-¿Cómo
va la enferma? - dijo el médico, entrando a una pieza en la que varias personas
hablaban en voz baja.
-No
está bien - contestó una de ellas.
-Perfectamente
- repuso el doctor y penetró con precaución en la habitación contigua, que era
un espacioso dormitorio, bien amueblado y dotado de cortinas dobles, alfombras
blandas y lujosos adornos.
Una
lámpara opaca alumbraba escasamente con su luz indecisa el aposento, cuya
atmósfera denunciaba la presencia de perfumes y la permanencia de personas
cuidadas; había olor a recinto habitado por dama distinguida.
La
enferma se hallaba acostada de espaldas, en un lecho limpio y acomodado.
Su
semblante estaba pálido, sus labios algo descoloridos. Una cofia blanca
aprisionaba sus cabellos, una bata bordada cubría su pecho; sus manos finas,
blancas y suaves salían de entre un capullo de encajes que parecían un montón
de espuma. Había en su persona un poco de esa coquetería permitida que tienen
todas las mujeres de buena cuna y que ostentan aun cuando estén enfermas.
El
doctor, mirando fijamente a la dama y tomándole la mano, medio en uso de su
profesión, medio en forma de saludo, preguntó:
-¿Cómo
ha pasado el día la señora?
-Mal,
doctor, he sufrido mucho; me duele todo; deme algo que me calme : ¡qué falta
de compasión venir a esta hora!
-Señora,
la mejor visita se deja para el último, como los postres. Es necesario buscar
la estética aun en el desempeño de los más dolorosos deberes.
-Usted
tiene siempre disculpas.
-Y
usted jamás tiene necesidad de ellas. -Cúreme y le perdonaré su indolencia.
-Usted será atendida con toda la prolijidad de
que yo soy capaz.
En
seguida hizo un interrogatorio detenido y explicó sus prescripciones.
Junto
a la cama de la enferma, recientemente madre, había una cuna y en ella dormía
sus primeros días un niño robusto, envuelto en mil bordados.
El
médico se acercó a él y después de observarlo un rato, dijo:
-¡Será
un famoso guardia nacional si la naturaleza lo permite!
-Si
Dios quiere, diga, doctor -objetó la dama.
-Bien,
si Dios quiere ; en materia de creencias, tengo las de mis enfermas
distinguidas.
El
doctor se retiró, y la madre del niño se quedó reflexionando en el correctivo
puesto por su médico al augurio relativo al recién nacido.
La
enferma se restableció pronto, y el niño durmió mucho, lloró poco y se alimentó
a satisfacción en los días y los meses siguientes.
La
madre lo cuidaba con esmero, no se separaba de él durante el día y todas las
noches se sentaba en la cama para mirarlo largo tiempo.
Cuando
el niño suspiraba, la madre se sentía agitada, y cada tos y cada
estremecimiento del pequeñuelo querido, producía una alarma, pues el augurio
del doctor con su correctivo, trotaba con singular insistencia, durante las
largas horas de vigilia, en la cabeza de la madre.
Mientras
tanto, el objeto de tales inquietudes continuaba durmiendo sus días enteros y
sus noches completas. Cuando no dormía, tomaba el pecho. ¡Jamás se vio niño
más dedicado a esas dos ocupaciones!
A
los diez meses dijo: mamá; la casa se puso en revolución. Después dijo: papá;
un criado corrió a buscar al aludido a su escritorio para anunciarle la gracia.
Más tarde se paró y dio algunos pasos, estirando los brazos para agarrar las
manos que le ofrecían.
En
estos primeros ensayos recibió el nombre de Tini.
¿Qué
quería decir Tini? Nadie lo supo; pero el apodo se quedó como nombre.
Tini
comenzó a caminar y a conversar.
Se
dio muchos golpes y dijo mil barbaridades graciosísimas y comprometedoras. Por
ejemplo llamaba papá a todo el que veía con barba larga y su verdadero padre
sólo obtuvo el titulo legítimo a través de un montón de juguetes y caramelos
regalados.
