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Perdido en la pirámide - Louisa May Alcott

I

—¿Y esto qué es, Paul? —preguntó Evelyn tras abrir una caja de oro deslucido y examinar su contenido con curiosidad.
 
—Semillas de una planta egipcia desconocida —respondió Forsyth, y una repentina sombra le cubrió el rostro mientras miraba los tres granos escarlata que había en la palma extendida de la muchacha.
 
—¿De dónde las sacaste? —preguntó ella.
 
—Es una historia muy extraña, y sólo serviría para que te asustaras si te la cuento —dijo Forsyth con una expresión distraída que despertó aún más la curiosidad de la chica.
 
—Por favor, cuéntamela, me gustan las historias extrañas, y ya casi no me asustan. Ah, por favor cuéntamela; tus historias son siempre tan interesantes —exclamó levantando la mirada con una mezcla tan atractiva de súplica y orden en su encantador rostro que oponerse resultaba imposible.

—Terminarás lamentándolo, y quizás también yo; te advierto que estas misteriosas semillas traen mala suerte a quien las posee —dijo Forsyth, sonriente, incluso cuando frunció las negras cejas y miró a la radiante criatura que tenía ante él con una expresión enamorada pero al mismo tiempo severa.

—Cuéntamela, no me asustan estas pequeñas semillas —respondió ella con ademán imperioso.

—Tus deseos son órdenes para mí. Permíteme que exponga los hechos y luego comenzaré —respondió Forsyth, y se puso a pasear de un lado para otro con la mirada ausente del que pasa las páginas hacia el pasado.

Evelyn lo observó durante unos instantes y después volvió a concentrarse en su bordado, o en la tarea en la que estaba ocupada; una actividad que parecía ajustarse a la perfección a la vital criatura, medio niña, medio mujer.

—Durante mi estancia en Egipto —comenzó Forsyth con calma—, salí un día con mi guía y con el catedrático Niles a explorar las Pirámides de Keops. Niles sentía verdadera obsesión por las antigüedades y se olvidaba del tiempo, del peligro y la fatiga en el fragor de su búsqueda. Hurgaba en todos los recovecos de los estrechos pasajes, medio ahogado por el polvo y el aire cerrado; leía inscripciones en las paredes, tropezaba con sarcófagos rotos, o se quedaba observando los ojos de algún espécimen marchito colgado como un trasgo en los pequeños estantes en los que se apilaba a los muertos durante años. 

»Yo me sentí desesperadamente cansado tras unas cuantas horas y le supliqué al catedrático que volviéramos. Pero él estaba empeñado en explorar ciertos lugares y no quería detenerse. Sólo teníamos un guía, así que me vi obligado a quedarme; pero Jumal, mi hombre, viendo lo agotado que estaba, sugirió que nos quedásemos descansando en uno de los corredores más espaciosos mientras él iba a por otro guía para Niles. 

»Accedimos a ello y, tras asegurarnos que estaríamos totalmente a salvo si no nos apartábamos de ese punto, Jumal se marchó prometiéndonos que regresaría pronto. El catedrático se sentó para tomar algunas notas sobre sus investigaciones, de modo que me tumbé sobre la blanda arena y me quedé dormido.

»Me despertó ese miedo indescriptible que de forma instintiva nos advierte del peligro y, poniéndome de pie de un salto, vi que estaba solo. Una antorcha ardía débilmente donde Jumal la había clavado, pero Niles y la otra antorcha habían desaparecido. Una terrible sensación de soledad me oprimió el pecho durante unos instantes; luego me tranquilicé y eché un vistazo a mi alrededor. Había un trozo de papel clavado en mi sombrero, y en la nota y con la letra del profesor se leían las siguientes palabras:

He retrocedido un poco para refrescarme la memoria sobre ciertos elementos. No me sigas hasta que regrese Jumal. Puedo volver hasta donde estás porque he dejado una pista. Duerme bien y sueña con la gloria de los Faraones. N. N.

»En un primer momento me reí del viejo fanático, pero luego comencé a sentirme nervioso y más tarde intranquilo. Finalmente decidí seguirle cuando descubrí una soga gruesa atada a una roca caída y comprendí que esa era la pista de la que hablaba Nigel. Dejé una nota a Jumal, tomé la antorcha y volví sobre mis pasos siguiendo la soga por el laberinto de pasillos. 

