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El zapato maravilloso (travesura) - Marcus Aguinis

    Aprieta su carita contra los barrotes fríos del balcón. No consigue pasar la cabeza, pero logra ver el asfalto azul, seis pisos abajo. En el centro de la calle, solo, brilloso, está su zapatito derecho. Lo anduvo buscando en cajones, bajo las camas, en la heladera, en los bolsos de mamá. ¿Cómo fue a parar allí? No recuerda haberlo arrojado. Tampoco fue su hermanito: tiene apenas cuatro meses y no sale de la cuna. 
 
    En su casa no hay gatos ni perros, aunque hace tiempo que los pide con lágrimas y sonrisas al inflexible papá (es mamá la que no los quiere; dice que ensucian todo, pero la que ensucia es ella, basta con mirar la cocina).

La punta del zapato enfrenta a los vehículos. Se le arrojan encima con apuro, como bólidos. Pero no lo destruyen. A lo sumo agitan sus cordones como si fueran cabellos.

Ricardito permanece encantado en su atalaya. No hubiera sospechado que el zapato goza de poderes. Es nuevo, se lo compraron con urgencia antes de su reciente cumpleaños. 

Venía oyendo repetir a mamá que necesita zapatos, pero pasaban los días sin que trajera la anunciada caja. No entendía para qué hablaba tanto del asunto: cuando él deseaba una golosina, le bastaba agenciarse unas monedas y bajar al quiosco. Mamá no tenía más que ir a la zapatería.

Es evidente que le gustaba quejarse sin motivo. Antes del cumpleaños corrió como una loca. Y además de cursar las invitaciones y preparar la torta y comprar las bebidas y colgar banderitas e inflar los globos, tuvo que salir a buscar zapatos. 

Si le hubiera hecho caso a él, los zapatos ya habrían estado en casa mucho antes. ¡Y también destrozados!, replicó ella. Se los trajo a último momento para que lucieran nuevos, no porque le faltara tiempo. ¡Ufa, qué complicada es mamá!

Hermoso el zapatito derecho. Ahora lo ve hermoso. Brilla sobre el asfalto más que su par izquierdo, tranquilo en la caja, indiferente, vulgar. Este zapatito derecho le recuerda al Súper ratón. Se ríe de las moles que amenazan aplastarlo. No se mueve de su sitio, ni se bambolea con las ráfagas violentas, ni siquiera se molesta en enderezar la punta un poco desviada hacia los edificios de enfrente. 

Los gigantes braman, rabiosos. Ahora vienen de a cuatro juntos, rozándose los costados. Forman un ejército interminable. El semáforo de la esquina los detiene cada tres minutos. Entonces el valiente zapatito respira en medio de la planicie asfáltica. Como un luchador insigne, que no reclama ayuda, sino que espera con regodeo a sus enemigos. Y los enemigos se vuelven a abalanzar en tropel fragoroso. Pero no logran despedazarlo. Este lugar es mío, yo lo conquisté.

Ricardito se quedaría horas gozando la aventura.

Pero su madre lo llama. En ese momento el semáforo frena la jauría. Pronto se repetirá la lucha y el pequeño deberá soportar la arremetida de los monstruos. Su madre sigue llamando. Luz verde: ¡los monstruos arrancan! Hay uno más pequeño, amarillento, que se mete entre los cuatro. Su rueda izquierda le pasará exactamente por encima. Será inevitable el accidente. Mamá ya profiere gritos. Pasa el amarillento en línea recta. Detrás siguen los otros, blancos, rojos, azules, negros. Aún no puede distinguir la calzada. Es un río de elefantes mecánicos. Más largo que nunca. Su madre le sacude el hombro. El semáforo no cambia de color. Su madre lo quiere arrancar de los barrotes. Ricardito no se suelta. Y profiere una exclamación de júbilo. ¡Está intacto!: sólo le desviaron la puntera. ¡Es el vencedor! Su madre también lo reconoce. Pero no se alegra. Le aplica un tirón de pelos a Ricardito: ¡por qué lo arrojaste a la calle! Está furiosa, no entiende nada Y corre a buscarlo. En un instante llega al cordón de la vereda. Se la nota impaciente, la nueva correntada de vehículos le impide acercarse, se retuerce los dedos, está segura que lo arruinarán, adiós dinero; la pobre ignora sus poderes mágicos. El semáforo concede un respiro. Lo levanta, lo examina por arriba y por abajo, asombrada, y aparece tras Ricardito con mejor semblante.

Después de comer, mientras ella lava la vajilla y papá lee el diario, se esconde con el zapato en el placard. Deja unos centímetros de abertura para que penetre una raya de luz. El placard es muy confortable. El aroma de vestidos, frazadas, sábanas, le resulta embriagador. Apoya sus pies sobre un montículo de blusas y su espalda contra los abrigos colgantes. 

En la penumbra no hay demasiado orden. Mejor. Acaricia el empeine del zapatito mágico. Lo felicita. No tiene un solo raspón. Aquí, en la punta, deben estar sus ojos invisibles. Con ellos miraba y desafiaba el aluvión de autos. Y de cada uno de los agujeros por donde pasa el cordón emergían sus puñitos de acero, con los que lograba apartar las ruedas asesinas. 

