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Cómo Ocurrió - Isaac Asimov


Mi hermano empezó a dictar en su mejor estilo oratorio, ese que hace que las tribus se queden aleladas ante sus palabras.

-En el principio -dijo-, exactamente hace quince mil doscientos millones de años, hubo una gran explosión, y el universo...

Pero yo había dejado de escribir.
-¿Hace quince mil doscientos millones de años? -pregunté, incrédulo.
-Exactamente -dijo-. Estoy inspirado.
-No pongo en duda tu inspiración -aseguré. 

(Era mejor que no lo hiciera. Él es tres años más joven que yo, pero jamás he intentado poner en duda su inspiración. Nadie más lo hace tampoco, o de otro modo las cosas se ponen feas.)

-Pero ¿vas a contar la historia de la Creación a lo largo de un período de más de quince mil millones de años?
-Tengo que hacerlo. Ese es el tiempo que llevó. Lo tengo todo aquí dentro -dijo, palmeándose la frente-, y procede de la más alta autoridad.

Para entonces yo había dejado el estilo sobre la mesa.
-¿Sabes cuál es el precio del papiro? -dije.
-¿Qué?

(Puede que esté inspirado, pero he notado con frecuencia que su inspiración no incluye asuntos tan sórdidos como el precio del papiro.)

-Supongamos que describes un millón de años de acontecimientos en cada rollo de papiro. Eso significa que vas a tener que llenar quince mil rollos. Tendrás que hablar mucho para llenarlos, y sabes que empiezas a tartamudear al poco rato. Yo tendré que escribir lo bastante como para llenarlos, y los dedos se me acabarían cayendo. Además, aunque podamos comprar todo ese papiro, y tú tengas la voz y yo la fuerza suficientes, ¿quién va a copiarlo? Hemos de tener garantizados un centenar de ejemplares antes de poder publicarlo, y en esas condiciones ¿cómo vamos a obtener derechos de autor?

Mi hermano pensó durante un rato. Luego dijo:

-¿Crees que deberíamos acortarlo un poco?
-Mucho -puntualicé, si esperas llegar al gran público.
-¿Qué te parecen cien años?
-¿Qué te parecen seis días?
-No puedes comprimir la Creación en sólo seis días -dijo, horrorizado.
-Ese es todo el papiro de que dispongo -le aseguré-. Bien, ¿qué dices?
-Oh, está bien -concedió, y empezó a dictar de nuevo-. En el principio... ¿De veras han de ser sólo seis días, Aarón?
-Seis días, Moisés -dije firmemente. 

La coronación del señor Thomas Shap - Lord Dunsany

La ocupación del señor Thomas Shap consistía en persuadir a los clientes de que la mercancía era genuina y de excelente calidad, y que en cuanto al precio su voluntad tácita sería consultada. Para llevar a cabo esta ocupación todas las mañanas iba muy temprano en tren a unas pocas millas de la City desde el suburbio en donde pasaba la noche. Así era como empleaba su vida.

Desde el momento en que por vez primera se dio cuenta (no como se lee un libro, sino como las verdades son reveladas al instinto) de la bestialidad propia de su ocupación, y de la casa en la que pasaba la noche -su aspecto, forma y pretensiones-, e incluso de la ropa que llevaba puesta, desde aquel mismo momento dejó de cifrar en ellos sus sueños, sus ilusiones, sus ambiciones; se olvidó de todo excepto de aquel laborioso señor Shap vestido con levita que adquiría billetes de tren, manejaba dinero y a su vez podía ser manejado por las estadísticas. Ni el sacerdote que había en el señor Shap, ni el poeta, tomaron jamás el primer tren para la City.

Al principio solía hacer pequeños recorridos en su imaginación, fijándose en su ensueño en los campos y ríos tendidos al sol, en los que éste sorprendía al mundo con mayor brillantez cuanto más hacia el sur. Luego empezó a imaginar mariposas; después de eso, gente vestida de seda y templos que construían a sus dioses.

