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La coronación del señor Thomas Shap - Lord Dunsany

La ocupación del señor Thomas Shap consistía en persuadir a los clientes de que la mercancía era genuina y de excelente calidad, y que en cuanto al precio su voluntad tácita sería consultada. Para llevar a cabo esta ocupación todas las mañanas iba muy temprano en tren a unas pocas millas de la City desde el suburbio en donde pasaba la noche. Así era como empleaba su vida.

Desde el momento en que por vez primera se dio cuenta (no como se lee un libro, sino como las verdades son reveladas al instinto) de la bestialidad propia de su ocupación, y de la casa en la que pasaba la noche -su aspecto, forma y pretensiones-, e incluso de la ropa que llevaba puesta, desde aquel mismo momento dejó de cifrar en ellos sus sueños, sus ilusiones, sus ambiciones; se olvidó de todo excepto de aquel laborioso señor Shap vestido con levita que adquiría billetes de tren, manejaba dinero y a su vez podía ser manejado por las estadísticas. Ni el sacerdote que había en el señor Shap, ni el poeta, tomaron jamás el primer tren para la City.

Al principio solía hacer pequeños recorridos en su imaginación, fijándose en su ensueño en los campos y ríos tendidos al sol, en los que éste sorprendía al mundo con mayor brillantez cuanto más hacia el sur. Luego empezó a imaginar mariposas; después de eso, gente vestida de seda y templos que construían a sus dioses.

Se advertía que el señor Shap era más bien callado, e incluso a veces distraído; mas no se criticaba su comportamiento con los clientes, para los cuales seguía siendo tan convincente como antaño. Por tanto, soñó durante un año más y, según soñaba, su fantasía se reforzaba. Leía todavía en el tren publicaciones baratas, seguía discutiendo los efímeros tópicos de la vida cotidiana y todavía votaba en las elecciones, aunque ya no lo hacía con todo su ser: su alma ya no intervenía.

Había tenido un año agradable, aunque su imaginación era completamente nueva para él, y a menudo le había descubierto cosas hermosas lejos de donde estaban disponibles, al sudeste del limbo crepuscular. Como tenía una mente lógica y prosaica, a veces decía: "¿Por qué he de pagar dos peniques en el teatro eléctrico cuando bastante fácilmente puedo ver gratis todo tipo de cosas?" Cualquier cosa que hiciera era ante todo lógica, y los que le conocían hablaban siempre de Shap como de "un hombre bueno, sensato y juicioso".

El día más importante de su vida, con mucho, fue a la ciudad como de costumbre en el primer tren a vender artículos plausibles a sus clientes, mientras su parte espiritual vagaba por tierras imaginarias. Según venía de la estación, lleno de sueños pero completamente despierto, descubrió repentinamente que el verdadero Shap no era el que iba al Comercio con fea ropa negra, sino el que vagaba a lo largo del borde de la jungla cerca de las murallas de una antigua ciudad oriental que surgía de la arena y que el desierto lamía con su eterna ondulación. Solía imaginar que el nombre de esa ciudad era Larkar. "Después de todo, la ilusión es tan real como el mismo cuerpo", decía con perfecta lógica. Era una teoría peligrosa.

Al igual que en el Comercio, se daba perfecta cuenta de la importancia y el valor del método para aquella otra vida que llevaba. No dejaba que su fantasía vagara demasiado lejos hasta conocer perfectamente sus principales aledaños. En particular evitaba la jungla: no es que temiera encontrar allí un tigre (después de todo, no era real), mas sí que pudieran agazaparse extrañas criaturas. 

Creó Larkar lentamente: muralla a muralla, torres para los arqueros, puerta de latón, y todo lo demás. Y entonces, un día se persuadió, y con toda razón, de que toda aquella gente vestida de seda que recorría sus calles, sus camellos, sus mercancías procedentes de Inkustahn, la misma ciudad, eran producto de su voluntad, por lo que él mismo se hizo Rey. 

Después sonreía cuando la gente no se quitaba el sombrero a su paso por las calles, mientras caminaba de la estación al Comercio; mas era lo suficientemente práctico como para reconocer que era preferible no comentar esas cosas con los que únicamente le conocían como señor Shap.

Ahora que era Rey de la ciudad de Larkar y de todo el desierto que se extiende hacia el este y el norte, dejó vagar más lejos su fantasía. Se llevó los regimientos de camelleros y abandonó Larkar entre tintineos producidos por las campanillas de plata que llevaban los camellos debajo de la barbilla, y llegó a otras remotas ciudades del desierto que se alzaban al sol con sus blancas murallas y torres. Atravesó las puertas de estas ciudades con sus tres regimientos vestidos de seda: el regimiento azul pálido estaba a su derecha, el regimiento verde cabalgaba a su izquierda y el regimiento lila iba delante. 

Cuando hubo atravesado las calles de cada una de las ciudades, y observado los modales de sus gentes, y contemplado la forma en que el sol daba en sus torres, se proclamó Rey allí mismo y a continuación siguió adelante con su fantasía. De esa manera pasó de ciudad en ciudad y de país en país. Aunque el señor Shap era perspicaz, creo que pasó por alto el ansia de engrandecimiento del que tan a menudo son víctimas los reyes. 

De manera que, cuando las primeras ciudades abrieron sus relucientes puertas y vio que la gente se postraba ante su camello, y que los lanceros le aclamaban a lo largo de innumerables balcones, y que los sacerdotes salían a hacerle reverencias, él, que nunca había tenido siquiera la más modesta autoridad en su mundo familiar, se volvió insensatamente insaciable. 