»Le llamaba a gritos a intervalos frecuentes, pero no recibí ninguna respuesta y seguí adelante esperando tras cada esquina encontrar al anciano escudriñando alguna reliquia mohosa. De repente la soga se terminó y a la luz de la antorcha pude ver que las huellas continuaban más allá. “Qué tipo más imprudente, acabará perdiéndose, con toda seguridad”, pensé, ahora ya bastante alarmado.

»Hice un alto en el camino y llegó a mis oídos una débil llamada, respondí, esperé, volví a gritar y una respuesta aún más débil volvió a mí.

»Evidentemente, Niles seguía avanzando, confundido por las reverberaciones de los corredores más profundos. No había tiempo que perder en esos momentos y, olvidándome de mí mismo, clavé profundamente la antorcha en la arena para que me guiase de regreso a la marca, y recorrí a toda prisa el camino que se abría ante mí, soltando alaridos como un demente mientras avanzaba. 

»No quería perder de vista la luz, pero en mi ansia por encontrar a Niles torcí desviándome del corredor principal y seguí corriendo guiándome por su voz. En breve su antorcha me alegró los ojos y pude ver la agonía que había experimentado por cómo se aferraron sus manos a mí.

»—Salgamos de este horrible lugar inmediatamente —dijo secándose los enormes goterones de la frente.

»—Ven, no estamos lejos de la soga. Llegaremos pronto allí y entonces estaremos a salvo —pero incluso mientras decía esto un escalofrío me atravesó el cuerpo: un laberinto perfecto de angostos corredores se extendía interminable frente a nosotros.

»Intentando guiarme por los accidentes del terreno que había podido retener durante mi apresurada carrera, seguí las huellas en la arena hasta que me pareció que debíamos estar cerca de mi antorcha. 

»Sin embargo, no se veía ninguna luz y, tras arrodillarme para examinar las huellas más de cerca, descubrí consternado que había estado siguiendo las huellas equivocadas, porque entre aquellas marcadas más profundamente con tacón de bota, había huellas de pies descalzos; no habíamos llegado allí con el guía, y Jumal llevaba sandalias.

»Me erguí y miré a Nile
s, con la desesperada palabra “¡Perdidos!” dibujada en los labios mientras señalaba la arena traicionera y luego la luz que menguaba rápidamente.

»Pensé que el anciano estaría totalmente asustado pero, para mi sorpresa, parecía bastante calmado y sereno, reflexionó durante unos instantes y luego dijo en voz baja:

»—Otros hombres han pasado antes que nosotros por aquí; sigamos sus pasos, porque, si no estoy equivocado, nos conducirán a corredores menos estrechos, donde podremos orientarnos con más facilidad.

»El profesor continuó la marcha con valentía, hasta que dio un mal paso y salió rodando violentamente por el suelo con una pierna rota y a punto de apagar la antorcha por completo. Era una situación terrible y abandoné toda esperanza mientras me sentaba junto al pobre hombre, el cual yacía exhausto por la fatiga, el remordimiento y el dolor; no iba a abandonarlo.

»—Paul —dijo de pronto—, si no quieres continuar tú solo, nos queda aún una última posibilidad. Recuerdo haber oído que un grupo perdido como nosotros se salvó encendiendo una hoguera. El humo llegó más lejos que el sonido o la luz, y el sagaz guía entendió el origen de la extraña niebla; la siguió y rescató al grupo. Haz un fuego y confía en Jumal.

»—¿Un fuego sin madera?… —comencé a objetar, pero el profesor señaló un estante a mis espaldas, el cual me había pasado totalmente desapercibido en la penumbra; sobre él vi un estrecho cajón de momia. Entonces comprendí: estas cajas secas, de las que hay a cientos en las pirámides, son usadas como leña cuando se necesita. Alargué los brazos y bajé la caja creyendo que estaba vacía; pero al caer se abrió de golpe y salió rodando una momia. 

»Estaba acostumbrado a ese tipo de visiones, pero en ese momento me sobresalté ligeramente porque el susto me había alterado los nervios. Aparté la pequeña y marrón crisálida y rompí el cajón, encendí los maderos con la antorcha y en breve una tenue nube de humo flotaba por los tres corredores que convergían en el espacio con forma de celda en el que nos habíamos detenido.