Se advertía que el señor Shap era más bien callado, e incluso a veces distraído; mas no se criticaba su comportamiento con los clientes, para los cuales seguía siendo tan convincente como antaño. Por tanto, soñó durante un año más y, según soñaba, su fantasía se reforzaba. Leía todavía en el tren publicaciones baratas, seguía discutiendo los efímeros tópicos de la vida cotidiana y todavía votaba en las elecciones, aunque ya no lo hacía con todo su ser: su alma ya no intervenía.

Había tenido un año agradable, aunque su imaginación era completamente nueva para él, y a menudo le había descubierto cosas hermosas lejos de donde estaban disponibles, al sudeste del limbo crepuscular. Como tenía una mente lógica y prosaica, a veces decía: "¿Por qué he de pagar dos peniques en el teatro eléctrico cuando bastante fácilmente puedo ver gratis todo tipo de cosas?" Cualquier cosa que hiciera era ante todo lógica, y los que le conocían hablaban siempre de Shap como de "un hombre bueno, sensato y juicioso".

El día más importante de su vida, con mucho, fue a la ciudad como de costumbre en el primer tren a vender artículos plausibles a sus clientes, mientras su parte espiritual vagaba por tierras imaginarias. Según venía de la estación, lleno de sueños pero completamente despierto, descubrió repentinamente que el verdadero Shap no era el que iba al Comercio con fea ropa negra, sino el que vagaba a lo largo del borde de la jungla cerca de las murallas de una antigua ciudad oriental que surgía de la arena y que el desierto lamía con su eterna ondulación. Solía imaginar que el nombre de esa ciudad era Larkar. "Después de todo, la ilusión es tan real como el mismo cuerpo", decía con perfecta lógica. Era una teoría peligrosa.

Al igual que en el Comercio, se daba perfecta cuenta de la importancia y el valor del método para aquella otra vida que llevaba. No dejaba que su fantasía vagara demasiado lejos hasta conocer perfectamente sus principales aledaños. En particular evitaba la jungla: no es que temiera encontrar allí un tigre (después de todo, no era real), mas sí que pudieran agazaparse extrañas criaturas. 

Creó Larkar lentamente: muralla a muralla, torres para los arqueros, puerta de latón, y todo lo demás. Y entonces, un día se persuadió, y con toda razón, de que toda aquella gente vestida de seda que recorría sus calles, sus camellos, sus mercancías procedentes de Inkustahn, la misma ciudad, eran producto de su voluntad, por lo que él mismo se hizo Rey. 

Después sonreía cuando la gente no se quitaba el sombrero a su paso por las calles, mientras caminaba de la estación al Comercio; mas era lo suficientemente práctico como para reconocer que era preferible no comentar esas cosas con los que únicamente le conocían como señor Shap.

Ahora que era Rey de la ciudad de Larkar y de todo el desierto que se extiende hacia el este y el norte, dejó vagar más lejos su fantasía. Se llevó los regimientos de camelleros y abandonó Larkar entre tintineos producidos por las campanillas de plata que llevaban los camellos debajo de la barbilla, y llegó a otras remotas ciudades del desierto que se alzaban al sol con sus blancas murallas y torres. Atravesó las puertas de estas ciudades con sus tres regimientos vestidos de seda: el regimiento azul pálido estaba a su derecha, el regimiento verde cabalgaba a su izquierda y el regimiento lila iba delante. 

Cuando hubo atravesado las calles de cada una de las ciudades, y observado los modales de sus gentes, y contemplado la forma en que el sol daba en sus torres, se proclamó Rey allí mismo y a continuación siguió adelante con su fantasía. De esa manera pasó de ciudad en ciudad y de país en país. Aunque el señor Shap era perspicaz, creo que pasó por alto el ansia de engrandecimiento del que tan a menudo son víctimas los reyes. 

De manera que, cuando las primeras ciudades abrieron sus relucientes puertas y vio que la gente se postraba ante su camello, y que los lanceros le aclamaban a lo largo de innumerables balcones, y que los sacerdotes salían a hacerle reverencias, él, que nunca había tenido siquiera la más modesta autoridad en su mundo familiar, se volvió insensatamente insaciable. 

Apenas fue Rey dejó que su fantasía vagase a velocidades desmesuradas, renunció al método, y ansió ampliar sus fronteras; de manera que se internó cada vez más en terrenos completamente desconocidos para él. 

