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Brenda - Margaret St. Clair

Brenda Alden era un producto de esa escuela de educación de los niños aséptica y un punto sádica que ha quedado ya un poco anticuada. Los padres, que pasaban las vacaciones en la Isla de Moss, la apreciaban, y ponían su cortesía y sus buenos modales como ejemplo ante sus propios retoños. 

Por su parte, los niños se apartaban de ella, percibiendo en su persona cierta cualidad agresiva e irritable. Era alta para su edad, y larguirucha, y tenía el cabello rubio y lacio. Siempre llevaba pantalones.

El lunes empezó como todos sus días. Desayunó, le ordenaron que no apoyase los codos en la mesa, le sirvieron los platos. Luego le dijeron que saliera a jugar. Ella se fue pausadamente a los bosques.

Los bosques, en la Isla de Moss, eran dispersos espacios de hayas y unos trechos más densos de coníferas. Había lugares donde Brenda, si esforzaba la imaginación, podía hacerse la ilusión de hallarse en una selva, y esto le gustaba. En la parte occidental de la isla había una ancha y profunda excavación que la gente del pueblo decía que había sido una cantera. Pero nadie explicaba nunca qué clase de piedra o mineral habían sacado de ella.

Era un poco antes del mediodía cuando Brenda percibió aquel olor a podrido. Era un olor a podrido fuerte, penetrante, que casi asfixiaba, y la primera vez que llegó al olfato de Brenda, esta arrugó la cara de disgusto. Pero al cabo de un momento sus facciones se relajaron. E inhaló, no sin cierto afán. Decidió encontrar la fuente de aquel olor. A veces le gustaba oler y mirar cosas podridas.

Husmeando, husmeando, deambuló de acá para allá. El olor era ora fuerte, ora débil, ora fuerte de nuevo. Estaba a punto de abandonar la empresa y regresar, ya que hacía calor en aquellas hondonadas de pinos, sin aire, bajo el sol, cuando vio al hombre.

No era un vagabundo, ni pertenecía a la colonia de veraneantes. Brenda comprendió al momento que no se parecía a ninguno de los otros hombres que hubiera visto en su vida. No tenía la piel negra, ni morena, sino de un color de tinta grisácea; tenía un cuerpo hinchado e irregular, como si lo hubiesen formado con los grumos de jabón y grasa que obturan los desagües de los fregaderos. En una tosca mano sostenía un pájaro muerto. El olor a podrido venía de aquel ser.

Brenda le miró, con el corazón martilleándole fuertemente. Por un momento casi tuvo demasiado miedo para moverse. Se quedó inmóvil, boquiabierta, humedeciéndose los labios. Entonces el hombre extendió un brazo hacia ella. Brenda se volvió y echó a correr.

Oía el ruido, percibía el olor, mientras el hombre venía, a trompicones, tras ella. Le dolían los pulmones. Sentía unas punzadas en el costado. Tropezó en una raíz, cayó de rodillas y se levantó de nuevo. Siguió corriendo. Solo cuando estuvo casi demasiado agotada para continuar miró atrás.

El hombre estaba más lejos de lo que ella esperaba, aunque seguía acercándose. Durante un segundo, Brenda permaneció inmóvil, los flacos costados levantándose y descendiendo. Todavía estaba a una distancia de unos quince metros. Brenda parpadeó. Luego sus labios se curvaron en una expresión que era casi una sonrisa. A continuación dobló hacia la derecha, en dirección a la cantera, y se puso a correr de nuevo; pero sin tanto agobio.

Había una espesura de zumaque venenoso, y la niña la rodeó. Se detuvo para coger una piña de pino, y luego otra, y se las puso en la cintura de los pantalones; enseguida continuó corriendo sin disminuir el paso. El hombre continuaba siguiéndola. Parecía que la luz le hería los ojos; dejaba colgar la cabeza casi hasta el pecho. Luego se encontraron en el borde de la cantera. Brenda había de ensayar su plan.

Ya no tenía miedo; en todo caso, solo un poquito. El esfuerzo había pintado sus chupadas mejillas de un color rojo poco habitual en ellas. Con mucho cuidado, arrojó una piña a la empinada pendiente de la cantera, de manera que fue a caer a mitad de camino del fondo y luego rodó para abajo. La segunda piña la arrojó con más fuerza. Esta fue a dar mucho más abajo que la primera y se deslizó hacia el fondo con un ruido de piedras y tierra sueltas. Luego, muy presta y ágilmente, Brenda corrió hacia la izquierda y se acurrucó detrás de un árbol.

El ruido de las piñas de pino no se había diferenciado mucho del de un corredor que hubiese salvado el borde de la cantera y se hubiera precipitado hacia el fondo. El perseguidor de Brenda se detuvo, volviendo la cabeza de un lado para otro, sin ver, y dando la sensación de que olisqueaba el aire. 

Por un momento la niña experimentó una viva ansiedad. Estaba casi segura de que el hombre no podría cogerla, ni aunque emprendiera la persecución de nuevo. Pero..., oh..., era un hombre tan...

Una de las dos piñas de pino se deslizó unos pasos más. Pareció que el hombre escuchaba. Luego se precipitó por el borde, en pos del sonido.

El corazón de Brenda agitaba la plana superficie del pecho de la camisa. Mientras el hombre del olor a podrido tropezaba de acá para allá entre las polvorientas piedras del fondo de la cantera, buscándola, ella esperaba y escuchaba. El hombre tardó largo rato en abandonar la pesquisa. Y, por fin, llegó el momento que Brenda estaba esperando. El desconocido abandonó la persecución y empezó a esforzarse en trepar por la pendiente.

Pero resbalaba. Brenda se inclinaba para mirar, tensa y expectante. Tenía los ojos brillantes. El hombre intentó el ascenso de nuevo. Y volvió a resbalar para abajo otra vez.

La niña comprendió claramente, mucho antes que el individuo del fondo de la cantera, que el expersiguidor había quedado prisionero. El hombre continuaba probando de subir la cuesta, torpemente, agarrándose a los asideros que encontraba, y resbalando siempre. Sus abotargadas piernas resultaban extraordinariamente ineptas y torpes. Siempre volvía a resbalar hacia el fondo.

Al final cedió y se quedó quieto. Se le caía la cabeza. No emitía sonido alguno. Pero el penetrante olor a podrido manaba de él.

Brenda se puso en pie y anduvo en dirección al hombre. Los pálidos labios de la muchacha se curvaron en una sonrisa.

—¡Eh! —gritó sobre el borde de la cantera—. ¡Eh! No puede salir de ahí. ¿Verdad que no?

El tono de burla de su voz pareció abrirse paso a través de los embotados sentidos del hombre, que levantó la canosa cabeza. Hubo un fulgor de dientes, muy blancos sobre el fondo color tinta. Pero no podía salir. Al cabo de un momento, Brenda soltó la carcajada.