Contempla sus propios puños y los supone idénticos a los del zapatito. Cuando el auto amarillento se le fue directamente encima, pudo ser que el zapatito se hubiera abierto como una alfombra y después hubiera recuperado su forma primitiva. Tiene muchas maneras de hacer la guerra. Puede agrandarse de golpe. Agrandarse mucho, mucho, de manera que los monstruos, en lugar de aplastarlo, se encuentren corriendo dentro de su panza, como bichitos insignificantes.

¡Zas! su hermanito empieza a llorar. Tiene hambre y está aburrido. Iría a consolarlo, pero se lo prohibieron. Le mostraría su zapatito maravilloso. Quizá entienda más que sus padres. Cuando vinieron sus amigos para el cumpleaños, presentó al bebé con orgullo; la mayoría lo contempló de lejos, con cierto temor; algunos apoyaron sus manos en el borde de la cuna preguntando cómo se llama, qué come, si habla y otras tonterías; y hubo también uno bastante atrevido que le acercó el dedo a la boca. El hermanito se divertía, pero mamá, “para que no molestara”, lo encerró en el dormitorio. El pobre se perdió el espectáculo de títeres además de la torta con velitas.

El bebé pesa más que el zapato. Pero Ricardito lo puede sacar de la cuna y volverlo a poner. No obstante, cada vez que lo intenta, mamá y papá vienen corriendo con la mano en el corazón. Una vez casi se le cae a mamá del cambiador blanco y Ricardito ni la retó, ni le tiró de las mechas, ni le prohibió que lo siguiera cambiando. Tampoco le dejan darle el biberón: dicen que se ahoga. Sin embargo, también se ahoga cuando lo sostiene papá y ni hablar cuando es la vecina del octavo piso.

Se acordaron del pequeño prisionero cuando papá tuvo listo el aparato de fotografías. Le mojaron la boca con agua azucarada, lo movieron de aquí para allá y por último consiguieron tranquilizarlo con un chupete embebido en miel. Pero papá se empeñaba en sacarle una instantánea sin chupete. No había caso: o el chupete o los berridos. Está bien —terminó por rendirse—: encajale el tapón y que se calle. Ricardito pidió una foto teniéndolo en brazos, sin éxito. Lo recluyeron nuevamente en el dormitorio.

Terminaba el cumpleaños. Quedaban cinco chicos. Papá y mamá acompañaron a los padres de Miguel hasta la calle. Se entretuvieron largo rato contándose las peripecias del último veraneo. Al regresar, en el ascensor coincidieron sobre el éxito de la fiestita: concurrieron muchos niños y les costó relativamente poco; lo más caro fue la animadora, que accedió a cobrarles la mitad por ser amiga de tía Justa. Se sentían cansados y con ganas de dormir. Pronto vendrían a buscar a los niños restantes.

De súbito les chocó el extraño silencio. Los cinco chicos permanecían alineados en el living, de frente al largo sofá. Estallaron risas y aplausos cuando apareció el títere, detrás del respaldo que servía de referencia escénica. Mamá casi se desmaya. 

Ricardito movía el títere para arriba y para abajo, izquierda y derecha. La redonda cabecita del muñeco sonreía con inédita felicidad. Y parecía hablarle a la audiencia. Sus ojitos brillaban. Sus bracitos algo flexionados y rígidos parecían dispuestos a cumplir con las amenazas que profería la voz en falsete. 

Papá se abalanzó hacia el sofá, tropezó con varios cuerpos y se lo arrancó a Ricardito. El muñeco, tras un instante de perplejidad, se asustó y rompió a llorar. La madre, aún pálida, se apresuró a meterle el chupete y, recibiéndolo de papá, lo estrechó contra su pecho con exageradas e inoportunas muestras de cariño. 

Encima de arruinarle la actuación, lo hicieron aparecer como un supermimado. Papá dio un manotazo contra Ricardito, que salió corriendo. Desde entonces ya no le permiten jugar en ningún momento y bajo ninguna forma con el bebé.

Ahora tiene un zapato maravilloso. En cuanto mamá se distraiga en el lavadero, sentará a su hermanito sobre el brillante empeine. El zapato crecerá hasta convertirse en un bote. Y saldrá volando. ¡Qué contento se sentirá el pobre, que se la pasa encerrado en su cuna celeste! Verá los techos, y la parte superior de los árboles. Se cruzará con algunos pájaros. Desde arriba todo es distinto. 

Lo comprobó en el Italpark, cuando lo llevaron a dar una vuelta en la rueda gigante. Al principio tuvo miedo y se agarró tan fuerte de la baranda que sus nudillos se pusieron blancos como la miga, pero a la segunda vuelta ya se soltó y pudo regocijarse con el colorido mundo, que pululaba a sus pies. Su hermanito se lo agradecerá cuando pueda hablar.

En este momento lo están llamando a gritos otra vez. Insisten que se bañe todas las noches. Pero a Ricardito no le gusta el primer contacto con el agua. Es cierto que después se acostumbra y se divierte, tardando en salir. Entonces protestan porque se baña demasiado. 

