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La casa de salud - Ellery Queen

    No había nada en la apariencia de la hermosa mansión colonial, que durante cien años había sido el orgullo de los habitantes de Spuyten Duyvil, que sugiriese la tragedia que pronto iba a desarrollarse entre sus muros. Al contrario, su ancha galería, desde la que se alzaban cuatro altas columnas que llegaban hasta el segundo piso para sostener el tejado, el césped bien cortado que había ante ella, los dos altaneros robles que encuadraban la fachada, de un blanco brillante bajo el sol de julio, todo hablaba de dignidad, reposo y seguridad. 

    De hecho, había un aire de indiferencia en la mansión, erguida en lo alto de la larga ladera verde, que miraba serenamente hacia el suroeste por encima de los jardines que la circundaban, los claros, los bosques; y más allá, al otro lado del ancho Hudson, las Palisades. Un anacronismo, sin embargo, rompía la belleza silenciosa de la casa y el terreno.

    De norte a sur, a lo largo de los aleros de la galería, había un letrero de neón que de noche se iluminaba en rojo para que lo leyesen los automovilistas que pasaban: Casa de Salud John Braun.

    A John Braun, que había comprado el lugar unos años antes, le importaba más la publicidad que el buen gusto. La belleza, según se deducía de sus revistas de difusión nacional El Cuerpo Perfecto, La Forma Exquisita, Alimentos Sanos de Braun y muchas otras más, estaba confinada a la anatomía humana y se alcanzaba exclusivamente por medio de sacudidas físicas y consumiendo los productos alimenticios Braun. 

    Fue su creencia en el valor de la publicidad lo que le llevó a erigir una estatua de sí mismo en tamaño natural, luciendo pantalones muy ajustados, que podía verse desde la ancha puerta de la verja de entrada. Desde este estratégico lugar los curiosos también podían observar a Cornelia Mullins, su asistente, de grandes senos y piel hermosamente bronceada, dirigiendo las clases de educación física al aire libre en la terraza situada al sur del edificio. 

    Las clases estaban compuestas en su mayor parte por cincuentones de saneada cuenta corriente y orondos estómagos, y mujeres obesas que intentaban tardíamente neutralizar los efectos de demasiadas cajas de bombones.

    Pero pronto aumentarían las filas de curiosos desocupados, los espectadores ligeramente divertidos de la verja. Cientos de morbosos ojos mirarían (ávidos) a través de las barras de hierro. Pasarían centenares de automóviles llenos de gente alargando el cuello para ver la Casa de Salud John Braun, dándose codazos, señalando excitados: «Ahí es; la habitación del segundo piso. Justo donde está el poli. ¡Seguro! Ahí fue donde se encontró el cadáver»; o un chico con los ojos como platos, leyendo el anuncio luminoso: «Es escalofriante, ¿verdad? Pero ¡apuesto lo que quieras a que Queen coge al asesino!».

    El día 23 de julio, al sol del amanecer, la mansión parecía todo menos siniestra. Las clases no habían empezado todavía. Los hombres con sus infladas barrigas todavía dormían la borrachera de sus whiskies con soda; las fláccidas mujeres amontonaban mermelada sobre sus cereales de trigo puro de las mañanas. Y el sol brillaba cálidamente sobre el verde césped y sobre el agua inmóvil y coloreada de azul de la piscina y, deslizándose por entre las ramas de los robles, trazaba brillantes siluetas en la blanca fachada. 

    Un rayo, atravesando el follaje de la copa de un árbol, descendía sesgado y caía sobre la reja de hierro que cubría una ventana del segundo piso. Pasaba a través de la reja y centelleaba sobre el cristal negro de una radiografía. El cristal lo reflejaba hacia arriba iluminando la cara ceñuda del doctor que sostenía la lámina.

    –No hay duda, doctor Rogers –dijo con calma, mientras entregaba la radiografía a uno de los otros dos doctores que se encontraban en el estudio de John Braun–. Si se tratase de diagnosticar un cáncer incipiente, habría alguna razón para esta consulta. Pero no es incipiente. Está en un estado avanzado. Están afectados los pulmones y el corazón. Operar sería un asesinato.

    –Naturalmente, soy consciente de ello –dijo Jim Rogers–. ¿Se da usted cuenta?, estoy en desventaja en lo que a él se refiere, quiero decir. Durante algunos años he sido aquí lo que él llama el médico residente de la Casa de Salud. Abandoné mi consulta cuando me vine aquí con él. La oferta era demasiado atractiva desde el punto de vista monetario para despreciarla. Desde entonces me ha empezado a considerar un impostor. Cree que todos los que le rodean son impostores.

    –Entonces ¿es usted quien escribe los artículos de medicina en sus revistas?

    Rogers asintió.

    –Bajo el nombre de Braun. El no podría soportar que otro se llevase la fama. Pero me estoy desviando del tema. Se negó a creerme. Me costó muchísimo conseguir que me dejase hacerle las radiografías. ¿Se dan cuenta? Adora el cuerpo. La idea de que el suyo pueda estar enfermo es algo que aborrecería. Braun es el dios de Braun. 

