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El Jardín Secreto - Frances Hodgson Burnett

 

A la hora de comida, Mary mostró a Martha el dibujo de Dickon.

–¡Eh! –dijo Martha muy orgullosa–. No sabía que mi hermano fuera capaz de dibujar en tamaño natural un tordo en su nido.

Al oír esto, Mary supo que el dibujo era un mensaje: significaba que Dickon mantendría el secreto. Su jardín era su nido y ella era como el tordo. ¡Cómo le gustaba ese niño, a la vez extraño y sin complicaciones!

Esperando verlo al día siguiente, se quedó dormida. Pero en Yorkshire el tiempo puede variar mucho, es­pecialmente en primavera. Esa noche Mary despertó con el ruido de las gotas de lluvia al caer sobre las ventanas. Llovía a torrentes y el viento soplaba en las esquinas de la vieja casa y dentro de la chimenea. Mary se sentó en la cama sintiéndose muy desdichada y enojada.

–La lluvia es más antipática de lo que yo era –dijo–. Vino porque sabía que yo no quería que lloviera.

Furiosa se tiró sobre las almohadas enterrando la cara en ellas. No lloró, pero se quedó tendida odiando el ruido de la lluvia y el viento. Las grandes goteras golpeaban fuertemente la pared.

"Suena como si alguien llorara y estuviera perdido en medio del páramo", pensó.

Por cerca de una hora se dio vueltas en la cama sin lograr dormir. De pronto, algo la hizo sentarse en la cama.

Escuchó atentamente.

–Ahora no es el viento –dijo en un murmullo–. Es diferente, es el mismo llanto que escuché antes.

Como su puerta estaba entreabierta, se pudo dar cuenta de que ese llanto quejumbroso provenía de la parte más  alejada del corredor. Mientras más escuchaba más se con­vencía de que tenía que saber quién lloraba. Esto le pareció más extraño que el jardín secreto o que la llave enterrada. Quizás su propia rebeldía la hizo sentirse intrépida.

–Iré a ver –dijo–. Todos están en cama y no me importa lo que diga la señora Medlock.

Tomó la palmatoria de su velador y sin hacer ruido, salió de su habitación al corredor largo y obscuro.

Creía recordar dónde tenía que doblar para encontrar la puerta cubierta por la tapicería, tras la cual caminaba el ama de llaves el día que ella se encontraba perdida. El sonido provenía del pasadizo. Alumbrándose con la vela, trataba de hallar el camino, mientras su corazón latía tan fuerte que le parecía poder escucharlo. Como el llanto continuaba, le fue fácil guiarse por él, aunque en varias ocasiones titubeó sin saber qué camino tomar. Por fin se encontró frente a la puerta con la tapicería. La empujó suavemente y cerró tras ella. Ahora podía oír con claridad el llanto: procedía de detrás de una puerta situada a su izquierda, bajo la cual se vislumbraba una luz. Alguien muy joven lloraba en esa habitación.

Mary abrió la puerta y se detuvo. Era una enorme pieza con bellos muebles. El fuego resplandecía desde la chimenea y una luz de vela iluminaba una cama con cuatro pilares de la que pendían cortinajes de brocado. En ella, un niño lloraba quejumbrosamente. Mary se preguntó si se encontraba en un lugar real o estaba soñando. El niño tenía una cara aguzada de delicado color marfil, con unos ojos que parecían demasiado grandes. Una gran mata de cabello le caía en mechones sobre la frente, lo que le empequeñecía aun más la cara. Tenía aspecto de niño enfermo, pero no parecía llorar de dolor sino, más bien, de cansancio y de rabia.

Mary, de pie en el umbral, contuvo la respiración. Luego dio unos pasos dentro de la pieza y, a medida que se acercaba, la luz atrajo la atención del niño. Este volvió la cara y la miró fijamente con sus grises ojos tan abiertos, que se veían enormes.

–¿Quién eres? –le preguntó en un murmullo asusta­do–. ¿Eres un fantasma?

–No, no lo soy –contestó Mary, también en un murmullo, aunque algo menos asustada–. ¿Es que tú lo eres?

El la miraba y la miraba tanto que Mary no pudo dejar de notar cuan extraños eran sus grises ojos rodeados de negras pestañas.

–No –contestó, luego de un momento–, soy Colin.

–¿Qué Colin?

–Soy Colin Craven; y tú, ¿quién eres?

–Soy Mary Lennox y el señor Craven es mi tío.

–El es mi padre –dijo el niño.

–¡Tu padre! –se asombró Mary–. Nadie me dijo que tenía un hijo. ¿Por qué no me lo dijeron?

–¡Acércate! –dijo el niño, con expresión ansiosa.

Ella se acercó a la cama y él le tocó la mano.

–¿Eres real, verdad? –dijo–. A veces sueño cosas tan reales que tú puedes ser parte de un sueño.

Antes de salir de su dormitorio, Mary se había puesto un chal de lana y ahora puso una de sus puntas entre los dedos del niño.

–Apriétalo y verás qué grueso y caliente es –dijo–. O, si quieres, te puedo pellizcar para demostrarte cuan real soy. Por un momento, yo también pensé que tú eras parte de un sueño.

–¿De dónde vienes? –preguntó él.

–De mi dormitorio. El viento soplaba tan fuerte que no podía dormir, y al oír que alguien lloraba quise saber quién era. ¿Por qué estabas llorando?

–Porque tampoco podía dormir y me duele la cabe­za. Repíteme tu nombre.

–Mary Lennox. ¿Pero no te dijeron que vine a vivir aquí?

Él continuaba restregando el chal, aun cuando parecía que ahora creía que ella era real.

–No –contestó–. Quizás no se atrevieron.

–¿Por qué? –preguntó Mary.

–Porque la gente me asusta y no dejo que nadie me vea o me hable.

–¿Pero por qué? –insistió Mary, cada vez más des­concertada.

–Porque siempre estoy enfermo y tendido en cama. A mi padre tampoco le gusta que me hablen y a los empleados no les permiten que discutan sobre mi per­sona. Si llego a grande, seré un jorobado; pero no viviré. Mi padre odia la idea de que pueda parecerme a él.

