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La puerta del monstruo - William Hope Hodgson (Parte 2 y última)

»Cualquiera que no sea uno de ustedes, que conocen un poco mis métodos de investigación, consideraría todo esto una superstición desatinada e inútil, pero todos ustedes recuerdan el Caso del Velo Negro, en el que creo que salvé la vida gracias a una protección muy similar a esta, mientras que Aster, que se burló de ella y se mantuvo fuera, murió. 

»Saqué la idea del manuscrito Sigsand, escrito, por lo que puedo colegir, en el siglo XIV. Como es natural, al principio lo creí producto de las supersticiones de la época, y solo unos años después se me ocurrió probar su protección, cosa que hice, como acabo de recordarles, en aquel horrible Caso del Velo Negro. Ya saben cómo acabó aquello. Lo he usado luego en varias ocasiones y siempre permanecí a salvo, hasta el Caso de la Piel Movediza. Entonces solo fue una protección parcial y por poco muero dentro del pentáculo. 

»Después de aquello, descubrí el libro Experimentos con un médium, del profesor Garder. Cuando el médium quedó rodeado por una corriente creada por un tubo de vacío, perdió su poder, casi como si lo aislaran de lo inmaterial. Aquello me dio que pensar, y así fue como se me ocurrió el pentáculo eléctrico, que es una protección maravillosa contra algunas manifestaciones. 

»Adopté la forma del pentáculo estrella para este método protector porque, personalmente, no albergo duda alguna de que ese antiguo símbolo mágico posee virtudes insólitas. Resulta extraño que un hombre del siglo veinte admita algo así, ¿verdad? Pero, como todos ustedes saben, nunca he permitido ni permitiré que me cieguen las risas burlonas. Cuestiono las cosas y mantengo los ojos abiertos.

»En el caso que me ocupa, yo ya tenía pocas dudas de estar enfrentándome a algún monstruo sobrenatural, y pensaba tomar todas las precauciones posibles, dado que el peligro era abominable.

»Monté el pentáculo eléctrico, cuidando que cada uno de sus “valles” y “puntas” coincidiese con los “valles” y “puntas” del pentagrama trazado en el suelo. Acto seguido conecté la batería, y un instante después los tubos de vacío entrelazados emitieron un pálido resplandor azul.

»Miré a mi alrededor, exhalando algo parecido a un suspiro de alivio, y me di cuenta súbitamente de que ya anochecía, pues la luz de la ventana era gris y poco acogedora. Miré a mi alrededor por encima de la doble barrera de luz, la eléctrica y la de las velas, y me asaltó la repentina y desacostumbrada sensación de que allí había algo extraño, como si en el aire flotara el presentimiento de la cercanía de algo inhumano. La habitación estaba impregnada con la peste de ajo machacado, olor que detesto.

»Me volví hacia la cámara y vi que estaba en tan perfecto estado como el flash. Entonces comprobé con cuidado el revólver, aunque no creía que llegara a necesitarlo, aunque no se sabe qué grado de materialización puede alcanzar una criatura sobrenatural en condiciones favorables, y no tenía ni idea de cómo sería la horrible cosa que iba a ver, o cuya presencia iba a sentir. 

»Puede que al final sí que tuviera que enfrentarme a un monstruo material. Pero no lo sabía y solo podía prepararme para ello. Como verán, no había olvidado que en la cama que estaba a mi lado se había estrangulado a tres personas, ni había olvidado los estremecedores portazos. No tenía ninguna duda de estar investigando un caso feo y peligroso.

»Para entonces ya se había hecho de noche, aunque la habitación estaba muy iluminada por las velas, y me sorprendí mirando constantemente detrás de mí y a mi alrededor. Esperar a que esa cosa llegara era una tarea que ponía los nervios de punta.

»De pronto fui consciente de que me envolvía una brisa helada procedente de mi espalda. Sentí un gran escalofrío y una feroz comezón se adueñó de mi nuca. Me volví rápidamente con una especie de espasmo y me puse mirando de cara a ese extraño viento. Parecía provenir del rincón situado a la izquierda de la cama… el lugar donde había encontrado por dos veces las sábanas amontonadas. Pero no conseguí distinguir nada anormal, ninguna abertura… ¡nada!

»De repente me di cuenta de que las velas titilaban bajo ese viento antinatural… Creo que pasé varios minutos agachado, petrificado y terriblemente asustado. ¡Nunca sabré transmitirles lo desagradablemente horrible que fue quedarme allí sentado ante aquel viento gélido e inmundo! Y entonces —¡tac!, ¡tac!, ¡tac!— se apagaron las velas colocadas fuera de la barrera externa; y allí estaba yo, encerrado en esa habitación precintada, sin otra luz que el débil resplandor azulado del pentáculo eléctrico.

»Pasé un rato de abominable tensión, con ese viento soplando sobre mí, y entonces, de pronto, supe que algo se agitaba en el rincón a la izquierda de la cama. Fui consciente de ello gracias a algún sentido interior y oculto más que por la vista o el oído, pues el resplandor pálido y de corto alcance del pentáculo proporcionaba una luz demasiado escasa para distinguirlo. 

»Algo empezó a crecer lentamente ante mí mientras yo miraba fijamente: una sombra que se movía, algo más oscura que las sombras que la rodeaban. La perdí en la penumbra y, durante uno o dos instantes, miré rápidamente a uno y otro lado, con una nueva sensación y consciencia de inminente peligro. Entonces mi atención se centró en la cama. 

»Le estaban retirando las sábanas en un movimiento continuado, abominable y furtivo. Oía el lento deslizarse de las sábanas, pero no podía ver la cosa que tiraba de ellas. Supe de una extraña forma subconsciente e introspectiva que tenía delante a ese “ser”, pero aun así estaba mentalmente más calmado de lo que había estado en los últimos minutos, lo bastante como para notar que tenía las manos bañadas en sudor frío y que cambiaba el revólver de mano de forma semiconsciente, mientras me secaba la mano derecha en las rodillas, y todo ello sin desviar ni un instante la atención de esas sábanas que se movían.

