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Una noche de espanto - Antón Chéjov

Iván Ivanovitch Panibidin estaba pálido cuando, con voz cargada de emoción, comenzó a narrar su experiencia:

«Una espesa niebla cubría todo el pueblo en el último día del año. Yo volvía a mi hogar después de haber celebrado una fiesta en el de un amigo. La mayor parte del tiempo la dedicamos a comentar sucesos relacionados con el espiritismo. Las calles oscuras que me vi obligado a cruzar carecían de alumbrado, aunque me he acostumbrado a caminar sirviéndome de las manos para no tropezar con los obstáculos que, por cierto, acostumbran a estar siempre en el mismo lugar, debido a que en mi barrio no sucede casi nada. He de advertir que estaba residiendo en Moscú, casi en el extrarradio. El camino resultaba bastante largo, lo que propició que empezaran a bullir mis pensamientos. Pronto noté que un cierto pesar agobiaba mi corazón y mi mente...

»“Tu vida agoniza... Debes pedir perdón de tus pecados y errores...”, me advirtió el espíritu de Espinosa, al que me atreví a consultar durante la sesión.

»Le supliqué que me comunicara algo más preciso y entonces, además de insistir con el mismo mensaje, incorporó otro más amenazador:

»“Va a suceder esta misma noche”.

»Yo nunca había creído en los espíritus. Sin embargo, debo reconocer que las ideas sobre la muerte y las apariciones, junto a toda la parafernalia que se monta a su alrededor, me repelen... ¿Acaso se deba a que me aterrorizan?

»Reconozco que la muerte puede llegar a ser necesaria y, sin que lo podamos remediar, es inevitable. No obstante, resulta un concepto que me deja demolido, como una piltrafa humana...

»Y en aquel momento, atravesando la niebla del suburbio moscovita, a lo que se había venido a unir una lluvia persistente que calaba los huesos, junto a un viento que ululaba a la manera de un fantasma gimiente, yo me notaba indefenso. Estaba solo, ya que no se escuchaba la presencia de ningún peatón, así como era imposible saber si las ventanas de las casas próximas se hallaban iluminadas. Mi alma comenzó a dejarse invadir por un miedo lógico. Cuando me tenía por un hombre ajeno a los prejuicios más convencionales de la sociedad, empecé a correr de prisa sin atreverme a mirar hacia atrás. Presentía que si giraba la cabeza, para comprobar lo que sucedía a mis espaldas, descubriría que me estaba persiguiendo un fantasma o cualquier otro espectro...».

Panibidin suspiró profundamente, se sirvió un vaso de agua, lo bebió y prosiguió con una voz más nítida:

«Ese pavor ilógico, aunque comprensible después de la experiencia vivida, seguía conmigo, obstinado en no dejarme. Subí por la escalera hasta llegar al cuarto piso del edificio y, al momento, procuré buscar refugio en mi dormitorio. Se hallaba a oscuras. El viento ululaba con más fuerza en la chimenea, igual que si se lamentara de que no le hubiese dejado entrar en casa.

»Si debía aceptar las advertencias de Espinosa, me iba a morir aquella misma noche... ¿Quizá lo que estaba escuchando era el fúnebre preámbulo sonoro de mi final? ¡Qué espanto! Encendí una cerilla. Entonces la intensidad del viento se incrementó, hasta el punto de que sus gemidos se transformaron en unos aullidos rabiosos. Los postigos de las ventanas se agitaron como si fueran a saltar de un momento a otro. Es posible que alguien estuviera tirando de ellos hacia dentro.

 »“Pobres desgraciados los que no cuentan con una vivienda como la mía en una noche tan horrible como ésta”, me dije, angustiado.

»A partir de aquel momento dejé de ser dueño de mis pensamientos, es decir, no pude controlarlos de una forma coherente... Ya que en el momento que la llamita de la cerilla me permitió ver lo que había en mi dormitorio... ¡Algo pavoroso, increíble, apareció ante mis ojos!

