INICIO

Mostrando entradas con la etiqueta canción. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta canción. Mostrar todas las entradas

La canción de Thelinde - Roger Zelazny


A través del atardecer, al otro lado de la montaña, bajo una luna enorme y dorada, Thelinde estaba cantando.

En el elevado salón brujesco de Caer Devash, circundado por completo de pinos y reflejado muy por debajo de las rocas en el plateado río denominado Denesh, Mildin oyó la voz de su hija y las palabras del canto:

 

«Los hombres del Oeste son fuertes,

los hombres del Oeste son valientes,

pero Dilvish el Maldito regresó

e hizo de su sangre fríos torrentes.

Mientras lo perseguían de Portaroy

a Dilfar, en la zona oriental,

Dilvish montaba una criatura traída del Infierno:

un negro y metálico animal.

No lograron herir ni detener a su montura,

el caballo que los hombres llaman Black,

porque el coronel adquirió enorme sabiduría

con la maldición de Jelerak...»

 

Mildin se estremeció, cogió su reluciente capa de bruja (ella era Dama del Aquelarre) y tras echársela a la espalda y atársela al cuello con la ahumada Piedra de la Luna, se transformó en un pájaro gris plateado, atravesó la ventana y sobrevoló el Denesh.

Cruzó la montaña donde estaba Thelinde, con la mirada fija en el sur, y se posó en la rama más baja de un árbol cercano. —Hija mía —dijo con su garganta de pájaro—, deja de cantar.

—¡Madre! ¿Qué ocurre? —preguntó Thelinde—. ¿Por qué vienes en forma alígera? —Y sus ojos eran de un color profundo, porque seguían el cambio de la luna, y su cabello era el plateado fuego de las brujas del norte. Tenía diecisiete años y era cimbreña, y le encantaba cantar.

—Has cantado un nombre que no debe pronunciarse, ni siquiera aquí, en la fortaleza de nuestro hogar —dijo Mildin—. ¿Dónde aprendiste esa canción?

—La cantaba una criatura de la cueva —respondió Thelinde—, donde el río llamado Medianoche forma un estanque al pasar bajo tierra.

—¿Qué era esa criatura de la cueva? —Ya se ha ido —replicó Thelinde—. Era un viajero oscuro, de la especie de las ranas, creo, que descansaba allí camino del Consejo de los Animales.

—¿Te explicó el significado de esa canción? —preguntó la madre.

—No, dijo que es muy reciente, sobre las guerras en el sur y en el este.

—Eso es cierto —dijo Mildin—, y la rana no teme cantarla, porque es de la especie oscura y no tiene ninguna importancia para el poderoso. Pero tú, Thelinde, tú debes ser más precavida. Todos los que tienen poder, a menos que sean muy temerarios, temen mencionar ese nombre que empieza con «J». —¿Por qué?

La forma gris plateada revoloteó hasta el suelo. Luego la madre apareció junto a su hija, alta y pálida a la luz de la luna; su cabello estaba recogido y retorcido en lo alto de su cabeza formando corona del aquelarre, como así se denominaba.

—Ven conmigo ahora dentro de mi capa e iremos al Estanque de la Diosa, mientras los dedos de la luna tocan su superficie —dijo Mildin—, y verás algo de lo que has cantado.

Fueron montaña abajo hasta el lugar donde el riachuelo, que nace en lo alto en primavera, cruza el estanque con apenas un escarceo. Mildin se arrodilló junto al agua en silencio e, inclinada hacia adelante, respiró sobre la superficie. Luego llamó a Thelinde junto a ella y ambas miraron hacia abajo.

—Observa ahora la imagen de la luna reflejada en el agua —dijo a su hija—. Observa atentamente. Escucha...

»Hace mucho tiempo, casi antes de que empezáramos a medir el paso del tiempo, hubo una Casa que fue anulada de la dignidad del Oriente, porque varias generaciones se habían unido por matrimonio con la especie de los elfos. Los elfos son altos y es hermoso observarlos, rápidos de pensamiento y acción, y aunque su raza es mucho más antigua, el hombre no reconoce en general la dignidad elfa. 

Una pena... El último hombre de esta Casa especial, privado de tierras y títulos, volvió su mano hacia numerosas ocupaciones, del mar a las montañas, y finalmente entró en la soldadesca, durante las primeras guerras con el Occidente, hace varios siglos. Luego se distinguió en la gran Batalla de Portaroy, librando esa ciudad de las manos de sus enemigos, y por eso lo llamaron Dilvish el Libertador. ¡Mira! ¡La imagen se aclara! Es la entrada de Dilvish en Portaroy...