Una vez armaron un escándalo porque se bañaba a oscuras. Como si el agua necesitara de la luz para limpiar la mugre. Simplemente se había olvidado de encenderla, o no tuvo ganas de hacerlo, y como la bañera ya tenía suficiente agua, cerró la puerta y se zambulló. Estaba encantado. Chapoteaba que daba gusto. Se sentía en un lago. No divisaba la costa. Algunas gotas prendían lucecitas. Así debía ser el mar. Nadando un poco llegaría a la isla donde crecen bananas silvestres. Le pareció distinguir una montaña. Nadaba y cantaba. Algunos peces dibujaban anillos alrededor de sus piernas y brazos. Le faltaba poco para llegar. Ya tocaba la arena del fondo. Qué delicia... En eso estalla un fogonazo que lo ciega. Espanta el lago, los peces brillantes, la isla. Un toallón cae sobre su cabeza y mamá lo arranca con reproches sin sentido.

Nuevo conflicto: su madre no acepta que duerma con el zapato mágico. Si fueras mujer —explica— tendrías una muñeca, pero ¡un zapato sobre la almohada!... Papá propone cambiarlo por el astronauta, soñarás con un lindo viaje; el zapato es sucio, nadie duerme con un zapato al lado de la cara. 

Ricardito no cede: aprieta con energía al pequeño objeto. La madre suspira: veo que te has arrepentido, casi lo perdés; no se te ocurra tirarlo de nuevo por el balcón. Ricardito piensa que no vale la pena insistir que él no lo tiró, que no es un zapato vulgar sino maravilloso, y lo acomoda en el suelo, junto a la cama. Sus padres se alejan gratificados y tan ignorantes como vinieron.

Después de varios días consigue llevar a cabo su audaz plan aéreo. Mamá lo controla como nunca. Y cuando ella sale, baja la insoportable vecina del octavo. Su hermanito no da más de aburrimiento: come, duerme y llora. Con el llanto le dice a Ricardito que se apure, por favor, para hacerlo volar en el zapato maravilloso por sobre las terrazas y los árboles.

Se presenta la ansiada ocasión. Mamá tiende ropa aprovechando la espléndida mañana. La vecina del octavo está enferma; enhorabuena. Corre al dormitorio y saca a su hermanito de la cuna. Pesa más que la última vez. No importa. Lo acuesta sobre el zapato mágico. Pero algo lo asusta y empieza a llorar. Cuando reingresa la madre ha conseguido, felizmente, depositarlo en su sitio y simula ofrecerle el chupete. 

Ricardito piensa que el bebé tiene razón: el zapato no puede transformarse en bote dentro del cuarto y salir volando por la estrecha ventana. Sus grandiosos poderes se manifiestan al aire libre, en plena calle, sobre la hermosa cancha de asfalto. Allí colocará la maravilla y a su hermanito encima. Los autos se asombrarán cuando se convierta en bote y alce vuelo en el mismo instante que el semáforo marque verde.

Introduce el objeto prodigioso en su bolsillo para conservar las manos libres. Carga a su hermanito y llama el ascensor. No llora, sus ojitos redondos tienen el mismo júbilo que cuando actuaba de títere. Seguramente imagina su fabuloso viaje entre los gorriones. Ningún enemigo cierra el paso, mamá sigue en el lavadero. Llegan a la vereda. 

El semáforo detiene a los monstruos rugientes. Hay que proceder rápido. Se lanza a la calle, descarga el bebé, acomoda el zapato, sube al bebé sobre el zapato. Pronto se transformará en bote y navegará por el aire. Desde el balcón podrá contemplar el espectáculo. Ya no verá la solitaria y breve rayita de cuero, sino el bulto lechoso de su hermanito que empieza a ser rodeado por las confortables paredes del bote volador.

El semáforo suprime el freno y los monstruos arrancan como bólidos. En la primera línea son cuatro. Su zapatito se transformará a tiempo, le alcanzan los poderes para actuar de manera fulminante. Y ante el desconcierto general, iniciará su elevación. Pero no lo hace aún... Las moles se aproximan a la carrera. Braman con rabia. Aunque se lo propusieran, ya no podrían frenar. 

Ricardito confía en su zapato. Sabe que se reserva el efecto espectacular para el último instante. Como en la tele. Se ensanchará de golpe. En el preciso momento en que las ruedas se abalancen sobre su hermanito, dará un brinco a las alturas. Entonces el torrente mecánico y violento pasará sobre la calle limpia de obstáculos.

Ya tocan a su hermanito. ¡Ahora o nunca!... Los autos negros y rojos y azules y cremas siguen corriendo con pareja velocidad. Lanzan gases, los neumáticos queman. El suelo es arrasado por las llamaradas.

Otra vez cambia la luz del semáforo. La calle se vacía. No hay rastros del zapatito mágico ni del bebé. Mira hacia arriba y descubre el luminoso bote sobrevolando majestuosamente la ciudad.

Esa noche, cuando le ordenan que se vaya a dar el baño, tiene ganas de contar el prodigio. Pero mamá, concentrada en preparar el biberón, no entiende estas cosas.

