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La puerta del monstruo - William Hope Hodgson (Parte 2 y última)

»Cualquiera que no sea uno de ustedes, que conocen un poco mis métodos de investigación, consideraría todo esto una superstición desatinada e inútil, pero todos ustedes recuerdan el Caso del Velo Negro, en el que creo que salvé la vida gracias a una protección muy similar a esta, mientras que Aster, que se burló de ella y se mantuvo fuera, murió. 

»Saqué la idea del manuscrito Sigsand, escrito, por lo que puedo colegir, en el siglo XIV. Como es natural, al principio lo creí producto de las supersticiones de la época, y solo unos años después se me ocurrió probar su protección, cosa que hice, como acabo de recordarles, en aquel horrible Caso del Velo Negro. Ya saben cómo acabó aquello. Lo he usado luego en varias ocasiones y siempre permanecí a salvo, hasta el Caso de la Piel Movediza. Entonces solo fue una protección parcial y por poco muero dentro del pentáculo. 

»Después de aquello, descubrí el libro Experimentos con un médium, del profesor Garder. Cuando el médium quedó rodeado por una corriente creada por un tubo de vacío, perdió su poder, casi como si lo aislaran de lo inmaterial. Aquello me dio que pensar, y así fue como se me ocurrió el pentáculo eléctrico, que es una protección maravillosa contra algunas manifestaciones. 

»Adopté la forma del pentáculo estrella para este método protector porque, personalmente, no albergo duda alguna de que ese antiguo símbolo mágico posee virtudes insólitas. Resulta extraño que un hombre del siglo veinte admita algo así, ¿verdad? Pero, como todos ustedes saben, nunca he permitido ni permitiré que me cieguen las risas burlonas. Cuestiono las cosas y mantengo los ojos abiertos.

»En el caso que me ocupa, yo ya tenía pocas dudas de estar enfrentándome a algún monstruo sobrenatural, y pensaba tomar todas las precauciones posibles, dado que el peligro era abominable.

»Monté el pentáculo eléctrico, cuidando que cada uno de sus “valles” y “puntas” coincidiese con los “valles” y “puntas” del pentagrama trazado en el suelo. Acto seguido conecté la batería, y un instante después los tubos de vacío entrelazados emitieron un pálido resplandor azul.

»Miré a mi alrededor, exhalando algo parecido a un suspiro de alivio, y me di cuenta súbitamente de que ya anochecía, pues la luz de la ventana era gris y poco acogedora. Miré a mi alrededor por encima de la doble barrera de luz, la eléctrica y la de las velas, y me asaltó la repentina y desacostumbrada sensación de que allí había algo extraño, como si en el aire flotara el presentimiento de la cercanía de algo inhumano. La habitación estaba impregnada con la peste de ajo machacado, olor que detesto.

»Me volví hacia la cámara y vi que estaba en tan perfecto estado como el flash. Entonces comprobé con cuidado el revólver, aunque no creía que llegara a necesitarlo, aunque no se sabe qué grado de materialización puede alcanzar una criatura sobrenatural en condiciones favorables, y no tenía ni idea de cómo sería la horrible cosa que iba a ver, o cuya presencia iba a sentir. 

»Puede que al final sí que tuviera que enfrentarme a un monstruo material. Pero no lo sabía y solo podía prepararme para ello. Como verán, no había olvidado que en la cama que estaba a mi lado se había estrangulado a tres personas, ni había olvidado los estremecedores portazos. No tenía ninguna duda de estar investigando un caso feo y peligroso.

»Para entonces ya se había hecho de noche, aunque la habitación estaba muy iluminada por las velas, y me sorprendí mirando constantemente detrás de mí y a mi alrededor. Esperar a que esa cosa llegara era una tarea que ponía los nervios de punta.

»De pronto fui consciente de que me envolvía una brisa helada procedente de mi espalda. Sentí un gran escalofrío y una feroz comezón se adueñó de mi nuca. Me volví rápidamente con una especie de espasmo y me puse mirando de cara a ese extraño viento. Parecía provenir del rincón situado a la izquierda de la cama… el lugar donde había encontrado por dos veces las sábanas amontonadas. Pero no conseguí distinguir nada anormal, ninguna abertura… ¡nada!

»De repente me di cuenta de que las velas titilaban bajo ese viento antinatural… Creo que pasé varios minutos agachado, petrificado y terriblemente asustado. ¡Nunca sabré transmitirles lo desagradablemente horrible que fue quedarme allí sentado ante aquel viento gélido e inmundo! Y entonces —¡tac!, ¡tac!, ¡tac!— se apagaron las velas colocadas fuera de la barrera externa; y allí estaba yo, encerrado en esa habitación precintada, sin otra luz que el débil resplandor azulado del pentáculo eléctrico.

»Pasé un rato de abominable tensión, con ese viento soplando sobre mí, y entonces, de pronto, supe que algo se agitaba en el rincón a la izquierda de la cama. Fui consciente de ello gracias a algún sentido interior y oculto más que por la vista o el oído, pues el resplandor pálido y de corto alcance del pentáculo proporcionaba una luz demasiado escasa para distinguirlo. 

»Algo empezó a crecer lentamente ante mí mientras yo miraba fijamente: una sombra que se movía, algo más oscura que las sombras que la rodeaban. La perdí en la penumbra y, durante uno o dos instantes, miré rápidamente a uno y otro lado, con una nueva sensación y consciencia de inminente peligro. Entonces mi atención se centró en la cama. 

»Le estaban retirando las sábanas en un movimiento continuado, abominable y furtivo. Oía el lento deslizarse de las sábanas, pero no podía ver la cosa que tiraba de ellas. Supe de una extraña forma subconsciente e introspectiva que tenía delante a ese “ser”, pero aun así estaba mentalmente más calmado de lo que había estado en los últimos minutos, lo bastante como para notar que tenía las manos bañadas en sudor frío y que cambiaba el revólver de mano de forma semiconsciente, mientras me secaba la mano derecha en las rodillas, y todo ello sin desviar ni un instante la atención de esas sábanas que se movían.

