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Vida de los vampiros - Jorge Ibargüengoitia

El vampirismo no es enfermedad. Los vampiros son muertos que andan –explica un científico a la mitad de toda película de vampiros.

La vampirología es un conocimiento extenso. Admirable si se tiene en cuenta que es el estudio de algo que no existe. Además de ser extenso, está muy extendido: la gente común y corriente sabe más de vampiros que de los otomíes, por ejemplo.

En las películas de vampiros, los espectadores saben más de vampirología que los protagonistas, que para enterarse de lo que está pasando tienen que recurrir a un pequeño manual del siglo XVIII, o bien a un pergamino, que desenrollan con música de fondo, de preferencia de armonio. El que abre el manual o desenrolla el pergamino aprende muchas cosas, pero está casi siempre perdido, con grandes probabilidades de terminar vampirizado.

Los demás protagonistas, en cambio, no dan pie con bola, y hacen una serie de cosas que a nadie se le ocurriría hacer sabiendo que la película es de vampiros: caminar por el bosque a la media noche, entrar en los cementerios, andar jaloneando tumbas, meterse en un castillo medieval sin encender la luz, dormir con la ventana abierta, darle la espalda a unos cortinajes de brocado, colgar de la pared cuadros de difuntos dientones…

Como tenía que ocurrir con tanto descuido, alguien aparece desangrado y con los dos típicos colmillazos en el pescuezo.

La intervención de la policía en el caso es torpe y los dictámenes patéticos: se sospecha, por ejemplo, que el desangrado fue atacado por liebres.

Nunca se ha sabido de vampiros plebeyos, siempre pertenecen a las mejores familias. Han sido enterrados con leontina, gorguerra y un anillo, en un ataúd muy cómodo, en donde han pasado varios siglos. Para despertarlos basta cualquier descuido: alguien se corta y la sangre escurre hasta la cripta, o bien un tonto abre el ataúd creyendo que está lleno de joyas.

Una vez conjurado el vampiro se vuelve un engorro, que es lo que le da interés a la película, y es necesario aniquilarlo, que es lo que produce el final. Pero mientras llegamos a eso, conviene estudiar a fondo sus costumbres.

Reflexionemos por ejemplo sobre el atractivo que los vampiros, a pesar de ser feísimos, tienen sobre las mujeres. Siempre se mueven en círculos sociales repletos de guapas y a todas seducen. Gente que en la vida real sería incapaz de producirle pasión a una mosca, adquiere en la película una fascinación irresistible, debida en parte al redingote y en parte al peinado estilo Directorio. No sólo se alimentan de ellas, sino que las esclavizan, entran en sus habitaciones por la ventana, las obligan a caminar descalzas y en camisón por páramos helados, por pasadizos secretos o por pretiles y lo que es peor, quieren casarse con ellas en ceremonias heterodoxas, en las que siempre interviene un ataúd.

Pero ser vampiro tiene sus desventajas.

-Hace doscientos cuarenta años que no veo la luz del día-, dice el vampiro que vi en la última película.

Pasan el día durmiendo en el ataúd y cuando anochece salen a cenar. Debido en parte a estas limitaciones y en parte a que en su existencia anterior tuvieron buena servidumbre, siempre se las arreglaban para tener mozos fidelísimos, encargados de hacer las labores que sea necesario despachar a la luz del día, y evitar que algún entrometido llegue a la habitación y encuentre al vampiro dormido en su sepulcro.

Como todos sabemos, los vampiros no se reflejan en el espejo, ni proyectan sombra. En esto los reconocemos, porque los colmillos famosos son plegables y no los sacan más que cuando les conviene. También pueden, según parece, comer de todo y hasta beber cosas que no sean sangre humana. La vista de la cruz les hace tanto daño como el sol.

El vampirismo no es enfermedad, pero se contagia. Por esta razón es necesario aniquilar a los vampiros. No es fácil matarlos, porque como ya dijimos, ya están muertos. Sin embargo, es posible rematarlos con balas de plata –que también sirven para matar a los lobos humanos- o a martillazos, atravesándoles con una estaca el corazón.

Estos dos procedimientos para deshacer vampiros, además de ser complicadísimos, tienen el defecto de ser sangrientos. Por eso yo recomiendo, para final de película vampiresca, que al vampiro se le haga tarde y le amanezca. Puede derretirse y convertirse en un charco, puede irse cuarteando y acabar en un montoncito de tierra, puede también evaporarse, quedar en forma de mal olor y antes de desaparecer por completo puede ser percibido por un perro, y hacerlo aullar.


Los yugoslavos - Robert Bloch

No acudí a París en busca de aventuras.
La experiencia me ha enseñado que no existen los fantasmas de la ópera, ni existen los artistas con barba que cojean por Montmartre apoyados en piernas atrofiadas, ni boulevardiers con sombrero de paja cantando elogios a una pequeña y dulce Mimí.
Ya no existe más el París de la historia y la canción, si es que existió alguna vez. Los tiempos han cambiado, e incluso el término «alegre París» evoca ahora lo que en el lenguaje teatral se denomina una «mala risa».
En consecuencia, el visitante aprende a cambiar los hábitos, como bien lo demuestra el hotel que elegí para albergarme. En viajes anteriores me había alojado en el Crillon o en el Ritz; ahora, después de una larga ausencia, elegí el George V.
Permítanme repetirlo de nuevo: no buscaba ninguna aventura. Aquella primera noche abandoné el hotel para dar un corto paseo, simplemente con la intención de satisfacer la curiosidad que sentía por la ciudad.
Ya había descubierto que algunos aspectos de París permanecían inmutables; al parecer, los franceses siguen sin saber cómo comunicarse por teléfono, y tampoco son capaces de hacer una buena taza de café. Pero como yo no tenía ni necesidad de hablar por teléfono ni de tomar una taza de café, esas cuestiones no me preocupaban.
Tampoco me sorprendió agradablemente descubrir que París, en abril -como dice la canción-, es una ciudad fría y húmeda. Cálidamente abrigado para dar mi pequeño paseo, dirigí mis pasos hacia las arcadas de la Rue de Rivoli.
A primera vista, París conservaba sus tradiciones durante la noche. Todas las atracciones turísticas seguían en funcionamiento: el esqueleto acerado de la Torre Eiffel, la mandíbula abierta del Arco de Triunfo, las fuentes logrando su milagrosa transustanciación del agua en sangre merced a la luz carmesí.
Pero percibí cambios en el aire -literalmente hablando-: el acre olor de los humos del tráfico emanando de los tubos de escape de los coches deportivos o las rugientes motocicletas, con el contrapunto de las sirenas de los coches policiales y las ambulancias. Los débiles cuernos con los que Gershwin intentó reflejar el tráfico de la ciudad quedarían ahora ahogados en esta barahúnda; dudo que él aprobara los nuevos sonidos. Yo, desde luego, no.
Mi desaprobación se extendió a las vestimentas de los peatones locales. Ahora, los jóvenes parisinos imitaban a los jóvenes de otras muchas ciudades: cabezas descubiertas, chaquetas de cuero y vaqueros... con el mismo aspecto que tienen los jóvenes en Times Square o en Hollywood Boulevard. En cuanto a las chicas, éste parecía ser el año en que todas las jóvenes de Francia decidió ponerse esas horribles botas de cuero, que convertía sus extremidades inferiores, delicadamente formadas, en piernas de víctimas de la elefantiasis. La parisina chic se había desvanecido y, por encima del tumulto del tráfico, creí detectar la desesperación de Napoleón al levantarse de su tumba.
Caminé bajo los arcos, contemplando los iluminados escaparates de costosas joyas, mezclados con objetos de artesanía barata. El París turístico, al menos, no había cambiado: todavía había sex shops en Pigalle, y en alguna parte de las profundas oscuridades del Louvre seguiría sonriendo enigmáticamente Mona Lisa ante aquellos que acudían a la ciudad en busca de aventura.
Repito que no era ésa mi intención. A pesar de todo, la aventura me buscó.
La aventura surgió rápidamente de una parte oscura y solitaria de las arcadas, dirigiéndose directamente hacia mí en forma de una docena de piernas que corrían.
Todo sucedió muy rápidamente. En un instante, estaba solo; al momento siguiente, y sin advertencia previa, llegaron los niños. Había seis, y me rodearon como un pequeño ejército: seis rapazuelos de pelo negro, tez morena, ropas sucias y despeinados, que me hablaban y gritaban en un idioma extranjero. Algunos de ellos se agarraron a mis ropas, otros me golpearon en las costillas. Me gritaban pidiendo una limosna, y cuando murmuré algo acerca de que no tenía cambio, uno de ellos me golpeó el pecho con un periódico doblado, otro me agarró una mano y me la besó, y otro me cogió del hombro haciéndome girar. Ensordecido por el griterío, atónito ante aquel repentino ataque, me esforcé por librarme.
En pocos segundos se desparramaron rápida y silenciosamente, escondiéndose entre las sombras. Al desaparecer, volví a quedarme solo, asombrado y conmocionado. Porque, cuando levanté la mano instintivamente para llevármela al bolsillo interior de la chaqueta, me di cuenta de que había desaparecido mi cartera.
Mi primera reacción fue sufrir un shock. ¡Y pensar que yo, un hombre ya maduro, había sido robado en plena calle por un puñado de pequeños rapaces menores de diez años!
