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Un hombre para SECTRA - Iban Zaldua

Al terminar la Guerra Civil, muchas empresas españolas sintieron la escasez de técnicos especializados consecuencia de la movilización, los fusilamientos, la emigración y la nueva Guerra Mundial. 

SECTRA (Sociedad Española de Camiones y Transportes) no fue una excepción. Las actas de su Consejo de Administración revelan la preocupación que causaba en aquellos hombres de negocios la ausencia de uno de sus ingenieros, monsieur Monod, y la muerte de su ayudante, el señor Basterrechea. 

Sobre todo porque no era fácil conseguir, en aquellos días, ingenieros expertos en la organización de plantas de automotores. En realidad, era muy difícil conseguir un ingeniero de cualquier clase. La invasión alemana desbarató la posibilidad de contratar al especialista propuesto por la casa matriz francesa, oferta de la que nunca más se supo. 

Así que hasta 1941 los directivos de SECTRA no pudieron reanudar la búsqueda del ingeniero que necesitaban. Desde luego, no era este el único problema al que se enfrentaba SECTRA en la posguerra, pero sí uno de los más acuciantes.

Una carta del director técnico de SECTRA, el señor Espina, fechada en París en junio de 1941, nos informa de que creía haber encontrado al hombre ideal: Jules Merchant, natural de Limoges, ingeniero superior y jefe de planta en Renault desde 1934 hasta 1940, con excelentes referencias. 

Esta primera carta de Espina, leída en el Consejo de Administración del 3 de julio de ese mismo año, indica que había mantenido una primera entrevista con Merchant y que era relativamente optimista respecto a su decisión, que no iba a tomar hasta la siguiente cita prevista para tres semanas después: fue entonces cuando Merchant le dio el sí definitivo. 

Espina no tardó mucho en escribir, exultante, a la sede de Madrid. La noticia fue acogida con muestras de honda satisfacción por parte de todos los reunidos en el Consejo del 6 de agosto del mismo año. Los problemas no se terminaron aquí, sin embargo. La Dirección de SECTRA esperaba que, una vez logrados todos los visados, autorizaciones y vistos buenos del Ministerio de Industria y Comercio, el ingeniero Merchant podría cruzar la frontera a más tardar en torno a las navidades de 1941. 

Los permisos de las autoridades alemanas, sin embargo, se demoraron demasiado: durante meses Merchant no pudo cruzar la frontera franco-española. Mientras tanto, los problemas de organización de SECTRA se multiplicaban, faltaba la gasolina, las restricciones eléctricas hacían mella en la productividad y los sucesivos balances fueron ampliando el eco de la cada vez menos boyante situación de la empresa. El «asunto Merchant» se convirtió en un punto inamovible del orden del día de cada Consejo, mes tras mes, hasta diciembre de 1943. Después, ni una línea más.

Jules Merchant es precisamente el protagonista de nuestra historia. El ingeniero pasó veinticinco meses en Bayona esperando la documentación de las autoridades alemanas. Prácticamente todos los días que estuvo allí —varado, hubiera dicho él—, por las mañanas, realizaba un recorrido que lo llevaba desde su hotel al Café de l’Adour, donde desayunaba un vaso de leche caliente y cruasanes; de allí a la Oficina de Negocios Españoles, por si había alguna carta de la empresa; luego a la Kommandantur, a comprobar si habían expedido los permisos y desde allí, si era verano, se encaminaba a alguna de las terrazas que poblaban las plazas de la ciudad, a tomarse su Pernod y a leer el periódico. 

En invierno no tenía más remedio que refugiarse en el interior de algún bar, ir al cine o quedarse encerrado en la habitación del hotel, leyendo o, más a menudo, durmiendo. Aquel camino se le antojaba, cada día que pasaba, un laberinto circular del que, desganado, no sabía cómo salir. 

De acuerdo con el contrato que había firmado con SECTRA, la empresa se hacía cargo de todos sus gastos hasta que cruzara la frontera. La contrapartida era que se tenía que quedar en Bayona, con las maletas preparadas, listo para emprender viaje a España no bien le concedieran la autorización. El ingeniero, sin embargo, nunca llegó a su destino.

Merchant era miembro del Partido Comunista Francés. Un miembro clandestino del Partido Comunista, cabría añadir. Directamente ligado a la Komintern, de su militancia no había, desde 1929, la más mínima constancia en los archivos del PCF. Merchant ingresó en el Partido en 1927, siendo aún estudiante en la Escuela de Ingeniería, y en 1929 le ofrecieron pasar al «grupo especial» de la sección francesa de la III Internacional, es decir, a la clandestinidad. Aceptó. 

