INICIO

Mostrando entradas con la etiqueta historias. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta historias. Mostrar todas las entradas

Elinor - Charlotte Mew

Mi hermana y yo éramos huérfanas y no teníamos familia. No llegué a conocer a mi madre, y a mi padre lo recuerdo muy débilmente como una persona severa y fría, una figura fantasmal y aterradora que deambulaba por mi niñez, una especie de testigo visible de la quietud de nuestra vida infantil.

Murió una semana después de la famosa victoria de Trafalgar. Lo recuerdo porque mi hermana dijo: «Inglaterra llora a su héroe, yo lloro a un alma no menos importante, aunque nadie la echa de menos, salvo yo. Tú no conociste a tu padre, pequeña; su país lo despreció, pero era grande».

Después de su muerte, nadie más que ella volvió a entrar en la habitación donde los dos estudiaban. Allí estaban sus libros, cubriendo las paredes -una lúgubre compañía-, y de niña yo creía que su espíritu también vivía allí; por la noche no podía pasar por delante de la puerta de la estancia clausurada sin sentir un terror frío y agobiante. Incluso en las mañanas de verano, cuando los pájaros cantaban junto a nuestra solitaria casa, parecía como si se burlase de su clamor, buscando una tranquilidad que no podía alcanzar.

Cuando Elinor bajaba al alba, siempre entraba para establecer -era lo único que se me ocurría- una extraña comunicación con el difunto. Pocas cosas apreciaba en la vida, pero, si algo conquistaba su corazón, lo quería con una intensa y concentrada pasión que no transmitía, sino que dominaba silenciosamente su alma.

Fue mi única maestra, como mi padre había sido su maestro. De ella aprendí a escudriñar el cielo y a seguir el curso de las estrellas; a venerar, por encima de Dios, la tierra que, según ella, era la única divinidad ante la que los hombres debían postrarse. Mis ojos infantiles se encandilaban ante increíbles descripciones de tierras desconocidas y lejanas, pobladas por criaturas salvajes y no holladas por el ser humano, en las que sólo la voz de la naturaleza se oía y se sentía su espíritu. 

Elegía aquellas escenas para animar mis sueños; a veces, ante el resplandor del fuego, me acurrucaba junto a sus rodillas y escuchaba extrañas y espectrales historias de regiones aún más remotas, mundos que creaba su enrevesada fantasía y que describía con maravilloso y fantasmagórico poder.

Cuando mi aspecto o mis gestos traslucían inquietud, hacía una pausa y miraba con atribulado asombro mi rostro vuelto hacia ella en actitud de infantil consternación. Luego me cogía la mano, su voz perdía el mágico tono que adoptaba en aquellos recitales y se volvía persuasiva, mientras ahuyentaba con decisión las cosas que mas aborrecía: la debilidad y el miedo.

Recuerdo vívidamente una noche, una noche de reposo y horror entremezclados, y que aún despierta en mí sensaciones extinguidas.

El viento aullaba en torno a nuestro desolado hogar, envolviendo las paredes con música aterradora, como la desatada por perdidos espíritus errantes, arrancados de su oscura morada para visitar un mundo que habían conocido, pero que ya no era suyo.

Estaba junto al hogar de nuestra cocina, donde nos sentábamos siempre, esperando a Agatha, nuestra vieja sirvienta, para que me llevase a la cama. Pero Agatha me llamó desde una habitación del piso de arriba, apremiándome porque se hacía tarde. «Señorita Jean, señorita Jean.» 

Oí las llamadas claramente y fui incapaz de mover los pies para emprender el solitario ascenso de la escalera; pero cuando intervino la voz de mi hermana -una voz que no se podía ignorar-, no me atreví a desobedecer; contemplé con nostalgia el amable resplandor del hogar y subí la escalera, temblorosa y atemorizada, decidida a pasar rápida y audazmente por delante de la misteriosa puerta cerrada de mi padre.

Pero estaba abierta, y por ella se colaba el gemido del viento. Me aferré a la barandilla de la escalera mientras mis ojos fascinados contemplaban la puerta. Las brillantes ráfagas del claro de luna iluminaban la espaciosa habitación. 

Me quedé en el umbral, incapaz de entrar, con la vista clavada en el suelo ajedrezado. Al desviar la mirada tropecé con una visión -tenue pero impresionante- y vi entonces una figura blanca e imprecisa, aunque inconfundible, tendida en el sillón en penumbra de mi padre. Un grito salió de mí. 

Me quedé inmóvil, incapaz de sofocar los chillidos, mirando, mientras el viento entretejía sus tediosas llamadas con mis gritos de terror. Una oscura forma surgió de pronto, envolviendo la figura del sillón y proyectando una sombra sobre el suelo plateado. 

Se dirigió hacia mí, y casi perdí el sentido, pero sin desprenderme del horror que descendió como una corriente helada por mi sangre. A continuación reinó la oscuridad; y después me encontré temblando aturdida en la cama de mi hermana, y sentí sus manos fuertes y reconfortantes en las mías.

-¿Qué te aflige, Jean? -preguntó.

Se lo conté, y me escuchó con el ceño fruncido.

-Lo que has visto no era el espectro de tu padre -dijo-, sino un paño que dejé en la habitación esta mañana con intención de coserlo. El claro de luna y tu desmedida fantasía le han dado forma y te han aterrorizado. Y ahora baja, domínate, y míralo.

Su voluntad era más fuerte que mi miedo, aunque sus palabras no trasmitían tranquilidad. Yo seguía acongojada, poseída, pero no me atreví a desobedecer. Bajé tambaleándome, profiriendo gritos agudos e inconexos, dominada por una agonía que ni la muerte podría superar. Llegué, o creí que llegaba, a la puerta. No supe nada más. 

Cuando recuperé el conocimiento, pasaba de la medianoche y yo estaba en brazos de mi hermana; en la habitación ardía una vela. Al principio me calmó con caricias tiernas y calladas pero, cuando al fin me serené, habló. Dijo que ni en la tierra, ni en el cielo, ni siquiera en el infierno había nada que temer. Si el espíritu que yo creía haber visto estaba allí, esos seres sólo se aparecían a aquellos a los que amaban y no para asustarnos. Las imágenes temibles nacían de nuestro interior, evocadas por nuestro miedo. Murmuré que el viento parecía lleno de voces horrendas, ¿qué eran?

-No lo que tú crees -respondió-, pero, si existen, ¿no debería darte pena en vez de miedo su estéril suplicio? Esta noche los árboles desnudos se agitan en los campos yermos; si los miro desde lejos, a la luz de luna, se me antojan almas perdidas; y mi único deseo sería calmar sus desdichados quejidos y conducirlas a una paz victoriosa. Mi pequeña Jean, no hay terror en la vida ni en la muerte; sino tan sólo el que se esconde en la débil e insumisa alma humana. Domina tu alma y nunca más interrumpirá tu sosiego.

Me dormí hasta que me despertó el sol invernal. Cuando bajamos la escalera, mi hermana me cogió de la mano, nos detuvimos delante de la puerta abierta y entramos.

-¿Recuerdas lo que hablamos anoche? -me preguntó. Respondí que sí-. Recuérdalo siempre -dijo.

Así era mi hermana, y, como estoy contando su historia, no he de justificar estos recuerdos que evoco.

Llevábamos una vida solitaria. Nuestro hogar estaba situado en medio de una región agreste; no había casas cerca, y el pueblo estaba a varios kilómetros de distancia.

No teníamos amigos; mi hermana no hacía amistades. Yo no echaba de menos la compañía, me bastaba con ella, que lo era todo para mí. Ella tenía un compañero fiel y constante, un perro cobrador que se llamaba Rodney, como el gran almirante; y aquel animal era lo que más quería, más que a ningún ser humano. Mi hermana lo adoraba, y Rodney sabía instintivamente lo que podía y lo que no podía hacer. 

Aunque nunca dudé de su afecto, se mostraba reticente, distante y fría y, cuando crecí, me pareció que tenía una vida misteriosa que yo no compartía. Sabía lo que ella estudiaba y lo que pensaba, pero ignoraba las reflexiones que llenaban sus horas de silencio, las tareas que impulsaban sus solitarias vigilias. 

Algunas noches, cuando no podía dormir, me levantaba y me sentaba junto a la ventana, contemplando la luz que la suya emitía para sentirme acompañada; me preguntaba entonces qué iluminaba aquella vela en la habitación de al lado, sin lograr adivinarlo. A veces ardía hasta muy entrada la noche, pero por la mañana mi hermana aparecía descansada y tranquila, con la frente serena, aunque reflexiva.

Guando Agatha se hizo demasiado mayor para las tareas domésticas más duras, Elinor se encargó de ellas. Además cuidaba de nuestro magro jardín, en el que, a la sombra de las inhóspitas montañas, pocas flores brotaban. Elinor cavaba y plantaba, mimando los raquíticos arbustos, dedicada a los enclenques brotes con devoción.

En el recuerdo de aquellos días, las nubes y el sol del rostro de mi hermana representaban el rostro de la vida para mí.

Cuando tuve edad suficiente para ir por el páramo, Agatha me pidió que la acompañase a la iglesia, donde se celebraba un servicio cada quince días. Apeló a la memoria de mi madre para decir que no era correcto que no supiese más que un pagano.

Elinor escuchó sus palabras; semejantes ideas eran una ridícula burla para ella, y las despreciaba.

-No tengo capacidad para elegir por ti -me dijo mucho después-. Todas las almas son libres. Si se hunden, se debe a las arenas movedizas de su propia oscuridad. Hay muchas luces, y no puedo decirte cuáles debes ver.

Una vez encontré en un libro suyo un papel escrito con su apretada letra. Aún lo conservo y me estremezco cuando leo las líneas que exponen con tanta claridad la fe que hizo que su peregrinaje terrenal fuese tan triste y que oscurecieron el conflicto de su muerte, de una forma que pocos mortales han conocido.

«El ser humano se forja su destino -decían las letras que escribió-. Ningún dios vigila su obra. Sólo él acepta su esclavitud o libera su espíritu. Su único enemigo es la debilidad y su peor fracaso, el miedo. Atan el alma humana curiosas cadenas; son de muchos tipos, delicadamente fraguadas, y a veces invisibles, hasta que hacen daño: la más cruel, el orgullo; la más sutil, el sufrimiento; y la más temible, la que acaricia mientras estrangula, la que los hombres llaman amor. Si Satán viviese, esa pasión sería la esencia de su persona, pues destroza y desgarra los atrofiados poderes de la humanidad.»

Yo esperaba que el tiempo le deparase cavilaciones más amenas y me preguntaba -creo que no con osadía- cómo la miraría Él, aquel Señor desconocido cuyo ministerio ella no reconocía. Y en las tardes de invierno o en los crepúsculos veraniegos, cuando Agatha me pedía que me sentase a su lado y le leyese párrafos sueltos del Libro que, según ella, era el enemigo de mi padre y la gloria de mi madre, yo observaba si Elinor estaba escuchando. 

Siempre se sentaba en el banco de la ventana, con Rodney, acariciándolo en silencio; a veces calcetaba, con la cabeza del perro apoyada en su rodilla, pero nunca atendía las sagradas palabras, que a mí me parecían demasiado grandiosas y sublimes para que un ser humano las pasase por alto.

Esperaba con ilusión aquellos sábados alternos, en los que se rompía la monotonía de la vida. Me gustaban los rostros y las canciones, y el revuelo y singularidad de las horas de oración me fascinaban.

El rector murió cuando yo tenía diecisiete años. Era un anciano frágil, que parecía llevar años durmiendo, sin recordar la tumba que lo esperaba. A pesar de su aire venerable y su famosa erudición, casi nunca estaba sobrio, y se rumoreaba que había muerto en un pecaminoso festín.

Lo sustituyó un tal señor Perceval, que procedía de Londres y obtuvo el beneficio bastante joven: un caballero elegante y atractivo que, según decían, cazaba con jauría mejor que nadie de la región. Unos domingos después de su llegada, lo vimos en el atrio. Nos saludó, me preguntó cómo me llamaba y dónde vivía y prometió visitar nuestro solitario hogar. 

Después de eso, se acercaba cabalgando a menudo, pero a Elinor no le caía bien. Escuchaba educadamente las historias que el señor Perceval contaba de los grandes hombres y las acicaladas damas de la corte, a los que conocía bien, pero la aburrían, mientras que a mí me encantaban. Yo no concebía que alguien no disfrutase de su alegre compañía; sin embargo, no sé por qué, al final mi hermana le cerró la puerta.

