempo en el distrito por practicar la brujería y la superstición. Ahora se descubría que, con ayuda infernal, había adoptado aquella forma monstruosa y se había dedicado toda esa mañana a succionar la leche a las vacas del pueblo. Si un volcán hubiera entrado en erupción entre sus pies, el hombre no se habría sorprendido tanto; se quedó un rato mirando en atónito silencio mientras la anciana gemía y se retorcía convulsivamente.

—Sarah —dijo él por fin—, llevo tiempo advirtiéndote de que te arrepentirías de tu comportamiento perverso, pero has hecho oídos sordos a todas mis súplicas; y ahora, condenada mujer, te sorprendo en plena fechoría.

—Oh, padre, padre —gritó la pobre anciana—, ¿no puede hacer nada para salvarme? Estoy perdida; el infierno se ha abierto para mí y legiones de diablos me rodean en este momento, esperando para llevar mi alma a la perdición.

El sacerdote no tuvo fuerzas para responder; el sufrimiento de la desdichada bruja se acentuó; su cuerpo se hinchó hasta adquirir un tamaño enorme; sus ojos se encendieron como el fuego, su rostro se oscureció como la noche, todo su cuerpo se retorció de mil formas distintas; sus gritos eran espantosos, se le hundió la cara, se le cerraron los ojos, y al cabo de unos minutos expiró en medio del más penoso tormento.

El sacerdote siguió su camino, deteniéndose en la primera casa que encontró para dar noticia del extraño suceso. Los restos de Sarah Kennedy se trasladaron a su propio chozo, situado en la linde de un pequeño bosque no muy lejos de allí. Llevaba viviendo en aquella zona muchos años, pero seguía siendo una forastera, y nadie sabía de dónde procedía. No tenía ningún familiar en aquel lugar más que una hija, ya entrada en años, que vivía con ella. Poseía una vaca, pero vendía más mantequilla, según decían, que cualquier granjero de la región, y la sospecha general era que la conseguía por medios diabólicos, pues ella nunca había ocultado sus amplios conocimientos de brujería y hechicería. Profesaba la religión católica romana, pero nunca había comulgado con las prácticas impuestas por dicha iglesia; por lo tanto, se les negó a sus restos cristiana sepultura, y fueron enterrados en una mina de arena próxima a su chozo.

La noche del entierro la gente de la aldea se reunió y quemó el chozo. Su hija huyó y nunca más volvió.