LOS
BERNABÉS
Por la mañana, nos levantamos y nos costó
lo menos 30 segundos saber dónde estábamos: en casa de la Luisa, porque mi madre se
había quedado en el hospital con mi abuelo, que ya no tenía próstata. A no ser,
claro, que se hubieran equivocado y en vez de la próstata le hubieran quitado
el hígado, que es una cosa que, por lo que cuenta la Luisa, ocurre bastante en
los hospitales. Es que ella hizo durante un tiempo una colección de errores
médicos; son recortes que tiene de periódicos y cosas que le ha contado la
gente y que tiene escritas. Dice que un día hará un libro con todo eso y será
un best-seller y retirará a Bernabé de trabajar y se irán a una playa
con bastantes palmeras y nos llevarán a mí y al Imbécil para que les espantemos
las moscas con una rama mientras ellos toman el sol con el dinero del best-seller
bien cerquita, para que no se lo quite nadie, dentro de la riñonera, bien
pegado a la barriga. Si algún día ves en una playa tropical a un matrimonio con
dos riñoneras bien atadas a la cintura y dos niños espantándoles las moscas con
una rama (uno de ellos con gafas): somos nosotros.
Yo le pregunté a la Luisa durante el desayuno
cuánto tiempo podía vivir un abuelo sin hígado. Yo qué sé, por ponerme en lo
peor y pensar que al cirujano se le hubiera ido la olla y hubiera cortado por
otro lado. Y cuando la Luisa me dijo que un abuelo
sin hígado no duraba ni una mañana, me entró una angustia de pensar que a lo
mejor no volvíamos a ver a mi abuelo vivo, que me puse pálido y la Luisa se asustó y me gritó:
«Pero, ¿qué te pasa, qué te pasa?», y cuando le pude decir con mi boca sin
saliva que tenía miedo de tener en esos momentos un abuelo sin hígado y sin
vida, la Luisa
me tranquilizó un poco y me dijo que ella sabía por mi madre que mi abuelo
estaba superbien y yo mismo lo iba a ver con mis propios ojos, porque por la
tarde ella nos iba a llevar al hospital para llevarle unos bombones que nos
íbamos a comer nosotros mismos, porque los abuelos recién operados no pueden
comer bombones; se tienen que comer los nietos todos los de la caja. Eso me
dejó un poco más tranquilo, pero dentro de mi cerebro sabía que hasta que no
viera a mi abu por la tarde no me creería del todo las palabras de la Luisa, que, como dice mi
madre, miente más que habla.
El desayuno aquella mañana en casa de la Luisa fue paranormal, porque
el Imbécil no tiró ni una pizca de su leche (en mi casa la tira todos los
días), y eso es algo que ni había sucedido antes, desde que yo tengo memoria
cerebral, ni ha vuelto a suceder después de ese día. Cosas raras que pasan, acontecimientos
extraños que no vuelven a repetirse en cientos de años, como el paso de un
cometa o la caída de un meteorito.
La Luisa nos dijo que nos teníamos que quedar solos mientras
ella se iba a la peluquería, porque «con estos pelos que llevo», dijo, «no
puedo ir esta tarde a un hospital». Y dijo que teníamos que ser responsables y
cuidar de sus animales. No es que el piso de la Luisa sea una granja, pero
hay un pez, un canario y la famosa Boni, y hay que estar pendientes de
su comida y de que no se devoren los unos a los otros, porque los animales
parecen muy buenos, pero después de ver los documentales con los que se duerme
mi abuelo por la tarde te queda la duda: ves un canario amarillo que siempre te
ha parecido tan inocente y, la verdad, lo menos que piensas es que como se le
cruce un cable al canario ese te da un picotazo y te puede sacar un ojo y
comérselo allí mismo, en su misma jaula.
Le dijimos a la Luisa adiós, adiós, y allí
nos quedamos, vestidos con los pijamas de Bernabé, porque la Luisa nos dijo que para
estar en casa el pijama es lo mejor. En cuanto se fue, el Imbécil tuvo la idea
de que fuéramos al armario de los peluquines y nos pusiéramos cada uno en
nuestras cabezas uno de los peluquines de Bernabé. Yo le dije que antes
debíamos asegurarnos de que la
Luisa se había ido de verdad. Así que nos asomamos a la
ventana y la vimos que hablaba con una vecina, que hablaba con otra (¿por qué
siempre tiene que hablar tanto?) y luego se metía en la peluquería Don Moño,
que es la peluquería a la que van todas las mujeres que yo he conocido en mi
vida. Al fin éramos libres.