Era un escándalo, al que yo añadí mi propia cólera. La extremada audacia de su ataque provocaba cólera, y el pensar en las consecuencias alimentó mi furia. Perder el dinero que llevaba en la cartera era lo menos importante, pues iba a encontrar bien poca cosa.
Pero llevaba en ella algo que apreciaba mucho; algo secreto e irreemplazable. Lo llevaba en la billetera con un propósito: después de completada mi visita tenía la intención de ir hacia otro destino, para lo que tendría que utilizar el objeto que contenía mi cartera.
Ahora había desaparecido y, con él, la esperanza.
Pero no del todo. El sonido de las distantes sirenas en la noche sirvió para recordarme estridentemente que aún me quedaba una oportunidad. Según recordaba, había una comisaría de policía cerca de la Place Vendome. No resultó fácil de localizar en la oscura calle, al otro lado de un patio abierto. Pero me las arreglé.
Una vez dentro, imaginé que tendría una conversación con un inspecteur, que regresaría a la escena del delito en compañía de unos simpáticos gendarmes preocupados por la comisión de tales delitos y alertas para descubrir el lugar donde se habían ocultado mis asaltantes.
La joven sentada tras la ventanilla de la sombría sala de recepción escuchó mi historia sin hacer el menor comentario ni cambiar de expresión. Insertó formularios y papel carbón en su máquina de escribir, y anotó unos pocos datos vitales para la estadística: mi nombre, fecha y lugar de nacimiento, lugar de origen, dirección del hotel y un corto inventario del contenido de la cartera robada.
Por razones particulares omití mencionar el objeto que más me importaba. Se me podría excusar teniendo en cuenta mi excitación de ánimo, y confié en no tener que hacerlo, a menos que el inspecteur me interrogara más detalladamente.
Pero no hubo entrevista alguna con ningún inspecteur, y tampoco apareció ningún policía uniformado. En lugar de ello, se me entregó simplemente una copia de la Recepisse de Declaration; si sabían algo sobre el destino seguido por mi cartera, me lo notificarían en mi hotel.
Apenas diez minutos después de haber entrado en la comisaría volví a encontrarme en la calle, sin otra cosa con que demostrar mis problemas que una copia del informe. En la parte inferior de la hoja, en una línea identificada en letra de imprenta como Mode Operatoire - Precisons Complementaires, había mecanografiada una frase que decía: «Vol commis dans la Rue par de jeunes enfants yougoslaves».
-¿Yugoslavos?
Ya de regreso en el hotel, le hice la pregunta correspondiente a un maduro conserje de noche. Con los ojos adormilados parpadeando por el nerviosismo, asintió con un gesto, como si supiera de qué iba la cosa.
-¡Ah! -exclamó-. ¡Los gitanos!
-¿Gitanos? Pero si sólo eran niños...
-Es exactamente así -dijo, asintiendo de nuevo con la cabeza.
Y después me contó la historia.
Los carteristas y los que robaban bolsos por el método del tirón siempre habían sido algo habitual en esta zona, pero su número había aumentado en los últimos años.
Procedían del este de Europa, aunque se desconocía su origen exacto, por lo que se les etiquetaba convenientemente como «yugoslavos» o «gitanos».
Al parecer, eran escondidos por hábiles y emprendedores criminales adultos, que se especializaban en educar a los niños en el arte del robo, de modo similar a como Fagin entrenaba a sus jóvenes en el Londres que describe Dickens en Oliver Twist.
Pero Fagin era un aficionado en comparación con los profesionales actuales. Sus alumnos huérfanos, productos de los hogares rotos o sin hogar alguno eran reclutados en las calles de ciudades extranjeras, e incluso comprados directamente a padres nada escrupulosos. Estos rapaces podían llegar a valer mucho; después de un poco de experiencia, un inocente de cuatro o cinco años podía convertirse en un veterano curtido, capaz de conseguir hasta cien mil dólares en el transcurso de un solo año.
Cuando le describí las circunstancias de mi propio encuentro, el conserje se encogió de hombros.
-Claro. Así es como trabajan, amigo mío... en bandas.
Bandas cuyos miembros eran expertos en distinguir a las víctimas potenciales, y que habían recibido hábiles instrucciones sobre el modo de operar. Sus gritos aparentemente espontáneos no eran más que el producto de ensayos prolongados y exactos, y sus movimientos aparentemente impulsivos estaban perfectamente diseñados con antelación. Bailaron a mi alrededor porque les habían enseñado a practicar exactamente esa clase de coreografía. Era como un ballet de delincuentes en el que cada cual jugaba un papel previamente asignado... para dar codazos, gesticular, agarrar y zarandear y crear así la mayor confusión posible. Incluso el besamanos formaba parte de un plan maestro, y cuando uno de ellos me golpeó el pecho con un periódico no hizo más que ocultar la acción de otro que introdujo los dedos por debajo y me birló la cartera. Toda la actuación fue programada y ejecutada con exactitud hasta en sus más mínimos detalles.
Escuché y finalmente meneé la cabeza.
-¿Y por qué no me contó la policía esas cosas? Seguramente deben saberlas.
-Oui, Monsieur -contestó el conserje, permitiéndose hacerme un guiño confidencial-. Pero quizá no se preocupan por ello. -Se inclinó sobre el mostrador y bajó el tono de su voz hasta convertirlo en un murmullo-: Algunos dicen que se ha llegado a una especie de acuerdo. Los yugoslavos son muy hábiles para identificar a los visitantes extranjeros por la forma de moverse y por las ropas que visten. Incluso pueden reconocerlos por la clase de zapatos que llevan. Se supone que se ha establecido un acuerdo porque únicamente atacan a los turistas y no les hacen nada a los ciudadanos locales.
-Sin duda alguna habrá otros que se quejen como yo -dije frunciendo el ceño-. En tal caso creo que la policía se vería obligada a hacer algo.
El gesto del conserje fue tan elocuente como sus palabras.
-Pero ¿qué pueden hacer? Esos yugoslavos actúan con rapidez, sin la menor advertencia. Desaparecen antes de que uno se dé cuenta de lo ocurrido, y nadie sabe adónde van. E incluso si uno consigue echarle mano a uno de ellos, ¿qué sucede entonces? Lo lleva uno a la comisaría y cuenta lo sucedido, pero luego resulta que el pequeño rufián no tiene ninguna cartera... Puede usted estar seguro de que se la pasaron a otro que echó a correr llevándose la prueba consigo. Por otro lado, el pequeño no sabe hablar ni comprender el francés, o al menos eso es lo que aparenta.
»De modo que los gendarmes no cuentan más que con la palabra del denunciante; ¿y qué van a hacei con un niño si no tienen pruebas, teniendo en cuenta que la ley prohíbe la detención y encarcelamiento de los menores de trece años? Todo forma parte del mismo esquema y, si me permite decirlo así, creo que es un esquema hermoso.
El fruncimiento de mis cejas le indicó que me faltaba sentido de apreciación por aquella clase de belleza, y no tardó en retirarse a una posición de seguridad detrás del mostrador, adoptando una actitud oficial cuando añadió:
-Mañana podrá informar sobre el robo de las tarjetas de crédito, aunque no creo que nadie sea lo bastante tonto como para arriesgarse a falsificar una firma. Es el dinero lo que les interesa.
-Tengo dinero depositado en la caja fuerte del hotel -dije.
-Très bien. En tal caso le voy a dar el mejor de los consejos. Ahora que ya sabe a qué atenerse, no creo que le vuelvan a asaltar. Simplemente, trate de alejarse de los lugares frecuentados por los turistas y evite utilizar el metro.
Me ofreció el consuelo de esa sonrisa que todos los conserjes de hotel reservan para casos de ascensores estropeados, equipajes perdidos, inexplicables fallos eléctricos o sanitarios atascados. Después, al ver que yo seguía con las cejas fruncidas, la sonrisa desapareció de su rostro.
-Por favor. Comprendo que haya sido una desagradable situación para usted, pero trate de aceptarlo como una experiencia más. Créame, no vale la pena seguir con el tema.
-Si la policía no está dispuesta a perseguir a esos niños... -dije, meneando la cabeza.
-¿Niños? -Su voz volvió a descender hasta convertirse en un murmullo-. Quizá no me haya expresado con claridad. Los yugoslavos no son niños ordinarios. Tal y como le he dicho, han sido entrenados por profesionales, es decir, por la clase de hombres capaces de comprar o robar a un niño, corromperlo y dedicarlo al crimen. Y no es fácil que esa clase de tipos se detengan simplemente en eso. He oído ciertos rumores, Monsieur, rumores que tienen un sentido muy terrible. Esos niños, como usted los llama, están completamente drogados. Conocen todo tipo de vicios y no saben nada de moral; llevan cuchillos, e incluso armas de fuego. A algunos de ellos les han enseñado a introducirse en las casas y, en caso de ser descubiertos, a matar. Sus maestros, desde luego, son mucho más peligrosos cuando uno se cruza con ellos. Le ruego, en bien de su propia seguridad, que se olvide de lo ocurrido esta noche y siga su camino.
-Muchas gracias por su consejo.
Conseguí dirigirle una sonrisa y, en efecto, seguí mi camino. Pero no olvidé lo sucedido.
No podía olvidar que me habían robado lo que era más precioso para mí.
Tras retirarme a mi habitación, coloqué ante el pomo de la puerta el cartel de «No molestar», y tras unos improvisados arreglos terminé por quedarme dormido.


