Me dirigí a Cheyne Walk en respuesta a la acostumbrada postal de invitación de Carnacki para cenar y escuchar una historia, y me encontré que ya habían llegado las otras tres personas habitualmente invitadas a aquellos felices momentos. Cinco minutos más tarde, Carnacki, Arkright, Jessop, Taylor y yo nos dedicábamos a la «placentera tarea» de cenar.
—Esta vez no se ha ausentado mucho tiempo —comenté al terminar la sopa, olvidando por un momento el desagrado que sentía Carnacki a ser preguntado por cualquier cosa de su historia, aunque solo estuviera lejanamente relacionada con ella, antes de estar listo para contarla. En ese momento no escatimaría en palabras.
—Déjelo —replicó, conciso, y yo cambié de tema, comenté que había comprado un nuevo rifle, noticia que él acogió asintiendo con aire conocedor, y con una sonrisa que creo reflejaba el genuino aprecio con que agradecía el intencionado cambio de conversación.
Luego, una vez concluida la cena, Carnacki se instaló confortablemente en su gran sillón, cogió la pipa y empezó a contar su historia sin más rodeos:
—Como Hodgson observó hace un momento, he pasado poco tiempo fuera, y ha sido por una buena razón… He estado a muy corta distancia. Me temo que no puedo decirles exactamente dónde, pero fue a menos de diez kilómetros de aquí, y no creo que el hecho de cambiar el nombre estropee la historia. ¡Y es toda una historia! Una de las más extraordinarias con las que me he encontrado.
»Hace unos quince días recibí la carta de un hombre, a quien debo llamar Anderson, solicitando una cita. Acordé una hora y, cuando vino, descubrí que deseaba que yo investigara e intentase resolver un caso antiguo y bien, demasiado bien, autentificado de lo que él llamaba un “encantamiento”. Me proporcionó detalles completos y, al final, como el caso parecía tener algo especial, decidí aceptar.
»Dos días después, fui a la casa a una hora muy avanzada de la tarde y descubrí que se trataba de una mansión muy antigua, que se erguía solitaria en medio de sus terrenos. Anderson había dejado al mayordomo una carta rogándome que excusara su ausencia, y dejando a mi disposición toda la casa para mis investigaciones.
»Era evidente que el mayordomo conocía el objeto de mi visita, así que lo interrogué a fondo durante la cena que tomé en el solitario lugar. Era un sirviente antiguo y privilegiado que conocía con detalle la historia de la Habitación Gris. Por él conocí detalles referentes a dos cosas que Anderson solo había mencionado de pasada.
»La primera, que era en plena noche cuando se oía la puerta de la Habitación Gris abriéndose y cerrándose con un portazo, por más que el mayordomo la supiera cerrada, y que la llave estaba en el manojo de llaves de la despensa. La segunda era que la ropa de la cama siempre acababa fuera y amontonada en un rincón.
»Era evidente que el mayordomo conocía el objeto de mi visita, así que lo interrogué a fondo durante la cena que tomé en el solitario lugar. Era un sirviente antiguo y privilegiado que conocía con detalle la historia de la Habitación Gris. Por él conocí detalles referentes a dos cosas que Anderson solo había mencionado de pasada.
»La primera, que era en plena noche cuando se oía la puerta de la Habitación Gris abriéndose y cerrándose con un portazo, por más que el mayordomo la supiera cerrada, y que la llave estaba en el manojo de llaves de la despensa. La segunda era que la ropa de la cama siempre acababa fuera y amontonada en un rincón.
»Lo que más alteraba al viejo mayordomo eran los portazos. Me dijo que, en más de una ocasión, se había pasado la noche despierto y tiritando de miedo, escuchándolos, pues a veces los portazos eran constantes —¡Blam! ¡Blam! ¡Blam!— y resultaba imposible dormir.
»Gracias a Anderson, yo sabía ya que la historia de la habitación se remontaba a más de ciento cincuenta años. En ella se había estrangulado a tres personas, uno de sus antepasados con su esposa e hijo. La historia era auténtica, pues me molesté en comprobarla, así que ya imaginarán que, tras la cena, subí al piso de arriba a echar un vistazo a la Habitación Gris, convencido de estar investigando un caso notable.