Nos pusimos cada uno nuestro peluquín. El
Imbécil se puso el que se hizo Bernabé con el propio pelo de la Luisa, y yo me puse uno más
serio, más oscuro, el que utiliza mi padrino para las bodas o las comuniones. Y
una vez que estuvimos los dos disfrazados de Bernabé, jugamos a ser
veterinarios. Pero antes nos enfadamos y estuvimos a punto de no jugar porque
los dos queríamos llamarnos Bernabé y, claro, lo que yo le decía, que es muy
raro ir a una clínica veterinaria y encontrarse a dos hermanos veterinarios que
se llamen los dos de la misma manera. Intenté convencerlo y le propuse varios
nombres: Francisco, Eusebio, Vicente... Nombres que a mí me parece que están
bien cuando uno es veterinario, pero el Imbécil dijo que no y que no, y que si
no se llamaba Bernabé no jugaba ni a eso ni a nada. A mí me gustaría tener un
hermano pequeño para poder mandarle todo lo que yo quisiera; creo que para eso
tienen que ser los hermanos pequeños, pero el Imbécil es un niño que nació para
ir a su bola y es muy cabezota.
—El nene se llama Bernabé —me dijo
cruzándose de brazos—. Y Manolito, que se llame Francisco o Vicente si quiere.
A mí tampoco me dio la gana, así que
llegamos los dos a un acuerdo: seríamos los primeros hermanos en la historia
que se llamarían igual. Nuestra clínica veterinaria se llamaría Los Bernabés, y
vendría mucha gente del mundo entero a ver con sus propios ojos a dos hermanos
que se llamaban igual y se dedicaban a lo mismo. Y cuando alguien dijera:
«Traigo a esta perra rabiosa a que la cure el veterinario, ¿dónde está el
doctor Bernabé?», los dos nos pondríamos detrás del mostrador con una gran
sonrisa y diríamos: «Nosotros somos el doctor Bernabé», y uno miraría a la
perra rabiosa por la parte del rabo y el otro por la parte de la boca. Y tan
contentos.
Los Bernabés nos pusimos a cuidar a
nuestros tres animales. Yo, para empezar, solté a Tutto (el canario),
para que se diera unos cuantos vuelos por ahí mientras yo le limpiaba la jaula,
porque no quería poner la jaula debajo de la ducha con el canario dentro. Y el
otro Bernabé (el Imbécil) se puso a buscar un termómetro para ponérselo a la Boni. De Fernandito,
el pez, nos ocuparíamos más tarde, porque, según el Imbécil, el agua de la
pecera estaba muy fría y el pez Fernandito se podía constipar. «Los
Bernabés: pon a tus animales en las mejores manos (cuatro)»; así pensábamos
anunciarnos en las páginas amarillas.
EL
SOLDADO DESCONOCIDO
Fue bastante difícil ponerle el
termómetro a la Boni,
porque cuando la perra de la
Luisa vio que habíamos soltado al canario Tutto, se
puso que parecía que había cogido la rabia. Faltó muy poco para que se lo
merendara. El canario volaba muy mal, daba pena verlo; vamos, que sólo volaba
unos saltitos que eso no es volar ni es nada.
—El nene vuela mejor —dijo el Imbécil.
Y tenía razón, porque yo he visto volar
al Imbécil, cuando jugamos a Superman o cosas así, y de verdad que se da más
maña para volar que aquel canario. Claro, que al Imbécil lo tenemos en
libertad, y eso ayuda. Aquel canario llevaba preso mucho tiempo y las plumas no
le rulaban.
Tutto fue dando saltitos en la zona que tiene la Luisa dedicada a Lugares
Históricos del Mundo. Saltó del pergamino egipcio a unos fósiles que compró en
el Pryca una vez que celebraron la
Semana de la Prehistoria Terrenal, y luego saltó a la cabeza
de los luchadores de Sumo, y luego a un póster que tiene de Viena, que es el
sitio adonde le gustaría ir a la
Luisa, pero no va por si a Bernabé se le vuela el peluquín
mientras bailan el vals y todo el mundo se ríe. Allí se quedó Tutto, encima
del marco de la foto de Viena. Y la
Boni se subió a una silla y se puso a ladrar y
a enseñarle los dientes al canario, que daba miedo verla. De pronto, la Boni, esa perra
de cojín, como dice la Luisa,
se había transformado en una perra de presa. El Imbécil, que tiene mucho valor,
insistió en ponerle el termómetro porque dijo que él era un veterinario que no
le temía a ningún animal salvaje. Fue a levantarle la pata a la Boni para
ponérselo, y la Boni
hizo un gesto al bies con la boca, enseñándole los dientes, que por poco se
come el termómetro y la mano de su veterinario.
