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Aquella habitación - Tobias Wolff


El verano que siguió a mi primer curso en el instituto, me dio un ramalazo de independencia y me puse a recorrer a dedo las granjas, valle arriba y abajo, para trabajar de jornalero recogiendo fresas y limpiando establos. 

Luego encontré un sitio donde el dueño de la granja me pagaba diez centavos la hora por encima del salario mínimo, y su rolliza mujer, sin hijos, me daba de almorzar y se desvivía por mí mientras comía, conque me quedé allí hasta que empezaron las clases.

Mientras paleaba estiércol o arrancaba malas hierbas de una acequia de drenaje, a veces me paraba a mirar hacia los campos lejanos, donde "las manos", como las llamaba el granjero, estaban cargando fardos de heno en una carreta, amontonándolos hasta alturas que los hacían tambalearse. 

De vez en cuando me llegaba un estallido de risas, la coletilla de una conversación. El granjero no me dejaba trabajar en el heno porque yo era demasiado pequeño, pero durante el invierno pegué un estirón, y al verano siguiente dejó que me uniera a la cuadrilla.

Por tanto yo era una mano. ¡Una mano! Enloquecí un poco con esa palabra, con el placer de atribuírmela a mí mismo. Tener un trabajo así lo cambió todo. Te ponía fuera del alcance de tus padres, de los comentarios mordaces de tus amigos. Te dejaba libre entre desconocidos del inquietante mundo, una situación en la que podías pretender que eras otro hasta que eras otro. 

Hacía que anduvieras con dinero en el bolsillo y te permitía creer que tu otra vida -la vida insignificante, entre paréntesis, de casa y el instituto- sólo era una engañifa para los que eran lo bastante crédulos para imaginar que todavía los necesitabas.

Conmigo en el campo había otros tres trabajando: el tímido y destinado a ser musculoso sobrino del granjero, Clemson, que iba a mi curso del instituto, pero al que yo infravaloraba porque sólo era un chaval sin experiencia; y dos hermanos mexicanos, Miguel y Eduardo. 

Miguel, bajo, imperturbable y solitario, sabía poco inglés, pero el desenvuelto Eduardo hablaba por los dos. Mientras los demás hacíamos el trabajo duro.

Eduardo daba consejos sobre las chicas y contaba historias en las que él aparecía como un infatigable espadachín marrullero y diestro.

Lo hacía para que nos riéramos, pero en los mismos elementos de sus historias -las salas de baile y los bares, los torpes agentes de frontera, los paletos granjeros y sus insaciables mujeres, los corruptos policías, las putas que se enamoraban de él- yo apreciaba la realidad de una vida de la que no sabía nada aunque por algún motivo imaginaba que quería para mí: una vida auténtica en un mundo auténtico.

Mientras Eduardo hablaba, Miguel trabajaba en silencio con nosotros, protestando de vez en cuando por el peso de un fardo de heno, con la cara marcada por el acné enrojecida a causa del calor, los ojos estrechos incluso más cerrados para defenderse del sol. 

Clemson y yo íbamos a toda velocidad y nos deteníamos, riéndonos con las historias de Eduardo, azuzándole con preguntas. Miguel nunca haraganeaba y nunca se reía. En ocasiones miraba a su hermano con lo que parecía cierta curiosidad; eso era todo.

El granjero, que era dueño de una gran extensión con un montón de heno que recoger, debería haber contratado más manos. Sólo nos tenía a nosotros cuatro, y siempre había amenaza de lluvia. 

Era un hombre tranquilo, amable, pero según avanzaba la estación se ponía más nervioso y empezaba a estar más encima de nosotros y a hacer que trabajáramos más tiempo. 

Durante la semana anterior yo había pasado las noches con la familia de Clemson, carretera adelante, de modo que pudiera estar en la granja con los demás a la salida del sol y trabajar hasta el ocaso. 

Cuando empezábamos a recogerlos, los fardos resultaban pesados debido al rocío. El aire del henar se espesaba por la fermentación, y Eduardo advirtió al granjero que el heno podría incendiarse, pero éste no nos daba respiro. 

Cojeando, quemado por el sol, lleno de arañazos, por la mañana yo casi no me podía levantar de la cama. Pero aunque protestaba delante de Clemson y Eduardo, en secreto me alegraba ocupar mi lugar a su lado, y trabajar como si no tuviera elección.

El coche de Eduardo se averió cerca del fin de semana, y Clemson empezó a traerlos y llevarlos a él y a Miguel desde el decrépito motel donde vivían con otros trabajadores temporales. A veces, al detenernos en su puerta, todos nos quedábamos sentados sin decir nada. Estábamos muy cansados. 

Entonces, una noche Eduardo nos propuso que entrásemos a tomar un trago. Clemson, que era buen chico, intentó escabullirse, pero yo me bajé con Miguel y Eduardo, sabiendo que él no me dejaría solo.
-Venga, Clem -dije-, no seas nena.