»Mientras andaba atareado con el fuego, Niles, haciendo caso omiso del dolor y el peligro, se acercó arrastrándose a la momia y la examinó con el interés de un hombre gobernado por una pasión que continuaba indeleble incluso frente a la muerte.

»—Ven y ayúdame a desenrollar esto. Siempre he deseado ser el primero en ver y conseguir los curiosos tesoros escondidos entre los pliegues de estos extraños vendajes. Esta es una mujer, y quizás encontremos algo único y valioso —dijo, y empezó a desplegar el vendaje exterior, que desprendía un extraño y aromático olor.

»Le obedecí de mala gana; sentía que había algo sagrado en los huesos de aquella mujer desconocida. Pero, a fin de pasar el rato y entretener al pobre hombre, le eché una mano. Mientras lo hacíamos me maravillaba que esta cosa oscura y repugnante pudiera haber sido en otros tiempos una bella egipcia de ojos dulces.

»De los pliegues fibrosos del vendaje cayeron piedras preciosas y especias que nos dejaron medio narcotizados por sus potentes efectos, monedas antiguas y una o dos joyas curiosas que Niles examinó durante largo rato.

»Todos los vendajes, excepto uno, fueron finalmente retirados y emergió una cabeza pequeña, redonda, de la que aún pendían enormes trenzas de lo que en otro tiempo fuera una cabellera exuberante. Las manos marchitas estaban cruzadas sobre el pecho sujetando esa caja dorada.

—¡Ah! —gritó Evelyn, dando un respingo y dejando caer la caja de su rosada palma.

—No, no rechaces el tesoro de la pobre momia. Nunca me he perdonado por robarla, o por quemar su cuerpo —dijo Forsyth, dibujando con mayor rapidez, como si el recuerdo de aquella experiencia le transmitiera energía a la mano.

—¡La quemaste! Oh, Paul, ¿qué quieres decir? —preguntó la chica, enderezándose en su asiento con expresión de profunda excitación.

—Te lo contaré. Mientras andábamos atareados con Madame la Momia, nuestro fuego fue debilitándose porque la madera de los ca
jones secos ardía tan rápido como la yesca. Un sonido débil y lejano encogió nuestros corazones y Niles gritó:

»—Apila los maderos. Jumal nos está buscando;
¡no permitas que el humo nos falle ahora o estamos perdidos!

»—Ya no hay más madera; el cajón era muy pequeño y ya no queda nada —respondió desprendiéndome de todas las prendas de mi vestimenta que pudieran arder con rapidez y apilándolas sobre las brasas.

»Niles hizo lo mismo, pero las telas ligeras se consumían rápidamente y no levantaban humo.

»—¡Quema eso! —me ordenó el profesor, señalando a la momia. Dudé unos segundos. De nuevo me llegó el débil eco de un cuerno. Amaba demasiado la vida. Un puñado de huesos secos podría salvarnos y le obedecí en silencio.

»Una columna humeante brotó de la momia en llamas, formando volutas y flotando por los corredores más alejados, amenazando con ahogarnos con su fragante bruma. Mi cabeza comenzó a dar vueltas y bailaban luces ante mis ojos, extraños fantasmas parecían poblar el aire y, cuando fui a preguntar a Niles por qué jadeaba y estaba tan pálido, caí inconsciente.

Evelyn dejó escapar una profunda exhalación y apartó los regalos aromáticos de su regazo, como si su olor le abrumara.

El rostro moreno de Forsyth brillaba entusiasmado al relatar la historia, y sus ojos negros brillaron cuando añadió tras una breve carcajada:

—Eso es todo; Jumal nos encontró y nos sacó, y ambos renunciamos a las pirámides por el resto de nuestros días.

—Pero ¿y la caja?, ¿cómo es que la conservaste? —preguntó Evelyn, mirando la caja con recelo, mientras esta reflejaba un rayo de sol.

—Oh, te la traje de recuerdo, y Niles se guardó las otras joyas.

—Pero tú dijiste que algún mal recaería sobre el poseedor de esas semillas escarlata —insistió la chica; el relato había estimulado su imaginación y sospechaba que aún no había sido desvelado todo.