»Los débiles ruidos de la cama cesaron y se hizo un profundo silencio, perturbado solo por el sonido de la sangre latiendo en mis sienes. Pero inmediatamente después volví a oír el roce de las sábanas al ser arrastradas fuera de la cama. En medio de esa tensión nerviosa, me acordé de la cámara y alargué la mano hacia ella, sin apartar la mirada de la cama. Y entonces, todo sucedió en un momento, ¿saben?, toda la ropa de cama fue arrancada con una violencia insólita, y oí el ruido apagado que hizo al ser arrojada al rincón.

»Hubo un periodo de absoluto silencio que se prolongaría durante un par de minutos, y ya imaginarán lo espantosamente mal que me sentía. ¡Era tanto el salvajismo con que se habían arrojado las sábanas! ¡Sin olvidar lo brutalmente antinatural que era la cosa que acababa de hacerlo ante mí!

»De repente, oí junto a la puerta un débil ruido, una especie de crujido, seguido de uno o dos repiqueteos en el suelo. Un enorme escalofrío nervioso me recorrió, como si subiera por la espina dorsal hasta la nuca, pues acababa de romperse el precinto de la puerta. Allí había algo. 

»No podía ver la puerta, y no puedo hacer menos que aclarar que me resultaba imposible separar lo que veía realmente de lo que aportaba mi imaginación. Solo era una prolongación de las paredes grises… Y entonces me pareció que entre las sombras se movía y agitaba algo sombrío e informe.

»Fui repentinamente consciente de que la puerta se estaba abriendo, e hice un nuevo esfuerzo para coger la cámara, pero, antes de que pudiera enfocarla, la puerta se cerró con un terrible estrépito que llenó la habitación como si fuera el eco de un trueno. Me sobresalté como un niño asustado. El ruido parecía provocado por una gran fuerza, como desencadenada por algún poder vasto y maligno. ¿Entienden?

»La puerta no volvió a moverse, pero justo a continuación oí crujir la cesta donde estaba el gato. Les aseguro que un cosquilleo me recorrió la espalda. Supe que iba a descubrir de forma concluyente si fuera lo que fuera que estaba allí era peligroso para la vida. 

»El gato lanzó de pronto un espantoso maullido que cesó bruscamente, y entonces disparé el flash, demasiado tarde. A la luz de aquel gran resplandor vi la cesta volcada, con la tapa arrancada, y el gato estaba tumbado medio dentro de la cesta y medio fuera en el suelo. No vi nada más, pero supe que estaba en presencia de algún ser o cosa con capacidad para matar.

»En los siguientes dos o tres minutos reinó en la habitación un silencio extraño e inusitado, y no olviden que en aquellos momentos yo estaba medio cegado por el flash, por lo que todo más allá de la luz del pentáculo me resultaba negro como el carbón. Era algo horrible. Seguía arrodillado dentro de la estrella, volviéndome a todo mi alrededor, intentando ver si algo venía a por mí.

»Poco a poco fui recobrando la visión y ya me había repuesto un poco, cuando de repente vi la cosa que buscaba, cerca del “círculo de agua”. Era grande e indefinida y oscilaba de una manera extraña, como si fuera la sombra de una enorme araña suspendida en el aire justo al otro lado de la barrera. 
 
»Dio rápidamente una vuelta alrededor del círculo, como si intentara llegar siempre hacia mí, retirándose luego con movimientos insólitamente espasmódicos. Me pareció que intentaba venir a mi encuentro, pero solo conseguía retroceder con movimientos insólitamente espasmódicos, como haría una persona viva al tocar el azuzador al rojo de una chimenea.

»Siguió dando vueltas a mi alrededor y yo giraba con ella. Entonces pareció detenerse justo ante uno de los “valles” del pentáculo, como si fuera el preámbulo a hacer un gran esfuerzo. Se retiró, alejándose del resplandor de los tubos de vacío, y entonces cargó hacia mí, y pareció cobrar forma y solidez a medida que se me acercaba. 

»Tras ese movimiento parecía haber una enorme y maligna determinación que podía tener éxito. Yo seguía de rodillas y me eché hacia atrás, cayendo sobre la cadera y la mano izquierdas, en un frenético intento de alejarme de la cosa que se acercaba. Con la mano derecha busqué enloquecido el revólver que había soltado antes. 

»Esa cosa brutal dio un gran salto sobre el ajo y el “círculo de agua”, llegando casi hasta el valle del pentáculo. Creo que chillé. Entonces, tan bruscamente como había saltado, pareció verse rechazada hacia atrás por alguna fuerza invisible y poderosa.

»Debieron pasar algunos instantes antes de que me diera cuenta de que estaba a salvo. Entonces me recompuse en el centro de los pentáculos, sintiéndome terriblemente exhausto y conmocionado, mirando todo alrededor de la barrera, pero la cosa había desaparecido. Ya había descubierto algo: ahora sabía que la Habitación Gris estaba encantada por una mano monstruosa.

»De pronto, estando allí acuclillado, vi que casi había proporcionado al monstruo una brecha en la barrera. Al moverme dentro del pentáculo debía haber tocado una de las jarras de agua, pues la cosa había atacado justo donde la jarra que protegía la “depresión” del “valle” se había desplazado a un lado, dejando desprotegida una de las cinco “puertas”. 

»La devolví enseguida a su sitio y volví a sentirme casi a salvo, pues había encontrado la causa del ataque y la protección seguía siendo válida. Y volví a tener esperanzas de ver salir el sol. Al ver que la cosa había estado a punto de tener éxito, sentí la abrumadora, espantosa y aniquiladora sensación de que las barreras no podrían mantenerme toda la noche a salvo contra una fuerza semejante. ¿Entienden?

»Pasé un largo rato sin ver la mano, pero me pareció distinguir una o dos veces un extraño oscilar entre las sombras cercanas a la puerta. Algo después, como por un arrebato repentino de maléfica rabia, el cadáver del gato fue levantado y estrellado contra el suelo sólido con golpes sordos y desagradables. Eso hizo que me sintiera mareado.