El veterinario era valeroso hasta cierto
punto, claro, porque fue ver que la
Boni le podía morder, y me echó las manos al
cuello para que le cogiera en brazos. Los dos nos quedamos un rato detrás del
sofá oyendo gruñir a la Boni
y bastante preocupados. Al Imbécil se le ocurrió que en estos casos hay que
ponerle a la perra una inyección antirrábica de urgencia, y a mí me pareció muy
bien, sólo que, como no teníamos la inyección, tuvimos que pensar en otra cosa.
Entonces, el Imbécil, el niño de las grandes ideas, me dijo que podíamos
encerrar a la Boni
en la cocina y luego cazar a Tutto y volverle a meter en la jaula,
porque un canario que vuela tan mal no se merece andar por ahí suelto por los
Lugares Históricos del Mundo. Yo le dije al Imbécil que muy bien, que
encerrábamos a la Boni
en la cocina; pero, ¿cómo?, fue la pregunta que me hice y que se estará
haciendo ya media España. Entonces el Imbécil se convirtió en un niño de acción
y me dijo allí mismo, detrás del sofá:
—Cubre al nene, cúbrele.
Yo no sabía lo que quería decir hasta que
lo vi salir arrastrándose, como van los soldados en las películas de una
trinchera a otra. Sólo le faltaban un casco y unas hojas de árbol en la cabeza
para ser por completo el soldado desconocido. A mí no se me ocurría con qué
cubrirle; desde luego, no pensaba salir de detrás del sofá, no fuera a ser que la Boni, esa perra
de presa, se lanzara sobre mí; así que hice lo que haría cualquier soldado: me
quedé detrás de la trinchera, con mi brazo estirado como una ametralladora, y
apunté a la Boni
para proteger a mi hermano, el soldado desconocido. Para que te des cuenta
de la gran imaginación que tenemos los niños de la infancia.
El
Imbécil llegó a la cocina y le oí que abría la nevera. «¿Qué hace?», me
pregunté mientras no paraba de apuntar a la Boni. Oía que el
Imbécil revolvía en la nevera, sacaba platos, abría cajones. «¿Se habrá vuelto
loco el soldado desconocido?», me seguí preguntando. Al fin y al cabo, a muchos
les pasa eso de la supertensión bélica. Yo, desde luego, no me pensaba mover de
mi refugio, porque yo era el clásico soldado que no se arriesga; es más, como
la cosa se pusiera muy fea en aquella casa de animales salvajes, podía andar
por detrás del sofá, y llegar desde mi trinchera a la misma puerta de la calle
y ser el clásico soldado desertor.
Pero pronto comprendí lo que iba a hacer
el Imbécil. Salió de la cocina con un filete crudo en la mano y se lo escondió
en la espalda. Se puso en medio del salón y miró a la Boni con una
gran sonrisa en los labios.
—Boni, bonita... Boni, bonita...
La Boni le enseñó sus colmillos por toda respuesta y volvió a
mirar al canario, que seguía encima de Viena. Parecía que le estaba
advirtiendo: «Mira, niño, no me molestes ahora, que estoy esperando a que se
caiga este pájaro del cuadro para zampármelo». Pero el Imbécil insistió: «Boni,
bonita...».
La Boni perdió la paciencia, se bajó de la silla y fue hacia
él. Yo estaba a punto de echar a correr hacia la puerta y ser de una vez por
todas el soldado desertor, cuando vi que el Imbécil, con la misma sonrisa, sacó
el filete de su espalda y lo lanzó hacia la cocina. La Boni miró un
momento al canario y miró un momento el filete en el suelo de la cocina, y
pensó: «¿Qué prefiero, un filete lleno de carne o un canario lleno de huesos?».