Y Thelinde observó el estanque, donde se había formado una imagen.

Alto era él, y más moreno que la raza de los elfos, con unos ojos que reían y relucían reflejando el orgullo del triunfo. Montaba un garañón pardo, y su armadura, aunque mellada y arañada, brillaba a pesar de todo con el sol matutino. Cabalgaba al frente de sus tropas, y los habitantes de Portaroy permanecían a los lados de la senda y lanzaban vítores, y las mujeres echaban flores ante el jinete. Cuando llegó por fin a la fuente de la plaza, Dilvish desmontó y bebió el vino de la victoria. A continuación los Ancianos pronunciaron discursos de agradecimiento y se celebró un gran banquete al aire libre en honor a los libertadores.

—Parece ser un buen hombre —dijo Thelinde—. Pero... ¡qué espada tan grande lleva!... ¡Le llega hasta las botas!

—Sí, un arma para dos manos llamada Libertadora aquel día. Y sus botas, como observarás, son del cuero verde de los elfos, que los hombres no pueden comprar, aunque a veces se ofrecen como presente, como muestra de favor por parte de los Grandes... Y se dice que esas botas no dejan huellas. Es una pena que al cabo de una semana del festín que ves desplegado, la Libertadora quedara destrozada y Dilvish dejara de estar entre los vivos.

—¡Pero él todavía, vive!

—Sí... vive otra vez.

Hubo una turbulencia en el estanque, y brotó otra imagen.

Una oscura ladera... Un hombre, con capa y capucha, en el interior de un círculo tenuemente brillante... Una joven atada a un altar de piedra... Un cuchillo en la mano derecha del hombre, un bastón en la otra...

Mildin notó que los dedos de su hija aferraban su hombro.

—¡Madre! ¿Quién es él?

—Es el Ser que jamás debes nombrar.

—¿Qué va a hacer?

—Una cosa siniestra que requiere la sangre vital de una virgen. Él ha aguardado una eternidad a que las estrellas ocuparan las posiciones precisas para este rito. Ha hecho un largo viaje para llegar a ese antiguo altar de las montañas de Portaroy, el lugar donde debe realizarse el acto.

«Fíjate en las criaturas que danzan alrededor del círculo... Murciélagos, fantasmas y fuegos fatuos... ¡Sólo ansían una gota! Pero no tocarán el círculo.»

—Naturalmente que no...

—Ahora, mientras las llamas de ese brasero se elevan y las estrellas adoptan la posición correcta, él se dispone a matar a la virgen...

—¡No puedo mirar!

¡Mira!

—Es el Libertador, Dilvish, que se acerca.

—Sí. Siguiendo el hábito de los Grandes, él apenas duerme. Ha salido a tomar el aire en las montañas de Portaroy, ataviado con su traje de batalla tal como la gente espera de los libertadores.

—Ha visto a Je... ¡Ha visto el círculo! ¡Se aproxima!

—Sí, y cruza el círculo. Siendo de Sangre Grande, él sabe que es diez veces más inmune a la magia que un hombre. Pero no sabe de quién es el círculo que ha cruzado. A pesar de todo, eso no lo mata. Pero está debilitado... ¡Fíjate cómo se tambalea! Tal es el poder de ese Ser.

«Golpea al mago con su mano, lo tira al suelo y vuelca el brasero. Se vuelve para soltar a la muchacha...»

En el interior del estanque, la sombra que era el mago se alzó del suelo. Su rostro era invisible debido a la capucha, pero había levantado el bastón. De pronto pareció crecer enormemente, y su bastón se alargó y retorció igual que una serpiente. Estiró el brazo y tocó a la joven, suavemente, con la punta de la vara.

Thelinde chilló.

Ante sus ojos, la virgen estaba envejeciendo. Aparecieron arrugas en su cara y su cabello se volvió cano. Su piel se tino de amarillo y todos sus huesos sobresalieron bajo ella.

Por fin la joven dejó de respirar, pero el encantamiento no cesó. La criatura del altar se marchitó y un polvo fino, igual que humo, se alzó en la piedra.

Había un esqueleto en el altar.

Dilvish atacó al mago, con la espada Libertadora en alto.