    Su cuerpo es la encarnación de su dios. Nunca he conocido un caso igual de adoración por el cuerpo –buscando confirmación, Rogers giró la mirada del doctor Henderson al hombre de barba gris que estaba a su derecha–. Usted se ha dado cuenta de eso, ¿verdad, Garten?

    El doctor Garten se encogió de hombros y luego sonrió.

    –Su estatua de mármol de la terraza podría darle la razón.

    –¡Estatua! –Rogers hizo una mueca–. Es un ídolo. Miren.

    Indicó a los otros que le siguieran y atravesó la habitación hasta un gabinete.

    A la derecha, en la pared del gabinete había un nicho, y en el nicho, una estatua de yeso, pintada color carne.

    Mirándola, el doctor Garten se acarició la barba.

    –No se le puede reprochar que esté orgulloso de su físico –comentó–. Tiene el cuerpo de Hermes.

    –De hecho, tiene moldes de todo su cuerpo. No se fiaba del escultor. Es una réplica de la de mármol de la terraza –explicó Rogers amargamente.

    –Bueno, al pobre diablo no le queda mucho tiempo para adorarse –dijo el doctor Henderson cuando volvían al estudio–. Personalmente, no le doy más de seis semanas.

    –¿Cómo se lo tomará? –preguntó Garten–. ¿Se dará cuenta de cómo será el final?

    –Naturalmente que lo sabrá –dijo Jim Rogers de mal humor. Pasó sus dedos a través de su pelo negro desgreñado–. Eso es lo espantoso. Todavía parece estar en perfecta forma físicamente. Es horrible pensar en la agonía que tendrá que soportar su cuerpo. Y saber lo que le espera no le va a ayudar.

    –¿Cómo se comportó cuando le dio usted su diagnóstico? –preguntó Henderson.

    Rogers se pasó el pañuelo por los labios.

    –Como un loco –dijo después de un rato–. Estaba tan furioso como un león que hubiese caído en una trampa. Me costó un buen rato, créanme, conseguir que se fuese a la cama. Imagino que cuando ustedes confirmen mi diagnóstico les considerará a los dos sus enemigos personales.

    –Tanto mejor –dijo Garten con filosofía, mirando a través de la ventana–. Un tratamiento y descanso podrían prolongar su vida unos pocos días o posiblemente semanas, pero... –el especialista calló, y luego dijo bruscamente–: Es más caritativo dejarle hacer lo que quiera ahora.

    –Bueno, ¿entramos? –preguntó Henderson, señalando con la cabeza hacia la puerta cerrada de la habitación.

    –Si no les importa –dijo Rogers vacilando–, preferiría no estar presente. Hablaré con él después de que ustedes se hayan ido. Su esposa se encuentra con él. Ella lo sabe. Ya se lo he dicho.

    Henderson asintió y se acercó a la puerta.

    El otro especialista siguió a su colega a través de la habitación. La puerta se abrió. Luego se cerró.

    Jim Rogers, con la barbilla apoyada en sus largos dedos, contempló sombríamente la radiografía que había dejado sobre el escritorio del estudio de Braun. Tenía treinta y pocos años; diez años antes pudo haber sido el graduado más brillante de su escuela de Medicina si hubiese continuado con su trabajo de investigación y su consulta. Él lo sabía. 

    Pero, tras aceptar la oferta de Braun y convertirse en el médico residente de la Casa de Salud, encontró pocas cosas que excitasen su inteligencia. No estaba interesado por las enfermedades imaginarias de las mujeres gordinflonas y los barrigudos que patrocinaban la institución del brillante edificio de salud; y en cuanto a los artículos que continuamente se veía obligado a escribir para las publicaciones Braun, le aburrían. 

    Aunque escritos sinceramente, iban dirigidos a lo que él consideraba una vasta multitud de comilones y perezosos, entregados a una vida regalada; desde luego no a sus colegas profesionales.

    El doctor Rogers tenía una frente amplia, ojos oscuros y una barbilla más bien afilada que sus amigos describían como sensitiva y sus enemigos como débil. Probablemente habría abandonado su empleo en la Casa de Salud después de un año o dos y hubiese vuelto al trabajo para el que estaba tan brillantemente capacitado de no haber sido por una complicación que no estaba ni remotamente relacionada con su profesión. Sea como fuese, bien porque era un fatalista o bien por ser un oportunista, se quedó para escribir artículos que le aburrían, escuchar las quejas de los gordos clientes y beber mucho más de lo que le convenía.

    Jim empujó la radiografía impulsivamente hacia un lado como si de pronto se le hubiese tornado repulsiva y echó una ojeada nerviosa por la habitación. Como todo en lo que Braun metía la mano, la habitación era maciza y al mismo tiempo aparatosa. 

    El escritorio era grande y caprichoso. Vacío, a no ser por un secante sin usar, el tintero de ágata, la pluma estilográfica verde situada en un ángulo sobre su soporte, seis revistas Braun alineadas matemáticamente, y en aquel momento la radiografía, su misma desnudez proclamaba la eficiencia de Braun. La alfombra de felpilla era gruesa, blanda al tacto de los pies de Jim. 