»Peter, el viejo mayordomo, se alteró mucho ante mis intenciones, y me aseguró con gran solemnidad que, en sus veinte años de servicio, nadie había entrado en aquella habitación después del anochecer. Me suplicó, casi de forma paternal, que esperase a la mañana, cuando ya no hubiera peligro, y que él me acompañaría entonces.
»Por supuesto, le sonreí y le dije que no se preocupara. Le expliqué que me limitaría a mirarla un poco y, quizá, a poner algún precinto. No debía temer nada; yo ya estaba acostumbrado a esas cosas. Pero él negó con la cabeza al oír eso.
»—No hay muchos fantasmas como los nuestros, señor —me aseguró, con lúgubre orgullo.
»Y por Júpiter que tenía razón, como verán.
»Cogí un par de velas, y Peter me siguió con el manojo de llaves. Abrió la puerta, pero no quiso seguirme al interior. Estaba visiblemente aterrado y renovó su súplica de posponer el examen hasta que hubiera luz de día. Por supuesto, volví a reírme de él y le dije que podía hacer guardia ante la puerta y coger lo que fuera a salir.
»—Eso nunca sale, señor —dijo con su solemne forma de hablar, antigua y graciosa. De algún modo se las arregló para hacerme creer que estaba a punto de pasar un miedo terrible, pero ya imaginarán que el aterrado era él.
»Lo dejé allí y examiné la habitación. Era amplia y amueblada con estilo, con una enorme cama de cuatro postes cuya cabecera daba a la pared de la fachada. En la repisa de la chimenea había dos palmatorias, y otras dos en cada una de las tres mesas de la habitación. Las encendí todas, con lo que el lugar pareció algo menos inhumanamente lúgubre, aunque estaba oreado y cuidado en todos los aspectos.
»Tras echar un buen vistazo al lugar, usé cera para pegar cinta de tela a través de las ventanas, a lo largo de las paredes, sobre los cuadros y cruzando chimenea y armarios. Mientras yo trabajaba, el mayordomo se mantenía todo el tiempo al otro lado de la puerta abierta, sin que pudiera convencerlo para que entrase, por mucho que me burlara de él mientras yo extendía la cinta a uno y otro lado. De vez en cuando él me decía:
»—Seguro que el señor me disculpará, pero me gustaría que saliera ya. De verdad que temo por usted.
»Le contesté que no tenía por qué esperarme, pero a su manera era muy leal para con lo que consideraba su deber. Dijo que no podía irse dejándome allí solo. Se disculpó, pero aclarándome que no me percataba de lo peligrosa que era la habitación, y pude apreciar que estaba muy aterrado.
»Me dio igual, tenía que preparar la habitación para saber si entraba algo material en ella, así que le pedí que no me molestara a no ser que oyera o viera algo. Empezaba a ponerme nervioso, y la “sensación” que me producía la habitación ya era bastante mala de por sí, sin que él contribuyera a acentuarla.
»Me dio igual, tenía que preparar la habitación para saber si entraba algo material en ella, así que le pedí que no me molestara a no ser que oyera o viera algo. Empezaba a ponerme nervioso, y la “sensación” que me producía la habitación ya era bastante mala de por sí, sin que él contribuyera a acentuarla.
»Trabajé un rato más, tensando cintas por el suelo y sujetándolas con cera, de forma que las rompiera el menor roce, en caso de que alguien se aventurase a entrar en la habitación a oscuras con la intención de gastar una broma.
»Todo ello me llevó más tiempo del previsto, y, de pronto, oí que un reloj daba las once. Me había quitado la chaqueta nada más empezar a trabajar y, en ese momento, al haber acabado prácticamente todo lo que tenía que hacer, atravesé la habitación para recogerla de encima del sofá. Fue al ponérmela cuando oí la voz chillona y despavorida del viejo mayordomo, que en la última hora no había dicho ni una sola palabra:
»Todo ello me llevó más tiempo del previsto, y, de pronto, oí que un reloj daba las once. Me había quitado la chaqueta nada más empezar a trabajar y, en ese momento, al haber acabado prácticamente todo lo que tenía que hacer, atravesé la habitación para recogerla de encima del sofá. Fue al ponérmela cuando oí la voz chillona y despavorida del viejo mayordomo, que en la última hora no había dicho ni una sola palabra:
»—¡Salga, señor, deprisa! ¡Va a pasar algo!