La concentración que mostró en sus desmesurados avances a través de países que la historia desconoce y de ciudades de tan fantásticos baluartes que, aunque sus habitantes eran humanos, sin embargo el enemigo al que temían no lo parecía tanto; el asombro con que percibió puertas y torres desconocidas incluso para el arte, y gente furtiva afluyendo por intrincados caminos para aclamarle como su soberano; todas esas cosas comenzaron a afectar su capacidad para el Comercio. Sabía como cualquiera que su imaginación no podía gobernar aquellas hermosas tierras a menos que el otro Shap, por insignificante que fuera, estuviera bien amparado y alimentado: y el amparo y el alimento significan dinero, y el dinero Comercio. 

Su error se parecía más al de un jugador astuto que ignorara la codicia humana. Un día su imaginación, vagando de buena mañana, llegó a una ciudad espléndida como el alba, en cuyas opalescentes murallas había puertas de oro, tan enormes que entre sus barrotes fluía un río en el que, cuando aquéllas se abrían, flotaban grandes galeones con las velas alzadas. De ellas salió danzando un grupo instrumental que ejecutó una melodía alrededor de la muralla. Aquella mañana el señor Shap, el Shap corporal de Londres, se olvidó del tren que le conducía a la ciudad.

Hasta hacía un año nunca había imaginado nada; no hay por qué extrañarse de que todas aquellas cosas recientemente imaginadas por su fantasía le jugaran al principio una mala pasada a la memoria de un hombre tan cuerdo.

Dejó por completo de leer los periódicos, perdió todo su interés por la política, y cada vez le importaban menos las cosas que pasaban a su alrededor. Incluso volvió a ocurrirle aquella desgraciada pérdida del tren de la mañana y la empresa le reprendió severamente por ello. Mas él se consoló. ¿Acaso no le pertenecían Aráthrion y Argun Zeerith y todo el litoral de Oora? 

E incluso cuando la empresa le criticó, contempló en su imaginación a los yaks en viajes agotadores, lentas partículas sobre los campos nevados, portando sus ofrendas; y vio los ojos verdes de los montañeses que le habían mirado de una manera extraña en la ciudad de Nith cuando entró por la puerta del desierto. 

No obstante, su lógica no le abandonó del todo; sabía que sus extraños súbditos no existían, y estaba más orgulloso de haberlos creado en su mente que de poder gobernarlos únicamente. Así que, en su orgullo, se consideraba más importante que un Rey, sin atreverse a pensar exactamente qué. Entró en el templo de la ciudad de Zorra y permaneció allí algún tiempo solo: todos los sacerdotes se arrodillaron ante él cuando salió.

Cada vez le importaban menos las cosas que a nosotros nos preocupan, los asuntos propios de Shap, el comerciante de Londres. Comenzó a despreciarle con soberano desdén.

Un día, hallándose en Sowla, la ciudad de los thuls, sentado en el trono de amatista, decidió, y al momento fue proclamado con trompetas de plata por todo el país, que sería coronado Rey de todo el País de las Maravillas.

Delante de aquel viejo templo donde año tras año, durante más de mil, fueron venerados los thuls, instalaron pabellones al aire libre. Los árboles que allí florecían despedían radiantes fragancias, desconocidas en todos los países incluidos en los mapas; las estrellas brillaban intensamente por aquel excelente motivo. 

Una fuente lanzaba incesantemente hacia arriba con gran estrépito brazada tras brazada de diamantes; un profundo silencio aguardaba a las trompetas doradas: se acercaba la noche de la coronación. En lo alto de aquellos viejos y gastados escalones, que bajaban no se sabe adónde, se encontraba el Rey con su manto de color esmeralda y amatista, la antigua vestidura de los thuls; a su lado estaba la Esfinge que en las pasadas semanas le había aconsejado en sus asuntos.

Lentamente, subieron hacia él, de no se sabe dónde, ciento veinte arzobispos, veinte ángeles y dos arcángeles, llevando la fabulosa corona, la diadema de los thuls. Mientras ascendían hasta él, sabían que a todos ellos les esperaba un ascenso por su labor aquella noche. Silencioso, majestuoso, el Rey les aguardaba.