Apenas fue Rey dejó que su fantasía vagase a velocidades desmesuradas, renunció al método, y ansió ampliar sus fronteras; de manera que se internó cada vez más en terrenos completamente desconocidos para él. 

La concentración que mostró en sus desmesurados avances a través de países que la historia desconoce y de ciudades de tan fantásticos baluartes que, aunque sus habitantes eran humanos, sin embargo el enemigo al que temían no lo parecía tanto; el asombro con que percibió puertas y torres desconocidas incluso para el arte, y gente furtiva afluyendo por intrincados caminos para aclamarle como su soberano; todas esas cosas comenzaron a afectar su capacidad para el Comercio. Sabía como cualquiera que su imaginación no podía gobernar aquellas hermosas tierras a menos que el otro Shap, por insignificante que fuera, estuviera bien amparado y alimentado: y el amparo y el alimento significan dinero, y el dinero Comercio. 

Su error se parecía más al de un jugador astuto que ignorara la codicia humana. Un día su imaginación, vagando de buena mañana, llegó a una ciudad espléndida como el alba, en cuyas opalescentes murallas había puertas de oro, tan enormes que entre sus barrotes fluía un río en el que, cuando aquéllas se abrían, flotaban grandes galeones con las velas alzadas. De ellas salió danzando un grupo instrumental que ejecutó una melodía alrededor de la muralla. Aquella mañana el señor Shap, el Shap corporal de Londres, se olvidó del tren que le conducía a la ciudad.

Hasta hacía un año nunca había imaginado nada; no hay por qué extrañarse de que todas aquellas cosas recientemente imaginadas por su fantasía le jugaran al principio una mala pasada a la memoria de un hombre tan cuerdo.

Dejó por completo de leer los periódicos, perdió todo su interés por la política, y cada vez le importaban menos las cosas que pasaban a su alrededor. Incluso volvió a ocurrirle aquella desgraciada pérdida del tren de la mañana y la empresa le reprendió severamente por ello. Mas él se consoló. ¿Acaso no le pertenecían Aráthrion y Argun Zeerith y todo el litoral de Oora? 

E incluso cuando la empresa le criticó, contempló en su imaginación a los yaks en viajes agotadores, lentas partículas sobre los campos nevados, portando sus ofrendas; y vio los ojos verdes de los montañeses que le habían mirado de una manera extraña en la ciudad de Nith cuando entró por la puerta del desierto. 

No obstante, su lógica no le abandonó del todo; sabía que sus extraños súbditos no existían, y estaba más orgulloso de haberlos creado en su mente que de poder gobernarlos únicamente. Así que, en su orgullo, se consideraba más importante que un Rey, sin atreverse a pensar exactamente qué. Entró en el templo de la ciudad de Zorra y permaneció allí algún tiempo solo: todos los sacerdotes se arrodillaron ante él cuando salió.

Cada vez le importaban menos las cosas que a nosotros nos preocupan, los asuntos propios de Shap, el comerciante de Londres. Comenzó a despreciarle con soberano desdén.

Un día, hallándose en Sowla, la ciudad de los thuls, sentado en el trono de amatista, decidió, y al momento fue proclamado con trompetas de plata por todo el país, que sería coronado Rey de todo el País de las Maravillas.

Delante de aquel viejo templo donde año tras año, durante más de mil, fueron venerados los thuls, instalaron pabellones al aire libre. Los árboles que allí florecían despedían radiantes fragancias, desconocidas en todos los países incluidos en los mapas; las estrellas brillaban intensamente por aquel excelente motivo. 

Una fuente lanzaba incesantemente hacia arriba con gran estrépito brazada tras brazada de diamantes; un profundo silencio aguardaba a las trompetas doradas: se acercaba la noche de la coronación. En lo alto de aquellos viejos y gastados escalones, que bajaban no se sabe adónde, se encontraba el Rey con su manto de color esmeralda y amatista, la antigua vestidura de los thuls; a su lado estaba la Esfinge que en las pasadas semanas le había aconsejado en sus asuntos.

Lentamente, subieron hacia él, de no se sabe dónde, ciento veinte arzobispos, veinte ángeles y dos arcángeles, llevando la fabulosa corona, la diadema de los thuls. Mientras ascendían hasta él, sabían que a todos ellos les esperaba un ascenso por su labor aquella noche. Silencioso, majestuoso, el Rey les aguardaba.

Los doctores de abajo fueron sentándose a cenar, los vigilantes pasaron lentamente de una habitación a otra, y cuando, en aquel confortable dormitorio de Hanwell, vieron al Rey todavía erguido y regio, resuelto, subieron hasta él y le dijeron: "Váyase a la cama... a la linda cama". Así es que se acostó y pronto se quedó dormido: el gran día había terminado.

El hombre hueco - Thomas Burke

 Subió por una de las angostas callejas que arrancan del puerto y salió a una calle más ancha, al extremo de la cual brillaban alegres las luces de Londres. Al final de aquella calle se sumergió en las luces de Londres y, en ocasiones, también en sus sombras. En su marcha fue dejando el río cada vez más atrás y no se detuvo hasta llegar a un barrio pobre próximo al centro.