Una noche tuvieron una polémica entrevista que ella remató con la prohibición de que volviese a nuestra casa. Cuando se fue, le oí decir:

-La compadezco a usted, como a las criaturas salvajes y díscolas... y sus semejantes.

-Sí, soy como ellas -dijo mi hermana, y añadió en un tono que me pareció brusco-: No tiene permiso para venir aquí, y, como usted bien sabe, la vida de los cazadores vale prácticamente lo mismo que la de los conejos que matan.

-¿Acaso me he confundido al tomarla por una mujer? -preguntó él con un curioso acento que no le había oído antes.

-Por lo que usted quiera -dijo mi hermana, y cerró la puerta.

Oí cómo se alejaba a caballo. Luego entró Elinor.

-¿Eres feliz conmigo en tu solitario hogar, Jean? -preguntó. Respondí que sí bastante sorprendida-. He discutido con tu galante párroco -declaró-. No volverá más. -No pude reprimir un suspiro; él había llevado un poco de alegría al aburrimiento diario. Lo echaría de menos; pero sabía que mi hermana actuaba con prudencia y también que su palabra era ley.

Los días se oscurecieron con su ausencia y además estábamos en invierno, la época más sombría del año. Los domingos su mirada me buscaba a veces desde el elevado púlpito, y entonces lo añoraba aún más. No tenía ocasión de hablar con él, ya que Agatha había dejado de recorrer tantos kilómetros conmigo. Me acompañaba Elinor, con el pretexto de que el páramo era muy solitario, y me esperaba fuera, debajo de un tejo. Siempre estaba allí.

Un mes después de la despedida del señor Perceval, ocurrió algo que iba a cambiar el curso de nuestras vidas. Era un día de tormenta: la lluvia azotó durante todo el día los chirriantes marcos de las ventanas, que se tambaleaban, y el gimiente viento, que se había levantado al amanecer, se volvió más violento a medida que la sombría tarde se adentraba en la noche.

Elinor, a quien agradaban más que imponían los fieros elementos, salió a dar su habitual paseo por los anegados páramos, con la reticente compañía de Rodney; pero regresó pronto, empujada por la cegadora niebla que envolvía los escasos mojones que conducían a nuestro solitario hogar. 

Entró en la cocina donde yo estaba cosiendo contempló el resplandor del fuego que bailaba sobre el suelo de ladrillo apenas alfombrado y se detuvo delante de mí -una figura alta y derecha, en constante alerta, con el rostro iluminado y los ojos húmedos-, sin igual en intensidad y fuego, quemando con una luz punzante y envolvente a la vez.

-Te quedas en casa, amedrentada -exclamó, mirándome con gesto burlón-, mientras que Rodney y yo recorremos el país de las maravillas. No se ve ninguna criatura en las extensiones veladas por la niebla, sólo los árboles envueltos en fantasmales mortajas se mecen bajo el lúgubre cielo. Los campos son ciénagas y los caminos, arroyos; pero ¡la niebla es mágica! Ese mundo exterior sin luz no tiene nada de terrenal; ante él la luz de tus velas es mero oropel, Jean. Sal, aunque sólo sea a la puerta.

Dije que no quería, que todo era demasiado sombrío y que me helaba el corazón y los huesos.

-Me refresca los huesos y el corazón -repuso, atusándose unos mechones mojados con un gesto de evocadora alegría-. ¡Vaya, te estamos manchando el suelo! Vamos, Rod -llamó al animal empapado, tendido ante el hogar con el pelo humeante-. Debemos esmerar nuestro comportamiento ante esta elegante damita.

Aquella noche, Elinor estaba contenta, exaltada por las violentas ráfagas de viento que azotaban nuestra casa; no me dejó leer, y se dedicó a escuchar la tormenta con una sonrisa. De vez en cuando el fragor de los elementos sofocaba nuestras voces y nos quedábamos calladas; en una de esas pausas, alguien llamó a la puerta.

Agatha, que cabeceaba en su sillón, abrió los ojos y nos rogó que no hiciésemos caso. Sólo Dios sabía a qué desesperado visitante nos encontraríamos, pero Elinor salió con gesto confiado.

Entre el viento que silbaba en el pasillo oímos la voz de un hombre entremezclada con la de Elinor en un breve diálogo. Luego se abrió la puerta y entró Elinor, seguida por el ignorante viajero, un hombre de enormes proporciones y espléndido porte, con un semblante que encajaba a la perfección con su figura.

-Acérquese al fuego -invitó Elinor-. Debe de estar empapado y aterido.

El hombre inclinó la cabeza en un amable gesto de agradecimiento cuando le hice sitio y dijo:

-No quisiera molestarla -se volvió hacia Elinor-, pero esta dama me ha invitado. Me temo que mi intromisión es inútil, pues no sabe indicarme el camino.

-Nadie podría indicárselo en una noche semejante -repuso Elinor-. En esos páramos desiertos puede pasarse hasta la mañana buscando para acabar en peor situación que al principio. Este caballero ha viajado muchos kilómetros sin rumbo -explicó-, y se ha perdido.

Observé que mi hermana no apartaba la vista de él; sus ojos resplandecientes escudriñaban el rostro y la persona del hombre con una mirada distante pero intensa.

-¿Aceptará nuestra hospitalidad esta noche y esperará el favor de la mañana? -Mi hermana se dirigió a él y una nota de insistencia imprimió un tono dominante a la sencilla pregunta.

-Se lo agradezco mucho, pero no puedo -repuso el hombre.

-Su caballo está cojo -comentó mi hermana-, tal vez empeore si sigue usted adelante. Le costará encontrar otro refugio, y aquí tiene uno. -Hizo una pausa-. Creo que debe quedarse -concluyó.

-Muy agradecido, pero he de continuar.

Elinor se adelantó y posó la mano sobre la manga del hombre, diciendo:

-Déjese aconsejar. Espere hasta la mañana; será mejor.

El desconocido reflexionó, la miró a los ojos y cedió con una repentina sonrisa, a la que correspondió mi hermana.

Elinor se dirigió a mí:

-Jean, coge la linterna. Fuera encontrará un cobertizo -le dijo al hombre-; meta al pobre animal en él y vuelva con nosotras.

El hombre salió, expresando su gratitud. Cuando la puerta se cerró tras él, Agatha se levantó y se enfrentó a Elinor temblando, con sus nudosas manos extendidas en un gesto de súplica y temor.

-Que se vaya -gritó-. En esta casa nunca ha dormido un hombre desde que murió el pobre amo. Éste no es lugar para él. Dígale que se marche, señorita Elinor; no debe quedarse.

-Le he pedido que se quede -repuso Elinor serenamente; cogió las temblorosas manos de Agatha entre las suyas y las acarició-. Todo saldrá bien. Todo tiene que salir bien -aseguró-. Jean, enciende el fuego en la habitación de mi padre.

Me sobresalté; la habitación no se había abierto desde su muerte.

-Es una tumba -afirmó Agatha.

Añadí que no teníamos tiempo de hacerla habitable.

-Si se queda esta noche, mejor que se quede aquí.

-Pues entonces le ofreceré mi habitación -repuso Elinor-. Ocúpate de eso.

Subí a arreglar la habitación, sorprendida: en aquella estancia el suelo y las paredes estaban desnudos; debajo de la ventana se apilaban sus libros en montones polvorientos, y sobre la cuadrada mesa de roble ardían los restos de la vela de la noche anterior, testigo de muchas horas de vigilia.

Cuando acabé mi tarea, bajé y encontré al desconocido conversando con Elinor, que descansaba una mano protectora en el brazo del sillón de Agatha. Pasaron las horas hasta la medianoche; Agatha se retiró a su habitación. La acompañé y esperé a que se durmiese. 

Ellos seguían hablando, sin hacer caso a las admonitorias campanadas del reloj. Hablaron de cosas que yo ignoraba: extrañas herejías, pensamientos que me parecían producto de intelectos grandiosos pero profundamente perturbados; de hombres cuyo nombre no conocía, y de libros de turbia y misteriosa fama.

La actitud de mi hermana me sorprendió. Sólo hacía unas horas que conocía a aquel caballero y conversaba con él con una alegre libertad que jamás le había visto mostrar ante ninguna otra alma.

Cuando entré por segunda vez, el hombre se volvió hacia mí y preguntó:

-¿Comparte esos sueños su joven hermana, colabora con usted en la gran obra?

Los miré asombrada. Mi hermana respondió por mí:

-Claro que no. No los aceptaría. Éste es el libro que le gusta. -Le entregó la Biblia de mi madre, que esa noche yo no había leído y que estaba sobre la silla.

-Ya veo, y esto es suyo... -Dirigiéndose a mí, señaló una pieza de bordado-. Me he atrevido a admirarlo en su ausencia. Las damas de la corte, que tengo el dudoso privilegio de frecuentar, envidiarían semejante destreza.

Me agradó el inmerecido elogio y quise oír lo que decía de aquel mundo alegre y desconocido, que a menudo había imaginado en sueños y que en aquel momento él presentaba ante mí. A petición mía, prescindió de las aburridas tonterías filosóficas y contó historias de la gran y populosa ciudad, describiendo delicadamente suntuosas escenas. 

Vi, como si las tuviese delante, preciosas damas con soberbios vestidos de seda, primorosos rostros pintados y actitudes desenfadadas jugando a las cartas, explotando su belleza, adornadas con todos los vicios históricos y las intemporales virtudes de su raza. 

Describió también al príncipe regente, de semblante expresivo y miembros elegantes, sus malas costumbres, su ligereza y su inconstancia, sus ataques de generosidad y sus mezquinas distorsiones, diciendo que era el mejor «látigo» de Inglaterra, como también nos había contado el señor Perceval.

Estuvimos mucho tiempo escuchando aquellas historias porque, al parecer, él disfrutaba tanto contándolas como nosotras oyéndolas. Al final, Elinor se levantó. Nos despedimos de nuestro invitado. Elinor le enseñó su habitación y prometió despertarlo al amanecer.

Esa noche mi hermana durmió conmigo. Me dispuse a descansar en seguida, pero ella no tenía sueño, se sentó junto a la ventana y la abrió para que la lluvia mojase sus manos apoyadas en el alféizar.

-¿Qué opinas de nuestro visitante? -preguntó de pronto.

-Es más guapo que el señor Perceval -respondí-, pero sus rasgos me gustan menos. A pesar de su belleza, los encuentro toscos y fríos.

-Los dos son humanos -comentó Elinor-, y ahí acaba el parecido. El señor Somerset tendría que haber conocido a mi padre. Llega demasiado tarde.

-Ya que te gusta, es mala suerte que, a diferencia del señor Perceval, viva tan lejos -observé.

-Lo mismo da -declaró con decisión-, porque, «a diferencia del señor Perceval», volverá.

Ni se me ocurrió dudarlo al verla tan segura.

Poco después se dispuso a acostarse, y contemplé los espesos cabellos negros que cubrían sus espléndidos hombros, enmarcando un rostro que cualquier hombre querría ver de nuevo, pensé.

Siempre me había parecido hermosa, pero hasta esa noche nunca había observado hasta qué punto lo era. De pronto apareció ante mis ojos engalanada con una especie de gloria física, resplandeciente, sin palabras para describirla. Cuando se movió medio desnuda bajo la luz parpadeante, la miré como si fuera una revelación de renovada belleza hasta que clavó en mí aquellos magníficos ojos que brillaban como oscuros y apacibles torrentes, con la salvación en sus profundidades y la remota penumbra de las estrellas en su distancia. Al reparar en mi mirada, me preguntó sin rodeos como tenía por costumbre:

-¿Me encuentras atractiva, Jean?

-Atractiva no, más bien hermosa; hermosísima creo.

-¿También lo creía el señor Perceval? -se apresuró a preguntar, añadiendo desconcierto a mi sorpresa.

-Pensaba que eras como una reina y que deberías haber tenido un imperio, pero que tu pueblo te mataría y te canonizaría después. Decía: «En ese reino yo sería un rebelde y usted, señorita Jean, una mártir», pero no entendí a qué se refería.

-Yo sí -afirmó Elinor-, debía de hablar muy en serio si te impresionó tanto. Entonces... ¿te gustaba ese clérigo arrogante, Jean?