Pero al descargar el golpe, el Siniestro tocó el arma con el bastón y la espada se hizo añicos y cayó al suelo. Dilvish dio un paso hacia el mago.

De nuevo el bastón se movió suavemente, y una aureola de fuego danzó alrededor de la silueta del Libertador. Al cabo de un rato el fuego se apagó. Pero a pesar de todo, Dilvish estaba allí, inmóvil.

La imagen desapareció.

—¿Qué ha pasado?

—El Siniestro —dijo Mildin— le castigó con una terrible maldición, contra la cual ni siquiera la Sangre Grande servía. Mira.

El día dominaba la ladera. El esqueleto yacía en el altar. El mago se había ido. Dilvish se hallaba solo, todo el mármol al sol, cubierto de rocío matutino, y su mano derecha seguía alzada, a punto de golpear a un enemigo.

Más tarde llegó un grupo de niños y miraron fijamente la estatua durante largo tiempo. Después volvieron corriendo a la ciudad para dar la noticia. Los Ancianos de Portaroy subieron a las montañas y, considerando la estatua como un presente de los numerosos desconocidos que tenían por amigos de su Libertador, la bajaron en un carro hasta la ciudad y la colocaron en la plaza, junto a la fuente.

—¡Él lo transformó en piedra!

—Sí, y permaneció en la plaza más de dos siglos, su propio monumento, con el puño alzado contra los enemigos de la ciudad que había liberado. Nadie sabía qué se había hecho de él, pero sus amigos humanos envejecieron y murieron, y la estatua perduró.

—...Y él durmió convertido en piedra.

—No, el Siniestro no maldice con tanta amabilidad. Mientras su cuerpo permanecía rígido, con atavío de batalla, su espíritu fue desterrado al pozo más profundo del Infierno que el Siniestro pudo disponer.

—Oh...

—...Y tal vez el efecto del encantamiento fuera ése, o quizá la Sangre Grande prevaleció en un momento de necesidad, o bien algún poderoso aliado de Dilvish supo la verdad y logró finalmente liberarlo. Nadie lo sabe. Pero un día, hace poco, mientras Lylish, Coronel del Occidente, barría el territorio, todos los hombres de Portaroy se reunieron en la plaza para preparar la defensa de la ciudad.

La luna se había desplazado lentamente hacia el borde del estanque. Bajo ella surgió otra imagen.

Los hombres de Portaroy estaban armándose y haciendo ejercicios en la plaza. Eran muy pocos, pero parecían dispuestos a vender sus vidas al precio más costoso. Muchos miraron la estatua del Libertador aquella mañana, como si recordaran una leyenda. Luego, mientras el sol la envolvía en color, la estatua se movió...

Durante un cuarto de hora, despacio y con obvio esfuerzo, los brazos cambiaron de posición. Toda la muchedumbre de la plaza observó, paralizada en esos momentos. Por fin Dilvish bajó del pedestal y bebió en la fuente.

La gente le rodeó entonces, y él se volvió hacia los de Portaroy.

—¡Sus ojos, madre! ¡Han cambiado!

—Después de lo que ha visto con los ojos de su espíritu, ¿es extraño que los ojos externos lo reflejen?

La imagen desapareció. La luna se alejó flotando.

—...Y en alguna parte consiguió un caballo que no era tal, sino un animal de acero parecido a un caballo.

Por un instante apareció una figura oscura y al galope en el interior del estanque.

—Ese es Black, su montura. Dilvish lo llevó a la batalla, y aunque también luchó largo rato a pie, lo sacó de allí mucho después: fue el único superviviente. En las semanas anteriores a la batalla había entrenado bien a sus hombres, pero éstos eran muy pocos. 

Sus soldados le llamaron Coronel del Oriente, el título opuesto al que ostenta lord Lylish. Todos cayeron, a pesar de todo, excepto él, pero señores y ancianos de otras ciudades del este se han alzado en armas y también ellos reconocen el rango de Dilvish. Este mismo día, me han dicho, Dilvish estaba ante los muros de Dilfar y venció a Lance, el de la Armadura Invencible, en singular combate. Pero la luna está bajando ya y el agua se oscurece...

—Pero ¿y el nombre? ¿Por qué no debo mencionar el nombre de Jelerak?

Nada más pronunciarlo, hubo una especie de murmullo, como de enormes y secas alas batiendo el aire en lo alto, y la luna quedó oscurecida por una nube, y una oscura silueta se reflejó en las profundidades del estanque.