Brenda guardó el secreto bien escondido en su pecho durante todo el resto del día. La regañaron por haber llegado tarde para el almuerzo; su padre dijo que necesitaba un castigo. A ella no le importó. Aquella noche durmió con sueño tranquilo y profundo.

A primeras horas de la mañana siguiente fue a ver a Charles. Charles tenía un año más que ella, y la toleraba mejor que ninguna otra persona de la isla. Una vez le regaló una piel de serpiente, procedente de una mudanza (o muda). Ella la guardó en la cómoda, en el cajón de los pañuelos.

Hoy, él estaba construyendo una cámara de nubes con alcohol de fricción, un jarrón y un trozo de hielo seco. Brenda se puso en cuclillas a su lado, mirando. Al cabo de unos cinco minutos, dijo:

—Sé una cosa más divertida que esa.

—¿Qué? —preguntó Charles sin apartar la vista de lo que estaba haciendo.

—Una cosa, que encontré. Una cosa divertida. Que da miedo. Rara.

La conversación continuó. Brenda hizo alusiones. Charles sintió una moderada curiosidad. Al final ella dijo:

—Ven a verlo. No se parece a nada que hayas visto nunca. Vamos.

Y le posó la mano sobre el brazo.

Hasta aquel momento, Charles quizá la hubiera acompañado. La cámara de nubes no funcionaba bien, y él no sentía una verdadera antipatía por la chica. Pero lo seco y tenso del contacto que sintió en el brazo —el tocar propio de una persona que nunca ha proporcionado a otra, ni recibido de otras un contacto físico agradable—, le repelió.

—No quiero verlo. No es nada, al fin y al cabo. Una especie de desecho nada más. No me interesa —reiteró.

—¡Te digo que te gustaría! Ven a verlo, por favor.

—Y yo te he dicho que no me interesa. No iré. ¿No eres capaz de comprender una indicación? Vete.

Brenda sabía que, cuando Charles usaba aquel tono, era inútil discutir con él. Se levantó y se marchó.

Después del almuerzo tuvo que ayudar a su padre a construir una fosa para asar animales enteros. Mientras sacaba tierra con la pala y mezclaba cemento con arena, tenía el pensamiento fijo en el hombre de la cantera. ¿Continuaría inmóvil en el fondo, o andaba tropezando nuevamente de acá para allá con la idea de perseguirla? ¿O volvía a probar de subir por la pendiente? Jamás lo conseguiría, por mucho que lo intentase. Pero si continuaba bastante tiempo allí, acaso lo encontraran otros niños. ¿Tendrían más miedo del que no había tenido ella? No lo sabía. No sabía formarse ninguna imagen mental de lo que pudiera suceder entonces.

Cuando su padre dio la jornada por concluida, Brenda se tendió en la hamaca. Tenía ampollas en las manos y le dolía la espalda; pero no lograba descansar. Finalmente, aunque ya era hora de cenar, se levantó y corrió hacia la cantera.

El hombre continuaba allí. Brenda exhaló un profundo suspiro de alivio. El olor a podrido, amargo, saturaba el aire. La niña debió de hacer un ruido, porque el hombre levantó la cabeza; aunque volvió a dejarla caer sobre el pecho. Por todo lo demás, permanecía totalmente inmóvil.

Charles no vendría a verle. Por tanto..., Brenda miró a su alrededor. Más allá, en el mismo borde de la cantera, a unos seis metros de donde se encontraba ella, había dos tablones largos. La muchacha los midió con la vista.

Hasta el fondo habría unos nueve metros. Los tablones no eran bastante largos. Pero la zona de terreno suelto, resbaladizo, no se extendía por toda la pendiente; cuando el hombre del fondo de la excavación lo hubiese remontado, podría acabar de subir fácilmente. Charles había dicho que, total, lo que ella había encontrado no era nada. Una porquería nada más. Brenda se puso a mover los tablones.

Tenía las manos heridas; pero los tablones en sí no parecían pesar mucho. En cosa de unos quince minutos Brenda había formado una especie de sendero desde el fondo de la cantera hasta cerca del borde superior. 

Él —aquel hombre— no había hecho nada en absoluto mientras ella trabajaba, ni siquiera mirarla. Pero bajo la camisa, el delgado cuerpo de Brenda temblaba y estaba empapado en sudor. Mientras colocaba el segundo tablón, Brenda hubo de situarse más cerca del hombre de lo que le habría gustado.

La chica retrocedió. El hombre de la cantera no hizo ningún movimiento. Por unos instantes, la niña se sintió presa de una ansiosa exasperación. ¿No haría nada aquel sujeto, después de todas las fatigas que ella se había tomado?

—¡Vamos! —silbó entre dientes; y luego con voz más fuerte—: ¡Vamos!

El sol empezaba a descender hacia el oeste. Las sombras se alargaban. El hombre del fondo empezó a mover la cabeza de un lado para otro, como si la disminución de la luz le proporcionase una mayor agudeza de percepción. Una rugosa mano gris se levantó. Luego su dueño se movió en dirección a los tablones.

Brenda aguardó hasta que los pies inseguros del sujeto se apoyaron en el segundo madero. Entonces no pudo resistirlo más. Giró sobre sus talones y echó a correr con todas sus fuerzas hacia el hogar. No supo si el hombre la había seguido o no.

A la mañana siguiente Brenda no salió al campo. Remoloneó por la casa hasta que su madre la envió fuera para que ayudase a su padre, quien la envió dentro nuevamente, diciendo que había llegado a una fase en la construcción de la fosa en la que solo podía servirle de estorbo. 

Brenda fue a la cocina y se preparó un bocadillo y un vaso de leche. Cuando salió con este refrigerio, su madre, pálida y alterada, estaba en la terraza, fuera del edificio, hablando con su padre. Brenda fue hasta la puerta y apoyó la cabeza en ella.

—No veo por qué había de tratarse de un maleante —estaba diciendo la madre—. Elizabeth ha dicho que no le robó nada. Lo ha subrayado mucho. Solo el pollo asado. Y ni siquiera se lo ha comido; únicamente lo ha despedazado. —Titubeó un momento—. Dice que ha quedado todo cubierto de manchas de una especie de grasa gris.

—Elizabeth exagera —respondía el padre de Brenda, dando un irritado golpe al mortero que estaba alisando—. Si no era un maleante, ¿qué se figura que podía ser? ¿Qué otra clase de persona allanaría su cocina? Solo hay seis familias en la Isla de Moss.

—No creo que tenga ninguna idea concreta. Oh, Rik, ojalá la hubieras oído. No se cansaba de repetir lo de aquel olor horrible. Dijo que telefoneaba a las otras familias para avisarlas. Parecía llena de miedo.

—Histérica, probablemente —replicó el padre en tono despectivo. Su mirada se fijó en Brenda, plantada a la sombra de la puerta—. Sube a tu cuarto, Brenda —dijo vivamente—. Quédate allí. No quiero que andes escuchando detrás de las puertas.