Era la suya una figura alta y enjuta, embutida en un impermeable negro. Por debajo se veían los pantalones de un traje de faena color marrón. Un gorro acabado en pico ocultaba casi por completo su rostro; lo poco que quedaba a la vista era lívido y anguloso. En la bruma otoñal que llenaba tanto las calles iluminadas como las que no lo estaban parecía un espectro, y algunos de los transeúntes que se cruzaban con él volvían la cabeza para cerciorarse de que realmente habían visto un ser vivo. Incluso uno o dos se encogieron de hombros y se echaron a un lado como espantados de algo.

Tenía largas las piernas, pero caminaba con ese paso corto y medroso de los ciegos, aunque no era ciego. Sus ojos, bien abiertos, miraban fijamente al frente, pero no parecía ver ni oír cosa alguna. Ni el lúgubre ulular de las sirenas en la margen opuesta del río, ni los atrayentes escaparates de los comercios en las anchas calles que llevaban al centro le hacían volver la cabeza a derecha o a izquierda. Caminaba como si no fuera a ningún sitio concreto, y, sin embargo, al llegar a esta o aquella esquina torcía sin dudarlo. Era como si una mano invisible lo guiara hacia un punto determinado, cuya situación exacta él mismo ignorara.

Iba en busca de alguien que había sido amigo suyo quince años atrás, y la mano invisible o un instinto perruno lo habían llevado de África a Londres, y lo guiaban ahora, en aquella milla final de su periplo, hacia cierta modesta casa de comidas. Él no sabía que se dirigía a la casa de comidas propiedad de su amigo Sinnombre, pero lo que sí sabía desde que había salido de África era que viajaba al encuentro de Sinnombre y que ya estaba muy cerca de él.

Sinnombre ignoraba que su viejo amigo estuviera tan cerca, pero si se hubiese parado a pensar en las especiales circunstancias de aquella noche, se habría preguntado por qué seguía aún levantado una hora más tarde de lo habitual. Estaba sentado en uno de los bancos de su próspera «Casa de Comidas para Obreros» —una pequeña mina de oro, en palabras de los parientes de su mujer—, fumando y mirando a las musarañas. Había hecho la caja y escrito las hojas con la lista de platos para el día siguiente, y no había nada que le impidiese irse a la cama tras quince horas seguidas de atender su negocio. Si le hubieran preguntado qué hacía aún levantado más tarde que de costumbre, lo primero que habría contestado es que no había reparado en ello y, a continuación, a falta de cualquier otra explicación, habría añadido que era con el propósito de fumarse una última pipa. Era totalmente inconsciente de que seguía aún levantado y había dejado sin echar el pestillo de la puerta porque un amigo suyo de África, al que hacía mucho tiempo que no veía, andaba en su busca y necesitaba sus servicios. No tenía ni la más remota idea de que había dejado el pestillo sin echar a aquella hora tan avanzada —eran las once y media— para franquear la entrada al dolor y al infortunio.

Pero cuando las campanas de muchas iglesias hacían sonar tristemente en la noche su desacuerdo en la cuestión de dar las once y media, el dolor y el infortunio se hallaban ya a sólo dos calles de él. El impermeable, los pantalones de faena y aquel rostro lívido y anguloso iban acercándose inexorablemente.

Reinaba el silencio en la casa y en las calles; un silencio pesado, roto, o a veces acentuado por ocasionales ruidos nocturnos: la bocina de un automóvil, el tubo de escape de un camión, el cambio de agujas en alguna lejana terminal ferroviaria. Era un silencio que parecía envolver la casa, pero él no lo percibía. Como tampoco oía las campanas, ni aquellos pasos renqueantes que se acercaban a su local, y pasaban por delante, daban media vuelta, y volvían a pasar para detenerse finalmente. No era consciente de nada, excepto de que estaba sentado y soñoliento fumándose una última pipa, sordo y ciego a todo lo que no estuviese en su más inmediato alrededor.

Pero cuando una mano levantó el picaporte, eso sí que lo oyó y alzó entonces la vista. Vio que la puerta se abría, se puso en pie y fue hacia ella. Y allí mismo, en el umbral, se encontró frente a frente con aquella escuálida imagen del dolor y del infortunio.

Matar a otro ser humano es algo espantoso. Tal vez, en el instante mismo de perpetrar su crimen asistan al asesino graves y convincentes razones. Es posible que con el paso del tiempo y la reflexión lamente lo ocurrido y llegue incluso a sentir remordimientos, que, tal vez, lo atormenten durante muchos años. Examinadas en las horas de vigilia nocturna o por la mañana temprano, las razones aducidas para una acción semejante pueden esgrimir su fría lógica, pero también es posible que dejen de ser razones para convertirse en meras disculpas. Y esas disculpas pueden desnudar al asesino y hacer que se vea a sí mismo tal como es en realidad. Y sus tentáculos pueden penetrar, tal vez, hasta lo más recóndito de su mente y de su sistema nervioso buscando su alma para torturarla.

Y si matar a otro ser humano y verse asaltado periódicamente por los remordimientos derivados de ese acto colérico ya es algo espantoso, ¿qué no será matar a un semejante, enterrarlo bien enterrado en una selva africana, y luego, quince años más tarde, hacia la medianoche, ver cómo el picaporte de la puerta es levantado por la mano que uno dejó inerte y al hombre que se asesinó entrar en tu casa e invocar tu hospitalidad?

Cuando el hombre del impermeable y los pantalones de faena entró en el comedor, Sinnombre se quedó rígido como una estatua, lo miró fijamente, se tambaleó contra una mesa, se sujetó a ella con una mano y exclamó:

—¡Oh!