Los doctores de abajo fueron sentándose a cenar, los vigilantes pasaron lentamente de una habitación a otra, y cuando, en aquel confortable dormitorio de Hanwell, vieron al Rey todavía erguido y regio, resuelto, subieron hasta él y le dijeron: "Váyase a la cama... a la linda cama". Así es que se acostó y pronto se quedó dormido: el gran día había terminado.

El terror rosa - Jean Ray

Sócrates Birdsie movió preocupado la cabeza y me dijo:

—Siento que no vengas con nosotros, Biddy. No, no; no prometas nada, poor old fellow. Cuando regresemos ya no estarás aquí… Tú no serás el primero que haya enloquecido en estas malditas canteras de caolín.

Goorman, el timonel flamenco, aprobó.

—No seremos más que cuatro para conducir el May Bug de Fowey a R'dam, con cargamento completo de arcilla de porcelana. No es demasiado, pero el viento es favorable y el mar está de buen humor. Tú no eres un marinero muy bueno, Biddy, pero estás instruido y tu conversación sirve para llenar las horas vacías cuando el viento cesa y las corrientes nos son adversas. Tú me has enseñado muchas cosas que no se relacionaban con el mar; porque de las cosas del mar…, ¡ay, deja que me ría un poco!.., no entiendes ni una palabra…

Sócrates Birdsie, el patrón, me estrechó la mano.

—Nos vamos… Es preciso que antes de dos horas hayamos salido de la bahía. Si quieres seguir el consejo de un hombre que no es un animal del todo, vuelve la espalda a este zalamero polvo de arroz y sigue la ruta del Oeste hacia Salisbury o la del Este hacia Winchester.

Declamé algunos versos que, con razón o sin ella, atribuía a Coleridge:

Yo no iré de viaje; pero ¿quién dirá adónde irá mi corazón?

—Bien —dijo Goorman—. Desde el momento en que hablas como los pícaros de feria, es mejor decirte adiós.

Durante quince meses, yo había formado parte de la tripulación del pequeño schooner May Bug, que transportaba caolín de Fowey y cemento de Pórtland a Holanda y Bélgica, y el capitán y el segundo de a bordo me querían sinceramente, a pesar de que mis servicios no tenían grandes méritos.

—A propósito —murmuró Sócrates—: no será conveniente que busques la compañía del clérigo de Barnstaple. En mi opinión, ese hombre del Severn…

Buscó un final de frase y, al no encontrarla, se alejó, moviendo la cabeza con ademán entristecido, familiar en él en los graves momentos de reflexión.

Me quedé solo en el muelle, a treinta pasos de un alcaraván posado en lo alto de la estatua de un viejo duque de Alba; una barnacla pasó, dando grandes aletazos, a ras de las olas, y tierra adentro, una locomóvil, accionando las cabrias de una de las canteras, silbó estrepitosamente.

Una dolorosa sensación de soledad me atenazó el corazón. Hubiera querido lanzarme al galope en seguimiento de mis compañeros, cuyas figuras encorvadas habían desaparecido tras el espigón, pero un estúpido amor propio me retuvo.

Aún estaba allí, en la silenciosa compañía del alcaraván gris, cuando el schooner, con los foques hinchados, se deslizó sobre el agua, el bauprés apuntando hacia la costa francesa.

Me pregunto qué habrá querido decir Sócrates al hacer alusión al hombre de Barnstaple…

El alcaraván, girando bruscamente sobre un ala, chilló: ¡rawoo!, perdiéndose en el deslumbramiento azulado de la inmensidad marina.

—¡Ah! —exclamé—. ¡Qué deliciosamente azul es todo esto!

Permanecí con los ojos obstinadamente fijos sobre el inmenso mantel del mar y del cielo conjugados, haciendo un enorme esfuerzo para no volver la cabeza.