—Sí, padre.

A Brenda no le enojó el mandato. Tenía miedo. ¿Recordaría Charles sus invitaciones de ayer y las relacionaría con el asalto a la cocina de mistress Emsden —el hombre de la cantera había de tener hambre..., pero no se había comido el pollo— y la delataría? ¿O quizá ocurriese algo peor, si bien no sabía qué pudiera ser?

Brenda andaba inquieta por su habitación. La cama estaba hecha; no tenía ningún trabajo que hacer. Oía el murmullo de las voces de sus padres, aunque muy confusamente; solo de vez en cuando destacaba una palabra sobre las otras. Por primera vez sintió una viva curiosidad por el hombre de la cantera, por el hombre en sí.

Cogió el diario que llevaba y lo abrió. Pero no convenía; el volumen no tenía cerradura, y Brenda sabía que su madre lo leía. Nunca escribía en él nada importante.

Miró con disgusto las garabateadas páginas. Sería bonito poder desgarrarlas, estrujarlas y echarlas a la papelera. Pero su madre se daría cuenta y le preguntaría la causa de que hubiera destruido aquel bonito libro. No...

Buscó por el dormitorio hasta que encontró una caja de papel de notas. Utilizando la tapa de la caja como pupitre, grabó cuidadosamente en la cabecera de una de aquellas hojas grises: EL HOMBRE.

Titubeaba. Luego escribió: «1. ¿De dónde vino?».

Lamió el lápiz. Le resultaba difícil poner la idea en palabras. Pero quería verla escrita en el papel. Empezó, borró, empezó de nuevo. Por fin escribió: «Yo creo que vino a la Isla de Moss procedente del continente. Creo que vino el mes pasado, una noche, cuando había marea baja, muy baja. Yo creo que vino por causa... —Lo borró—. Por equivocación».

Brenda estaba preparada para el segundo punto. «¿Por qué se queda en la isla? —escribió. Ahora redactaba más a prisa—. Creo que por no saber nadar. El agua se... —aquí se detuvo, consciente de que la palabra exacta que necesitaba no existía en su vocabulario. Por fin escribió—: Se lo llevaría».

Sacó otra hoja de papel. En la cima dibujó: «EL HOMBRE. Página 2». Mordió juiciosamente la madera del lápiz. Luego escribió: «¿Qué clase de hombre es? Creo que no es como la otra gente. No es como nosotros. Es una especie de hombre diferente».

Había anotado muy despacio las últimas palabras. Ahora le venía la inspiración. Escribió: «No es como nosotros, porque le gusta comer carroña. Cosas que lleven mucho... —un raspado—, mucho tiempo muertas. Creo que este es el primer motivo que le trajo a esta Isla de Moss. La caza. Es viejo. La figura que tiene ahora debe de tenerla desde hace muchísimos años».

Dejó el lápiz. Parecía haber terminado. Su madre habría salido, seguramente; el murmullo de voces había cesado y la casa estaba en un silencio total. Fuera, oía las débiles palmadas de la trulla de su padre, trabajando el cemento.

Hubo una larga pausa. Brenda permanecía inmóvil. Luego cogió el lápiz de nuevo y escribió en el fondo de la página, muy aprisa: «Creo que me ayudaría a nacer».

Cogió lo escrito y lo miró. Luego cogió las dos hojas y entró en el cuarto de baño. Las desgarró en pedacitos pequeños, y las echó al retrete y tiró de la cadena.

Aquella noche cenaron en silencio. Una vez la madre de Brenda iba a decir algo sobre Elizabeth Emsden; pero la interrumpió el ceño de advertencia que puso el padre. Brenda ayudó a limpiar los platos. Momentos antes de subir arriba, a la cama, se deslizó dentro del dormitorio de sus padres, que estaba en la planta baja, y descorrió los cerrojos de los postigos de las ventanas.

Le costó bastante dormirse; pero durmió profundamente. La despertó, muy entrada la noche, un ruido de voces. Salió a hurtadillas al rellano de la escalera y escuchó; el corazón empezaba a latirle con fuerza.

El olor a corrompido subía en oleadas ardientes, ásperas. La casita parecía mecerse en su seno. Brenda se cogió a la baranda. Así pues, el hombre —su hombre— había venido de la cantera. Se alegraba.

El padre de Brenda estaba hablando:

—Ese hedor es realmente increíble —decía con voz abstraída. Y luego, dirigiéndose a la madre de Brenda—: Flora, telefonea a Elizabeth y dile que mande a Jim para acá. Date prisa, no sé cuánto tiempo podré seguir conteniéndole con esto. Di que Jim traiga el arma.

—Sí —Flora Alden soltó una risita—. ¿No decías que Elizabeth era una histérica? Por amor de Dios, Rik, no levantes la voz. No quiero que Brenda se despierte y vea esta escena. Se pondría..., no creo que pudiera sobreponerse jamás. —La mujer fue hacia el teléfono.

Los ojos de Brenda se ensancharon. ¿Se inquietaban sus padres por ella, de veras? ¿Temían que pudiera tener miedo? Bajó dos o tres escalones, muy despacio, y se sentó en uno. Si la veían, ahora podría decir que sus voces la habían despertado. Miró por entre los barrotes de la baranda.

Su padre se hallaba en el vestíbulo, manteniendo al hombre de la cantera acorralado con el impacto de luz de una lámpara eléctrica. Él —¡oh, el sujeto era valiente!— no cesaba de revolverse, tratando de librar los ojos del chorro de luz. Probaba de lanzarse. Pero su padre movía la lámpara sin misericordia, manteniéndole enfocado todo el rato; aunque le temblaba la mano.

La madre volvió, después de telefonear.

—Ya viene —informó—. No cree que el arma pueda ser de gran utilidad. Tiene otro plan.

Jim Emsden tardó lo suficiente en llegar a la casita para que Brenda sufriese unos cuantos escalofríos y deseara haberse puesto el albornoz. Bostezaba nerviosa y se acurrucaba más contra la baranda. Pero ni por un instante apartaba los ojos del cuadro que veía abajo, en el vestíbulo.

Emsden entró por la puerta lateral. Llevaba un abrigo sobre el pijama. Cuando vio la forma gris hinchada, bajo la luz de la pila eléctrica, inspiró profundamente.

—Sí, es el mismo hombre —dijo con aquella voz retumbante que tenía—. Por supuesto. Nadie confundiría ese mal olor. He traído el arma, Rik, pero el corazón me dice que no servirá de nada. Al menos no contra una cosa así. Elizabeth le vio unos momentos, ya sabes. Voy a enseñarte qué quiero decir. Mantenlo bien enfocado.