»Un minuto más tarde, la puerta se abrió y cerró dos veces con tremenda fuerza. Y un instante después la cosa volvía a lanzarse rápida y salvaje contra mí desde las sombras. Me aparté instintivamente a un lado, levantando una mano del pentáculo eléctrico, donde la había posado en un aciago momento de descuido. 

»El monstruo fue rechazado de la proximidad de los pentáculos, pero mi inconcebible insensatez le había permitido franquear las barreras exteriores por segunda vez. Les aseguro que me pasé un tiempo temblando de puro miedo. Volví a colocarme en el centro de los pentáculos, y me arrodillé allí, procurando abultar lo menos posible.

»Mientras lo hacía, me extrañé de los dos “accidentes” que casi habían permitido a la bestia llegar hasta mí. ¿No estaría siendo influenciado para que realizase gestos inconscientes que me ponían en peligro? Aquella idea se apoderó de mí y vigilé todos mis movimientos. 

»De pronto, estiré una pierna cansada y volqué una jarra de agua. Se vertió algo del contenido pero, debido a mi desconfiada alerta, pude enderezarla y devolverla a su sitio quedándole todavía un poco de agua. 

»Cuando lo hice, esa enorme mano, negra y semimaterializada, me atacó desde las sombras, casi a punto de tocarme la cara, de lo mucho que llegó a acercarse. Pero volvió a ser rechazada por una fuerza igualmente enorme y abrumadora. 

»Y, por un momento, además del aturdidor susto que me dio, sentí una especie de vahído espiritual, como si hubiera quedado afectada alguna gracia interior, delicada y hermosa, algo que solo se siente cuando nos acercamos demasiado a lo inhumano, y que, de un modo extraño, resulta más temible que cualquier clase de dolor físico. 

»Por esto supe hasta qué punto era grave y cercano el peligro, y durante un largo rato me limité a encogerme ante la aplastante brutalidad con que aquella fuerza afectaba a mi espíritu. No sé explicarlo de otro modo.

»Volví a arrodillarme en el centro de los pentáculos, vigilándome casi con más miedo que al monstruo, pues sabía que podría labrarme mi propia destrucción si no me guardaba de cualquier impulso repentino que me asaltase. ¿Se dan cuenta de lo horrible que era aquello?

»Pasé el resto de la noche en un sopor de espanto enfermizo, y tan tenso que no podía hacer ningún movimiento con naturalidad. Me aterraba que cualquier deseo de moverme pudiera estar sugerido por esa influencia que sabía que actuaba sobre mí. 

»Al otro lado de la barrera, esa cosa espectral seguía dando vueltas a mi alrededor, dando zarpazos en el aire ante mí. Dos veces más atacó al cadáver del gato. La segunda vez oí cómo crujían y se le rompían todos los huesos del cuerpo. Y ese horrible viento siguió durante todo el tiempo soplando hacia mí desde el rincón a la izquierda de la cama.

»Entonces, cuando la primera señal del alba asomó en el cielo, aquel viento sobrenatural cesó en un instante y ya no pude ver rastro alguno de la mano. El amanecer llegó lentamente y su apagada luz llenó la habitación, haciendo que el pálido resplandor del pentáculo eléctrico pareciera aún más ultraterreno. 

»Pero hasta que no se hizo plenamente de día no hice intento alguno de abandonar la barrera, pues no sabía si no habría algún método oculto en el brusco cesar de aquel viento con el que atraerme fuera de los pentáculos.

»Finalmente, cuando el alba era clara y luminosa, eché un último vistazo a mi alrededor y corrí hacia la puerta. La abrí con gestos nerviosos y torpes y la cerré apresuradamente, antes de correr a mi dormitorio, donde me tumbé en la cama e intenté calmar mis nervios. 

»En ese momento se presentó Peter con el café y, una vez lo bebí, le dije que pretendía acostarme, pues había estado despierto toda la noche. Cogió la bandeja y se fue en silencio, tras lo cual cerré la puerta con llave, y por fin me fui a dormir.

»Desperté a eso de mediodía y, tras almorzar algo, fui a la Habitación Gris. Desconecté la corriente del pentáculo, que en mi prisa había dejado encendida, y me deshice del cadáver del gato. Podrán entender que no quisiera que nadie viera el cadáver del pobre animal.

»Después de eso procedí a realizar un examen muy cuidadoso del rincón donde había sido arrojada la ropa de cama. Hice varios agujeros, y sondeé en ellos sin encontrar nada. Entonces se me ocurrió usar el instrumento bajo el rodapié. Así lo hice y oí cómo mi alambre tocaba algo metálico. Le di la vuelta para insertar allí el gancho y pescar lo que fuera. Lo conseguí al segundo intento. 

»Era un objeto pequeño que me llevé a la ventana. Descubrí que era un curioso anillo, hecho de un material grisáceo. Era curioso por tener forma de pentágono; es decir, la misma forma que se encuentra en el interior del pentáculo mágico, pero sin las “montañas” que forman las puntas de la estrella protectora. No estaba engarzado o grabado.

»Comprenderán mi excitación cuando les diga que estaba seguro de tener en mi mano el famoso Anillo de la Suerte de la familia Anderson, precisamente el objeto más íntimamente relacionado con la historia del encantamiento. El anillo se había pasado de padres a hijos durante generaciones, prometiendo cada hijo que nunca se lo pondría, cumpliendo así con una antigua tradición familiar. Les diré que el anillo había llegado a la casa de mano de un cruzado, y en circunstancias muy peculiares. Pero la historia es demasiado larga para entrar ahora en ella.

»Parece ser que el joven sir Hulbert, un antepasado de Anderson, había apostado, estando bebido, ¿entienden?, a que aquella noche se pondría el anillo. Así lo hizo, y a la mañana siguiente se encontró a su esposa y a su hijo estrangulados en la cama, en la misma habitación en la que estaba yo. Diríase que mucha gente creyó que el joven sir Hulbert era culpable de ese acto ebrio y enfurecido, y él, para probar su inocencia, pasó una segunda noche en la habitación. Y también fue estrangulado. 