El otro hombre dijo:

—Sinnombre.

Luego se miraron el uno al otro. Sinnombre con la cabeza echada hacia atrás, la boca entreabierta y ojos desorbitados; el visitante con expresión desvaída y vidriosa. Si Sinnombre no hubiese sido la clase de hombre que era —tardo, receloso y mostrenco—, habría alzado los brazos y chillado. En ese momento sintió la necesidad de algún tipo de desahogo parecido, pero no supo cómo reaccionar. El único realce dramático que dio a la situación fue hablar en un susurro en vez de hacerlo con voz normal.

Mil emociones distintas se agolparon en su cerebro y en su espina dorsal, pugnando entre sí. Pero externamente no se manifestaron más que en sus ojos desencajados y en el tono de voz. Su primer pensamiento, o mejor dicho, su primer espasmo, fue: Fantasmas, Indigestión, Crisis nerviosa. El segundo, cuando vio que la aparición era corpórea y real fue: Impostura. Pero cierto movimiento por parte del visitante le hizo descartar también esta última posibilidad.

Era un ligero movimiento propio de aquel hombre y de nadie más; una flexión inconsciente del dedo corazón de la mano izquierda. Entonces no le cupo ya duda de que era Gopak. Un Gopak algo cambiado, desde luego, pero aún milagrosamente con sus treinta y dos años. Un Gopak vivo, palpitante y real. No se trataba de ningún fantasma. No era ninguna jugarreta del estómago. Estaba tan seguro de ello como de que quince años antes lo había matado y dado sepultura.

La espesa negrura del momento fue aliviada en cierto modo por Gopak. Con voz tenue y desmayada le preguntó:

—¿Puedo sentarme? Estoy cansado —tomó asiento y añadió—: ¡tan cansado!

Sinnombre seguía sujetándose a la mesa. En un susurro dijo:

—Gopak... ¡Gopak...! Pero ¡si yo te maté! Te maté en la jungla. Estabas muerto. No tengo la menor duda de ello.

Gopak se pasó la mano por la cara. Parecía a punto de llorar.

—Ya sé que lo hiciste. Lo sé. Eso es lo único que recuerdo de este mundo. Que tú me mataste —la voz salía aún más tenue y desmayada—. Pero luego ellos vinieron a turbar mi sueño. Me despertaron. Y me volvieron a la vida —estaba sentado con los hombros caídos, brazos inertes y las manos colgando entre las rodillas. Tras la primera mirada de reconocimiento no volvió a fijar la vista en Sinnombre. La tenía fija en el suelo.

—¿Que fueron a turbar tu sueño? —Sinnombre se inclinó hacia delante y continuó en un hilo de voz—: ¿Que te despertaron? Pero ¿quiénes?

—Los Hombres Leopardo.

—¿Los qué?

—Los Hombres Leopardo —la voz acuosa repitió las palabras con tanta naturalidad como si dijera «el vigilante nocturno».

—¿Los Hombres Leopardo? —Sinnombre lo miró estupefacto, y su grueso rostro se cuarteó casi en un esfuerzo por hacerse con la situación: a medianoche recibía la visita de un hombre muerto, el cual no dejaba de decir majaderías. Sintió que la sangre se le salía de sus cauces. Se miró la mano para ver si era su mano. Miró la mesa para ver si era su mesa. La mano y la mesa eran reales, y si el muerto era también real, ¡y vaya si lo era!, la historia que contaba podía ser asimismo tan real como todo lo demás. En cualquier caso, respondía a la misma lógica que la propia presencia del muerto. Lanzó un profundo suspiro que le salió del estómago—. Ah..., ya... Los Hombres Leopardo... Sí, allí oí hablar de ellos. Todo cuentos.

Gopak sacudió débilmente la cabeza.

—No, no son cuentos. Son reales. Si no lo fuesen, yo no estaría ahora aquí. ¿No crees?

Esto, desde luego, Sinnombre tenía que admitirlo. «Allí» le habían contado muchas historias de los Hombres Leopardo, pero las había oído con desdén, tomándolas por leyendas de la selva. Pero ahora, por lo visto, las leyendas de la selva se convertían en algo común y corriente en un pequeño restaurante londinense. La voz acuosa prosiguió:

—Ellos hacen esas cosas. Yo los vi. Formaron un corro a mi alrededor y yo resucité en medio del corro. Dieron muerte a un negro y me infundieron su vida. Querían a un hombre blanco para que los ayudase en las faenas agrícolas. Así que me volvieron a este mundo. Que lo creas o no lo creas, es cosa tuya. Sé que no quieres creerlo. Que preferirías no ver ni saber que existen. Y a nadie podría reprocharle tal cosa. Pero ésta es la pura verdad. Por eso estoy aquí.

—Pero ¡si yo te dejé completamente muerto! Hice todas las comprobaciones posibles. Y pasaron tres días antes de que te enterrase. Y cuando lo hice, te enterré bien enterrado.

—Ya lo sé. Pero a ellos eso les es indiferente. Cuando me volvieron a la vida ya había pasado mucho tiempo. Y aún sigo muerto, ¿sabes? Lo único que resucitaron, fue mi cuerpo —la voz sonó aún más débil—. ¡Y estoy tan cansado!