—Entre su botín Niles encontró un trozo de pergamino. Descifró la inscripción y esta afirmaba que la momia que habíamos quemado tan ruinmente era la de una famosa hechicera que maldeciría a cualquiera que perturbara su descanso eterno. Por supuesto no creo que esa maldición tenga nada que ver con ello, pero es un hecho que Niles nunca levantó cabeza desde aquel día. 

»Él dice que es porque nunca se recuperó de esa caída y del miedo que sintió, y yo me atrevo a asegurar que así es; pero en ocasiones me pregunto si yo también compartiré esa maldición, porque me invaden ciertas supersticiones, y esa pobre y diminuta momia aún me asalta en sueños.

Un largo silencio siguió a estas palabras. Paul siguió pintando de forma mecánica y Evelyn posaba mirándole con expresión pensativa. Pero la tristeza era tan ajena a su naturaleza como las sombras al mediodía; finalmente dejó escapar una alegre risa y dijo mientras volvía a coger la caja:

—¿Por qué no las plantas? Así verás qué maravillosa flor brota de ellas.

—Dudo que brote nada de ellas después de haber estado en las manos de una momia durante siglos —replicó Forsyth con voz grave.

—Déjame que las plante y lo intente. Sabes que se encontró trigo que había brotado y crecido en el ataúd de una momia; ¿por qué no iban a crecer estas hermosas semillas? Me encantaría verlas crecer... ¿me dejas, Paul?

—No, prefiero no probar ese experimento. Tengo un extraño presentimiento sobre este tema y no quiero verme a mí o a alguien a quien aprecio involucrado en todo este asunto de las semillas. Podría tratarse de un terrible veneno, o poseer algún tipo de poder maligno; la hechicera evidentemente las tenía en gran estima al aferrarse a ellas incluso en su tumba.

—Ahora te estás comportando como un tonto supersticioso, y me río de ti. Sé generoso; dame sólo una semilla, sólo para ver cómo crece. Mira, te pagaré por ella —y Evelyn, que se había levantado y estaba junto a él, le besó en la frente mientras le suplicaba de manera sumamente persuasiva.

Pero Forsyth no cedió. Sonrió y le devolvió el abrazo con amorosa calidez; luego lanzó las semillas al fuego y le devolvió la caja dorada susurrándole con ternura:

—Querida, te la llenaré con diamantes o bombones, si así lo deseas, pero no permitiré que juegues con los hechizos de esa bruja. Con los tuyos ya tienes suficiente, así que olvídate de las «hermosas semillas» y observa en qué magnífica Luz del Harén te he convertido en el cuadro.

Evelyn frunció el ceño, luego sonrió y finalmente los amantes salieron al sol primaveral para disfrutar de sus felices esperanzas sin que les perturbara temor alguno.

II

—Tengo una pequeña sorpresa para ti, amor —dijo Forsyth al saludar a su prima tres meses más tarde, la mañana del mismo día de su boda.

—Y yo tengo otra para ti —respondió ella, sonriendo levemente.

—¡Qué pálida estás, y qué delgada se te ve! Todo este lío nupcial ha sido demasiado para ti, Evelyn —dijo él con profunda preocupación, observando la extraña palidez en su rostro y presionando la pequeña y demacrada mano.

—Estoy tan cansada —dijo ella, y apoyó la cabeza exhausta sobre el pecho de su amado—. Ni el sueño ni la comida ni el aire fresco me dan fuerza, y en ocasiones una extraña bruma inunda mi mente. Mamá dice que es el calor, pero tiemblo incluso bajo el sol, mientras que de noche me quema la fiebre. Paul, cariño, me alegro que me lleves a otro lugar para vivir una vida feliz y tranquila contigo, pero me temo que será una vida muy corta.

—¡Mi fantasiosa mujercita! Estás cansada y nerviosa por todas estas preocupaciones, pero unas pocas semanas de descanso en el campo nos traerán de regreso a nuestra radiante Eve. ¿No tienes curiosidad por saber cuál es mi sorpresa? —preguntó él para desviar sus pensamientos.

La mirada perdida en el rostro de la chica dio paso a una de interés, pero mientras le escuchaba parecía necesitar hacer un enorme esfuerzo por retener en su mente las palabras de su amado.

—¿Recuerdas el día que estuvimos revolviendo en el viejo armario?

—Sí —y durante unos segundos una sonrisa se dibujó en sus labios.

—¿Y cuánto deseabas plantar aquellas extrañas semillas que le robé a la momia?