–¡Pero qué casa más extraña! –dijo Mary–. Todo aquí es secreto, piezas y jardines cerrados con llaves. Y tú, ¿también estás encerrado?

–No, yo me quedo aquí porque prefiero no salir. Me canso demasiado.

–¿Tu padre viene a verte? –aventuró Mary.

–Algunas veces, pero en general cuando estoy dor­mido. El no quiere verme.

–¿Por qué? –no pudo dejar de preguntar Mary.

Una especie de sombra tormentosa pasó por la cara del niño.

–Al nacer yo, mi madre murió. Por eso mi padre se siente desgraciado al verme. El cree que yo no lo sé, pero lo escuché hace tiempo. El casi me odia.

–Desde que ella murió, él odia el jardín –dijo Mary medio hablando para sí.

–¿Qué jardín? –preguntó el niño.

–Es solamente el jardín que a ella le gustaba –tarta­mudeó Mary–. ¿Has estado siempre aquí?

–Casi siempre. En ocasiones me han llevado cerca del mar, pero no me gusta porque la gente me mira. Antes usaba un aparato de fierro para sostener mi espalda. Pero un gran doctor londinense vino a verme y dijo que era estúpido que lo usara, pero en cambio sugirió que me sacaran al aire. Pero odio el aire y no quiero salir.

–A mí tampoco me gustaba al llegar acá –dijo Mary–. ¿Por qué me miras de ese modo?

–Porque los sueños son tan reales –contestó apena­do–. A veces, cuando abro los ojos, no puedo creer que estoy despierto. No quiero que tú seas un sueño.

–¡Pero si estamos despiertos! –dijo Mary abarcando con la mirada el alto techo, los obscuros rincones y el fuego que apenas alumbraba–. Parece un sueño porque estamos en medio de la noche y, con excepción nuestra, el resto de la casa duerme.

En esto a Mary se le ocurrió algo:

–¿Si no te gusta que te vean, no quieres que me vaya?

–No –dijo–, si te vas pensaré que era un sueño; pero si eres real, siéntate en ese piso y háblame de ti.

Mary dejó a un lado la vela y se sentó en un taburete acolchado. Ella no deseaba partir, prefería que­darse en esta pieza escondida y hablar con el niño misterioso.

–¿Qué quieres que te cuente?

–Quiero saber desde cuándo vives aquí, en dónde queda tu dormitorio y qué haces durante el día. También quiero saber si te gusta el páramo y en dónde vivías antes de llegar a Yorkshire.

Ella contestó a sus preguntas mientras él tendido sobre sus almohadas la escuchaba atentamente. Mary se dio cuenta de que, por ser inválido, apreciaba las cosas en forma diferente a otros niños. Desde chico sabía leer y pasaba los días leyendo o mirando las ilustraciones de preciosos libros. Aun cuando su padre rara vez lo visitaba, le daba toda clase de cosas mara­villosas para que se entretuviera. Pero aun así, parecía estar siempre aburrido.

–Todos están obligados a hacer lo que yo quiero, porque si me enojo me enfermo –dijo indiferentemen­te–. Además, nadie cree que llegaré a grande –conti­nuó como si estuviera acostumbrado a la idea y ya no le importara.

Parecía gustarle la voz de Mary, puesto que medio adormecido seguía escuchándola con interés. Ella pensó que se había dormido, pero en ese momento él le hizo una pregunta que les dio un nuevo tema de conversación. –¿Cuántos años tienes?

–Tengo diez años y tú también –contestó, olvidando toda prudencia.

–¿Cómo lo sabes? –preguntó el niño sorprendido. –Porque cuando naciste la puerta del jardín fue ce­rrada y enterraron la llave, y de eso hace diez años.

Colin, muy interesado, se sentó volviéndose hacia ella. –¿Qué puerta del jardín se cerró? ¿Dónde enterraron la llave? ¿Quién lo hizo? –preguntó.

–Es el jardín que odia el señor Craven –dijo Mary muy nerviosa–. El cerró la puerta y nadie sabe dónde enterró la llave.

–¿Qué clase de jardín es? –persistió Colin. –No está permitido entrar –contestó cautelosa­mente Mary.

Pero ya era demasiado tarde para usar de cautela. Colin se parecía a ella: el no tener nada en qué pensar hacía que se sintiera atraído por la idea de un jardín secreto. Por eso sus preguntas eran innumerables.

–Nadie habla sobre él; creo que los han obligado a guardar silencio.

–Yo haré que me lo digan –dijo Colin. –¿De verdad puedes? –titubeó Mary, empezando a asustarse. Si él hacía preguntas quién sabe lo que podía suceder.

–Todos me obedecen, porque este lugar algún día será mío.

Mary jamás pensó que ella hubiera sido una niña consentida, pero se daba cuenta de que este misterioso niño lo era. El creía que el mundo le pertenecía; además, a ella le parecía muy peculiar la forma que él tenía de hablar de que no viviría.

–¿De verdad crees que no vivirás? –le preguntó ansiosa y también deseosa de desviar su atención del jardín.

–Eso creo –contestó indiferente–. Mi doctor, que es un primo de papá, lo cree. El es pobre y si yo muero él heredará Misselthwaite a la muerte de mi padre; por eso creo que él desea que yo no viva.

–¿Quieres vivir? –preguntó Mary.

–No –contestó cansadamente–, pero tampoco quiero morir. Cuando estoy enfermo pienso mucho en ello y lloro mucho.

–Te he oído llorar tres veces –dijo Mary–, pero no sabía quién eras. ¿Por qué llorabas?

Ella quería que él olvidara el jardín, pero él insistió.

–Mejor hablemos de otra cosa, por ejemplo del jar­dín. ¿Te interesaría verlo?

–Sí –contestó Mary en voz baja.

–Yo quiero verlo –insistió él–. Creo que jamás qui­se ver algo. Quiero que desentierren la llave, abran la puerta y me lleven en mi silla, así tomaré aire.

A medida que crecía su entusiasmo, sus ojos brillaban como estrellas. Mary, en cambio, afligida, apretaba sus manos pensando que todo se echaría a perder. Dickon no volvería al jardín y ella no sería nunca más como el tordo con su nido escondido y seguro.