Mildin metió a su hija en la capa de bruja.

El susurro se hizo más fuerte y una tenue niebla brotó alrededor de las dos mujeres.

Mildin hizo la Señal de la Luna y se puso a hablar en voz baja.

—Vuelve a ti... En Nombre del Aquelarre, del que yo soy Señora, te ordeno regresar. Vuelve al lugar de donde viniste. No deseamos tus siniestras alas en Caer Devash.

Hubo una corriente descendente de aire, y un liso e inexpresivo rostro quedó suspendido sobre las dos mujeres, recogido entre amplias alas de murciélago. Sus garras relucían tenue, rojamente, como metal recién calentado en la forja.

El murciélago voló alrededor de Mildin y Thelinde, y la primera apretó más la capa y alzó una mano.

—Por la Luna, nuestra Madre, en todos sus disfraces, te ordeno marchar. ¡Ahora! ¡En este instante! ¡Aléjate de Caer Devash!

El murciélago se posó en el suelo junto a ellas, pero la capa de Mildin cobró brillo y la Piedra de la Luna destelló cual lechosa llama. El monstruo se apartó de la luz, volvió a la niebla.

Entonces apareció una brecha en la nube y un dardo de luz lunar pasó a través del hueco. Un rayo de luna tocó a la criatura, que chilló una vez, como un hombre atormentado, y se lanzó al aire en dirección suroeste.

Thelinde alzó la mirada hacia el semblante de su madre, que de pronto parecía muy afligido, más viejo...

—¿Qué era eso? —preguntó Thelinde.

—Era un siervo del Siniestro. Traté de advertirte, de la forma más gráfica posible, de su poder. Su nombre se ha usado durante tanto tiempo para conjurar y dominar a espíritus malignos y criaturas siniestras que se ha convertido en un Nombre de Poder. 

Sus siervos vuelan para localizar al que lo pronuncia, en cuanto oyen pronunciarlo, por miedo de que haya sido él mismo y se encolerice por su tardanza. Pero también se rumorea que si su nombre es pronunciado con frecuencia por una persona, él se entera y condena a esa persona. En cualquier caso, no es prudente ir por ahí cantando esas canciones.

—Yo no lo haré, nunca. ¿Cómo puede ser tan fuerte un mago?^

—Él es tan viejo como las montañas. En tiempos fue un mago benigno y cayó en hábitos siniestros, cosa que lo hace particularmente malicioso. Como sabes, raramente cambian para bien. Y ahora se le tiene como uno de los tres magos más poderosos, tal vez el más poderoso de todos los magos de todos los reinos de todas las tierras. El sigue vivo y es muy fuerte, aunque la historia que has visto ocurrió hace siglos. Pero ni siquiera él está libre de problemas...

—¿Cómo es eso? —preguntó la hija de la bruja.

—Porque Dilvish vive otra vez, y creo que está un poco enfadado.

La luna salió de detrás de la nube, era enorme, se había transformado en oro en bruto durante su ausencia.

Mildin y su hija se dirigieron en ese momento montaña arriba, hacia Caer Devash y el anillo de pinos, muy por encima del Denesh, el río de plata.

Rincón de la poesía: Sweet Curse - ReVamp

It's a burden for wrong reasons
But I keep hold of this pain
No more tears but common sorrow
Yet it wears of day by day
Letting go: I never could but I surely need to heal
Sweet curse, my hell

You bare our memories like staining scars within your mind
You lose all that you knew of me, gone deep inside
Lost love, my hell

Sweet is the curse of hearts entwined but lost, detached but bound
Sad is their fate without relief
Cruel is the curse of love, so luscious yet so dangerous
Sweet curse, our hell

Words weren't made to tell this story
For I can't describe the ache
No remorse for your betrayal
Yet though I find that hard to take
How can beauty change unseen into a monster, I don't know
Lost love is my hell

Sweet is the curse of hearts entwined but lost, detached but bound
Sad is their fate without relief
Cruel is the curse of love, so luscious yet so dangerous
Sweet curse, our hell

Lost hope and lost dreams
Killing you slowly
New scars and new cravings take control
New desires, new despair

Losing you was more than I could bear
Losing us, a dive in water deep
Losing you

Sweet is the curse of hearts entwined but lost, detached but bound
Sad is their fate without relief
Cruel is the curse of love, so luscious yet so dangerous
Sweet curse, our hell

Las hadas de Knockgrafton - Leyenda Celta

 Hace ya muchísimos años, tantos que no podría contarlos, en la fértil tierra de Lough Neagh[1] existió un hombre muy, pero muy pobre, que vi­vía en una humilde choza, a la orilla del río Bann, cuyas aguas turbulentas bajan de las sombrías laderas de los montes Anthrim.