»Ahora lamento que una ráfaga de viento no hubiese brotado antes para apagar la débil fuente de luz, que yo sujetaba con dos dedos. Dado que esto me hubiese librado del motivo que me dejó sin habla, erizó mis cabellos y llenó mi cuerpo de temblores... Aullé, di unos pasos hacia atrás, dirigiéndome instintivamente a la puerta y, preso del terror, de un arrebato de locura y desesperación terminé por cerrar los ojos...

»“¡Y es que en el centro de mi dormitorio había un ataúd!”

»La llamita de la cerilla se consumió pocos segundos más tarde. En medio de la oscuridad, caí en la cuenta de que no desaparecía la imagen del ataúd, porque se hallaba grabada en mi cerebro, con la nitidez de un reflejo que se perpetúa en el cristal, con la particularidad de que yo no lo veía mentalmente al revés... Sabía que estaba tapizado en rosa, que en la tapa abierta destacaba una cruz de galón dorado y que sus asas y pies eran de bronce... ¿Podía importarme algo estar deduciendo que hasta los personajes más ricos de Moscú hubieran querido dormir su último sueño en un ataúd como el que a mí me esperaba?

»Sin pararme a analizar lo ocurrido, preferí abandonar mi piso y, como si me persiguiera el peor de mis enemigos, bajé corriendo por las escaleras. Volví a servirme de las manos, tanteando para localizar la barandilla, las paredes y las otras referencias que me permitieron salir a la calle. Todo estaba a oscuras, y casi tropecé al enredarse mis pies con los bajos de mi abrigo, que era excesivamente largo. Todavía me resulta incomprensible cómo pude seguir avanzando sin romperme ningún hueso en una caída.

»Nada más que me encontré en la calle, busqué el apoyo de un farol encendido. Intenté tranquilizarme. La niebla se había aligerado. Casi podía escuchar mi corazón alterado, al mismo tiempo que lo sentía dolorido. Además se me había quedado reseca la garganta... Es posible que me hubiera asombrado menos descubrir que en mi dormitorio estaba actuando un ladrón, un perro hidrofóbico y hasta el fuego... Tampoco me hubiera causado tanta impresión el desplome del techo o si se hubiera abierto el piso bajo mis pies... Todos estos accidentes forman parte de lo inesperado, dentro de una lógica racional...

»Pero, ¿con qué diabólica intención se había dejado un ataúd en mi dormitorio? Debo reconocer que era ostentoso, acaso lo que yo hubiera deseado para mi entierro, muchos años más tarde... ¿Quién había decidido llevarlo a la humilde vivienda de un miserable empleado público? ¿Por qué no comprobé si estaba vacío o había un muerto en su interior? ¿Y quién podía ser el desgraciado que merecía como velatorio mi habitación?

»“En el caso de no responder a un milagro, sólo puede ser un homicidio”, pensé, cada vez más asustado.

»Mi mente se estaba perdiendo en un laberinto de vacilaciones. De pronto, recordé que yo siempre dejaba cerrada la puerta de mi casa, y el escondite de la llave sólo lo conocían mis amigos más íntimos. Sin embargo, ninguno de ellos sería capaz de introducir un ataúd en mi dormitorio. Es posible que el fabricante lo dejase allí por equivocación; pero si aceptaba esta suposición, debía considerar absurdo que no se lo hubiera llevado al comprobar que nadie le pagaba la mercancía o le firmaba un justificante de entrega.

»Quizá ese espíritu que me anticipó la muerte se había cuidado de traérmelo o de “materializar” el ataúd allí donde yo lo pudiese ver.

»Debo insistir que no creía en el espiritismo, como sigo pensando actualmente. Sin embargo, debo aceptar que un hecho de esas características puede desconcertar a la persona con los nervios más templados.

»“Tiene que haber una respuesta lógica –me decía–. Soy un pusilánime que se deja llevar por lo que no comprende, un chiquillo que huye de lo que le asusta. Seguro que he sufrido una alucinación. Cuando entré en casa, me hallaba tan sugestionado por la sesión de espiritismo, que mis ojos contemplaron lo que no existía. ¡Ésta es la verdad! ¿Existe otra respuesta más coherente?”