-Sí -admití.

Se quedó pensativa y suspiró.

Creo que no durmió nada en las breves horas de aquella noche; yo también estaba inquieta y, cada vez que me despertaba, la encontraba a mi lado, respondiendo siempre que le hablaba. Se levantó en medio de la fría oscuridad del amanecer para preparar el desayuno del desconocido; y, cuando la luz gris se filtró en la habitación, lo oí alejarse lentamente a caballo.

La noche no dejó señales de cansancio en los rasgos de mi hermana, sino una belleza nueva y brillante; pero yo salí del interrumpido sueño enferma y con los ojos hinchados, contemplando el incidente de la noche anterior como algo lejano. Elinor se marchó temprano y no la vimos en todo el día. 

Lo dedicó a deambular por los campos mojados, acariciados por el sol invernal, en compañía del fiel animal que compartía sus paseos. Volvió tarde, inusitadamente alegre; de su presencia emanaba un perfume inédito hasta entonces de juventud y felicidad, cuyo origen no cuestioné, acogiendo con regocijo cualquier resplandor de aquel espíritu que siempre había proyectado luces demasiado sombrías.

Aquel estado de ánimo duró casi un mes. Mi hermana era doce años mayor que yo; ajena en gustos e ideas, siempre había sido distante; pero una sutil influencia la acercó a mí en aquella época. Buscaba mi compañía, abrió una puerta en la vida que me condujo al escondido cuarto de juegos de su corazón.

Una mañana llegó una carta, una misteriosa misiva de Londres, que mi hermana se apresuró a leer dos veces.

-El señor Somerset tiene asuntos que resolver en el norte -anunció-, y va a venir a visitarnos.

Se encendió la chimenea de la abandonada habitación de mi padre tres días antes de que llegase.

Fue la segunda de muchas visitas; a veces sólo estaba una noche, pero casi siempre se quedaba más; su presencia me resultaba un tanto extraña y amenazante, a pesar del placer que me producía. Dábamos largos paseos, acompañados por Rodney, que en seguida se hizo amigo del señor Somerset con gran alegría y fingido disgusto por parte de Elinor. 

Al caer la noche, nuestro invitado se sentaba junto al hogar, una impresionante figura que hablaba como la primera noche. En mi presencia dejaban a un lado los temas aburridos y eruditos y comentaban cosas sencillas, aunque a veces acababan con profundas reflexiones.

Una noche, mientras él contaba cómo el anciano rey, ciego y gravemente perturbado, iba y venía sin descanso por sus aposentos, tarareando un compás de Haendel o dirigiendo con voz débil un discurso imaginario a sus ministros, mi hermana dijo:

-¡Pobrecillo! ¿Qué impide que se hunda?

-Tal vez el tirano de su universo sin gobierno -respondió él.

-No existe nada semejante -repuso mi hermana.

-Sin embargo -replicó él-, desempeña un papel muy convincente en la vida de los seres humanos.

-Un papel fantasmal -precisó mi hermana-. No es más que la efigie que la debilidad humana construye para escudarse y sostenerse.

-Incluso el gran emperador -rebatió el señor Somerset-, aunque se dice que no tiene fe, creo que conserva su idea de Dios.

Mi hermana se quedó callada unos momentos, pensando, hasta que dijo, como si hablase para sí:

-¡Ningún hombre tiene fuerza para aguantar solo!

-Es misión suya convencerlos -afirmó él, muy serio, y mi hermana sonrió. Tal vez mi fantasía detectó falsamente un solapado matiz burlón en su voz.

Me preguntaba a menudo cuál era la obra de la que mi hermana había hablado en el primer encuentro con el desconocido; pero nunca había encontrado ocasión de preguntarle, y no podía hacerlo en aquel momento.

Napoleón era el héroe de Elinor, y hablaban de él con gran admiración. Aunque yo sabía muy poco, me parecía un monstruo despiadado e insaciable, medio dios, medio demonio, que desafortunadamente había adoptado forma humana. Pero Elinor amaba el poder por su majestad, sin importarle que fuese una maldición o una bendición para la humanidad.

Los observaba cuando compartían aquellas agradables horas y me preguntaba si alguna vez habían existido seres que congeniasen mejor. Mi hermana se sentaba en su asiento favorito junto a la ventana, mientras la luz se filtraba por los opacos cristales; cruzaba las grandes manos sobre las rodillas, y sus ojos cambiaban como compases musicales que sólo un alma podía escuchar. De vez en cuando, cuando las miradas de ambos coincidían, se creaba una espléndida disonancia, que quedaba en suspenso hasta que él cedía con gesto atribulado.

Al recordar, no sé por qué capricho de la memoria, las palabras que Elinor había escrito en aquella hoja de papel, al principio me pareció increíble que fueran amantes, pero pronto empecé a dudar.

Elinor era más brusca con él que antes, y la paciencia de él me conmovía. Apenas sabía nada de aquel hombre, aunque lo veía mucho, y si lo describo como una figura misteriosa e insustancial, con atributos discernibles sólo exteriormente, es porque así se presentó ante mí. 

En mi humilde opinión daba gran importancia al nacimiento y a los honores mundanos y hablaba de las mujeres con una ligereza que me molestaba, pero Elinor no corregía o no le importaban aquellos defectos. Para mí era suficiente que a ella le gustase; me parecía que ambos empequeñecían, en intelecto y estatura, a los que estaban con ellos, como si fueran seres de una raza superior. 

El futuro me deslumbraba. Veía a mi hermana avanzando como una reina; las grandes damas de la corte se apartaban para dejarle paso, mientras su belleza matinal eclipsaba sus artificiales encantos.

En aquella época imaginaba muchas escenas brillantes, sin acertar a leer el destino de mi hermana en su frente un tanto abrumada. Me sonreía con más dulzura que antes por las mañanas y se despedía con cariño por las noches.

Llegó el verano, y el brezo cubrió las colinas. Los arriates del jardín de Elinor florecieron. Una mañana entré con un ramillete de sus flores favoritas y me preguntó:

-Dime, Jean, ¿para quién es ese ramillete?

-Para la habitación de tu invitado -respondí-, ¿no viene hoy?

-Sí -asintió con gesto sombrío-. Edward Somerset viene esta noche y se marcha mañana temprano. Echarás de menos su conversación; tenemos asuntos importantes que tratar a solas.

Vino. Estuvieron en la habitación forrada de libros de mi padre, donde mi hermana nunca lo había llevado antes. Al pasar por delante de la puerta con Agatha, que se retiraba pronto, oí que él alzaba la voz como si suplicase y, luego, cuando bajé de nuevo, percibí el tono dulce y acariciante de mi hermana, similar a aquel con el que se dirigía a mí cuando era pequeña y que me disgustaba.

Las horas se me hicieron largas y tediosas mientras estaba en la oscura cocina contemplando cómo salían lentamente las estrellas y escuchando el rumor de sus voces en la habitación de arriba.

Era tarde cuando se reunieron conmigo; la lámpara estaba encendida e iluminó dos rostros pálidos y casi desconocidos: el de él tristemente deformado, hasta el punto de que apenas reconocí la línea cruel que habían adoptado sus labios bajo la frente apenada y ensombrecida. Tras una conversación forzada y trivial, nos dio las buenas noches y se retiró. Mi hermana se quedó conmigo.

-Has visto a Edward Somerset por última vez -anunció.

Me rebelé, la primera ocasión en mi vida que me enfrentaba a aquella mujer a la que nunca había cuestionado ni desafiado.

-Lo has echado -grité-, igual que a Arthur Perceval. ¿Qué te han hecho esos hombres para que los expulses, de repente y sin motivo, de nuestra casa?

-Sí, lo he echado -admitió sin inmutarse-, pero no como al señor Perceval. Jean, tengo algo más que decirte. Ese extravagante personaje volverá. Lo he llamado. Deseaba casarse contigo, y yo lo impedí. Me dijo (la palabra tiene muchos significados) que te amaba, y ahora, si quieres escucharlo, te repetirá el cuento.

Mi corazón se aceleró con una curiosa alegría, pero el rostro de mi hermana no invitaba a las efusiones de felicidad, estaba demacrado y envejecido.

-¿Y ese hombre al que has echado te ama? -pregunté.

-Me pidió que me casase con él.

-¿Qué impide la felicidad? ¡Qué has hecho! -exclamé.

-No puedo decírtelo -murmuró en tono casi inaudible, con un gesto de impotencia tal que me asustó-. No tuve elección. Tendría que haberlo sabido desde el principio, tal vez lo sabía, que sólo había un camino. Si hubiera un Dios como ése en el que tú crees, Él, sólo Él lo entendería.

-Él nos hizo y nos guía -imploré.

-Si es verdad, entonces Él me ha guiado. No estoy hecha para soportar a ningún tirano, ni siquiera al déspota más sublime del mundo. Si Él me hizo, me hizo así.

-Todas las almas fueron hechas para la felicidad -alegué.

-Mejor para la victoria -replicó.

Me aventuré a corregirla:

-Hay victorias vanas y victorias viles.

-Todas las victorias son grandes. No volveremos a hablar de esto -dijo en tono terminante; me besó y acarició mis cabellos.

La mañana trajo a mi amado y una nueva vida para mí; pero, como es la historia de mi hermana la que cuento, continuaré hasta el final, omitiendo el relato de mi destino más afortunado.

Pasó el verano. Elinor lo contempló desde lejos; en aquellos meses de declive su mirada se volvió distante y su serenidad, profunda. Mi felicidad significaba mucho para ella. Un día dijo:

-A veces la sabiduría equivale a amabilidad y en una ocasión fui dura contigo, Jean, pero estoy perdonada.

Por las noches su vela no se apagaba nunca y pasaba muchas horas en la habitación de mi padre. Rodney le hacía compañía, adivinando ciegamente que lo necesitaba más que antes. Pero pronto perdería Elinor su solaz. 

Los días de Agatha se acababan, aunque seguía renqueando por la casa y murmurando lastimeramente en su sillón. Le flaqueaba la cabeza, y la acosaban terrores de anciana que sólo Elinor podía aplacar. El presente desapareció para ella; a menudo hablaba como si mi padre viviese o nuestra madre yaciese en la estancia vacía, rígida y fuera de su tumba. 

Elinor no se atrevía a salir de casa; la pobre anciana se agitaba y deliraba si mi hermana estaba ausente, temblando ante cada paso que oía en el pasillo, gritando que la casa estaba embrujada y que los muertos habían vuelto a ella.

Estaban todo el día juntas: mi hermana le pedía hora tras hora que contase antiguas historias; si lograba recordarlas, se tranquilizaba contándolas. Yo no soportaba aquel espectáculo de desmoronamiento viviente y lo evitaba, estremecida, aunque muchas veces intentaba vencer el horror que mi corazón censuraba. 

Al empeorar, Agatha dejó de aguantar la presencia de Rodney. Era el diablo, según ella, que con sus ojos la devoraba en vida. Así que lo confinamos en el jardín, donde su ruidosa cadena la ponía frenética; y, si lo soltábamos, se quejaba de que el animal arañaba la puerta para que lo dejásemos entrar. 

Aquello duró unas semanas; una mañana, al bajar, encontré a Elinor en la mesa, con la cabeza apoyada en el brazo. A su lado estaba la pistola de mi padre; no ardía el fuego en el hogar, y la humedad del ambiente otoñal me caló hasta los huesos.

Alzó la vista cuando entré, se levantó, me cogió del brazo y me condujo al jardín, donde su viejo camarada yacía en medio de un charco de sangre.

-¡Oh, Elinor! -exclamé-. Podías haberlo salvado; habría encontrado refugio en el pueblo hasta... hasta que Agatha se calmase... o muriese.

-Era mío; él nunca reconocería a otro amo, y yo no se lo daría a nadie. Sigue siendo mío; él lo comprende y me perdona -dijo.

Continuó cuidando a Agatha con incansable cariño, pero a veces, al escuchar aquel discurso confuso e incoherente, yo veía contraerse el gesto de mi hermana como si sufriese. Aunque rápidamente encontraba la forma de dominar el dolor.