A la noche siguiente ya estaba preparado y a la espera. Durante la noche, París es la Ciudad de la Luz, pero también es la ciudad de las sombras. Y fue en las sombras donde me dediqué a esperar, y más exactamente entre las sombras de las arcadas de la Rue de Rivoli. Me había puesto deliberadamente un traje negro, destinado a confundirse con el fondo oscuro. Pasaría desapercibido si los depredadores volvían a buscar una presa nueva.
De algún modo, estaba convencido de que volverían. Mientras permanecía apoyado contra un pilar, observando a los viandantes ocasionales que pasaban, hice un esfuerzo por ver a las presas con los ojos de los cazadores.
¿Quién sería la próxima víctima? Ese grupo de japoneses no se merecían más que una mirada de desprecio; no era prudente desafiar a todo un grupo. Siguiendo la misma regla, tampoco se haría nada contra los que fueran en pareja. E incluso los viandantes solitarios estarían seguros si eran personas atléticas o sus ropas les identificaban como ciudadanos locales.
Lo que los cazadores buscaban era a alguien como yo mismo, alguien vestido con ropas de corte extranjero, preferiblemente viejo y evidentemente solo. Alguien como el caballero de pelo gris que se aproximaba ahora, contemplando los escaparates de una serie de tiendas que ya estaban cerradas. Era bajo de estatura, de constitución ligera y su paso incierto indicaba o bien un deterioro físico o una ligera intoxicación alcohólica. Un viandante solitario en una calle desierta... era el objetivo perfecto para el ataque.
Y el ataque se produjo.
Desde la profunda oscuridad de un portalón frente a la arcada surgieron de pronto los yugoslavos, bailoteando, gritando y gesticulando, rodeando repentinamente a la asombrada víctima.
Lo rodearon, con las manos extendidas, confundiéndolo con sus gritos, manoseándolo al mismo tiempo.
Ahora vi la táctica que seguían y reconocí los papeles que jugaba cada uno de ellos. Ahí estaba el dedicado a besar la mano, al tiempo que pedía una limosna; allí los otros dos que se dedicaban a estirarle cada uno de un brazo, desde atrás; ahí estaba también el mayor de los chicos, blandiendo el periódico plegado, disponiéndose a lanzarlo contra el pecho del viejo, mientras su cómplice se acercaba a la chaqueta abierta desde abajo. El sexto y más pequeño de la banda permanecía detrás de él, simplemente quieto, en posición. En cuanto le quitaran la cartera se la pasarían y mientras los demás continuaban con sus maniobras de distracción un momento más, antes de desparramarse, el más pequeño echaría a correr para ponerse a salvo.
Todo el espectáculo resultaba brillante en su sencillez, y concebido con tal inteligencia que el pobre caballero apenas se daría cuenta de la pérdida hasta que ya fuera demasiado tarde.
Pero yo me di cuenta... y actué.
En el momento en que los ladronzuelos le rodearon, avancé con rapidez y sin hacer ruido. Enfrascados en su griterío, no se dieron cuenta de mi aproximación. Me moví por detrás del más joven, el que esperaba recibir la cartera. Le agarré por el brazo que tenía levantado, sujetándoselo por detrás de la espalda y lo arrastré, alejándolo hacia las sombras. Me miró y mi mano libre se afianzó alrededor de su boca abierta antes de que pudiera lanzar ningún grito.
Trató de morderme, pero mis dedos se apretaron con más fuerza contra su boca. Intentó pegarme patadas, pero le retorcí aún más el brazo doblado y le hice perder el equilibrio, trastabillando sobre el pavimento a medida que nos alejábamos de la arcada en sombras, dirigiéndonos hacia la cercana esquina.
Allí tenía aparcado mi coche de alquiler. Abrí la puerta y lo introduje en el asiento delantero. Antes de que pudiera volverse, saqué las esposas de mi bolsillo y Jas cerré alrededor de sus muñecas, mantenidas a la espalda.
Cerré la puerta del acompañante, rodeé el coche con rapidez y entré por la otra puerta, sentándome ante el volante. Segundos más tarde nos movíamos para perdernos en el tráfico de la ciudad.
Con las manos bien sujetas a la espalda mi prisionero se retorcía inútilmente a mi lado. Ahora podía gritar todo lo que quisiera. Y así lo hizo.
-¡Basta! -le ordené-. Nadie puede escucharte con las ventanillas cerradas.
Al cabo de un instante, obedeció. Cuando nos metimos por una calle lateral, me miró fijamente y resolló:
-Merde!
-De modo que hablas francés, ¿verdad? -le pregunté, sonriendo.
No hubo respuesta alguna. Pero cuando el coche giró de nuevo entrando en una de las estrechas calles que salían de la Rue St. Roch, la mirada de sus ojos era cautelosa.
-¿Adónde vamos?
-Eso es algo que tú mismo debes contestar.
-¿Qué quiere decir?
-Espero que seas lo bastante bueno como para dirigirme al lugar donde pueda encontrar a tus amigos.
-¡Váyase al infierno!
-Au contraire -dije, sonriendo de nuevo-. Si no cooperas, y con rapidez, te pegaré un buen golpe en la cabeza y abandonaré tu cuerpo en el Sena.
-¡Viejo bastardo..., no puede asustarme!
Levantando la mano derecha del volante le di un fuerte bofetón en la boca, haciéndole retroceder contra el asiento.
-Eso sólo es una muestra -le dije-. La próxima vez no seré tan suave.
Mi mano se convirtió en puño, la volví a levantar y el pequeño se encogió.
-¡Dímelo! -le ordené.
Y lo hizo.
El golpe recibido en la boca pareció haberle desatado la lengua porque empezó a contestar a mis preguntas, al tiempo que yo hacía girar el coche, cruzaba un puente y penetraba en la Orilla Izquierda.
Cuando me dijo cuál era nuestro destino y me describió cómo llegar a él, confieso que me quedé sorprendido. La distancia era mucho mayor de lo que había supuesto, y no sería fácil descubrir el lugar, pero seguí sus indicaciones sobre un mapa mental. Mientras tanto, estimulé a Bobo para que hablara.
Ése era su nombre..., Bobo. Si tenía algún otro, aseguró no saberlo y yo le creí. Tenía nueve años de edad, pero ya hacía tres que estaba en la banda, desde que su jefe le había secuestrado en las calles de Dubrovnik trayéndolo aquí, a París, por una larga ruta ilegal, escondido en el fondo de un camión.
-¿Dubrovnik? -pregunté, asintiendo con un gesto-. Entonces, eres realmente yugoslavo. ¿Qué me dices de los otros?
-No lo sé. Proceden de todas partes, allí donde los encontrara él.
-¿Te refieres a vuestro jefe? ¿Cómo se llama?
-Le llamamos Le Boss.
-¿Fue él quien los enseñó a robar así?
-Nos ha enseñado muchas cosas -contestó Bobo dirigiéndome una mirada de soslayo-. Escúcheme, viejo... si él está allí habrá muchos problemas. Será mejor que me deje marchar.
-No hasta que recupere mi cartera.
-¿Su cartera? -Sus ojos se abrieron como platos, luego se estrecharon y me di cuenta de que acababa de reconocerme como su víctima de la noche anterior-. Si cree usted que Le Boss le va a devolver su dinero es que es tonto.
-No soy tonto, y no me importa el dinero.
-¿Sus tarjetas de crédito? No se preocupe. Le Boss no trata nunca de utilizarlas. Es demasiado arriesgado.
-Tampoco es por las tarjetas. Había algo más. ¿No lo viste?
-Yo no llegué a tocar su cartera. Anoche fue Pepe quien se encargó de llevarla a la camioneta.
Según me dijo, la camioneta siempre estaba aparcada a la vuelta de la esquina del lugar en que operaba la banda. Y después de cometido el robo era allí adonde huían. Le Boss esperaba ante el volante, con el motor en marcha; la propiedad robada se la entregaban inmediatamente, al tiempo que se dirigían hacia zonas más seguras.
-De modo que la cartera la tiene ahora Le Boss -dije.
-Quizá. A veces coge el dinero y tira la cartera en cualquier parte. Pero si como usted dice contenía algo más que dinero y tarjetas de crédito... -Bobo dudó un momento, mirándome, antes de preguntar-: ¿Qué es lo que anda buscando?
-Eso es algo que discutiré con Le Boss cuando le vea.
-¿Diamantes, quizá? ¿Es usted un contrabandista?
-No.
Abrió mucho los ojos y asintió rápidamente con un gesto.
-¿Cocaína? No se preocupe, yo mismo le conseguiré la que quiera, no es ningún problema... Buen material y no la mierda que cortan para el comercio callejero. Toda la que usted quiera, y a buen precio.
-Deja de imaginar cosas -le dije, moviendo la cabeza-. Sólo hablaré con Le Boss.
Pero Bobo siguió mirándome mientras yo conducía hacia las zonas suburbanas residenciales e industriales, atravesando unos terrenos libres de edificios. Me metí por un camino lateral sin asfaltar que bordeaba la orilla desierta del río. No había ninguna luz, ni viviendas, ni signos de vida..., únicamente sombras, silencio y árboles que balanceaban sus ramas altas.
Bobo se estaba poniendo nervioso, pero ahora forzó una sonrisa.
-Eh, viejo..., ¿le gustan las chicas? Le Boss consiguió una el otro día.
-No me interesa.
-Quiero decir chicas pequeñas. Carne fresca, de sólo cinco o seis años...
Negué de nuevo con un gesto y el rapaz se me acercó en el asiento e insistió:
-¿Qué me dice de chicos? Soy muy bueno, ya lo verá. Hasta Le Boss lo dice...
Se acurrucó contra mi; tenía las ropas sucias y olía a sudor y ajo.
-No te molestes -le dije, apartándolo de un empujón.
-Está bien -murmuró-. Pensé que si llegábamos a un acuerdo dejaría de intentar encontrar a Le Boss. Con eso no va a conseguir más que empeorar las cosas para usted, y no tiene sentido que le hagan daño.
-Agradezco tu preocupación -dije, sonriéndole -. Pero no es por mí por quien te preocupas. Tú serás el que recibas un buen castigo por traerme hasta vuestra guarida, ¿no?
Me miró fijamente sin contestar, pero leí la respuesta en sus ojos, llenos de temor.
-¿Qué te hará? -pregunté.
El temor volvió a surgir en su voz.
-Por favor, Monsieur, ¡no le diga cómo consiguió llegar hasta aquí! Haré todo lo que usted quiera, todo...
-Harás exactamente lo que yo te diga -le espeté.
Volvió a quedarse mirando hacia adelante, y de nuevo leí en sus ojos..
-¿Hemos llegado? -pregunté-. ¿Es éste el sitio?
-Oui, pero...
-Cállate.
Apagué el motor y las luces, pero no antes de que la luz me permitiera descubrir por un instante la orilla del río al otro lado del camino vecinal. A través de la maraña de árboles y matojos pude ver la camioneta aparcada, medio oculta entre las sombras que había delante. Más allá, cruzando el río, vi un antiguo puente de madera destinado a peatones, la estrecha y casi desmoronada reliquia de tiempos pasados.
Bajé del coche, rodeándolo hasta el otro lado y abrí la puerta, cogiendo del cuello a mi prisionero.
-¿Dónde están? -susurré.
-Al otro lado. -La voz de Bobo sonó débil pero la aprensión que denotaba era fuerte-. ¡No me obligue a llevarlo hasta allí, por favor!
-Cierra la boca y ven conmigo.
Le arrastré hacia los árboles y me detuve para contemplar la vieja estructura del puente. El propósito para el que había servido en el pasado ya hacía tiempo que se había olvidado, lo mismo que el gran óvalo de la otra orilla, que se abría cerca del borde del agua.
Pero Le Boss no lo había olvidado. Antiguamente, este gran conducto circular formó parte del primitivo sistema de alcantarillado de París. Enterradas en las profundidades, docenas de ramales se conectaban, convergiendo en una sola cloaca gigantesca que vertía sus residuos en las aguas situadas río abajo. Ahora, los canales interiores habían sido cerrados, dejando el túnel principal seco, aunque no desierto. Porque era aquí, dentro de un circulo de metal de unos siete metros de diámetro, donde Le Boss encontraba protección a las miradas indiscretas, al otro lado del camino vecinal en desuso y del puente abandonado.
La enorme abertura parecía la boca de entrada al infierno y en su interior se veían los fuegos del infierno.
En realidad, lo que me parecieron fuegos no eran más que el producto de unas velas encendidas colocadas en nichos alrededor de la base del túnel. Comprendí que no sólo tenían un valor práctico, sino también precavido, ya que se las podría apagar inmediatamente en caso de alarma.