Se apoyó el rifle del veintidós contra el hombro, corrió el cerrojo y disparó. El leve grito que soltó Brenda quedó apagado por el ruido del disparo. Pero el hombre de la cantera no dio señal de haber recibido el balazo. Ni siquiera se movió. Exactamente igual como si la bala hubiese agotado su fuerza hundiéndose en el barro.

—¿Has visto? —preguntó Jim (o Rik, según quién hable)—. No ha servido de nada.

Flora Alden reía con risita suave. El chorro de luz de la lámpara eléctrica se movía en círculos irregulares, perforando la oscuridad.

—¿Qué haremos? —preguntó Rik—. Yo no sabía que pudiera haber cosas así. ¿Qué haremos...? Me temo que voy a vomitar.

—Tranquilo, Rik. Mira, hay una cosa que sí le dará miedo. Sea cual sea la naturaleza de ese ser. El fuego.

Sacó unos trapos y una botella de petróleo. Con la improvisada antorcha expulsaron al intruso de la casita y le obligaron a desaparecer entre las tinieblas de la noche. Cuando disminuía la marcha y probaba de hacerles frente, brillándole los dientes, le echaban a la cara el lío de trapos encendidos.

El fugitivo tenía que ceder terreno. Brenda se mordía la muñeca de excitación. Oía la voz, más fuerte, de su padre, diciendo:

—Pero ¿qué haremos con él, Jim? No podemos contentarnos con dejarle ahí, fuera de la casa.

Y el rumor más profundo, menos distinto, de la respuesta de Emsden:

—...Matarle. Pero podemos encerrarle. —Y luego vino un confuso rodar de voces terminando con la palabra—: ...cantera. —Y ya no pudo oír nada más.

Al día siguiente reinaba en la casa una atmósfera de agotamiento y fría derrota. La madre de Brenda se ocupaba de las tareas domésticas mecánicamente, sin apenas dirigir la palabra a su hija, pálido el rostro. 

El padre no había regresado a casa hasta cerca del amanecer, y había salido de nuevo al cabo de unas horas. Hasta muy cerca del crepúsculo vespertino no pudo escabullirse Brenda para ver de enterarse de qué había sido de aquel hombre.

La niña se fue directamente a la cantera. Al llegar allá, miró a su alrededor, desconcertada. Los costados continuaban rectos, en ángulo perfecto; pero abajo, en el centro, había un gran montón de piedras. Los hombres de la Isla de Moss habían de haber trabajado duramente todo el día para apilar tantísimas piedras.

Brenda bajó por la cuesta y subió a la cima del montón de piedras del centro. ¿Qué había sido del hombre? ¿Estaba debajo del montón? Se puso a escuchar. No oía nada. Al cabo de un momento se sentó y aplicó el oído a la piedra. Todavía estaba caliente del sol recibido durante el día.

Brenda escuchaba. Sólo percibía el latido de su propio corazón. Y luego, muy abajo, muy lejos, un arañar en el interior del montón de piedras, como el que harían las blandas patas de un topo.

Después de aquel día, la situación cambió. El padre puso la casita en venta; pero no había compradores. Él y Jim Emsden se pasaron dos días apilando más piedras en la cantera. Luego el padre tuvo que volver a la oficina; se le habían terminado las vacaciones. 

Sólo podía visitar la isla en los fines de semana. Todo el mundo, incluida Brenda, parecía querer olvidar lo que había bajo el montón de piedras. La madre empezó a quejarse de que costaba mucho dominar a Brenda; ya no la obedecía.

Los niños, que hasta entonces la habían rechazado, ahora la buscaban. Venían a la casita en cuanto terminaban de desayunar, preguntando por Brenda, y la muchacha se marchaba con ellos inmediatamente, sorda para todo lo que su madre pudiera decirle. No regresaba hasta el atardecer, pálida de cansancio; pero todavía inflamada por una energía frenética.

La nueva energía de Brenda parecía inagotable. Las hazañas físicas, que antes parecían disgustarle, ahora la atraían irresistiblemente. Tropezaba, trepaba, se zambullía, se deslomaba, hacía la rueda y tocaba el suelo abiertas las piernas. Los otros niños la contemplaban admirados y aplaudían. Por primera vez en su vida probaba los placeres de llevar la voz cantante.

Si la cuestión hubiera parado aquí, sólo se habrían quejado sus padres. Pero Brenda conducía a sus nuevos incondicionales a una trastada tras otra. Formaban una banda destructora, veleidosa, indómita. A finales de verano, en la Isla de Moss todo el mundo decía que Brenda Alden necesitaba un castigo. 

Sus padres se quejaban amargamente de que les era imposible dominarla. La enviaron al colegio antes de que comenzara el curso. Allí se repitió lo sucedido en verano. Las condiscípulas de Brenda aceptaron ciegamente su caudillaje. Las profesoras la castigaban y amenazaban. Por primera vez en la vida, sacaba malas notas. Estuvo en un tris de que la expulsaran.

Pasó el año. Llegó la primavera, luego el verano. Los Alden, temiendo nuevos conflictos, dejaron a Brenda en el colegio, ya terminado el curso. Brenda no volvió a la Isla de Moss hasta finales de julio.

Durante los meses últimos, Brenda había cambiado mucho en su aspecto físico. El angosto cuerpo se le había redondeado, se había vuelto más femenino. Bajo la camisa —seguía vistiendo pantalones y camisa— los senos habían empezado a levantarse y crecer. Parecía haber abandonado su comportamiento de chico travieso. Los padres empezaban a felicitarse del cambio.

No fue inmediatamente al montón de piedras de la cantera. Se acordaba con frecuencia; pero sentía una renuencia dulce, una especie de aversión tierna a visitarlo. Podía esperar. Hasta bien adentrado agosto no lo visitó.

Era un día cálido. Después de la caminata por entre las arboledas, estaba que no podía respirar. Se deslizó por la pendiente con mucho cuidado, se paró a recobrar el aliento, y subió a la cima con pasos largos, cautos. Cuando estuvo arriba, se sentó.

¿Se percibía en el aire caliente un levísimo olor a podrido? Inhaló, dudosa. Luego, tal como había hecho el año anterior, aplicó el oído al montón de piedras.

Sólo se oía el silencio. ¿Estaría...? Pero no, por supuesto, no pudo morir.

—¡Eh! —llamó en voz baja, aplicando los labios a una piedra—. ¡Eh! Estoy aquí otra vez. Soy yo.

El ruido de escarbar empezó muy en lo profundo y pareció acercarse. Pero había demasiadas piedras entre los dos. Brenda suspiró.

—¡Pobre viejo mío! —dijo con voz triste—. Quieres nacer, ¿verdad que sí? Pero no puedes salir. Es una pena.

Aquel ruido de arañazos, de alguien que escarba, continuaba. Al cabo de un momento, Brenda se estiró sobre la piedra. El sol estaba cálido, el calor que irradiaban las piedras era como un compás de nana sobre el cuerpo. Brenda permaneció adormilada y dichosa un buen rato, escuchando los ruidos del interior del montón.