Él se limitó a mirarme, luego apagó el motor.
Aquella habitación. Dios. Los hermanos se habían esforzado al máximo, haciendo las camas y guardando la ropa pulcramente doblada dentro de maletas abiertas, pero uno quedaba atufado por el olor a humedad desde el mismo momento en que ponía el pie dentro. 

El suelo estaba como mojado y con restos de un linóleo gris; el techo medio hundido y lleno de manchas. La luz de arriba apenas llegaba a los rincones. Por debajo del olor a humedad, había otro, inquietante. Clemson era un chico remilgado y puso cara de asco cuando yo monté el número de que estaba muy cómodo.

Echamos whisky de centeno en nuestros estómagos vacíos y escuchamos a Eduardo, y no pasó mucho antes de que todos estuviéramos borrachos. Apareció uno en la puerta y le habló en español, y Eduardo salió fuera y no volvió. 

Miguel y yo seguimos bebiendo. Clemson estaba medio dormido, con la barbilla cayéndole poco a poco sobre el pecho y  volviendo a enderezarse. Entonces Miguel me miró. Entrecerró los ojos y me miró con dureza, sin pestañear, y empezó a protestar por una injusticia que le había hecho nuestro patrón, o puede que otro patrón. Yo apenas entendía su inglés, y él no dejaba de recurrir al español, que yo no entendía nada. Pero estaba enfadado; eso llegaba a entenderlo.

En determinado momento fue al otro lado de la habitación, volvió y puso una pistola encima de la mesa, justo delante de él. Un revólver, de cañón largo, con la mayor parte del niquelado descascarillado. Miguel me clavó la mirada por encima de la pistola y reanudó sus quejas, todas en español. Me miraba, pero yo me daba cuenta de que estaba viendo a otra persona. 

Antes apenas lo había oído hablar. Ahora las palabras surgían con un tono de enfado, y comprendí que su voz en cierto modo lo estaba excitando, que el mismo sonido de su indignación demostraba que se habían portado mal con él, lo que incrementaba su rabia, haciéndole aborrecer al que pensaba que era yo, fuera quien fuese. Me daba miedo hablar. Lo único que podía hacer era sonreír.

Aquella habitación; una vez que entras, en realidad nunca sales de ella. Puedes olvidar que estuviste dentro, puedes seguir como si empuñaras las riendas, como si el curso de tu vida, sí, incluso su extensión, reflejara la fuerza de tu carácter y lo sabio de tus opiniones. Y entonces te encuentras con una mancha de hielo en una curva un soleado día de marzo y el volante no te responde y no eres más que un espectador de tu propio deslizarte como en sueños hacia el arcén; y entonces recuerdas dónde estás.

O metido en un autobús con otros treinta chicos. Es temprano, justo antes del amanecer. Es entonces cuando salen siempre los autobuses, con las luces cortas, para no llamar la atención de los cuáqueros del otro lado de la salida, pero la cosa no funciona y están esperando, sujetan en silencio sus pancartas, mirándote con reproche pero con tristeza y simpatía cuando el autobús pasa por delante de ellos camino del aeropuerto y el avión que te llevará a donde no querrías ir; y en ese momento sabes el valor exacto de tus deseos, y de tus planes y de toda la fuerza de tu cuerpo y voluntad. 

Entonces sabes dónde estás, como sabes dónde estás cuando los que quieres mueren antes de tiempo -el tiempo que habían planeado para ellos, para ti mismo con ellos-; y cuando tu cuota diaria de palabras y sueños se termina; y cuando tu hija dirige el coche directamente contra un árbol. Y si ella sale de eso sin un rasguño, todavía puedes notar aquel techo oscuro cerca de la cabeza, y saber dónde estás. ¿Y qué puedes hacer sino lo que hiciste en aquella horrible habitación, con Miguel odiándote sin motivo y una pistola preparada a mano? Sonreír y esperar que cambie de tema.

Pasó eso, aquella vez. Clemson salió disparado de su silla, se dobló hacia delante y  vomitó todo por encima de la mesa. Miguel dejó de hablar. Miró a Clemson como si no lo hubiera visto nunca, y cuando Clemson volvió a tener arcadas, Miguel se levantó de un salto, lo agarró por la camisa y lo empujó hacia la puerta. Me hice cargo de Clemson y le ayudé a salir mientras Miguel seguía mirando y gritaba de asco. ¡Asco! Ahora el remilgado era él. 

La repugnancia se había impuesto a la rabia, se había impuesto incluso al odio. ¡Con cuánto cuidado atendí a Clemson aquella noche! Creía que me había salvado la vida. Y puede que lo hiciera.