Mi única misión era leer en alto, según la antigua costumbre; aunque para Agatha carecían de importancia las palabras, a veces se quedaba tranquila, sosegada por la dulce monotonía de la voz. Recuerdo una noche en la que me pareció que Elinor estaba distraída, como de costumbre, y sumida en sus pensamientos, pero cuando llegué a las palabras: «Aún no habéis resistido hasta la sangre», se sobresaltó, así que me callé, la miré y vi que sus ojos se posaban en la página abierta sobre mis rodillas.

-Dame el Libro -me pidió aquella noche cuando lo cerré-. Tiene algunas frases que parecen ciertas.

Se lo entregué en silencio, observando con acelerada aprensión el cambio que en unos meses se había producido en ella. Poco a poco había adelgazado, adoptando una actitud casi apática. Temí que sufriese la enfermedad de nuestra madre, pero Elinor no mostraba síntomas de ello, sólo un encogido y patético aspecto de dolor.

Temía la noche, que llevaba hasta mis oídos sus incesantes pasos, impulsándome a salir y llegar hasta el umbral prohibido de su puerta; no me atrevía a pedir que me dejase pasar, como habría hecho Rodney, y tampoco a retirarme. Temía las mañanas, en las que resultaban palpables los estragos de aquella lucha oculta que yo no podía detener ni compartir.

Con el paso del tiempo, aquellos ojos se convirtieron en débiles ascuas y la voz enérgica adoptó el sordo tono de las campanas a toque lento; llevaba escrita en su frente despejada y triste la historia de un horrible conflicto. A través de mis ojos, el amor contemplaba aquel cambio con asombro impotente.

Mi pensamiento adquirió forma al recordar sus palabras: «Atan el alma muchas cadenas: la más cruel, el orgullo; la más sutil, el sufrimiento; y la más temible, la que acaricia mientras estrangula, la que los hombres llaman amor».

Las fuerzas de Elinor se debilitaban paulatinamente bajo la triple presión.

El amor acudió a mí fácilmente; mi corazón se alegró de encontrarlo, pero ella lo afrontó (al menos eso lo vi claro) con desesperada rebeldía. Yo no podía contemplar aquella terrible rebelión contra un poder que la naturaleza nos pedía que acogiésemos, sin horror ni desaliento. Me parecía, mientras presenciaba la ruina en que la había convertido aquella lucha antinatural, algo salvaje, anómalo y equivocado; pero no podía juzgarla, puesto que, como ella decía, Dios la había hecho así.

Resultaba increíble que aquellos ojos insomnes aún tuviesen luz suficiente para ver la mañana; la muerte se cernía sobre sus rasgos igual que sobre los de aquel pobre resto de humanidad marchita cuya vida se extinguía lentamente. Parecía como si estuviese entre ellas, contemplando con indiferencia su doble presa.

Mi amado vino con un médico del pueblo, un joven de pelo lacio y piernas torcidas el cual, sin embargo, divirtió a Elinor, quien lo hostigó con amables chanzas y discusiones burlonas sobre su profesión hasta que se marchó, sacudiendo la cabeza (bien por el estado de mi hermana o por sus propias dudas) como una oveja perdida. Cuando se fue, Elinor le dijo al señor Perceval:

-Queridísimo, atentísimo y reverendísimo señor, no me ocurre nada, pero si me ocurriese, los cuidados de ese pobre joven sólo servirían para arrancarme una sonrisa, y hay cosas que me harían sonreír más.

Casi sin aliento, a las solícitas preguntas respondía siempre lo mismo: «No me ocurre nada».

No cedía ante el sufrimiento y hacía las tareas de siempre con desfallecida y lenta persistencia; se levantaba ojerosa y triste al amanecer para encargarse con paso agobiado de las labores domésticas, mientras yo me quedaba en mi habitación con las manos cruzadas, afligida e impotente, sin opción a protestar o a ayudar.

Y, como los fastidiosos terrores de Agatha requerían la presencia de Elinor en casa todo el día, al atardecer se aventuraba en la solitaria oscuridad y no volvía hasta la medianoche a su vacía habitación, donde la vela ardía hora tras hora, proyectando su sombra inquieta sobre la pared.

Otra vez el país vibró con la noticia de una nueva victoria. Inglaterra escribió en letras de oro el nombre de Waterloo. Se me antojó casi un presagio del final de mi hermana, al recordar que bajo la sombra de noticias semejantes había muerto mi padre.

Mi amado nos trajo crónicas de la derrota del emperador, y Elinor las leyó con preocupada avidez, con una especie de complacido desagrado, porque su carácter se encontraba en su elemento entre contradicciones.

Al fin sucumbió, y la vida se paralizó en aquellos espléndidos miembros. Las manos cuyo contacto antes significaba la salvación, colgaban sin ánimo, mientras escuchaba con gesto doliente los murmullos de la anciana junto al fuego. Eran dos náufragas en medio de las mismas aguas revueltas, que se hundían sin remedio, esperando la ola final. No pedían un refugio ni deseaban un hogar. Yo las veía a la hora del crepúsculo, aferradas la una a la otra: Elinor sostenía a la pobre criatura demente, mientras le susurraba cansinas palabras de consuelo y contemplaba el fuego moribundo.

-Escríbele a ese tal Edward Somerset -sugirió mi amado-. Elinor no tiene fuerzas, y, si él viene, debe dejar que la rescate.

Respondí que no me atrevía.

-Tienes que hacerlo -repuso-, ¿o piensas dejarla morir sin hacer nada?

Le escribí, diciendo: «Quiero verlo. -No podía hablar por ella. Mi hermana era de esas personas a las que hay que obedecer, y aun así con miedo-. Se trata de un asunto urgente. Venga inmediatamente. No pierda el tiempo».

Como si quisiera burlarse de aquella tardía llamada, dos días después Elinor cayó en una repentina debilidad. Se esforzó en vano por levantarse al amanecer, y la encontré agarrada a las cortinas de su cama. Me pidió que la vistiese y obedecí, rezando para que la liberación no tardase mucho. Elinor, tendida sobre la cama, divagaba, gritando a veces que Agatha la necesitaba y que debía ir con ella. 

A mediodía se recuperó y llegó tambaleándose hasta la puerta, pero tuvo que retroceder obligada por una debilidad que la sumía en la desesperación. Pasó toda la tarde junto a la ventana, contemplando cómo se oscurecía el cielo, y repitiendo para sí a intervalos: «La obra está terminada... La obra está terminada».

-¿Qué obra? -pregunté, tratando de animarla; y, señalando un montón de páginas escritas con su apretada caligrafía, que tenía al lado en el banco de la ventana, las acarició con tierno cuidado.

Me quedé con ella. Arthur atendía a Agatha, que en la habitación de abajo se balanceaba con febril desolación, llamando sin cesar a Elinor con palabras temblorosas y enajenadas que llegaban a mis ávidos oídos, pero que mi hermana no entendía o no oía. A las ocho mi amado me llamó desde el pasillo y salí, rezando para que hubiese llegado Edward Somerset. Pero no fue su voz la que me recibió, sino la de Agatha, quejumbrosa y angustiada.

-No consigo tranquilizarla -me dijo Arthur-, me toma por un demonio que ha hecho desaparecer a Elinor.

Me costó cierto tiempo aplacar el nerviosismo de Agatha, hasta que al fin se hundió, exhausta, en un inquieto sueño.

-Quédate aquí -le dije a Arthur-, y, si despierta, avísame.

Cuando llegué a la habitación de mi hermana, me asombró verla sentada ante la mesa, escribiendo; al oírme entrar, alzó el rostro con expresión acalorada y descompuesta. Le brillaban los ojos con una luz feroz y antinatural. La chimenea y la habitación estaban cubiertas de papeles quemados, y la brisa de la ventana que Elinor siempre tenía abierta arrastraba los chamuscados fragmentos por el suelo. Me apresuré a mirar el asiento de la ventana y observé que el montón de valiosas páginas ya no estaba allí.

Me acerqué a mi hermana, temiendo algo desconocido, y mis ojos se posaron en la hoja de papel que tenía al lado; las letras torcidas aún estaban húmedas. Acerté a leer sólo unas frases sueltas, pero bastaron para que comprendiese que la carta era para Edward Somerset y que contenía confesiones y arrepentimientos. La agonía de aquella obligada sumisión había proyectado sobre el rostro de Elinor una sombra más aterradora que la resistencia de que siempre había hecho gala.

Dejó la pluma y se llevó las manos a las sienes, mirando al frente con gesto amargo y ardiente. No dije nada. Era incapaz de hablar, pero me arrodillé a su lado y apoyé la cabeza en su brazo. Ante el contacto se levantó, se tambaleó y se agarró a la silla.

Me apresuré a levantarme para ayudarla y noté un cambio en su rostro, lívido y deformado. Extendió una mano, cogió la hoja de la mesa y la acercó a la llama de la vela. El fuego prendió en el papel, pero sus dedos temblorosos lo soltaron a medio arder. El pedazo de papel cayó a mis pies. Ella hizo ademán de cogerlo, con un gesto insistente y fallido. Se lo entregué, pero me lo devolvió y señaló la vela. Lo puse sobre la llama, y sus labios dibujaron una sonrisa lastimera y exultante. 

Mientras la hoja se estaba consumiendo, oí fuertes pisadas en la escalera. La puerta se abrió de golpe. Edward Somerset apareció ante nosotras, ataviado con insólito esmero y esplendor, como si acabase de salir de una audiencia real para acercarse a aquella inesperada antesala de la muerte.

Nos contempló en silencio y, luego, sus ojos buscaron los de Elinor. Mi hermana correspondió a aquella mirada ciega con otra de demudado tormento; pero cuando él se dirigió hacia ella, recurrió a los restos de su perdido vigor y extendió las manos en un rápido gesto de rechazo y desaliento.

Edward Somerset no hizo caso a las manos que lo evitaban; las cogió y las acarició con ternura, mientras ella permanecía quieta, deslumbrada, hasta que él la abrazó de repente. Elinor se perdió en sus brazos un momento, pero luego, con un esfuerzo final, se soltó y lo apartó. Erguida e inmóvil, se cubrió los ojos con las manos y profirió un grito terrible, de profunda repugnancia.

-No habéis resistido... hasta la sangre. Fueron sus últimas palabras.

Nos quedamos con ella hasta el amanecer.

Al amanecer murió.