El sol empezaba a descender. El frescor del crepúsculo la despejaba. Brenda se sentó.

El aire estaba en un silencio total. No se oía un pájaro por ninguna parte. Los únicos sonidos venían del interior de aquel montón.

Brenda se inclinó prestamente, de modo que el largo cabello le caía sobre el rostro.

—Te amo —le dijo dulcemente a la piedra—. Te amaré siempre. Tú no temes a nadie, ni siquiera a mi padre. Eres el único a quien podría amar yo en toda mi vida.

Aquí se interrumpió. El ruido del interior había aumentado enormemente. Luego la muchacha exhaló un largo, ondulante suspiro.

—Ten paciencia —dijo—. Algún día te dejaré salir. Hay muchísimas piedras; pero las apartaré, te lo prometo. Entonces podrás hacerme mujer. Yo estaré viva por vez primera. Te amaré. Naceremos los dos, tú y yo.

La brujita de la calle Elm - Mildred Clingerman

Nina causó un impacto tremendo en nuestro barrio. Por supuesto, estábamos advertidos; pero durante los dos días primeros nos parecía imposible que una niña tan hermosa pudiera manifestarse como siete clases de infierno sin atenuaciones.

La conocí por primera vez un día de finales de la primavera. Yo estaba de visita en casa de mistress Pritchett, que está al lado de la mía. Había cometido el error de decirle a mistress Pritchett que parecía como si siempre hubiera de andar rezagada en las tareas domésticas. Ella insistió en que fuera a verla para observar cómo se organizaba la jornada.

Nunca he sabido resistirme a las demostraciones de los expertos. Todos los años, en la feria del condado, compro pequeños ayudantes de cocina que parecen muy fáciles de manejar. Sin embargo, puestos en mis manos, se convierten en Misterios Espantosos.

Me pasé dos horas viendo cómo mistress Pritchett ordenaba rincones y alisaba superficies arrugadas, y en todas las habitaciones borraba toda posible huella de que hubiera pasado nadie por allí. «¡Pobre marido de mistress Pritchett!», pensaba yo.

En la calle Elm, a la vivienda de mistress Pritchett la llamaban «el reproche viviente»... dirigido a las demás mujeres de la vecindad. Ni míster Pritchett ni su hijo tenían derecho a obstaculizar la marcha continua y suave de las tareas de la jornada del ama de casa.

Los días de mistress Pritchett eran todos, sin excepción, una serie de chasquidos y un ronroneo de motor continuo, apareciendo sucesivamente bonitos compartimientos cuadrados, con sus correspondientes rótulos: «limpieza», «cocina», «niño», «compras».

En la habitación del pequeño la vi inclinarse sobre el cochecillo y embutir otro centímetro y medio de manta en el costado de mano derecha. Maniobra que centraba el nudo de adorno de cinta azul bajo el mentón del señorito Pritchett. Por su parte, el señorito Pritchett permanecía inerte, salvo por el lento abrirse y cerrarse de los párpados. Al cabo de siete meses y medio de una existencia ordenada y perfecta, el pequeño Pritchett había adquirido el aire y el porte exactos de un magistrado del Tribunal Supremo. Mistress Pritchett empujó el cochecillo hasta el soleado porche y abandonó al niño a su judicial contemplación de un mundo que quizá entablara, o no entablara, pleito.

Yo recordé de qué modo mis propios hijos, a su edad, solían llorar para llamar la atención. De todas formas, pensé, no se parecían nada a salchichas gordas. De regreso a la sala de estar, mistress Pritchett levantó los turgentes cojines del sofá e inspeccionó de cerca las grietas de los brazos del mismo. Y me explicó que una vez —hacía un par de años— encontró un hueso de naranja enterrado allí... prueba acusadora —colegí— de que en las breves ausencias de la esposa, a míster Pritchett seguía atormentándole su pecado más característico. La noticia me alegró. El hombre seguía comiendo naranjas en la sala de estar, explicó ella, pero ya no apilaba las cortezas en los ceniceros. No podía. Mistress Pritchett le había hecho renunciar al tabaco y había retirado los ceniceros. ¡Pobre míster Pritchett!

Hasta las demostraciones de los expertos acaban fastidiando, especialmente si van acompañadas de unas conferencias en miniatura, calculadas para inculcarme la Doctrina Pritchett de las Labores Domésticas, que yo sabía muy bien me sería siempre tan ajena como los ritos druídicos y tenía, poco más o menos, las mismas probabilidades de que la pusiera en práctica. Me disponía a marchar cuando sonó el timbre de la puerta.

Dos figuras se plantaron ante nosotras. Una era una chica delgada, con gafas, de unos doce años de edad, cuyo pelo se salía de unas trenzas mal hechas para colgar como una cortina sobre la elevada frente. Su mano sujetaba con fuerza una correa de cuero a la que estaba atada una beldad de cuatro años, un auténtico budín con hoyuelos en las mejillas y con un vestido azul sin mangas. El budín tenía una sonrisa encantadora. «Aquí está —me dije—, la perfección». Sencillamente, a una se le pasaba por alto que la pequeñuela llevaba los codos vendados —y también ambas rodillas— y que en una redonda mejilla ostentaba, como un cachete, una magulladura de color amarillo y verde.

La niña mayor se apartó de la cara, soplando, un mechón de cabello que le molestaba y se enrolló una vuelta más de tira de cuero alrededor del brazo.

—Esta —dijo, señalando a la Visión— es Nina. Acabamos de instalarnos en aquella casa nueva de la manzana vecina y yo visito a todos los vecinos para avisarles... Es más que justo. Especialmente a los que tienen niños.

Haciendo una pausa, apartó la mirada de mistress Pritchett y la fijó en su sala de estar.

—¿Le sabría mal que entrase? La verdad es que ahora no hay ningún peligro. Como ven, la correa es nueva, y en todo caso Nina me tiene una consideración especial. Me la ha tenido siempre. ¿No es una suerte? Pero, por supuesto —dijo—, no puedo estar con ella continuamente. Tengo el colegio, y lo demás... Por esto quería explicarles algo. ¿Me lo permiten? Gracias; agradeceremos que nos dejen entrar.

Mistress Pritchett y yo retrocedimos ante este resuelto ataque. Yo volví a sentarme. La mañana empezaba a tomar un aire divertido.

—¡Qué habitación tan pulcra! —exclamó la niña—. ¿Toda la casa la tiene así? Usted debe de sufrir una compulsión, o algo parecido. Sé todo lo relativo al subconsciente animal, comprenda. Mi hermano, el padre de esta —y sacudió la correa indicando a Nina—, es profesor de la Universidad. Ah, de paso, me llamo Garnet Bayard.