Se decidió por el filete y se tiró como loca a por él. Entonces fue cuando el
Imbécil cerró la puerta de la cocina, y dijo: «Ya está». El soldado desertor
(yo) salió de detrás del sofá, alucinado con la hazaña del soldado desconocido,
y le felicitó, porque ser desertor no quita que no reconozcas cuándo los demás
hacen las cosas bien. Ahora sólo nos quedaba cazar a Tutto, que seguía
muerto de miedo allá arriba, temblando, como hubiera estado cualquiera camino
del matadero. Yo dejé que fuera el Imbécil el que decidiera, porque estaba
claro que en hazañas bélicas él era el líder.
—Lo cazamos con el peluquín —dijo.
Y se quitó el peluquín de Bernabé de la
cabeza, se subió a la silla y empezó a tirar el peluquín hacia el cuadro. A la
quinta vez, el peluquín cayó encima del pobre Tutto (que tenía un tutto
de muerte), y el canario y el peluquín fueron a parar al suelo. Yo, por
colaborar, traje corriendo la jaula de Tutto, y el Imbécil metió en la
jaula el peluquín de Bernabé con Tutto dentro. El canario salió de entre
los pelos del peluquín y se puso a cantar. Nosotros pensamos que estaba
bastante agradecido.
Y yo me quedé mirando al Imbécil con una
admiración sin límites.
FERNANDITO,
UN PEZ SIN HOGAR
Con la Boni encerrada en la cocina y Tutto
encerrado en su jaula, yo y el Imbécil (los Bernabés) teníamos las manos
libres para ocuparnos del pobre pez Fernandito. Fernandito es un pez que
tiene muy buen carácter, como casi todos los peces, quitando los tiburones y
otros peces devoradores. Fernandito se pasa la vida en su pecera
redonda, dando vueltas a la roca, al buzo de plástico y a un cofre con un
tesoro que le regalé yo a la
Luisa de mis Legos, y que a la Luisa le encantó porque le
da a la pecera un ambiente superrealista de fondo del mar. Fernandito es
naranja y no tiene ninguna gracia; no canta como Tutto, ni come gambas
como la Boni; a Fernandito le coges
cariño igual que le coges cariño al mueble-bar o a una taza; le coges cariño
porque lo ves todos los días dando vueltas y vueltas por la pecera; pero,
vamos, quiero decir que con Fernandito no tienes lo que se dice una gran
comunicación.
Después de mojar un poco el chupete en la
pecera de Fernandito y metérselo en la boca (es su forma de medir la
temperatura), el Imbécil dijo:
—Está fría el agua de Fernandito.
Y yo pensé que eso había que arreglarlo
porque a lo mejor Fernandito sería más expresivo o estaría más alegre si
tuviera un agua más tropical, porque a lo mejor a Fernandito lo que le
pasaba es que tenía los músculos agarrotados, y por eso parecía que tenía cara
de muerto.
Llevamos
la pecera a la cocina para realizar la operación de cambio de aguas. La Boni seguía
devorando su filete crudo. Un hilillo de sangre del filete se le había quedado
en los bigotes, y tenía una pinta bastante salvaje. En cuanto nos vio aparecer,
se llevó su carne cruda al rincón; tenía miedo de que se la quitáramos. El
Imbécil intentó pescar a Fernandito con la mano, pero Fernandito resultó
ser un pez bastante resbaladizo y no había manera, así que cogimos el colador
de la leche y así logramos atraparlo. No se resistió. Ya te digo que Fernandito
es un pez sin expresión, que ni siente ni padece. Yo tiré toda el agua de
la pecera en la pila, y el Imbécil se quedó con Fernandito en el
colador. Intenté hacerlo muy rápido, porque un pez en un colador no puede
sobrevivir mucho tiempo. No sé cómo hice, no me lo preguntes porque se ha
borrado de mi cerebro, pero al ir a arrimar la pecera al agua caliente, se me
resbaló por los brazos y se rompió contra el suelo de la cocina. Yo y el
Imbécil nos quedamos mirando los cristales bastante paralizados, y fue entonces
cuando Fernandito empezó a respirar como si se ahogara; yo creo que
porque se dio cuenta de que su futuro estaba bastante negro. Estuve a punto de
enfadarme con el Imbécil porque, sin apartar los ojos del suelo, me dijo:
—Lo sabía.
Ésta es una frase que ha aprendido de mi
madre, que cuando te caes o tiras algo, siempre dice: «Lo sabía», y tú en ese
momento la coges, aunque sea tu madre, bastante manía.