Los yugoslavos - Robert Bloch

No acudí a París en busca de aventuras.
La experiencia me ha enseñado que no existen los fantasmas de la ópera, ni existen los artistas con barba que cojean por Montmartre apoyados en piernas atrofiadas, ni boulevardiers con sombrero de paja cantando elogios a una pequeña y dulce Mimí.
Ya no existe más el París de la historia y la canción, si es que existió alguna vez. Los tiempos han cambiado, e incluso el término «alegre París» evoca ahora lo que en el lenguaje teatral se denomina una «mala risa».
En consecuencia, el visitante aprende a cambiar los hábitos, como bien lo demuestra el hotel que elegí para albergarme. En viajes anteriores me había alojado en el Crillon o en el Ritz; ahora, después de una larga ausencia, elegí el George V.
Permítanme repetirlo de nuevo: no buscaba ninguna aventura. Aquella primera noche abandoné el hotel para dar un corto paseo, simplemente con la intención de satisfacer la curiosidad que sentía por la ciudad.
Ya había descubierto que algunos aspectos de París permanecían inmutables; al parecer, los franceses siguen sin saber cómo comunicarse por teléfono, y tampoco son capaces de hacer una buena taza de café. Pero como yo no tenía ni necesidad de hablar por teléfono ni de tomar una taza de café, esas cuestiones no me preocupaban.
Tampoco me sorprendió agradablemente descubrir que París, en abril -como dice la canción-, es una ciudad fría y húmeda. Cálidamente abrigado para dar mi pequeño paseo, dirigí mis pasos hacia las arcadas de la Rue de Rivoli.
A primera vista, París conservaba sus tradiciones durante la noche. Todas las atracciones turísticas seguían en funcionamiento: el esqueleto acerado de la Torre Eiffel, la mandíbula abierta del Arco de Triunfo, las fuentes logrando su milagrosa transustanciación del agua en sangre merced a la luz carmesí.
Pero percibí cambios en el aire -literalmente hablando-: el acre olor de los humos del tráfico emanando de los tubos de escape de los coches deportivos o las rugientes motocicletas, con el contrapunto de las sirenas de los coches policiales y las ambulancias. Los débiles cuernos con los que Gershwin intentó reflejar el tráfico de la ciudad quedarían ahora ahogados en esta barahúnda; dudo que él aprobara los nuevos sonidos. Yo, desde luego, no.
Mi desaprobación se extendió a las vestimentas de los peatones locales. Ahora, los jóvenes parisinos imitaban a los jóvenes de otras muchas ciudades: cabezas descubiertas, chaquetas de cuero y vaqueros... con el mismo aspecto que tienen los jóvenes en Times Square o en Hollywood Boulevard. En cuanto a las chicas, éste parecía ser el año en que todas las jóvenes de Francia decidió ponerse esas horribles botas de cuero, que convertía sus extremidades inferiores, delicadamente formadas, en piernas de víctimas de la elefantiasis. La parisina chic se había desvanecido y, por encima del tumulto del tráfico, creí detectar la desesperación de Napoleón al levantarse de su tumba.
Caminé bajo los arcos, contemplando los iluminados escaparates de costosas joyas, mezclados con objetos de artesanía barata. El París turístico, al menos, no había cambiado: todavía había sex shops en Pigalle, y en alguna parte de las profundas oscuridades del Louvre seguiría sonriendo enigmáticamente Mona Lisa ante aquellos que acudían a la ciudad en busca de aventura.
Repito que no era ésa mi intención. A pesar de todo, la aventura me buscó.
La aventura surgió rápidamente de una parte oscura y solitaria de las arcadas, dirigiéndose directamente hacia mí en forma de una docena de piernas que corrían.
Todo sucedió muy rápidamente. En un instante, estaba solo; al momento siguiente, y sin advertencia previa, llegaron los niños. Había seis, y me rodearon como un pequeño ejército: seis rapazuelos de pelo negro, tez morena, ropas sucias y despeinados, que me hablaban y gritaban en un idioma extranjero. Algunos de ellos se agarraron a mis ropas, otros me golpearon en las costillas. Me gritaban pidiendo una limosna, y cuando murmuré algo acerca de que no tenía cambio, uno de ellos me golpeó el pecho con un periódico doblado, otro me agarró una mano y me la besó, y otro me cogió del hombro haciéndome girar. Ensordecido por el griterío, atónito ante aquel repentino ataque, me esforcé por librarme.
En pocos segundos se desparramaron rápida y silenciosamente, escondiéndose entre las sombras. Al desaparecer, volví a quedarme solo, asombrado y conmocionado. Porque, cuando levanté la mano instintivamente para llevármela al bolsillo interior de la chaqueta, me di cuenta de que había desaparecido mi cartera.
Mi primera reacción fue sufrir un shock. ¡Y pensar que yo, un hombre ya maduro, había sido robado en plena calle por un puñado de pequeños rapaces menores de diez años!
Era un escándalo, al que yo añadí mi propia cólera. La extremada audacia de su ataque provocaba cólera, y el pensar en las consecuencias alimentó mi furia. Perder el dinero que llevaba en la cartera era lo menos importante, pues iba a encontrar bien poca cosa.
Pero llevaba en ella algo que apreciaba mucho; algo secreto e irreemplazable. Lo llevaba en la billetera con un propósito: después de completada mi visita tenía la intención de ir hacia otro destino, para lo que tendría que utilizar el objeto que contenía mi cartera.
Ahora había desaparecido y, con él, la esperanza.
Pero no del todo. El sonido de las distantes sirenas en la noche sirvió para recordarme estridentemente que aún me quedaba una oportunidad. Según recordaba, había una comisaría de policía cerca de la Place Vendome. No resultó fácil de localizar en la oscura calle, al otro lado de un patio abierto. Pero me las arreglé.
Una vez dentro, imaginé que tendría una conversación con un inspecteur, que regresaría a la escena del delito en compañía de unos simpáticos gendarmes preocupados por la comisión de tales delitos y alertas para descubrir el lugar donde se habían ocultado mis asaltantes.
La joven sentada tras la ventanilla de la sombría sala de recepción escuchó mi historia sin hacer el menor comentario ni cambiar de expresión. Insertó formularios y papel carbón en su máquina de escribir, y anotó unos pocos datos vitales para la estadística: mi nombre, fecha y lugar de nacimiento, lugar de origen, dirección del hotel y un corto inventario del contenido de la cartera robada.
Por razones particulares omití mencionar el objeto que más me importaba. Se me podría excusar teniendo en cuenta mi excitación de ánimo, y confié en no tener que hacerlo, a menos que el inspecteur me interrogara más detalladamente.
Pero no hubo entrevista alguna con ningún inspecteur, y tampoco apareció ningún policía uniformado. En lugar de ello, se me entregó simplemente una copia de la Recepisse de Declaration; si sabían algo sobre el destino seguido por mi cartera, me lo notificarían en mi hotel.
Apenas diez minutos después de haber entrado en la comisaría volví a encontrarme en la calle, sin otra cosa con que demostrar mis problemas que una copia del informe. En la parte inferior de la hoja, en una línea identificada en letra de imprenta como Mode Operatoire - Precisons Complementaires, había mecanografiada una frase que decía: «Vol commis dans la Rue par de jeunes enfants yougoslaves».
-¿Yugoslavos?
Ya de regreso en el hotel, le hice la pregunta correspondiente a un maduro conserje de noche. Con los ojos adormilados parpadeando por el nerviosismo, asintió con un gesto, como si supiera de qué iba la cosa.
-¡Ah! -exclamó-. ¡Los gitanos!
-¿Gitanos? Pero si sólo eran niños...
-Es exactamente así -dijo, asintiendo de nuevo con la cabeza.
Y después me contó la historia.
Los carteristas y los que robaban bolsos por el método del tirón siempre habían sido algo habitual en esta zona, pero su número había aumentado en los últimos años.
Procedían del este de Europa, aunque se desconocía su origen exacto, por lo que se les etiquetaba convenientemente como «yugoslavos» o «gitanos».
Al parecer, eran escondidos por hábiles y emprendedores criminales adultos, que se especializaban en educar a los niños en el arte del robo, de modo similar a como Fagin entrenaba a sus jóvenes en el Londres que describe Dickens en Oliver Twist.
Pero Fagin era un aficionado en comparación con los profesionales actuales. Sus alumnos huérfanos, productos de los hogares rotos o sin hogar alguno eran reclutados en las calles de ciudades extranjeras, e incluso comprados directamente a padres nada escrupulosos. Estos rapaces podían llegar a valer mucho; después de un poco de experiencia, un inocente de cuatro o cinco años podía convertirse en un veterano curtido, capaz de conseguir hasta cien mil dólares en el transcurso de un solo año.
Cuando le describí las circunstancias de mi propio encuentro, el conserje se encogió de hombros.
-Claro. Así es como trabajan, amigo mío... en bandas.
Bandas cuyos miembros eran expertos en distinguir a las víctimas potenciales, y que habían recibido hábiles instrucciones sobre el modo de operar. Sus gritos aparentemente espontáneos no eran más que el producto de ensayos prolongados y exactos, y sus movimientos aparentemente impulsivos estaban perfectamente diseñados con antelación. Bailaron a mi alrededor porque les habían enseñado a practicar exactamente esa clase de coreografía. Era como un ballet de delincuentes en el que cada cual jugaba un papel previamente asignado... para dar codazos, gesticular, agarrar y zarandear y crear así la mayor confusión posible. Incluso el besamanos formaba parte de un plan maestro, y cuando uno de ellos me golpeó el pecho con un periódico no hizo más que ocultar la acción de otro que introdujo los dedos por debajo y me birló la cartera. Toda la actuación fue programada y ejecutada con exactitud hasta en sus más mínimos detalles.
Escuché y finalmente meneé la cabeza.
-¿Y por qué no me contó la policía esas cosas? Seguramente deben saberlas.
-Oui, Monsieur -contestó el conserje, permitiéndose hacerme un guiño confidencial-. Pero quizá no se preocupan por ello. -Se inclinó sobre el mostrador y bajó el tono de su voz hasta convertirlo en un murmullo-: Algunos dicen que se ha llegado a una especie de acuerdo. Los yugoslavos son muy hábiles para identificar a los visitantes extranjeros por la forma de moverse y por las ropas que visten. Incluso pueden reconocerlos por la clase de zapatos que llevan. Se supone que se ha establecido un acuerdo porque únicamente atacan a los turistas y no les hacen nada a los ciudadanos locales.
-Sin duda alguna habrá otros que se quejen como yo -dije frunciendo el ceño-. En tal caso creo que la policía se vería obligada a hacer algo.
El gesto del conserje fue tan elocuente como sus palabras.
-Pero ¿qué pueden hacer? Esos yugoslavos actúan con rapidez, sin la menor advertencia. Desaparecen antes de que uno se dé cuenta de lo ocurrido, y nadie sabe adónde van. E incluso si uno consigue echarle mano a uno de ellos, ¿qué sucede entonces? Lo lleva uno a la comisaría y cuenta lo sucedido, pero luego resulta que el pequeño rufián no tiene ninguna cartera... Puede usted estar seguro de que se la pasaron a otro que echó a correr llevándose la prueba consigo. Por otro lado, el pequeño no sabe hablar ni comprender el francés, o al menos eso es lo que aparenta.
»De modo que los gendarmes no cuentan más que con la palabra del denunciante; ¿y qué van a hacei con un niño si no tienen pruebas, teniendo en cuenta que la ley prohíbe la detención y encarcelamiento de los menores de trece años? Todo forma parte del mismo esquema y, si me permite decirlo así, creo que es un esquema hermoso.
El fruncimiento de mis cejas le indicó que me faltaba sentido de apreciación por aquella clase de belleza, y no tardó en retirarse a una posición de seguridad detrás del mostrador, adoptando una actitud oficial cuando añadió:
-Mañana podrá informar sobre el robo de las tarjetas de crédito, aunque no creo que nadie sea lo bastante tonto como para arriesgarse a falsificar una firma. Es el dinero lo que les interesa.
-Tengo dinero depositado en la caja fuerte del hotel -dije.
-Très bien. En tal caso le voy a dar el mejor de los consejos. Ahora que ya sabe a qué atenerse, no creo que le vuelvan a asaltar. Simplemente, trate de alejarse de los lugares frecuentados por los turistas y evite utilizar el metro.
Me ofreció el consuelo de esa sonrisa que todos los conserjes de hotel reservan para casos de ascensores estropeados, equipajes perdidos, inexplicables fallos eléctricos o sanitarios atascados. Después, al ver que yo seguía con las cejas fruncidas, la sonrisa desapareció de su rostro.
-Por favor. Comprendo que haya sido una desagradable situación para usted, pero trate de aceptarlo como una experiencia más. Créame, no vale la pena seguir con el tema.
-Si la policía no está dispuesta a perseguir a esos niños... -dije, meneando la cabeza.
-¿Niños? -Su voz volvió a descender hasta convertirse en un murmullo-. Quizá no me haya expresado con claridad. Los yugoslavos no son niños ordinarios. Tal y como le he dicho, han sido entrenados por profesionales, es decir, por la clase de hombres capaces de comprar o robar a un niño, corromperlo y dedicarlo al crimen. Y no es fácil que esa clase de tipos se detengan simplemente en eso. He oído ciertos rumores, Monsieur, rumores que tienen un sentido muy terrible. Esos niños, como usted los llama, están completamente drogados. Conocen todo tipo de vicios y no saben nada de moral; llevan cuchillos, e incluso armas de fuego. A algunos de ellos les han enseñado a introducirse en las casas y, en caso de ser descubiertos, a matar. Sus maestros, desde luego, son mucho más peligrosos cuando uno se cruza con ellos. Le ruego, en bien de su propia seguridad, que se olvide de lo ocurrido esta noche y siga su camino.
-Muchas gracias por su consejo.
Conseguí dirigirle una sonrisa y, en efecto, seguí mi camino. Pero no olvidé lo sucedido.
No podía olvidar que me habían robado lo que era más precioso para mí.
Tras retirarme a mi habitación, coloqué ante el pomo de la puerta el cartel de «No molestar», y tras unos improvisados arreglos terminé por quedarme dormido.