Desde aquel día no se supo nada de él en el Partido. Terminada la carrera, dejó su ciudad y se fue a vivir a París. No volvió a participar en ninguna manifestación, ni a recaudar fondos para el sindicato, ni a comprar prensa comunista. En las huelgas siempre estuvo, como el resto de los ingenieros, del lado de la dirección. 

Sin familia y sin amigos, una vez terminada la carrera no le costó demasiado emplearse, primero en la sociedad aeronáutica Thorez y, en 1932, en Renault, donde ascendió rápidamente. Se comportó como un ejemplar jefe de organización: activo y trabajador, era de esos empleados que, si había algún problema que resolver, no escatimaban las horas y lo mismo se quedaba hasta la noche en la fábrica que acudía al trabajo un domingo, si era necesario. Las sucesivas menciones que recibió de la dirección de Renault asombraron sin duda a Espina, cuando este consultó su hoja de servicios.

Las funciones de Merchant dentro del «grupo especial» fueron, durante mucho tiempo, imprecisas. O al menos, eso le parecía a él. Durante una temporada le mandaron redactar largos informes sobre su óptica de la situación de la lucha proletaria en Francia, basándose sobre todo en su experiencia en la Renault. 

No sabía para qué los querían en Moscú, adonde —pensaba— también llegarían los análisis, más voluminosos, que enviaba el Partido. Sospechaba que quizá quisiesen contrastar unos y otros. En otras ocasiones le pedían que realizara un seguimiento de las reivindicaciones y acciones del sindicato CGT en los centros Renault, consignando los nombres y apellidos de los protagonistas. 

Una ocupación más concreta, también habitual, consistía en copiar planos de motores y modelos de automóviles. Aquello lo tenía más claro: era puro y simple espionaje industrial a favor de la Unión Soviética. Merchant sabía que era una modesta pero necesaria ayuda para fortalecer la patria del Socialismo.

Durante todos aquellos años entregó sus «deberes» a un contacto, al que conocía como Lucien, con el que se citaba una vez al mes en un café, casi nunca el mismo. No llegaron nunca a intercambiar más de diez palabras seguidas mientras Merchant bebía —indefectiblemente— un coñac y Lucien, una cerveza. 

Lucien era también el que le pasaba las instrucciones, normalmente cortos comunicados que firmaba «A»; Merchant ignoraba si su superior era el mismo Lucien o si este era, al igual que él mismo, un simple peón. No le importa mucho: si él caía, no podría delatar más que a Lucien y era por ello que se inclinaba a pensar que en realidad Lucien no era más que un recadero. El resto de la organización seguiría, así, en pie.

La guerra de España no interesó excesivamente a Merchant. Las noticias sobre el conflicto civil aparecían levemente veladas en los periódicos conservadores que leía y, además, había recibido órdenes taxativas de no mezclarse con nada que tuviera que ver con aquello: ni comités de apoyo, ni donativos, ni mucho menos manifestaciones. 

Merchant siguió absorbido por problemas profesionales como el abastecimiento de acero de su planta y, por las noches, por la no poco laboriosa redacción de sus informes. Las directrices que recibía de Lucien cambiaban poco y no pocas veces se quejó, en su fuero interno, de lo absurdo y romo de su trabajo.

Por eso se sorprendió cuando, en agosto de 1939, las instrucciones le revelaron una novedad sustancial: debía prepararse para dejar su puesto de trabajo en Renault —«A» calculaba que para mediados de 1940 podría haber abandonado la empresa sin levantar excesivas sospechas— y estar dispuesto para una nueva misión. Le recomendaban además que procurara estudiar un poco de castellano: Merchant comprendió enseguida que su misión iba a tener que ver con España, cuya guerra había terminado hacía poco.

El estallido de la II Guerra Mundial facilitó aún más el plan de «A» y Merchant pudo dejar la empresa sin problemas. El ingeniero, que era cojo de nacimiento, no fue movilizado y vivió la invasión alemana como si fuera un sueño. Permaneció tranquilo y se centró, en la medida en que ello era posible en aquellos tiempos, en sus aficiones, que eran bien pocas, y en aplicarse en el estudio de la lengua española. 

Lucien no había caído y siguió llevándole las instrucciones de «A», junto a las cuales le entregaba un sobre con una modesta, aunque suficiente, cantidad de francos. Un día la carta de «A» le comunicó que la semana siguiente habían concertado una entrevista con el representante de una casa española: debía aceptar su oferta, aunque no inmediatamente. 