Porque, una vez vueltos los ojos hacia tierra, sabía que lo azul desaparecería, dejando sitio a un tinte invasor, alucinante, irrevocablemente rosa: el camino, que atravesaba la duna cubierta de cardos de color suave a la vista y que no se encuentran más que allí; los dos semáforos pintados de cal rosa; las estameñas rosas de un poste de señales y, por último, la formidable cantera de caolín rosa, abandonada hoy porque, a causa de los azares de la oferta y de la demanda extranjeras, no se cargaba más que el caolín blanco y el amarillo.

—Sé lo que es eso, amigo mío. Empieza por un encantamiento sin límites. Se cree uno en el corazón de un paraíso, de una piedra preciosa y monstruosa del Oriente. Es el maleficio rosa que aprisiona, que domina, que opera por brujería sobre los sentidos y las almas… del hombre de Barnstaple, del individuo contra quien mi querido amigo Sócrates Birdsie había tratado de ponerme en guardia en el momento de separarnos, me despedí la noche anterior cuando terminó de pronunciar esta frase.

* * *

El rosa no es un color. Es el hijo bastardo de la unión del rojo triunfante y de la luz culpable; nacido de un incesto, en el que tanto el cielo como el infierno representan su papel.

Pero de esto no me di cuenta hasta más adelante, cuando me fue imposible ya salir de la gehena.

El conocimiento tras el golpe, lo que llega demasiado tarde para salvarnos, me recordó que el rosa es hermano gemelo del horror.

Flor sangrienta de pulmones tísicos, espuma en los labios de los seres que mueren con el pecho atravesado, tejido viscoso de los fetos, pupilas espantosas de los albinos morbosos, testigo del virus y del bacilo, compañero de las sanies y de todas las purulencias, ha necesitado de la inocencia y de la admiración de los niños y de las jovencitas para rodearlo de deseos y preferencias, y eso mismo demuestra su maldad y su tenebrosa esencia.

* * *

La cantera abría al cielo sus fauces, de una profundidad de cuarenta metros, con el fondo invadido por las aguas fluviales, que hacían de él un lago en donde se agazapaba la ternura de las auroras, única excusa del monstruo.

Las paredes eran abruptas, de una tersura de muralla de precipicio, y despertaban el horror vertical que precede un segundo al más fatal de los vértigos.

Su materia grasa y cohesiva había permitido a las máquinas cortar allí como en un enorme pastel, no dejando en ellas protuberancias, surcos ni salientes.

Eso impedía a la mirada punto de apoyo ni de reposo; la mirada caía a pico en el lago con rigidez de plomada.

Yo volvía allí, una y otra vez, desde hacía diez días, buscando con febril deseo el minúsculo círculo, afortunadamente oscuro, que sobrepasaba el alto borde y que era el reflejo de mi inquieto rostro inclinado sobre esta terrible fantasmagoría.

Hacía comidas precipitadas y nauseabundas en una posada de paredes rosas, situada a media legua de allí. Comía carnes fibrosas y rosadas y un pan sonrosado a causa del tizón. Bebía una cerveza sonrosada, como vinillo de especias, y servido todo por una maritornes de mejillas, labios y manos rosas, rosas, rosas…

Huía, con la náusea en los labios, para volver a ocupar inmediatamente mi lugar de condenado en el seno de ese dulzarrón esplendor.

El hombre de Barnstaple apareció en el momento en que un proyecto muy curioso acababa de germinar en mi mente.

* * *

—¿Qué intenta usted hacer con esa cuerda, ese anzuelo y ese trozo de carne cruda?

Y añadió, a media voz:

—¿Carne rosada?

Estaba en pie a mi lado, apartando la cabeza de las profundidades del lago, y consideré de buen gusto que llevase una sotana negra y no uno de esos atroces trajes rosas que los escasos insulares que me encontraba vestían con marcada predilección.

—Quiero pescar —contesté—. Voy a poner cebo en esta cuerda, que es larga como usted ve, y arrojarla a esa agua.

Se pasó la mano por la frente llena de sudor.

¡Puaf!..

Vi gotas grasientas y rosas perlar sus sienes y mi estómago se revolvió.

—Naturalmente, no pescará nada —dijo con esfuerzo—. Estas aguas se niegan a todo brote de vida.

—Naturalmente— repetí.

Y arrojé la cuerda.