El granero del dueño de la granja ardió de arriba abajo aquel invierno. Cuando me enteré, solté:
-¿No se lo dije? Claro que sí, le dije a aquel estúpido cabrón que no metiera el heno húmedo.

La mano - Guy de Maupassant

La mayoría de los ocupantes de la estancia rodeaban al señor Bermutier, que desempeñaba el cargo de juez de instrucción, debido a que estaba ofreciendo su parecer sobre el misterioso asesinato de Saint-Cloud. Todo un mes llevaba el caso apasionando a los habitantes de París. Se formulaban infinidad de hipótesis, pero nadie parecía contar con la definitiva.

El magistrado se hallaba en pie, dando la espalda a la chimenea, mientras exponía sus razonamientos. Se apoyaba en las pruebas proporcionadas y, sin embargo, no terminaba por dar una opinión definitiva.

A pesar de esto, varias mujeres continuaban mirándole atentamente, a la vez que le escuchaban estremeciéndose, debido a que las frases que salían de aquellos labios no podían ser más apasionadas. En realidad sentían más miedo que curiosidad, acaso por esa tendencia tan humana de querer satisfacer sus dosis de terror, como si ésta fuera una necesidad propia de nuestra época.

Hasta que una de ellas, la más decidida y pálida, se atrevió a decir:

–Es algo terrible. Lo que usted cuenta, señoría, puede ser considerado algo «sobrenatural». Los seres humanos nunca podremos conocer la verdad.

El juez se giró muy despacio, con evidente solemnidad, y miró a la señora.

–Debo admitir que acaso nos quedemos sin desvelar ese misterio. Pero el término «sobrenatural» que usted ha empleado no corresponde a nuestro caso. Tenemos delante un homicidio perfectamente planeado y realizado, para que quedara envuelto en una maraña de pistas que nos vemos incapacitados para desenredar. Recuerdo que hace unos años tuve que intervenir en un caso que realmente presentaba unas circunstancias extraordinarias, casi irreales. Me vi obligado a sobreseerlo al no poder disponer de unas pruebas creíbles.

Varias de las mujeres se unieron en esta petición:

–¡Tiene que contárnoslo, juez!

El señor Bermutier formó una sonrisa, sin que este gesto le restara ni una mínima parte de la severidad propia de su cargo.

Finalmente, comenzó a narrar lo siguiente:

«De partida, no quiero meter en sus cabezas que en este suceso se produjo algún hecho sobrehumano. Yo nada más que tengo presente las circunstancias naturales, lo que se puede explicar. Por eso prefiero llamar «inexplicable» a todos esos casos que las gentes acostumbran a tachar de «sobrenaturales». De todas las maneras, en lo que van a escuchar se produjeron algunas cosas sorprendentes, sobre todo en los momentos iniciales. Comenzaré la historia, aunque les anticipo que no les agradará mi explicación final:

»Me habían nombrado juez de instrucción en Ajaccio, que es una ciudad de pequeñas dimensiones emplazada en el interior de un golfo circundado por unas elevadas montañas.

»Las tragedias más habituales en aquel lugar vienen producidas por lo que en corso se llaman vendettas. Se producen de todas las características más brutales: trágicas, salvajes y hasta valerosas. En aquellas tierras uno se enfrenta a los más interesantes casos que es posible suponer, casi siempre provocados por odios alimentados durante siglos, que se han adormecido durante algún tiempo, pero que se mantienen encendidos como las brasas bajo un montón de cenizas. De repente, estallan las astucias más horribles, los homicidios que acaban por degenerar en auténticas matanzas, algunas de ellas capaces de alimentar leyendas inolvidables. Sin embargo, durante los primeros dos años de mi estancia lo único que me tocó escuchar fue el desprecio que se tenía a la vida humana, por culpa de esa tradición corsa de cargar las ofensas recibidas sobre el causante de la misma y toda su familia, sin perdonar ni al pariente más lejano. Llegué a comprobar cómo se había decapitado a ancianos, a chiquillos y a primos por lo que nosotros consideraríamos auténticas nimiedades.

»Un día fui informado de que un caballero inglés había alquilado una villa edificada en la zona central del golfo. Le acompañaba un servidor francés, que por lo visto había contratado en Marsella.

»Como todos hablaban de este extranjero con mucho interés, acaso porque vivía solo, sin compañía femenina, a la vez que sus únicas aficiones eran la pesca y la caza, comencé a sentir una gran curiosidad. Al parecer se comportaba igual que un misántropo, ya que no hablaba con las gentes de la ciudad ni bajaba nunca a la misma. Sólo se escuchaban sus disparos de carabina o pistola, debido a que solía ejercitarse tirando al blanco durante dos horas al día.

»En seguida comenzaron a circular historias sobre ese personaje. Unos le consideraban un fugitivo político, y otros hablaban de que huía de un crimen cometido en su país. Además, escuché otras cosas peores, que no viene al caso comentar ahora.