Sentado en su próspera casa de comidas, Sinnombre estaba en presencia de un portento consumado, pero el marco sólido y vulgar del local no le permitía hacerse una idea cabal de lo que tenía delante. De un modo un tanto necio, como comprendió en cuanto hubo cerrado la boca, pidió a Gopak que le explicase cuanto había ocurrido. Preguntó a un hombre que no podía estar vivo bajo ningún concepto que le explicara cómo había llegado a estarlo. Era como pedirle a la Nada que explicara el Todo.

Mientras hablaba sintió que su mente empezaba a escapar de su control. La sorpresa de un inesperado visitante a aquella hora tan tardía, la impresión de la llegada de un hombre muerto hacía ya tanto tiempo, y la confirmación de que el muerto no era un simple espectro, eran demasiado para él.

La media hora siguiente se la pasó hablando con Gopak, como si fuese aquel Gopak al que había tratado quince años atrás cuando ambos eran socios. Y luego se calló ante la heladora evidencia de que estaba hablándole a un muerto y que el muerto contestaba a sus preguntas con una débil voz. Se daba cuenta de que nada tenía ni pies ni cabeza, pero en el calor de la conversación procuró olvidar su lado improbable, y acabó por aceptarlo. Al ir repasando aquel rosario de sorpresas en su mente, ésta fue aclarándose hasta centrarse en un único pensamiento: «He de librarme de él. ¿Cómo podría librarme de él?».

—Pero ¿cómo has llegado hasta aquí?

—Me escapé —las palabras brotaban lentas, casi inaudibles, y del cuerpo más que de los labios.

—Pero ¿cómo?

—No sé... No recuerdo nada... excepto nuestra pelea. Y que luego descansaba en paz.

—Pero ¿por qué has venido aquí? ¿Por qué no te quedaste en la costa?

—No sé... Tú eres la única persona que conozco. La única que puedo recordar.

—¿Y cómo has dado conmigo?

—Tampoco lo sé. Pero tenía que encontrarte. Eres el único que puede ayudarme.

—¿Y cómo puedo ayudarte?

Movió débilmente la cabeza de un lado a otro.

—No sé. Pero nadie más puede.

Sinnombre miró por la ventana la calle iluminada por las farolas, pero no veía ni la calle ni las farolas. El ser común y corriente que hasta media hora antes fuera el suyo, había sido aniquilado. Las creencias y dudas de la vida cotidiana se mezclaban en su interior rotas en añicos. Pero algún resto de su instinto de antaño y de sus viejas pautas de comportamiento seguía aún vivo. Tenía que dominar la situación.

—Bien, ¿y qué quieres hacer? ¿Dónde vas a ir? La verdad, no veo en qué puedo ayudarte. Y aquí, obviamente, no te puedes quedar —una idea grotesca, inspirada sin duda por algún demonio perverso, cruzó por su mente. Cuando su mujer viera a Gopak le diría: «Aquí te presento a un amigo mío, que está muerto».

Pero al oír la última frase, Gopak levantó la cabeza haciendo un esfuerzo y miró fijamente a Sinnombre con aquellos ojos vidriosos:

—Pero tengo que quedarme aquí. No hay ningún otro sitio al que pueda ir. He de quedarme aquí. Por eso he venido. Tú tienes que ayudarme.

—Pero aquí no te puedes quedar. No hay habitaciones. Todas están ocupadas. No puedes dormir en ningún sitio.

La tenue voz respondió:

—Eso no importa. Yo no duermo.

—¿Qué?

—Yo nunca duermo. No he dormido desde que me volvieron a la vida. Puedo quedarme aquí sentado hasta que se te ocurra algún modo de ayudarme.

—Pero ¿cómo se me va a ocurrir? —olvidó de nuevo el verdadero trasfondo de la situación, y la perspectiva de tener un muerto sentado allí en el local esperando que se le ocurriese algo empezaba a enfurecerlo—. Pero ¿cómo quieres que te ayude si no me dices qué puedo hacer?

—No sé... Pero tienes que hacer algo. Tú me mataste. Yo estaba muerto, y muy cómodo. Puesto que todo viene de que tú me diste muerte, eres responsable de que me halle en este estado. Así que tienes que ayudarme. Por eso es por lo que he venido hasta ti.

—Pero ¿qué quieres que yo haga?

—No sé... No puedo pensar. Pero nadie más que tú puede ayudarme. Tenía que encontrarte. Algo me trajo derecho a ti. Eso significa que eres el único que me puede ayudar. Ahora que estoy contigo ya habrá algo que venga en mi ayuda. Estoy seguro. Pronto se te ocurrirá algo.

De pronto Sinnombre sintió que le flaqueaban las piernas. Se sentó y se quedó mirando a aquel ser odioso e incomprensible. Tenía a un muerto en su casa, un hombre al que había asesinado en un arrebato de cólera, y en su fuero interno sabía que no podía echarle a la calle. En primer lugar, porque le daba miedo tocarlo. La sola idea de tocarlo le resultaba intolerable. En segundo, porque, ante el portento de la presencia de un hombre que había muerto hacía quince años, dudaba de la eficacia de cualquier fuerza física o de cualquier medio material para mover a aquel hombre.

Su alma se estremecía, como se estremecen las almas de todos los seres humanos cuando se encuentran ante fuerzas que desbordan su horizonte mental o espiritual. Él había asesinado a aquel hombre y a menudo, a lo largo de quince años, se había arrepentido de su acción. Si la escalofriante historia que contaba era verdad, algún derecho le asistía para dirigirse a Sinnombre. Esto era algo que Sinnombre reconocía, y sabía que, pasara lo que pasara, no podía echarlo a la calle. Aquel viejo pecado suyo de cólera se le había literalmente instalado en casa.