Y tendió una manecita un tanto sucia primero a mistress Pritchett y luego a mí. El apretón fue rápido y para abajo, al estilo de los franceses. Se sentó con mucha compostura en la mejor silla, y la radiante Nina se apoyó en sus huesudas rodillas.

—Ocurre lo siguiente —dijo luego, inclinándose con aire confidencial hacia nosotras—: Nina expresa su agresividad fácil y espontáneamente, sin que le importen las consecuencias dolorosas que ello pueda acarlearle. De ahí los vendajes. Naturalmente, tampoco le importa lo dolorosas que puedan ser las consecuencias para sus víctimas. Ellos, me refiero a sus padres y al psiquiatra, creen que se trata simplemente de una fase pasajera, y que tienen el deber de proporcionarle «objetos inanimados» en los que desahogar su agresividad. A mí, personalmente, esta fase ya me empieza a cargar. Estoy con mi hermano y su esposa desde que nació Nina y, francamente, siempre ha sido así. Lamento infinito el expresarme como una reaccionaria; pero hasta que la psiquiatría tenga algo más de ciencia... —Garnet enarcó las cejas y levantó los hombros—, da lo mismo que uno eche mano de la brujería. La verdad es que el estudio de la brujería me resulta fascinante. Mi hermano tiene una preciosa colección de libros antiguos sobre este tema...

Pero mistress Pritchett, que abría y cerraba la boca hacía rato sin que lograse emitir ningún sonido, encontró por fin la voz.

—No lo entiendo. ¿De qué has venido a... advertirnos?

Garnet la miró sorprendida.

—Pues he venido a advertirles respecto a Nina. Muerde. Da puntapiés. Pellizca a los niños de pecho. Dirige su triciclo contra las posaderas de las encantadoras damitas ancianas, y siempre hace blanco. Es un infierno sobre ruedas. —Garnet se volvió para sonreírme—. Me gusta hacer juegos de palabras. Opino que hasta los chistes malos son deliciosos. ¿Usted no?

Mistress Pritchett tartamudeaba.

—¿Quieres... quieres decir que ataca a la gente sin que la provoquen? ¿En qué piensan sus padres? ¿No pueden dominarla nada en absoluto?

—Me tienen a mí —dijo Garnet— y la correa. En cuanto a lo que piensan, ¿acaso se sabe nunca? De cualquier persona, quiero decir. Pamela, la madre de Nina, en estos momentos está tendida, leyendo a Proust. Una se figuraría que el leer a Proust debería inducirla a rondar por ahí estremecida por antiguas impresiones medio olvidadas y un tanto puercas. Pero el efecto que realmente produce en Pamela consiste en hacerla dormir. El movimiento la cansa, y la vista de tantas y tantas cajas y barriles sin desembalar la empujan hacia Proust, simplemente. Hoy tiene un día de esos.

Yo vi que mistress Pritchett había llegado a la fase de estrujamiento de manos.

—Pero... ¿qué quieren que nosotros, los vecinos, hagamos para solucionarlo?

—¿Para solucionar qué? ¿El caso de Nina? Nada, excepto tener la puerta del jardín cerrada a cal y canto. Y cuando salgan a pie, miren atrás con frecuencia. Sabe acercarse a su presa con un sigilo pasmoso.

Era, casi, la hora del almuerzo. Tuve que marcharme a la carrera, a pesar de lo mal que me sabía; pero me fui recreándome con el cuadro que brindaba la cara de mistress Pritchett mientras escuchaba a Garnet con horrorizada fascinación. Sus ojos, pensaba yo, tenían la misma expresión que si, de pronto, se hallaran contemplando unos panoramas exóticos, extravagantes. Y decidí que la primavera se presentaba más agradable aún que de costumbre.

Por supuesto, después de la llegada de Nina y Garnet, el barrio ya no resultó nunca más soso y aburrido; pero no había demasiados motivos para una justa indignación. Cierto, nosotras, las mujeres, siempre reaccionábamos cuando se mencionaba a los Pritchett. Unas chasqueábamos la lengua, otras sonreíamos, y todas formábamos coro para murmurar: «¡Pobre míster Pritchett!».

Viviendo como vivía yo en la casa de al lado, veía bastantes más cosas que la mayoría. Por ejemplo, cómo todas las mañanas mistress Pritchett barría la acera, delante de la casa, apenas había salido míster Pritchett, como si hubiera decidido borrar sus indecisas pisadas. Yo la oía cuando le soltaba severas conferencias —y no en miniatura precisamente— y, sin embargo, jamás oí, ni una sola vez, que míster Pritchett replicase.

En las reuniones de sociedad había escuchado yo muchas especulaciones picarescas acerca de cómo fabricaron al señorito Pritchett. Durante los seis o siete primeros años de matrimonio no habían tenido hijos, y cuando mistress Pritchett empezó a salir con pulcros vestidos oscuros de futura mamá, algunas parejas, de las más alegres, sostenían que estaba a punto de alumbrar al Hombre Nuevo, una criatura similar a un robot, más o menos parecida a un experto en eficiencia, aunque restándole las cuerdas vocales.

Me temo que todos sufrimos una desilusión al ver que el bebé no había trastornado la rígida rutina de aquella casa. Algunas mujeres habían osado decir: «¡Sí, pero esperad a que empiece a andar o a probar de comer solo!». Por mi parte, no tenía tales esperanzas. Estaba segura de que mistress Pritchett era una contrincante de talla más que sobrada para su hijo. Yo había observado la lenta metamorfosis de míster Pritchett, quien no había sido siempre objeto de la compasión medio desdeñosa de sus vecinos.

Años atrás nos habíamos intercambiado libros, y algunas veces hasta unas pocas palabras, al atardecer, parados en su impoluto trozo de césped, contemplando ávidamente nuestro patio sembrado de juguetes, de niños que se revolcaban y de gatos y perros. En tales ocasiones hablábamos de cerveza, de palomas y de la afición a la pintura al óleo. A él le gustaban en extremo estas tres cosas; pero mistress Pritchett las desterraba como «fuente de desorden».

A veces aquel hombre decía cosas hermosísimas, inesperadas, como por ejemplo el atardecer aquel en que le expliqué mis fatigas por medir con exactitud nuestras ventanas para proveerme de cortinas nuevas. Le dije que lo había probado cuatro veces y que cada vez me salía un número de pulgadas exasperantemente distinto de los anteriores.

—Sí —comentó él con una sonrisa afectuosa—, las cintas métricas tienen una cosa rara. Yo creo que nos odian y que a veces no pueden resistir la tentación de burlarse de nosotros... porque somos bastante estúpidos para imaginar que podemos domesticar, aunque no sea más que un corto pedacito de espacio, o encerrarlo dentro de unas vallas.

Yo entré en casa y contemplé la cinta métrica con unos ojos nuevos. Las palabras de míster Pritchett solo sirvieron para reafirmar mi propia convicción de que el mundo era un lugar espantoso y sorprendente, en el que podía producirse el hecho más inesperado, y de que lo mejor que yo podía hacer era mantenerme bastante adaptable para gozar de él.