Allí permaneció tres días, y, cuando la subí, el cebo estaba intacto. Solo, de haber reposado sobre el fondo, estaba completamente manchado de rosa pálido.

* * *

Creo, sin embargo, que el maleficio rosa, como yo lo llamaba, comenzaba a perder su dominio sobre mi espíritu.

Planes de partida se formaban lentamente.

Hasta comencé una carta dirigida a Sócrates Birdsie, en la que solicitaba de nuevo entrar a formar parte de la tripulación del May Bug.

Por las noches me reunía con el hombre de Barnstaple…, se apellidaba Tartlet, nombre divertido y un poco ridículo…, en una taberna próxima a las canteras blancas, en donde se escapaba uno, por fin, a la obsesión rosa y en donde se bebía una cerveza rubia de Pórtland bastante aceptable.

Poco a poco nuestras conversaciones se fueron apartando de la norma primera, hasta la noche en que Tartlet dio un grito y golpeó la mesa con tal puñetazo que nuestros vasos se volcaron.

—¡No pica, y ya sé por qué!— gritó.

—¿Qué está usted diciendo?— pregunté, porque yo me hallaba a muchos kilómetros de pensar en mi inútil pesca.

—No pica porque usted ha utilizado un cebo rosa. ¿Por qué la rana no muerde en un trozo de tela verde y, por el contrario, se arroja ávidamente sobre un pedazo de lana roja? ¿Por qué el toro desprecia un capote azul y se lanza furioso contra uno colorado? ¿Por qué el tucán naranja persigue con rabia a los pájaros grises y deja en paz a las aves de plumajes abigarrados de arlequín? Mañana seré yo quien vaya a pescar y prenderé un trozo de tela negra al anzuelo. ¡Ah!.. Le obligaré a salir de su terrible paz después de todo lo que él me ha hecho sufrir con su suciedad rosa.

Tartamudeaba de ira y la baba se le escapaba de los labios.

Ante este extraño furor no me atreví a preguntarle quién era ese él misterioso al que acusaba de su sufrimiento.

* * *

Al amanecer, cuando atravesaba la duna, vi a Tartlet avanzar hasta el borde de la cantera rosa y preparar su plomada.

Apenas había luz, pero su figura se destacaba claramente sobre el horizonte, ¡ay!, rosa hasta la saciedad.

Fue una suerte que yo no estuviese a su lado; si no, su espantoso destino hubiera sido también el mío.

Con mano segura arrojó la cuerda. Vi un ancho trozo de tela negra voltear en el aire y desaparecer en las profundidades.

A continuación…

Estoy casi seguro de que el suelo tembló, porque me vi arrojado de cara contra la tierra.

Cuando alcé los ojos, vi la oscura forma de Tartlet destacándose, con los brazos levantados en un ademán de horror, sobre el cielo matinal.

Pero algo había cambiado en el aspecto lejano de la cantera.

* * *

Un cono gigantesco, de un rosa deslumbrador, se elevaba de su centro, forma maciza que hubiérase podido tomar por un volcán surgido bruscamente en la inmensidad.

Mas esta forma estaba animada de una vida monstruosa; muy vagamente, es cierto, creí distinguir en ella abominables apariencias humanas, y aquello creció y subió hasta el cielo.

Luego asistí a una escena de inenarrable terror.

Tartlet había comenzado a crecer igualmente.

Se hacía gigantesco.

Su cabeza golpeó una nube y se hundió en ella; pero, aparte de este crecimiento infernal, su cuerpo se hacía brumoso, vaporoso, para no ser, al poco rato, más que una sombra desmesurada.

* * *

Un inmenso fulgor desgarró el cielo; una espantosa explosión conmovió la tierra y yo viajé como un ave por encima de las dunas, que se desfondaban, a lo largo de un mar que invadía la arena con sus olas rugientes.

* * *

Hay que creer que la Sabiduría Infinita quiso conservar la vida al único testigo de esta catástrofe.

Un tornado colosal arrasó el país, destruyó Salisbury y Winchester, alcanzó Londres después de haber llevado la desolación a la región de los Downs.

Una monstruosa tempestad atrapó en pleno canal de la Mancha a cargos de dos mil toneladas y los llevó a la playa, lejos del mar.