Un mes más tarde, ya lo sabemos, Merchant era miembro de la plantilla de SECTRA. Y quince días después llegaba a Bayona. Aún no conocía con exactitud el objeto de su misión en España, pero pensaba que podría tener que ver con la reconstitución del Partido Comunista allí, o quizá no fuera más que una simple misión de vigilancia, espionaje y enlace. 

Las instrucciones concretas las recibiría ya en su destino. A Merchant le daba igual. Y tampoco le importaba esperar, ni siquiera en una ciudad tan aburrida como Bayona. No al principio, al menos.

Los contactos en Bayona menudearon; de hecho, gracias a los pagos de SECTRA ya no necesitaba el dinero de la organización. Lucien, evidentemente, no le siguió hasta allí y era una mujer de aspecto equívoco la que se encargaba de llevarle las escasas cartas del jefe. 

No había fecha fija: la mujer subía una noche a su habitación, le entregaba el sobre y permanecía media hora aproximadamente, fumando y leyendo el periódico. Luego salía, sin ocultar su presencia. Apenas hablaron durante aquellas visitas. Así era mejor, pensaba Merchant.

Aunque no tenía prisa por pasar a España, a principios de 1943 Merchant empezó a preocuparse. Había tenido por lo menos cuatro entrevistas con un delegado del Ministerio de Trabajo alemán y en la Oficina de Negocios Españoles ya estaban hartos de él. Sabía que los nazis estaban estudiando a fondo su expediente, y no se decidían a darle permiso para cruzar la frontera. ¿Es que sospechaban de él? Y en ese caso, ¿por qué? Y si sospechaban, ¿por qué no lo detenían? 

La situación se volvió más preocupante a final del verano: desde mayo no había recibido ninguna instrucción más. Cuando a primeros de noviembre le comunicaron que las autoridades alemanas habían decidido concederle el visado, suspiró aliviado porque eso demostraba que no habían podido lograr pruebas contra él. 

Pero la falta de noticias de sus superiores le mantenía en un estado de continua incertidumbre. Repasando las instrucciones de los meses anteriores colegía que una vez en España se las arreglarían para ponerse en contacto con él. Pero dudaba si ir o no. ¿Había caído la organización? ¿Se habían olvidado de él en Moscú?

El contrato con SECTRA, por otra parte, le obligaba a partir no bien hubiese recogido la autorización. Envió una carta a Madrid y a la vuelta del correo la empresa le indicó que le esperarían en la delegación que existía en San Sebastián. Merchant tuvo que procurarse, solo y sin las instrucciones de «A», un transporte para llegar a España, lo que no era tan fácil en aquellos días. 

Actuó como «A» le hubiera aconsejado: buscó con discreción y encontró un camión que, una vez a la semana, transportaba pescado a San Sebastián. Se informó bien de que el conductor no tuviera relaciones con la Resistencia e hizo el trato. El doce de noviembre, al atardecer, Merchant se acomodó en el asiento junto al conductor y se encaminaron hacia la frontera. El camión era un Renault prematuramente envejecido y seguro que Merchant pensó, acaso con añoranza, que quizá lo había visto cuando aún era un armazón brillante, allá en la cadena.

Merchant nunca llegó a San Sebastián. De hecho, el camión ni siquiera atravesó la frontera. Las pesquisas realizadas por los enviados de SECTRA no dieron el menor resultado. Los días doce y trece de noviembre había habido en la zona incursiones aéreas de los aliados y los alemanes no estaban de humor para «tonterías». 

SECTRA, que había invertido veinticinco mensualidades en Merchant, para quedarse con la miel en los labios, no volvió a intentar contratar un ingeniero extranjero hasta 1947, cuando ya era demasiado tarde. Otros problemas llamaron a la puerta de la empresa y el «asunto Merchant» fue olvidado, aparentemente, enseguida.

La apertura de los archivos de la extinta Unión Soviética nos ha permitido, aunque solo en parte, reconstruir la peripecia del ingeniero. Además de lo narrado hasta ahora, hay que añadir que el silencio de sus superiores que tanto preocupó a Merchant no se debió a ninguna caída, sino a una simple reorganización administrativa en Moscú: efectivamente, en agosto de aquel año de 1943 Stalin, por razones que aquí no vienen a cuento, disolvió la Komintern, y algunos de sus servicios —entre ellos el que se ocupaba de la infiltración del ingeniero— pasaron a manos de la inteligencia soviética. 