Tini
era muy lindo; lo pedían del barrio para mirarlo y más de una vez, en sus
excursiones, hizo de las suyas.
Un
día Tini estuvo de mal humor; su mamá dio por causa que tenía la boca caliente
y que apretaba las encías.
Con
este motivo los dedos de todos los habitantes masculinos y femeninos de la
casa, entraron en la boca de Tini, hasta que el índice del papá, sucio del
tabaco, descubrió un conato de dentadura.
Tini
echó un diente, no sin un gran conflicto en el barrio y serias consultas al
médico.
Escenas
análogas se repitieron durante algún tiempo, y Tini presentó por fin una
dentadura de ratón, chiquita, cortante, graciosa, que se mostraba sobre todo
seductora en las sonrisas de su boca rosada.
Inútil
es añadir que de allí en adelante Tini obtuvo el privilegio de morder los dedos
que se aventuraban en exploraciones peligrosas, y de desblocar todos los
pedazos de carne que le caían a la mano. Solía también mascar las cabezas de
los soldados de palo que le compraban; tales atentados motivaban
invariablemente una visita médica.
El
adorado y consentido Tini era sublime de impertinente, y sus audacias
increíbles para decir las cosas más crudas con el mayor aplomo, sólo tenían su
explicación en su inocencia singular respecto a las conveniencias sociales.
Verdad
es que cuando comenzó a hablar con metáforas inteligibles, y a encontrar
símiles, sólo tenía dos años y medio.
A
pesar de sus franquezas y paradojas, Tini gozaba del cariño de todos, y niños,
mujeres, viejos y jóvenes se disputaban su amistad y sus caricias.
Su
cara y su cuerpo eran una perfección, su carne era la más fresca de la
naturaleza, su piel la más blanca, sus muslos duros y llenos, sus manos
blandas, chicas, finas, con los dedos doblados hacia el dorso.
¡Qué
cabeza! ¡qué pelo! ¡qué ojos y qué boca! ¡Si daba ganas de comérselo a besos!, como decían las muchachas más expresivas
del barrio.
La
boca, principalmente, era una delicia; tenía gusto a leche con azúcar y causaba
el tormento de su dueño quien, tras de cada beso, se limpiaba los labios con el
brazo en prueba de disgusto.
Toda
su ropa se parecía a él y lo recordaba sus botines sobre todo, eran adorables;
gastados en el talón, algo torcidos y rotos a la altura del dedo grande, eran
toda una historia de las mil ambulancias infantiles de su dueño.
Al
mirarlos tirados en cualquier parte, la imaginación los rellenaba con el
piececito del niño, y uno veía asomar su dedito rosado por el agujero de la
punta.
Tini
progresaba diariamente y su inteligencia tomaba formas caprichosas y
trascendentales.
A
la edad de cuatro años emprendió una reforma capital de la gramática, y atacó,
desde luego, los verbos irregulares con un encarnizamiento incomparable.
No
decía "hecho" por nada de este mundo, sino "hacido"; el
verbo "jugar" en su presente de indicativo, era para él como sigue
Yo
jugo,/ vos jugás,/ él juga,/ nosotros jugamos,/ ustedes jugara,/ ellos también
jugara.
En
efecto, ya que el verbo no es "juegar" sino "jugar". Tini
tenía razón contra la Academia, que permite una barbaridad tan inútil.
Pasando
los días, llegó un cumpleaños de Tini; varias aves fueron muertas y preparadas
para la comida; los parientes recibieron su invitación oportuna. El niño anduvo
tras de las personas que se ocupaban de los preparativos, pero con cierta
indolencia que no le era habitual.
En
la mesa estuvo caído, descontento y haciendo esfuerzos el pobrecito, por ser
cariñoso con los que lo festejaban. Pidió levantarse antes de los postres y sin
atreverse a abandonar la agradable compañía, buscó un término medio entre sus
deseos y su malestar, acostándose en un sofá.