Lushmore[2], a quien habían apodado así los lugareños, a cau­sa de que siempre llevaba en su alto sombrero de rafia una peque­ña rama de muérdago, como la que los leprechauns[3] ponen en las hebillas de los suyos, tenía sobre su espalda una gran joroba, que prácticamente lo doblaba en dos, como si una mano gigante hubie­ra arrollado su cuerpo hacia arriba y se lo hubiera colocado sobre los hombros. Tal era el peso de ese enorme apósito de carne, que cuando el pobre Lushmore estaba sentado -y lo estaba casi todo el tiempo, pues sus flacas piernas apenas podían sostener su cuerpo-, quedaba doblado por la cintura, con su pecho apoyado sobre sus muslos, única manera de sostener el peso de su giba.

Si bien la gente de los alrededores lo trataba con deferencia, pues su trabajo de maestro mimbrero era muy cotizado en la zona, corrían ciertas historias sobre él, quizás provocadas por la envidia de sus magníficas labores, y los lugareños tenían cierta disposición a evitarlo cuando se cruzaban en algún lugar solitario ya que, aun­que la pobre criatura era tan inofensiva como un bebé de pecho, su deformidad era tan grande que asustaba a sus vecinos, que apenas podían considerarlo un ser humano. De él se decía, por ejemplo, que tenía un gran dominio de la magia, y que podía mezclar pócimas y brebajes, y preparar encantamientos para enloquecer a un hombre, aunque lo cierto es que nunca nadie lo había comproba­do personalmente.

Lo cierto es que Lushmore poseía unas manos realmente má­gicas para trenzar todo tipo de juncos y mimbres, para tejer cestas y sombreros, y cuando no se encontraba sentado en su insólita po­sición, solía recorrer los alrededores, recogiendo los materiales que luego transformaba en verdaderas obras de arte, o marchando en su pequeña carreta hacia las ciudades vecinas, para vender el fru­to de su trabajo.

Y así fue que en una ocasión, cuando regresaba de la ribera del río Main, donde solía recoger la mayoría de su materia prima, y se dirigía a la ciudad de Killead con una carga de canastos, como el pequeño Lushmore caminaba muy despacio por culpa de su enorme joroba, se había hecho ya completamente de noche cuan­do llegó al viejo túmulo de Knockgrafton, un lugar que la mayoría de los aldeanos evitaban por las noches.

Lushmore se sentía agotado por la caminata, y al pensar que aún le quedaban varias horas por delante, decidió sentarse bajo el túmulo para descansar un rato y, para entretenerse, se puso a con­templar el rostro de la luna, que lo observaba solemnemente entre las ramas de un añoso roble.

Repentinamente, llegaron a sus oídos los extraños acordes de una misteriosa canción, y el jorobado comprendió inmediatamen­te que jamás había escuchado una melodía tan fascinante como aquélla. Sonaba como un coro de infinitas voces, donde cada uno de sus integrantes cantara en un tono diferente, pero sus voces se armonizaban unas con otras de tal forma que parecía que salieran de una sola garganta. Escuchando con atención, Lushmore pronto pudo distinguir la letra de la canción que constaba de sólo cuatro palabras que se repetían tres veces: "Da Luan, Da Mort; Da Luan, Da Mort; Da Luan, Da Mort"[4], luego se producía una pausa y la to­nadilla comenzaba de nuevo.

Lushmore escuchaba con el alma puesta en sus oídos y ape­nas respiraba por el temor a perder un sólo compás. Pronto com­prendió que la canción provenía desde dentro del túmulo y, aunque al principio la música lo había ensimismado, con el paso del tiem­po la letanía comenzó a aburrirlo, así que, aprovechando el inter­valo que se producía después de las tres repeticiones de Da Luan, Da Mort, introdujo, con la misma melodía, las palabras "augus Da Dardeen" ; luego siguió entonando Da Luan, Da Mort junto con las voces misteriosas y, cuando se produjo nuevamente la pausa, vol­vió a introducir su propio augus Da Dardeen.