–¡Por favor, no lo hagas! ¡Por favor! –gritó.

Él la miró como si estuviera loca.

–¿Por qué? –exclamó–. ¿No dijiste que lo querías ver?

–Por supuesto que quiero –dijo casi en un sollo­zo–. Pero si haces abrir la puerta y que te lleven, ya no será un secreto.

Él se inclinó aun más hacia adelante y preguntó:

–¡Un secreto! ¿Qué quieres decir?

Las palabras de Mary salieron atropelladas.

–¡Entiende! –exclamó–. Si nadie sabe fuera de no­sotros que es posible que exista una puerta escondida, tal vez podríamos encontrarla y, al cerrarla detrás de noso­tros, nadie sabría que estábamos dentro del jardín. Preten­deríamos que somos tordos y que el jardín es nuestro nido. Podríamos ir cada día, cavar, plantar y ver cómo renace el jardín.

–¿Está seco? –la interrumpió– él.

–Lo estará si nadie se preocupa por él –continuó ella–. Los bulbos florecerán, pero no así las rosas...

Nuevamente él la interrumpió entusiasmado:

–¿Qué son bulbos?

–Pequeñas plantas que tratan de brotar cuando llega la primavera.

–¿Llegó ya la primavera? –preguntó el niño–. ¿Cómo es? No se la ve en los dormitorios.

–Es el sol que brilla en la lluvia y la lluvia cae cuando hay sol. Entonces, en ese momento, las cosas tratan de brotar de la tierra –dijo Mary–. Si el jardín fuera secreto, podríamos ir cada día y ver brotar lo que pudiera salvarse. ¿No te das cuenta de que sería mucho mejor si fuera un secreto?

El se tendió nuevamente en la cama con una rara expresión en su cara.

–Jamás he tenido un secreto –dijo–, excepto que los que me rodean no saben que sé que no llegaré a grande. Pero prefiero esta otra clase de secreto.

–Si tú no pides que te abran el jardín –rogó Mary–, estoy segura de que algún día lograré entrar en él. Y como el doctor quiere que tomes aire y tú haces lo que quieres, podemos encontrar un niño que te empuje y así iríamos solos, y continuaría siendo un jardín secreto...

Mary respiró más tranquila al darse cuenta de que la idea le gustaba a Colin. Ella estaba segura de que si le seguía hablando del jardín y hacía que él con su imagina­ción lo viera como ella lo había visto, le gustaría tanto que no permitiría que otros se lo estropearan. 

–En caso de que podamos entrar, te diré como creo que puede ser–dijo ella.

El se mantuvo muy quieto, escuchándola explicarle cómo quizás las rosas habrían crecido o de los posibles nidos de pájaros.

Le habló largamente del petirrojo y de Ben Como el niño sonreía al escuchar las historias del pajarito ella se sintió menos asustada. "La sonrisa lo hace verse casi buen mozo", pensó Mary. Al principio lo había encontrado incluso menos agraciado que ella misma.

–Como he vivido encerrado, no sabía que los pájaros actuaban así. Tú sabes muchas cosas. Estoy pensando que quizás tú has estado dentro del jardín.

Ella no supo qué contestar, pero calló al ver que él no esperaba una respuesta. Poco después, el niño le dio una sorpresa.

–Te voy a mostrar algo –le dijo–. ¿Ves aquella cortina de seda color rosa que cuelga sobre la repisa de la chimenea?

Mary no la había visto y pensó que sería un cuadro.

–Hay un cordón que cuelga de él, por favor, tíralo.

Muy perpleja, Mary tiró del cordón. La cortina corrió descubriendo un retrato de una niña riendo. Tenía el pelo brillante y amarrado con una cinta azul. Sus alegres ojos eran iguales a los tristes ojos de Colin.

–Ella es mi mamá –dijo Colin quejándose–. No sé por qué murió. A veces la odio por haberlo hecho. Si ella no hubiera muerto, yo no estaría siempre enfermo. Inclu­so, puede que a mi padre no le importara mirarme o, quizás, mi espalda fuera más fuerte. Mejor corre la cortina nuevamente.

Mary hizo lo que le pedía y volvió a su asiento.

–Aunque ella es más linda que tú, tiene tu misma forma y color de ojos. ¿Por qué la cubre la cortina?

El se movió inconfortable.

–Yo la hice poner –dijo–. Cuando estoy enfermo y me siento mal, me molesta que sonría todo el tiempo. Además, ella es mía y no quiero que cualquier persona la vea.

Por unos minutos guardaron silencio; luego Mary pre­guntó:

–¿Qué hará la señora Medlock si sabe que he estado aquí?

–Ella hará lo que yo diga –contestó él–. Además, le diré que quiero que vengas todos los días a conversar conmigo. Estoy muy contento de que hayas venido.

–Yo también lo estoy –dijo Mary–. Vendré lo más seguido que pueda, pero... –vaciló– tendré que buscar la puerta del jardín.

–¡Sí, por supuesto! –dijo Colin–, y después me cuentas.

Guardó silencio durante un momento y, luego, agregó:

–Creo que tú también serás un secreto. No lo diré mientras no lo descubran. Puedo enviar fuera a la enfer­mera, diciendo que quiero estar solo. ¿Conoces a Martha?

–La conozco muy bien –dijo Mary–; ella me ayuda.

Él indicó con la cabeza la habitación vecina.

–Ella está durmiendo allí porque la enfermera tenía que salir. Martha te indicará cuándo puedes venir.

En ese momento Mary entendió la preocupación de Martha cuando ella le preguntó quién lloraba.

–He estado mucho tiempo aquí –dijo Mary–. ¿Me voy ahora? Parece que tienes sueño.

–Antes de que te vayas, me gustaría quedarme dor­mido –dijo con vergüenza.

–Cierra los ojos –replicó Mary acercándose–. Haré lo que hacía mi aya en la India. Te acariciaré la mano y te cantaré algo suave.

–Creo que eso me gustará –dijo el niño, adormila­do.

Ella tenía compasión por él y no quería que se queda­ra despierto; por eso empezó a acariciarle la mano y entonó una canción hindú.

