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La aventura de un matrimonio - Italo Calvino

El obrero Arturo Massolari hacía el turno de noche, el que termina a las seis. Para volver a su casa tenía un largo trayecto que recorría en bicicleta con buen tiempo, en tranvía los meses lluviosos e invernales. Llegaba entre las siete menos cuarto y las siete, a veces un poco antes, otras un poco después de que sonara el despertador de Elide, su mujer.

A menudo los dos ruidos, el sonido del despertador y los pasos de él al entrar, se superponían en la mente de Elide, alcanzándola en el fondo del sueño, ese sueño compacto de la mañana temprano que ella trataba de seguir exprimiendo unos segundos con la cara hundida en la almohada. 

Después se levantaba repentinamente de la cama y ya estaba metiendo a ciegas los brazos en la bata, el pelo sobre los ojos. 

Elide se le aparecía así, en la cocina, donde Arturo sacaba los recipientes vacíos del bolso que llevaba al trabajo: la fiambrera, el termo, y los depositaba en el fregadero. Ya había encendido el calentador y puesto el café. 

Apenas la miraba, Elide se pasaba una mano por el pelo, se esforzaba por abrir bien los ojos, como si cada vez se avergonzase un poco de esa primera imagen que el marido tenía de ella al regresar a casa, siempre tan en desorden, con la cara medio dormida. Cuando dos han dormido juntos es otra cosa, por la mañana los dos emergen del mismo sueño, los dos son iguales.

En cambio a veces entraba él en la habitación para despertarla con la taza de café, un minuto antes de que sonara el despertador; entonces todo era más natural, la mueca al salir del sueño adquiría una dulzura indolente, los brazos que se levantaban para estirarse, desnudos, terminaban por ceñir el cuello de él. Se abrazaban. 

Arturo llevaba el chaquetón impermeable; al sentirlo cerca ella sabía el tiempo que hacía: si llovía, o había niebla o nieve, según lo húmedo y frío que estuviera. Pero igual le decía: "¿Qué tiempo hace?", y él empezaba como de costumbre a refunfuñar medio irónico, pasando revista a los inconvenientes que había tenido, empezando por el final: el recorrido en bicicleta, el tiempo que hacía al salir de la fábrica, distinto del que hacía la noche anterior al entrar, y los problemas en el trabajo, los rumores que corrían en la sección, y así sucesivamente.

A esa hora la casa estaba siempre mal caldeada, pero Elide se había desnudado completamente, temblaba un poco, y se lavaba en el cuartito de baño. Detrás llegaba él, con más calma, se desvestía y se lavaba también, lentamente, se quitaba de encima el polvo y la grasa del taller. 

Al estar así los dos junto al mismo lavabo, medio desnudos, un poco ateridos, dándose algún empellón, quitándose de la mano el jabón, el dentífrico, y siguiendo con las cosas que tenían que decirse, llegaba el momento de la confianza, y a veces, frotándose mutuamente la espalda, se insinuaba una caricia y terminaban abrazados.

Pero de pronto Elide:
-¡Dios mío! ¿Qué hora es ya? -y corría a ponerse el portaligas, la falda, a toda prisa, de pie, y con el cepillo yendo y viniendo por el pelo, y adelantaba la cara hacia el espejo de la cómoda, con las horquillas apretadas entre los labios. Arturo la seguía, encendía un cigarrillo, y la miraba de pie, fumando, y siempre parecía un poco incómodo por verse allí sin poder hacer nada. 

Elide estaba lista, se ponía el abrigo en el pasillo, se daban un beso, abría la puerta y ya se la oía bajar corriendo las escaleras.

Arturo se quedaba solo. Seguía el ruido de los tacones de Elide peldaños abajo, y cuando dejaba de oírla, la seguía con el pensamiento, los brincos veloces en el patio, el portal, la acera, hasta la parada del tranvía. 

El tranvía, en cambio, lo escuchaba bien: chirriar, pararse, y el golpe del estribo cada vez que subía alguien. "Lo ha atrapado", pensaba, y veía a su mujer agarrada entre la multitud de obreros y obreras al "once", que la llevaba a la fábrica como todos los días. Apagaba la colilla, cerraba los postigos de la ventana, la habitación quedaba a oscuras, se metía en la cama.

La cama estaba como la había dejado Elide al levantarse, pero de su lado, el de Arturo, estaba casi intacta, como si acabaran de tenderla. Él se acostaba de su lado, como corresponde, pero después estiraba una pierna hacia el otro, donde había quedado el calor de su mujer, estiraba la otra pierna, y así poco a poco se desplazaba hacia el lado de Elide, a aquel nicho de tibieza que conservaba todavía la forma del cuerpo de ella, y hundía la cara en su almohada, en su perfume, y se dormía.