—Lo recuerdo —sus ojos centellearon con un fuego repentino.

—Bueno, las lancé al fuego, o eso pensé, y te devolví la caja vacía. Pero cuando regresé para cubrir el cuadro encontré una de aquellas semillas sobre la alfombra; un repentino deseo de complacerte hizo que se la enviara a Niles y le pidiera que la plantase y me informase de su progreso. 

»Hoy he recibido noticias suyas por primera vez, y me dice que la semilla ha brotado y que ha florecido maravillosamente, y ahora tiene la intención de cortar el primer capullo, si florece a tiempo, para mostrarlo en un congreso científico, después me enviará el verdadero nombre y la propia planta. Por su descripción, debe de tratarse de un ejemplar muy curioso y estoy impaciente por verlo.

—No te hace falta esperar; puedo mostrarte la planta ya florecida —y Evelyn le hizo una seña con una sonrisa méchante, tan ajena a sus labios en otros tiempos.

Sumamente sorprendido, Forsyth la siguió hasta su pequeño tocador, y allí, bajo los rayos del sol, estaba la desconocida planta.

Casi exuberante en su abundancia, lucía unas hojas de un verde intenso y unos tallos delgados y morados; en el centro se alzaba una flor de un blanco fantasmal, con forma de cabeza de serpiente encapuchada y estambres rojos como lenguas bífidas, y sobre sus pétalos se observaban unas manchas brillantes, como si fueran gotas de rocío.

—¡Qué flor más extraña y misteriosa! ¿Desprende algún aroma? —preguntó Forsyth mientras se inclinaba para observarla de cerca, tan intrigado por la planta que olvidó preguntar cómo había llegado hasta allí.

—Ninguno, y eso me ha decepcionado; me gustan tanto los perfumes… —respondió la joven acariciando las verdes hojas, que temblaron bajo sus dedos, mientras que los tallos adquirieron un color morado más oscuro.

—Ahora cuéntame cómo ha llegado aquí —dijo Forsyth tras permanecer en silencio durante unos minutos.

—Yo entré en la estancia antes que tú y me guardé una de las semillas, porque fueron dos las que cayeron sobre la alfombra. La planté bajo una campana de cristal en la tierra más fértil que encontré, la regué fervorosamente y me sorprendió la rapidez con la que creció desde el momento en que brotó de la tierra. 

»No se lo dije a nadie porque quería darte una sorpresa; pero le ha llevado tanto tiempo florecer al capullo que tuve que esperar. Es un buen presagio que haya florecido justamente hoy, y como ya está casi totalmente blanca tengo intención de llevarla puesta para la boda; le he cogido bastante apego después de haberla cuidado durante tanto tiempo.

—Yo no me la pondría… a pesar de su color inocente tiene un aspecto maligno, con esa lengua de víbora y ese extraño rocío. Espera a que Niles nos diga qué es y luego sigue cuidándola si es inofensiva. Quizás mi hechicera le tenía tanto aprecio simplemente por su belleza simbólica… esos antiguos egipcios creían en todo tipo de fantasías. 

»Fuiste muy astuta y te adelantaste a mí. Pero te perdono porque dentro de unas pocas horas encadenaré esta misteriosa mano a la mía para siempre. ¡Qué fría está! Sal al jardín y toma un poco de sol y color para esta noche, amor mío.

Pero cuando llegó la noche nadie pudo reprochar palidez alguna a la joven: tenía el rubor de una flor de granado, sus ojos centelleaban con un fuego intenso, sus labios estaban encarnados y toda su antigua vitalidad parecía haber retornado a su cuerpo. 

Nunca jamás hubo novia más radiante bajo un velo nupcial, y cuando su amado la vio quedó totalmente anonadado por la belleza casi sobrenatural que había transformado a la pálida y lánguida criatura de la mañana en aquella mujer resplandeciente.

Se desposaron y, si el amor, la infinidad de parabienes y lujosos regalos que llovieron sobre ellos podía hacerles felices, entonces esta joven pareja resultó tremendamente bendecida. Pero incluso en el éxtasis del momento en que la desposaba, Forsyth notó la frialdad de la mano que sostenía, notó el febril rubor oscuro de las suaves mejillas que besó, y el extraño fuego que ardía en los tiernos ojos que le miraban enamorados.