»Los débiles ruidos de la cama cesaron y se hizo un profundo silencio, perturbado solo por el sonido de la sangre latiendo en mis sienes. Pero inmediatamente después volví a oír el roce de las sábanas al ser arrastradas fuera de la cama. En medio de esa tensión nerviosa, me acordé de la cámara y alargué la mano hacia ella, sin apartar la mirada de la cama. Y entonces, todo sucedió en un momento, ¿saben?, toda la ropa de cama fue arrancada con una violencia insólita, y oí el ruido apagado que hizo al ser arrojada al rincón.

»Hubo un periodo de absoluto silencio que se prolongaría durante un par de minutos, y ya imaginarán lo espantosamente mal que me sentía. ¡Era tanto el salvajismo con que se habían arrojado las sábanas! ¡Sin olvidar lo brutalmente antinatural que era la cosa que acababa de hacerlo ante mí!

»De repente, oí junto a la puerta un débil ruido, una especie de crujido, seguido de uno o dos repiqueteos en el suelo. Un enorme escalofrío nervioso me recorrió, como si subiera por la espina dorsal hasta la nuca, pues acababa de romperse el precinto de la puerta. Allí había algo. 

»No podía ver la puerta, y no puedo hacer menos que aclarar que me resultaba imposible separar lo que veía realmente de lo que aportaba mi imaginación. Solo era una prolongación de las paredes grises… Y entonces me pareció que entre las sombras se movía y agitaba algo sombrío e informe.

»Fui repentinamente consciente de que la puerta se estaba abriendo, e hice un nuevo esfuerzo para coger la cámara, pero, antes de que pudiera enfocarla, la puerta se cerró con un terrible estrépito que llenó la habitación como si fuera el eco de un trueno. Me sobresalté como un niño asustado. El ruido parecía provocado por una gran fuerza, como desencadenada por algún poder vasto y maligno. ¿Entienden?

»La puerta no volvió a moverse, pero justo a continuación oí crujir la cesta donde estaba el gato. Les aseguro que un cosquilleo me recorrió la espalda. Supe que iba a descubrir de forma concluyente si fuera lo que fuera que estaba allí era peligroso para la vida. 

»El gato lanzó de pronto un espantoso maullido que cesó bruscamente, y entonces disparé el flash, demasiado tarde. A la luz de aquel gran resplandor vi la cesta volcada, con la tapa arrancada, y el gato estaba tumbado medio dentro de la cesta y medio fuera en el suelo. No vi nada más, pero supe que estaba en presencia de algún ser o cosa con capacidad para matar.

»En los siguientes dos o tres minutos reinó en la habitación un silencio extraño e inusitado, y no olviden que en aquellos momentos yo estaba medio cegado por el flash, por lo que todo más allá de la luz del pentáculo me resultaba negro como el carbón. Era algo horrible. Seguía arrodillado dentro de la estrella, volviéndome a todo mi alrededor, intentando ver si algo venía a por mí.

»Poco a poco fui recobrando la visión y ya me había repuesto un poco, cuando de repente vi la cosa que buscaba, cerca del “círculo de agua”. Era grande e indefinida y oscilaba de una manera extraña, como si fuera la sombra de una enorme araña suspendida en el aire justo al otro lado de la barrera. 
 
»Dio rápidamente una vuelta alrededor del círculo, como si intentara llegar siempre hacia mí, retirándose luego con movimientos insólitamente espasmódicos. Me pareció que intentaba venir a mi encuentro, pero solo conseguía retroceder con movimientos insólitamente espasmódicos, como haría una persona viva al tocar el azuzador al rojo de una chimenea.

»Siguió dando vueltas a mi alrededor y yo giraba con ella. Entonces pareció detenerse justo ante uno de los “valles” del pentáculo, como si fuera el preámbulo a hacer un gran esfuerzo. Se retiró, alejándose del resplandor de los tubos de vacío, y entonces cargó hacia mí, y pareció cobrar forma y solidez a medida que se me acercaba. 

»Tras ese movimiento parecía haber una enorme y maligna determinación que podía tener éxito. Yo seguía de rodillas y me eché hacia atrás, cayendo sobre la cadera y la mano izquierdas, en un frenético intento de alejarme de la cosa que se acercaba. Con la mano derecha busqué enloquecido el revólver que había soltado antes. 

»Esa cosa brutal dio un gran salto sobre el ajo y el “círculo de agua”, llegando casi hasta el valle del pentáculo. Creo que chillé. Entonces, tan bruscamente como había saltado, pareció verse rechazada hacia atrás por alguna fuerza invisible y poderosa.

»Debieron pasar algunos instantes antes de que me diera cuenta de que estaba a salvo. Entonces me recompuse en el centro de los pentáculos, sintiéndome terriblemente exhausto y conmocionado, mirando todo alrededor de la barrera, pero la cosa había desaparecido. Ya había descubierto algo: ahora sabía que la Habitación Gris estaba encantada por una mano monstruosa.

»De pronto, estando allí acuclillado, vi que casi había proporcionado al monstruo una brecha en la barrera. Al moverme dentro del pentáculo debía haber tocado una de las jarras de agua, pues la cosa había atacado justo donde la jarra que protegía la “depresión” del “valle” se había desplazado a un lado, dejando desprotegida una de las cinco “puertas”. 

»La devolví enseguida a su sitio y volví a sentirme casi a salvo, pues había encontrado la causa del ataque y la protección seguía siendo válida. Y volví a tener esperanzas de ver salir el sol. Al ver que la cosa había estado a punto de tener éxito, sentí la abrumadora, espantosa y aniquiladora sensación de que las barreras no podrían mantenerme toda la noche a salvo contra una fuerza semejante. ¿Entienden?

»Pasé un largo rato sin ver la mano, pero me pareció distinguir una o dos veces un extraño oscilar entre las sombras cercanas a la puerta. Algo después, como por un arrebato repentino de maléfica rabia, el cadáver del gato fue levantado y estrellado contra el suelo sólido con golpes sordos y desagradables. Eso hizo que me sintiera mareado.