    En las paredes colgaban pinturas al óleo de dioses y diosas griegos sobre las estanterías de solemnes libros que no habían sido abiertos desde el día en que Braun compró la biblioteca a uno de sus clientes. Las cortinas de terciopelo de un marrón oscuro hacían que las sillas y el canapé, tapizados también en terciopelo, pareciesen más solemnes.

    Se dirigió al gabinete y encendió la luz. Desde el techo, varios focos iluminaban la estatua de John Braun. Durante un instante, Jim contempló con hostilidad el brazo musculoso, los tendones del cuello, el ancho pecho y las fuertes y bien formadas piernas. Luego apagó los focos, volvió al escritorio y se quedó mirando la puerta del dormitorio. Estaba todavía contemplándola, cuando se abrió rápidamente y Henderson, seguido por Garten, entró en la habitación.

    El doctor Garten cerró la puerta con cuidado.

    –Bueno, ya está –anuncio–. Debo decir que admiro el valor de ese hombre más que sus modales.

    –No me extrañaría que pensase que los tres somos, de alguna forma misteriosa, responsables de su cáncer, –el doctor Henderson encogió sus pesados hombros. Tendió su mano a Jim Rogers–. No le envidio su paciente –dijo sonriendo.

    –Gracias por haber venido –dijo Jim, dando la mano a Henderson y Garten–. Haré todo lo que pueda para impedir que piense en sí mismo.

    –Eso es todo lo que puede hacer –dijo Garten mientras que él y Henderson se dirigían al vestíbulo–. Adiós y buena suerte.

    Jim esperó hasta escuchar sus pasos sobre el desnudo suelo del vestíbulo. Luego se dirigió resueltamente hacia la puerta del dormitorio. La abrió y entró en él.

    Con la cabeza sostenida por las almohadas, John Braun miró ferozmente a Jim Rogers. Su esposa, una mujer tímida y descolorida de cincuenta años, estaba sentada al lado de la cama; volvió hada él sus ojos llenos de lágrimas.

    –¡Oh, Jim! –sollozó.

    –Fuera de aquí, Rogers –rugió Braun–. Fuera. Ya hizo todo el mal que podía hacer. En vista de que estoy igual que si estuviese muerto, me puedo pasar muy bien sin sus servicios.

    –Señor Braun, por favor, por usted mismo. Enfadarse y excitarse sólo...

    –¡Fuera!

    –Es muy importante, señor Braun.

    –¡Fuera! –Braun señaló la puerta imperiosamente–. ¡Fuera!

    Una gota de sudor resbaló por su frente, al lado de la nariz, y colgó, brillando, en la comisura de su boca.

    El gesto de Jim se endureció. Eso fue todo. Giró sobre sus talones y se marchó.

    –¡Oh!, John, no deberías –la señora Braun escondió su cara entre sus manos y siguió sollozando–. No deberías, John.

    –Mira, Lidia –dijo Braun con voz severa–. Tus lloriqueos no sirven de nada. Me han dado mi certificado de defunción, pero no te creas que John Braun es un cobarde llorón. ¡Tendrías que saberlo, después de tantos años! Es tiempo de acción; acción, no gimoteos.

    –Sí, John; sí –dijo ella tímidamente, limpiándose las lágrimas con un pequeño pañuelo–. Eso es lo que te iba a preguntar. Quieres que busque a Barbara ahora, ¿verdad John?

    Braun no se habría incorporado con más rapidez si su esposa le hubiera abofeteado. Sus ojos inyectados en sangre estaban furiosos.

    –¡Barbara! –gritó, y luego, de pronto, su voz se tornó gutural–. No quiero ver a Barbara. No quiero oír nada sobre ella ni de ella. No quiero hablar sobre ella. No existe. ¿Me oyes?

    –Pero, John, tu propia hija, tu único descendiente –murmuró la señora Braun–. No puedes hacer eso. Tenemos que encontrarla, traerla de nuevo.

    –¡Tonterías! Barbara dejó de ser mi hija en el momento en que se volvió contra mí. Escogió por sí misma. Ahora deja que persevere en ello.

    –Pero, John, tú la obligaste a ello –declaró la señora Braun con un resurgimiento repentino de valor.

    –¿Yo la obligué? –gritó él–. ¡Le prohibí casarse con ese curandero: Jim Rogers! Le prohibí casarse con un asqueroso borracho que sólo la quería por su dinero, ¡y tú le llamas a eso echarla de casa!

    –Pero, John, tú mismo trajiste a Jim a vivir aquí. Dijiste que era un joven brillante, que no tenía precio para ti.

    –Rogers servía para algunos objetivos del negocio. ¡Eso es todo! De otra forma le habría arrojado al arroyo, adonde pertenece. Pero ¿qué tiene esto que ver? Si Barbara es tan idiota que se cuela por un borrachín, ¿voy a tener yo la culpa por haberle empleado? ¡No me regañes, Lidia! –Braun cayó otra vez sobre las almohadas–. No me regañes, Lidia –repitió, y su voz era más suave. 

    Luego dijo entre dientes–: No le tengo miedo a la muerte. He creído en la salud, salud corporal. Ha sido mi vida, mi religión. Y ahora todo destrozado. Mi cuerpo, mi vida. Dios me ha enseñado que he estado viviendo una mentira; una mentira sin valor alguno.