Yo albergaba el nada caritativo deseo de que el primer ataque de Nina se dirigiera contra mistress P., pero el asalto inicial se dirigió, por desgracia, contra mis dos hijos. Mientras los vendaba y tranquilizaba, el relato emergió entre sollozos. Nina los había atropellado con su triciclo mientras ellos estaban arrodillados y distraídos jugando a las canicas. De todos modos, me di cuenta de que la herida más grave la habían sufrido en su amor propio. Parecía inimaginable que una niña de cuatro años osara atacar a muchachos de ocho y diez.

Y, por el diablo, que ya nunca volvería a sorprenderlos de aquella manera. Los sollozos terminaron cuando los dos muchachos se pusieron a explicarse detalladamente el uno al otro cómo le darían una lección. Aquí tuve que intervenir para separarlos antes de que se olvidaran de que aquello era una mera demostración y para indicarles hasta qué punto llegaría mi repulsa si se rebajaban a pelear con una niña de cuatro años.

—Pues ¿qué haremos? —gimieron—. ¿Quieres que nos tendamos en el suelo y dejemos que pase y repase por encima de nosotros con aquel viejo triciclo que tiene? ¿Quieres que nos haga añicos?

Yo recordé las palabras de Garnet: «Mirad atrás continuamente. Si la veis venir, apartaos. ¡Corred!».

Este consejo no me valió sino miradas rebeldes; pero a las dos semanas se había convertido en la norma de actuación general de todos los niños de la vecindad y asimismo de la mayoría de adultos. Los que no utilizaban tácticas evasivas pronto aprendieron a corregirse. Nina mordió al cartero en el pulgar, colgándose de él como un terrier. Nina le dio un cabezazo en la barriga al obeso míster Simpson. En dos ocasiones. Nina dispersaba todo grupo de niños que viera, pedaleando furiosamente y lanzándose en medio de ellos. Yo me habitué a escuchar alaridos de terror y pies que herían el suelo.

Sabía entonces que Nina había aparecido en la manzana. Pero en medio de tanta conmoción y tanta sangre, Nina conservaba aquella sonrisa subyugadora. Las madres empezamos a pensar con afán en el verano, cuando terminarían las clases y Garnet podría entrar plenamente en funciones.

Todas estábamos de acuerdo en que Nina sufría tanto daño como cualquiera. Más, en realidad. Pocas veces la veía que no anduviera con algo vendado. No hablaba mucho, ni siquiera cuando se hallaba bajo el cuidado de Garnet y, por supuesto, nadie se paraba a conversar con ella en caso contrario. No nos decidíamos a visitar a sus padres, pues los primeros que lo intentaron quedaron un tanto defraudados por la acogida que les dispensaron los Bayard.

Según me dijeron, la madre de Nina era una mujer lánguida que vivía en un cenagal de libros y polvo, y que, cuando le hablaban de los delitos de su hija, o se ponía como una fiera o soltaba una alegre carcajada. La risa del profesor Bayard con motivo de Nina era más bien superficial, y alguien se fijó en que tenía varios cardenales en las espinillas. He ahí una de las cosas que desazonaban a los visitantes: en casa, el profesor no llevaba más que unos pantalones cortos y a un par de damas, de las más viejas, les disgustaba la vista de su desnudo pecho, angostito, puntiagudo. Y tenía una conversación, decían, como no habían oído nunca otra semejante. Muy erudita, pero al mismo tiempo plagada de palabrotas anglosajonas malsonantes. A mí se me antojaba que los Bayard habían de ser una gente divertida; pero por el momento estaba demasiado ocupada para buscar su compañía.

Por lo demás, Garnet buscaba la mía con bastante frecuencia para tenerme informada de la vida y milagros de los Bayard, aunque generalmente, y con gran contento por mi parte, su conversación discurría por derroteros más lejanos. Nina no representaba amenaza alguna cuando la traía Garnet. Se sentaba a jugar con los juguetes, ya grandes, de los muchachos y los libros ilustrados, siendo ella misma una hermosa ilustración. Me tenía hechizada. De todos modos, Garnet me hizo observar que hasta los toros mecánicos se quedan alguna vez sin carburante. La conversación de Garnet obraba en mí el mismo efecto que había obrado en otro tiempo la de míster Pritchett.

Yo reconocía que aquella chiquilla era un genio y que quizá un día asombrara al mundo con su originalidad y su fuego. Pero entonces, a sus doce años, se contentaba asombrándome a mí. Su rápida mente captaba, clasificaba, desechaba; su lengua pronunciaba perfectamente palabras nuevas recién aprendidas, acuñando en forma impecable sus pensamientos más nuevos. A mí me gustaba porque era una niña que sentía interés por todo: personas, gatos, pasteles, estrellas, o la manera de fregar un suelo. En este preciso momento me daba cuenta de que Garnet había nacido para poetisa. Hubo ocasión, sin embargo, en que la vi como a un magistrado de la ley, o como a una simple bruja.

Esto último empezó el día que Garnet vino corriendo a decirme que, estudiando la hechicería, había descubierto una posible cura para Nina.

—Estoy convencida —me dijo— de que —utilizando una terminología anticuada— tiene un demonio en el cuerpo. ¿Por qué no? El psiquiatra, con las muñequitas y los muebles de juguete que le da, ¿no pretende esto precisamente: inducir al demonio a que se salga de su cuerpo? Le da esas cosas para que ella se construya un mundo en miniatura y luego reaccione ante dicho mundo mientras él la observa. Y ella reacciona, ya lo creo que sí. Aplasta. Rompe. Pero ¿por qué? Por todo lo que ese hombre ha aprendido, habría podido muy bien salir a este mundo real y observarla aquí. ¿Sabe a cuánto asciende nuestra cuenta de vendas, solamente? Si no hacemos algo, y muy pronto, se matará. —Garnet se tiraba del cabello, excitada—. Vaya, ahora cualquier día atacará incluso a la gente que viaja en automóvil.

»Tengo que volverme. He dejado a Pamela ocupada en la eterna tarea de vendarla. La semana pasada Pamela y yo llegamos a la conclusión de que a Nina le encanta que la venden... Acababa de interceptar a un hombre que iba en bicicleta y, al parecer, luego se ha creído con derecho a un vendaje mayúsculo, aunque en realidad solo necesitaba un trocito de esparadrapo. ¡Y cómo chillaba! De modo que estamos realizando un experimento: la envolvemos en vendas como una momia varias veces al día. Yo no tengo mucha fe en ello, y Nina no se cansa de protestar diciendo que no hay nada "rojo". ¿Tendría usted una botella de esa salsa con setas, tomate o nueces que llaman catsup? Nosotros nunca tenemos. Pamela opina que a las personas que consumen catsup habría que arrojarlas a las tinieblas exteriores; pero a mí me gusta...