»Un minuto más tarde, la puerta se abrió y cerró dos veces con tremenda fuerza. Y un instante después la cosa volvía a lanzarse rápida y salvaje contra mí desde las sombras. Me aparté instintivamente a un lado, levantando una mano del pentáculo eléctrico, donde la había posado en un aciago momento de descuido. 

»El monstruo fue rechazado de la proximidad de los pentáculos, pero mi inconcebible insensatez le había permitido franquear las barreras exteriores por segunda vez. Les aseguro que me pasé un tiempo temblando de puro miedo. Volví a colocarme en el centro de los pentáculos, y me arrodillé allí, procurando abultar lo menos posible.

»Mientras lo hacía, me extrañé de los dos “accidentes” que casi habían permitido a la bestia llegar hasta mí. ¿No estaría siendo influenciado para que realizase gestos inconscientes que me ponían en peligro? Aquella idea se apoderó de mí y vigilé todos mis movimientos. 

»De pronto, estiré una pierna cansada y volqué una jarra de agua. Se vertió algo del contenido pero, debido a mi desconfiada alerta, pude enderezarla y devolverla a su sitio quedándole todavía un poco de agua. 

»Cuando lo hice, esa enorme mano, negra y semimaterializada, me atacó desde las sombras, casi a punto de tocarme la cara, de lo mucho que llegó a acercarse. Pero volvió a ser rechazada por una fuerza igualmente enorme y abrumadora. 

»Y, por un momento, además del aturdidor susto que me dio, sentí una especie de vahído espiritual, como si hubiera quedado afectada alguna gracia interior, delicada y hermosa, algo que solo se siente cuando nos acercamos demasiado a lo inhumano, y que, de un modo extraño, resulta más temible que cualquier clase de dolor físico. 

»Por esto supe hasta qué punto era grave y cercano el peligro, y durante un largo rato me limité a encogerme ante la aplastante brutalidad con que aquella fuerza afectaba a mi espíritu. No sé explicarlo de otro modo.

»Volví a arrodillarme en el centro de los pentáculos, vigilándome casi con más miedo que al monstruo, pues sabía que podría labrarme mi propia destrucción si no me guardaba de cualquier impulso repentino que me asaltase. ¿Se dan cuenta de lo horrible que era aquello?

»Pasé el resto de la noche en un sopor de espanto enfermizo, y tan tenso que no podía hacer ningún movimiento con naturalidad. Me aterraba que cualquier deseo de moverme pudiera estar sugerido por esa influencia que sabía que actuaba sobre mí. 

»Al otro lado de la barrera, esa cosa espectral seguía dando vueltas a mi alrededor, dando zarpazos en el aire ante mí. Dos veces más atacó al cadáver del gato. La segunda vez oí cómo crujían y se le rompían todos los huesos del cuerpo. Y ese horrible viento siguió durante todo el tiempo soplando hacia mí desde el rincón a la izquierda de la cama.

»Entonces, cuando la primera señal del alba asomó en el cielo, aquel viento sobrenatural cesó en un instante y ya no pude ver rastro alguno de la mano. El amanecer llegó lentamente y su apagada luz llenó la habitación, haciendo que el pálido resplandor del pentáculo eléctrico pareciera aún más ultraterreno. 

»Pero hasta que no se hizo plenamente de día no hice intento alguno de abandonar la barrera, pues no sabía si no habría algún método oculto en el brusco cesar de aquel viento con el que atraerme fuera de los pentáculos.

»Finalmente, cuando el alba era clara y luminosa, eché un último vistazo a mi alrededor y corrí hacia la puerta. La abrí con gestos nerviosos y torpes y la cerré apresuradamente, antes de correr a mi dormitorio, donde me tumbé en la cama e intenté calmar mis nervios. 

»En ese momento se presentó Peter con el café y, una vez lo bebí, le dije que pretendía acostarme, pues había estado despierto toda la noche. Cogió la bandeja y se fue en silencio, tras lo cual cerré la puerta con llave, y por fin me fui a dormir.

»Desperté a eso de mediodía y, tras almorzar algo, fui a la Habitación Gris. Desconecté la corriente del pentáculo, que en mi prisa había dejado encendida, y me deshice del cadáver del gato. Podrán entender que no quisiera que nadie viera el cadáver del pobre animal.

»Después de eso procedí a realizar un examen muy cuidadoso del rincón donde había sido arrojada la ropa de cama. Hice varios agujeros, y sondeé en ellos sin encontrar nada. Entonces se me ocurrió usar el instrumento bajo el rodapié. Así lo hice y oí cómo mi alambre tocaba algo metálico. Le di la vuelta para insertar allí el gancho y pescar lo que fuera. Lo conseguí al segundo intento. 

»Era un objeto pequeño que me llevé a la ventana. Descubrí que era un curioso anillo, hecho de un material grisáceo. Era curioso por tener forma de pentágono; es decir, la misma forma que se encuentra en el interior del pentáculo mágico, pero sin las “montañas” que forman las puntas de la estrella protectora. No estaba engarzado o grabado.

»Comprenderán mi excitación cuando les diga que estaba seguro de tener en mi mano el famoso Anillo de la Suerte de la familia Anderson, precisamente el objeto más íntimamente relacionado con la historia del encantamiento. El anillo se había pasado de padres a hijos durante generaciones, prometiendo cada hijo que nunca se lo pondría, cumpliendo así con una antigua tradición familiar. Les diré que el anillo había llegado a la casa de mano de un cruzado, y en circunstancias muy peculiares. Pero la historia es demasiado larga para entrar ahora en ella.

»Parece ser que el joven sir Hulbert, un antepasado de Anderson, había apostado, estando bebido, ¿entienden?, a que aquella noche se pondría el anillo. Así lo hizo, y a la mañana siguiente se encontró a su esposa y a su hijo estrangulados en la cama, en la misma habitación en la que estaba yo. Diríase que mucha gente creyó que el joven sir Hulbert era culpable de ese acto ebrio y enfurecido, y él, para probar su inocencia, pasó una segunda noche en la habitación. Y también fue estrangulado. 

»Como supondrán, nadie había vuelto a pasar una noche en la Habitación Gris, hasta que lo hice yo. El anillo llevaba tanto tiempo perdido que casi se había convertido en un mito; por lo que, como podrán comprender, era más que insólito encontrarme allí con el objeto en la mano.