La desmayada voz lo sacó de su pesadilla:

—Tú vete a dormir, Sinnombre. Yo me quedaré aquí sentado. Pero tú vete a dormir.

Hundió el rostro entre las manos y exhaló un débil gemido.

—Ay, ¿por qué no podré yo también descansar?

Al día siguiente, Sinnombre bajó con la vaga esperanza de que Gopak ya no estuviera allí. Pero allí estaba, sentado en el mismo sitio en que Sinnombre lo había dejado por la noche. Sinnombre hizo un poco de té y le indicó dónde podía lavarse si quería. Se lavó con desgana, se arrastró de nuevo a su asiento y, desganadamente, se tomó el té que Sinnombre le sirvió.

A su mujer y a los pinches de cocina Sinnombre les dijo que era un viejo amigo que había sufrido una conmoción: «Naufragó y se dio un golpe en la cabeza. Pero es totalmente inofensivo, y no va a quedarse mucho tiempo. Está esperando que le admitan en una residencia. Fue muy buen amigo mío en el pasado y lo menos que puedo hacer es dejar que se quede aquí unos cuantos días. Padece insomnio y prefiere quedarse levantado por las noches. Pero, ya digo, es totalmente inofensivo».

Pero Gopak se quedó más que unos cuantos días. Se quedó, de hecho, más que nadie. Incluso cuando todos los clientes se habían ido, allí seguía Gopak.

La primera mañana tras su aparición, cuando los clientes habituales llegaron a mediodía y vieron aquella extraña, pálida e inexpresiva figura sentada en el primer banco, primero la miraron fijamente y luego se sentaron lo más lejos posible. Todos evitaban el banco en el que estaba sentada. Sinnombre les explicó quién era, pero no parecía que sus explicaciones aliviaran la imperceptible tensión que empezaba a respirarse en el local. El ambiente ya no era tan distendido ni la charla tan animada como de costumbre. Incluso a los que se sentaron dando la espalda al extraño parecía afectarles su presencia.

Al término de aquel primer día, Sinnombre le dijo que había acondicionado un rincón en una habitación del primer piso que daba a la calle en donde podía sentarse, y lo cogió del brazo para llevarlo arriba. Pero Gopak, con un débil gesto, se quitó la mano de encima y siguió sentado donde estaba.

—No. No quiero subir. Me quedo aquí. Aquí. No quiero moverme.

Y no se movió. Tras varios ruegos, Sinnombre se dio cuenta de que la negativa iba en serio; de que era inútil presionarlo o forzarlo; de que iba a quedarse sentado en el comedor para siempre. Era débil como un niño y firme como una roca. Siguió sentado en aquel primer banco y los clientes siguieron evitándolo y lanzándole aprensivas miradas. Era como si se dieran cuenta a medias de que era algo más que un individuo que ha sufrido una conmoción.

A la segunda semana de su aparición, tres de los clientes habituales brillaron por su ausencia, y varios de los que seguían acudiendo lanzaron a Sinnombre jocosas y malévolas indirectas para que aparcase a su chispeante amigo en algún otro sitio. Que las comidas con él eran tan excitantes que ya no podían más; que tanta juerga les hacía llegar tarde al trabajo e interfería en su digestión. Sinnombre les dijo que no iba a quedarse más que un día o dos, como mucho, pero pronto vieron que tal cosa no era cierta, y al término de la segunda semana, ocho de los habituales ya habían encontrado otro sitio para ir a comer.

Cada día, cuando llegaba la hora de la cena, Sinnombre intentaba sacarlo a dar un paseo, pero siempre se negaba. Si salía, lo hacía sólo de noche, y nunca se alejaba más de doscientas yardas del local. El resto del tiempo permanecía sentado en su banco, unas veces con expresión soñolienta después de comer, otras con la vista clavada en el suelo. Se comía lo que le daban con gesto abstraído, y nunca sabía si ya había comido o no. No hablaba más que cuando le hacían alguna pregunta y toda su conversación se reducía a decir: «¡Estoy tan cansado!».

Sólo una cosa parecía despertar en él un remoto interés; sólo una cosa le hacía levantar la vista del suelo. Y era la hija de su anfitrión, que tenía diecisiete años, respondía al apodo de «Burbujas» y ayudaba también a servir las mesas. Y Burbujas parecía ser la única de cuantos trabajaban en el local o lo frecuentaban que no lo rehuía.

No sabía nada de su historia, pero parecía entenderlo, y su pueril compasión fue el único estímulo que obtuvo algún tipo de respuesta por su parte. Se sentaba a hablar con él de cualquier tontería —«a sacarlo de sí mismo», como ella decía— y, a veces, su parloteo conseguía nada menos que sacarlo de su impasibilidad y arrancarle una acuosa sonrisa. Él llegó a reconocer el ruido de sus andares y levantaba la vista antes incluso de que apareciera por la puerta. En una o dos ocasiones por las tardes, cuando el local estaba vacío y Sinnombre, sintiéndose profundamente desgraciado, se sentaba a hacerle compañía, Gopak le preguntó sin alzar los ojos del suelo: «¿Dónde está Burbujas?», y cuando Sinnombre le decía que había ido al cine o que había salido a bailar, volvía a quedar absorto en su ensimismamiento, mayor si cabe que antes.