»¡Por Júpiter! Di un salto y, entonces, en ese mismo instante, se apagó una de las velas de la mesa de la izquierda, junto a la cama. No sé si fue el viento o qué, pero por un instante me asusté lo bastante como para correr hasta la puerta, y me alegra poder decir que me recuperé antes de llegar a ella.
»Sencillamente no podía salir de forma apresurada ante el mayordomo, no después de haberle leído la cartilla para que fuera “valiente y eso”. Así que di media vuelta, cogí las dos velas de la repisa de la chimenea y me acerqué a la mesa junto a la cama. No vi nada, la verdad. Apagué la vela, que aún seguía encendida, yendo luego a apagar las de las otras dos mesas.
»Sencillamente no podía salir de forma apresurada ante el mayordomo, no después de haberle leído la cartilla para que fuera “valiente y eso”. Así que di media vuelta, cogí las dos velas de la repisa de la chimenea y me acerqué a la mesa junto a la cama. No vi nada, la verdad. Apagué la vela, que aún seguía encendida, yendo luego a apagar las de las otras dos mesas.
»—¡Oh, señor! ¡Se lo ruego! ¡Se lo suplico! —volvió a exclamar el viejo al otro lado de la puerta.
»—Muy bien, Peter —dije, y por Júpiter que mi voz no estaba tan serena como me habría gustado. Me dirigí a la puerta y me costó un poco no echar a correr. Como imaginarán, llegué a ella dando largas zancadas. Junto a la puerta tuve la súbita sensación de que una brisa fría recorría la habitación. Casi como si la ventana se hubiera abierto de repente. Cuando crucé la puerta, el viejo mayordomo retrocedió unos pasos de forma instintiva.
»—¡Coja las velas, Peter! —le dije con tono cortante y se las puse en las manos.
»Me volví, agarré la manija y cerré la puerta con fuerza, con un portazo. Y al hacerlo, sentí de algún modo que algo tiraba de ella, ¿saben?, pero debió ser solo mi imaginación. Giré la llave en la cerradura, una y dos veces, cerrando bien. Entonces me tranquilicé y procedí a precintar la puerta.
»Además, puse mi tarjeta en el ojo de la cerradura y la sujeté a ella, tras lo cual me guardé la llave en un bolsillo y bajé con Peter, que iba delante de mí nervioso y en silencio. ¡Pobre diablo! Hasta ese momento no me di cuenta de que había pasado dos o tres horas sometido a una considerable tensión nerviosa.
»Además, puse mi tarjeta en el ojo de la cerradura y la sujeté a ella, tras lo cual me guardé la llave en un bolsillo y bajé con Peter, que iba delante de mí nervioso y en silencio. ¡Pobre diablo! Hasta ese momento no me di cuenta de que había pasado dos o tres horas sometido a una considerable tensión nerviosa.
»Me fui a la cama alrededor de la medianoche. Mi habitación estaba al final del pasillo al que daba la puerta de la Habitación Gris. Conté las puertas que me separaban de ella y vi que eran cinco las habitaciones. Seguro que comprenderán que no lo lamentase.
»Entonces, cuando empezaba a desvestirme, se me ocurrió una idea y cogí la vela y la cera de sellar para precintar la entrada a las cinco habitaciones. Si se oía un portazo en la noche, sabría qué puerta había sido. Volví a mi habitación, eché la llave y me metí en la cama.
»Entonces, cuando empezaba a desvestirme, se me ocurrió una idea y cogí la vela y la cera de sellar para precintar la entrada a las cinco habitaciones. Si se oía un portazo en la noche, sabría qué puerta había sido. Volví a mi habitación, eché la llave y me metí en la cama.
»Un gran estruendo en alguna parte del pasillo me despertó bruscamente de un profundo sueño. Me senté en la cama, y escuché, pero no oí nada. Encendí la vela, y en el mismo instante en que la encendí oí el estruendo de una puerta cerrándose con violencia en el pasillo. Salté de la cama y cogí el revólver.
»Salí al pasillo, sosteniendo la vela en alto y con el arma amartillada. Entonces pasó algo extraño. No pude dar un solo paso hacia la Habitación Gris. Todos ustedes saben que no soy cobarde. He estado en demasiados casos relacionados con asuntos fantasmales como para que se me acuse de serlo, pero les aseguro que estaba asustado, sencillamente asustado, como un bendito crío.
