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Mostrando las entradas etiquetadas como mal

Patrocinio Tipa - Eraclio Zepeda

     Todo iba muy bien. Todo caminaba. La risa igual que la sangre caminaba. Pero aluego fue cuando nos cayó la sal. Todo se empezó a descomponer. Yo ya lo tenía completo mi deseo: había tierra, había agua, había dos hijos; los dientes de las mazorcas estaban ya como avisando. Pero todo se echó a perder. Vino el mal y hubo que salir corriendo. Patrocinio Tipá se vino a vivir a Juan Crispín, el mismo día en que se quemó la ceiba de la plazuela; fue que le cayó un rayo en época de secas y el árbol se quemó todito. Fue muy mala señal aquel rayo en seco, y peor cayendo sobre la ceiba; aquello fue muy mal anticipo, y Patrocinio Tipá llegó ese mero día. Fue como un aviso. Patrocinio Tipá era de Copoya. —Me salí de Copoya, que es mi pueblo, porque la tierra del tata ya no ajustaba pa todos los hermanos; y también porque es mi natural andar buscando caminos porque no estoy enraizado en ninguna parte. Después de mucho caminar, recorriendo todas las riberas del rumbo fue qu...

El mal - Silvina Ocampo

Una noche rodearon la cama contigua con biombos. Alguien explicó a Efrén que su vecino estaba agonizando.    Ese vecino perverso no sólo le había robado la manzana que estaba sobre la mesa de luz, sino el derecho a gozar de la protección de esos biombos, en cuya otra faz había seguramente pintadas flores y figuras de querubes.    Esta circunstancia oscureció la alegría de Efrén. Asimismo, con sábanas y frazadas para cubrirse, estaba en el paraíso. Veía de soslayo la luz rosada de los ventanales. De vez en cuando le daban de beber; tenía conciencia del alba, de la mañana, del día, de la tarde y de la noche, aunque las persianas estuvieran cerradas y que ningún reloj le anunciara la hora.    Cuando estaba sano solía comer con tanta rapidez que todos los alimentos tenían el mismo sabor. Ahora, reconocía la diferencia que hay hasta en los gustos de una naranja y de una mandarina. Apreciaba cada ruido que oía en la calle o en el edificio, las voces y los gritos,...

Un exhorto creativo - Robert Bloch

  Comenzó el tecleo. —¿Qué hacemos aquí? —susurró ella. —¿No hemos pensado en eso antes? —preguntó él. —¿Cuándo, según tú? —En la página veintisiete. —¿Bromeas? Ahí me parece que hicimos otras cosas —dijo ella. —Mira, no tenemos que hacer lo que no queramos hacer. —¿De veras? No lo habíamos tenido en cuenta… —Pues hazlo —suspiró él—… ¿Acaso crees que esto lo está escribiendo una especie de autor? Ella asintió. —Por supuesto —dijo—. Alguien habrá tenido que crearnos, ¿no te parece? ¿No será ese alguien nuestro autor? —¿Y por qué estás tan segura de que es un autor y no una autora? Y si de veras hay alguien a quien atribuir esa autoría, ¿qué te hace pensar que nos crearía basándose en una misma imagen? —Porque el autor nos entiende. Conoce nuestros pensamientos, nuestra manera de sentir. —Pero son nuestros pensamientos, es nuestra manera de sentir… Y si el autor escribe sobre nosotros, eso no significa que él, o ella, se preocupe de lo que hace. Ni que sepa qué va a pasar finalment...