»Como yo era el juez de la localidad, asumí la responsabilidad de efectuar una investigación, aunque no fuera oficial, ya que carecía de motivos para ello. Primero me enteré que se llamaba John Rowell y que tenía el título de sir.

»Me dispuse a seguirle muy de cerca, lo que me llevó a comprobar que su comportamiento no podía ser más legal.

»Sin embargo, como las gentes no dejaban de hablar en su contra, me aproximé más a él. Como yo también soy aficionado a la caza, empecé a practicarla en las cercanías de su villa.

»Pasaron algunas semanas, hasta que se presentó la oportunidad. Gracias a que pude abatir una perdiz de gran tamaño delante del inglés, en el momento que mi perro la recogió, me disculpé ante quien no cesaba de mirarme y, acto seguido, le regalé la pieza.

»Mi gesto le agradó. Me encontraba delante de un gigante fornido, de cabello rojizo y que presentaba todo el aspecto de un atleta maduro. Dado que no era tan parco en palabras como se contaba, me habló con un francés cargado de acento sajón. Pasados unos veinte días, ya habíamos intimado lo suficiente para detenernos a charlar.

»Cierta tarde, mientras paseaba delante de su casa, le vi fumando una pipa en el jardín. Nada más que le saludé, me invitó a entrar para compartir una botella de cerveza. Como estaba esperando esta ocasión, no dudé en aceptar.

»Fui atendido con esa meticulosidad tan propia de los ingleses. Pronto se dedicó a hablar maravillas de Francia y de Córcega, hasta que me confesó que le encantaba mucho “ese” nación y “ese” costa.

»Aproveché la oportunidad para formularle algunas preguntas, intentando no aparecer como un juez, debido a que él conocía mi condición de tal. Quería saber algo de su vida y de las intenciones que le habían traído a Ajaccio. Me contestó con la mayor naturalidad que era un viajante contumaz, lo que le había permitido conocer muchos lugares de África y América. Por último, sin poder contener la risa, exclamó:

»–¡He vivido “muchos” cacerías y hecho “gordas” proezas, oh, yes!

»Después hablamos de caza, lo que a él le permitió disertar sobre la forma de acosar al elefante, al tigre, al hipopótamo y al gorila. Bastante impresionado, le dije:

»–Tengo entendido que todas esas bestias son muy peligrosas.

»Formó una sonrisa de niño grande.

»–¡No, de ninguna manera! ¡Nadie supera en malignidad a los hombres!

»Acompañó esta afirmación con unas estruendosas carcajadas, propias de un inglés de noble carácter. Como estaba complacido, añadió sin dejar de sonreír:

»–En ocasiones me he visto obligado a dar caza a “duros” hombres.

»Acto seguido, me invitó a ver su colección de fusiles, carabinas y pistolas.

»Entramos en una sala decorada con tonos negros, en cuyas paredes dominaba el mismo color, sobre todo en los tapices, aunque en éstos se acompañaba con unos bordados de oro.

»También había enormes flores amarillas, las cuales resplandecían igual que las llamas al quemar la seca hierba del campo.

»–Tiene ante usted “una” tapiz de Japón.

»En seguida despertó mi curiosidad un extraño objeto, que se encontraba en el panel mayor. Era algo oscuro destacando sobre un fondo de rojo terciopelo. Me aproximé, para quedar asombrado. ¡Era una mano de hombre! No la de un esqueleto, con los huesos blancos y limpios, sino disecada de tal manera que había adquirido un tono negruzco, que se rompía en las uñas amarillentas; sin embargo, se apreciaban los abultamientos de los músculos y los tendones. También pude advertir que había sangre y grasa en la zona del corte, el cual debió realizarse con un hacha a la altura del antebrazo.

»Lo que más llamó mi atención, dentro de lo muy impresionado que me sentía, fue que alrededor de la muñeca destacaba una gruesa cadena de acero, que alguien había soldado a la mano mugrienta, con el fin de fijarla en la pared mediante una argolla, similar a las que se utilizaban antiguamente con los condenados.

»No me quedó más remedio que preguntar:

»–¿Qué significa esto?

»Sir John Rowell contestó con la mayor tranquilidad:

»–Es la mano de mi “más bueno” rival. La he traído de América. La corté con un “seco” tajo de mi afilado sable. Más adelante, retiré la piel con una piedra afilada y la dejé secar unos ochos días bajo el sol. ¡Sí, es un trofeo que a mí “gustó” bastante!

»A pesar del asco que me daba, toqué aquel testimonio humano, mientras pensaba que su propietario debió ser tan grande como mi anfitrión: los dedos eran muy largos, los tendones gruesos y sobre algunos músculos quedaban pedazos de una piel acartonada. La mano resultaba horripilante en su conjunto, acaso más por lo que sugería... ¿Quizá una vendetta despiadada?