Me hubiera puesto a pelearme con el
Imbécil si no llega a ser porque nos dimos cuenta de que Fernandito estaba
en las últimas. Ya no estaba naranja, se había puesto negro. Como medida de
urgencia, eché agua en un vaso y allí que soltamos a Fernandito, que
empezó a revivir poco a poco. El Imbécil le echó el chupete en el vaso para que
Fernandito se consolara por la pérdida de su pecera.
—No llores, Fernandito —le dijo,
acariciando el vaso—. Al buzo no le ha pasado nada.
Como verás, aunque es un niño normalmente
sin escrúpulos, de pronto tiene ramalazos de niño sentimental.
Era verdad, al buzo no le había pasado
nada; estaba en el suelo, rodeado de cristales, pero como era un buzo de
plástico no había sufrido daños personales. Me pasé media hora recogiendo los
cristales. El Imbécil estaba sentado en la silla hablando con Fernandito, y
hablando conmigo. Me decía mientras yo barría:
—Debajo de la pata se ha dejado Manolito
cristales.
—Pues te levantas y los recoges tú,
listo.
De pronto me di cuenta de que los
cristales habían llegado hasta el rincón donde la Boni chupeteaba
su carne ensangrentada. Me acerqué de buenos modos, intentando explicarle el
peligro que corría:
—Boni, si te tragas un cristal, puedes morir de perforación
estomacal.
Pero la Boni era acercarme y hacer: «Grrrrrrrrrr».
El Imbécil encontró una vez más la
solución: abrió la nevera de la
Luisa y sacó otro filete. Lo cogió con la mano y se lo
enseñó:
—Boni, bonita... Boni, bonita.
Y la Boni soltó su filete viejo y empezó
a relamerse mirando el nuevo. Entonces el Imbécil lanzó el filete, ahora hacia
el salón. La Boni
salió disparada. Los dos miramos a ver dónde había caído: en el sofá. La Boni entró en
éxtasis. Se revolcó en el sofá con el filete agarrado por los dientes. Parecía
un tigre. Cerramos la puerta de la cocina, y ahí la dejamos con su filete y su
éxtasis.
A mí me sudaban hasta las gafas de barrer
por aquí y por allá y de tanta problemática. El suelo sonaba cruas-cruas cuando
andabas, pero tampoco me iba a pasar la vida limpiando la casa de la Luisa. No era su
criadito.
Nos pusimos a pensar dónde podíamos meter
a Fernandito ahora que su casa se había roto en mil pedazos. Revolvimos
los armarios de la Luisa:
¿en una botella, en un tuperware, en el cazo de la leche? Queríamos encontrar
un lugar donde Fernandito, el inexpresivo, fuera por fin feliz. Lo
encontramos: la olla a presión. Era una casa grande; como diría mi madre: sin
estrecheces. Echamos agua en la olla. El Imbécil midió la temperatura con el
chupete.
—Así está bien.
Y una vez que el Imbécil dio el visto
bueno a la temperatura, llenamos la olla con agua tirando a calentita para que Fernandito
viviera al fin como un pez tropical, y le metimos el buzo y la roca y el
tesoro (donado por la
Fundación Manolito). Cuando tuvimos listo el hogar, soltamos
a Fernandito dentro. La olla a presión tenía una pega, que no era
transparente, y Fernandito parecía que nadaba por el fondo submarino del
mar, con todo a oscuras. Lo arreglamos: le cogimos una linterna a Bernabé y la
atamos a una de las asas de la olla para que alumbrara el fondo. Por otra
parte, la olla tenía una cosa muy buena: que cuando a Fernandito se le
volviera a enfriar el agua, no habría necesidad de cambiarla; con poner un
poquito la olla al fuego, ya estaba arreglado. Sólo un poquito, claro, porque
como te pasaras un poco hacías un caldo con Fernandito, y eso no mola,
porque a Fernandito, aunque no tenga una gran comunicación, se le toma
cariño. Por si acaso, escribimos un cartel:
«Cuando calientes el agua de Fernandito,
cuidadito, cuidadito.
Firmado: los
Bernabés.»
Cuando terminamos el cartel, oímos la
llave de la puerta: por el olor a laca que inundó la casa en un momento,
supimos que la Luisa
había vuelto de la peluquería.