»La lluvia me estaba empapando. El viento se obstinaba en tirarme al suelo y el gorro y el abrigo parecían querer abandonarme... Me notaba calado hasta los huesos... Era un suicidio continuar quieto en aquel lugar. Pero, ¿adónde podía dirigirme? ¿Regresar a mi hogar para enfrentarme a la realidad de ese ataúd? Me negué a pensar esta posibilidad. Me hallaba convencido de que enloquecería si volvía a tenerlo delante, porque acaso guardase un cadáver. Preferí ir a pasar el resto de la noche en la casa de mi mejor amigo...».

Panibidin sacó un pañuelo y se secó el sudor que cubría su frente, dejó escapar un suspiro y, después, continuó la narración de su historia:

«Mi amigo no se encontraba en su hogar. Llamé repetidamente en la puerta y, cuando me convencí de su ausencia, busqué la llave detrás de una de las vigas del techo. Contaba con su autorización para hacer uso de la vivienda cuando lo creyese necesario. Abrí y entré en aquel lugar tan confortable. Nada más quitarme el abrigo empapado, me dejé caer en un sofá. Me notaba agotado. Allí no se veía nada, y de nuevo había debido recurrir a las manos para no caerme. Saqué la caja de cerillas y encendí una. Pero la débil claridad no me dejó satisfecho. Al contrario, lo que pude contemplar aumentó el terror que ya sentía. Dudé unos momentos, creyendo estar delante de una alucinación, hasta que escapé de aquel lugar... ¡Porque allí había otro ataúd, pero que doblaba en tamaño al primero!

»Creo que el color marrón le confería un aspecto más macabro... ¿Cómo había llegado allí? No podía aceptar otra idea: en los dos casos había sufrido una alucinación... Aunque debiera considerar imposible que en todos los lugares donde pudiera entrar tuviera que cargar con la visión del ataúd... o de la muerte.

»Al parecer yo estaba sufriendo una enfermedad nerviosa, desencadenada por la sesión de espiritismo y por las macabras advertencias de Espinosa.

»“¡Me estoy volviendo loco!”, pensé, cada vez más confundido, y cogiéndome la cabeza con las dos manos. “¡Dios! ¿Habrá una solución para todo esto?”

»La cabeza no dejaba de darme vueltas... Sentía las piernas tan flojas que casi eran incapaces de sostenerme... Llovía cada vez con más intensidad, y mis ropas estaban empapadas. Había perdido el gorro y el abrigo, ya que los dejé en la casa de la que acababa de escapar... No me atreví a recuperarlos. Continuaba diciendo que era víctima de una alucinación y, no obstante, el pánico me paralizaba. Mi cara se hallaba inundada de sudor, que la lluvia no conseguía lavar del todo. Los pelos se me erizaban...

»Me dominaba la locura y no tardaría en coger una pulmonía. Por fortuna, me acordé de que en aquella misma calle residía un médico conocido, que también había asistido a la sesión espiritista. Decidí ir a pedirle ayuda y consejo. Como todavía no se había casado, su hogar estaba en el quinto piso de un gran edificio.

»Mis nervios aún debieron enfrentarse a un nuevo choque emocional... En el momento que empezaba a subir por la escalera, escuché un ruido tremendo. Pronto comprendí que alguien estaba bajando frenéticamente, después de haber cerrado una puerta con gran estrépito, al mismo tiempo que no dejaba de chillar: “¡Auxilio! ¡Auxilio! ¡A mí, portero!”

»Unos momentos más tarde llegó a mi lado alguien, al que debí sujetar antes de que cayera rodando por los escalones.

»–¡Pagostof! –exclamé al reconocer al médico–. ¿Qué le ha ocurrido? ¿De qué huye usted?

»Aquel infeliz se me quedó mirando, angustiado, y me cogió las manos de una forma convulsiva. Su rostro aparecía lívido y le costaba respirar. Le temblaba el cuerpo y sus ojos no podían fijar la atención en un punto, al mismo tiempo que estaban demasiado abiertos...