»Aquella noche había algo terriblemente impío en el aire. Corrí de vuelta al dormitorio y cerré la puerta con llave. Me pasé toda la noche sentado en la cama, escuchando el tétrico batir de la puerta al final del pasillo. El sonido parecía retumbar en toda la casa.
»Salí al pasillo, sosteniendo la vela en alto y con el arma amartillada. Entonces pasó algo extraño. No pude dar un solo paso hacia la Habitación Gris. Todos ustedes saben que no soy cobarde. He estado en demasiados casos relacionados con asuntos fantasmales como para que se me acuse de serlo, pero les aseguro que estaba asustado, sencillamente asustado, como un bendito crío.
»Aquella noche había algo terriblemente impío en el aire. Corrí de vuelta al dormitorio y cerré la puerta con llave. Me pasé toda la noche sentado en la cama, escuchando el tétrico batir de la puerta al final del pasillo. El sonido parecía retumbar en toda la casa.
»Por fin llegó el amanecer y me lavé y vestí. Hacía una hora que no se oían portazos, y ya estaba recuperando la serenidad. Me sentía avergonzado de mí mismo, lo cual en cierto modo era tontería, pues es inevitable que se pierda el temple alguna vez cuando te entrometes en esa clase de asuntos.
»Y en esos casos solo te queda sentarte en silencio y llamarte cobarde hasta el amanecer. Pero quisiera creer que eso a veces no es simple cobardía, que a veces es algo que quiere prevenirnos del peligro y que lucha por nosotros. Aun así, siempre me siento mezquino y miserable tras esos momentos.
»Y en esos casos solo te queda sentarte en silencio y llamarte cobarde hasta el amanecer. Pero quisiera creer que eso a veces no es simple cobardía, que a veces es algo que quiere prevenirnos del peligro y que lucha por nosotros. Aun así, siempre me siento mezquino y miserable tras esos momentos.
»Cuando se hizo completamente de día, abrí la puerta y recorrí el pasillo en silencio, con el revólver a mano. Para ello debía pasar ante las escaleras, ¿y a quién vi subir por ellas sino al viejo mayordomo, llevando una taza de café? Iba con la camisa de dormir arremetida en los pantalones y calzaba unas viejas zapatillas de felpa.
»—¡Hola, Peter! —dije, sintiéndome repentinamente animado, pues me alegré como un niño perdido por tener cerca a un ser humano vivo—. ¿Adónde se dirige con ese refrigerio?
»El anciano se sobresaltó y derramó algo de café. Me miró fijamente y pude ver que tenía el semblante pálido y desencajado. Terminó de subir las escaleras y me alargó la pequeña bandeja.
»—Doy sinceras gracias por encontrarlo sano y salvo, señor —dijo—. Por un momento temí que el señor se hubiera arriesgado a entrar en la Habitación Gris. El sonido de la puerta me ha tenido toda la noche en vela. Y en cuanto alboreó pensé en prepararle una taza de café. Sabía que usted querría examinar los precintos y, en cierto modo, parece más seguro hacerlo siendo dos, señor.
»—Mire que es usted testarudo, Peter —dije—. Muy amable por su parte —me tomé el café, devolviéndole luego la bandeja—. Venga, veamos qué han hecho esos animales. No he tenido valor para verlo de noche.
»—¡Doy gracias por ello, señor! —replicó—. Nada puede la gente de carne y hueso contra los demonios, y eso es lo que hay en la Habitación Gris una vez oscurece.
»Mientras avanzábamos, fui examinando los precintos de las puertas, encontrándolos intactos, pero el de la Habitación Gris estaba roto, aunque no se había tocado la tarjeta de la cerradura. La arranqué, abrí la puerta con la llave y entré, con mucha precaución, como podrán imaginar; pero nada había en la habitación que pudiese causar espanto, y estaba muy iluminada. Examiné todos los precintos, sin encontrar ni uno solo alterado. El viejo mayordomo me había seguido y exclamó de pronto:
»—¡La ropa de cama, señor!