»Como supondrán, nadie había vuelto a pasar una noche en la Habitación Gris, hasta que lo hice yo. El anillo llevaba tanto tiempo perdido que casi se había convertido en un mito; por lo que, como podrán comprender, era más que insólito encontrarme allí con el objeto en la mano.

»Fue estando allí, mirando el anillo, cuando tuve una idea. Supongamos que, en cierto modo, era una puerta. ¿Entienden lo que quiero decir? Una especie de brecha en las fronteras del mundo, si me permiten que lo exprese así. Sé que era una idea peculiar, y probablemente no fuera mía, sino proveniente del otro lado. Verán, el viento provenía del rincón de la habitación donde había encontrado el anillo. Medité mucho sobre eso. Y luego estaba su forma, el interior de un pentáculo. Carecía de “montañas” y, según el manuscrito Sigsand: “… aquestas montañas son las Cinco Colinas de la Salvación. Prescindir de ellas es otorgar poderío al demonio, y con certeza se favorece a las cosas malignas”. Ya ven que la forma del anillo era significativa. Así que decidí ponerlo a prueba.

»Deshice el pentáculo, pues debe hacerse nuevamente y alrededor de quien debe proteger. Entonces salí de la habitación y cerré la puerta, tras lo cual abandoné la casa para obtener algunas cosas, pues ni “hierbas ni fuego ni agua” deben usarse por segunda vez. Volví cerca de las siete y media y, en cuanto las cosas que había llevado se subieron a la Habitación Gris, despedí a Peter hasta el día siguiente, tal y como había hecho la noche anterior. Una vez se fue escaleras abajo, entré en la habitación y cerré y precinté la puerta. Fui al centro de la pieza, donde se había colocado todo el material, me puse a trabajar a toda prisa para construir una barrera alrededor del anillo y de mí.

»No recuerdo si lo he explicado ya, pero había razonado que si el anillo era de algún modo un “medio de admisión”, y lo encerraba conmigo dentro del pentáculo eléctrico, entonces lo aislaría, por así decirlo. ¿Entienden? Esa fuerza, cuya expresión visible era la mano, tendría que quedarse al otro lado de la barrera que separa lo anti de lo natural, pues la “puerta” dejaría de ser accesible.

»Como iba diciendo, yo trabajaba lo más deprisa posible para terminar la barrera que nos rodearía al anillo y a mí, pues era una hora más tarde de lo que me habría gustado estar “desprotegido” en aquella estancia. Además, tenía la sensación de que aquella noche se haría un gran esfuerzo para recuperar el uso del anillo. Tenía la fuerte convicción de que el anillo era necesario para la materialización. Enseguida sabrán si tenía razón.

»Completé las barreras en cosa de una hora, y ya imaginarán el alivio que sentí volviendo a ver a mi alrededor el pálido resplandor del pentáculo eléctrico. A partir de aquel momento, y durante unas dos horas, permanecí tranquilamente sentado, de cara al rincón del que provenía el viento. A eso de las once, tuve la extraña convicción de que había algo a mi lado, si bien nada pasó durante la siguiente hora. 

»Entonces, de pronto, sentí soplar sobre mí aquel extraño y gélido viento. Para mi asombro, esa vez parecía provenir de detrás de mí y me volví de pronto, con un espantoso escalofrío de terror. El viento me dio en el rostro. Nacía del suelo muy cerca de mí. Bajé la mirada, por entre un mareante laberinto de nuevos terrores. ¡¿Qué había hecho?! El anillo seguía allí, donde lo había dejado. 

»De pronto, mientras miraba desconcertado, me di cuenta de que a su alrededor pasaba algo raro: las sombras realizaban extraños movimientos y giros. Las miré estúpidamente. Y entonces, de golpe, supe que el viento provenía del anillo. Un humo extraño y difuso se hizo visible mezclándose con las sombras movedizas, pareciendo ascender desde el anillo. 

»Me di cuenta de que estaba en algo más que peligro mortal, pues las enroscadas sombras del anillo se definían y la mano letal cobraba forma dentro del pentáculo. ¡Válgame Dios! ¿Se dan cuenta? Había encerrado la “puerta” dentro de los pentáculos, y ese ser estaba cruzándola, entrando en el mundo material como el gas que brota de una cañería.

»Creo que me quedé inmóvil por un instante, allí arrodillado, sumido en una especie de aturdimiento por el miedo. Entonces, con un movimiento torpe y enloquecido, intenté coger el anillo con intención de arrojarlo fuera del pentáculo. Pero no lo conseguí, como si alguna cosa invisible y viva lo moviera a uno y otro lado. Finalmente lo cogí, pero una fuerza increíble y brutal me lo arrancó de la mano en ese mismo instante. Lo cubría una gran sombra negra que se alzó en el aire y vino a por mí. Era la mano, enorme y casi completamente formada. 
 
»Lancé un alarido enloquecido y salté por encima del pentáculo y del círculo de velas encendidas, corriendo desesperadamente hacia la puerta. Tanteé torpe y estúpidamente con la llave, sin dejar de mirar fijamente a las barreras, con un miedo rayano en la locura. La mano se abalanzaba hacia mí; pero, del mismo modo en que no había podido entrar en el pentáculo cuando el anillo estaba fuera de él, tampoco tenía poder para franquearlo ahora que estaba dentro. El monstruo estaba atrapado, tanto como lo habría estado cualquier animal al que se cargara de cadenas.

»Me di cuenta de ello de repente, incluso en aquellos momentos, pero estaba demasiado dominado por el pánico para razonar, y en cuanto conseguí girar la llave, salté al pasillo y cerré con un portazo. Eché la llave y conseguí llegar a mi habitación como pude, pues, como imaginarán, temblaba tanto que apenas podía tenerme en pie. Me encerré dentro y me las arreglé para encender una vela. Entonces me eché en la cama y no me moví de ella en una o dos horas, mientras me tranquilizaba.

»Luego conseguí dormir un poco, para despertarme cuando Peter me llevó el café. Me sentí mucho mejor tras tomarlo, e hice que el anciano me acompañara a echar un vistazo a la Habitación Gris. Abrí la puerta y miré dentro. Las velas seguían encendidas, desvaídas a la luz del día, y brillando tras ellas estaba la pálida estrella del pentáculo eléctrico. Y en su centro se encontraba la puerta del monstruo, ese anillo con aspecto inofensivo y corriente.