Cuando volvía Elide, por la tarde, Arturo cabía un rato que daba vueltas por las habitaciones: había encendido la estufa, puesto algo a cocinar. Ciertos trabajos los hacía él, en esas horas anteriores a la cena, como hacer la cama, barrer un poco, y hasta poner en remojo la ropa para lavar. 

Elide encontraba todo mal hecho, pero a decir verdad no por ello él se esmeraba más: lo que hacía era una especie de ritual para esperarla, casi como salirle al encuentro aunque quedándose entre las paredes de la casa, mientras afuera se encendían las luces y ella pasaba por las tiendas en medio de esa animación fuera del tiempo de los barrios donde hay tantas mujeres que hacen la compra por la noche.

Por fin oía los pasos por la escalera, muy distintos de los de la mañana, ahora pesados, porque Elide subía cansada de la jornada de trabajo y cargada con la compra. Arturo salía al rellano, le tomaba de la mano la cesta, entraban hablando. 

Elide se dejaba caer en una silla de la cocina, sin quitarse el abrigo, mientras él sacaba las cosas de la cesta. Después:
-Arriba, un poco de coraje -decía ella, y se levantaba, se quitaba el abrigo, se ponía ropa de estar por casa. 

Empezaban a preparar la comida: cena para los dos, después la merienda que él se llevaba a la fábrica para el intervalo de la una de la madrugada, la colación que ella se llevaría a la fábrica al día siguiente, y la que quedaría lista para cuando él se despertara por la tarde.

Elide a ratos se movía, a ratos se sentaba en la silla de paja, le daba indicaciones. Él, en cambio, era la hora en que estaba descansado, no paraba, quería hacerlo todo, pero siempre un poco distraído, con la cabeza ya en otra parte. 

En esos momentos a veces estaban a punto de chocar, de decirse unas palabras hirientes, porque Elide hubiera querido que él estuviera más atento a lo que ella hacía, que pusiera más empeño, o que fuera más afectuoso, que estuviera más cerca de ella, que le diera más consuelo. 

En cambio Arturo, después del primer entusiasmo porque ella había vuelto, ya estaba con la cabeza fuera de casa, pensando en darse prisa porque tenía que marcharse.

La mesa puesta, con todo listo y al alcance de la mano para no tener que levantarse, llegaba el momento en que los dos sentían la zozobra de tener tan poco tiempo para estar juntos, y casi no conseguían llevarse la cuchara a la boca de las ganas que tenían de estarse allí tomados de las manos.

Pero todavía no había terminado de filtrarse el café y él ya estaba junto a la bicicleta para ver si no faltaba nada. Se abrazaban. Parecía que sólo entonces Arturo se daba cuenta de lo suave y tibia que era su mujer. Pero cargaba al hombro la barra de la bici y bajaba con cuidado la escalera.

Elide lavaba los platos, miraba la casa de arriba abajo, las cosas que había hecho su marido, meneando la cabeza. Ahora él corría por las calles oscuras, entre los escasos faroles, quizás ya había dejado atrás el gasómetro. 

Elide se acostaba, apagaba la luz. Desde su lado, acostada, corría una pierna hacia el lugar de su marido buscando su calor, pero advertía cada vez que donde ella dormía estaba más caliente, señal de que también Arturo había dormido allí, y eso la llenaba de una gran ternura.

La noche del vals y el nocturno - Francisco Tario

Me hallaba yo en un ángulo de la terraza, sofocado por la furia de la danza. Los músicos, en el interior del salón, limpiaban sus frentes rojas y el director de orquesta ordenaba su corbata blanca. Lánguidas parejas de enamorados discurrían por los jardines húmedos cuyas emanaciones no eran más sugerentes que las de las mujercitas pálidas. La luna, rosada, alta, era una extraña perla suspendida misteriosamente sobre el mundo...

Invisible y bello, contemplaba yo el espectáculo calladamente junto a los muslos de una dríada de mármol.

Entonces, cuando mi abstracción era absoluta, percibí una voz tan dulce que igualaba las melodías más dulces de mi música. Atendí, notando que la voz me hablaba.

—¿Quién eres? —pregunté en seguida, sin lograr distinguir figura alguna.

—Adivina —insinuó la voz muy tiernamente.

Me llevé un dedo a los labios, inclinándome sobre la balaustrada. Luego tomé entre mis dedos una madreselva y balbucí:

—¡No sé!

—Adivina...

—¿Eres también música? —sugerí.

—Sí, soy música —respondió la voz alada.

—¿Cuál es tu residencia?

—Adivina...

—¿El templo acaso?

—No.

—¿Los salones de moda?

—No.

—Confiesa al menos, ¿qué hacen los hombres mientras te escuchan?

—Lloran —suspiró.

Comprendí muy claramente.

—Eres el nocturno —dije.

Oí su risa alegre, ligera, tan cristalina como una cascada.

—¡Yo soy el vals! —prorrumpí intimidado por primera vez en mi vida.