    La señora Braun empezó a llorar otra vez. Braun le dio palmaditas en el hombro.

    –Ahora, querida, déjame solo. Tengo mucho que pensar. Vete –sacó sus piernas de la cama y se sentó, contemplando la alfombra.

    Ella pudo ver que de nuevo había arrojado de su mente a ella, a Barbara, a todos. Con una intensidad típica en él, se estaba concentrando en algún problema personal, uno de los muchos problemas que nunca le había sido permitido compartir. Una sensación de soledad se apoderó de ella.

    La señora Braun se levantó y, sin mirar a su esposo, huyó de la habitación de la muerte.

Crimen en la familia - Ameltax Mayfer

 I

Diana Draper miraba por la ventanilla del tren, pero no veía más paisaje que el de su pensamiento. Hacía ya muchos meses que faltaba de su casa, aquella vieja quinta que había sido la delicia de su infancia, aquella vieja quinta que había sido azotada por la tragedia, aquella vieja quinta que había sido emponzoñada por la desconfianza y el rencor... 

No la esperaban hasta el día siguiente, pero Diana había preferido anticipar su llegada, algo por dar una sorpresa a su padre y mucho por dar un sofocón a su madrastra. ¡Su padre y su madrastra! ¡Dios, qué escándalo fue aquél!

Rafael Valdeduero, sentado casi frente a Diana, del otro lado del pasillo, volvía mecánicamente las hojas de un libro, pero no tenía ojos más que para ella. “¿Qué estará viendo esta chica en ese paisaje que no ve?”, se preguntaba. “¡Y es guapa de veras!”

Diana Draper volvió un instante la mirada y la detuvo fugazmente en su joven observador. “¡Vaya!”, se dijo. “Parece que he hecho una conquista.” Pero no llegó a interesarle. Sonrió con placer a la imagen de Félix Hocquart, que acababa de saltar al primer plano de su pensamiento, y suspiró. ¡Félix! También él se sorprendería al verla llegar aquella noche. 

Habían sido novios toda su vida, pero, en realidad, no hacía más que dos años que lo habían descubierto. ¡Cómo habían jugado de niños en aquella casa inolvidable, en aquel parque a un tiempo espeso y transparente! Félix Hocquart era el mejor, casi el único amigo de Willy ... ¡Willy!

“Está pensando en el novio de su infancia”, observó Valdeduero mientras trataba de encender un cigarrillo. “Pero hay algo más que un novio de la infancia en su pensamiento.”

“¡Pobre Willy!”, murmuró Diana. Siempre había querido con delirio a aquel muchacho de aspecto indefenso, a aquel su único hermano... ¡Cómo había sufrido Willy! Le parecía verlo con aquel rebelde mechón de pelo sobre la frente, jugando a ser hombre cuando niño, jugando como un niño cuando hombre... ¡Y la vida le había hecho aquella jugarreta inconcebible!

Diana volvió a sentir la escrutadora mirada de su desconocido compañero de viaje, y se agitó nerviosamente. “¿Por qué vuelve las hojas de su libro, si parece estar leyendo en mí?” Quiso desafiar la muda inquisición del hombre, pero desvió rápidamente la mirada hacia el soleado verdor de la monótona llanura indiferente.

“Es evidente que le intereso tan poco que ya empiezo a preocuparla”, reflexionó Valdeduero satisfecho.

Todo había sido felicidad en casa de los Draper hasta el día de la tragedia, hasta el día en que la madre de Diana murió en el camino de las casas de arriba. Fue como si el tiempo se rompiera. Pero se había roto algo más que el tiempo. Su padre y su madre, su hermano y Félix... y además, Yola... 

Yola había sido su amiga; en realidad, lo era todavía, a pesar de todo. Se habían conocido en el colegio, y se había sentido atraída por aquella muchacha enérgica, llena de vida, ambiciosa y dispuesta como una flecha en el arco; una flecha que parecía haber dado de lleno en la expectativa ingenua y asombrada de Willy. 

Yola tenía cuatro años más que Diana y dos más que Willy. Quizá había sido eso. Willy estaba enamorado... “¿Habrá estado realmente enamorado?”, parecía preguntar Diana a un recio pino erguido que pasó fugazmente a su lado. Pero Yola había evitado siempre una definición. Insinuante y esquiva, coqueta y distante, cariñosa y frívola, parecía aceptarlo y rechazarlo continuamente en sutil esgrima de sonrisas y desaires. “¿Habrá estado jugando con él, en realidad?”, murmuró Diana a media voz.

Rafael Valdeduero siguió el movimiento de sus labios y asimiló la frase. “Una comedia de amor; un drama de celos”, concluyó. Y siguió con la vista la extraña trayectoria de la colilla que arrojó al capricho del aire.

Diana Draper recordaba aquel día radiante súbitamente ennegrecido por la muerte de su madre. Se había caído del caballo. Nada más que una caída del caballo. Y la recogieron muerta. Nada más. El tiempo quedó roto. Todo quedó roto. Todos quedaron rotos. Su padre, un Heriberto Draper deshecho y acabado, se marchó de viaje. Willy se fue a vivir con Félix a su casa de la ciudad. Ella aceptó aquel puesto en un colegio, también en la ciudad. Y Yola... Yola desapareció.

