Me hallaba yo en un ángulo de la terraza,
sofocado por la furia de la danza. Los músicos, en el interior del salón,
limpiaban sus frentes rojas y el director de orquesta ordenaba su corbata
blanca. Lánguidas parejas de enamorados discurrían por los jardines húmedos
cuyas emanaciones no eran más sugerentes que las de las mujercitas pálidas. La
luna, rosada, alta, era una extraña perla suspendida misteriosamente sobre el
mundo...
Invisible y bello, contemplaba yo el
espectáculo calladamente junto a los muslos de una dríada de mármol.
Entonces, cuando mi abstracción era
absoluta, percibí una voz tan dulce que igualaba las melodías más dulces de mi
música. Atendí, notando que la voz me hablaba.
—¿Quién eres? —pregunté en seguida, sin
lograr distinguir figura alguna.
—Adivina —insinuó la voz muy tiernamente.
Me llevé un dedo a los labios, inclinándome
sobre la balaustrada. Luego tomé entre mis dedos una madreselva y balbucí:
—¡No sé!
—Adivina...
—¿Eres también música? —sugerí.
—Sí, soy música —respondió la voz alada.
—¿Cuál es tu residencia?
—Adivina...
—¿El templo acaso?
—No.
—¿Los salones de moda?
—No.
—Confiesa al menos, ¿qué hacen los hombres
mientras te escuchan?
—Lloran —suspiró.
Comprendí muy claramente.
—Eres el nocturno —dije.
Oí su risa alegre, ligera, tan cristalina
como una cascada.
—¡Yo soy el vals! —prorrumpí intimidado por
primera vez en mi vida.
—Ya lo sé —declaró el nocturno—. Descubrí
de lejos tu plumaje... ¿Quieres que paseemos? ¡La noche es tibia!
Yo dudé, reflexionando:
"Si me ausento, ¿qué bailarán los
hombres?"
Mas era tal mi fascinación, que propuse:
—Espera. ¡Voy a pedir permiso!
Y, rápidamente, temiendo que a mi regreso
el nocturno hubiera huido, busqué en el salón al director de orquesta. No tardé
en encontrarlo y cuchicheé con él, esforzándome porque el dueño de la casa no
me oyera.
Me dijo:
—Está bien. Ve y regresa pronto.
Salí a la intemperie, con la emoción
retratada en el semblante.
—¿Vamos? —me invitó el nocturno.
Descendimos a los jardines y caminamos largo trecho en silencio.
—¡Quiero verte! —supliqué al cabo,
venciendo mi orgullo.
Pero la voz me instó a callar, posando un
dedo invisible en mis labios.
—¡Aguarda!
Dejamos atrás veredas sombrías, sobre las
cuales goteaban los árboles; graciosas y frescas praderas donde la hierba era muy
tierna; arroyos diáfanos y sollozantes que saltaban entre los hongos; una
alameda bordeada de violetas; un bosque...
Yo dije, extenuado:
—Sentémonos.
—¿Quieres realmente conocerme? —preguntó mi
compañero.
—¡Sí! —grité con todas mis fuerzas.
Y vi su silueta inmóvil, sus cabellos
negros y brillantes, sus ojos profundos y oblicuos, su boca fina, su porte
lánguido. Sin duda alguna era aquél un personaje sumamente melancólico.
—Cuéntame tu historia —sugerí, intrigado.
—Mi historia es muy sencilla —repuso.
—¿De quién naciste?
—Según los hombres, de un músico enfermo y
una duquesita romántica.
—Pero, ¿en realidad?
—En realidad, de un rayo de luna y una
magnolia.
—¡Fue bella tu cuna! —exclamé observándole.
—¡Oh, bella y blanda, sí! A mi nacimiento
acudieron personajes célebres: la nieve, el céfiro, la espuma blanca del mar,
las flores. Y tuve presentes riquísimos: sándalo, granates, luces de bengala,
leche fresca, corales...
—¿Dónde naciste? —le interrumpí, molesto.
—En un bosque de amarantos. De ahí que mi
vida sea eterna.
Me eché a reír.