»Nada se había tocado de la habitación, y supe que el ser no había conseguido franquear los pentáculos. Entonces salí y cerré la puerta.

»Dormí unas cuantas horas y salí de la casa. Volví por la tarde en un coche de punto. Llevaba conmigo un soplete oxhídrico con dos cilindros llenos de gas. Lo transporté todo a la Habitación Gris y allí, en el centro del pentáculo eléctrico, monté un pequeño horno. Cinco minutos más tarde, el Anillo de la Suerte, que antaño fue de “suerte” pero que ahora era de “maldición”, de la familia Anderson era convertido en una pequeña gota de metal fundido.

Carnacki se tanteó el bolsillo y sacó algo envuelto en papel de seda. Me lo entregó. Lo abrí y encontré un pequeño círculo de metal grisáceo, semejante al plomo, solo que más duro y bastante más brillante.

—Bueno —dije finalmente, tras examinarlo y pasárselo a los demás—. ¿Acabó esto con el encantamiento?

Carnacki asintió con la cabeza.

—Sí. Antes de irme, dormí tres noches en la Habitación Gris. El viejo Peter por poco se desmaya al contarle lo que pretendía hacer, pero a la tercera noche pareció convencerse de que la casa era normal y segura. Y les diré que creo que, en el fondo de su corazón, no lo aprobaba.

Carnacki se levantó y comenzó a estrecharnos la mano.

—¡Fuera todos! —dijo con buen humor.

Y nos fuimos a nuestras respectivas casas, meditando por el camino.

La puerta del monstruo - William Hope Hodgson (Parte 1)

Me dirigí a Cheyne Walk en respuesta a la acostumbrada postal de invitación de Carnacki para cenar y escuchar una historia, y me encontré que ya habían llegado las otras tres personas habitualmente invitadas a aquellos felices momentos. Cinco minutos más tarde, Carnacki, Arkright, Jessop, Taylor y yo nos dedicábamos a la «placentera tarea» de cenar.

—Esta vez no se ha ausentado mucho tiempo —comenté al terminar la sopa, olvidando por un momento el desagrado que sentía Carnacki a ser preguntado por cualquier cosa de su historia, aunque solo estuviera lejanamente relacionada con ella, antes de estar listo para contarla. En ese momento no escatimaría en palabras.

—Déjelo —replicó, conciso, y yo cambié de tema, comenté que había comprado un nuevo rifle, noticia que él acogió asintiendo con aire conocedor, y con una sonrisa que creo reflejaba el genuino aprecio con que agradecía el intencionado cambio de conversación.

Luego, una vez concluida la cena, Carnacki se instaló confortablemente en su gran sillón, cogió la pipa y empezó a contar su historia sin más rodeos:

—Como Hodgson observó hace un momento, he pasado poco tiempo fuera, y ha sido por una buena razón… He estado a muy corta distancia. Me temo que no puedo decirles exactamente dónde, pero fue a menos de diez kilómetros de aquí, y no creo que el hecho de cambiar el nombre estropee la historia. ¡Y es toda una historia! Una de las más extraordinarias con las que me he encontrado.

»Hace unos quince días recibí la carta de un hombre, a quien debo llamar Anderson, solicitando una cita. Acordé una hora y, cuando vino, descubrí que deseaba que yo investigara e intentase resolver un caso antiguo y bien, demasiado bien, autentificado de lo que él llamaba un “encantamiento”. Me proporcionó detalles completos y, al final, como el caso parecía tener algo especial, decidí aceptar.

»Dos días después, fui a la casa a una hora muy avanzada de la tarde y descubrí que se trataba de una mansión muy antigua, que se erguía solitaria en medio de sus terrenos. Anderson había dejado al mayordomo una carta rogándome que excusara su ausencia, y dejando a mi disposición toda la casa para mis investigaciones. 

»Era evidente que el mayordomo conocía el objeto de mi visita, así que lo interrogué a fondo durante la cena que tomé en el solitario lugar. Era un sirviente antiguo y privilegiado que conocía con detalle la historia de la Habitación Gris. Por él conocí detalles referentes a dos cosas que Anderson solo había mencionado de pasada. 

»La primera, que era en plena noche cuando se oía la puerta de la Habitación Gris abriéndose y cerrándose con un portazo, por más que el mayordomo la supiera cerrada, y que la llave estaba en el manojo de llaves de la despensa. La segunda era que la ropa de la cama siempre acababa fuera y amontonada en un rincón.

»Lo que más alteraba al viejo mayordomo eran los portazos. Me dijo que, en más de una ocasión, se había pasado la noche despierto y tiritando de miedo, escuchándolos, pues a veces los portazos eran constantes —¡Blam! ¡Blam! ¡Blam!— y resultaba imposible dormir.

»Gracias a Anderson, yo sabía ya que la historia de la habitación se remontaba a más de ciento cincuenta años. En ella se había estrangulado a tres personas, uno de sus antepasados con su esposa e hijo. La historia era auténtica, pues me molesté en comprobarla, así que ya imaginarán que, tras la cena, subí al piso de arriba a echar un vistazo a la Habitación Gris, convencido de estar investigando un caso notable.

»Peter, el viejo mayordomo, se alteró mucho ante mis intenciones, y me aseguró con gran solemnidad que, en sus veinte años de servicio, nadie había entrado en aquella habitación después del anochecer. Me suplicó, casi de forma paternal, que esperase a la mañana, cuando ya no hubiera peligro, y que él me acompañaría entonces.

»Por supuesto, le sonreí y le dije que no se preocupara. Le expliqué que me limitaría a mirarla un poco y, quizá, a poner algún precinto. No debía temer nada; yo ya estaba acostumbrado a esas cosas. Pero él negó con la cabeza al oír eso.

»—No hay muchos fantasmas como los nuestros, señor —me aseguró, con lúgubre orgullo.