»Corrí hacia el lecho y miré sobre él, y, efectivamente, estaba en el rincón a la izquierda de la cama. ¡Por Júpiter! Imaginen cómo me sentí. Algo había estado en la habitación. Me quedé mirando un rato a la cama y a las sábanas del suelo, con ojos que no hicieron otra cosa que ir de la cama a la ropa tirada en el suelo.
»Supe que no querría tocarlas. Pero el viejo Peter no parecía afectado del mismo modo. Se acercó a las sábanas para recogerlas, como sin duda venía haciendo a diario desde hacía veinte años, pero yo se lo impedí. No quería que se tocase nada hasta que yo no acabara con mi examen. Debí dedicar más de una hora a ello, permitiendo solo entonces que Peter hiciera la cama, tras lo cual salimos fuera, y yo cerré la puerta, pues la habitación me estaba poniendo de los nervios.
»Supe que no querría tocarlas. Pero el viejo Peter no parecía afectado del mismo modo. Se acercó a las sábanas para recogerlas, como sin duda venía haciendo a diario desde hacía veinte años, pero yo se lo impedí. No quería que se tocase nada hasta que yo no acabara con mi examen. Debí dedicar más de una hora a ello, permitiendo solo entonces que Peter hiciera la cama, tras lo cual salimos fuera, y yo cerré la puerta, pues la habitación me estaba poniendo de los nervios.
»Di un corto paseo y luego desayuné, tras lo cual me sentí más dueño de mí mismo. Volví a la Habitación Gris y, con la ayuda de Peter y de una de las doncellas, hice que se llevaran todo su contenido, cuadros incluidos, no dejando más que la cama.
»Examiné paredes, suelo y techo con ayuda de una sonda, un martillo y una lupa, sin encontrar nada sospechoso. Y puedo asegurarles que empezaba a darme cuenta de que en aquella habitación había estado alguna cosa increíble durante la pasada noche. Volví a precintarlo todo y salí, cerrando y precintando la puerta como la vez anterior.
»Examiné paredes, suelo y techo con ayuda de una sonda, un martillo y una lupa, sin encontrar nada sospechoso. Y puedo asegurarles que empezaba a darme cuenta de que en aquella habitación había estado alguna cosa increíble durante la pasada noche. Volví a precintarlo todo y salí, cerrando y precintando la puerta como la vez anterior.
»Después de cenar, Peter y yo desembalamos parte de mis cosas y puse ante la puerta de la Habitación Gris mi cámara y su flash, con un cordel que unía la puerta al disparador del flash. Así, si de verdad se abría la puerta, el flash se dispararía y posiblemente a la mañana siguiente tendríamos una extraña fotografía a examinar.
»Lo último que hice antes de alejarme fue quitarle la tapa al objetivo, tras lo cual me fui a mi dormitorio y a la cama, pues tenía intención de levantarme a medianoche. Para asegurarme de ello, ajusté mi pequeño despertador a la hora indicada y dejé encendida la vela.
»El timbre me despertó a las doce, y me levanté, poniéndome una bata y unas zapatillas. Deslicé el revólver en el bolsillo derecho y abrí la puerta. Encendí la linterna sorda y bajé la cortinilla para que proyectara una luz clara. Recorrí con ella diez metros de pasillo y la deposité en el suelo, con el lado abierto mirando lejos de mí para que me mostrase cualquier cosa que pudiera acercarse por el oscuro pasaje. Entonces regresé y me senté en el umbral de mi habitación, con el revólver al alcance de la mano, cara al pasillo, mirando hacia aquello ante lo que había colocado la cámara: la puerta de la Habitación Gris.
»Diría que llevaba cerca de hora y media vigilando, cuando, de pronto, oí un débil ruido pasillo arriba. Fui inmediatamente consciente de un extraño hormigueo en la base del cráneo, y de que mis manos empezaban a transpirar ligeramente. Un instante después, el tramo final del pasaje quedó a la vista bajo el brusco fogonazo del flash.
»Después sobrevino la consecuente oscuridad y yo escruté nerviosamente el pasillo, escuchando en tensión, intentando ver qué había más allá de la débil luz de mi linterna sorda, que ahora resultaba ridículamente mortecina al lado del tremendo resplandor del flash… En ese momento, estando yo inclinado hacia delante, mirando y escuchando, me llegó el demoledor estruendo de la puerta de la Habitación Gris.