A la noche siguiente ya estaba preparado y a la espera. Durante la noche, París es la Ciudad de la Luz, pero también es la ciudad de las sombras. Y fue en las sombras donde me dediqué a esperar, y más exactamente entre las sombras de las arcadas de la Rue de Rivoli. Me había puesto deliberadamente un traje negro, destinado a confundirse con el fondo oscuro. Pasaría desapercibido si los depredadores volvían a buscar una presa nueva.
De algún modo, estaba convencido de que volverían. Mientras permanecía apoyado contra un pilar, observando a los viandantes ocasionales que pasaban, hice un esfuerzo por ver a las presas con los ojos de los cazadores.
¿Quién sería la próxima víctima? Ese grupo de japoneses no se merecían más que una mirada de desprecio; no era prudente desafiar a todo un grupo. Siguiendo la misma regla, tampoco se haría nada contra los que fueran en pareja. E incluso los viandantes solitarios estarían seguros si eran personas atléticas o sus ropas les identificaban como ciudadanos locales.
Lo que los cazadores buscaban era a alguien como yo mismo, alguien vestido con ropas de corte extranjero, preferiblemente viejo y evidentemente solo. Alguien como el caballero de pelo gris que se aproximaba ahora, contemplando los escaparates de una serie de tiendas que ya estaban cerradas. Era bajo de estatura, de constitución ligera y su paso incierto indicaba o bien un deterioro físico o una ligera intoxicación alcohólica. Un viandante solitario en una calle desierta... era el objetivo perfecto para el ataque.
Y el ataque se produjo.
Desde la profunda oscuridad de un portalón frente a la arcada surgieron de pronto los yugoslavos, bailoteando, gritando y gesticulando, rodeando repentinamente a la asombrada víctima.
Lo rodearon, con las manos extendidas, confundiéndolo con sus gritos, manoseándolo al mismo tiempo.
Ahora vi la táctica que seguían y reconocí los papeles que jugaba cada uno de ellos. Ahí estaba el dedicado a besar la mano, al tiempo que pedía una limosna; allí los otros dos que se dedicaban a estirarle cada uno de un brazo, desde atrás; ahí estaba también el mayor de los chicos, blandiendo el periódico plegado, disponiéndose a lanzarlo contra el pecho del viejo, mientras su cómplice se acercaba a la chaqueta abierta desde abajo. El sexto y más pequeño de la banda permanecía detrás de él, simplemente quieto, en posición. En cuanto le quitaran la cartera se la pasarían y mientras los demás continuaban con sus maniobras de distracción un momento más, antes de desparramarse, el más pequeño echaría a correr para ponerse a salvo.
Todo el espectáculo resultaba brillante en su sencillez, y concebido con tal inteligencia que el pobre caballero apenas se daría cuenta de la pérdida hasta que ya fuera demasiado tarde.
Pero yo me di cuenta... y actué.
En el momento en que los ladronzuelos le rodearon, avancé con rapidez y sin hacer ruido. Enfrascados en su griterío, no se dieron cuenta de mi aproximación. Me moví por detrás del más joven, el que esperaba recibir la cartera. Le agarré por el brazo que tenía levantado, sujetándoselo por detrás de la espalda y lo arrastré, alejándolo hacia las sombras. Me miró y mi mano libre se afianzó alrededor de su boca abierta antes de que pudiera lanzar ningún grito.
Trató de morderme, pero mis dedos se apretaron con más fuerza contra su boca. Intentó pegarme patadas, pero le retorcí aún más el brazo doblado y le hice perder el equilibrio, trastabillando sobre el pavimento a medida que nos alejábamos de la arcada en sombras, dirigiéndonos hacia la cercana esquina.
Allí tenía aparcado mi coche de alquiler. Abrí la puerta y lo introduje en el asiento delantero. Antes de que pudiera volverse, saqué las esposas de mi bolsillo y Jas cerré alrededor de sus muñecas, mantenidas a la espalda.
Cerré la puerta del acompañante, rodeé el coche con rapidez y entré por la otra puerta, sentándome ante el volante. Segundos más tarde nos movíamos para perdernos en el tráfico de la ciudad.
Con las manos bien sujetas a la espalda mi prisionero se retorcía inútilmente a mi lado. Ahora podía gritar todo lo que quisiera. Y así lo hizo.
-¡Basta! -le ordené-. Nadie puede escucharte con las ventanillas cerradas.
Al cabo de un instante, obedeció. Cuando nos metimos por una calle lateral, me miró fijamente y resolló:
-Merde!
-De modo que hablas francés, ¿verdad? -le pregunté, sonriendo.
No hubo respuesta alguna. Pero cuando el coche giró de nuevo entrando en una de las estrechas calles que salían de la Rue St. Roch, la mirada de sus ojos era cautelosa.
-¿Adónde vamos?
-Eso es algo que tú mismo debes contestar.
-¿Qué quiere decir?
-Espero que seas lo bastante bueno como para dirigirme al lugar donde pueda encontrar a tus amigos.
-¡Váyase al infierno!
-Au contraire -dije, sonriendo de nuevo-. Si no cooperas, y con rapidez, te pegaré un buen golpe en la cabeza y abandonaré tu cuerpo en el Sena.
-¡Viejo bastardo..., no puede asustarme!
Levantando la mano derecha del volante le di un fuerte bofetón en la boca, haciéndole retroceder contra el asiento.
-Eso sólo es una muestra -le dije-. La próxima vez no seré tan suave.
Mi mano se convirtió en puño, la volví a levantar y el pequeño se encogió.
-¡Dímelo! -le ordené.
Y lo hizo.
El golpe recibido en la boca pareció haberle desatado la lengua porque empezó a contestar a mis preguntas, al tiempo que yo hacía girar el coche, cruzaba un puente y penetraba en la Orilla Izquierda.
Cuando me dijo cuál era nuestro destino y me describió cómo llegar a él, confieso que me quedé sorprendido. La distancia era mucho mayor de lo que había supuesto, y no sería fácil descubrir el lugar, pero seguí sus indicaciones sobre un mapa mental. Mientras tanto, estimulé a Bobo para que hablara.
Ése era su nombre..., Bobo. Si tenía algún otro, aseguró no saberlo y yo le creí. Tenía nueve años de edad, pero ya hacía tres que estaba en la banda, desde que su jefe le había secuestrado en las calles de Dubrovnik trayéndolo aquí, a París, por una larga ruta ilegal, escondido en el fondo de un camión.
-¿Dubrovnik? -pregunté, asintiendo con un gesto-. Entonces, eres realmente yugoslavo. ¿Qué me dices de los otros?
-No lo sé. Proceden de todas partes, allí donde los encontrara él.
-¿Te refieres a vuestro jefe? ¿Cómo se llama?
-Le llamamos Le Boss.
-¿Fue él quien los enseñó a robar así?
-Nos ha enseñado muchas cosas -contestó Bobo dirigiéndome una mirada de soslayo-. Escúcheme, viejo... si él está allí habrá muchos problemas. Será mejor que me deje marchar.
-No hasta que recupere mi cartera.
-¿Su cartera? -Sus ojos se abrieron como platos, luego se estrecharon y me di cuenta de que acababa de reconocerme como su víctima de la noche anterior-. Si cree usted que Le Boss le va a devolver su dinero es que es tonto.
-No soy tonto, y no me importa el dinero.
-¿Sus tarjetas de crédito? No se preocupe. Le Boss no trata nunca de utilizarlas. Es demasiado arriesgado.
-Tampoco es por las tarjetas. Había algo más. ¿No lo viste?
-Yo no llegué a tocar su cartera. Anoche fue Pepe quien se encargó de llevarla a la camioneta.
Según me dijo, la camioneta siempre estaba aparcada a la vuelta de la esquina del lugar en que operaba la banda. Y después de cometido el robo era allí adonde huían. Le Boss esperaba ante el volante, con el motor en marcha; la propiedad robada se la entregaban inmediatamente, al tiempo que se dirigían hacia zonas más seguras.
-De modo que la cartera la tiene ahora Le Boss -dije.
-Quizá. A veces coge el dinero y tira la cartera en cualquier parte. Pero si como usted dice contenía algo más que dinero y tarjetas de crédito... -Bobo dudó un momento, mirándome, antes de preguntar-: ¿Qué es lo que anda buscando?
-Eso es algo que discutiré con Le Boss cuando le vea.
-¿Diamantes, quizá? ¿Es usted un contrabandista?
-No.
Abrió mucho los ojos y asintió rápidamente con un gesto.
-¿Cocaína? No se preocupe, yo mismo le conseguiré la que quiera, no es ningún problema... Buen material y no la mierda que cortan para el comercio callejero. Toda la que usted quiera, y a buen precio.
-Deja de imaginar cosas -le dije, moviendo la cabeza-. Sólo hablaré con Le Boss.
Pero Bobo siguió mirándome mientras yo conducía hacia las zonas suburbanas residenciales e industriales, atravesando unos terrenos libres de edificios. Me metí por un camino lateral sin asfaltar que bordeaba la orilla desierta del río. No había ninguna luz, ni viviendas, ni signos de vida..., únicamente sombras, silencio y árboles que balanceaban sus ramas altas.
Bobo se estaba poniendo nervioso, pero ahora forzó una sonrisa.
-Eh, viejo..., ¿le gustan las chicas? Le Boss consiguió una el otro día.
-No me interesa.
-Quiero decir chicas pequeñas. Carne fresca, de sólo cinco o seis años...
Negué de nuevo con un gesto y el rapaz se me acercó en el asiento e insistió:
-¿Qué me dice de chicos? Soy muy bueno, ya lo verá. Hasta Le Boss lo dice...
Se acurrucó contra mi; tenía las ropas sucias y olía a sudor y ajo.
-No te molestes -le dije, apartándolo de un empujón.
-Está bien -murmuró-. Pensé que si llegábamos a un acuerdo dejaría de intentar encontrar a Le Boss. Con eso no va a conseguir más que empeorar las cosas para usted, y no tiene sentido que le hagan daño.
-Agradezco tu preocupación -dije, sonriéndole -. Pero no es por mí por quien te preocupas. Tú serás el que recibas un buen castigo por traerme hasta vuestra guarida, ¿no?
Me miró fijamente sin contestar, pero leí la respuesta en sus ojos, llenos de temor.
-¿Qué te hará? -pregunté.
El temor volvió a surgir en su voz.
-Por favor, Monsieur, ¡no le diga cómo consiguió llegar hasta aquí! Haré todo lo que usted quiera, todo...
-Harás exactamente lo que yo te diga -le espeté.
Volvió a quedarse mirando hacia adelante, y de nuevo leí en sus ojos..
-¿Hemos llegado? -pregunté-. ¿Es éste el sitio?
-Oui, pero...
-Cállate.
Apagué el motor y las luces, pero no antes de que la luz me permitiera descubrir por un instante la orilla del río al otro lado del camino vecinal. A través de la maraña de árboles y matojos pude ver la camioneta aparcada, medio oculta entre las sombras que había delante. Más allá, cruzando el río, vi un antiguo puente de madera destinado a peatones, la estrecha y casi desmoronada reliquia de tiempos pasados.
Bajé del coche, rodeándolo hasta el otro lado y abrí la puerta, cogiendo del cuello a mi prisionero.
-¿Dónde están? -susurré.
-Al otro lado. -La voz de Bobo sonó débil pero la aprensión que denotaba era fuerte-. ¡No me obligue a llevarlo hasta allí, por favor!
-Cierra la boca y ven conmigo.
Le arrastré hacia los árboles y me detuve para contemplar la vieja estructura del puente. El propósito para el que había servido en el pasado ya hacía tiempo que se había olvidado, lo mismo que el gran óvalo de la otra orilla, que se abría cerca del borde del agua.
Pero Le Boss no lo había olvidado. Antiguamente, este gran conducto circular formó parte del primitivo sistema de alcantarillado de París. Enterradas en las profundidades, docenas de ramales se conectaban, convergiendo en una sola cloaca gigantesca que vertía sus residuos en las aguas situadas río abajo. Ahora, los canales interiores habían sido cerrados, dejando el túnel principal seco, aunque no desierto. Porque era aquí, dentro de un circulo de metal de unos siete metros de diámetro, donde Le Boss encontraba protección a las miradas indiscretas, al otro lado del camino vecinal en desuso y del puente abandonado.
La enorme abertura parecía la boca de entrada al infierno y en su interior se veían los fuegos del infierno.
En realidad, lo que me parecieron fuegos no eran más que el producto de unas velas encendidas colocadas en nichos alrededor de la base del túnel. Comprendí que no sólo tenían un valor práctico, sino también precavido, ya que se las podría apagar inmediatamente en caso de alarma.