La
mamá comenzó a inquietarse, aun cuando se explicaba el caimiento del niño por
lo agitado del día y por el cansancio consiguiente. . .
Las
visitas se despidieron; Tini puso su mejilla o su boca, según el grado de
afección, pata: que fuera besada, y ganó pronto su camita, en la que se durmió
en el acto.
Su
sueño no fue tranquilo; la respiración parecía anhelosa; silbaba mucho por la
nariz y se daba vuelta con frecuencia. Una mano sana puesta sobre la frente de
Tini, habría notado un ligero aumento de calor.
El
silencio se había hecho en la casa, pero había un sitio en que comenzaba a
levantarse una tormenta: el corazón de la madre. Hubo unos ojos que no se
cerraron y un cuerpo estremecido que se revolvía en el lecho sin encontrar
reposo.
A
eso de las doce de la noche una figura fantástica proyectaba su sombra en las
paredes.
La
madre se había levantado y se acercaba en puntas de pies a la cama del niño.
Si
yo fuera pintor y quisiera pintar un cuadro que representara la fórmula de
todas las inquietudes humanas, pintaría una madre en camisa, con una vela en
la mano, observando el sueño de su hijo, cuando teme que le sobrevenga alguna
enfermedad. ¡Cuánta preocupación diseñarían sus facciones! ¡cuánta zozobra y
ternura mostraría su semblante! ¡cuánto temor descontado sobre la previsión de
una futura desgracia!
La
madre de Tini parecía la imagen del dolor la ansiedad. Estuvo un rato mirando a
su hijo, suspiró profundamente y se retiró con un millar de desdichas
engastadas en el alma.
Tini
se despertó de repente y quiso quejarse, cuando le sobrevino una tos ronca y
repetida.
Cien
voces dijeron crup en el oído de la madre, los ecos repitieron crup, las
sombras de las cortinas, de las molduras y de los adornos de la habitación,
proyectadas por la luz escasa de la lámpara, escribieron epitafios sobre los
muros; la palabra crup se difundió por toda la casa, llenó la atmósfera,
penetró en los últimos resquicios y heló las entrañas de la pobre madre.
Crup,
dijeron los ruidos misteriosos de la noche; crup, decía el viento que soplaba
sus lamentos por las rendijas de las puertas; crup, repetían los cascos de los
caballos que pasaban de tiempo en tiempo, arrastrando los pesados coches por
las calles silenciosas ; crup, decían la péndola del reloj y el crujido de los
muebles; crup, crup, murmuraba el roer de los ratones tras de los zócalos de
las piezas; crup, secreteaban las hojas de los árboles que se mecían en los
patios ; crup, gritaban las veletas de los edificios vecinos, ¡y hasta las
estrellas que chispeaban en los cielos, mandando su luz temblorosa a través de
los vidrios, parecían encender sus cirios para velar el cuerpo de un ángel
muerto de crup!
Crup,
dijeron las aves que pasaban en bandadas y los aleteos de los pájaros en sus
jaulas; crup, pronunciaban las olas que chocaban en las costas; crup,
vociferaban los golpes en las puertas de los habitantes retardados ; crup,
roncaban las voces de los ebrios en las calles, y crup, crup, preludiaban los
músicos ambulantes que buscaban un pan y un cobre martirizando sus
instrumentos en la noche callada.
Cuando
todo en la naturaleza hubo dicho crup, la madre de Tini dio un grito
estridente, desesperado, y saliendo de su cama se paró rígida en medio de la
habitación.
La
casa se puso en movimiento, todos sus habitantes se levantaron y corrían
desatinados de un lado a otro. Se mandó en busca del médico; éste llegó pronto
y observó al niño con profunda atención, con mirada intensa, con imperturbable
quietud.
La madre buscaba adivinar en el semblante del doctor su pensamiento;
pero éste se guardó bien de darle formas por temor de que sus aprensiones
fueran traducidas; su fisonomía no dijo nada, su actitud dijo reserva; pero los
latidos de su corazón se perturbaron más de un momento en su ritmo vitalicio.