—Ya lo sé —declaró el nocturno—. Descubrí de lejos tu plumaje... ¿Quieres que paseemos? ¡La noche es tibia!

Yo dudé, reflexionando:

"Si me ausento, ¿qué bailarán los hombres?"

Mas era tal mi fascinación, que propuse:

—Espera. ¡Voy a pedir permiso!

Y, rápidamente, temiendo que a mi regreso el nocturno hubiera huido, busqué en el salón al director de orquesta. No tardé en encontrarlo y cuchicheé con él, esforzándome porque el dueño de la casa no me oyera.

Me dijo:

—Está bien. Ve y regresa pronto.

Salí a la intemperie, con la emoción retratada en el semblante.

—¿Vamos? —me invitó el nocturno. Descendimos a los jardines y caminamos largo trecho en silencio.

—¡Quiero verte! —supliqué al cabo, venciendo mi orgullo.

Pero la voz me instó a callar, posando un dedo invisible en mis labios.

—¡Aguarda!

Dejamos atrás veredas sombrías, sobre las cuales goteaban los árboles; graciosas y frescas praderas donde la hierba era muy tierna; arroyos diáfanos y sollozantes que saltaban entre los hongos; una alameda bordeada de violetas; un bosque...

Yo dije, extenuado:

—Sentémonos.

—¿Quieres realmente conocerme? —preguntó mi compañero.

—¡Sí! —grité con todas mis fuerzas.

Y vi su silueta inmóvil, sus cabellos negros y brillantes, sus ojos profundos y oblicuos, su boca fina, su porte lánguido. Sin duda alguna era aquél un personaje sumamente melancólico.

—Cuéntame tu historia —sugerí, intrigado.

—Mi historia es muy sencilla —repuso.

—¿De quién naciste?

—Según los hombres, de un músico enfermo y una duquesita romántica.

—Pero, ¿en realidad?

—En realidad, de un rayo de luna y una magnolia.

—¡Fue bella tu cuna! —exclamé observándole.

—¡Oh, bella y blanda, sí! A mi nacimiento acudieron personajes célebres: la nieve, el céfiro, la espuma blanca del mar, las flores. Y tuve presentes riquísimos: sándalo, granates, luces de bengala, leche fresca, corales...

—¿Dónde naciste? —le interrumpí, molesto.

—En un bosque de amarantos. De ahí que mi vida sea eterna.

Me eché a reír.

—¡Eterna! —repetí—. ¡Si supieras que yo he de sobrevivirte!

—¿Con qué cuentas? —me preguntó muy ingenuamente.

—Con el amor de los hombres, ¿no es suficiente? ¿Tú?

—Con su dolor.

No supe qué replicar, humillado. Pero argüí un poco más tarde:

—Mi vida es más intensa que la tuya. ¡Soy más popular que tú!

—Tal vez —admitió.

—No hay festín en que yo no figure. Reyes, príncipes, emperadores del universo entero solicitan mi presencia.

—Tal vez —repitió.

—Conozco palacios de mármol en los cuales a ti no te habrían franqueado la entrada... Increíbles salas, rosadas, azules y verdes, con los muros tapizados de seda, y en cuyos interiores danzan aristócratas, poetas y vírgenes... Monumentales terrazas de pórfido, con estatuas de náyades y efebos... Jardines de cipreses, álamos o mimosas, por entre cuyos troncos mi música se desliza maliciosamente... ¡Soy un tirano de todas las maravillas creadas!

—Tal vez —volvió a decir.

Exasperado, me puse en pie.

—¡No hay violín en el mundo que no haya besado mi música!

Calló.

—¡No hay corazoncito femenino que no haya pensado en entregarse escuchándome!

Siguió en silencio.

—¡Soy capaz de sacudir una montaña con mi ritmo! Puedo provocar un cataclismo: burlar las rutas siderales, precipitar unos ríos contra otros. ¡Puedo secar el mar!

Le vi sonreír y esto acabó por desesperarme.

—¡Tú no puedes hacer nada de eso! —grité.

Y oí cómo mi voz, prodigiosamente ampliada, retumbaba en los abismos y se propagaba por la llanura.

—¡Escucha!¡¡Escucha!! —imploré a su oído.

Un vals arrebatador y magnífico, vertiginoso y sensual, atronó el espacio. Luego quedó en suspenso la noche y se fueron apagando las luces en los pueblos. Cuando todo pareció dormido y una melancolía fatal abrazaba al mundo, mi compañero se inclinó hacia mí, que escuchaba tendido sobre la hierba.

—¿Por qué lloras? —le pregunté muy satisfecho—. ¿Tanto te ha conmovido mi música?

Él seguía llorando, llorando, y yo dije, arrepentido de mi soberbia:

—¡Perdóname si te he hecho sufrir! ¡No quise herirte!

Pero su llanto era cada vez más amargo. Me estrujaba el corazón.