»–¿De verdad que es usted, Panibidin? –me preguntó con voz vacilante–. ¿Realmente es usted? ¡Su rostro no puede verse más pálido, como el mío! ¡Cielo santo! ¿No forma parte de la alucinación? ¡Al verle mi pánico aumenta...

»–Pero, ¿qué le sucede a usted? ¿Cómo actúa de una forma tan demencial?

»–¡Amigo del alma! ¡Lo mucho que me alegra tenerle ante mí! ¡Ha llegado en el momento más oportuno! Ahora sé que la sesión espiritista ha trastocado mis nervios... ¿Se imagina lo que he encontrado en mi dormitorio? ¡Un ataúd!

»Sin poder creer lo que acababa de oír, le pedí que lo repitiera.

»–¡Es un ataúd! ¡Un verdadero ataúd! –exclamó el médico, dejándose caer en el rellano de la escalera–. Nunca me he tenido por un cobarde; sin embargo, hasta el mismo Satanás se aterrorizaría si encontrara un ataúd en su dormitorio, nada más salir de una sesión de espiritismo.

»Seguidamente, le conté mi experiencia, aunque entrecortadamente y balbuciendo. Esto supuso que nos quedásemos mudos, mirándonos sin poder comprender la realidad. Después, para asegurarnos de que todo aquello no formaba parte de una pesadilla, en la que nosotros jugábamos el papel de sonámbulos, nos pellizcamos uno al otro.

»–Ambos hemos sentido el dolor dijo el médico, después de concederse unos minutos para la reflexión–. Ahora sabemos que no formamos parte de un sueño o de una alucinación. Los ataúdes no son producidos por un fenómeno óptico, pues existen realmente. ¿Qué podemos hacer?

»Estuvimos más de una hora entrecruzando suposiciones y realizando conjeturas. Mientras tanto, nos habíamos helado. Al final decidimos controlar nuestro pánico y entrar en la casa del médico. Antes solicitamos la presencia del portero, con el fin de que fuese testigo de lo que iba a suceder. Nada más entrar, encendimos una vela, y nos encontramos ante un ataúd tapizado con brocado blando y borlas doradas. Nuestro acompañante se persignó con devoción.

»–Ahora vamos a comprobar –dijo el médico, tembloroso– si se encuentra vacío... u ocupado por un cadáver.

»Pero no nos atrevíamos a dar ese paso. Minutos más tarde, el médico se aproximó y, rechinándole los dientes de pavor, levantó la tapa con manos temblorosas. Miramos el interior... y comprobamos que el ataúd se hallaba vacío.

»Allí no se encontraba ningún muerto, pero sí una nota en la que se había escrito lo que sigue:

»“Entrañable amigo: Creo que estarás al tanto de que los asuntos económicos de mi suegro anclan mal: le acosan los acreedores. Pronto se verá ante la humillación de sufrir un embargo, lo que supondrá la ruina de la familia y el deshonor. Acabamos de tomar la decisión de esconder todo lo valioso que poseemos. Dado que la fortuna de mi suegro se compone de ataúdes (desde antiguo tiene fama de fabricar los mejores del pueblo), vamos a salvar los más valiosos. Espero que tú, al ser un buen amigo, me ayudarás en tan amargo momento. Con esta idea te hago depositario de uno de los ataúdes, con el ruego de que lo conserves hasta que dejemos de vemos amenazados. Precisamos la ayuda de algunos amigos y conocidos. Te lo ruego, hazme este favor. Sólo vas a tener el ataúd una semana, ¡te lo prometo! Estoy pidiendo la misma ayuda a cada uno de mis amigos, sabiendo que no se negarán a ser solidarios con mi infortunio. Tu amigo, Tchelustin.”

»Como consecuencia de lo sucedido aquella noche estuve enfermo de los nervios a lo largo de tres meses. Por otra parte, nuestro amigo, el yerno del fabricante de ataúdes, conservó casi toda su fortuna y su honor. Actualmente dirige una funeraria y construye mausoleos y panteones. Sin embargo, como he sabido que sus negocios marchan mal, todas las noches, en el momento que entro en mi casa, temo encontrar junto a mi lecho un catafalco o un panteón entero».