Tini
miraba atónito la escena, y con cariño y curiosidad a su amigo el doctor.
Había
en la cara del niño algo extraño ; su expresión era entre seria y triste; no
demostraba dolor, pero alejaba la idea de bienestar; alguna sombra rara,
indecisa, alarmante, se paseaba por su rostro pálido.
La
noche se pasó en zozobras y cuidados; el niño dormitaba de tiempo en tiempo; el
médico observaba los progresos del mal y propinaba él mismo sus inciertos
remedios. La tos ronca del pequeño enfermo se repetía con más frecuencia; sus
palabras, antes tan graciosas y sonoras, salían oscuras y veladas de su
garganta.
-¡Mamá!
-decía, estirando sus bracitos redondos -, no me duele nada, no llores -. Pero
su inquietud mostraba su mal y su respiración parecía un suspiro continuado. La
madre se ahogaba, los sirvientes lloraban, el luto y la tristeza se esparcía
por toda la casa.
Al
otro día un pequeño alivio se inició.
Tini
pidió sus juguetes predilectos: su tambor, su corderito, su polichinela y sus
soldados. Pronto se cansó de acariciarlos, sin embargo, y los empujó al borde
de la cama, como si le incomodaran: sólo el polichinela, con sus platillos levantados,
obtuvo el privilegio de acostarse a su lado.
Más
tarde la respiración se hizo anhelosa, volvió la inquietud; hubo varios
accesos ligeros de sofocación; el llanto apareció de nuevo en todos los ojos,
varios médicos examinaron a Tini y él soportó con mansedumbre angelical
aquellas molestas investigaciones. Después, como quien pensara que todo era
inútil, al ver acercarse a los médicos armados de cuchara, instrumento al cual
ya miraba con horror, se daba vuelta desesperado y gritaba con voz ronca y
lastimera " ¡Basta, mamá!"
El
corazón de la madre se desgarraba, sus lágrimas corrían a torrentes y con su
mano temblorosa apartaba la del médico que iba a martirizar a su hijo.
Nunca
mayor dolor penetró en pecho humano, jamás zozobra igual desgarró más
cruelmente las entrañas de mujer alguna.
Se
habló de peligro inminente, de remedios heroicos y de operación; pero la
confianza, esa tabla de salvación de todos los infortunados de la tierra, había
desaparecido de todos los pechos.
Las
conversaciones se pararon, las comunicaciones intelectuales no tuvieron ya más
expresión que la mirada, y los ojos investigadores no hacían más que preguntas
sin esperanza, ni obtenían más que respuestas dolorosas.
A
la noche siguiente, la operación fue decidida.
El
cuerpo de la madre, desarticulado y desecho, fue arrancado de la habitación
donde Tini tramitaba sus momentos de vida.
-¡Pobre
Tini !
Con
sus ojos abiertos desmesuradamente y su rostro asombrado, fue colocado sobre
una mesa con la cabeza echada hacia atrás y el cuello tendido.
El
doctor, sin mirar la cara de su tierno mártir, pues no habría podido mirarla
sin vacilar, hizo rápidamente una herida en el sitio elegido...; se oyó un
estertor de agonía... -¡Muerto! - gritaron los asistentes... La sangre corrió
mansamente por los lados del cuello del niño...; los médicos, silenciosos, no
se inquietaron; en la herida se colocó una cánula por la que se proyectó con
violencia un montón de sangre y de espuma. Tini, desesperado, se sentó llevándose
las manos al cuello: ¡quiso gritar y no pudo! ¡no tenía voz! Su mirada fue,
sin embargo, más inteligente, respiró mejor y su débil cuerpecito se extendió
de nuevo sobre su lecho de tortura.
Si
hubiera palabras en algún idioma para describir el momento en que la madre de
Tini volvió a ver a su hijo operado, yo intentaría bosquejar la escena, medir
la duración de los abrazos infinitos, contar las caricias imprudentes, desesperadas
y dementes, numerar los besos, recoger los suspiros y mostrar la tensión del
llanto sujeto tras de los párpados por la intensidad de sentimientos
contradictorios.