La bomba estalló cuando Heriberto Draper regresó. Habían ido a recibirlo al puerto los tres:

Willy, Félix, Diana... “¡Allí está papá!” “¿Dónde?” “¡Allí! ¿No lo ves? Junto a...” Y las palabras naufragaron en la sorpresa. “¡Pero...! ¿Con quién viene?” “¿No es ... ?” Y era, ¡por cierto que era! ¿Qué hacía Yola a bordo, con su padre?

Willy había tenido una escena violentísima con su padre; allí, en la vieja casa de la quinta. Pero todo pareció arreglarse al fin. Diana frunció el entrecejo al recordar aquellas palabras que Willy le contó luego: “Tienes que comprenderlo, hijo. No te he quitado nada, porque nunca lo tuviste. Jugaste a tenerlo, pero no lo tuviste. Y yo la necesito más que tú. Debes perdonarme si te he herido, pero advierte que si he ofendido algo en ti no ha sido como rival afortunado, sino en tus sentimientos de hijo que se subleva ante la idea de ver a su madre reemplazada.”

Siempre fue un misterio para todos el encuentro en el extranjero de Heriberto Draper y Yola Canning... Jamás preguntó nadie nada. Habían vuelto casados, simplemente. Eso fue todo. La intervención de Félix Hocquart había terminado por resolver las cosas. Fue el verdadero pacificador. ¡Cuánto le debían todos!

La maleta de Diana comenzó a oscilar sobre su cabeza, en la red de equipajes. Valdeduero la miraba curiosamente, como calculando la fuerza que necesitaría para caer.

Heriberto Draper había querido que todos vivieran nuevamente en la quinta. Fue un ensayo penoso. No es fácil acostumbrarse a ver a su más íntima amiga convertida en madrastra. Es imposible soportar como mujer de su padre a la mujer que uno ha deseado para sí. “¡Pobre Willy!” Había perdonado a su padre —¿o quizás no?—, pero no había podido perdonar a Yola. ¿La seguía queriendo en un silencio devorado de amargura? “Siempre he temido que la odiara desde entonces”, se dijo Diana, y no consiguió dominar un estremecimiento.

Rafael Valdeduero pareció seguir la estela de aquel escalofrío, y sus ojos se detuvieron en las manos entrelazadas de la joven.

“Y esas miradas suspicaces de papá... Eso es lo peor. Papá está celoso de Willy...”

La maleta de Diana se asomó peligrosamente al borde de la red, como atraída por la magnética mirada de Rafael Valdeduero. Diana levantó la cabeza, misteriosamente advertida... Y el hábil salto del hombre le permitió recibir en sus brazos la no muy pesada carga.

El primer instante de estupor fue seguido, naturalmente, por las obligadas frases de gratitud, y la conversación quedó inaugurada.

 II

Seis personas conversaban esforzadamente en el salón de la villa de los Draper, en Arroyo Blanco. El diálogo languidecía asfixiado por la enrarecida atmósfera que pesaba sobre la casa.

—Mañana llegará Diana —decía Heriberto Draper—, y después de almorzar explicaré a todos los motivos de esta reunión de familia que he convocado.

—¿No puedes adelantarnos nada? —inquirió Yola más curiosa que interesada.

—No. Tienen que estar todos.

—¿A qué hora llegará Diana? —preguntó Félix Hocquart casi con avidez.

—A las nueve iremos a la estación —repuso Willy con afectada indiferencia—. ¿Se te hace largo el tiempo?

Félix no contestó, sumergido, acaso, en la contemplación mental de su novia.

El coronel Teófilo Aymerich, viejo amigo de la casa, se atusaba los generosos bigotes con ademán mosqueteril. Su hermana Ursula, la más querida amiga de Graciela Conti —la primera mujer de Draper—, miraba con no disimulado encono a Yola Canning...

“Te las arreglaste para engatusarlo, bruja traicionera, pero no saldrás con todo tu plan...”

Yola Canning correspondía a las miradas de Ursula Aymerich con desdeñosa sonrisa.

“Lo siento por ti. Eres una arpía solterona, pero no te tengo miedo. Un poco de lástima, nada más.”

—¿Crees, realmente, que es una buena idea? —dijo el coronel señalando a Draper con un índice casi acusador.

—¿De qué hablas? —preguntó el interpelado, sorprendido.

—De ese reunión de familia...

Ursula Aymerich miró un momento a su hermano, y volvió a clavar los ojos en Yola.

“No quieres más que su dinero, ¿eh? Y crees que mañana será tu día...”

Yola Draper encendió un cigarrillo y echó el humo en dirección de Ursula.

“No puedes con tu despecho, ¿verdad? Estás enamorada de él desde que ibais juntos al colegio... El pueblo entero lo sabe.”

“No saldrás con la tuya...” “No podrás conmigo...”

Willy abría y cerraba su encendedor, produciendo un ruido monótono y exasperante que parecía marcar los tiempos de la tensión creciente.

—¿No puedes quedarte quieto? —estalló su padre, irritado.

—Perdona —repuso Willy sin mirarlo.

Félix Hocquart se levantó y salió al parque sin decir una palabra.