»Y por Júpiter que tenía razón, como verán.

»Cogí un par de velas, y Peter me siguió con el manojo de llaves. Abrió la puerta, pero no quiso seguirme al interior. Estaba visiblemente aterrado y renovó su súplica de posponer el examen hasta que hubiera luz de día. Por supuesto, volví a reírme de él y le dije que podía hacer guardia ante la puerta y coger lo que fuera a salir.

»—Eso nunca sale, señor —dijo con su solemne forma de hablar, antigua y graciosa. De algún modo se las arregló para hacerme creer que estaba a punto de pasar un miedo terrible, pero ya imaginarán que el aterrado era él.

»Lo dejé allí y examiné la habitación. Era amplia y amueblada con estilo, con una enorme cama de cuatro postes cuya cabecera daba a la pared de la fachada. En la repisa de la chimenea había dos palmatorias, y otras dos en cada una de las tres mesas de la habitación. Las encendí todas, con lo que el lugar pareció algo menos inhumanamente lúgubre, aunque estaba oreado y cuidado en todos los aspectos.

»Tras echar un buen vistazo al lugar, usé cera para pegar cinta de tela a través de las ventanas, a lo largo de las paredes, sobre los cuadros y cruzando chimenea y armarios. Mientras yo trabajaba, el mayordomo se mantenía todo el tiempo al otro lado de la puerta abierta, sin que pudiera convencerlo para que entrase, por mucho que me burlara de él mientras yo extendía la cinta a uno y otro lado. De vez en cuando él me decía:

»—Seguro que el señor me disculpará, pero me gustaría que saliera ya. De verdad que temo por usted.

»Le contesté que no tenía por qué esperarme, pero a su manera era muy leal para con lo que consideraba su deber. Dijo que no podía irse dejándome allí solo. Se disculpó, pero aclarándome que no me percataba de lo peligrosa que era la habitación, y pude apreciar que estaba muy aterrado. 

»
Me dio igual, tenía que preparar la habitación para saber si entraba algo material en ella, así que le pedí que no me molestara a no ser que oyera o viera algo. Empezaba a ponerme nervioso, y la “sensación” que me producía la habitación ya era bastante mala de por sí, sin que él contribuyera a acentuarla.

»Trabajé un rato más, tensando cintas por el suelo y sujetándolas con cera, de forma que las rompiera el menor roce, en caso de que alguien se aventurase a entrar en la habitación a oscuras con la intención de gastar una broma. 

»Todo ello me llevó más tiempo del previsto, y, de pronto, oí que un reloj daba las once. Me había quitado la chaqueta nada más empezar a trabajar y, en ese momento, al haber acabado prácticamente todo lo que tenía que hacer, atravesé la habitación para recogerla de encima del sofá. Fue al ponérmela cuando oí la voz chillona y despavorida del viejo mayordomo, que en la última hora no había dicho ni una sola palabra:

»—¡Salga, señor, deprisa! ¡Va a pasar algo!

»¡Por Júpiter! Di un salto y, entonces, en ese mismo instante, se apagó una de las velas de la mesa de la izquierda, junto a la cama. No sé si fue el viento o qué, pero por un instante me asusté lo bastante como para correr hasta la puerta, y me alegra poder decir que me recuperé antes de llegar a ella. 

»Sencillamente no podía salir de forma apresurada ante el mayordomo, no después de haberle leído la cartilla para que fuera “valiente y eso”. Así que di media vuelta, cogí las dos velas de la repisa de la chimenea y me acerqué a la mesa junto a la cama. No vi nada, la verdad. Apagué la vela, que aún seguía encendida, yendo luego a apagar las de las otras dos mesas.

»—¡Oh, señor! ¡Se lo ruego! ¡Se lo suplico! —volvió a exclamar el viejo al otro lado de la puerta.

»—Muy bien, Peter —dije, y por Júpiter que mi voz no estaba tan serena como me habría gustado. Me dirigí a la puerta y me costó un poco no echar a correr. Como imaginarán, llegué a ella dando largas zancadas. Junto a la puerta tuve la súbita sensación de que una brisa fría recorría la habitación. Casi como si la ventana se hubiera abierto de repente. Cuando crucé la puerta, el viejo mayordomo retrocedió unos pasos de forma instintiva.

»—¡Coja las velas, Peter! —le dije con tono cortante y se las puse en las manos.

»Me volví, agarré la manija y cerré la puerta con fuerza, con un portazo. Y al hacerlo, sentí de algún modo que algo tiraba de ella, ¿saben?, pero debió ser solo mi imaginación. Giré la llave en la cerradura, una y dos veces, cerrando bien. Entonces me tranquilicé y procedí a precintar la puerta. 

»Además, puse mi tarjeta en el ojo de la cerradura y la sujeté a ella, tras lo cual me guardé la llave en un bolsillo y bajé con Peter, que iba delante de mí nervioso y en silencio. ¡Pobre diablo! Hasta ese momento no me di cuenta de que había pasado dos o tres horas sometido a una considerable tensión nerviosa.

»Me fui a la cama alrededor de la medianoche. Mi habitación estaba al final del pasillo al que daba la puerta de la Habitación Gris. Conté las puertas que me separaban de ella y vi que eran cinco las habitaciones. Seguro que comprenderán que no lo lamentase. 

»Entonces, cuando empezaba a desvestirme, se me ocurrió una idea y cogí la vela y la cera de sellar para precintar la entrada a las cinco habitaciones. Si se oía un portazo en la noche, sabría qué puerta había sido. Volví a mi habitación, eché la llave y me metí en la cama.

»Un gran estruendo en alguna parte del pasillo me despertó bruscamente de un profundo sueño. Me senté en la cama, y escuché, pero no oí nada. Encendí la vela, y en el mismo instante en que la encendí oí el estruendo de una puerta cerrándose con violencia en el pasillo. Salté de la cama y cogí el revólver. 

»Salí al pasillo, sosteniendo la vela en alto y con el arma amartillada. Entonces pasó algo extraño. No pude dar un solo paso hacia la Habitación Gris. Todos ustedes saben que no soy cobarde. He estado en demasiados casos relacionados con asuntos fantasmales como para que se me acuse de serlo, pero les aseguro que estaba asustado, sencillamente asustado, como un bendito crío. 