Pero
no hay tales palabras. La naturaleza ha puesto la expresión de los inmensos
dolores fuera del alcance del lenguaje articulado, entregándosela a la música
y a la pintura. Para sentir no basta entender, es necesario oír y ver.
El
padre de Tini se paseaba en las habitaciones sin preguntar, sin hablar, sin
escuchar, con sumiéndose en el incendio de su tormento interno.
Cuando
se organizó la asistencia consiguiente la operación ; cuando los médicos se
retiraron; cuando la casa volvió a su monotonía de dolores, las horas
continuaron pasando, marcadas por la indiferencia de los relojes y los conflictos
de las curaciones.
El
sueño había huido de todos los cerebros; los practicantes que cuidaban al niño,
caminaban cautelosamente por la pieza : ¡el menor ruido era una sorpresa! ¡la
menor palabra un sobresalto!
La
niñera de Tini, sentada a los pies de la cama, ocultaba su rostro entre sus
manos y escondía su dolor anónimo y menospreciado como todo pesar de
sirviente. ¡Su Tini, su adorado Tini, no la hablaba, no la veía, no le
estiraba los brazos como lo hacía siempre!
El
día pasaba silencioso y la noche tristísima. La cabeza de Tini esparcía sus
rulos de oro sobre la almohada mojada, y su pobre cerebro, envenenado por la
enfermedad, comenzaba ya a enloquecerse y a mostrar a su conciencia
desorientada, las fantasías del otro mundo con los detalles de éste,
¡mezclados, tergiversados, increíbles!
Cuando
la aurora apuntaba, su luz indecisa, gris primero, blanca después, pasaba por
los postigos entreabiertos y, advirtiendo a la lámpara que su tarea penosa de
alumbrar durante la noche había concluido, iba a herir la pupila del niño con
sus caricias cristalinas y sus besos transparentes.
Hacía
frío en la alcoba; la luz del día traía horripilaciones del horizonte, sus
rayos bañados en las aguas de los mares, helaban con su lujo de vida los
corazones de cuantos presenciaban aquellos preparativos de tragedia, tras de una
noche de desvelo.
¡Qué
días y qué noches tan tristes se pasaba en el lúgubre aposento! ¡qué horas tan
largas y tan desiertas! El silencio parecía el acompañamiento solemne del
pesar que extendía sus alas sombrías, y los ruidos inciertos, uno que otro crujido
de muebles, alguna ligera oscilación de las puertas sobre sus goznes, el
estallido de una burbuja de aceite en la pequeña lámpara o el choque repentino
de algún insecto atolondrado contra las paredes, eran interrupciones sin cadencia
que tomaban las proporciones atronadoras de una explosión en las soledades de
aquel mar de aflicciones.
Los
espejos parecían meditar melancólicamente sobre las imágenes deslustradas que
reflejaban; los armarios entreabiertos, dejaban ver en su fondo semioscuro,
las ropas ajusticiadas, cuyos cadáveres colgaban de las perchas; las cortinas
diseñaban en los muros figuras fantásticas, y las molduras y los adornos
proyectaban sombras de caras grotescas o de esfinges extrañas, sobre las cuales
se fijaba con tenacidad la imaginación apesadumbrada de las personas que
hacían su guardia a la cabecera de Tini.
Una
mosca grande, impertinente, exótica, desafiaba a veces las persecuciones más
bien combinadas de los asistentes, y con una insistencia digna de mejor
propósito, daba vuelta zumbando alrededor de todas las cabezas, inquietándolas
con su aleteo sonoro y musical; de repente se paraba, luego comenzaba de nuevo
su prolija tarea; se alejaba, volvía, se asentaba en un objeto, se levantaba y
repetía su paseo circular modulando sus óperas abstrusas, hasta que tomaba
rumbo hacia una puerta y se escapaba satisfecha, como si acabara de encantar a
su auditorio.