—¿Quieres que bailemos, Willy? —preguntó Yola con dulzura.

Heriberto Draper miró inquisitivamente a su hijo.

—¿Bailar?... —dijo éste como para sí—. ¿Qué?

—Lo que tú quieras. Algo movido.

—Bueno.

 III

Diana Draper estaba asombrada de la naturalidad de su conversación con Rafael Valdeduero. Parecía que aquel extraño conocía su vida como si la hubiera dictado. En realidad, la había obligado a contársela..., sin la menor presión, desde luego.

—¿Amigos? —había dicho él.

—Amigos —repuso ella—. Pero, la verdad, me miraba usted de una manera... Llegó a fastidiarme.

—Me interesaba usted —aclaró él haciendo un guiño—. Profesionalmente..., por supuesto.

—¿Profesionalmente?...

—Eso es. Escribo para el teatro, ¿sabe usted?

—¡Ah!... Y le pareció que yo desfallezco por dedicarme al teatro. ¿Cree que tengo tipo de actriz?

—De actriz, no. De personaje. De personaje de drama familiar, exactamente.

Y por allí había empezado Valdeduero a sonsacarle la historia de su vida y su familia.

—Así que va usted a una reunión de familia... —comentó él cuando ella hubo terminado.

—Algo por el estilo. Pero no sé en qué terminará todo.

—Tal vez se case usted con su novio —contestó él volublemente—. Es un final algo vulgar, pero acaso tenga sus atractivos.

—¡Sí! —saltó ella con no contenido entusiasmo—. Pronto nos casaremos. Papá le está tan agradecido por su intercesión cuando... Bueno, ya lo sabe. Le está tan agradecido, que ha hecho de él su hombre de confianza. De modo que...

El tren llegó a la estación de Arroyo Blanco. Rafael Valdeduero tomó la maleta de Diana en el momento en que ésta se levantaba y dejaba caer su bolso de mano. La muchacha miró consternada a su compañero, quien se agachó a recoger las llaves y el tubito de carmín que se escaparon del abierto bolso.

Atardecía cuando Diana Draper y Rafael Valdeduero se despidieron en el portón de la villa. “¡Qué casualidad que viniera también a Arroyo Blanco!”, pensaba Diana mientras avanzaba por el cuidado camino. “¿Y por qué se pondría pálido cuando nombré a Yola Canning?”... y llegó a la casa diciéndose que Rafael Valdeduero había aceptado demasiado pronto su invitación a tomar café aquella noche.

 IV

Diana Draper se detuvo ante la puerta del ala izquierda y entró sigilosamente. Dejó la maleta al pie de la escalera y tomó por el largo corredor que se abría a su izquierda. Su padre estaría seguramente en la biblioteca y podría darle su proyectada sorpresa...

Andando de puntillas, Diana abrió la puerta de la biblioteca... y allí, en la penumbra de la espaciosa sala, junto a la ventana francesa que daba al parque, vio algo que la llenó de horror... Permaneció rígida un instante, luego sintió que las piernas cedían bajo su peso... Iba a caer, pero se agarró fuertemente del escritorio... Abrió la boca para gritar, pero consiguió dominarse... ¿Dominarse? ¿No giraba todo a su alrededor? ¿Qué era aquella sangre que parecía anegarlo todo? Y empezó a caer, a caer, a seguir cayendo, cayendo..., cayendo...

V

Un grito aterrador rompió la quietud del aire.

—¡Yola!...

Y una carrera plural se desató hacia la biblioteca.

—¿Qué pasa aquí? —preguntó la autoritaria voz del coronel Aymerich.

Willy, Félix Hocquart y Ursula llegaron tras él.

Heriberto Draper, de rodillas en el suelo, contemplaba espantado la damasquinada empuñadura que parecía plantada con abono de sangre en la espalda desnuda de Yola Canning, que yacía junto a la ventana francesa que daba al parque.

Teófilo Aymerich no esperó respuesta. Apartó a Draper con cierta solícita brusquedad y se inclinó sobre Yola. Buscó la mirada de su hermana antes de menear casi imperceptiblemente la cabeza, y tomó el mando.

—Que salgan todos, por favor —ordenó.

Willy Draper cambió una mirada con Félix Hocquart, y ambos obedecieron en silencio. Ursula Aymerich tomó afectuosamente del brazo a Heriberto Draper, todavía alelado, y lo llevó hacia la puerta.

El coronel miraba fijamente el cadáver.

—¡Yola Canning!... —murmuró.

Había oscurecido casi totalmente. Aymerich encendió la luz y volvió a inclinarse sobre el cuerpo de la mujer asesinada.

—¡Yola Canning!... —volvió a decir.

Y una especie de eco inesperado le repuso débilmente:

—Yola...

Aymerich se incorporó bruscamente. ¿Qué era aquello? Y otra vez el apenas audible gemido:

—Yola...

El coronel sacudió ferozmente la cabeza.

—¿Qué demonios... ? —empezó a decir. Y se calló de súbito.

Caído junto al escritorio había otro cuerpo de mujer, casi oculto por el mueble. Se precipitó literalmente hacia él...

—¡Diana! —exclamó.

Pero Diana Draper recobraba ya el conocimiento.