»Aquella noche había algo terriblemente impío en el aire. Corrí de vuelta al dormitorio y cerré la puerta con llave. Me pasé toda la noche sentado en la cama, escuchando el tétrico batir de la puerta al final del pasillo. El sonido parecía retumbar en toda la casa.

»Por fin llegó el amanecer y me lavé y vestí. Hacía una hora que no se oían portazos, y ya estaba recuperando la serenidad. Me sentía avergonzado de mí mismo, lo cual en cierto modo era tontería, pues es inevitable que se pierda el temple alguna vez cuando te entrometes en esa clase de asuntos. 

»Y en esos casos solo te queda sentarte en silencio y llamarte cobarde hasta el amanecer. Pero quisiera creer que eso a veces no es simple cobardía, que a veces es algo que quiere prevenirnos del peligro y que lucha por nosotros. Aun así, siempre me siento mezquino y miserable tras esos momentos.

»Cuando se hizo completamente de día, abrí la puerta y recorrí el pasillo en silencio, con el revólver a mano. Para ello debía pasar ante las escaleras, ¿y a quién vi subir por ellas sino al viejo mayordomo, llevando una taza de café? Iba con la camisa de dormir arremetida en los pantalones y calzaba unas viejas zapatillas de felpa.

»—¡Hola, Peter! —dije, sintiéndome repentinamente animado, pues me alegré como un niño perdido por tener cerca a un ser humano vivo—. ¿Adónde se dirige con ese refrigerio?

»El anciano se sobresaltó y derramó algo de café. Me miró fijamente y pude ver que tenía el semblante pálido y desencajado. Terminó de subir las escaleras y me alargó la pequeña bandeja.

»—Doy sinceras gracias por encontrarlo sano y salvo, señor —dijo—. Por un momento temí que el señor se hubiera arriesgado a entrar en la Habitación Gris. El sonido de la puerta me ha tenido toda la noche en vela. Y en cuanto alboreó pensé en prepararle una taza de café. Sabía que usted querría examinar los precintos y, en cierto modo, parece más seguro hacerlo siendo dos, señor.

»—Mire que es usted testarudo, Peter —dije—. Muy amable por su parte —me tomé el café, devolviéndole luego la bandeja—. Venga, veamos qué han hecho esos animales. No he tenido valor para verlo de noche.

»—¡Doy gracias por ello, señor! —replicó—. Nada puede la gente de carne y hueso contra los demonios, y eso es lo que hay en la Habitación Gris una vez oscurece.

»Mientras avanzábamos, fui examinando los precintos de las puertas, encontrándolos intactos, pero el de la Habitación Gris estaba roto, aunque no se había tocado la tarjeta de la cerradura. La arranqué, abrí la puerta con la llave y entré, con mucha precaución, como podrán imaginar; pero nada había en la habitación que pudiese causar espanto, y estaba muy iluminada. Examiné todos los precintos, sin encontrar ni uno solo alterado. El viejo mayordomo me había seguido y exclamó de pronto:

»—¡La ropa de cama, señor!

»Corrí hacia el lecho y miré sobre él, y, efectivamente, estaba en el rincón a la izquierda de la cama. ¡Por Júpiter! Imaginen cómo me sentí. Algo había estado en la habitación. Me quedé mirando un rato a la cama y a las sábanas del suelo, con ojos que no hicieron otra cosa que ir de la cama a la ropa tirada en el suelo. 

»Supe que no querría tocarlas. Pero el viejo Peter no parecía afectado del mismo modo. Se acercó a las sábanas para recogerlas, como sin duda venía haciendo a diario desde hacía veinte años, pero yo se lo impedí. No quería que se tocase nada hasta que yo no acabara con mi examen. Debí dedicar más de una hora a ello, permitiendo solo entonces que Peter hiciera la cama, tras lo cual salimos fuera, y yo cerré la puerta, pues la habitación me estaba poniendo de los nervios.

»Di un corto paseo y luego desayuné, tras lo cual me sentí más dueño de mí mismo. Volví a la Habitación Gris y, con la ayuda de Peter y de una de las doncellas, hice que se llevaran todo su contenido, cuadros incluidos, no dejando más que la cama. 

»Examiné paredes, suelo y techo con ayuda de una sonda, un martillo y una lupa, sin encontrar nada sospechoso. Y puedo asegurarles que empezaba a darme cuenta de que en aquella habitación había estado alguna cosa increíble durante la pasada noche. Volví a precintarlo todo y salí, cerrando y precintando la puerta como la vez anterior.

»Después de cenar, Peter y yo desembalamos parte de mis cosas y puse ante la puerta de la Habitación Gris mi cámara y su flash, con un cordel que unía la puerta al disparador del flash. Así, si de verdad se abría la puerta, el flash se dispararía y posiblemente a la mañana siguiente tendríamos una extraña fotografía a examinar. 
 
»Lo último que hice antes de alejarme fue quitarle la tapa al objetivo, tras lo cual me fui a mi dormitorio y a la cama, pues tenía intención de levantarme a medianoche. Para asegurarme de ello, ajusté mi pequeño despertador a la hora indicada y dejé encendida la vela.

»El timbre me despertó a las doce, y me levanté, poniéndome una bata y unas zapatillas. Deslicé el revólver en el bolsillo derecho y abrí la puerta. Encendí la linterna sorda y bajé la cortinilla para que proyectara una luz clara. Recorrí con ella diez metros de pasillo y la deposité en el suelo, con el lado abierto mirando lejos de mí para que me mostrase cualquier cosa que pudiera acercarse por el oscuro pasaje. Entonces regresé y me senté en el umbral de mi habitación, con el revólver al alcance de la mano, cara al pasillo, mirando hacia aquello ante lo que había colocado la cámara: la puerta de la Habitación Gris.