—¡Calla, calla, no llores! —exclamé ahora, acariciándole los cabellos—. ¡No llores más!

Súbitamente fui advirtiendo que también yo lloraba y que las lágrimas de mi compañero se mezclaban con las mías, igual que el rocío del alba con la lluvia nocturna. Su llanto me abrasaba las manos; sus gemidos me dolían agudamente, me punzaban. Ya no había una sola luz en la noche: la luna se había apagado. Ya no había un murmullo: el viento se había detenido. No existía un solo contorno: todo estaba vacío, vacío...

Me sentí olvidado, cual si todo hubiese sucumbido y yo fuera el último habitante sobre el planeta. La angustia me dominó; creí asfixiarme. Y fue tan grande, tan profunda la pesadumbre que se apoderó de mí, que rompí a gritar con todas mis ansias, con todo el poder sobrenatural del vals que estremece las conciencias de los hombres.

—¡Calla! ¡¡Calla ya!!

Pero aquel llanto pío, dulce, era más fuerte que mi voz frenética. Y, aterrado, enloquecido, con los cabellos de punta, chorreantes las ropas de tanto llorar, huí rumbo al palacio. Salté la tapia, crucé los jardines, escalé la terraza, me asomé al salón. Pero ¡oh desdicha!

Chopin, ante un piano abierto, movía lánguidamente sus manos pálidas. Y el nocturno lloraba, lloraba, con un dolor que prometía ser eterno en el silencio frío de la noche.

El lobo nocturno - Karen Joy Fowler

 A veces las grietas en el techo del dormitorio de Anna se transformaban en la cabeza de un lobo. No siempre era fácil de ver. No podía verse recién acostados, cuando nuestra madre acababa de apagar las luces y no podíamos ver nada con claridad. No podía verse por la mañana cuando veíamos todo demasiado bien y la cabeza del lobo era sólo grietas en el techo, al igual que todas las demás. Cuando la veíamos, era en la mitad de la noche y nos habíamos despertado de pronto, y la veíamos en especial cuando la luna era brillante y entraba por nuestra ventana. Entonces estaba justo encima de nuestra cabeza mientras estábamos recostados y mirábamos hacia arriba. Estaba tendida hacia un costado, con la mirada hacia afuera, de modo que era imposible ver los ojos, mas se veía el punto oscuro donde se encontraba la nariz y todos sus dientes triangulares.

Anna obligó a su madre a correr la cama hacia el otro extremo del cuarto, lejos de la puerta, hacia la otra pared, a pesar de que su madre pensaba que era tonta. «¿Qué había allí que asustara?», había preguntado la madre de Anna. Aquellas grietas en el techo que no se parecían a un lobo para la madre de Anna, dijera lo que dijera Anna. De todas formas, ya era demasiado tarde. Por entonces el lobo había encontrado el camino hacia el dormitorio de Anna en medio de la noche, en medio de sus sueños, y en especial en aquellas noches en que la luz de la luna era clara y brillante. Por entonces, el lobo había encontrado su camino hacia Anna y venía cada vez que quería.

Un rectángulo oscuro reveló de pronto dónde debería haber estado la puerta cerrada. No era el lobo; el lobo nunca entraba con una luz detrás. Era la madre de Anna.

—¿Aún estás despierta? —susurró.

—Sí —contestó Anna.

—¿Por qué? —su madre fue hasta su cama.

—No puedo dormir.

—Mañana debes ir a la escuela.

—Simplemente no puedo dormir. ¿Te quedas conmigo?

—Compórtate como una niña grande —dijo la madre de Anna, besándola—. Dile a tu imaginación que te obsequie unos sueños dulces.

No cerró la puerta por completo cuando se fue; Anna vio la franja brillante de la abertura antes de que su madre apagara la luz de la sala. Anna no estaba más segura con la puerta cerrada. Un lobo de verdad no podía girar el tirador resbaladizo con sus patas, aunque quizás pudiera hacerlo con sus dientes. Sin embargo, un lobo con la magia de la luna detrás de él y la oscuridad siempre podía entrar. Malhumorado y resollando. ¿Quién está asustado? ¿Quién no lo estaría?

—Nombra un vegetal —dijo Emily.

—¿Qué? —preguntó Anna.

—No, rápido. Cualquier vegetal.

—Zumo.

—Eres extraña —le dijo Siri—. Pero yo dije apio, así que también soy extraña.

Las tres niñas regresaban juntas a sus casas después de la escuela y no había nada de extraño, en absoluto, con respecto a Siri, a quien su madre llevaba a la tienda de ropa Esprit y le trenzaba el cabello todas las mañanas, en una larga trenza francesa que caía por la espalda, y su padre la llamaba princesa, pero la dejaba ir sola en avión a la casa de su abuela. Anna pensaba que si llegaba a la casa de Siri temprano a la mañana siguiente, la madre de Siri podría trenzarle también el cabello. Algunas veces lo hacía. El cabello de Anna era de largo irregular y su madre no podía trenzarlo.