A Sinnombre no le gustaba nada todo esto. Sobre él se cebaba ya una maldición que, en cuatro semanas, había llevado su negocio al borde de la quiebra. Los clientes habituales habían ido desertando de dos en dos y ninguno nuevo había venido a ocupar su puesto. Los desconocidos que se dejaban caer por allí alguna vez jamás volvían; les era imposible apartar la mirada de aquella pálida y ominosa figura que estaba siempre sentada en el primer banco. A mediodía, cuando el local había estado siempre abarrotado y los que llegaban los últimos tenían que hacer cola para poder sentarse, estaba ahora vacío en sus dos terceras partes. Sólo unos cuantos de los más duros de pelar seguían siendo fieles.

Y para colmo de males estaba aquel interés que el muerto mostraba por su hija, un interés que parecía tener efectos bastante desagradables. Sinnombre no había reparado en ello, pero su mujer se lo hizo notar:

—¿Te has fijado estos últimos días? Burbujas ya no está tan alegre y dicharachera como antes. Cada vez está más callada y un tanto holgazana. Está todo el tiempo sentada. Y más pálida de lo que ha estado nunca.

—Tal vez sea la edad.

—No, ella no es una de esas morenitas delgaduchas que se ven por ahí. No, no es eso, le pasa algo. Fue hace una o dos semanas cuando empecé a notarlo. No prueba la comida. Está siempre sentada por ahí cruzada de brazos. No muestra el menor interés por nada... Tal vez no sea nada, sólo mal humor, o tal vez... ¿Cuánto tiempo más va a quedarse aquí ese horrible amigo tuyo?

El horrible amigo se quedó unas cuantas semanas más, diez en total, mientras Sinnombre veía cómo su negocio se iba a la ruina y cómo la palidez y la irritabilidad de su hija iban en aumento. Y él sabía cuál era la causa de todo. En toda Inglaterra no había otra casa como la suya: una casa en la que un hombre muerto llevara sentado diez semanas seguidas. Un muerto salido al cabo de largos años de la tumba y que había ido a sentársele allí a incordiar a su clientela y a robarle la vitalidad a su hija. Era algo que no podía contar a nadie. Nadie hubiera dado crédito a tal disparate. Pero él sabía que tenía en su casa a un muerto, y puesto que un hombre muerto hacía ya muchos años se paseaba tranquilamente por la faz de la tierra, cualquier consecuencia de tal hecho se le antojaba verosímil. Se le antojaba verosímil casi cualquier cosa que semanas atrás le habría provocado carcajadas. Sus clientes habían ido desertando del local no por la presencia de un hombre pálido y silencioso, sino por la presencia de un muerto vivo. Tal vez sus mentes no fueran conscientes de ello, pero la voz de la sangre se lo decía. Y así como su negocio había sido destruido, así también sería su hija aniquilada. A ella la voz de la sangre no la ponía en guardia. Todo lo que le decía es que aquel ser era un viejo amigo de su padre, y sentía una especie de atracción hacia él.

Fue entonces cuando Sinnombre, sin nada en que ocuparse, se empezó a dar a la bebida. Y eso fue lo mejor que pudo ocurrírsele. Pues el alcohol le dio una idea que, llevada a la práctica, habría de librarle de la maldición que pesaba sobre él y su casa.

El local ya no servía más que a media docena escasa de clientes a la hora de comer. Estaba cada vez más descuidado y polvoriento, y tanto el servicio como la comida eran lamentables. Sinnombre no ponía ningún cuidado en ser cortés con sus escasos clientes, e incluso a menudo, cuando estaba muy bebido, les increpaba del modo más grosero. Y empezaron las habladurías. Habladurías sobre el declive del negocio, la suciedad del local y la mala calidad de la comida. Y también sobre su afición a la bebida, que exageraban, por supuesto, tal afición.

Pero la comidilla de todos era aquel tipo extraño que llevaba allí sentado días y días y que ponía a todo el mundo los pelos de punta. Unos cuantos desconocidos, a los que les había llegado el cotilleo, se dejaron caer por el local a ver al extraño individuo y, de paso, al dueño, siempre achispado, por lo visto. Pero no volvieron a aparecer y los curiosos nunca fueron tantos como para mantener lleno el local. Al final llegó al punto de no servir más que a dos clientes al día. Y Sinnombre, a la par que su negocio, siguió hundiéndose en la bebida. Y entonces, una tarde, en la bebida precisamente, encontró la inspiración.

Bajó a contárselo a Gopak, que estaba sentado en el banco de siempre, con las manos caídas y los ojos fijos en el suelo.

—Gopak, óyeme. Tú viniste aquí porque yo soy la única persona que podía ayudarte en tus tribulaciones. ¿Me escuchas?

Un desmayado «Sí» fue su respuesta.

—Bien, me dijiste que yo tenía que pensar algo. Pues ya lo he pensado... Oye. Tú dices que soy responsable de tu situación y que tengo que sacarte de ella, pues fui yo quien te mató. Sí, yo te maté. Nos peleamos. Me pusiste furioso. Me desafiaste. Y bajo aquel sol, en la jungla, y con todos aquellos insectos, perdí la cabeza y te maté. Cuando vi lo que había hecho me habría dejado cortar la mano derecha. Sí, porque tú y yo éramos amigos. Me habría dejado cortar la mano derecha, te lo juro.

—Lo sé. Me di perfecta cuenta cuando ya todo había terminado. Vi que estabas sufriendo.