¿Alarma?
Agarré a Bobo aún más fuerte por el cuello.
-El vigilante -murmuré-. ¿Dónde está?
De mala gana, el chico extendió un dedo en dirección a un borde alto y destartalado situado en el lado dcl puente. Distinguí entre las sombras una pequeña figura acurrucada entre brotes de vegetación.
-Sandor -me dijo mi prisionero-. Está dormido.
-¿Y qué me dices de Le Boss y de los otros? -pregunté, levantando la mirada.
-Están dentro de la cloaca. Más adentro, allí donde nadie puede verles.
-Bien. Ahora entrarás tú.
-¿Solo?
-Sí, tú solo.
Cogí la llave y le abrí las esposas, aunque no le solté del cuello. El chico se frotó las muñecas irritadas.
-¿Y qué es lo que debo hacer?
-Dile a Le Boss que te cogí en la calle, pero que conseguiste escapar y echar a correr.
-¿Y cómo explico que conseguí llegar aquí?
-Quizá hiciste autoestop.
-¿Y después...?
-No te diste cuenta de que te seguía..., hasta que volví a cogerte aquí. Dile que estoy esperando a este lado del río hasta que me traigas la llave que ando buscando. Una vez la tenga en mi poder me marcharé... sin hacer preguntas, sin causar ningún daño.
-Suponga que él no tiene la llave -dijo Bobo, frunciendo el ceño.
-La tendrá -le dije-. Mira, es una vieja llave de latón, pero el mango tiene la forma del blasón de mi familia. Y montado en el blasón hay un gran rubí.
-¿Y qué pasa si él arrancó el rubí y tiró la llave? -preguntó el chico sin dejar de fruncir el ceño.
-Es posible -admití, encogiéndome de hombros-. Pero será mejor que reces para que no haya sucedido así. -Mis dedos se hundieron un poco más en su cuello-. Quiero esa llave, ¿comprendido? Y la quiero ahora.
-¡Pero él no se la va a dar! ¡No Le Boss! ¿Por qué iba a dársela?
Por toda contestación empujé al chico hacia el adormilado vigilante, medio oculto entre los arbustos. Metí la mano en el bolsillo y saqué un cuchillo. En el instante en que Bobo abría la boca, sorprendido, le pegué una patada a la figura acurrucada. El otro parpadeó y se sentó rápidamente. Después se quedó helado cuando le apreté la punta de la hoja contra el cuello.
-Dile que si no me trae la llave dentro de cinco minutos le cortaré el cuello a Sandor.
Sandor me creyó. Lo sé porque empezó a temblar. Y Bobo también me creyó, porque cuando le solté del cuello echó a correr hacia el puente.
Ahora sólo quedaba por dilucidar una cuestión: ¿me creería también Le Boss?
Sinceramente, confiaba que así fuera. Pero, por el momento, lo único que podía hacer era esperar pacientemente. Obligué al tembloroso Sandor a levantarse y le empujé delante de mi para situarme al borde del puente, mirando hacia el otro lado, al tiempo que Bobo llegaba hasta la boca de la cloaca, que se lo tragó. Yo seguí esperando.
La noche estaba en silencio, a excepción de la ronca respiración de Sandor. Ningún sonido surgió de la gran boca ovalada de la cloaca, al otro lado del río, y mi visión, por la lejanía. no alcanzaba a ver su interior.
Pero el reflejo de la luz me sirvió para estudiar a mi nuevo prisionero. Al igual que Bobo, tenía el cuerpo de un niño, pero el rostro que me contemplaba me pareció incongruentemente avejentado..., no por las arrugas, sino por la línea delgada de sus labios apretados, los huecos existentes bajo los pómulos sobresalientes y los hundidos círculos que rodeaban sus ojos. También eran unos ojos de viejo, como los de alguien que ha visto mucho más de lo que un niño podría haber visto. Leí en ellos un sometimiento momentáneo, pero sabía que eso no era más que una reacción superficial. Por detrás percibí un brillo frío, una fuerza cruel gobernada no por la inteligencia, sino por el instinto animal, completamente desarrollado, listo para soltarse. Y, en efecto, era como un animal, me dije a mí mismo; un depredador que vivía en una cueva, ávido de satisfacer apetitos atávicos perennes.
No había nacido así, desde luego. Había sido Le Boss quien transformó la inocencia de la infancia en el impulso amoral que erradicó todo signo de humanidad para dejar surgir la bestia que había debajo.
Le Boss. ¿Qué estaría haciendo ahora? Seguramente, Bobo le habría encontrado ya y le habría contado su historia. ¿Qué estaría ocurriendo? Mantuve cerca a Sandor, a punta de cuchillo, vigilando la oscilación de las luces y las profundidades de las sombras en la enorme mandíbula del túnel.
Entonces, de repente y por sorpresa surgió un grito de la boca de metal.
El alto eco desgarrador se elevó sólo durante un instante antes de desvanecerse en el silencio, pero reconocí la fuente de la que procedía.
Agarré a Sandor por el cuello y le apreté aún más la hoja del cuchillo. Empecé a caminar hacia el puente.
-¡No! -exclamó con un estremecimiento-. No lo haga...
Ignoré su ruego quejumbroso, sus mutiles esfuerzos por liberarse. Le empujé hacia adelante y crucé la vacilante estructura, sin apartar la mirada de las oscuras profundidades que había al otro lado, y enfocando toda mi visión y atención en la abertura que tenía delante.
Pasé entre las oscilantes luces de las velas colocadas a ambos lados y me metí en aquella enorme abertura, llevando a Sandor por delante. Ahora muy consciente del hedor a putrefacción que salió a recibirme desde el oscuro interior, consciente del sonido de otros pasos contra la redondeada superficie de metal. Pero dirigí toda mi atención hacia otra parte.
Un montón oscuro de harapos aparecía tumbado sobre la base curvada del túnel. Sin dejar de observarlo mientras nos aproximábamos, me di cuenta de que me había equivocado. Los harapos no eran otra cosa más que una vieja manta bajo la que se delineaba una figura retorcida.
Bobo también había cometido un error, porque era su cuerpo el que aparecía allí tendido, inmóvil. El ángulo grotesco de su cuello y el fragmento de hueso que surgía de su brazo tendido en una posición extraña, me indicaron que se había caído desde lo alto. O quizá lo habían arrojado desde allí.
Mis ojos buscaron el redondeado techo de la cloaca. Tal y como había calculado, debía de tener sus buenos siete metros, pero no tuve que recorrer toda la parte superior con la mirada para confirmar mi suposición sobre la suerte corrida por Bobo.
Justo delante de mí, a la izquierda de la redondeada pared metálica había una escalera de madera apoyada contra el lado de un amplio andamio, montado de modo aparentemente provisional, que se elevaba quizá unos cuatro metros desde la base de la cloaca. Aquí había velas fijas a intervalos regulares sobre las estacas, iluminando un gran montón de equipajes de mano, mochilas, carteras de mano, cajas, bolsas, bolsos, ropas y artículos diversos, que configuraban el montón de objetos robados por los ladrones.
Y allí, en cuclillas sobre un colchón ajado, en medio de un montón de botellas vacías, estaba el propio Le Boss.
No cabía la menor duda en cuanto a su identidad; le reconocí por su sonrisa burlona, por la fría manera despreocupada con la que se incorporó para enfrentarse a mí después de que yo forzara a Sandor a subir la escalera y la plataforma.
El hombre que se encontraba vacilando ante nosotros era un monstruo. Siento tener que utilizar ese término, pero no existe ninguna otra palabra capaz de describirlo. Le Boss medía más de uno ochenta de altura, y las piernas enfundadas en los pantalones sucios y arrugados aparecían inclinadas y dobladas bajo la inmensidad de la carga que debían soportar. Debía de pesar más de ciento cincuenta kilos, y la grasa que se abultaba en su vientre voluminoso y en su torso era casi obscena en su abundancia. Sus enormes manos terminaban en dedos tan gruesos como salchichas.
No llevaba camisa bajo la chaqueta estrecha que vestía, y de una cuerda que colgaba alrededor del grueso cuello pendía un silbato, que le caía sobre el pecho desnudo. Tenía la cabeza en forma de bala y era calvo. De hecho no mostraba un solo pelo..., ni la menor señal de cejas por encima de las pupilas de aspecto hipertiroideo, ni pestañas que protegieran las cuencas de los ojos enrojecidos. Las mejillas porcinas y la papada no mostraban señal alguna de barba, y sus carnosos pliegues eran blancos como los de un gusano a la luz de las velas, que lanzaban reflejos contra los ojos diminutos y leonados.
No necesité una segunda mirada para confirmar mis sospechas sobre lo que había sucedido antes de mi llegada; la escena que me imaginé mentalmente se había hecho realidad. La llegada de Bobo, la respiración entrecortada, la balbuciente narración de su historia, la reacción de su jefe, mezcla de incredulidad y cólera, la explosión de furia incontenible con la que debió de agarrar al pobre chico para arrojarlo desde la plataforma, estrellándolo como una botella vacía contra el suelo de la cloaca... Lo vi todo demasiado vívidamente.
Le Boss me dirigió una mueca sonriente, sus carnosos labios se abrieron, poniendo al descubierto los muñones amarillentos de sus dientes podridos.
-¿Y bien, viejo?
Me habló en francés, pero su voz mostraba un extraño acento; de hecho, podía ser perfectamente un yugoslavo. Hice un esfuerzo por mirarle directamente a los ojos.
-Ya sabe por qué estoy aquí -le dije.
-Algo sobre una llave -asintió-. Yo la tengo.
-Su banda de ladrones me la robó. Pero es de mi propiedad.
-Ahora es propiedad mía -dijo, ampliando la mueca. Su profunda voz retumbaba con un acento burlón-. Suponga que no estoy dispuesto a devolvérsela.
Por toda contestación le mostré a Sandor, delante de mí, y levanté el cuchillo, apretándolo contra su cuello. Mi prisionero tembló y emitió una especie de lloriqueo cuando la hoja se apretó más contra él. Le Boss se limitó a encogerse de hombros.
-Tendrá que hacer algo mejor que eso, viejo. La vida de un niño no es nada importante para mí.
-Ya lo veo -repliqué, mirando el cuerpo de Bobo, tendido allá abajo. Tratando de ocultar mi reacción, me enfrenté de nuevo con él-. Pero ¿dónde están los otros?
-Jugando, supongo.
-¿Jugando?
-¿Eso le parece extraño, viejo? A pesar de lo que pueda creer, tengo cierta compasión. Después de todo, sólo son niños. Trabajan muy duro, y se merecen la recompensa del juego.
Le Boss se volvió, señalando hacia la lejana oscuridad del interior de la cloaca. Mis ojos siguieron la dirección de su gesto y, por primera vez, percibí el movimiento en la semipenumbra. Hasta mí llegaron unos sonidos débiles, que ahora identifiqué como risas infantiles. Pequeñas figuras se movían al fondo, siluetas que aparecían blanquecinas entre las sombras.
Los yugoslavos estaban desnudos y se dedicaban a jugar. Conté cuatro figuras retorciéndose y arrastrándose por el suelo, al fondo del túnel.
Pero ¡un momento! Había una quinta figura, algo más pequeña que las otras, que se inclinaban sobre ella y se reían al tiempo que manoseaban la temblorosa configuración de su pelo rubio. Por encima de todo ello, percibí el sonido de los jadeos, y en mi mente resonó el eco de la voz de Bobo.
«Eh, viejo..., ¿le gustan las chicas?... Carne fresca, de sólo cinco o seis años...»
Ahora lo comprendía todo con claridad. Dos de los chicos sostenían a la víctima en el suelo, con las piernas abiertas e indefensa, mientras los otros dos..., pero no, no voy a describir lo que estaban haciendo.
Aparté la mirada y volví a enfrentarme con la sonrisa de Le Boss. De algún modo, me pareció mucho más horrible que la escena que se desarrollaba allá abajo. Le Boss agarró una botella apoyada contra el montón de objetos que había junto a él y bebió antes de hablar.
-Se siente angustiado, ¿verdad?
-No tanto como lo estará usted a menos que me devuelva mi llave -le repliqué.
-Con amenazas vacías no conseguirá más que manos vacías -me dijo sin dejar dc sonreír.
-No tengo las manos vacías.
Apreté el cuchillo contra el cuello de Sandor, rasgando ligeramente la carne, y el chico lanzó un grito de terror. Le Boss se encogió de hombros.