—¿Qué hay de extraño acerca del zumo?

—No es naranja —respondió Emily.

A Emily le estaban creciendo los pechos y podían verse debajo de su camiseta, unos bultitos exactamente donde se encontraban los pezones. Anna se compadecía de ella y siempre intentaba no mirar. Era extraño lo difícil que era no mirar algo si se pensaba en no mirar. Quizás se pensara que sería fácil. Siempre había infinidad de otras cosas para mirar.

—Una persona normal, si debe nombrar un vegetal rápido, nombra un vegetal naranja.

—¿Acaso el zumo no es naranja? —preguntó Anna—. Especie de naranja.

—¿De qué color es el zumo? —quiso saber Siri.

—No es naranja —afirmó Emily.

Michael Paxton apareció detrás de ellas sobre su monopatín. Cortó camino por el bordillo redondo y luego subió a la acera enfrente de ellas. Las ruedas delanteras cogieron una grieta y cayó hacia adelante, aterrizando sobre sus manos y rodillas. Se puso de pie, mirándolas desafiante. Siri rió.

—Zumo —dijo.

—Tú no podrías andar en monopatín —Michael no miraba a Siri. Examinó la palma de su mano. Anna pensó que sangraba, pero con tanta suciedad no podía asegurarlo. Anna no quería saber si era sangre.

—Me gustaría verte intentarlo —Michael miró a Anna, apretando la palma contra su camiseta para que dejara una mancha—. Tu madre te obliga a usar casco y andar en bicicleta por la acera.

Era verdad. No había nada que Anna pudiera decir. Michael era un niño tan pequeño. ¿A quién le importaba lo que pensara Michael Paxton?

—Ella nunca te dejaría subirte a un monopatín —el tono de Michael hizo que sonara como algo bastante malo. Se volvió a Emily—. Tú tendrías que usar una pechera.

—Michael, eres una basura —dijo Siri—. Eres la basura de sus zapatos.

El se alejó en su monopatín, saltó el bordillo sin caerse.

—Habla sobre tus vegetales naranjas —dijo Siri. Las niñas rieron a espaldas de él lo suficientemente alto como para asegurarse de que éste las oyera.

Habían llegado a la casa de Emily.

—Llámame esta noche —le dijo a Siri.

—Te llamaré —prometió Anna.

Corrió adentro. Anna podía oírla, gritándole a su madre que estaba en casa, que estaba hambrienta.

—¿Sabes qué dijo ella sobre mí? —preguntó Siri a Anna.

Cruzaron la calle. La luz del sol entre las hojas hacia un motivo de papel pintado. Se movía alrededor de los pies de Anna como si estuviera caminando en el agua.

—Dice que hablo sobre las personas a sus espaldas. Eso es lo que le dijo a Debbie. Ella es la que lo hace.

—Tú no hablas sobre las personas a sus espaldas —convino Anna. No le gustaba hablar sobre las personas.

—Llámame esta noche —Siri fingió que era Emily, su voz aguda y con una dulzura solapada. Habló con su propia voz otra vez—. Con que falsa —dijo—. Espera y verás. Cuando te llame te dirá algo malo acerca de mí.

—Te diré si lo hace —dijo Anna.

—Siempre lo hace —afirmó Siri—. Finge ser tu amiga y luego trata de poner a todos en contra tuya. ¿Te dejará tu padre hablar por teléfono esta noche?

—Sólo quince minutos si he terminado mi tarea.

—Apenas podemos decir unas palabras en quince minutos. Te llamaré yo —dijo Siri.

Abrió el portón de su patio. Un cocker spaniel embarrado la esperaba y saltaba excitado.

—No saltes, Pumpkin —le ordenó Siri. Se volvió a Anna—. Después de hablar con Emily, te llamaré y te contaré qué dijo. Pero no le digas que te conté.

—No lo diré —dijo Anna.

Anna podía guardar un secreto. Aunque, en realidad, lo más probable era que su padre no la dejara hablar tanto con Emily como con Siri.

—Las ves todo el día en la escuela —le diría—. Cualquier cosa que necesites decirles, tienes todo un día para hacerlo.

El padre de Anna hincó el tenedor y luego el cuchillo en su filete.

—Esto está bueno —le dijo a la madre de Anna, mientras masticaba—. Me sorprende que podamos comprarlo, pero esto está bueno.

—Esta vez —dijo la madre de Anna. Le pasó una escudilla de guisantes a Anna. Esta la pasó de nuevo—. Come un poco de guisantes, Anna. ¿Cómo te fue en la escuela?

—Bien —respondió Anna.

—¿Qué hiciste?

—Nada.

—¿Estuviste en la escuela durante seis horas y no hiciste nada? —preguntó la madre de Anna.