—¡Eterna! —repetí—. ¡Si supieras que yo he
de sobrevivirte!
—¿Con qué cuentas? —me preguntó muy
ingenuamente.
—Con el amor de los hombres, ¿no es
suficiente? ¿Tú?
—Con su dolor.
No supe qué replicar, humillado. Pero argüí
un poco más tarde:
—Mi vida es más intensa que la tuya. ¡Soy
más popular que tú!
—Tal vez —admitió.
—No hay festín en que yo no figure. Reyes,
príncipes, emperadores del universo entero solicitan mi presencia.
—Tal vez —repitió.
—Conozco palacios de mármol en los cuales a
ti no te habrían franqueado la entrada... Increíbles salas, rosadas, azules y
verdes, con los muros tapizados de seda, y en cuyos interiores danzan
aristócratas, poetas y vírgenes... Monumentales terrazas de pórfido, con
estatuas de náyades y efebos... Jardines de cipreses, álamos o mimosas, por
entre cuyos troncos mi música se desliza maliciosamente... ¡Soy un tirano de
todas las maravillas creadas!
—Tal vez —volvió a decir.
Exasperado, me puse en pie.
—¡No hay violín en el mundo que no haya
besado mi música!
Calló.
—¡No hay corazoncito femenino que no haya
pensado en entregarse escuchándome!
Siguió en silencio.
—¡Soy capaz de sacudir una montaña con mi
ritmo! Puedo provocar un cataclismo: burlar las rutas siderales, precipitar
unos ríos contra otros. ¡Puedo secar el mar!
Le vi sonreír y esto acabó por
desesperarme.
—¡Tú no puedes hacer nada de eso! —grité.
Y oí cómo mi voz, prodigiosamente ampliada,
retumbaba en los abismos y se propagaba por la llanura.
—¡Escucha!¡¡Escucha!! —imploré a su oído.
Un vals arrebatador y magnífico,
vertiginoso y sensual, atronó el espacio. Luego quedó en suspenso la noche y se
fueron apagando las luces en los pueblos. Cuando todo pareció dormido y una
melancolía fatal abrazaba al mundo, mi compañero se inclinó hacia mí, que
escuchaba tendido sobre la hierba.
—¿Por qué lloras? —le pregunté muy
satisfecho—. ¿Tanto te ha conmovido mi música?
Él seguía llorando, llorando, y yo dije,
arrepentido de mi soberbia:
—¡Perdóname si te he hecho sufrir! ¡No
quise herirte!
Pero su llanto era cada vez más amargo. Me
estrujaba el corazón.
—¡Calla, calla, no llores! —exclamé ahora,
acariciándole los cabellos—. ¡No llores más!
Súbitamente fui advirtiendo que también yo
lloraba y que las lágrimas de mi compañero se mezclaban con las mías, igual que
el rocío del alba con la lluvia nocturna. Su llanto me abrasaba las manos; sus
gemidos me dolían agudamente, me punzaban. Ya no había una sola luz en la
noche: la luna se había apagado. Ya no había un murmullo: el viento se había
detenido. No existía un solo contorno: todo estaba vacío, vacío...
Me sentí olvidado, cual si todo hubiese
sucumbido y yo fuera el último habitante sobre el planeta. La angustia me
dominó; creí asfixiarme. Y fue tan grande, tan profunda la pesadumbre que se
apoderó de mí, que rompí a gritar con todas mis ansias, con todo el poder
sobrenatural del vals que estremece las conciencias de los hombres.
—¡Calla! ¡¡Calla ya!!
Pero aquel llanto pío, dulce, era más
fuerte que mi voz frenética. Y, aterrado, enloquecido, con los cabellos de
punta, chorreantes las ropas de tanto llorar, huí rumbo al palacio. Salté la
tapia, crucé los jardines, escalé la terraza, me asomé al salón. Pero ¡oh
desdicha!
Chopin, ante un piano abierto, movía
lánguidamente sus manos pálidas. Y el nocturno lloraba, lloraba, con un dolor
que prometía ser eterno en el silencio frío de la noche.