»El sonido pareció llenar por completo el largo pasillo y despertar cavernosos ecos en toda la casa. Les aseguro que me encontré muy mal, como si se me hubieran licuado los huesos. Terriblemente mal. ¡Cómo miré y escuché entonces, por Júpiter! Entonces volvió a oírse, ¡blam!, ¡blam!, ¡blam!, y luego se hizo un silencio que resultaba casi peor que el ruido de la puerta, pues yo no podía dejar de imaginarme algún ser espantoso deslizándose furtivamente hacia mí por el pasillo.
»Pero en ese momento se apagó la linterna y no pude ver nada a más de un metro de distancia. Al punto me di cuenta de la tontería que estaba cometiendo quedándome allí sentado, y me levanté de un salto. Al hacerlo, creí oír un sonido, en el pasillo, muy cerca de mí.
»Salté hacia atrás, al interior de mi habitación y cerré la puerta de golpe, echando la llave. Me senté en la cama y me quedé mirando fijamente la puerta. Tenía el revólver en la mano, aunque me pareció algo abominablemente inútil. Sentí que al otro lado de la puerta había algo. Por alguna razón desconocida, supe que ese algo estaba empujando contra la puerta y que eso era blando. Fue justo eso lo que pensé. Una ocurrencia de lo más insólita.
»Después sobrevino la consecuente oscuridad y yo escruté nerviosamente el pasillo, escuchando en tensión, intentando ver qué había más allá de la débil luz de mi linterna sorda, que ahora resultaba ridículamente mortecina al lado del tremendo resplandor del flash… En ese momento, estando yo inclinado hacia delante, mirando y escuchando, me llegó el demoledor estruendo de la puerta de la Habitación Gris.
»El sonido pareció llenar por completo el largo pasillo y despertar cavernosos ecos en toda la casa. Les aseguro que me encontré muy mal, como si se me hubieran licuado los huesos. Terriblemente mal. ¡Cómo miré y escuché entonces, por Júpiter! Entonces volvió a oírse, ¡blam!, ¡blam!, ¡blam!, y luego se hizo un silencio que resultaba casi peor que el ruido de la puerta, pues yo no podía dejar de imaginarme algún ser espantoso deslizándose furtivamente hacia mí por el pasillo.
»Pero en ese momento se apagó la linterna y no pude ver nada a más de un metro de distancia. Al punto me di cuenta de la tontería que estaba cometiendo quedándome allí sentado, y me levanté de un salto. Al hacerlo, creí oír un sonido, en el pasillo, muy cerca de mí.
»Salté hacia atrás, al interior de mi habitación y cerré la puerta de golpe, echando la llave. Me senté en la cama y me quedé mirando fijamente la puerta. Tenía el revólver en la mano, aunque me pareció algo abominablemente inútil. Sentí que al otro lado de la puerta había algo. Por alguna razón desconocida, supe que ese algo estaba empujando contra la puerta y que eso era blando. Fue justo eso lo que pensé. Una ocurrencia de lo más insólita.
»Finalmente conseguí dominarme un poco y tracé apresuradamente con tiza un pentáculo en el suelo, dentro del cual permanecí sentado hasta el alba. Y durante todo ese tiempo la puerta de la Habitación Gris siguió dando portazos pasillo arriba, a intervalos solemnes y espantosos. Fue una noche demoledora y deprimente.
»Cuando el día empezó a despuntar, el batir de la puerta disminuyó hasta cesar y, finalmente, hice acopio de valor y recorrí en penumbra el pasillo para tapar el objetivo de la cámara. Les aseguro que me costó, pero la fotografía se habría estropeado de no haberlo hecho, y quería evitarlo a toda costa. Volví a mi habitación y me puse a borrar la estrella de cinco puntas en la que me había sentado.
»Media hora más tarde, llamaron discretamente a la puerta. Era Peter con mi café. Una vez me lo tomé, fuimos a la Habitación Gris. Por el camino me fijé en los precintos de las demás puertas, que estaban intactos. El de la Habitación Gris estaba roto, igual que el cordel del disparador del flash, pero la tarjeta de la cerradura seguía en su sitio. La arranqué y abrí la puerta.