Anna miró su plato y dejó caer los guisantes uno a uno dentro de él, preguntándose cuántos debería servirse. Un guisante, dos, tres. Miró a su madre, miró de nuevo su plato. Cuatro guisantes, cinco.

—Nada en especial —comentó.

Colocó la cuchara nuevamente en la escudilla y pasó los guisantes a su padre. En la ventana detrás de su madre, el cielo comenzaba a oscurecerse. Ya podía ver la luna. A partir de ahora sólo se volvería más brillante.

—Pues cuéntame algunas de las cosas que hiciste que no eran especiales —pidió la madre de Anna.

—Déjala tranquila —intervino su padre—. Si no quiere hablar, no la hagas hablar. No hay nada de malo en no hablar —cortó otro bocado de filete—. Dios sabe, el mundo siempre puede utilizar algunas mujeres que no hablen.

Anna oyó que la puerta se abría de un empujón. La puerta no crujió ni nada. Era un sonido apenas audible. Tan sólo un movimiento de aire. Podía soñarse. Hasta podía soñarlo. La puesta de la luna formaba un charco azul en el techo, un gran charco soñador de luz, la ventana cortaba su forma. Se extendía por toda la habitación hasta donde yacía aún la cabeza del lobo, la vieran o no. Anna no la vio, pero cerró los ojos de todos modos, o soñó que lo hacía, pues si estaba soñando entonces nunca había abierto los ojos en realidad. El lobo entró en su sueño. Sabía exactamente dónde estaba ella. No había manera alguna de que ella se hiciera tan pequeña en la cama que éste no la viera. La oscuridad le ocultaba, mas no a ella. No la transformó en otra persona. El lobo podía oler ese olor tan suyo, tan de Anna. Ella podía olerlo a él. Podía sentir su aliento y su pelo. La cama crujió con su peso.

Anna se obligó a soñar sobre trampas. Era una tarea difícil.

Le tomó toda su atención. Soñó que atrapaba al lobo. Vio los dientes triangulares de la trampa, como la boca de un lobo, al cerrarse sobre la pata del lobo. Justo cuando éste pensaba que estaba a salvo. Justo cuando se decía a sí mismo, Anna nunca me haría daño. Anna no. La trampa lo cogería hasta que finalizaran la noche y la oscuridad. Hasta que la luz clara, dura, del sol le sorprendiera en su forma de luz de sol vulnerable.

Anna había oído una historia en algún lugar acerca de un lobo que pisó una trampa y masticó su propio pie para poder escapar. ¿Podría hacer él lo mismo? ¿Cómo podía hacer alguien una cosa así?

La casa estaba en silencio y la luz del sol inundaba. Anna se vistió y pasó delante de su padre, quien se afeitaba delante del espejo del baño. Colocó una brocha blanca de crema de afeitar en su pera y luego la quitó de nuevo. Mojó la navaja en la pila de agua.

—Buen día, Solecito —dijo—. ¿Cómo anda mi niñita?

La madre de Anna estaba preparando harina de avena.

—Dormilona —le dijo a Anna—. ¿Quieres pasas de Corinto o plátanos?

—Pasas de Corinto —pidió Anna.

El día entero se extendía delante de ella. Todo un día entero antes de que llegara la noche. El padre de Anna se detuvo en la puerta de la cocina y limpió el resto de la crema de afeitar de su cara con la manga de su camiseta. Olía a hojas de laurel. La madre de Anna raspó la olla de la harina de avena en el fregadero. Anna comió deprisa.

—¿Puedo ir a la casa de Siri? —preguntó—. He terminado mi desayuno.

—Tú te quedas aquí —dijo su padre—. Siempre huyes a lo de Siri. Concédenos el placer de tu compañía para variar un poco.

Después del desayuno solía ponerse una camisa con botones y una corbata sobre su camiseta. La madre de Anna solía ponerse medias y zapatos de tacón bajo y maquillarse su rostro. Se transformarían en personas que trabajan. Anna sería la persona que era en la escuela. Era la de siempre dondequiera que fuera.

La madre de Siri trenzó el cabello de Anna en la mesa del desayuno mientras Siri terminaba sus huevos con tostadas.

—Es más fácil cuando tu cabello no está tan limpio. No quiero decir que recomiende el cabello sucio. Déjame humedecer un poco el cepillo —dijo la madre de Siri dirigiéndose al fregadero y llevando su albornoz, un viejo albornoz rosado con partes brillantes y pedazos de lanilla.

Anna bostezó. A veces lo hacía deliberadamente, pues Siri no podía evitar responder con un bostezo; sin embargo, éste era un bostezo verdadero. Siri bajó su tenedor y se cubrió la boca.

—No lo haré —dijo, pero lo hizo y las dos niñas rieron.

—Es demasiado temprano para estar bostezando —dijo la madre de Siri.

—Anna me provocó.