Cuando los nuevos mandos decidieron ponerse en contacto con Merchant en Bayona se encontraron con que ya había partido. Los documentos del GPU recogen la sorpresa que les produjo la imposibilidad de localizarlo en España. El caso no se cerró hasta 1952, y el expediente revela que se barajaron todas las posibilidades, desde la traición hasta la caída. En una fase de la investigación se llegaron a iniciar gestiones para proponer que se nombrara a Merchant Héroe de la Unión Soviética. No siguieron adelante.

No pude saciar mi curiosidad por desvelar esta trama menor hasta que no se me ocurrió hurgar entre la documentación del archivo de la Subprefectura de Policía de Bayona. Por supuesto, ya había hecho consultas en el Archivo Central del Ministerio del Interior en París, y no creía que esta nueva idea fuera a aportarme más que trabajo añadido y, por ende, inútil: había empezado a sospechar que, efectivamente, las bombas de la RAF habían ido a caer justamente sobre el camión de Merchant y no habían dejado ni un tornillo. Pero allí estaba. 

El caso había sido investigado y, a mi entender, archivado con demasiada premura. Aquella noche del doce de noviembre, el camión fue ametrallado, presumiblemente por miembros de la Resistencia, cerca de Anglet. Extrañamente, el asunto fue dejado en manos de la policía local, y no parece que los alemanes hicieran nada. 

Pienso que en la confusión de aquellos días de bombardeo no fue difícil echar tierra sobre el hecho. Por otra parte, el ingeniero no tenía quien se preocupara —oficialmente— de él, y el camionero que tan cuidadosamente había escogido Merchant, aparte de ser de origen marsellés —de hecho, nadie reclamó su cuerpo—, no contaba con las simpatías de los lugareños: se le tenía por colaboracionista. 

Según el atestado, aquel día apenas transportaba veinte kilos de pescado, y no creo que fuera casualidad. Las balas de la Resistencia, si admitimos esta versión, probablemente no iban destinadas a Merchant, pero acabaron con él y con su misión de todas maneras. 

El hecho de que un caso así quedase condenado a la desmemoria en un archivo de provincias no debe extrañarnos: las autoridades francesas —y más aún las policiales— no tenían, después de la guerra, el menor interés en reavivar las diferencias entre los franceses. En algunos casos se perdonó, y en otros muchos, además, se olvidó. Como en este.

SECTRA pasó las dificultades propias de la posguerra y la autarquía españolas. No sabemos hasta qué punto la llegada del ingeniero hubiera aliviado su comprometida situación mercantil. El caso es que ya en 1946 fue intervenida por el Banco Urquijo, a quien debía sumas considerables, y solo cinco años después este vendía SECTRA al Instituto Nacional de Iniustria, que la disolvió e incluyó parte de sus activos en ENASA (Empresa Nacional de Autocamiones, S. A.). Su planta central de Alcorcón, abandonada desde los sesenta, aún podía verse hace apenas seis años, en un solar ahora ocupado por una manzana de viviendas de protección oficial.

La mujer del vestido genético - Daniel Gilbert

    Llevaba veinte minutos tratando de hablar por el intercomunicador con la señorita Hartley (una hazaña similar a la resurrección de Lázaro, aunque en cierta forma más complicada por el hecho de que la señorita Hartley es una estúpida, no un muerto) cuando por fin decidí ir a la sala para averiguar qué le pasaba.

El individuo era vulgar, y yo, violando mi convicción más profunda (la adquisición de negocios lucrativos) estuve a punto de no verlo sentado en el diván. Estaba hojeando un número de la revista Ingeniería Genética, que como es lógico conservamos en portapliegos de similicuero con bordes dorados. Nuestra clientela es aficionada a estas cosas.

—Ah, buenos días, caballero —dije.

Definitivamente había que reprender a la señorita Hartley por abandonar su puesto en la sala de recepción y dejar desatendido a un cliente. Observé un moscardón que zumbaba irritantemente en la sala. Extendí hábilmente mi lengua y lo cacé.

Esos insectos, qué fastidio.

—Permítanle excusarme por el tratamiento grosero e inexcusable que ha sufrido usted —dije—, y asegurarle que ésta no es la línea seguida por Diseños Neomórficos. ¿Puedo ofrecerle un jerez?

—Desde luego.

Él apenas levantó los ojos de la revista.

Brinqué de un solo salto hasta el frasco de jerez.