 Las hadas de Knockgrafton -porque no eran de otros las voces que entonaban aquella melodía- se maravillaron tanto al escuchar aquel agregado a su canción, que inmediatamente decidieron salir a buscar al genio cuyo talento musical hacía palidecer al de ellas; y así el pequeño Lushmore fue llevado hacia el interior del túmu­lo, a la velocidad de un tornado.

Una maravillosa vista acompañó su caída, mientras que la más excelsa de las músicas acariciaba sus oídos con cada uno de sus movimientos. Al llegar a su destino, la reina de las hadas y su séquito le depararon el más glorioso de los recibimientos, dándole una calurosa bienvenida, que llenó de gozo su corazón, y ponién­dolo a la cabeza del coro; luego fue atendido a cuerpo de rey por una multitud de sirvientes y, en general, lo trataron como si fuera el hombre más importante del mundo.

Algo más tarde, mientras descansaba de su copioso banquete, Lushmore notó que las hadas se trababan en una ardorosa delibe­ración y, a pesar de la forma en que lo habían tratado, comenzó a sentir cierto temor hasta que la reina se acercó a él y le dijo:

 ¡Lushmore, Lushmore,

desecha todo temor,

esa giba que te aqueja

ya no te dará más dolor!

¡Mira al suelo y la verás

caerse con gran fragor!

 Tan pronto como el hada pronunció estas palabras, el joroba­do se sintió repentinamente tan leve y grácil que pensó que podría volar como los pájaros, o saltar a la luna de un solo brinco. Con in­menso placer escuchó un gran golpe y, cuando miró hacia abajo, vio la joroba caída a sus pies, como una masa de carne informe. Entonces intentó hacerlo que nunca había hecho en su vida: levan­tó la cabeza con precaución, temeroso de golpearse contra el techo de la habitación en que se encontraba -tan alto le parecía ser aho­ra y miró a su alrededor, admirando el panorama que se extendía, desde una altura desde la cual nunca había contemplado escenario alguno. Abrumado por las nuevas sensaciones que experimentaba, sintió que la cabeza le daba vueltas y más vueltas, y una nube pa­reció descender sobre sus ojos, hasta que cayó en un sueño profun­do y, cuando despertó, se encontró tendido sobre la hierba, cerca del túmulo de Knockgrafton, al interior del cual las hadas lo ha­bían llevado volando la noche anterior.

Al abrir los ojos, pudo ver que ya era de día, el sol brillaba cá­lidamente en el cielo y los pájaros cantaban en las ramas del roble que se extendían sobre su cabeza.

Su primera acción, luego de decir sus oraciones, fue llevar la mano a su espalda, para tantear su joroba y, al no encontrarla, se sintió transportado por la alegría, porque se había convertido en un hombre gallardo y elegante; más aún, al contemplarse en las aguas del Lough Neagh se vio vestido con ropas nuevas, que hasta eso habían hecho las hadas por él.

Recogió su mercadería, que estaba prolijamente acomodada sobre una de las piedras del túmulo, y reinició su interrumpido ca­mino hacia Killead, ágil como una gacela y con un paso tan airoso como si toda su vida hubiera sido maestro de danzas. Al llegar a la ciudad, ninguno de los vecinos pareció reconocerlo sin su joroba, y le resultó difícil demostrarles que era el mismo Lushmore, el maestro mimbrero, que venía a entregarles sus pedidos.

No hace falta adelantar que no pasó demasiado tiempo antes de que la noticia de la desaparición de la giba de Lushmore co­rriera como reguero de pólvora por Killead y todos los pueblos cercanos, y que de todos ellos se acercaron a su choza multitudes de curiosos, a contemplar el milagro. Y así fue que una mañana, estando el mimbrero sentado frente a la puerta de su cabaña, tra­bajando con sus mimbres, una anciana se acercó a él y le pidió si podía indicarle el camino hacia Capagh, porque debía entrevistar­se con un tal Lushmore, que allí vivía.

-No necesito indicarle nada, mi buena señora -respondió el aludido- porque usted ya está en Capagh y, para mayor precisión, le diré que se encuentra usted en presencia de la persona que está buscando.