»Fue estando allí, mirando el anillo, cuando tuve una idea. Supongamos que, en cierto modo, era una puerta. ¿Entienden lo que quiero decir? Una especie de brecha en las fronteras del mundo, si me permiten que lo exprese así. Sé que era una idea peculiar, y probablemente no fuera mía, sino proveniente del otro lado. Verán, el viento provenía del rincón de la habitación donde había encontrado el anillo. Medité mucho sobre eso. Y luego estaba su forma, el interior de un pentáculo. Carecía de “montañas” y, según el manuscrito Sigsand: “… aquestas montañas son las Cinco Colinas de la Salvación. Prescindir de ellas es otorgar poderío al demonio, y con certeza se favorece a las cosas malignas”. Ya ven que la forma del anillo era significativa. Así que decidí ponerlo a prueba.

»Deshice el pentáculo, pues debe hacerse nuevamente y alrededor de quien debe proteger. Entonces salí de la habitación y cerré la puerta, tras lo cual abandoné la casa para obtener algunas cosas, pues ni “hierbas ni fuego ni agua” deben usarse por segunda vez. Volví cerca de las siete y media y, en cuanto las cosas que había llevado se subieron a la Habitación Gris, despedí a Peter hasta el día siguiente, tal y como había hecho la noche anterior. Una vez se fue escaleras abajo, entré en la habitación y cerré y precinté la puerta. Fui al centro de la pieza, donde se había colocado todo el material, me puse a trabajar a toda prisa para construir una barrera alrededor del anillo y de mí.

»No recuerdo si lo he explicado ya, pero había razonado que si el anillo era de algún modo un “medio de admisión”, y lo encerraba conmigo dentro del pentáculo eléctrico, entonces lo aislaría, por así decirlo. ¿Entienden? Esa fuerza, cuya expresión visible era la mano, tendría que quedarse al otro lado de la barrera que separa lo anti de lo natural, pues la “puerta” dejaría de ser accesible.

»Como iba diciendo, yo trabajaba lo más deprisa posible para terminar la barrera que nos rodearía al anillo y a mí, pues era una hora más tarde de lo que me habría gustado estar “desprotegido” en aquella estancia. Además, tenía la sensación de que aquella noche se haría un gran esfuerzo para recuperar el uso del anillo. Tenía la fuerte convicción de que el anillo era necesario para la materialización. Enseguida sabrán si tenía razón.

»Completé las barreras en cosa de una hora, y ya imaginarán el alivio que sentí volviendo a ver a mi alrededor el pálido resplandor del pentáculo eléctrico. A partir de aquel momento, y durante unas dos horas, permanecí tranquilamente sentado, de cara al rincón del que provenía el viento. A eso de las once, tuve la extraña convicción de que había algo a mi lado, si bien nada pasó durante la siguiente hora. 

»Entonces, de pronto, sentí soplar sobre mí aquel extraño y gélido viento. Para mi asombro, esa vez parecía provenir de detrás de mí y me volví de pronto, con un espantoso escalofrío de terror. El viento me dio en el rostro. Nacía del suelo muy cerca de mí. Bajé la mirada, por entre un mareante laberinto de nuevos terrores. ¡¿Qué había hecho?! El anillo seguía allí, donde lo había dejado. 

»De pronto, mientras miraba desconcertado, me di cuenta de que a su alrededor pasaba algo raro: las sombras realizaban extraños movimientos y giros. Las miré estúpidamente. Y entonces, de golpe, supe que el viento provenía del anillo. Un humo extraño y difuso se hizo visible mezclándose con las sombras movedizas, pareciendo ascender desde el anillo. 

»Me di cuenta de que estaba en algo más que peligro mortal, pues las enroscadas sombras del anillo se definían y la mano letal cobraba forma dentro del pentáculo. ¡Válgame Dios! ¿Se dan cuenta? Había encerrado la “puerta” dentro de los pentáculos, y ese ser estaba cruzándola, entrando en el mundo material como el gas que brota de una cañería.

»Creo que me quedé inmóvil por un instante, allí arrodillado, sumido en una especie de aturdimiento por el miedo. Entonces, con un movimiento torpe y enloquecido, intenté coger el anillo con intención de arrojarlo fuera del pentáculo. Pero no lo conseguí, como si alguna cosa invisible y viva lo moviera a uno y otro lado. Finalmente lo cogí, pero una fuerza increíble y brutal me lo arrancó de la mano en ese mismo instante. Lo cubría una gran sombra negra que se alzó en el aire y vino a por mí. Era la mano, enorme y casi completamente formada. 
 
»Lancé un alarido enloquecido y salté por encima del pentáculo y del círculo de velas encendidas, corriendo desesperadamente hacia la puerta. Tanteé torpe y estúpidamente con la llave, sin dejar de mirar fijamente a las barreras, con un miedo rayano en la locura. La mano se abalanzaba hacia mí; pero, del mismo modo en que no había podido entrar en el pentáculo cuando el anillo estaba fuera de él, tampoco tenía poder para franquearlo ahora que estaba dentro. El monstruo estaba atrapado, tanto como lo habría estado cualquier animal al que se cargara de cadenas.

»Me di cuenta de ello de repente, incluso en aquellos momentos, pero estaba demasiado dominado por el pánico para razonar, y en cuanto conseguí girar la llave, salté al pasillo y cerré con un portazo. Eché la llave y conseguí llegar a mi habitación como pude, pues, como imaginarán, temblaba tanto que apenas podía tenerme en pie. Me encerré dentro y me las arreglé para encender una vela. Entonces me eché en la cama y no me moví de ella en una o dos horas, mientras me tranquilizaba.

»Luego conseguí dormir un poco, para despertarme cuando Peter me llevó el café. Me sentí mucho mejor tras tomarlo, e hice que el anciano me acompañara a echar un vistazo a la Habitación Gris. Abrí la puerta y miré dentro. Las velas seguían encendidas, desvaídas a la luz del día, y brillando tras ellas estaba la pálida estrella del pentáculo eléctrico. Y en su centro se encontraba la puerta del monstruo, ese anillo con aspecto inofensivo y corriente.