—¡Ah...!, sí, he sufrido mucho, mucho. ¡Y lo que sigo sufriendo! Bien, pues voy a decirte lo que he pensado. Todos tus problemas presentes vienen del hecho de que yo te matara y luego te enterrase en aquella jungla. Se me ha ocurrido una idea. ¿No crees que te ayudaría si... si... si volviera a matarte?

Durante unos segundos Gopak siguió con la vista clavada en el suelo. Luego movió los hombros. Y después, mientras Sinnombre observaba atento la reacción que producía su idea, la voz acuosa contestó:

—Sí, sí. Eso es. Eso es lo que estaba esperando. Por eso es por lo que vine aquí. Ahora me doy cuenta. Por eso es por lo que tenía que venir hasta aquí. Nadie más podría matarme. Sólo tú. Alguien me tiene que dar muerte de nuevo. Sí, eso es. Pero nadie más podría hacerlo... Sí, has dado con la solución que tanto tú como yo estábamos esperando. Cualquier otro me podría disparar, apuñalar, ahorcar, pero nunca podría matarme. Tú eres el único que puede hacerlo. Por eso me las arreglé para llegar hasta aquí y encontrarte —y la voz acuosa sonó con algo más de fuerza—: eso es. Y tienes que hacerlo. Hazlo ahora mismo. Ya sé que no quieres. Pero tienes que hacerlo. ¡Has de hacerlo!

Inclinó la cabeza y se quedó mirando al suelo. Sinnombre también clavó la vista en el suelo. Veía cosas. Había asesinado a un hombre y escapado a todo castigo, salvo al de su propia conciencia, que ya había sido bastante terrible. Y ahora iba a asesinarlo de nuevo, pero esta vez no en la selva, sino en una gran ciudad.

Y veía las posibles consecuencias funestas de su acción. Vio la detención. La instrucción del proceso. El juicio. La celda. La soga. Y sintió escalofríos.

Pero también vio la otra alternativa: su vida deshecha, un negocio arruinado, la miseria, el asilo de pobres, la salud quebrantada e incluso, tal vez, la muerte de su hija, y la maldición omnipresente de aquel muerto vivo, que quién sabía si no le seguiría también hasta el mismísimo asilo. Lo mejor era acabar con todo aquello de una vez por todas. Verse libre de la maldición que Gopak había lanzado sobre él y sobre su familia. Y luego, con un revólver, que su familia se viera libre también de él. La única solución era poner en práctica su idea.

Se puso de pie, muy rígido. La noche estaba ya avanzada —eran las diez y media— y en las calles reinaba el silencio. Había bajado las persianas del local y cerrado la puerta con llave. Una única luz al fondo en un rincón iluminaba la sala. Dio unos pasos, dudoso, y miró a Gopak.

—Er... ¿cómo quieres... cómo he de hacerlo?

Gopak le contestó:

—La otra vez lo hiciste con un cuchillo. Aquí, justo debajo del corazón. Has de hacerlo exactamente igual que entonces.

Sinnombre permaneció unos segundos absorto, mirándolo. Luego salió de su ensimismamiento y con aire resuelto y paso rápido se dirigió a la cocina.

Tres minutos más tarde su mujer y su hija oyeron un golpe seco, como si se hubiera volcado una mesa. Lo llamaron, pero no obtuvieron respuesta. Cuando bajaron lo encontraron sentado en uno de los bancos, secándose el sudor de la frente. Estaba pálido y tembloroso, y parecía recobrarse de un desmayo.

—Pero ¿qué pasa? ¿Te encuentras bien?

Las apartó con un gesto de la mano.

—Sí, estoy perfectamente. Es sólo un ligero mareo. De tanto fumar, supongo.

—Mmm. O de tanto beber... ¿Dónde está tu amigo? ¿Ha salido a dar un paseo?

—No. Se ha ido para siempre. Me dijo que no quería seguir imponiéndonos su presencia y que se iba a un asilo —hablaba con voz débil y le costaba trabajo encontrar las palabras—. ¿No oísteis el golpe que dio al cerrar la puerta?

—Pensé que eras tú que te habías caído.

—No. Fue él al salir. No pude detenerlo.

—Mmm. Bueno, pues ¡qué se le va a hacer! —la mujer echó un vistazo a su alrededor—. La verdad es que desde que apareció por aquí todo ha ido de mal en peor.

El local presentaba todo él un aspecto polvoriento. Los manteles estaban sucios, más que por el uso por la falta de uso. Las ventanas, empañadas de mugre. En la mesa que estaba bajo una de ellas había un largo cuchillo cubierto por una espesa capa de polvo. Un impermeable y un traje de faena polvorientos estaban en el suelo en un rincón junto a la puerta que daba a la cocina, como si alguien los hubiese tirado allí. Su mujer no los había visto. Pero era delante de la puerta principal, cerca del primer banco, donde el polvo, un polvo de un color blanco grisáceo, se hacía más espeso, llegando a formar un largo reguero.

—La verdad es que esto está cada vez más sucio. Mira todo el polvo que hay junto a la puerta. Parece como si alguien hubiera estado tirando ceniza por todo el local.

Sinnombre miró hacia allí y las manos le temblaron ligeramente. Pero con voz más firme que antes contestó:

—Sí, ya lo sé. Mañana voy a hacer una limpieza a fondo.

Y por primera vez en diez semanas les sonrió; una sonrisa un tanto tímida y desvaída, ciertamente, pero sonrisa al fin y al cabo.