–Me gusta –dijo él, cada vez más soñoliento.

Por fin sus negras pestañas cayeron sobre sus mejillas al cerrar los ojos y quedarse profundamente dormido. Mary se levantó silenciosa, tomó la palmatoria y se deslizó suavemente fuera de la pieza.

Los habitantes de la isleta Middle - William Hope Hodgson

-Es aquélla -exclamó el viejo ballenero dirigiéndose a mi amigo Trenhern, mientras el yate costeaba lentamente la Isla Nightingale. El viejo señalaba con el cabo de una ennegrecida pipa de arcilla una pequeña isleta a estribor de la proa.

-Es aquélla, señor -repitió-. La Isleta Middle y pronto tendremos un buen panorama de la ensenada. Aunque no afirmo que la nave esté aún allí, señor, y si lo está, tenga en cuenta que le dije durante todo el tiempo que no había nadie en ella cuando subimos a bordo -volvió a llevarse la pipa, a la boca dándole un par de chupadas lentas, mientras Trenhern y yo escrutábamos la isleta a través de los prismáticos.

Estábamos en el Atlántico Sur. Al norte, a lo lejos, se veía difusamente el pico torvo, golpeado por los vientos de la Isla Tristán, la mayor de las que integran el grupo Da Cunha, mientras que en el horizonte occidental podíamos distinguir en forma poco nítida la Isla Inaccesible. Sin embargo, estas dos eran de poco interés para nosotros. Era la Isleta Middle, frente a la costa de la Isla Nightingale, la que atraía nuestra atención.

Había poco viento y el yate avanzaba lento en el agua de color oscuro. Pude ver que mi amigo estaba torturado por la impaciencia de saber si la ensenada aún retenía los restos del navío que había llevado a su bienamada. Por mi parte, aunque sentía mucha curiosidad, no tenía la mente tan ocupada como para excluir un asombro semiconsciente ante la extraña coincidencia que nos había llevado a aquella búsqueda. Durante seis largos meses mi amigo había esperado en vano noticias del Happy Return, en el que había embarcado su amada hacia Australia, en un viaje por motivos de salud. Sin embargo, nada se había sabido y se lo daba por perdido, pero Trenhern, desesperado, había realizado un último esfuerzo. Había hecho publicar avisos a todos los periódicos más importantes del mundo y esta medida había tenido cierto éxito en la forma del viejo ballenero que estaba junto a él. Este hombre, atraído por la recompensa ofrecida, había suministrado información voluntaria respecto a un casco desmantelado, que llevaba el nombre Happy Return en la proa y en la popa, con el que se había encontrado en su último viaje en una extraña ensenada del costado Sur de la Isleta Middle. Sin embargo no le había dado esperanzas a mi amigo de encontrar a su amor perdido o, en realidad, de encontrar nada vivo en él porque había subido a bordo con la tripulación de un bote sólo para descubrir que estaba completamente abandonado y -según nos dijo- no habían permanecido allí ni un momento. Ahora me inclino a pensar que inconscientemente debe haberlo impresionado la inexpresable desolación y la atmósfera misteriosa que invadía a la nave, y de la que nosotros mismos pronto seríamos conscientes. Justamente su próxima observación demostró que mi suposición era correcta.

-Ninguno de nosotros quiso tener mucho que ver con la nave. Uno no se sentía cómodo a bordo. Y estaba demasiado limpia y ordenada para mi gusto.

- ¿Qué quiere decir con limpia y ordenada? -pregunté, intrigado por la manera en que lo había expresado.

-Bueno -contestó-, así era. Le daba a uno la impresión de que un montón de gente acababa de abandonarla y podía volver en cualquier bendito minuto. Sabrá lo que quiero decir, señor, cuando la aborde -meneó la cabeza sabiamente y volvió a chupar la pipa.

Durante un momento lo miré dubitativo; después me volví y miré a Trenhern, pero era evidente que no había notado las últimas observaciones del viejo marino. Estaba demasiado ocupado en mirar con el catalejo la islita, como para advertir lo que pasaba a su alrededor. De pronto emitió un grito grave y se volvió hacia el viejo ballenero.

- ¡Pronto, Williams! -dijo-. ¿Es éste el sitio? -señaló con el catalejo. Williams se llevó una mano a los ojos y miró.

-Es allí, señor -contestó después de una pausa.

- ¿Pero... pero dónde está la nave? -preguntó mi amigo con voz temblorosa-. No veo señales de ella.

Tomó a Williams del brazo y lo sacudió con repentino temor.

-Todo marcha bien, señor -exclamó Williams-. No hemos avanzado lo suficiente hacia el sur como para tener un buen panorama de la ensenada. Se estrecha en la boca y la nave está bien adentro. La verá en un minuto.

Ante esas palabras, Trenhern le soltó el brazo, con el rostro un poco mas compuesto, aunque muy ansioso. Durante un minuto se apoyó sobre la baranda, como buscando apoyo. Después giró hacia mí.

-Henshaw -dijo-. Estoy temblando... Yo..Yo...

-Vamos, vamos, viejo -contesté y deslicé mi brazo en el suyo. Después, pensando en ocupar de algún modo su atención, le sugerí que debía ordenar que prepararan uno de los botes para bajarlo. Lo hizo y después estuvimos escrutando un momento más la estrecha abertura entre las rocas. Poco a poco, a medida que nos íbamos adelantando a ella, advertía que penetraba a considerable profundidad dentro de la isleta y entonces, por fin, apareció algo a lo lejos, entre las sombras de la ensenada. Era como la popa de un navío proyectándose detrás de las altas paredes de la entrada rocosa y cuando me hice cargo del hecho, emití una interjección, señalándoselo a Trenhern con considerable excitación.

Habían bajado el bote; Trenhern y yo junto con la tripulación del bote, y el viejo ballenero al timón, enfilábamos directamente hacia la entrada en la costa de la Isleta Middle.

Pronto nos encontramos en medio del ancho cinturón de algas que rodeaba la isleta y minutos después nos deslizamos en las aguas límpidas, oscuras de la ensenada, con las rocas elevándose a cada lado de nosotros en paredes desnudas, inaccesibles, que parecían tocarse en las alturas.