Alegre y bella como un espíritu, la sonriente novia cumplió su papel en todas las festividades de aquella larga velada, y cuando finalmente la luz, la vida y el color comenzaron a desvanecerse de su cuerpo, los amorosos ojos que la observaban lo achacaron al cansancio de las altas horas. 

Cuando los últimos invitados partieron, un sirviente se acercó a Forsyth y le entregó una carta marcada con «Urgente». La abrió y leyó las siguientes líneas escritas por un amigo del profesor:

ESTIMADO SEÑOR… el pobre Niles murió repentinamente hace dos días mientras se encontraba en el Club Científico, y sus últimas palabras fueron: «Adviertan a Paul Forsyth que se proteja de la Maldición de la Momia, porque esa flor letal me ha arrebatado la vida». Las circunstancias de su muerte fueron tan extrañas que he añadido la narración de las mismas a este mensaje. 

Durante varios meses, como nos había informado el profesor, tuvo bajo observación una planta desconocida, y esa tarde nos trajo la flor para que la examináramos. Otras cuestiones de interés nos absorbieron hasta bien entrada la noche y nos olvidamos de la planta. 

El profesor la llevaba en el ojal de su chaqueta… era una flor blanca extraña y con forma de cabeza de serpiente, con puntos claros brillantes que lentamente cambiaron a un tono rojo brillante, como si las hojas estuvieran salpicadas de sangre. 

Se observó que, en lugar de la palidez y debilidad que había estado padeciendo últimamente, el profesor se mostró esa tarde inusualmente animado y parecía hallarse en un estado sobrenatural de excitación. 

Pero casi al final de la reunión, en medio de una animada discusión, se derrumbó como si sufriera un ataque de apoplejía. Se le trasladó a su casa inconsciente y, tras un breve intervalo de lucidez en el que me dio el mensaje que he citado más arriba, murió entre enormes dolores, delirando sobre momias, pirámides, serpientes y alguna maldición mortal que había recaído sobre él. 

Tras su muerte, aparecieron sobre su piel unas manchas de color escarlata amoratado, como las de los pétalos de la flor, y se consumió como una hoja marchita. Siguiendo mis órdenes, la misteriosa planta fue examinada y una de las voces más autorizadas en la materia certificó que la muerte había sido causada por uno de los venenos más potentes conocidos por las hechiceras egipcias. 

La planta absorbe lentamente la vitalidad de la persona que la cultiva y, si se lleva puesta la flor durante dos o tres horas, sobreviene en el sujeto o la locura o la muerte. 

El papel cayó de la mano de Forsyth; no siguió leyendo y regresó corriendo al cuarto en el que había dejado a su joven esposa. Se la veía totalmente exhausta sobre el sillón y dormitaba allí inmóvil con el rostro medio tapado por los finos pliegues del velo.

—¡Evelyn, mi amor! Despierta y respóndeme. ¿Te pusiste esa extraña flor hoy? —susurró Forsyth apartando el etéreo velo.

No hizo falta que respondiera, porque allí, reluciendo espectralmente sobre su pecho, estaba la flor maligna, sus pétalos blancos estaban ahora salpicados de puntos escarlata, tan vivos como gotas de sangre recién derramada.

Pero el infeliz novio apenas pudo mirarla, porque más arriba el rostro lo dejó profundamente conmocionado por su total vacuidad. Demacrado y pálido, como si hubiera sido consumido por alguna enfermedad, el joven rostro que fuera tan bello tan sólo unas horas antes, ahora se le mostraba envejecido y marchitado por la siniestra influencia de la planta que se bebió su vida. 

No se veía ningún destello de reconocimien
to en sus ojos, ni sonaba palabra alguna en sus labios, no hizo ademán alguno con su mano… tan sólo una respiración débil, un pulso tembloroso y unos ojos totalmente abiertos indicaban que aún estaba con vida.

¡Ay de la pobre y joven esposa! El miedo supersticioso del que antes se había reído terminó probando ser cierto: la maldición que hab
ía estado esperando su oportunidad durante años fue al fin cumplida, y con su propia mano destruyó su felicidad para siempre. 

La muerte en vid
a fue su destino, y durante años Forsyth se recluyó para profesar una patética devoción al pálido fantasma, el cual nunca, ni con una palabra ni una mirada, pudo agradecerle el amor que sobrevivió incluso a un destino como este.