Yo y El Imbécil - Elvira Lindo

 LOS BERNABÉS

Por la mañana, nos levantamos y nos costó lo menos 30 segundos saber dónde estábamos: en casa de la Luisa, porque mi madre se había quedado en el hospital con mi abuelo, que ya no tenía próstata. A no ser, claro, que se hubieran equivocado y en vez de la próstata le hubieran quitado el hígado, que es una cosa que, por lo que cuenta la Luisa, ocurre bastante en los hospitales. Es que ella hizo durante un tiempo una colección de errores médicos; son recortes que tiene de periódicos y cosas que le ha contado la gente y que tiene escritas. Dice que un día hará un libro con todo eso y será un best-seller y retirará a Bernabé de trabajar y se irán a una playa con bastantes palmeras y nos llevarán a mí y al Imbécil para que les espantemos las moscas con una rama mientras ellos toman el sol con el dinero del best-seller bien cerquita, para que no se lo quite nadie, dentro de la riñonera, bien pegado a la barriga. Si algún día ves en una playa tropical a un matrimonio con dos riñoneras bien atadas a la cintura y dos niños espantándoles las moscas con una rama (uno de ellos con gafas): somos nosotros.

Yo le pregunté a la Luisa durante el desayuno cuánto tiempo podía vivir un abuelo sin hígado. Yo qué sé, por ponerme en lo peor y pensar que al cirujano se le hubiera ido la olla y hubiera cortado por otro lado.  Y cuando la Luisa me dijo que un abuelo sin hígado no duraba ni una mañana, me entró una angustia de pensar que a lo mejor no volvíamos a ver a mi abuelo vivo, que me puse pálido y la Luisa se asustó y me gritó: «Pero, ¿qué te pasa, qué te pasa?», y cuando le pude decir con mi boca sin saliva que tenía miedo de tener en esos momentos un abuelo sin hígado y sin vida, la Luisa me tranquilizó un poco y me dijo que ella sabía por mi madre que mi abuelo estaba superbien y yo mismo lo iba a ver con mis propios ojos, porque por la tarde ella nos iba a llevar al hospital para llevarle unos bombones que nos íbamos a comer nosotros mismos, porque los abuelos recién operados no pueden comer bombones; se tienen que comer los nietos todos los de la caja. Eso me dejó un poco más tranquilo, pero dentro de mi cerebro sabía que hasta que no viera a mi abu por la tarde no me creería del todo las palabras de la Luisa, que, como dice mi madre, miente más que habla.

El desayuno aquella mañana en casa de la Luisa fue paranormal, porque el Imbécil no tiró ni una pizca de su leche (en mi casa la tira todos los días), y eso es algo que ni había sucedido antes, desde que yo tengo memoria cerebral, ni ha vuelto a suceder después de ese día. Cosas raras que pasan, acontecimientos extraños que no vuelven a repetirse en cientos de años, como el paso de un cometa o la caída de un meteorito.

La Luisa nos dijo que nos teníamos que quedar solos mientras ella se iba a la peluquería, porque «con estos pelos que llevo», dijo, «no puedo ir esta tarde a un hospital». Y dijo que teníamos que ser responsables y cuidar de sus animales. No es que el piso de la Luisa sea una granja, pero hay un pez, un canario y la famosa Boni, y hay que estar pendientes de su comida y de que no se devoren los unos a los otros, porque los animales parecen muy buenos, pero después de ver los documentales con los que se duerme mi abuelo por la tarde te queda la duda: ves un canario amarillo que siempre te ha parecido tan inocente y, la verdad, lo menos que piensas es que como se le cruce un cable al canario ese te da un picotazo y te puede sacar un ojo y comérselo allí mismo, en su misma jaula.

Le dijimos a la Luisa adiós, adiós, y allí nos quedamos, vestidos con los pijamas de Bernabé, porque la Luisa nos dijo que para estar en casa el pijama es lo mejor. En cuanto se fue, el Imbécil tuvo la idea de que fuéramos al armario de los peluquines y nos pusiéramos cada uno en nuestras cabezas uno de los peluquines de Bernabé. Yo le dije que antes debíamos asegurarnos de que la Luisa se había ido de verdad. Así que nos asomamos a la ventana y la vimos que hablaba con una vecina, que hablaba con otra (¿por qué siempre tiene que hablar tanto?) y luego se metía en la peluquería Don Moño, que es la peluquería a la que van todas las mujeres que yo he conocido en mi vida. Al fin éramos libres.

Nos pusimos cada uno nuestro peluquín. El Imbécil se puso el que se hizo Bernabé con el propio pelo de la Luisa, y yo me puse uno más serio, más oscuro, el que utiliza mi padrino para las bodas o las comuniones. Y una vez que estuvimos los dos disfrazados de Bernabé, jugamos a ser veterinarios. Pero antes nos enfadamos y estuvimos a punto de no jugar porque los dos queríamos llamarnos Bernabé y, claro, lo que yo le decía, que es muy raro ir a una clínica veterinaria y encontrarse a dos hermanos veterinarios que se llamen los dos de la misma manera. Intenté convencerlo y le propuse varios nombres: Francisco, Eusebio, Vicente... Nombres que a mí me parece que están bien cuando uno es veterinario, pero el Imbécil dijo que no y que no, y que si no se llamaba Bernabé no jugaba ni a eso ni a nada. A mí me gustaría tener un hermano pequeño para poder mandarle todo lo que yo quisiera; creo que para eso tienen que ser los hermanos pequeños, pero el Imbécil es un niño que nació para ir a su bola y es muy cabezota.