—Quédate quieta ahora, Anna —dijo la madre de Siri, cepillando el agua en todo el cabello de Anna—. Tenemos dos minutos para convertir este revoltijo mojado en una cosa hermosa antes de que lleguen tarde a la escuela. Siri, debes comer tu huevo. Y no pierdas de vista la cinta de goma.

Anna hizo una mueca de dolor cuando el cepillo prendió en un nudo.

—¿Te estoy lastimando, ángel? —preguntó la madre de Siri—. Lo siento. El precio de la belleza es muy alto ¿Has terminado de comer, Siri? ¿Has perdido ya la cinta de goma?

Siri se la tendió. Su madre la tomó, enroscándola alrededor de la trenza terminada.

—Ahí está —dijo besando a ambas niñas—. Sois unas niñas muy buenas. Ahora corred a la escuela.

Anna colocó la silla de su escritorio en frente de la puerta de su dormitorio. El lobo la empujó a un lado en medio de la noche. Cayó al suelo con un ruido fuerte.

—¿Anna? —su madre llamó desde su cama.

—¿Anna? —su padre estaba en la puerta—. ¿Estás bien, Anna? ¿Qué pasa?

—¿Qué pasa? —la voz de su madre se acercó. Se encendió la luz en el pasillo—. He oído un ruido en el dormitorio de Anna.

—Anna, ¿te encuentras bien? —preguntó su padre.

Abrió la puerta de un empujón hasta donde ésta se podía abrir. La silla estaba encajada entre la puerta y la pared. Su padre y su madre se introdujeron con dificultad a través de la puerta semiabierta. Su madre se sentó en la cama. Su padre levantó la silla y la colocó nuevamente junto al escritorio.

—Me asustaste —dijo la madre a Anna—. Oí un estruendo. ¿Qué hacías fuera de la cama?

—No estaba fuera de la cama —contestó Anna.

—Alguien volcó la silla —dijo su madre.

—Estaba durmiendo —dijo Anna.

—Caminando sonámbula quizás —sugirió su padre.

La madre de Anna corrió el cabello de su frente con dulzura. Anna cogió su mano.

—Y durmiendo —convino la madre de Anna—. Todos deberíamos hacerlo.

Se puso de pie.

—Volvamos a la cama —le dijo al padre de Anna—. ¿Estás segura de que te encuentras bien? —le preguntó a Anna.

—El lobo volcó la silla —contestó Anna. Lo dijo en un susurro.

—No hay ningún lobo aquí, cariño —dijo su madre.

—No hay nadie aquí salvo nosotros, las gallinitas —dijo su padre. Estaba de pie en la sombra de la puerta.

La madre de Anna se inclinó y la besó.

—Tuviste otra de tus pesadillas —dijo—. Ya terminó. Puedes volver a dormir.

De pie junto a la cama, esperó otro momento hasta que Anna soltara su mano.

—Creo que es divino —dijo Siri.

Ella y Anna estaban sentadas en el columpio del pórtico de atrás de la casa de Anna con sus libros de historia abiertos sobre su regazo. Se columpiaban lentamente, como el péndulo de un reloj. Era sábado, temprano en la tarde. El anochecer se encontraba a muchos vaivenes de distancia.

—No cuentes a nadie que dije eso.

Anna siempre recibía órdenes de callar. De no contarle nada a nadie.

—Está bien —dijo—. De todos modos, creo que le gustas.

—¿Por qué piensas eso?

El padre de Anna salió al pórtico y pasó delante de ellas. Vestía su gorra de los Red Sox. Siri cogió su libro deprisa.

—Entonces, ¿quién estaba al mando en el Álamo? —le preguntó a Anna.

—Bowie —contestó ella.

—Travis —dijo el padre de Anna—. ¿Estoy en lo cierto, Siri? Tengo razón, ¿no es así?

—Travis —confirmó Siri, asintiendo con la cabeza.

—Dale al hombre con la gorra de béisbol un cigarro de oro.

El padre de Anna le sonrió. Continuó su camino hasta el cobertizo para herramientas. Anna podía oírle dentro, silbando el tema de David Crockett. Se crió en el bosque de modo que conocía cada árbol. Le dieron una barra cuando sólo tenía tres años.

—¿Por qué crees que le gusto? —preguntó Siri.

—Porque es así. Es terriblemente amable contigo.

—Nunca me dice una palabra.

—Nunca me habla a mí tampoco, pero no es tan amable.

—Entonces le gustas tú —dijo Siri—. Mi madre dice que así son los muchachos a esta edad.

El padre de Anna empujó el cortacésped fuera del cobertizo para herramientas, se arrodilló y lo llenó de gasolina.

—Travis —dijo Siri, en voz alta, girando su libro para que Anna pudiera verlo, señalando el renglón apropiado—. Travis era el comandante. Bowie enfermó o algo así antes de la batalla. Tuvo que luchar desde su lecho.