»No observamos nada inusual hasta que nos acercamos a la cama. Al igual que el día anterior, le habían quitado las sábanas y las habían tirado en el rincón de la izquierda, exactamente en el mismo lugar que la otra vez. Me afectó mucho, pero no olvidé comprobar todos los precintos, constatando que ninguno estaba roto.
»No observamos nada inusual hasta que nos acercamos a la cama. Al igual que el día anterior, le habían quitado las sábanas y las habían tirado en el rincón de la izquierda, exactamente en el mismo lugar que la otra vez. Me afectó mucho, pero no olvidé comprobar todos los precintos, constatando que ninguno estaba roto.
»Entonces, me volví para mirar al viejo Peter y él me miró a mí, asintiendo con la cabeza.
»—¡Salgamos de aquí! —dije—. No es lugar en el que deba entrar un ser humano sin la protección adecuada.
»Una vez fuera, volví a cerrar la puerta con llave.
»Tras el desayuno, revelé el negativo, pero solo mostraba la puerta de la Habitación Gris entreabierta. Entonces salí de la casa, pues debía conseguir algunas cosas y recursos necesarios para proteger mi vida, o quizá mi alma, pues pretendía pasar la siguiente noche dentro de la Habitación Gris.
»Volví en un coche de punto a eso de las cinco y media, cargado con mi material, y Peter y yo lo subimos a la Habitación Gris, apilándolo cuidadosamente en el centro. Una vez estuvo todo dentro, incluido un gato que había llevado, cerré y precinté la puerta, y me fui a mi habitación, diciéndole a Peter que no bajaría a cenar.
»—Bien, señor —me respondió, y se fue escaleras abajo, pensando que me iría a la cama, que era lo que quería que creyese, pues de conocer mis intenciones, se habría preocupado y me habría preocupado a mí.
»Pero me limité a coger la cámara y el flash para apresurarme a volver a la Habitación Gris. Me encerré con llave, la precinté y me puse a trabajar, pues tenía mucho que hacer antes del anochecer.
»Primero quité todas las cintas del suelo; después dejé al gato, aún dentro de su cesta, junto a la pared del fondo. Volví al centro de la habitación y delimité un espacio de siete metros de diámetro, que barrí con una “escoba de hisopo”. A su alrededor dibujé con tiza una circunferencia, cuidando de no salirme.
»Restregué varios ajos fuera de ella, trazando una amplia banda circular y, una vez completada, cogí una jarrita de un agua concreta de entre las cosas que había dejado en el centro. Rompí el lacre y le quité el tapón. Luego mojé en ella el dedo índice de la mano izquierda y recorrí nuevamente la circunferencia, por la parte de dentro de la línea de tiza, trazando el Segundo Signo del Ritual Saaamaaa, uniendo cada uno de los signos con una media luna mirando a la izquierda.
»Puedo asegurarles que, una vez hice esto y completé el “círculo de agua”, me sentí más tranquilo. Luego desembalé más cosas y puse una vela encendida en el “valle” de cada media luna. Acto seguido, dibujé un pentáculo de forma que cada una de las cinco puntas de la estrella protectora tocase la circunferencia de tiza. En cada punta coloqué una porción de pan, envuelto en tela de lino, y en cada “valle”, una jarra sin tapar del agua con la que había trazado el “círculo de agua”. Había completado mi primera barrera protectora.
»Restregué varios ajos fuera de ella, trazando una amplia banda circular y, una vez completada, cogí una jarrita de un agua concreta de entre las cosas que había dejado en el centro. Rompí el lacre y le quité el tapón. Luego mojé en ella el dedo índice de la mano izquierda y recorrí nuevamente la circunferencia, por la parte de dentro de la línea de tiza, trazando el Segundo Signo del Ritual Saaamaaa, uniendo cada uno de los signos con una media luna mirando a la izquierda.
»Puedo asegurarles que, una vez hice esto y completé el “círculo de agua”, me sentí más tranquilo. Luego desembalé más cosas y puse una vela encendida en el “valle” de cada media luna. Acto seguido, dibujé un pentáculo de forma que cada una de las cinco puntas de la estrella protectora tocase la circunferencia de tiza. En cada punta coloqué una porción de pan, envuelto en tela de lino, y en cada “valle”, una jarra sin tapar del agua con la que había trazado el “círculo de agua”. Había completado mi primera barrera protectora.
CONTINUARÁ...