Pasaron unos segundos antes de que atravesáramos el pasaje y entráramos a un pequeño mar circular rodeado de ásperos acantilados que se alzaban sobre todos los costados a una altura de más de cien metros. Era como si mirásemos desde el fondo de un pozo gigantesco. Sin embargo lo notamos poco entonces porque estábamos pasando bajo la popa de un navío y, al mirar hacia arriba, leí en letras blancas Happy Return.

Me volví hacia Trenhern. Tenía el rostro blanco y sus dedos jugueteaban con los botones de la casaca; su respiración era irregular. Un instante después, Williams tuvo el bote junto a la nave y Trenhern y yo trepamos a bordo. Williams nos siguió, llevando la amarra del bote; la aseguró en una abrazadera y después se volvió para guiarnos.

Mientras caminábamos sobre cubierta, los pies golpeaban con un sonido vacío que denunciaba nuestra desolación, mientras que las voces, cuando hablamos, parecieron traer un eco desde los acantilados circundantes con una extraña vibración hueca, que nos llevó de inmediato a hablar en susurros. Y así empecé a comprender lo que Williams había querido decir cuando dijo "Uno no se sentía cómodo a bordo".

-Fíjense lo limpia y ordenada que está la bendita -dijo, deteniéndose después de unos pasos-. No es natural -hizo un gesto con la mano hacia los avíos de cubierta que nos rodeaban-. Todo está como si acabara de llegar a puerto y no fuera un bendito barco náufrago.

Siguió hacia la popa, siempre abriendo la marcha. Era tal como había dicho. Aunque los mástiles y los botes de la nave habían desaparecido, estaba extraordinariamente limpia y ordenada, las cuerdas -las que quedaban- prolijamente enrolladas en las cabillas y en ningún punto de las cubiertas se podía discernir alguna señal de desorden. Trenhern lo había captado al mismo tiempo que yo y ahora me tomó del hombro con una mano rápida, nerviosa.

-Observa, Henshaw -dijo en un susurro excitado-, esto demuestra que algunos estaban vivos cuando entró aquí... -hizo una pausa como para recobrar el aliento-. Pueden estar... pueden estar...

Se detuvo una vez más y señaló sin una palabra la cubierta. Había pasado más allá de las palabras.

¿Abajo? -dije, tratando de hablar con animación.

Asintió con la cabeza, escrutándome el rostro en busca de combustible para la repentina esperanza que se había encendido dentro de él. Entonces llegó la voz de Williams que estaba de pie ante la escalera de entrada a las cabinas.

-Vamos, señor. No voy a bajar solo.

-Sí, vamos, Trenhern -grité-. Nunca se sabe qué puede pasar.

Llegamos juntos a la escalera y él me hizo señas para que entrara antes. Se estremecía. Al pie de las escaleras, Williams hizo una pausa, después dobló a la izquierda y entró en la cámara. Cuando atravesamos el umbral, me impactó una vez más la extrema pulcritud del lugar. No había señales de apuro o confusión; todo estaba en su sitio como si el mayordomo hubiera ordenado el departamento un momento antes, y desempolvado la mesa y los utensilios. Sin embargo, por lo que sabíamos, yacía allí un casco desmantelado desde hacía al menos cinco meses.

- ¡Tienen que estar aquí! ¡Tienen que estar aquí! -oí que murmuraba mi amigo, y yo, aunque recordaba que Williams la había encontrado así hacía tantos meses, apenas pude evitar unirme a su creencia.

Williams había cruzado al costado de estribor de la cámara y vi que se acercaba a una de las puertas. Esta se abrió, y el ballenero se dio vuelta y le hizo un gesto a Trenhern.

-Vea, señor -dijo-. Esta debe haber sido la cabina de su joven dama; hay prendas femeninas colgadas y sobre la mesa el tipo de objetos que ellas usan...

No terminó; Trenhern atravesó la cámara de un salto, y lo tomó del cuello y el brazo.

-Cómo se atreve... a profanar... -dijo casi en un chillido y de inmediato lo sacó en vilo del pequeño cuarto-. Cómo... cómo... -jadeó, y se agachó para levantar un cepillo con mango de plata que Williams había dejado caer ante el inesperado ataque.

-No quise ofender, señor -contestó el viejo ballenero con voz asombrada, en la que había un matiz de, justa ira-. No quise ofender. No iba a robar la bendita cosa.

Se golpeó la manga de la casaca con la palma de la mano y cruzó una mirada hacia mí, como para hacerme testigo de la verdad de su afirmación. Sin embargo, apenas noté lo que decía porque oí que mi amigo gritaba dentro de la cabina de su bienamada y en la voz se mezclaba una admirable profundidad de esperanza, y temor y perplejidad. Un instante después irrumpió en la cámara; sostenía algo blanco en la mano. Era un almanaque. Lo giró hacia arriba para mostrar la fecha en la que estaba puesto.

- ¡Miren! -gritó-. ¡Lean la fecha!

Cuando mis ojos captaron el significado de las pocas figuras visibles, se me aceleró la respiración y me incliné hacia adelante, mirando con fijeza. El almanaque había sido puesto en la fecha de ese mismo día.

-JBuen Dios! -murmuré y luego-: ¡Es un error! í Es sólo casualidad!

Y seguí mirándolo.

-No lo es -replicó Trenhern con vehemencia-. Ha sido puesto en este día... -se interrumpió un momento. Luego, después de una pausa breve y extraña gritó-: ¡Oh, Dios mío! ¡Haz que pueda encontrarla!

Se volvió con aspereza hacia Williams.

-¿En qué fecha estaba puesto?... i Rápido! -casi gritaba.

Williams lo miró confundido.

- ¡Maldición! -gritó mi amigo, casi fuera de sí-. ¡Cuando usted subió a bordo antes!

-Nunca he visto antes esa bendita cosa, señor -contestó el ballenero-. No nos quedamos a bordo.

- ¡Por Dios, hombre! -gritó Trenhern-. ¡Qué lástima! ¡Oh, qué lastima! -después giró y corrió hacia la puerta de la cámara.