-Adelante. Ya le he dicho que no me importa.
Por un momento permanecí sin saber qué hacer. Después, con un suspiro, aparté el cuchillo de Sandor y solté su cuello sudoroso. El muchacho se volvió y echó a correr hacia la escalera, situada detrás de mí. Poco después escuché sus precipitados pasos a medida que descendía los escalones de madera. Afortunadamente, ese sonido apagó las risas que me llegaban desde abajo. Le Boss asintió con un gesto.
-Eso está mucho mejor. Ahora podemos discutir la situación como caballeros.
-No mientras yo tenga esto y usted mi llave -dije, levantando el cuchillo.
-¿Más amenazas vacías?
-Mi cuchillo habla por mí -dije, avanzando un paso al mismo tiempo.
-Le juro que no sé qué hacer con usted, viejo -dijo con una risa sofocada-. O es un verdadero estúpido, o es muy valiente.
-Quizá ambas cosas.
Levanté un poco más la hoja, pero él detuvo mi avance con un gesto rápido.
-Ya está bien -resolló. Se volvió, se inclinó y metió la mano en un montón de chales, pañuelos y bolsos que había tras él. Cuando se volvió a incorporar tenía la llave en la mano-. ¿Es esto lo que anda buscando?
-Sí. Sabía que usted no lo desdeñaría.
Se quedó mirando fijamente la piedra roja que brillaba débilmente desde el mango con el blasón.
-Nunca desprecio nada valioso.
-Únicamente las vidas humanas -repliqué.
-No me venga con sermones, viejo. No me interesa su filosofía.
-Ni a mí la suya. -Extendí la mano, con la palma hacia arriba-. Todo lo que quiero es recuperar mi llave.
-No tan rápido -dijo, retirando su mano-. Supongamos que me cuenta por qué quiere recuperarla.
-No es por el rubí -le dije-. Adelante, arránquelo si quiere.
-Es un pobre ejemplar -dijo Le Boss volviendo a reír-. Bastante grande, pero imperfecto. Es la llave lo único que le interesa, ¿eh?
-Naturalmente, tal y como le dije a Bobo, abre la puerta de mi finca en el campo.
-¿Y dónde está esa finca?
-Cerca de Bourg-la-Reine.
-Eso no está muy lejos de aquí. -Los pequeños ojos se estrecharon-. Con la camioneta podríamos estar allí en una hora.
-Eso no serviría de nada -le dije-. Quizá la palabra «finca» no sea la más adecuada. Se trata de un lugar pequeño donde no hay nada que le pueda interesar a usted. Los muebles son viejos, pero no alcanzan la categoría de antigüedades. La casa ha estado abandonada durante años desde que le hice mi última visita. Tengo propiedades en otras partes del continente donde paso buena parte de mi tiempo. Pero como voy a estar aquí varias semanas por asuntos de negocios, prefiero estar rodeado de un ambiente familiar.
-Conque otras propiedades, ¿eh? -Le Boss jugueteó con la llave-. Debe de ser usted bastante rico, viejo.
-Eso no es asunto suyo.
-Quizá no, pero sólo estaba pensando. Si tiene usted dinero, ¿por qué no dirigir sus asuntos con toda comodidad desde un hotel en París?
-Es una cuestión sentimental... -dije, encogiéndome de hombros.
-¿De veras?
Me observo atentamente y en el intervalo que transcurrió antes de que hablara me di cuenta de que los sonidos de allí abajo habían cesado. Mi voz rompió el repentino silencio.
-Le aseguro...
-Au contraire. Usted no me asegura nada en absoluto -se burló Le Boss-. Si es usted propietario de una finca, lo importante es la llave de la casa, y no la llave de entrada a la propiedad. Cualquier cerrajero podría abrírsela sin necesidad de tener esta llave en particular. -Contempló la llave de latón, el apagado brillo del rubí incrustado en el mango con el blasón y añadió-: A menos que, después de todo, no sea la llave de una puerta. A mí más bien me parece la llave de una caja fuerte, o incluso de una de las habitaciones de la casa en la que puede haber objetos valiosos.
-Sólo es la llave de la puerta de acceso a la propiedad. -Volví a extender una mano mientras sostenía el cuchillo con la otra-. Pero la quiero... ahora.
-¿Sería suficiente para matar? -me preguntó, desafiante.
-Si es necesario...
-Se lo voy a evitar. -Sonriendo, Le Boss se inclinó de nuevo sobre el montón de ropas. Cuando se incorporó y se volvió para mirarme, sostenía un revólver en la mano-. Deje caer ese cepillo de dientes -me ordenó, levantando el arma para reforzar la orden.
Suspirando, abrí la mano y el cuchillo cayó, saltando sobre el lado de la plataforma abierta, hasta la superficie de la cloaca, más abajo. Estimulado por un ciego impulso, me giré rápidamente. Si pudiera llegar hasta la escalera...
-¡Quédese donde está!
No fueron sus palabras las que me detuvieron, sino el sonido metálico del arma. Me volví con lentitud, situado, como estaba, frente al cañón de su revólver.
-Eso está mejor -dijo.
-No se atreverá usted a matarme..., no a sangre fría.
-Dejemos que eso lo decidan los chicos.
Le Boss se llevó la mano al silbato que le colgaba del cuello. Se lo metió en los carnosos labios y sopló.
El sonido ensordecedor produjo ecos y reverberó contra las redondas paredes de metal, junto a mí y por debajo. Después, se escucharon los murmullos de respuesta, el repentino golpetear de los pasos que se acercaban. Miré hacia abajo por el rabillo del ojo y vi las cuatro figuras desnudas..., no, ahora había cinco, incluyendo a Sandor, completamente vestido, que se movían hacia la plataforma sobre la que nos encontrábamos.
Una vez más, conjuré en mi mente una visión del infierno, de demonios que bailaban sobre las llamas. Pero las llamas no eran más que la luz emitida por las velas, y los cuerpos de los que se movían allí abajo pertenecían a niños. Únicamente sus risas eran lo demoníaco. Sus risas y sus rostros, brillantes y contorsionados.
Al aproximarse, pude echar un vistazo a lo que traían en las manos. Sandor había recogido el cuchillo del lugar donde había caído, y los otros empuñaban sus propias armas, un mazo, un bastón de madera, un trozo de tubería de acero, una botella de vino rota por la mitad. Le Boss volvió a reír socarronamente y dijo:
-Ha llegado la hora de jugar.
-¡Dígales que se alejen! -grité-. Le advierto...
-No vale la pena, viejo -dijo Le Boss meneando la cabeza.
«Viejo», me había vuelto a llamar viejo. Creo que eso fue lo que me impulsó. No fue la amenaza del revólver, ni la vista de aquellas aterradoras y pequeñas criaturas. Fue simplemente esa palabra, el desprecio con que había sido repetida una y otra vez.
Sabía lo que él estaba pensando: una víctima anciana, desarmada, impotente, atrapada y dispuesta para el tormento. Y en buena medida tenía razón. No tenía armas, era viejo y estaba atrapado.
Pero no era impotente.
Cerré los ojos y me concentré. Hay silbidos subsónicos que no producen ningún sonido audible, y hay formas de llamadas que no requieren ni siquiera un silbido. Y hay algo más que sabandijas humanas infestando las cloacas abandonadas, acechando desde los rincones más oscuros de los túneles, pero capaces de responder a ciertas órdenes.
Y la respuesta se produjo casi instantáneamente.
Llegó en forma de un rumor de pisadas, de ruidos débiles magnificados por el número concentrado. Llegó en forma de chirridos y crujidos. al principio como ecos procedentes desde cierta distancia, pero formando después una cacofonía cada vez más cercana, a medida que contestaban a mi llamada.
Los yugoslavos habían alcanzado ya la escalera, en el extremo más alejado de la plataforma. Vi a Sandor subir los peldaños superiores, con el cuchillo apretado entre los dientes. Le vi detenerse de pronto, cuando él también escuchó el repentino tumulto. Detrás de Sandor, sus compañeros se volvieron para buscar su fuente de procedencia.
Entonces gritaron, primero llenos de sorpresa, a continuación alarmados, a medida que la oleada gris surgía, acercándose a ellos, a lo largo de toda la longitud de la cloaca. La oleada gris, moteada por cientos de ojos rojos y brillantes y miles de dientes diminutos.
La oleada avanzó arremolinándose alrededor de los pies y los tobillos de los yugoslavos, que estaban en la escalera, subiendo y abriéndose paso hacia sus piernas y rodillas. Gritando, trataron de defenderse con sus armas, intentando rechazar el ataque, pero la oleada continuó adelante y hacia arriba. Unas formas peludas subieron más, hundiendo las garras en los pechos, penetrando con los dientes en los cuerpos. Sandor terminó de subir la escalera ayudándose con ambas manos, pero los ojos rojos que había bajo él le siguieron, y las formas grisáceas se lanzaron desde detrás sobre su espalda desprotegida, cubriéndola con un manto de pequeños cuerpos agitados.
Ahora, el vocerío procedente de abajo quedó ahogado por los gritos agudos de Sandor. El cuchillo se le cayó de entre los labios al gritar y hundirse entre la masa que se retorcía sobre él y que ya había devorado a sus compañeros. Con expresiones de estupor y desamparo, sus rostros desaparecieron de la vista tragados por la creciente oleada gris.
Sucedió todo con tal rapidez que Le Boss, cogido por sorpresa, todavía contemplaba en un atónito silencio la carnicería que se había producido. Entonces, fui yo quien elevó la voz por encima de la confusión.
-La llave -grité-. Déme la llave.
Por toda contestación levantó la mano..., no la que tenía la llave, sino la que sostenía el arma.
Los dedos le temblaban, y el cañón osciló mientras yo le miraba fijamente. Aun así, comprendí que no podía fallar a tan corta distancia. Y no falló.
Cuando apretó el gatillo los disparos se produjeron en una rápida sucesión. Apenas si fueron audibles en el rugido que sonaba en el interior del túnel, pero sentí su impacto cuando las balas me golpearon el pecho y el torso.
Continué avanzando, acercándome más, escuchando el clic final e inútil mientras él seguía apretando el gatillo de su revólver ya vacío. Mirándome, con los ojos enrojecidos por la cólera, me lanzó el arma contra la cabeza. Pasó silbando junto a mí, y ahora ya no le quedaba nada a lo que agarrarse, excepto la llave. Sus manos temblaban inconteniblemente.
Extendí la mano.
Le cogí la llave de su zarpa grasosa y miré fijamente su rostro, de expresión frenética. Quizá debería haberle dicho que su suposición era correcta: la llave no servía para abrir la puerta de una propiedad. Podría haberle explicado que el rubí del mango... era el símbolo de un linaje tan antiquísimo que aún conservaba la vieja costumbre de mantener una tumba en la propiedad. La llave me permitía el acceso a esa tumba; no es que lo necesitara realmente; la rama de mi linaje disponía de otros muchos lugares en los que descansar, y durante mis viajes siempre llevaba conmigo lo necesario como para poder descansar temporalmente por mis propios medios. Pero durante mi estancia aquí esa tumba era práctica, al mismo tiempo que privada. Llamar a un cerrajero habría sido una tontería y habría presentado muchos inconvenientes, y a mí no me gustan los inconvenientes.
Le podría haber dicho todo eso, y mucho más. Pero en su lugar me guardé la llave con el gran rubí de color apagado, que era como una gota de sangre.
Al hacerlo, me di cuenta de que los chirridos y crujidos de abajo se habían desvanecido, convirtiéndose en otros sonidos de garras destrozando ropas, y dientes royendo huesos.
Incapaz de hablar, incapaz de moverse, Le Boss esperó que me acercara. Cuando le agarré por los hombros, creo que estuvo a punto de desvanecerse, ya que después sólo quedó un peso muerto desplomado sobre el suelo de la plataforma.
Por debajo, mis hermanos saciaban su apetito, festejándose con los cuerpos de los yugoslavos.
Me incliné hacia el grueso cuello que tenía debajo y yo también, a mi manera, tuve mi festín.
¡Qué tontas habían sido aquellas criaturas que se creyeron tan listas! Quizá pudieran engañar a otros, pero sus pequeños trucos no podían hacer nada contra mí.
Después de todo, sólo eran yugoslavos.
Yo, en cambio, procedo de Transilvania.