—Yola... —repetía—. ¡Yola!...

 VI

El comisario Montroy, de la Policía Judicial, había actuado con su habitual rapidez.

—Asesinato; sin duda alguna —diagnosticó un poco innecesariamente.

—Es usted asombroso —le había contestado el coronel con agresivo sarcasmo.

Todos habían sido ya interrogados, y todos habían declarado qué estaban haciendo en el supuesto momento del crimen. Pero nadie había conseguido demostrarlo.

Félix Hocquart había estado paseando por el parque. Willy se estaba vistiendo para la comida. El coronel leía en su cuarto. Ursula se negó a declarar y afirmó, muy rotundamente, su absoluta solidaridad con el asesino.

—¿Debo entender que es usted su cómplice? —había sugerido Montroy ahogando una maldición.

—No, señor —repuso ella con altivez—. Debe usted entender que soy su partidaria.

Heriberto Draper se había quedado solo en el salón escuchando las informaciones de bolsa que transmitían por radiofonía. Luego se había dirigido a la biblioteca, según su invariable costumbre, a leer los diarios de la tarde y...

—Y descubrió usted el cadáver —terminó el comisario—. ¡Que me maten si puedo negarlo! Bien. Y ¿usted, señorita?...

Diana Draper explicó los motivos de su temprana llegada.

—Quería darle una sorpresa a mi padre. Entré de puntillas en la biblioteca, creyendo que ya estaría allí, y...

—Y vio usted el cadáver cubierto de sangre, y se desmayó —concluyó Montroy con cierta empecinada monotonía—. Ya me doy cuenta. Todo está perfectamente, ¡por Satanás!

El coronel carraspeó en evidente alarde de disgusto y se encaró con el comisario.

—Vea usted —le dijo—; no me gusta nada su manera de preguntar, ni me da la gana de permitir que siga usted con sus reticentes juramentos. ¿Me ha entendido?

Montroy torció el gesto.

—Usted verá, coronel... Tampoco a mí me gusta nada este maldito asesinato, y no puedo permitirme el lujo de creer todo lo que me dicen.

—¿Insiste usted?

—No tengo más remedio. Que el diablo me lleve; pero un condenado asesinato necesita un condenado asesino...

—Y un asesino debe ser detenido —le interrumpió Aymerich—. Sí; lo comprendo, por supuesto. Por eso me pregunto qué espera usted para ordenar una batida por los alrededores. Tal vez esté todavía en el pueblo...

El comisario Montroy logró lo que podría llamarse una sonrisa sintética.

—¿Y por qué no en esta casa, coronel?... —replicó, ponzoñoso.

 VII

La llegada de Rafael Valdeduero a la casa de los Draper no fue, precisamente, un éxito de recepción, pero no fue tampoco, evidentemente, un alarde de inoportunidad.

—¿Quién diablos es usted? —le había preguntado el comisario cuando se lo encontró entrando casi en vilo al imaginaria de la puerta.

—Soy un invitado que viene a tomar café —respondió tranquilamente Valdeduero, depositando cuidadosamente en el suelo al pataleante y furioso guardia.

—¿Y cómo rayos se atreve a entrar así? ¿No le han dicho que aquí se ha cometido un asesinato?

—Por supuesto. Por eso he entrado así. ¿O cree usted que yo tengo la manía de entrar en las casas enarbolando porteros?

Montroy estaba ya a punto de congestión.

—Pues se me está usted largando con viento fresco —le gritó—, o lo pongo yo a la sombra hasta que se le pase.

Rafael Valdeduero sonrió seductoramente.

—Lo siento, comisario; pero es imposible. Si aquí se ha cometido un asesinato, no puedo marcharme hasta haberlo resuelto. Créame usted; el desenlace es fundamental y es mi fuerte, ¿sabe usted? Soy un verdadero experto en desenlaces.

El comisario miraba fascinado a su interlocutor.

—Además, comisario —concluyó Valdeduero—, aquí hay una señorita que me interesa... Es el personaje que me encontré en el tren.

Y ante la mirada extraviada de Montroy, se dirigió serenamente hacia el interior de la casa.

Diana Draper recibió muy amablemente a su invitado y lo presentó a cada uno de los presentes. La acogida general fue bastante fría, pero él lo comprendió perfectamente. ¡No estaban las cosas para cortesías! Contempló sucesivamente a todos, y llegó a una conclusión asombrosa:

“¡No hay uno que no sea culpable!”

Padre e hijo se conducían como dos desconocidos. Estaban situados muy lejos el uno del otro, pero las pocas veces que sus miradas coincidían se contemplaban como si no se hubiesen visto en la vida. Félix Hocquart era muy mal actor, desde luego. Ocultaba algo, y se le notaba casi sin verlo. Además, rehuía la compañía de Diana, que, afligida, se refugiaba en los bizarros hermanos Aymerich.

Cuando el comisario Montroy volvió al salón, Valdeduero le salió al paso.

—Bien, comisario, ¿sabe usted algo?

—¡Sí! —rugió el interpelado—. ¡Sé que usted se marcha!

—No, comisario. Información falsa. Yo me quedo. ¿Cómo va usted a resolver el caso si me voy?