—El nene se llama Bernabé —me dijo cruzándose de brazos—. Y Manolito, que se llame Francisco o Vicente si quiere.

A mí tampoco me dio la gana, así que llegamos los dos a un acuerdo: seríamos los primeros hermanos en la historia que se llamarían igual. Nuestra clínica veterinaria se llamaría Los Bernabés, y vendría mucha gente del mundo entero a ver con sus propios ojos a dos hermanos que se llamaban igual y se dedicaban a lo mismo. Y cuando alguien dijera: «Traigo a esta perra rabiosa a que la cure el veterinario, ¿dónde está el doctor Bernabé?», los dos nos pondríamos detrás del mostrador con una gran sonrisa y diríamos: «Nosotros somos el doctor Bernabé», y uno miraría a la perra rabiosa por la parte del rabo y el otro por la parte de la boca. Y tan contentos.

Los Bernabés nos pusimos a cuidar a nuestros tres animales. Yo, para empezar, solté a Tutto (el canario), para que se diera unos cuantos vuelos por ahí mientras yo le limpiaba la jaula, porque no quería poner la jaula debajo de la ducha con el canario dentro. Y el otro Bernabé (el Imbécil) se puso a buscar un termómetro para ponérselo a la Boni. De Fernandito, el pez, nos ocuparíamos más tarde, porque, según el Imbécil, el agua de la pecera estaba muy fría y el pez Fernandito se podía constipar. «Los Bernabés: pon a tus animales en las mejores manos (cuatro)»; así pensábamos anunciarnos en las páginas amarillas.

EL SOLDADO DESCONOCIDO

Fue bastante difícil ponerle el termómetro a la Boni, porque cuando la perra de la Luisa vio que habíamos soltado al canario Tutto, se puso que parecía que había cogido la rabia. Faltó muy poco para que se lo merendara. El canario volaba muy mal, daba pena verlo; vamos, que sólo volaba unos saltitos que eso no es volar ni es nada.

—El nene vuela mejor —dijo el Imbécil.

Y tenía razón, porque yo he visto volar al Imbécil, cuando jugamos a Superman o cosas así, y de verdad que se da más maña para volar que aquel canario. Claro, que al Imbécil lo tenemos en libertad, y eso ayuda. Aquel canario llevaba preso mucho tiempo y las plumas no le rulaban.

Tutto fue dando saltitos en la zona que tiene la Luisa dedicada a Lugares Históricos del Mundo. Saltó del pergamino egipcio a unos fósiles que compró en el Pryca una vez que celebraron la Semana de la Prehistoria Terrenal, y luego saltó a la cabeza de los luchadores de Sumo, y luego a un póster que tiene de Viena, que es el sitio adonde le gustaría ir a la Luisa, pero no va por si a Bernabé se le vuela el peluquín mientras bailan el vals y todo el mundo se ríe. Allí se quedó Tutto, encima del marco de la foto de Viena. Y la Boni se subió a una silla y se puso a ladrar y a enseñarle los dientes al canario, que daba miedo verla. De pronto, la Boni, esa perra de cojín, como dice la Luisa, se había transformado en una perra de presa. El Imbécil, que tiene mucho valor, insistió en ponerle el termómetro porque dijo que él era un veterinario que no le temía a ningún animal salvaje. Fue a levantarle la pata a la Boni para ponérselo, y la Boni hizo un gesto al bies con la boca, enseñándole los dientes, que por poco se come el termómetro y la mano de su veterinario.

El veterinario era valeroso hasta cierto punto, claro, porque fue ver que la Boni le podía morder, y me echó las manos al cuello para que le cogiera en brazos. Los dos nos quedamos un rato detrás del sofá oyendo gruñir a la Boni y bastante preocupados. Al Imbécil se le ocurrió que en estos casos hay que ponerle a la perra una inyección antirrábica de urgencia, y a mí me pareció muy bien, sólo que, como no teníamos la inyección, tuvimos que pensar en otra cosa. Entonces, el Imbécil, el niño de las grandes ideas, me dijo que podíamos encerrar a la Boni en la cocina y luego cazar a Tutto y volverle a meter en la jaula, porque un canario que vuela tan mal no se merece andar por ahí suelto por los Lugares Históricos del Mundo. Yo le dije al Imbécil que muy bien, que encerrábamos a la Boni en la cocina; pero, ¿cómo?, fue la pregunta que me hice y que se estará haciendo ya media España. Entonces el Imbécil se convirtió en un niño de acción y me dijo allí mismo, detrás del sofá:

—Cubre al nene, cúbrele.