La sombra - Juan Eduardo Zúñiga

Estaba el padre sentado en un sillón próximo al ventanal, y tenía en sus manos un fajo de cartas que según iba leyendo depositaba en la mesa cercana.
La puerta de la estancia se abrió y entró el hijo mayor que avanzó hasta situarse delante de él.
-Padre -le dijo-, escúchame: no quisiera alterar tu tranquilidad estos meses en que estamos juntos pero me siento obligado a hablarte de algo que me inquieta. Desde hace días, cuando estoy solo, empiezo a notar que hay alguien cerca de mí. Poco a poco gana fuerza esta sensación que no puedo evitar, aunque esté trabajando o ensayando con el violín. Como si una persona hubiera entrado en mi habitación y, en silencio, me mirara. No tengo más remedio que volver la cabeza pero... no hay nadie, nadie está cerca de mí. Sin embargo, lo siento claramente y me asusta.
Los ojos del padre se habían ido reduciendo mientras oía aquellas palabras y luego los llevó de la cara del hijo a los bellos dibujos de la alfombra.
-No debes preocuparte, hijo -exclamó-. Eso que te ocurre es, sin duda, resultado de la tensión de la sangre en el cerebro, o tus mismos pensamientos o tu pasión por la música. No le des importancia, será pasajero y en pocos días lo olvidarás.
El primogénito no respondió y con una actitud respetuosa, que todos los miembros de la familia mantenían para con el padre, salió de la estancia.
Fue hasta el salón, donde hacía años estaba el piano, lo abrió y, sin sentarse ante él, tecleó unos compases mientras su vista se perdía en la cristalera que daba al jardín, tras la cual se anunciaba el atardecer. Oyó unos pasos y al volverse vio a la hermana que se aproximaba.
-Te estaba buscando, hermano, me siento nerviosa y triste. No puedo estar sola, necesito hablar con alguien, contigo, si es que me quieres escuchar. Verás, te voy a contar un motivo de inquietud, acaso es la preocupación de estar enferma, no sé, pero a veces estoy segura de que a mi lado alguien respira, y ya comprenderás que no hay nadie y debe de ser sólo imaginación mía.
-Pero, ¿de verdad, no hay nadie? El que respira, quien quiera que sea, ¿no puedes verlo?
-No, no veo a nadie. Ya te digo que tan sólo es una impresión, algo como las alucinaciones que tienen las videntes.
-Sí, pero nosotros no somos videntes. ¿Te has asegurado de no ver... alguna cosa?
La hermana se tapó la cara con ambas manos y emitió con la garganta como un sollozo y seguidamente le miró con una mueca de enfado.
-¿Qué crees que voy a ver? ¿A qué te refieres? No veo nada, sólo me parece que se acerca a mí un susurro igual a una respiración. Es eso lo que te digo.
Él se pasó por los ojos la mano con que había rozado las teclas, suspiró y habló en voz muy baja:
-Pues yo sí veo, hermana, veo algo, no sé bien lo que es pero cuando estoy solo percibo como si unos ojos me mirasen.
Ella dio un breve grito y se estrechó contra él a la vez que la boca se contrajo, mirándole de muy cerca.
-¿Qué ves, dime qué ves?
-Una sombra, veo una sombra, no te puedo decir más.
La joven encogió la cabeza entre los hombros.
-Ay, como yo, hermano mío. Te he mentido: yo también veo esa sombra, y me horroriza.
En el ventanal resonó súbitamente una ráfaga de lluvia y, fuera, las ramas de los árboles se movieron con violencia.
-¿Sí? ¿Igual que yo? ¿Qué será? Estoy pasando unos días angustiosos: en cuanto me quedo solo comprendo que estoy acompañado, y es una sombra, solamente una sombra.
Los dos hermanos se miraron, pendientes de lo que se decían pero el ruido de la lluvia les hizo fijarse en la cristalera sacudida por el aguacero que la azotaba. Estuvieron mucho tiempo en silencio, junto al piano; ambos parecían reflexionar sobre lo que acababan de confesarse. Hacían gestos de duda.
Cuando el anochecer fue dejando oscuro el salón, en el reloj de pie sonaron las campanadas de las seis de la tarde. Entonces echaron a andar, pegado uno al otro, y fueron al gabinete de la madre que ya estaba iluminado con una viva luz de petróleo y el fuego en la chimenea.
La madre parecía esperar a sus hijos, sentada ya a la mesa en la que se veía colocado el servicio de té. Los hermanos tomaron asiento y aguardaron unos minutos a que llegara el padre que cerró la puerta tras él. Antes de sentarse, se acercó a la ventana y contempló un momento la oscuridad y la espesa lluvia.