Sólo salimos de noche - Bernardo Fernández

El motociclista ni siquiera se dio cuenta en qué momento Arno encajo los colmillos en su cuello. Si acaso hay recuerdos al otro lado del sepulcro, el ultimo de este pobre diablo ser el de un sujeto pálido lanzándose hacia el, con el rostro deformado en una mueca grotesca, la boca abierta y los ojos desorbitados.
Cuando acaba, Arno escupe con un poco de asco los restos de la sangre del policía que quedan en su boca. La sangre es como la pizza y el sexo, aun cuando este mala es buena. Pero hay límites. Creo que Arno disfruta atacando autoridades prepotentes. Especialmente cuando lo paran por exceso de velocidad.
-Ahí tiene su mordida, imbécil- dice Arno al cadáver. Tiene una preferencia extraña por los chistes obvios. Por supuesto, no se lo festejo, lo dice cada vez que mata a un policía de transito, lo cual es bastante seguido; en un minuto estamos de nuevo sobre el Periférico con el acelerador a fondo.
Yo no he dejado de sorber mi malteada. Tengo una relación de amor-odio con las malteadas: adoro el sabor, pero detesto su densidad. ¿Como puede gustarme algo tan espeso? Cuando te acabas una grande, te duelen los dientes y encías por el frío y la boca queda entumida de tanto sorber. Ni siquiera la sangre es tan difícil de beber.
Pero tengo una debilidad incurable por todo lo que se beba con popote.
-Oye, Oso, ¿se mueren por el susto o desangrados? - dice Arno varios kilómetros adelante.
No se, Me has preguntado eso no menos de noventa veces los últimos quince años. ¿A quien le importa? Se mueren y ya - acabo con mi malteada y arrojo el vaso fuera del auto. Debo reconocerle a Arno que tiene un gusto estupendo para los coches. Muestra de ello es la joya sobre la que vamos, quizá la pieza favorita de su colección, un Cadillac 56 convertible rojo cereza. ¿Que fue de estos autos? Parece que fue ayer cuando dominaron la tierra, pero han desaparecido, siguieron el camino de los dinosaurios y los discos de vinilo. Los que quedan son ejemplares tan raros como el monstruo de Loch Ness. Igual que nosotros.
-Esta ciudad me gusta- digo para hacer platica- Hay tanta gente que a nadie le importa que desaparezcan uno o dos por noche. Aquí podrían vivir muchos más de los nuestros sin problemas.
-Pero no a todos les gusta el clima.
-Pero con lo barato que sale hache tener un teléfono celular, ¿a quien le importa el calor?
-Ya ni siquiera es tan caliente. Siempre esta lloviendo.
Por lo visto, Arno tiene ganas de contradecirme en todo lo que diga esta noche. Que se chinge. Después de setenta años viviendo hache, no me va a decir que no le gusta. Pongo música para sepultar la platica. Algo reciente, The Sisters of Mercy. Una buena banda. Casi me agradan. Vamos de Tacubaya a Xochimilco en solo cinco minutos. Al llegar a la pista de canotaje, Arno detiene un momento el coche, dejando sus llantas dibujadas en el suelo como un legado para las futuras generaciones. La nostalgia se asoma por sus ojos, delatándolo.
-Hace veinte años todo esto eran prados. Hasta podías ver vacas pastando. ¿En qué momento empezó a crecer así la ciudad?
-Mmmm, ¿Mil novecientos setenta y dos?- ironizo en mi tono.
-Es en serio, Oso. Creo que nos estamos haciendo viejos.
Ahora no puedo reprimir una carcajada burlona.
-Arno, no cumpliste cien años ayer. Deberías haberte acostumbrado desde hace mucho.
Molesto, arranca de nuevo el auto y toma el rumbo al norte. Desde hace treinta años, lo que más le divierte es recorrer el Periférico de Xochimilco a Satélite en el menor tiempo posible. Ha roto varias veces su propio record, y también ha destrozado varios autos. Pero esta noche es un paseo rutinario. No romper ninguna marca. Espero.
-¿Que hacemos, Oso?
-¿Que quieres hacer?
-No se. Algo nuevo.
-Pues no hay muchas opciones, No para nosotros.
Los demás autos van tan lentos que parecen piezas estáticas al lado del nuestro, pasamos junto a ellos deslizándonos como una sombra roja supersónica. La velocidad divierte siempre a Arno. Además creo que reafirma su autoestima, bastante dañada desde hace mucho. Antes de que se convirtiera en lo que es, era de estatura media, pero al correr el tiempo el promedio de la gente ha ido aumentando poco a poco, lo que lo ha convertido en un chaparro. Y eso no le gusta. Desventajas de vivir tantos siglos. Afortunadamente en mi época yo era un autentico gigante. De ahí mi apodo.
-No se quien fue el idiota al que se le ocurrió primero - me dice Arno.
-¿Que cosa?
-Que es muy divertido ser como nosotros.
-Los primeros años me los pase muy bien.
-Si, yo también, pero ahora...
-Estas deprimido, ¿verdad?
-Si.
-Ya llevas varios años.
-Desde el 68.
-Ya se te pasara. A todos nos sucede después de los ciento setenta. En realidad a mi no me paso, pero trato de elevar el animo de Arno. -Mas que deprimido, lo mío es hastío - dice mi amigo tras un breve silencio.
-¿Aburrimiento?
-No me digas que no te pasa, Oso. Lo has probado todo, has estado en todos lugares, comido todos los platillos, leído todos los libros, escuchado todos los discos, no hay perversión que desconozcas, ningún placer te es ajeno. Después de tanto tiempo, bueno, pareciera que ya no hay nada nuevo. Nada.
-Es que no te gustan los videojuegos.
-No digas mamadas, sabes a que me refiero. Y lo que mas me patea es esa imagen que han hecho sobre nosotros de un siglo para acá, todo ese glamour. No es cierto. Quisiera ver a todos esos chavitos que van vestidos de negro con quince aretes en la cara aguantarse a si mismos ochenta años.
No respondo. Cuando Arno esta en ese humor, nada puede hacerse, mas que dar vueltas por el Periférico. Solo lo hago por que soy su mejor amigo. El único que tiene. -¿Cuando fue la última vez que fuimos a bailar?- pregunta Arno después de recorrer varias veces la ciudad norte a sur y volver.
-Dos años.
-¡Una eternidad!
Volteo a verle con la expresión mas dura de mi catalogo. Esta vez si se paso.
-Arno, no digas estupideces.
-¿Tienes idea de la cantidad de antros que han abierto y cerrado en este tiempo? Quizá deberíamos regresar a la vieja rutina del ligue. A veces extraño seducir a mi merienda.
Honestamente yo también, pero no digo nada, solo asiento.
-Entonces ¿a donde vamos, Oso?
-Sabes que sobre Reforma siempre abra algo bueno.
-Últimamente proliferan los clubs de música dance. Ya sabes, puro pom pom pom. Eso me repugna.
-Podría ser peor. ¿Te acuerdas cuando todo era mambo y chachachá? Arno contesta con su silencio elocuente. Es un fan irremediable del Rimsky-Korsakov. No cabe duda, se quedo en los ochenta. Del diecinueve, quiero decir. Y me extraña, porque es mas joven que yo.
Reforma es la única calle de esta ciudad que de verdad me gusta. Y efectivamente, en pocos minutos encontramos un club de aspecto decente, el M´kele M´wamba. Arno no deja que el valet maneje su coche, así que lo estaciona el mismo. Yo le espero a la puerta de la disco. Por supuesto, hay una fila enorme para entrar. Cuando Arno me alcanza comienza a gruñir.
-Me caga hacer cola.
-Pero si nunca nos hemos formado. Creo que lo que te caga es no tener motivo de queja. Vamos hacia la entrada. El gorila de la puerta es apenas unos diez centímetros más alto que yo, pero saca varias cabezas a Arno, así que le dejo el placer de dominarlo con la vista. No hay humano que pueda sostener una mirada sin obedecernos como un esclavo. Siempre es divertido hacerlo, adoramos humillar personas. Al de la puerta no le queda mas que dejarnos pasar inmediatamente, ignorando las protestas de los imbéciles que no dejan entrar esta noche.
Por dentro, el M´kele M´wamba es una discoteque de ambientación africana retro ochentera. Me gusta, sobre todo por los neones azules y rosas, hace tiempo que no se veían. Este fin de siglo parece ser muy pobre en cuanto a ideas, están reciclando las tres décadas anteriores. Que falta de imaginación. Por un instante siento nostalgia por Paris en 1900, esos fueron buenos tiempos, pero hace ya un rato. Es parte del pasado. Del gran pasado.
Arno no tarda en hacerse de una chica larga y delgada de aspecto púbero. Anda en una etapa muy conservadora. Creo que ya se aburrió de los hombres y los niños. Y no lo culpo, yo mismo ya deje a los animales por la paz.
Tengo hambre. Decido ir por la cantidad más que por la calidad. Localizo a una chica alta y robusta que parece alemana. Me acerco a ella y le sonrío. Ella inevitablemente cae en el hechizo. Es de Sonora, no de Munich. En dos minutos la estoy besando, en tres paseando mi lengua por sus lóbulos y mordiéndole discretamente los labios, y en cinco ya froto con fuerza sus senos exuberantes. Allá abajo, mi demonio exige su infierno.
Veinte minutos después, Arno y yo salimos de la disco, acompañados por las dos mujeres y diez gramos de coca. El polvo es para ellas, a nosotros las drogas no nos prenden. Cosas el metabolismo. De nuevo, el Periférico fluye bajo las llantas del Cadillac. No entiendo la fijación de Arno por este circuito, ni siquiera se puede correr tan a gusto. Adelante, su chica va masturbándolo mientras maneja, atrás la mía se ha llevado mi pene a la boca. No le sorprende el anillo en el glande, pero si las dos argollas que cuelgan de mi escroto. Lame golosa el miembro, es toda una experta. Me abandono a la textura áspera de su lengua. Pienso en todos los tipos a los que follé para morder con fuerza su pene en el umbral de la eyaculación, y gozar del chorro sanguíneo que dejaba escapar el falo hinchado. Era como un bebedero.
Un rechinido de llantas me arranca de mis pensamientos. "Aquí vamos de nuevo", pienso, y me aferro al asiento tan fuerte como puedo. Pateo en la cara a la gorda, que me mira confundida sin entender que acaba de terminar su último minuto de vida. Cierro los ojos inconscientemente. Viene el primer impacto, siempre es el mas fuerte, luego una secuencia de volteretas interminables que dejan derramados trozos de metal retorcido por toda la calle. En el trayecto, el Cadillac colisiona contra otros dos autos y lo que parece un camión, y se parte en dos.
Cuando la mitad en la que viajo se detiene por fin, abro los ojos. Me encuentro con la mirada confusa de la chica desde el otro lado de lo que quedo de asiento. No se ha dado cuenta que un trozo de lamina arranco su cabeza del cuerpo. Los decapitados tardan varios minutos en morir y siempre es bonito ver su expresión de horror al darse cuenta de lo que ha pasado. Estiro el brazo hacia ella, la levanto por los cabellos ensangrentados y me llevo los restos de su cuello a la boca. Bebo poco porque tiene trozos de vidrio y tierra. Apenas si trago un sorbo. La tiro a un lado. Después trato de incorporarme, estoy muy golpeado. El auto esta completamente destrozado. Los otros dos coches están volteados. Se alcanzan a escuchar quejidos lastimeros. Que desmadre.
Busco a Arno con la vista y lo encuentro estampado contra una pared. Sus dos piernas quedaron prensadas bajo la otra mitad de los restos de su coche. Voy hacia el.
-¿Que te paso?- pregunto.
-La muy puta... me clavo las uñas con fuerza.
Eso debe doler.
-Creo que te vas a quedar sin piernas.
-Que importa, vuelven a crecer en un mes.
-Y sin coche favorito....
-Eso si me encabrona.
Se oye una sirena a lo lejos.
-Vámonos- le digo, y tiro con fuerza de su tronco. Efectivamente, las piernas se quedan entre lo que fue su coche. La causante de todo esto quedo embarrada contra el pavimento, parece una línea de crayola roja dibujada sobre un papel rugoso. Me echo a Arno encima y comienzo a andar con dificultad. Sus muñones gotean bastante. Creo que me fracture otra vez la cadera.
-No tarda en amanecer, Oso. No creo que lleguemos a la casa.
-Es una pena, vamos a tener que dormir en las cloacas de nuevo.
Abro una coladera, y me deslizo en su interior. Los intestinos de la ciudad nos reciben amorosos, como siempre. Quizás este sea nuestro verdadero mundo, y no el de Allah afuera. Si no fuera por el olor, me sentiría en casa.
-Es la ultima vez que haces esto, Arno. ¿Que tal que los dos nos quedamos imposibilitados?
-Ya no me regañes. Fue divertido.
Tengo que reconocer que a mi también me gusto. Más que la sangre, nos alimenta el miedo. Y vaya que esas dos perras lo sintieron antes de morir.
-Pero ya ni la chingas, Arno, me fui casi en ayunas. Todavía tú te bebiste a ese policía.
-La sangre de policía es como si no fuera sangre. Chingate unas ratitas.
Lo dejo recargado contra una pared. A pesar de la obscuridad, los dos vemos perfectamente. Varios cientos de roedores nos observan a distancia prudente. Ya nos conocen. No son fáciles de atrapar. Además, muerden.
-Pinche Arno
A lo lejos aparece una luz. Es una lámpara. Nos quedamos quietos- bueno Arno no tiene otra opción- mientras la luminosidad se va acercando. Es un empleado del Departamento del Distrito Federal. ¿Que hará aquí a estas horas?
-Espérame aquí, Arno, no te vayas a ir.
-Que chistosito, Oso.
-Oh, carbón, voy por mi cena.
Me levanto y camino hacia el hombre. Hay veces en que realmente me gusta ser vampiro. Si no fuera tan aburrido....