Yo no sabía lo que quería decir hasta que lo vi salir arrastrándose, como van los soldados en las películas de una trinchera a otra. Sólo le faltaban un casco y unas hojas de árbol en la cabeza para ser por completo el soldado desconocido. A mí no se me ocurría con qué cubrirle; desde luego, no pensaba salir de detrás del sofá, no fuera a ser que la Boni, esa perra de presa, se lanzara sobre mí; así que hice lo que haría cualquier soldado: me quedé detrás de la trinchera, con mi brazo estirado como una ametralladora, y apunté a la Boni para proteger a mi hermano, el soldado desconocido. Para que te des cuenta de la gran imaginación que tenemos los niños de la infancia.

 El Imbécil llegó a la cocina y le oí que abría la nevera. «¿Qué hace?», me pregunté mientras no paraba de apuntar a la Boni. Oía que el Imbécil revolvía en la nevera, sacaba platos, abría cajones. «¿Se habrá vuelto loco el soldado desconocido?», me seguí preguntando. Al fin y al cabo, a muchos les pasa eso de la supertensión bélica. Yo, desde luego, no me pensaba mover de mi refugio, porque yo era el clásico soldado que no se arriesga; es más, como la cosa se pusiera muy fea en aquella casa de animales salvajes, podía andar por detrás del sofá, y llegar desde mi trinchera a la misma puerta de la calle y ser el clásico soldado desertor.

Pero pronto comprendí lo que iba a hacer el Imbécil. Salió de la cocina con un filete crudo en la mano y se lo escondió en la espalda. Se puso en medio del salón y miró a la Boni con una gran sonrisa en los labios.

—Boni, bonita... Boni, bonita...

La Boni le enseñó sus colmillos por toda respuesta y volvió a mirar al canario, que seguía encima de Viena. Parecía que le estaba advirtiendo: «Mira, niño, no me molestes ahora, que estoy esperando a que se caiga este pájaro del cuadro para zampármelo». Pero el Imbécil insistió: «Boni, bonita...».

La Boni perdió la paciencia, se bajó de la silla y fue hacia él. Yo estaba a punto de echar a correr hacia la puerta y ser de una vez por todas el soldado desertor, cuando vi que el Imbécil, con la misma sonrisa, sacó el filete de su espalda y lo lanzó hacia la cocina. La Boni miró un momento al canario y miró un momento el filete en el suelo de la cocina, y pensó: «¿Qué prefiero, un filete lleno de carne o un canario lleno de huesos?». Se decidió por el filete y se tiró como loca a por él. Entonces fue cuando el Imbécil cerró la puerta de la cocina, y dijo: «Ya está». El soldado desertor (yo) salió de detrás del sofá, alucinado con la hazaña del soldado desconocido, y le felicitó, porque ser desertor no quita que no reconozcas cuándo los demás hacen las cosas bien. Ahora sólo nos quedaba cazar a Tutto, que seguía muerto de miedo allá arriba, temblando, como hubiera estado cualquiera camino del matadero. Yo dejé que fuera el Imbécil el que decidiera, porque estaba claro que en hazañas bélicas él era el líder.

—Lo cazamos con el peluquín —dijo.

Y se quitó el peluquín de Bernabé de la cabeza, se subió a la silla y empezó a tirar el peluquín hacia el cuadro. A la quinta vez, el peluquín cayó encima del pobre Tutto (que tenía un tutto de muerte), y el canario y el peluquín fueron a parar al suelo. Yo, por colaborar, traje corriendo la jaula de Tutto, y el Imbécil metió en la jaula el peluquín de Bernabé con Tutto dentro. El canario salió de entre los pelos del peluquín y se puso a cantar. Nosotros pensamos que estaba bastante agradecido.

Y yo me quedé mirando al Imbécil con una admiración sin límites. 

FERNANDITO, UN PEZ SIN HOGAR

Con la Boni encerrada en la cocina y Tutto encerrado en su jaula, yo y el Imbécil (los Bernabés) teníamos las manos libres para ocuparnos del pobre pez Fernandito. Fernandito es un pez que tiene muy buen carácter, como casi todos los peces, quitando los tiburones y otros peces devoradores. Fernandito se pasa la vida en su pecera redonda, dando vueltas a la roca, al buzo de plástico y a un cofre con un tesoro que le regalé yo a la Luisa de mis Legos, y que a la Luisa le encantó porque le da a la pecera un ambiente superrealista de fondo del mar. Fernandito es naranja y no tiene ninguna gracia; no canta como Tutto, ni come gambas como la Boni; a Fernandito le coges cariño igual que le coges cariño al mueble-bar o a una taza; le coges cariño porque lo ves todos los días dando vueltas y vueltas por la pecera; pero, vamos, quiero decir que con Fernandito no tienes lo que se dice una gran comunicación.

Después de mojar un poco el chupete en la pecera de Fernandito y metérselo en la boca (es su forma de medir la temperatura), el Imbécil dijo:

—Está fría el agua de Fernandito.

Y yo pensé que eso había que arreglarlo porque a lo mejor Fernandito sería más expresivo o estaría más alegre si tuviera un agua más tropical, porque a lo mejor a Fernandito lo que le pasaba es que tenía los músculos agarrotados, y por eso parecía que tenía cara de muerto.