Al llegar al umbral miró por sobre el hombro. - ¡Vamos! ¡Vamos! -llamó-. Están en algún sitio. Se están escondiendo... ¡Busquen!

Y eso hicimos, pero aunque recorrimos el navío entero, de proa a popa, no encontramos el menor signo de vida. Sin embargo, en todas partes predominaba aquella extraordinaria limpieza y aquel orden, y no el desorden salvaje de un barco náufrago y abandonado; a medida que pasábamos de un lugar a otro y de cabina en cabina, continuaba experimentando la sensación de que habían estado habitados hasta un momento antes.

Pronto terminamos con la búsqueda, y al no encontrar lo que buscábamos, nos miramos confundidos, casi sin hablar. Fue Williams el primero que dijo algo inteligible.

-Es como le dije, señor; no había nada vivo a bordo.

Ante esto Trenhern no respondió nada y un minuto después Williams volvió a hablar.

-No falta mucho para que caiga la noche, señor, y tendríamos que salir de este sitio mientras haya un poco de luz.

En vez de contestarle, Trenhern le preguntó si alguno de los botes estaba allí cuando lo abordaron antes y ante la respuesta negativa cayó otra vez en su silencioso retraimiento.

Un momento después, me atreví a llamarle la atención sobre lo que había dicho Williams acerca de regresar al yate antes de que se fuera la luz. Ante esto, asintió vagamente con un movimiento de cabeza y caminó hacía el costado, seguido por Williams y yo. Un minuto después estábamos en el bote y enfilábamos a mar abierto.

Durante la noche, no habiendo sitio seguro para anclar, el yate siguió afuera, siendo la intención de Trenhern desembarcar en la Isleta Middle y buscar algún rastro de la tripulación perdida del Happy Return. Si eso no daba resultados, iba a llevar a cabo una prolija exploración de la Isla Niglítingale y de la Isleta de Stoltenkoff antes de abandonar toda esperanza.

Empezó a ejecutar la primera parte del plan en cuanto amaneció porque su impaciencia era demasiado intensa como para esperar más.

Sin embargo, antes de que desembarcáramos en la Isleta, le pidió a Williams que llevara el bote a la ensenada. Tenía la creencia, que en cierto modo me afligía, de que iba a traer a la tripulación y a su bienamada de regreso a la nave. Me sugirió -buscando sin cesar en mi rostro la mutua esperanza que tal vez hubieran estado ausentes el día anterior, debido a alguna expedición a la isla en busca de vegetales comestibles. Y yo (recordando la fecha en el almanaque) pude mirarlo alentadoramente; aunque de no haber mediado ese hecho, me hubiera sentido incapaz de apoyar su creencia.

Penetramos por el pasaje al gran pozo entre acantilados. La nave, cuando nos arrimamos a ella, se veía pálida e irreal en la luz grisácea del amanecer envuelto en niebla; sin embargo lo advertimos apenas porque la excitación y esperanza evidentes de Trenhern se estaban volviendo contagiosas. Fue él quien abrió ahora la marcha hacia la penumbra de la cámara. Una vez allí, Williams y yo vacilamos con cierto temor natural, mientras que Trenhern cruzó a la puerta del cuarto de su amada. Alzó la mano y golpeó, y en la quietud subsiguiente oí cómo latía nítido y veloz mi corazón. No hubo respuesta y Trenhern volvió a golpear con los nudillos sobre los paneles; los golpes resonaron huecamente a través de la cámara y las cabinas vacías. El suspenso de la espera casi me descompuso; después Trenhern tomó bruscamente el picaporte, lo hizo girar y abrió la puerta de par en par. Lo oí emitir una especie de gruñido. La cabinita estaba vacía.

Un instante después, lanzó un grito y reapareció en la cámara sosteniendo el mismo almanaque pequeño. Corrió hacia mí y me lo puso en las manos con un grito desarticulado. Lo miré. Cuando Trenhern me lo había mostrado el día anterior mostraba la fecha 27; ahora la habían cambiado al 28.

-¿Qué significa esto, Henshaw? ¿Qué significa? -preguntó desvalido.

Sacudí la cabeza.

-¿Seguro que no lo cambiaste ayer... por accidente?

- ¡Completamente seguro! -dijo.

-¿A qué están jugando? -siguió-. Esto no tiene sentido... -hizo una pausa; después repitió- ¿Qué significa esto?

-Sólo Dios lo sabe --murmuré-. Estoy perplejo.

-¿Quiere decir que alguien estuvo aquí desde ayer? -preguntó Williams a esta altura.

Asentí.

- ¡Por Dios, entonces, señor! -dijo-. ¡Son fantasmas!

- ¡Refrene su lengua, Williams! -gritó mi amigo, volviéndose salvajemente hacia él.

Williams no dijo nada, pero caminó hacia la puerta.

-¿A dónde va? -pregunté.

-A cubierta, señor -contestó-. ¡En este viaje no he firmado ningún papel para tratar con espíritus! -y subió con paso inseguro la escalera de entrada.

Trenhern no parecía haber advertido las últimas observaciones porque cuando volvió a hablar, al parecer estaba siguiendo una cadena de ideas.

-Mira -dijo-. No están viviendo a bordo, es evidente. Tienen algún motivo para mantenerse alejados. Se están escondiendo en algún lugar... tal vez en una caverna.

- ¿Qué hay acerca del almanaque, entonces? ¿Crees ... ?

-Sí, se me ocurre que deben venir a bordo por la noche. Debe de haber algo que los mantiene alejados durante el día. Quizás un animal salvaje o algo así que los podría ver durante el día.

Sacudí la cabeza. Era todo demasiado improbable. Si había algo que podía alcanzarlos a bordo de la nave, estando como estaba rodeada por el mar, en el fondo de un gran pozo entre los acantilados, entonces me parecía que no estarían seguros en ningún lugar; además, podían quedarse bajo cubierta durante el día y yo no podía concebir nada que pudiera alcanzarlos allí. Se alzó una multitud de objeciones adicionales en mi mente. Y además sabía perfectamente bien que no había animales salvajes de ningún tipo en las Islas. ¡No! Era obvio que no se lo podía explicar de ese modo. Y, sin embargo... estaba el cambio inexplicable del almanaque. Mi cadena de razonamientos terminaba en una niebla. Parecía inútil aplicar cualquier tipo de sentido común al problema y me volví una vez más hacia Trenhern.