Mientras que millares de seres perdieron la vida en el cataclismo, yo salí de él sin el más ligero rasguño.

Sin embargo, tuve buen cuidado de no hablar nada de mi aventura, porque el manicomio de Bedlam acoge demasiado benévolamente a los parlanchines sin juicio.

Dos años más tarde, vuelto a mi puesto del May Bug, estaba de paso en Altona cuando una colisión con un vapor sueco envió a nuestro pobre schooner a dique seco por espacio de tres semanas.

Mientras que mis compañeros se dirigían a Inglaterra, yo me quedé en Altona como guarda del barco.

Yo no soy un pilar de taberna, y prefiero a las tascas, que no dudo son muy acogedoras, las salas de conferencias populares donde hombres de gran inteligencia y cultura hacen uso de la palabra.

Pronto tuve amistad con un profesor, bastante gordo, barbudo y melenudo, de cara terrible, pero que era el hombre más encantador del mundo.

Herr doctor Graupilz había estado durante veinte años en el observatorio de Treptow y, tras su retirada, continuaba compartiendo su ciencia con los humildes de Altona, su ciudad natal.

Entre dos vasos, le conté mi aventura y, con asombro de mi parte, su rostro permaneció serio.

—Recuerdo —dijo con voz alterada— que hace dos años…, sí, era en la época del gran cataclismo de que usted acaba de hablarme…, una gran nube cósmica se hizo visible en el campo de la constelación de Sagitario. La fotografiamos en varias posiciones y comprobamos, no sin reírnos un poco, que tenía una forma vagamente humana. En ese momento, Hopps, de Mount Wilson, observaba una nova aparecida en el campo de esta misma constelación, y observó que la hube se dirigía hacia ella con inaudita velocidad. Nuestros aparatos no nos permitieron seguirla más lejos; pero Hopps estimó que una nueva galaxia nacía en esta región desolada del espacio celeste.

El doctor Graupilz había hablado más para sí mismo que para mí, y yo no comprendía palabra de sus sabias frases.

Sin embargo, se dignó ponerse a mi nivel, explicando:

—Suponiendo que un hombre se desintegre, no en átomos ni en electrones, sino en energía pura, de la que tal vez estén compuestas ciertas nubes cósmicas, tomaría casi forma de universo en el espacio. Tal vez fuera así como actuara la Inteligencia Suprema con los Grandes Rebeldes de Su primera creación… Pero el espíritu…, el alma, si usted quiere…, ¿habría participado en esta monstruosa transformación? No lo creo.

—Así, pues, Tartlet…— murmuré.

—Tal vez haya servido al nacimiento de un universo. Dentro de uno o de diez millones de años, cien quizá, porque el tiempo es un factor mínimo en la vida del cielo, Tartlet habrá formado una galaxia con globos habitados, uno o varios soles, satélites, sistemas planetarios, y su espíritu estará sobre ella, asignándole sus leyes, buenas o malas, según su inteligencia.

—¡Dios!— exclamé.

—Tartlet—Dios —replicó el sabio sonriendo—. ¿Y por qué no puede ser así?

—Pero el cono rosa…— balbucí.

Se encogió de hombros.

—No me pregunte tanto, querido muchacho. Llame a eso, si quiere, la catálisis rosa. Por mi parte, siempre he creído reconocer en este misterio, que los sabios llaman así, cierta inteligencia fría y ordenada.

—¡Esa suciedad rosa!— exclamé, fuera de toda argumentación y comprensión.

—¿Cómo? —preguntó el profesor Graupilz—. Ahora recuerdo que el análisis espectral de la famosa nube cósmica reveló ese color; pero eso no prueba nada, mucho menos que nada. Y con esto, amigo mío, cerremos el paréntesis, porque este es uno entre los innumerables errores e hipótesis de que se compone la ciencia de los hombres…

El Origen - Sivela Tanit

Sólo y con frío, el engendro chilló y sus gritos movieron la materia, se crearon mundos, se disgregó lo oscuro de lo luminoso, hubo tiempo y orden, aparecieron seres… Cansado y hambriento, el engendro murió al dar su séptimo grito.