»Nada se había tocado de la habitación, y supe que el ser no había conseguido franquear los pentáculos. Entonces salí y cerré la puerta.

»Dormí unas cuantas horas y salí de la casa. Volví por la tarde en un coche de punto. Llevaba conmigo un soplete oxhídrico con dos cilindros llenos de gas. Lo transporté todo a la Habitación Gris y allí, en el centro del pentáculo eléctrico, monté un pequeño horno. Cinco minutos más tarde, el Anillo de la Suerte, que antaño fue de “suerte” pero que ahora era de “maldición”, de la familia Anderson era convertido en una pequeña gota de metal fundido.

Carnacki se tanteó el bolsillo y sacó algo envuelto en papel de seda. Me lo entregó. Lo abrí y encontré un pequeño círculo de metal grisáceo, semejante al plomo, solo que más duro y bastante más brillante.

—Bueno —dije finalmente, tras examinarlo y pasárselo a los demás—. ¿Acabó esto con el encantamiento?

Carnacki asintió con la cabeza.

—Sí. Antes de irme, dormí tres noches en la Habitación Gris. El viejo Peter por poco se desmaya al contarle lo que pretendía hacer, pero a la tercera noche pareció convencerse de que la casa era normal y segura. Y les diré que creo que, en el fondo de su corazón, no lo aprobaba.

Carnacki se levantó y comenzó a estrecharnos la mano.

—¡Fuera todos! —dijo con buen humor.

Y nos fuimos a nuestras respectivas casas, meditando por el camino.

La tela ensangrentada - Ueda Akinari

Desde que el emperador Heizei, quincuagésimo primer soberano desde la fundación del país, ocupara el trono, no había ni inundación ni sequía. El pueblo expresaba con cantos y danzas su alegría por las buenas cosechas, los pájaros construían sus nidos en cualquier árbol y eran muchos los eruditos que servían al emperador con su sabiduría. 
 
Uno de ellos, un gran conocedor de la Historia, propuso el nombre de Daido, o Gran Continuidad, para denominar con un término de buen augurio la nueva era que se iniciaba con el reinado de dicho emperador. Poco después de su ascenso al trono, Su Majestad nombró como príncipe heredero a su hermano menor, el príncipe Kamino, el cual había gozado del favor del difunto emperador Kanmu, y luego mandó edificar para él un nuevo palacio. 

El príncipe Kamino tenía una mente brillante y una sagacidad sin precedentes. Era un maestro en los clásicos chinos y japoneses, y sus caligrafías eran tan admiradas por los enviados chinos de la corte, que se decía que querían llevárselas consigo de vuelta a su país. 

En aquella época, el emperador Xian Zong, de la dinastía Tang, reinaba en China, y la virtud del emperador Heizei influenciaba positivamente las relaciones con el país vecino. También el rey Ae Chang, del reino coreano de Silla, siguiendo las antiguas costumbres, había vuelto a enviar decenas de navíos cargados de tributos a nuestra nación.

El emperador Heizei era de carácter gentil y bondadoso y, como deseaba ceder cuanto antes el trono a su hermano Kamino, consultó en privado al respecto con sus consejeros, los cuales le pidieron que no se apresurara a tomar semejante decisión. Una noche, el emperador tuvo un sueño en el que el difunto soberano Kanmu se le aparecía y le recitaba los siguientes versos:

Como el bramido
de los ciervos del monte
a la alborada,
que tu voz no me deje
por larga que sea la noche.

Tratando esforzadamente de descifrar su significado, el emperador finalmente concluyó que el bramido del ciervo se refería a la cesión del trono. A la noche siguiente, en otro sueño, un enviado del difunto emperador Kanmu le comunicó este mensaje:

«El espíritu del difunto príncipe Sawara ha acudido al mausoleo imperial a pedirle perdón. Se lamenta de que, acabado su linaje, no se haya celebrado ninguna ceremonia por el descanso de su alma».

Dicho esto, se marchó.

El emperador, aunque atribuía sus sueños a su propia debilidad de espíritu, decidió otorgar al príncipe Sawara el título póstumo de «emperador Sudó». Los bonzos y los sacerdotes sintoístas acudieron a los altares para recitar plegarias y realizar una ceremonia de purificación.

Un cortesano llamado Fujiwara no Nakanari y su hermana menor Kusuriko se dirigieron al emperador con estas palabras:

—Los adivinos dicen que hay seis tipos de sueños. ¿Será que la suerte de una persona depende del buen o del mal augurio de un sueño? Vuestra Majestad debe de haber sido endemoniado por algún espíritu malvado.

A continuación, ordenaron que Izumo no Hironari elaborase una medicina y se la ofreciera al emperador.

Los consejeros imperiales se reunieron y acordaron enviar mensajeros a los santuarios y a los templos. Convocaron también a un ermitaño llamado Genpin, que vivía retirado en la provincia de Hoki, para que oficiara rituales. 

A Genpin le había sido otorgado el puesto de
sozu, uno de los cargos más altos de la jerarquía budista, pero se había retirado a la montaña a causa de la maldad del bonzo Yuge no Dokyo, de su mismo clan, y en su retiro espiritual se dedicaba al ascetismo. 

El ermitaño pasó siete días en la corte, durante los cuales exorcizó a los demonios, y cuan
do consideró que su labor había finalizado, pidió permiso para irse. A pesar de que el emperador lo instó a quedarse más tiempo, pues su presencia le era grata, Genpin regresó a su provincia lejana quién sabe por qué oscuro motivo.

Siguiendo con su plan, Nakanari hizo todo lo posible por alejar de la corte a los demás nobles y, junto con su hermana Kusuriko, se dedicó a distraer la mente del emperador, quien con sonrisa ingenua prestaba atención a sus malévolas palabras. Noche tras noche se celebraban suntuosos banquetes y Su Majestad se divertía uniéndose al círculo de danza utagaki, y los participantes cantaban el poema que había compuesto el mismo emperador:

Todas las noches
brama el ciervo por su amada.
Igual que yo que,
mientras el rocío en hielo no cambie,
joven me siento.