-Bueno -dije-, no hay nada aquí y, después de todo, puede haber algo de cierto en lo que afirmas, aunque que me cuelguen si puedo encontrar la punta del ovillo.

Abandonamos la cámara y volvimos a cubierta. Luego nos encaminamos a proa y miramos en el castillo de proa, pero, tal como esperaba, no encontramos nada. Después de eso nos alejamos en el bote y decidimos examinar la Isleta Middle. Tuvimos que remar para salir de la ensenada y rodear la costa un poco hasta encontrar un lugar adecuado de desembarco.

En cuanto desembarcamos, sacamos el bote a lugar seguro y dispusimos el orden de la exploración. Williams y yo íbamos a llevarnos un par de hombres cada uno para rodear la costa en direcciones opuestas hasta que nos encontráramos, examinando de paso todas las cavernas que halláramos. Trenhern se dirigiría a la cima y escrutaría la Isleta desde allí.

Williams y yo cumplimos con nuestra parte y nos encontramos cerca del sitio donde habíamos levantado el bote. El no tenía nada que informar y yo tampoco. No pudimos ver rastros de Trenhern y poco después, como no aparecía, le dije a Williams que se quedara junto al bote mientras yo subía la elevación para buscarlo. Pronto llegué a la cima y descubrí que estaba de pie en el borde del enorme pozo en que yacía el navío naufragado. Miré a mi alrededor y, hacia la izquierda:, vi a mi amigo tendido boca abajo con la cabeza sobre el filo del abismo, evidentemente mirando hacia el barco.

-Trenhern -llamé con suavidad, para no alarmarlo.

Alzó la cabeza y miró en mi dirección; al verme, me hizo señas y me apresuré en llegar a su lado.

-Agáchate -dijo en voz baja-. Quiero que veas algo.

Cuando me tendí junto a él, le di un vistazo a su cara; estaba muy pálida. Después me asomé por sobre el borde y miré la tenebrosa profundidad.

- ¿Ves lo que quiero decir? -preguntó, hablando aún en un susurro.

-No -dije-. ¿Dónde?

-Allí -señaló-. En el agua a estribor del Happy Return.

Mirando en la dirección indicada, cerca de los restos de la nave, distinguí varios objetos pálidos, de forma oval.

-Peces -dije-. ¡Qué extraños!

- ¡,No! -replicó él-. i Rostros!

- ¡Qué!

- ¡Rostros!

Me arrodillé y lo miré.

-Mi querido Trenhern, estás dejando que este asunto te afecte demasiado... Sabes que cuentas con toda mi simpatía. Pero...

- ¡Mira -dijo-, se están moviendo, nos están mirando! -hablaba en voz baja, ignorando por completo mi protesta.

Me tendí otra vez y miré. Tal como había dicho, se estaban moviendo y cuando miré se me ocurrió una idea repentina. Me puse en pie bruscamente.

- ¡Lo tengo! -grité excitado-. Si estoy en lo cierto eso podría dar cuenta del abandono de la nave. ¡Me pregunto por qué no lo pensamos antes!

-¿Qué? -preguntó con voz cansada y sin alzar la cabeza.

-Bien, en primer lugar, viejo, ésas no son caras, como bien lo sabes, pero te diré lo que es probable que sean: los tentáculos de algún tipo de monstruo marino, un kraken, o un pulpo... algo por el estilo. Me es fácil imaginar a una criatura de esa clase habitando ahí abajo y del mismo modo puedo comprender que si tu amada y la tripulación del Happy Return están vivos, se sientan inclinados a apartarse lo más posible del viejo barco si tengo razón... ¿eh?

Cuando terminé de explicar mi solución del misterio, Trenhern estaba en pie. La cordura había vuelto a sus ojos y había un rubor de excitación reprimida a medias en las mejillas hasta entonces pálidas.

-Pero... pero... pero... ¿y el almanaque? -jadeó.

-Bueno, pueden atreverse a subir a bordo por la noche, o en cierto momento de las mareas, en los que tal vez hayan descubierto que hay poco peligro. Desde luego, no puedo afirmarlo, pero parece probable y nada más natural que llevar un registro de los días, o lo pueden haber puesto en fecha sin pensar, de paso. Hasta podría tratarse de tu bienamada contando los días desde que se separó de ti.

Me volví y espié otra vez por sobre el borde del acantilado; las formas flotantes habían desaparecido. Entonces Trenhern me tironeó del brazo.

-Vamos, Henshaw, vamos. Regresaremos al yate y traeremos armas. Voy a matar a ese monstruo si aparece.

Una hora más tarde estábamos de regreso con dos de los botes del yate y sus tripulantes, todos armados con machetes, arpones, pistolas y hachas. Trenhern y yo habíamos elegido un pesado revólver cada uno.'

Los botes fueron arrimados y se les ordenó a los hombres que abordaran el barco náufrago, y allí, contando con suficiente comida, pasaron el resto del día, vigilando con atención en busca de señales de cualquier cosa.

Sin embargo, cuando se acercó la noche, manifestaron una considerable inquietud; por último enviaron al viejo ballenero a popa a decirle a Trenhern que no se quedarían a bordo del Happy Return después de caer la noche: obedecerían cualquier orden que les diera en el yate, pero no habían sido contratados para permanecer a bordo de un barco dirigido por fantasmas.

Una vez que oyó a Williams, mi amigo le dijo que llevara sus hombres al yate, pero que regresara en uno de los botes con cosas para dormir, ya que él y yo íbamos a quedamos a pasar la noche a bordo del barco. Esto era lo primero que yo oía del asunto, pero cuando lo reconvine me dijo que tenía plena libertad para volver al yate. Por su parte había decidido quedarse y ver si venía alguien.

Como es natural, después de eso tuve que quedarme. Pronto regresaron con los implementos de dormir y después de recibir órdenes de mi amigo para que vinieran a buscamos al romper el día, nos dejaron a solas para pasar la noche.