El cortacésped a motor comenzó a funcionar. El padre de Anna se puso de pie.

—No seas tonta —Anna se inclinó hacia Siri para que pudiera oírla por encima del cortacésped. Anna estaba enfadada y no podía precisar por qué—. A la gente que le gustas es amable contigo. Si no lo son, no le gustas. No importa lo que digan. No le gusto para nada.

Anna dejó de ver la televisión y fue a la cocina. Intentaba trenzar su propio cabello como lo hacía la madre de Siri. Su padre estaba de pie en el fregadero. Su madre, un poco más atrás, observaba.

—¿Qué querías? —preguntó su padre.

—Sólo un poco de agua —se acercó y se paró al lado de él, tendiendo el cepillo.

—Dame un minuto. El desagüe no funciona —le dijo su padre. Se agachó, su mano era demasiado grande para el orificio. Tuvo que moverlo mucho y rotarlo—. Tu madre tiró algo en él.

—No creo —dijo la madre de Anna excusándose.

—Puedo sentirlo. Algo fibroso. Apio o algo así —el pa-dre de Anna intentó tirar de su mano hacia afuera—. No lo vais a creer.

—Tu mano está atascada —dijo la madre de Anna.

—No puedo sacarlo —el padre y la madre de Anna se miraron.

—Jabón —dijo la madre de Anna con viveza—. Podemos intentar enjabonarlo —se arrodilló y abrió el armario debajo del fregadero.

Anna miró la mano de su padre.

—Bastante vergonzoso —le dijo él—. Atrapado en mi propio fregadero. Espero que no tengamos que llamar al departamento de bomberos.

Puso la otra mano sobre la muñeca e intentó tirar. El fregadero lo había tragado hasta el reloj. Anna buscó la llave del desagüe.

—¡Anna! —dijo su padre sorprendido.

Ella movió la llave de un tirón.

—¡Anna! —su madre estaba de pie mirándole fijamente. Había dejado caer el jabón y la botella de plástico giro a sus pies hasta que señaló a Anna. Sus ojos eran grandes. Su cara estaba pálida.

—Está bien —dijo su padre—. Ella sabía que estaba roto. Cierra la llave, cariño, para que pueda trabajar en ella.

—Podrías haber lastimado a tu padre —dijo la madre de Anna—. Si el desagüe hubiese andado, lo podrías haber lastimado seriamente.

—Ella sabía que estaba roto —afirmó su padre—. No quería hacer nada con ello. Anna no me haría daño, ¿no es cierto, Anna? —la miró—. Cierra la llave.

Anna no podía enfrentársele. Miró hacia arriba desde la botella para el jabón hasta donde desaparecía la mano de su

padre en el fregadero oscuro y silencioso. Su propia mano temblaba sobre la llave del desagüe. La tiró hacia abajo.

—Lo siento —dijo Anna.

Desde luego que lo sentía. Por supuesto, no quería hacer daño a su padre.

—Eres una niña con mucha suerte —la voz de su madre era cortante y enojada—. Si aquel desagüe hubiese andado, tu padre podría haber perdido el uso de su mano. Hubieras llevado esa culpa el resto de tu vida.

—Olvidémoslo. No ha ocurrido nada. Nadie se hizo daño —dijo su padre—. Vierte el jabón y sácame de aquí.

Una cosa tan pequeña como una silla ya no detiene al lobo. Abre la puerta despacio, y si ésta coge algo, extiende una pata hacia adentro y quita el obstáculo tan suavemente que nadie se despierta.

—Tú no me harías daño, Anna —dice. Susurra, casi inaudible—. Tú no quieres hacerme daño. Tú sabes que te quiero. Puedes mantener un secreto. No dirás nada.

El lobo viene mientras ella sueña y se arrastra desde la habitación en la oscuridad para ocultar su forma diurna. Nadie puede ver el lobo excepto Anna, y ella trata de no mirar. Es muy cansado para ella. Es tan difícil. Como no mirar los pechos de Emily, pero mucho más difícil pues el lobo viene tan cerca.

Una vez Anna encontró uno de sus pelos sobre la almohada. Lo tiró de inmediato, por el fregadero, con muchísima agua, pero era demasiado tarde. Ella lo había visto y luego había encontrado otros pelos, a menudo. Algunas veces los tira, pero otras los guarda. Los pone en un sobre en el cajón de su escritorio y algunas veces hasta los mira de nuevo. Ahora tiene cinco de ellos. Está construyendo una trampa. Quizá se los vaya a mostrar a alguien. Adivina que son éstos, dirá, pero ellos nunca adivinarán. Y ella no lo debe decir.

Sácame de aquí, dice el lobo, sácame de aquí, pero él no está atrapado en realidad. Puede cambiar su forma e ir donde quiera. La trampa es de Anna. Anna está atrapada y no puede soñar una fuga hasta saber qué pedazo de ella misma debe comerse y dejar atrás.