-Me he llegado hasta aquí -agregó entonces la mujer- desde Mallow Fermoy, en el condado de Waterford, a muchos días de ca­mino, porque oí decir que a ti las hadas te han quitado la joroba. Es que el hijo de una hija mía tiene una giba que va a causarle la muerte y quizás, si pudiera utilizar el mismo encantamiento que tú, se podría salvar. Así que te suplico que me enseñes el hechizo para tratar de curarlo.

Estas palabras conmovieron profundamente a Lushmore, que siempre había sido un hombre sensible, y le contó a la anciana to­dos los detalles de su aventura; cómo había agregado sus compa­ses a la canción de las hadas de Knockgrafton y había sido trans­portado por ellas al interior del túmulo, cómo le había sido quita­da mágicamente la joroba v cómo le habían regalado incluso un traje nuevo.

La mujer le agradeció sinceramente su relato y partió inme­diatamente, con gran alivio en su corazón y ansiosa por poner en

práctica las enseñanzas del maestro mimbrero. Una vez que hubo regresado a la casa de su nieto, cuyo nombre era Jack Madden, na­rró todo lo que había escuchado y, sin pérdida de tiempo, pusieron al pequeño jorobado sobre una carreta y emprendieron el camino hacia Knockgrafton. Era un largo viaje, pero a la anciana y su hija no les importaba, mientras que el muchacho fuera liberado de su deformidad.

Algunos días después, llegaron al túmulo, justo a la caída de la noche, dejaron al joven cerca de la entrada y se retiraron a una prudente distancia; lo que ni la madre ni la abuela tuvieron en cuenta fue que el jorobado, resentido por su deformidad, era un sujeto taimado y maligno, que gustaba de torturar a los animales y arrancarles las alas a los pájaros vivos y que, además, no tenía ni el más mínimo talento musical; pero eso es bastante compren­sible, si consideramos que se trataba de su hijo y de su nieto, res­pectivamente.

No había pasado mucho tiempo desde que dejaran al joven jo­robado cerca del túmulo, cuando éste comenzó a oír una suave me­lodía proveniente del túmulo que sonaba quizás más dulce que la que había escuchado Lushmore, ya que las hadas habían incorpo­rado su agregado: "Da Luan, Da Mort; Da Luan, Da Mort; Da Luan, Da Mort, augus Da Dardeen", aunque esta vez no había pausa al­guna, ya que las palabras del trenzado llenaban el espacio vacío.

Jack Madden, para quien su único propósito era liberarse de su giba, no prestó la menor atención a la canción de las hadas, ni buscó el momento ni el tono musical adecuado para introducir su propia variante, sino que lo hizo una octava más alta de lo que los intérpretes lo hacían. Así que, tan pronto como comenzaron a can­tar, irrumpió, sin importarle el ritmo ni el tiempo, con su frase "au­gus da Dardeen, augus da Hena", pensando que, si con un solo día de la semana, Lushmore había obtenido un traje, él probablemen­te obtendría dos.

Desafortunadamente, tan pronto como las palabras hubieron brotado de sus labios, fue elevado por los aires y precipitado al in­terior de la fosa, como su antecesor pero, a diferencia de aquél, las hadas comenzaron a congregarse a su alrededor, chillando, gritan­do y gruñendo:

-¿Quién es el que osa arruinar nuestra canción?

Hasta que una de ellas se acercó al joven, separándose del res­to, y dijo:

-¡Jack Madden! Tu interrupción ha arruinado la canción que entonábamos con toda nuestra dedicación. Has profanado nuestro santuario, burlándote de nosotras, y mereces ser castigado severa­mente. ¡Por ello, desde ahora, llevarás dos jorobas en vez de una!

Alrededor de veinte de ellas -tan gráciles y pequeñas eran- tra­jeron la giba de Lushmore y la colocaron entre los hombros de Jack, encima de la suya propia, donde quedó tan fija como si hu­biera sido clavada con clavos de seis pulgadas por un maestro car­pintero. Luego echaron al desdichado del túmulo y cuando, por la mañana, su madre y su abuela lo vinieron a buscar, encontraron al joven medio muerto, tendido junto a la puerta del hillfort[5]. ¡Imagi­nen su espanto y su desesperación! Pero a pesar de su dolor, no se atrevieron a decir nada, por temor a que las hadas les pusieran otra joroba a cada una.