El emperador alzó su copita de sake. Entonces Kusuriko tomó el abanico y se puso a bailar haciendo ondear la manga de su quimono mientras recitaba el siguiente poema para festejar el reinado de Su Majestad:

El dios que habita
en el santuario de Miwa
la puerta ha abierto.
¡Que de par en par se abra!
¡Larga vida, larga vida! 

De esta manera, el ánimo del soberano se mostraba sereno y pasaba las mañanas cumpliendo con los asuntos de Estado.

Algunos cortesanos envidiosos difamaban secretamente al hermano del emperador, a quien aborrecían por su sobresaliente inteligencia. Cuando las calumnias llegaron a oídos del soberano, este se dijo: «Desde nuestro ancestro imperial Jinmu, quien lanza en mano se abrió camino hacia el gobierno del país, y logró expulsar con arco y flecha a los enemigos, hasta el reinado del emperador Sujin, décimo en el trono, ¿acaso no ha sucedido nada digno de ser puesto por escrito? En las crónicas de Nihon shoki no se encuentra nada llamativo. Si bien es cierto que la introducción del confucianismo pareció ayudar a rectificar las malas conductas, lo que realmente hizo fue desfigurar la verdad y hacer uso de argucias, y conforme su influencia aumentó con el transcurso del tiempo, más se degradó el espíritu del pueblo. Pero yo, que desconozco los clásicos chinos, solo puedo intentar gobernar aferrándome a la rectitud y a la honestidad».

Un día en que el cielo estaba despejado y no soplaba ni una brisa que meciera las ramas de los árboles, se escuchó súbitamente un estruendo en las alturas. Kukai, un bonzo de alto rango que casualmente se encontraba en el palacio, pronunció en voz alta palabras mágicas con el rosario budista en la mano y, de repente, un objeto se estrelló en la tierra. 

Sorprendentemente, se trataba de un ser salvaje y negro sentado
en un carro que fue capturado de inmediato y confinado en un cofre; luego, fue hundido en el canal de Naniwa. 

Inbe no Hamanari, ministro de Asuntos Religiosos, ordenó ca
var un hoyo de unos tres shaku en el punto exacto donde había caído el ser monstruoso y pronunció en voz alta fórmulas mágicas para espantar al mal espíritu.

El hermano del emperador, el príncipe Kamino, visitó el augusto mausoleo de su padre, el anterior soberano, en Kashiwara para formular una petición en secreto. Con razón nadie sabía de qué se trataba.

Unos días después, Su Majestad en persona visitó el mismo lugar acompañado por un extenso séquito de oficiales y ministros que abrían y cerraban la comitiva. Rodeando el palanquín del emperador, los generales mayores y medios de la Izquierda y de la Derecha empuñaban flechas y arco, y se ceñían la espada a la cintura. 

Frente al augusto mausoleo, sobre una gran mesa, se dispusieron las of
rendas y las ramas de sakaki adornadas con tiras votivas de papel de diversos colores, una visión que hacía recordar a la Edad de los Dioses. 

Los maestros del Ministerio de Música Imperial, puestos en fila, tocaron tres flautas y tres tamboriles; y fue tan excelsa su interpretación que hasta los
sirvientes más rudos la escucharon encantados. 

Entonces, inexplicablemente, unas sombría
s nubes surgieron por detrás de las montañas y en un instante el cielo se tiñó de negro; no caía ni una gota de lluvia, pero el cielo lucía oscuro como el de la última noche del año. Con presteza rodearon el palanquín imperial no solo los sirvientes sino todo el séquito, y los generales mayores y medios de la Izquierda y de la Derecha, rompiendo la fila, se dispusieron para proteger al soberano.

Nada más anunciarse el regreso de Su Majestad a palacio, los hombres del clan de Otomo se apresuraron a abrir la puerta. «¡Su Majestad está enfermo!», exclamaron todos. Los médicos, muy preocupados, acudieron de inmediato al Palacio Imperial para prepararle una medicina al soberano. 

Pero Su Majestad no compartía la preocupación de los doctores; más bien estaba convencido de que el prodig
io que había presenciado era una señal a favor de su abdicación, idea que rondaba su mente desde hacía tiempo. Su Majestad pidió de beber. Le sirvieron una copita de sake acompañada de trucha pescada en el río de Kurusuno, helecho arborescente recogido en Narabi no Oka, namasu y otras viandas. El emperador quedó satisfecho y, cuando se iba a retirar a sus aposentos y la luna asomaba por el cielo, escuchó cantar un cuclillo.

Al día siguiente, por la mañana temprano, cuando Kukai visitó al emperador, este le dijo:

—Los Emperadores Legendarios de la China son del pasado lejano. Háblame, más bien, de sus sucesores.

Kukai le respondió:

—¿Acaso algún país puede ser gobernado únicamente sobre la base de la teoría? El emperador Tang, de la dinastía Yin, dijo una vez: «Abrid los tres lados de la red de caza y que venga a mí», lo cual representa la primera manifestación de la codicia entre los dominadores. Ya que Su Majestad es un hombre de corazón puro y sincero, pienso que debe obrar según le indique su espíritu. Levantarse al amanecer e ir a la cama al anochecer; comer cuando se tiene hambre y beber cuando se tiene sed. El pueblo no desea más de lo necesario.

El emperador asintió con la cabeza, diciendo:

—Bien, muy bien.

A continuación, acudió su hermano, el príncipe heredero Kamino. Después de charlar un rato los dos hermanos, el emperador le preguntó:

—La dinastía Chou duró ochocientos años y la de los Han, cuatrocientos. ¿Cuál fue la clave para que perduraran tan largo tiempo?

El príncipe heredero, perspicaz, habiendo comprendido la intención de la pregunta, contestó:

—Aunque a primera vista parece un largo periodo de tiempo, se ha de tener en cuenta que la dinastía Chou empezó su declive transcurridos setenta años desde el inicio de su reinado. La dinastía Han, de igual modo, poco después del fallecimiento de su fundador, padeció la rebelión de Lu, pero de esto tuvo la culpa el soberano.