»–Su rival debió ser un coloso, ¿no es cierto?

»El inglés se tomó su tiempo para contestar, aunque no dejó de sonreír.

»–Ah, yes; pero yo le vencí con mi fuerza y astucia, aunque esa cadena tardé en colocarla –se puso muy serio, como si unas ideas que le disgustaban estuvieran acudiendo a su mente; por último, añadió–: Lo hice cuando me di cuenta de que estaba intentando escapar..., ya que la encontré en diferentes lugares del suelo, siempre cerca de las puertas o ventanas. Pero hace tiempo que permanece quieta. Acaso ya no necesite estar sujeta.

»Tuve que mirarle fijamente, queriendo comprobar si me estaba hablando un loco o un burlón dispuesto a tomarme el pelo.

»Como su rostro no había alterado la expresión, debí convencerme de que él creía lo que acababa de contarme. No me sucedía a mí lo mismo, por eso procuré llevar la conversación por otros derroteros.

»En el momento que me dediqué a examinar la colección de rifles, pude comprobar que había tres revólveres cargados. Esto me hizo suponer que mi anfitrión vivía permanentemente bajo una amenaza, ante la cual pretendía mantenerse siempre alerta... ¿Qué podía ser?

»No encontré la respuesta. Volví a esa casa unas tres o cuatro veces más, sin que sucediera nada anormal. Esto vino acompañado de una temporada de gran actividad en mi juzgado, por lo que dejé de visitar al inglés.

»Por otra parte, las gentes se habían cansado de inventar fábulas sobre ese extranjero, al haberse acostumbrado a su presencia en las cercanías de la ciudad.

* * *

»Creo que llegó a pasar un año. Cierta mañana de otoño, tengo idea de que fue a últimos de noviembre, mi servidor me levantó de la cama, debido a que sir John Rowell había aparecido muerto aquella noche.

»Poco más tarde, yo entraba en la villa del inglés, en compañía del jefe de la policía local, que era el capitán de la gendarmería. El criado estaba sentado en la puerta, llorando desconsoladamente. Debo reconocer que le consideré sospechoso, en un principio; sin embargo, tardé muy poco en comprobar su inocencia, con sólo formular unas pocas preguntas.

»He de admitir que nunca encontramos al culpable.

»Nada más llegar al salón pude contemplar, con la primera observación, que el cadáver estaba caído en el centro de la estancia. Su chaqueta aparecía desgarrada, al mismo tiempo que una de las mangas había sido arrancada. El mejor testimonio para deducir que la víctima se había ido al otro mundo después de librar una cruenta pelea.

»Lo más evidente era que la muerte había sido causada por estrangulación. Lo revelaban el rostro hinchado y negruzco, terrible, y un gesto de terror demencial. Pude advertir, además, que el cadáver sujetaba algo entre los dientes; al mismo tiempo, en el cuello se veían cinco orificios, que parecían haber sido causados por el mismo número de agujas de hierro. De todos ellos brotaban unos hilillos de sangre reseca, que habían formado un pequeño charco en la alfombra.

»Dejé la inspección ocular ante la llegada del médico. Éste se dedicó un tiempo prudencial a realizar su trabajo, pero se entretuvo más de lo habitual comprobando las heridas del cuello. Cuando terminó, se volvió hacia mí para ofrecerme esta sorprendente información:

»–Las marcas sangrientas sólo han podido ser causadas por cinco huesos. Creo que la estrangulación la efectuó un esqueleto.

»Me sobresalté enormemente, igual que si hubiera sido atacado por una corriente de viento helado. Entonces llevé mis ojos hacia la pared, donde pude examinar, hacía casi un año, la terrible mano despellejada. Allí no se encontraba; sin embargo, de la pared colgaba la cadena rota.

»Acto seguido, me agaché junto al cadáver, para extraer de entre los dientes un dedo. El médico tuvo que ayudarme para conseguirlo. Finalmente, pude comprobar que el dedo pertenecía a la mano disecada. Correspondía a la segunda falange del índice. Esto me llevó a suponer que el inglés lo pudo arrancar, de un mordisco, mientras luchaba desesperada, e inútilmente, por defender su vida.

»Realizamos un exhaustivo estudio de la casa, sin encontrar ninguna pista; las puertas y ventanas no presentaban testimonios de haber sido forzadas. Por el servidor supimos que ninguno de los dos perros había ladrado en toda la noche.

»Pero este personaje nos contó algo demasiado revelador. Al parecer su amo llevaba unos meses bastante intranquilo, acaso porque venía recibiendo, desde hacía bastante tiempo, unas cartas misteriosas, que al leerlas le obligaban a maldecir y, luego, a quemarlas como quien destruye algo aborrecible. En infinidad de ocasiones descolgaba un látigo y, dominado por un arrebato de locura, comenzaba a golpearlo sobre la mano disecada, como si pretendiera indicarla que él era el más fuerte...