Y así regresaron con Jack Madden a su casa, con sus corazo­nes y sus almas tan abatidos como nunca antes. Pero podían ha­berse ahorrado el esfuerzo; a causa del peso de la nueva joroba, su­mado al anterior, y el trajín del largo y penoso viaje, Jack murió po­co antes de llegar a su hogar. Sin embargo, al morir, sus dos joro­bas desaparecieron misteriosamente. En las noches, junto al fuego, las ancianas cuentan a sus nietos que aquella terrible maldición fue llevada por las hadas de vuelta a Knockgrafton, ¡esperando a cual­quiera que vaya a escuchar o intente interferir de nuevo el canto de las hadas de Knockgrafton![6]



[1] Literalmente, "Lago Azul".

[2] Lushmore, en gaélico, significa literalmente "dedal", y se aplica a los sombreros de los leprechauns (véase nota 3), por su forma.

[3] El término leprechaun, literalmente "zapatero de un solo zapato", define a un elfo, es decir una de las múltiples divisiones de los seres ele­mentales: elfos, gnomos, hadas, duendes, ninfas, etc. Son oriundos de Ir­landa, bajos, de cuerpo rechoncho, nariz muy colorada y cara arrugada como la de un anciano. Su vestimenta incluye una chaqueta verde, un an­cho cinturón y un sombrero alto con una gran ala redonda y una cinta con una hebilla en el frente, donde colocan una rama de muérdago.

[4] Da Luan, Da Mori, augus Da Dardeen, en gaélico, literalmente "lu­nes, martes y también miércoles". Da Hena significa "jueves". Esta traduc­ción corresponde a la versión de William Butler Yeats, mientras que Dou­glas Hyde relata haber escuchado esta leyenda en Connaught, con las pa­labras Peean peean daw peean, peean go leh agus leffin, que significan: "Un penique, un penique, dos peniques; un penique y medio, y medio penique".

[5] Del inglés hill = colina y fort, abreviatura de fortificación o fuerte.

[6] Este mismo mabinogi (cuento, leyenda, relato) ha sido adaptado por W. Carleton como Los duendes de Knockgrafton, en que los personajes de la "gente pequeña" son duendes, en lugar de hadas.

 

Rincón de poesía: One Wish away - Katra

Once upon a time
Little girl, ancient light
Had wings so that she could fly
She wished upon a star
Give me safe and guard
I won't wake if I go too far
 
Can't you see what I see?
I felt so alive
When all my dreams
Were just one wish away
Can't you see what I see?
I felt so alive
When all my dreams
 
Were just one wish away
Some where above
They speak of love
They'll hurry unharmed
Unharmed
By closing her eyes
She could easily fly
And leave all the tears behind
Wonder why I can no longer fly
Away from the pain I feel
 
Can't you see what I see?
I felt so alive
When all my dreams
Were just one wish away
Can't you see what I see?
I felt so alive
When all my dreams
Were just one wish away
 
No where to run
Wish she could fly
Eyes of a child will heal
Inside
 
Can't you see what I see?
I felt so alive
When all my dreams
Were just one wish away
Can't you see what I see?
I felt so alive
When all my dreams
Were just one wish away
 

Hace mucho tiempo
Una pequeña niña, luz antigua
Tenía alas para poder volar
Ella deseo a una estrella
Dame seguridad y guardia
No me despertaré si voy demasiado lejos
 
¿No puedes ver lo que yo veo?
Me sentí tan viva
Cuando todos mis sueños
Estaban a un solo deseo de distancia
¿No puedes ver lo que yo veo?
Me sentí tan viva
Cuando todos mis sueños
Estaban a un solo deseo de distancia
 
En algún lugar arriba
Ellos hablan de amor
Ellos van apurados desarmados
Desarmados
Con sus ojos cerrados
Ella podría volar fácilmente
Y dejar todas las lágrimas detrás
Me pregunto porqué ya no puedo volar
Lejos del dolor que siento
 
¿No puedes ver lo que yo veo?
Me sentí tan viva
Cuando todos mis sueños
Estaban a un solo deseo de distancia
¿No puedes ver lo que yo veo?
Me sentí tan viva
Cuando todos mis sueños
Estaban a un solo deseo de distancia
 
No hay donde correr
Ella desea poder volar
Los ojos de un niño sanarán
Dentro
 
¿No puedes ver lo que yo veo?
Me sentí tan viva
Cuando todos mis sueños
Estaban a un solo deseo de distancia
¿No puedes ver lo que yo veo?
Me sentí tan viva
Cuando todos mis sueños
Estaban a un solo deseo de distancia