El Vampiro - Horacio Quiroga

—Sí—dijo el abogado Rhode—. Yo tuve esa causa. Es un caso, bastante raro por aquí, de vampirismo. Rogelio Castelar, un hombre hasta entonces normal fuera de algunas fantasías, fue sorprendido una noche en el cementerio arrastrando el cadáver recién enterrado de una mujer. El individuo tenía las manos destrozadas porque había removido un metro cúbico de tierra con las uñas. En el borde de la fosa yacían los restos del ataúd, recién quemado. Y como complemento macabro, un gato, sin duda forastero, yacía por allí con los riñones rotos. Como ven, nada faltaba al cuadro.
En la primera entrevista con el hombre vi que tenía que habérmelas con un fúnebre loco. Al principio se obstinó en no responderme, aunque sin dejar un instante de asentir con la cabeza a mis razonamientos. Por fin pareció hallar en mí al hombre digno de oírle. La boca le temblaba por la ansiedad de comunicarse.
—¡Ah! ¡Usted me entiende!—exclamó, fijando en mí sus ojos de fiebre. Y continuó con un vértigo de que apenas puede dar idea lo que recuerdo:
—¡A usted le diré todo! ¡Sí! ¿Qué cómo fue eso del ga... de la gata? ¡Yo! ¡Solamente yo!
—Óigame: Cuando yo llegué.. . Allá, mi mujer...
—¿Dónde allá?—le interrumpí.
—Allá... ¿La gata o no? ¿Entonces?... Cuando yo llegué mi mujer corrió como una loca a abrazarme. Y en seguida se desmayó. Todos se precipitaron entonces sobre mí, mirándome con ojos de locos.
¡Mi casa! ¡Se había quemado, derrumbado, hundido con todo lo que tenía dentro! ¡Ésa, ésa era mi casa! ¡Pero ella no, mi mujer mía!
Entonces un miserable devorado por la locura me sacudió el hombro, gritándome:
—¿Qué hace? ¡Conteste!
Y yo le contesté:
—¡Es mi mujer! ¡Mi mujer mía que se ha salvado!
Entonces se levantó un clamor:
—¡No es ella! ¡Ésa no es!
Sentí que mis ojos, al bajarse a mirar lo que yo tenía entre mis brazos, querían saltarse de las órbitas ¿No era ésa María, la María de mí, y desmayada? Un golpe de sangre me encendió los ojos y de mis brazos cayó una mujer que no era María. Entonces salté sobre una barrica y dominé a todos los trabajadores. Y grité con la voz ronca:
—¡Por qué! ¡Por qué!
Ni uno solo estaba peinado porque el viento les echaba a todos el pelo de costado. Y los ojos de fuera mirándome.
Entonces comencé a oír de todas partes:
—Murió.
—Murió aplastada.
—Murió.
—Gritó.
—Gritó una sola vez.
—Yo sentí que gritaba.
—Yo también.
—Murió.
—La mujer de él murió aplastada.
—¡Por todos los santos!—grité yo entonces retorciéndome las manos—. ¡Salvémosla, compañeros! ¡Es un deber nuestro salvarla!
Y corrimos todos. Todos corrimos con silenciosa furia a los escombros. Los ladrillos volaban, los marcos caían desescuadrados y la remoción avanzaba a saltos.
A las cuatro yo solo trabajaba. No me quedaba una uña sana, ni en mis dedos había otra cosa que escarbar. ¡Pero en mi pecho! ¡Angustia y furor de tremebunda desgracia que temblaste en mi pecho al buscar a mi María!
No quedaba sino el piano por remover. Había allí un silencio de epidemia, una enagua caída y ratas muertas. Bajo el piano tumbado, sobre el piso granate de sangre y carbón, estaba aplastada la sirvienta.
Yo la saqué al patio, donde no quedaban sino cuatro paredes silenciosas, viscosas de alquitrán y agua. El suelo resbaladizo reflejaba el cielo oscuro. Entonces cogí a la sirvienta y comencé a arrastrarla alrededor del patio.
Eran míos esos pasos. ¡Y qué pasos! ¡Un paso, otro paso otro paso!
En el hueco de una puerta—carbón y agujero, nada más—estaba acurrucada la gata de casa, que había escapado al desastre, aunque estropeada. La cuarta vez que la sirvienta y yo pasamos frente a ella, la gata lanzó un aullido de cólera.
¡Ah! ¿No era yo, entonces?, grité desesperado. ¿No fui yo el que buscó entre los escombros, la ruina y la mortaja de los marcos, un solo pedazo de mi María!
La sexta vez que pasamos delante de la gata, el animal se erizó. La séptima vez se levantó, llevando a la rastra las patas de atrás. Y nos siguió entonces así, esforzándose por mojar la lengua en el pelo engrasado de la sirvienta —¡de ella, de María, no maldito rebuscador de cadáveres!
—¡Rebuscador de cadáveres!—repetí yo mirándolo—. ¡Pero entonces eso fue en el cementerio!
El vampiro se aplastó entonces el pelo mientras me miraba con sus inmensos ojos de loco.
—¡Conque sabías entonces! —articuló—. ¡Conque todos lo saben y me dejan hablar una hora! ¡Ah! —rugió en un sollozo echando la cabeza atrás y deslizándose por la pared hasta caer sentado—: ¡Pero quién me dice al miserable yo, aquí, por qué en mi casa me arranqué las uñas para no salvar del alquitrán ni el pelo colgante de mi María!
No necesitaba más, como ustedes comprenden —concluyó el abogado—, para orientarme totalmente respecto del individuo. Fue internado en seguida. Hace ya dos años de esto, y anoche ha salido, perfectamente curado. . .
—¿Anoche? —exclamó un hombre joven de riguroso luto—. ¿Y de noche se da de alta a los locos?
—¿Por qué no? El individuo está curado, tan sano como usted y como yo. Por lo demás, si reincide, lo que es de regla en estos vampiros, a estas horas debe de estar ya en funciones. Pero estos no son asuntos míos. Buenas noches, señores.

El almohadón de plumas - Horacio Quiroga

Su luna de miel fue un largo escalofrío. Rubia, angelical y tímida, el carácter duro de su marido heló sus soñadas niñerías de novia. Ella lo quería mucho, sin embargo, a veces con un ligero estremecimiento cuando volviendo de noche juntos por la calle, echaba una furtiva mirada a la alta estatura de Jordán, mudo desde hacía una hora.

Él, por su parte, la amaba profundamente, sin darlo a conocer. Durante tres meses -se habían casado en abril- vivieron una dicha especial. Sin duda hubiera ella deseado menos severidad en ese rígido cielo de amor, más expansiva e incauta ternura; pero el impasible semblante de su marido la contenía siempre.

La casa en que vivían influía un poco en sus estremecimientos. La blancura del patio silencioso -frisos, columnas y estatuas de mármol- producía una otoñal impresión de palacio encantado. Dentro, el brillo glacial del estuco, sin el más leve rasguño en las altas paredes, afirmaba aquella sensación de desapacible frío.

Al cruzar de una pieza a otra, los pasos hallaban eco en toda la casa, como si un largo abandono hubiera sensibilizado su resonancia. En ese extraño nido de amor, Alicia pasó todo el otoño. No obstante, había concluido por echar un velo sobre sus antiguos sueños, y aún vivía dormida en la casa hostil, sin querer pensar en nada hasta que llegaba su marido.

No es raro que adelgazara. Tuvo un ligero ataque de influenza que se arrastró insidiosamente días y días; Alicia no se reponía nunca. Al fin una tarde pudo salir al jardín apoyada en el brazo de él. Miraba indiferente a uno y otro lado.

De pronto Jordán, con honda ternura, le pasó la mano por la cabeza, y Alicia rompió en seguida en sollozos, echándole los brazos al cuello. Lloró largamente todo su espanto callado, redoblando el llanto a la menor tentativa de caricia. Luego los sollozos fueron retardándose, y aún quedó largo rato escondida en su cuello, sin moverse ni decir una palabra.

Fue ese el último día que Alicia estuvo levantada. Al día siguiente amaneció desvanecida. El médico de Jordán la examinó con suma atención, ordenándole calma y descanso absolutos. -No sé -le dijo a Jordán en la puerta de calle, con la voz todavía baja-. Tiene una gran debilidad que no me explico, y sin vómitos, nada... Si mañana se despierta como hoy, llámeme enseguida.

Al otro día Alicia seguía peor. Hubo consulta. Constatóse una anemia de marcha agudísima, completamente inexplicable. Alicia no tuvo más desmayos, pero se iba visiblemente a la muerte.

Todo el día el dormitorio estaba con las luces prendidas y en pleno silencio. Pasábanse horas sin oír el menor ruido. Alicia dormitaba. Jordán vivía casi en la sala, también con toda la luz encendida. Paseábase sin cesar de un extremo a otro, con incansable obstinación. La alfombra ahogaba sus pasos.

A ratos entraba en el dormitorio y proseguía su mudo vaivén a lo largo de la cama, mirando a su mujer cada vez que caminaba en su dirección.

Pronto Alicia comenzó a tener alucinaciones, confusas y flotantes al principio, y que descendieron luego a ras del suelo. La joven, con los ojos desmesuradamente abiertos, no hacía sino mirar la alfombra a uno y otro lado del respaldo de la cama.

Una noche se quedó de repente mirando fijamente. Al rato abrió la boca para gritar, y sus narices y labios se perlaron de sudor. -¡Jordán! ¡Jordán! -clamó, rígida de espanto, sin dejar de mirar la alfombra. Jordán corrió al dormitorio, y al verlo aparecer Alicia dio un alarido de horror. -¡Soy yo, Alicia, soy yo! Alicia lo miró con extravió, miró la alfombra, volvió a mirarlo, y después de largo rato de estupefacta confrontación, se serenó. Sonrió y tomó entre las suyas la mano de su marido, acariciándola temblando.

Entre sus alucinaciones más porfiadas, hubo un antropoide, apoyado en la alfombra sobre los dedos, que tenía fijos en ella los ojos. Los médicos volvieron inútilmente. Había allí delante de ellos una vida que se acababa, desangrándose día a día, hora a hora, sin saber absolutamente cómo.

En la última consulta Alicia yacía en estupor mientras ellos la pulsaban, pasándose de uno a otro la muñeca inerte. La observaron largo rato en silencio y siguieron al comedor.

-Pst... -se encogió de hombros desalentado su médico-. Es un caso serio... poco hay que hacer... -¡Sólo eso me faltaba! -resopló Jordán. Y tamborileó bruscamente sobre la mesa. Alicia fue extinguiéndose en su delirio de anemia, agravado de tarde, pero que remitía siempre en las primeras horas.

Durante el día no avanzaba su enfermedad, pero cada mañana amanecía lívida, en síncope casi. Parecía que únicamente de noche se le fuera la vida en nuevas alas de sangre. Tenía siempre al despertar la sensación de estar desplomada en la cama con un millón de kilos encima.

Desde el tercer día este hundimiento no la abandonó más. Apenas podía mover la cabeza. No quiso que le tocaran la cama, ni aún que le arreglaran el almohadón. Sus terrores crepusculares avanzaron en forma de monstruos que se arrastraban hasta la cama y trepaban dificultosamente por la colcha. Perdió luego el conocimiento. Los dos días finales deliró sin cesar a media voz.