—Entonces, ¿todo esto se debe a la voluntad del Cielo? —preguntó de nuevo Su Majestad—. Tengo entendido que el Cielo se refiere a Takamagahara, donde mora nuestra diosa ancestral Amaterasu, que con su luz ilumina la faz de la tierra día tras día. Al preguntarles a los sabios confucianos si eso que llamamos Cielo significa «firmamento», suelen contestar: «No; es la fortuna que al nacer tenemos cada uno de nosotros». O, a veces, dicen que es un lugar en el que se mueven el Sol y la Luna. Cada uno tiene su propia interpretación. Los bonzos dicen: «El emperador del Cielo mismo escuchó, con la cabeza inclinada, las instrucciones de Buda». ¡Qué complicado es todo esto!

El príncipe heredero Kamino se marchó sin dar respuesta.

Al día siguiente, un decreto imperial anunció la abdicación. El emperador Heizei, a partir de ahora emperador retirado, se trasladó a Nara, la antigua capital, que había sido la sede de siete generaciones de soberanos, desde la emperatriz Genmei hasta su augusto padre el emperador Kanmu. Su Majestad Heizei había elegido esta ciudad al recordar unos versos en los que se describía el Palacio Imperial allí ubicado:

Su gran belleza
refulge como brotes
recién florecidos.

El día en que los augurios fueron propicios, el emperador retirado abandonó la capital en dirección a Nara. Al llegar a Uji, ordenó detener el palanquín y, observando la corriente del río, compuso este poema:

¡Ah, mis guerreros,
firmes como las tablas
de este puente!
En mi camino servidme
diez mil generaciones.

Y los oficiales del Ministerio de Música Imperial que acompañaban al soberano recitaron el poema siete veces. Después, su majestad el emperador retirado comentó:

—Aunque hoy no se vean las ondas producidas por las redes de pesca, hemos encontrado una bandada de chorlitos que cantan chiyo chiyo en el banco de arena.

Y pidió otra copita de sake. La dama Kusuriko se la sirvió como de costumbre. El emperador dijo:

—Componed una poesía sobre el río Uji.

Kusuriko fue la primera en recitar:

Un sol radiante
de luz bañaba el monte Asahi.
Eso fue ayer.
Hoy, mis manos en las mangas,
gélidas aguas del Uji.

—Pero, mira, el viento que sopla sobre el río es fresco, no helado —replicó el soberano sonriendo.

A continuación, el capitán medio de la Guardia de la Izquierda, Fujiwara no Tadanari, recitó su poema:

Su Majestad
el río Uji cruzará
esta mañana.
Mas yo no cejaré de serviros
por más que le pese al mundo.

Le llegó el turno al viceministro de Guerra, Tachibana no Mitsugi:

Alguien cantó
a una flor semejante
pensando en su amada.
¡Ah, si yo ver pudiera
una yamabuki en la orilla!

El emperador Heizei replicó:

—¿No estarás pensando en la flor yamabuki del promontorio de Kojimazaki, en Asuka, capital antigua, donde se encuentra el palacio del príncipe Kusakabe?

Aquel día se compusieron otros poemas, pero no se dejaron por escrito.

La comitiva se detuvo en Narazaka para la cena. Su Majestad preguntó entonces:

—¿Dónde estarán las hojas de tuya de las que tanto he oído hablar?

Uno de los vasallos se apresuró a responder:

—Las hojas, al parecer, tienen ambas caras idénticas. Se dice que simbolizan a quienes sirven a dos señores, y por ello se evita mencionar su nombre. Aquellos que estamos a vuestro servicio somos todos fieles. ¡Cómo puede haber alguien que os traicione!

—Tienes razón —asintió el emperador retirado.

El cortejo prosiguió su camino y llegó por la noche al Palacio Imperial de la antigua capital.

Al día siguiente por la mañana, Su Majestad ordenó retirar los toldos de bambú para disfrutar de la vista panorámica. Los montes Kasuga, Takamado y Miwa, al este; el Takamuchi, al sur; el Kazuragi y el Takama, al oeste, junto con los montes Ikoma y Futagami, formaban una muralla verde. «Con razón —se dijo Su Majestad— el Palacio Imperial tiene su sede en este lugar. Me pregunto por qué motivo el emperador Kanmu, mi padre, trasladó la capital al norte, a Kioto».

Uno de sus acompañantes comentó:

—Al norte se encuentran las tumbas de las emperatrices Genmei y Gensho y del emperador Shomu.

Entonces el emperador Heizei se postró y se puso a rezar en esa dirección. Altos eran los tejados de los grandes templos y numerosas las pagodas de la ciudad de Nara. Muchos edificios aún no habían sido trasladados a la nueva capital, Kioto, por lo que Nara no presentaba el aspecto de una antigua capital abandonada.

Su Majestad partió para el templo Todaiji a fin de ver la gran estatua de Buda. Una vez allí, levantando los ojos hacia el Buda, exclamó:

—¡Es mucho más magnífica de lo que imaginaba! Nacido en un lejano país al este de Japón, aumenta su esplendor con las flores áureas de Michinoku. ¡Qué cosa tan extraordinaria!

Un monje se acercó al emperador y explicó:

—La estatua reproduce la sacra imagen tal y como está descrita en el Sutra de la Guirnalda. Se dice que a través de sus avatares el Buda Nyorai ocupa el espacio entero en el Cielo y, sin embargo, también puede caber en el interior de la semilla de una adormidera. Una imagen suya se trajo a Japón. En la planta del pie de la estatua está inscrito el año en que fue consagrada. Esta es la tercera copia del original y supera por poco los cinco shaku de altura.

Su Majestad permaneció en silencio, escuchando, sin hacer objeción alguna, las palabras del monje. Admirable era, pues, el carácter del emperador retirado quien, cuando Kusuriko o Nakanari trataban de incitarlo a cometer malas acciones, se limitaba a inclinar la cabeza, cubierta con el gorro cortesano eboshi, y adoptaba la expresión del que se niega a conspirar. Era una imagen lamentable.