 Llevamos la pecera a la cocina para realizar la operación de cambio de aguas. La Boni seguía devorando su filete crudo. Un hilillo de sangre del filete se le había quedado en los bigotes, y tenía una pinta bastante salvaje. En cuanto nos vio aparecer, se llevó su carne cruda al rincón; tenía miedo de que se la quitáramos. El Imbécil intentó pescar a Fernandito con la mano, pero Fernandito resultó ser un pez bastante resbaladizo y no había manera, así que cogimos el colador de la leche y así logramos atraparlo. No se resistió. Ya te digo que Fernandito es un pez sin expresión, que ni siente ni padece. Yo tiré toda el agua de la pecera en la pila, y el Imbécil se quedó con Fernandito en el colador. Intenté hacerlo muy rápido, porque un pez en un colador no puede sobrevivir mucho tiempo. No sé cómo hice, no me lo preguntes porque se ha borrado de mi cerebro, pero al ir a arrimar la pecera al agua caliente, se me resbaló por los brazos y se rompió contra el suelo de la cocina. Yo y el Imbécil nos quedamos mirando los cristales bastante paralizados, y fue entonces cuando Fernandito empezó a respirar como si se ahogara; yo creo que porque se dio cuenta de que su futuro estaba bastante negro. Estuve a punto de enfadarme con el Imbécil porque, sin apartar los ojos del suelo, me dijo:

—Lo sabía.

Ésta es una frase que ha aprendido de mi madre, que cuando te caes o tiras algo, siempre dice: «Lo sabía», y tú en ese momento la coges, aunque sea tu madre, bastante manía.

Me hubiera puesto a pelearme con el Imbécil si no llega a ser porque nos dimos cuenta de que Fernandito estaba en las últimas. Ya no estaba naranja, se había puesto negro. Como medida de urgencia, eché agua en un vaso y allí que soltamos a Fernandito, que empezó a revivir poco a poco. El Imbécil le echó el chupete en el vaso para que Fernandito se consolara por la pérdida de su pecera.

—No llores, Fernandito —le dijo, acariciando el vaso—. Al buzo no le ha pasado nada.

Como verás, aunque es un niño normalmente sin escrúpulos, de pronto tiene ramalazos de niño sentimental.

Era verdad, al buzo no le había pasado nada; estaba en el suelo, rodeado de cristales, pero como era un buzo de plástico no había sufrido daños personales. Me pasé media hora recogiendo los cristales. El Imbécil estaba sentado en la silla hablando con Fernandito, y hablando conmigo. Me decía mientras yo barría:

—Debajo de la pata se ha dejado Manolito cristales.

—Pues te levantas y los recoges tú, listo.

De pronto me di cuenta de que los cristales habían llegado hasta el rincón donde la Boni chupeteaba su carne ensangrentada. Me acerqué de buenos modos, intentando explicarle el peligro que corría:

—Boni, si te tragas un cristal, puedes morir de perforación estomacal.

Pero la Boni era acercarme y hacer: «Grrrrrrrrrr».

El Imbécil encontró una vez más la solución: abrió la nevera de la Luisa y sacó otro filete. Lo cogió con la mano y se lo enseñó:

—Boni, bonita... Boni, bonita.

Y la Boni soltó su filete viejo y empezó a relamerse mirando el nuevo. Entonces el Imbécil lanzó el filete, ahora hacia el salón. La Boni salió disparada. Los dos miramos a ver dónde había caído: en el sofá. La Boni entró en éxtasis. Se revolcó en el sofá con el filete agarrado por los dientes. Parecía un tigre. Cerramos la puerta de la cocina, y ahí la dejamos con su filete y su éxtasis.

A mí me sudaban hasta las gafas de barrer por aquí y por allá y de tanta problemática. El suelo sonaba cruas-cruas cuando andabas, pero tampoco me iba a pasar la vida limpiando la casa de la Luisa. No era su criadito.

Nos pusimos a pensar dónde podíamos meter a Fernandito ahora que su casa se había roto en mil pedazos. Revolvimos los armarios de la Luisa: ¿en una botella, en un tuperware, en el cazo de la leche? Queríamos encontrar un lugar donde Fernandito, el inexpresivo, fuera por fin feliz. Lo encontramos: la olla a presión. Era una casa grande; como diría mi madre: sin estrecheces. Echamos agua en la olla. El Imbécil midió la temperatura con el chupete.

—Así está bien.

Y una vez que el Imbécil dio el visto bueno a la temperatura, llenamos la olla con agua tirando a calentita para que Fernandito viviera al fin como un pez tropical, y le metimos el buzo y la roca y el tesoro (donado por la Fundación Manolito). Cuando tuvimos listo el hogar, soltamos a Fernandito dentro. La olla a presión tenía una pega, que no era transparente, y Fernandito parecía que nadaba por el fondo submarino del mar, con todo a oscuras. Lo arreglamos: le cogimos una linterna a Bernabé y la atamos a una de las asas de la olla para que alumbrara el fondo. Por otra parte, la olla tenía una cosa muy buena: que cuando a Fernandito se le volviera a enfriar el agua, no habría necesidad de cambiarla; con poner un poquito la olla al fuego, ya estaba arreglado. Sólo un poquito, claro, porque como te pasaras un poco hacías un caldo con Fernandito, y eso no mola, porque a Fernandito, aunque no tenga una gran comunicación, se le toma cariño. Por si acaso, escribimos un cartel:

 

«Cuando calientes el agua de Fernandito, cuidadito, cuidadito. 