»¡No obstante, la mano había conseguido soltarse, como se podía deducir al ver la cadena rota! ¿Acaso se soltó antes del crimen?

»Sir John Rowell acostumbraba a acostarse muy tarde, sin dejar de tomar las mayores precauciones. Nunca dejaba de tener los revólveres cargados cerca de sus manos. Según nos contó su criado, muchas noches le había oído gritar en sueños, tan alto que le despertaba, por eso pudo comprobar esta anormalidad. En los gritos parecía estar discutiendo con un rival misterioso.

»Singularmente, aquella noche la villa había permanecido sumida en el silencio más absoluto. Por eso el servidor no pudo descubrir el cuerpo muerto de su amo hasta la mañana, en el momento que entró en el salón para abrir las ventanas, como era su costumbre. Sin embargo, no pudo ayudarnos a la hora de poder identificar al asesino.

»Aquella misma tarde, mientras redactaba el informe judicial, me puse en contacto con los otros magistrados y los gendarmes. Estos recibieron la orden de peinar toda la isla, en busca de algún extraño, acaso un americano o cualquier otro extranjero. Pero no se localizó a nadie.

»Cierta noche, pasados unos tres meses del homicidio, sufrí una terrible pesadilla: me vi acosado por aquella mano disecada, horripilante amenaza, igual que un alacrán o un escorpión obsesionado por clavarme su envenenado aguijón. Yo corría a esconderme tras las cortinas, para ver a aquel bicho espantoso deslizarse por la pared en busca de mi garganta. En tres ocasiones me desperté sudando, y cuando lograba recuperar el sueño, de nuevo me asaltaba la misma alucinación... ¡Siempre esa mano yendo en busca de mi cuerpo, con una inusitada velocidad al haber convertido sus dedos en unas patas!

»Precisamente, a la mañana siguiente el sepulturero me trajo la mano. La había encontrado sobre la tumba de sir John Rowell, cuando allí nunca había estado. En seguida pude ver que le faltaba el índice, el cual comprobé, a los pocos minutos, que era el mismo que guardábamos como prueba, después de extraerlo de entre los dientes del cadáver.

»Hasta aquí llega mi historia. No puedo contarles nada más».

Las curiosas señoras se habían quedado pálidas y muy excitadas. Una de ellas, la más decidida, hizo oír su reproche:

–¿Cómo nos puede dejar así, señoría, al contar un suceso que no tiene final ni una explicación lógica? A todas nosotras nos va a costar coger el sueño mientras no conozcamos lo que sucedió de verdad.

El magistrado compuso una severa expresión.

–Vaya, como me ha colocado usted ante el compromiso de ser el responsable de sus insomnios, no me queda más remedio que evitarlo. Estoy convencido de que el dueño de esa mano nunca murió, por eso terminó por acudir en su búsqueda. Desconozco cómo logró entrar en la villa. El hecho es que se cobró su vendetta.

Entonces otra de las mujeres protestó:

–Eso es imposible... ¡Las puertas y las ventanas no estaban forzadas! ¿Cómo pudo entrar?

El juez formó una sonrisa amigable y, luego, finalizó el asunto con estas palabras:

–Recuerden la advertencia que les hice de que no les iba a agradar mi explicación

La mano derecha de la maldición - Robert E. Howard

 —¡Y al alba le colgarán! ¡Jo, jo!

Quien así hablaba se palmeó sonoramente el muslo, al tiempo que lanzaba carcajadas con voz espesa y chillona. Lanzó una ojeada jactanciosa a sus oyentes, y echó un trago del vino que tenía a mano. El fuego saltaba y oscilaba en el hogar de la sala y nadie le respondió.

—¡Roger Simeon, el nigromante! —se burló esa voz chillona—. ¡Adepto de las artes diabólicas y practicante de magia negra! A fe mía que todo su necio poder no le pudo salvar cuando los soldados del rey rodearon su caverna y le apresaron. Huyó cuando la gente comenzó a lanzar adoquines contra sus ventanas, y creyó que podía ocultarse y huir a Francia. ¡Jo, jo! Su escapatoria va a estar al extremo de una soga. Esto es lo que yo llamo un día bien aprovechado.

Echó una bolsita sobre la mesa, haciendo que tintineara musicalmente.

—¡El precio de la vida de un hechicero! —se jactó—. ¿Y vos qué decís, mi áspero amigo?

Esto último se lo decía a un hombre alto y callado que se sentaba cerca del fuego. Ese personaje, enjuto, recio y vestido de forma sombría, volvió su rostro cetrino hacia quien le hablaba para clavar en él un par de ojos profundos y helados.