¿Alarma?
Agarré a Bobo aún más fuerte por el cuello.
-El vigilante -murmuré-. ¿Dónde está?
De mala gana, el chico extendió un dedo en dirección a un borde alto y destartalado situado en el lado dcl puente. Distinguí entre las sombras una pequeña figura acurrucada entre brotes de vegetación.
-Sandor -me dijo mi prisionero-. Está dormido.
-¿Y qué me dices de Le Boss y de los otros? -pregunté, levantando la mirada.
-Están dentro de la cloaca. Más adentro, allí donde nadie puede verles.
-Bien. Ahora entrarás tú.
-¿Solo?
-Sí, tú solo.
Cogí la llave y le abrí las esposas, aunque no le solté del cuello. El chico se frotó las muñecas irritadas.
-¿Y qué es lo que debo hacer?
-Dile a Le Boss que te cogí en la calle, pero que conseguiste escapar y echar a correr.
-¿Y cómo explico que conseguí llegar aquí?
-Quizá hiciste autoestop.
-¿Y después...?
-No te diste cuenta de que te seguía..., hasta que volví a cogerte aquí. Dile que estoy esperando a este lado del río hasta que me traigas la llave que ando buscando. Una vez la tenga en mi poder me marcharé... sin hacer preguntas, sin causar ningún daño.
-Suponga que él no tiene la llave -dijo Bobo, frunciendo el ceño.
-La tendrá -le dije-. Mira, es una vieja llave de latón, pero el mango tiene la forma del blasón de mi familia. Y montado en el blasón hay un gran rubí.
-¿Y qué pasa si él arrancó el rubí y tiró la llave? -preguntó el chico sin dejar de fruncir el ceño.
-Es posible -admití, encogiéndome de hombros-. Pero será mejor que reces para que no haya sucedido así. -Mis dedos se hundieron un poco más en su cuello-. Quiero esa llave, ¿comprendido? Y la quiero ahora.
-¡Pero él no se la va a dar! ¡No Le Boss! ¿Por qué iba a dársela?
Por toda contestación empujé al chico hacia el adormilado vigilante, medio oculto entre los arbustos. Metí la mano en el bolsillo y saqué un cuchillo. En el instante en que Bobo abría la boca, sorprendido, le pegué una patada a la figura acurrucada. El otro parpadeó y se sentó rápidamente. Después se quedó helado cuando le apreté la punta de la hoja contra el cuello.
-Dile que si no me trae la llave dentro de cinco minutos le cortaré el cuello a Sandor.
Sandor me creyó. Lo sé porque empezó a temblar. Y Bobo también me creyó, porque cuando le solté del cuello echó a correr hacia el puente.
Ahora sólo quedaba por dilucidar una cuestión: ¿me creería también Le Boss?
Sinceramente, confiaba que así fuera. Pero, por el momento, lo único que podía hacer era esperar pacientemente. Obligué al tembloroso Sandor a levantarse y le empujé delante de mi para situarme al borde del puente, mirando hacia el otro lado, al tiempo que Bobo llegaba hasta la boca de la cloaca, que se lo tragó. Yo seguí esperando.
La noche estaba en silencio, a excepción de la ronca respiración de Sandor. Ningún sonido surgió de la gran boca ovalada de la cloaca, al otro lado del río, y mi visión, por la lejanía. no alcanzaba a ver su interior.
Pero el reflejo de la luz me sirvió para estudiar a mi nuevo prisionero. Al igual que Bobo, tenía el cuerpo de un niño, pero el rostro que me contemplaba me pareció incongruentemente avejentado..., no por las arrugas, sino por la línea delgada de sus labios apretados, los huecos existentes bajo los pómulos sobresalientes y los hundidos círculos que rodeaban sus ojos. También eran unos ojos de viejo, como los de alguien que ha visto mucho más de lo que un niño podría haber visto. Leí en ellos un sometimiento momentáneo, pero sabía que eso no era más que una reacción superficial. Por detrás percibí un brillo frío, una fuerza cruel gobernada no por la inteligencia, sino por el instinto animal, completamente desarrollado, listo para soltarse. Y, en efecto, era como un animal, me dije a mí mismo; un depredador que vivía en una cueva, ávido de satisfacer apetitos atávicos perennes.
No había nacido así, desde luego. Había sido Le Boss quien transformó la inocencia de la infancia en el impulso amoral que erradicó todo signo de humanidad para dejar surgir la bestia que había debajo.
Le Boss. ¿Qué estaría haciendo ahora? Seguramente, Bobo le habría encontrado ya y le habría contado su historia. ¿Qué estaría ocurriendo? Mantuve cerca a Sandor, a punta de cuchillo, vigilando la oscilación de las luces y las profundidades de las sombras en la enorme mandíbula del túnel.
Entonces, de repente y por sorpresa surgió un grito de la boca de metal.
El alto eco desgarrador se elevó sólo durante un instante antes de desvanecerse en el silencio, pero reconocí la fuente de la que procedía.
Agarré a Sandor por el cuello y le apreté aún más la hoja del cuchillo. Empecé a caminar hacia el puente.
-¡No! -exclamó con un estremecimiento-. No lo haga...
Ignoré su ruego quejumbroso, sus mutiles esfuerzos por liberarse. Le empujé hacia adelante y crucé la vacilante estructura, sin apartar la mirada de las oscuras profundidades que había al otro lado, y enfocando toda mi visión y atención en la abertura que tenía delante.
Pasé entre las oscilantes luces de las velas colocadas a ambos lados y me metí en aquella enorme abertura, llevando a Sandor por delante. Ahora muy consciente del hedor a putrefacción que salió a recibirme desde el oscuro interior, consciente del sonido de otros pasos contra la redondeada superficie de metal. Pero dirigí toda mi atención hacia otra parte.
Un montón oscuro de harapos aparecía tumbado sobre la base curvada del túnel. Sin dejar de observarlo mientras nos aproximábamos, me di cuenta de que me había equivocado. Los harapos no eran otra cosa más que una vieja manta bajo la que se delineaba una figura retorcida.
Bobo también había cometido un error, porque era su cuerpo el que aparecía allí tendido, inmóvil. El ángulo grotesco de su cuello y el fragmento de hueso que surgía de su brazo tendido en una posición extraña, me indicaron que se había caído desde lo alto. O quizá lo habían arrojado desde allí.
Mis ojos buscaron el redondeado techo de la cloaca. Tal y como había calculado, debía de tener sus buenos siete metros, pero no tuve que recorrer toda la parte superior con la mirada para confirmar mi suposición sobre la suerte corrida por Bobo.
Justo delante de mí, a la izquierda de la redondeada pared metálica había una escalera de madera apoyada contra el lado de un amplio andamio, montado de modo aparentemente provisional, que se elevaba quizá unos cuatro metros desde la base de la cloaca. Aquí había velas fijas a intervalos regulares sobre las estacas, iluminando un gran montón de equipajes de mano, mochilas, carteras de mano, cajas, bolsas, bolsos, ropas y artículos diversos, que configuraban el montón de objetos robados por los ladrones.
Y allí, en cuclillas sobre un colchón ajado, en medio de un montón de botellas vacías, estaba el propio Le Boss.
No cabía la menor duda en cuanto a su identidad; le reconocí por su sonrisa burlona, por la fría manera despreocupada con la que se incorporó para enfrentarse a mí después de que yo forzara a Sandor a subir la escalera y la plataforma.
El hombre que se encontraba vacilando ante nosotros era un monstruo. Siento tener que utilizar ese término, pero no existe ninguna otra palabra capaz de describirlo. Le Boss medía más de uno ochenta de altura, y las piernas enfundadas en los pantalones sucios y arrugados aparecían inclinadas y dobladas bajo la inmensidad de la carga que debían soportar. Debía de pesar más de ciento cincuenta kilos, y la grasa que se abultaba en su vientre voluminoso y en su torso era casi obscena en su abundancia. Sus enormes manos terminaban en dedos tan gruesos como salchichas.
No llevaba camisa bajo la chaqueta estrecha que vestía, y de una cuerda que colgaba alrededor del grueso cuello pendía un silbato, que le caía sobre el pecho desnudo. Tenía la cabeza en forma de bala y era calvo. De hecho no mostraba un solo pelo..., ni la menor señal de cejas por encima de las pupilas de aspecto hipertiroideo, ni pestañas que protegieran las cuencas de los ojos enrojecidos. Las mejillas porcinas y la papada no mostraban señal alguna de barba, y sus carnosos pliegues eran blancos como los de un gusano a la luz de las velas, que lanzaban reflejos contra los ojos diminutos y leonados.
No necesité una segunda mirada para confirmar mis sospechas sobre lo que había sucedido antes de mi llegada; la escena que me imaginé mentalmente se había hecho realidad. La llegada de Bobo, la respiración entrecortada, la balbuciente narración de su historia, la reacción de su jefe, mezcla de incredulidad y cólera, la explosión de furia incontenible con la que debió de agarrar al pobre chico para arrojarlo desde la plataforma, estrellándolo como una botella vacía contra el suelo de la cloaca... Lo vi todo demasiado vívidamente.
Le Boss me dirigió una mueca sonriente, sus carnosos labios se abrieron, poniendo al descubierto los muñones amarillentos de sus dientes podridos.
-¿Y bien, viejo?
Me habló en francés, pero su voz mostraba un extraño acento; de hecho, podía ser perfectamente un yugoslavo. Hice un esfuerzo por mirarle directamente a los ojos.
-Ya sabe por qué estoy aquí -le dije.
-Algo sobre una llave -asintió-. Yo la tengo.
-Su banda de ladrones me la robó. Pero es de mi propiedad.
-Ahora es propiedad mía -dijo, ampliando la mueca. Su profunda voz retumbaba con un acento burlón-. Suponga que no estoy dispuesto a devolvérsela.
Por toda contestación le mostré a Sandor, delante de mí, y levanté el cuchillo, apretándolo contra su cuello. Mi prisionero tembló y emitió una especie de lloriqueo cuando la hoja se apretó más contra él. Le Boss se limitó a encogerse de hombros.
-Tendrá que hacer algo mejor que eso, viejo. La vida de un niño no es nada importante para mí.
-Ya lo veo -repliqué, mirando el cuerpo de Bobo, tendido allá abajo. Tratando de ocultar mi reacción, me enfrenté de nuevo con él-. Pero ¿dónde están los otros?
-Jugando, supongo.
-¿Jugando?
-¿Eso le parece extraño, viejo? A pesar de lo que pueda creer, tengo cierta compasión. Después de todo, sólo son niños. Trabajan muy duro, y se merecen la recompensa del juego.
Le Boss se volvió, señalando hacia la lejana oscuridad del interior de la cloaca. Mis ojos siguieron la dirección de su gesto y, por primera vez, percibí el movimiento en la semipenumbra. Hasta mí llegaron unos sonidos débiles, que ahora identifiqué como risas infantiles. Pequeñas figuras se movían al fondo, siluetas que aparecían blanquecinas entre las sombras.
Los yugoslavos estaban desnudos y se dedicaban a jugar. Conté cuatro figuras retorciéndose y arrastrándose por el suelo, al fondo del túnel.
Pero ¡un momento! Había una quinta figura, algo más pequeña que las otras, que se inclinaban sobre ella y se reían al tiempo que manoseaban la temblorosa configuración de su pelo rubio. Por encima de todo ello, percibí el sonido de los jadeos, y en mi mente resonó el eco de la voz de Bobo.
«Eh, viejo..., ¿le gustan las chicas?... Carne fresca, de sólo cinco o seis años...»
Ahora lo comprendía todo con claridad. Dos de los chicos sostenían a la víctima en el suelo, con las piernas abiertas e indefensa, mientras los otros dos..., pero no, no voy a describir lo que estaban haciendo.
Aparté la mirada y volví a enfrentarme con la sonrisa de Le Boss. De algún modo, me pareció mucho más horrible que la escena que se desarrollaba allá abajo. Le Boss agarró una botella apoyada contra el montón de objetos que había junto a él y bebió antes de hablar.
-Se siente angustiado, ¿verdad?
-No tanto como lo estará usted a menos que me devuelva mi llave -le repliqué.
-Con amenazas vacías no conseguirá más que manos vacías -me dijo sin dejar dc sonreír.
-No tengo las manos vacías.
Apreté el cuchillo contra el cuello de Sandor, rasgando ligeramente la carne, y el chico lanzó un grito de terror. Le Boss se encogió de hombros.