Bajamos los implementos de dormir y los acomodamos sobre la mesa de la cámara; después subimos y paseamos por la cubierta de popa, fumando, hablando seriamente... escuchando; pero nada llegaba a nuestros oídos, a no ser la voz grave del mar más allá del cinturón de algas. Llevábamos los revólveres porque sólo sabíamos que podíamos llegar a necesitarlos. Sin embargo, el tiempo fue pasando sin accidentes, excepto una ocasión en que Trenhern dejó caer pesadamente la culata del arma sobre la cubierta. Justamente entonces, desde todos los acantilados que nos rodeaban, rebotó hacia nosotros un estallido grave, hueco, atemorizante. Era como el gruñido de una bestia enorme. Pronto la oscuridad se hizo total en el fondo de aquel pozo tremendo. Por lo que podía juzgar, una niebla había bajado sobre la Isleta y formado una especie de tapa enorme sobre el pozo. Cuándo bajamos eran alrededor de las doce. Creo que para entonces hasta Trenhern había empezado a advertir que habernos quedado era un poco imprudente; si éramos atacados, al menos abajo, podríamos resistir mejor. En cierto sentido el temor incierto que yo sentía no era inducido por la idea del gran monstruo que creía haber visto cerca de la nave durante el día, sino más bien por algo innombrable en el aire mismo, como si la atmósfera del lugar fuera un medio conductor del terror. Sin embargo, serenándome con un esfuerzo, atribuí tal impresión a mis nervios en tensión, de tal modo que pronto, habiéndose ofrecido Trenhern para hacer la primera guardia, quedé dormido sobre la mesa de la cámara, dejándolo sentado junto a mí con el revólver sobre las rodillas.

Entonces, mientras dormía, tuve un sueño de una nitidez tan extraordinaria que me parecía estar despierto. Soñé que de pronto Trenhern respingaba y se ponía en pie de un salto. En el mismo instante, oí una voz suave que llamaba" ¡Tren! ¡Tren!". Venía desde la puerta de la cámara y, en mi sueño, me daba vuelta y veía un rostro muy hermoso, con dos ojos enormes, admirables. " ¡Un ángel!" susurraba para mis adentros; entonces supe que me había equivocado y que era el rostro de la amada de Trenhern. La había visto sólo una vez, justo antes de que se embarcara. Mis ojos fueron de ella hacia Trenhern. Había dejado el revólver sobre la mesa y ahora ella tendía los brazos hacia él. La oí murmurar " ¡Ven!" y después Trenhern estuvo a su lado. Los brazos de la muchacha lo rodearon y después, juntos, atravesaron el umbral. Oí los pies de él sobre la escalera y después de eso mi sueño se convirtió en un descanso vacío, sin sueños.

Me despertó un grito terrible, tan espantoso que me pareció despertar más a la muerte que a la vida. Durante tal vez medio minuto estuve sentado entre mis implementos de dormir, inmovilizado por el hielo del miedo, pero no me llegó ningún otro sonido, así que mi sangre volvió a correr por las venas y tendí la mano en busca del revólver. Lo aferré, aparté las mantas y salté al piso. La cámara estaba inundada por una tenue luz grisácea que se filtraba por el tragaluz de arriba. Era apenas suficiente para mostrarme que Trenhern no estaba presente y que el revólver estaba sobre la mesa, en el sitio donde lo había colocado en mi sueño. Ante esto, lo llamé vivamente, pero la única respuesta que obtuve fue el eco vacío y fantasmal de las vacías cabinas circundantes. Después corrí hacia la puerta y luego escaleras arriba hasta la cubierta. Allí, en la brumosa luz del amanecer, miré a lo largo de las cubiertas desnudas, pero no vi a Trenhern por ningún lado. Alcé la voz y grité. Los acantilados torvos, circulares atraparon el nombre y lo hicieron resonar mil veces, hasta que pareció que, desde la penumbra de los alrededores una multitud de demonios gritaba " ¡Trenhern! ¡Trenhern! ¡Trenhern! ¡Trenhern!". Corrí a babor y miré por sobre la borda: ¡Nada! Volé a estribor; mis ojos captaron algo: varios objetos que flotaban a poca distancia de la superficie. Miré con atención y el corazón pareció detenérseme de pronto en el pecho. Estaba contemplando una veintena de rostros pálidos, ultraterrenos, que me devolvían la mirada con ojos tristes. Parecían oscilar y temblar en el agua, pero por lo demás no había movimientos. Debo de haberme quedado así durante muchos minutos porque, bruscamente, oí un sonido de remos y después se deslizó alrededor de la popa el bote del yate'

-Hacia la proa, vamos -oí gritar a Williams-. ¡Aquí estamos, señor!

El bote rozó el costado.

-Cómo la han... -empezó Williams, pero me pareció haber visto algo que se me acercaba por cubierta, lancé un grito y salté hacia el bote., Aterricé sobre uno de los bancos.

- ¡Apártenlo! ¡Apártenlo! -aullé y tomé uno de los remos para ayudar.

- ¿Y el señor Trenhern, señor? -interpuso Williams.

- ¡Está muerto! -grité-. ¡Apártenlo! ¡Apártenlo!

Y los hombres, contagiados por mi miedo, remaron hasta que en pocos instantes estábamos -a veinte metros de la nave. Allí hubo una pausa.

- ¡Llévelo mar afuera, Williams! -grité, frenético por la cosa con la que me había encontrado-. ¡Llévelo mar afuera!

Y ante estas palabras, Williams dirigió el bote hacia el pasaje que comunicaba con el mar. Esto nos hizo pasar cerca de la popa del barco naufragado y mientras pasábamos por debajo alcé la cabeza hacia la masa sobresaliente. Cuando lo hice, un rostro difuso, bello se asomó sobre el remate de la proa y me miró con grandes ojos apenados. Tendió los brazos hacia mí y grité con fuerza porque las manos eran como las garras de un animal salvaje.

Mientras me desmayaba, la voz de Williams me llegó en un bramido ronco de puro terror. Les gritaba a los tripulantes:

-¡Remen! ¡Remen! ¡Remen!