Encontré una botella de catsup y se la entregué humildemente a Garnet.

—Deseo que estés sobre la pista del mal de Nina —dije—. Esa idea del vendaje me parece acertada. Quizá se haga daño para que su madre esté ocupada con ella.

Garnet movió la cabeza con aire impaciente.

—Una explicación demasiado sencilla —objetó—. Además, perfectamente anodina. A propósito, necesito unas cuantas..., hummm... hierbas. Para el hechizo, ya sabe; el exorcismo. Llevo ya dos días reuniendo cosas. ¡Vaya montón he formado! ¿Tiene usted romero? Bien. Yo me encargaré de las semillas de adormidera. A Pamela no le he dicho nada de eso de la hechicería. A mi hermano no le preocuparía, lo sé. Se pondría a reír. Pero en ocasiones Pam es capaz de portarse como una madre muy primitiva con respecto a Nina. Esta noche asisten a una fiesta de la Facultad, de manera que en cuanto les haya dicho «adiós» con la mano, montaré el escenario y realizaré la tarea.

Me sentí alarmada.

—¡Garnet! ¿Estás segura de no causarle ningún daño? ¿Verdad que no le harás tomar a Nina mezclas ni pociones raras?

—Claro que no. Me limitaré a sentarla en medio de una estrella de cinco puntas que habré trazado con tiza en el suelo y luego pondré en obra mi abracadabra. En realidad combino tres hechizos diferentes, escogiendo los rasgos mejores de cada uno. —Se volvió para salir, y luego titubeó—. El caso es que... ¿verdad que probablemente usted no se hallará en las proximidades de nuestra casa esta noche? Se me ha ocurrido que el demonio de Nina podría ir a la caza de otro huésped. El libro no dice nada a este respecto. Solo para evitar todo peligro, ¿por qué no tiene a toda su familia encerrada en casa entre las siete y las siete y medio de la tarde?

Le prometí tenerla y Garnet se marchó. Aquella tarde, mientras se acercaba la media hora de la hechicería, yo me sentía un poco nerviosa. Creo que casi esperaba oír el ruido de una tremenda explosión seguido de una nube en forma de hongo. Hasta un poco después de las ocho no recibí la primera indicación de que el demonio de Nina quizá hubiera encontrado posada nueva, aunque ni Garnet ni yo podremos saberlo nunca con certeza absoluta.

Garnet me telefoneó inmediatamente después de la «ceremonia».

—Por supuesto, el hechizo ha obrado efecto. Nina estaba sentada allí, tranquilamente, probando de aplastarse los dedos con el martillo de goma, sonriendo como un ángel. Yo corría a su alrededor casi como una loca, ya sabe, quemando incienso, agitando las manos, arrojando aquí y allá bolsitas de hierbas, cuando de pronto las cortinas de la ventana grande han caído con estrépito espantoso. Nina se ha puesto a chillar como una maníaca. Yo misma me he sentido un poco trastornada; pero todas las luces estaban encendidas y todavía había de ultimar unos cuantos detalles. Nina ha continuado soltando unos alaridos penetrantes y golpeando furiosamente el suelo con los pies... Era un redoble perfectamente diabólico. En el preciso momento que yo terminaba la conjura, alguien ha llamado a la puerta. Al abrir, míster Pritchett ha entrado como una exhalación y ha cogido a Nina antes de que yo pudiera explicarle nada. El hombre pasaba por allí, sabe usted, ha oído los gritos y ha temido que Nina se hubiera lastimado una vez más.

»El hombre ha tenido que verme, forzosamente, a través de la ventana, y me figuro que habrá pensado que yo me dejaba llevar por el pánico, o algo así. Pero escuche... el caso es que Nina ha dejado de llorar inmediatamente y que le ha abrazado, en lugar de darle puntapiés... y, bueno, míster Pritchett tenía la respiración alterada y estaba muy pálido, de modo que yo le he ofrecido una copa de la ginebra de Pam... ¡Y él la ha aceptado! Y no termina aquí la cosa; cuando ha salido, hace unos momentos nada más, iba murmurando algo sobre cerveza, palomas ¡y el derecho que tiene todo hombre a expresarse! ¡Vaya, nada menos! ¿Qué opina usted?

Cuando colgué, pensaba: «¡Pobre míster Pritchett; una copita de ginebra ha dado rienda suelta a todos esos amorcillos sofocados!». Me invadió una tristeza tan grande que dejé la cálida paz de nuestra sala de estar, en la que tanto estábamos realmente, y salí a contemplar las estrellas. Al cabo de un rato me convencí de que estaba escuchando a míster Pritchett, que cantaba una picaresca canción de taberna, y me quedé atónita al verle plantado en el umbral de la puerta de su cocina, arrojando botes de cerveza vacíos a las tinieblas. Detrás de él veía a mistress Pritchett, estrechándose el pecho con sus propios brazos, abierta la boca, pero sin poder pronunciar palabra.

Por supuesto, la calle Elm no resulta, en la actualidad, demasiado aburrida. Pero ya no queda demasiado campo para una justiciera indignación. Algunas chasqueamos la lengua cuando se menciona al travieso pequeño de los Pritchett, y algunas nos sonreímos. Y me dicen que hay personas que se quejan de las palomas de míster Pritchett y las consideran un maldito estorbo; pero a mí me gusta verles describir grandes arcos sobre el fondo del cielo.

Ayer, cuando corrí a ver un momento a la pobre mistress Pritchett, encontré los ceniceros de la sala de estar llenos —como de costumbre— de cortezas de naranja. Además, en el suelo advertí un bote vacío de cerveza semiescondido por el volante del sillón. Y también observé una expresión nueva en los ojos de mistress Pritchett; como si estuviera contemplando un dilatado panorama, lleno de encanto, y hallase que le gustaba bastante.

—Míster Pritchett —me dijo muy ufana— acaba de ser premiado con un importante ascenso. Y no me sorprende lo más mínimo... ¡es un hombre tan enérgico!

Lamento tener que decir que los Bayard se han trasladado. La idea de los vendajes debió de obrar su magia en Nina, o quizá el mérito le corresponda al psiquiatra. La gente de por aquí todavía la echa de menos. Al fin y al cabo, el mundo no está tan lleno de belleza como para que uno se resigne fácilmente a separarse de ella, y menos si esta va acompañada de una dulzura como la que poseía Nina en estos últimos años.

Pero a quien más añoro es a Garnet. ¡Una muchacha de corazón tan intrépido, tan original y tan absolutamente deliciosa! Aunque hubo un tiempo en que la miraba con un sentimiento pariente del miedo. Pues ¿quién desea que la justicia retributiva ande suelta por sus cercanías? Y hasta ¿quién quiere que lo que ande suelto sea una bruja?