-Adelante. Ya le he dicho que no me importa.
Por un momento permanecí sin saber qué hacer. Después, con un suspiro, aparté el cuchillo de Sandor y solté su cuello sudoroso. El muchacho se volvió y echó a correr hacia la escalera, situada detrás de mí. Poco después escuché sus precipitados pasos a medida que descendía los escalones de madera. Afortunadamente, ese sonido apagó las risas que me llegaban desde abajo. Le Boss asintió con un gesto.
-Eso está mucho mejor. Ahora podemos discutir la situación como caballeros.
-No mientras yo tenga esto y usted mi llave -dije, levantando el cuchillo.
-¿Más amenazas vacías?
-Mi cuchillo habla por mí -dije, avanzando un paso al mismo tiempo.
-Le juro que no sé qué hacer con usted, viejo -dijo con una risa sofocada-. O es un verdadero estúpido, o es muy valiente.
-Quizá ambas cosas.
Levanté un poco más la hoja, pero él detuvo mi avance con un gesto rápido.
-Ya está bien -resolló. Se volvió, se inclinó y metió la mano en un montón de chales, pañuelos y bolsos que había tras él. Cuando se volvió a incorporar tenía la llave en la mano-. ¿Es esto lo que anda buscando?
-Sí. Sabía que usted no lo desdeñaría.
Se quedó mirando fijamente la piedra roja que brillaba débilmente desde el mango con el blasón.
-Nunca desprecio nada valioso.
-Únicamente las vidas humanas -repliqué.
-No me venga con sermones, viejo. No me interesa su filosofía.
-Ni a mí la suya. -Extendí la mano, con la palma hacia arriba-. Todo lo que quiero es recuperar mi llave.
-No tan rápido -dijo, retirando su mano-. Supongamos que me cuenta por qué quiere recuperarla.
-No es por el rubí -le dije-. Adelante, arránquelo si quiere.
-Es un pobre ejemplar -dijo Le Boss volviendo a reír-. Bastante grande, pero imperfecto. Es la llave lo único que le interesa, ¿eh?
-Naturalmente, tal y como le dije a Bobo, abre la puerta de mi finca en el campo.
-¿Y dónde está esa finca?
-Cerca de Bourg-la-Reine.
-Eso no está muy lejos de aquí. -Los pequeños ojos se estrecharon-. Con la camioneta podríamos estar allí en una hora.
-Eso no serviría de nada -le dije-. Quizá la palabra «finca» no sea la más adecuada. Se trata de un lugar pequeño donde no hay nada que le pueda interesar a usted. Los muebles son viejos, pero no alcanzan la categoría de antigüedades. La casa ha estado abandonada durante años desde que le hice mi última visita. Tengo propiedades en otras partes del continente donde paso buena parte de mi tiempo. Pero como voy a estar aquí varias semanas por asuntos de negocios, prefiero estar rodeado de un ambiente familiar.
-Conque otras propiedades, ¿eh? -Le Boss jugueteó con la llave-. Debe de ser usted bastante rico, viejo.
-Eso no es asunto suyo.
-Quizá no, pero sólo estaba pensando. Si tiene usted dinero, ¿por qué no dirigir sus asuntos con toda comodidad desde un hotel en París?
-Es una cuestión sentimental... -dije, encogiéndome de hombros.
-¿De veras?
Me observo atentamente y en el intervalo que transcurrió antes de que hablara me di cuenta de que los sonidos de allí abajo habían cesado. Mi voz rompió el repentino silencio.
-Le aseguro...
-Au contraire. Usted no me asegura nada en absoluto -se burló Le Boss-. Si es usted propietario de una finca, lo importante es la llave de la casa, y no la llave de entrada a la propiedad. Cualquier cerrajero podría abrírsela sin necesidad de tener esta llave en particular. -Contempló la llave de latón, el apagado brillo del rubí incrustado en el mango con el blasón y añadió-: A menos que, después de todo, no sea la llave de una puerta. A mí más bien me parece la llave de una caja fuerte, o incluso de una de las habitaciones de la casa en la que puede haber objetos valiosos.
-Sólo es la llave de la puerta de acceso a la propiedad. -Volví a extender una mano mientras sostenía el cuchillo con la otra-. Pero la quiero... ahora.
-¿Sería suficiente para matar? -me preguntó, desafiante.
-Si es necesario...
-Se lo voy a evitar. -Sonriendo, Le Boss se inclinó de nuevo sobre el montón de ropas. Cuando se incorporó y se volvió para mirarme, sostenía un revólver en la mano-. Deje caer ese cepillo de dientes -me ordenó, levantando el arma para reforzar la orden.
Suspirando, abrí la mano y el cuchillo cayó, saltando sobre el lado de la plataforma abierta, hasta la superficie de la cloaca, más abajo. Estimulado por un ciego impulso, me giré rápidamente. Si pudiera llegar hasta la escalera...
-¡Quédese donde está!
No fueron sus palabras las que me detuvieron, sino el sonido metálico del arma. Me volví con lentitud, situado, como estaba, frente al cañón de su revólver.
-Eso está mejor -dijo.
-No se atreverá usted a matarme..., no a sangre fría.
-Dejemos que eso lo decidan los chicos.
Le Boss se llevó la mano al silbato que le colgaba del cuello. Se lo metió en los carnosos labios y sopló.
El sonido ensordecedor produjo ecos y reverberó contra las redondas paredes de metal, junto a mí y por debajo. Después, se escucharon los murmullos de respuesta, el repentino golpetear de los pasos que se acercaban. Miré hacia abajo por el rabillo del ojo y vi las cuatro figuras desnudas..., no, ahora había cinco, incluyendo a Sandor, completamente vestido, que se movían hacia la plataforma sobre la que nos encontrábamos.
Una vez más, conjuré en mi mente una visión del infierno, de demonios que bailaban sobre las llamas. Pero las llamas no eran más que la luz emitida por las velas, y los cuerpos de los que se movían allí abajo pertenecían a niños. Únicamente sus risas eran lo demoníaco. Sus risas y sus rostros, brillantes y contorsionados.
Al aproximarse, pude echar un vistazo a lo que traían en las manos. Sandor había recogido el cuchillo del lugar donde había caído, y los otros empuñaban sus propias armas, un mazo, un bastón de madera, un trozo de tubería de acero, una botella de vino rota por la mitad. Le Boss volvió a reír socarronamente y dijo:
-Ha llegado la hora de jugar.
-¡Dígales que se alejen! -grité-. Le advierto...
-No vale la pena, viejo -dijo Le Boss meneando la cabeza.
«Viejo», me había vuelto a llamar viejo. Creo que eso fue lo que me impulsó. No fue la amenaza del revólver, ni la vista de aquellas aterradoras y pequeñas criaturas. Fue simplemente esa palabra, el desprecio con que había sido repetida una y otra vez.
Sabía lo que él estaba pensando: una víctima anciana, desarmada, impotente, atrapada y dispuesta para el tormento. Y en buena medida tenía razón. No tenía armas, era viejo y estaba atrapado.
Pero no era impotente.
Cerré los ojos y me concentré. Hay silbidos subsónicos que no producen ningún sonido audible, y hay formas de llamadas que no requieren ni siquiera un silbido. Y hay algo más que sabandijas humanas infestando las cloacas abandonadas, acechando desde los rincones más oscuros de los túneles, pero capaces de responder a ciertas órdenes.
Y la respuesta se produjo casi instantáneamente.
Llegó en forma de un rumor de pisadas, de ruidos débiles magnificados por el número concentrado. Llegó en forma de chirridos y crujidos. al principio como ecos procedentes desde cierta distancia, pero formando después una cacofonía cada vez más cercana, a medida que contestaban a mi llamada.
Los yugoslavos habían alcanzado ya la escalera, en el extremo más alejado de la plataforma. Vi a Sandor subir los peldaños superiores, con el cuchillo apretado entre los dientes. Le vi detenerse de pronto, cuando él también escuchó el repentino tumulto. Detrás de Sandor, sus compañeros se volvieron para buscar su fuente de procedencia.
Entonces gritaron, primero llenos de sorpresa, a continuación alarmados, a medida que la oleada gris surgía, acercándose a ellos, a lo largo de toda la longitud de la cloaca. La oleada gris, moteada por cientos de ojos rojos y brillantes y miles de dientes diminutos.
La oleada avanzó arremolinándose alrededor de los pies y los tobillos de los yugoslavos, que estaban en la escalera, subiendo y abriéndose paso hacia sus piernas y rodillas. Gritando, trataron de defenderse con sus armas, intentando rechazar el ataque, pero la oleada continuó adelante y hacia arriba. Unas formas peludas subieron más, hundiendo las garras en los pechos, penetrando con los dientes en los cuerpos. Sandor terminó de subir la escalera ayudándose con ambas manos, pero los ojos rojos que había bajo él le siguieron, y las formas grisáceas se lanzaron desde detrás sobre su espalda desprotegida, cubriéndola con un manto de pequeños cuerpos agitados.
Ahora, el vocerío procedente de abajo quedó ahogado por los gritos agudos de Sandor. El cuchillo se le cayó de entre los labios al gritar y hundirse entre la masa que se retorcía sobre él y que ya había devorado a sus compañeros. Con expresiones de estupor y desamparo, sus rostros desaparecieron de la vista tragados por la creciente oleada gris.
Sucedió todo con tal rapidez que Le Boss, cogido por sorpresa, todavía contemplaba en un atónito silencio la carnicería que se había producido. Entonces, fui yo quien elevó la voz por encima de la confusión.
-La llave -grité-. Déme la llave.
Por toda contestación levantó la mano..., no la que tenía la llave, sino la que sostenía el arma.
Los dedos le temblaban, y el cañón osciló mientras yo le miraba fijamente. Aun así, comprendí que no podía fallar a tan corta distancia. Y no falló.
Cuando apretó el gatillo los disparos se produjeron en una rápida sucesión. Apenas si fueron audibles en el rugido que sonaba en el interior del túnel, pero sentí su impacto cuando las balas me golpearon el pecho y el torso.
Continué avanzando, acercándome más, escuchando el clic final e inútil mientras él seguía apretando el gatillo de su revólver ya vacío. Mirándome, con los ojos enrojecidos por la cólera, me lanzó el arma contra la cabeza. Pasó silbando junto a mí, y ahora ya no le quedaba nada a lo que agarrarse, excepto la llave. Sus manos temblaban inconteniblemente.
Extendí la mano.
Le cogí la llave de su zarpa grasosa y miré fijamente su rostro, de expresión frenética. Quizá debería haberle dicho que su suposición era correcta: la llave no servía para abrir la puerta de una propiedad. Podría haberle explicado que el rubí del mango... era el símbolo de un linaje tan antiquísimo que aún conservaba la vieja costumbre de mantener una tumba en la propiedad. La llave me permitía el acceso a esa tumba; no es que lo necesitara realmente; la rama de mi linaje disponía de otros muchos lugares en los que descansar, y durante mis viajes siempre llevaba conmigo lo necesario como para poder descansar temporalmente por mis propios medios. Pero durante mi estancia aquí esa tumba era práctica, al mismo tiempo que privada. Llamar a un cerrajero habría sido una tontería y habría presentado muchos inconvenientes, y a mí no me gustan los inconvenientes.
Le podría haber dicho todo eso, y mucho más. Pero en su lugar me guardé la llave con el gran rubí de color apagado, que era como una gota de sangre.
Al hacerlo, me di cuenta de que los chirridos y crujidos de abajo se habían desvanecido, convirtiéndose en otros sonidos de garras destrozando ropas, y dientes royendo huesos.
Incapaz de hablar, incapaz de moverse, Le Boss esperó que me acercara. Cuando le agarré por los hombros, creo que estuvo a punto de desvanecerse, ya que después sólo quedó un peso muerto desplomado sobre el suelo de la plataforma.
Por debajo, mis hermanos saciaban su apetito, festejándose con los cuerpos de los yugoslavos.
Me incliné hacia el grueso cuello que tenía debajo y yo también, a mi manera, tuve mi festín.
¡Qué tontas habían sido aquellas criaturas que se creyeron tan listas! Quizá pudieran engañar a otros, pero sus pequeños trucos no podían hacer nada contra mí.
Después de todo, sólo eran yugoslavos.
Yo, en cambio, procedo de Transilvania.