—Digo —le respondió con voz sonora— que hoy habéis cometido un acto execrable. Puede que ese nigromante mereciera la muerte, pero él confiaba en voz, os tenía por su único amigo y le habéis vendido por un puñado de sucias monedas. A fe mía que algún día os reuniréis con él en el Infierno.

El que primero había hablado, un sujeto rechoncho, robusto y de aspecto ruin, abrió la boca como si fuera a darle una réplica enfurecida, pero luego vaciló. Los ojos helados le contemplaron por un instante, antes de que el hombre alto se levantase con la flexibilidad de un gato y se alejase del hogar a trancos largos y elásticos.

—¿Pero quién es ése? —preguntó resentido el fanfarrón—. ¿Quién es él para defender a brujos contra los hombres de bien? ¡Por Dios que ha tenido suerte de cruzar tales palabras con John Redly y conservar el corazón en el pecho!

El tabernero se inclinó a coger un ascua, para encender su larga pipa, y le contestó con sequedad:

—Y vos también sois afortunado, John, por haber sabido tener la boca cerrada. Ése es Solomon Kane, el puritano, y es un hombre más peligroso que un lobo.

Redly barbotó un juramento, y devolvió con gesto sombrío la bolsa a su cinto.

—¿Vais a pasar la noche aquí?

—Sí —replicó taciturno Redly—. Me gustaría estar presente en la ejecución de Simeon mañana en Torkertown, pero al alba tengo que ponerme camino de Londres.

El tabernero rellenó las copas.

—Esta ronda por el alma de Simeon. Que Dios se apiade del desdichado y haga fracasar la venganza que ha jurado tomar contra vos.

John Redly sufrió un sobresalto, soltó un juramento y luego una carcajada fanfarrona. La risa subió de tono huecamente y por último se quebró en una nota falsa.

Solomon Kane se despertó de repente y se incorporó en el lecho. Tenía el sueño liviano, como corresponde a un hombre que por lo común depende de sí mismo para sobrevivir. Y algún ruido, en algún lugar de la casa, le había despertado. Prestó atención. Fuera, como pudo ver a través de los postigos, estaba clareando bajo las primeras luces del alba.

De repente se oyó el mismo ruido, débilmente. Era como si un gato trepase por la pared exterior. Kane siguió escuchando y le llegó un sonido, como el de alguien que tantease los postigos. El puritano se incorporó, espada en mano, cruzó de un tirón la alcoba y los abrió de golpe. El mundo se mostraba dormido bajo su escrutinio. Una luna tardía colgaba sobre el horizonte occidental. No había ningún intruso al acecho bajo su ventana. Se asomó para mirar la ventana de la alcoba contigua. Los postigos estaban abiertos.

Kane cerró los suyos y cruzó el cuarto, para salir al corredor. Obraba llevado de un impulso, lo cual era habitual en él. Eran tiempos turbulentos. Esa taberna estaba a varios kilómetros de la ciudad más cercana, Torkertown. Los bandidos menudeaban. Alguien o algo había invadido la estancia contigua, y su dormido ocupante podía estar en peligro. Kane no se detuvo a sopesar pros y contras, sino que fue derecho a la puerta de la alcoba y la abrió.

La ventana estaba abierta de par en par y la luz entraba iluminando la estancia, aun cuando lo hada como si se filtrase a través de una bruma fantasmal. Un sujeto de aspecto ruin roncaba en el lecho y Kane le reconoció como John Redly, el hombre que había vendido al nigromante a los soldados.

Luego, su mirada fue a la ventana. Sobre el antepecho se agazapaba algo semejante a una araña gigantesca y, mientras Kane la observaba, ésta bajó al suelo y comenzó a arrastrarse hacia la cama. Aquella cosa era ancha, peluda y oscura, y Kane se dio cuenta de que había dejado una mancha sobre el alféizar. Corría sobre cinco patas gruesas y curiosamente articuladas, y en conjunto tenía un aspecto fantasmal que dejó a Kane como hechizado durante un instante. Enseguida llegó a la cama de Redly y trepó por el armazón con una torpeza que resultaba extraña.

Ya se balanceaba directamente sobre el durmiente, colgando del dosel, y Kane se adelantó con un grito de advertencia. Fue entonces cuando Redly despertó y miró hacia arriba. Los ojos se le desorbitaron, un grito terrible nació de sus labios y en ese momento la cosa-araña se descolgó, para caer directamente sobre su cuello. Mientras Kane llegaba a la cama, vio cómo se cerraba la presa de las patas, y escuchó el crujido de los huesos cervicales de John Redly. El hombre se envaró y luego quedó yerto, con la cabeza colgando de forma grotesca de su cuello roto. Y aquella cosa se desprendió del cuerpo y quedó inerte sobre la cama.

Kane se detuvo ante el espantoso espectáculo, sin poder dar crédito a lo que veía. La cosa que había abierto los postigos, se había arrastrado por los suelos y había dado muerte a John Redly en su propia cama, ¡era una mano humana!