Al poco, le fue servida la comida. Satisfecho con ella, Su Majestad preguntó:

—Tengo entendido que los pescadores de Naniwa nos han ofrecido esta comida. ¿Está Naniwa cerca de aquí?

—Fue el emperador Nintoku quien estableció la capital en Naniwa —respondió Kusuriko—. Como su padre, el emperador Ojin, había nombrado a su hermano menor, el príncipe Uji, como heredero, el príncipe Nintoku estaba decidido a servir a su hermano Uji tras el fallecimiento de su progenitor. Sin embargo, el príncipe Uji, pensando que subir al trono imperial antes que su hermano mayor iría contra las leyes de Confucio, le cedió el trono a Nintoku. Pero este, por su parte, insistió: «No lo acepto. Recuerda que nuestro padre el emperador te designó a ti como príncipe heredero». De este modo, haciéndose concesiones mutuas, transcurrieron tres años sin que ninguno de los dos hermanos se decidiera a ocupar el trono. Finalmente, el príncipe Uji, desesperado, puso fin a su propia vida con la espada. Se dice que durante los tres años de vacilaciones sobre la sucesión imperial, los pescadores de Naniwa que querían obsequiar con sus pescados al soberano iban y venían de un hermano a otro, y sus presentes acababan descomponiéndose por el camino. Hay un dicho nacido de esta historia que reza: «Los pescadores lloraron llevando sus propios pescados». Por fin, el príncipe Nintoku aceptó subir al trono. Todo el mundo lo elogió como emperador sabio y su prestigio viene transmitiéndose de generación en generación.

»Vuestra Majestad ha abdicado en tan solo cuatro años. Se dice que tanto los nobles como el pueblo, habiendo perdido la esperanza, se lamentan. Vuestro hermano el nuevo emperador ha leído muchos clásicos chinos y, a imitación de los malos hábitos de China, ha usurpado el trono.

—¡Ya basta! —exclamó el emperador retirado interrumpiendo a Kusuriko.

Pero Kusuriko replicó:

—Escuchad, Alteza. Vuestros súbditos aquí presentes deseamos que volváis a subir al trono en Kioto.

En el séquito había algunos traidores que eran leales al nuevo emperador. Al oír por accidente las palabras de Kusuriko, sus sospechas se desataron: «Están tramando algo», murmuraban entre sí.

—Vuestra Majestad podría decir que ha abdicado de manera temporal debido a un mal pasajero y así poder recuperar el trono —dijo Nakanari retomando el discurso de su hermana—. En caso de que vuestro hermano el emperador se oponga, yo, capitán de la Guardia, desplegaré mis tropas hasta la colina de Narayama y el río de Izumi para mostrarle vuestra autoridad.

Muy pronto el pueblo comenzó a cantar:

En florecer
los cerezos del sur
son los primeros.
Mas la nieve de las ventanas del norte,
¡qué frío el corazón tiene!

Cuando el poema llegó a oídos de la corte en Kioto, el nuevo emperador convocó a los súbditos del emperador retirado en Nara para un interrogatorio. Esto fue lo que le respondieron:

—La conspiración ha sido maquinada por Kusuriko, Nakanari y sus partidarios. En el primer día del Nuevo Año, en la ceremonia en que el emperador retirado debía beber las tres medicinas rituales, solo le ofrecieron dos, toso y byakusan, pero no la tercera, toshosan. Entonces Su Majestad preguntó: «¿Y el toshosan?». A lo que respondieron: «No deseamos que crucéis el escarpado paso de la montaña, señor. Aunque la cuesta de Nara es una leve pendiente, más allá de las montañas de la provincia de Yamato, que se alzan como una muralla verde, hay montañas con escabrosos caminos. Aún más acá de las colinas de Nara, vuestros súbditos ya no os ofrecerán más tributos. ¡Qué tristeza!». Y lloraron tanto que las mangas de sus quimonos se empaparon. Esto es todo lo que tenemos por seguro, pues estábamos presentes cuando conversaban de tal modo. Mas, viviendo en tiempos dichosos, ¿quién se atrevería a provocar una guerra?

—Comprendo —dijo el nuevo emperador al escuchar las explicaciones.

A continuación, dio orden inmediata de detener a Nakanari y ejecutarlo. Su cabeza decapitada acabó expuesta en la cuesta de Nara. En cuanto a la dama Kusuriko, fue llevada de vuelta a su provincia, donde fue confinada.

El nuevo soberano, ahora llamado emperador Saga, había tenido en cuenta los sentimientos de su hermano mayor, el emperador retirado Heizei, y por ello había nombrado al hijo de este, el príncipe Takaoka, como su heredero. Pero, debido a este incidente, Saga anuló la designación y ordenó a su sobrino que se hiciera bonzo. 

Takaoka se tonsuró y cambió su nombre por el de Shinnyo. Bajo la supervisió
n de Dosen, estudió la doctrina de Sanron y fue iniciado por Kukai en los principios secretos de la escuela Shingon. Con el deseo de explorar más a fondo los misterios del budismo, al tercer año de la Era Jogan, partió rumbo a China. 

Luego, atravesando la altiplanicie de Pamir, llegó a Laos, donde realizó estudios religiosos hasta alcanzar la plena sabiduría. Por fin, regresó a Japón. Se cuenta que tanto los dignatarios de rango superior como el pueblo llano se decían en secreto unos a otros: «¡Ojalá el príncipe Takaoka fuera nuestro emperador!».

Kusuriko, por su parte, nunca se arrepintió de sus malos actos y, consumida por el fuego del resentimiento, acabó matándose con la espada. Su sangre empapó la tela de fina seda de la cortina que, una vez mojada de sangre, nunca volvió a secarse. Se dice que, cuando los jóvenes valientes disparaban flechas hacia ella, no se mecía siquiera; y cuando intentaban rasgarla con la espada, el filo se mellaba. Tales fueron los prodigios de esta tela, siendo natural el gran pavor que produjo.

Pese a que el mismo emperador retirado jamás formó parte de la intriga, se reprendió a sí mismo diciendo: «La culpa es mía», y decidió hacerse bonzo. Los historiadores registraron en sus crónicas que falleció a los cincuenta y dos años de edad.