Sirvieron el té. Con las tazas en las manos, todos callaban hasta que el hijo habló.
-Padre, a mi hermana también le atormenta la misma sensación que a mí. Tenemos miedo. Como si hubiera alguien junto a nosotros.
El padre miró a la joven, extrañado.
-¿Qué sientes, hija mía? ¿Qué te asusta?
La joven negó y sostuvo la taza ante los labios; la madre la miraba fijamente.
-Sí, padre -insistió el hermano-, igual que yo. Pero debo decirte que antes te he mentido: te dije que no veía nada y no es esa la verdad; si me vuelvo hacia donde creo que hay una presencia, si miro por encima del hombro, veo algo, como una sombra. Y a mi hermana también le ocurre lo mismo.
La voz de la madre le interrumpió:
-¿Una sombra? ¿Qué es eso de ver sombras? Estáis mintiendo, eso no puede ser cierto.
-No, madre, no mentimos, es una sombra que nos asusta. Cuando estoy solo, cuando bajo a la biblioteca, cuando hago música o cuando leo o escribo una carta.
-¿Qué te ocurre entonces? -la madre se inclinó hacia él y levantó la mano como si fuera a contener algo que se caía pero el hijo no vio este ademán porque hundía su mirada en la taza de té humeante.
-Una sombra. ¿Cómo es esa sombra? -intervino el padre.
-¡No preguntes eso! -exclamó la madre-. No hay tal sombra, es una fantasía de ellos.
-Sí, se lo pregunto. Hijo, ¿cómo es la sombra?
-No sé, padre, no sé cómo es ni de dónde viene ni por qué está a mi lado. Pero en algunos momentos es tan fuerte la sensación que tiemblo, huyo, me bajo a hablar con los criados o con el jardinero.
-Yo también tiemblo y la veo, y busco la compañía de quien sea porque sólo entonces me siento libre -dijo la joven temblando.
-¡Callaos! -ordenó la madre irguiendo el busto y dando con la taza en la mesa-. ¡Basta de hablar de eso!
El padre se dirigió a la joven y al preguntarle:
-Hija mía, esa sombra que ves, ¿qué... tamaño tiene? -ésta dio un grito y se llevó la mano a la boca: miró con ojos espantados al padre.
-¿Por qué preguntas eso? -volvió a recriminar la madre, encarándose con él-. ¿Qué quieres decir?
-No, padre, eso no -murmuró el hijo-; será mejor no pensar en ello.
La hija sollozó pero fijando sus ojos en el padre fue ella quien a su vez le preguntó:
-¿El tamaño... que tiene?
La madre levantó la voz:
-¿Por qué le preguntas lo que tú bien sabes? Si tú también la ves y lo niegas... -y estas palabras dichas con una entonación cortante y rápida hicieron estremecer al padre.
-Es lógico que yo le pregunte.
-¿Es que vas a ocultar que esa sombra maldita...?
-Yo no veo ninguna sombra. Yo soy noble y nunca mis ascendientes tuvieron visiones, y yo tampoco. Pero quiero preguntar a mis hijos.
Hubo un silencio y sólo se oía el batir de la lluvia que caía en el jardín y el viento que a veces removía las llamas de la chimenea.
-¿Es que tú, padre, sabes el tamaño que tiene? -Habló primero el hijo dirigiéndose al padre y éste sin responder preguntó:
-Lo que tú ves, ¿es acaso... pequeño?
La hija volvió a dejar escapar una especie de lamento y hundió la cara en su pañuelo.
El hijo tardó en contestar; contemplaba el rostro del padre como queriendo descubrir el motivo de la pregunta.
-Sí, padre. Es pequeño. Me espanta. Pequeño, sí.
-Estáis locos para hablar de esas cosas. ¿No comprendéis que es una fantasía, una mentira?
-Pues es verdad, madre: yo veo una sombra pequeña a mi lado, como si respirase un ser, pero yo no le oigo, es que tengo la certidumbre de que está allí y si me vuelvo, lo que veo es... algo pequeño, en el suelo.
La hija habló con voz convulsiva y muy deprisa con un gesto que podría hacer pensar que se ahogaba, al mismo tiempo que estrujaba el pañuelo entre los dedos.
Bruscamente, la madre se puso de pie, miró a todos, miró la ventana, la habitación en torno suyo y murmuró:
-¡Qué terrible es lo que decís! ¡Qué tristeza tan grande llena mi alma, y mi corazón se siente solo en esta noche de muerte! Y esa sombra que vosotros veis, estará aquí, en nuestra casa y ya para siempre me seguirá adonde vaya, y entrará en las habitaciones vacías y subirá tras de mí las escaleras y cuando duerma, estará conmigo, y sabré que de ahora en adelante será mi compañía.
Al callar, oyeron en el vestíbulo el lejano llanto de un niño. Todos se miraron entre sí. En la ventana, la lluvia seguía resonando.