Las luces continuaban fúnebremente encendidas en el dormitorio y la sala. En el silencio agónico de la casa, no se oía más que el delirio monótono que salía de la cama, y el rumor ahogado de los eternos pasos de Jordán.

Alicia murió, por fin. La sirvienta, que entró después a deshacer la cama, sola ya, miró un rato extrañada el almohadón. -¡Señor! -llamó a Jordán en voz baja-. En el almohadón hay manchas que parecen de sangre. Jordán se acercó rápidamente Y se dobló a su vez.

Efectivamente, sobre la funda, a ambos lados del hueco que había dejado la cabeza de Alicia, se veían manchitas oscuras. -Parecen picaduras -murmuró la sirvienta después de un rato de inmóvil observación. -Levántelo a la luz -le dijo Jordán.

La sirvienta lo levantó, pero enseguida lo dejó caer, y se quedó mirando a aquél, lívida y temblando. Sin saber por qué, Jordán sintió que los cabellos se le erizaban. -¿Qué hay? -murmuró con la voz ronca.

-Pesa mucho -articuló la sirvienta, sin dejar de temblar. Jordán lo levantó; pesaba extraordinariamente. Salieron con él, y sobre la mesa del comedor Jordán cortó funda y envoltura de un tajo.

Las plumas superiores volaron, y la sirvienta dio un grito de horror con toda la boca abierta, llevándose las manos crispadas a los bandos.

Sobre el fondo, entre las plumas, moviendo lentamente las patas velludas, había un animal monstruoso, una bola viviente y viscosa. Estaba tan hinchado que apenas se le pronunciaba la boca.

Noche a noche, desde que Alicia había caído en cama, había aplicado sigilosamente su boca -su trompa, mejor dicho- a las sienes de aquélla, chupándole la sangre. La picadura era casi imperceptible.

La remoción diaria del almohadón había impedido sin duda su desarrollo, pero desde que la joven no pudo moverse, la succión fue vertiginosa.

En cinco días, en cinco noches, había vaciado a Alicia. Estos parásitos de las aves, diminutos en el medio habitual, llegan a adquirir en ciertas condiciones proporciones enormes. La sangre humana parece serles particularmente favorable, y no es raro hallarlos en los almohadones de pluma.


Popsy - Stephen King

Sheridan conducía con lentitud frente a la larga fachada lisa del centro comercial cuando vio al chiquillo salir por las puertas principales, situadas bajo el cartel iluminado. Era un niño, de tal vez algo más de tres años, aunque, sin duda, no pasaba de los cinco. En su rostro se leía una expresión a la que Sheridan se había tornado muy perceptivo. Estaba intentando contener las lágrimas, pero no tardaría en echarse a llorar. 

Sheridan se detuvo un instante mientras le acometía la familiar sensación de disgusto..., aunque cada vez que se llevaba a un niño, la sensación se hacía menos acuciante.

Sheridan estacionó la furgoneta en unas de las plazas más cercanas al centro comercial y reservadas a los inválidos. En la parte trasera de la furgoneta llevaba una matrícula especial que el estado concede a los inválidos. La matrícula valía su peso en oro, porque impedía que los guardias de seguridad sospecharan y, además, porque esas plazas resultaban muy prácticas y casi siempre estaban vacías.

Se apeó de la furgoneta y camino hacia el niño, que miraba en derredor con una expresión de creciente pánico. Sí, señor, pensó Sheridan, unos cinco años, tal vez seis, pero muy menudito. Bajo las estridentes luces fluorescentes que emanaba el interior del edificio, el niño aparecía blanco como la nieve, no solo asustado, sino realmente enfermo.

Sheridan supuso que su aspecto se debía al miedo. Por lo general, reconocía aquella expresión cuando la veía, porque había visto un gran terror reflejado en su propio espejo durante el último año y medio. El niño alzó los ojos esperanzado hacia las personas que pasaban junto a él, personas que entraban en el centro comercial ansiosas por comprar, que salían cargadas de paquetes, con el rostro soñador, casi como drogado, impregnado de algo que probablemente tomaban por satisfacción.

El niño, enfundado en vaqueros Tuffskin y una camiseta de los Penguins de Pittsburgh, buscaba ayuda, buscaba a alguien que le mirara y comprobara que algo andaba mal, buscaba a alguien que le formulara la pregunta adecuada. «Aquí estoy yo -pensó Sheridan mientras se acercaba-. Aquí estoy yo. »

Cuando estaba a punto de alcanzar al niño, divisó a uno de los guardias del centro comercial. Avanzaba despacio por el pasillo central en dirección a las puertas principales. Tenía la mano metida en un bolsillo, sin duda buscaba un paquete de cigarrillos. Dentro de un momento saldría y al diablo con el golpe de Sheridan.

Sheridan retrocedió unos pasos y fingió rebuscar en sus bolsillos para asegurarse de que todavía llevaba las llaves. Su mirada pasó del niño al guardia de seguridad y otra vez al niño.

El pequeño se echó a llorar. No a aullar, todavía no, pero gruesas lágrimas, que parecían rosadas, empezaron a rodar por sus mejillas. Al fin Sheridan decidió ir hacia donde el chiquillo estaba. ¿Has perdido a tu padre? pregunto Sheridan.

Mi papito- repuso el niño mientras se secaba las lágrimas. No lo encuentro. De pronto el niño estalló en sollozos, y una mujer se volvió con una expresión de vaga preocupación. La mujer siguió su camino.

Sheridan rodeó los hombros del chico en ademán de consuelo y tiró de él hacia la derecha... en dirección a la furgoneta. A continuación, echó otro vistazo al interior del centro comercial.

Quiero a mi papito- Sollozó el pequeño Claro que sí- Lo consoló Sheridan. Y lo encontraremos.

Empezó a dirigirse a la entrada principal, olvidadas ya las lágrimas, y Sheridan tuvo que hacer un gran esfuerzo para no agarrar al pálido chiquillo en aquel preciso instante. Primero tenía que conseguir que subiera a la furgoneta.

Llevo al chico a la furgoneta, que tenía cuatro años y estaba pintada de un desvaído color azul. Abrió la portezuela y dedicó una sonrisa al niño, quien lo miró con expresión de duda. Los ojos verdes parecían nadar en su pequeño rostro pálido, ojos tan grandes como los de un niño extraviado de una de esas fotos que anuncian en los semanarios sensacionalistas baratos.

Sheridan salió del estacionamiento principal del centro comercial, se detuvo para comprobar que no venían coches. El niño estaba sentado en el borde del asiento, con las manos sobre las rodillas de los téjanos y los ojos completamente atentos.

¿Por qué vamos por detrás?- Quiso saber el niño. Hay que dar la vuelta para ir a las otras puertas- Explicó Sheridan.

La expresión atormentada del pequeño se transformó en otra de sublime alivio, y por un instante, Sheridan sintió compasión por él. Al fin y al cabo, no era un monstruo ni un maníaco, por dios. Pero las deudas iban aumentando un poco más cada vez. Y era la única forma que tenía para pagarlo.

Sheridan extrajo unas esposas de la guantera sin que el niño lo notara. El chico se inclinó por un momento, Sheridan se acercó a él y cerró una de las esposas sobre la mano extendida del niño con toda la facilidad del mundo, y entonces empezaron los problemas.

El crío peleaba como un lobezno, retorciéndose con una fuerza a la que Sheridan nunca habría dado crédito de no estar experimentando sus consecuencias en aquel mismo instante.

Sheridan agarró al niño por el cuello redondo de la camiseta y tiró de él hacia dentro. Intentó cerrar la segunda esposa en torno a la riostra especial que había junto al asiento del copiloto, pero falló. El niño le mordió la mano dos veces hasta hacerle sangrar.

Dios, tenía los dientes como cuchillas de afeitar. Le acometió un intenso dolor que le ascendió por el brazo. Asestó al niño un puñetazo en la boca. El niño cayó sobre el asiento, medio atontado, con la sangre de Sheridan sobre los labios, la barbilla y el cuello de la camiseta.

Sheridan cerró la esposa sobre la riostra y se hundió en su propio asiento mientras se succionaba la sangre de la mano. El dolor era terrible. Se sacó la mano de la boca y observó las heridas a la mortecina luz del salpicadero.

Distinguió dos hileras de orificios superficiales, de unos cinco centímetros de longitud, que avanzaban hacia la muñeca desde los nudillos. La sangre brotaba en pequeños hilillos. Pese a todo no sentía deseos de volver a golpear al muchacho, y eso no tenía nada que ver con dañar la mercancía.

-Se arrepentirá- Anunció el niño. Sheridan miró en derredor con impaciencia. -Mi papito es muy fuerte, señor. Me encontrará. ajá- dijo Sheridan Puede olerme. Sheridan no lo dudaba. El mismo podía oler al crío.

El miedo despedía un olor con el que se había familiarizado en sus expediciones anteriores, pero el olor de este niño era irreal, una mezcla de sudor, barro y ácido sulfúrico hervido. Cada vez estaba más convencido de que al niño le pasaba algo grave. Siete kilómetros más adelante, Sheridan tomó un camino de tierra apisonada que rodeaba el lado norte de una laguna. Ocho kilómetros más adelante y hacia el oeste, tomaría la carretera 41.

Echó un vistazo a la laguna, una extensión plateada a la luz de la luna... y de pronto la luna dejó de brillar. Desapareció. Sobre la furgoneta se oyó un ruido parecido al que producen las sábanas al ondear al viento.

¡Abuelito! gritó el niño. -Cierra el pico- es un pájaro.

Pero de pronto sintió que un gran escalofrío le recorría el cuerpo. Un escalofrío tremendo. Miró al pequeño. Había vuelto a abrir los labios, mostrando todos los dientes. Tenía dientes blancos, muy blancos y grandes. Algo aterrizó sobre el techo de la furgoneta con un gran golpe sordo. ¡Papito! Volvió a gritar el pequeño, casi loco de alegría.

De pronto Sheridan dejó de ver la carretera... una enorme ala membranosa, sembrada de venas palpitantes, cubrió toda la extensión del parabrisas. El abuelito sabe volar.

Sheridan lanzó un grito y pisó el freno con la esperanza de que aquella cosa saliera despedida del techo.

Me ha raptado abuelito. De pronto, una mano, que parecía más una garra que una auténtica mano, atravesó el vidrio de la ventanilla y le arrebató dos dedos.

Al cabo de un instante, el abuelito arrancó toda la portezuela de cuajo, convirtiendo las bisagras en brillantes virutas de metal inútil.

El abuelito sacó a Sheridan del coche de un solo tirón, y sus garras se le clavaron en la chaqueta, después en la camisa y a continuación, en lo más profundo de la carne de sus hombros.

De repente, los ojos verdes del abuelito adquirieron un color rojo oscuro como la sangre. Hemos ido al centro comercial para comprar juguetes articulados- susurro el abuelito.

El aliento le olía a carne plagada de cresas. Todos los niños los quieren. Debería haberlo dejado en paz.

Zarandeó a Sheridan como si de un muñeco se tratara. Cuando el hombre gritó, lo zarandeo un poco más.

Sheridan oyó que el papito le preguntaba al niño con toda amabilidad si todavía tenía sed; oyó al niño responder que sí, que tenía mucha sed, que el hombre malo lo había asustado y que tenía la garganta muy seca.

Vio la uña del pulgar de su abuelito una fracción de segundo antes de que desapareciera bajo su barbilla; una uña mordida y gruesa que le rebanó el cuello antes de que se diera cuenta de lo que estaba ocurriendo, y lo último que vio antes de sumergirse en las tinieblas fue al niño, con las manos formando un cuenco para recoger en ellas el río de sangre.