—El caso está resuelto, joven. ¿Me entiende?

—¡Magnífico! ¿Cuál es su opinión?

Montroy lanzó una torva mirada a la redonda, y anunció:

—Uno de ustedes ha declarado en falso.

“¡Vaya!”, murmuró Valdeduero para su coleto. “¡Qué hombre deduciendo!”

Teófilo Aymerich dirigió al comisario una mirada incendiaria, pero no dijo palabra.

—Ese de ustedes que ha declarado en falso es, obviamente, el asesino —continuó Montroy.

En el momento en que el comisario se aclaraba la voz para lanzar su solemne orden de arresto, ocurrió algo tremendo...

—¡No...! —gritó una voz que más parecía el aullido de un espectro.

Y alguien se desplomó pesadamente.

Montroy no pudo ocultar su extrañeza, y se acercó con paso inseguro a Heriberto Draper.

—¡Está muerto! —anunció con voz ronca.

Rafael Valdeduero estuvo instantáneamente a su lado.

—Un síncope, comisario —declaró después de examinar al caído.

—¿Es usted médico? —preguntó Montroy, aun sin reaccionar.

—No, comisario. Ya le dije a usted que soy especialista en desenlaces. 

VIII

Se había encontrado en un bolsillo de Heriberto Draper la confesión del crimen, y el asunto se cerró sin mayor publicidad.

—Usted pensaba arrestar a Willy, ¿verdad? —preguntó Valdeduero al sorprendido comisario.

—¿Cómo demonios lo sabe?

—Experiencia, amigo mío. Usted sabe, el teatro... El móvil pasional era perfecto.

—Fue pasional, de todos modos —anotó Montroy.

—No lo sabe usted bien, comisario. ¡No sabe usted hasta qué punto!

Montroy se encogió de hombros.

—Usted está loco, sin la menor duda —dijo—. Más loco que una cabra subiendo por las paredes, ¡así me cuelguen!

 IX

Rafael Valdeduero y Diana Draper conversaban al borde del estanque del parque.

—No creo que haya sido papá —decía ella.

—Tampoco yo, por supuesto —coincidió él.

La joven lo contempló largamente.

—¿Y la confesión? —indagó nerviosamente.

—Un oportuno embuchado para convencer al comisario; nada más.

—¿Qué quiere usted decir?

—Eso; nada más que eso. El comisario iba a detener a Willy, y Willy es inocente. Su padre sufrió el síncope, incapaz ya de soportar la situación, y alguien pudo aprovechar su muerte para que nadie sufriera más por causa de Yola Canning...

Diana Draper miró a Valdeduero horrorizada.

—¿Pero quién pudo prever que papá sufriría un síncope?

—Supongo que nadie. Pero alguien previó que Montroy detendría a un inocente, y preparó esa confesión para que el culpable reflexionara...

Hubo un momento de silencio; un profundo silencio sólo turbado por el plácido rumor de la fronda. Diana levantó la cabeza, que había ocultado entre las manos.

—De modo que la muerte de papá...

—Salvó al criminal.

—Pero manchó su memoria.

—Nadie lo sabrá nunca.

—¿Sabe usted quién es el asesino?

—Por supuesto.

—¿Por qué no lo denunció?

—Porque tengo una viga en el ojo, que me impide ver la mota en el ojo de mi hermano.

—¿Qué espera usted de él?

—Que busque a un sacerdote y se confiese cuanto antes.

—¿Nada más?

—Nada menos.

Diana Draper se levantó pesadamente y echó a andar hacia la casa. Valdeduero la siguió y se detuvo tras ella ante la puerta del ala izquierda. Entraron en silencio, y siguieron por el largo corredor que se abría a su izquierda, hasta la puerta de la biblioteca... Cruzaron el umbral y se pararon ante el escritorio.

—¿Cómo lo supo? —murmuró Diana conteniendo un sollozo.

—Porque allí, junto a la ventana francesa que da al parque, Yola Canning y Félix Hocquart se estaban besando al caer la tarde...

Diana se mantuvo rígida.

—Porque el arma que mató a Yola Canning es la plegadera en forma de puñal que tenía su padre en el escritorio... Porque eso fue lo que encontró la mano de la persona que entró aquí a dar una sorpresa, cuando la impresión de la sorpresa que ella recibió la hizo aferrarse al escritorio para no caer...

—¿Qué más? —susurró Diana con voz ausente.

—Porque se encontró un bolso de mano junto a usted, aquí, al lado del escritorio... Pero el pincelito del carmín estaba debajo del cadáver. Por todo eso, Diana... Porque Yola Canning había pisoteado demasiadas cosas respetables... y porque las seguía pisoteando.

—¿Cómo sabe usted que Félix?...

—El perfume de Yola en la camisa de Félix...

Diana se apoyó en el brazo de un sillón y permaneció así, con la mirada perdida a través del vano de la ventana francesa.

—¿Y ahora? —murmuró al cabo de un rato que pareció una eternidad.

—El telón ha caído, Diana —contestó él muy quedo—. Ya no hay nadie en el teatro. Me voy a casa.

Rafael Valdeduero salió al parque y se perdió tras un grupo de naranjos que ofrecían al aire la promesa de sus ramas en flor.