»Diría que llevaba cerca de hora y media vigilando, cuando, de pronto, oí un débil ruido pasillo arriba. Fui inmediatamente consciente de un extraño hormigueo en la base del cráneo, y de que mis manos empezaban a transpirar ligeramente. Un instante después, el tramo final del pasaje quedó a la vista bajo el brusco fogonazo del flash. 

»Después sobrevino la consecuente oscuridad y yo escruté nerviosamente el pasillo, escuchando en tensión, intentando ver qué había más allá de la débil luz de mi linterna sorda, que ahora resultaba ridículamente mortecina al lado del tremendo resplandor del flash… En ese momento, estando yo inclinado hacia delante, mirando y escuchando, me llegó el demoledor estruendo de la puerta de la Habitación Gris. 

»El sonido pareció llenar por completo el largo pasillo y despertar cavernosos ecos en toda la casa. Les aseguro que me encontré muy mal, como si se me hubieran licuado los huesos. Terriblemente mal. ¡Cómo miré y escuché entonces, por Júpiter! Entonces volvió a oírse, ¡blam!, ¡blam!, ¡blam!, y luego se hizo un silencio que resultaba casi peor que el ruido de la puerta, pues yo no podía dejar de imaginarme algún ser espantoso deslizándose furtivamente hacia mí por el pasillo. 

»Pero en ese momento se apagó la linterna y no pude ver nada a más de un metro de distancia. Al punto me di cuenta de la tontería que estaba cometiendo quedándome allí sentado, y me levanté de un salto. Al hacerlo, creí oír un sonido, en el pasillo, muy cerca de mí. 

»Salté hacia atrás, al interior de mi habitación y cerré la puerta de golpe, echando la llave. Me senté en la cama y me quedé mirando fijamente la puerta. Tenía el revólver en la mano, aunque me pareció algo abominablemente inútil. Sentí que al otro lado de la puerta había algo. Por alguna razón desconocida, supe que ese algo estaba empujando contra la puerta y que eso era blando. Fue justo eso lo que pensé. Una ocurrencia de lo más insólita.

»Finalmente conseguí dominarme un poco y tracé apresuradamente con tiza un pentáculo en el suelo, dentro del cual permanecí sentado hasta el alba. Y durante todo ese tiempo la puerta de la Habitación Gris siguió dando portazos pasillo arriba, a intervalos solemnes y espantosos. Fue una noche demoledora y deprimente.

»Cuando el día empezó a despuntar, el batir de la puerta disminuyó hasta cesar y, finalmente, hice acopio de valor y recorrí en penumbra el pasillo para tapar el objetivo de la cámara. Les aseguro que me costó, pero la fotografía se habría estropeado de no haberlo hecho, y quería evitarlo a toda costa. Volví a mi habitación y me puse a borrar la estrella de cinco puntas en la que me había sentado.

»Media hora más tarde, llamaron discretamente a la puerta. Era Peter con mi café. Una vez me lo tomé, fuimos a la Habitación Gris. Por el camino me fijé en los precintos de las demás puertas, que estaban intactos. El de la Habitación Gris estaba roto, igual que el cordel del disparador del flash, pero la tarjeta de la cerradura seguía en su sitio. La arranqué y abrí la puerta. 

»No observamos nada inusual hasta que nos acercamos a la cama. Al igual que el día anterior, le habían quitado las sábanas y las habían tirado en el rincón de la izquierda, exactamente en el mismo lugar que la otra vez. Me afectó mucho, pero no olvidé comprobar todos los precintos, constatando que ninguno estaba roto.

»Entonces, me volví para mirar al viejo Peter y él me miró a mí, asintiendo con la cabeza.

»—¡Salgamos de aquí! —dije—. No es lugar en el que deba entrar un ser humano sin la protección adecuada.

»Una vez fuera, volví a cerrar la puerta con llave.

»Tras el desayuno, revelé el negativo, pero solo mostraba la puerta de la Habitación Gris entreabierta. Entonces salí de la casa, pues debía conseguir algunas cosas y recursos necesarios para proteger mi vida, o quizá mi alma, pues pretendía pasar la siguiente noche dentro de la Habitación Gris.

»Volví en un coche de punto a eso de las cinco y media, cargado con mi material, y Peter y yo lo subimos a la Habitación Gris, apilándolo cuidadosamente en el centro. Una vez estuvo todo dentro, incluido un gato que había llevado, cerré y precinté la puerta, y me fui a mi habitación, diciéndole a Peter que no bajaría a cenar.

»—Bien, señor —me respondió, y se fue escaleras abajo, pensando que me iría a la cama, que era lo que quería que creyese, pues de conocer mis intenciones, se habría preocupado y me habría preocupado a mí.

»Pero me limité a coger la cámara y el flash para apresurarme a volver a la Habitación Gris. Me encerré con llave, la precinté y me puse a trabajar, pues tenía mucho que hacer antes del anochecer.

»Primero quité todas las cintas del suelo; después dejé al gato, aún dentro de su cesta, junto a la pared del fondo. Volví al centro de la habitación y delimité un espacio de siete metros de diámetro, que barrí con una “escoba de hisopo”. A su alrededor dibujé con tiza una circunferencia, cuidando de no salirme. 

»Restregué varios ajos fuera de ella, trazando una amplia banda circular y, una vez completada, cogí una jarrita de un agua concreta de entre las cosas que había dejado en el centro. Rompí el lacre y le quité el tapón. Luego mojé en ella el dedo índice de la mano izquierda y recorrí nuevamente la circunferencia, por la parte de dentro de la línea de tiza, trazando el Segundo Signo del Ritual Saaamaaa, uniendo cada uno de los signos con una media luna mirando a la izquierda. 

»Puedo asegurarles que, una vez hice esto y completé el “círculo de agua”, me sentí más tranquilo. Luego desembalé más cosas y puse una vela encendida en el “valle” de cada media luna. Acto seguido, dibujé un pentáculo de forma que cada una de las cinco puntas de la estrella protectora tocase la circunferencia de tiza. En cada punta coloqué una porción de pan, envuelto en tela de lino, y en cada “valle”, una jarra sin tapar del agua con la que había trazado el “círculo de agua”. Había completado mi primera barrera protectora. 
 
CONTINUARÁ...