La
atmósfera del aposento quedaba cargada con el bordoneo del insecto y parecía
mantener en conserva algún mensaje lamentable, dicho por una comadre mal
intencionada.
Y
luego continuaban los silencios y los ruidos, las luces y las sombras, las
caras y las esfinges, aterrorizando la imaginación y girando lastimeramente en
torno del niño enfermo.
¡Pobre Tini! Entre un letargo y otro letargo él veía cambiarse los personajes
de la escena: unos entraban, otros salían, algunos permanecían estáticos y
serios como senadores petrificados, o bailaban contradanzas haciendo figuras
al compás de una música que no se oía.
Los
ruidos de las calles comenzaban luego a amontonarse en la atmósfera y
penetraban poco a poco hasta la cama de Tini, solitarios primero, juntos y en
tropel después, hasta que su número y su mezcla producía un rumor uniforme,
monótono, sin articulación ni timbre.
El
farol del patio, que había mirado con su ojo amarillo durante toda la noche a
través de las persianas el doliente cuadro, urgido por ta economía doméstica y
la competencia insostenible de la luz solar, se vio obligado a dejar de
pestañear con su gas a medio foco, y sus fajas penumbradas, que desde las
paredes del cuarto acompañaban a los veladores, se borraron de golpe, dejando
en ellos la tristeza de una innovación.
Y
a la plácida aurora, y al sol naciente y a los nublados de la tarde, sucedían
el crepúsculo, la oscuridad de la noche, la semiluz de las estrellas o la
serena reflexión de la luna que con su cara bruñida se levantaba lentamente
hacia los cielos.
Las
horas pasaban unas tras otras, con su número de orden a la espalda, en series
por docenas, marcadas como camisas de gente metódica y llevándose al infinito
las desgracias que sucedieron en ellas, sin dar vuelta jamás la cara, para
mirar la mísera tarea de sus compañeras; las horas pasaban prendidas las unas a
los faldones de las otras, con su paso uniforme, como soldados de teatro, sin
pararse ni acabarse jamás.
La
número seis o siete de la segunda serie, que había visto esconderse el sol tras
de los edificios, con su cara roja como la de un enfermo de escarlatina,
entraba en el cuarto de Tini envuelta en el crepúsculo, a pedir que
encendieran las luces y pusieran un punto brillante en el vaso de aceite, donde
iba a navegar toda la noche un disco de porcelana con una mecha microscópica.
Los
ojos de Tini, medio empañados ya, veían los círculos difusos de aquella luz
clandestina que alargaba y acortaba sus rayos, en un eterno juego sin
consecuencia y sin destino.
Los
ruidos de la calle se hacían cada vez más raros y se presentaban más separados.
La voz de los vendedores se alejaba; el fragor de los vehículos disminuía y
sólo de tiempo en tiempo, un coche apurado atronaba los aires raspando el
pavimento.
Ruidos,
luces, olores, todo llegaba a Tini como si viniera de otro mundo, y su cabeza
desvanecida poblaba de fantasías increíbles ese cosmos de sensaciones.
Los
médicos entraban, observaban, conversaban, ordenaban y salían silenciosos.
Sólo
uno, el de la casa, se quedaba más tiempo junto a la cama de Tini. Su
jovialidad había desaparecido, su ciencia había medido el abismo y su corazón
de hombre se impresionaba ante aquella desolación inevitable.
-¡Doctor,.
mi hijo se muere! - le decía la madre de Tini -. "Se mueren, repercutía
como un eco en el pecho del médico, pero sus labios no proferían una palabra.
Tini
ya no conocía, su cerebro preparaba voluptuosidades de otro mundo; sus rulos
continuaban esparcidos sobre la
almohada y sólo la cánula, sujeta a su garganta, daba indicios de vida,
roncando flemas y sosteniendo artificialmente una existencia que se
extinguía.