Firmado: los Bernabés.»

 

Cuando terminamos el cartel, oímos la llave de la puerta: por el olor a laca que inundó la casa en un momento, supimos que la Luisa había vuelto de la peluquería.

Pedro Urdemales lo sabe todo - Cuento de América latina

 Por los caminos andaba Pedro Urdemales y todos hablaban de sus mil trampas y picardías. Un estanciero, que conocía su fama, creyó que sería fácil quitarle las mañas. Un patrón severo, que lo tratara con rigor, era todo lo que necesitaba ese atrevido para marchar derecho. Y lo tomó a su servicio.

–Usted va a hacer exactamente lo que yo le diga.

–Pero claro, patroncito –dijo Pedro–. Le voy a cumplir tal cual lo que usted ordene.

–Muy bien –dijo el patrón, contento, pensando que con un par de gritos ya lo tenía controlado–. Mañana se va a arar el campo bien temprano. ¡Y no me ande con vueltas!

Al día siguiente, bien temprano, Pedro Urdemales se levantó, unció los bueyes al arado y se largó a arar el campo todo derecho. Siguió derecho hasta llegar al alambrado, cortó el alambrado y siguió nomás, por el camino, por los campos de los vecinos. A la noche tuvieron que ir a buscarlo. Había llegado hasta otra provincia arando todo derecho sin parar.

El patrón estaba furioso, pero tuvo que reconocer que Pedro no había hecho más que cumplir exactamente sus palabras: ¡no le anduvo con vueltas! Entonces lo intentó otra vez.

–Mañana se va a arar otra vez, pero cuando llega al límite del campo, da la vuelta. ¿Entendió?

–Sí que entendí, patroncito. Doy la vuelta, nomás.

Y a la mañana siguiente, allí se fue Pedro con los bueyes y el arado. Iba de una punta a la otra y daba vuelta... siempre yendo y viniendo por el mismo surco. A la tardecita habían cavado el surco tan profundo que parecía una trinchera y sólo se veía sobresalir del pozo el sombrero de Pedro y los cuernos de los bueyes.

El patrón estaba furioso, pero otra vez tuvo que aceptar que Pedro no había hecho más que cumplir sus órdenes al pie de la letra. Entonces trató de pensarle una tarea que no tuviera nada que ver con arar el campo.

–Para mañana le encargo que me haga un corral de ovejas.

–¿Un corral de ovejas? ¿Está seguro, patroncito?

–¡Segurísimo! ¿Cuántas veces tengo que repetirle las cosas? ¡Un corral de ovejas!

Al día siguiente Pedro se fue a buscar las ovejas, las mató toditas y se puso a apilarlas en forma de corral. Ni qué decir el ataque que le dio al patrón cuando le fueron a contar. Estaba a punto de estallar de furia.

–¡Un corral para las ovejas te mandé hacer, maldito!

–Y me lo hubiera dicho así, patroncito. Usted me dijo un corral de ovejas. A mí me pareció raro, por eso le pregunté...

Ya lo único que quería el hombre era librarse de Pedro. Ese pícaro era un peligro: por su culpa, todos los trabajadores se burlaban de su patrón. Por eso, antes de dejarlo ir, quiso hacerle pasar un papelón en público.

El domingo después de misa reunió a todos los hombres que trabajaban sus campos y a sus familias para que vieran cómo ponía en problemas a Pedro haciéndole preguntas que no podría responder.

–¿Qué estoy pensando en este momento, Pedro? –le preguntó el hacendado.

–Está pensando en cómo me puede embromar –contestó Pedro, tan rápido y tan certero que el otro no lo pudo negar.

–¿Dónde está el centro del mundo? –preguntó el hacendado.

–Aquí nomás, donde pisa la pata izquierda de mi mula –dijo Pedro–. Y si no me cree, hágalo medir.

–¿Y qué distancia hay de aquí hasta el cielo?

–Está muy cerca. Tanto que si a usted lo matan y se va para arriba, aunque yo le hable desde aquí, muy bajito, igual me va a oír bien. Si quiere, hacemos la prueba.

–¿Cuántas estrellas hay en el cielo?

–Tantas como pelos hay en su bigote.

–¡Disparates!

–Si tiene dudas, suba a contarlas.

–¿Y cuántos pelos hay en mi bigote?

–Yo se los cuento enseguida. Eso sí: para no equivocarme, se los voy a tener que arrancar uno por uno.

–¿En cuántas carretadas se puede llevar enterito todo ese cerro?

–En una sola, amigo –contestó Pedro–. Sólo tiene que conseguir un carro que sea justo de ese tamaño.

El hacendado se tuvo que dar por vencido, entre las risas de sus trabajadores, que aplaudían a Pedro con todas sus ganas.