Enseña siempre lo mejor que tengas para ofrecer, enséñalo claramente y de modo tai que neutralice al jactancioso que todos llevamos dentro. No he llegado a ser Primer Ejecutivo y V.I.P. de la Casa de Diseños Neomórficos por ignorar máximas como estas. Observé que el visitante había visto mi majestuoso salto y me acerqué a él con aire natural, ofreciéndole un orbe de platino con jerez.

—¿Le han enseñado nuestra moda actual? —inquirí.

—Ah, ah.

Mi capacidad perceptiva es tan afilada como una cimitarra, y al momento noté que el chic no era la lengua madre de aquel hombre. Cambié prontamente al menos fluido inglés, que carece de posibilidades para reflejar el matiz de la moda, pero que es francamente útil con los plebeyos. Hablo fluidamente setenta y tres idiomas naturales y seis artificiales, y la frase, «¿Metálico, cuenta corriente o tarjeta?» es igualmente deliciosa en todos ellos.

—Anfibio básico —dije, volviéndome para ofrecerle una vista de mis bolsas de aire—. Una opción conservadora para caballeros parciales. La llevo desde el 23 y todavía no he salido del círculo de la moda. No obstante, nuestra línea de verano ofrece un estilo en cierto modo más espectacular, si ésa es su preferencia.

—Comprendo —dijo el caballero, sin interés.

Debo admitir que me desconcertó esta réplica superficial. ¿Había perdido mi toque de gracia? ¡Ciertamente no! Comencé en este negocio como visitador, vendiendo injertos de ala nada funcionales para un almacén que vendía al descuento, y no he llegado tan lejos para que me disuadan con tanta facilidad.

Además, sería provechoso que mis dos jefes de ventas, Simson y Seeforth, vieran al Viejo salir del despacho como una reliquia ambulante y hacer una venta. No, no discutan. Sé lo que ellos piensan de mí.

Recorrí con la mirada al individuo como si fuera un guante blanco. Yo no soy el oráculo de Delfos del mundo de la moda, ni deseo parecer didáctico. Algunos prefieren un cambio morfológico total, otros un injerto de buen gusto.

Aquel hombre no tenía nada de eso.

Lucía el mismo cuerpo vulgar de homo sapiens con el que indudablemente vino al mundo. ¿Qué hacía él, por tanto, sorbiendo jerez en la sala de la más prestigiosa casa de diseños genéticos de Nueva Bombón?

—Al parecer —dije, acercándome peligrosamente a la potencial ira del cliente—, usted prefiere la moda mamífera. —Un buen vendedor debe calcular los riesgos, y el hombre no parecía alterado—. Con espléndido gusto —añadí—. ¿Ha pensado en un cambio morfológico total o en un injerto elegante? Podemos satisfacer ambas peticiones, por supuesto, y aunque en mi época una agalla aquí o un pie palmeado allí era el pináculo del encanto, los tiempos han cambiado y me gustaría sugerirle que un cambio morfológico completo, tal vez un simio o la línea Rodentia, le situaría en condiciones de ser un absoluto innovador entre la chic-de-la-chic...

—Señor..., eh...

Me miró fija, desagradablemente.

—Starsworth, discúlpeme. Pero llámeme Harvard.

—Señor Harvard, no he venido aquí por mí. Francamente, no me va esta clase de cosas.

¿Cosas?

¿Había dicho aquel homo (que estaba bebiendo mi jerez, dicho sea de paso) «cosas»? Respiré profundamente varias veces como me había aconsejado mi analista en cierta ocasión, y reprimí mi cólera.

—Distinguido señor, la ingeniería genética difícilmente puede ser un mero dictado de la moda, un necio capricho social. No obstante, me pondré prontamente a su servicio si tiene la bondad de explicarme cómo.

—Bien, es mi esposa —repuso, y se rascó la barbilla (qué gesto tan grosero)—. Ella desea un nuevo cambio.

—¿Una alteración subsiguiente?

—Sí, lo ha captado.

Cómo ofende al oído la vulgaridad. No obstante, logré conservar la debida calma.

—Cualquier transformación neomórfica puede invertirse o mejorarse para satisfacer el gusto personal, y estoy seguro de que su encantadora esposa aplaudirá su decisión de consentir que Casa de Diseños Neomórficos efectúe dichas modificaciones. Pero..., ¿dónde está su esposa, caballero?

El caballero miró hacia el techo, sus ojos volaron por la sala.

—No lo sé —dijo—. Estaba zumbando por aquí.