Por
fin sus manos comenzaron a enfriarse; pequeñas esferitas de sudor helado
brotaron en su rostro pálido, un movimiento convulsivo pareció iniciarse;
hubo un momento de quietud extrema... Tini hizo un esfuerzo supremo para
incorporarse: no pudo. Abrió sus grandes ojos, miró fijamente la luz de la
lámpara, estiró los brazos hacia su mamá y los dejó caer de nuevo; la cánula
dio su último ronquido y...
¡Las
horas continuaron pasando con su número de orden, marcadas coño camisas de
gente metódica!...
¡Es
una felicidad morirse en la estación de las flores! El cajón de Tini iba
literalmente cubierto de ellas y la mano callosa del sepulturero, deshizo más
de una corona al tratar de llenar su función municipal.
¡Y
qué bueno es vivir en un pueblo donde hay carruajes de todas clases y de todos
precios empresarios de diligencias, de ómnibus y de coches fúnebres; de coches
fúnebres, sobre todo para casados, para solteros, para viejos y para niños!
¡Qué
gran ventaja poder llevar un buen acompañamiento y que hasta los caballos y
los vehículos se vistan de luto o se adornen con penachos blancos! ¡Cómo
retrata esto los sentimientos humanos! ¡Un llamador con tules negros, un
cuadro de Mesfitófeles cubierto de marino, una vela de estearina con corbata
oscura, y hasta las teteras con capuchón de duelo, con la expresión más seria
del pesar por la pérdida de un deudo!
Las
teteras principalmente, ¡qué té tan amargo hacen cuando están de luto! Y si
ustedes vieran con qué desgano comen su limosna de pasto averiado los caballos
de las cocherías cuando vuelven del cementerio, comprenderían la aflicción que
los oprime y se explicarían el aspecto dolorido que ofrecen cuando cojean su
trote de alquiler, balanceando sus penachos por las calles y caminando sin ojos
delante de un catafalco con ruedas.
Y
los cocheros sentimentales de los acompañamientos, que han aprendido a
afligirse por el fallecimiento de todos los desconocidos, o por la tarea
monótona de transportarlos por el mismo camino y con el mismo paso, ¡qué pesar
insólito manifiestan en sus sombreros abollados y sus guantes de algodón,
mientras metodizan su marcha, gestionando la última cuenta de su patrón, tras
del deudor que llevan a enterrar, junto con las coronas de siemprevivas
marcadas con una calumnia de terciopelo negro que dice:
"¡Eterno recuerdo!"
Tini,
¿ dónde estás? Cuando corre una estrella por los cielos y cae para hundirse en
los mares, ¿tú viajas en ella? Cuando las hojas de los árboles de tu casa
hablan en voz baja con el viento, ¿dicen algo de ti? Cuando mi corazón se
oprime al ver un niño rubio como tú, ¿es tu mano pequeña la que me lo aprieta
desde el otro mundo? Cuando se evaporan las lágrimas que tu muerte ha hecho
derramar sobre la tierra, ¿el pesar que disuelven llega hasta ti? ¿Dónde estás,
dime? ¿Habré de morirme para verte?
¡Pobre
Tini! Las flores de su cajón se han secado hace tiempo, las letras de su nombre
se han carcomido, todo está viejo a su lado, pero el sepulcro que tiene en el
seno materno se conserva nuevo y perfumado.
Su
pelo está en muchos relicarios, su ropa está guardada cuidadosamente y uno de
sus botincitos extraviado que ha sido descubierto en una cómoda antigua, un año
después de no haber ya tal Tini sobre la tierra, ha producido una escena
conmovedora y dolorosa; la imaginación de la madre lo ha llenado con el pie de
Tini, y la niñera asegura que, al ver esa reliquia, ha visto al mismo Tini con
el botín amoldado, duro y torcido, mostrando su dedo rosado por el agujero de
la punta.
Sus
juguetes yacen escondidos; el polichinela se ha quedado en el fondo de un
mueble con los brazos tiesos y los platillos levantados; el tambor y los
soldados están rotos y ¡ya ningún niño jugará con ellos!