La vista fija - Alberto Chimal


Érase una niña pequeñita y muy bonita, con chapas rojas rojas cual flores de rubor, vestidito rosa y bonito cabello rizado. Jugaba en un parque con su pelota y era muy feliz. Oyóse entonces un disparo, y la frente de la niña hizo ¡pop!, y una emisión hubo de sangre y sesos entremezclados que, flor también de rubor (aunque de otro, ¡ay, de otro rubor!), cayó en el pasto un segundo o dos antes que la propia niña.

De la pelota no se supo más, y yo creo que alguien se la robó. Debe haber sido fácil porque hasta la niña, que no se movía y de cuya frente seguía manando ese caldo rojo y tremebundo, llegó una mujer que pants que se quedó con la vista fija en ella; un señor de traje barato que también se quedó con la vista fija en ella; un par de muchachos, con uniforme y peinados de escuela militarizada, que también se quedaron con la vista fija en ella.

Y una anciana de coche con chofer, su chofer, un grupo de novicias, tres policías, un comerciante informal, un malabarista de crucero, un ejecutivo de exitosa empresa y otros muchos más, hombres y mujeres, jóvenes y viejos, que tras llegar se quedaron igualmente alrededor de la niña, igualmente con la vista fija en ella, arruinando con sus pies descuidados el pasto del parque, favoreciendo la huida del posible y desalmado ladrón de pelotas, presas todos de la misma atracción: del mismo embrujo, imperioso y extraño.

Porque no se encontraban ante un televisor, no había reportero que comentara lo que veían, no se veía logotipo ni anuncio superpuesto ni nada entre ellos y las manchas rojas rojas en el pasto verde, los rizos manchados de rojo, los trozos de cráneo igualmente manchados de rojo, la expresión de sorpresa en la carita infantil, los bracitos y piernitas inertes, laxos, ya fríos.

Y, por ende, todo, todo cuanto veían era de ellos solamente: su secreto, como son secretos el frío del velador, las pesadillas del enfermo, mi propia voz como se oye desde adentro.

Así que allí estaban, llenos de un gozo nuevo, vivo y tembloroso, de esos que son inconfesables y agradabilísimos. Y cuando todos se encontraban a diez metros o menos, aun sin otro cuidado que el espanto ante sus ojos, la niña explotó y los mató.