Ahora yacía fláccida y sin vida. Y Kane la atravesó cautelosamente con la punta de su espada, para levantarla a la altura de los ojos. Parecía ser la mano de un hombre grande, ya que era ancha y gruesa, con tanto vello como la zarpa de un mono. La habían cercenado a la altura de la muñeca y estaba cubierta de sangre. Había un delgado anillo de plata en el anular; una joya curiosa, con la forma de una serpiente enrollada.

Kane estaba estudiando aquel resto odioso cuando apareció el tabernero, cubierto con el camisón, y con una vela en una mano y el trabuco en la otra.

—¿Qué es lo que ocurre? —rugió, cuando sus ojos se posaron en el cadáver en el lecho.

Luego vio lo que Kane tenía espetado en la espada y se puso blanco. Se acercó como atrapado por un hechizo, y los ojos se le desorbitaron. Luego se alejó tambaleando y se desplomó sobre una silla, tan pálido que Kane pensó que iba a desmayarse.

—En el nombre de Dios, señor —boqueó—. ¡No deje que eso viva! Aún tiene que haber fuego en el hogar, señor…

Kane llegó a Torkertown en el curso de esa mañana. En las afueras del pueblo fue abordado por un joven parlanchín, que le saludó.

—Señor, como hombre de bien que sois, os complacerá saber que Roger Simeon, el brujo negro, ha sido colgado esta misma mañana, justo al rayar el sol.

—¿Murió con entereza? —preguntó sombrío Kane.

—Sí, señor; no flaqueó, aunque tuvo lugar un suceso fantástico. Escuchad, señor. ¡Roger Simeon subió a la horca con una sola mano!

—¿Y cómo ocurrió tal cosa?

—La noche pasada, señor, mientras estaba sentado en su celda como si fuese una gran araña, llamó a uno de sus carceleros y le pidió un último deseo: ¡le rogó que le seccionase la mano derecha! El hombre se negó en un principio, pero tenía miedo de la maldición de Roger y, al cabo, echó mano de la espada y le cortó la mano a la altura de la muñeca. Entonces Simeon, con la mano izquierda, la arrojó a través de los barrotes de su celda, al tiempo que pronunciaba muchas palabras mágicas, extrañas y dementes. El guardia temió por su vida, pero Roger le dio palabra de no dañarle y le dijo que al único que odiaba era a John Redly, que le había traicionado.

»Se cogió el muñón del brazo, para detener la pérdida de sangre, y se quedó el resto de la noche sentado como un hombre en trance, y a veces musitaba para sí mismo, como el que sin querer habla en alto. “A la derecha”, susurraba, y “vete hacia la izquierda” y “¡vamos, vamos!”

»Oh, señor, ¡era espantoso de escuchar, según dicen, y verle ahí acurrucado sobre el ensangrentado muñón del brazo! Fueron a buscarle al clarear, le sacaron del patíbulo y pusieron la soga alrededor de su cuello, y de repente se retorció y tensó como si hiciese un esfuerzo terrible, y los músculos de su brazo derecho, el manco, se hincharon y crujieron ¡como si le estuviese rompiendo el cuello a un hombre!

»Cuando los guardias se lanzaron a sujetarle, cesó en sus esfuerzos y comenzó a reír. Y es risa terrible y espantosa continuó hasta que se apretó el lazo y colgó, negro y silencioso, bajo el ojo rojo del sol naciente.

Solomon Kane guardaba silencio, reflexionando sobre el espantoso terror que había contorsionado los rasgos de John Redly en el último y fugaz instante que había tenido de lucidez y vida, antes de que la maldición le golpease. Y una débil imagen se le formó en la mente; la imagen de una mano peluda y seccionada que correteaba sobre sus dedos como una gran araña, a ciegas, cruzando bosques en la noche para escalar un muro y abrir los postigos de una alcoba. Allí se interrumpió su visión, abrumada por el oscuro y sangriento drama que siguió a todo aquello. ¡Cuán terribles fuegos de odio habían ardido en el alma del nigromante condenado, y qué espantoso poder había poseído, que había sido capaz de enviar esa mano ensangrentada, a tientas para cumplir su misión, guiada por la magia y el poder de ese cerebro exaltado!

Aunque, para cerciorarse, Solomon preguntó.

—¿Y no han encontrado la mano?

—Pues no, señor. Los hombres encontraron el lugar en el que cayó al ser arrojada desde la celda, pero había desaparecido, dejando un rastro rojo que llevaba al bosque. Sin duda, un lobo se la comió.

—Sin duda —repuso Solomon Kane—. ¿No serían las manos de Roger Simeon grandes y peludas, y no llevaría un anillo en el anular de la derecha?

—Pues sí, señor. Un anillo de plata con forma de serpiente enrollada.